«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

sábado, 16 de noviembre de 2013

El idealismo y la metafísica en la definición del papel de la política en la economía; Rafael Martínez, 2006

Acabando con el majestuoso libro «Sobre el manual de economía política de Shanghái», analizamos la pesada y metafísica manía de elevar «los roles de las personas en la producción y sus relaciones mutuas» hasta el punto de hacerlo eje de su pensamiento. 

Siempre ha sido común dentro del revisionismo supeditar la ideología y la superestructura a la economía política, esto obviamente nos es comprensible si analizamos fríamente y vemos que la forma más fácil de introducir una revolución contrarrevolucionaria dentro del sistema económico es elevar este punto que hace apología del subjetivismo; ya que elimina paulativamente o más bien deja sobre el papel, las las leyes en la construcción del socialismo, sustituyendolas por la ideología pseudorevolucionaria, el voluntarismo, y una seria de medidas que liquidan cualquier intento de darle coherencia científica a lo que se hace y cómo se hace en la economía. ¡Como no podía ser de otra forma! Se ignora lo expresado por Marx y Engels, y se llega al punto de que a veces incluso este descubrimiento tan poco nuevo desarrolla aún más el propio marxismo-leninismo.

Estos planteamientos evidencian lo que ya hace tiempo Mao Zedong confesó tanto a los yugoslavos como al propio Molotov, que jamás se interesó en leer las obras más básicas de Marx, Engels, Lenin y Stalin para entender el papel de la superestructura y su relación con la base económica, y que las pocas que leyó –como se demuestra aquí– jamás las llegó a comprender, lo que hizo que formulara antítesis de las tesis de estos autores.

Recomendamos al lector especial atención al escarmiento que Lenin dio en su día a Bujarin y Trotsky que no comprendían la unidad dialéctica entre economía y política. Esta enorme lección hace que automáticamente se desmonte las críticas farisaicas de Mao a Stalin que partían precisamente de esta sobreestimación de la superestructura y decían que «Stalin y sus coetáneos soviéticos habrían descuidado la política en la economía». Como el autor dice: «en todo caso estos «valientes» deberían cerrar el periodo stalinista como «malo» en el ámbito económico y en el ámbito político para que su crítica fuera al menos dentro de los marcos del marxismo y la dialéctica».

Chou En-lai, Mao Zedong y Lin Biao durante un evento de 1967

El idealismo y la metafísica en la definición del papel de la política en la economía

En esta sección abordamos brevemente la cuestión de la metafísica y el idealismo en el tratamiento de las relaciones entre política y economía asumidas y aplicadas consistentemente por los autores del manual de Shanghái. Este es de hecho, un principio básico más de la teoría defendida por los autores del manual de Shanghái que no difiere de su aplicación en otros temas tratados anteriormente. Sin embargo, por el bien de la presentación de nuestra crítica, nos parece más conveniente cubrir esta cuestión, aunque no nos extendamos mucho. Este orden de ideas puede ayudar al lector a apreciar más claramente el papel central que desempeñan todas estas funciones idealistas y metafísicas en el establecimiento de una nueva doctrina económica después de la finalización del Primer Plan Quinquenal.

De hecho, el tratamiento metafísico de la política y la economía no es una invención o novedad introducida por parte de los autores del manual de Shanghái, como casi todos sus defectos de este escrito, ya venía siendo común a toda una serie de tendencias ideológicas anteriores al propio maoísmo. Por ejemplo, la metafísica en el tratamiento de la política y la economía es común a los ideólogos del trotskismo y una serie de tendencias idealistas de la década de 1920 en la Unión Soviética, los cuales no son muy bien conocidas porque no han sido traducidas a los diferentes idiomas. Bogdanov, por ejemplo influyó grandemente a Bujarin y Rykov y otras tendencias desviacionistas de derecha que surgirían en el período de posguerra dentro de la Unión Soviética. Meter la metafísica en la cuestión de la política y la economía no fue siquiera algo inventado por los desviacionistas antes mencionados, ya que esta característica es básicamente premarxista. Para comprender plenamente la razón de ser de este problema habría que empezar por la influencia del pensamiento filosófico y económico burgués que Marx y Engels expusieron y denunciaron sistemáticamente.

En la exposición de sus ideas, los autores del manual de Shanghái tratan de atenerse a las formulaciones establecidas, tanto como sea posible. Al menos en términos formales, incluso estando de acuerdo con la formulación económica-política de Stalin. Los siguientes son, en su opinión, los aspectos más relevantes de las relaciones de producción:

«Las relaciones de producción consisten de tres aspectos: (1) la forma de propiedad de los medios de producción; (2) la posición y las relaciones mutuas de las personas en la producción; (3) la forma de distribución de los productos». (ibíd., p. 4)

Esto se compara y encaja bien con la fórmula de Stalin en los problemas económicos:

«El objeto de la Economía Política son las relaciones de producción, las relaciones económicas entre los hombres. A esta esfera corresponden: a) las formas de la propiedad sobre los medios de producción; b) la situación, diamante de esto, de los diversos grupos sociales en la producción y sus relaciones mutuas, o, como dice Marx, el «intercambio de actividades»; c) las formas de distribución de los productos que dependen por completo de dichas formas de propiedad. Todo esto constituye, en su conjunto, el objetivo de la Economía Política». (Stalin, Problemas económicos del socialismo en la URSS, 1952)

Nos dirigimos como ya estaréis sospechamos a unas similitudes en las dos definiciones desde el punto de vista formal. De hecho, los autores del manual de Shanghái de facto implican algo diferente cuando se refieren a «los roles de las personas en la producción y sus relaciones mutuas». Esto se hace evidente en el contexto de la exacerbación de la función de la política en economía, que serán discutidas en más detalle a continuación por los propios autores, opinión que nosotros os brindaremos para que pueda ser evaluada. Antes de continuar, es importante señalar, que este es un ejemplo más de la unión de los autores a ciertas formulaciones en el campo de la economía política que fueron ampliamente aceptadas hasta la segunda mitad de la década de 1950, siendo reprimidas posteriormente por los economistas revisionistas. Por desgracia, este es un ejemplo de la forma particular en que los autores del manual de Shanghái revisan los principios de la economía política marxista-leninista, más que una forma de defender dicha doctrina contra la revisión sistemática llevaba por los economistas soviéticos de la época jruschovista-brezhnevista.

