«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Política tradeunionista y política socialdemócrata

A modo de preámbulo para este capítulo podemos decir que el tradeunionismo es la actividad político-sindical que aspira a 'objetivos' meramente económicos nunca políticos. Las organizaciones tradeunionistas entiende su desempeño desde la inserción en el capitalismo, y de hecho son parte del engranaje que permite que el mismo pueda prologarse artificialmente. El tradeunionismo es reformista y nunca aspira a la revolución. Reiteramos que en Rusia se llamó socialdemócrata a un partido de tendencia marxista que luego se fragmentó en varias organizaciones con diferentes tendencias, todas revisionistas salvo los bolcheviques.

El documento:



Comenzaremos una vez más con un elogio a Rabócheie Dielo. «Literatura de denuncias y lucha proletaria» es el título con que Martínov encabeza, en el núm.10 de Rabócheie Dielo, un artículo sobre las discrepancias con Iskra. «No podemos circunscribirnos a denunciar el estado de cosas que entorpece su desarrollo (el del Partido obrero). Debemos también hacernos eco de los intereses inmediatos y cotidianos del proletariado» (pág.63). Así formulaba Martínov el fondo de esas divergencias. «... Iskra... es de hecho el órgano de la oposición revolucionaria, que denuncia el estado de cosas reinante en nuestro país y, con preferencia, el estado de cosas político... En cambio, nosotros trabajamos y seguiremos trabajando por la causa obrera, en estrecho contacto orgánico con la lucha proletaria» (id.). Fuerza es agradecer a Martínov esta formulación. Adquiere un destacado interés general, porque, en el fondo, no sólo abarca nuestras discrepancias con Rabócheie Dielo, sino también, en general, todas las discrepancias entre nosotros y los «economistas» en lo que a la lucha política se refiere. Hemos demostrado ya que los «economistas» no niegan en absoluto la «política», sino que tan sólo se desvían constantemente de la concepción socialdemócrata hacia la concepción tradeunionista de la política. Exactamente igual se desvía Martínov, y por eso consentimos en tomarlo precisamente a él como espécimen de las aberraciones económicas en esta cuestión. Trataremos de demostrar que nadie podrá echarnos en cara esta elección: ni los autores del «Suplemento especial de Rabóchaia Misl», ni los autores de la proclama del «Grupo de auto-emancipación», ni los autores de la carta economista publicada en el número 12 de Iskra.


a. La agitación política y su restricción por los economistas


De todos es sabido que la lucha económica [69] de los obreros rusos se extendió en vasta escala y se afianzó paralelamente a la aparición de la «literatura» de las denuncias económicas (concernientes a las fábricas y a los oficios). El contenido principal de las «octavillas» consistía en denunciar el orden de cosas existente en las fábricas, y entre los obreros pronto se produjo un verdadero apasionamiento por estas denuncias. En cuanto los obreros vieron que los círculos de los socialdemócratas querían y podían proporcionarles hojas de nuevo tipo que les decían toda la verdad sobre su vida miserable, sobre su trabajo increíblemente penoso y sobre su situación de parias, comenzaron a llover, por decirlo así, cartas de las fábricas y de los talleres. Esta «literatura de denuncias» produjo una enorme sensación, no sólo en las fábricas cuyo estado de cosas fustigaba, sino en todas las fábricas adonde llegaban noticias de los hechos denunciados. Y puesto que las necesidades y los padecimientos de los obreros de distintas empresas y de diferentes oficios tienen mucho de común, la «verdad sobre la vida obrera» entusiasmaba a todos. Entre los obreros más atrasados se desarrolló una verdadera pasión «por aparecer en letras de molde», pasión noble por esta forma embrionaria de guerra contra todo el orden social moderno, basado en el pillaje y en la opresión. Y las «octavillas», en la inmensa mayoría de los casos, eran realmente una declaración de guerra, porque la denuncia ejercía una acción terriblemente excitante, movía a todos los obreros a reclamar que se pusiera fin a los escándalos más flagrantes y los disponían a sostener sus reivindicaciones por medio de huelgas. Los mismos fabricantes tuvieron, en fin de cuentas, que reconocer hasta tal punto la importancia de las octavillas como declaración de guerra, que muy a menudo ni siquiera querían aguardar a la guerra. Las denuncias, como ocurre siempre, se hacían fuertes por el mero hecho de su aparición, adquiriendo el valor de una poderosa presión moral. Más de una vez, bastó con que apareciera una octavilla para que las reivindicaciones quedaran satisfechas entera o parcialmente. En una palabra, las denuncias económicas (de las fábricas) han sido y siguen siendo en el presente un motor importante de la lucha económica. Y seguirán conservando esta importancia mientras subsista el capitalismo, que engendra necesariamente la autodefensa de los obreros. En los países europeos más adelantados se puede observar, incluso actualmente, cómo denuncias de escándalos que ocurren en alguna «industria» en un punto remoto o en alguna rama de trabajo a domicilio, olvidada de todos, se convierten en punto de partida para despertar la conciencia de clase, para iniciar la lucha sindical y la difusión del socialismo [70].

La inmensa mayoría de los socialdemócratas rusos ha estado, durante los últimos tiempos, casi enteramente absorbida por ese trabajo de organización de las denuncias en las fábricas. Baste recordar el caso de Rab. Misl para ver hasta qué punto había llegado esa absorción, cómo se había llegado a olvidar que esa actividad por sí sola no era aún, en el fondo, socialdemócrata, sino solamente tradeunionista. En realidad, las denuncias no se referían más que a las relaciones de los obreros de un oficio determinado con sus patronos respectivos, y el único objetivo que lograba era que los vendedores de la fuerza de trabajo aprendieran a vender esa «mercancía» con mayores ventajas y a luchar contra los compradores en el terreno de transacciones puramente comerciales. Estas denuncias podían convertirse (a condición de que la organización de los revolucionarios las utilizase en cierto grado) en punto de partida y elemento integrante de la actividad socialdemócrata, pero asimismo podían conducir (y, con el culto de la espontaneidad, tenían forzosamente que conducir) a la lucha «exclusivamente sindical» y a un movimiento obrero no-socialdemócrata. La socialdemocracia dirige la lucha de la clase obrera no sólo para obtener condiciones ventajosas de venta de la fuerza de trabajo, sino para que sea destruido el régimen social que obliga a los desposeídos a vender su fuerza de trabajo a los ricos. La socialdemocracia representa a la clase obrera no sólo en su relación con un grupo determinado de patronos, sino en sus relaciones con todas las clases de la sociedad contemporánea, con el Estado como fuerza política organizada. Se comprende, por tanto, que los socialdemócratas no sólo no pueden circunscribirse a la lucha económica, sino que ni siquiera pueden admitir que la organización de las denuncias económicas constituya su actividad predominante. Debemos emprender activamente la labor de educación política de la clase obrera, de desarrollo de su conciencia política. Hoy día, después de la primera acometida de Sariá e Iskra contra el economismo, «todo el mundo está de acuerdo» con eso (si bien hay algunos que lo están sólo de palabra, como veremos en seguida).

Cabe preguntar en qué debe consistir la educación política. ¿Es posible limitarse a la propaganda de la idea de que la clase obrera es hostil a la autocracia? Naturalmente que no. No basta explicar la opresión política de que son objeto los obreros (de la misma manera que no bastaba explicarles el antagonismo entre sus intereses y los de los patronos). Es necesario hacer agitación con motivo de cada manifestación concreta de esa opresión (como comenzamos a hacerla con motivo de las manifestaciones concretas de opresión económica). Y puesto que las más diversas clases de la sociedad son víctimas de esta opresión, puesto que se manifiesta en los más diferentes aspectos de la vida y de la actividad sindical, civil, personal, familiar, religiosa, científica, etc., etc., ¿no es evidente que no cumpliríamos nuestra misión de desarrollar la conciencia política de los obreros si no nos comprometiéramos a organizar una vasta campaña de denuncias de la autocracia? Porque, para hacer agitación con motivo de las manifestaciones concretas de la opresión, es preciso denunciar esas manifestaciones (lo mismo que, para hacer la agitación económica, era necesario denunciar los abusos cometidos en las fábricas).

Se diría que la cosa está clara. Pero aquí, precisamente, es donde resulta que sólo de palabra está «todo el mundo» de acuerdo en cuanto a la necesidad de desarrollar la conciencia política en todos sus aspectos. Aquí, precisamente, es donde resulta que Rabócheie Dielo, por ejemplo, no sólo no ha emprendido la labor de organizar denuncias políticas en todos los aspectos (o comenzar su organización), sino que se ha puesto a arrastrar hacia atrás también a Iskra, que había emprendido esa tarea. Oíd: «La lucha política de la clase obrera es sólo [precisamente, no es sólo] la forma más desarrollada, más amplia y efectiva de la lucha económica» (programa de Rabócheie Dielo: véase su núm.1, pág.3). «En el presente, ante los socialdemócratas se plantea la tarea de imprimir a la lucha económica misma, en lo posible, un carácter político» (Martínov, en el núm.10, pág.42). «La lucha económica es el medio más ampliamente aplicable para incorporar a las masas a la lucha política activa» (Resolución del Congreso de la Unión y «enmiendas"; véase: Dos congresos, págs.11 y 17). Como ve el lector, todas estas tesis impregnan Rabócheie Dielo desde su aparición misma y hasta las últimas «instrucciones a la redacción», y todas ellas expresan, evidentemente, un concepto único de la agitación y de la lucha políticas. Analizad, pues, este concepto desde el punto de vista del criterio, que domina entre todos los economistas, de que la agitación política debe seguir a la económica. ¿Será cierto que la lucha económica es, en general [71], «el medio más ampliamente aplicable» para incorporar a las masas a la lucha política? Completamente falso. Medios no menos «ampliamente aplicables» para tal «incorporación» son todas las manifestaciones de la opresión policiaca y de los desmanes de la autocracia, y de ningún modo tan sólo las manifestaciones ligadas a la lucha económica. ¿Por qué los zemskie nachálniki [72] y los castigos corporales de que son objeto los campesinos, las concusiones de los funcionarios y el trato que la policía da a la «plebe» de las ciudades, la lucha contra los hambrientos y la persecución de los deseos de ilustración y de saber que siente el pueblo, la exacción de tributos y la persecución de las sectas, la dura disciplina del palo impuesta a los soldados y el trato cuartelero que reciben los estudiantes y los intelectuales liberales; por qué todas estas manifestaciones de opresión, así como miles de manifestaciones análogas, que no están directamente ligadas a la lucha «económica», han de representar en general medios y motivos menos «ampliamente aplicables» para la agitación política, para incorporar a las masas a la lucha política? Justamente al revés: en la suma total de los casos cotidianos en que el obrero sufre (él mismo y las personas allegadas a él) falta de derechos, arbitrariedad y violencia, es indudable que sólo constituyen una pequeña minoría los casos de opresión policiaca precisamente en el terreno de la lucha sindical. ¿Para qué, pues, restringir de antemano la amplitud de la agitación política, declarando «más ampliamente aplicable» sólo uno de los medios, al lado del cual, para un socialdemócrata, deben hallarse otros que, hablando en general, no son menos «ampliamente aplicables»?

En tiempos muy, muy remotos (¡hace un año!...), Rabócheie Dielo decía: «Las reivindicaciones políticas inmediatas se hacen asequibles a las masas después de una huelga o, a lo sumo, de varias huelgas», «en cuanto el gobierno emplea la policía y la gendarmería» (núm.7, pág.15, agosto de 1900). Ahora, esta teoría oportunista de las fases ha sido ya rechazada por la «Unión», que nos hace una concesión, declarando: «no hay ninguna necesidad de desarrollar desde el comienzo mismo la agitación política exclusivamente sobre el terreno económico» (Dos congresos, pág.11). ¡El futuro historiador de la socialdemocracia rusa, por este solo hecho de que la «Unión» repudie una parte de sus viejos errores, verá, mejor que por los más largos razonamientos, hasta qué punto han envilecido el socialismo nuestros economistas! Pero ¡qué ingenuidad la de la «Unión» al figurarse que, a cambio de esta renuncia a una forma de restricción de la política, podía llevarnos a consentir la otra forma de restricción! ¿No hubiera sido acaso más lógico decir, también aquí, que se debe desarrollar lo más ampliamente posible la lucha económica, que es preciso utilizarla siempre para la agitación política, pero que «no hay ninguna necesidad» de considerar la lucha económica como el medio más ampliamente aplicable para incorporar a las masas a una lucha política activa?

