«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

viernes, 29 de noviembre de 2013

«Plan» de un periódico político destinado a toda Rusia

'(...) Yo no pongo en entredicho la pureza de vuestras intenciones; ya he dicho que la ingenuidad política basta para hacer de una persona un demagogo. Pero he demostrado que habéis descendido hasta la demagogia, y no me cansaré de repetir que los demagogos son los peores enemigos de la clase obrera. Y son los peores, precisamente porque excitan los malos instintos de la multitud, y les es imposible a los obreros atrasados reconocer a dichos enemigos, los cuales se presentan, y, a veces, sinceramente, en calidad de amigos. Son los peores, porque, en este período de dispersión y de vacilación, en que la fisonomía de nuestro movimiento aún está formándose, no hay nada más fácil que arrastrar demagógicamente a la multitud, a la cual sólo las pruebas más amargas lograrán después persuadir de su error (...)'; Vladimir Ilich Uliánov, LENIN



«El error más grande de Iskra en este sentido -escribe B. Krichevski (R. D., núm.10, pág.30), imputándonos la tendencia de 'convertir la teoría en doctrina muerta, aislándola de la práctica'- es 'su plan' de organización de un partido común» (es decir, el artículo «¿Por dónde empezar?» [122]). Y Martínov le hace coro, declarando que «la tendencia de Iskra de aminorar la importancia de la marcha progresiva de la lucha cotidiana y gris, en comparación con la propaganda de ideas brillantes y acabadas..., ha sido coronada por el plan de organización del Partido, plan que se nos ofrece en el núm.4, en el artículo '¿Por dónde empezar?'» (Loc. cit., pág.61). Finalmente, hace poco, se ha sumado al número de los indignados contra este «plan» (las comillas deben expresar la ironía con que lo acoge) L. Nadiezhdin, que en su folleto «En vísperas de la revolución», que acabamos de recibir (edición del «grupo revolucionario-socialista» Svoboda, que ya conocemos), declara que «al hablar ahora de una organización cuyos hilos arranquen de un periódico destinado a toda Rusia es concebir ideas y trabajos de gabinete» (pág.126), dar pruebas de «literaturismo», etc.

No puede sorprendernos que nuestro terrorista coincida con los defensores de la «marcha progresiva de la lucha cotidiana y gris», ya hemos visto las raíces de esta afinidad en los capítulos sobre la política y sobre la organización. Pero debemos observar en el acto que L. Nadiezhdin, y sólo él, ha tratado honradamente de penetrar en el curso del pensamiento del artículo que le ha disgustado; ha tratado de darle una respuesta a fondo, mientras que Rab. Dielo ha tratado tan sólo de embrollar la cuestión, amontonando indignas salidas demagógicas. Y, por desagradable que sea, es necesario perder tiempo para limpiar ante todo los establos de Augias. 

 
a. ¿Quién se ha ofendido por el artículo «¿Por dónde empezar?»?


Vamos a formar un ramillete de expresiones y exclamaciones con que se arroja sobre nosotros Rabócheie Dielo. «No es un periódico el que puede crear la organización del Partido, sino todo lo contrario»... «Un periódico que se encuentre por encima del Partido fuera de su control, y que no dependa de él por tener su propia red de agentes»... «¿Por obra de qué milagro ha olvidado Iskra las organizaciones socialdemócratas, ya existentes de hecho, del Partido a que ella misma pertenece?»... «Personas poseedoras de principios firmes y del plan correspondiente, son también los reguladores supremos de la lucha real del Partido, al que dictan la ejecución de su plan»... «El plan relega a nuestras organizaciones, reales y vitales, al reino de las sombras y quiere dar vida a una fantástica red de agentes»... «Si el plan de Iskra fuese llevado a la práctica, borraría completamente las huellas del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia que se viene formando en nuestro país»... «Un órgano de propaganda se sustrae al control y se convierte en legislador absoluto de toda la lucha revolucionaria práctica»... «¿Qué actitud debe asumir nuestro Partido al verse totalmente sometido a una redacción autónoma?»; etc., etc.

Como ve el lector por el contenido y el tono de estas citas, Rabócheie Dielo se siente ofendido. Pero se siente ofendido no por sí mismo, sino por las organizaciones y los comités de nuestro Partido, a los que Iskra quiere relegar, según pretende dicho órgano, al reino de las sombras y hasta borrar sus huellas. ¡Qué horror, figúrense ustedes! Pero hay una cosa extraña. El artículo «¿Por dónde empezar?» apareció en mayo de 1901, y los artículos de Rabócheie Dielo, en septiembre de 1901; ahora estamos ya a mediados de enero de 1902. ¡Durante estos cinco meses (tanto antes como después de septiembre), ni un solo comité, ni una sola organización del Partido ha protestado formalmente contra ese monstruo, que quiere desterrar a los comités y organizaciones al reino de las sombras! Y hay que hacer constar que, durante este período, han aparecido, tanto en Iskra como en numerosas otras publicaciones, locales y no locales, decenas y centenares de comunicaciones de todos los confines de Rusia. ¿Cómo ha podido suceder que las gentes a las que se quiere desterrar al reino de las sombras no se hayan apercibido de ello ni se hayan sentido ofendidas, y que, en cambio, se haya ofendido una tercera persona?

Ha sucedido esto porque los comités y las demás organizaciones están ocupados en un trabajo auténtico, y no en jugar al «democratismo». Los comités han leído el artículo «¿Por dónde empezar?», han visto en él una tentativa «de elaborar cierto plan de la organización, para que pueda iniciarse su estructuración por todas partes», y, habiéndose percatado perfectamente de que ni una sola de «todas esas partes» pensará en «iniciar la estructuración» antes de estar convencida de su necesidad y de la justeza del plan arquitectónico, no han pensado, naturalmente, en «ofenderse» por la terrible osadía de los que han dicho en Iskra: «Dada la urgencia de la cuestión, nos decidimos por nuestra parte a proponer a la atención de los camaradas el bosquejo de un plan que desarrollaremos más detalladamente en un folleto cuya impresión está preparándose». Parece imposible que no se comprenda, si es que se adopta una actitud honrada respecto a este problema, que, si los camaradas aceptan el plan propuesto a su atención, no lo ejecutarán por «subordinación», sino por el convencimiento de que es necesario para nuestra obra común, y que, en el caso de no aceptarlo, el «bosquejo» (¡qué palabra más pretenciosa! ¿no es verdad?) quedará como tal bosquejo. ¿¿No es demagogia arremeter contra el bosquejo de un plan, no sólo «denigrándolo» y aconsejando a los camaradas que lo rechacen, sino incitando a gentes poco expertas en la labor revolucionaria en contra de los autores del bosquejo por el mero hecho de que éstos se atreven a «legislar», a actuar de «reguladores supremos», es decir, que se atreven a proponer un bosquejo de plan?? ¿Puede nuestro Partido desarrollarse y marchar adelante, si la tentativa de elevar a los militantes locales para que tengan ideas, tareas, planes, etc. más amplios tropieza no sólo con la objeción respecto a la inexactitud de estas ideas, sino con un sentimiento de «agravio» por el hecho de que se les «quiera» «elevar»? Porque también L. Nadiezhdin ha «denigrado» nuestro plan, pero no se ha rebajado a semejante demagogia, que ya no puede explicarse simplemente por candor o carácter primitivo de ideas políticas: ha rechazado resueltamente y desde el primer momento la acusación de «fiscalizar al Partido» Por esta razón, podemos y debemos contestar a fondo a la crítica que Nadiezhdin hace del plan, mientras que a Rabócheie Dielo sólo cabe contestar con el desprecio.

