«¿Y quiénes eligen el Parlamento? ¿Quiénes lo forman? La elección, ya sea por medio de un sistema restrictivo, ya por otro más amplio o por el sufragio universal, la verifican siempre los privilegiados. Como la libertad política, única que hoy cabe tener, no lleva aparejada la libertad económica, el obrero, libre politicamente para votar a quien le parezca, no lo es por la esclavitud que le impone el taller o la fábrica. La prueba de que aun con el sufragio universal las elecciones son hechas por los burgueses nos la suministran los países en que impera este sistema de elección tales como el nuestro, Francia, Suiza, Alemania y los Estados Unidos. Nosotros defendemos el sufragio universal por ser un excelente medio de agitación y propaganda para nuestras ideas; pero le negamos la virtud de poder por sí mismo emancipar a la clase proletaria. (...) Los trabajadores no deben olvidar nunca que su acción revolucionaria tiene por fin supremo arrebatar a la clase capitalista, con los instrumentos de trabajo, su propia existencia. Así como para que un hombre no sea esclavo de otro es de otro punto necesario transformar los medios de producción en propiedad común, en propiedad de todos, al revés precisamente de lo que acontece hoy, que son propiedad de algunos individuos o colectividades, así también para efectuar esa transformación, para obligar a la clase capitalista a que devuelva a la sociedad los instrumentos de trabajo que detenta, es imprescindible que la clase trabajadora, que todos los proletarios perfectamente organizados y dispuestos a liberarse del yugo que por tanto y tanto tiempo han venido sufriendo, se apoderen del poder político; esto es, lo arranquen de las manos de la burguesía y se hagan dueños de él. (...) La clase burguesa, por debilitada que se encuentre cuando el proletariado se halle en situación de abrir las puertas de la vida al nuevo organismo social, no renunciará de buen grado, no se desposeerá voluntariamente de sus preeminencias y monopolios. Sólo ante la fuerza se someterá, y sólo obligada por ella restituirá a los despojados lo que a éstos pertenece por todos conceptos. Es cierto que aspiramos a llevar representantes de nuestras ideas al municipio, a la diputación y al parlamento, pero jamás hemos creído, ni creemos que desde allí pueda destruirse el orden burgués y establecer el orden social que nosotros defendemos. ¿Cómo habíamos de caer en tal error, si precisamente el parlamentarismo es la institución por la cual la burguesía ha asegurado mejor su poderío y obtiene de los gobernantes lo que más conviene a sus intereses? No; no incurriremos en la candidez de creer que nuestras ideas puedan tener mayoría en los Parlamentos, en las Diputaciones ni en los Municipios; por el contrario, entendemos que será relativamente fácil hacer franquear las puertas de esos baluartes burgueses a algunos representantes de nuestras ideas, y al conseguirlo, no esperamos de sus esfuerzos ni de sus trabajos que hagan cambiar el rumbo de la nave burguesa, es decir, paralizar la explotación que ésta ejerce sobre la clase obrera. Si nosotros queremos que vayan a aquellos sitios diputados o concejales socialistas es porque allí, merced a sus proposiciones o sus proyectos de ley, además de poder arrancar alguna mejora para los trabajadores, hará que se manifieste el antagonismo de clase; que los Gobiernos burgueses se revelen tal cual son, guardadores y nada más que guardadores de los intereses capitalistas; que los distintos partidos de la burguesía, monárquicos y republicanos, no obstante sus diferencias políticas, se muestran unidos en contra de las reclamaciones obreras; que se vea, en fin, que mientras se hacen en tres días o una semana leyes provechosas a los intereses de la clase expoliadora, no se elabora ninguna o se elabora de mala gana e incompleta, al cabo de muchos años, alguna favorable a los proletarios. Queremos, sobre todo, enviar representantes socialistas al Parlamento, las Diputaciones y el Municipio para que se valgan de esas tribunas y agiten desde ellas, convirtiéndolas en foco de propaganda de nuestra doctrina, a la inmensa masa desheredada, con lo cual, si no conseguimos que el Parlamento burgués, obrando contra sus intereses, acepte nuestras ideas, lograremos que la clase trabajadora adquiera conciencia de sus intereses. Al mostrarnos, pues, partidarios de que vayan representantes socialistas al Parlamento o a los cuerpos