«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

sábado, 2 de noviembre de 2013

Budapest 1956 La contrarrevolución armada; análisis de Ludo Martens

Ya que hemos empezado a analizar los elementos que pudieron desencadenar la crisis polaca de 1956, venimos ahora con su crisis homóloga: la crisis húngara de 1956 que desembocó con la contrarrevolución armada de 1956. El documento del belga Ludo Martens nos va a ayudar a entender los precedentes en cuanto a peligros internos –como la reorganización de las clases derrotadas tras la toma de poder, o las tendencias nacionalistas-burguesas dentro del partido– y las externas –la captación de agentes en las filas del partido, o la financiación del exterior a las capas reaccionarias–. Pese a que Ludo Martens no sea un marxista-leninista, este capítulo es rico es datos y sirve perfectamente para determinar el proceso de la democracia popular húngara.

Pasaremos por tanto a analizar; desde el primer intento de golpe de Estado en 1946 –para ver que la reacción nunca ceja aceptara una vía pacífica al socialismo–, las acciones del famoso arzobispo Mindszenty –para ver la posición de la iglesia en estos procesos–, la posición estadounidense –auxiliando a los partidos de derecha y criticando los procesos contra los criminales de guerra fascistas–, la lucha contra el derechismo y el nacionalismo en el partido –analizando el caso del agente titoista László Rajk o pasando brevemente por la expulsión de János Kádár e Imre Nagy del partido–. Llegando a 1953 vemos como se desmonta como un castillo de naipes el núcleo marxista-leninista y el Comité Central del partido elige a un renegado como Imre Nagy, añadiéndose rehabilitaciones de hombres como János Kádár en 1954. Mátyás Rákosi y Ernő Gerő recuperan el poder brevemente en 1955 y consiguen expulsar de nuevo a Imre Nagy, hasta que en 1956 impulsados por la ola del XXº Congreso del PCUS de 1956 dónde Nagy volverá a la cabeza del partido. En esos días veremos los comentarios de John Foster Dulles hablando abiertamente de  «intensificar la presión sobre los países satélites, lo que podría conducir a su liberación completa» y las arengas de Radio Europa Libre. Para finalizar veremos los acontecimientos en Hungría a partir de octubre, y brevemente los papeles de Nikita Jruschov, Tito, Imre Nagy, János Kádár, y demás –este acontecimiento estará explicado más extensamente en otras publicaciones–. Y como capítulo final un análisis de los procedimientos antileninistas de János Kádár en el Partido Socialista Obrero Húngaro desde 1957 hasta 1989.

Cabe añadir como curiosidad, que a las técnicas «confesadas» de provocación de los agentes de la CIA como Joseph Swiatlo para inculpar a otros honestos militantes, estamos de acuerdo con Ludo Martens, y lo cierto es que dichas  «confesiones» responden más bien a resguardar a sus agentes operativos de entonces y a dar otra razón para aminorar la vigilancia en los Estados socialistas. En el caso que comenta el documento, el de Władysław Gomułka, existe suficiente documentación para  esclarecer que las acusaciones a Gomułka sobre derechismo –que no espionaje– son muy tempranas y muy demostrables. En particular vemos como en el momento álgido de la contrarrevolución, muchos partidos que se habían «comprometido» por construir el socialismo, se quitan la careta y abogan por la propiedad privada, dando una lección histórica sobre la idea revisionista del perpetuar el multipartidismo en el socialismo bajo condiciones «histórico-nacionales».

El documento:

Marcha comunista sobre la emblemática Avenida Andrássy en la inaguración del Bloque de izquierdas,
durante el 7 de marzo de 1946

En 1990, ya no se discutía que la restauración del capitalismo en Hungría era un hecho. Varios eminentes pensadores tuvieron la ocasión de exponer sus profundas justificaciones de este proceso «liberador». Según algunos de ellos, esta resurrección del capitalismo sería la prueba final de la bancarrota de 45 años de «stalinismo», Oros estimaron que el capitalismo probó su notable dinamismo, y Que el socialismo se derrumbó por su fracaso económico. Una tercera justificación sostuvo que, puesto que no solo de pan vive el hombre, la ausencia de democracia y de libertad propia del «stalinismo» –léase «socialismo»–  llevó a las masas a deshacerse del régimen totalitario. Y una última teoría que vino a anquilosar nuestros espíritus no debemos lamentar la restauración actual, ya que Hungría se limitó a sufrir el despotismo asiático impuesto por los tanques soviéticos y, en realidad, nunca conoció el socialismo.

Estas cuatro teorías, difundidas por los filósofos oficiales de Occidente, nos empujan hacia la resignación frente a la restauración, e incluso, hacia una cierta simpatía por la «liberación» de Hungría. Ellas han encontrado una acogida favorable en el seno de la izquierda domesticada del mundo imperialista. Redibujar algunas líneas esenciales de la historia húngara nos permitirán establecer cuatro verdades.

Entre 1945 y 1948, los trabajadores húngaros llevaron adelante una revolución socialista e instauraron la dictadura del proletariado. En 1956, una contrarrevolución violenta, provocada por la derecha húngara con el apoyo del «mundo libre», amenazó las bases mismas del régimen socialista. Después del establecimiento del orden por el ejército soviético, Janos Kadar mantuvo ciertos rasgos del socialismo, al mismo tiempo que rompía con el marxismo-leninismo revolucionario y seguía una línea de descomposición interna lenta.

En 30 años de evolución pacífica, Kadar y sus sucesores realizaron, finalmente, todos los objetivos señalados por los rebeldes de 1956. La contrarrevolución armada se hundió para reaparecer y triunfar, tres décadas más tarde, como contrarrevolución pacífica.

La liberación, tras 25 años de fascismo

Durante el torbellino de la revolución bolchevique, los revolucionarios húngaros instauraron, en 1919, la dictadura del proletariado bajo la forma de una República de los Consejos, dirigida por Bela Kun. Tras 133 días de existencia, fue aplastada con la ayuda de ejércitos extranjeros. Miklos Horthy fundó entonces un régimen de terror –de hecho el primer régimen fascista de Europa– que sojuzgó a Hungría hasta 1944. Durante ese cuarto de siglo, toda la propaganda comunista fue severamente reprimida y el partido debió refugiarse en la clandestinidad.

En septiembre de 1944, el Ejército Rojo hizo retroceder las tropas nazis que habían ocupado el territorio de su aliado húngaro desde el 19 de marzo de 1944. El periódico clandestino Szabad Nep escribió en ese momento: 

«Horthy y sus acólitos difunden fábulas alarmistas sobre millones de obreros rumanos que habrían sido deportados por el Ejército Rojo para realizar trabajos forzados, y pretenden que la misma suerte está reservada para los trabajadores húngaros si el país no se mantiene junto a Hitler». (1)

Esta intoxicación provocó una verdadera psicosis entre quienes se habían dejado influir por más de un cuarto de siglo de desinformación fascista. Desde entonces, el nacionalismo antisoviético será uno de los vectores esenciales de la ideología fascista.

El 15 de octubre de 1944 tiene lugar un Consejo de la Corona en torno al regente Horthy. Echemos un vistazo al resumen de la reunión:

«Según el Primer Ministro, no se debe esperar hasta que los rusos atenacen por completo nuestros dos ejércitos, estacionados uno en Transilvania y el otro sobre la línea de los Cárpatos orientales. Según el Regente, no hay ninguna esperanza de recibir ayuda. Las promesas alemanas no son serias. No han cumplido ninguna de sus promesas. El Regente espera que si se concluye un armisticio con los aliados hoy mismo, las comisiones inglesa y norteamericana llegarían a Budapest al mismo tiempo que los rusos o poco después de su entrada. El Ministro de la Agricultura teme que con los rusos llegue un gran número de agitadores comunistas, lo cual podría señalar el inicio de un fuerte movimiento comunista. Según el Regente, nosotros tenemos suficiente fuerza para contener tal movimiento». (2)

Lo que condujo el espíritu de Horthy fue su odio hacia los comunistas húngaros y el ejército soviético. Quiso concluir un armisticio con los aliados para permitir a ingleses y norteamericanos venir en su ayuda y salvar la crema y nata de su ejército. Horthy declaraba que el armisticio facilitaría «la sobrevivencia del país»; la consigna de «la independencia de Hungría» tendría, en adelante, en boca de la derecha, una connotación fascista, antisoviética y pro anglo-norteamericana.

Pero ese mismo 15 de octubre, bajo la instigación de los alemanes, el mayor Ferenc Szalasi tomó el poder. Era el jefe de las Cruces Gamadas, las bandas nazis suicidas que, a sabiendas de la proximidad del fin, instauraron un terror demencial.

El 3 de diciembre de 1944 vio la luz el Frente Húngaro de la independencia Nacional. Agrupaba, además del Partido Comunista, a otras formaciones burguesas que operaron legalmente bajo el régimen fascista de Horthy: el Partido Socialdemócrata, el Partido lndependiente de Pequeños Propietarios, el Partido Nacional Campesino y el Partido Demócrata Burgués. El programa del Frente Húngaro de la independencia Nacional comprendía la disolución de las organizaciones fascistas; sin embargo con sus estipulaciones de «colocar los carteles y grandes bancos bajo el control del Estado» y de «promover eficazmente la iniciativa de las empresa privadas» no salía en absoluto de un cuadro burgués. (3)

En Hungría perecieron, en el curso de la guerra, 700.000 habitantes, sobre una población de 10.000.000. Fueron destruidos el 30% de las instalaciones mecánicas, el 36% de las vías ferroviarias y el 25% de los edificios de habitación. (4)

Desde el primer momento de la liberación, las reformas democráticas permitieron movilizar las energías de los trabajadores; 640.000 familias campesinas recibieron 1,8 millones de hectáreas de tierras. Un primer plan trienal facilitó a los obreros y los técnicos enfrentar con entusiasmo la reconstrucción del país. (5)

El primer complot fascista

Sin embargo, las fuerzas horthystas y reaccionarías no habían sido en absoluto liquidadas cuando comenzó la reconstrucción del país.