La «Unión» atribuye importancia al hecho de haber reemplazado por las palabras «el medio más ampliamente aplicable» la expresión «el mejor medio», que figura en la resolución correspondiente del IV Congreso de la Unión Obrera Judía (Bund). Por cierto que nos veríamos en un aprieto si tuviésemos que decir cuál de estas dos resoluciones es mejor: a nuestro juicio, las dos son peores. Tanto la «Unión» como el Bund se desvían en este caso (en parte quizás hasta inconscientemente, bajo la influencia de la tradición) hacia una interpretación economista, tradeunionista, de la política. En el fondo, la cosa no cambia en nada con que esta interpretación se haga empleando el terminajo: «mejor» o con que se emplee el terminajo: «más ampliamente aplicable». Si la «Unión» dijera que la «agitación política sobre el terreno económico» es el medio más ampliamente aplicado (y no «aplicable»), tendría razón con respecto a cierto período del desarrollo de nuestro movimiento socialdemócrata. A saber: tendría razón precisamente con respecto a los economistas, con respecto a muchos militantes prácticos (si no a la mayoría de ellos) de 1898 a 1901, puesto que esos militantes prácticos-economistas, en efecto, aplicaron la agitación política (¡en el grado en que, en general, la practicaban!) casi exclusivamente al terreno económico. ¡Semejante agitación política era aceptada y hasta recomendada, como hemos visto, tanto por Rab. Misl como por el «Grupo de Auto-emancipación»! Rab. Dielo debiera haber condenado resueltamente el hecho de que la obra útil de agitación económica fuera acompañada de una restricción nociva de la lucha política; pero, en vez de hacerlo, declara que ¡el medio más aplicado (por los economistas ) es el medio más aplicable! No es de extrañar que estas gentes, cuando las tildamos de economistas, no encuentren más salida que insultarnos a más no poder, llamándonos «mixtificadores», «desorganizadores», «nuncios del papa», «calumniadores» [73]; llorar ante todo el mundo diciendo que les hemos inferido una afrenta sangrante; declarar casi bajo juramento que «ni una sola organización socialdemócrata peca hoy día de economismo» [74]. ¡Ah, esos calumniadores, esos hombres malos, esos políticos! ¿No habrán inventado a propósito todo el economismo para inferir a la gente, por simple odio a la humanidad, afrentas sangrantes?

¿Qué sentido concreto, real, tiene, en labios de Martínov, el hecho de plantear ante la socialdemocracia la tarea de «imprimir a la lucha económica misma un carácter político»? La lucha económica es la lucha colectiva de los obreros contra los patronos por conseguir condiciones ventajosas de venta de la fuerza de trabajo, por mejorar las condiciones de trabajo y de vida de los obreros. Esta lucha es, necesariamente, una lucha profesional, porque las condiciones de trabajo son extremadamente variadas en los distintos oficios y, por tanto, la lucha por la mejora de estas condiciones tiene que hacerse forzosamente por oficios (por los sindicatos en Occidente, por asociaciones profesionales de carácter provisional y por medio de octavillas en Rusia, etc.). Imprimir a la «lucha económica misma un carácter político» significa, por tanto, procurar la consecución de esas mismas reivindicaciones profesionales, de ese mismo mejoramiento de las condiciones de trabajo en los oficios por medio de «medidas legislativas y administrativas» (según se expresa Martínov en la página 43, de su artículo). Es justamente lo que siempre hacen y han hecho todos los sindicatos obreros. Ojead la obra de los esposos Webb [75], verdaderos eruditos (y «verdaderos» oportunistas), y veréis que los sindicatos obreros ingleses, desde hace ya mucho tiempo, han comprendido y realizan la tarea de «imprimir a la lucha económica' misma un carácter político»; desde hace mucho tiempo, luchan por la libertad de huelga, por la supresión de todos los obstáculos jurídicos que se oponen al movimiento cooperativo y sindical, por la promulgación de leyes de protección de la mujer y del niño, por mejorar las condiciones de trabajo por medio de una legislación sanitaria e industrial, etc.

¡Así, pues, la frase pomposa de «imprimir a la lucha económica misma un carácter político», «terriblemente» profunda y revolucionaria, oculta, en el fondo, la tendencia tradicional a rebajar la política socialdemócrata al nivel de la política tradeunionista! So pretexto de rectificar la unilateralidad de Iskra, que prefiere -habéis de saberlo- «revolucionar el dogma a revolucionar la vida» [76] nos ofrecen como algo nuevo la lucha por las reformas económicas. En efecto, la frase «imprimir a la lucha económica misma un carácter político» no tiene absolutamente ningún otro contenido que la lucha por las reformas económicas. Y el mismo Martínov habría podido llegar a esta conclusión simplona, si hubiese meditado debidamente en la significación de sus propias palabras. «Nuestro Partido -dice, dirigiendo su artillería más pesada contra Iskra- podría y debería plantear ante el gobierno reivindicaciones concretas de medidas legislativas y administrativas contra la explotación económica, contra el paro forzoso, contra el hambre, etc.» (Rabócheie Dielo, núm.10, págs.42-43). Reivindicar medidas concretas, ¿no es acaso reclamar reformas sociales? Y preguntamos una vez más a los lectores imparciales si calumniamos a los partidarios de Rabócheie Dielo (¡que se me perdone este poco feliz vocablo en boga!) al calificarlos de bernsteinianos velados, cuando ellos lanzan, como discrepancia con Iskra, la tesis sobre la necesidad de la lucha por reformas económicas.

La socialdemocracia revolucionaria siempre ha incluido y sigue incluyendo en la órbita de sus actividades la lucha por las reformas. Pero utiliza la agitación «económica» no sólo para reclamar del gobierno toda clase de medidas, sino también (y en primer término) para exigir que deje de ser un gobierno autocrático. Además, considera su deber presentar al gobierno esta exigencia no sólo sobre el terreno de la lucha económica, sino también sobre el terreno de todas las manifestaciones en general de la vida social y política. En una palabra, como la parte al todo, subordina la lucha por las reformas a la lucha revolucionaria por la libertad y el socialismo. En cambio, Martínov resucita en una forma distinta la teoría de las fases, tratando de prescribir infaliblemente la vía económica, por decirlo así, del desarrollo de la lucha política. Propugnando en un momento de ascenso revolucionario como una pretendida «tarea» especial la lucha por reformas, arrastra con ello al Partido hacia atrás y hace el juego al oportunismo «economista» y liberal.

Prosigamos. Después de ocultar púdicamente la lucha por las reformas tras la pomposa tesis de «imprimir a la lucha económica misma un carácter político», Martínov presenta como algo particular únicamente las reformas económicas (y hasta sólo las reformas en la vida fabril). No sabemos por qué lo ha hecho. ¿Tal vez por descuido? Pero si no hubiera tenido en cuenta más que las reformas «fabriles», su tesis entera, que acabamos de exponer, perdería todo sentido. ¿Tal vez porque estima posible y probable que el gobierno haga «concesiones» únicamente en el terreno económico? [77] De ser así, resultaría un error extraño: las concesiones son posibles y son hechas también en el terreno de la legislación sobre castigos corporales, pasaportes, pagos de rescate, sectas, censura, etc., etc. Las concesiones «económicas» (o pseudo-concesiones) son, se entiende, las más baratas y las más ventajosas para el gobierno, pues espera ganarse con ellas la confianza de las masas obreras. Pero, precisamente por eso, nosotros, los socialdemócratas, no debemos de ningún modo y absolutamente por ningún motivo dar lugar a la opinión (o a la equivocación) de que apreciamos más las reformas económicas, de que justamente estas reformas las consideramos de particular importancia, etc. «Estas reivindicaciones -dice Martínov con respecto a las reivindicaciones concretas de medidas legislativas y administrativas de que habla más arriba- no serían un simple gesto, puesto que, al prometer ciertos resultados tangibles, podrían ser sostenidas activamente por la masa obrera»... No somos economistas, ¡oh, no! ¡Únicamente nos arrastramos a los pies de la «tangibilidad» de resultados concretos, tan servilmente como lo hacen los señores Bernstein, Prokopóvich, Struve, R. M. y tutti quanti! ¡Únicamente damos a entender (con Narciso Tuporílov) que todo lo que no «promete resultados tangibles» es un «simple gesto»! ¡No hacemos sino expresarnos como si la masa obrera no fuese capaz (y como si no hubiese demostrado su capacidad, pese a todos los que cargan sobre aquélla el filisteísmo propio) de sostener activamente toda protesta contra la autocracia, incluso la que no le promete absolutamente ningún resultado tangible!

Tomemos aunque más no sea esos mismos ejemplos citados por el propio Martínov sobre las «medidas» contra el paro forzoso y el hambre. Mientras Rabócheie Dielo se ocupa, según promete, de elaborar y desarrollar «reivindicaciones concretas (¿en forma de proyectos de ley?) de medidas legislativas y administrativas», que «prometan resultados tangibles», Iskra, «que coloca invariablemente la revolucionarización del dogma por encima de la revolucionarización de la vida», ha tratado de explicar el nexo que une íntimamente el paro forzoso a todo el régimen capitalista, advirtiendo que «viene el hambre», denunciando «la lucha de la policía contra los hambrientos», así como el escandaloso «reglamento provisional de tipo inquisitorial», y Sariá ha publicado en edición especial, como folleto de agitación, la parte de su «Revista de política interior» [78] dedicada al hambre. Pero, Dios mío, ¡qué «unilaterales» han sido esos ortodoxos incorregiblemente estrechos, esos dogmáticos, sordos a los imperativos de la «vida misma»! ¡Ni uno solo de sus artículos ha contenido -¡qué horror!- ni una sola fijaos bien, ni siquiera una sola «reivindicación concreta" que «prometa resultados tangibles»! ¡Desgraciados dogmáticos! ¡Habría que llevarlos a aprender con los Krichevski y los Martínov, para que se convencieran de que la táctica es el proceso del crecimiento, de lo que crece, etc., y que es necesario imprimir a la lucha económica misma un carácter político!

«La lucha económica de los obreros contra los patronos y el gobierno (¡¡'lucha económica contra el gobierno'!!), además de su significación directamente revolucionaria, tiene también la de llevar continuamente a los obreros a pensar en su privación de derechos políticos» (Martínov, pág.44). Hemos insertado esta cita, no para repetir por centésima o milésima vez lo que ya hemos dicho más arriba, sino para agradecer especialmente a Martínov esta nueva y excelente formulación: «La lucha económica de los obreros contra los patronos y el gobierno». ¡Formidable! Con qué inimitable talento, con qué magistral eliminación de todas las discrepancias parciales y diferencias de matices entre los economistas tenemos aquí expresada, en una exposición concisa y clara, toda la esencia del economismo, comenzando por llamar a los obreros a la «lucha política en aras del interés general, para mejorar la situación de todos los obreros» [79], continuando luego con la teoría de las fases y terminando con la resolución del Congreso sobre el medio «más ampliamente aplicable», etc. «La lucha económica contra el gobierno» es precisamente política tradeunionista, que está a una distancia muy grande, pero muy grande de la política socialdemócrata.


b. De cómo Martínov ha profundizado a Plejánov


«¡Qué de Lomonósov socialdemócratas han aparecido estos últimos tiempos en nuestro país!», observó cierto día un camarada, refiriéndose a la asombrosa inclinación por la que mucha gente propensa al economismo quiere llegar indefectiblemente por «su propia inteligencia» a las grandes verdades (por el estilo de aquello de que la lucha económica hace pensar a los obreros en su estado de parias) desconociendo, con un desdén magnífico de genios innatos, todo cuanto ya ha dado el desarrollo anterior del pensamiento revolucionario y del movimiento revolucionario. Un genio de esta índole es precisamente el Lomonósov-Martínov. Ojead su artículo «Problemas del día» y veréis cómo se aproxima, con «su propia inteligencia», a cosas que hace ya mucho tiempo había expuesto Axelrod (acerca del cual nuestro Lomonósov guarda, naturalmente, un silencio absoluto); cómo empieza, por ejemplo, a comprender que no podemos pasar por alto la oposición de tales o cuales capas de la burguesía (Rabócheie Dielo, núm.9, págs.61, 62, 71; comparad con la «Respuesta» de la redacción de Rabócheie Dielo a Axelrod, págs.22, 23, 24), etc. Pero -¡oh!- sólo «se aproxima» y sólo «empieza», nada más; pues, a pesar de todo, hasta tal punto no ha comprendido aún las ideas de Axelrod, que habla de «lucha económica contra los patronos y el gobierno». En el curso de tres años (de 1898 a 1901), Rabócheie Dielo venía acumulando fuerzas para comprender a Axelrod y, no obstante, ¡no lo ha comprendido! ¿Tal vez esto ocurre también porque la socialdemocracia, «lo mismo que la humanidad», siempre se plantea únicamente tareas realizables?

Pero no sólo se distinguen los Lomonósov por ignorar mucho (¡ésta sería una desgracia a medias!), sino también por no percatarse de su ignorancia. Esto ya es una verdadera desgracia, y esta desgracia es la que los mueve sin más a emprender la labor de «profundizar» a Plejánov.

«Desde que Plejánov escribió el opúsculo citado Sobre las tareas de los socialistas en la lucha contra el hambre en Rusia, ha corrido mucha agua bajo los puentes -cuenta Lomonósov-Martínov-. Los socialdemócratas, que en el transcurso de los años han dirigido la lucha económica de la clase obrera... no han tenido aún tiempo de ofrecer una amplia fundamentación teórica de la táctica del Partido. Actualmente esta cuestión ha madurado, y, si quisiéramos ofrecer una fundamentación teórica de esta índole, nos veríamos, sin duda, precisados a profundizar considerablemente los principios tácticos desarrollados en su tiempo por Plejánov... Nos veríamos, ahora, precisados a definir la diferencia entre propaganda y agitación de una manera distinta a la establecida por Plejánov» (Martínov acaba de citar las palabras de Plejánov: «El propagandista inculca muchas ideas a una sola persona o a un pequeño número de personas, mientras que el agitador inculca una sola idea o un pequeño número de ideas, pero, en cambio, las inculca a toda una masa de personas»). «Por propaganda entenderíamos la explicación revolucionaria de todo el régimen actual o de sus manifestaciones parciales, indiferentemente de si ello se hace en forma accesible para algunas personas solamente o para las grandes masas. Por agitación, en el sentido estricto de la palabra (¡sic!), entenderíamos el llamamiento dirigido a las masas para ciertas acciones concretas, el contribuir a la intervención revolucionaria directa del proletariado en la vida social».

