viernes, 31 de enero de 2014

Anexo II: Un nuevo libro de Vandervelde sobre el estado; Lenin, 1918

«Un marxista debería aclarar que sólo traidores al socialismo podrían actualmente eludir el explicar que es imprescindible la revolución proletaria —del tipo de la Comuna, del tipo de los Soviets o, supongamos, de un tercer tipo—, que es imprescindible prepararse para ella, hacer entre las masas propaganda para la revolución, rebatir los prejuicios pequeñoburgueses contra ella, etc». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La revolución proletaria y el renegado Kautsky, 1918)


Sólo después de haber leído el libro de Kautsky ha llegado a mis manos el de Vandervelde: «El socialismo contra el Estado» —París, 1918—, Aun sin quererlo, se impone la comparación de ambos libros. Kautsky es el guía ideológico de la II Internacional (11:89-1914). Vandervelde, su representante oficial, como presidente que es del Buró Socialista Internacional. Los dos simbolizan la plena bancarrota de la II Internacional, los dos encubren «hábilmente» con palabrejas marxistas, con toda la destreza de duchos periodistas, esa bancarrota, su propio fracaso y su paso al lado de la burguesía. Uno nos muestra con particular evidencia lo típico del oportunismo alemán que, pesado y teorizante, falsifica burdamente el marxismo, amputándole todo lo que la burguesía no puede aceptar. El segundo es una figura típica de la variedad latina —hasta cierto punto podría decirse euroccidental; es decir, de la Europa situada al oeste de Alemania— del oportunismo dominante, variedad más flexible, menos pesada, que falsifica el marxismo de un modo más sutil, sirviéndose del mismo procedimiento esencial.

Los dos tergiversan de raíz tanto la doctrina de Marx sobre el Estado como la de la dictadura del proletariado, dedicándose Vandervelde más bien al primer problema, y Kautsky al segundo. Los dos velan el nexo estrechísimo e indisoluble que liga ambos problemas. Los dos son revolucionarios y marxistas de palabra, y renegados que hacen todo lo posible por desentenderse de la revolución en la práctica. Ni uno ni otro tienen ni sombra de lo que impregna todas las obras de Marx y Engels, de lo que distingue al socialismo verdadero de su caricatura burguesa: el aclarar las tareas de la revolución, diferenciándolas de las tareas de la reforma, diferenciando la táctica revolucionaria de la táctica reformista, diferenciando el papel del proletariado en la destrucción del sistema, orden de cosas o régimen de la esclavitud asalariada, del papel del proletariado de las «grandes» potencias que comparte con la burguesía una pequeña porción de sus superganancias y superbotín imperialistas.

Veamos unos cuantos argumentos de los más esenciales de Vandervelde para respaldar el aserto.

Vandervelde cita a Marx y Engels con extraordinario celo, como Kautsky. Y como Kautsky, cita de Marx y Engels todo lo que se quiera menos lo que la burguesía en modo alguno puede aceptar, lo que distingue al revolucionario del reformista. Todo lo que se quiera de la conquista del poder político por el proletariado, porque eso lo ha circunscrito ya la práctica a un marco exclusivamente parlamentario. Pero ni una palabra de que Marx y Engels, después de la experiencia de la Comuna, creyeron necesario completar el Manifiesto Comunista, parcialmente anticuado, explicando una verdad: ¡la clase obrera no puede adueñarse simplemente de la máquina estatal existente, tiene que destruirla! Vandervelde, lo mismo que Kautsky, como si se hubieran puesto de acuerdo, guarda completo silencio acerca de lo más esencial de la experiencia de la revolución proletaria, lo que distingue a la revolución del proletariado de las reformas de la burguesía.

Lo mismo que Kautsky, Vandervelde habla de la dictadura del proletariado para desentenderse de ella. Kautsky lo hace, valiéndose de burdas falsificaciones. Vandervelde hace lo mismo con más sutilidad. En el apartado respectivo, el 4, La conquista del poder político por el proletariado, dedica el punto «b» al problema de la «dictadura colectiva del proletariado», «cita» a Marx y Engels —repito que omitiendo lo más importante, lo que se refiere a la destrucción de la vieja máquina estatal democrática burguesa— y concluye:

«... Tal es, en efecto, la idea que suele tenerse de la revolución social en los medios socialistas: una nueva Comuna, esta vez triunfante no en un punto, sino en los principales centros del mundo capitalista.

Hipótesis, pero hipótesis que no tiene nada de improbable en estos tiempos en que se ve ya que la posguerra conocerá en muchos países antagonismos de las clases y convulsiones sociales jamás vistos.

Sólo que, si el fracaso de la Comuna de París, por no hablar de las dificultades de la revolución rusa, demuestra algo, es que no se puede acabar con el régimen capitalista mientras el proletariado no se prepara lo suficiente para ejercer el poder que las circunstancias hayan podido poner en sus manos» (pág.73).