En diciembre de 1946, la Seguridad descubrió un complot fascista: un grupo de militares esperaban aprovechar la firma del tratado de paz y el retiro del ejército soviético para tomar el poder. Esperaban restablecer el poder de Horthy en nombre de la «continuidad legal». Los conjurados formaban parte de una organización secreta llamada Magyar Kozosseg –Comunidad Húngara–, estructurada en familias, clanes y tribus, y dirigida en su conjunto por un Comité de Siete. Entre los jefes se encontraban: Gyula Gombos, presidente del Consejo entre 1933 y 1936; Miklos Kallay, presidente del Consejo a partir de 1942; Andras Szentivanyi, oficial de estado mayor bajo Horthy, y Balint Arany, secretario nacional del Partido Independiente de Pequeños Propietarios.

Durante el proceso, los conjurados revelaron que Bela Varga, presidente del Partido Independiente de Pequeños Propietarios, y Ferenc Nagy, presidente del Consejo en función, se encontraban a la cabeza del complot. Ferenc Nagy había convenido con representantes de Estados Unidos seguir una política prudente de limitación de la influencia de la izquierda, y no actuar abiertamente hasta después de la ratificación del acuerdo de paz.

El general estadounidense Weems, miembro de la Comisión de Control, aliado en Hungría, denunciaba –en una carta dirigida el 5 de marzo de 1947 a los responsables soviéticos– «una intervención extranjera en los asuntos internos húngaros, por parte de elementos minoritarios de Hungría que imponían su voluntad a la mayoría elegida por el pueblo». Ya en 1947, el imperialismo norteamericano declaraba, públicamente, «la intervención soviética» en Hungría, al mismo tiempo que apoyaba a antiguos elementos horthystas y reaccionarios. (6)

El arzobispo Mindszenty apuesta por la Tercera Guerra Mundial

La jerarquía católica constituyó uno de los mayores soportes del régimen de Horthy a lo largo de su existencia. Frente a la consolidación del poder democrático, la reacción interior, al igual que los elementos emigrados y sus protectores norteamericanos, se apoyaban en ella para el trabajo de información y de subversión.

El arzobispo Mindszenty explica, en sus Memorias publicadas en 1974 , con una franqueza que roza en la indecencia, que él se considera como un hombre político, cuya primera vocación es el combate anticomunista. (7)

Cita a su predecesor, el cardenal Seredi –al que de pasada llama «brillante jurista»– y hace suyas sus palabras: 

«En la persona de cada primado de Hungría se encuentran ligadas las más altas dignidades de la Iglesia Católica y la del derecho público húngaro, lo cual simboliza la realeza cristiana y húngara. (...) Como consecuencia de una ley emitida por el rey Etienne, el primado es la primera autoridad de derecho común, después del rey o el jefe del listado». (7)

Ello explica por qué Mindszenty pudo asumir, durante un breve período en 1919, la dirección del Partido Cristiano recién creado y apoyara al regente Horthy durante todo su mandato, desde los años 20 hasta los 40.

Desde el momento en que el Ejército Rojo empezó a barrer con los alemanes, Mindszenty escribió la palabra «liberadores» entre comillas y terminó por reemplazarla directamente por «ocupantes». (8)

Al inicio de la liberación de Hungría de un cuarto de siglo de fascismo, Mindszenty redactó unas cartas pastorales para atacar el socialismo. En mayo de 1945, las hizo leer en todas las iglesias: 

«Ningún Estado ha podido subsistir sin estar basado en la justicia y la moralidad. Pero la base de la moralidad es la Iglesia. (...) Nosotros somos las bases de una verdadera democracia del Evangelio y no explotamos la democracia como un camuflaje para servir ambiciones egoístas». 

En las Memorias apunta: 

«La primera gran procesión religiosa, el 20 de agosto de 1946, fue la expresión neta de este rechazo al comunismo. Ese día, 500.000 fíeles siguieron en procesión a santa mano derecha de San Etienne, permanecida incólume».

En diciembre de 1945, en Roma, Mindszenty se reunió con cuatro cardenales estadounidenses que «no estaban muy satisfechos de la alianza ruso-norteamericana». (9) 

En las elecciones de 1946, el Arzobispo dio instrucciones a su rebaño para que se opusieran a la izquierda y apoyaran el imperio inglés: 

«Un elector cristiano no puede votar por un partido o un grupo que lleva en sí la opresión y la dictadura, y que ya ha violado bastante todo derecho del hombre o derecho natural. El Ministro inglés de Asuntos Exteriores tiene razón cuando dice que se tiene la impresión de que en Hungría un régimen totalitario solo será reemplazado por otro». (10) 

Al mismo tiempo, Mindszenty se opuso a la reforma agraria –que tendía a «liquidar a ciertas clases de la sociedad»–; protestó contra la intención del gobierno de «abolir la monarquía milenaria húngara», y se preocupó «de la suerte de aquellos que eran llamados «criminales de guerra’, cuya mayor parte era gente inocente». (11)

En junio de 1947, el arzobispo Mindszenty y su secretario Andras Zakar, parten hacia Ottawa para asistir a un congreso marial. Aprovecharon para pasar por Estados Unidos, donde se reunieron con el cardenal Spellman, vocero de los anticomunistas más exaltados del país. Spellman les organizó un encuentro con Tibor Eckhardt, uno de los principales responsables del régimen Horthy, refugiado en Estados Unidos, y con Otto de Hasburgo, quien les expuso con detalle sus proyectos para la restauración de la Casa de los Hasburgo en el cuadro de una unión austrohúngara. Desde 1945, Mindszenty trasmitió regularmente informaciones a Selden Chapin y a Kocsak, dos diplomáticos norteamericanos. A inicios de febrero de 1949, Mindszenty, durante su proceso, confesó, frente a acusaciones irrefutables, que él escribió una carta al señor Chapin pidiéndole un avión y un automóvil para huir de Hungría. A inicios de 1948, Mihalovics, director de Acción Católica y colaborador directo de Mindszenty, huyó a Estados Unidos. Allí entró en contacto con el barón Gabor Apor, con Endre Hlatky y con otros hombres cercanos a Horthy. En una carta a Mihalovics, Mindszenty anunciaba su decisión de publicar regularmente informaciones sobre Hungría, con el fin de movilizar apoyos económicos y materiales:

«Yo me lanzo en la lucha contra el comunismo, sirviéndome del interés despertado por mi fuga». (12) 

En un panfleto fulminante contra el «terror comunista» en Hungría, Roland Varaigne destacó, con cierta incomodidad, que «El hecho de que el Cardenal se haya reconocido culpable provocó una intensa estupefacción en Occidente». Sin embargo, reconoció que «Mindszenty estaba perfectamente lúcido». No obstante, quienes lo acusaron de «capitulación total» llegaron demasiado rápido a sus conclusiones: «En realidad Mindszenty contestaba, aunque ciertamente de una forma embarazosa, los puntos esenciales de la acusación». Varaigne citó como prueba el siguiente pasaje:

«Mindszenty: Yo me siento culpable por cuanto cometí una parte considerable de los actos de que se me acusa. Naturalmente, ello no significa que yo reconozca las consecuencias de esos actos que señala el acta de acusación.

El Presidente del Tribunal: En el curso de conversaciones, usted ha considerado la posibilidad eventual de ocupar el puesto de jefe de Estado.

Mindszenty: Nosotros lo pensamos únicamente en el caso de que –dado que en 1947 circulaba con persistencia la noticia de una eminente Tercera Guerra Mundial– los cambios históricos crearan en Hungría una situación tal que, en este país, las fuerzas exteriores y la guerra produjeran cambios que implicaran un vacuum juris; nosotros hemos considerado lo que en un caso como ese debí a y podía ser hecho». (13)

He aquí a un hombre que, con la pretensión de hablar en nombre de Dios todopoderoso, se preparaba a dirigir un gobierno pro norteamericano en el momento en que Estados Unidos iniciara la tan esperada tercera guerra mundial antisoviética. ¡Y decir que en el mundo «libre» el juicio fue presentado como un ejemplo de los abominables procesos stalinistas!

