«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

sábado, 30 de noviembre de 2013

Conclusión, anexo y enmienda para «¿Qué HACER?»




Conclusión


La historia de la socialdemocracia [*] rusa se divide manifiestamente en tres períodos.

El primer período comprende cerca de un decenio, de 1884 a 1894, aproximadamente. Pues el período en que brotaron y se afianzaron la teoría y el programa de la socialdemocracia. El número de adeptos de la nueva tendencia en Rusia se contaba por unidades. La socialdemocracia existía sin movimiento obrero, atravesando, como partido político, por el proceso de desarrollo intrauterino.

El segundo período comprende tres o cuatro años, de 1894 a 1898. La socialdemocracia aparece como movimiento social, como auge de las masas populares, como partido político. Fue el período de la niñez y de la adolescencia. Con la rapidez de una epidemia, se propaga el apasionamiento general de los intelectuales por la lucha contra el populismo y por la corriente de ir hacia los obreros, el apasionamiento general de los obreros por las huelgas. El movimiento hace grandes progresos. La mayoría de los dirigentes eran hombres muy jóvenes, que estaban lejos de haber alcanzado la «edad de treinta y cinco años», que el señor N. Mijailovski consideraba como una especie de límite natural. Por su juventud, no estaban preparados para la labor práctica y desaparecen de la escena con asombrosa rapidez. Pero la envergadura de su trabajo, en la mayoría de los casos, era muy grande. Muchos de ellos comenzaron a pensar de un modo revolucionario como secuaces de «La Voluntad del Pueblo». Casi todos rendían en sus mocedades un culto entusiasta a los héroes del terror, y les costó mucho trabajo sustraerse a la impresión seductora de esta tradición heroica; hubo que romper con personas que a toda costa querían seguir siendo fieles a «La Voluntad del Pueblo», personas a las que los jóvenes socialdemócratas respetaban mucho. La lucha obligaba a estudiar, a leer obras ilegales de todas las tendencias, a ocuparse intensamente de los problemas del populismo legal. Formados en esta lucha, los socialdemócratas iban al movimiento obrero sin olvidar «un instante» ni la teoría del marxismo que los iluminó con luz meridiana, ni la tarea de derrocar a la autocracia. La formación del Partido, en la primavera de 1898, fue el acto de mayor relieve, y a la vez el último, de los socialdemócratas de aquel periodo.

El tercer período despunta, como acabamos de ver, en 1897 y aparece definitivamente en sustitución del segundo período en 1898 (1898 - ?). Es el período de dispersión, de disgregación, de vacilación. Como enronquecen los adolescentes al cambiar la voz, también a la socialdemocracia rusa de aquel periodo se le quebró la voz y empezó a dar notas falsas, por una parte, en las obras de los señores Struve y Prokopóvich, Bulgákov y Berdiáiev, y, por otra, en las de V. I.-n y R. M., de B. Krichevski y Martínov. Pero sólo los dirigentes iban cada uno por su lado y retrocedían: el movimiento mismo continuaba creciendo y haciendo gigantescos progresos. La lucha proletaria englobaba nuevos sectores de obreros y se propagaba por toda Rusia, contribuyendo a la vez indirectamente a avivar el espíritu democrático entre los estudiantes y entre las demás capas de la población. Pero la conciencia de los dirigentes cedió ante la envergadura y la fuerza del auge espontáneo. Entre los socialdemócratas predominaba ya otra clase de gente: los militantes formados casi exclusivamente en la literatura marxista «legal», cosa más que insuficiente, dado el alto nivel de conciencia que la espontaneidad de las masas reclamaba de ellos. Los dirigentes no sólo quedan rezagados tanto en el sentido teórico («libertad de crítica»), como en el terreno práctico («métodos primitivos de trabajo»), sino que intentan defender su atraso recurriendo a toda dase de argumentos rimbombantes. El socialdemocratismo era rebajado al nivel del tradeunionismo tanto por los brentanistas de la literatura legal, como por los «seguidistas» de la ilegal. El programa del «Credo» comienza a llevarse a la práctica, sobre todo cuando los «métodos primitivos de trabajo» de los socialdemócratas reavivan las tendencias revolucionarias no-socialdemócratas.

