«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

jueves, 30 de enero de 2014

Servilismo ante la burguesía disfrazado de «análisis económico», Lenin; 1918

«La marcha de la revolución ha confirmado la certidumbre de nuestro razonamiento. Al principio, del brazo de «todos» los campesinos contra la monarquía, contra los terratenientes, contra lo medieval —y en este sentido, la revolución sigue siendo burguesa, democrática burguesa—. Después, del brazo de los campesinos pobres, del brazo del semiproletariado, del brazo de todos los explotados, contra el capitalismo, incluidos los ricachos del campo, los kulaks y los especuladores, y, en este sentido, la revolución se convierte en socialista. Querer levantar una muralla china artificial entre ambas revoluciones, separar la una de la otra por algo que no sea el grado de preparación del proletariado y el grado de su unión con los campesinos pobres es la mayor tergiversación del marxismo, es vulgarizarlo, remplazarlo por el liberalismo. Sería hacer pasar de contrabando, mediante citas seudocientíficas sobre el carácter progresivo de la burguesía en comparación con lo medieval, una defensa reaccionaria de la burguesía frente al proletariado socialista». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La revolución proletaria y el renegado Kautsky, 1918)


Como ya hemos dicho, si el título del libro de Kautsky correspondiera al contenido, no debería llamarse «La dictadura del proletariado», sino «Paráfrasis de las invectivas burguesas a los bolcheviques».

Nuestro teórico vuelve a dar pábulo a las viejas «teorías» de los mencheviques sobre el carácter burgués de la revolución rusa, es decir, la antigua deformación que del marxismo hacían los mencheviques —¡y que Kautsky rechazó en 1905!—. Por fastidiosa que sea esta cuestión para los marxistas rusos, tendremos que detenernos en ella.

La revolución rusa es una revolución burguesa, decían todos los marxistas de Rusia antes de 1905. Los mencheviques, sustituyendo el marxismo por el liberalismo, deducían de ahí: por tanto, el proletariado no debe ir más allá de lo aceptable para la burguesía, debe seguir una política de conciliación con ella. Los bolcheviques decían que esto era una teoría liberal burguesa. La burguesía tiende a transformar el Estado al modo burgués, reformista, no revolucionario, conservando en lo posible la monarquía, la propiedad de los terratenientes, etc. El proletariado debe llevar a término la revolución democrática burguesa, sin permitir que lo «ate» el reformismo de la burguesía. Los bolcheviques formulaban del modo siguiente la correlación de fuerzas de las diversas clases en la revolución burguesa: el proletariado se gana a los campesinos, neutraliza a la burguesía liberal y suprime totalmente la monarquía, las instituciones medievales y la gran propiedad terrateniente.

El carácter burgués de la revolución lo revela la alianza del proletariado con los campesinos en general, porque los campesinos, en su conjunto, son pequeños productores que tienen por base la producción mercantil. Además, añadían ya entonces los bolcheviques, al ganarse a todo el semiproletariado —a todos los trabajadores y explotados—, el proletariado neutraliza a los campesinos medios y derroca a la burguesía: en esto consiste la revolución socialista, la diferencia de la revolución democrática burguesa —véase mi folleto de 1905 «Dos tácticas», reimpreso en la recopilación «En doce años», San Petersburgo, 1907).

Kautsky tomó indirectamente parte en esta discusión en 1905 [56], cuando, consultado por Plejánov, entonces menchevique, se pronunció en el fondo contra él, lo que originó entonces singulares burlas de la prensa bolchevique. Ahora no dice Kautsky ni una palabra de los antiguos debates —¡teme que lo desenmascaren sus propias declaraciones!—. Y así deja al lector alemán absolutamente imposibilitado para comprender el fondo del problema. El señor Kautsky no podía decir a los obreros alemanes en 1918 que en 1905 él era partidario de la alianza de los obreros con los campesinos, y no con la burguesía liberal, no podía decirles en qué condiciones propugnaba esta alianza, ni el programa que él proyectaba para esta alianza.

Kautsky da marcha atrás, y, aparentando hacer un «análisis económico», propugna ahora, con frases altaneras sobre el «materialismo histórico», la subordinación de los obreros a la burguesía, repitiendo machaconamente, respaldándose en citas del menchevique Máslov, las viejas concepciones liberales de los mencheviques; ¡estas citas le sirven para demostrar una idea nueva sobre el atraso de Rusia, de cuya idea nueva se saca una conclusión vieja, diciendo, poco más o menos, que en una revolución burguesa no se puede ir más allá que la burguesía! ¡Y esto, a pesar de todo lo que tienen dicho Marx y Engels al comparar la revolución burguesa de 1789-1793 en Francia con la revolución burguesa de Alemania en 1848! [57]

Antes de pasar al «argumento» de más peso y a lo principal del «análisis económico» de Kautsky, observemos la curiosa confusión de ideas o la ligereza del autor que denotan ya las primeras frases:

«La base económica de Rusia —perora nuestro «teórico»— es hasta ahora la agricultura, y, concretamente, la pequeña producción campesina. De ella viven cerca de las cuatro quintas partes, quizá hasta las cinco sextas partes de la población» (pág.45). Primero, ¿ha pensado usted, respetable teórico, cuántos explotadores puede haber entre esta masa de pequeños productores? Naturalmente, una décima parte a lo sumo; y en las ciudades, menos aún, porque allí está más desarrollada la gran producción. Ponga usted incluso una cifra elevada hasta lo inverosímil, suponga usted que una quinta parte de los pequeños productores son explotadores que pierden el derecho electoral. Y aun así verá usted que ese 66 % de bolcheviques del V Congreso de los Soviets representaba a la mayoría de la población. A ello debe añadirse, además, que un número muy importante de eseristas de izquierda fueron siempre partidarios del Poder soviético, es decir, en principio, todos los eseristas de izquierda estaban por el Poder soviético, y cuando una parte de ellos se lanzó a la aventurera revuelta de julio de 1918, de su antiguo partido se desgajaron dos partidos nuevos, el de los «comunistas populistas» y el de los «comunistas revolucionarios» —constituidos por destacados eseristas de izquierda, a los que ya el antiguo partido había elevado a los puestos más importantes del Estado, perteneciendo al primero, por ejemplo, Zax, y al segundo Kolegáev—. Por consiguiente, el mismo Kautsky ha refutado —¡sin querer!— la ridícula leyenda de que con los bolcheviques está la minoría de la población.

Segundo: ¿Ha pensado usted, amable teórico, que el pequeño productor campesino vacila inevitablemente entre el proletariado y la burguesía? Esta verdad marxista, confirmada por toda la historia contemporánea de Europa, la «ha olvidado» Kautsky muy a tiempo, porque ¡hace trizas toda la «teoría» menchevique que él reproduce! Sin «olvidarla», no habría podido negar la necesidad de la dictadura del proletariado en un país donde predominan los pequeños productores campesinos.

Examinemos lo principal del «análisis económico» de nuestro teórico.

Que el Poder soviético es una dictadura no hay quien lo discuta, dice Kautsky. «Pero ¿es la dictadura del proletariado?» (pág.34).

«Según la Constitución soviética, los campesinos son la mayoría de la población y tienen derecho a participar en las actividades legislativas y administrativas. Lo que se nos presenta como dictadura del proletariado, si se realiza de un modo consecuente, y si, hablando en general, una clase pudiera ejercer directamente la dictadura, cosa que sólo puede hacer un partido, resultaría ser una dictadura de los campesinos» (pág.35).