Pero el despreciar a un escritor que se rebaja hasta el punto de gritar sobre «absolutismo» y «subordinación» no nos exime del deber de desembrollar la confusión ante la que estas gentes colocan al lector. Y aquí podemos demostrar palmariamente a todo el mundo qué valor tienen las habituales frases sobre un «amplio democratismo». Se nos acusa de haber olvidado los comités, de querer o de intentar desterrarlos al reino de las sombras, etc. ¿Cómo contestar a estas acusaciones, cuando por razones de discreción conspirativa no podemos exponer al lector casi ningún hecho real de nuestras relaciones efectivas con los comités? Las gentes que lanzan una acusación tan osada, capaz de irritar a la multitud, nos llevan ventaja por su desfachatez, por su desdén de los deberes del revolucionario, que oculta cuidadosamente a los ojos del mundo las relaciones y los vínculos que tiene, establece o trata de establecer. Desde luego, nos negamos de una vez para siempre a hacer competencia a gentes de esta calaña en el terreno del «democratismo». En cuanto al lector no iniciado en todos los asuntos del Partido, el único medio de cumplir nuestro deber para con él consiste en exponerle no lo que existe y lo que se encuentra en Werden [123], sino una pequeña parte de lo que ha sido, ya que se puede hablar de ello porque pertenece al pasado.

El Bund nos acusa indirectamente de «impostura» [124]; la «Unión» en el extranjero nos acusa de que tratamos de borrar las huellas del Partido. ¡Un momento, señores! Quedarán ustedes plenamente satisfechos en cuanto expongamos al público cuatro hechos del pasado.

Primer hecho. Los miembros de una de las «Uniones de Lucha», que tuvieron una participación directa en la formación de nuestro Partido y en el envío de un delegado al Congreso en que se fundó, se ponen de acuerdo con uno de los miembros del grupo de Iskra para fundar una editorial obrera especial, con objeto de atender a las necesidades de todo el movimiento. No se consigue fundar la editorial obrera, y los folletos Las tareas de los socialdemócratas rusos y La nueva ley de fábricas [125], escritos para ella, por caminos de rodeo y a través de terceras personas van a parar al extranjero, donde son publicados [126].

Segundo hecho. Los miembros del Comité Central del Bund se dirigen a uno de los miembros del grupo de Iskra con la propuesta de organizar conjuntamente lo que entonces llamaba el Bund «un laboratorio de literatura», indicando que, si no se lograba llevar a la práctica el proyecto, nuestro movimiento podía sufrir un serio retroceso. Resultado de aquellas negociaciones fue el folleto «La causa obrera en Rusia» [127].

Tercer hecho. El Comité Central del Bund, por intermedio de una pequeña ciudad de provincia, se dirige a uno de los miembros del grupo de Iskra proponiéndole que se encargue de la redacción de Rabóchaia Gasieta, que planeaba reanudar su publicación, y obtiene, desde luego, su conformidad. Más tarde, cambia la proposición: se trata solamente de colaborar, debido a una nueva combinación de la redacción. Claro que también a esto se asiente [128]. Se envían los artículos (que se ha logrado conservar): «Nuestro programa», protestando enérgicamente contra la bernsteiniada, contra el viraje de la literatura legal y de Rabóchaia Misl ; «Nuestras tareas más urgentes» («la organización de un órgano del Partido que aparezca regularmente y esté estrechamente vinculado a todos los grupos locales»; los defectos de los «métodos primitivos de trabajo» imperantes); «Un problema vital» (analizando la objeción de que primeramente habría que desarrollar la actividad de los grupos locales y luego emprender la organización de un órgano común; insistiendo en la importancia primordial de «la organización revolucionaria», en la necesidad de «elevar la organización, la disciplina y la técnica de la conspiración al más alto grado de perfección») [129]. La proposición de reanudar la publicación de Rabóchaia Gasieta no llega a realizarse, y los artículos quedan sin publicar.

Cuarto hecho. Un miembro del Comité, organizador del segundo Congreso ordinario de nuestro Partido, comunica a un miembro del grupo de Iskra el programa del Congreso y presenta la candidatura de este grupo para la redacción de Rabóchaia Gasieta, que planeaba reanudar su publicación. Esta gestión, por decirlo así, preliminar, es sancionada luego por el Comité al que pertenecía dicha persona, así como por el Comité Central del Bund [130]; al grupo de Iskra, se le indica el lugar y la fecha del Congreso, pero el grupo (no teniendo, por determinados motivos, la seguridad de poder enviar un delegado a este Congreso) redacta también un informe escrito para el mismo. En dicho informe se sostiene la idea de que, con sólo elegir un Comité Central, lejos de resolver el problema de la unificación en un momento de completa dispersión como el actual, por el contrario, corremos, además, el riesgo de comprometer la gran idea de la creación del Partido, caso de producirse nuevamente una completa redada, cosa más que probable cuando impera la falta de discreción conspirativa; que, por ello, debía empezarse por invitar a todos los comités y a todas las demás organizaciones a sostener el órgano común cuando reanudara su aparición, órgano que realmente vincularía a todos los comités con un lazo efectivo y prepararía realmente un grupo de dirigentes de todo el movimiento; que, luego, los comités y el Partido podrían ya fácilmente transformar este grupo creado por los comités en un Comité Central, cuando dicho grupo se hubiera desarrollado y fortalecido. Pero el Congreso no pudo celebrarse, debido a una serie de batidas y detenciones, y por motivos de conspiración se destruyó el informe que sólo algunos camaradas, entre ellos los delegados de un comité, habían podido leer.

Juzgue ahora el lector por sí mismo del carácter de procedimientos como la alusión del Bund a una impostura o como el argumento de Rabócheie Dielo, que pretende que queremos desterrar a los comités al reino de las sombras, «sustituir» la organización del Partido por una organización que difunda las ideas de un solo periódico. Pues precisamente ante los comités, por reiteradas invitaciones de su parte, informamos sobre la necesidad de adoptar un determinado plan de trabajo común. Y precisamente para la organización del Partido elaboramos este plan en nuestros artículos enviados a Rabóchaia Gasieta y en el informe para el Congreso del Partido, y repetimos que lo hicimos por invitación de personas que ocupaban en el Partido una posición tan influyente, que tomaban la iniciativa de reconstruirlo (de hecho). Y sólo cuando hubieron fracasado las dos tentativas que la organización del Partido, juntamente con nosotros, hizo para renovar oficialmente el órgano central del Partido, creímos que era nuestro deber ineludible presentar un órgano no oficial, para que, en la tercera tentativa, los camaradas vieran ya ciertos resultados de la experiencia y no meras conjeturas. Ahora, todo el mundo puede apreciar ciertos resultados de esa experiencia, y todos los camaradas pueden juzgar si hemos comprendido acertadamente nuestros deberes y la opinión que merecen las personas que, molestas por el hecho de que demostremos a unas su falta de consecuencia en la cuestión «nacional», y a otras lo imperdonable de sus vacilaciones sin principios, tratan de inducir a error a quienes desconocen el pasado más reciente.


b. ¿Puede un periódico ser un organizador colectivo?