Los llamados «roles de las personas en la producción y sus relaciones mutuas» adoptan un carácter diferente como vamos a ver. En efecto, a pesar de aceptar formalmente la correcta definición, finalmente se ven obligados a llegar a la siguiente conclusión que, a lo mejor quizás se debe a nuestro conocimiento, no se encuentra en ninguno de los textos escritos por los clásicos del marxismo-leninismo:

«Por lo tanto, si se quiere comprender cómo son transformadas las viejas relaciones de producción, y cómo se establecen y perfeccionan unas nuevas, no es suficiente estudiar esto solamente en términos de las contradicciones entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas. También se deben investigar las relaciones entre la superestructura y la base económica». (ibíd., p. 8)

A primera vista, la última frase sonaría a un marxista como una especie de tautología repetición de un pensamiento ya expresado o sabido con redundancia, una muy sospechosa por cierto, que tendrá como el lector vera una monstruosa lógica a descubrir. En el marco del materialismo dialéctico no tiene sentido no considerar las relaciones entre la superestructura y la base económica. Los marxistas consideran que la sociedad en su unidad con la estructura económica y la superestructura. Esto está implícito en el método marxista en sí. Quien no aplica tal relación no puede ser llamado marxista. ¿Los autores del manual de Shanghái quieren hacer hincapié en el materialismo dialéctico en el estudio de los fenómenos sociales? En nuestra opinión, lo que persiguen es un objetivo mucho más ambicioso; quieren incluir el estudio de los fenómenos de la superestructura en el objeto de la economía política. Se trata de un postulado básico de los autores del manual de Shanghái para preservar una cierta coherencia en el sistema de ideas que proponen. Uno no tiene que insistir en la necesidad de estudiar las «relaciones entre la superestructura y la base económica» si las leyes fundamentales del materialismo histórico se colocan correctamente a la hora de estudiar, pues las tocan. Sólo tiene sentido hacer hincapié en esto, si el objetivo final de la discusión es exacerbar el papel de la política en el estudio de las relaciones de producción. Sólo tiene sentido si hubiera que considerar la «vieja» economía política como una disciplina unilateral, que antes de su «desarrollo creativo» había subestimado el papel de la influencia de la superestructura de los fenómenos económicos, pero eso no es así desde la existencia del materialismo-dialéctico.

Si vemos otro ejemplo una vez más, los autores del manual aceptan formalmente una formulación básica de la economía política, según la cual la base económica determina la superestructura, y no al revés:

«En la contradicción entre la superestructura y la base económica, esta última juega, por lo general, el papel principal y decisivo». (ibíd., p. 8)

Sin descaro vuelven a intentar engañar al lector pareciendo que aceptan esta máxima marxista. Si bien se acepta formalmente una noción marxista bastante extendida, los autores de esta cita expresan la preocupación de que esta formulación es válida «en general», es decir, no pueden ser válidas en todos los casos. Como se verá más adelante, los autores creen que en la sociedad transicional la superestructura desempeña un papel dominante y que en la economía política se debe tratar en gran medida de cómo influye en la superestructura de la base económica:

«La superestructura está determinada por la base económica. Una vez establecida la superestructura, ésta ejerce una enorme reacción sobre la base económica». (ibíd., p. 9)

Esta declaración es seguida por una cita de la obra de Stalin: «El marxismo y la lingüística», escrita en 1952, en la que se hace hincapié que la superestructura sirve a la base económica a fin de consolidarla. No hace falta decir que Stalin no decía con esto que la superestructura fuera pasiva o por el contrario que su influencia fuera inmensa hasta el punto de sobrepasar en importancia a la base, y él no lo hizo, ya que, como marxista, Stalin considera la política y la economía en su unidad dialéctica [19]. El verdadero objetivo de los autores del manual de Shanghái es el de permitir a sí mismos una cierta flexibilidad en la determinación de la importancia relativa de la superestructura en la formación social. Está claro que reservan a la superestructura un papel de liderazgo en la sociedad de transición. Llegando los autores por eso a estas conclusiones en la práctica del estudio de los fenómenos económicos en la China revolucionaria:

«La transición de una forma a otra sociedad en la sociedad humana es impulsada por la contradicción social básica, es decir, la contradicción entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas y entre la superestructura y la base económica». (ibíd., p. 225)

Los autores del libro del manual de Shanghái básicamente colocan las contradicciones entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas en el mismo o incluso en más bajo nivel que las contradicciones entre la superestructura y la base económica. Huelga decir que tales declaraciones son un ejemplo educativo de pensamiento metafísico y una expresión más cruda de cómo el materialismo dialéctico es ajeno al sistema de las ideas económicas defendidas por los autores del manual.

La concepción del papel de la superestructura en la transición al socialismo que le otorgan estos autores viola flagrantemente los fundamentos de la economía política y el materialismo histórico. Debería ser innecesario recordar al lector que los fundadores de la economía política marxista-leninista tenían una visión diferente de la función de los fenómenos de la conciencia, ello se pueden encontrar innumerables obras en las que Marx y Engels dejaron muy claro cuáles son los fundamentos de la historia del materialismo y por qué la pseudociencia histórica premarxista y su economía política no logró captar científicamente las leyes de la evolución histórica. Por otra parte, las leyes básicas se aplican a todas las formaciones sociales, de las cuales tanto la transición al socialismo como al comunismo no escapan. Cabe, sin embargo, en el flujo de la discusión recordar amablemente al lector todo esto:

«El resultado general al que llegué y que una vez obtenido sirvió de hilo conductor a mis estudios puede resumirse así: en la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia». (Marx, Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política, 1859)

Y este famoso pasaje de Engels en la obra del «Anti-Dühring» de 1878 confirma lo mismo:

«La concepción materialista de la historia parte del principio de que la producción, y, junto con ella, el intercambio de sus productos, constituyen la base de todo el orden social; que en toda sociedad que se presenta en la historia la distribución de los productos y, con ella, la articulación social en clases o estamentos, se orienta por lo que se produce y por cómo se produce, así como por el modo como se intercambia lo producido. Según esto, las causas últimas de todas las modificaciones sociales y las subversiones políticas no deben buscarse en las cabezas de los hombres, en su creciente comprensión de la verdad y la justicia eternas, sino en las transformaciones de los modos de producción y de intercambio; no hay que buscarlas en la filosofía, sino en la economía de las épocas de que se trate». (Engels, Anti-Dühring, 1878)

Por alguna razón, los autores suponen que las formas de la superestructura, la conciencia, la ideología, desempeñan un papel cardinal en el proceso de construcción socialista. Llegan a tal absurdo como si supuestamente correspondieran a una formación social de los principios básicos de la economía política y el materialismo histórico, tal como fueron formulados por Marx y Engels. A la pregunta de por qué la estructura económica juega un papel preponderante en lo que respecta a la superestructura de las sociedades de clases, tales como el capitalismo, mientras que esta relación sufre un cambio cualitativo en la sociedad de transición, los autores del manual de Shanghái realmente no dan una respuesta científica. Al parecer, la práctica de la construcción «socialista» en China les ha llevado a creer que la contradicción entre la superestructura y la estructura económica viene a la vanguardia como una contradicción fundamental de la formación social, al mismo nivel que la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Nos parece, sin embargo, que la exacerbación de la influencia de la superestructura desempeña el papel del caballo de Troya de las concepciones revisionistas para el campo la economía política del sistema de transición, como se verá más adelante.

El carácter idealista de la comprensión del papel de la superestructura defendida por los ideólogos del manual de Shanghái ha sido brillantemente expuesto por Sunil Sen en su artículo: «Raymond Lotta y la economía política del socialismo», publicado en la web revolutionarydemocracy.org, durante abril de 1999. En su excelente artículo, Sen ofrece una crítica devastadora de la evaluación de Raymond Lotta  que es un dirigente del PCR –Partido Comunista Revolucionario de los EE.UU., y más exactamente de la corriente maoísta del Movimiento Revolucionario Internacionalista- así como un ferviente admirador del manual de Shanghái. La esencia burguesa de la valoración supuestamente marxista de Lotta es denunciado por el autor, que expone a la crítica de Lotta sobre el «productivista» Stalin en contraste con la economía política de «revolución en el mando» defendida por los autores del manual de Shanghái. Es muy útil citar un pasaje muy importante de una obra de Marx-Engels, nos referimos a la obra «La ideología alemana» escrita en 1846, la cual Sen cita apropósito mostrando claramente el carácter antimarxista e idealista de los ataques contra el llamado «productivismo» de la concepción «stalinista» en la economía política del socialismo:

«Los comunistas no hacen valer ni el egoísmo en contra del espíritu de sacrificio ni el espíritu de sacrificio en contra del egoísmo, ni envuelven teóricamente esta contraposición en aquella superabundante forma ideológica, sino que ponen de manifiesto, por el contrario, su fuente material, con la que desaparece la contraposición misma. Los comunistas no predican absolutamente ninguna moral. (...) No plantean a los hombres el postulado moral de ¡amaos los unos a los otros!, ¡no seáis egoístas!, etc.; saben muy bien, por el contrario, que el egoísmo, ni más ni menos que la abnegación, es, en determinadas condiciones, una forma necesaria de imponerse a los individuos. Los comunistas no se proponen, (...) superar al «hombre privado» en aras del «hombre general», abnegado. Los comunistas teóricos, los únicos que disponen de tiempo para ocuparse de la historia, se distinguen precisamente por el hecho de ser los únicos que han descubierto en toda la historia la creación del «interés general» por obra de los individuos determinados como «hombres privados». Saben que esta contraposición es puramente aparente, porque uno de los dos lados, lo que se llama lo «general», es constantemente engendrado por el otro, por el interés privado y no es, en modo alguno, una potencia independiente frente a él, con su historia propia y aparte; que, por tanto, esta contraposición se ve, prácticamente, destruida y engendrada de continuo. No se trata, por consiguiente, de una «unidad negativa» hegeliana de dos lados de una antítesis, sino de la negación materialmente condicionada de un modo de existencia hasta ahora materialmente condicionado de los individuos, con el que desaparecen, al mismo tiempo, aquella contraposición y su unidad». (Marx y Engels, La filosofía alemana, 1846)

También como hemos visto en el apartado anterior, la actitud de los autores hacia las relaciones monetario-mercantiles difiere poco de la de los economistas revisionistas soviéticos tras el fallecimiento de Stalin. Si bien apelando a la necesidad de control de las relaciones monetario-mercantiles en la economía de transición, se acaba dando un carácter de mercancía a casi todos los productos de la economía de transición, tanto en su forma como contenido, y se asume la ley del valor como regulador de las porciones de intercambio de trabajo entre los objetos de producción. Entre los que defienden el carácter supuestamente revolucionario del manual de Shanghái, hay quienes de modo ignorante siguen afirmando que sus tesis están en contradicción con la esencia del «socialismo de mercado», sin embargo, ven la necesidad de suprimir el papel de las relaciones monetario-mercantiles no desde el punto de vista de las leyes económicas de la economía de transición, sino desde la perspectiva de la conciencia, es un intento de voluntarlismo muy clásico y cansino por parte del maoísmo:

«Creo que es necesario trascender la producción de mercancías y el mercado porque son un obstáculo para que el pueblo se haga cargo conscientemente de la sociedad y la transforme». (Raymond Lotta, ¿Planificación socialista o «socialismo de mercado»?, 2002)

Lotta considera que la existencia de las relaciones monetario-mercantiles obstaculiza el desarrollo de la capacidad de las personas para transformar la sociedad, ya que perpetúa el pensamiento burgués, y por lo tanto en base a ello él se «opone» a aquellos que agitan abiertamente a favor de «socialismo de mercado». ¿Pero esa objeción a las tesis del «socialismo de mercado» en el ámbito de la conciencia es del todo válida? ¿Será cierto que el pensamiento burgués y pequeño burgués se liquidará con la erradicación de las relaciones monetario-mercantiles? ¿Es la comprensión de las leyes que rigen la economía de transición determinado por fenómenos de la conciencia? Cuando un marxista apela a la necesidad de restringir el ámbito de actuación de las relaciones monetario-mercantiles, se basa en cuestiones relacionadas con el carácter de intercambio de trabajo entre las diversas unidades de producción, la relación entre la producción y el consumo, la reproducción ampliada, la esencia del plan en el que están implicados e interconectados , etc.