Y encantado de tan profundo e ingenioso razonamiento, el bueno de Kautsky intenta ironizar: «Resulta como si la realización menos dolorosa del socialismo estuviese asegurada cuando se confía a los campesinos» (pág.35).

Con gran lujo de pormenores y citas eruditas en grado extraordinario del semiliberal Máslov, prueba nuestro teórico una idea nueva: los campesinos están interesados en que el precio de los cereales sea elevado, y el salario de los obreros de las ciudades bajo, etc, etc. Estas ideas nuevas, dicho sea de paso, están expuestas de manera tanto más fastidiosa cuanto menos atención se concede a los fenómenos verdaderamente nuevos de la posguerra, por ejemplo, al hecho de que los campesinos piden, a cambio de los cereales, mercancías y no dinero, que los campesinos están faltos de aperos y no pueden conseguirlos en la cantidad debida a precio alguno. De esto volveremos a tratar en especial más adelante.

Así pues, Kautsky acusa a los bolcheviques, al partido del proletariado, de haber puesto la dictadura, la tarea de realizar el socialismo, en manos de los campesinos pequeñoburgueses. ¡Muy bien, señor Kautsky! ¿Cuál debería ser, a su ilustrado juicio, la actitud del partido proletario ante los campesinos pequeñoburgueses?

Nuestro teórico prefiere callar sobre esto, probablemente recordando el refrán: «La palabra es plata, pero el silencio es oro». Mas lo delata el razonamiento siguiente:

«En los primeros tiempos de la República Soviética, los Soviets campesinos eran organizaciones de los campesinos en general. Ahora, esta República proclama que los Soviets son organizaciones de proletarios y de campesinos pobres. Los campesinos acomodados pierden el derecho de participar en la elección de los Soviets. El campesino pobre es considerado aquí un producto constante y masivo de la reforma agraria socialista de la «dictadura del proletariado»» (pág.48).

¡Qué fulminante ironía! En Rusia puede oírse en boca de cualquier burgués: todos ellos se refocilan y ríen de que la República Soviética reconozca francamente la existencia de campesinos pobres. Se burlan del socialismo. Están en su derecho. Pero el «socialista» que se ríe de que, después de una guerra de cuatro años, extraordinariamente ruinosa, haya todavía en nuestro país —y los habrá para largo— campesinos pobres, ha podido nacer sólo en un ambiente de apostasía en masa.

Pero hay más:

«... La República Soviética interviene en las relaciones entre campesinos ricos y pobres, mas no mediante una nueva distribución de las tierras. Para evitar que los habitantes de las ciudades carezcan de pan, se envían al campo destacamentos de obreros armados que hacen a los campesinos ricos entregar sus sobrantes de cereales. Una parte de estos cereales se da a los habitantes de las ciudades, y otra a los campesinos más pobres» (pág.48).

Naturalmente, el socialista y marxista Kautsky se indigna profundamente ante la idea de que tal medida pueda rebasar los alrededores de las grandes ciudades —y en Rusia se extiende a todo el país—. El socialista y marxista Kautsky observa sentenciosamente, con inimitable, con incomparable, con admirable flema —o cerrazón— de filisteo: «... Estas —expropiaciones de los campesinos acomodados— introducen un nuevo elemento de perturbación y de guerra civil en el proceso de la producción...» —¡la guerra civil trasplantada al «proceso de la producción» es ya una cosa sobrenatural!— «... que requiere imperiosamente, para su saneamiento, tranquilidad y seguridad» (pág.49).

Sí, sí, la tranquilidad y seguridad de los explotadores y de los que especulan con los cereales, esconden sus excedentes, sabotean la ley sobre el monopolio cerealista y condenan al hambre a la población de las ciudades, debe, naturalmente, arrancar suspiros y lágrimas al marxista y socialista Kautsky. Todos nosotros somos socialistas y marxistas e internacionalistas, gritan a coro los señores Kautsky, Enrique Weber —Viena—, Longuet —París—, MacDonald —Londres—, etc.; todos estamos por la revolución de la clase obrera, pero... ¡pero a condición de no perturbar la tranquilidad ni la seguridad de los especuladores de cereales! Y encubrimos este inmundo servilismo ante los capitalistas con alusiones «marxistas» al «proceso de la producción»... Si esto es marxismo, ¿qué será servilismo ante la burguesía?

Veamos lo que le resulta a nuestro teórico. Acusa a los bolcheviques de hacer pasar una dictadura de los campesinos por la dictadura del proletariado. Al mismo tiempo, nos acusa de llevar la guerra civil al campo —nosotros lo tenemos por un mérito nuestro—, de enviar al campo destacamentos de obreros armados que proclaman públicamente que ejercen «la dictadura del proletariado y de los campesinos pobres», ayudan a éstos y expropian a los especuladores, a los campesinos ricos, los sobrantes de cereales que ellos esconden a despecho de lo dispuesto por la ley sobre el monopolio del trigo.

Por una parte, nuestro teórico marxista se muestra partidario de la democracia pura, partidario de que la clase revolucionaria, dirigente de los trabajadores y explotados, se someta a la mayoría de la población —incluyendo, por consiguiente, a los explotadores—. Por otra parte, explica contra nosotros que la revolución tiene necesariamente un carácter burgués, porque los campesinos, en su conjunto, se mantienen en un terreno de relaciones sociales burguesas; ¡y al mismo tiempo tiene la pretensión de que propugna el punto de vista proletario, de clase, marxista!

En vez de «análisis económico», esto es un lío y un enredo de primer orden. En lugar de marxismo, fragmentos de doctrinas liberales y prédica del servilismo ante la burguesía y los kulaks.

En 1905, los bolcheviques pusieron ya totalmente en claro el problema que Kautsky embrollaba. Sí, nuestra revolución es burguesa mientras marchamos con todos los campesinos. Teníamos una idea clarísima de esto y lo hemos dicho cientos y miles de veces desde 1905; nunca hemos intentado saltarnos ni abolir con decretos esta etapa necesaria del proceso histórico. Los esfuerzos de Kautsky de emplear este punto como «prueba» contra nosotros no prueban sino el lío que él se ha hecho y su temor a recordar lo que él mismo escribió en 1905, cuando aún no era un renegado.

Pero desde abril de 1917, mucho antes de la Revolución de Octubre, de que tomásemos el poder, dijimos abiertamente y explicamos al pueblo que ahora la revolución no podía detenerse en esta etapa, pues el país había seguido adelante, el capitalismo había seguido avanzando, la ruina había alcanzado proporciones nunca vistas, lo cual habría de exigir —se quiera o no— que marchásemos hacia el socialismo, pues no cabía avanzar de otro modo, salvar de otro modo al país, agotado por la guerra, y aliviar de otro modo los sufrimientos de los trabajadores y explotados.

Ocurrió, en efecto, tal y como nosotros dijimos. La marcha de la revolución ha confirmado la certidumbre de nuestro razonamiento. Al principio, del brazo de «todos» los campesinos contra la monarquía, contra los terratenientes, contra lo medieval —y en este sentido, la revolución sigue siendo burguesa, democrática burguesa—. Después, del brazo de los campesinos pobres, del brazo del semiproletariado, del brazo de todos los explotados, contra el capitalismo, incluidos los ricachos del campo, los kulaks y los especuladores, y, en este sentido, la revolución se convierte en socialista. Querer levantar una muralla china artificial entre ambas revoluciones, separar la una de la otra por algo que no sea el grado de preparación del proletariado y el grado de su unión con los campesinos pobres es la mayor tergiversación del marxismo, es vulgarizarlo, remplazarlo por el liberalismo. Sería hacer pasar de contrabando, mediante citas seudocientíficas sobre el carácter progresivo de la burguesía en comparación con lo medieval, una defensa reaccionaria de la burguesía frente al proletariado socialista.