La CIA y los socialdemócratas de derecha

A partir de 1947, James McCargar, secretario de la delegación estadounidense en Budapest, y el capitán McClemens, utilizaron a varios dirigentes del ala derecha de la socialdemocracia –entre ellos Kuroly Peyer y Frigyes Pisky-Schmith– para constituir redes de espionaje. (14)

Obsérvese que se trataba de actividades –más tarde reconocidas públicamente– que los servicios secretos norteamericanos realizaban en esa época entre los dirigentes socialdemocratas de Suecia, Italia y Bélgica. El 8 de febrero de 1948 el secretario general del Partido Socialdemócrata, Szakasits, anunció la decisión de excluir del partido su ala derecha. En junio de 1949, este partido se fusionó con el Partido Comunista y se formó el Partido de los Trabajadores Húngaros. En las elecciones de 1947, el Partido Comunista había obtenido el 22% de los votos, que lo convertía en la primera fuerza política del país, y el Partido Socialdemócrata de Szakasits, el 14%.  (15)

La instauración del poder obrero

Entre 1945 y 1948, los comunistas pudieron desarrollar la lucha política contra las fuerzas reaccionarias en condiciones muy favorables. Por un lado, había un gran entusiasmo de los trabajadores más pobres, liberados de un cuarto de siglo de terror fascista. Y, por otro lado, la presencia del Ejército Rojo provocaba un gran temor en la derecha y dificultaba las intervenciones norteamericanas abiertas. Gracias a la intensificación de la lucha de clases y la realización de un trabajo político profundo y meticuloso, los comunistas consiguieron desmantelar, uno tras otro, los núcleos centrales de todas las formaciones políticas burguesas y unificar las fuerzas democráticas. A partir de 1948, el Estado de democracia popular realizaba en Hungría las funciones de una dictadura del proletariado. El partido pudo impulsar, por etapas, la nacionalización de la industria. Partiendo al principio de la reivindicación de controles del Estado sobre los bancos, se pasó a la nacionalización de los tres mayores y después a la nacionalización de las minas, de las metalurgias, etc. A finales de marzo, todas las empresas con más de 100 empleados fueron nacionalizadas y la base económica del capitalismo se redujo sensiblemente. (16)

Es útil recordar que en esa época la instauración de la dictadura del proletariado fue llevada adelante por un inmenso entusiasmo popular, que los liberales ilustrados no pueden negar. Pierre Paraf escribía en un libro publicado en 1962: 

«Llevado por la historia a la más frugal simplicidad, el pueblo de las democracias populares soportó mejor que otros los duros sacrificios que originaba el inicio de la construcción socialista, que implicó a menudo el trabajo obligatorio. El entusiasmo cotidiano llenó de vitalidad la disciplina impuesta por la ley. La juventud obrera e intelectual acogió esta tarea como una aventura exaltante y fecunda: la construcción del suelo que reparaba la del cosmos. (...) El comunismo representa, desde este punto de vista, lo que pudo representar la cristiandad en la Edad Media, apoyado sobre las conquistas de la ciencia. Es eso, más bien que las diferencias en el nivel de vida, lo que distingue un mundo del otro». (17)

El 17 de marzo de 1949 Hungría, por depurar su sistema político de los antiguos fascistas y de los colaboradores estadounidenses, la acusó el Departamento de Estado norteamericano de «violaciones a los derechos del hombre». El arma de los «derechos del hombre» que Estados Unidos sigue esgrimiendo en sus nuevas cruzadas, se forjó en el inicio de la guerra fría.

La réplica del gobierno húngaro no tardó: ustedes, los defensores norteamericanos «de la libertad, de la democracia y de los derechos del hombre» –así hablaban ya en 1950, los norteamericanos en plena batalla por la hegemonía mundial–, ustedes dan refugio a los jefes fascistas como al general Karoly Bartha, ministro de la Guerra en 1941; Henrik Werth, jefe del estado mayor de Horthy durante la guerra; Laszlo Bankuty y Bela Jurcsek, ministros de Szalasi, el nazi demente; ustedes protegen, en el exterior, al regente Miklos Horthy, al general Kisbamaki-Farkas y al lugarteniente Gusztav Henneyei. Ustedes rechazan extraditar hacia Hungría, de acuerdo con los convenios oficiales, a todos esos dirigentes fascistas. (18)

Las confesiones de Rajk

Una vez que el Partido Comunista se consolidó como la fuerza dirigente en la construcción del socialismo, las principales amenazas contra el poder de los trabajadores comenzaron a provenir de su propio seno.

El 26 de abril de 1949 un periódico suizo, Die Tat publicó un extraño artículo basado, según sus propias afirmaciones, en confidencias de John Foster Dulles: 

«Los norteamericanos otorgan su ayuda activa a las iglesias y a los sindicatos no comunistas ilegales en todos los países del otro lado de la cortina de hierro. En Washington, donde los emigrantes del Este son particularmente activos, el lobby anticomunista es muy activo y cuenta con gran audiencia. El dinero y las armas llegan a los países totalitarios del Este a través de numerosas vías de contrabando. (...) Desde que John Foster Dulles inició hace un año el nacimiento del movimiento clandestino nominado Operación X, sostenido por Occidente, muchas cosas han sucedido en ese sentido. Occidente ha intentado infiltrarse cerca de los cuadros y los medios dirigentes de las democracias populares, y parece que el éxito supera con creces todas las expectativas». (19)

Este pasaje constituye una buena introducción al proceso de László Rajk, antiguo secretario del Comité Central del Partido Comunista Húngaro y antiguo ministro del Interior. Citamos, en primer lugar, las declaraciones realizadas por Rajk durante su proceso público, llevado a cabo del 16 al 24 de septiembre de 1949.

Según el propio Rajk, tras su ingreso en Hungría en el otoño de 1945 y su denominación como secretario de organización del partido en Budapest, fue contactado por Kovach, miembro de la comisión militar estadounidense. Este último afirmaba tener pruebas de que Rajk había trabajado para la policía de Horthy:

«Más tarde —dijo Rajk— yo conté a Kovach que, según las informaciones del Partido Comunista, en Hungría los diferentes elementos de derecha, los trotskistas, el grupo de Weiszhaus, los partidos de derecha como el Partido Independiente de Pequeños Propietarios y el ala derecha del Partido Socialdemócrata, habían emprendido un poderoso trabajo de organización e intentaban colocar, en fábricas, instituciones y oficinas, a elementos nacionalistas, chovinistas y antisoviéticos. El lugarteniente coronel Kovach —continuó Rajk— me decía que yo debía hacer todo lo posible porque esos elementos pudieran desplegar su actividad política sin ser molestados». 

Kovach colocó a Rajk en contacto con Marton Himmler, un agente de los servicios secretos estadounidenses:

«Quería confiarme la tarea —declaró Rajk frente al tribunal— de facilitar la toma del poder por las fuerzas de la derecha y de debilitar al partido a través de la organización de una fracción dirigida contra Mátyás Rákosi. Yo debía difundir entre la opinión pública la idea de que no había unidad en el seno del partido, sino que, bajo mi dirección, existía una fuerte fracción nacionalista, antisoviética y de orientación norteamericana. Ello crearía conmoción y desorganización entre las fuerzas de izquierda, y facilitaría que las fuerzas de derecha tomaran la iniciativa. Como ministro del Interior, y siguiendo instrucciones de los norteamericanos, a finales de 1946, coloqué en el Ministerio del Interior a Sandos Cseresnyes, hombre de los servicios secretos yugoslavos; a Laszlo Marschall, quien trabajaba para la segunda dirección de los servicios secretos franceses; Frigyes Major, agente del servicio secreto norteamericano CIC, y a Bela Szasz, hombre del servicio de inteligencia inglés. Además, a principios de 1946, el lugarteniente coronel Kovach colocó a mi disposición a Tibor Szonyi, quien era su hombre de confianza». (20)

Tibor Szonyi frente al tribunal declaró lo siguiente:

«Yo permanecí en Suiza desde finales de 1938 como emigrado político. En Suiza se encontraba durante la guerra el Centro Europeo del Servicio Norteamericano de Información Estratégica del ejército, el OSS. Su jefe era Alien Dulles. Fue allí que, en septiembre de 1944, un yugoslavo llamado Micha Lompar me propuso entrar en contacto directo con Alien Dulles. Nos reunimos regularmente con Dulles en Berna entre septiembre de 1944 y enero de 1945, hasta mi regreso a Hungría. Dulles me expuso detalladamente sus concepciones políticas para la posguerra. Pensaba que era evidente que muchos países de Europa oriental serían liberados por tropas soviéticas, y que los partidos comunistas devendrían partidos gobernantes. En el interés de la orientación estadounidense y de la política de cooperación con América, era necesario que ejerciéramos nuestra actividad principalmente en el interior del Partido Comunista».

Más tarde, Szonyi habló de sus contactos con Noel Field, un colaborador de Dulles, y dijo: 

«En mayo de 1949, Laszlo Rajk me informó detalladamente del plan de golpe de Estado. Quince días antes de mi arresto, me confío que se había concebido el proyecto de eliminar físicamente a varios dirigentes del Estado, entre ellos Rákosi, Farkas y Gerö, y que lo había discutido con Rankovitch, el ministro del Interior yugoslavo».

Tras la formación de un nuevo gobierno, presidido por Rajk:

«Se modificaría la estructura política del país, siguiendo el modelo de Yugoslavia. Los partidos políticos y, principalmente, el Partido de los Trabajadores Húngaros serían relegados al segundo plano en la vida política y cederían el lugar a un frente popular con una amplia base. También se impulsarían cambios lentos y graduales en el dominio de la política exterior, y de forma igualmente lenta y gradual haríamos que Hungría abandonara a la Unión Soviética y las democracias populares, y se pasara al lado de los Estados Unidos». (21) 

Rajk, Nagy, Pozsgay, Nyers y la restauración

En las declaraciones de Rajk y de Szonyi podrían reducirse a los siguientes puntos esenciales: Los partidos burgueses, socialdemócratas y trotskistas, hicieron todo lo posible por desmantelar el régimen socialista y, en este sentido, contaron con el apoyo de los servicios secretos extranjeros. La actividad de estas formaciones se hallaron cubierta y protegida por elementos poco seguros en el seno del Partido Comunista. Las fracciones revisionistas rompieron la unidad del partido y lo minaron desde el interior. Los servicios secretos occidentales hicieron lo posible por infiltrarse en el partido con el objetivo de promover a elementos dudosos. El nacionalismo burgués constituyó un factor esencial en la desintegración de los partidos revolucionarios. La supresión de la función dirigente del Partido Comunista en beneficio de un frente «popular» que reagrupó las fuerzas burguesas, constituyó una etapa esencial en el proceso de restauración.

La victoria de la contrarrevolución pacífica en 1989 arroja una rara luz sobre las declaraciones de Rajk y Szonyi: fueran ambos culpables o no, es preciso constatar que el proceso de restauración del capitalismo siguió, en lo esencial, el camino marcado en sus declaraciones. Es posible que los investigadores de la época hayan ido demasiado lejos y presentado pruebas no concluyentes de la colusión entre Rajk y los norteamericanos.