Muchos de los que han sostenido y siguen sosteniendo que el «modelo soviético» –también llamado por ellos: stalinista de economía política, ignora el papel de la política, y para ello fraudulentamente se suele citar la famosa frase de Lenin de que «la política es la expresión concretada de la economía», hay que anotar que dicha frase fue registrada en su polémica con Trotsky y Bujarin en relación con el papel de los sindicatos bajo la dictadura del proletariado. Se apoyan en que supuestamente Stalin se desvió de Lenin o de que Lenin, básicamente, tomó una postura innovadora con respecto a la interrelación entre la política y la economía, que Stalin no llegó o no pudo entender. Tomando la cita fuera de contexto como veremos, se intenta dejar a Stalin de ignorante, y a Mao de sucesor de Lenin que supo recoger lo que el «torpe georgiano no pudo desglosar para el marxismo». Pero por el contrario, los que abogan por la reducción de los problemas de la economía política a una cuestión de la dominación de la ideología proletaria, aparentemente, no han prestado suficiente atención a las discusiones y las causas que llevaron a Lenin formular su declaración. Paradójicamente, cometen el mismo error teórico que Trotsky y Bujarin realizaron precisamente cuando Lenin estaba luchando en el momento en que hizo su famosa declaración; a saber, la separación mecánica y metafísica de la política y la economía en el contexto de una discusión particular. Repasemos algunos de los detalles de las circunstancias que rodean la famosa frase de Lenin:

«Es extraño que tengamos que plantear de nuevo esta cuestión tan elemental, tan rudimentarias. Por desgracia, Trotsky y Bujarin nos obligan a hacerlo. Ambos me acusan que «la sustituyo» con otra o la enfoco «políticamente», mientras que ellos la enfocan «económicamente». Bujarin incluso ha introducido eso en sus tesis y ha intentado «elevarse por encima» de ambos disputantes, como diciendo: yo junto lo uno y lo otro. La inexactitud es flagrante. La política es la expresión concretada de la economía, repetí en mi discurso, pues había oído ya antes este reproche, absurdo y absolutamente inadmisible en labios de un marxista, por mi enfoque «político». La política no puede dejar de tener supremacía sobre la economía. Pensar de otro modo significa olvidar el abecé del marxismo». (Lenin, Una vez más acerca de los sindicatos, el momento actual y los errores de los camaradas Trotsky y Bujarin, 1921)

La afirmación de que «la política es la expresión concentrada de la economía» vino originalmente de las resoluciones del IXº Congreso del Partido Bolchevique en los sindicatos. Las resoluciones finalmente pusieron de relieve la necesidad de que los sindicatos, como la organización económica de la clase obrera, no deben entrar en contradicción con el poder soviético. El hecho que se había discutido previamente era el asunto es que la existencia de las organizaciones económicas de la clase obrera en el contexto del Estado de la dictadura del proletariado no lleva necesariamente a la confrontación entre los intereses económicos del proletariado y del Estado, mientras que Trotsky y Bujarin no pensaban de ese modo. Dado que la política es la expresión concentrada de la economía, la defensa de los intereses económicos del proletariado no puede contradecir la política del Estado soviético. Además, no olvidemos que los sindicatos, a diferencia del capitalismo, realizar otras tareas dentro del socialismo. Cuando Lenin hizo hincapié en que la política «debe prevalecer sobre la economía» no era de ninguna manera que subvirtiera la relación marxista entre la política y la economía, como los autores del manual de Shanghái libro parecen reclamar. La declaración de Lenin debe entenderse dentro de un contexto diferente: el interés económico local del colectivo de trabajadores no puede entrar en contradicción con la política del poder soviético, teniendo pues que mostrase unidad entre la política y la economía en un Estado obrero:

«La política es la expresión más concentrada de la economía, su generalización, y su culminación. Por lo tanto, cualquier oposición entre los sindicatos, como la organización económica de la clase obrera, y los soviets, como su organización política, es completamente absurda y es una desviación del marxismo en la dirección de los prejuicios sindicalistas burgueses. Tal oposición es sobre todo absurda y dañina en la época de la dictadura de proletario cuando su lucha entera, su actividad entera –tanto económica como política debe ser unificada más que nunca, debe ser concentrada y dirigida en una, atada en una unidad de hierro». (Lenin, Sobre la cuestión de los sindicatos y su organización, 1920)

De esto que acabamos de leer no significa que Lenin dejó de ser un marxista y admitió el postulado formulado por los autores del manual de Shanghái; sobre que de las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, la superestructura y la subestructura económica se convierten en una contradicción fundamental de la sociedad de transición. Muy por el contrario, Lenin sigue siendo un marxista en toda la discusión sobre los sindicatos y no se desvía un ápice desde los conceptos básicos de la economía política marxista. Lenin lo dice claramente, pero está claro que en caso de que los lectores que no entiendan la dialéctica afirmaran a continuación que el líder de la revolución bolchevique, de repente, decidió dar un giro a favor de la «política dejando de lado la economía»:

«Toda superestructura política en general –ineluctable mientras no se culmine la supresión de las clases, mientras no se cree la sociedad sin clases, sirve, en última instancia, a la producción y está determinada, en última instancia, por las relaciones de producción de la sociedad dada». (Lenin, Una vez más acerca de los sindicatos, el momento actual y los errores de los camaradas Trotsky y Bujarin, 1921)