Los Soviets son, por cierto, un tipo y una forma muy superior de democracia porque, al aunar e incorporar a la política a la masa de obreros y campesinos, son el barómetro más próximo al «pueblo» —en el sentido en que Marx hablaba en 1871 de verdadera revolución popular— [58], el barómetro más sensible del desarrollo y aumento de la madurez política y de clase de las masas. La Constitución soviética no se ha escrito según un «plan», no ha sido compuesta en despachos ni impuesta a los trabajadores por los jurisconsultos burgueses. No, esa Constitución ha surgido del proceso de desarrollo de la lucha de las clases, a medida que maduraban las contradicciones entre ellas. Así lo demuestran hechos que Kautsky se ve obligado a reconocer.

Al principio, los Soviets agrupaban a los campesinos en su totalidad. La falta de desarrollo, el atraso y la ignorancia de los campesinos pobres ponían la dirección en manos de los kulaks, de los ricos, de los capitalistas y de los intelectuales pequeñoburgueses. Fue la época de hegemonía de la pequeña burguesía, de los mencheviques y los socialistas-revolucionarios —sólo memos o renegados como Kautsky pueden creer que unos y otros sean socialistas—. La pequeña burguesía vacilaba por fuerza, sin poderlo evitar, entre la dictadura de la burguesía —Kerenski, Kornílov, Sávinkov— y la dictadura del proletariado, porque es incapaz de toda acción independiente, atendidos los caracteres esenciales de su situación económica. Dicho sea de paso, Kautsky reniega totalmente del marxismo cuando, en su análisis de la revolución rusa, sale del paso con la noción jurídica y formal de «democracia», que sirve a la burguesía para encubrir su dominación y engañar a las masas, olvidando que «democracia» quiere decir, de hecho, unas veces dictadura de la burguesía, y otras reformismo impotente de la pequeña burguesía que se somete a esa dictadura, etc. Según Kautsky, resulta que en un país capitalista había partidos burgueses, había un partido proletario que llevaba tras de sí a la mayoría del proletariado, a su masa —los bolcheviques—, pero no había partidos pequeñoburgueses. ¡Los mencheviques y eseristas no tenían raíces de clase, raíces pequeñoburguesas!

Las vacilaciones de la pequeña burguesía, de los mencheviques y eseristas, han instruido a las masas y han apartado de tales «dirigentes» a su inmensa mayoría, a todas las «capas bajas», a todos los proletarios y semiproletarios. Los bolcheviques lograron prevalecer en los Soviets —hacia octubre de 1917 en Petrogrado y Moscú—, y entre los eseristas y mencheviques aumentó la escisión.

El triunfo de la revolución bolchevique significaba el final de las vacilaciones, la destrucción completa de la monarquía y de la propiedad latifundista —antes de la Revolución de Octubre no había sido destruida—. Nosotros llevamos a término la revolución burguesa. Los campesinos estaban a nuestro lado en su totalidad. Su antagonismo respecto al proletariado socialista no podía manifestarse inmediatamente. Los Soviets agrupaban a los campesinos en general. La división de la masa campesina en clases no estaba todavía madura, no se había exteriorizado aún.

Este proceso fue desplegándose en el verano y el otoño de 1918. La insurrección contrarrevolucionaria del cuerpo de ejército checoslovaco despertó a los kulaks, que desencadenaron en Rusia una ola de revueltas. No han sido los libros ni los periódicos, sino la vida la que ha hecho ver a los campesinos pobres la incompatibilidad de sus intereses con los de los kulaks, de los ricachos, de la burguesía rural. Los «eseristas de izquierda», como todo partido pequeñoburgués, reflejaban las oscilaciones de las masas, y en el verano de 1918 se escindieron: una parte de ellos hizo causa común con los checoslovacos —insurrección de Moscú, cuando Proshián, habiéndose apoderado, ¡durante una hora!, del telégrafo, anunció a Rusia la caída de los bolcheviques; luego vino la traición de Muraviov, jefe del ejército destinado a combatir contra el cuerpo de ejército checoslovaco, etc—. Otra parte, señalada más arriba, siguió con los bolcheviques.

El agravamiento de la crisis del abastecimiento de las ciudades imponía de manera más tajante cada día el monopolio cerealista —¡«olvidado» por el teórico Kautsky en su análisis económico, que repite con machaconería cosas archisabidas y leídas hace diez años en Máslov!—.

El viejo Estado, el Estado de los terratenientes y burgueses, incluso el Estado democrático republicano, enviaba al campo destacamentos armados que se encontraban de hecho a disposición de la burguesía. ¡El señor Kautsky no lo sabe! ¡No ve en ello, Dios nos libre, «dictadura de la burguesía»! ¡Es «democracia pura», sobre todo si lo aprueba el parlamento burgués! ¡De que Avxéntiev y S. Máslov, con los Kerenski, Tsereteli y demás elementos eseristas y mencheviques encarcelaban durante el verano y el otoño de 1917 a los miembros de los comités agrarios, de eso «no ha oído hablar» Kautsky, eso lo silencia Kautsky!

Todo se reduce a que el Estado burgués, que ejerce la dictadura de la burguesía mediante la república democrática, no puede confesar al pueblo que sirve a la burguesía, no puede decir la verdad y tiene que recurrir a la doblez.

En cambio, el Estado del tipo de la Comuna, el Estado soviético dice francamente y en público al pueblo la verdad, declarando que es la dictadura del proletariado y de los campesinos pobres, atrayéndose con esta verdad a decenas y decenas de millones de nuevos ciudadanos que viven en la ignorancia en cualquier república democrática y son incorporados por los Soviets a la política, a la democracia, a la administración del Estado. La República Soviética envía al campo destacamentos de obreros armados, en primer lugar a los más avanzados, a los de las capitales. Estos obreros llevan el socialismo al campo, ponen de su lado a los campesinos pobres, los organizan e instruyen y les ayudan a aplastar la resistencia de la burguesía.

Cuantos están al corriente de la situación y han visitado el campo dicen que solamente en el verano y el otoño de 1918 ha llegado a éste la Revolución «de Octubre» —es decir, la revolución proletaria—. Se produce un viraje. A la ola de revueltas de kulaks sigue un movimiento ascensional de los campesinos pobres, un crecimiento de los «comités de campesinos pobres» [59]. En el ejército aumenta el número de comisarios procedentes de los obreros, el número de oficiales y de jefes de división y de cuerpo de ejército procedentes de los obreros. Mientras que el tontaina de Kautsky, asustado por la crisis de julio —de 1918— [60] y los alaridos de la burguesía, corre tras ella servilmente y escribe todo un folleto del que emana la convicción de que los campesinos están a punto de derribar a los bolcheviques, mientras que este tontaina ve en la defección de los eseristas de izquierda una «reducción» (pág.37) del círculo de los que sostienen a los bolcheviques, en ese momento se extiende inmensamente el círculo verdadero de los partidarios del bolchevismo, porque decenas y decenas de millones de campesinos pobres despiertan a una vida política independiente, emancipándose de la tutela e influencia de los kulaks y de la burguesía rural.

