viernes, 29 de enero de 2021

¿Lucha de clases o lucha entre «proteccionismo» y «librecambismo»?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021


«Cuanto más rápido es el desarrollo del comercio y del capitalismo, más se concentran la producción y el capital, concentración que genera el monopolio. ¡Los monopolios han surgido ya y precisamente han surgido de la libre competencia! Aun en el caso de que los monopolios empezasen a frenar su desarrollo, esto no sería, a pesar de todo, un argumento en favor de la libre competencia, la cual es imposible después de que ella misma ya haya dado lugar a los monopolios. Se miren por donde se miren, en los argumentos de Kautsky sólo se encontrarán un espíritu reaccionario y reformismo burgués». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo fase superior del capitalismo, 1916) 

El ridículo pretexto para este giro prochino de Gouysse se basa en que, según él:

«Cuando digo que la política anticolonialista de China es un progreso histórico, es porque China lucha contra el proteccionismo reaccionario occidental. Marx dijo en su momento que era enemigo del libre comercio, pero que no era amigo del proteccionismo, ya que éste limitaba habitualmente a la reacción, mientras que el libre comercio tenía por efecto empujar las contradicciones internas del capitalismo a su paroxismo, apresurando así la revolución social. Sólo en este sentido, revolucionario, voto a favor del libre comercio», concluía Marx. El bloque imperialista impulsado por China encarna el libre comercio, y el bloque imperialista occidental, el proteccionismo más reaccionario –colonialismo–». (Vincent Gouysse; Comentarios, 25 de octubre de 2020)

Lo primero que salta a la vista es esa incomprensión semianarquista de la dialéctica que ya nos resulta tan familiar. Se piensa en agudización de las contradicciones, pero en términos abstractos. Da igual que la ofensiva sea del capital o del proletariado. Si algunos dirigentes comunistas falseaban la dialéctica en este sentido, proclamando que la llegada de Hitler al poder agudizaría las contradicciones, agilizaría la toma de conciencia del proletariado y, por ende, la revolución, Gouysse en un tono similar nos dice hoy que hay que defender el libre comercio porque estimulará la crisis entre los países capitalistas, la lucha de clases y, con ella, apresurará la revolución. ¡Claro como el agua! Siguiendo este pensamiento mecánico, la Reforma laboral de 2012, que flexibilizó el despido libre, o la Ley de Seguridad Ciudadana de 2015, que reducía la libertad de expresión, serían «combustible» para la indignación popular y, en consecuencia, nuestra tarea como comunistas debería ser permitirlas, callar. ¿No, señor Gouysse? Quizás no ha pensado que una dinámica capitalista el crecimiento de unos países se da en detrimento de otros: en los primeros se dará –posiblemente– un incremento en la calidad de vida y mayores cuantías para sobornar a la aristocracia obrera; en los segundos, en plena depresión económica, la indignación no podrá ser recogida y canalizada por un grupo de revolucionarios mientras no estén organizados y tengan un plan de ruta clarividente. De nuevo, es una pobre comprensión de cómo acumular fuerzas, de cómo solamente la agudización de la lucha de clases cuando la ofensiva es proletaria puede llevar a la revolución socialista.

Además, la supuesta oposición entre «librecambio progresista y proteccionismo reaccionario» es una excusa muy pobre. Pero ya que saca el tema, ¿qué demuestra la historia? Que toda burguesía, dependiendo de la fase de desarrollo en la que se encuentra, es «proteccionista», «librecambista» ¡o incluso ambas a la vez! ¿De qué depende esa gradualidad? Cuando la burguesía tiene suficiente fuerza como para alcanzar su ambicioso proyecto establece el proteccionismo para consolidar su industria y mercado –algo que siempre causa, quiérase o no, antipatías y sanciones internacionales–. No obstante, a veces por debilidad, se ve abocada a mantener cierto proteccionismo a la vez que solicita la «ayuda extranjera» –China en Asia con el capital estadounidense y occidental, Brasil en América, de nuevo, con los propios Estados Unidos, etc–.