administrativos, no entra en nuestros cálculos sacar de ellos la transformación de los instrumentos de trabajo en propiedad común; lo que intentamos con eso es contribuir desde allí a la formación del Ejército Revolucionario. (...) Y formado que sea ese ejército, preparadas que se hallen las huestes obreras, cualquier conflicto de los que necesariamente ha de producir el orden burgués: una guerra, una crisis económica, puede ponernos, en el caso de intentar la conquista del poder político, conquista que según se desprende de lo dicho al principio de estas líneas, solo podrá alcanzarse revolucionariamente, y nada más que revolucionariamente. Por tanto, el Partido Socialista Obrero no ha entendido ni entiende que el ir al Parlamento sea para conquistar el Poder político ni que esta conquista pueda ser pacífica». (Pablo Iglesías Posse; El programa socialista, 1886)
miércoles, 17 de julio de 2019
lunes, 15 de julio de 2019
Mehring analizando el atraso que supuso para la filosofía alemana Schopenhauer y Nietzsche
«Schopenhauer condenó a Hegel por «charlatán», y ante todo, condenó también a la filosofía de la historia de Hegel. En la historia de la humanidad no veía un proceso de desarrollo ascendente, sino apenas una historia de individuos; el pequeño burgués alemán, del cual era el profeta, es el hombre tal como ha sido desde un comienzo y tal como lo será en todo tiempo futuro. La filosofía de Schopenhauer culminaba en la idea de que en todos los tiempos «ha sido, es, y será lo mismo». Así, escribe: «La historia muestra lo mismo en cada una de sus páginas, sólo que bajo formas distintas: los capítulos de la historia de los pueblos sólo se diferencian, en el fondo, en los nombres y las fechas; el contenido verdaderamente esencial es en todas partes lo mismo. La materia de la historia es lo singular en su singularidad y contingencia, aquello que es siempre y que luego ya no es nunca más, el entrelazamiento de un mundo humano que se mueve como una nube al viento, que a menudo se transforma por completo por la contingencia más insignificante».
En su concepción de la historia el idealismo filosófico de Schopenhauer está así muy próximo al materialismo científico-natural. En realidad, ambos son los polos opuestos de la misma limitación. Y cuando refiriéndose a los materialistas científico-naturales exclamaba, furioso: «A estos señores de las marmitas hay que enseñarles que la mera química capacita para ser farmacéutico, pero no filósofo», habría que haberle mostrado a él que el mero filosofar capacita para la mojigatería, pero no para la investigación histórica. (...)
Desde los días de El Manifiesto Comunista y de la revolución de 1848, la filosofía no ha influido ni lejanamente sobre el desarrollo histórico de la nación alemana, a no ser como quinta rueda en el carro de la reacción. Dejamos de lado nuevamente los funcionarios del estado y los profesores de filosofía a sueldo, que naturalmente deben cumplir con su función, a saber la de ensalzar a las clases dominantes. Pero también aquellos filósofos, a los que no se les puede negar, a su manera, haber pensado por sí mismos, no han hecho más que correr echando pestes detrás del carro rodante de la historia. Piénsese solamente en Schopenhauer, en Eduard von Hartmann, en Nietzsche. Se puede convenir gustosamente en que Schopenhauer fue un hombre agudo, y que Nietzsche fue algo poeta, pero, ¿qué posición adoptaron frente a los grandes problemas que sacudían a su tiempo? Schopenhauer se desataba en improperios contra la revolución de 1848 con toda la estrechez del pequeño burgués decadente, Hartmann ponderaba la ley contra los socialistas, y Nietzsche condenaba el socialismo con las gastadas consignas de la explotación capitalista, congiros apenas ya usados, siquiera por el viajante de comercio en la mesa de los parroquianos.
No es posible concebir una prueba más concluyente del hecho de que todo ha acabado para «la filosofía tal como se dio hasta nuestros días». Su gloria, para hablar con Marx, consistió en haber sido el fruto de su tiempo y de su pueblo, «cuya savia más intangible, costosa y sutil se agita en las ideas filosóficas»; o también puede decirse de ella lo que Lassalle afirmara cierta vez en los parlamentos de la gran revolución francesa, que ésta se colocó siempre a la máxima altura teórica de su tiempo, que en su época no podía rastrearse ningún pensamiento que no hubiera movido su pulso.
