«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

lunes, 13 de enero de 2014

¿Puede haber igualdad entre el explotador y el explotado?

«No puede haber igualdad real, efectiva, mientras no se haya hecho totalmente imposible la explotación de una clase por otra». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La revolución proletaria y el renegado Kautsky, 1918)


Kautsky argumenta así:

(1) «Los explotadores han constituido siempre una pequeña minoría de la población» (pág.14 del opúsculo de Kautsky).

Esto es una verdad indiscutible. ¿Cómo deberemos razonar partiendo de ella? Podemos razonar como marxistas, como socialistas; entonces habremos de basarnos en la relación entre explotados y explotadores. Podemos razonar como liberales, como demócratas burgueses; entonces habremos de basarnos en la relación entre mayoría y minoría.

Si razonamos como marxistas, tendremos que decir: los explotadores transforman inevitablemente el Estado —porque se trata de la democracia, es decir, de una de las formas del Estado— en instrumento de dominio de su clase, de la clase de los explotadores, sobre los explotados. Por eso, aun el Estado democrático, mientras haya explotadores que dominen sobre una mayoría de explotados, será inevitablemente una democracia de explotadores. El Estado de los explotados debe distinguirse por completo de él, debe ser la democracia para los explotados y el aplastamiento de los explotadores; y el aplastamiento de una clase significa la desigualdad en detrimento suyo, su exclusión de la «democracia».

Si argumentamos en liberal, tendremos que decir: la mayoría decide y la minoría se somete. Los desobedientes son castigados. Y nada más. No hay por qué hablar del carácter de clase del Estado en general ni de la «democracia pura» en particular; no tiene nada que ver con la cuestión, porque la mayoría es la mayoría y la minoría es la minoría. Una libra de carne es una libra de carne, y nada más. Kautsky razona exactamente así:

(2) «¿Qué motivos hay para que la dominación del proletariado tomase o haya de tomar una forma que sea incompatible con la democracia?» (pág.21). Después explica, con frase larga y redundante, hasta con una cita de Marx y con estadísticas electorales de la Comuna de París, que el proletariado posee la mayoría. Conclusión: «Un régimen con tan hondas raíces en las masas no tiene motivo alguno para atentar contra la democracia. No siempre podrá abstenerse de la violencia cuando se haga uso de ella contra la democracia. Sólo con la violencia puede contestarse a la violencia. Pero un régimen que sabe que cuenta con las masas usará de ella únicamente para defender la democracia, y no para suprimirla. Cometería un verdadero suicidio si quisiera suprimir su base más segura, el sufragio universal, profunda fuente de poderosa autoridad moral» (pág.22).

Como se ve, la relación entre explotados y explotadores ha desaparecido de la argumentación de Kautsky. No queda más que la mayoría en general, la minoría en general, la democracia en general, la «democracia pura» que ya conocemos.

¡Obsérvese que esto se dice a propósito de la Comuna de París! Para mayor evidencia, veamos lo que decían Marx y Engels de la dictadura a propósito de la Comuna:

Marx: … «Si los obreros sustituyen la dictadura de la clase burguesa con su dictadura revolucionaria… para vencer la resistencia de la burguesía…, dan al Estado una forma revolucionaria y transitoria»… [16]

Engels: … «El partido victorioso» —en la revolución— «si no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener este dominio por el terror que sus armas inspiran a los reaccionarios. ¿La Comuna de París habría durado acaso un solo día de no haber empleado esta autoridad de pueblo armado frente a los burgueses? ¿No podemos, por el contrario, reprocharle el no haberse servido lo bastante de ella?»

Engels: «Siendo el Estado una institución meramente transitoria, que se utiliza en la lucha, en la revolución, para someter por la violencia a los adversarios, es un absurdo hablar de un Estado libre del pueblo: mientras el proletariado necesite todavía del Estado, no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir»...

Entre Kautsky, por un lado, y Marx y Engels, por otro, existe el mismo abismo que entre el cielo y la tierra, que entre un liberal y un revolucionario proletario. La democracia pura, y sencillamente la «democracia» de que habla Kautsky, no es más que una paráfrasis de ese mismo «Estado libre del pueblo», es decir, un puro absurdo. Con la erudición de un doctísimo imbécil de gabinete, o con el candor de una niña de diez años, pregunta Kautsky: ¿Para qué ejercer la dictadura teniendo la mayoría? Marx y Engels lo explican:

—Para aplastar la resistencia de la burguesía.

—Para inspirar temor a los reaccionarios.

—Para mantener la autoridad del pueblo armado contra la burguesía.

—Para que el proletariado pueda someter por la fuerza a sus adversarios.

Kautsky no comprende estas explicaciones. Enamorado de la «pureza» de la democracia, no viendo su carácter burgués, sostiene «consecuentemente» que la mayoría, puesto que lo es, no tiene necesidad de «aplastar la resistencia» de la minoría, de «aplastarla por la fuerza»; sostiene que es suficiente reprimir los casos de violación de la democracia. ¡Enamorado de la «pureza» de la democracia, Kautsky incurre por descuido en ese pequeño error en que siempre incurren todos los demócratas burgueses: toma por igualdad real la igualdad formal —que no es más que mentira e hipocresía en el régimen capitalista—! ¡Nada menos!
El explotador no puede ser igual al explotado.