Hemos perdido a unos centenares de eseristas de izquierda, de intelectuales sin carácter y de campesinos ricos, pero hemos conquistado a millones de campesinos pobres*.

[*En el VI Congreso de los Soviets —del 6 al 9 de noviembre de 1918— hubo 967 delegados con voz y voto, 950 de los cuales eran bolcheviques, y 351 con voz pero sin voto, 335 de los cuales eran bolcheviques. Por tanto, hubo un 97% de bolcheviques.]

Un año después de la revolución proletaria en las capitales [61], bajo su influencia y con su ayuda, ha llegado la revolución proletaria a los rincones más remotos del campo, afianzando definitivamente el Poder soviético y el bolchevismo, demostrando definitivamente que no hay dentro del país fuerzas que se le opongan.

Después de haber culminado la revolución democrática burguesa con todos los campesinos, el proletariado de Rusia pasó definitivamente a la revolución socialista cuando hubo logrado escindir el campo, cuando se hubo ganado a los proletarios y semiproletarios del campo, cuando supo unidos contra los kulaks y la burguesía, incluida la burguesía campesina.

Si el proletariado bolchevique de las capitales y de los grandes centros industriales no hubiera sabido agrupar alrededor suyo a los campesinos pobres contra los campesinos ricos, se habría demostrado que Rusia «no había sazonado» para la revolución socialista; el campesinado habría seguido siendo «un todo», es decir, habría seguido sujeto a la dirección económica, política y espiritual de los kulaks, los ricachos y la burguesía, y la revolución no habría rebasado el marco democrático burgués. —Pero ni aun esto, dicho sea entre paréntesis, habría demostrado que el proletariado no debía tomar el poder, porque sólo él ha llevado efectivamente a término la revolución democrática burguesa, sólo él ha hecho algo serio para acercar la revolución proletaria mundial, sólo él ha creado el Estado soviético, que es, después de la Comuna, el segundo paso hacia el Estado socialista—.

Por otra parte, si el proletariado bolchevique hubiera intentado «decretar» la guerra civil o la «instauración del socialismo» en el campo inmediatamente, en octubre o noviembre de 1917, sin haber sabido aguardar la disociación de los campesinos en clases, sin haber sabido preparar ni realizar esta disociación, si hubiese querido prescindir del bloque —alianza— temporal con todos los campesinos, sin hacer ciertas concesiones al campesino medio, etc., esto habría sido una desvirtuación blanquista [62] del marxismo; una minoría habría intentado imponer su voluntad a la mayoría, se habría llegado a un absurdo teórico, a no comprender que la revolución de todos los campesinos es todavía una revolución burguesa y que sin una serie de transiciones, de etapas transitorias, no se puede hacer de ella una revolución socialista en un país atrasado.

Kautsky lo ha confundido todo en un problema político y teórico de la mayor trascendencia y, en la práctica, ha demostrado ser un simple lacayo de la burguesía que clama contra la dictadura del proletariado.

Idéntica o mayor es la confusión que Kautsky ha llevado a otro problema de capital interés e importancia: el de si ha sido bien planteada en principio y luego convenientemente puesta en práctica la labor legislativa de la República Soviética en cuanto a la transformación agraria, transformación socialista dificilísima y de máxima importancia al mismo tiempo. Quedaríamos infinitamente agradecidos a todo marxista del Occidente de Europa que, después de leer aunque sólo fueran los documentos más importantes, hiciera la crítica de nuestra política, porque de este modo nos ayudaría extraordinariamente y ayudaría a la revolución que está madurando en todo el mundo. Pero, en lugar de crítica, Kautsky nos ofrece una confusión teórica increíble que convierte el marxismo en liberalismo, y, de hecho, no es sino un cúmulo de diatribas filisteas, vacías y rabiosas, contra los bolcheviques. Juzgue el lector:

«No se podrá mantener la gran propiedad agraria a causa de la revolución. Esto se vio claro desde el primer instante. No había más remedio que entregarla a la población campesina...» —No es exacto, señor Kautsky: usted pone lo que está «claro» para usted en lugar de la actitud de las diversas clases frente al problema. La historia de la revolución ha demostrado que el gobierno de coalición de burgueses con pequeños burgueses, mencheviques y eseristas seguía una política de mantener la gran propiedad agraria. La mejor prueba está en la ley de S. Máslov y en las detenciones de los miembros de los comités agrarios [63]. Sin la dictadura del proletariado, la «población campesina» no habría vencido nunca al terrateniente unido al capitalista—.

«... Pero en cuanto a las formas en que esto se había de hacer, no existía unidad de criterio. Eran concebibles diferentes soluciones...» —Kautsky se preocupa, ante todo, de la «unidad» de los «socialistas», sean quienes sean los que se llamen así. Pero olvida que las clases fundamentales de la sociedad capitalista deben llegar a soluciones diferentes—. «...Desde el punto de vista del socialismo, la solución más racional hubiera sido transformar las grandes empresas en propiedades del Estado y confiar a los campesinos, que hasta entonces habían estado trabajando en ellas como obreros asalariados, el cultivo de las grandes propiedades agrícolas en forma cooperativa. Pero esta solución supone la existencia de unos obreros agrícolas como los que no existen en Rusia. Otra solución hubiera sido transferir al Estado la gran propiedad agraria, dividiéndola en pequeños lotes, que se concederían en arriendo a los campesinos que tengan poca tierra. De esta manera se habría realizado siquiera algo de socialismo...»

Kautsky, como siempre, sale del paso con el consabido estribillo: por una parte, no se puede menos de confesar, por otra, hay que reconocer. Yuxtapone soluciones diferentes sin pararse en la única idea real, en la única idea marxista: ¿cuáles deben ser las transiciones del capitalismo al comunismo en determinadas condiciones particulares? En Rusia hay obreros agrícolas asalariados, pero pocos; y Kautsky no alude siquiera a la cuestión, que el Poder soviético ha planteado, de cómo pasar al cultivo en comunas y en cooperativas. Pero lo más curioso es que Kautsky quiere ver «algo de socialismo» en el arrendamiento de pequeños terrenos. Esto no es, en el fondo, más que una consigna pequeñoburguesa y no tiene nada «de socialismo». Si el «Estado» que da en arriendo las tierras no es un Estado del tipo de la Comuna, sino una república burguesa parlamentaria —y esto es lo que supone siempre Kautsky—, el arrendamiento de la tierra por pequeñas parcelas será una típica reforma liberal.

Nada dice Kautsky de que el Poder soviético ha abolido toda propiedad de la tierra. Peor aún: baraja los datos de manera increíble y cita decretos del Poder soviético, omitiendo en ellos lo esencial.

Después de declarar que «la pequeña producción aspira a la propiedad privada absoluta de los medios de producción», que la Constituyente hubiera sido «la única autoridad» capaz de impedir el reparto —afirmación que provocará una carcajada en Rusia, porque todo el mundo sabe que los obreros y campesinos sólo reconocen la autoridad de los Soviets, mientras la Constituyente se ha hecho consigna de los checoslovacos y de los terratenientes—, Kautsky continúa:

«Uno de los primeros decretos del Gobierno soviético dice: 1. La gran propiedad terrateniente queda inmediatamente abolida sin indemnización alguna. 2. Los dominios de los terratenientes y todas las tierras de la familia imperial, de los conventos y de la Iglesia, con todo su ganado de labor y aperos de labranza, dependencias y todo cuanto hay en ellas pasan a disposición de los comités agrarios subdistritales de los Soviets de diputados campesinos de distrito hasta que la Asamblea Constituyente decida el problema de la tierra».