Esto es tan válido para el holandés Spinoza como para los ingleses Hobbes y Locke y Hume, para los franceses Holbach y Helvétius, como para los alemanes Kant, Fichte y Hegel. Compárese con ellos la postura de Schopenhauer, Hartmann y Nietzsche frente a todo aquello que agitó al mundo alemán en la segunda mitad del siglo XIX.
Claro está que dentro de las clases burguesas se levantó contra la filosofía una oposición más o menos vigorosa. Sin embargo, tampoco ésta pudo aducir nada mejor que la fuga hacia el pasado. Antes se dijo: ¡Retornemos a Kant!, y después que este grito se hubo extinguido poco más o menos, emerge la «restauración de la filosofía hegeliana», lo que posiblemente resulta más insensato aún. Cuando Friedrich Albert Lange propuso, en primer lugar, la vuelta a Kant, lo que buscaba era salir de la niebla de la filosofía conceptual romántica y retornar a un terreno seguro; ahora, después de haberse probado como ilusorio este terreno, la vuelta a la niebla pretende ser la única salvación». (Franz Mehring; Sobre el materialismo histórico y otros escritos filosóficos, 1893)
Apéndice 3
Prefacio de los editores alemanes a los Escritos Filosóficos de Mehring:
«De la mayor significación para el movimiento obrero alemán fue al firme oposición que Franz Mehring adoptó contra la filosofía irracionalista y reaccionaria de Shopenhauer y Nietzsche, caracterizando a Shopenhauer como filosofo de la burguesía atemorizada por la revolución de 1848, y a Nietzsche en cambio, como nuncio de la ilimitada voracidad del gran capital y de su moral de señores. Mehring puso de relieve con toda razón, el carácter ultrareacionario, antidemocrático, orientado en especial, contra el movimiento obrero socialista, de la filosofía de Nietzsche». (Franz Mehring; Sobre el materialismo histórico y otros escritos filosóficos, 1893)
Anotación de Bitácora (M-L):
Véase los tres magnificos artículos de Mehring contra Nietzsche [aquí].
Anotación de Bitácora (M-L):
Véase los tres magnificos artículos de Mehring contra Nietzsche [aquí].
viernes, 12 de julio de 2019
El PCE (m-l) y su miedo a exponer al público las divergencias con otros partidos; Equipo de Bitácora (M-L), 2019
«Stalin ya dijo en 1925 contra el seguidismo:
«Habla usted de la línea del P.C. de Alemania. Indudablemente –me refiero a su línea política–, es acertada. Ello, propiamente, explica las relaciones íntimas, amistosas –y no sólo de camaradas– entre el P.C.(b) de Rusia, y el P.C. de Alemania, esas relaciones de las que usted mismo habla en su carta. Pero ¿significa esto que debamos ocultar ciertos errores en la labor política del P.C. de Alemania o del P.C.(b) de Rusia? Naturalmente que no. ¿Puede afirmarse que el C.C. del P.C. de Alemania o el C.C. del P.C.(b) de Rusia no cometen algún que otro error? ¿Puede afirmarse que la crítica de una parte de la actividad del C.C. del P.C. de Alemania –utilización insuficiente del asunto Barmat, la conocida votación de la minoría comunista en el parlamento de Prusia en el problema de la elección del presidente del parlamento, el problema de los impuestos relacionados con el plan Dawes, etc.– excluye la plena solidaridad con la línea general del C.C. del P.C. de Alemania? Claro que no. ¿Qué sería de nuestros Partidos si al encontramos nosotros en el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, supongamos, cerrásemos los ojos a los errores de nuestros Partidos, nos entusiasmásemos ensalzando nuestro «acuerdo completo» y nuestra «bonanza» y nos pusiéramos a decir amén en todas las cuestiones? Creo que semejantes partidos nunca llegarían a ser revolucionarios. Serían momias, pero no partidos revolucionarios. Me parece que algunos camaradas alemanes se sienten a veces inclinados a pedimos que demos nuestro asentimiento a todo lo que hace el Comité Central del P.C. de Alemania, estando por su parte siempre dispuestos a asentir a cuanto haga el Comité Central del C.C.(b) de Rusia. Yo me opongo enérgicamente a ese asentimiento mutuo. A juzgar por su carta, usted es de la misma opinión. Tanto mejor para el P.C. de Alemania». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; Carta del Camarada Me-rt, 8 de noviembre de 1925)
Aunque parezca increíble, estas sencillas concepciones de las relaciones entre partidos no fueron adoptadas por casi ningún partido de aquel entonces. La cuestión tampoco mejoró mucho tras el desmoronamiento vital de la mayoría de partidos bajo la usurpación de los jruschovistas.