Felicitamos a la socialdemocracia rusa así como a la internacional -por esta nueva terminología martinoviana, más rigurosa y más profunda. Hasta ahora creíamos (con Plejánov y con todos los jefes del movimiento obrero internacional) que un propagandista, si trata, por ejemplo, la cuestión del paro forzoso, debe explicar la naturaleza capitalista de las crisis, señalar la causa de la inevitabilidad de las mismas en la sociedad actual, indicar la necesidad de transformar la sociedad capitalista en socialista, etc. En una palabra, debe ofrecer «muchas ideas», tantas, que todas esas ideas, en su conjunto, podrán ser asimiladas en el acto sólo por pocas (relativamente) personas. En cambio, el agitador, al hablar de esta misma cuestión, tomará un ejemplo, el más destacado y más conocido de su auditorio -pongamos por caso, el de una familia de parados muerta de hambre, el aumento de la miseria, etc.- y, aprovechando este hecho conocido de todos y cada uno, dirigirá todos sus esfuerzos a dar a la «masa» una sola idea : la idea de lo absurdo de la contradicción existente entre el incremento de la riqueza y el aumento de la miseria; tratará de despertar en la masa el descontento y la indignación contra esta flagrante injusticia, dejando al propagandista la explicación completa de esta contradicción. Por eso, el propagandista procede, principalmente, por medio de la palabra impresa, mientras que el agitador actúa de viva voz. Al propagandista se le exigen cualidades distintas que al agitador. Así, llamaremos propagandistas a Kautsky y a Lafargue; Bebel y Guesde, agitadores. Y establecer un tercer terreno o tercera función de actividad práctica, involucrando en esta función el «llamamiento dirigido a las masas para ciertas acciones concretas», es el desatino más grande, pues el «llamamiento», como acto aislado, o bien es un complemento natural e inevitable del tratado teórico, del folleto de propaganda y del discurso de agitación, o bien constituye una función netamente ejecutiva. En efecto, tomemos, por ejemplo, la lucha actual de los socialdemócratas alemanes contra los aranceles sobre los cereales. Los teóricos, en sus estudios de investigación sobre la política aduanera, «llaman», digámoslo así, a luchar por la conclusión de tratados comerciales y por la libertad de comercio; lo mismo hace el propagandista, en las revistas, y el agitador, en sus discursos públicos. La «acción concreta» de la masa consiste en ese caso en estampar sus firmas al pie de una petición dirigida al Reichstag, exigiendo que no sean aumentados los aranceles sobre los cereales El llamamiento a esta acción parte indirectamente de los teóricos, de los propagandistas y de los agitadores, y, directamente, de los obreros que recorren las fábricas y las viviendas particulares con las listas de adhesión a la petición. Según la «terminología de Martínov», resultaría que Kautsky y Bebel son ambos propagandistas, y que los portadores de las listas de adhesión son agitadores. ¿No es así?

El ejemplo de los alemanes me ha hecho recordar la palabra alemana «Verballhornung», literalmente «ballhornización». Juan Ballhorn era un editor de Leipzig, del siglo XVI; editó un abecedario, en el que, como era costumbre, estampó un dibujo que representaba un gallo, pero, en lugar del dibujo habitual del gallo con espolones, figuraba uno sin espolones y con un par de huevos al lado. La portada del abecedario decía: «Edición corregida por Juan Ballhorn». Desde entonces, los alemanes dicen «Verballhornung» al referirse a una «corrección» que, de hecho, empeora lo corregido. Y, quiérase o no, uno recuerda a Ballhorn al ver cómo los Martínov «profundizan» a Plejánov...

¿Para qué habrá «inventado» nuestro Lomonósov este embrollo? Para demostrar que Iskra, «lo mismo que lo hizo Plejánov hace ya unos quince años, presta atención a un solo aspecto de la cuestión» (pág.39). «Según Iskra, cuando menos para el presente período, las tareas de propaganda relegan a segundo plano las tareas de agitación» (pág.52). Si traducimos esta última frase del lenguaje de Martínov a un lenguaje corriente (pues la humanidad no ha tenido tiempo aún de adoptar esta terminología recién descubierta), resulta lo siguiente: según Iskra, las tareas de propaganda y de agitación política relegan a segundo plano la tarea de «plantear ante el gobierno reivindicaciones concretas de medidas legislativas y administrativas», que «prometan ciertos resultados tangibles» (o, en otros términos, la reivindicación de reformas sociales, si se nos permite emplear todavía una vez más la vieja terminología de la vieja humanidad, que no ha llegado aún al nivel de Martínov). Proponemos al lector comparar con esta tesis el siguiente fragmento:

«Nos asombra en estos programas (en los programas de los socialdemócratas revolucionarios) tanto el que eternamente pongan en primer plano las ventajas de la actividad de los obreros en el parlamento (que no existe en nuestro país), pasando completamente por alto (debido a su nihilismo revolucionario) la importancia de la participación de los obreros en las asambleas legislativas de los fabricantes, asambleas que sí existen en nuestro país, para discutir asuntos de las fábricas... o bien la importancia de la participación de los obreros aunque sólo sea en la administración municipal urbana...»

El autor de este párrafo expresa algo más directa, clara y francamente la idea a que ha llegado por su propia inteligencia Lomonósov-Martínov. El autor es R. M., en el «Suplemento especial de Rabóchaia Misl» (pág. 15).


c. Las denuncias políticas y la «educación de la actividad revolucionaria»


Al lanzar contra Iskra su «teoría» de la «elevación de la actividad de la masa obrera», Martínov, en realidad, ha puesto al descubierto su tendencia a rebajar esta actividad, pues ha declarado que el medio preferente, de particular importancia, «más ampliamente aplicable» para despertarla y el campo de dicha actividad, era esa misma lucha económica, ante la cual se han arrastrado todos los economistas. Este error es precisamente característico, porque no sólo es propio de Martínov. Pues, en realidad, se puede «elevar la actividad de la masa obrera» únicamente a condición de que no nos circunscribamos a la «agitación política sobre el terreno económico». Y una de las condiciones esenciales para esa extensión indispensable de la agitación política es organizar denuncias políticas que abarquen todos los terrenos. La conciencia política y la actividad revolucionaria de las masas no pueden educarse sino a base de estas denuncias. Por eso, esta actividad constituye una de las funciones más importantes de toda la socialdemocracia internacional, pues incluso la libertad política no elimina en lo más mínimo, sino que lo único que hace es desplazar un poco la esfera a la que van dirigidas esas denuncias. Por ejemplo, el Partido alemán afianza sobre todo sus posiciones y extiende su influencia, precisamente gracias a la persistente energía de sus campañas de denuncias políticas. La conciencia de la clase obrera no puede ser una conciencia verdaderamente política, si los obreros no están acostumbrados a hacerse eco de todos los casos de arbitrariedad y opresión, de violencias y abusos de toda especie, cualesquiera que sean las clases afectadas; a hacerse eco, además, precisamente desde el punto de vista socialdemócrata, y no desde ningún otro. La conciencia de las masas obreras no puede ser una verdadera conciencia de clase, si los obreros no aprenden, a base de hechos y acontecimientos políticos concretos y, además, de actualidad, a observar a cada una de las otras clases sociales, en todas las manifestaciones de la vida intelectual, moral y política de esas clases; si no aprenden a aplicar en la práctica el análisis materialista y la apreciación materialista de todos los aspectos de la actividad y de la vida de todas las clases y grupos de la población. Quien oriente la atención, la capacidad de observación y la conciencia de la clase obrera exclusivamente, o aunque sólo sea con preferencia, hacia ella misma, no es un socialdemócrata, pues el conocimiento de sí misma, por parte de la clase obrera, está inseparablemente ligado a la completa nitidez no sólo de los conceptos teóricos... o mejor dicho: no tanto de los conceptos teóricos, como de las ideas elaboradas sobre la base de la experiencia de la vida política, acerca de las relaciones entre todas las clases de la sociedad actual. Esta es la razón de que sea tan profundamente nociva y tan profundamente reaccionaria, por su significación práctica, la prédica de nuestros economistas de que la lucha económica es el medio más ampliamente aplicable para incorporar a las masas al movimiento político. A fin de llegar a ser un socialdemócrata, el obrero debe formarse una idea clara de la naturaleza económica y de la fisonomía social y política del terrateniente y del cura, del dignatario y del campesino, del estudiante y del vagabundo, conocer sus lados fuertes y sus lados flacos, saber orientarse en las frases y sofismas de toda clase más corrientes, con los que cada clase y cada capa encubre sus apetitos egoístas y su verdadera «naturaleza», saber distinguir qué instituciones y leyes reflejan estos u otros intereses y cómo precisamente los reflejan. Y no es en los libros donde puede encontrarse esta «idea clara»: la pueden proporcionar anímicamente cuadros vivos, así como denuncias, formuladas sobre huellas frescas, de todo cuanto suceda en un momento determinado en torno nuestro, de lo que todos y cada uno hablan a su manera o sobre lo que cuando menos cuchichean, de lo que se manifiesta en determinados acontecimientos, cifras, sentencias judiciales, etc., etc., etc. Estas denuncias políticas que abarcan todos los aspectos de la vida son una condición indispensable y fundamental para educar la actividad revolucionaria de las masas.

¿Por qué el obrero ruso manifiesta todavía poca actividad revolucionaria frente al trato bestial de que la policía hace objeto al pueblo, frente a las persecuciones de las sectas, frente a los castigos corporales impuestos a los campesinos, frente a los abusos de la censura, los malos tratos de que son objeto los soldados, las persecuciones de las iniciativas culturales más inofensivas, etc.? ¿No será porque no le «hace pensar» en ello la «lucha económica», porque eso le «promete» pocos «resultados tangibles», porque no le ofrece nada «positivo»? No; semejante juicio, repetimos, no es sino una tentativa de cargar culpas en cabeza ajena, cargar el filisteísmo propio (como también el bernsteinianismo) sobre la masa obrera. Debemos imputar la culpa a nosotros mismos, a nuestro atraso con respecto al movimiento de las masas, a no haber sabido aún organizar denuncias suficientemente amplias, resonantes, rápidas, contra todas esas ignominias. Si llegamos a hacerlo (y debemos y podemos hacerlo), el obrero más atrasado comprenderá o sentirá que el estudiante y el miembro de una secta, el mujik y el escritor son vejados y atropellados por esa misma fuerza tenebrosa, que tanto le oprime y le sojuzga a él en cada paso de su vida, y al sentirlo, él mismo querrá reaccionar, lo querrá con un deseo incontenible, y sabrá, entonces, organizar hoy una batahola contra los censores, desfilar mañana en manifestación ante la casa del gobernador que haya sofocado un alzamiento de campesinos, dar pasado mañana una lección a los gendarmes con sotana que desempeñan la función de la santa inquisición, etc. Hasta ahora hemos hecho muy poco, casi nada, para lanzar entre las masas obreras denuncias múltiples y de actualidad. Muchos de entre nosotros ni siquiera tienen aún conciencia de esta su obligación y se arrastran espontáneamente tras la «lucha cotidiana y gris», dentro de los marcos estrechos de la vida fabril. En semejantes condiciones, decir: «Iskra tiene la tendencia de rebajar la importancia de la marcha ascendente de la lucha cotidiana y gris, en comparación con la propaganda de ideas brillantes y acabadas» (Martínov, pág.61), significa arrastrar al Partido hacia atrás, significa defender y ponderar nuestra falta de preparación, nuestro atraso.

En cuanto al llamamiento dirigido a las masas para la acción, surgirá por sí mismo, siempre que haya enérgica agitación política y denuncias vivas y resonantes. Coger a alguien en flagrante delito y estigmatizarlo en el acto ante todo el mundo y por todas partes, produce mayor efecto que cualquier «llamamiento» y ejerce muchas veces una influencia tan grande, que más tarde ni siquiera se puede determinar quién fue, propiamente, el que «llamó» a la muchedumbre y quién, propiamente, el que lanzó tal o cual plan de manifestación, etc. No se puede llamar a la masa a una acción -en el sentido concreto de la palabra, y no en el sentido general- más que en el lugar mismo de la acción; ni se puede exhortar a la acción a los demás sin dar el ejemplo uno mismo y en el acto. A nosotros, publicistas socialdemócratas, nos incumbe ahondar, extender e intensificar las denuncias políticas y la agitación política.

A propósito de los «llamamientos». El único órgano que, antes de los acontecimientos de la primavera, llamó a los obreros a intervenir activamente en una cuestión que no prometía absolutamente ningún resultado tangible al obrero, como era la del reclutamiento militar de los estudiantes, fue Iskra. Inmediatamente después de la publicación de la orden del 11 de enero sobre «la incorporación de 183 estudiantes a las filas del ejército», Iskra publicó un artículo sobre este hecho (núm.2 de febrero) [80], y antes de que hubiera comenzado toda manifestación, llamó directamente «al obrero a acudir en ayuda del estudiante», llamó al «pueblo» a contestar abiertamente al insolente desafío del gobierno. Preguntamos a todo el mundo: ¿cómo explicar la notable circunstancia de que, hablando tanto de «llamamientos», destacando los «llamamientos» hasta como una forma particular de actividad, Martínov no haya mencionado para nada este llamamiento? ¿Y no será filisteísmo, después de esto, que Martínov declare que Iskra es unilateral porque no «llama» suficientemente a la lucha por reivindicaciones que «prometen resultados tangibles»?