Kautsky no cita más que estos dos puntos y concluye:

«La alusión a la Constituyente ha quedado en letra muerta. De hecho, los campesinos de los distintos subdistritos han podido hacer con la tierra lo que han querido» (pág.47).

¡Ahí tenéis unas muestras de la «crítica» de Kautsky! ¡Ahí tenéis un trabajo «científico» que parece más que nada una falsificación! ¡Se induce al lector alemán a creer que los bolcheviques han capitulado ante los campesinos en cuanto a la propiedad privada de la tierra y les han dejado hacer —«en los distintos subdistritos»— lo que quieren!

En realidad, el decreto que cita Kautsky, el primer decreto, promulgado el 26 de octubre de 1917 —viejo calendario—, consta de cinco artículos, y no de dos; más los ocho artículos del «mandato» [64], del que se dice, encima, que «debe servir de norma de conducta».

El tercer artículo del decreto señala que las haciendas pasan «al pueblo» y que es obligatorio hacer «el inventario exacto de todos los bienes confiscados» e «instalar una protección revolucionaria de lo más rigurosa». Y el mandato señala que «el derecho de propiedad privada de la tierra queda abolido para siempre», que «las fincas de alto nivel de cultivo» «no deben ser repartidas», que «todo el ganado de labor, aperos de labranza y dependencias de las tierras confiscadas pasan al usufructo exclusivo del Estado o de las comunidades, según sean la superficie y la importancia de estas tierras, sin indemnización», que «toda la tierra se incluye en el fondo agrario nacional».

Más tarde, al mismo tiempo que se disolvió la Asamblea Constituyente —5 de en enero de 1918—, el III Congreso de los Soviets aprobó «Declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado», que ahora es parte de la Ley Fundamental de la República Soviética. Su artículo II, párrafo 1, dice que «queda abolida la propiedad privada de la tierra», y que «las fincas y empresas agrícolas modelo se declaran patrimonio nacional».

Por tanto, la alusión a la Asamblea Constituyente no quedó en letra muerta, porque otra institución nacional representativa, muchísimo más autorizada para los campesinos, se ha encargado de resolver el problema agrario.

Luego, el 6 (19) de febrero de 1918 se promulgó la ley de socialización de la tierra, que confirma una vez más la abolición de toda propiedad de la tierra, poniéndola, con todo el ganado de labor y los aperos de labranza de las explotaciones privadas, a disposición de las autoridades soviéticas, bajo el control del Poder soviético federal; plantea como objetivo de esta gestión: «el fomento de la hacienda colectiva en la agricultura, por ser la más ventajosa desde el punto de vista del ahorro de trabajo y productos, a expensas de las haciendas individuales, a fin de pasar a la hacienda agrícola socialista» (art.11, punto e).

Al instituir el usufructo igualitario de la tierra, la ley dice acerca del problema fundamental de «quién tiene derecho a cultivar la tierra»:

(Art.20). «En la República Federativa Soviética de Rusia pueden cultivar terrenos para cubrir demandas públicas y personales: a) Con fines culturales y docentes: 1) El Estado, representado por los órganos del Poder soviético —federal, regional, provincial, distrital, subdistrital y rural—. 2) Las organizaciones sociales —bajo el control y con permiso del Poder soviético local—. b) Para el laboreo: 3) Las comunas agrícolas. 4) Las cooperativas agrícolas. 5) Las asociaciones rurales. 6) Familias e individuos por separado...».

El lector puede ver que Kautsky ha desvirtuado totalmente la cuestión, presentando al lector alemán de una manera falsa por completo la política y la legislación agraria del Estado proletario de Rusia.

¡Kautsky ni siquiera ha sabido plantear los problemas importantes, fundamentales desde el punto de vista teórico!

Estos problemas son los siguientes:

1. El usufructo igualitario de la tierra y

2. la nacionalización de la tierra: relación de una medida y otra ante el socialismo en general y ante el paso del capitalismo al comunismo en particular.

3. Cultivo socializado, de la tierra como transición del pequeño cultivo fragmentado al gran cultivo socializado; ¿corresponde la forma en que ha sido planteado este problema en la legislación soviética a los postulados del socialismo?

Sobre el primer problema es preciso dejar sentados, ante todo, los dos hechos siguientes, que son fundamentales: a. Teniendo ya en cuenta la experiencia de 1905 —mencionaré, por ejemplo, mi obra acerca del problema agrario en la primera revolución rusa [65]—, los bolcheviques señalaban la importancia que, desde el punto de vista democrático progresista y democrático revolucionario, tenía la consigna de igualitarismo, y en 1917, antes de la Revolución de Octubre, también hablaron de ello con absoluta claridad. b. Al hacer aprobar la ley de socialización de la tierra —«alma» de la cual es la consigna del usufructo igualitario del suelo—, los bolcheviques declararon del modo más preciso y concreto: esta idea no es nuestra, nosotros no estamos conformes con esta consigna, pero creemos nuestro deber hacerla aprobar, porque así lo pide la inmensa mayoría de los campesinos. Y la idea y las reivindicaciones de una mayoría de trabajadores deben ser superadas por ellos mismos; no es posible «abolir» semejantes reivindicaciones ni «saltar» por encima de ellas. Nosotros, los bolcheviques, ayudaremos a los campesinos a superar las consignas pequeñoburguesas, a pasar con las mayor rapidez y facilidad posibles de esas consignas a consignas socialistas.

Un teórico marxista que quisiera servir a la revolución obrera, haciendo un análisis científico de ella, debería decir, primero, si es verdad que la idea del usufructo igualitario de la tierra tiene trascendencia democrática revolucionaria, la de llevar a término la revolución democrática burguesa. Segundo, debería decir si han procedido bien los bolcheviques, al lograr que se apruebe con sus votos —y acatar con la mayor lealtad— la ley pequeñoburguesa del usufructo igualitario.

¡Kautsky no ha podido notar siquiera dónde está, en teoría, el quid de la cuestión!

Kautsky jamás hubiera conseguido refutar que la idea del usufructo igualitario tiene un alcance progresista y revolucionario en una revolución democrática burguesa. Esta revolución no puede ir más allá. Al llegar a su término, descubre con tanta más claridad, rapidez y facilidad a las masas la insuficiencia de las soluciones democráticas burguesas, la necesidad de rebasarlas y de pasar al socialismo.

Los campesinos que han derrocado el zarismo y a los terratenientes sueñan con el usufructo igualitario, y no hay fuerza que pueda impedírselo, una vez libres de los terratenientes y del Estado republicano, parlamentario burgués. Los proletarios dicen a los campesinos: nosotros os ayudaremos a llegar al capitalismo «ideal», porque el usufructo igualitario de la tierra es la idealización del capitalismo desde el punto de vista del pequeño productor. Pero, al mismo tiempo, os señalaremos la deficiencia de este sistema, la necesidad de pasar al cultivo social de la tierra.

¡Sería interesante ver qué intentaría Kautsky para refutar que esa manera de dirigir el proletariado la lucha de los campesinos es acertada!

Kautsky ha preferido eludir el problema...

Además, ha engañado sin más ni más a los lectores alemanes, ocultándoles que en la ley de la tierra el Poder soviético da preferencia explícita a las comunas y a las cooperativas, colocándolas en primer plano.