Únicamente una nueva generación de revolucionarios húngaros podrá rescatar de las sombras la verdad sobre estos dos fenómenos de capital importancia: las actuaciones de los servicios secretos occidentales y la evolución del oportunismo en el seno del partido durante los años 1945-1953. He aquí algunas bases de lo que decimos: la CIA sacó a la luz pública cierto número de sus actividades en Europa del este. Lo que sigue es cita fiel libro de un periodista inglés, Stewart Steven, que revela algunas cosas que sin duda, se hace para proteger mejor otras operaciones y personas. (22)

Sabemos que el teniente coronel polaco Joseph Swiatlo, que tuvo una participación importante en el proceso contra Rajk, fue reclutado en 1948 por los servicios ingleses antes de ser transferido a la CIA.

En ese momento, Swiatlo era el número dos del Décimo Buró de Seguridad, que se ocupaba de las actuaciones del partido y del gobierno; además figuraba entre las 12 personas más importantes de Polonia socialista, y podía determinar en buena medida el porvenir de los cuadros. Del capitán Michael Sullivan, que lo reclutó, sabemos que: 

«Desde la liberación de Polonia en 1944, se presentaba en el país como jefe de una misión de abastecimiento británica y, bajo la coartada de acciones caritativas, levantó una de las redes de espionaje político más complejas y elaboradas que podían encontrarse en ese momento en el mundo». (23)

Alien Dulles, el jefe de la CIA, se mostró encantado cuando Swiatlo entró a su servicio:

«Dulles insistió en que se le reservase 20 años si fuera preciso hasta el momento en que el gran golpe pudiese funcionar». (24)

Pero muy pronto Swiatlo recibe el encargo de montar falsas acusaciones contra dirigentes comunistas que entrarían al servicio de la CIA. Swiatlo inventa una red de espionaje con ramificaciones internacionales y desenmascara su llave maestra: Noel Field, que durante la guerra había sido director para Europa de la organización de ayuda protestante de los unitaristas norteamericanos. Field era simpatizante del comunismo y conocía personalmente a muchos dirigentes de las democracias populares. Swiatlo probó que Field, quien desde 1926 era diplomático del Departamento de Estado norteamericano, trabajaba para la CIA a las órdenes directas de Dulles, y que había reclutado a cuadros importantes en la mayoría de los países comunistas de Europa oriental. Por varias fuentes, la seguridad soviética recibió confirmación sobre tales acusaciones.

¿Era Field inocente? ¿Fue víctima de un complot de la CIA, como afirma Steven con Swiatlo? En cualquier caso, años más tarde el propio Field confirmó lo que relatamos a continuación. Robert Dexter trabajaba durante la guerra a las órdenes de Field en una misión protestante de los unitaristas en Europa. Dexter era un oficial del OSS, el servicio de información norteamericano, dirigido desde Berna por Alien Dulles. Dexter puso a Field en contacto con Dulles, con la intención explícita de introducirlo en la OSS. Después, Field colocó a comunistas de varios países, entre ellos de Alemania y Yugoslavia, al alcance de Dulles. (25)

Según él mismo afirmó, Swiatlo utilizó la «Red Field» para acusar en falso a comunistas como Rajk en Hungría y Slansky en Checoslovaquia. Consiguió perjudicar seriamente la cabeza del partido polaco, haciendo detener al número dos, Jakub Berman, y a Władysław Gomułka. En cuanto comenzó a levantar sospechas, Swiatlo se unió a Occidente; se fue el 21 de diciembre de 1953.  (26)

La historia prueba, cuando menos, que los servicios secretos occidentales lograron reclutar en los países socialistas a hombres del mus alto nivel. Utilizaron algunos agentes para montar provocaciones dirigidas contra cuadros comunistas; la existencia de tendencias oportunistas y nacionalistas en el interior de los partidos les brindaba un terreno ideal. Comunistas honestos pero que manifestaban inclinaciones socialdemócratas, se convertían fácilmente en víctimas de complots tramados por los norteamericanos. La CIA no solo sembraba cizaña en el partido, sino que contaba con disfrutar, al cabo de unos años, de dividendos suplementarios. Acusados en falso de pertenecer a la CIA, detenidos injustamente y con frecuencia maltratados, se esperaba que estos hombres fuesen objeto de reclutamiento fácil, después de sufrir en su propia carne las «fechorías» del stalinismo. Es muy probable que las revelaciones de Swiatlo, hechas en Estados Unidos, sacando a la luz ciertas verdades, cumplían también la función de proteger a hombres que seguían trabajando para los servicios norteamericanos.

En la áspera lucha de clases que caracterizaba los primeros años de edificación socialista, los comunistas se enfrentaban a dos fenómenos diferentes y a menudo entremezclados: la existencia de corrientes oportunistas y nacionalistas que, llevada su lógica al extremo, caían del lado del imperialismo, y la acción subversiva dirigida directamente por las potencias imperialistas.

Corresponderá a futuros historiadores revolucionarios húngaros desentrañar el enredo de luchas diversas que constituyó el asunto Rajk.

Pero la esencia política de este proceso, tal como fue sentida por los comunistas húngaros de la época, puede resumirse así: En el curso de la lucha de clases, que se desenvuelve en las condiciones del socialismo, los elementos oportunistas y nacionalista-burgueses en el interior del partido suelen evolucionar hacia un programa abiertamente restaurador y entran, a merced de tal camino, en asociación clara con las potencias imperialistas y la reacción interior. Y bien, contra esta lección, que es esencial conocer para la consolidación del socialismo, claman rabiosamente todos los arrebatados del antistalinismo:

«El proceso de Budapest –escribió Frangís Fejto– fue una ceremonia de culto. Lo absurdo de las tesis expuestas, su sin sentido evidente, tenían una función social y religiosa». (27)

Este autor quiere esconder bajo su palabrería vulgar y mistificadora el fundamento político de la lucha en curso que, sin embargo, comprende perfectamente:

«En Hungría –dijo Fejto– Tito disfrutaba de numerosos simpatizantes entre los viejos militantes del partido, con el ministro del Interior Lazslo Rajk a la cabeza. Estos procesos, –continúa lúcidamente– constituyen una vasta ofensiva contra las tendencias autóctonas reformistas y nacionales; Rajk y los otros querían hacer concesiones reales a las aspiraciones nacionales y liberales de la población por medio de una realización de las virtualidades democráticas del socialismo». (29)

Como se ve, Fejto describe perfectamente la orientación nacionalista-burguesa, antisoviética, y la deriva socialdemócrata, reformista, cuyos primeros síntomas se dejan notar en 1949-1953, y que desemboca, después de una larga incubación, en el derrumbamiento del socialismo en 1989. Desde que Tito, en 1950, apoyó la agresión norteamericana contra Corea, la verdadera naturaleza de esta orientación no dejó duda alguna. Fejto admitió que Rajk pertenecía a esta misma corriente.

En ocasión del segundo entierro solemne de Rajk, el 6 de octubre de 1956, Imre Nagy abrazaba con gesto patético a la viuda de Rajk. Solo dos semanas más tarde, Nagy encabezó un movimiento que, incluso su protector, Tito, tuvo que calificar de contrarrevolucionario.

En 1988 pudimos asistir al remake de las exequias de Nagy, organizadas con gran pompa. Unos meses más tarde, los dirigentes del partido húngaro que las habían presidido restablecían el capitalismo privado, acogían como a un héroe al Presidente de Estados Unidos, abandonaban el Pacto de Varsovia y hacían pública su intención de ingresar en la OTAN. Pero en el tiempo en que los comunistas acusaron a Rajk y a Nagy de comprometerse precisamente en ese mismo camino, toda la prensa burguesa puso el grito en el cielo ante «absurdos semejantes, acusaciones, mentiras grotescas, increíbles fabulaciones» que vertía el stalinismo. Es importante subrayar que independientemente de la efectiva culpabilidad de Rajk en relación con las imputaciones que se le hicieron, la dirección de Mátyás Rákosi había delimitado perfectamente los mecanismos de la lucha de clases en las condiciones del socialismo, en el curso de los años 1948-1953.

La ofensiva norteamericana

A comienzos de 1948 se publicó en Estados Unidos un periódico de extrema derecha húngaro titulado Amerikai Magyar Nepszava. Su director era Zoltan Pfeiffer, antiguo terrateniente y diputado, próximo a Horthy. Entre sus colaboradores se contaban el fascista Tibor Eckhardt, el jefe de la derecha húngara Ferenc Nagy y el socialdemócrata Karoly Peyer. El 27 de mayo de 1948 el presidente Truman dirigió una carta a los editores: 

«El pueblo húngaro combate tras el telón de hierro para reconquistar su libertad y levantar un Estado verdaderamente democrático. En este combate, el pueblo espera de ustedes las directivas; estoy convencido de que ustedes, que gozan de los beneficios de la democracia norteamericana, no lo abandonaran». (30)

En ese momento, los norteamericanos eran los principales protectores de la organización fascista Comunidad Fraternal de los Guerreros Húngaros, estacionada en Alemania occidental y dirigida por Ferenc Kisbamaki-Farkas y Andreas Zako, dos hombres del fascista demente Szalasi. En su Boletín Central número 12, de abril de 1950, escribieron: 

«¿Cuál es nuestro objetivo? Ayudar a todos los que están dispuestos a luchar por liberar a la patria húngara del bolchevismo; no solo con palabras y escritos, sino también, llegado el momento, con actos y por las armas».