Nuestros economistas, entre ellos Rabócheie Dielo, tenían éxito por haberse adaptado a la mentalidad de los obreros atrasados. Pero el obrero socialdemócrata, el obrero revolucionario (y el número de estos obreros aumenta de día en día), desechará con indignación todos estos razonamientos sobre la lucha por las reivindicaciones que «prometen resultados tangibles», etc., pues comprenderá que no son sino variantes de la vieja canción del aumento de un kopek por rublo. Este obrero dirá a sus consejeros de R. Misl y de R. Dielo: en vano os afanáis, señores, interviniendo con demasiado celo en asuntos que nosotros mismos resolvemos y esquivando el cumplimiento de vuestras verdaderas obligaciones. Pues no es muy inteligente decir, como lo hacéis vosotros, que la tarea de los socialdemócratas es imprimir a la lucha económica misma un carácter político; esto no es más que el comienzo, y no consiste en ello la tarea principal de los socialdemócratas, pues en Rusia, como en el mundo entero, es la policía misma quien comienza muchas veces a imprimir a la lucha económica un carácter político, y los obreros mismos aprenden a comprender al lado de quién está el gobierno [81]. En efecto, esa «lucha económica de los obreros contra los patronos y el gobierno», que vosotros ostentáis como una América que hubierais descubierto, la hacen en numerosos puntos remotos de Rusia los obreros mismos, que han oído hablar de huelgas, pero que quizás nada sepan de socialismo. Esa «actividad» nuestra, de los obreros, que todos vosotros queréis sostener presentando reivindicaciones concretas que prometan resultados tangibles, ya existe entre nosotros, y, en nuestro trabajo cotidiano, pequeño, sindical, nosotros mismos estamos lanzando esas reivindicaciones concretas, a menudo sin ayuda alguna de los intelectuales. Pero esa actividad no nos basta; no somos niños a los que se puede alimentar sólo con la papilla de la política «económica»; queremos saber todo lo que saben los demás, queremos conocer detalladamente todos los aspectos de la vida política y tomar parte activa en todos y en cada uno de los acontecimientos políticos. Para lograrlo, es necesario que los intelectuales repitan menos lo que ya nosotros mismos sabemos [82], y que nos den más de lo que todavía no sabemos, de lo que jamás podremos saber nosotros mismos por nuestra experiencia fabril y «económica», o sea: conocimientos políticos. Estos conocimientos vosotros, los intelectuales, podéis adquirirlos solos y tenéis el deber de proporcionárnoslos cien y mil veces más de lo que lo habéis hecho hasta ahora; además, debéis ofrecérnoslos no sólo en forma de razonamientos, folletos y artículos (que, a menudo -¡disculpad la franqueza!- suelen ser algo pesados), sino indispensablemente en forma de denuncias vivas de todo cuanto nuestro gobierno y nuestras clases dominantes hacen precisamente en estos momentos en todos los aspectos de la vida. Cumplid con mayor celo esta obligación vuestra y charlad menos sobre «la elevación de la actividad de la masa obrera». ¡Desplegamos mucha más actividad de la que vosotros suponéis, y sabemos sostener, por medio de la lucha abierta en la calle, incluso las reivindicaciones que no prometen ningún «resultado tangible»! Y no sois vosotros quienes «elevaréis» nuestra actividad, pues vosotros carecéis justamente de esa actividad. ¡Deberíais prosternaros menos ante la espontaneidad y pensar más en elevar vuestra propia actividad, señores!


d. ¿Qué hay de común entre el economismo y el terrorismo?


Más arriba, en una nota, hemos confrontado a un economista y a un terrorista nosocialdemócrata, que por casualidad han resultado solidarios. Pero, hablando en general, entre los unos y los otros existe un lazo no casual, sino intrínseco y necesario, sobre el que tendremos aún que hablar más adelante y al que es necesario referirse precisamente al tratar de la educación de la actividad revolucionaria. Los economistas y los terroristas contemporáneos tienen una raíz común, a saber: el culto de la espontaneidad, del que hemos hablado en el capítulo precedente como de un fenómeno general y que ahora examinamos bajo el aspecto de su influencia en el terreno de la actividad política y de la lucha política. A primera vista, nuestra afirmación podría parecer paradójica: tan grande parece la diferencia entre la gente que subraya la «lucha cotidiana y gris» y la gente que preconiza la lucha más abnegada, la lucha del individuo aislado. Pero esto no es una paradoja. Los economistas y los terroristas rinden culto a dos polos opuestos de la corriente espontánea: los economistas, a la espontaneidad del «movimiento netamente obrero», y los terroristas, a la espontaneidad de la indignación más ardiente de los intelectuales, que no saben o no tienen la posibilidad de ligar el trabajo revolucionario al movimiento obrero para formar un todo. A quien haya perdido por completo la fe en esta posibilidad, o nunca la haya tenido, le es realmente difícil encontrar para su sentimiento de indignación y para su energía revolucionaria otra salida que el terror. Así, pues, el culto de la espontaneidad, en las dos direcciones indicadas, no es sino el comienzo de la realización del famoso programa del «Credo»; ¡los obreros despliegan su «lucha económica contra los patronos y el gobierno» (¡que nos perdone el autor del «Credo» que expresemos sus ideas en lenguaje de Martínov! Nos parece que tenemos derecho a hacerlo, pues también el «Credo» habla de cómo los obreros, en la lucha económica, «chocan con el régimen político»), y los intelectuales, por sus propias fuerzas, despliegan su lucha política, naturalmente, con ayuda del terror! Esta es una conclusión completamente lógica e inevitable, sobre la que no se puede por menos de insistir aunque los que comienzan a realizar ese programa no se han percatado de que esa conclusión es inevitable. La actividad política tiene su lógica, que no depende de la conciencia de los que, con las mejores intenciones del mundo, exhortan o bien al terror o bien a imprimir un carácter político a la lucha económica misma. De buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, y en el caso presente las buenas intenciones no bastan a salvar del apasionamiento espontáneo por «la línea del menor esfuerzo», por la línea del programa netamente burgués del «Credo». Porque tampoco es nada casual la circunstancia de que muchos liberales rusos -tanto los liberales declarados como los que se cubren con una careta marxista- simpaticen de todo corazón con el terror y traten de sostener el avance del espíritu terrorista en el momento actual.

Y he aquí que, al surgir el «grupo revolucionario-socialista Svoboda», que se había propuesto justamente la tarea de cooperar por todos los medios con el movimiento obrero, pero incluyendo en el programa el terror y emancipándose, por decirlo así, de la socialdemocracia, este hecho ha confirmado una vez más la notable perspicacia de P. B. Axelrod, que con toda exactitud predijo estos resultados de las vacilaciones socialdemócratas ya a fines de 1897 («A propósito de las tareas y de la táctica actuales») y esbozó sus célebres «dos perspectivas». Todas las discusiones y discrepancias posteriores entre los socialdemócratas rusos están ya, como la planta en la semilla, en esas dos perspectivas [83].

Desde el punto de vista indicado, se concibe también que Rabócheie Dielo, que no ha podido resistir a la espontaneidad del economismo, tampoco haya podido resistir a la espontaneidad del terrorismo. Es de sumo interés señalar aquí la argumentación especial que ha esgrimido Svoboda en defensa del terror. «Niega por completo» el papel intimidador del terror (Renacimiento del revolucionismo, pág.64), pero, en cambio, subraya su «significación como excitante». Esto es característico, primeramente, como una de las fases de la descomposición y decadencia de ese círculo tradicional de ideas (pre-socialdemócratas) que había obligado a seguir asidos al terror. El reconocer que actualmente es imposible «intimidar» al gobierno -y, por consiguiente, desorganizarlo- por medio del terror, significa, en el fondo, condenar completamente el terror como sistema de lucha, como esfera de actividad consagrada por un programa. En segundo lugar, esto es aún más característico como ejemplo de la incomprensión de nuestras tareas urgentes en cuanto a la «educación de la actividad revolucionaria de las masas». Svoboda hace propaganda del terror como medio para «excitar» el movimiento obrero e imprimirle un «fuerte impulso». ¡Es difícil imaginarse una argumentación que se refute a sí misma con mayor evidencia! Cabe preguntar si es que existen en la vida rusa tan pocos abusos, que aún hace falta inventar medios «excitantes» especiales. Y, por otra parte, si hay quien no se excita y no es excitable ni siquiera por la arbitrariedad rusa, ¿no es acaso evidente que seguirá contemplando también el duelo entre el gobierno y un puñado de terroristas sin que nada le importe un comino? Se trata justamente de que las masas obreras se excitan mucho por las infamias de la vida rusa, pero nosotros no sabemos reunir, si es posible expresarse de este modo, y concentrar todas las gotas y arroyuelos de la excitación popular que la vida rusa destila en una cantidad inconmensurablemente mayor de lo que todos nosotros nos figuramos y creemos y que hay que reunir precisamente en un solo torrente gigantesco. Que es una tarea realizable lo demuestra de un modo irrefutable el enorme crecimiento del movimiento obrero, así como el ansia de los obreros, señalada ya más arriba, por la literatura política. Pero los llamamientos al terror, así como los llamamientos a que se imprima a la lucha económica misma un carácter político, representan distintas formas de esquivar el deber más imperioso de los revolucionarios rusos: organizar la agitación política en todos sus aspectos. Svoboda quiere sustituir la agitación por el terror, confesando abiertamente que, «en cuanto empiece una agitación intensa y enérgica entre las masas, el papel excitante de éste desaparecerá» (Renacimiento del revolucionismo, pág.68), Precisamente esto pone de manifiesto que tanto los terroristas como los economistas subestiman la actividad revolucionaria de las masas, a pesar de la prueba evidente que representan los acontecimientos de la primavera [84]. Además, unos se precipitan en busca de «excitantes» artificiales, otros hablan de «reivindicaciones concretas». Ni los unos ni los otros prestan suficiente atención al desarrollo de su propia actividad en lo que atañe a la agitación política y a la organización de las denuncias políticas Y ni ahora ni en ningún otro momento se puede sustituir esto por nada.


e. La clase obrera, como combatiente de vanguardia por la democracia


Ya hemos visto que la agitación política más amplia y, por consiguiente, la organización de denuncias políticas en todos los aspectos constituye una tarea en absoluto necesaria, la tarea más imperiosamente necesaria de la actividad, siempre que esta actividad sea verdaderamente socialdemócrata. Pero hemos llegado a esta conclusión partiendo únicamente de la urgentísima necesidad que la clase obrera tiene de conocimientos políticos y de educación política. Ahora bien, esta manera de plantear la cuestión sería demasiado restringida, desconocería las tareas democráticas generales de toda socialdemocracia en general y de la socialdemocracia rusa actual en particular. Para explicar esta tesis lo más concretamente posible, trataremos de enfocar la cuestión desde el punto de vista más «familiar» a los economistas, o sea desde el punto de vista práctico. «Todo el mundo está de acuerdo» en que es necesario desarrollar la conciencia política de la clase obrera. Pero ¿cómo hacerlo y qué es necesario para hacerlo? La lucha económica «hace pensar» a los obreros únicamente en las cuestiones concernientes a la actitud del gobierno hacia la clase obrera; por eso, por más que nos esforcemos en la tarea de «imprimir a la lucha económica misma un carácter político», no podremos jamás, en el marco de dicha tarea, desarrollar la conciencia política de los obreros (hasta el grado de conciencia política socialdemócrata), pues el marco mismo es demasiado estrecho. La fórmula de Martínov nos es preciosa, no como prueba de la capacidad de confusión de su autor, sino porque expresa con relieve el error fundamental de todos los economistas, a saber: la convicción de que se puede desarrollar la conciencia política de clase de los obreros desde dentro, por decirlo así, de su lucha económica, o sea tomando únicamente (o, cuando menos, principalmente) esta lucha como punto de partida, basándose únicamente (o, cuando menos, principalmente) en esta lucha. Esta opinión es radicalmente falsa; y precisamente porque los economistas, furiosos por nuestra polémica con ellos, no quieren reflexionar con seriedad sobre el origen de nuestras discrepancias, y acabamos literalmente por no comprendernos, por hablar lenguas diferentes.

La conciencia política de clase no se le puede aportar al obrero más que desde el exterior, esto es, desde fuera de la lucha económica, desde fuera de la esfera de las relaciones entre obreros y patronos. La única esfera en que se puede encontrar estos conocimientos es la esfera de las relaciones de todas las clases y capas con el Estado y el gobierno, la esfera de las relaciones de todas las clases entre sí. Por eso, a la pregunta: «¿qué hacer para aportar a los obreros conocimientos políticos?», no se puede dar únicamente la respuesta con la que se contentan, en la mayoría de los casos, los militantes dedicados al trabajo práctico, sin hablar ya de los que se inclinan hacia el economismo, a saber: «Hay que ir a los obreros». Para aportar a los obreros conocimientos políticos, los socialdemócratas deben ir a todas las clases de la población, deben enviar a todas partes destacamentos de su ejército.