La clave del artículo «¿Por dónde empezar?» está en que plantea precisamente esta cuestión y en que la resuelve afirmativamente. L. Nadiezhdin es, que sepamos, la única persona que intenta analizar esta cuestión a fondo y demostrar la necesidad de resolverla de un modo negativo. A continuación reproducimos íntegramente sus argumentos:

«... Mucho nos place que plantee Iskra (núm.4) la cuestión de la necesidad de un periódico destinado a toda Rusia, pero en modo alguno podemos estar de acuerdo en que este planteamiento corresponda al título del artículo '¿Por dónde empezar?'. Es, sin duda, uno de los asuntos de extrema importancia, pero no se pueden echar los cimientos de una organización combativa para un momento revolucionario con esa labor, ni con toda una serie de hojas populares, ni con una montaña de proclamas. Es indispensable empezar a formar fuertes organizaciones políticas locales. Nosotros carecemos de ellas, nuestra labor se ha desarrollado principalmente entre los obreros cultos, mientras que las masas sostenían de modo casi exclusivo la lucha económica. Si no se educan fuertes organizaciones políticas locales, ¿qué valor podrá tener un periódico destinado a toda Rusia, aunque esté excelentemente organizado? ¡Un arbusto en llamas, que arde sin consumirse, pero que a nadie transmite su fuego! Iskra cree que en torno a ese periódico, en el trabajo para él, se concentrará el pueblo, se organizará. Pero ¡si le es mucho más fácil concentrarse y organizarse en torno a una labor más concreta! Esta labor puede y debe consistir en organizar periódicos locales en vasta escala, en preparar inmediatamente las fuerzas obreras para manifestaciones, en que las organizaciones locales trabajen constantemente entre los parados (difundiendo de un modo persistente entre ellos hojas volantes y octavillas, convocándolos a reuniones, llamándolos a oponer resistencia al gobierno, etc.). ¡Hay que edificar una labor política activa en el plano local, y cuando surja la necesidad de unificarse sobre esta base real, la unión no será algo artificial, no quedará sobre el papel, porque no es por medio de periódicos como se conseguirá esta unificación del trabajo local en una obra común a toda Rusia!» (En vísperas de la revolución, pág.54).

Hemos subrayado en este elocuente trozo los pasajes que permiten apreciar con mayor relieve tanto el juicio erróneo del autor sobre nuestro plan, como, en general, su punto de vista falso que opone a Iskra. Si no se educan fuertes organizaciones políticas locales no tendrá valor el mejor periódico destinado a toda Rusia. Completamente justo. Pero se trata precisamente de que no existe otro medio de educar fuertes organizaciones políticas que un periódico para toda Rusia. Al autor se le ha escapado la declaración más importante de Iskra hecha antes de pasar a exponer su «plan»: la declaración de que era necesario «exhortar a formar una organización revolucionaria capaz de unir todas las fuerzas y dirigir el movimiento no sólo nominalmente, sino en la realidad, es decir, capaz de estar siempre dispuesta a apoyar toda protesta y toda explosión, aprovechándolas para multiplicar y robustecer las fuerzas militares aptas para el combate decisivo». Pero, en principio, todo el mundo estará ahora, después de febrero y marzo, de acuerdo -continúa Iskra-, y lo que nosotros necesitamos no es resolver el problema en principio, sino en la práctica ; es necesario establecer inmediatamente un plan determinado de la estructura para que todo el mundo pueda ahora mismo y en todas partes iniciar la construcción. ¡Y he aquí que, de la solución práctica del problema, nos arrastran una vez más hacia atrás, hacia una verdad justa en principio, incontestable, grande, pero completamente insuficiente, completamente incomprensible para las grandes masas trabajadoras: hacia la «educación de fuertes organizaciones políticas»! Pero ¡si no se trata ya de eso, respetable autor, sino de cómo, precisamente, hay que educar, y educar con éxito!

No es verdad que «nuestra labor se ha desarrollado principalmente entre los obreros cultos, mientras que las masas sostenían de modo casi exclusivo la lucha económica». Bajo esta forma, la tesis se desvía hacia la tendencia habitual en Svoboda, y radicalmente errónea, de oponer los obreros cultos a la «masa». Pues también los obreros cultos han sostenido en estos últimos años «casi exclusivamente la lucha económica». Esto, por una parte. Por otra, tampoco las masas aprenderán jamás a sostener la lucha política, mientras no ayudemos a formarse a los dirigentes de esta lucha, procedentes tanto de entre los obreros cultos, como de entre los intelectuales; y estos dirigentes pueden formarse exclusivamente, enjuiciando de modo sistemático y cotidiano todos los aspectos de nuestra vida política, todas las tentativas de protesta y de lucha de las distintas clases y por diversos motivos. ¡Por eso, es simplemente ridículo hablar de «educar organizaciones políticas» y, al mismo tiempo, oponer la «labor sobre el papel» de un periódico político a la «labor política real en la base»! ¡Pero si Iskra adapta precisamente su «plan» de un periódico al «plan» de crear una «disposición combativa» que pueda apoyar tanto un movimiento de obreros parados, un alzamiento campesino, como el descontento de los zemtsi, «la indignación de la población contra los ensoberbecidos bachibozucos zaristas», etc.! Por lo demás, toda persona familiarizada con el movimiento sabe perfectamente que la inmensa mayoría de las organizaciones locales ni siquiera piensa en ello; que muchas de las perspectivas aquí esbozadas de «una labor política activa» no han sido aplicadas en la práctica ni una sola vez por ninguna organización; que, por ejemplo, la tentativa de llamar la atención sobre el recrudecimiento del descontento y de las protestas entre los intelectuales de los zemstvos origina un sentimiento de desconcierto y perplejidad tanto en Nadiezhdin («¡Dios mío!, ¿pero será ese órgano para los 'zemtsi'?», En vísperas, pág.129), como en los economistas (véase la carta en el núm.12 de Iskra ), como entre muchos militantes dedicados al trabajo práctico. En estas condiciones se puede «empezar» únicamente por incitar a la gente a pensar en todo esto, a resumir y sintetizar todos y cada uno de los indicios de efervescencia y de lucha activa. En los momentos actuales, en que se rebaja la importancia de las tareas socialdemócratas, «la labor política activa» puede iniciarse exclusivamente por una agitación política viva, cosa imposible sin un periódico destinado a toda Rusia que aparezca con frecuencia y que se difunda con regularidad.

Los que consideran el «plan» de Iskra como una manifestación de «literaturismo» no han comprendido en absoluto el fondo del plan, tomando como fin lo que se propone como medio más adecuado para el momento presente. Esta gente no se ha tomado la molestia de meditar sobre dos comparaciones que ilustran palmariamente el plan propuesto. La organización de un periódico político para toda Rusia –se decía en Iskra- debe ser el hilo fundamental, asiéndonos al cual podamos invariablemente desarrollar, profundizar y extender esta organización (es decir, la organización revolucionaria, siempre dispuesta a apoyar toda protesta y toda explosión). Hagan ustedes el favor de decirnos: cuando unos albañiles colocan en diferentes lugares las piedras de una obra grandiosa y sin precedentes, ¿es una labor «de papel» tender la plomada que les ayuda a encontrar el lugar justo para las piedras, que les indica la finalidad de la obra común, que les permite colocar no sólo cada piedra, sino cada trozo de piedra, el cual, al sumarse a los precedentes y a los que sigan, formará la línea acabada y total? ¿No vivimos acaso en un momento de esta índole en nuestra vida de Partido, cuando tenemos piedras y albañiles, pero falta precisamente la plomada, visible para todos y a la cual todos pudieran atenerse? No importa que griten que, al tender el hilo, lo que pretendemos es mandar: si fuera así, señores, pondríamos Rabóchaia Gasieta, núm.3, en lugar de Iskra, núm.1, como nos lo habían propuesto algunos camaradas y como tendríamos pleno derecho a hacer después de los acontecimientos que hemos expuesto más arriba. Pero no lo hemos hecho: queríamos tener las manos libres para desarrollar una lucha intransigente contra toda clase de pseudo-socialdemócratas; queríamos que nuestro hilo, si está justamente tendido, sea respetado por su justeza y no por haber sido tendido por un órgano oficial.

