miércoles, 28 de octubre de 2020

Los nuevos socialchovinistas: la postura de RC sobre la cuestión nacional; Equipo de Bitácora (M-L), 2020


«Reconstrucción Comunista (RC) parece haber reconfigurado su rumbo sobre cuestión nacional, si antes reproducía los dogmas del nacionalismo periférico, hoy ha iniciado una carrera para intentar ocupar el espacio político de grupos y corrientes del nacionalismo español, como la ultrareaccionaria Escuela de Gustavo Bueno. Así, sin desligarse de su retórica «marxista», se ha adecuado a esta corriente nacionalista, que no patriótica, donde el aspecto de clase se difumina cada vez más y más.

Roberto distorsiona a Lenin y se vuelve constitucionalista

En la cuestión nacional, los revisionistas nos acostumbran a ridículas declaraciones. pero como se suele decir… «En el país de los ciegos, el tuerto es el rey»...

«Roberto Vaquero: Yo creo que España es una nación de naciones. (…) Esto está más que inventado no es una cosa mía. (…) [Lenin] habla de Rusia en el sentido de nación de naciones». (Formación obrera; Formación de cuestión nacional, 18 de marzo de 2020)

El término «nación de naciones» es un bluf que no explica nada, y que como veremos, es utilizado indistintamente para declarar según la ocasión, que en el Estado existe una única nación, como que a la vez existen varias naciones. Reconstrucción Comunista (RC) se apunta a este esperpento teórico.

¡Pero para ello nuestro caricaturesco Roberto Vaquero se apoya en una cita de Lenin que en nada le sustenta!:

«El desarrollo económico de la sociedad capitalista nos muestra en todo el mundo ejemplos de movimientos nacionales que no han llegado a desarrollarse plenamente, ejemplos de grandes naciones formadas a partir de varias pequeñas o en detrimento de algunas pequeñas naciones, ejemplos de asimilación de naciones». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Notas críticas sobre la cuestión nacional, 1913)

Aquí lo único que Lenin está hablando, es que existen movimientos nacionales que no llegan a cuajar y desaparecen en la historia absorbidos por otros pueblos más fuertes. Efectivamente, el marxismo siempre explicó que unas naciones se forman llevando tras de sí una unión voluntaria o forzosa de otros pueblos, pero existen muchos otros paradigmas. En ocasiones ciertos pueblos sufren varios intentos de asimilación por la nación dominante, pero resisten y reafirman su identidad, llegando con el tiempo, incluso a alzarse como naciones. Por último, existen los pueblos que pese a peculiaridades iniciales, a priori no se diferenciaban esencialmente del resto de habitantes del Estado, conformando la misma nación, pero en un lapso de tiempo se crearon unas diferencias notables que dieron luz a conformarse como una nación propia. 

Esto es algo que también explica Stalin dando varios casos históricos de este tipo de desarrollos: 

«En Austria, los más desarrollados en el sentido político resultaron ser los alemanes, y ellos asumieron la tarea de unificar las nacionalidades austriacas en un Estado. En Hungría, los más aptos para la organización estatal resultaron ser los magiares –el núcleo de las nacionalidades húngaras–, y ellos fueron los unificadores de Hungría. En Rusia, asumieron el papel de unificadores de las nacionalidades los grandes rusos, a cuyo frente estaba una potente y organizada burocracia militar aristocrática formada en el transcurso de la historia. (...) Las naciones postergadas que despiertan a una vida propia, ya no se constituyen en Estados nacionales independientes: tropiezan con la poderosísima resistencia que les oponen las capas dirigentes de las naciones dominantes. (…) Así se constituyeron como nación los checos, los polacos, etc. en Austria; los croatas, etc. en Hungría; los letones, los lituanos, los ucranianos, los georgianos, los armenios, etc. en Rusia. (...) Así fueron creándose las circunstancias que empujaron a la lucha a las naciones jóvenes». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; El marxismo y la cuestión nacional, 1913)

¿Y cuál es el destino de estos pueblos que estaban subyugadas a inicios del siglo XX pero que reclamaban su derecho a autodeterminación? Absolutamente todos los pueblos aquí nombrados por Stalin en 1913 lograron el reconocimiento de sus derechos a existir como nación.

Los soviéticos, al estudiar la formación y disgregación posterior de diferentes pueblos eslavos, anotaron varios sincretismos o asimilaciones con otros pueblos no eslavos de la zona. Estos pueblos que en algún momento estuvieron juntos, como sabemos, tomaron caminos distintos llegando a formar la nación rusa, polaca y bielorrusa. Véase el artículo de I. Derzhavin: «El origen del pueblo ruso: gran ruso, polacos y bielorrusos» de 1945.

Tomemos como referencia el desarrollo político los magiares. En el siglo IX lograron unificar a una serie de pueblos y fundar el Principado de Hungría, el cual bajo la denominación de reino alcanzaría su periodo de esplendor y máxima extensión en el siglo XV –llegando a dominar territorios como Croacia, Serbia, Eslovenia, Transilvania, Bohemia o Polonia–. Tras la Batalla de Mohács de 1526 los húngaros verían desmembrado su reino en favor el Imperio Otomano, a partir de entonces los húngaros serán sometidos a la ocupación o vasallaje de austriacos o turcos. Tras las decisivas victorias de la Liga Santa sobre el Imperio Otomano en el Segundo Sitio a Viena del 1683 y la Batalla de Zenta en 1697, se celebraría la El Tratado de Karlowitz de 1699 donde el Reino Húngaro se restablece pero solo para entrar definitivamente en la órbita del los Habsburgo. Durante las Guerras Napoleónicas se dará la conformación del Imperio Austriaco en 1804, del cual los húngaros seguían formando parte, la opresión nacional húngara se manifestará en la fallida insurrección de 1848. Pero ahí no cesaría la lucha, las exigencias nacionales fuerzan a los austriacos en el 1867 a la formación del imperio austro-húngaro o la también llamada monarquía dual, donde Hungría sigue estando sometida a Austria en materias importantes como el ejército o la política exterior, pero a diferencia del resto de naciones del imperio, obtiene cierta autonomía y su propia representación con su parlamento. En este momento, al igual que Hungría había sufrido forzosos intentos de germanización, ellos mismos oprimían a los eslavos del imperio sin miramientos. He aquí lo complejo de estas relaciones, y lo ridículo que son los esquematismos. Tras la derrota del imperio austro-húngaro en la Primera Guerra Mundial, por fin Hungría se alzará como Estado independiente en 1918. Justo al año siguiente acontece la gloriosa revolución que conformará brevemente la República Soviética de Hungría. El resto de la historia creemos que es bien conocida por todos.

Por eso, tratar de argumentar que el desarrollo histórico-económico de España ha suprimido o frenado el avance del movimiento nacional de los catalanes, por ejemplo, o que dicho pueblo ha sido «castellanizado» culturalmente hasta perder sus rasgos, indica una ignorancia en múltiples campos, porque no es lo que estamos comprobando hoy sino todo lo contrario: asistimos a un auge absoluto del movimiento nacional catalán, y más allá de este, de la identidad nacional catalana entre su pueblo. Solo un abierto o encubierto chovinista podría negar esto.

Lenin en ningún momento teoriza que existen «nación de naciones», este término altamente contradictorio jamás ha sido utilizado por los marxista-leninistas, ni mucho menos han pretendido darle el sentido que estos revisionistas le dan. Han hablado siempre de naciones; que deben de tener unos rasgos específicos, y por otro lado, de nacionalidades; que son pueblos con particularidades que todavía no constituyen naciones. Es cierto que a veces los marxistas han utilizado ambos términos indistintamente como ya dijimos en otros capítulos –lo que ha alimentado la confusión de muchos–, pero no significa que no debamos de ser rigurosos hoy. Al hablar estrictamente de naciones, los líderes bolcheviques contemplaron que existían Estados compuestos por una sola nación –más allá de que tuvieran o no en su seno nacionalidades– y también Estados multinacionales, es decir, Estados que como mínimo contenían más de una nación, y puede que algunas nacionalidades.

Tanto Lenin como Stalin consideraron a Rusia en el segundo caso por su composición nacional tan heterogénea, donde existían grandes grupos nacionales cohesionados –como los polacos–, pequeñas minorías nacionales –los alemanes– como nacionalidades que todavía no se habían conformado claramente como naciones –los osetios–:

«Los Estados de composición nacional heterogénea –los llamados Estados multinacionales a diferencia de los Estados nacionales– son «siempre Estados cuya estructura interna es, por tales a cuales razones, anormal o subdesarrollada». (...) Rusia sigue siendo un Estado de composición nacional heterogénea…». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El derecho de autodeterminación de las naciones, 1914)

Stalin opinaba de igual forma:

«Se forman Estados multinacionales, Estados integrados por varias nacionalidades. Tal es el caso de Austria-Hungría y de Rusia». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; El marxismo y la cuestión nacional, 1913)

Citando el caso del zarato ruso, diría:

«Formaron unos cuantos Estados burgueses mixtos, multinacionales, compuestos generalmente por una nación fuerte, dominante, y por unas cuantas naciones débiles, sojuzgadas». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Las tareas inmediatas del partido en la cuestión nacional, 1921)

Y citaba el caso de algunas de las naciones oprimidas:

«Gimen las naciones y las religiones oprimidas en Rusia, entre ellas los polacos, arrojados de su patria y heridos en sus sagrados sentimientos, y los finlandeses, cuyos derechos y cuya libertad, otorgados por la historia, han sido insolentemente pisoteados por la autocracia. Gimen los judíos, constantemente perseguidos y vejados, privados hasta de los míseros derechos que tienen los restantes súbditos de Rusia: el derecho a vivir en cualquier parte, el derecho a estudiar en las escuelas, el derecho a ser funcionarios públicos, etc. Gimen los georgianos, los armenios y otras naciones, privados del derecho a tener sus escuelas y a trabajar en las instituciones del Estado y obligados a someterse a la bochornosa y opresiva política de rusificación». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; El partido socialdemócrata de Rusia y sus tareas inmediatas, 1901)

