Ya que hemos empezado a analizar los elementos que pudieron desencadenar la crisis polaca de 1956, venimos ahora con su crisis homóloga: la crisis húngara de 1956 que desembocó con la contrarrevolución armada de 1956. El texto del belga Ludo Martens nos va a ayudar a entender los precedentes internos –como la reorganización de las clases derrotadas tras la toma de poder, o las tendencias nacionalistas-burguesas dentro del partido– y las externas –la captación de agentes en las filas del partido, o la financiación del exterior a las capas reaccionarias–. Pese a que Ludo Martens no sea un marxista-leninista, ya que siempre fue maoísta, este capítulo es rico en documentación y sirve perfectamente para determinar el proceso de la democracia popular húngara.
Pasaremos por tanto a analizar; desde el primer intento de golpe de Estado en 1946 –para ver que la reacción nunca ceja aceptara una vía pacífica al socialismo–, las acciones del famoso arzobispo Mindszenty –para ver la posición de la iglesia en estos procesos–, la posición estadounidense –auxiliando a los partidos de derecha y criticando los procesos contra los criminales de guerra fascistas–, la lucha contra el derechismo y el nacionalismo en el partido –analizando el caso del agente titoista László Rajk o pasando brevemente por la expulsión de János Kádár e Imre Nagy del partido–. Llegando a 1953 vemos como todo se desmonta como un castillo de naipes y el Comité Central del partido elige a un renegado como Imre Nagy, añadiéndose rehabilitaciones de hombres como János Kádár en 1954. Mátyás Rákosi y Ernő Gerő recuperan el poder brevemente en 1955 y consiguen expulsar de nuevo a Imre Nagy, hasta que en 1956 impulsados por la ola del XXº Congreso del PCUS (1956) Nagy volverá a la cabeza del partido. En esos días veremos los comentarios de John Foster Dulles hablando abiertamente de «intensificar la presión sobre los países satélites, lo que podría conducir a su liberación completa» y las arengas de Radio Europa Libre. Para finalizar veremos los acontecimientos en Hungría a partir de octubre, y brevemente los papeles de Nikita Jruschov, Tito, Imre Nagy, János Kádár, y demás –este acontecimiento estará explicado más extensamente en otras publicaciones–. Y como capítulo final un análisis de los procedimientos antileninistas de János Kádár en el Partido Socialista Obrero Húngaro desde 1957 hasta 1989.
Cabe añadir como curiosidad, que a las técnicas «confesadas» de provocación de los agentes de la CIA como Joseph Swiatlo para inculpar a otros honestos militantes, estamos de acuerdo con Ludo Martens, y lo cierto es que dichas «confesiones» responden más bien a resguardar a sus agentes operativos de entonces y a dar otra razón para aminorar la vigilancia en los Estados socialistas. En el caso que comenta el documento, el de Władysław Gomułka, existe suficiente documentación para esclarecer que las acusaciones a Gomułka sobre inclinaciones derechistas y nacionalistas –que no espionaje– son demostrables y se pueden rastrear facilmente. En particular vemos como en el momento álgido de la contrarrevolución, muchos partidos que se habían «comprometido» por construir el socialismo, se quitan la careta y abogan por la propiedad privada, dando una lección histórica sobre la idea revisionista del perpetuar ad infinitum el multipartidismo en el socialismo bajo condiciones «histórico-nacionales».