Y si el lector me reprocha el haberme ocupado demasiado detalladamente de un periódico como Rabócheie Dielo, le contestaré: R. Dielo ha adquirido una importancia «histórica» por haber reflejado con el mayor relieve el «espíritu» de este tercer período [142]. No era el consecuente R. M., sino precisamente los Krichevski y Martínov, que giran a todos los vientos, quienes podían expresar de modo auténtico la dispersión y las vacilaciones, la disposición a hacer concesiones a la «crítica», al «economismo» y al terrorismo. Lo que caracteriza a este período no es el desprecio olímpico de la práctica por algún admirador de «lo absoluto», sino precisamente la unión de un practicismo mezquino con la más completa despreocupación por la teoría. Los héroes de este período, más que negar de un modo abierto las «grandes palabras», las envilecían: el socialismo científico dejó de ser una teoría revolucionaria integral, convirtiéndose en una mezcla, a la que se añadían «libremente» líquidos procedentes de todo nuevo manual alemán ¡ la consigna de «lucha de clases» no impulsaba hacia una actividad cada vez más vasta, cada vez más enérgica, sino que servía de amortiguador, ya que «la lucha económica está íntimamente ligada a la lucha política»; la idea de un partido no servía para incitar a crear una organización combativa de revolucionarios, sino que justificaba una especie de «burocratismo revolucionario» y el juego infantil a formas «democráticas».

No sabríamos señalar cuándo acaba el tercer período y empieza el cuarto (que en todo caso anuncian ya muchos síntomas). Del campo de la historia pasamos aquí al terreno del presente y, en parte, del futuro. Pero creemos firmemente que el cuarto período ha de conducir al afianzamiento del marxismo militante, la socialdemocracia rusa saldrá de la crisis más fuerte y vigorosa, la retaguardia de oportunistas será «relevada» por un verdadero destacamento de vanguardia de la clase más revolucionaria.

A guisa de exhortación a este «relevo» y resumiendo lo que acabamos de exponer, podemos dar esta escueta respuesta a la pregunta: ¿qué hacer?: Acabar con el tercer período.


Anexo [143]
Intento de fusionar Iskra con Rabocheie Dielo


Nos resta esbozar la táctica adoptada y consecuentemente aplicada por Iskra en las relaciones de organización con Rabócheie Dielo. Esta táctica ha sido ya plenamente expuesta en el núm.1 de Iskra, en el artículo sobre «La escisión en la 'Unión de socialdemócratas rusos en el extranjero'» [144]. Abrazamos en seguida la posición de que la verdadera «Unión de socialdemócratas rusos en el extranjero», reconocida por el primer Congreso de nuestro Partido como su representante en el extranjero, se había escindido en dos organizaciones; que seguía sin resolverse la cuestión de la representación del Partido, porque sólo temporal y con adicionalmente la había resuelto, en el Congreso internacional celebrado en París, la elección para el Buró socialista internacional permanente, por parte de Rusia, de dos miembros, uno por cada parte de la «Unión» escindida. Hemos declarado que, en el fondo, Rabócheie Dielo no tenía razón; en relación a los principios, nos colocamos resueltamente al lado del grupo «Emancipación del Trabajo», pero nos negamos, al mismo tiempo, a entrar en detalles de la escisión y señalamos los méritos de la «Unión» en el terreno de la labor puramente práctica [145].

De modo que nuestra posición era, hasta cierto punto, la expectativa: hacíamos una concesión al criterio imperante entre la mayoría de los socialdemócratas rusos, que sostenían que incluso los enemigos más decididos del economismo podían trabajar codo con codo con la «Unión», porque ésta había declarado más de una vez que en principio estaba de acuerdo con el grupo «Emancipación del Trabajo» y que no pretendía, según afirmaba, tener una posición independiente en los problemas cardinales de la teoría y de la táctica. El acierto de la posición que habíamos adoptado lo corrobora indirectamente el hecho de que, casi en el momento de la aparición del primer número de Iskra (diciembre de 1900), se separan de la «Unión» tres miembros, formando el llamado «grupo de iniciadores», los cuales se dirigieron: 1) a la sección del extranjero de la organización de Iskra ; 2) a la organización revolucionaria «El Socialdemócrata» y 3) a la «Unión», proponiendo su mediación para entablar negociaciones de conciliación. Las dos primeras organizaciones aceptaron en seguida, la tercera se negó. Por cierto que cuando, en el Congreso de «unificación», celebrado el año pasado, uno de los oradores expuso los hechos citados, un miembro de la administración de la «Unión» declaró que su negativa se debía exclusivamente a que la «Unión» estaba descontenta de la composición del grupo de iniciadores. Considerando que es mi deber insertar esta explicación, no puedo, sin embargo, dejar de observar por mi parte que no la considero satisfactoria: conociendo el asentimiento de las dos organizaciones para entablar negociaciones, la «Unión» podía dirigirse a ellas por medio de otro mediador o directamente.