Queda claro, que los marxista-leninistas soviéticos jamás hablaron de «nación de naciones». Sino de naciones como los rusos, ucranianos o polacos, y de nacionalidades en ascenso como los pueblos asiáticos, que con el tiempo avanzaban en su conformación como nación gracias a las nuevas posibilidades de la revolución:

«La política del imperialismo militar-feudal ruso apuntaba a estrangular la cultura de los pueblos oprimidos, a su rusificación forzada, a evitar su desarrollo como naciones distintas. Una economía primitiva atrasada, con tipos de existencia nómadas y seminómadas, vestigios de un modo de vida tribal: esta era la condición de los pueblos tadjik, turkomano, kazajo y kirguís en vísperas de la Revolución Socialista de 1917. Está claro que bajo tales condiciones no podrían consolidarse en naciones distintas. Lo mismo debe decirse de las numerosas otras nacionalidades de la Rusia zarista, los udmurtos, calmucos, komis, chuvasios, yakutos, etc., que estaban condenados en esas condiciones a la extinción. El socialchovinista alemán Karl Kautsky afirmó que la mayoría de los pueblos de Rusia, particularmente los osetios, vogulios, maris y calmucos, nunca se desarrollarían en naciones distintas, sino que serían asimilados por otros pueblos. (...) El Estado soviético hizo posible que los pueblos y tribus anteriormente atrasados, con la ayuda del victorioso proletariado de Rusia, pasaran al socialismo omitiendo la etapa capitalista de desarrollo y, sobre esta base, se desarrollarsen por primera vez como naciones independientes. El requisito previo más importante para la consolidación de las nacionalidades difusas en naciones integradas era la realización de la autonomía regional soviética: la creación de repúblicas y regiones autónomas. Los defensores de la concepción chovinista de un «gran Estado», los opositores a la liberación de las nacionalidades oprimidas, los trotskistas y bujarinitas, se opusieron a la formación de repúblicas y regiones nacionales y la consolidación de los pueblos atrasados en naciones independientes. Cínicamente sostuvieron que muchos pueblos tenían un nivel cultural muy bajo, que no podrían aprovechar su autonomía, que tal consolidación nacional traería disensión. El partido, dirigido por Lenin y Stalin, expuso y derrotó sin piedad estas maquinaciones del enemigo». (M. Chekalin; El renacimiento de las nacionalidades y la consolidación de las naciones en la URSS, 1941)

Si la teoría de la «nación de naciones» no ha sido usada por los marxistas, ¿de dónde procede? Aunque a muchos le sorprenda, la teoría de «nación de naciones» es la teoría oficial del Estado Español como se puede ver en las discusiones para redactar la Constitución de 1978. El PCE de Carrillo, de la mano de Jordi Solé Tura, opinaba que:

«Se define, en consecuencia, que España es una nación de naciones, y éste es un término que no es extraño en nuestra reflexión política y teórica como han demostrado algunos historiadores». (Diario de sesiones del Congreso de diputados, Nº66, 1978)

Por supuesto, desde 1978 hasta ahora, ha habido historiadores oficialistas que han intentado hacer calar esta idea de «nación de naciones» entre la mente de los trabajadores, pero poco han conseguido.

Desde el PSOE, Gregorio Peces-Barba Martínez salió al paso apoyando esta nueva tesis:

«La existencia de diversas naciones o nacionalidades no excluye, sino todo lo contrario, hace mucho más real y posible, la existencia de esa nación que para nosotros es fundamental, que es el cómputo y la absorción de todas las demás y que se llama España». (Diario de sesiones del Congreso de diputados, Nº66, 1978)

Esto significaba de paso traicionar lo que habían promulgado en el Congreso de 1974 sus bases, cuando se abogaba por el «reconocimiento del derecho de autodeterminación de las mismas que comporta la facultad de que cada nacionalidad pueda determinar libremente las relaciones que va a mantener con el resto de los pueblos que integran el Estado español».

Miquel Roca, dando voz a la conservadora Unión de Centro Democrático (UCD), reconocía que este era un término nuevo, inventado:

«Nación de naciones es un concepto nuevo, es un concepto –se dice– que no figura en otros Estados o que no figura en otras realidades, quizá sí; pero es que, señores, ayer ya se decía que nosotros tendremos que innovar». (Diario de sesiones del Congreso de diputados, Nº66, 1978)

Ciertamente la «nación de naciones» era un término sacado de la manga por la burguesía española para negar el reconocimiento de estatus de nación hacia otros territorios, y por tanto, el libre derecho de ejercer la autodeterminación. Se creó esta teoría para evitar tentativas secesionistas. 

El propio Pedro Sánchez explica este término queriendo dar a entender que la constitución ya satisface los derechos nacionales de esas regiones:

«El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha explicado hoy, durante su intervención en los Desayunos Informativos de Europa Press, su concepto de «nación de naciones». (…) El dirigente socialista respondía así a la pregunta de cuántas naciones tiene España y quiso dejar claro también que el concepto de nación no es «uniforme» sino «más complejo». Pedro Sánchez defendió la propuesta del PSOE de considerar a España como «nación de naciones» alegando que se trata de un planteamiento «constitucional». (Europapress; Pedro Sánchez cree que la «nación de naciones» estaría formada «al menos» por España, Cataluña, País Vasco y Galicia, 5 de septiembre de 2017)

Esa «complejidad de concepto» es la que casualmente lleva a Sánchez a colaborar en la aplicación del 155, a no admitir la soberanía de los catalanes y sus instituciones. Parece ser que es la misma «complejidad de concepto» que hace a los líderes socialchovinistas de RC querer imponer su visión por la fuerza, y afirmar, que la conciencia nacional de catalanes, vascos y gallegos está en «descomposición evidente».

Los jefes de Podemos afirman que la Constitución de 1978 supuestamente «reconoce que en España hay varias naciones», pero la realidad es que cualquiera que eche un vistazo a la carta magna y entienda de términos jurídicos, comprenderá que allí no se habla de España como Estado multinacional o plurinacional, ni siquiera se recoge el término hipócrita «nación de naciones»… tan solo se habla de «nación española» y de «nacionalidades históricas». Es más, aunque la constitución reconociese como naciones de jure, ¿acaso no es cierto que la constitución prohíbe taxativamente la federación o secesión de cualquier territorio en el libre ejercicio del derecho de autodeterminación? Como comprobará el lector, la disputa sobre estos términos y su significado solo se usa para distraer de lo fundamental: la soberanía de los pueblos.

Sin duda aplaudimos la valentía que hay que tener para que un grupo autodenominado «comunista» reproduzca las mismas tesis que sostuvieron los padres de la constitución burguesa española, la misma que el Presidente del Gobierno.

Así de golpe y porrazo RC se ha vuelto constitucionalista en cuanto a la cuestión nacional. Así nos lo hace saber con su tono socialchovinista:

«La nación española es ya una realidad y se muestra así en todo el Estado, aunque bien es cierto que está compuesto por naciones como la catalana o la vasca, que por condiciones materiales han mantenido su identidad, idioma y coherencia en mayor o menor grado, aunque la descomposición es evidente. (…) Es innegable que el proceso de asimilación, violento o no, ha sido un éxito y que en los últimos tiempos ha sido además pacífico». (De Acero, Revista teórica del Partido Marxista-Leninista (Reconstrucción Comunista), Nº14, 2019)

RC, o mejor dicho Roberto Vaquero se enreda estrepitosamente. Primero afirma que España es una única nación, y luego en otros párrafos afirma que es una nación compuesta de otras naciones, cayendo en una contradicción de la cual no puede salir. Incluso teoriza que dentro de España, esas otras naciones están en «descomposición evidente». Ojo, se las califica de «naciones en decadencia», en un momento en que el nacionalismo vasco o catalán llevan encabezando la hegemonía política de sus respectivas regiones siglos. 

¿Y de dónde saca Roberto Vaquero esta tesis rocambolesca de que son naciones que se han extinguido o se extinguen progresivamente? De su ex organización, el jruschovista PCPE:

«Las burguesías nacionales periféricas se convierten en clase dominante española. (...) Las otrora naciones que, junto a la española, se integraban en un Estado plurinacional, pierden progresivamente sus características nacionales. (…) El proceso resulta imparable, revistiendo las características reaccionarias propias de la época del capitalismo en descomposición, propias de la etapa reaccionaria que representa la fase imperialista del capitalismo, que implica procesos más o menos violentos de asimilación nacional». (Partido Comunista de los Pueblos de España; Tesis y Resolución Política, 2018)

Con un descaro vergonzante, PCPE y su vástago RC se atreven a negar los intentos de asimilación violenta y consideran el tema catalán como los estertores de una «nación pasada», todo ello en un momento histórico en que hemos asistido a los acontecimientos más crudos del «procés» catalán con protestas y disturbios masivos que han sido noticia en todo el mundo, ¡pero ellos contra viento y marea se atreven a decir que la nación catalana lejos de ser una realidad, no existe o está en descomposición, y que el capitalismo muestra un desarrollo pacífico de asimilación entre los pueblos! ¡Ni siquiera el revisionista Carrillo se habría atrevido en su día a pronunciar tales palabras! Solo falta añadir que la cuestión nacional no es una realidad sino una entelequia fabricada por los políticos nacionalistas. Lo mismo que decir sobre el pseudoargumento de que las «burguesías periféricas» se habrían integrado con la burguesía española, lo que mágicamente eliminaría cualquier opresión nacional, algo que ya refutamos anteriormente. Véase el capítulo: «Los bandazos del PCE (m-l) sobre la cuestión nacional» de 2020.