«La cuestión de unificar las actividades locales en órganos centrales se mueve en un círculo vicioso -nos dice sentenciosamente L. Nadiezhdin-. La unificación requiere homogeneidad de elementos, y esta homogeneidad no puede ser creada más que por un aglutinador, pero este aglutinador sólo puede aparecer como producto de fuertes organizaciones locales, que, en el momento presente, no se distinguen en modo alguno por su homogeneidad». Verdad tan respetable y tan incontestable como la de que es necesario educar fuertes organizaciones políticas. Y no menos estéril que ésta. Toda cuestión «se mueve en un círculo vicioso», pues toda la vida política es una cadena sin fin compuesta de una infinita serie de eslabones Todo el arte de un político consiste precisamente en encontrar y asirse con fuerza, precisamente al eslaboncito que menos pueda ser arrancado de las manos, que sea el más importante en un momento determinado, que garantice lo más posible a quien lo posea la posesión de toda la cadena [131]. Si tuviéramos un destacamento de albañiles expertos que trabajasen de un modo tan acorde que aun sin la plomada pudieran colocar las piedras precisamente donde hace falta (hablando en forma abstracta, esto no es imposible, ni mucho menos), entonces quizás podríamos asirnos también a otro eslabón. Pero la desgracia consiste justamente en que aún carecemos de albañiles expertos y que trabajen de un modo tan acorde, las piedras se colocan muy a menudo al azar, sin guiarse por la plomada común, en forma tan desordenada, que el enemigo las dispersa de un soplo como si fuesen granos de arena, y no piedras.

Otra comparación: «El periódico no es sólo un propagandista y un agitador colectivo, sino también un organizador colectivo. En este último sentido, se le puede comparar con el andamio que se levanta alrededor de un edificio en construcción, que señala sus contornos, facilita las relaciones entre los distintos constructores, les ayuda a distribuir el trabajo y a observar los resultados generales alcanzados por el trabajo organizado» [132]. Esto hace pensar -¿no es verdad?- en el literato, en el hombre de gabinete, exagerando la importancia de su papel. El andamio no es imprescindible para la vivienda misma: el andamio se hace de materiales de peor calidad, el andamio se levanta por un breve período, y luego, una vez terminado el edificio, aunque sólo sea en sus grandes líneas, se echa al fuego. En lo que se refiere a la construcción de organizaciones revolucionarias, la experiencia demuestra que a veces se pueden construir sin andamios (recordad la década del 70). Pero ahora no podemos ni imaginarnos la posibilidad de levantar sin un andamio el edificio que necesitamos.

Nadiezhdin no está de acuerdo con esto y dice: «Iskra piensa que, en torno a ese periódico, en el trabajo para él, se concentrará el pueblo, se organizará. ¡Pero si le es mucho más fácil concentrarse y organizarse en torno a una labor más concreta!» Así, así: «más fácil concentrarse y organizarse en torno a una labor más concreta»... Un proverbio ruso dice: «No escupas en el pozo, que de su agua tendrás que beber». Pero hay gentes que no sienten reparo en beber de un pozo en cuyas aguas ya se ha escupido. ¡Qué de infamias no han dicho nuestros excelentes «críticos» legales «del marxismo» y los admiradores ilegales de Rabóchaia Misl en nombre de esta mayor concreción! ¡Hasta qué punto está comprimido todo nuestro movimiento por nuestra estrechez de miras, por nuestra falta de iniciativa y por nuestra timidez, que se justifican con los argumentos tradicionales de «Mucho más fácil... en torno a una labor más concreta!» ¡Y Nadiezhdin, que se considera dotado de un sentido especial de la «vida», que condena con singular severidad a los hombres de «gabinete», que imputa (con pretensiones de agudeza) a Iskra la debilidad de ver en todas partes economismo, que se imagina estar a cien codos por encima de esta división en ortodoxos y críticos, no nota que, con sus argumentos, favorece a la estrechez de miras que le indigna, que él bebe precisamente de un pozo lleno de escupitajos! Sí, no basta la indignación más sincera contra la estrechez de miras, el deseo más ardiente de elevar a las gentes que se prosternan ante ella, si el que se indigna corre sin velas y sin timón, y si tan «espontáneamente» como los revolucionarios de la década del 70 se aferra al «terror excitante», al «terror agrario», a la «campaña a rebato», etc. Ved en qué consiste ese «algo más concreto" en torno al que -piensa él- será «mucho más fácil» concentrarse y organizarse: 1) periódicos locales; 2) preparación de manifestaciones; 3) trabajo entre los obreros parados. A la primera ojeada se ve que todas estas cosas han sido arrancadas por completo al azar, casualmente, por decir algo, porque desde cualquier punto de vista que las consideremos sería un perfecto desatino ver en ellas algo especialmente capaz de «concentrar y organizar». Y el mismo Nadiezhdin dice unas cuantas páginas más adelante: «Ya es tiempo de dejar claramente sentado un hecho: en la base se hace un trabajo extremadamente mezquino, los comités no hacen ni la décima parte de lo que podrían hacer..., los centros de unificación que tenemos ahora son una ficción, burocracia revolucionaria, el ascenso recíproco a general, y así seguirán las cosas mientras no se desarrollen fuertes organizaciones locales». No cabe duda que estas palabras, al mismo tiempo que exageraciones, encierran grandes y amargas verdades. ¿Es que Nadiezhdin no ve el nexo que existe entre el trabajo mezquino en la base y el estrecho horizonte de los militantes, el reducido alcance de sus actividades, cosas inevitables, dada la poca preparación de los militantes que se encierran en los marcos de las organizaciones locales? ¿Es que Nadiezhdin, lo mismo que el autor del artículo sobre organización publicado en Svoboda, ha olvidado que el paso a una amplia prensa local (desde 1898) ha ido acompañado de una intensificación especial del economismo y de los «métodos primitivos de trabajo»?

Además, aunque fuese posible una organización más o menos satisfactoria de «una abundante prensa local» (ya hemos demostrado más arriba que, salvo casos muy excepcionales, esto es imposible), aun en ese caso los órganos locales tampoco podrían «concentrar y organizar» todas las fuerzas de los revolucionarios para una ofensiva general contra la autocracia, para dirigir la lucha única. No olvidéis que aquí sólo se trata del alcance «concentrador», organizador, del periódico, y podríamos hacer a Nadiezhdin, defensor del fraccionamiento, la misma pregunta irónica que él hace: «¿Es que hemos heredado de alguna parte 200.000 organizadores revolucionarios?» Prosigamos. No se puede contraponer la «preparación de manifestaciones» al plan de Iskra, por la sencilla razón de que este plan dice justamente que las manifestaciones más extensas son uno de sus fines; pero de lo que se trata es de elegir el medio práctico. Nadiezhdin se ha vuelto a enredar aquí, no viendo que sólo puede «preparar» manifestaciones (que hasta ahora han sido, en la inmensa mayoría de los casos, completamente espontáneas) un ejército ya «concentrado y organizado», y lo que nosotros precisamente no sabemos es concentrar y organizar. «Trabajo entre los obreros parados». Siempre la misma confusión, porque esto también representa una de las acciones militares de un ejército movilizado y no un plan para movilizar dicho ejército.