En la primavera de Igo (}), tanto Sariá (núm.1, abril) como Iskra (núm.4, mayo) entablaron una polémica directa contra Rabócheie Dielo[146]. Iskra atacó, sobre todo, el «Viraje histórico» de Rabócheie Dielo, que en su hoja de abril, esto es, ya después de los acontecimientos de primavera, dio muestras de poca firmeza con respecto al apasionamiento por el terror y por los llamamientos «sanguinarios». A pesar de esta polémica, la «Unión» contestó que estaba dispuesta a reanudar las negociaciones de conciliación por intermedio de un nuevo grupo de «conciliadores» [147]. La conferencia preliminar de representantes de las tres organizaciones citadas se celebró en el mes de junio y elaboró un proyecto de pacto, sobre la base de un detalladísimo «acuerdo en principio», publicado por la «Unión» en el folleto Dos congresos y por la Liga en el folleto Documentos del Congreso de «unificación».

El contenido de este acuerdo en principio (o resoluciones de la Conferencia de junio, como suele llamársele) demuestra con claridad meridiana que nosotros exigíamos, como condición indispensable para la unificación, que se repudiara del modo más decidido toda manifestación de oportunismo en general y de oportunismo ruso en particular. «Rechazamos -dice el primer párrafo- todas las tentativas de introducir el oportunismo en la lucha de clase del proletariado, tentativas que se han traducido en el llamado economismo, bernsteinianismo, millerandismo, etc.». «La esfera de actividad de la socialdemocracia comprende... la lucha ideológica contra todos los adversarios del marxismo revolucionario» (4, c). «En todas las esferas de la labor de agitación y de organización, la socialdemocracia no debe olvidar ni un instante la tarea inmediata del proletariado ruso: derrocar a la autocracia» (5, a); ... «la agitación, no sólo en el terreno de la lucha diaria del trabajo asalariado contra el capital» (5, b); ... «no reconociendo... la fase de lucha puramente económica y de lucha por reivindicaciones políticas parciales» (5, c); ... «consideramos de importancia para el movimiento criticar las corrientes que erigen en principio... lo elemental... y lo estrecho de las formas inferiores del movimiento» (5, d). Incluso una persona completamente ajena, después de leer más o menos atentamente estas resoluciones, ha de ver por su mismo enunciado, que se dirigen contra los que eran oportunistas y «economistas», que han olvidado, aunque sólo sea un instante, la tarea de derribar la autocracia, que han aceptado la teoría de las fases, que han erigido en principio la estrechez de miras, etc. Y quien conozca más o menos la polémica del grupo «Emancipación del Trabajo», Sariá e Iskra con Rabócheie Dielo no dudará un instante que estas resoluciones rechazan, punto por punto, precisamente las aberraciones en que había caído Rabócheie Dielo. Por esto, cuando en el Congreso de «unificación» uno de los miembros de la «Unión» declaró que los artículos publicados en el núm.10 de Rabócheie Dielo no se debían al nuevo «viraje histórico» de la «Unión» sino al espíritu demasiado «abstracto» [148] de las resoluciones, uno de los oradores lo puso con toda razón en ridículo. Las resoluciones, no sólo no son abstractas, contestó, sino que son increíblemente concretas: basta echarles una ojeada para ver que «se quería cazar a alguien».