En su número 13 del mes de mayo precisaron: 

«Tenemos derecho a confiar en que, a la vista de la evolución probable de los acontecimientos internacionales, las fuerzas militares de Estados Unidos nos abrirán el camino de regreso». (31)

Le Monde publicó el 2 de octubre de 1951: 

«Créditos de 100 millones de dólares están contemplados en el proyecto de ley norteamericana sobre ayuda militar y económica al extranjero, a fin de permitir la constitución de cuerpos especiales de refugiados de los países del Este del telón de hierro. Estas unidades, precisan informaciones de Washington, estarán mezcladas con divisiones norteamericanas e integradas en el ejército atlántico».

De este modo, 2 500 refugiados en 1950, fueron incluidos en el ejército norteamericano. Después de cinco años de servicio obtuvieron la nacionalidad estadounidense. El portavoz del primer grupo húngaro, Tomás Dosa, había combatido durante un año en el ejército fascista en el frente del Este. (32)

En 1950, los servicios de guerra psicológica del ejército norteamericano, por decisión de su gobierno, lanzaron el proyecto Radio Europa Libre. Un despacho de Reuter del 25 de octubre de 1950 comunicaba: 

«El general Lucius D. Clay, antiguo comandante de la zona norteamericana, ha anunciado que el servicio que dirige está construyendo potentes emisoras de radio para apoyar la propaganda dirigida a los países del telón de hierro. Se reclutará al personal de entre los huidos de los países del Este europeo a los que se dirige la propaganda.(...) Que esta actividad suscite acciones subterráneas en los países en cuestión no nos sorprendería. No hay límites a lo que podemos hacer y a lo que haremos». (33)

Desde 1950, Estados Unidos se comprometió abiertamente en una política llamada «de liberación de las naciones cautivas». James Bumham, brazo derecho de Trotski hasta 1940, se convirtió en su abogado. En esta época, Bumham y casi todo el establishment norteamericano esperaban impacientemente la guerra o, mejor aún, la Tercera Guerra Mundial:

«La política de liberación constituye un preventivo de la guerra general. La política de liberación, en la medida de su éxito, golpea tras el frente soviético y corta las líneas de comunicación entre los soviets. Al propio tiempo, estimula a los elementos interiores considerados, desde el punto de vista soviético, los más susceptibles de dislocar el régimen. Pero a largo plazo, aunque no sea inevitable, la guerra general sigue siendo probable». (34)

Dentro de este contexto global, Bumham situó la actividad norteamericana en Hungría y Europa del este:

«Simples palabras no serán suficientes para convencer a las masas de que América se compromete a liberarlas. Es preciso que lo demuestre diariamente con actos. Esta demostración puede revestir tres formas: la guerra política total; acciones auxiliares militares y paramilitares cuando las circunstancias lo exijan y preparación apropiada para cualquier acción militar que pueda parecer necesaria en el futuro. Naturalmente, Estados Unidos ya está actuando en los tres sentidos mencionados. El cambio de política ampliará la envergadura y acentuará el ritmo de estas actividades, sobre todo en lo que se refiere a la guerra política». (35)

Esta política de conquista y hegemonía norteamericana se vendió en Hungría con la marca «Independencia nacional». Arrancando a Hungría de la influencia soviética y de un porvenir socialista, ligado a los destinos del socialismo soviético, los norteamericanos querían ganarse un buen pincho de neocolonias en Europa central.

Se desata la persecución del «stalinismo» 

Inmediatamente después de la muerte de Stalin, el Comité Central del Partido de los Trabajadores Húngaros, en sus sesiones del 27 y 28 de junio de 1953, criticó los «errores izquierdistas» de la dirección de Rákosi, Gerö y Farkas; nombró primer ministro a Imre Nagy, un viejo oportunista de derecha, quien había sostenido siempre que la democracia popular no debía definirse bajo la forma de una dictadura del proletariado. Creía que Hungría debería conocer un período de capitalismo de Estado, y que las fuerzas productivas del campo se desarrollarían del modo más rápido mediante una política de apoyo al campesinado medio. Añadía que así evitaría que Hungría se viera mezclada en la confrontación entre los bloques. En 1954, Nagy desarrolló, desde la dirección del gobierno un programa centrado en la idea de «la unidad nacional», llamó a los nueve millones
y medio de húngaros a unir sus corazones y sus almas. (36)

Pero en noviembre de 1955, Mátyás Rákosi consiguió que el revisionista Nagy fuera expulsado del partido.

Después del XX Congreso del PCUS, los oportunistas húngaros redoblaron sus esfuerzos en las críticas contra el «stalinismo» de Mátyás Rákosi. El 1 de julio de 1956 Imne Nagy se declaró preparado para «luchar hombro con hombro por eliminar las distorsiones stalinistas del marxismo en el terreno ideológico, político y metodológico». Y juró fidelidad a las «ideas y principios de Lenin». (37)

La Asociación de Escritores Húngaros envió sus mejores plumas para la campaña en favor de Nagy que, de golpe, se convirtió en la vedette principal de Radio Europa Libre y de la BBC. El 17 de septiembre la asociación se refirió a «la resistencia burocrática, sectaria y dogmática» y llamó a la lucha contra el «peligro de una restauración stalinista y rakosista». (38)

A fines de junio de 1956, el Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos dedicó una sesión especial a la agitación en el Este. El 29 de junio John Foster Dulles, al hacer las conclusiones, expresó:

«El mundo libre ha de permanecer unido para ejercer las presiones que aceleren la desintegración total del comunismo internacional y, quizás, del sistema actual de la Unión Soviética. Es preciso, en especial, intensificar la presión sobre los países satélites, lo que podría conducir a su liberación completa». (39)

El Partido de los Trabajadores Húngaros, confundido por la campaña contra Stalin conducida conjuntamente por Jruchov, Radio Europa Libre, el grupo de Imre Nagy y la vieja derecha húngara, decidió organizar un nuevo entierro solemne de las «víctimas del stalinismo». El 6 de octubre de 1956 la «reposición» de los funerales se convirtió en una fiesta anticomunista. Nostálgicas y confundidas 300.000 personas proclamaron a Imre Nagy como ídolo.

En las semanas siguientes, gran parte de los estudiantes e intelectuales participaron en manifestaciones nacionalistas dirigidas contra la presencia de las tropas soviéticas, a favor de la retirada de Hungría del Pacto de Varsovia y por la recuperación de los territorios perdidos a raíz de la «derrota» de 1944. El nacionalismo burgués presentó un doble aspecto: antisovietismo, por la aversión hacia el primer país socialista, y adhesión a la ideología fascista, por su nostalgia de los 25 años de «grandeza» húngara.

La CIA dicta el programa de la «revolución»

A partir del 23 de octubre de 1956, en todas partes se produjeron manifestaciones contra el gobierno socialista. Según Robert T. Holt, uno de sus principales responsables, Radio Europa Libre recibía diariamente, del cuartel general en Nueva York, instrucciones tácticas detalladas. La radio de la CIA exaltaba una política de gran unidad popular, se ponía en guardia frente a cualquier forma de precipitación. Hay que glorificar los valores nacionales húngaros y pedir un «perfeccionamiento» y una «rectificación» del sistema socialista. En el curso de la acción habrá lugar para, paso a paso, remendar la cualidad política de las reivindicaciones. Con tal fin, la CIA lanzó la consigna «¡Haced de la revolución una revolución permanente!» (40)

Desde el 23 de octubre, los sublevados lanzaron ataques armados de poca envergadura. El 25 el coronel Pal Maléter, encargado de reprimir la insurgencia, se pasó a la contrarrevolución. El consejero militar de Radio Europa Libre, Julián Borsanyi, antiguo teniente coronel del ejército de Horthy, so pretexto de «discutir la forma en que los insurgentes actuaban», dio instrucciones para el progreso la rebelión. (41)

La Comisión de Radio Europa Libre financiaba el Centro Militar, establecido en Viena, que coordinaba la ayuda militar desde el extranjero. El general Andras Zako, jefe de la principal organización fascista húngara, dirigía este centro. En Budapest, los ataques armados estaban organizados por personas con gran experiencia en la guerra y la guerrilla: oficiales del ejército de Horthy, miembros de las milicias fascistas de las Cruces Flechadas y algunos tránsfugas del ejército húngaro. Así comienza lo que The New York llerald Tribune llamó, el 17 de noviembre de 1956, «la primera batalla de la Tercera Guerra Mundial por los valores occidentales». (42)

A la vista de esta primera fase de la contrarrevolución, el partido organizó guardias obreras en las empresas y les proporcionó cierta cantidad de armas. La mayor parte del ejército húngaro permanecía leal al gobierno y desarrolló operaciones eficaces con el apoyo de unidades soviéticas. (43)

El 28 de octubre los anticomunistas se encontraron prácticamente derrotados.