Si empleamos adrede esta formulación ruda y nos expresamos adrede de una forma simplificada y tajante, no es de ninguna manera por el placer de decir paradojas, sino para «hacer pensar» bien a los economistas en las tareas que de un modo imperdonable desdeñan, en la diferencia que existe entre la política tradeunionista y la política socialdemócrata, diferencia que no quieren comprender. Por eso, rogamos al lector que conserve su calma y nos siga atentamente hasta el final.

Tomemos como ejemplo el tipo del círculo socialdemócrata más difundido en estos últimos años y examinemos su actividad. «Está en contacto con los obreros» y se conforma con esto, editando hojas que flagelan los abusos que se cometen en las fábricas, la parcialidad del gobierno hacia los capitalistas, así como las violencias de la policía; en las reuniones que se celebran con los obreros, la conversación, ordinariamente, no se sale o casi no se sale del marco de estos mismos temas; las conferencias y las charlas sobre la historia del movimiento revolucionario, sobre la política interior y exterior de nuestro gobierno, sobre la evolución económica de Rusia y de Europa, sobre la situación de las distintas clases en la sociedad contemporánea, etc., son casos sumamente raros y nadie piensa en establecer y desenvolver sistemáticamente relaciones con las otras clases de la sociedad. En el fondo, el ideal del militante, para los miembros de un tal círculo, se parece, en la mayoría de los casos, mucho más a un secretario de tradeunión que a un jefe político socialista. Pues el secretario de cualquier tradeunión, por ejemplo, inglesa ayuda siempre a los obreros a sostener la lucha económica, organiza la denuncia de los abusos cometidos en las fábricas, explica la injusticia de las leyes y reglamentos que restringen la libertad de huelga y la libertad de colocar piquetes cerca de las fábricas (para anunciar que la huelga ha sido declarada), explica la parcialidad de los árbitros pertenecientes a las clases burguesas de la población, etc., etc. En una palabra, todo secretario de tradeunión sostiene y ayuda a sostener «la lucha económica contra los patronos y el gobierno». Y nunca se insistirá bastante en que esto no es aún socialdemocratismo, que el ideal del socialdemócrata no debe ser el secretario de tradeunión, sino el tribuno popular, que sabe reaccionar contra toda manifestación de arbitrariedad y de opresión, dondequiera que se produzca y cualquiera que sea la capa o la clase social a que afecte; que sabe sintetizar todos estos hechos para trazar un cuadro de conjunto de la brutalidad policiaca y de la explotación capitalista; que sabe aprovechar el menor detalle para exponer ante todos sus convicciones socialistas y sus reivindicaciones democráticas, para explicar a todos y a cada uno la importancia histórico-mundial de la lucha emancipadora del proletariado. Comparad, por ejemplo, a hombres como Roberto Knight (conocido secretario y líder de la Unión de obreros caldereros, uno de los más poderosos sindicatos de Inglaterra) y Guillermo Liebknecht, y apliquémosles los contrastes enumerados por Martínov en la exposición de sus discrepancias con Iskra. Veréis que R. Knight -empiezo a repasar el artículo de Martínov- «ha exhortado» mucho más «a las masas a realizar acciones concretas determinadas» (pág.39) y que G. Liebknecht se ha ocupado más de «enfocar desde un punto de vista revolucionario todo el régimen actual o sus manifestaciones aisladas» (págs.38-39); que R. Knight «ha formulado las reivindicaciones inmediatas del proletariado he indicado los medios de satisfacerlas» (pág.41) y que G. Liebknecht, sin dejar de hacer igualmente esto, no ha renunciado a «dirigir al mismo tiempo la enérgica actividad de los diferentes sectores oposicionistas», a «dictarles un programa positivo de acción» [85] (pág.41); que R. Knight ha tratado precisamente de «imprimir, en la medida de lo posible, a la lucha económica misma un carácter político» (pág.42) y que ha sabido perfectamente «formular al gobierno reivindicaciones concretas que prometían ciertos resultados tangibles» (pág.43), en tanto que G. Liebknecht se ha ocupado mucho más, «en forma unilateral», de «denunciar los abusos» (pág.40); que R. Knight ha concedido más importancia a la «marcha progresiva de la lucha cotidiana y gris» (pág.61), y Liebknecht, «a la propaganda de ideas brillantes y acabadas» (pág.61); que Liebknecht ha hecho del periódico dirigido por él, precisamente, «un órgano de oposición revolucionaria que denuncia nuestro régimen, y sobre todo nuestro régimen político, en cuanto que está en pugna con los intereses de las capas más diversas de la población» (pág.63), mientras que Knight «ha trabajado por la causa obrera en estrecho contacto orgánico con la lucha proletaria» (pág.63) -si se entiende por «estrecho contacto orgánico» ese culto de la espontaneidad que hemos analizado más arriba en los ejemplos de Krichevski y de Martínov- y ha «restringido la esfera de su influencia», convencido, naturalmente, como Martínov, de que «con ello se hacía más compleja esta influencia» (pág.63). En una palabra, veréis que Martínov rebaja de facto la socialdemocracia al nivel de tradeunionismo, aunque, claro está, en modo alguno lo hace porque no quiera el bien de la socialdemocracia, sino simplemente porque se ha apresurado un poco a profundizar a Plejánov, en lugar de tomarse la molestia de comprenderlo.

Pero volvamos a nuestra exposición. El socialdemócrata, como hemos dicho, si es partidario, y no sólo de palabra, del desarrollo integral de la conciencia política del proletariado, debe «ir a todas las clases de la población». Surgen estas preguntas: ¿cómo hacerlo? ¿Tenemos fuerzas suficientes para ello? ¿Existe un terreno para este trabajo en todas las demás clases? Un trabajo semejante ¿no implicará abandono o no conducirá a que se abandone el punto de vista de clase? Examinemos estas cuestiones.

Debemos «ir a todas las clases de la población» como teóricos, como propagandistas, como agitadores y como organizadores. Nadie duda de que el trabajo teórico de los socialdemócratas debe orientarse hacia el estudio de todas las particularidades de la situación social y política de las diversas clases. Pero muy, muy poco se hace en este sentido, muy poco si se compara con la labor que se lleva a cabo para el estudio de las particularidades de la vida de las fábricas. En los comités y en los círculos podemos encontrar gentes que se especializan en el estudio de algún ramo de la siderurgia, pero apenas si encontraréis ejemplos de miembros de las organizaciones que (obligados por una u otra razón, como sucede a menudo, a retirarse de la labor práctica) se ocupen especialmente de reunir materiales sobre alguna cuestión de actualidad de nuestra vida social y política que pudiera dar motivo para una labor socialdemócrata entre los otros sectores de la población. Cuando se habla de la poca preparación de la mayor parte de los actuales dirigentes del movimiento obrero, no se puede dejar de mencionar también la preparación en este aspecto, pues está igualmente ligada a la concepción «economista» del «estrecho contacto orgánico con la lucha proletaria». Pero lo principal, evidentemente, es la propaganda y la agitación entre todas las capas de la población. Para el socialdemócrata de Europa occidental, esta labor la facilitan las reuniones y asambleas populares, a las cuales asisten todos los que lo desean; la facilita la existencia del Parlamento, en el que el representante socialdemócrata habla ante los diputados de todas las clases. En nuestro país no tenemos ni Parlamento ni libertad de reunión, pero sabemos, sin embargo, organizar reuniones con los obreros que quieren escuchar a un socialdemócrata. Del mismo modo, debemos saber organizar reuniones con los representantes de todas las clases de la población que deseen escuchar a un demócrata. Pues no es socialdemócrata el que olvida en la práctica que «los comunistas apoyan todo movimiento revolucionario»; que, por tanto, debemos exponer y subrayar nuestros objetivos democráticos generales ante todo el pueblo, sin ocultar ni por un instante nuestras convicciones socialistas. No es socialdemócrata el que olvida en la práctica que su deber consiste en ser el primero en plantear, en acentuar y en resolver toda cuestión democrática general.

«"¡Pero si todo el mundo está de acuerdo con ello!"» -nos interrumpirá el lector impaciente-, y las nuevas instrucciones a la redacción de Rab. Dielo, aprobadas en el último Congreso de la «Unión», dicen claramente: «Deben servir de motivos para la propaganda y la agitación política todos los fenómenos y acontecimientos de la vida social y política que afecten al proletariado, sea directamente, como clase especial, sea como vanguardia de todas las fuerzas revolucionarias en la lucha por la libertad» (Dos congresos, pág.17. Subrayado por mí). Estas son, en efecto, palabras muy justas y muy excelentes, y estaríamos enteramente satisfechos si Rabócheie Dielo las comprendiese, si no diese, al mismo tiempo, otras que las contradicen. No basta titularse «vanguardia», destacamento avanzado: es preciso también obrar de suerte que todos los demás destacamentos vean y estén obligados a reconocer que marchamos a la cabeza. ¿Es que los representantes de los demás «destacamentos» son tan estúpidos que van a creernos «vanguardia» porque lo digamos?, preguntamos al lector. Figurémonos de manera concreta el siguiente cuadro. El «destacamento» de radicales o de constitucionalistas liberales rusos ilustrados ve llegar a un socialdemócrata que les declara: Somos la vanguardia; «ahora nuestra tarea consiste en imprimir, en la medida de lo posible, un carácter político a la lucha económica misma». Todo radical o constitucionalista, por poco inteligente que sea (y entre los radicales y constitucionalistas rusos hay muchos hombres inteligentes), no podrá por menos de acoger con una sonrisa semejantes palabras y decir (para sus adentros, claro está, ya que en la mayoría de los casos es diplomático experimentado): «¡He aquí una 'vanguardia' bien simple! No comprende siquiera que es a nosotros, representantes avanzados de la democracia burguesa, a quienes corresponde la tarea de imprimir a la lucha económica misma de los obreros un carácter político. Somos nosotros quienes queremos, como todos los burgueses del Occidente de Europa, incorporar a los obreros a la política, pero precisamente sólo a la política tradeunionista y no a la política socialdemócrata. La política tradeunionista de la clase obrera es precisamente la política burguesa de la clase obrera. ¡Y la formulación que esta 'vanguardia' hace de su tarea es precisamente la formulación de la política tradeunionista! Así, pues, que se llamen cuanto quieran socialdemócratas. ¡Yo no soy un niño, no voy a enfadarme por una etiqueta! Pero que no se dejen llevar por esos nefastos dogmáticos ortodoxos, ¡que dejen la 'libertad de crítica' a los que arrastran inconscientemente a la socialdemocracia al cauce tradeunionista!»

Y la ligeras sonrisa de nuestro constitucionalista se transformará en risa homérica, cuando sepa que los socialdemócratas que hablan de la vanguardia de la socialdemocracia, en el momento actual, cuando el elemento espontáneo prevalece casi absolutamente en nuestro movimiento, ¡temen más que nada «aminorar el elemento espontáneo», temen «aminorar la importancia de la marcha progresiva de la lucha cotidiana y gris a expensas de la propaganda de ideas brillantes y acabadas», etc., etc.! ¡Una «vanguardia» que teme que lo consciente prevalezca sobre lo espontáneo, que teme propugnar un «plan» audaz que tenga que ser aceptado incluso por aquellos que piensan de otro modo! ¿No será que confunden el término vanguardia con el término retaguardia?

Reflexionad, en efecto, sobre el siguiente razonamiento de Martínov. En la página 40 declara que la táctica de denuncias de Iskra es unilateral; que, «por más que sembremos la desconfianza y el odio hacia el gobierno, no alcanzaremos nuestro objetivo mientras no logremos desarrollar una energía social suficientemente activa para el derrocamiento de aquél». He aquí, dicho sea entre paréntesis, la preocupación, que ya conocemos, de intensificar la actividad de las masas, tendiendo a la vez a restringir la suya propia. Pero no se trata ahora de esto. Como vemos, Martínov habla aquí de energía revolucionaria («para el derrocamiento del gobierno») Mas ¿a qué conclusión llega? Como, en tiempo ordinario, las diversas capas sociales actúan inevitablemente en forma dispersa, «es claro, por tanto, que nosotros, socialdemócratas, no podemos simultáneamente dirigir la actividad enérgica de los diversos sectores de oposición, no podemos dictarles un programa positivo de acción, no podemos indicarles los procedimientos con que hay que luchar día tras día por defender sus intereses... Los sectores liberales se preocuparán ellos mismos de esta lucha activa por sus intereses inmediatos, lucha que les hará enfrentarse con nuestro régimen político» (pág.41) De esta suerte, después de haber comenzado a hablar de energía revolucionaria, de lucha activa por el derrocamiento de la autocracia, ¡Martínov se desvía inmediatamente hacia la energía sindical, hacia la lucha activa por los intereses inmediatos! De suyo se comprende que no podemos dirigir la lucha de los estudiantes, de los liberales, etc., por sus «intereses inmediatos», ¡pero no era de esto de lo que se trataba, respetable economista! De lo que se trataba era de la participación posible y necesaria de las diferentes capas sociales en el derrocamiento de la autocracia, y esta «actividad enérgica de los diversos sectores de oposición» no sólo podemos, sino que debemos dirigirla sin falta si queremos ser la «vanguardia». En cuanto a que nuestros estudiantes, nuestros liberales, etc. «se enfrenten con nuestro régimen político», no sólo se preocuparán ellos mismos de esto, sino que principalmente y ante todo se preocuparán la propia policía y los propios funcionarios del gobierno autocrático. Pero «nosotros», si queremos ser demócratas avanzados, debemos preocuparnos de sugerir a los que no están descontentos más que del régimen universitario o del zemstvo, etc la idea de que es todo el régimen político el que es malo. Nosotros debemos asumir la tarea de organizar la lucha política, bajo la dirección de nuestro Partido, en forma tan múltiple, que todos los sectores de la oposición puedan prestar y presten efectivamente a esta lucha, así como a nuestro Partido, la ayuda de que sean capaces. Nosotros debemos hacer de los militantes prácticos socialdemócratas jefes políticos que sepan dirigir todas las manifestaciones de esta lucha múltiple, que sepan, en el momento necesario, «dictar un programa positivo de acción» a los estudiantes en agitación, a los descontentos de los zemstvos, a los miembros indignados de las sectas, a los maestros lesionados en sus intereses, etc., etc. Por eso, es completamente falsa la afirmación de Martínov de que «no podemos desempeñar con respecto a ellos más que el papel negativo de denunciadores del régimen... Sólo podemos disipar sus esperanzas en las distintas comisiones gubernamentales» (subrayado por mí). Al decir esto, Martínov demuestra así que no comprende absolutamente nada del verdadero papel de una «vanguardia» revolucionaria. Y si el lector tiene esto en cuenta, comprenderá el verdadero sentido de las siguientes palabras de conclusión de Martínov: «Iskra es un órgano de oposición revolucionaria que denuncia nuestro régimen, y sobre todo nuestro régimen político, en cuanto que está en pugna con los intereses de los sectores más diversos de la población. Por lo que a nosotros se refiere, trabajamos y trabajaremos por la causa obrera en estrecho contacto orgánico con la lucha proletaria. Al restringir la esfera de nuestra influencia, hacemos más compleja ésta» (pág.63). El verdadero sentido de tal conclusión es: Iskra quiere elevar la política tradeunionista de la clase obrera (política a la cual, por equivocación, por falta de preparación o por convicción, se limitan tan frecuentemente entre nosotros los militantes dedicados al trabajo práctico) al nivel de la política socialdemócrata; en cambio Rab. Dielo quiere rebajar la política socialdemócrata al nivel de la política tradeunionista. Y, como si esto fuera poco, asegura a todo el mundo que «estas dos posiciones son perfectamente compatibles en la obra común» (pág. 63). O, sancta simplicitas!