Esta expresión motivó en el Congreso un episodio característico. Por una parte, B. Krichevski se aferró a la palabra «cazar», diciendo que era un lapsus que delataba mala intención por nuestra parte («tender una emboscada») y exclamó en tono patético: «¿A quién se iba a cazar?». «Sí, en efecto, ¿a quién?», preguntó irónicamente Plejánov. «Yo le ayudaré al camarada Plejánov en su perplejidad -contestó B. Krichevski-, yo le explicaré que a quien se quería cazar era a la redacción de Rabócheie Dielo. (Risa general) ¡Pero no nos hemos dejado cazar!» (Exclamaciones de la izquierda: «¡Peor para vosotros!»). Por otra parte, un miembro del grupo Borbá (grupo de conciliadores), pronunciándose contra las enmiendas de la «Unión» a las resoluciones, y en su deseo de defender a nuestro orador, declaró que, evidentemente, la expresión «se quería cazar» se había escapado sin intención en el calor de la polémica.

Por lo que a mí se refiere, creo que, de esta «defensa», el orador que ha empleado la expresión no se sentirá del todo satisfecho. Yo creo que las palabras «se quería cazar a alguien» eran «dichas en broma, pero pensadas en serio»: nosotros hemos acusado siempre a Rabócheie Dielo de falta de firmeza, de vacilaciones, razón por la cual debíamos, naturalmente, tratar de cazarlo para hacer que en lo sucesivo fuesen imposibles las vacilaciones. No se podía hablar aquí de mala intención, porque se trataba de falta de firmeza en los principios. Y hemos sabido «cazar» a la «Unión» coma camaradas, hasta tal punto [149], que las resoluciones de junio fueron firmadas por el propio B. Krichevski y por otro miembro de la administración de la «Unión».

Los artículos publicados en el núm.10 de Rabócheie Dielo (nuestros camaradas vieron este número sólo después de llegar al Congreso, unos pocos días antes de iniciarse sus sesiones) demostraban claramente que, del verano al otoño, se había producido en la «Unión» un nuevo viraje: los economistas obtuvieron una vez más la supremacía, y la redacción, dúctil a toda nueva «corriente», se puso una vez más a defender a los «más declarados bernsteinianos» y a la «libertad de crítica», a defender la «espontaneidad» y a predicar por boca de Martínov la «teoría de restringir» la esfera de nuestra acción política (pretendiendo que esto se debía a querer hacer más compleja esta misma acción). Una vez más se ha confirmado la certera observación de Parvus de que es difícil cazar a un oportunista con una simple fórmula, porque fácilmente firmará toda fórmula y con la misma facilidad renegará de ella, ya que el oportunismo consiste precisamente en la falta de principios más o menos definidos y firmes. Hoy, los oportunistas rechazan toda tentativa de introducir el oportunismo, rechazan toda restricción, prometen solemnemente «no olvidar un instante el derrocamiento de la autocracia», hacer «agitación no sólo en el terreno de la lucha cotidiana del trabajo asalariado con el capital», etc., etc. Y mañana cambiarán de tono y se pondrán en el viejo camino bajo el pretexto de defensa de la espontaneidad, de marcha progresiva de la lucha cotidiana y gris y de ensalzar las reivindicaciones que prometen resultados tangibles, etc. Al continuar afirmando que en los artículos del núm.10 la «'Unión' no ha visto ni ve ninguna abjuración herética de los principios generales del proyecto de la conferencia» (Dos congresos, pág.26), la «Unión» sólo revela con ello que es completamente incapaz o que no quiere comprender el fondo de las discrepancias.