He aquí como conscientemente o no, se toma el arsenal de la Escuela de Gustavo Bueno para justificar su visión de España. Con la única diferencia que PCPE y RC consideran que en algún momento Cataluña fue nación aunque hoy no sea así, mientras la Escuela de Bueno no acepta ni siquiera esa premisa.

Que los capitostes del nacionalismo hayan traficado con la soberanía nacional catalana, ahora pidiendo más autonomía, ahora pidiendo la independencia, luego teatralizando una «desconexión de España» y la fundación de una «república catalana» ficticia, no significa que la nación catalana esté abocada a la «desaparición» y a ser «definitivamente absorbida» por España. Más bien lo que nos demuestra la realidad es que pese a la incompetencia de los dirigentes nacionalistas para que Cataluña pueda ejercer su derecho de autodeterminación, la identidad nacional catalana ha prendido desde hace mucho tiempo. En España la tendencia no va actualmente hacia la unión sino hacia la disgregación de lo que hoy conocemos como España territorialmente y políticamente. Aunque a los comunistas nos gustaría la unión voluntaria de todos los pueblos hispánicos, la realidad es la que es, no la que nos gustaría que fuese. En esto tienen culpa los nacionalismos, pero también el vergonzoso trabajo de los revisionistas que rápidamente hacen seguidismo a uno u otro bando del nacionalismo burgués.

Históricamente los gobiernos españoles no han hecho sino azuzar esta tendencia separatista con su intransigencia en negar el derecho de autodeterminación, con sus continuos desprecios a la voluntad del pueblo catalán e imposibilitando cualquier relación cordial; el catalanismo político hace largo tiempo que también ha quedado totalmente maniatado por la burguesía, y como no podía ser de otra forma, se ha defendido creando sus mitos nacionalistas, con lo que paga con la misma moneda sin distinguir si en sus ofensas hiere los sentimientos nacionales de la burguesía o del proletariado de España. 

Pero hay más cosas que comentar. Los recientes abucheos y recriminaciones públicas del pueblo catalán hacia sus jefes: los Torra o los Rufián, los actos de repulsa hacia quienes condenaban las protestas tras animar desde la oficialidad del gobierno catalán a salir a protestar tras la sentencia del «procés», demuestran que hay una evidente brecha entre dirigentes y masa catalana, que ha habido un pequeño salto cualitativo entre los catalanes, incluido entre los independentistas, que se dan cuenta de la traición y el engaño sufridos. De igual modo, la brutalidad policial ejercida en Cataluña nuevamente contra un derecho democrático básico como es el derecho de autodeterminación de los pueblos, ha espoleado a muchos trabajadores de fuera de Cataluña para empatizar y entender su lucha, como demostraron las concentraciones y protestas esporádicas en todos los puntos de España. Situaciones que como advertimos, no podrán ser bien encauzadas sino existe un partido proletario a uno y el otro lado del Ebro. Y es que, como sabemos, en el capitalismo la cuestión nacional tiene un problema estructural, donde la burguesía opresora tratará de usar la fuerza y la cultura chovinista para retener a la nación oprimida hasta que no vea rentable la inversión de tanto esfuerzo. Mientras tanto, la burguesía oprimida, tratará de buscar concesiones momentáneas que le beneficien en un juego donde nunca se jugará el todo por el todo, donde solo se enfrentará a la nación hegemónica en el Estado cuando vea una oportunidad propicia, pero siempre estará dispuesta a la negociación y claudicación si el bolsillo lo requiere, otras veces tratará de buscar soluciones utópicas que no llevan a ninguna parte. La historia ya ha mostrado que la única clase social consecuente con la patria es el proletariado, capaz de defender consecuentemente a la nación, la única capaz de comprender que ningún pueblo que oprime a otro puede ser libre, eliminando la opresión nacional y dando voz a los pueblos desposeídos de sus derechos.

¿Qué le respondería un comunista de verdad?:

«Para justificar tan descomunal incongruencia, unos se ponen frenéticos para decirnos que de los Reyes Católicos a hoy, España es una e indivisible, que el problema catalán y el vasco y ahora el gallego, ha sido promovido, artificiosamente por los viajantes de tejidos o los accionistas de los altos hornos bilbaínos o determinados poetas esnobistas de Galicia. Otros cuando mucho, admiten la existencia de minúsculas diferencias «regionales», folklóricas, coloreadas por «dialectos» en decadencia y que en virtud de este nuevo esfuerzo intelectual no se oponen a cierto grado de autonomías administrativas bien entendidas que ni de cerca ni de lejos amenacen la integridad de la Patria. (…) Y no son pocos los que, sintiéndose ultrarevolucionarios, superinternacionalistas, proclaman a voz en grito que los problemas nacionales de Cataluña, Euskadi y Galicia, de existir son reaccionarios, armas fabricadas por la iglesia y la burguesía para asegurar aquella la integridad de su dominio espiritual, para arrancar estos a los asustados gobiernos centrales más y más altos aranceles. Y aun afirman que esos «localismos» y «particularismos» estorban o imposibilitan la necesaria solidaridad de la clase obrera, ponen a ésta bajo la inspiración y las maniobras de la burguesía. Y que en nombre de un internacionalismo bien entendido, los pueblos débiles deben renunciar a su propia razón de ser y dejarse absorber por los pueblos más fuertes. Así los socialdemócratas alemanes decían a los checos: «renunciad a vuestra pobre personalidad que poco puede daros y aceptad la superior cultura alemana que os puede dar mucho». Hitler ha completado el argumento». (Joan Comorera; José Díaz y el problema nacional, 1942)

Pero a RC esto le es indiferente.

En su nueva línea patriotera vemos eslóganes como «¡Recuperar la soberanía nacional!» Esto es gracioso, claramente un eslogan demagogo copiado de los populismos nacionalistas. ¿En qué momento España ha tenido verdadera soberanía nacional y ha sido totalmente independiente de la influencia de sus competidores imperialistas señor Vaquero? ¿En qué momento los obreros de sus diversos pueblos han tenido bajo su mano el control del Estado, acaso se ha edificado el socialismo cuyo régimen es el único régimen que permite adquirir una verdadera soberanía nacional para los explotadosNi lo uno ni lo otro ha sucedido. Como se ve, el eslogan es falso en su propia naturaleza. 

Incluso han adoptado el eslogan liberal del siglo XIX de «¡Viva España con honra!». Un eslogan cuanto menos ambiguo si tenemos en cuenta que hasta asociaciones monárquico-católicas fundaron periódicos con ese nombre, y que en el siglo XX reaccionarios como Unamuno volvieron a popularizar dicho término. Esa frase quizás pudo tener su aquel siglos atrás, pero hoy tiene el mismo sentido para los comunistas que el tibio «¡Viva la República!» que podrían aceptar muchos anticomunistas. Cuando tus eslóganes no molestan a la burguesía nacional, es porque tu visión está enfocada desde un punto oportunista. Este tipo de agitación demuestra que estos grupos actúan como retaguardia del republicanismo liberal: no se esfuerzan en inculcar un patriotismo de clase, que siempre deberá ser socialista e internacionalista, ¡no el discurso nacionalista con promesas de mejora social del falangismo!

Pero esto no acaba aquí, nuestro afable personaje, dentro del giro derechista que viene sufriendo su organización con sus eslóganes nacionalistas abstractos, se queja de que:

«Cierta gente, porque muchos no son, se resiste a reconocer que España es una nación y atacan a todos los que reconocen a España como tal». (De Acero, Revista teórica del Partido Marxista-Leninista (Reconstrucción Comunista), Nº14, 2019)

Exacto, de hecho, si revisamos sus propios documentos, hasta hace no mucho decían:

«La mayoría de las organizaciones «comunistas» del estado afirman que España es una nación, y hablan del pueblo español, nosotros queremos refutar con todo lo expuesto anteriormente esta tesis y exponer la nuestra, que España es un Estado conformado por varias naciones y nacionalidades –o pueblos–. (…) En España no llegó a crearse ninguna nación española». (De Acero, Revista teórica del Partido Marxista-Leninista (Reconstrucción Comunista), Nº3, 2014)

¿RC dando bandazos ideológicos en su línea sin realizar autocrítica alguna? ¡¿Qué extraño verdad?! Roberto Vaquero, como gran historiador, nos demuestra así que en cinco años España ha pasado de ser un Estado plurinacional a una nación consolidada con algún resto que otro de particularismo en vías de desaparición.

¿Qué se decía en 2014 antes de girar hacia el socialchovinismo? Se reconocía que España era multinacional, pero bajo una teoría muy curiosa:

«Otros Partidos afirman que existe Galicia, Euskal Herria y Cataluña como naciones y el resto es España. (...) España sería a la vez una de las naciones del Estado y a la vez el Estado, el colmo del absurdo». (De Acero, Revista teórica del Partido Marxista-Leninista (Reconstrucción Comunista), Nº3, 2014)

Aquí, se consideraba que dentro del Estado existía la nación gallega, catalana y vasca, pero se negaba la existencia de la nación española o también llamada castellana. ¡¿Si no existe la nación española, quién oprime a estas tres naciones?! Esto tiene el mismo sentido como decir que durante el zarato ruso, la nación ucraniana y polaca existía pero la rusa no. 

Eludiremos otros de los flagrantes errores históricos a los que nos acostumbra su líder en estas exposiciones por razones de extensión del presente documento. 

En 2014 se dedicaban a perder el tiempo en banalidades infantiles y formalistas como relatarnos cuáles banderas reconocen y cuáles no de cada región. Cualquier comunista algo cabal sabe de sobra que existen experiencias históricas donde los revolucionarios han utilizado la vieja bandera nacional añadiéndole pequeños símbolos socialistas –Bulgaria o Albania–, del mismo modo que ha habido procesos donde se decidió renegar de la vieja bandera nacional y crear una totalmente nueva en base al ideario comunista –Rusia–. Esto es indiferente. La importancia es el contenido político-económico del sistema que esa bandera representa. La URSS socialimperialista portaba una hoz y un martillo, pero su régimen no tenía nada que ver con el de la época de Lenin y Stalin.