El caso siguiente demuestra hasta qué punto subestima Nadiezhdin, también en este sentido, el daño que produce nuestro fraccionamiento, la falta de los «200.000 organizadores». Muchos (y, entre ellos, Nadiezhdin) han reprochado a Iskra la parquedad de noticias sobre el paro forzoso, el carácter casual de las crónicas sobre los fenómenos más habituales de la vida rural. Es un reproche merecido, pero Iskra es culpada sin tener culpa alguna. Nosotros tratamos de «tender un hilo» también a través de la aldea, pero en el campo no hay casi albañiles y forzosamente hay que alentar a todo el que comunique aun el hecho más habitual, abrigando la esperanza de que esto multiplicará el número de colaboradores en este terreno y nos enseñará a todos a elegir, por fin, los hechos realmente sobresalientes. Pero hay tan poco material de enseñanza, que si no lo sintetizamos en escala nacional, no hay absolutamente nada con que aprender. No cabe duda que un hombre que tenga, aunque sea aproximadamente, las aptitudes de agitador y el conocimiento de la vida de los vagabundos, que observamos en Nadiezhdin, podría prestar servicios inapreciables al movimiento con la agitación entre los obreros parados; pero un hombre de esta índole enterraría su talento si no se preocupara de poner en conocimiento de todos los camaradas rusos cada paso de su actuación, para que sirva de enseñanza y de ejemplo a las personas que, en su inmensa mayoría, no saben aún emprender esta nueva labor.

Absolutamente todo el mundo habla ahora de la importancia de la unificación, de la necesidad de «concentrar y organizar», pero en la mayoría de los casos falta una noción exacta de por dónde empezar y de cómo llevar a cabo dicha unificación. Todos estarán de acuerdo, seguramente, en que, si «unificásemos», por ejemplo, los círculos aislados de barrio de una ciudad, harían falta para ello organismos comunes, es decir, no sólo la denominación común de «unión», sino un trabajo realmente común, intercambio de materiales, de experiencia, de fuerzas, distribución de funciones, no ya solamente por barrios, sino según las especialidades de todo el trabajo urbano. Todo el mundo estará de acuerdo en que un gran aparato conspirativo no cubrirá sus gastos (si es que puede emplearse una expresión comercial) con los «recursos» (se sobreentiende que tanto materiales como personales) de un barrio; que en este reducido campo de acción no puede desenvolverse el talento de un especialista. Pero lo mismo puede decirse de la unión de varias ciudades, porque incluso el campo de acción de una localidad aislada resulta, y ha resultado, como lo ha demostrado ya la historia de nuestro movimiento socialdemócrata, enormemente estrecho: lo hemos probado con todo detalle más arriba, con el ejemplo de la agitación política y de la labor de organización. Es necesario, es imprescindible extender antes que nada este campo de acción, crear un lazo de unión efectivo entre las ciudades, a base de un trabajo regular y común, porque el fraccionamiento deprime a la gente que «está en el hoyo» (expresión del autor de una carta dirigida a Iskra) sin saber lo que pasa en el mundo, de quién tiene que aprender, cómo conseguir experiencia, de qué modo satisfacer su deseo de una actividad amplia. Y yo continúo insistiendo en que este lazo de unión efectivo sólo puede empezar a crearse sobre la base de un periódico común, que sea, para toda Rusia, la única empresa regular que haga el balance de toda la actividad en sus aspectos más variados, incitando con ello a la gente a seguir infatigablemente hacia adelante, por todos los numerosos caminos que llevan a la revolución, como todos los caminos llevan a Roma.

Si deseamos la unificación no sólo de palabra, es necesario que cada círculo local consagre inmediatamente, supongamos, una cuarta parte de sus fuerzas a un trabajo activo para la obra común. Y el periódico le muestra en seguida [133] los contornos generales, las proporciones y el carácter de la obra; le muestra qué lagunas son las que más se notan en toda la actividad general de Rusia, dónde no existe agitación, dónde son débiles los vínculos, qué ruedecitas del enorme mecanismo general podría un círculo determinado arreglar o sustituir por otras mejores. Un círculo que aún no haya trabajado y que sólo busque trabajo podría empezar ya, no como artesano en su pequeño taller aislado, que no conoce ni el desarrollo de la «industria» anterior a él ni el estado general de determinadas formas de producción industrial, sino como el colaborador de una vasta empresa, que refleje todo el empuje revolucionario general contra la autocracia. Y cuanto más perfecta sea la preparación de cada tornillo aislado, cuanto mayor cantidad de trabajadores aislados que participen en la obra común, tanto más densa se hará nuestra red y tanto menos confusión provocarán en las filas comunes los inevitables reveses.

El vínculo efectivo empezaría ya a crearse por la función de difusión del periódico (si es que éste merecía realmente el título de tal, es decir, si aparecía regularmente y no una vez cada mes, como las revistas voluminosas, sino unas cuatro veces). Actualmente, son muy raras las relaciones entre las ciudades en punto a asuntos revolucionarios, en todo caso son una excepción; entonces, estas relaciones se convertirían en regla, y, naturalmente, no sólo asegurarían la difusión del periódico, sino también (lo que reviste mayor importancia) el intercambio de experiencia, de materiales, de fuerzas y de recursos. Inmediatamente, adquiriría la labor de organización una envergadura mucho mayor, y el éxito de una localidad alentaría constantemente a seguir perfeccionándose, a aprovechar la experiencia ya adquirida por un camarada que actúa en otro extremo del país. El trabajo local sería más rico y variado que ahora; las denuncias políticas y económicas que se recogiesen por toda Rusia nutrirían intelectualmente a los obreros de todas las profesiones y de todos los grados de desarrollo, suministraría datos y motivos para charlas y lecturas sobre los problemas más variados, que suscitan, además, las alusiones de la prensa legal, las conversaciones en la sociedad y las «tímidas» comunicaciones del gobierno. Cada explosión, cada manifestación se enjuiciaría, se discutiría en todos sus aspectos, en todos los confines de Rusia, haciendo surgir el deseo de no quedar a la zaga, de hacer las cosas mejor que nadie (¡nosotros, los socialistas, no desechamos en absoluto toda emulación, toda «competencia» en general), de preparar conscientemente lo que la primera vez se había hecho en cierta forma espontáneamente, de aprovechar las condiciones favorables de una localidad determinada o de un momento determinado para modificar el plan de ataque, etc. Al mismo tiempo, esta reanimación de la labor local no acarrearía la desesperada tensión «agónica» de todas las fuerzas, ni la movilización de todos los hombres, como sucede a menudo ahora, cuando hay que organizar una manifestación o publicar un número de un periódico local: por una parte, la policía tropezaría con dificultades mucho mayores para llegar hasta «la raíz», ya que no se sabría en qué localidad había que buscarla; por otra, una labor regular y común enseñaría a los hombres a concordar, en cada caso concreto, la fuerza de un ataque con el estado de fuerzas de este u otro destacamento del ejército común (ahora casi nadie piensa en ninguna parte en esta coordinación, pues los ataques se producen en forma espontánea en sus nueve décimas partes), y facilitaría el «transporte» no sólo de las publicaciones, sino también de las fuerzas revolucionarias.

Ahora, en la mayor parte de los casos, estas fuerzas se desangran en la estrecha labor local; entonces habría posibilidad y constantes ocasiones para trasladar a un agitador u organizador más o menos capaz de un extremo a otro del país. Comenzando por un pequeño viaje por asuntos del Partido y por cuenta del mismo, los militantes se acostumbrarían a vivir enteramente por cuenta del Partido, a hacerse revolucionarios profesionales, a formarse como verdaderos dirigentes políticos.