¡Y ni una palabra más sobre el fondo del asunto!

¡Así son los jefes y representantes de la II Internacional! En 1912 suscriben el Manifiesto de Basilea, en el que hablan francamente de la relación que guardan la guerra que estalló en 1914 y la revolución proletaria y amenazan abiertamente con ésta. Pero cuando la guerra llegó, y se dio una situación revolucionaria, esos Kautsky y Vandervelde empezaron a desentenderse de la revolución. Fíjense bien: ¡la revolución del tipo de la Comuna no es más que una hipótesis que no tiene nada de improbable! Esto guarda una analogía completa con el razonamiento de Kautsky sobre el posible papel de los Soviets en Europa.

Pero así razona cualquier liberal culto, que, indudablemente, admitirá ahora que una nueva Comuna «no tiene nada de improbable», que los Soviets tienen reservado un gran papel, etc. El revolucionario proletario se distingue del liberal en que, como teórico, analiza el nuevo valor estatal de la Comuna y de los Soviets. Vandervelde calla todo lo que sobre este tema exponen detenidamente Marx y Engels al analizar la experiencia de la Comuna.

Como práctico, como político, un marxista debería aclarar que sólo traidores al socialismo podrían actualmente eludir el explicar que es imprescindible la revolución proletaria —del tipo de la Comuna, del tipo de los Soviets o, supongamos, de un tercer tipo—, que es imprescindible prepararse para ella, hacer entre las masas propaganda para la revolución, rebatir los prejuicios pequeñoburgueses contra ella, etc.

Nada parecido hacen ni Kautsky ni Vandervelde, puesto que son traidores al socialismo que quieren conservar entre los obreros su reputación de socialistas y marxistas.

Veamos cómo se plantea teóricamente el problema.

Incluso en la república democrática, el Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra. Kautsky sabe esta verdad, la admite, la comparte, pero... elude el problema más esencial: a qué clase, por qué y con qué medios tiene que someter el proletariado cuando conquiste el Estado proletario.

Vandervelde sabe, admite, comparte y cita esta tesis fundamental del marxismo —pág.72 de su libro—, pero... ¡pero no dice ni una palabra de un tema tan «desagradable» —para los señores capitalistas— como es el aplastamiento de la resistencia de los explotadores!!

Vandervelde, lo mismo que Kautsky, elude totalmente este tema «desagradable». Por ello son renegados.

Lo mismo que Kautsky, Vandervelde es gran maestro en el arte de sustituir la dialéctica con el eclecticismo. Por una parte, no se puede menos de confesar, por otra, hay que reconocer. De una parte, puede entenderse por Estado el «conjunto de una nación» —véase el diccionario de Littré, obra sabia, ni que decir tiene, pág.87 en Vandervelde—; de otra parte, puede entenderse por Estado el «gobierno» —ibíd.—. Vandervelde copia este docto tópico, aprobándolo, junto a citas de Marx.

El sentido marxista de la palabra «Estado» se diferencia del corriente —escribe Vandervelde—; por ello son posibles los «malentendidos». «El Estado, en Marx y Engels, no es Estado en sentido amplio, no es el Estado como órgano de gobierno, representante de los intereses generales de la sociedad —intérets généraux de la société—. Es el Estado poder, el Estado órgano de autoridad, el Estado instrumento de la dominación de una clase sobre otra» (págs.75-76 en Vandervelde).

De la destrucción del Estado hablan Marx y Engels tan sólo en el segundo sentido. «... Afirmaciones demasiado absolutas correrían el riesgo de ser inexactas. Entre el Estado capitalista, fundado en la dominación exclusiva de una clase, y el Estado proletario, que persigue la supresión de las clases, hay muchos grados intermedios» (pág.156).

Ahí tenéis la «manera» de Vandervelde, que apenas si se distingue de la de Kautsky y que en realidad es idéntica a ella. La dialéctica niega las verdades absolutas, explicando cómo de un contrario se pasa a otro y el significado de las crisis en la historia. El ecléctico no quiere afirmaciones «demasiado absolutas» para pasar de contrabando su deseo pequeñoburgués y filisteo de sustituir la revolución por los «grados intermedios».

Los Kautsky y los Vandervelde silencian que el grado intermedio entre el Estado órgano de dominación de la clase capitalista y el Estado órgano de dominación del proletariado es precisamente la revolución, la cual consiste en derribar a la burguesía y romper, destruir su máquina estatal.

Los Kautsky y los Vandervelde ocultan que a la dictadura de la burguesía tiene que suceder la dictadura de una clase, del proletariado, que a los «grados intermedios» de la revolución sucederán «los grados intermedios» de la extinción paulatina del Estado proletario.

Por ello son renegados políticos.