En el IIIº Congreso del PCE (m-l) de 1979 se decidió autocensurar al público el capítulo del informe: «Algunas cuestiones sobre el movimiento comunista internacional (marxista-leninista)», bajo la excusa de que «por razones obvias, de esta parte del informe, se publicaran solo extractos». ¡¿Qué razones obvias?! Más allá de que el público asistente pudiese escuchar el informe entero o no, dedicando escasas páginas a la versión final escrita, el PCE (m-l) privó a sus compañeros internacionales y a las generaciones venideras de un estudio concienzudo de los problemas internacionales de entonces. Eludiendo datos de cuestiones sensibles como cuestiones militares, domicilios, financiación y afiliación interna o próximas movilizaciones de peso, un partido no puede eludir en una exposición sus propios documentos, mucho menos cuando versan de luchas ideológicas. Como sabemos, las direcciones de todos los partidos oportunistas de la actualidad: PCE, PCOE, PCPE, PCE (r), RC, UP, IC, PTE y toda la sopa de letras revisionista se escudan en que «por cuestiones de seguridad» o por «cuestiones de la represión sufrida», prefieren o no pueden exponer sus documentos, ¡dando a entender que si los expusieran todos podríamos ver la gran calidad de sus escritos y análisis! Lo que no entienden es que un partido comunista como tal, no teme esconder sus posiciones políticas, económicas y culturales, y que uno que hace eso, no puede aspirar más que a ser un reducto marginal. No obstante, se ha de aclarar que entendemos que en determinadas circunstancias haya una limitación de la información en temas concretos de cara a coyunturas práctico-organizativas que por su sensibilidad deben tratarse con precaución para no delatarnos ante el enemigo. Pero como ya hemos expresado, esta limitación de la información debe de ser concreta y coyuntural, y nunca en materia político-ideológica, económica o programática.
Lamentablemente dentro del PCE (m-l) se cosechó la teoría de que las críticas entre partidos eran necesarias para reforzar los lazos ideológicos, pero que ellas debían resolver siempre de forma interna, ya que, toda disputa teórica podría ser aprovechada por el enemigo (sic):
«Vemos casos de clara desviación de los principios, de posiciones claras de oportunismo correcto y chovinismo que conducen, si no se rectifican, al pantano del revisionismo. ¿Pero qué debemos hacer? ¿Pasar en silencio debido a la «independencia» de cada partido y dejar continuar el proceso de degeneración? No, decimos y diremos claramente lo que pensamos, sin temores ridículos sobre las polémicas que nos hacen callar. Porque esta polémica sirve para aclarar ideas y conceptos, para corregir errores si no son tercos. (...) Por esto no podemos callarnos, ya que esto sería, además de cobardía, desprecio por los pueblos y los trabajadores de los países en cuestión y, al mismo tiempo, romper con la tradición leninista de polemizar, de censurar y no dar cuartel a aquellos que, consciente o inconscientemente, han desviado o distorsionado las leyes y los principios del marxismo. (...) Somos de la opinión, que mientras exista una posibilidad de corregir los errores, es por ello necesario y honorable, que la polémica deba desarrollarse a nivel interno y no público». (Raúl Marco; Sobre algunas cuestiones del Movimiento Internacional; Discurso pronunciado en un plenario ampliado del Comité Central, 3 de octubre de 1982)
jueves, 11 de julio de 2019
Como resuelve la burguesía el problema de la vivienda (I); Friedrich Engels, 1872
«En la parte consagrada a la solución proudhoniana del problema de la vivienda hemos mostrado cuán directamente interesada está la pequeña burguesía en esta cuestión. Pero la gran burguesía también está muy interesada en ella, aunque de una manera indirecta. Las ciencias naturales modernas han demostrado que los llamados «barrios insalubres», donde están hacinados los obreros, constituyen los focos de origen de las epidemias que invaden nuestras ciudades de cuando en cuando. El cólera, el tifus, la fiebre tifoidea, la viruela y otras enfermedades devastadoras esparcen sus gérmenes en el aire pestilente y en las aguas contaminadas de estos barrios obreros. Aquí no desaparecen casi nunca y se desarrollan en forma de grandes epidemias cada vez que las circunstancias les son propicias. Estas epidemias se extienden entonces a los otros barrios más aireados y más sanos en que habitan los señores capitalistas. La clase capitalista dominante no puede permitirse impunemente el placer de favorecer las enfermedades epidémicas en el seno de la clase obrera, pues sufriría ella misma las consecuencias, ya que el ángel exterminador es tan implacable con los capitalistas como con los obreros.
