«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

domingo, 12 de enero de 2014

Democracia burguesa y democracia proletaria

«Siendo el Estado una institución meramente transitoria, que se utiliza en la lucha, en la revolución, para someter por la violencia a los adversarios, es un absurdo hablar de un Estado libre del pueblo: mientras el proletariado necesite todavía del Estado, no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir» (Friedrich Engels, en su Carta a Bebel del 28 de marzo de 1875)



El problema que tan atrozmente embrolla Kautsky, se plantea en realidad así.

Si no es para mofarse del sentido común y de la historia, claro está que no puede hablarse de «democracia pura» mientras existan diferentes clases, y sólo puede hablarse de democracia de clase. (Digamos entre paréntesis que «democracia pura» es, no sólo una frase de ignorante, que no comprende ni la lucha de clases ni la esencia del Estado, sino una frase completamente vacía, porque en la sociedad comunista la democracia, modificándose y convirtiéndose en costumbre, se extinguirá, pero nunca será democracia «pura».)

La «democracia pura» es un embuste de liberal que embauca a los obreros. La historia conoce la democracia burguesa, que reemplaza al feudalismo, y la democracia proletaria, que sustituye a la burguesa.

Cuando Kautsky consagra casi decenas de páginas a «demostrar» la verdad de que la democracia burguesa es más progresiva que el medievo, de que el proletariado debe utilizarla obligatoriamente en su lucha contra la burguesía, eso no es sino charlatanería liberal, que embauca a los obreros. En la culta Alemania, lo mismo que en la inculta Rusia, se trata de una perogrullada. Lo que hace Kautsky es arrojar su «sabia» tierra a los ojos de los obreros, hablándoles con aire grave de Weitling, de los jesuitas del Paraguay y de otras muchas cosas para pasar por alto la esencia burguesa de la democracia contemporánea, es decir, de la democracia capitalista.

Kautsky toma del marxismo lo que los liberales admiten, lo que admite la burguesía (la crítica del medievo, el papel progresivo que desempeñan en la historia el capitalismo en general y la democracia capitalista en particular) y arroja por la borda, calla y oculta en el marxismo lo que es inadmisible para la burguesía (la violencia revolucionaria del proletariado contra la burguesía para aniquilar a ésta). Por ello, dada su posición objetiva, sea cual fuere su convicción subjetiva, Kautsky resulta ser inevitablemente un lacayo de la burguesía.

La democracia burguesa, que constituye un gran progreso histórico en comparación con el medievo, sigue siendo siempre —y no puede dejar de serlo bajo el capitalismo—, estrecha, amputada, falsa, hipócrita, paraíso para los ricos y trampa y engaño para los explotados, para los pobres. Esta verdad, que figura entre lo más esencial de la doctrina marxista, no la ha comprendido el «marxista» Kautsky. En este problema —fundamental— Kautsky ofrece «cosas del gusto» de la burguesía, en lugar de una crítica científica de las condiciones que hacen de toda democracia burguesa una democracia para los ricos.

Comencemos por recordar al doctísimo señor Kautsky las declaraciones teóricas de Marx y Engels que nuestro exégeta, para vergüenza suya, «ha olvidado» (con objeto de complacer a la burguesía), y después explicaremos las cosas del modo más popular.

No sólo el Estado antiguo y feudal, sino también «el moderno Estado representativo es instrumento de que se sirve el capital para explotar el trabajo asalariado» (F. Engels, en su obra sobre el Estado) [11]. «Siendo el Estado una institución meramente transitoria, que se utiliza en la lucha, en la revolución, para someter por la violencia a los adversarios, es un absurdo hablar de un Estado libre del pueblo: mientras el proletariado necesite todavía del Estado, no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir» (F. Engels, en su «Carta a Bebel del 28 de marzo de 1875»). «El Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra, lo mismo en la república democrática que bajo la monarquía» (F. Engels, en el prólogo a «La guerra civil» de Marx) [12]. El sufragio universal es «el índice de la madurez de la clase obrera. No puede llegar ni llegará nunca a más en el Estado actual» (F. Engels, en su obra sobre el Estado) [13]. El señor Kautsky rumia en forma extraordinariamente aburrida la primera parte de esta tesis, admisible para la burguesía. ¡En cambio la segunda, que hemos subrayado y que no es admisible para la burguesía, el renegado Kautsky la pasa por alto!) «La Comuna no había de ser un organismo parlamentario, sino una corporación de trabajo, ejecutiva y legislativa al mismo tiempo... En vez de decidir una vez cada tres o seis años qué miembros de la clase dominante han de representar y aplastar (ver- und zertreten) al pueblo en el parlamento, el sufragio universal había de servir al pueblo organizado en comunas, como el sufragio individual sirve a los patronos que buscan obreros y administradores para sus negocios» (Marx, en su obra sobre la Comuna de París «La guerra civil en Francia») [14].