Después del núm.10 de Rabócheie Dielo, sólo nos quedaba por hacer una tentativa: iniciar una discusión general para convencernos de si toda la «Unión» se solidarizaba con estos artículos y con su redacción. La «Unión» está, sobre todo, disgustada contra nosotros por este hecho, acusándonos de que intentamos sembrar la discordia en la «Unión», de que nos inmiscuimos en cosas ajenas, etc. Acusaciones a todas luces infundadas, porque, teniendo una redacción designada por elección y que «vira» al más ligero soplo de viento, todo depende precisamente de la dirección del viento, y nosotros hemos definido esta orientación en las sesiones a puerta cerrada, a las que sólo asistían los miembros de las organizaciones venidas para unificarse. Las enmiendas que, por iniciativa de la «Unión», se han introducido en las resoluciones de junio nos han quitado la última sombra de esperanza de llegar a un acuerdo. Las enmiendas son una prueba documental del nuevo viraje hacia el economismo y de la solidaridad de la mayoría de la «Unión» con el núm.10 de Rabócheie Dielo. Se borraba del número de manifestaciones del oportunismo el «llamado economismo» (debido al supuesto «sentido indefinido» de estas palabras, si bien de esta motivación no se deduce sino la necesidad de definir con mayor exactitud la esencia de una aberración ampliamente difundida); también se borraba el «millerandismo» (si bien B. Krichevski lo defendía en Rabócheie Dielo núm.2-3, págs.83-84, y en una forma aún más franca en el Vorwärts [150]). A pesar de que las resoluciones de junio indicaban terminantemente que la tarea de la socialdemocracia consistía en «dirigir todas las manifestaciones de lucha del proletariado contra todas las formas de opresión política, económica y social», exigiendo con ello que se introdujera método y unidad en todas estas manifestaciones de lucha, la «Unión» añadía palabras completamente superfluas, diciendo que la «lucha económica es un poderoso estímulo para el movimiento de masas» (estas palabras, de por sí, son indiscutibles, pero, existiendo un «economismo» estrecho, forzosamente tenían que llevar a interpretaciones falsas). Hay más aún: se ha llegado hasta a restringir de una manera directa en las resoluciones de junio la «política», ya eliminando las palabras «por un instante» (en cuanto a no olvidar el objetivo de derribar la autocracia), ya añadiendo las palabras «la lucha económica es el medio más ampliamente aplicable para incorporar a las masas a la lucha política activa». Es natural que, después de introducidas estas enmiendas, todos los oradores que intervinieron por nuestra parte renunciaran uno tras otro a la palabra, entendiendo que era completamente inútil seguir las negociaciones con «ente que vuelve a virar hacia el economismo y que se reserva la libertad de vacilar.»

«Precisamente lo que la 'Unión' ha considerado como condición sine qua non para la solides del futuro acuerdo, esto es, el mantenimiento de la fisonomía propia de Rabócheie Dielo y de su autonomía, precisamente esto es lo que Iskra consideraba como obstáculo para el acuerdo» (Dos congresos, pág.25). Esto dista mucho de ser exacto. Nunca hemos atentado [151] contra la autonomía de Rabócheie Dielo. Efectivamente, hemos rechazado en forma categórica su fisonomía propia si se entiende por tal la «fisonomía propia» en los problemas de principio de la teoría y de la táctica: las resoluciones de junio contienen precisamente la negación categórica de esta fisonomía propia, porque en la práctica esta «fisonomía propia» siempre ha significado, lo repetimos, toda clase de vacilaciones y el apoyo, por culpa de estas vacilaciones, a la dispersión imperante en nuestro ambiente, dispersión insoportable desde el punto de vista del Partido. Con sus artículos del núm.10 y con las «enmiendas», Rabócheie Dielo ha puesto claramente de manifiesto su deseo de mantener precisamente esta fisonomía propia, y semejante deseo ha conducido natural e inevitablemente a la ruptura y a la declaración de guerra. Pero todos nosotros estábamos dispuestos a reconocer la «fisonomía propia» de Rabócheie Dielo, en el sentido de que debe concentrarse en determinadas funciones literarias. La distribución acertada de estas funciones se imponía por sí misma: 1) revista científica, 2) periódico político y 3) recopilaciones populares y folletos populares. Sólo si asintiese a esta distribución demostraría Rabócheie Dielo un sincero deseo de acabar de una vez para siempre con las aberraciones, contra las que iban encaminadas las resoluciones de junio; sólo esta distribución eliminaría toda posibilidad de rozamientos y aseguraría efectivamente la firmeza del acuerdo, sirviendo a la vez de base para un nuevo auge y para nuevos éxitos de nuestro movimiento.

Ahora, ningún socialdemócrata ruso puede ya poner en duda que la ruptura definitiva de la tendencia revolucionaria con la oportunista no ha sido originada por circunstancias «de organización», sino precisamente por el deseo de los oportunistas de afianzar la fisonomía propia del oportunismo y de seguir ofuscando las mentes con los razonamientos de los Krichevski y de los Martínov.


Enmienda para, ¿Qué Hacer?