El mismo día, el cuartel general de la Comisión de Radio Europa Libre envió un telegrama desde Nueva York a Munich; que contenía un «programa de ocho puntos» para la insurrección húngara; el cual se propagaría intensamente y de inmediato, gracias a las emisiones de Radio Europa Libre y casi todos los grupos anticomunistas lo
adoptarían. A continuación se describe someramente el «programa»:

«1. Retirada inmediata y total de las tropas soviéticas en territorio húngaro. 2. Disolución integral e inmediata de la Fuerza de Seguridad del Estado (AVH). 3. Amnistía total para todos los combatientes por la libertad que han participado en la insurrección. 4. Exclusión del nuevo gobierno provisional de toda persona asociada de algún modo al gobierno o a la dirección superior del partido desde el precedente gobierno de Nagy. 5. La mayoría del gabinete del nuevo gobierno provisional debe proceder de los diversos grupos patrióticos sobre una base representativa. 6. Convocatoria inmediata de una Asamblea Constituyente, seleccionada mediante elecciones libres y secretas, para redactar una nueva Carta Magna y un programa de acción. 7. Retirada de Hungría del Pacto de Varsovia. 8. Conservación de los consejos obreros y otros consejos locales y comités populares formados durante la crisis, y comunicación permanente entre ellos hasta que las condiciones mencionadas anteriormente hayan sido cumplidas». (44)

El revisionista Nagy a la cabeza del gobierno

Cuando se desencadena en el país la contrarrevolución violenta, la fuerza de determinación del Partido Comunista adquirió una importancia capital para el éxito de la lucha. Ahora bien, el partido se encontraba en un estado lamentable. Cuando el Comité Central se reunió el 23 y el 24 de octubre, fue sacudido por un viento de pánico. En lugar de orientarse hacia un modo de acción inflexible y hacia una movilización de las masas fieles al socialismo, sus miembros buscaron refugio en la Gran Unidad. La tendencia Mátyás Rákosi-Ernő Gerő, considerada por todas partes como «stalinista», se encontraba ya bastante aislada. El grupo de János Kádar-Ferenc Münnich, mayoritario, llamó a la unidad de todos los comunistas, incluidos los hombres de Nagy. ¡Se reincorporó Imre Nagy en su calidad de miembro del partido y se le ofreció el puesto de primer ministro! Sin embargo, todos sabían que Nagy se encontraba en la base de la agitación antigubernamental en el medio estudiantil e intelectual. Como lo diría Kadar más tarde: 

«Estábamos reticentes de tomar la seria decisión de revelar ante el mundo que no había unidad en el seno del órgano dirigente superior del partido y el gobierno». (45)

El 23 de octubre Nagy da su consentimiento para solicitar el apoyo del ejército soviético. Pero cinco días más tarde, el 28 de octubre, en el momento en que los contrarrevolucionarios se encontraban arrinconados, Nagy decretó por radio un alto el fuego inmediato y general, y anunció el retiro de las tropas soviéticas de Budapest. Y declaró: 

«El gobierno rehúsa la idea de que el gran movimiento popular que se desarrolla en este momento, es una contrarrevolución. Y la revuelta se transforma en un movimiento nacional y democrático que garantiza nuestra independencia nacional, nuestra autodeterminación y soberanía». 

Nagy continuó: 

«El gobierno va a sostener a los nuevos órganos democráticos creados con la iniciativa del pueblo y los integrará en la administración del Estado». 

Anunció la creación de:

«Una nueva fuerza de seguridad, formada a partir de unidades del ejército, de la policía, como de las unidades armadas obreras y de jóvenes». (46)

En realidad, el revisionista Nagy tomó por su cuenta lo esencial del programa dictado por Radio Europa Libre.

El 29 y 30 de octubre el Ejército Rojo se retiró de Budapest. Una onda de euforia levantó a los contrarrevolucionarios hasta las nubes. Nagy recibió a Dudas, uno de los principales responsables de los «combatientes de la libertad», que había hecho suyos los «ocho puntos» de la CIA. Al día siguiente, Radio Europa Libre anunciaba: 

«Pareciera que la democracia pluripartidista pueda ser restaurada en Hungría y que Hungría pueda asumir una posición de libertad y de neutralidad según el modelo austríaco». (47)

Nagy a la cabeza de la contrarrevolución

Partiendo de su oposición contra el «dogmatismo», el «sectarismo» y el «stalinismo», Imre Nagy pasó en pocos días a la contrarrevolución abierta. El 30 de octubre declaró a la radio: 

«El gobierno reconoce a todas las autoridades locales, autónomas y democráticas, creadas por la revolución, nosotros nos apoyamos en ellas y les pedimos su ayuda».

Y continuó: 

«El gabinete decide abolir el sistema de partido único y establecer un gobierno sobre la base de la cooperación democrática entre partidos de coalición como existía en 1945». 

¡En el presidium del Partido de los Trabajadores Húngaros, Nagy obtuvo la mayoría para disolver el partido y formar un partido nuevo! Núcleos de antiguos partidos burgueses fueron restablecidos bajo la impulsión de emigrantes anticomunistas. Estos partidos, que se habían dislocado entre 1945 y 1948 durante los combates entre elementos reaccionarios y los antifascistas, volvieron a nacer como fuerzas abiertamente de derecha y proimperialistas.

El 1 de noviembre el Partido Independiente de Pequeños Propietarios manifestó: 

«Nosotros queremos una nueva Constitución, una república en lugar de una república popular».

En una circular de 31 de octubre, este partido se confirmó como:

«Un partidario incondicional de la empresa privada y de la economía privada». 

El 2 de noviembre Jozsef Pasztor, el dirigente de la socialdemocracia, declaró: 

«El partido acepta la propiedad privada».

El programa del Partido de la Independencia húngara definía: 

«4. La inviolabilidad de la propiedad privada. (...) 6. La puesta en práctica de la democracia pura, eterna y burguesa». (48)

El 30 de octubre Imre Nagy sacaba de la cárcel al cardenal Mindszenty, quien se apresuró en declarar: 

«Voy a continuar desde donde me forzaron a pararme hace ya ocho años». (49)

En sus memorias, Eisenhower anotó sus reflexiones del 1 de noviembre de 1956: 

«El problema de Hungría es que los insurgentes no tienen un dirigente fuerte que haga autoridad. Imre Nagy fracasa y los insurgentes piden su dimisión. El cardenal Mindszenty podría ser este dirigente, si es apoyado por el ardor católico del pueblo húngaro». (50)

Por la radio, el 3 de noviembre, Mindszenty saludó al «pueblo» y a la «lucha armada», denunció al «imperio ruso» y manifestó que:

«El antiguo régimen ya había sido barrido. Nosotros queremos ser una nación con un espíritu exclusivamente cultural y nacional, basado en la propiedad privada y limitada por las obligaciones sociales». (51)

El 31 de octubre Nagy anunció su intención de retirarse del Pacto de Varsovia y al día siguiente proclamó la neutralidad de Hungría, concluyendo su discurso con las palabras siguientes: 

«¡Viva Hungría libre, independiente, democrática y neutral!» 

Hungría dejó de ser socialista. Y la bandera de la independencia ocultaba apenas que las formaciones sublevadas dependían, en gran parte, del imperialismo. La dirección de la Internacional Socialista, reunida en Viena y el presidente Eisenhower, en Nueva York, prometían inmediatamente una «ayuda económica» para la «reactivación económica de Hungría». (52)

Entre tanto, los generales Bela Kiraly y Maléter habían distribuido miles de armas a los sublevados. Kiraly y otros dos oficiales de Horthy constituyeron, el 1r de noviembre, un comité de rehabilitación con el objeto de crear un cuerpo de oficiales del antiguo régimen fascista: se presentaron 500. (53) 

¡Y el 1 de noviembre, Nagy nombró a Pal Maléter, el general pasado al lado de los sublevados, ministro de la Defensa! (54)

¿Qué ocurría en la ciudad de Györ? En Transdanuvia, la parte de Hungría que limita con Austria, el Consejo Nacional Transdanuvio se presentó como gobierno alternativo. El presidente del consejo, el ex-alcalde socialdemócrata Udvaros, en una entrevista, expuso las siguientes orientaciones: 

«El consejo ha sufrido una evolución nacionalista. Los comunistas se han refugiado con los rusos que están en guarnición en las afueras de Györ. El primer objetivo de la muchedumbre fue la destrucción de la policía política. En Gyór, eran un centenar, los jefes han sido asesinados, los otros han huido. Nosotros estamos en contra de la colectivización de la tierra. Nosotros le damos nuestra confianza a Nagy. Por otra parte, él ha recibido a nuestra líder Anna Ketly y nos ha asegurado que él compartía el punto de vista del Consejo Nacional Transdanuvio. En fin, aquellos que han hecho esta revuelta están en el gobierno, con Pal Maléter que acaba de ser llamado al Ministerio de la Defensa Nacional. En caso de elección, la mayoría de los votos iría a un partido clerical, en una proporción del 60%. El Partido Socialdemócrata podría obtener entre un 18% o un 20%». (55)

El general Zako, el jefe de las Cruces Flechadas, viajó de Viena a Gyór y una delegación de Gyór partió a Munich para entrevistarse con el teniente coronel Julián Borsanyi, ex-horthysta y cabecilla de Radio Europa Libre. (56)

La derecha comenzó la caza de los comunistas: tres mil de ellos fueron detenidos por los contrarrevolucionarios. El periódico Nueva Hungría escribió el 2 de noviembre: 

«Nuestra policía neutraliza a los enemigos de la revolución nacional. (...) La operación de limpieza ha comenzado bajo el control del Comité Revolucionario de Fuerzas Especiales». (57)

Los Cruces Flechadas y los fundamentalistas católicos exhortaron el espíritu revanchista a tal punto que hasta hostigaron a un periodista de derecha como Alain de Seydouy, un fanático de la «Hungría Indomable”. En su obra, publicada bajo este título, decía, a propósito de los últimos días de la insurrección, lo siguiente: 

«Poniendo a su ventaja la debilidad del gobierno de Nagy, los elementos de extrema derecha como Dudas, podían hacer temer el retomo de elementos fascistas, lo que ahora es explotado a fondo por los stalinistas. Desde su liberación, el cardenal Mindszenty multiplica las declaraciones imprudentes. Finalmente, mientras que la administración se desintegraba, la desaparición de comunistas de todos los puestos claves tiraba al país en la anarquía. Incluso Tito manifestaba su inquietud». (58)

Estas observaciones de un anticomunismo declarado constituían una excelente introducción al análisis que el grupo de Mandel presentó de la contrarrevolución húngara. El IX Congreso Mundial Trotskista rindió un homenaje a los insurgentes húngaros en los siguientes términos: 

«La revolución húngara de octubre-noviembre de 1956 ha ido lo más lejos en la vía de la revolución política antiburocrática plenamente desarrollada». (59)

Es en estos términos que Mandel nos reveló que la contrarrevolución armada húngara era un trotskismo «plenamente desarrollado».