En aquella época RC incurría en el seguidismo clásico producto de la falta de análisis, en este caso, hacia movimientos nacionalistas, puesto que, como ellos, consideraban en aquel entonces a Valencia y Baleares como territorios integrados en los «Països Catalans», incluso se podía ver en los desfiles de RC la «estelada roja»:

«Nosotros reconocemos los siguientes pueblos dentro de España: Castilla, Països Catalans, Aragón, Euskal Herria, Galiza, Asturies, Andalucía y Canarias. Reconocemos las siguientes naciones: Catalunya, Euskal Herria y Galiza». (De Acero, Revista teórica del Partido Marxista-Leninista (Reconstrucción Comunista), Nº3, 2014)

Son innegables los evidentes influjos y conexiones entre estas regiones. Pero hablar en pleno siglo XXI de «Països Catalans», es decir, de la inclusión de Valencia y Baleares dentro del mismo marco que Cataluña no pasa de ser un sueño húmedo del nacionalismo catalán –en particular del viejo fascismo de Estat Catalá o entidades actuales totalmente eclécticas como Arran–, para el cual el pueblo valenciano y balear no está, ni se le espera. A los nacionalistas, se vistan de marxistas o no, no les entra en la mollera que no se puede obligar a los pueblos a renunciar a su identidad nacional porque en sus errados análisis así se desee, las ansias de imposición a causa de uno u otro interés nacionalista no cambiaran la realidad a corto plazo. Estos intentos de encaminar una simulación forzada son lanzados no solo por las formaciones políticas del nacionalismo español, que es el hegemónico en el Estado, sino también por los nacionalismos como el catalán o vasco. Algo como la transformación de la identidad nacional es un fenómeno que se cuece con lapsos de tiempo considerables, y la tendencia hoy no muestra una catalanización de estas regiones sino una castellanización con el paso de los siglos. En la actualidad, en todo caso existe un avance del particularismo del regionalismo valenciano y balear, que precisamente ha salido a flote a razón de rechazar formar parte de un futuro proyecto soberanista catalán. Esto es lo que concluiría un análisis dialéctico basado en el materialismo histórico, pero sabemos que para ellos estas palabras solo las usan de decoración.

Entre tanta maraña de ideas confusas RC decía algo cierto en 2014 que ya ha abandonado: España es plurinacional o multinacional, aunque llegaban a esa conclusión acertada por casualidad, como le pasa muchas veces a los charlatanes. 

Como hemos dicho, esto también es soltado al aire continuamente por el PSOE de tanto en tanto, como se observó en 2017 con aquello de «España es plurinacional», para que al día siguiente Pedro Sánchez hable de España como «única nación», a la semana siguiente nos intente enfundar el término rocambolesco de «nación de naciones» para caer en gracia a toda las partes, y continúe el show de la ambigüedad y la demagogia sin posicionarse a favor sobre el derecho a decidir –incluyendo la secesión– de esos movimientos nacionales, que son una realidad evidente aunque le pese a estos personajes públicos. 

El proletariado no aguanta a personajes que no hablan claro, que no explican las cosas de forma sencilla, y que encima no hacen autocrítica cuando cambian de posición.

Cada día se confirma que Roberto Vaquero va camino de superar a fascistas vestidos de rojos como Santiago Armesilla. 

RC ataca a los grupos independentistas logra y el aplauso de los fascistas

RC es una agrupación dirigida por un jefe de tendencias lumpen. Si por algo se ha hecho conocida ha sido por pintar las sedes de los partidos con los que está enemistado, llegando incluso a atacar las casas de los particulares en sus campañas de acoso e intimidación [*]. En esta ocasión los nacionalistas vascos de Bildu denunciaron públicamente una pintada de RC sobre su sede en Navarra que clamaba: «Viva la República Federal Española» (*). 

Suponemos que en esto también ha sido trasladado mecánicamente de su concepto sobre cómo combatir al resto de grupos políticos… ¡a base de pintura!

«El nivel de concienciación en RC sobre la profesionalización de los cuadros y guardar al partido de problemas innecesarios era tal, que en 2014 llegaron a subir en la web de la célula de Mallorca –actualmente inactiva– varias fotos de los grafitis realizados con las siglas del partido como puede verse en su [post], y para más inri, entre esas fotos se registraba la agresión a una sede de Izquierda Unida (IU) como puede verse en esta foto [aquí]. (...) Graciosamente, Reconstrucción Comunista no tiene un solo material refutando la deriva política de IU. Para ellos el revisionismo solamente se combate a golpe de pintura. (...) [Ex militante de RC]: Recientemente han sido conocidos por haber acosado hasta la extenuación a un simpatizante del PCE (r). Los contactos iniciaron a través de una militante de RC, tiempo después quedaron para tomar algo y allí le estaban esperando dos militantes más para intentar agredirle (*). Poco después le buscaron en su casa y le animaron a bajar para volver a intentar agredirle (*). El siguiente paso fue pintarle las calles de su barrio y el portal de su edificio (*), también denunció el verse perseguido desde un coche al salir del trabajo por estos elementos (*). Una vez denunciado públicamente este hecho en redes sociales y repudiado por todos los antifascistas, el señor «F» y compañía cambiaron de táctica a la de hacer pintadas en su lugar de trabajo, pero esta vez para disimular que los ataques eran de RC pasaron a hacerle esvásticas (*)(**). No defenderé la línea política del PCE (r) ni de ningún otro grupo revisionista, ya que la repudio profundamente, pero no puedo al menos que sentir vergüenza por estos «métodos de confrontación» de mi ex organización. En otro orden pero en el mismo sentido: se han visto recientes denuncias similares con pintadas de RC en pisos de particulares, con el objetivo de amedrentar a sus víctimas (*). Esto se les está yendo de las manos, ya que supone exponer aún más sus acciones, que no pueden ser calificadas sino de lumpen. No hay más ciego que el que no quiere ver». (Equipo de Bitácora (M-L); Antología sobre Reconstrucción Comunista y su podredumbre oportunista, 2017)

Sobre la cuestión nacional en Euskadi, históricamente RC había mantenido una posición totalmente seguidista hacia muchos de los mitos de ETA, una postura que mantuvo hasta en el momento de su disolución. Sus unos análisis no eran muy diferentes del relato de grupos filoetarras como EH Bildu o el PCE (r), no dedicando una sola exposición argumentada para derribar este mito de la izquierda abertzale. Véase el capítulo: «El desarme y la próxima disolución de ETA y las posturas seguidistas de siempre» de 2017.

Que un partido que se ha llenado la boca de hablar de «autodeterminación» se dedique ahora a poner pintadas donde impone una solución en este caso al pueblo vasco y pretende ofender abiertamente el sentimiento nacional de los mismos, es una prueba simple pero definitiva de su doctrinarismo sobre la cuestión nacional, y que demuestra que en la práctica son unos reaccionarios y chovinistas como la mayoría de revisionistas. 

El mismo despropósito se llevó a cabo en Cataluña bajo la tapadera que últimamente llevan de moda, el llamado «Frente Obrero». Para aquel entonces, parece que a RC la estelada roja ya no le agradaba como antaño para sus agitaciones en esta región, y fue sustituida por la bandera tricolor con la estrella roja, otra herencia más que recibió del PCE (r). En esos momentos, acorde al nuevo giro ideológico en cuestión nacional, el plan desde RC fue pintar los edificios públicos con esta bandera y acompañarla de sus nuevos eslóganes agitativos sobre la unidad del Estado, donde no dejan pie a la cuestión de la autodeterminación (*). Como era de esperar, los nacionalistas catalanes de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), que venían observado el nuevo discurso de RC donde se trataba a Cataluña como una «nación moribunda» en sus artículos, no tardaron mucho en responder a este tipo de provocaciones chovinistas en un tono de autoreafirmación (*). Como se ve, aquí de lo que se trata no es de una confrontación ideológica seria para resolver la cuestión nacional, un intento de acercar a los pueblos en una «unión voluntaria» como a veces venden estos grupos, sino más bien una primitiva guerra de pintura, insultos y demostraciones de fuerza.

RC acostumbra a basar toda su publicidad en este tipo de polémicas sin recorrido, de ahí que le den mucha importancia a discusiones escolásticas como el tipo de bandera que deberá regir en el futuro régimen socialista, como si hubiera un grave problema en tal cuestión, cuando la historia ha demostrado que se puede haber una revolución que establezca una bandera que rompa con los símbolos y colores anteriores –como ocurrió en Rusia en 1917–, mientras que también se puede oficializar una nueva bandera que tome alguno de los símbolos nacionales anteriores junto a otros nuevos –véase Bulgaria en 1947–.

Ante este intercambio de graffitis con distintas agrupaciones nacionalistas vascas y catalanas, los militantes de RC mostraban orgullosos en internet su gran gesta con diversos comentarios y mofas. Tiempo después otro militante de RC respondía a un nacionalista: «A callar, rata separatista» (*). Sí, ¡Este es el nivel señores! 

Entre los nuevos militantes de RC, podemos ver a nostálgicos del imperio hispánico, que el 12 de octubre comparten orgullosos en sus redes la canción de los viejos tercios [*], cuya letra reza así:

«Con el alma unida por el mismo clero
Que la sangre corra protegiendo el reino
Aspa de Borgoña flameando al viento
Hijos de Santiago grandes son los tercios
Escuadrón de picas, flancos a cubierto
Solo es libre el hombre que no tiene miedo
Lucha por tu hermano muere por tu reino
Vive por la paz en este gran imperio». (Canción de los tercios viejos)

Suponemos que esto es lo que ellos consideran «normal» para un comunista del siglo XXI. Dedicarse a la apología del clero, los santos y el imperio colonial... 

La normalización de esto ha sido posible gracias a su Secretario General, Roberto Vaquero, quien ha llevado a cabo su campaña para revivir las «grandezas del imperio» como «motivo de orgullo histórico», algo que veremos más adelante.