¿Qué es el proteccionismo?:

«1. m. Econ. Política económica que dificulta la entrada en un país de productos extranjeros que compiten con los nacionales». (RAE)

En las postrimerías de la Edad Moderna el proteccionismo fue una política inherente a los nuevos Estados que, en palabras de Marx:

«El sistema proteccionista era un medio artificial de fabricar fabricantes, de expropiar trabajadores independientes, de capitalizar los medios de producción y de subsistencia nacionales, de abreviar por la violencia la transición entre el modo de producción antiguo y el moderno». (Karl Marx; El capital, 1867)

Engels añadió años después:

«Tal fue la protección en su origen en el siglo XVII, tal permaneció hasta bien entrado el siglo XIX. Entonces se consideró que era la política normal de todos los Estados civilizados de Europa occidental. Las únicas excepciones fueron los estados más pequeños de Alemania y Suiza, no por aversión al sistema, sino por la imposibilidad de aplicarlo a territorios tan pequeños». (Friedrich Engels; Sobre la cuestión del libre comercio, Prefacio para el folleto de la edición en inglés de 1888)

Otro ejemplo sería la política proteccionista de los liberales en la España del siglo XIX, un «proteccionismo» que se dio, eso sí, en medio de la entrada masiva del capital británico y francés para construir la industria, el ferrocarril, la minería, etc., algo que la burguesía nacional consideraba necesario –fuese cierto o no– tras sus desastres empresariales y bancarios, hasta que al menos pudiera «empezar a echar a andar sola». Así, mientras los capitalistas españoles se garantizaban fondos con el proteccionismo en el mercado interno, imponiendo tasas a los productos extranjeros, engrosaban sus proyectos industriales sacándolos a concurso para buscar al mejor inversor, beneficiándose a su vez este imperialismo extranjero de una mano de obra barata en España y jugosas concesiones como la exención de impuestos. He aquí, la combinación de librecambismo y proteccionismo que para algunos es «inaudita». Recomendamos al lector que eche un vistazo a algunos de los debates de la época y las innumerables variaciones de la política económica española, ora proteccionista, ora librecambista. Véase la obra de Ángel Bahamonde Magro y Jesús A. Martínez: «Historia de España siglo XIX» de 2005.

En las situaciones en que la burguesía nacional, por voluntad u obligación –déficit presupuestario, deuda, incapacidad de dar salidas a sus productos y otros– cede a ampliar ese «librecambismo» sin estar «preparada» para «dar la talla», está abriendo su mercado a una competitividad que, inevitablemente, hace que aumente la dominación externa sobre su economía –póngase de nuevo como ejemplo el papel de España del siglo XIX, totalmente dependiente de sus acreedores y de los vaivenes del mercado internacional–. Véase la obra de F. Simón Segura: «Manual de historia económica mundial y de España» de 1993.

En el siglo XX hubo muchísimos países donde el fascismo en el poder puso en juego una política «proteccionista» o «librecambista» según sus necesidades y política internacional. La España del franquismo, con una burguesía que tendía cada vez más hacia el monopolismo, también era «proteccionista» en sus inicios –como consecuencia del aislacionismo internacional–, lo que no excluyó que buscase, desde sus orígenes, la apertura de capital hacia el imperialismo yankee y los países de la Comunidad Económica Europea en varios sectores importantes. Los tercermundistas y republicanos, intentan plantear que la España democrático-burguesa actual necesita una «expansión de las fuerzas productivas», una «revolución democrática» y pamplinas del mismo calibre. Pero España es de los países más importantes de la UE, la existencia de potencias imperialistas más importantes a nivel regional o mundial –que incluso puedan influir en sus decisiones–, no quita el enorme desarrollo de las fuerzas productivas sufrido estas últimas décadas, la concentración de empresas y capital financiero ni el carácter objetivamente imperialista de España, así como tampoco elimina la evidente opresión nacional sobre otros pueblos tanto dentro como fuera de su propio ámbito estatal. Véase nuestro capítulo: «El republicanismo abstracto como bandera reconocible del oportunismo en nuestra época» de 2020.

Los países excoloniales del siglo pasado también anunciaron a los cuatro vientos «políticas proteccionistas contra los viejos colonialistas» para ceder al mercado internacional y la inversión extranjera cuando no se vieron capaces de sostenerlo con sus recursos, acabando algunos de ellos como países neocolonizados por los mismos viejos imperialismos de los que se acababan de liberar–como por ejemplo el caso de Argelia para con Francia–. Algunos países, como Brasil o China, han llegado a convertirse en «peces gordos» y otros siguen siendo «peces pequeños» en el gran estanque capitalista.