Desde el momento en que eso quedó científicamente establecido, los burgueses humanitarios se encendieron en noble emulación por ver quién se preocupaba más por la salud de sus obreros. Para acabar con los focos de epidemias, que no cesan de reanudarse, fundaron sociedades, publicaron libros, proyectaron planes, discutieron y promulgaron leyes. Se investigaron las condiciones de habitación de los obreros y se hicieron intentos para remediar los males más escandalosos. Principalmente en Inglaterra, donde había mayor número de ciudades importantes y donde, por tanto, los grandes burgueses corrían el mayor peligro, se desarrolló una poderosa actividad; fueron designadas comisiones gubernamentales para estudiar las condiciones sanitarias de las clases trabajadoras; sus informes, que, por su exactitud, amplitud e imparcialidad, superaban a todos los del continente, sirvieron de base a nuevas leyes más o menos radicales. Por imperfectas que estas leyes hayan sido, sobrepasaron infinitamente cuanto hasta ahora se hizo en el continente en este sentido. Y a pesar de esto, el régimen social capitalista sigue reproduciendo [345] las plagas que se trata de curar, con tal inevitabilidad que, incluso en Inglalerra, la curación apenas ha podido avanzar un solo paso.
Alemania necesitó, como de costumbre, un tiempo mucho mayor para que los focos de epidemias que existían en estado crónico adquirieran la agudeza necesaria para despertar a la gran burguesía somnolienta. Pero, quien anda despacio, llega lejos, y, por fin, se creó también entre nosotros toda una literatura burguesa sobre la sanidad pública y sobre la cuestión de la vivienda: un extracto insípido de los precursores extranjeros, sobre todo ingleses, al cual se dio la apariencia engañosa de una concepción más elevada con ayuda de frases sonoras y solemnes. A esta literatura pertenece el libro del Dr. Emil Sax: «Las condiciones de vivienda de las clases trabajadoras y su reforma», Viena, 1869 [19].
domingo, 7 de julio de 2019
El PCE (m-l) y su tardía desmaoización; Equipo de Bitácora (M-L), 2020
«Una de las cuestiones donde más controvertidas es la desmaoización del Partido Comunista de España (marxista-leninista).
Es para nosotros un honor poder haber traído un documento histórico de notabilísima importancia como es el cuarto capítulo del «Esbozo de la Historia del Partido Comunista de España (marxista-leninista)» de 1985 titulado: «La lucha del PCE (m-) contra el «pensamiento Mao Zedong», la teoría de los tres mundos y el revisionismo chino». Documento dedicado a la recopilación documental de pruebas de la lucha del PCE (m-l) contra el maoísmo, en cuyos anexos añadimos gran cantidad de material del PCE (m-l) en su lucha contra dicha corriente, antes, durante y después de la polémica abierta.
Es para nosotros un honor poder haber traído un documento histórico de notabilísima importancia como es el cuarto capítulo del «Esbozo de la Historia del Partido Comunista de España (marxista-leninista)» de 1985 titulado: «La lucha del PCE (m-) contra el «pensamiento Mao Zedong», la teoría de los tres mundos y el revisionismo chino». Documento dedicado a la recopilación documental de pruebas de la lucha del PCE (m-l) contra el maoísmo, en cuyos anexos añadimos gran cantidad de material del PCE (m-l) en su lucha contra dicha corriente, antes, durante y después de la polémica abierta.