Esta verdad, por desagradable que le resulte a Kautsky, es lo más esencial del socialismo.

Otra verdad: No puede haber igualdad real, efectiva, mientras no se haya hecho totalmente imposible la explotación de una clase por otra.

Se puede derrotar de golpe a los explotadores con una insurrección victoriosa en la capital o una rebelión de las tropas. Pero, descontando casos muy raros y excepcionales, no se puede hacer desaparecer de golpe a los explotadores. No se puede expropiar de golpe a todos los terratenientes y capitalistas de un país de cierta extensión. Además, la expropiación por sí sola, como acto jurídico o político, no decide, ni mucho menos, el problema, porque es necesario desplazar de hecho a los terratenientes y capitalistas, reemplazarlos de hecho en fábricas y fincas por otra administración, la obrera. No puede haber igualdad entre los explotadores, a los que durante muchas generaciones han distinguido la instrucción, las condiciones de la vida rica y los hábitos adquiridos, y los explotados, que, incluso en las repúblicas burguesas más avanzadas y democráticas, son una masa embrutecida, inculta, ignorante, atemorizada y falta de cohesión. Durante mucho tiempo después de la revolución, los explotadores siguen conservando de hecho, inevitablemente, tremendas ventajas: conservan el dinero —no es posible suprimir el dinero de golpe—, algunos que otros bienes inmuebles, con frecuencia considerables; conservan las relaciones, los hábitos de organización y administración, el conocimiento de todos los «secretos» —costumbres, procedimientos, medios, posibilidades— de la administración; conservan una instrucción más elevada, sus estrechos lazos con el alto personal técnico —que vive y piensa en burgués—; conservan —y esto es muy importante— una experiencia infinitamente superior en lo que respecta al arte militar, etc., etc.

Si los explotadores son derrotados solamente en un país —y éste es, naturalmente, el caso típico, pues la revolución simultánea en varios países constituye una rara excepción— seguirán siendo, no obstante, más fuertes que los explotados, porque sus relaciones internacionales son poderosas. Además, una parte de los explotados, pertenecientes a las masas menos desarrolladas de campesinos medios, artesanos, etc., sigue y puede seguir a los explotadores, como lo han probado hasta ahora todas las revoluciones, incluso la Comuna —porque entre las fuerzas de Versalles había también proletarios, cosa que «ha olvidado» el doctísimo Kautsky—.

Por tanto, suponer que en una revolución más o menos seria y profunda la solución del problema depende sencillamente de la relación entre la mayoría y la minoría, es el colmo de la estupidez, el más necio prejuicio de un liberal adocenado, es engañar a las masas, ocultarles una verdad histórica bien establecida. Esta verdad histórica es la siguiente: en toda revolución profunda, lo normal es que los explotadores, que durante bastantes años conservan de hecho sobre los explotados grandes ventajas, opongan una resistencia larga, porfiada y desesperada. Nunca —a no ser en la fantasía dulzona del melifluo tontaina de Kautsky— se someten los explotadores a la decisión de la mayoría de los explotados antes de haber puesto a prueba su superioridad en una desesperada batalla final, en una serie de batallas.

El paso del capitalismo al comunismo llena toda una época histórica. Mientras esta época histórica no finalice, los explotadores siguen inevitablemente abrigando esperanzas de restauración, esperanzas que se convierten en tentativas de restauración. Después de la primera derrota seria, los explotadores derrocados, que no esperaban su derrocamiento ni creían en él, que no aceptaban ni siquiera la idea de él, se lanzan con energía decuplicada, con pasión furiosa y odio centuplicado a la lucha por la restitución del «paraíso» que les ha sido arrebatado, en defensa de sus familias, que antes disfrutaban de una vida tan dulce y a quienes la «chusma del populacho vil» condena a la ruina y a la miseria —o al «simple» trabajo...— Y detrás de los capitalistas explotadores viene arrastrándose una gran masa de pequeña burguesía, de la que decenios de experiencia histórica en todos los países nos dicen que titubea y vacila, que hoy sigue al proletariado y mañana se asusta de las dificultades de la revolución, se deja llevar presa del pánico ante la primera derrota o semiderrota de los obreros, se pone nerviosa, se agita, lloriquea, se pasa de un campo a otro… lo mismo que nuestros mencheviques y eseristas.

¡¡Y en estas condiciones, en una época de lucha desesperada, agudizada, cuando la historia pone al orden del día problemas de vida o muerte para privilegios seculares y milenarios, hablar de mayoría y minoría, de democracia pura, de que no hace falta la dictadura, de igualdad entre explotadores y explotados!! ¡Qué abismo de estupidez y de filisteísmo se necesita para ello!