El peronismo es otro ejemplo de lo falsa que es esa política del «proteccionismo», «antiimperialismo», «búsqueda de la soberanía nacional» y «planificación económica» bajo dirección burguesa. Ni los nuevos peronistas ni los gobiernos más neoliberales han cambiado la situación. Véase nuestra obra: «¿Es el peronismo el fascismo a la argentina?» de 2017.

Actualmente el término «proteccionismo», si se analiza con frialdad, es vacuo, pues la burguesía no es garantía de nada que no pase por intentar adaptarse a las condiciones para maximizar la extracción de plusvalía, usando y combinando cualesquiera que sean las tácticas que le permitan acercarse a su objetivo final. Debatir sobre si un Estado es exclusivamente proteccionista o librecambista tiene el mismo sentido que las burdas tertulias escolásticas de la televisión burguesa, donde unos pontifican que su Estado es eminentemente «neoliberal» o exclusivamente «socialdemócrata» mientras que, en realidad, se adoptan ambas políticas al mismo tiempo en diferentes sectores de la economía nacional.

Es más, con el paso del tiempo y la rápida evolución del mercado mundial, las leyes y medidas establecidas por el gobierno nacional sobre el comercio, bien pueden pasar de ser una fuerte barrera proteccionista a una completa ganga para el inversor o importador extranjero. 

«Así, lo que ayer fue protección para la industria nacional, hoy resulta ser una prima para el importador extranjero». (Friedrich Engels; Sobre la cuestión del libre comercio, Prefacio de Frederick Engels para el folleto de la edición en inglés de 1888)

En consecuencia, ante esta nueva tesitura el gobierno nacional se verá obligado a aflojar o aumentar las tarifas –calculando y teniendo en cuenta si le sigue rentable seguir apretando o no–. Por lo que un gobierno «proteccionista» se pueden volver «librecambista» por distintas variabilidades.

Esto es algo que el antiguo Vincent Gouysse comprendía sin demasiados problemas:

«La Unión Soviética socialimperialista, debilitada, se convirtió en una semicolonia. Como tal, tuvo que plegarse a los caprichos de los inversores extranjeros para atraerlos; para ello tenía que bajar las barreras proteccionistas. (...) El hecho de que la burguesía rusa, hoy confrontada con la semicolonización de la mayor parte de su economía, procure volver hoy al estatismo y al proteccionismo burgués, incluso hasta sintiendo nostalgia por el centralismo de la época stalinista, no marca ninguna vuelta progresista, al contrario». (Vincent Gouysse; Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

¿Por qué se condena correctamente que el imperialismo de Putin y sus intentos de «volver a un proteccionismo» no constituyen un hito progresista, sino un intento de la burguesía rusa de recomponerse, pero los intentos de dominación mundial por parte de la –supuestamente librecambista al cien por cien– burguesía china, con Xi Jinping a la cabeza, sí le parecen un «progreso histórico»? Porque no comprende que no existe una correlación entre ambas políticas económicas capitalistas y la reacción/revolución. Gouysse se enmaraña él solo. Debería discutirlo largo y tendido con su yo del pasado.

Las potencias imperialistas, cuando dominan el comercio mundial, reducen el proteccionismo interno –si están recelosos de su competitividad puede que ni siquiera lleguen a eso–, pero, por encima de todo, su política de cara al mundo es exigir el «libre comercio» del mercado mundial en nombre de la «libertad» y el «progreso». Así lo hizo el imperialismo británico con sus competidores –sabiendo que la división internacional del trabajo le era altamente favorable–.

Esta dinámica, con sus falsas buenas intenciones, fue reconocida incluso por los padres del pensamiento económico del capitalismo:

«Cuando un hombre rico y un hombre pobre tratan el uno con el otro, ambos de aumentan sus riquezas, si tratan con prudencia, pero el patrimonio de los ricos aumentará en una proporción mayor que el del hombre pobre. De la misma manera, cuando una nación rica y una nación pobre comercian, la nación rica tendrá la ventaja más grande, y por lo tanto la prohibición de este comercio es más dolorosa para ella que para la pobre». (Adam Smith; Conferencias sobre justicia, policía, ingresos y armas, 1763)

En otra de sus obras comentaba:

«Ampliar el mercado y reducir la competencia, es siempre el interés de los comerciantes. (...) La propuesta de cualquier nueva ley o reglamento de comercio que provenga de esta orden, siempre debe ser escuchada con mucha precaución, y nunca debe ser adoptada hasta después de haber sido examinada larga y cuidadosamente, no sólo con la atención más escrupulosa, sino con la más sospechosa. Proviene de un orden de hombres, cuyo interés nunca es exactamente el mismo que el del público, que generalmente tienen un interés en engañar e incluso oprimir al público, y que, en consecuencia, en muchas ocasiones lo han engañado y oprimido». (Adam Smith; Riqueza de las naciones, 1776)

Asimismo, en la URSS se explicaba lo siguiente sobre el origen del proteccionismo:

«En Inglaterra, los derechos de protección fueron de gran importancia en los siglos XVI y XVII, cuando se vieron amenazados por la competencia de las manufacturas más desarrolladas de los Países Bajos. Desde el siglo XVIII, Inglaterra ha ganado firmemente la primacía industrial. Otros países menos desarrollados no podían competir con él. En este sentido, las ideas del libre comercio comenzaron a abrirse camino en Inglaterra». (Partido Comunista de la Unión Soviética; Economía política, 1954)

Pero esto parece ser olvidado por los «marxistas» de hoy, que nos hablan del progreso o las buenas intenciones de determinados imperialismos. 

Cuando la propaganda del imperialismo hegemónico sobre las bonazas del librecambismo no era suficiente se adoptaba la violencia abierta para abrir los mercados:

«Durante más de 20 años, los buques de guerra ingleses aislaron a los rivales industriales de Inglaterra de sus respectivos mercados coloniales, mientras abrían por la fuerza estos mercados al comercio inglés». (Friedrich Engels; Sobre la cuestión del libre comercio, Prefacio de Friedrich Engels para el folleto de la edición en inglés de 1888)

Desde su nacimiento, EEUU, como potencia regional, fue abiertamente proteccionista. Quien tenga dudas puede repasar los discursos de Lincoln. Solo después de la Segunda Guerra Mundial ha pasado a ser el mayor librecambista. En los años 70, pese a ir ganando la Guerra Fría contra la URSS, volvió a incrementar los aranceles. Así, la teoría de Vincent Gouysse de que el proteccionismo es una medida adoptada solo por potencias que van cuesta abajo y sin frenos es la mentira de un ignorante –o la de un hombre muy consciente de sus oscuros fines–.

La burguesía de China fue proteccionista mientras se industrializaba gracias al capital yankee, algo que Mao llevaba promoviendo desde los años 40. Escoger cualquiera de estas políticas o cómo se combinan es algo, reiteramos, circunstancial. Véase nuestra obra: «Las luchas de los marxista-leninistas contra el maoísmo: el caballo de Troya del revisionismo durante los 60 y 70 en el movimiento marxista-leninista» de 2016.

La burguesía china actual solo se presenta como «librecambista» en el ámbito internacional, pues sabe que sus mercancías, en la mayoría de casos, son más competitivas que las del resto –entre otras razones, esto es por las condiciones en las que se producen–, algo que ya ha ocurrido en incontables ocasiones con otras potencias en auge. Pero, de nuevo, este fenómeno no justifica las ilusiones que los ideólogos como Kautsky se hacían sobre el carácter del imperio alemán, por ejemplo:

«Si Alemania desarrolla su comercio con las colonias británicas más rápidamente que Gran Bretaña, esto demuestra solamente que el imperialismo alemán es más joven, más fuerte, mejor organizado que el británico, es superior a él; pero no demuestra en absoluto la «superioridad» del libre mercado porque no se trata del libre mercado luchando contra el proteccionismo y la dependencia colonial, sino de un imperialismo luchando contra otro, un monopolio contra otro, un capital financiero contra otro. La supremacía del imperialismo alemán sobre el británico es más fuerte que la muralla de las fronteras coloniales o de los aranceles proteccionistas: usar esto como «argumento» a favor del libre mercado y de la «democracia pacífica» es una banalidad, significa olvidar los rasgos y las características fundamentales del imperialismo, suplantar el marxismo por el reformismo pequeño burgués». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo fase superior del capitalismo, 1916)

He aquí explicado el error en que hoy incurre el señor Gouysse cuando habla de la disputa China-EEUU, en este caso contraponiendo un imperialismo «atroz y reaccionario» a uno «más benévolo» y todo por no haber comprendido la esencia de la teoría leninista del imperialismo.