Todo esto ha sido saludado por otros grupos e individuos de la «izquierda» española nacionalista, en especial de los apóstoles de Gustavo Bueno. Así veríamos a Santiago Armesilla, este gran chovinista español que se autodenomina «marxista» aplaudiendo dichas acciones de RC (*), comentando emocionado que: 

«Algo empieza a cambiar en España...». (Twitter; @armesillaconde, 11 de abril de 2019) 

Respecto a las ideas de RC, debido a que Armesilla es un gran «unitarista-jacobino», como él se define: 

«Solo discrepo en lo de federal». (Twitter; @armesillaconde, 11 de abril de 2019)

Aclaremos conceptos y situaciones que algunos parecen no entender.

Negar el auge de la conciencia nacional de los pueblos pero a la vez querer adjudicar a tu partido el mérito de ser «la única organización consecuente a la hora de defender el derecho de autodeterminación», es una broma, sobre todo mientras se trata de imponer un federalismo acompañado de campañas que hieren el orgullo nacional de otros pueblos, como justamente hace RC. Ello supone tratar de imponer un federalismo unitario, forzoso, que nunca calará en los pueblos. 

De la misma forma que negar la federación como posible respuesta de los pueblos en la ejecución del derecho de autodeterminación como hace Armesilla, es negar tal derecho de autodeterminación en sí. No digamos ya, de aquellos que como él, directamente se niegan a celebrar un futuro referéndum donde los pueblos elijan la libre federación, secesión o la fórmula que crean precisa. No existe mayor chovinismo.

Por último, el revolucionario catalán, gallego o vasco que se niega a hacer propaganda para estrechar los lazos y luchas de su pueblo con los otros del Estado, aquel que simplemente combate el chovinismo castellano y aboga mecánicamente por la separación de su territorio, muy seguramente estará combatiendo la opresión nacional desde otro nacionalismo, pero no como un internacionalista, por tanto, no puede autodenominarse seriamente como comunista. Es más, si dicha situación se prolonga cuando ya la clase obrera tome el poder y el régimen socialista ha suprimido la vieja opresión nacional que impedía a su nación desarrollarse, dicha demanda separatista estará fuera de lugar y será objetivamente hablando contrarrevolucionaria.

Santiago Armesilla ha mostrado más recientemente su afinidad ideológica con RC cuando refiriéndose a su frente-tapadera de FO, lo alabó públicamente (*):

«Ahora mismo, el Partido extraparlamentario mejor situado para hacerle la competencia a la izquierda indefinida es el Frente Obrero (FO), que son ya más de 1500 militantes. El PCE son 8000. Además, FO camina lento pero seguro a postulados marxista-leninistas acertados en materia nacional, etc». (Twitter; @armesillaconde, 15 sept de 2019)

Más allá de la batalla de cifras entre agrupaciones oportunistas, como conclusión tenemos que si Armesilla reconoce que le gusta RC por su giro en materia nacional, si Abascal dice que se inspira en Gustavo Bueno –como Armesilla– en cuanto a su concepto nación y patriotismo, si el propio Gustavo Bueno colaboraba con Abascal en la fundación de plataformas abiertamente chovinista como DENAES... ¿Qué podemos decir? ¿Qué los «extremos se tocan»? No. Que entre fascistas de diversos colores y siglas se entienden. Incluso yendo más allá, el líder de Vox y RC, Abascal y Roberto Vaquero respectivamente, comparten algo más, disfrutan del mismo modo de vida: ser unos parásitos que viven del cuento a través de diversos chiringuitos. Véase nuestros documentos:



Esto certifica que RC por mucho que exprima su oportunismo al máximo para reclutar de todos los lados posibles, solo aviva su eclecticismo, que actúa como fuerza centrífuga.

El discurso colonialista de Reconstrucción Comunista en el «Día de la Raza»

Como ya explicamos en su día, el nacionalismo español, por sus características propias, tuvo que rechazar las tesis puramente raciales. En cambio, propuso una teoría más sutil –aunque igualmente idealista y estúpida– para justificar sus andanzas:

«Para que nuestro lector compruebe la catadura del veneno nacionalista, veamos la otra cara de la moneda. Comparemos ahora el nacionalismo catalán con otro nacionalismo cavernario, el español, más concretamente el del movimiento fascista de los años 30 y 40.

«Al hablar nosotros de raza, nos referimos a la raza hispana, al genotipo ibérico, que en el momento cronológico presente ha experimentado las más variadas mezclas a causa del contacto y relación con otros pueblos. Desde nuestro punto de vista racista, nos interesan más los valores espirituales de la raza, que nos permitieron civilizar tierras inmensas e influir intelectualmente sobre el mundo. De aquí que nuestro concepto de la raza se confunda casi con el de la «hispanidad». (...) No podemos los españoles hablar de pureza del genotipo racial, menos quizás que otros pueblos, pues las repetidas invasiones que ha experimentado la península han dejado sedimento de variadísimos genotipos. (...) La política racial tiene que actuar en nuestra nación sobre un pueblo de acarreo, aplebeyado cada vez más en las características de su personalidad psicológica, por haber sufrido la nefasta influencia de un círculo filosófico de sectarios, de los krausistas, que se han empeñado en borrar todo rastro de las gloriosas tradiciones españolas. (...) Signos distintivos de los bandos en lucha serán, aristocracia en el pensamiento y sentimiento de los caballeros de la Hispanidad; plebeyez moral en los peones del marxismo. (...) Agradezcamos al filósofo Nietzsche la resurrección de las ideas espartanas acerca del exterminio de los inferiores orgánicos y psíquicos, de los que llama «parásitos de la sociedad». La civilización moderna no admite tan crueles postulados en el orden material, pero en el moral no se arredra en llevar a la práctica medidas incruentas que coloquen a los tarados biológicos en condiciones que imposibiliten su reproducción y transmisión a la progenie de las taras que los afectan». (Antonio Vallejo-Nájera; Eugenesia de la Hispanidad y regeneración de la raza, 1937)

Aquí hay un racismo más espiritual que biológico, el cual tampoco deja de estar conectado con la supremacía aristocrática y con el fin a ultranza de suprimir la lucha de clases.

Uno de los fundadores del movimiento fascista español, José Antonio Primo de Rivera, coincidía con Nájera en que, debido a la historia de España, era temerario afirmar que su fascismo tuviera un componente racial biológico como pretendían, por ejemplo, los nacionalistas catalanes. De igual modo, consideraban el castellano como lengua universal –el «idioma providencial»–, por lo que esto iba acompañado al desprecio y persecución constante de los falangistas hacia las lenguas de la Península Ibérica, pero igualmente se afirmaba que el idioma no era tampoco decisivo como elemento diferenciador en su concepto de «nación española». Por tanto, atendiendo a las evidentes pruebas de la fisonomía de España y sus pueblos, la única salida que tenían los fascistas era proclamar que la nación no era cuestión de tener un idioma o raza concreta diferenciada, sino:

«Del mismo modo, un pueblo no es nación por ninguna suerte de justificaciones físicas, colores o sabores locales, sino por ser otro en lo universal; es decir: Por tener un destino que no es el de las otras naciones. Así, no todo pueblo ni todo agregado de pueblo es una nación, sino sólo aquellos que cumplen un destino histórico diferenciado en lo universal. (…) De aquí que sea superfluo poner en claro si en una nación se dan los requisitos de unidad de geografía, de raza o de lengua. (…) Los nacionalismos más peligrosos, por lo disgregadores, son los que han entendido la nación de esta manera. (…) Por eso es torpe sobremanera oponer a los nacionalismos románticos actitudes románticas, suscitar sentimientos contra sentimientos. (…) Lo importante es esclarecer si existe, en lo universal, la unidad de destino histórico. Los tiempos clásicos vieron esto con su claridad acostumbrada. Por eso no usaron nunca las palabras «patria» y «nación» en el sentido romántico, ni clavaron las anclas del patriotismo en el oscuro amor a la tierra. Antes bien, prefirieron las expresiones como «Imperio» o «servicio del rey»; es decir, las expresiones alusivas al «instrumento histórico». La palabra «España», que es por sí misma enunciado de una empresa. (...) Claro está que esta suerte de patriotismo es más difícil de sentir; pero en su dificultad está su grandeza». (José Antonio Primo de Rivera; Ensayo sobre nacionalismo, 1934)

El fascismo ve tan complicado de explicar su concepto de nación que considera necesario ligarlo a figuras e instituciones regresivas, como el rey o el imperio. Como muchos pseudomarxistas de hoy, el fascismo consideraba que el nacionalismo periférico no era natural porque nació en los albores del siglo XIX, bajo el auge del romanticismo, caracterizándose sus intelectuales por su sentimentalismo, subjetivismo y voluntarismo. ¿Acaso el concepto de nación alemana o italiana era un artificio? ¿Era la noción de nación de los checos, eslovenos, polacos, finlandeses, noruegos, griegos o albaneses que tardaron mucho más tiempo en lograr su soberanía un mero invento de sus intelectuales nacionalistas? 

El nacionalismo español, con sus conceptos de nación que incluyen intentos de integrar por la fuerza a otros pueblos, ¿no es ya propiamente otro nacionalismo «sentimental» que invoca un «espíritu universal» en el mejor sentido hegeliano donde se bendice la empresa conquistadora? El fascismo, como cualquier nacionalismo, juega, por tanto, otro rol sentimental, idealista y pseudocientífico en lo que se refiere a la nación.