Prosigamos. ¿Tenemos fuerzas bastantes para llevar nuestra propaganda y nuestra agitación a todas las clases de la población? Naturalmente, sí. Nuestros economistas, que a menudo se inclinan a negarlo, olvidan los gigantescos progresos realizados por nuestro movimiento de 1894 (más o menos) a 1901. «Seguidistas» auténticos, a menudo tienen ideas propias del período, hace mucho tiempo fenecido, inicial del movimiento. Entonces, nuestras fuerzas eran realmente mínimas, entonces era natural y legítima la decisión de consagrarnos enteramente al trabajo entre los obreros y de condenar severamente toda desviación de esta línea, entonces la tarea estribaba por completo en consolidarnos en el seno de la clase obrera. Ahora, ha sido incorporada al movimiento una masa gigantesca de fuerzas; hacia nosotros vienen los mejores representantes de la nueva generación de las clases instruidas; por todas partes, en provincias, se ven obligadas a la inacción gentes que ya han tomado o desean tomar parte en el movimiento, que tienden hacia la socialdemocracia (mientras que, en 1894, los socialdemócratas rusos se podían contar con los dedos). Uno de los defectos fundamentales de nuestro movimiento, tanto desde el punto de vista político como desde el de organización, consiste en que no sabemos emplear todas estas fuerzas, asignarles el trabajo adecuado (hablaremos con más detalle sobre esta cuestión en el capítulo siguiente). La inmensa mayoría de dichas fuerzas está completamente privada de la posibilidad de «ir a los obreros»; por consiguiente, no puede ni hablarse del peligro de distraer fuerzas de nuestra labor fundamental. Y para suministrar a los obreros conocimientos políticos verdaderos, vivos, que abarquen todos los aspectos, es necesario que tengamos «hombres nuestros», socialdemócratas, en todas partes, en todas las capas sociales, en todas las posiciones que permiten conocer los resortes internos de nuestro mecanismo estatal. Y nos hacen falta estos hombres no solamente para la propaganda y la agitación, sino más aún para la organización.

¿Existe terreno para la actividad en todas las clases de la población? Los que no lo ven prueban una vez más que su conciencia está en retraso con respecto al movimiento ascensional espontáneo de las masas. Entre los unos, el movimiento obrero ha suscitado y suscita el descontento; entre los otros despierta la esperanza en el apoyo de la oposición; a otros les da conciencia de la sinrazón del régimen autocrático, de lo inevitable de su hundimiento. Pero sólo de palabra seríamos «políticos» y socialdemócratas (como muy a menudo ocurre, en efecto), si no tuviéramos conciencia de nuestro deber de utilizar todas las manifestaciones del descontento, reunir y elaborar todos los elementos de protesta, por embrionaria que sea. Dejemos ya a un lado el hecho de que la masa de millones de campesinos laboriosos, de artesanos, de pequeños artesanos, etc., escuchará siempre con avidez la propaganda de un socialdemócrata, a poco hábil que sea. Pero, ¿es que hay una sola clase de la población en que no haya individuos, grupos y círculos descontentos de la falta de derechos y de la arbitrariedad, y, por consiguiente, accesibles a la propaganda del socialdemócrata, como portavoz que es de las aspiraciones democráticas generales más urgentes? A los que quieran formarse una idea concreta de esta agitación política del socialdemócrata en todas las clases y capas de la población, les indicaremos la denuncia de los abusos políticos, en el sentido amplio de la palabra, como el principal (pero, naturalmente, no el único) medio de esta agitación.

«Debemos -escribía yo en el artículo '¿Por dónde empezar?' (Iskra, núm.4, mayo de 1901), del que tendremos que hablar minuciosamente más abajo– despertar en todas las capas del pueblo que tengan un mínimo de conciencia la pasión por las denuncias políticas. No debe asustarnos el hecho de que las voces que denuncian políticamente sean ahora tan débiles, raras y tímidas. La razón de este hecho no es, ni mucho menos, una resignación general con la arbitrariedad policiaca. La razón está en que las personas capaces de denunciar y dispuestas a hacerlo no tienen una tribuna para hablar desde ella, no tienen un auditorio que escuche ávidamente y anime a los oradores, no ven por parte alguna en el pueblo una fuerza que merezca la pena de dirigirle una queja contra el 'todopoderoso' gobierno ruso... Ahora, podemos y debemos crear una tribuna para desnudar ante todo el pueblo al gobierno zarista: esa tribuna tiene que ser un periódico socialdemócrata» [86].

El auditorio ideal para las denuncias políticas es precisamente la clase obrera, que tiene necesidad, ante todo y por encima de todo, de amplios y vivos conocimientos políticos, que es la más capaz de transformar estos conocimientos en lucha activa, aun cuando no prometa ningún «resultado tangible». En cuanto a la tribuna para estas denuncias ante todo el pueblo, no puede ser otra que un periódico destinado a toda Rusia. «Sin un órgano político, sería inconcebible en la Europa contemporánea un movimiento que merezca el nombre de movimiento político»; y, en este sentido, por «Europa contemporánea» hay que entender también, sin duda alguna, a Rusia. La prensa se ha convertido en nuestro país, desde hace ya mucho tiempo, en una fuerza; de lo contrario, el gobierno no invertiría decenas de millares de rublos en sobornarla y en subvencionar a toda clase de Katkov y Mescherski. Y no es una novedad en la Rusia autocrática que la prensa ilegal rompa los candados de la censura y obligue a hablar abiertamente de ella a los órganos legales y conservadores. Así ha ocurrido en los años del 70 (…). ¡Y cuánto más extensos y profundos son ahora los sectores populares dispuestos a leer la prensa ilegal y, para emplear la expresión del obrero autor de la carta publicada en el número 7 de Iskra [87], a aprender en ella «a vivir y a morir»! Las denuncias políticas son precisamente una declaración de guerra al gobierno, como las denuncias de tipo económico son una declaración de guerra al fabricante. Y esta declaración de guerra tiene una significación moral tanto más grande, cuanto más vasta y más vigorosa es la campaña de denuncias, cuanto más numerosa y más decidida es la clase social que declara la guerra para iniciarla. Ya por eso, las denuncias políticas son por sí mismas uno de los medios más potentes para disgregar el régimen adverso, apartar del enemigo a sus aliados fortuitos o temporales, sembrar la hostilidad y la desconfianza entre los que participan continuamente en el poder autocrático.

Sólo el partido que organice campañas de denuncias que realmente interesen a todo el pueblo podrá convertirse en nuestros días en vanguardia de las fuerzas revolucionarias. Las palabras «a todo el pueblo» encierran un gran contenido. La inmensa mayoría de los denunciadores que no pertenecen a la clase obrera (y para ser vanguardia es necesario precisamente atraer a otras clases) son políticos realistas y gentes sensatas y prácticas. Saben perfectamente que si peligroso es «quejarse» incluso de un modesto funcionario, lo es todavía más hacerlo con respecto al «todopoderoso» gobierno ruso. Por eso, no se dirigirán a nosotros con quejas sino cuando vean que éstas pueden surtir efecto, que representamos una fuerza política. Para llegar a ser una fuerza política a los ojos del público, es preciso trabajar mucho y con porfía por elevar nuestro grado de conciencia, nuestra iniciativa y nuestra energía; no basta colocar la etiqueta de «vanguardia» sobre una teoría y una práctica de retaguardia.

Pero -nos preguntarán y nos preguntan ya los partidarios acérrimos del «estrecho contacto orgánico con la lucha proletaria»-, si debemos encargarnos de la organización de denuncias de los abusos cometidos por el gobierno que interesen realmente a todo el pueblo, ¿en qué se manifestará entonces el carácter de clase de nuestro movimiento? ¡Pues precisamente en que seremos nosotros, los socialdemócratas, quienes organicemos esas campañas de denuncias que interesen a todo el pueblo; en que todas las cuestiones planteadas en nuestra agitación serán esclarecidas desde un punto de vista invariablemente socialdemócrata, sin ninguna indulgencia para las deformaciones, intencionadas o no, del marxismo; en que esta agitación política multiforme será realizada por un partido que reúna en un todo indivisible la ofensiva en nombre del pueblo entero contra el gobierno con la educación revolucionaria del proletariado, salvaguardando al mismo tiempo su independencia política, y con la dirección de la lucha económica de la clase obrera y la utilización de sus conflictos espontáneos con sus explotadores, conflictos que ponen en pie y traen sin cesar a nuestro campo a nuevas capas del proletariado!

Pero uno de los rasgos más característicos del economismo es precisamente no comprender esta relación; aun más: no comprender el hecho de que la necesidad más urgente del proletariado (educación política en todos los aspectos, por medio de la agitación política y de las campañas de denuncias políticas) coincide con idéntica necesidad del movimiento democrático general. Esta incomprensión se pone de manifiesto no sólo en las frases de Martínov, sino también en diferentes pasajes de absolutamente la misma significación, en los que los economistas se refieren a un pretendido punto de vista de clase. He aquí, por ejemplo, cómo se expresan los autores de la carta «economista», publicada en el número 12 de Iskra [88]. «Este mismo defecto fundamental de Iskra [la sobreestimación de la ideología es la causa de su inconsecuencia en las cuestiones acerca de la actitud de la socialdemocracia ante las diversas clases y tendencias sociales. Resolviendo por medio de construcciones teóricas... [y no basándose en 'el crecimiento de las tareas del Partido, que crecen junto con éste...'] la tarea de pasar inmediatamente a la lucha contra el absolutismo y apercibiéndose, probablemente, de toda la dificultad de esta tarea para los obreros dado el actual estado de cosas... [y no sólo apercibiéndose, sino sabiendo muy bien que esta tarea les parece menos difícil a los obreros que a los intelectuales 'economistas' que tratan a aquéllos como a niños, pues los obreros están dispuestos a batirse incluso por reivindicaciones que no prometan, para emplear las palabras del inolvidable Martínov, ningún 'resultado tangible']..., pero no teniendo la paciencia de esperar a que se hayan acumulado fuerzas para esta lucha, Iskra comienza a buscar aliados entre los liberales y los intelectuales»...

Sí, sí, se nos ha acabado, en efecto, toda la «paciencia» para «esperar» los días felices que nos prometen desde hace mucho los «conciliadores» de toda clase y en los cuales nuestros economistas cesarán de echar a los obreros la culpa de su propio atraso, de justificar su insuficiente energía por una pretendida insuficiencia de fuerzas de los obreros. ¿En qué, preguntamos a nuestros economistas, debe consistir la «acumulación de fuerzas por los obreros para esta lucha»? ¿No es evidente que consiste en la educación política de los obreros, en poner ante ellos al desnudo todos los aspectos de nuestro infame régimen autocrático? ¿Y no está claro que justamente para este trabajo necesitamos tener «aliados entre los liberales y los intelectuales», prestos a aportarnos sus denuncias sobre la campaña política contra los zemstvos, los maestros, los funcionarios de Estadística, los estudiantes, etc.? ¿Será realmente tan difícil de comprender este asombrosamente «sabio mecanismo»? ¿No os repite ya P. Axelrod desde 1897 que «el problema de que los socialdemócratas rusos conquisten partidarios y aliados directos o indirectos entre las clases no proletarias se resuelve ante todo y principalmente por el carácter de la propaganda hecha en el seno del proletariado mismo»? ¡Pero Martínov y los otros economistas siguen, no obstante, creyendo que los obreros deben primero acumular fuerzas por medio de «la lucha económica contra los patronos y el gobierno» (para la política tradeunionista) y sólo después, según parece, «pasar» de la «educación» tradeunionista de la «actividad» a la actividad socialdemócrata!