El punto de vista marxista de Lenin se aclara con una lectura cuidadosa de su obra: «Una vez más acerca de los sindicatos, el momento actual y los errores de los camaradas Trotsky y Bujarin» escrita en 1921. El siguiente párrafo es muy revelador y encaja muy bien con el propósito de hacer frente a las acusaciones de Trotsky y Bujarin en su confusión ideológica cuando decían que Lenin «se concentraba en la política» en la cuestión del papel de sindicatos en la sociedad de transición, acción que los autores del manual de Shanghái parecen reproducir en condiciones diferentes históricas precisamente acusando de «concentrarse en la economía» a Stalin y a los «stalinistas» que apoyan el imperfecto «modelo económico soviético», sin saber detectar dialécticamente la unidad implícita entre la política y la economía:

«Por eso yo no pude leer sin sonreír la objeción que me hizo el camarada Trotsky el 30 de diciembre: «El camarada Lenin ha dicho en el VIIIº Congreso de los Soviets, en su discurso de resumen de la discusión sobre el informe acerca de nuestra situación, que necesitábamos menos política y más economía, y en cuanto a los sindicatos ha planteado en primer plano el aspecto político de la cuestión». (pág. 65) Estas palabras le parecieron al camarada Trotsky «extraordinariamente certeras». En realidad, expresan el más espantoso embrollo de conceptos, «una confusión ideológica», verdaderamente infinita. En efecto, yo siempre he expresado, expreso y expresaré el deseo de que nos dediquemos menos a la política y más a la economía. Pero no es difícil comprender que para cumplir estos deseos es preciso que no haya peligros políticos ni errores políticos. Los errores que han cometido el camarada Trotsky, y que ha profundizado y acrecentado el camarada Bujarin, distraen a nuestro partidos de las tareas económicas». (Lenin, Una vez más acerca de los sindicatos, el momento actual y los errores de los camaradas Trotsky y Bujarin, 1921)

Es absurdo argumentar que durante el curso de los debates sobre los sindicatos y el poder soviético Lenin podría haber tomado una actitud diferente sobre la función de la política y la economía. Lenin como marxista consideraba la política y la economía, la superestructura y la estructura económica, en su unidad dialéctica. De acuerdo con los detalles de esta relación dialéctica, la economía juega un papel determinante en lo que respecta a la política. Argumentar que Lenin quería decir lo contrario, que la política debe jugar un papel más importante, a diferencia de lo que estaba defendido por Marx y Engels, no tiene mucho sentido. Esto es equivalente a afirmar que Marx y Engels no captaron una relación tan básica y que todos sus trabajos sobre el materialismo histórico tendrían que ser necesariamente revisarlos. Este argumento sólo se puede entender si los que hacen tales afirmaciones no son conscientes de la relación dialéctica entre la política y la economía. Al afirmar que la política debe jugar un papel más importante, se cae básicamente en la trampa del pensamiento metafísico y por tanto la desunión de estas cuestiones; según la cual la política y la economía se tratan como dos lados conectados mecánicamente en aparente unidad pero sin relación verdadera. Este tipo de error metafísico era exactamente contra lo que estaba luchando Lenin, y él era de hecho muy concreto al respecto:

«La esencia teórica del error en que incurre en este caso el camarada Bujarin consiste en que sustituye la relación dialéctica entre la política y la economía que nos enseña el marxismocon el eclecticismo. «Lo uno y lo otro», «de un lado esto, de lo otro lado»: tal es la posición teórica de Bujarin. Y eso es eclecticismo. La dialéctica exige que las correlaciones sean tenidas en cuenta en todos los aspectos de su desarrollo concreto, y no que se arranque un trocito de un sitio y un trocito de otro». (Lenin, Una vez más acerca de los sindicatos, el momento actual y los errores de los camaradas Trotsky y Bujarin, 1921)

En términos generales, el mero hecho de reclamar un lado determinado de la considerada unidad debe ser más o menos enfatizado como un reflejo de un claro pensamiento metafísico, que en el contexto particular considerado aquí conduce al idealismo. Afirmar que no se hizo hincapié suficiente en la política en el sistema calificado como «soviético» al estilo «stalinista», es tan absurdo como el argumento de que existen buenas unidades dialécticas y malas unidades dialécticas. Insinuar que este o aquel lado de la unidad fue descuidado es una contradicción en sí misma. La única objeción posible que uno puede hacer es considerando a la economía y la política siempre como una unidad dialéctica, con todas sus consecuencias en esto. Sería justo en todo caso evaluar si en el periodo de Stalin, los economistas consideraban a la política y la economía como las dos caras de una unidad dialéctica, desde ese prisma se debería evaluar la historia económica. No tendría sentido discutir con los que cuentan –erróneamente, sin embargo que los economistas soviéticos durante el período de Stalin no consideraron política y la economía en su unidad dialéctica. En ese caso, podríamos desarrollar un debate sobre la base de material histórico concreto y demostrar que estaban equivocados por medio de un análisis científico de la política y la economía de la época en su conjunto. No tiene sentido discutir si la política se descuidaba o no, o si el papel de la economía se sobrestimó, no puede existir como decimos un estudio y práctica «buena» en el ámbito económico, y un estudio y práctica «mala» de la política por parte de Stalin, esto es antidialéctico, en todo caso estos «valientes» deberían cerrar el periodo stalinista como «malo» en el ámbito económico y en el ámbito político para que su crítica fuera al menos dentro de los marcos del marxismo y la dialéctica. Es absurdo sus procedimiento a la hora de «criticar los errores de Stalin», porque apelando a diferentes grados de compensación mecánica de los polos de una contradicción se está negando la dialéctica del todo y su sustitución por mecanismos de la metafísica.

La declaración de los autores del manual de Shanghái que dicen que la contradicción entre la superestructura y la base económica es una contradicción tan básica como la que existe entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas, con ello nos demuestra sin ambages que esta una de la expresión más directa de su pensamiento metafísico y su falta de comprensión con respecto a las cuestiones básicas de la dialéctica. Esta declaración es un reflejo de la separación mecánica entre la política y la economía contra la que Lenin luchó tanto; pues subvierte los conceptos básicos del materialismo histórico.