Y si realmente logramos que todos o una considerable mayoría de los comités, grupos y círculos locales emprendan activamente la labor común, en un futuro no lejano estaremos en condiciones de publicar un semanario que se difunda regularmente en decenas de millares de ejemplares por toda Rusia. Este periódico sería una partícula de un enorme fuelle de forja que atizase cada chispa de la lucha de clases y de la indignación del pueblo, convirtiéndola en un gran incendio. En torno a esta labor, de por sí muy anodina y muy pequeña aún, pero regular y común en el pleno sentido de la palabra, se concentrará sistemáticamente, y se instruiría, el ejército permanente de luchadores probados. Por los andamios de este edificio común de organización, pronto veríamos ascender y destacarse de entre nuestros revolucionarios a los Zheliábov socialdemócratas; de entre nuestros obreros, los Bebel rusos, que se pondrían a la cabeza del ejército movilizado y levantarían a todo el pueblo para acabar con la ignominia y la maldición de Rusia.

¡En esto es en lo que hay que soñar!

«¡Hay que soñar!» He escrito estas palabras y me he asustado. Me he imaginado sentado en el «Congreso de unificación», teniendo enfrente a los redactores y colaboradores de Rabócheie Dielo. Y he aquí que se levanta el camarada Martínov y se dirige a mí con tono amenazador: «Permita que le pregunte: ¿tiene aún la redacción autónoma derecho a soñar sin previo referéndum de los comités del Partido?» Tras él se levanta el camarada Krichevski y (profundizando filosóficamente al camarada Martínov, quien hace mucho tiempo había profundizado ya al camarada Plejánov), en tono aún más amenazador, continúa: «Yo voy más lejos, y pregunto si en general un marxista tiene derecho a soñar, si no olvida que, según Marx, la humanidad siempre se plantea tareas realizables, y que la táctica es un proceso de crecimiento de las tareas, que crecen con el Partido».

Sólo de pensar en estas preguntas amenazadoras, siento escalofríos y pienso dónde podría esconderme. Intentaré esconderme tras Písarev.

«Hay diferentes clases de desacuerdos -escribía Písarev a propósito del desacuerdo entre los sueños y la realidad-. Mis sueños pueden rebasar el curso natural de los acontecimientos o bien pueden desviarse a un lado, adonde el curso natural de los acontecimientos no puede llegar jamás. En el primer caso, los sueños no producen ningún daño, incluso pueden sostener y reforzar las energías del trabajador... En sueños de esta índole, no hay nada que deforme o paralice la fuerza de trabajo. Muy al contrario. Si el hombre estuviese completamente privado de la capacidad de soñar así, si no pudiese de vez en cuando adelantarse y contemplar con su imaginación el cuadro enteramente acabado de la obra que se bosqueja entre sus manos, no podría figurarme de ningún modo qué móviles obligan al hombre a emprender y llevar hasta su término vastas y penosas empresas en el terreno de las artes, de las ciencias y de la vida práctica... El desacuerdo entre los sueños y la realidad no produce daño alguno, siempre que la persona que sueña crea seriamente en su sueño, se fije atentamente en la vida, compare sus observaciones con sus castillos en el aire y, en general, trabaje escrupulosamente en la realización de sus fantasías Cuando existe algún contacto entre los sueños y la vida, todo va bien» [134].

Pues bien, los sueños de esta naturaleza, por desgracia, son sobradamente raros en nuestro movimiento. Y la culpa la tienen, sobre todo, los representantes de la crítica legal y del «seguidismo» ilegal que presumen de su ponderación, de su «proximidad» a lo «concreto».


c. ¿Qué tipo de organización necesitamos?


Por lo que precede, puede ver el lector que nuestra «táctica-plan» consiste en rechazar el llamamiento inmediato al asalto, en exigir que se organice «debidamente el asedio de la fortaleza enemiga», o dicho en otros términos, en exigir que todos los esfuerzos se dirijan a reunir, organizar y movilizar un ejército regular. Cuando pusimos en ridículo a Rabócheie Dielo por su salto del economismo a los gritos sobre la necesidad del asalto (gritos en que había prorrumpido en abril de 1901, en el núm.6 del Listok R. Diela ), dicho órgano nos atacó, como es natural, acusándonos de «doctrinarismo», diciendo que no comprendemos el deber revolucionario, que exhortamos a la prudencia, etc. Desde luego, no nos ha extrañado en modo alguno esta acusación en boca de gentes que carecen de todo principio y que salen del paso con la filosófica «táctica-proceso»; como tampoco nos ha extrañado que esta acusación la haya repetido Nadiezhdin, que en general abriga el desprecio más altivo por la firmeza de los principios programáticos y tácticos.

Dicen que la historia no se repite. Pero Nadiezhdin se empeña con todas sus fuerzas en repetirla e imita concienzudamente a Tkachev, denigrando el «culturismo revolucionario», vociferando sobre «el repique de campanas del veche» [135], pregonando un «punto de vista» especial de «vísperas de la revolución», etc. Por lo visto, olvida la conocida sentencia de que, si el original de un acontecimiento histórico es una tragedia, su copia no es más que una farsa [136]. La tentativa de adueñarse del Poder -tentativa preparada por la prédica de Tkachev y realizada por el terror «intimidador» y que realmente intimidaba entonces- era majestuosa, y, en cambio, el terror «excitante» del pequeño Tkachev es simplemente ridículo; sobre todo, es ridículo cuando se complementa con la idea de organizar a los obreros medios.

«Si Iskra -escribe Nadiezhdin- saliese de su esfera de literaturismo, vería que esto [hechos como la carta de un obrero en el núm.7 de Iskra, etc.] son síntomas que prueban que pronto, muy pronto, comenzará el 'asalto', y hablar ahora [¡sic!] de una organización, cuyos hilos arranquen de un periódico destinado a toda Rusia, es concebir ideas y trabajo de gabinete». Fijaos en esta confusión increíble: por una parte, terror excitante y «organización de los obreros medios», juntamente con la idea de que es «más fácil» concentrarse en torno a algo «más concreto», por ejemplo, alrededor de periódicos locales, y, por otra parte, hablar «ahora» de una organización para toda Rusia significa concebir ideas de gabinete, es decir (empleando un lenguaje más franco y sencillo), ¡«ahora» ya es tarde! Y para «la amplia organización de periódicos locales» ¿no es tarde, respetabilísimo L. Nadiezhdin? En cambio, compararemos con esto el punto de vista y la táctica de Iskra: el terror excitante es una tontería; hablar de organizar justamente a los obreros medios, de una amplia organización de periódicos locales, significa abrir de par en par las puertas al economismo. Es preciso hablar de una organización de revolucionarios única destinada a toda Rusia, y no será tarde hablar de ella hasta el momento en que empiece el verdadero asalto, y no un asalto sobre el papel.

«Sí -continúa Nadiezhdin- , en cuanto a la organización, nuestra situación está muy lejos de ser brillante: sí, Iskra tiene completa razón cuando dice que el grueso de nuestras fuerzas militares está constituido por voluntarios e insurrectos... Está bien que tengáis una noción sobria del estado de nuestras fuerzas, pero ¿por qué olvidáis que la multitud no es en absoluto nuestra y que, por eso, no nos preguntará cuándo hay que romper las hostilidades y se lanzará al 'motín'?... Cuando la multitud empiece a actuar ella misma con su fuerza devastadora espontánea, puede arrollar y desalojar el 'ejército regular', al que siempre se pensaba organizar en forma extraordinariamente sistemática, pero no hubo tiempo de hacerlo». (Subrayado por mí.)