Kadar y su padre adoptivo Jruschov

El 1 de noviembre, Janos Kadar y Ferenc Münnich, dos miembros del gobierno de Nagy, decidieron romper con el Primer Ministro. Al día siguiente, recibieron el apoyo de Gyorgy Marosan, Antal Apro, Imre Horvath y de Karoly Kiss. Ellos proclamaron la constitución de un gobierno revolucionario húngaro de obreros y campesinos que llamó al ejército soviético a restablecer el orden. El 4 de noviembre el Ejército Rojo atacó las dos principales bases de sublevados en Budapest, las que agrupaban a unos 10.000 hombres armados. Los combates violentos duraron dos días. El 9 de noviembre los principales jefes de la contrarrevolución se pasaron al Occidente. Del 23 de octubre al 9 de noviembre, se contaron 3 000 muertos. (60)

Kadar se opuso a la contrarrevolución abierta y al revisionismo implacable de Imre Nagy. No obstante, el mismo Kadar contribuyó a colocar de nuevo a Nagy a la cabeza del gobierno en el cual él participó. Además, atacó con todas sus fuerzas la línea revolucionaria defendida por Rákosi. Su proclamación a nombre del gobierno revolucionario, el 4 de noviembre de 1956, comenzó con estas frases:

«El 23 de octubre un movimiento popular nació. El objetivo de este movimiento era la eliminación del régimen criminal de Rákosi y de sus cómplices, la adquisición de nuestra independencia nacional y la defensa de nuestra soberanía nacional. Por la debilidad del gobierno de Imre Nagy, los elementos contrarrevolucionarios han logrado introducirse en este movimiento». (61) 

En lo que llamaba la resolución histórica del 5 de diciembre de 1956, Kadar hizo insertar lo que sigue:

«Desde el fin de 1948, la banda Rákosi-Gerö desviaba los principios fundamentales del marxismo-leninismo». (62)

Así, todas las victorias obtenidas en la revolución, en la edificación económica y en la represión de la reacción, fueron denigradas como una desviación. Kadar era un huérfano de la socialdemocracia húngara, adoptado y alimentado por su padre Jruschov. Rákosi era un auténtico bolchevique, quien combatió al lado de Bela Kun en 1920, y encarcelado por Horthy de 1927 a 1940; pero su partido, que fue fundado después de la guerra, estaba compuesto por un conjunto de diversas fuerzas, enormemente influenciadas por la socialdemocracia. Rákosi no logró unificar, con un trabajo ideológico, político y organizativo profundo, a los ejecutivos en una óptica marxista-leninista. El partido siguió siendo un conjunto de diferentes corrientes disparatadas.

El «stalinista» Mátyás Rákosi fue eliminado de la cabeza del partido después de una intervención directa del PCUS. Nikita Jruschov también intervino en la rehabilitación de Rajk, en la liberación de la prisión de Kadar –encarcelado en 1950 por seguir los lineamientos de Tito– y en la rehabilitación de Nagy. (63)

En junio de 1956, cuando la contrarrevolución se desarrolló a la vista y el saber de todos, Suslov poseía, entre sus manos, una mitocrítica escrita de Imre Nagy —en quien tenía absoluta confianza), afirmando que la situación en Hungría tendía a normalizarse. Después de los primeros combates en Budapest, Andropov, embajador soviético, expresó: 

«Nosotros no podemos considerar a los insurgentes como contrarrevolucionarios, porque también hay entre ellos gente honesta. El nuevo gobierno [de Nagy] es bueno y es necesario que se mantenga para estabilizar la situación. Nagy trata de mantener los lazos con las masas». (64)

Fueron los soviéticos quienes –el 2 de noviembre– reunieron a Kadar y sus amigos en Crimea, y, después de una concertación con Tito, impusieron a Kadar como el nuevo jefe del partido. (65)

Jruschov, Tito, Kadar y Nagy estaban ligados en una defensa común por una política revisionista y en una lucha contra el stalinismo. Cuando Nagy pasó abiertamente al lado del imperialismo y amenazó, en consecuencia, la base misma del poder de Jruschov, fue cuando este reaccionó.

Lenin a propósito de la revolución húngara

El episodio crucial de la lucha interna en el partido se sitúa al inicio de la insurrección de Nagy y su nombramiento como primer ministro. Cuando la lucha de clases se transformó en guerra civil abierta, los revisionistas, en nombre del antistalinismo, reaccionaron diametral-mente en oposición con todas las enseñanzas de Lenin. Algunas de sus observaciones parecían haber sido escritas 40 años antes a la intentona de Budapest de 1956.

A propósito del oportunismo dentro del Partido Comunista Húngaro Lenin, en 1920, escribió: 

«No hay duda que algunos socialistas húngaros hayan pasado del lado de Bela Kun y que se hayan declarado comunistas. Pero el fondo de las cosas no varía, sin embargo. Aquel que se declara sinceramente comunista y que en lugar de continuar con una política de gran rigor, de resolución inflexible, una política de entrega a toda prueba, de audacia y de heroísmo –porque esta política solo es conforme al reconocimiento de la dictadura del proletariado–, aquel que vacila en realidad y es objeto de pusilanimidad, comete por su apatía, su vacilación y su indecisión, la misma traición que el traidor auténtico. Sobre el plano personal, la diferencia entre el traidor por debilidad y el traidor por premeditación y cálculo es muy grande; sobre el plano político, no hay diferencia entre ellos, porque que la política decide en realidad la suerte de millones de hombres, y esta suerte no varía por el hecho de que millones de obreros y campesinos son víctimas de traidores por debilidad o traidores por interés». (66)

La conclusión de Lenin es sin apelación: en los momentos decisivos, hay que alejar a los dirigentes oportunistas, vacilantes. Jruschov y Kadar hicieron exactamente lo contrario: en plena guerra civil, dejaron entrar al partido, en nombre de la unidad, a los oportunistas y traidores que habían sido expulsados. También en este punto, salta a la vista que el mentado «stalinismo» focalizó, directamente, el corazón mismo de la obra de Lenin. De su pasada experiencia, sacaba esta enseñanza general: 

«Si se cuenta en sus rangos a los reformistas, mencheviques, no podría triunfar la revolución proletaria y no se podría salvaguardarla. En Rusia, varias veces se presentaron situaciones difíciles, en las cuales el régimen soviético hubiese sido seguramente derrocado, si los mencheviques, los reformistas, los demócratas pequeñoburgueses hubiesen permanecido en nuestro partido. En tal caso, no es solo una necesidad absoluta de excluir del partido a los mencheviques, a los reformistas, a los turatistas, puede también ser útil de excluir excelentes comunistas, susceptibles de vacilar y vacilaren el sentido de la unidad con los reformistas, alejarlos de todos los puestos importantes. En vísperas de la revolución y en los momentos de la lucha más encarnizada por su victoria, las más pequeñas vacilaciones en el seno del partido pueden hacer perder todo, y arrancar el poder de las manos del proletariado». (67)

Así, los que aplastaron la contrarrevolución abierta de 1956, renunciaron, ellos mismos, a las concepciones revolucionarias de la dictadura del proletariado.

Los oportunistas y los agentes del imperialismo sacaron una gran conclusión de su fracaso: había que conquistar posiciones en el interior del partido y hacer, discretamente y durante un largo período, un trabajo de revisión y de restauración.

Cómo Kadar corrompió el partido

Después de haber seguido, durante 30 años, caminos paralelos, en 1989 kadaristas y agentes de la CIA caen, finalmente, en sus brazos para realizar la contrarrevolución pacífica. En el segundo centenario de la Revolución Francesa, el Partido Comunista Húngaro se rindió fácilmente sin resistencia; la gran mayoría de sus ejecutivos se ¿velaron como auténticos burgueses.

Vale la pena recordar que concepciones ideológicas y políticas han escondido esta corrupción gradual interna y total.

Veamos algunas tesis del Partido Socialista Obrero Húngaro a mitad de camino entre la contrarrevolución violenta de 1956 y la contrarrevolución pacífica de 1989. Estamos en 1974-1975. Cómo podemos dudarlo, todo anda muy bien:

«Nuestro pueblo sigue a nuestro partido, el poder obrero es fuerte, las posiciones del socialismo son sólidas». (68)

Kadar decía:

«La rueda de la historia ha dado completamente la vuelta: Hungría ha dejado de ser para siempre el país de los señores parásitos, de los explotadores; los capitalistas, los imperialistas han perdido el país y nunca más habrá un trozo de tierra húngara que será suya». (69)

El siempre y el jamás de Janos Kadar duraron exactamente 14 años.