Cada una de estas tesis, que conoce perfectamente el doctísimo señor Kautsky, es para él una bofetada y descubre toda su traición. En todo el folleto de Kautsky no hay ni una sola gota de comprensión de estas verdades. ¡Todo él es una burla del marxismo!

Tomad las leyes constitucionales de los Estados contemporáneos, tomad la manera como son regidos, la libertad de reunión o de imprenta, la «igualdad de los ciudadanos ante la ley», y veréis a cada paso la hipocresía de la democracia burguesa que tan bien conoce todo obrero honrado y consciente. No hay Estado, incluso el más democrático, cuya Constitución no ofrezca algún escape o reserva que permita a la burguesía lanzar las tropas contra los obreros, declarar el estado de guerra, etc. «en caso de alteración del orden» —en realidad, en caso de que la clase explotada «altere» su situación de esclava e intente hacer algo que no sea propio de esclavos—. Kautsky acicala desvergonzadamente la democracia burguesa, callándose, por ejemplo, lo que los burgueses más democráticos y republicanos hacen en Norteamérica o en Suiza contra los obreros en huelga.

¡Oh, el sabio y docto Kautsky se lo calla! Este erudito político no comprende que silenciarlo es una villanía. Prefiere contar a los obreros cuentos de niños, como lo de que democracia significa «defensa de la minoría». ¡Resulta increíble, pero así es! En este año de nuestro Señor, 1918, el quinto año de carnicería imperialista mundial y de que en todas las «democracias» del mundo se estrangula a las minorías internacionalistas (es decir, a los que no han traicionado vilmente el socialismo, como los Renaudel y los Longuet, los Scheidemann y los Kautsky, los Henderson y los Webb, etc.), el sabio señor Kautsky entona sus melifluas loas a la «defensa de la minoría». Quien lo desee puede leerlo en la página 15 del folleto de Kautsky. Y en la página 16, tan docto... individuo os hablará ¡de los whigs y de los tories del siglo XVIII en Inglaterra!

¡Oh erudición! ¡Oh refinado servilismo ante la burguesía! ¡Oh civilizada manera de reptar ante los capitalistas y lamerles las botas! Si yo fuera Krupp, Scheidemann, Clemenceau o Renaudel, le pagaría al señor Kautsky millones, le recompensaría con besos de Judas, lo elogiaría ante los obreros, recomendaría «la unidad socialista» con gentes tan «respetables» como él. ¿No es prestar lacayunos servicios a la burguesía eso de escribir folletos contra la dictadura del proletariado, traer a colación a los whigs y tories del siglo XVIII en Inglaterra, afirmar que democracia significa «defensa de la minoría» y guardar silencio sobre los pogroms desencadenados contra los internacionalistas en la «democrática» República de los Estados Unidos?

El sabio señor Kautsky «ha olvidado» —probablemente por casualidad…– una «pequeñez»: el partido dominante de una democracia burguesa sólo cede la defensa de la minoría a otro partido burgués, mientras que al proletariado, en todo problema serio, profundo y fundamental, en lugar de «defensa de la minoría» le tocan en suerte estados de guerra o pogroms. Cuanto más desarrollada está la democracia, tanto más cerca se encuentra en toda divergencia política profunda, peligrosa para la burguesía, del pogrom o de la guerra civil. El sabio señor Kautsky podía haber advertido esta «ley» de la democracia burguesa en el asunto Dreyfus en la Francia republicana, en el linchamiento de negros e internacionalistas en la democrática República de los Estados Unidos, en el ejemplo de Irlanda y de Úlster en la democrática Inglaterra [15], en la persecución de los bolcheviques y en la organización de pogroms contra ellos en abril de 1917, en la democrática República de Rusia. Intencionadamente cito ejemplos que no corresponden sólo al período de guerra, sino también al período prebélico, al tiempo de paz. El melifluo señor Kautsky estima oportuno cerrar los ojos ante estos hechos del siglo XX, y contar, en cambio, a los obreros cosas admirablemente nuevas, de extraordinario interés, inusitadamente instructivas e increíblemente enjundiosas sobre los whigs y los tories del siglo XVIII.