¡Extraña lógica! Precisamente porque «la multitud no es nuestra», es insensato e indecoroso dar gritos de «asalto» inmediato, ya que el asalto es un ataque de un ejército regular y no una explosión espontánea de la multitud. Precisamente porque la multitud puede arrollar y desalojar al ejército regular, necesitamos sin falta que toda nuestra labor de «organización rigurosamente sistemática» del ejército regular «marche a la par» con el auge espontáneo, porque cuanto más «consigamos» esta organización, tanto más probable es que el ejército regular no sea arrollado por la multitud, sino que se ponga delante de ella, a su cabeza. Nadiezhdin se confunde, porque se imagina que este ejército sistemáticamente organizado se ocupa de algo que lo aparta de la multitud, mientras que, en realidad, éste se ocupa exclusivamente de una agitación política múltiple y general, es decir, justamente de la labor que aproxima y funde en un todo la fuerza destructora espontánea de la multitud y la fuerza destructora consciente de la organización de revolucionarios. La verdad es que vosotros, señores, cargáis al prójimo las faltas propias, pues precisamente el grupo Svoboda, al introducir en el programa el terror, exhorta con ello a crear una organización de terroristas, y una organización así distraería realmente a nuestro ejército de su aproximación a la multitud, que, por desgracia, no es aún nuestra y, por desgracia, no nos pregunta, o casi no nos pregunta aún, cuándo y cómo hay que romper las hostilidades.

«Dejaremos pasar inadvertida la propia revolución -continúa Nadiezhdin asustando a Iskra-, como nos ha ocurrido con los acontecimientos actuales, que han caído como un alud sobre nuestras cabezas». Esta frase, relacionada con las que hemos citado más arriba, nos demuestra palmariamente que es absurdo el «punto de vista» especial de «vísperas de la revolución» confeccionado por Svoboda [137]. Hablando sin ambages, el «punto de vista» especial se reduce a que «ahora» ya es tarde para deliberar y prepararse. Pero en este caso, ¡oh respetabilísimo enemigo del «literaturismo»!, ¿para qué escribir 132 páginas impresas «sobre cuestiones de teoría [138] y de táctica»? ¿No le parece que «al punto de vista de vísperas de la revolución» le cuadraría más bien la edición de 132.000 octavillas con un breve llamamiento: «¡A golpes con ellos!»?

Precisamente corre menor riesgo de dejar pasar inadvertida la revolución quien coloca en el ángulo principal de todo su programa, de toda su táctica, de toda su labor de organización, la agitación política entre todo el pueblo, como hace Iskra. Las personas que, en toda Rusia, están ocupadas en trenzar los hilos de la organización que arranquen de un periódico destinado a toda Rusia, lejos de dejar pasar inadvertidos los sucesos de la primavera, nos han dado, por el contrario, la posibilidad de pronosticarlos. Tampoco han dejado pasar inadvertidas las manifestaciones descritas en los números 13 y 14 de Iskra: por el contrario, han tomado parte en ellas, con viva conciencia de que su deber era acudir en ayuda del auge espontáneo de la multitud, contribuyendo al mismo tiempo, por medio de su periódico, a que todos los camaradas rusos conozcan estas manifestaciones y utilicen su experiencia. ¡Y, si están vivos, no dejarán pasar tampoco inadvertida la revolución, que reclamará de nosotros, ante todo y por encima de todo, experiencia en la agitación, saber apoyar (apoyar a la manera socialdemócrata) toda protesta, saber orientar el movimiento espontáneo, salvaguardándolo de los errores de los amigos y de las celadas de los enemigos!

Hemos llegado, pues, a la última razón que nos fuerza a insistir particularmente en el plan de una organización formada en torno a un periódico destinado a toda Rusia, por la labor conjunta en este periódico común. Sólo una organización semejante aseguraría la flexibilidad indispensable a la organización combativa socialdemócrata, es decir, la capacidad de adaptarse inmediatamente a las más variadas y rápidamente cambiantes condiciones de lucha; saber, «de un lado, rehuir las batallas en campo abierto, contra un enemigo peligroso por su fuerza aplastante, cuando concentra toda su fuerza en un punto, pero sabiendo, de otro lado, aprovecharse de la torpeza de movimientos de este enemigo y lanzarse sobre él en el sitio y en el momento en que menos espere ser atacado» [139]. Sería un gravísimo error estructurar la organización del Partido contando sólo con explosiones y luchas en las calles o sólo con la «marcha progresiva de la lucha cotidiana y gris». Debemos desarrollar siempre nuestra labor cotidiana y estar siempre dispuestos a todo, porque muchas veces es casi imposible prever por anticipado cómo alternarán los períodos de explosiones con los de calma, y, aun cuando fuera posible preverlo, no se podría aprovechar la previsión para reconstruir la organización, porque en un país autocrático estos cambios se producen con asombrosa rapidez, a veces como consecuencia de una incursión nocturna de los genízaros [140] zaristas. La misma revolución no se debe imaginar como un acto único (como, por lo visto, se la imaginan los Nadiezhdin), sino como una sucesión rápida de explosiones más o menos violentas, alternando con períodos de calma más o menos profunda. Por tanto, el contenido capital de las actividades de la organización de nuestro Partido, el centro de gravedad de estas actividades debe consistir en una labor que es posible y necesaria tanto durante el período de la explosión más violenta, como durante el de la calma más completa a saber: en una labor de agitación política unificada en toda Rusia, que arroje luz sobre todos los aspectos de la vida y que se dirija a las grandes masas. Y esta labor es inconcebible en la Rusia actual sin un periódico destinado a toda Rusia y que aparezca muy frecuentemente. La organización que se forme por sí misma en torno a este periódico, la organización de sus colaboradores (en la acepción más amplia del término, es decir, de todos los que trabajen para él) estará precisamente dispuesta a todo, desde salvar el honor, el prestigio y la continuidad del Partido en los momentos de mayor «depresión» revolucionaria, hasta preparar, fijar y llevar a la práctica la insurrección armada de todo el pueblo.

En efecto, figurémonos un revés completo, muy corriente entre nosotros, en una o varias localidades. A no haber en todas las organizaciones locales una labor común en forma regular, estos reveses van acompañados a menudo de la interrupción del trabajo por largos meses. En cambio, si todas tuvieran una labor común, bastarían en el caso del más fuerte revés unas cuantas semanas de trabajo de dos o tres personas enérgicas para poner en contacto con el organismo central común a los nuevos círculos de la juventud que, como es sabido, incluso ahora brotan con suma rapidez; y cuando la labor común que sufre los reveses está a la vista de todo el mundo, los nuevos círculos pueden surgir y ponerse en contacto con dicho organismo central más rápidamente aún.

Por otra parte, imaginaos una insurrección popular. Ahora, todo el mundo estará, probablemente, de acuerdo en que debemos pensar en ella y prepararnos para ella. Pero ¿cómo prepararnos? ¿Tendrá que designar el Comité Central agentes en todas las localidades para preparar la insurrección? Aunque tuviésemos un Comité Central, este C.C. no lograría absolutamente nada con designarlos, dadas las actuales condiciones rusas. Por el contrario, una red de agentes [141] que se forme por sí misma en el trabajo de organización y difusión de un periódico común no tendría que «aguardar con los brazos cruzados» la consigna de la insurrección, sino que precisamente trabajaría en la labor regular que le garantizaría en caso de insurrección las mayores probabilidades de éxito. Precisamente esta labor reforzaría los lazos de unión tanto con las grandes masas obreras, como con todos los sectores descontentos de la autocracia, lo cual tiene tanta importancia para la insurrección. Precisamente sobre la base de esta obra se formaría la capacidad de enjuiciar acertadamente la situación política general y, por tanto, la capacidad de elegir el momento adecuado para la insurrección. Precisamente esta obra acostumbraría a todas las organizaciones locales a hacerse eco simultáneamente de los problemas, casos y sucesos políticos que agitan a toda Rusia, a responder a estos «sucesos» con la mayor energía posible, del modo más uniforme y más conveniente posible: y la insurrección es, en el fondo, la «respuesta» más enérgica, más uniforme y más conveniente de todo el pueblo al gobierno. Precisamente esta labor, por último, acostumbraría a todas las organizaciones revolucionarias, en todos los confines de Rusia, a mantener las relaciones más constantes y a la vez más conspirativas, relaciones que crearían la unidad efectiva del Partido; sin estas relaciones es imposible discutir colectivamente un plan de insurrección ni adoptar las medidas preparatorias indispensables en vísperas de ésta, medidas que deben guardarse en el secreto más riguroso.