Las dos primeras grandes ideas de Kadar fueron la extinción de la lucha de clases y la democracia por los intereses sociales diferentes. Con la primera, quería evitar que la dictadura del proletariado golpeara a los burgueses viejos y nuevos; con la segunda, asegurar a esos mismos burgueses espacios de desarrollo libre:

«La actividad de las fuerzas interiores antisocialistas disminuyó cada vez más; la función represiva del Estado se orientó cada vez más hacia el exterior». (70)

En todos los tiempos, los revisionistas han hecho creer que los burgueses se retiran tranquilamente de la escena o se convierten en partidarios del «socialismo». No es necesario tratarlos con brusquedad:

«El Estado de la dictadura del proletariado se transformará gradualmente en un Estado socialista de todo el pueblo». (71)

El que quiera que lo crea. Kadar seguía con su revisionismo:

«Nosotros hemos liquidado el dogma insensato según el cual la lucha se intensifica a medida que la edificación del socialismo avanza». (72)

Por eso, la contrarrevolución violenta de 1956 no le enseñó nada a este oportunista. Él continuó soñando que la lucha de clases se apagaría lentamente bajo brisas suaves.
Los revisionistas no niegan la existencia de clases, pero ellos pretenden que las diferentes clases aman, con una pasión común, al socialismo:

«Una de nuestras mayores conquistas de nuestra revolución, es la unidad nacional del espíritu socialista que concierne a todas las clases, a todas las capas fundamentales de nuestra sociedad». (73)

Gracias a esta cuerda, los capitalistas «trabajadores» pequeños y medianos prosperan, los burócratas se apropian del fruto del trabajo colectivo, los intelectuales tecnócratas se prosternan ante las proezas de las multinacionales occidentales y los ejecutivos corrompidos se multiplican. Todo ello en nombre de la diversidad de intereses:

«En nuestro país, la expresión pública libre de intereses existentes en la sociedad, la puesta en evidencia de divergencias de intereses que aparecen con ellos, son garantizados sin la pluralidad de partidos». (74)

Este desarrollo progresivo de las fuerzas reaccionarias, capitalistas, proimperialistas, se logró bajo la bandera de la democracia, tan popular en Occidente:

«El socialismo ha muerto por falta de oxígeno democrático», se escuchaba con frecuencia. Sin embargo, es justamente agitando, con la palabra democracia, que los revisionistas húngaros minaron, durante largos años, el socialismo hasta su degradación total. He aquí lo que proclamaba, con todo propósito, el kadarismo: 

«En el curso de la edificación de un socialismo desarrollado, el papel de la democracia es decisivo no solo en el lugar de trabajo, sino también en la vida del partido, en la vida pública. (...) La democracia nos conduce, con muchas otras cosas, hacia un Estado de todo el pueblo». (75) 

Añadía:

«El socialismo y la democracia son conceptos inseparables uno del otro». (76)

Sí, inseparables, hasta el día en que la democracia para los burgueses liquide los últimos restos de la dictadura del proletariado. Luego nos despertaremos para constatar que el poder de los empresarios privados y de las multinacionales ha sido restablecido. Y bajo el reino de la libre empresa, la «democracia para todos» reintroducirá la dictadura económica y política del capital. 

En el reino de la democracia pura a lo Kadar, donde la lucha de clases no tiene lugar, la tarea esencial de los trabajadores es, por supuesto, la de hacer prosperar la economía:

«Después de la conquista del poder, la tarea más importante de la clase obrera es contribuir, sin tregua, a establecer la base económica de la nueva sociedad, para luego construir esta economía. El éxito de este trabajo de edificación de la economía decide el destino del socialismo». (77)

A fuerza de cegarse sobre la edificación económica, la clase obrera húngara ha visto la restauración del capitalismo. A este propósito, vale señalar que la caída del socialismo se ha producido en realidad a partir de la liquidación política de la dictadura del proletariado y no a causa del colapso económico que se hacía intolerable, como lo afirma una una justificadora de la restauración. En 1975, de 100 hogares húngaros 50 tenían una máquina de lavar, 39 un refrigerador, 58 un televisor. (78)

Hungría no es Chile, ni las Filipinas, ni el Zaire, ni Egipto donde, no obstante, ninguna potencia imperialista llama a la población a la «revolución», para terminar con el fracaso económico completo del sistema establecido.

El Partido «Comunista», con el que Kadar condujo el cambio en dirección hacia la restauración pacífica, había renunciado a la vocación de dirigir la lucha de clases de los trabajadores, de insuflarles una conciencia de clase, de movilizados contra el imperialismo y la reacción. Abierto a todos los hombres de buena voluntad, el partido fue tomado como rehén por los burócratas y los oportunistas que no se distinguían en nada del comité de Imre Nagy. Ahora bien, en 1974, Kadar juzgaba apropiado denunciar, una vez más, los «crímenes cometidos contra las víctimas del culto de la personalidad», fórmula que, al mismo tiempo, atacaba la concepción leninista de la lucha en el interior del partido, rehabilitaba a los Rajk y a los Nagy. Felizmente hemos puesto fin, continuaba Kadar, a:

«La monstruosa política que busca el enemigo en los rangos del partido de la clase obrera». (79) 

Como resultado de la política «humanista» de Kadar, 15 años más tarde, trataremos de «encontrar al comunista» en los rangos del partido, no encontraremos más.

Anotaciones de Ludo Martens:

1. La liberación de Hungría. Selección de documentos, 1944-1945. Ediciones Corvina, Budapest, 1975' p. 21.
2. Ibidem, pp. 33-34.
3. Ibidem, pp. 59-60.
4. Ibidem, p. 89.
5. Pierre Paraf: Las democracias populares. Ediciones Payot, París, 1962, p. 187.
6. Iván Boldizsar: El imperialismo norteamericano contra el pueblo húngaro. Ediciones de Estado, Budapest, 1952, pp. 23-25.
7. Mindszenty: Memorias. Ediciones LaTable Ronde, París, 1974, p. 68.
8. Ibidemy pp. 55-59.
9. Ibidem, p.76.
10. Ibidemy p. 83.
11. Ibidem y pp. 84; 87 y 91.
12. Iván Boldizsar: El imperialismo norteamericano contra el pueblo húngaro. Ed. cit, pp.51-52; 53-54.
13. Alain De Seydouy y Roland Varaigne: Hungría indomable. Ediciones Los 4 hijos de Aymon, París, 1956, pp. 85-86.
14. Iván Boldizsar: Ob. cit, p. 104.
15. Alain De Seydouy y Roland Varaigne: Ob. cit, pp. 79-80.
16. Ibidem, p. 90.
17. Pienre Paraf: Ob. cit, pp. 67 y 93.
18. Iván Boldizsar: Ob. cit, p. 129.
19. Ibidem, p. 66.
20. Ibidem, pp. 68-70.
21. Ibidem, pp. 75-79.
22. Steven Stewart: La gran trampa. Ediciones Robert LafYont, 1976.
23. Ibidem, pp. 42-43 y 34.
24. Ibidem, p. 90.
25. Ibidem, pp. 92-93; 95-96 y 76-79.
26. Ibidem, pp. 143-144 y 191.
27. Frangís Fejto: Historia de las democracias populares. Ediciones Seuil, París, 1971. Tomo 1, p. 268.
28. Ibidem, p. 250.
29. Ibidem, p. 363.
30. Iván Boldizsar: Ob. cit, pp. 135-136.
31. Ibidem, p. 133.
32. Ibidem, p. 134.
33. Ibidem, pp. 125-126.
34. James Bumham: Contener o liberar. Ediciones Calmann-Lévy, París, 1953, p. 257.
35. Ibidem, p. 240.
36. Janos Berecz: 1956 Contrarrevolución en Hungría. Akadémiai Kiado, Budapest, 1986, pp. 43 y 54.
37. Ibidem, p. 79.
38. Ibidem, p. 86.
39. Ibidem, p. 89.
40. Ibidem, p. 111.
41. Ibidem, p. 113.
Al. Ibidem, p. 112.
Ai. Ibidem, p. 123.
44. Robert T. Holt: Radio Europa Libre. Minneapolis, 1959, p. 191.
45. Janos Berecz: Ob. cit, p. 128.
46. Ibidem, p. 133.
47. Robert T. Holt: Ob. cit., p. 192.
48. Janos Berecz: Ob. cit, pp. 151-152.
49. Ibidem, p. 152.
50. Dwight D. Eisenhower: “Haciendo la paz, 1956-1961 En: Los años de la Casa Manca. Vol. 2, Nueva York, 1965, p. 82.
51. Janos Berecz: Ob. cit, p. 171.
52. Ibidem, pp. 156-157.
53. Ibidem, p. 162.
Alain De Seydouy y Rol and Varaigne: Ob. cit, p. 122.
55. Ibidem, p. 126.
56. Janos Berecz: Ob. cit., p. 167.
57. Ibidem, p. 147.
58. Alain De Seydouy y Rol and Varaigne: Ob. cit, p. 169.
59. “XI Congreso Mundial de la IV Internacional’*. En: Inprecor. Noviembre 1979, p. 250.
60. Janos Berecz: Ob. cit., pp. 202 y 107.
61. Alain De Seydouy y Roland Varaigne: Ob. cit, p. 179.
62. Janos Berecz: Ob. cit, p. 223.
63. En ver Hoxha: Los Jruschovistas. Tirana, 1980, p. 291.
64. Ibidem, pp. 287 y 297-298.
65. Ibidem. “Declaración del embajador Kríloc en Tirana”, p. 306.
66. Vladimir I. Lenin: “Notas de un publicista”. 14 de febrero de 1920, Obras. Tomo XXX, pp. 366-367.
67. Vladimir I. Lenin: “Los discursos hipócritas sobre la libertad”. Citado en José Stalin: Las preguntas del leninismo; principios del leninismo. Tirana, 1970, p. 111.
68. Poder, libertad, democracia. Compilación de artículos y de discursos. Ediciones Corvina, Budapest, 1978, p. 125.
69. Ibidem, p. 178.
70. Ibidem, p. 116.
71. Ibidem, p. 7.
72. Ibidem, p. 154.
73. Ibidem, p. 177.
74. Ibidem, p. 120.
75. Ibidem, pp. 118-119.
76. Ibidem, p. 217.
77. Ibidem, p. 140.
78. Ibidem, p. 174.
79. Ibidem, pp. 154-155.

Ludo Martens
La URSS y la contrarrevolución de terciopelo, 1990


No hay comentarios:

Publicar un comentario

«¡Pedimos que se evite el insulto y el subjetivismo!»