El «Grupo de iniciadores», al que me he referido en el folleto ¿Qué hacer?, pág.141 [152], me pide que haga la siguiente enmienda a la parte que expone su participación en el intento de conciliar las organizaciones socialdemócratas en el extranjero: «De los tres miembros de este grupo sólo uno se retiró de la 'Unión' a fines de 1900; los restantes no se retiraron hasta 1901, cuando se hubieron convencido de que era imposible conseguir que la 'Unión' aceptara celebrar una conferencia con la organización del extranjero de Iskra y con la 'Organización revolucionaria. El Socialdemócrata', que es en lo que consistía la proposición del 'Grupo de iniciadores'. La administración de la 'Unión' rechazó al principio esta proposición, motivando su negativa a participar en la Conferencia en la 'incompetencia' de las personas que integraban el 'Grupo de iniciadores' mediador y expresando su deseo de entablar relaciones directas con la organización del extranjero de Iskra. Sin embargo, muy pronto puso la administración de la 'Unión' en conocimiento del 'Grupo de iniciadores' que, después de la aparición del primer número de Iskra, en el cual se publicaba la nota sobre la escisión de la 'Unión', cambiaba de parecer y no quería ponerse en contacto con Iskra ¿Cómo explicar, después de esto, por parte de un miembro de la administración de la 'Unión' la declaración de que la negativa de ésta a participar en la Conferencia se debía exclusivamente a su descontento por la composición del 'grupo de iniciadores'? En verdad, tampoco se comprende bien que la administración de la 'Unión' haya prestado su conformidad para la realización de una conferencia en junio del año pasado, dado que la nota del primero número de Iskra se mantenía en vigor, y que la actitud 'negativa' de Iskra respecto de la 'Unión', se había afirmado aún más en el primer volumen de Sariá y en el cuarto número de Iskra que aparecieron antes de la Conferencia de junio.»


Notas


[*] En Rusia se llamó socialdemócrata a un partido de tendencia marxista que luego se fragmentó en varias organizaciones con diferentes tendencias, todas revisionistas salvo los Bolcheviques.

[142] Podría contestar también con un refrán alemán: Den Sack schlägt man, den Esel meint man, lo cual quiere decir: quien a uno castiga, a ciento hostiga. No sólo Rab. Dielo sino la gran masa de los militantes dedicados al trabajo práctico y de los teóricos sentían entusiasmo por la «crítica» de moda, se embrollaban en la cuestión de la espontaneidad, se desviaban de la concepción socialdemócrata de nuestras tareas políticas y de organización hacia la concepción tradeunionista.

[143] Este anexo fue omitido por Lenin al ser reeditado el ¿Qué hacer? en 1907, en la colección Durante doce años.

[144] Véase V. I. Lenin, Obras Completas, t. IV. (N. de la Red.)

[145] Este juicio sobre la escisión no sólo se basaba en el conocimiento de las publicaciones, sino en datos recogidos en el extranjero por algunos miembros de nuestra organización que habían estado allí.

[146] Véase V. I. Lenin, Obras Completas, t. V.

[147] Se refiere a los organizadores del grupo antiiskrista Borbá. (N. de la Red.)

[148] Esta afirmación se repite en Dos congresos, pág.25.

[149] A saber: en la introducción a las resoluciones de junio dijimos que la socialdemocracia rusa en conjunto mantuvo siempre la posición de principios del grupo «Emancipación del Trabajo» y que el mérito de la «Unión» estaba sobre todo en su actividad en el terreno de las publicaciones y de la organización. En otros términos, dijimos que estábamos completamente dispuestos a olvidar el pasado y a reconocer que la labor de nuestros camaradas de la «Unión» era útil a la causa, a condición de que acabaran por completo con las vacilaciones, que era lo que perseguíamos con la «caza». Toda persona imparcial que lea las resoluciones de junio, las comprenderá solamente en este sentido. Pero si ahora la «Unión», después de haber provocado ella misma la ruptura con su nuevo viraje hacia el economismo (en los artículos del núm.10 y en las enmiendas), nos acusa solemnemente de faltar a la verdad (Dos congresos, pág.30) por estas palabras sobre sus méritos, esta acusación no puede por menos, desde luego, que provocar la sonrisa.

[150] En el Vorwärts se inició una polémica a este respecto entre su redacción actual, Kautsky y Sariá.

[151] Si no contamos como restricción de la autonomía las deliberaciones de las redacciones, relacionadas con la formación de un consejo supremo común de las organizaciones unidas, cosa que Rabócheie Dielo aceptó también en junio.

[152] Véase el presente libro, pág.238. (N. de la Red.)




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