Si ahondamos un poco más veremos que la supremacía económica de China en diversos sectores y la posibilidad de difundir la idea del libre comercio mundial de forma interesada no excluye que siga siendo partidaria de una política proteccionista de su industria y sectores estratégicos. De hecho, las quejas de la UE respecto al proteccionismo ruso y chino que obstaculizan sus exportaciones son frecuentes:

«El Ministerio chino de Comercio anunció hoy que ampliará otros cinco años medidas proteccionistas sobre tuberías sin soldadura de acero de aleación para altas temperaturas y presión importados de la Unión Europea (UE) y de Estados Unidos.

En un comunicado publicado en su página web, el organismo explicó que a partir del 10 de mayo renovará por cinco años medidas tomadas en 2014 contra el 'dumping' –precios por debajo del coste– en importaciones de este producto procedentes de la UE y de EEUU».

China fue el país sobre el que pesaban más medidas de defensa comercial de la Unión Europea (UE) en 2019, año en el que el bloque comunitario aumentó los derechos antidumping o antisubsidios ante importaciones desleales, según un informe anual publicado este lunes por la Comisión Europea (CE).

Por lo que respecta a medidas tomadas por otros países contra importaciones europeas, se situó en las 175 en 2019, un «nivel alto» que la CE cree que se mantendrá en el futuro debido a los «numerosos casos» abiertos ese año.

La CE aseguró que ha sido «muy firme» a la hora de intervenir en investigaciones extranjeras que «se centran de forma injusta en exportaciones de la UE».

La UE y algunos países han urgido a Pekín en los últimos años a que reestructure su abultado sector siderúrgico –China es con mucha diferencia el mayor productor mundial de acero– y evite la comercialización de artículos de ese ámbito a precios inferiores a su coste». (Expansión; China amplía las medidas proteccionistas sobre las tuberías de acero de la UE y de EEUU, 8 de mayo de 2020)

Brasil, un «país emergente», es decir, un imperialismo menor, también ha tenido rifirrafes con China, sufriendo hace no mucho por su proteccionismo:

«El gobierno chino ha anunciado la imposición de aranceles a las importaciones de pollo de Brasil. Los importes arancelarios oscilarían desde el 17,8% al 32,4% y permanecerán vigentes durante cinco años». (Agrodigital; China impone aranceles a las importaciones de pollo de Brasil, 18 de febrero de 2019)

No parece una sorpresa que China esté siempre en la lista de países que más obstaculizan la entrada de productos de países imperialistas como Francia, España, Italia o Alemania:

«El último informe de la Comisión Europea (CE) ha apuntado a China y a Rusia, respectivamente, como los agentes que más obstaculizaron las exportaciones europeas en el transcurso de 2018. Además de estos, Bruselas ha apuntado a otros países como India o EEUU como los responsables de imponer hasta 45 nuevas barreras «problemáticas» que han afectado al desarrollo del comercio y la inversión de los Veintiocho. (...) Las medidas sobre las que Bruselas ha puesto el foco recopilan, entre otros, aranceles injustificados, ciertos tipos de medidas sanitarias y fitosanitarias, prohibiciones a la importación o restricciones en cuando a la propiedad intelectual. El informe sobre 2018 ha analizado hasta 45 barreras nuevas procedentes de un total de 23 países, con un impacto económico que ha llegado a duplicar el del año anterior y que se ha situado en los 51.400 millones de euros, frente a 23.100 millones en 2017. Dentro del ranking de países con mayor número de medidas nuevas, destacan tanto India como Argelia, con cinco barreras adicionales cada uno, les siguen Estados Unidos y China, con cuatro. Estos países abarcan el 81 % del volumen de exportaciones europeas afectadas por medidas comerciales. La presencia de Argelia en esta lista es síntoma, según la Comisión, de un efecto contagio de las políticas proteccionistas a nivel mundial «que está emergiendo de la región del Mediterráneo sur», una tendencia que ya se había percibido en 2017 y que ha quedado confirmada con los nuevos datos que incluyen otros países como Egipto o Israel». (La información; El proteccionismo de China y Rusia es el principal enemigo comercial de la UE, 16 de junio de 2019)

Dentro de la lista observamos países como Argelia o Egipto, que no son potencias imperialistas de peso –ni siquiera a nivel regional–. Esto echa abajo la teoría de que el proteccionismo es algo carácterístico de «los países imperialistas en decadencia». El proteccionismo es inherente tanto a burguesías nacionales en ascenso de «países emergentes» como a las potencias imperialistas en auge o decadencia.