Estos errores –irónicamente– no son ni nuevos en la historia del pensamiento revisionista ni, afortunadamente, son necesariamente inherentes a las tradiciones revolucionarias de los comunistas chinos. Por lo tanto, uno podría preguntarse por qué después del XXº Congreso del PCUS, en el que los revisionistas soviéticos condenaron abiertamente a Stalin, los economistas chinos recurrieron a este tipo de argumentos tan torpes. Uno podría preguntarse si se trataba de un error aislado, sin conexión con un cambio más general de la línea económica o, por el contrario, si ese argumento iba a desempeñar un papel más prominente y convertirse en el caballo de Troya para el revisionismo en la práctica de la construcción económica de China.

Hemos visto que, a pesar de que este manual de economía política antimarxista por otra parte está oculto por una fraseología militante, uno puede conocer los principios básicos del revisionismo sobre la economía política de la sociedad de transición, claro que para ello necesita una instrucción marxista que no es fácil de contraer, por ello el estudio del marxismo nunca cesa, es la forma más clara de permanecer vigilante contra la ideología extraña [20], y este esfuerzo en la lucha práctica se refleja si uno tiene una buena compresión de lo estudiado. También hemos visto que los autores del manual muestran una particular idiosincrasia, lo que les permite retratar la nueva y revisionista línea económica de una manera diferente a la de sus homólogos de la Unión Soviética de la época jruschovista-brezhnevista. Además, como hemos repetido hasta la saciedad algunas de las ideas que fueron presentadas como innovadoras o incluso fueron elevadas como un nivel de desarrollo del marxismo-leninismo o superior a este, son fundamentalmente premarxistas. Los autores del manual de Shanghái, a veces se rebelan contra los revisionistas soviéticos por mantener algunas formulaciones que habían sido prohibidas en la Unión Soviética a finales de la década de 1950. Como hemos visto, estos intentos de disociarse formalmente de la línea revisionista dominante que colmó el pensamiento económico soviético revisionista se dirigen a nada más que ocultar la esencia revisionista de la nueva doctrina económica que se concretó en China a finales de 1950 después del XXº Congreso del PCUS, y principios de 1960, la cual quedó muy bien plasmada y muy bien resumida en el manual de Shanghái. Consideramos que estos intentos de retratar una doctrina revisionista conocida -el revisionismo soviético- con fraseología ultrarevolucionaria no aclara nada a las masas, la refutación -a la que no llegan sino que se unen muchas veces-, realizada por los autores sólo llega a desorientar al lector, con una severa intención de engañar al lector de su esencia original; que el revisionismo chino comparte mucha de las ideas económicas del revisionismo soviético, del revisionismo yugoslavo, o del premarxismo. Es especialmente engañoso por parte de los autores del manual que con la excusa la idealización del papel de la política, se use y oculte mediante el terrible mal uso de declaraciones políticas la realidad de las raíces de este «nuevo sistema económico», esta, es una táctica que no difieren de manera fundamental de las impuestas por las camarillas revisionistas en la Unión Soviética después de Stalin y de mismo modo en las antiguas democracias populares de Europa del Este.

El papel de los errores metafísicos e idealistas en el contexto de la relación entre la economía y la política tiene un papel bien definido para los autores del manual de Shanghái: la clave para la solución de los problemas económicos de la sociedad de transición, de los problemas sobre economía política están determinados por la dirección política y el nivel de conciencia política de las masas. Tales cuestiones fundamentales como las relaciones entre la agricultura y la industria, entre la industria pesada y ligera, las relaciones monetario-mercantiles, el rol del plan, y el carácter de la colectivización son, en esencia, determinada por la resistencia ideológica de la sociedad sin más. La separación metafísica entre la economía y la política permite a los autores del manual de Shanghái invertir la relación clásica entre política y economía. Siguiendo esta línea de pensamiento, se vuelve más relevante en el proceso de construcción socialista el hacer frente a cuestiones ideológicas, cuestiones educativas, los problemas de la moral colectiva y socialista, etc., mucho más que para realmente y de modo consciente hacer frente y resolver problemas concretos inherentes a la economía política.

Independientemente de cualquier definición formal sobre la economía política que se haya figurado por parte de los autores del manual de Shanghái, lo cierto es que se puede desglosar su doctrina de la «revolución en el mando», que resumida nos trae dentro de sí misma los principios del revisionismo en la materia económico-política, pensamientos que eran ajenos al pensamiento económico que dio origen al Primer Plan Quinquenal. En esencia, esta «nueva doctrina» parece impulsada a resumirse en lo siguiente, que mientras la ideología proletaria este al mando, y las ideas de la revolución estén lo suficientemente arraigadas en la mente de la gente todo ira bien, y como resumen se debería hacer lo siguiente «para preservar este buen camino»; el desarrollo de la industria pesada debe ser impulsado por la agricultura, la industria ligera tiene que tener prioridad en comparación con la industria pesada, las empresas tienen que actuar de facto como unidades productivas independientes, que el plan, con la excepción de las unidades estratégicas, actúen más como un principio de coordinación entre las unidades productivas independientes, que la ley del valor sea el regulador de las proporciones de intercambio del trabajo no sólo entre las empresas del Estado, sino también entre las colectivas, que la colectivización se debe desarrollar sobre la base de la simple cooperación, y no en la cooperación de alto nivel entre el Estado y las granjas colectivas sobre la base de la mecanización de alta tecnología financiada por el Estado, que en las granjas colectivas tienen que tener los principales medios de producción en lugar de detentarlos el Estado, que a los antiguos propietarios se les debe permitir entrar a las cooperativas, que a la vieja burguesía industrial nacional se le debe permitir recibir un porcentaje fijo de las ganancias, etc. Todos esto y más se permitió efectivamente, en la economía de transición. Los autores del manual de Shanghái no tienen un problema con la propagación en la práctica las características básicas del sistema de revisionistas que se conoce comúnmente como «socialismo de mercado», ¡siempre y cuando la política y consignas revolucionarias se lleven al mando!