¡Con todos los campesinos hasta el fin de la revolución democrática burguesa! Con los campesinos pobres, proletarios y semiproletarios, ¡adelante, hacia la revolución socialista! Esta era la política de los bolcheviques, y era la única política marxista.

¡Pero Kautsky se embrolla, no acertando a plantear ni un solo problema! Por una parte, no se atreve a decir que los proletarios debieron haber discrepado de los campesinos en el problema del usufructo igualitario, porque comprende lo absurdo de semejante discrepancia —por lo demás, en 1905, antes de ser renegado, propugnaba clara y explícitamente la alianza de los obreros y los campesinos, de la que hacía depender el triunfo de la revolución—. Por otra parte, cita con simpatía las vulgaridades liberales del menchevique Máslov, que «demuestra» lo utópico y reaccionario de la igualdad pequeñoburguesa desde el punto de vista del socialismo y pasa en silencio lo progresista y revolucionario de la lucha pequeñoburguesa por la igualdad, por el usufructo igualitario, desde el punto de vista de la revolución democrática burguesa.

Kautsky se ha armado un lío sin fin: nótese que el Kautsky de 1918 insiste en el carácter burgués de la revolución rusa. El Kautsky de 1918 exige: ¡No os salgáis de ese marco! ¡Y este mismo Kautsky ve «algo de socialismo» —para la revolución burguesa— en la reforma pequeñoburguesa que entrega a los campesinos pobres en arriendo pequeños trozos de tierra —es decir, en la aproximación al usufructo igualitario—!

¡Que lo entienda quien pueda!

Por si fuera poco, Kautsky muestra una incapacidad filistea para tener en cuenta la política real de un partido determinado. Cita frases del menchevique Máslov, sin querer ver la política real del partido menchevique en 1917, que, en «coalición» con los terratenientes y los demócratas constitucionalistas, propugnaba de hecho una reforma agraria liberal y el acuerdo con los terratenientes —lo prueban las detenciones de miembros de los comités agrarios y el proyecto de ley de S. Máslov—.

Kautsky no ha visto que las frases de P. Máslov acerca del carácter reaccionario y utópico de la igualdad pequeñoburguesa encubren de hecho la política menchevique de conciliación de campesinos y terratenientes —es decir, el engaño de aquéllos por éstos—, en lugar del derrocamiento revolucionario de los terratenientes por los campesinos.

¡Buen «marxista» está hecho Kautsky!

Los bolcheviques precisamente son los que han tenido muy en cuenta la diferencia que hay entre revolución democrática burguesa y revolución socialista: al llevar la primera a término, abrían las puertas para el paso a la segunda. Esta es la única política revolucionaria y la única política marxista.

En vano repite Kautsky las sosas chanzas de los liberales: «Nunca ni en parte alguna han pasado los pequeños campesinos a la producción colectiva movidos por la persuasión teórica» (pág.50).

¡Qué ingenioso!

Nunca ni en parte alguna han estado los pequeños campesinos de un gran país bajo la influencia de un Estado proletario.

Nunca ni en parte alguna han llegado los pequeños campesinos a una lucha de clase abierta contra los campesinos ricos, hasta la guerra civil entre unos y otros, con la circunstancia de estar sostenidos los pobres por la propaganda, la política y la ayuda económica y militar del poder político proletario.

Nunca ni en parte alguna se han enriquecido tanto los especuladores y ricachos a consecuencia de una guerra, ni se ha arruinado de tal modo la masa campesina.

Kautsky repite antiguallas, repite machaconamente cosas viejas, temiendo pensar siquiera en las nuevas tareas de la dictadura del proletariado.

Y si los campesinos, querido Kautsky, no tienen bastantes aperos para la pequeña producción, y el Estado proletario les ayuda a conseguir máquinas para cultivar el suelo en régimen colectivo, ¿será eso «persuasión teórica»?

Pasemos al problema de la nacionalización de la tierra. Nuestros populistas, y entre ellos todos los eseristas de izquierda, niegan que la medida que nosotros hemos llevado a la práctica sea la nacionalización de la tierra. Se equivocan desde el punto de vista teórico. Puesto que no hemos rebasado el marco de la producción mercantil y del capitalismo, la abolición de la propiedad privada de la tierra es su nacionalización. La palabra «socialización» no expresa más que una tendencia, un deseo, una preparación del tránsito al socialismo.

¿Cuál debe ser, pues, la actitud de los marxistas respecto a la nacionalización de la tierra?

Tampoco esta vez sabe Kautsky plantear siquiera el problema teórico, o —lo que es peor— lo elude intencionadamente, aunque por las publicaciones rusas se sabe que conoce las viejas discusiones de los marxistas rusos sobre la nacionalización de la tierra, sobre su municipalización —entrega de las grandes fincas a los organismos de administración autónoma local— y sobre su reparto.

Kautsky se mofa abiertamente del marxismo cuando dice que el paso de las grandes propiedades a manos del Estado y su arrendamiento en pequeños lotes a los campesinos que tengan poca tierra realizaría «algo de socialismo». Ya hemos dicho que no hay en ello nada de socialismo. Más aún: no hay ni siquiera revolución democrática burguesa llevada a término. Kautsky ha tenido la gran desgracia de fiarse de los mencheviques. De ello resulta un hecho curioso: Kautsky, que defiende el carácter burgués de nuestra revolución, que reprocha a los bolcheviques su ocurrencia de emprender el camino que lleva al socialismo, ¡presenta él mismo una reforma liberal como socialismo, sin llevar esta reforma hasta la supresión completa de todos los elementos medievales en las relaciones de propiedad agraria! Resulta que Kautsky, lo mismo que sus consejeros mencheviques, defiende a la burguesía liberal, temerosa de la revolución, en lugar de defender una revolución democrática burguesa consecuente.

En efecto, ¿por qué hacer propiedad del Estado únicamente las grandes fincas y no todas las tierras? La burguesía liberal llega así al máximo en el mantenimiento de lo viejo —es decir, una revolución de mínima consecuencia— y deja en pie las máximas facilidades para volver a ello. La burguesía radical, es decir, la que quiere llevar a término la revolución burguesa, lanza la consigna de nacionalización de la tierra.

Kautsky, que en tiempos muy remotos, hace casi veinte años, escribió una magnífica obra marxista sobre el problema agrario, no puede ignorar lo que indicara Marx: La nacionalización de la tierra es precisamente una consigna consecuente de la burguesía [66]. Kautsky no puede ignorar la polémica entre Marx y Rodbertus y las notables explicaciones de Marx en «Teorías de la plusvalía», donde muestra con particular evidencia el valor revolucionario que la nacionalización de la tierra tiene desde el punto de vista democrático burgués.

El menchevique P. Máslov, a quien con tan mala fortuna ha elegido Kautsky para consejero, negaba que los campesinos rusos pudieran aceptar la nacionalización de toda la tierra —incluida la de ellos—. Este punto de vista estaba relacionado en cierto grado con su «original» teoría —repetición de lo dicho por los críticos burgueses de Marx—, que negaba la renta absoluta y aceptaba la «ley» —o el «hecho», según decía Máslov— «de la fertilidad decreciente del suelo».