Este doble juego de librecambista de iure y proteccionista de facto no es una fórmula nueva, sino que, como no nos cansamos de repetir, es tan vieja como el imperialismo:

«Es sabido que los cárteles han dado lugar al establecimiento de aranceles proteccionistas de un tipo nuevo y original: se protegen –como ya señaló Engels en el III tomo de El capital–precisamente los productos susceptibles de ser exportados. Es conocido asimismo el sistema, propio de los cárteles y del capital financiero, de «exportar a bajo precio», el dumping, como lo llaman los ingleses: en el interior del país, el cártel vende sus productos a un precio monopolista elevado, y en el extranjero, a un precio bajísimo para arruinar a la competencia, ampliar al máximo su propia producción, etc». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo fase superior del capitalismo, 1916)

Y bien, señor Gouysse...

¡¿No se da cuenta de que sus especulaciones ya fueron refutadas hace más de cien años?!

¡¿No ha sido el dumping la estrategia comercial predilecta de China estas últimas décadas?!

¡¿No ha alzado su poder imperial bajo estas prácticas y estafando al resto de países?!

«En la teoría del comercio internacional se consideran prácticas desleales a las acciones, políticas y prácticas que usan los países al exportar y que son consideradas injustas, no razonables o discriminatorias para el país receptor. Competencia desleal es el término genérico que se utiliza para todas estas prácticas que perjudican el libre comercio y se refiere a las distorsiones en el sistema mundial de comercio; las que podrían tomar diversas formas. Estas prácticas que se pueden manifestar en forma de dumping, subsidios, infracción de los derechos de propiedad intelectual o piratería, incorrecta clasificación arancelaria de mercancías, tergiversación en valor de facturas, manipulación de la moneda y otros tipos de hechos que van en contra del comercio justo; las que, sin duda, dan a la empresa extranjera una ventaja en el mercado nacional. Algunos países receptores contrarrestan formalmente estas prácticas mediante la imposición de aranceles, cuotas u otras barreras, con la cual generan nuevas distorsiones al libre comercio. (...) El dumping es una práctica comercial por la cual las empresas de un país exportan sus productos a un precio que está por debajo del que normalmente se vende en su propio mercado, o cuando el precio es menor al costo promedio de su producción. (...) En 2005, China se convirtió en el segundo socio comercial del Perú y en el mercado más grande para las exportaciones peruanas, y es desde 2011 su socio comercial más importante. (...) Si revisamos las resoluciones emitidas por el Indecopi sobre dumping y subsidios desde 1994 hasta fines de 2012, podemos observar (ver gráfico 2) que China es el país que más quejas ha recibido sobre casos de dumping. También es evidente que varios de estos son casos que corresponden al sector textil y confección. Hasta marzo de 2013, Indecopi tenía cuatro procedimientos de investigación relacionados con textiles y prendas de vestir provenientes de este país (ver gráfico 2); y según la OMC China es el país al que más medidas antidumping e investigaciones se le han aplicado en el mundo (OMC 2008). Sus mismos funcionarios admiten que en 2007 existían «561 medidas antidumping en más de 30 países contra China» (Wang 2007:244). Igualmente, en varios países donde hay presencia del comercio chino las denuncias se han incrementado (Camacho 2011; Navarro 2008)». (Ruben Berríos; Dumping y subsidios en las exportaciones chinas: El caso textil peruano, 2014)

Pretender que, a día de hoy, la pugna entre «países progresistas-proteccionistas y países reaccionarios-librecambistas» es una real y de gran importancia tiene el mismo sentido que la visión de Mao Zedong sobre el «primer, segundo y tercer mundo». Véase nuestro capítulo: «La de los «tres mundos» y la política exterior contrarrevolucionaria de Mao» de 2017. 

Sí, las afirmaciones de Gouysse contienen la misma lógica aquellas de Gustavo Bueno, con sus «imperialismos generadores y depredadores», quienen mantienen un discurso esencialmente antiglobalista que hoy repiten en Vox sus discípulos. Véase nuestro capítulo: «El viejo socialchovinismo: la Escuela de Gustavo Bueno» de 2020.

Seguir los planteamientos actuales de Gouysse sería como seguir a los teóricos revisionistas de Venezuela, como el señor Shuterland, que niegan la teoría del imperialismo de Lenin y no ven peligro en la exportación de capital extranjero ni en la división del trabajo internacional a la que China somete a sus socios comerciales, santificando con una nociva inocencia, sus relaciones económicas. Véase nuestra obra: «Las perlas antileninistas del economista burgués Manuel Shuterland; Una exposición de la vigencia de las tesis leninista sobre el imperialismo» de 2018.