Como dijo Stalin, no existe esa «unidad de destino» de Otto Bauer al margen de una comunidad de territorio, de lengua y de vida económica, igual que tampoco puede haber una «unidad de destino» entre las clases explotadas y explotadoras de un mismo país, ya que tienen intereses opuestos; pensar lo contrario es una idea metafísica. ¿No es la dialéctica del tiempo la que demuestra si existe en un Estado esa supuesta «unidad de destino histórico» entre sus regiones y habitantes? En la historia actual hemos tenido casos donde no hubo una completa asimilación de un pueblo sobre otro, de dicha resistencia se consolidó una nacionalidad que poco después llegó a conformarse como nación». (Equipo de Bitácora (M-L); Epítome histórico sobre la cuestión nacional en España y sus consecuencias en el movimiento obrero, 2020)

Así, en España, la antigua «Fiesta de la raza» –como se decía en 1913– pasó a denominarse bajo el eufemismo «Día de la hispanidad». ¿Quién fue su introductor? Nada más y nada menos que Ramiro de Maeztu, embajador de Primo de Rivera, un elemento alabado hasta los cielos por los falangistas, los fascistas españoles de la época. ¿Qué era para él la hispanidad?:

«Hispánicos son, pues, todos los pueblos que deben la civilización o el ser a los pueblos hispanos de la península. Hispanidad es el concepto que a todos los abarca. (…) ¿Es entonces la Historia quien lo ha ido definiendo? Todos los pueblos de la Hispanidad fueron gobernados por los mismos Monarcas desde 1580, año de la anexión de Portugal, hasta 1640». (Ramiro de Maeztu; Hispanidad, 1931)

Ahora entendemos mejor las declaraciones del reaccionario Girauta sobre que, para él, Portugal y Cuba son España, solo que quizás estas han quedado desfasadas varios siglos para tener algún tipo de sentido. 

En este día, el 12 de octubre, se celebraba el «descubrimiento» de América, algo que, cuanto menos, incita a la risa, pues hace largo tiempo que los hallazgos arqueológicos demuestran la presencia vikinga en América, que se produjo unos quinientos años antes de los viajes de Colón. Otros, sin complejos, celebran la conquista de América por parte del imperialismo hispánico. Hoy, diversas agrupaciones de derecha reivindican este día junto a Vox, Falange, Hogar Social Madrid, la Escuela de Gustavo Bueno y compañía. A esto parece haberse sumado Reconstrucción Comunista, completando su mutación en una organización nacionalista.

¿Qué están recogiendo aquí estas organizaciones en sus comunicados y arengas? El discurso del viejo fascismo:

«El afán de potenciación de su país y de valorar sus valores. Difícilmente nos rendiremos en presencia de las vejeces tortuosas, ni acataremos otra normalidad que aquella que se elabore con la sangre misma de España. (...) En los últimos treinta años, ni una minoría intelectual sensible ha creído necesaria una exaltación de los valores universales que entraña la hispanidad». (Ramiro Ledesma; Grandezas de Unamuno, 1931)

«Respecto de los países de Hispanoamérica, tendemos a la unificación de cultura, de intereses económicos y de poder. España alega su condición de eje espiritual del mundo hispánico como título de preeminencia en las empresas universales». (José Antonio Primo de Rivera; Norma programática de Falange, 1934)

«Y de la conquista de América nos hablaban [los profesores], al mismo tiempo que de la torpeza que cometieron los que a aquellas tierras fueron en plan de conquista. Cuando citaban a Carlos V y a Felipe II, ¿no condenaban su intromisión en las guerras religiosas europeas?». (Discurso pronunciado en el teatro Cervantes, 21 de julio de 1935)

Por supuesto, a este discurso, se sumó un gran amigo de Falange y Franco, el señor Perón, que mucho criticaba a la burguesía criolla y al radicalismo, pero en el fondo estaba muy de acuerdo con este discurso perpetuador de los hitos más «reaccionario» de España:

«La historia, la religión y el idioma nos sitúan en el mapa de la cultura occidental y latina, a través de su vertiente hispánica, en la que el heroísmo y la nobleza, el ascetismo y la espiritualidad, alcanzan sus más sublimes proporciones. El Día de la Raza, instituido por el Presidente Yrigoyen, perpetúa en magníficos términos el sentido de esta filiación. «La España descubridora y conquistadora –dice el decreto, volcó sobre el continente enigmático y magnífico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales y con la aleación de todos estos factores, obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos de afirmar y de mantener con jubiloso reconocimiento». (Juan Domingo Perón; Discurso el Día de la raza, 1947)

¿Qué podíamos esperar de un líder de los «países no alineados» que acabó abriendo sus puertas de par en par al Tío Sam? Pues una actitud de lacayo frente a las potencias imperialistas, aprendida seguramente de su estancia en la España de Franco.

Los comunistas de aquel entonces condenaban los intentos, fuesen de quienes fuesen, de reavivar este tipo de ideas supremacistas que ensalzaban la esclavización de otros pueblos bajo excusas variopintas:

«[El líder socialdemócrata] Prieto hizo un examen de la obra de los colonizadores españoles en América, y concretamente en México. Según él, esta obra de los viejos reaccionarios y opresores de España y de otros pueblos, no ha sido más que una misión fecunda, grande y civilizadora. (…) Prieto ensalza y glorifica la obra de la iglesia católica, compañera inseparable de los colonizadores, que junto con ellos, trajo al pueblo mexicano y a los demás pueblos de América en aquella época, torturas, dolores e ignorancias enormes. El canto de Prieto en holocausto de los viejos verdugos y opresores españoles encuentra la sintonización con los sueños imperiales de Franco y Falange. Para estos, como para Prieto, la obra de los conquistadores es la que ha transmitido a América la influencia de la hispanidad, y esta influencia y esta tradición es la madre de la expansión imperial del franquismo, que exige hoy el derecho al dominio de España sobre cuantos pueblos esta conquistó. La misma hispanidad que cada día esgrime como bandera de su propaganda imperial la Falange, la hallamos clavada en la conferencia de Prieto». (Partido Comunista de España, Nuestra Bandera; Revista mensual de orientación política, económica y cultural, Nº6 1940)

Los militantes del PCE provenían de una escisión del PSOE de 1921, un grupo fundado por marxistas en el siglo anterior que, inicialmente, se había opuesto a las aventuras coloniales, pero que acabó en la misma posición socialchovinista que sus homólogos de la II Internacional. Véase el capítulo: «El PSOE y sus diferentes posturas sobre la cuestión nacional en España» de 2020.

El PCE, que ya en sus inicios había tenido resabios de este «hispanismo» supremacista –por el que fue criticado en varias ocasiones por la Internacional Comunista (IC)–, pudo corregir esta desviación en mayor o menor medida hasta que fue tomado por el revisionismo de Carrillo-Ibárruri. Desde ese momento se lanzaría a reivindicar lo mismo que aquí hacía Prieto, como bien se encargaría de denunciar Joan Comorera. Véase el capítulo: «La evolución del PCE sobre la cuestión nacional (1921-1954)» de 2020.

¿Y qué camino toman los presuntos «marxistas» de hoy? El del yugo y las flechas. No hay ejemplo más claro de la burda justificación colonial que las ideas de Gustavo Bueno y el «imperio generador hispánico»:

«Efectivamente… si siguiéramos el mecanicismo de las propias ideas generales de Gustavo Bueno sobre su teoría de los imperios hasta sus últimas consecuencias, la mayoría de los pueblos del mundo deberían dejarse subyugar por el «imperio estadounidense», pues tiene rasgos de «imperio generador», teniendo un «mayor desarrollo de fuerzas productivas» y la tan sonada «vocación universal». Debido al material existente en nuestro medio, no nos detendremos aquí a desmontar de nuevo este tipo de teorías tercermundistas que justifican al imperialismo, y mucho menos bajo nociones liberales que consideran a EEUU como defensor de los «derechos humanos». 

Actualmente, los seguidores de la Escuela de Gustavo Bueno alegan que una reedición similar del imperio español y sus posesiones sería positiva. Eso sí, se encargan de no tratar de asustar a los pueblos y prometen que todo sería «debidamente adaptado a nuestros tiempos». ¡¿Pero qué se puede esperar de intelectualoides que nos venden que el imperialismo yankee también es positivo porque es un «imperio generador y universal»?! Viendo sus concepciones está claro que, de proclamarse tal imperio de la demencia, éste no sería más que un nuevo dominio mundial, tanto colonialista como, y especialmente, neocolonial, de España sobre otros pueblos. Se trataría, pues, de sustituir mundialmente la presencia de potencias imperialistas, como China, EE.UU., Rusia o la UE por otro de corte hispano, lo cual no debería suscitar orgullo alguno al proletariado nacional, salvo que sufra de una alienación nacionalista.

La teoría buenista del «imperio generador y no depredador» se desmonta desde el momento en que se observa que tanto «imperios generadores», como el imperio romano o el español, como los «imperios depredadores» como el británico o el francés, se caracterizaban por igual por desarrollar infraestructuras en los países conquistados u ocupados. Esto es una dinámica inherente al imperio, y ya hablamos aquí no con conceptos vagos de «imperio», sino que nos referimos a la teoría leninista sobre el imperialismo como etapa superior del capitalismo, del monopolismo:

«La tercera contradicción es la existente entre un puñado de naciones «civilizadas» dominantes y centenares de millones de hombres de las colonias y de los países dependientes. El imperialismo es la explotación más descarada y la opresión más inhumana de centenares de millones de habitantes de las inmensas colonias y países dependientes. Extraer superbeneficios: tal es el objetivo de esta explotación y de esta opresión. Pero, al explotar a esos países, el imperialismo se ve obligado a construir en ellos ferrocarriles, fábricas, centros industriales y comerciales. La aparición de la clase de los proletarios, la formación de una intelectualidad del país, el despertar de la conciencia nacional y el incremento del movimiento de liberación son resultados inevitables de esta «política». El incremento del movimiento revolucionario en todas las colonias y en todos los países dependientes, sin excepción, lo evidencia de modo palmario. Esta circunstancia es importante para el proletariado, porque mina de raíz las posiciones del capitalismo, convirtiendo a las colonias y a los países dependientes, de reservas del imperialismo, en reservas de la revolución proletaria. Tales son, en términos generales, las contradicciones principales del imperialismo, que han convertido el antiguo capitalismo «floreciente» en capitalismo agonizante». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; Los fundamentos del leninismo, 1924)

Claro está, aquél que no comprende la época en que vivimos y las fuerzas motrices del progreso –como estos señores– nos hablará todo el rato de naciones y sus pretensiones más o menos positivas, pero sin entender en ninguno momento su carácter de clase ni las relaciones de producción que se producen en su seno». (Equipo de Bitácora (M-L); Epítome histórico sobre la cuestión nacional en España y sus consecuencias en el movimiento obrero, 2020)

El lector puede echar un vistazo a este documento donde verá las afirmaciones peregrinas de Gustavo Bueno, Santiago Armesilla, Pedro Ínsua o Jesús G. Maestro sobre el mito de la «Reconquista», «La cuestión catalana, vasca y gallega», la evaluación reaccionaria sobre la cultura y la religión española o sus simpatías hacia el fascismo español, les aseguramos que no tienen desperdicio. Véase el capítulo: «El viejo socialchovinismo: La Escuela de Gustavo Bueno» de 2020.