Considerad el parlamento burgués. ¿Puede admitirse que el sabio Kautsky no haya oído decir nunca que los parlamentos burgueses están tanto más sometidos a la Bolsa y a los banqueros cuanto más desarrollada está la democracia? Esto no quiere decir que no deba utilizarse el parlamentarismo burgués (y los bolcheviques lo han utilizado quizá con mayor éxito que ningún otro partido del mundo, porque en 1912-1914 habíamos conquistado toda la curia obrera de la cuarta Duma). Pero sí quiere decir que sólo un liberal puede olvidar, como lo hace Kautsky, el carácter históricamente limitado y condicional que tiene el parlamentarismo burgués. En el más democrático Estado burgués, las masas oprimidas tropiezan a cada paso con una contradicción flagrante entre la igualdad formal, proclamada por la «democracia» de los capitalistas, y las mil limitaciones y tretas reales que convierten a los proletarios en esclavos asalariados. Esta contradicción es lo que abre a las masas los ojos ante la podredumbre, la falsedad y la hipocresía del capitalismo. ¡Esta contradicción es la que los agitadores y los propagandistas del socialismo denuncian siempre ante las masas a fin de prepararlas para la revolución! Y cuando ha comenzado una era de revoluciones, Kautsky le vuelve la espalda y se dedica a ensalzar los encantos de la democracia burguesa agonizante.

La democracia proletaria, una de cuyas formas es el poder soviético, ha infundido un desarrollo y una extensión como jamás se conocieron a la democracia para la inmensa mayoría de la población, para los explotados y los trabajadores. Escribir todo un folleto sobre la democracia, como lo hace Kautsky, que dedica dos páginas a la dictadura y decenas de páginas a la «democracia pura», y no advertir esto, significa tergiversar por completo las cosas al modo liberal.

Considerad la política exterior. En ningún país burgués, ni aun en el más democrático, se hace abiertamente. En todas partes se engaña a las masas; y en la democrática Francia, en Suiza, en Norteamérica y en Inglaterra se hace de un modo cien veces más amplio y refinado que en otros países. El poder soviético ha arrancado revolucionariamente el velo de misterio que cubría la política exterior. Kautsky no lo ha notado. Nada dice de ello, aunque en una época de guerras de rapiña y de tratados secretos para el «reparto de las esferas de influencia» (es decir, para la partición del mundo entre los bandoleros capitalistas) tiene una importancia cardinal, porque de eso depende la paz, la vida y la muerte de decenas de millones de personas.

Considerad la estructura del Estado. Kautsky se aferra a «minucias», incluso a que las elecciones son «indirectas» (en la Constitución soviética), pero no ve el fondo del problema. No nota que la máquina estatal, el aparato del Estado tiene una esencia de clase. En la democracia burguesa, valiéndose de mil ardides —tanto más ingeniosos y eficaces cuanto más desarrollada está la democracia «pura»—, los capitalistas apartan a las masas de la participación en el gobierno, de la libertad de reunión y de imprenta, etc. El poder soviético es el primero del mundo (mejor dicho el segundo, porque la Comuna de París empezó a hacer lo mismo) que incorpora al gobierno a las masas, precisamente a las masas explotadas. Mil obstáculos impiden a las masas trabajadoras participar en el parlamento burgués (que nunca resuelve las cuestiones más importantes dentro de la democracia burguesa: las resuelven la Bolsa y los Bancos) y los obreros saben y sienten, ven y perciben perfectamente que el parlamento burgués es una institución extraña, un instrumento de opresión de los proletarios por la burguesía, la institución de una clase hostil, de la minoría de explotadores.

Los Soviets son la organización directa de los trabajadores y de las masas explotadas, a los que dan toda clase de facilidades para organizar por sí mismos el Estado y gobernarlo. La vanguardia de los trabajadores y de los explotados, el proletariado de las ciudades, tiene en este sentido la ventaja de ser el más unido, gracias a las grandes empresas; a él le es más fácil que a nadie elegir y controlar a los elegidos. La organización soviética facilita automáticamente la unificación de todos los trabajadores y explotados alrededor de su vanguardia, el proletariado. El viejo aparato burgués, la burocracia, los privilegios de la fortuna, de la instrucción burguesa, de las relaciones, etc. (privilegios de hecho, tanto más variados cuanto más desarrollada está la democracia burguesa) desaparecen totalmente con la organización soviética. La libertad de imprenta deja de ser una farsa, porque se desposee a la burguesía de los talleres gráficos y del papel. Lo mismo sucede con los mejores edificios, con los palacios, hoteles particulares, casas señoriales de campo, etc. El poder soviético desposeyó inmediatamente a los explotadores de miles y miles de los mejores edificios, haciendo de este modo un millón de veces más «democrático» el derecho de reunión para las masas, ese derecho de reunión sin el que la democracia es un engaño. Las elecciones indirectas de los Soviets que no son locales hacen más fáciles los congresos de los Soviets, hacen que todo el aparato sea menos costoso, más ágil, esté más al alcance de los obreros y de los campesinos en un período en que la vida se encuentra en efervescencia y es necesario poder proceder con gran rapidez para revocar a un diputado local o enviarle al Congreso general de los Soviets.