En realidad, todas estas teorías sobre países «proteccionistas» confrontados a los «librecambistas» son especulaciones antiguas para desviar a los pueblos de sus tareas de clase, pues, como cualquier espectador objetivo reconocerá, actualmente, en el mundo capitalista:

«En realidad, no existe país que sea totalmente liberal en su comercio, en especial cuando se trata de defender el mercado interno». (Ruben Berríos; Dumping y subsidios en las exportaciones chinas: El caso textil peruano, 2014) 

La burguesía imperialista «que empieza a perder sus estatus» se volverá más «proteccionista», mientras la que va ganando la partida será el adalid de la «libertad de comercio», ¡y no por ello desistirá de proteger sus sectores estratégicos! 

«Desaparecido el tráfico, desaparecerá también, forzosamente el libre tráfico. La apología del libre tráfico, como en general todos los ditirambos a la libertad que entona nuestra burguesía, sólo tienen sentido y razón de ser en cuanto significan la emancipación de las trabas y la servidumbre de la Edad Media, pero palidecen ante la abolición comunista del tráfico, de las condiciones burguesas de producción y de la propia burguesía». (Karl Marx y Friedrich Engels; Manifiesto Comunista, 1848)

¡Si el «librecambismo» fuera progreso en cualquier contexto –ni siquiera estamos en el siglo XIX, sino en la era de los monopolios capitalistas, con países consolidados en su mercado interno–, los neoliberales serían los nuevos revolucionarios, los mejores aliados del marxismo! 

Pero otro de los padres del comunismo también refutó tu peregrina idea, señor Gouysse:

«La cuestión de libre comercio o proteccionismo se sitúa enteramente dentro de los límites del actual sistema de producción capitalista, y no tiene, por lo tanto, ningún interés directo para nosotros, socialistas, que queremos acabar con ese sistema. (...) Se aplique el proteccionismo o el libre comercio, al final no habrá ninguna diferencia». (Friedrich Engels; Sobre la cuestión del libre comercio, Prefacio de Frederick Engels para el folleto de la edición en inglés de 1888)

Ni los países «librecambistas» son más «progresistas» –de hecho, suele ser el «modelo» de las potencias hegemónicas– ni China es, siquiera, «librecambista».

Para finalizar, ¿cuáles son las contradicciones principales de nuestra época?

«La primera contradicción es la existente entre el trabajo y el capital. El imperialismo es la omnipotencia de los trusts y de los sindicatos monopolistas, de los bancos y de la oligarquía financiera de los países industriales. (...) La segunda contradicción es la existente entre los distintos grupos financieros y las distintas potencias imperialistas en su lucha por las fuentes de materias primas, por territorios ajenos. El imperialismo es la exportación de capitales a las fuentes de materias primas, la lucha furiosa por la posesión monopolista de estas fuentes, la lucha por un nuevo reparto del mundo ya repartido, lucha mantenida con particular encarnizamiento por los nuevos grupos financieros y por las nuevas potencias, que buscan «un lugar bajo el sol», contra los viejos grupos y las viejas potencias, tenazmente aferrados a sus conquistas. La particularidad de esta lucha furiosa entre los distintos grupos de capitalistas es que entraña como elemento inevitable las guerras imperialistas, guerras por la conquista de territorios ajenos. Esta circunstancia tiene, a su vez, la particularidad de que lleva al mutuo debilitamiento de los imperialistas, quebranta las posiciones del capitalismo en general, aproxima el momento de la revolución proletaria y hace de esta revolución una necesidad práctica». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Fundamentos del leninismo, 1924)

Si se acepta esto, intentar argumentar qué imperialismo es más «progresista», se comprende, es un debate estéril, pues no es el deber de los marxistas calibrar a cuál debemos apoyar en función de «su progresismo», pues ninguna burguesía puede serlo en etapa imperialista. Más aún, este tipo de discernimientos, en plena era de los monopolios, son similares a aquellos que consisten en determinar qué facción de la burguesía nacional puede ser compañera de viaje de la revolución, es decir, algo absurdo. Es rebajarse al papel de tercermundistas, como aquellos maoístas de la «línea de reconstitución», que todavía afirman que la «contradicción principal de nuestra época» no es el «capital-trabajo», sino aquella que se da entre los «países opresores y oprimidos». 