En esto estriba, en los aspectos teórico y filosófico, la sustitución de la dialéctica por el eclecticismo y la sofistería. La dialéctica es concreta y revolucionaria, distingue el «tránsito» de la dictadura de una clase a la de otra clase del «tránsito» del Estado proletario democrático al no Estado —«extinción del Estado»—. ¡El eclecticismo y la sofistería de los Kautsky y los Vandervelde borran, para complacer a la burguesía, todo lo concreto y exacto de la lucha de las clases, sustituyéndolo por el concepto general de «tránsito», en el que puede esconderse —y en el que las nueve décimas partes de los socialdemócratas oficiales de nuestra época esconden— la apostasía de la revolución!

Vandervelde, como ecléctico y sofista, tiene más arte y más sutileza que Kautsky, porque con la frase «transición del Estado en sentido estricto al Estado en sentido amplio» pueden eludirse absolutamente todos los problemas de la revolución, toda diferencia entre revolución y reforma, incluso la diferencia entre un marxista y un liberal. En efecto, ¿a qué burgués culto de Europa se le ocurrirá negar «en general» los «grados intermedios» en este sentido «general»?

«Coincidimos con Guesde —escribe Vandervelde— en que es imposible socializar los medios de producción y de cambio sin que se hayan cumplido previamente las dos condiciones siguientes:

1. La transformación del Estado actual, órgano de dominación de una clase sobre otra, en lo que Menger llama Estado popular del trabajo, mediante la conquista del poder político por el proletariado.

2. La separación del Estado, órgano de autoridad, del Estado, órgano de gobierno, o, empleando la expresión de Saint-Simon, la separación del gobierno de los hombres de la administración de las cosas». (pág.89).

Eso lo escribe Vandervelde con cursiva, subrayando especialmente la importancia de tales planteamientos. ¡Pero eso no es sino el más puro embrollo ecléctico, una ruptura completa con el marxismo! Porque, el «Estado popular del trabajo» no es más que una paráfrasis del viejo «Estado popular libre» de que hacían gala los socialdemócratas alemanes en los años 70 y que Engels condenaba como un absurdo [69]. La expresión «Estado popular del trabajo» es una frase digna de un demócrata pequeñoburgués —por el estilo de nuestros eseristas de izquierda—, una frase que sustituye los conceptos de clase con conceptos al margen de las clases. Vandervelde equipara la conquista del poder político por el proletariado —por una clase— y el Estado «popular», sin ver la confusión que de ello resulta. A Kautsky, con su «democracia pura», le resulta la misma confusión, el mismo desconocimiento antirrevolucionario y pequeñoburgués de las tareas de la revolución de clase, de la dictadura de clase, proletaria, del Estado de clase —proletario—.

Prosigamos. El gobierno de los hombres desaparecerá y dará paso a la administración de las cosas tan sólo cuando se haya extinguido todo Estado. Con este porvenir relativamente lejano, Vandervelde vela, deja a oscuras, la tarea inmediata: el derrocamiento de la burguesía.

Este proceder es también servilismo ante la burguesía liberal. El liberal no tiene inconveniente en hablar de lo que sucederá cuando no haya que gobernar a los hombres. ¿Por qué no dedicarse a tan inofensivos sueños? Pero no digamos nada de que el proletariado tiene que aplastar la resistencia de la burguesía, que se opone a su expropiación. Así lo exige el interés de clase de la burguesía.

El socialismo contra el Estado. Esto es una reverencia de Vandervelde al proletariado. No es difícil inclinarse para saludar, todo político «demócrata» sabe inclinarse ante sus electores. Pero tras la «reverencia» viene el contenido antirrevolucionario y antiproletario.

Vandervelde refiere con pormenores a Ostrogorski [70], acerca del sinfín de engaños, violencias, sobornos, mentiras hipocresías y opresión de los pobres que enmascara el rostro civilizado, pulcro y peripuesto de la democracia burguesa contemporánea. Pero de ello no saca consecuencia alguna, no advierte que la democracia burguesa aplasta a las masas trabajadoras y explotadas, mientras que la democracia proletaria tendrá que aplastar a la burguesía. Kautsky y Vandervelde están ciegos ante ello. El interés de clase de la burguesía, a la que siguen estos pequeñoburgueses traidores al marxismo, exige que se eluda este problema, que se calle o se niegue francamente la necesidad de tal sometimiento.

Eclecticismo pequeñoburgués contra marxismo, sofistería contra dialéctica, reformismo filisteo contra revolución proletaria. Así debería titularse el libro de Vandervelde.

Notas

[69] Véase la carta de F. Engels a A. Bebel del 18-28 de marzo de 1875.

[70] Se alude al libro de M. Ostrogorski «La Démocratie et les Parties Politiques. La primera edición apareció en 1903 en París. Este libro contiene copiosos datos de la historia de Inglaterra y los EE.UU. que desenmascaran la falsedad y la hipocresía de la democracia burguesa.


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