Como a estas alturas conocerá cualquiera que haya estudiado en alguna medida la obra teórica y sobre todo práctica de Mao Zedong, una de las características del revisionismo chino fue su eclecticismo teórico-práctico.
¿Cómo logró infiltrarse el revisionismo chino en el movimiento marxista-leninista?
1) Gracias a la no publicación de sus obras originales;
2) Debido al escaso conocimiento de las primeras obras de Mao fuera de China hasta los años cincuenta;
3) Debido a la reedición posterior de sus propios textos para hacerse pasar como marxistas;
4) Debido a la enorme cantidad de propaganda empleada por los maoístas por todo el globo.
Todos estos hechos ya fueron analizados en profundidad en nuestro documento: «Las luchas de los marxista-leninistas contra el maoísmo: el caballo de Troya del revisionismo durante los 60 y 70 en el movimiento marxista-leninista» de 2016; en él además se explica de forma extensa las diversas etapas del maoísmo desde 1935 a 1976.
El maoísmo tuvo influencia en los nuevos partidos marxista-leninistas que surgieron en los años sesenta, en un momento en que los revolucionarios decepcionados con el viraje revisionista que reinaba en el seno del movimiento obrero mundial, buscaban en donde apoyarse para desarrollar su lucha antirevisionista, y en esas circunstancias cayeron en la órbita de influencia de la demagogia del revisionismo chino, quién ora si ora no se posicionaba a favor o en contra del revisionismo soviético y yugoslavo, pero que gracias a su potente propaganda y su lenguaje pseudomarxista podía pasar a veces entre los revolucionarios como la corriente «verdaderamente marxista-leninista». Mucha de esta gente que buscaba escapar de los contornos de partidos sumisos a la traición de los jruschovistas, fueron los que fundaron nuevos partidos marxista-leninistas a mediados de los sesenta. No obstante muchos de ellos tampoco escapaban a la influencia del maoísmo y su mito como supuesta tendencia antirevisionista, con lo que las direcciones de estos partidos en mayor o menor medida aplicaban en lo sucesivo conceptos y métodos ajenos al marxismo-leninismo, lo que dificultaba notablemente su consolidación.
sábado, 6 de julio de 2019
¿Históricamente los reformistas no han contraído alianzas y han comprado el guion propagandístico de los grupos terroristas y viceversa?
«Es más, ¿históricamente los reformistas o su ala más a la «izquierda» no han contraído alianzas, tesis y han comprado parte del guión propagandístico de los grupos los terroristas y viceversa? ¿No han hecho esto siempre mutuamente para pescar entre un público ecléctico e inmaduro? ¿No hacían esto para hacer un frente común contra los verdaderos revolucionarios que no plantean ni lo uno ni lo otro? Ejemplos los hay a patadas señores.
No hace mucho, antes de adaptarse al «guión constitucional» y a la poltrona parlamentaria, los actuales líderes trotskistas de tipo reformista de Podemos cuando eran más «contestatarios» y «camaradas» de Hasél y sus ideas filoterroristas, Monedero o Iglesías podían ser vistos a menudo siguiendo los argumentos de la izquierda abertzale: justificando o relativizando la actividad terrorista de ETA, así como el de las demás bandas y figuras históricas del terrorismo. Para ello se utilizaban los sofismas de siempre como que el nivel de represión en Euskadi justificaba la violencia [terrorista] de ETA:
«Juan Carlos Monedero: Cuando uno piensa que en el País Vasco la represión ha tenido un espacio muy alto, uno puede a lo mejor empezar a entender la violencia de ETA». (Fort Apache; ETA: Cuando las pistolas hablaban de política, 2013)
O anunciando que lo que ETA perdía dejando la «guerra armada» no lo podría ganar sus sucesores en la actividad parlamentaria:
«Pablo Iglesias: Hay otra forma de entender la política entenderla como boxeo. Entender que la paz no es más que el resultado de una guerra. Así lo entendieron en ETA la política, e hicieron una guerra que apenas ha terminado. (...) Hoy cabría preguntarse si lo que ha perdido ETA EN su guerra contra el Estado lo podrá recuperar la izquierda abertzale ganando elecciones y poder institucional. Hay quienes pensamos que lo que se pierde en los campos de batalla no se gana en los parlamentos». (Fort Apache; ETA: Cuando las pistolas hablaban de política, 2013)
Estos argumentos siguen siendo utilizados por la izquierda abertzale simpatizante con ETA para justificar sus atentados, inclusive los dirigidos hacia objetivos civiles como Hipercor en 1987 como vimos en declaraciones de Hasél y otros especímenes que no han cejado en reproducir la propaganda filoetarra.