«El análisis de clase marxista-leninista y los hechos demuestran que la existencia de las contradicciones y las discrepancias entre las potencias y las agrupaciones imperialistas no elimina en absoluto ni relega a segundo plano las contradicciones entre el trabajo y el capital en los países capitalistas e imperialistas o las contradicciones entre los pueblos oprimidos y sus opresores imperialistas. Precisamente las contradicciones entre el proletariado y la burguesía, entre los pueblos oprimidos y el imperialismo, entre el socialismo y el capitalismo son las más profundas, son constantes, irreductibles. De ahí que el aprovechamiento de las contradicciones interimperialistas o entre los Estados capitalistas y revisionistas sólo tenga sentido cuando sirve para crear las condiciones lo más favorables posible para el poderoso desarrollo del movimiento revolucionario y de liberación contra la burguesía, el imperialismo y la reacción. Por eso, estas contradicciones deben ser explotadas sin crear ilusiones en el proletariado y los pueblos acerca del imperialismo y la burguesía. Es indispensable esclarecer las enseñanzas de Lenin a los trabajadores y a los pueblos, hacerles conscientes de que sólo una actitud intransigente hacia los opresores y los explotadores, de que sólo la lucha resuelta contra el imperialismo y la burguesía, de que sólo la revolución, les asegurará la verdadera liberación social y nacional. La explotación de las contradicciones entre los enemigos no puede constituir la tarea fundamental de la revolución ni puede ser contrapuesta a la lucha por derrocar a la burguesía». (Enver Hoxha; Imperialismo y revolución, 1978)

Las ideas sobre el imperialismo como las que abandera hoy el señor Gouysse, inevitablemente, centran su propaganda y actividad en el siguiente sofisma: «Preferimos que el imperialismo menos malo derrote al más malo, pues la revolución contra ambos no es aún tarea inmediata, y hacer comprender esto al pueblo es de imperiosa necesidad». Es decir, acaban delegando a tarea de segundo orden el difundir una ideología y una organización propia para garantizar la independencia del proletariado, renegando del factor subjetivo que puede dar pie a una revolución socialista y también, a cualquier trabajo antiimperialista efectivo. ¿Acaso esto se ha logrado en Francia? ¿No? Entonces, los marxista-leninistas deben preocuparse de crear su propio partido, y no de «dilucidar» como Jacques Jurquet –maoísta especialmente activo en los años 70– a qué bloque imperialista debemos apoyar –no parece casualidad que este sujeto partiese de la misma base y acabase apoyando a la burguesía francesa, la UE y la OTAN con tal de combatir el socialimperialismo soviético, el «principal enemigo de los pueblos»–. Véase nuestra obra: «Un rápido repaso histórico a las posiciones ultraoportunistas de Jacques Jurquet y el PCF-ML» de 2015.

«El entusiasmo «general» por las perspectivas del imperialismo, la cerrada defensa del mismo, su embellecimiento por todos los medios, tal es el signo de nuestro tiempo. La ideología imperialista también penetra en la clase obrera, que no está separada de las demás clases por una muralla china». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Imperialismo fase superior del capitalismo, 1916)

Su actual pensamiento conformista no difiere demasiado del altermundismo del que, hace no muchos años, se mofaba: 

«Para ellos, por otra parte, los métodos pacíficos de dominación imperialista no son condenados en términos absolutos, sólo condenan los excesos de la política imperialista de saqueo económico de los países dependientes. Como buenos socialdemócratas no están por la abolición de la explotación económica de los países dependientes, sino que se negocie una más justa remuneración de ellos. ¡Esta es la visión filantrópica pequeño burguesa que imagina posible y deseable elevar a la gran masa de trabajadores a una gran vida de comodidad bajo las condiciones de explotación salarial!». (Vincent Gouysse; Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

Hoy, el señor Gouysse celebra la «progresista» explotación salarial de los obreros del mundo bajo el látigo del dragón oriental. No cabe caer en mayor oprobio para alguien que dedicó tanto tiempo de su vida a exponer el proyecto nacionalista e imperialista del maoísmo». (Equipo de Bitácora (M-L); La deserción de Vincent Gouysse al socialimperialismo chino; Un ejemplo de cómo la potencia de moda crea ilusiones entre las mentes débiles, 2021)

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