En una palabra, «el plan de un periódico político para toda Rusia», lejos de ser el fruto de un trabajo de gabinete de personas contaminadas de doctrinarismo y literaturismo (como les ha parecido a gentes que han meditado poco en él), es, por el contrario, el plan más práctico para empezar a prepararse en todas partes e inmediatamente para la insurrección, sin olvidar al mismo tiempo ni un instante la labor ordinaria de todos los días.


Notas


[122] Véase V. I. Lenin, Obras Completas, t. V. (N. de la Red.)

[123] En proceso de gestación, de surgimiento. (N. de le Red.)

[124] Iskra, núm.8, respuesta del Comité Central de la Unión General de Judíos de Rusia y de Polonia, a nuestro artículo sobre la cuestión nacional.

[125] Véase V. I. Lenin, Obras Completas, t. II. (N. de le Red.)

[126] Se refiere a las conversaciones que se realizaron entre la «Unión de Lucha para la Emancipación de la Clase Obrera», de Petersburgo, y Lenin, quien en la segunda mitad del año 1897 escribió los dos folletos citados en el texto.

[127] El autor de este folleto, dicho sea de paso, me pide ponga de manifiesto que, lo mismo que sus folletos anteriores, dicho folleto fue enviado a la «Unión», suponiendo que el grupo «Emancipación del Trabajo» redactaría sus publicaciones (circunstancias especiales no le permitían conocer entonces, es decir, en febrero de 1899, el cambio de redacción). Dicho folleto será reeditado muy pronto por la Liga.

[128] Se alude a las negociaciones sostenidas por el C.C. del Bund y Lenin.

[129] Véase V. I. Lenin, Obras Completas, t. IV. (N. de la Red.)

[130] Al hablar del «cuarto hecho» Lenin se refiere a la tentativa de la «Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero» y del Bund de convocar, en la primavera de 1900, el segundo Congreso del partido. El «miembro del comité» mencionado por Lenin es I. J. Lalaiantz (miembro del comité socialdemócrata de Ekaterinoslav), quien se trasladó a Moscú en febrero de 1900, para las negociaciones con Lenin.

[131] ¡Camarada Krichevski! ¡Camarada Martínov! Llamo vuestra atención sobre esta manifestación escandalosa de «absolutismo», de «autoridad sin control», «de reglamentación soberana», etc. Mirad: ¡¡quiere apoderarse de toda la cadena!! Apresuraos a presentar querella. Ya tenéis un tema para dos artículos de fondo en el núm.12 de Rabócheie Dielo.

[132] Martínov, al insertar en Rabócheie Dielo la primera frase de esta cita (núm.10, pág.62), ha omitido precisamente la segunda frase, como subrayando así que no quería tocar el fondo de la cuestión o que era incapaz de comprenderlo.

[133] Con una reserva: siempre que simpatice con la orientación de este periódico y considere útil a la causa ser su colaborador, entendiendo por ello no solamente la colaboración literaria, sino toda la colaboración revolucionaria en general. Nota para Rabócheie Dielo: esta reserva se sobreentiende para los revolucionarios que aprecian el trabajo y no el juego al democratismo, que no separan las «simpatías», de la participación más activa y real.

[134] Lenin citó el artículo «El error de la idea poco madura» de D. I. Písarev. (Véase D. I. Písarev, Obras Escogidas en dos tomos, t. II, págs.124, 125, 1935, edición rusa.)

[135] Veche - Asamblea popular en la antigua Rusia, para la que se convocaba al toque de campana. (N. de la Red.)

[136] Lenin se refiere al siguiente pasaje de la obra de K. Marx, El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte: «Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: la primera como tragedia y la segunda como farsa.» (Véase C. Marx y F. Engels, Obras Completas, t. VIII.)

[137] Víspera de la revolución, pág.62.

[138] L. Nadiezhdin, dicho sea de paso, no dice casi nada sobre las cuestiones teóricas en su Revista de cuestiones teóricas, si prescindimos del siguiente pasaje, sumamente curioso desde «el punto de vista de vísperas de la revolución»: «La bernsteiniada en su conjunto pierde para nuestro momento su carácter agudo, como lo mismo nos da que el señor Adamovich demuestre que el señor Struve debe presentar la dimisión o que, por el contrario, el señor Struve desmienta al señor Adamóvich y no consienta en dimitir. Nos da absolutamente igual, porque ha sonado la hora decisiva de la revolución» (pág.110). Sería difícil describir con mayor claridad la despreocupación infinita que L. Nadiezhdin siente por la teoría. ¡¡Como hemos proclamado que estamos en «vísperas de la revolución», por esto «nos da absolutamente lo mismo» que los ortodoxos logren o no desalojar definitivamente de sus posiciones a los críticos!! ¡Y nuestro sabio no se percata de que, precisamente durante la revolución, nos harán falta los resultados de la lucha teórica contra los críticos para luchar resueltamente contra sus posiciones prácticas!

[139] Iskra, núm.4: «¿Por dónde empezar?». «Un trabajo largo no asusta a los revolucionarios culturistas que no comparten el punto de vista de vísperas de la revolución», escribe Nadiezhdin (pág.62). A este propósito haremos la siguiente observación: si no sabemos elaborar una táctica política, un plan de organización, orientados sin falta hacia un trabajo sumamente largo y que al mismo tiempo aseguren, por el propio proceso de este trabajo, la disposición de nuestro Partido para ocupar su puesto y cumplir con su deber en cualquier circunstancia imprevista, por más que se precipiten los acontecimientos, seremos simplemente unos miserables aventureros políticos. Sólo Nadiezhdin, que ha empezado a intitularse socialdemócrata desde ayer, puede olvidar que el objetivo de la socialdemocracia consiste en la transformación radical de las condiciones de vida de toda la humanidad, y que por ello es imperdonable que un socialdemócrata se «asuste» por lo largo del trabajo.

[140] Genizaros, infantería privilegiada del sultán de Turquía, disuelta en 1826. Se hizo célebre por su ferocidad en los asaltos y saqueos de las poblaciones. Lenin llama genízaros a la policía zarista.

[141] ¡Se me ha escapado, ¡ay!, una vez más, la terrible palabra «agentes», que tanto hiere el oído democrático de los Martínov! Me extraña que esta palabra no haya molestado a los corifeos de la década del 70 y, en cambio, moleste a los «artesanos» de la del 90. Me gusta esta palabra, porque indica de un modo claro y tajante la causa común a la que todos los agentes subordinan sus pensamientos y sus actos, y si hubiese que sustituir esta palabra por otra, yo sólo elegiría el término «colaborador» si éste no tuviese cierto deje de literaturismo y de vaguedad. Porque lo que necesitamos es una organización militar de agentes. Digamos de paso que los numerosos Martínov (sobre todo, en el extranjero), que gustan de «ascenderse recíprocamente a general», podrían decir, en lugar de «agente en asuntos de pasaportes», «comandante en jefe de la unidad especial destinada a proveer de pasaportes a los revolucionarios», etc.


Continuará...


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