La democracia proletaria es un millón de veces más democrática que cualquier democracia burguesa. El poder soviético es un millón de veces más democrático que la más democrática de las repúblicas burguesas.

Para no advertirlo es preciso ser un servidor consciente de la burguesía o un hombre políticamente muerto del todo, al que los polvorientos libros burgueses le impiden ver la vida real y que está impregnado hasta la médula de prejuicios democrático-burgueses, por lo que objetivamente se ha convertido en lacayo de la burguesía.

Esto sólo podía escapársele a un hombre incapaz de plantear la cuestión desde el punto de vista de las clases oprimidas:

¿Hay un solo país del mundo, entre los países burgueses más democráticos, donde el obrero medio, de la masa, el bracero medio, de la masa, o el semiproletario del campo en general (es decir, el representante de la masa oprimida, de la inmensa mayoría de la población) goce, aunque sea aproximadamente, de la libertad de celebrar sus reuniones en los mejores edificios; de la libertad de disponer para expresar sus ideas y defender sus intereses, de las imprentas más grandes y de las mejores reservas de papel; de la libertad de enviar hombres de su clase al gobierno para «poner en orden» el Estado, como sucede en la Rusia Soviética?

Es ridículo pensar siquiera que el señor Kautsky pueda hallar en ningún país un obrero o un bracero entre mil, que, puesto al corriente, dude al contestar a esta pregunta. Instintivamente, sin oír más que las confesiones fragmentarias de la verdad que se les escapan a los periódicos burgueses, los obreros de todo el mundo simpatizan con la República de los Soviets porque ven en ella la democracia proletaria, la democracia para los pobres, y no una democracia para los ricos, como en realidad es toda democracia burguesa, incluso la mejor.

Nos gobiernan (y «ordenan» nuestro Estado) funcionarios burgueses, parlamentarios burgueses y jueces burgueses. Esta es una verdad pura, evidente, indiscutible, que conocen por experiencia, que sienten y perciben cotidianamente decenas y centenares de millones de seres de las clases oprimidas de todos los países burgueses, incluso de los más democráticos.

En cambio, en Rusia se ha deshecho por completo el aparato burocrático, no dejando de él piedra sobre piedra, se ha echado a todos los antiguos magistrados, se ha disuelto el parlamento burgués y se ha dado a los obreros y a los campesinos una representación mucho más accesible; sus Soviets han venido a ocupar el puesto de los funcionarios o sus Soviets han sido colocados por encima de los funcionarios, sus Soviets son los que eligen a los jueces. Este mero hecho basta para que todas las clases oprimidas proclamen que el poder de los Soviets, es decir, esta forma de dictadura del proletariado, es un millón de veces más democrático que la más democrática de las repúblicas burguesas.

Kautsky no comprende esta verdad, inteligible y evidente para todo trabajador, porque «ha olvidado», «ha perdido la costumbre» de preguntar: ¿democracia para qué clase? El razona desde el punto de vista de la democracia «pura» (¿es decir, sin clases? ¿O por encima de las clases?). Argumenta como Shylock: «una libra de carne», y nada más. Igualdad de todos los ciudadanos; si no, no hay democracia.

Debemos preguntar al sabio Kautsky, al «marxista» y «socialista» Kautsky:

¿Puede haber igualdad entre el explotado y el explotador?

Es monstruoso, es increíble que tengamos que hacer esta pregunta al tratar de un libro del dirigente ideológico de la II Internacional. Pero hemos puesto manos a la obra, y hay que llevarla a término. Nos hemos propuesto escribir sobre Kautsky; hay que explicar, pues, a este erudito por qué no puede haber igualdad entre el explotador y el explotado.

Notas

[11] Véase F. Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y El Estado (K. Marx y F. Engels, Obras Completas, t. XXI).

[12] Véase C. Marx, La guerra civil en Francia (K. Marx y F. Engels, Obras Completas, t. XXII).

[13] Véase F. Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y El Estado (K. Marx y F. Engels, Obras Completas, t.XXI).

[14] Véase K. Marx y F. Engels, Obras Completas, t. XVII.

[15] Se refiere a la sangrienta represión que la burguesía inglesa hizo a los participantes de la insurrección irlandesa de 1916, iniciada contra la esclavización en que Inglaterra mantenía sometida a Irlanda. «En Europa… se ha levantado Irlanda, a la que los ingleses, tan «amantes de la libertad», han pacificado a fuerza de ejecuciones», escribió Lenin en 1916.

Úlster: parte noreste de Irlanda, habitada principalmente por ingleses; las tropas de Úlster ayudaron a las tropas inglesas a aplastar la insurrección del pueblo irlandés.


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