Por aquellos años Hasél y otros ensalzaban sus figuras, pintaban a sus programas y artículos de «medios alternativos» contra el sistema, estos artistas escribían canciones para ellos y lo promocionaban, porque dichos intelectuales eran considerados «aliados tácticos de la causa». En realidad de contracultural los Iglesias, Monedero o Errejón no tenía más que el ser el clásico posmodernismo con barniz radical de universidad que deslumbra a adolescentes como Hasél, una corriente y postura que como sabemos de contracultural tiene poco.
«Juan Carlos Monedero: Cuando uno piensa que en el País Vasco la represión ha tenido un espacio muy alto, uno puede a lo mejor empezar a entender la violencia de ETA». (Fort Apache; ETA: Cuando las pistolas hablaban de política, 2013)
O anunciando que lo que ETA perdía dejando la «guerra armada» no lo podría ganar sus sucesores en la actividad parlamentaria:
«Pablo Iglesias: Hay otra forma de entender la política entenderla como boxeo. Entender que la paz no es más que el resultado de una guerra. Así lo entendieron en ETA la política, e hicieron una guerra que apenas ha terminado. (...) Hoy cabría preguntarse si lo que ha perdido ETA EN su guerra contra el Estado lo podrá recuperar la izquierda abertzale ganando elecciones y poder institucional. Hay quienes pensamos que lo que se pierde en los campos de batalla no se gana en los parlamentos». (Fort Apache; ETA: Cuando las pistolas hablaban de política, 2013)
Estos argumentos siguen siendo utilizados por la izquierda abertzale simpatizante con ETA para justificar sus atentados, inclusive los dirigidos hacia objetivos civiles como Hipercor en 1987 como vimos en declaraciones de Hasél y otros especímenes que no han cejado en reproducir la propaganda filoetarra.
Por aquellos años Hasél y otros ensalzaban sus figuras, pintaban a sus programas y artículos de «medios alternativos» contra el sistema, estos artistas escribían canciones para ellos y lo promocionaban, porque dichos intelectuales eran considerados «aliados tácticos de la causa». En realidad de contracultural los Iglesias, Monedero o Errejón no tenía más que el ser el clásico posmodernismo con barniz radical de universidad que deslumbra a adolescentes como Hasél, una corriente y postura que como sabemos de contracultural tiene poco.
viernes, 5 de julio de 2019
¿Qué deben hacer los comunistas ante una eventual república burguesa según Engels?
«No cabe duda de que el partido socialista es demasiado joven y, en virtud de la situación económica, es demasiado débil para confiar en una victoria inmediata del socialismo. En el país, la población agrícola supera en mucho a la urbana; en las ciudades, la gran industria está poco desarrollada y, en consecuencia, no es numeroso en ellas el proletariado típico; constituyen la mayoría los artesanos, los pequeños tenderos y los elementos desclasados, es decir, la masa fluctuante entre la pequeña burguesía y el proletariado. Es la pequeña burguesía de la Edad Media en decadencia y en desintegración. Son proletarios, pero todavía no los actuales, sino los futuros. Sólo esta clase, llevada a la desesperación ante el constante peligro de ruina económica, podrá proporcionar el grueso de los combatientes y jefes de un movimiento revolucionario. La secundarán los campesinos, que, vista la dispersión territorial y el analfabetismo, no son capaces de iniciativas eficaces, pero que, no obstante, serán auxiliares poderosos e indispensables.
En caso de éxito más o menos pacífico habrá un simple cambio de ministerio, llegarán al poder los republicanos [2] resellados Cavalotti y Cía; en caso de revolución surgirá la república burguesa.
¿Cuál ha de ser, pues, el papel del partido socialista ante esas eventualidades?
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