«... En sus indagaciones -continúan los economistas-, Iskra se desvía frecuentemente del punto de vista de clase, escamoteando los antagonismos de clase y colocando en el primer plano la comunidad del descontento contra el gobierno, a pesar de que las causas y el grado de este descontento son muy diferentes entre los 'aliados'. Tal es, por ejemplo, la actitud de Iskra hacia los zemstvos»... «Iskra [según dicen los economistas] promete a los nobles, descontentos de las limosnas gubernamentales, la ayuda de la clase obrera, y haciendo esto no dice ni palabra del antagonismo de clase que separa a estos dos sectores de la población». Si el lector se remite a los artículos «La autocracia y los zemstvos» (números 2 y 4 de Iskra ) [89], a los que por lo visto hacen alusión los autores de la carta, verá que están consagrados a la actitud del gobierno ante la «blanda agitación del zemstvo burocrático censatario» y ante la «actividad independiente de las clases poseedoras». El artículo dice que el obrero no puede contemplar con indiferencia la lucha del gobierno contra el zemstvo; invita a los zemtsi a dejar a un lado sus discursos blandos y a pronunciarse con palabras firmes y categóricas cuando la socialdemocracia revolucionaria se alce con toda su fuerza ante el gobierno. ¿Qué hay en esto de inaceptable para los autores de la carta? Nadie lo sabe. ¿Piensan que el obrero «no comprenderá» las palabras «clases poseedoras» y «zemstvo burocrático censatario»? ¿Creen que el hecho de impulsar a los zemtsi a pasar de los discursos blandos a las palabras categóricas es una «sobreestimación de la ideología»? ¿Se imaginan que los obreros pueden «acumular fuerzas» para la lucha contra el absolutismo si no saben siquiera cómo éste trata incluso a los zemstvos? Nadie lo sabe tampoco. Lo único claro es que los autores tienen una idea muy vaga de las tareas políticas de la socialdemocracia. Que esto es así nos lo dice con mayor claridad aún esta frase: «Idéntica es la actitud de Iskra ante el movimiento estudiantil» (es decir, que también «escamotea los antagonismos de clase»). En lugar de exhortar a los obreros a afirmar, por medio de una manifestación pública, que el verdadero origen de la violencia, de la arbitrariedad y de la depravación no se halla en la juventud universitaria, sino en el gobierno ruso (Iskra, núm.2) [90], ¡deberíamos haber publicado, por lo que se ve, razonamientos concebidos en el espíritu de R. Misl! Y semejantes ideas son expresadas por socialdemócratas, en el otoño de 1901, después de los acontecimientos de febrero y de marzo, en vísperas de un nuevo auge del movimiento estudiantil, auge que revela que, incluso en este plano, la «espontaneidad» de la protesta contra la autocracia rebasa a la dirección consciente del movimiento por la socialdemocracia. ¡La aspiración espontánea de los obreros a intervenir en favor de los estudiantes apaleados por la policía y los cosacos rebasa a la actividad consciente de la organización socialdemócrata!

«Sin embargo, en otros artículos -continúan los autores de la carta-, Iskra condena violentamente todo compromiso y defiende, por ejemplo, la posición de intolerancia de los 'guesdistas'.» A quienes suelen afirmar con tanta presunción y ligereza que las discrepancias actuales entre los socialdemócratas no son esenciales y no justifican una escisión, les aconsejamos que mediten cuidadosamente estas palabras. Los que afirman que no hemos hecho casi nada todavía para demostrar la hostilidad de la autocracia hacia las clases más diversas, para hacer conocer a los obreros la oposición de los sectores más diversos de la población contra la autocracia, ¿pueden militar eficazmente en una misma organización con quienes ven en esta actividad un «compromiso», evidentemente un compromiso con la teoría de la «lucha económica contra los patronos y el gobierno»?

Con ocasión del 40 aniversario de la liberación de los campesinos, hemos hablado de la necesidad de llevar la lucha de clases al campo (Iskra, núm.3) [91]; a propósito de la memoria secreta de Witte, hemos descrito (núm.4) la incompatibilidad que existe entre la administración autónoma local y la autocracia; en relación con la nueva ley (núm.8) [92], hemos atacado el feudalismo de los terratenientes y del gobierno que les sirve, y hemos saludado el Congreso ilegal de los zemstvos (núm.8), alentando a los «zemtsi» a pasar de las peticiones humillantes a la luchas; hemos alentado (núm. 3, con motivo del llamamiento del 25 de febrero del Comité Ejecutivo de los estudiantes de Moscú) a los estudiantes que, comenzando a comprender la necesidad de la lucha política, la han emprendido, y, al mismo tiempo, hemos fustigado la «bárbara incomprensión» de los partidarios del movimiento «puramente universitario» que exhortan a los estudiantes a no participar en las manifestaciones callejeras; hemos puesto al descubierto (núm.5) los «sueños absurdos», la «mentira y la hipocresía» de los taimados liberales del periódico Rossía [93] [Rusia ], y, al mismo tiempo, hemos estigmatizado la rabiosa represión gubernamental que «se ejerce contra pacíficos literatos, contra viejos profesores y sabios, contra conocidos liberales de los zemstvos» («Redada policiaca contra la literatura», núm,5) ¡ hemos revelado (núm.6) [94] el sentido verdadero del programa «de tutela del Estado para el mejoramiento de la vida de los obreros» y celebrado la «confesión preciosa» de que «más vale prevenir con reformas desde arriba las exigencias de reformas desde abajo, que esperar esta última eventualidad»; hemos alentado (núm.7) a los funcionarios de Estadística en su protesta y condenado a los funcionarios esquiroles (núm.9). ¡El que vea en esta táctica un oscurecimiento de la conciencia de clase del proletariado y un compromiso con el liberalismo revela que no entiende en absoluto el verdadero sentido del programa del «Credo» y, de facto, aplica precisamente este programa, por mucho que lo repudie! Porque, por eso mismo, arrastra a la socialdemocracia a «la lucha económica contra los patronos y el gobierno» y retrocede ante el liberalismo, renunciando a la tarea de intervenir activamente en cada problema de carácter «liberal» y a determinar frente a cada uno de estos problemas su propia actitud, su actitud socialdemócrata.


f. Una vez más «calumniadores», una vez más «mixtificadores»


Estas amables palabras son de Rab. Dielo, que de este modo contesta a nuestra acusación de «haber preparado indirectamente el terreno para hacer del movimiento obrero un instrumento de la democracia burguesa». En su simplicidad, Rab. Dielo ha decidido que esta acusación no es ni más ni menos que un extravagante recurso polémico. Como si dijera: estos agrios dogmáticos han decidido decirnos toda clase de cosas desagradables, porque ¿qué puede resultar más desagradable que ser instrumento de la democracia burguesa? Y se publica en negrilla un «mentís»: «Una calumnia sin paliativos» (Dos congresos, pág.30), «una mixtificación» (pág.31), «una mascarada» (pág.33). Como Júpiter, Rab. Dielo (aunque se parece bastante poco a Júpiter) se enfada precisamente porque no tiene razón, y demuestra, injuriando de antemano, que es incapaz de seguir el hilo de las ideas de sus adversarios. Y, sin embargo, no hay que reflexionar mucho para comprender por qué todo culto de la espontaneidad del movimiento de masas, todo rebajamiento de la política socialdemócrata al nivel de la política tradeunionista equivale precisamente a preparar el terreno para convertir el movimiento obrero en instrumento de la democracia burguesa. El movimiento obrero espontáneo no puede crear por sí solo más que el tradeunionismo (e inevitablemente lo crea), y la política tradeunionista de la clase obrera es precisamente la política burguesa de la clase obrera. La participación de la clase obrera en la lucha política, e incluso en la revolución política, no hace en modo alguno de su política una política socialdemócrata. ¿Se le ocurrirá a Rabócheie Dielo negar esto? ¿Se le ocurrirá, por fin, exponer ante todo el mundo, sin ambages ni rodeos, el concepto que tiene de los problemas candentes de la socialdemocracia internacional y rusa? No, nunca se le ocurrirá nada semejante, porque se mantiene firmemente aferrado al recurso de «hacerse el muerto»: ni yo soy yo, ni el caballo es mío ni soy el cochero. Nosotros no somos economistas, Rabóchaia Misl no es el economismo; en general, en Rusia no hay economismo. Es un recurso muy hábil y «político», que sólo tiene el pequeño inconveniente de que a los órganos que lo ponen en práctica se les suele aplicar el mote de «Usted dirá».

Rab. Dielo cree que, en general, la democracia burguesa es en Rusia una «quimera» (Dos congresos, pág.32) [95]. ¡Qué gentes más felices! Como el avestruz, esconden la cabeza bajo el ala y se imaginan que con eso han hecho desaparecer todo lo que les rodea. Una serie de publicistas liberales que, cada mes, anuncian triunfalmente que el marxismo está en descomposición e incluso que ha desaparecido; una serie de periódicos liberales (Sanpetersbúrgskie Viédomosti [96], Rússkie Viédomosti [Noticias de Rusia] y muchos otros), en cuyas columnas se estimula a los liberales que llevan a los obreros una concepción brentaniana [97] de la lucha de clases y una concepción tradeunionista de la política; la pléyade de críticos del marxismo, cuyas verdaderas tendencias ha puesto tan bien al descubierto el «Credo» y cuya mercancía literaria es la única que circula por Rusia sin impuestos ni alcabalas; la reanimación de las tendencias revolucionarias no socialdemócratas, sobre todo después de los sucesos de febrero y marzo; ¡todo esto, por lo visto, es una quimera! ¡Todo esto no tiene en absoluto nada que ver con la democracia burguesa!

Rab. Dielo, lo mismo que los autores de la carta economista del número 12 de Iskra, debieran haber «pensado en la razón de que los sucesos de la primavera hayan producido una reanimación tan considerable de las tendencias revolucionarias no socialdemócratas, en lugar de fortalecer la autoridad y el prestigio de la socialdemocracia». La razón consiste en que no hemos estado a la altura de nuestra misión, en que la actividad de las masas obreras estaba por encima de la nuestra, en que no hemos tenido dirigentes y organizadores revolucionarios suficientemente preparados, que conocieran perfectamente el estado de ánimo de todas las capas de la oposición y supieran ponerse a la cabeza del movimiento, convertir una manifestación espontánea en una manifestación política, imprimirle un carácter político más amplio, etc. En estas condiciones, seguirán inevitablemente aprovechándose de nuestro atraso los revolucionarios no-socialdemócratas más dinámicos y más enérgicos, y los obreros, por grandes que sean la abnegación y la energía con que luchen con la policía y con las tropas, por muy revolucionaria que sea su actuación, no podrán ser más que una fuerza que apoye a esos revolucionarios, serán retaguardia de la democracia burguesa, y no vanguardia socialdemócrata. Tomemos el caso de la socialdemocracia alemana, de la que nuestros economistas quieren imitar sólo los lados débiles. ¿Por qué no se produce en Alemania ni un solo suceso político sin que contribuya a afianzar más y más la autoridad y el prestigio de la socialdemocracia? Porque la socialdemocracia resulta ser siempre la primera en la apreciación más revolucionaria de cada suceso, en la defensa de toda protesta contra la arbitrariedad. No acaricia la ilusión de que la lucha económica llevará a los obreros a pensar en su privación de todo derecho, en que las condiciones concretas llevan fatalmente al movimiento obrero al camino revolucionario. Interviene en todos los aspectos y en todos los problemas de la vida social y política: interviene cuando Guillermo se niega a ratificar el nombramiento de un alcalde progresista burgués (¡nuestros economistas no han tenido aún tiempo de explicar a los alemanes que esto es, en el fondo, un compromiso con el liberalismo!); interviene cuando se dicta una ley contra las obras e imágenes «inmorales», cuando el gobierno ejerce una presión para que sean elegidos determinados profesores, etc., etc. Siempre está la socialdemocracia en primera línea, excitando el descontento político en todas las clases, sacudiendo a los dormidos, espoleando a los rezagados, proporcionando abundantes materiales para el desarrollo de la conciencia política y de la actividad política del proletariado. Como consecuencia de todo esto, hasta los enemigos conscientes del socialismo se penetran de respeto hacia el luchador político de vanguardia, y no es raro que un documento importante, no sólo de las esferas burguesas, sino incluso de las esferas burocráticas y palaciegas, vaya a parar por una especie de milagro a la sala de redacción de Vorwärts.