En realidad, la revolución de 1905 puso ya de manifiesto que la inmensa mayoría de los campesinos de Rusia, tanto miembros de las comunidades como propietarios de sus parcelas [67], deseaban la nacionalización de toda la tierra. La revolución de 1917 ha venido a confirmarlo y, después de pasar el poder a manos del proletariado, lo ha convertido en realidad. Los bolcheviques han guardado fidelidad al marxismo, no intentando —a pesar de que Kautsky nos acusa de ello sin asomo de pruebas— «saltar» por encima de la revolución democrática burguesa. Los bolcheviques han empezado por ayudar a los ideólogos democráticos burgueses de los campesinos que eran más radicales, más revolucionarios, que estaban más cerca del proletariado, es decir, a los eseristas de izquierda, a realizar lo que era de hecho la nacionalización de la tierra. La propiedad privada de la tierra fue abolida en Rusia el 26 de octubre de 1917, es decir, desde el primer día de la revolución proletaria, socialista.

De ese modo se ha creado una base, la más perfecta desde el punto de vista del desarrollo del capitalismo —Kautsky no podrá negarlo sin romper con Marx—, y, al mismo tiempo, el régimen agrario más flexible para el paso al socialismo. Desde el punto de vista democrático burgués, los campesinos revolucionarios de Rusia no pueden ir más lejos: no puede haber nada «más ideal», desde este punto de vista, que la nacionalización de la tierra y la igualdad de su usufructo, ni nada «más radical» —desde el mismo punto de vista—. Justamente los bolcheviques, únicamente los bolcheviques, y sólo en virtud del triunfo de la revolución proletaria, son los que han ayudado a los campesinos a llevar de veras a término la revolución democrática burguesa. Y sólo de este modo han hecho lo máximo para facilitar y apresurar el paso a la revolución socialista.

Por ello puede juzgarse de la increíble confusión que ofrece a sus lectores Kautsky cuando acusa a los bolcheviques de no comprender el carácter burgués de la revolución y se aparta él mismo del marxismo hasta el punto de callar lo de la nacionalización de la tierra y presentar la reforma agraria liberal, la menos revolucionaria —desde el punto de vista burgués—, como ¡«algo de socialismo»!

Con ello nos acercamos al tercero de los problemas planteados antes: ¿Hasta qué punto ha tenido en cuenta la dictadura del proletariado en Rusia la necesidad de pasar al cultivo colectivo de la tierra? Kautsky vuelve a incurrir a este respecto en algo que se parece mucho a una falsificación: ¡se limita a citar las «tesis» de un bolchevique, en las que se trata de la tarea del paso al cultivo colectivo de la tierra! Después de haber citado una de estas tesis, nuestro «teórico» exclama en tono triunfal:

«Con declarar que una cosa determinada es una tarea, ésta, por desgracia, no se cumple. La agricultura colectiva en Rusia está por ahora condenada a quedarse en el papel. Nunca ni en parte alguna han pasado los pequeños campesinos a la producción colectiva movidos por la persuasión teórica» (pág.50).

Nunca ni en parte alguna ha caído un autor tan bajo de hacer un escamoteo literario como Kautsky. Cita las «tesis», pero no dice ni una palabra de la ley del Poder soviético. ¡Habla de «persuasión teórica» y no dice ni una palabra del poder estatal proletario que tiene en sus manos las fábricas y las mercancías! Todo lo que en 1899 escribía el marxista Kautsky en el Problema agrario sobre los medios de que dispone el Estado proletario para hacer pasar paulatinamente a los pequeños campesinos al socialismo, lo olvida el renegado Kautsky en 1918.

Claro que unos centenares de comunas agrícolas y explotaciones soviéticas apoyadas por el Estado —es decir, de grandes haciendas cultivadas por cooperativas obreras, a expensas del Estado—, representan muy poco. Pero ¿puede llamarse «crítica» la actitud de Kautsky, que elude este hecho?

La nacionalización de la tierra, obra en Rusia de la dictadura del proletariado, constituyó la mejor garantía de que la revolución democrática burguesa fuese llevada a su término, incluso en el caso de que una victoria de la contrarrevolución hiciera retroceder de la nacionalización al reparto —caso que analizo especialmente en mí libro sobre el programa agrario de los marxistas en la revolución de 1905—. Además, la nacionalización de la tierra ha ofrecido al Estado proletario las máximas posibilidades para pasar al socialismo en la agricultura.

En resumen: Kautsky nos ofrece, en teoría, una confusión increíble, abjurando por completo del marxismo; en la práctica vemos su servilismo ante la burguesía y el reformismo burgués. ¡Buena crítica, en verdad!

Kautsky inicia su «análisis económico» de la industria con el magnífico razonamiento que sigue:

Rusia tiene una gran industria capitalista. ¿Sería factible montar con ella la producción socialista? «Podría pensarse, así si el socialismo consistiera en que los obreros de las distintas minas y fábricas las toman en propiedad» —literalmente: se las apropian— «llevando a cabo la producción en cada una de ellas por separado» (pág.52). «Precisamente hoy, el 5 de agosto, fecha en que escribo estas líneas —añade Kautsky—, llegan de Moscú noticias sobre un discurso pronunciado por Lenin el 2 de agosto y en el cual, según comunican, ha dicho: «Los obreros tienen firmemente las fábricas en sus manos; los campesinos no devolverán la tierra a los terratenientes». El lema de «la fábrica para los obrero, la tierra para los campesinos», no ha sido hasta ahora un lema socialdemócrata, sino anarcosindicalista» (págs.52-53).

Hemos citado por entero este razonamiento para que los obreros rusos, que estimaban antes a Kautsky, y con razón, vean por sí mismos cómo procede este tránsfuga que se ha pasado a la burguesía.

¡Quién se lo iba a imaginar! El 5 de agosto, cuando existía ya un sinnúmero de decretos sobre la nacionalización de las fábricas en Rusia, no «apropiándose», además, los obreros, de ninguna de ellas, puesto que todas pasaron a ser propiedad de la República, el 5 de agosto Kautsky, interpretando con manifiesta superchería una frase de un discurso mío, trata de imbuir a los lectores alemanes la idea de que ¡en Rusia se entregan las fábricas a los obreros de cada empresa! ¡Y después, en decenas y decenas de renglones, repite machacón eso de que las fábricas no deben entregarse por separado a los obreros!

Esto no es crítica, sino un procedimiento de lacayo de la burguesía, al que los capitalistas pagan para que calumnie a la revolución obrera.

Las fábricas tienen que pasar a manos del Estado, de las comunidades o de las cooperativas de consumo, repite una y otra vez Kautsky, y por fin añade:

«Este es el camino que se ha intentado emprender ahora en Rusia...» ¡Ahora! ¿Qué quiere decir esto? ¿En agosto? Pero ¿no pudo encargar Kautsky a sus Shtein, Axelrod o demás amigos de la burguesía rusa que le tradujeran siquiera algún decreto sobre las fábricas?

«... No se ve aún hasta dónde se ha llegado en este sentido. En todo caso, este aspecto de la República Soviética presenta para nosotros el máximo interés, pero sigue enteramente en las tinieblas. No faltan decretos...» —¡Por eso no quiere ver Kautsky su contenido o lo oculta a sus lectores!— «pero faltan noticias fidedignas sobre el efecto de tales decretos. La producción socialista es imposible sin una estadística completa, detallada, segura y rápida. Hasta ahora, la República Soviética no ha podido crearla. Lo que sabemos de sus medidas económicas es en extremo contradictorio, y resulta imposible comprobarlo. Esto es también uno de los resultados de la dictadura y del aplastamiento de la democracia. No hay libertad de imprenta ni de palabra...» (pág.53).