Como Sancho Panza seguía todas las aventuras de Don Quijote sin reflexión, ahora también Roberto Vaquero, como buen discípulo de Falange de las JONS, sigue a Gustavo Bueno y nos dice en el mismo sentido:

«Desde hace unos años hay un montón de gente que está con lo de nada que celebrar, el descubrimiento fue un genocidio. Estamos hablando de gente que reniegan de su país y que aparte hace un análisis histórico que hace un seguidismo de la leyenda negra anglófila sobre España. Obviamente sí fue una conquista, sí se hicieron cosas, que desde el punto de vista actual se diría que están mal, etc». (Roberto Vaquero; Sobre el 12 de octubre y la hispanidad, 2020) 

Primero, aquí no se trata de dilucidar –como también intenta a veces Armesilla–, si la iglesia protestante quemó más brujas que la iglesia católica –cosa cierta–, ni se trata de si el imperio holandés fue más rapaz y genocida que el imperio español dadas sus capacidades –cosa cierta–. Esto no es una «competición» de a ver quién quien fue más sádico o quien puso más muertos sobre la mesa. ¡La cuestión versa sobre por qué organizaciones que se dicen «marxistas» hacen piña con el fascismo patrio para reivindicar la expansión colonial!

Cuando Marx y Engels maduraron su pensamiento sobre la cuestión nacional se desligaron del chovinismo que arrastraban del hegelianismo de izquierda y acabaron condenando la opresión nacional de Polonia, Argelia, India o Irlanda. Véase el capítulo: «¿Hegealismo de izquierda o marxismo como modelo a seguir en la cuestión nacional?» de 2020.

Concluyendo, ¿qué significó la conquista de América? Marx, analizando la acumulación originaria del capitalismo, explicaba:

«El descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, el exterminio, la esclavización y el sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros: tales son los hechos que señalan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos representan otros tantos factores fundamentales en el movimiento de la acumulación originaria. Tras ellos, pisando sus huellas, viene la guerra comercial de las naciones europeas, con el planeta entero por escenario. Rompe el fuego con el alzamiento de los Países Bajos, que se sacuden el yugo de la dominación española, cobra proporciones gigantescas en Inglaterra con la guerra antijacobina, sigue ventilándose en China en las guerras del opio, etc. Las diversas etapas de la acumulación originaria tienen su centro, en un orden cronológico más o menos preciso, en España, Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra». (Karl Marx; El capital, 1860) 

Y el propio Marx, citando a W. Howitt, un devoto cristiano, decía:

«Los actos de barbarie y de desalmada crueldad cometidos por las razas que se llaman cristianas en todas las partes del mundo y contra todos los pueblos del orbe que pudieron subyugar, no encuentran precedente en ninguna época de la historia universal ni en ninguna raza, por salvaje e inculta, por despiadada y cínica que ella sea». (Karl Marx; El capital, 1860) 

En sus estudios sobre las sociedades primitivas, Marx llegó a unas conclusiones que hoy avergonzarían a los nacionalistas de toda Europa:

«1) la vitalidad de las comunidades primitivas era incomparablemente superior a la de las sociedades semitas, griegas, romanas, etc. y tanto más a la de las sociedades capitalistas modernas; 2) las causas de su decadencia se desprenden de datos económicos que les impedían pasar por un cierto grado de desarrollo, del ambiente histórico. (…) Al leer la historia de las comunidades primitivas, escritas por burgueses, hay que andar sobre aviso. Esos autores no se paran siquiera ante la falsedad. Por ejemplo, sir Henry Maine, que fue colaborador celoso del Gobierno inglés en la destrucción violenta de las comunidades indias, nos asegura hipócritamente que todos los nobles esfuerzos del gobierno hechos con vistas a sostener esas comunidades se estrellaron contra la fuerza espontánea de las leyes económica». (Karl Marx; Proyecto de respuesta a la carta de V. I. Zasuluch, 1881) 

Pero algunos seguirán haciendo oídos sordos a una verdad evidente y tratarán de vender que el colonialismo español y el genocidio de los nativos fue una casualidad fruto de accidentes.

«Pero todos los Estados de esa época, todos los pueblos que eran más fuertes que otros, lo hacían este tipo de cosas, era normal. No se puede estudiar una época histórica sin tener en cuenta las condiciones materiales y hacerlo con una mentalidad actual». (Roberto Vaquero; Sobre el 12 de octubre y la hispanidad, 2020)

Segundo, quizás Roberto, como no acabó la carrera de historia, parece ser que no leyó que, desde la óptica del siglo XVI, tampoco se consideraba «normal» lo que los castellanos hacían en sus empresas coloniales:

«Esto a la letra ha acontecido a estos indios, con los españoles, pues fueron tan atropellados y destruidos ellos y sus cosas, que ninguna apariencia les quedó de lo que eran antes». (Bernardino de Sahagún; Historia general de las cosas de Nueva España, siglo XVI)

«Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes, que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan oprimidos y fatigados, sin darles de comer y curarlos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine, y conozcan a su Dios y criador, y sean bautizados, oigan misa y guarden las fiestas y los domingos? ¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis, esto no sentís?». (Antonio de Montesinos; Sermón de adviento, 21 de diciembre de 1511)

«En estas ovejas mansas, y de las calidades susodichas por su Hacedor y criador así dotadas, entraron los españoles, desde luego que las conocieron, como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos. Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte, hasta hoy, e hoy en este día lo hacen, sino despedazarlas, matarlas, angustiarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas por las extrañas y nuevas e varias e nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad». (Bartolomé de las casas; Brevísima relación de la destrucción de las Indias, 1552)

¡Esperemos que esta fuente escrita con resabios en castellano antiguo no le parezca a Roberto Vaquero una «fuente anglófila»! Aunque, seguramente, para estos seres, figuras como Bartolomé de las Casas, que denunciaron la feroz explotación inhumana de los indígenas, eran «agentes del imperialismo inglés».

«Esa gente lo que hace es criminalizar a ojos de la gente normal, de los trabajadores, que tienen ese sentimiento de pertenencia a España, etc. esos ataques absurdos, con ese nada que celebrar». (Roberto Vaquero; Sobre el 12 de octubre y la hispanidad, 2020)

Tercero. Nosotros no idealizamos los pueblos indígenas que también practicaban formas de explotación como la esclavitud, la guerra y el saqueo, común entre los mayas o aztecas. No por casualidad la conquista castellana de América fue posibilitada por la participación de sus aliados indígenas, pueblos como los zempoaltecas, los mixtecos o los tlaxcaltecas, que deseaban desligarse del yugo de los imperios regionales precolombinos. 

Casi todos los pueblos tienen periodos como conquistadores y conquistados, pero este no es el problema al que nos enfrentamos. No se trata de que el pueblo español deba «pedir perdón», puesto que las gentes de hoy no tienen culpa alguna de lo que hicieron sus ancestros. Este pensamiento es similar al de las feministas que exigen que un hombre se disculpe por la opresión histórica de la mujer en su país. Esto se trata, simplemente, de que un pueblo no niegue el pasado de su comunidad y lo asuma de forma crítica, como el pueblo alemán asume el drama que supuso el nazismo para su nación y para otros pueblos, sin peros que valgan. 

Lamentablemente estos son los mismos que les parece «normal» que existan estatuas que retratan a un indígena genuflexionado, en una pose sumisa ante conquistadores como Pere Margarit, uno de los expedicionarios de Colón. Pero bueno… qué podemos esperar de muchos de estos «politólogos» y «filósofos», que justifican la bandera rojigualda, adoptada siempre, salvo una breve excepción de 1870-73, en los periodos de reacción bajo la monarquía y el fascismo. Incluso se defiende la presencia de la Cruz del Valle de los Caídos, un monumento fascista construido con la sangre y sudor de los presos antifascistas por orden de Franco. Todo, bajo la excusa equidistante de que «es parte de nuestra historia», y en efecto, lo es, pero nadie en su sano juicio permitiría rendir pleitesía al colonialismo y al fascismo.

El pueblo español o, mejor dicho, las capas más avanzadas del mismo, dudosamente pueden sentir orgullo por las «epopeyas» de un mercenario medieval como el Cid, ni por la conquista de América de unos pobres desgraciados que iban allí a buscar el futuro que no tenían en su tierra. Huelga decir que estas empresas, como siempre, redundaron no en la riqueza del pueblo, sino de nobles y reyes. 

En todo caso las personas revolucionarias y progresistas sienten orgullo de los liberales que lucharon contra Fernando VII, como Torrijos, y aún así no serían tan derechistas como para adoptar las debilidades de la burguesía liberal, ni harían suyo un eslogan ya superado por la historia, justo como hace Roberto emulando al reaccionario de Unamuno al gritar «¡Viva España con honra!». El pueblo español tiene hitos históricos mucho mayores y más acordes a las tareas de su época; he ahí a los milicianos que defendieron Madrid del fascismo en la Ciudad Universitaria, incluyendo los miles de antifascistas que vinieron de todo el mundo. Esto sí es una prueba de internacionalismo proletario, y no el abstracto e interclasista «hispanismo» que Armesilla y Roberto nos venden.