Pero decenios de un capitalismo relativamente «pacífico», de 1871 a 1914, han convertido a los partidos socialistas que se adaptan al oportunismo en establos de Augías de filisteísmo, de estrechez mental y de apostasía…

El lector habrá advertido probablemente que Kautsky, en el pasaje de su libro más arriba citado, habla de atentado contra el sufragio universal —al que califica, dicho sea entre paréntesis, de profunda fuente de poderosa autoridad moral, mientras que Engels, a propósito de la misma Comuna de París y del mismo problema de la dictadura, habla de la autoridad del pueblo armado contra la burguesía; resulta característico comparar las ideas que sobre la «autoridad» tienen un filisteo y un revolucionario…—.

Es de advertir que el privar a los explotadores del derecho de voto es un problema puramente ruso, y no un problema de la dictadura del proletariado en general. Si Kautsky, sin hipocresía, hubiera titulado su folleto «Contra los bolcheviques», el título correspondería al contenido, y Kautsky tendría entonces derecho a hablar directamente del derecho de sufragio. Pero Kautsky ha querido ser, ante todo, un «teórico». La dictadura del proletariado ha titulado su folleto en general. De los Soviets y de Rusia habla especialmente sólo en la segunda parte del opúsculo, a partir del apartado sexto. En cambio, en la primera parte —que es de donde yo he tomado la cita—, trata de la democracia y de la dictadura en general. Puesto a hablar del derecho electoral, Kautsky se ha desenmascarado como polemista contra los bolcheviques sin un ápice de respeto por la teoría. Porque la teoría, es decir, el estudio de los fundamentos generales de clase —y no de un carácter específico nacional— de la democracia y de la dictadura, no debe tratar de un problema especial, como es el derecho electoral, sino del problema general: ¿Puede mantenerse la democracia para los ricos y los explotadores en un período histórico en que se derriba a los explotadores y su Estado es sustituido por el Estado de los explotados?

Así y sólo así es como puede plantear el problema un teórico.

Conocemos el ejemplo de la Comuna, conocemos todos los razonamientos de los fundadores del marxismo sobre ella y a propósito de ella. Apoyándome en estos materiales he analizado yo, por ejemplo, el problema de la democracia y de la dictadura en el folleto «El Estado y la revolución», escrito antes de la Revolución de Octubre. Acerca de la restricción del derecho al sufragio no he dicho ni una palabra. Y ahora hay que afirmar que este problema es un asunto específico nacional, y no un problema general de la dictadura. Es un problema que hay que enfocar con un estudio de las condiciones peculiares de la revolución rusa, con un estudio de su camino especial de desarrollo. Esto es lo que me propongo hacer en las páginas que siguen. Pero sería un error asegurar por anticipado que las próximas revoluciones proletarias de Europa, todas o la mayor parte de ellas, originarán necesariamente una restricción del derecho de voto para la burguesía. Puede suceder así. Después de la guerra y de la experiencia de la revolución rusa, es probable que así suceda, pero no es indispensable para el ejercicio de la dictadura, no constituye un rasgo imprescindible del concepto lógico de dictadura, no es condición indispensable del concepto de dictadura en el terreno histórico y de clase.

Lo que es rasgo indispensable, condición imprescindible de la dictadura, es la represión por la fuerza a los explotadores como clase, y, por consiguiente, la violación de la «democracia pura», es decir, de la igualdad y de la libertad en relación con esa clase.

Así y sólo así es como puede plantearse el problema en el terreno teórico. Y Kautsky, al no hacerlo así, demuestra que no procede contra los bolcheviques como teórico, sino como un sicofante de los oportunistas y de la burguesía.

Determinar en qué países, en qué condiciones específicas nacionales de un capitalismo u otro se va a aplicar —de un modo exclusivo o preponderante— una restricción determinada, una violación de la democracia para los explotadores, es una cuestión que depende de las particularidades nacionales de cada capitalismo, de cada revolución. Teóricamente, el problema es distinto, y se formula así: ¿Es posible la dictadura del proletariado sin violación de la democracia respecto a la clase de los explotadores?

Kautsky ha eludido esta cuestión, la única teóricamente esencial e importante. Cita toda clase de pasajes de Marx y de Engels salvo los que se refieren al problema que nos ocupa, que yo he citado más arriba.

Habla de todo lo que se quiera, de todo lo que admiten los liberales y los demócratas burgueses, de lo que no rebasa el círculo de ideas de éstos, menos de lo principal, de que el proletariado no puede triunfar sin vencer la resistencia de la burguesía, sin reprimir por la violencia a sus adversarios; y donde hay «represión violenta», donde no hay «libertad», desde luego no hay democracia.
Esto no lo ha comprendido Kautsky.

Pasemos a la experiencia de la revolución rusa y a la divergencia entre los Soviets de Diputados y la Asamblea Constituyente, que condujo a la disolución de la Constituyente, privándose a la burguesía del derecho de sufragio.

Notas

[16] Véase C. Marx y F. Engels, Obras Completas, t. XVIII.



1 comentario:

  1. No hay explotación legal, pienso que casi todos pueden recurrir a la legalidad, excepto en paises no democráticos.

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