Este enfoque idealista y metafísico con el papel de la política en la economía alcanza niveles de absurdo inaudito en la historia del revisionismo. Estos errores impulsan a los autores del manual de Shanghái para llegar a y apoyar el voluntarismo evidente y poco realista:

«Los avances en la ciencia y la tecnología y las innovaciones en herramientas de producción desempeñan un papel importante en el desarrollo de la producción y el aumento de la productividad del trabajo. Pero «el factor decisivo es el hombre, y no las cosas» [Nota del autor: cita de Mao en su obra «Sobre la guerra prolongada» (1938)]. Las grandes masas de China, lo pusieron así: «No temáis a la falta de máquinas; temed sólo la falta de ambición, teniendo un corazón rojo entre las dos manos, todo se puede producir con autonomía». (ibíd., p. 326-7)

El voluntarismo en la economía, que es una interpretación idealista subjetiva de las leyes económicas en general, en el socialismo en particular, sin lugar a dudas lleva a la negación del carácter objetivo de las leyes económicas. En este caso se llega a niveles de absurdo monumental. La nueva doctrina económica que surgió a finales de 1950 y comienzos de 1960, que desmanteló el espíritu del Primer Plan Quinquenal, llega a la conclusión de que la colectivización de las grandes masas de campesinos y la elevación de la propiedad colectiva a nivel de la propiedad de todo el pueblo puede ocurrir sin la mecanización masiva de mano de obra y sobre la base de la simple cooperación de los campesinos. Según los autores del manual de Shanghái, la construcción del socialismo en el campo, se desarrolla a través de la autosuficiencia de las granjas colectivas. Como vimos en las secciones acerca de la colectivización y el papel de las relaciones monetario-mercantiles, según los autores, la socialización de la agricultura pasa a través del desarrollo de las fuerzas productivas en un sistema de productores aislados del Estado y vinculados entre sí, a través del principio de equivalente intercambio de valor es decir, la ley del valor. Esto es un disparate, y esta en plena contradicción con lo que había sido defendido por los fundadores del marxismo-leninismo. La parte triste es que los autores del manual de Shanghái tienen esta forma de pensar pequeñoburguesa extrema y representan el resultado de toda esta concepción ¡como un desarrollo del marxismo-leninismo!:

«Por lo tanto, en la sociedad socialista, la mejor manera de desarrollar y aumentar la productividad del trabajo es insistir en continuar la revolución bajo la dictadura del proletariado. Después de que el proletariado tome el poder político, sólo mediante el ejercicio de la influencia de la superestructura socialista a desarrollarse en la revolución socialista penetrando en los frentes de batalla político, económico e ideológico, bajo la orientación de la línea correcta del partido y con la ayuda del poder del gobierno y bajo la dictadura proletaria puede el sabotaje y obstrucción de la influencia burguesa y capitalista, ser barridos y destruidos». (ibíd., p. 327)

El párrafo anterior resume, en opinión de los autores del manual, en lo que la economía política de la sociedad de transición se reduce. No hace falta decir nada más, desde luego hay que aclarar una cosa por si acaso: los marxista-leninistas no tienen un problema con la política y consignas revolucionarias, la educación política de las masas, con la idea de acercar la política a los lugares de trabajo para explicar a las masas de la nueva esencia del trabajo en la sociedad de transición, no hay ningún problema en cuanto a la propagación de las ideas del colectivismo, la moral socialista con fin de poner freno a la ideología heredada del capitalismo y el feudalismo, para liquidar los restos para promover una sana actitud hacia el trabajo. Todas esas cosas son necesarias para el éxito de la construcción de la base del socialismo y han sido recalcadas por los clásicos del marxismo-leninismo. Pero, ¿debemos aceptar junto con esto el propagar los principios del revisionismo, antisocialistas en la práctica de la construcción económica? ¿Por qué reproducir las características básicas del sistema económico revisionista definido ya antaño por el revisionismo soviético? ¿Por qué la liquidación de los principios económicos que hicieron lucir tan bien al Primer Plan Quinquenal y con tanto éxito? ¿Puede la política provocar un giro tan dramático en la definición de los conceptos básicos de la política económica del período de transición como los revisionistas clásicos dicen una y otra vez a fin de cubrir sus vergüenzas?

Las tareas de la construcción de la base del socialismo y el desarrollo posterior de la edificación comunista no se alcanzarán por la política sola, y desde luego no dentro de cien años si la economía política revisionista se lleva a la práctica económica. Por otra parte, si tuviéramos que ser rigurosos sobre las fuentes concretas e históricas de la restauración de las formas clásicas del capitalismo en la China moderna, no se debe tratar de encontrarlos en el nivel de éxito o fracaso de la política de la Revolución Cultural o la traición de los dirigentes políticos concretos, isino en el hecho concreto e histórico bien establecido que aclara que los principios básicos de la economía política marxista-leninista de la economía de transición fueron liquidados después del Primer Plan Quinquenal! Desafortunadamente, la Revolución Cultural que partía de los mismos conceptos no analizó esta cuestión crucial. Muy por el contrario, insistió en propagar aún más las ideas del revisionismo la economía política, allí si que la «revolución en el mando» lanzó por la borda todo vestigio del «modelo soviético»; tal como se resume en el manual de Shanghái. La Revolución Cultural aborda cuestiones de ideología, luchó supuestamente contra la ideología burguesa y pequeño burguesa expuesta a los enemigos del partido y el pueblo, y en parte llego a ciertos logros si bien abogando por la ideología burguesa de Mao, pero no pudo hacer frente a la base económica objetiva de esa misma ideología burguesa y pequeñoburguesa que ya había inundado el Partido.