¡Así se escribe la historia! En la «libre» prensa de los capitalistas y los partidarios de Dútov hubiera encontrado Kautsky datos sobre las fábricas que han pasado a manos de los obreros... ¡Es en verdad magnífico este «serio erudito» que se coloca por encima de las clases! Kautsky no quiere ni rozar siquiera ninguno de los innumerables hechos demostrativos de que las fábricas se entregan únicamente a la República, de que de ellas dispone un órgano del Poder soviético, el Consejo Superior de Economía Nacional, compuesto principalmente por delegados de los sindicatos obreros. Con el necio empecinamiento del hombre enfundado [68] repite a porfía: que me den una democracia pacífica, sin guerra civil, sin dictadura, con buenas estadísticas —la República Soviética ha creado un departamento de estadística, llevando a él a los elementos más competentes de Rusia, pero claro que una estadística ideal no puede conseguirse en seguida—. En pocas palabras: lo que pretende Kautsky es revolución sin revolución, sin lucha enconada, sin violencias. Es como pedir huelgas sin apasionada lucha entre obreros y patronos. ¡A ver quién distingue entre semejante «socialista» y un adocenado burócrata liberal!

Y basándose en semejantes «datos», es decir, rehuyendo intencionadamente, con pleno desprecio, los numerosísimos hechos, Kautsky «concluye»:

«Es dudoso que, en lo que se refiere a verdaderas conquistas prácticas, y no a decretos, haya conseguido el proletariado ruso con la República Soviética más de lo que hubiese obtenido de la Asamblea Constituyente, en la cual, lo mismo que en los Soviets, predominaban los socialistas, aunque de un matiz distinto» (pág.58).

¿Verdad que es una joya? Aconsejamos a los partidarios de Kautsky que difundan ampliamente entre los obreros rusos estas palabras, porque Kautsky no podía haber dado mejor prueba acreditativa de su caída política. ¡Kerenski era también «socialista», camaradas obreros, sólo que «de un matiz distinto»! ¡El historiador Kautsky se contenta con un nombre, con un calificativo del que se «apropiaron» los eseristas de derecha y los mencheviques! Pero el historiador Kautsky no quiere ni oír hablar de los hechos demostrativos de que, bajo Kerenski, mencheviques y eseristas de derecha apoyaban la política imperialista y el pillaje de la burguesía, y silencia discreto que la Asamblea Constituyente daba la mayoría a esos campeones de la guerra imperialista y de la dictadura burguesa. ¡Y esto se llama «análisis económico»!...

Para terminar, otra muestra de «análisis económico»:

«... A los nueve meses de existencia, en lugar de haber extendido el bienestar general, la República Soviética se ve obligada a explicar a qué se debe la miseria general» (pág.41).

Los demócratas constitucionalistas nos tienen acostumbrados a semejantes razonamientos. Todos los lacayos de la burguesía razonan en Rusia así: Dadnos a los nueve meses el bienestar general; después de cuatro años de guerra destructora, con una ayuda múltiple del capital extranjero a la burguesía de Rusia, para que ésta siga el sabotaje y las insurrecciones. En la práctica no queda lo que se dice ninguna diferencia, ni asomo de diferencia entre Kautsky y el burgués contrarrevolucionario. Melifluos discursos disfrazados de «socialismo» que repiten lo que brutalmente, sin ambages ni adornos, dicen en Rusia los secuaces de Kornílov, de Dútov y Krasnov.

Las líneas que preceden fueron escritas el 9 de noviembre de 1918. Esta madrugada han llegado de Alemania noticias que anuncian el comienzo victorioso de la revolución, primero en Kiel y otras ciudades del Norte y del litoral, donde el poder ha pasado a los Soviets de diputados obreros y soldados, y luego en Berlín, donde también ha pasado el poder a manos de un Soviet.

Huelga la conclusión que me quedaba por escribir para el folleto sobre Kautsky y la revolución proletaria.

10 de noviembre de 1918

Notas

[56] Se alude al artículo de Kautsky «Las fuerzas propulsoras y las perspectivas de la revolución rusa».

[57] Véase el artículo de K. Marx «La burguesía y la contrarrevolución» (K. Marx y F. Engels. Obras Escogidas en tres tomos, ed. en español, t. I, págs.143-144).

[58] Véase la carta de K. Marx a L. Kugelmann del 12 de abril de 1871.

[59] Los comités de campesinos pobres fueron instituidos en julio de 1918. Se les encomendaban, por decreto, las tareas de sacar la cuenta de las reservas de comestibles en las haciendas campesinas, descubrir los excedentes de comestibles acaparados por los kulaks y ayudar a los organismos soviéticos de abastecimiento a confiscar dichos excedentes, suministrar alimentos a los campesinos pobres a expensas de las haciendas de los kulaks, distribuir los aperos agrícolas y los artículos industriales, etc. Para el otoño de 1918 habían sido creados y funcionaban en los lugares, bajo la dirección del Partido Comunista, más de ochenta mil comités de campesinos pobres. Estos fueron puntales y órganos de la dictadura del proletariado en el campo. Tras de haber cumplido las tareas encomendadas, se fundieron, a fines de 1918, con los Soviets subdistritales y rurales.

[60] Con las palabras de «crisis de julio», Lenin se refiere a los levantamientos contrarrevolucionarios de los kulaks en las provincias centrales del país, en la región del Volga, en los Urales y Siberia en el verano de 1918, organizados por los mencheviques y los eseristas con el apoyo de los intervencionistas extranjeros.

[61] Se alude a Moscú y Petrogrado.

[62] Blanquismo: corriente del movimiento socialista francés encabezada por el insigne revolucionario y destacado representante del comunismo utópico francés Luis Augusto Blanqui (1805-1881). Los blanquistas esperaban «que la humanidad se libraría de la esclavitud asalariada no por medio de la lucha de clase del proletariado, sino mediante un complot de una pequeña minoría de intelectuales», V. I. Lenin. Sustituían la labor del partido revolucionario con acciones de un puñado de conspiradores, no tenían en cuenta la situación concreta necesaria para el triunfo de la insurrección y desdeñaban el contacto con las masas.

[63] Lenin alude al proyecto de ley eserista presentado por el ministro de Agricultura S. Máslov al Gobierno Provisional días antes de la Revolución Socialista de Octubre. El proyecto estipulaba la formación de un fondo especial de arrendamiento, adjunto a los comités agrarios, al que se hiciera entrega de las tierras de los monasterios y de realengo. La propiedad de los terratenientes se conservaba. Los terratenientes entregaban a este fondo provisional únicamente las tierras que antes arrendaban, con la particularidad de que los campesinos debían pagarles la renta a ellos. Las detenciones de miembros de comités agrarios fueron practicadas por el Gobierno Provisional en respuesta a las insurrecciones campesinas y a la ocupación de fincas de los terratenientes por los campesinos.

[64] «Mandato»: se refiere al «Mandato campesino acerca de la tierra», basado en 242 mandatos campesinos locales. Pasó a formar parte del «Decreto de la tierra», aprobado por el II Congreso de los Soviets de toda Rusia el 26 de octubre —8 de noviembre— de 1917.

[65] Se alude al trabajo de Lenin «El programa agrario de la socialdemocracia en la primera revolución rusa de 1905», 1907.

[66] Véase K. Marx. Teorías de la plusvalía —IV tomo de «El Capital»—, parte II.

[67] Miembros de las comunidades: campesinos cuyas parcelas eran propiedad de la comunidad.

[68] El hombre enfundado: personaje del cuento homónimo de A. Chéjov. Tipo de pancista de cortos alcances, temeroso de toda innovación e iniciativa.


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