Ahí está la clave de la aparente «contradicción» que sobrepasa la capacidad de comprensión de Rabócheie Dielo hasta tal punto, que éste se limita a levantar las manos al cielo clamando: «¡Mascarada!». En efecto, ¡figúrense ustedes: nosotros, Rabócheie Dielo, consideramos como piedra angular el movimiento obrero de masas (¡y lo imprimimos en negrilla!), prevenimos a todos y a cada uno contra el peligro de aminorar la importancia del elemento espontáneo, queremos imprimir a la misma, a la misma, a la misma lucha económica un carácter político, queremos mantener un contacto estrecho y orgánico con la lucha proletaria! Y se nos dice que preparamos el terreno para convertir el movimiento obrero en instrumento de la democracia burguesa. ¿Y quién nos lo dice? ¡Gentes que llegan a un «compromiso» con el liberalismo, inmiscuyéndose en todos los problemas «liberales» (¡qué incomprensión del «contacto orgánico con la lucha proletaria»!), dedicando tanta atención a los estudiantes e incluso (¡qué horror!) a los zemtsi! ¡Gentes que, en general, quieren consagrar una parte mayor dé sus fuerzas (en comparación con los economistas) a la actuación entre las clases no proletarias de la población! ¿No es esto una «mascarada»?

¡Pobre Rabócheie Dielo! ¿Llegará alguna vez a desentrañar el secreto de este complicado mecanismo?


Notas


[69] Con el fin de evitar interpretaciones erróneas, hacemos notar que en la exposición que sigue entendemos por lucha económica (según el uso establecido entre nosotros) la «lucha económica práctica», que Engels llamó, en la cita arriba insertada, «resistencia a los capitalistas» y que en los países libres se llama lucha gremial, sindical o tradeunionista.

[70] En el presente capítulo hablamos únicamente de la lucha política, de su concepto más amplio o más restringido. Por eso, señalaremos sólo de paso, como un simple hecho curioso, la acusación lanzada por Rabócheie Dielo contra Iskra de «abstención excesiva» en cuanto a la lucha económica. (Dos congresos, pág.27; repetida machaconamente por Martínov en su folleto La socialdemocracia y la clase obrera). Si los señores acusadores midieran en puds o en pliegos de imprenta (como gustan de hacerlo) la sección de Iskra dedicada a la lucha económica durante el año y la compararan con la misma sección de R. Dielo y R. Misl juntos, verían en seguida que, incluso en este sentido, están atrasados. Es evidente que la conciencia de esta sencilla verdad les fuerza a recurrir a argumentos que demuestran claramente su confusión. Iskra -escriben-, «quiéralo o no [!], tiene que [!] tomar en consideración las exigencias imperiosas de la vida y publicar, cuando menos [!!], cartas sobre el movimiento obrero» (Dos congresos, pág.27). ¡Este sí que es un argumento que nos deja verdaderamente aniquilados!

[71] Decimos «en general», porque en Rab. Dielo se trata precisamente de los principios generales y de las tareas generales del Partido entero. No cabe duda de que en la práctica suelen darse casos en que la política debe efectivamente seguir a la economía, pero únicamente los economistas pueden decir esto en una resolución destinada a toda Rusia. Pues hay también casos en que «desde el comienzo mismo» se puede llevar a cabo la agitación política «únicamente en el terreno económico», y, no obstante, Rab. Dielo ha llegado, por fin, a la conclusión de que «no hay ninguna necesidad» de ello (Dos congresos, pág.11). En el capítulo siguiente señalaremos que la táctica de los «políticos» y de los revolucionarios, lejos de desconocer las tareas tradeunionistas de la socialdemocracia, es, por el contrario, la única que asegura su realización consecuente.

[72] Zemskie nachálniki - Representantes del Poder público en el campo, destacados de la nobleza terrateniente local y que estaban investidos de poder administrativo y judicial sobre la población campesina. La función de los zemskie nachálniki fue introducida en 1889 y subsistió hasta la caída del zarismo en Rusia. (N. de la Red.)

[73] Así se expresa literalmente el folleto Dos congresos, págs.31, 32, 28 y 30.

[74] Dos congresos, pág.32.

[75] Se alude al libro de Sidney y Beaíriz Webb Industrial democracy (La democracia industrial). (N. de la Red.)

[76] Rabocheie Dielo, núm.10, pág.60. En esta variante aplica Martínov al caótico estado actual de nuestro movimiento la tesis: «cada paso de movimiento real es más importante que una docena de programas», tesis que ya hemos caracterizado más arriba. En el fondo, esto no es sino una traducción al ruso de la célebre frase de Bernstein: «el movimiento lo es todo; el objetivo final, nada».

[77] Pág.43: «Naturalmente, si recomendamos a los obreros que formulen ciertas reivindicaciones económicas al gobierno, lo hacemos porque en el terreno económico el gobierno autócrata está dispuesto, por necesidad, a hacer ciertas concesiones».

[78] Véase V. I. Lenin, Obras Completas, t. V. (N. de la Red.).

[79] Rabóchaia Misl - «Suplemento especial», pág.14.

[80] Véase V. I. Lenin, Obras Completas, t. IV. (N. de la Red.)

[81] La exigencia de «imprimir a la lucha económica misma un carácter político» expresa con el mayor relieve el culto de la espontaneidad en el terreno de la actividad política. La lucha económica adquiere a menudo un carácter político espontáneamente, es decir, sin la intervención de ese «bacilo revolucionario que son los intelectuales», sin la intervención de los socialdemócratas conscientes. Por ejemplo, la lucha económica de los obreros en Inglaterra adquirió también un carácter político sin participación alguna de los socialistas. Pero la tarea de los socialdemócratas no se limita únicamente a la agitación política en el terreno económico: su tarea es transformar esa política tradeunionista en lucha política socialdemócrata, aprovechar los destellos de conciencia política que la lucha económica ha hecho penetrar en el espíritu de los obreros para elevar a éstos hasta el nivel de la conciencia política socialdemócrata. Ahora bien, los Martínov, en vez de elevar e impulsar la conciencia política que se despierta espontáneamente, se prosternan ante la espontaneidad y repiten, repiten hasta dar náuseas, que la lucha económica «hace pensar» a los obreros en su privación de derechos políticos. Es de lamentar, señores, que este despertar espontáneo de la conciencia política tradeunionista no os «haga pensar» a vosotros mismos en la cuestión de vuestras tareas socialdemócratas.

[82] Para confirmar que todo este discurso de los obreros a los economistas no es fruto exclusivo de nuestra invención, nos referimos a dos testigos que, sin duda, conocen el movimiento obrero directamente y que no son, ni mucho menos, propensos a ser parciales para con nosotros, los «dogmáticos», pues uno de los testigos es un economista (¡que considera incluso a Rabócheie Dielo como un órgano político!), y el otro, un terrorista. El primer testigo es el autor de un artículo notable por su veracidad y vivacidad: «El movimiento obrero petersburgués y las tareas prácticas de la socialdemocracia», publicado en el número 6 de Rab. Dielo. Divide a los obreros en: 1) revolucionarios conscientes; 2) capa intermedia y 3) el resto de la masa. Y he aquí que la capa intermedia «frecuentemente se interesa más por los problemas de la vida política que por sus intereses económicos inmediatos, cuya relación con las condiciones sociales generales ha sido comprendida hace ya mucho tiempo»... Rab. Misl es «duramente criticada»: «siempre lo mismo, hace mucho tiempo ya que lo sabemos, hace mucho tiempo que lo hemos leído», «en la crónica política, tampoco hay nada nuevo» (págs.30-31). Pero incluso la tercera capa, «la masa obrera más sensible, más joven, menos corrompida por la taberna y por la iglesia, que casi nunca tiene posibilidad de conseguir un libro de contenido político, habla a diestro y siniestro de los acontecimientos de la vida política y medita las noticias fragmentarias acerca de un motín de estudiantes», etc. Y el terrorista escribe: «... Leerán un par de veces las líneas que relatan minucias de la vida de las fábricas en distintas ciudades extrañas y luego dejarán de leer... Les aburre... No hablar en un periódico obrero sobre el Estado... significa considerar al obrero como a un niño... El obrero no es un niño.» (Svoboda [La Libertad], ed. del grupo revolucionario-socialista, págs.69 y 70.)

[83] Martínov «se imagina otro dilema, más real [?]» (La socialdemocracia y la clase obrera, pág.19). «O la socialdemocracia asume la dirección inmediata de la lucha económica del proletariado y, por lo mismo [!], la transforma en lucha revolucionaria de clases»... «Por lo mismo», es decir, evidentemente, por la dirección inmediata de la lucha económica. Que nos indique Martínov dónde se ha visto que, por el único y solo hecho de dirigir la lucha profesional, se haya logrado transformar el movimiento tradeunionista en movimiento revolucionario de clases. ¿No caerá en la cuenta de que, para realizar esta «transformación», debemos encargarnos activamente de la «dirección inmediata» de la agitación política en todos sus aspectos?... «O bien otra perspectiva: la socialdemocracia abandona la dirección de la lucha económica de los obreros y, con ello... se corta las alas»... Según el juicio de Rabócheie Dielo, arriba citado, es Iskra la que «abandona». Pero hemos visto que Iskra hace para dirigir la lucha económica mucho más que Rab. Dielo; además, no se limita a esto, ni restringe, en nombre de esto, sus tareas políticas.

[84] Se trata de la primavera de 1901, cuando comenzaron grandes manifestaciones en las calles. (Nota de Lenin para la edición de 1907. - N. de la Red.)

[85] Así, durante la guerra franco-prusiana, Liebknecht dictó un programa de acción para toda la democracia; en mucho mayor escala aún lo hicieron Marx y Engels en 1848.

[86] Véase V. I. Lenin, Obras Completas, t. V. (N. de la Red.)

[87] En el núm.7 (agosto de 1901) de Iskra, en la sección titulada «Crónicas del movimiento obrero y cartas recibidas de las fábricas», se publicó la carta de un obrero tejedor, que testimoniaba la enorme influencia de Iskra leninista sobre los obreros de avanzada.

«... He mostrado Iskra a tantos compañeros de trabajo que el periódico quedó completamente ajado... y nos es tan valioso...» -escribía el autor de la carta-. «En él se habla de nuestra causa, de la causa de todo el pueblo ruso, que no puede ser valorada en monedas, ni estimada en tiempo; cuando se lo lee se ve claramente por qué los gendarmes y la policía nos temen a nosotros, los obreros y a los intelectuales que nos conducen. Somos el terror no sólo de los bolsillos del patrono, sino del patrono mismo, del zar, de todos... El pueblo obrero puede ahora estallar fácilmente; ya se divisa la humareda que viene desde abajo; sólo falta la chispa para que se produzca el incendio. ¡Y qué cierto es aquello de que de la chispa surgirá la llama!... Antes, cada huelga era un acontecimiento, pero ahora cualquiera puede ver que la huelga sola nada significa, ahora es necesario luchar por la libertad, conquistarla a riesgo de nuestras vidas. Ahora todos, los viejos y los jóvenes, todos quisieran leer pero, y ésa es nuestra desgracia, ¡no tenemos libros! Yo mismo reuní el domingo pasado a 11 personas y les leí, de principio a fin '¿Por dónde empezar?', de modo que hasta el anochecer no nos separamos. ¿Qué bien se explica todo en este trabajo, con cuánta claridad se analizan todos los problemas... Por eso quisimos escribir una carta a esa Iskra vuestra, para que no sólo nos enseñe como empezar, sino también cómo vivir y cómo morir.»

[88] La falta de espacio no nos ha permitido dar en Iskra una respuesta completa y detallada a esta carta, extraordinariamente característica, de los economistas. Su aparición nos causó verdadero júbilo, pues hacía ya mucho tiempo que oíamos decir por diferentes lados que Iskra carecía de un punto de vista de clase consecuente, y sólo esperábamos una ocasión propicia o la expresión cristalizada de esta acusación en boga, para darle una respuesta. Y tenemos por costumbre no contestar a un ataque con la defensiva, sino con un contraataque.

[89] Y, en el intervalo entre la aparición de estos artículos, se ha publicado (Iskra, núm.3) uno especialmente dedicado a los antagonismos de clase en el campo. Véase V. I. Lenin, Obras Completas, t. IV. (N. de la Red.)

[90] Véase V. I. Lenin, Obras Completas, t. IV (N. de la Red.)

[91] Véase V. I. Lenin, Obras Completas, t. IV. (N. de la Red.)

[92] Véase V. I. Lenin, Obras Completas, t. V. (N. de la Red.)

[93] Rossía (Rusia) - Periódico moderadamente liberal, publicado en Petersburgo de 1899 a 1902.

[94] Loc. cit. (N. de la Red.)

[95] Se invoca aquí mismo las «condiciones concretas rusas que llevan fatalmente el movimiento obrero al camino revolucionario». ¡Esta gente no quiere comprender que el camino revolucionario del movimiento obrero puede no ser el camino socialdemócrata! Toda la burguesía del Occidente de Europa, bajo el absolutismo, «empujaba», empujaba conscientemente a los obreros al camino revolucionario. Pero nosotros, socialdemócratas, no podemos contentarnos con esto. Y si de una u otra forma rebajamos la política socialdemócrata al nivel de la política espontánea, de la política tradeunionista, favorecemos con ello precisamente a la democracia burguesa.

[96] Sanpetersbúrgskie Viédomosti (Noticias de San Petersburgo). Diario publicado en Petersburgo desde 1728, como continuación del primer periódico ruso Viédomosti (Noticias) que se publicó desde 1703. De 1728 a 1874 Sanpetersbúrgskie Viédomosti fue editado por la Academia de Ciencias, y a partir de 1875 por el Ministerio de Educación Pública. Este periódico continuó apareciendo hasta fines de 1917.

[97] L. Brentano - Economista burgués alemán, que predicaba la armonía de clases, la conciliación de intereses de capitalistas y obreros. (N. de la Red.)


Continuará...


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