Para concluir, en contra de lo que muchos han llegado a defender, la ideología del maoísmo como la conocemos hoy en día no es necesariamente un sistema congelado de ideas, ya que evolucionó junto con las condiciones históricas. Hemos demostrado esto en el contexto de las discusiones sobre la economía política del socialismo. No sería correcto poner una cruz en todo el proceso revolucionario en China. En efecto, lo que se conoce comúnmente como el maoísmo, al menos en lo que respecta a las cuestiones de economía política, llego a ser lo que hoy es a partir de la aparición del XXº Congreso del PCUS, y esto necesita ser entendido desde esta perspectiva para entender su transformación. Y pese a lograr una cierta autonomía en la creación de sus ideas revisionistas respecto a otros revisionismos, igualmente se puede detectar el idealismo en el tratamiento de la relación entre la política y la economía desempeña un papel fundamental en esta evolución y define la idiosincrasia del maoísmo en la economía política. E incluso todo lo que es formalmente diferente en el manual de Shanghái de los revisionistas soviéticos, son ideas que estuvieron en gran medida determinadas por las características metafísicas e idealistas ya tratadas en esta sección. No hace falta añadir que estas características no son más que un reflejo del pensamiento premarxista que no pudo ser superado.


Rafael Martínez 


Anotaciones de NG: 

[19] Así entiende dialécticamente Stalin la unidad entre la base económica y la superestructura:

«La superestructura es engendrada por la base; pero eso no significa, en modo alguno, que la superestructura se circunscriba a reflejar la base, que sea pasiva, neutral, que se muestre indiferente a la suerte de su base, a la suerte de las clases, al carácter del régimen. Por el contrario, al nacer, la superestructura se convierte en una fuerza activa inmensa, coadyuva activamente a que su base tome cuerpo y se afiance y adopta todas las medidas para ayudar al nuevo régimen a rematar y destruir la vieja base y las viejas clases. Y no puede ser de otra manera. La superestructura es creada por la base precisamente para que la sirva, para que la ayude activamente a tomar cuerpo y a afianzarse, para que luche activamente por la destrucción de la base vieja, caduca, y de su antigua superestructura. Basta que la superestructura renuncie a este su papel auxiliar, basta que pase de la posición de defensa activa de su base a la posición de indiferencia hacia ella, a una posición idéntica ante las distintas clases, para que pierda su calidad y deje de ser superestructura». (Stalin, El marxismo y los problemas de la lingüística, 1952)

[20] De nuevo el albanés Enver Hoxha, en un alarde de una fina compresión del marxismo, basado en los estudios de las obras de Marx y Engels, explica así la predominancia de la economía, sin ignorar por ello otros factores importantes, dando con ello indirectamente un serio correctivo al idealismo y metafísica de los revisionistas chinos:

«Engels nos aclara que, en último análisis, el factor más importante, el factor decisivo en la historia es la «producción y la reproducción» de la vida real Esto debe ser bien entendido, nos enseña, es decir, la economía es la base, pero no el único factor determinante, ya que existen asimismo otros elementos, como son las formas políticas de la lucha de clases y sus resultados, las constituciones establecidas por las clases vencedoras, las formas jurídicas, las concepciones religiosas, las diversas teorías políticas, etc. Todo esto influencia con su acción y naturalmente deja huellas. Hay, pues —dice Engels—, acción y reacción de todos estos factores, pero entre ellos resalta, se destaca e influye el factor económico. Este es el factor más importante, el que a fin de cuentas se abre paso entre todos los demás factores. Si se estudia el proceso objetivo del desarrollo de nuestra sociedad se verá con claridad también sobre qué base se ha operado la transformación de la conciencia de nuestras gentes y cómo se han manifestado impetuosamente nuevas ideas, creadas por las nuevas condiciones sociales. Para comprender debidamente este proceso y no permitir conclusiones vulgares, todas las transformaciones que trae consigo el desarrollo de nuestra sociedad deben ser estudiadas de acuerdo con el método dialéctico, desde el momento en que nacen, cuando se desarrollan y progresan, cuando llegan a su caducidad y finalmente se transforman y son reemplazadas por otras nuevas. Pero, como nos enseñan los clásicos del marxismo-leninismo, no puede ser negado el papel de las ideas en el desarrollo social. Engels critica el «materialismo económico»-, que pretende que sólo el desarrollo de las fuerzas económicas tiene importancia. «Esto es materialismo vulgar», dice Engels. Sin embargo, es necesario tener siempre presente que las ideas no desempeñan el papel decisivo y esto Marx lo explica de manera brillante. Las propias ideas son el producto y el reflejo del desarrollo material de la sociedad. Al transformar las condiciones materiales de la sociedad, el hombre crea una nueva conciencia, y en el proceso del desarrollo social produce asimismo nuevos principios e ideas de acuerdo con las situaciones materiales creadas. Son pues los cambios en el desarrollo material de la sociedad los que están en la base, a partir de los que nacen nuevas ideas y se crea una nueva conciencia. Así como el materialismo en general explica la conciencia por el ser y no al hombre por las ideas, también la conciencia social debe ser explicada por el ser social. Nuestro Partido, al combatir el peligro del subjetivismo idealista que ignora el papel decisivo del factor económico, valora al mismo tiempo de manera marxista-leninista el grande y activo papel de las ideas y de la superestructura en general, y desecha toda manifestación de fatalismo y de sumisión a la espontaneidad. El gran proceso de revolucionarización de toda la vida de nuestro país para hacer avanzar de forma constante la revolución socialista y para cerrar el paso al peligro del revisionismo y de retroceso al capitalismo, está relacionado en primer lugar y ante todo con la revolucionarización de la superestructura socialista, del Partido y del Estado de dictadura del proletariado, de la enseñanza y de la cultura, y principalmente de la conciencia de los trabajadores. Esto es aplicación práctica, concretización y desarrollo de las enseñanzas del marxismo-leninismo sobre el grande y activo papel del factor subjetivo en la historia». (Enver Hoxha, Estudiemos la teoría marxista-leninista en estrecho enlace con la práctica revolucionaria, 1970)


2 comentarios:

  1. Salud camarada, desde el blog Euskal Herria Sozialista le enviamos un caluroso saludo.

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  2. Un saludo camaradas, también les felicitamos por la excelente labor que han venido desarrollando en vuestro espacio...

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«¡Pedimos que se evite el insulto y el subjetivismo!»