El documento:
Pasaremos por tanto a analizar; desde el primer intento de golpe de Estado en 1946 –para ver que la reacción nunca ceja aceptara una vía pacífica al socialismo–, las acciones del famoso arzobispo Mindszenty –para ver la posición de la iglesia en estos procesos–, la posición estadounidense –auxiliando a los partidos de derecha y criticando los procesos contra los criminales de guerra fascistas–, la lucha contra el derechismo y el nacionalismo en el partido –analizando el caso del agente titoista László Rajk o pasando brevemente por la expulsión de János Kádár e Imre Nagy del partido–. Llegando a 1953 vemos como todo se desmonta como un castillo de naipes y el Comité Central del partido elige a un renegado como Imre Nagy, añadiéndose rehabilitaciones de hombres como János Kádár en 1954. Mátyás Rákosi y Ernő Gerő recuperan el poder brevemente en 1955 y consiguen expulsar de nuevo a Imre Nagy, hasta que en 1956 impulsados por la ola del XXº Congreso del PCUS (1956) Nagy volverá a la cabeza del partido. En esos días veremos los comentarios de John Foster Dulles hablando abiertamente de «intensificar la presión sobre los países satélites, lo que podría conducir a su liberación completa» y las arengas de Radio Europa Libre. Para finalizar veremos los acontecimientos en Hungría a partir de octubre, y brevemente los papeles de Nikita Jruschov, Tito, Imre Nagy, János Kádár, y demás –este acontecimiento estará explicado más extensamente en otras publicaciones–. Y como capítulo final un análisis de los procedimientos antileninistas de János Kádár en el Partido Socialista Obrero Húngaro desde 1957 hasta 1989.
Cabe añadir como curiosidad, que a las técnicas «confesadas» de provocación de los agentes de la CIA como Joseph Swiatlo para inculpar a otros honestos militantes, estamos de acuerdo con Ludo Martens, y lo cierto es que dichas «confesiones» responden más bien a resguardar a sus agentes operativos de entonces y a dar otra razón para aminorar la vigilancia en los Estados socialistas. En el caso que comenta el documento, el de Władysław Gomułka, existe suficiente documentación para esclarecer que las acusaciones a Gomułka sobre inclinaciones derechistas y nacionalistas –que no espionaje– son demostrables y se pueden rastrear facilmente. En particular vemos como en el momento álgido de la contrarrevolución, muchos partidos que se habían «comprometido» por construir el socialismo, se quitan la careta y abogan por la propiedad privada, dando una lección histórica sobre la idea revisionista del perpetuar ad infinitum el multipartidismo en el socialismo bajo condiciones «histórico-nacionales».
El documento:
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| Marcha comunista sobre la emblemática Avenida Andrássy en la inaguración del Bloque de izquierdas, durante el 7 de marzo de 1946 |
En 1990, ya no se discutía que la restauración del capitalismo en Hungría era un hecho. Varios eminentes pensadores tuvieron la ocasión de exponer sus profundas justificaciones de este proceso «liberador». Según algunos de ellos, esta resurrección del capitalismo sería la prueba final de la bancarrota de 45 años de «stalinismo», Oros estimaron que el capitalismo probó su notable dinamismo, y que el socialismo se derrumbó por su fracaso económico. Una tercera justificación sostuvo que, puesto que no solo de pan vive el hombre, la ausencia de democracia y de libertad propia del «stalinismo» –léase «socialismo»– llevó a las masas a deshacerse del régimen totalitario. Y una última teoría que vino a anquilosar nuestros espíritus no debemos lamentar la restauración actual, ya que Hungría se limitó a sufrir el despotismo asiático impuesto por los tanques soviéticos y, en realidad, nunca conoció el socialismo.
Estas cuatro teorías, difundidas por los filósofos oficiales de Occidente, nos empujan hacia la resignación frente a la restauración, e incluso, hacia una cierta simpatía por la «liberación» de Hungría. Ellas han encontrado una acogida favorable en el seno de la izquierda domesticada del mundo imperialista. Redibujar algunas líneas esenciales de la historia húngara nos permitirán establecer cuatro verdades.
Entre 1945 y 1948, los trabajadores húngaros llevaron adelante una revolución socialista e instauraron la dictadura del proletariado. En 1956, una contrarrevolución violenta, provocada por la derecha húngara con el apoyo del «mundo libre», amenazó las bases mismas del régimen socialista. Después del establecimiento del orden por el ejército soviético, Janos Kadar mantuvo ciertos rasgos del socialismo, al mismo tiempo que rompía con el marxismo-leninismo revolucionario y seguía una línea de descomposición interna lenta.
En 30 años de evolución pacífica, Kadar y sus sucesores realizaron, finalmente, todos los objetivos señalados por los rebeldes de 1956. La contrarrevolución armada se hundió para reaparecer y triunfar, tres décadas más tarde, como contrarrevolución pacífica.