En resumen, este negacionismo directo o indirecto de lo que fue la presencia española en América, solo es otra prueba de que, una vez más, Roberto Vaquero sigue los pasos de la Escuela de Gustavo Bueno:

«Aquí, el nacionalismo español, torpemente vestido de ropajes marxistas, también eleva a la categoría de héroe a los mismos generales y capitanes de la conquista colonial del siglo XV al siglo XIX, también se difunde la idea de que la Guerra de hispano-estadounidense de 1898 y la pérdida de las colonias fue una guerra defensiva de España, justa, ignorando las reivindicaciones que cubanos, filipinos y puertorriqueños ya habían desplegado ante el status de subyugación colonial que sufrían, lo cual llevo a varios levantamientos nacionales. Estos filósofos arrastran los mismos discursos que, por aquel entonces, publicaban los periódicos conservadores que «tachaban de traición a la patria» toda crítica a las campañas coloniales. 

Hoy, los seguidores de Gustavo Bueno intentan hacer creer que la brutalidad de Pizarro en Perú, de Cortés en México, del Duque de Alba en Flandes… es mera propaganda de la Leyenda Negra fabricada por la «pérfida Albión», que la colonización de América no solo era el «mal menor» entre la rapacidad del imperialismo británico, holandés portugués o francés, sino que para los pueblos americanos fue una suerte entrar a formar en el proyecto del imperio hispánico. Pi y Margall, que tenía más interés por la verdad histórica que estos lacayos de la historiografía franquista, ya puso en su lugar a este tipo de patrioteros:

«Considerábase en América tan conquistador como Hernán Cortés el último soldado: las depredaciones y las crueldades no tuvieron límite. (…) Ni con ser católicos escuchaban la voz de sus prelados. (…) Somos demasiado ignorantes, fanáticos, soberbios y crueles para ganarnos el corazón de los vencidos. Por la fuerza hemos querido en todas partes imponer nuestro Dios y nuestros dogmas. En parte alguna hemos sabido injertar nuestra civilización en las instituciones por que los pueblos dominados se regían. (…) Hasta sus jeroglíficos los quemamos suponiéndolos sugestión del diablo. (…) En mucho menos que a los caballos teníamos a los indígenas. En mucho menos estimábamos su vida: ávidos de oro, por miles los llevamos en las minas a la muerte. Horrorizan los crímenes que en ellos cometimos, crímenes atestiguados por casi todos los autores del tiempo de la conquista. Pudo más afortunadamente en esos hombres la voz de la verdad que la del patriotismo. ¿De qué nos sirvieron las colonias? Trajeron consigo la despoblación de la península, la rápida decadencia de las industrias florecientes, el encarecimiento de la vida, el espíritu de aventuras y el desprecio del trabajo que todavía constituye el fondo de nuestro carácter. La corrupción de las colonias refluye siempre a la metrópoli: no tardamos en tenerla aquí después de la conquista de América, como la tuvo Roma después de la conquista de España y las Galias». (Francisco Pi i Margall; Eusebio á Carlos, XCII, 14 de septiembre de 1898)

La historiografía burguesa y su nacionalismo nos ha acostumbrado en demasía a estas visiones.

Acabamos de ver una notable documentación para acreditar que en la URSS de Stalin de los años 20 se desarrolló una enérgica persecución hacia aquellos autores que deseaban rehabilitar el chovinismo gran ruso. Esto volvió a condenarse en la década siguiente. En un escrito poco conocido, Stalin, Zhdánov y Kirov reprendían a los historiadores encargados de realizar el nuevo manual de historia, dado que parecían querer reintroducir los mitos y vicios de la historiografía burguesa:

«El grupo de Vanaga no ha cumplido su cometido y ni siquiera lo ha entendido. Ha realizado una sinopsis de la historia rusa, no de la historia de la URSS, es decir, la historia de Rusia, pero sin la historia de los pueblos que entraron a formar parte de la URSS –nada se dice de la historia de Ucrania, Bielorrusia, Finlandia y otros pueblos bálticos, los pueblos del norte del Cáucaso y Transcaucásicos, de los pueblos de Asia Central, los pueblos del Lejano Oriente, así como el Volga y las regiones del norte: tártaros, bashkirs, mordovianos, chuvasios, etcétera–. La sinopsis, no enfatiza el papel anexionista-colonial del zarismo ruso, junto con la burguesía y los terratenientes rusos –«el zarismo es la prisión de los pueblos»–. La sinopsis no enfatiza el papel contrarrevolucionario del zarismo ruso en la política exterior desde la época de Catalina II hasta los años 50 del siglo XIX y más allá –«el zarismo como un gendarme internacional»–. En la sinopsis no figura la fundación y orígenes de los movimientos de liberación nacional de los pueblos de Rusia, oprimidos por el zarismo, y, por tanto, la Revolución de Octubre, en cuanto fue la revolución que liberó a estos pueblos del yugo nacional. (…) La sinopsis abunda en banalidades y clichés como el «terrorismo policial de Nicolás II», la «insurrección de Razine», la «insurrección de Pugatchev», la «la ofensiva contrarrevolucionaria de los terratenientes en la década de 1870», «los primeros pasos del zarismo y de la burguesía en la lucha contra la revolución de 1905-1907», etc. Los autores de la sinopsis copian ciegamente las banalidades y las definiciones anticientíficas de los historiadores burgueses, olvidando que tienen que enseñar a nuestra juventud las concepciones marxistas científicamente fundamentadas. (…) La sinopsis no refleja la influencia de los movimientos burgueses y socialistas de Europa Occidental en la formación del movimiento revolucionario burgués y el movimiento socialista proletario en Rusia. Los autores de la sinopsis parecen haber olvidado que los revolucionarios rusos se reconocían como los discípulos y seguidores de las figuras destacadas del pensamiento burgués revolucionario y marxista de Occidente. (…) Necesitamos un libro de texto sobre la historia de la URSS, donde la historia de la Gran Rusia no se separe de la historia de otros pueblos de la URSS, esto en primer lugar, y donde la historia de los pueblos de la URSS no se separe de la historia europea y mundial en general». (Notas sobre la sinopsis del Manual de historia de la URSS; I.V. Stalin, A.A. Zhdanov, S.M. Kirov, 8 de agosto de 1934)

Pero si el lector no se convence de esto, podemos ver como a finales de los 40 se castigan los intentos de reexaminar la historia del zarato ruso bajo sofismas nacionalistas muy similares a los que hoy vemos en los seguidores de Gustavo Bueno. Así, en el artículo «Contra el objetivismo en la ciencia histórica» se decía muy claramente: 

«Kach advirtió a la revista de historiadores «Historia Marxista» Nº4 de 1939, que en un artículo de su editor, el camarada Yaroslavsky «Tareas incumplidas en el frente histórico», él había escrito: «Cabe señalar que, en lucha contra las distorsiones antimarxistas de la escuela histórica de Pokrovsky, algunos historiadores cometen errores nuevos y no menos serios». El artículo señalaba que estos errores consistían en: 1) una interpretación incorrecta de la cuestión del llamado «mal menor», en los intentos de extender este punto de vista a todas las conquistas del zarismo ruso; 2) en la comprensión errónea de las guerras justas e injustas, en intentos de convertir todas las guerras de la Rusia zarista en guerras defensivas; 3) en la comprensión errónea del patriotismo soviético, al ignorar su contenido socialista de clase, en deslizarse al falso patriotismo. Es característico que algunos de estos errores encuentren su lugar en la colección «Contra el concepto histórico de Pokrovsky». No es difícil rastrear su huella en él. Los errores de Yaroslavsky se basaron en el deseo de embellecer la historia, ignorando el contenido de clase del proceso histórico tanto en su conjunto como en cada acontecimiento por separado. No menos peligrosos y dañinos son los errores que surgen nuevamente del enfoque no marxista de la historia, yendo en la línea de denigrar el pasado del pueblo gran ruso, subestimando su papel en la historia del mundo. (…) El nihilismo en la evaluación de los mayores logros de la cultura rusa y de otros pueblos de la URSS es el reverso de la adoración de la cultura burguesa de Occidente. Durante la Gran Guerra Patriótica [1941-1945], debido a una serie de circunstancias, la influencia de la ideología burguesa se intensifico en ciertos sectores de la ciencia histórica, especialmente en el campo del estudio de la política exterior, las guerras y el arte militar. El camarada Tarle repitió la posición errónea sobre la naturaleza defensiva y justa de la Guerra de Crimea [1853-1856]. Intentó justificar las guerras de Catalina II con la idea de que supuestamente Rusia luchaba por sus fronteras naturales, y que como resultado de las adquisiciones territoriales de ella, el pueblo soviético en la guerra contra el hitlerismo tuvo unas cabezas de puente salvadoras y necesarias para la defensa. Se intento reconsiderar la naturaleza de la campaña de 1813, presentándola como similar a la campaña de liberación del Ejército Rojo en Europa [durante 1943-1945]. Hubo demandas para reconsiderar el papel de la Rusia zarista como gendarme de la reacción y prisión de pueblos durante la primera mitad del siglo XIX. Si por un lado, algunos historiadores mostraron una tendencia perjudicial al negar cualquier influencia beneficiosa sobre los pueblos de nuestro país en cuanto a la economía y cultura rusa, por otro lado, se hizo un intento igualmente perjudicial para intentar eliminar la cuestión misma de la naturaleza colonial de la política del zarismo en las regiones nacionales. Se alzó el escudo contra los supuestos héroes del pueblo ruso, los generales. (…) Presentaron como supuestos héroes del pueblo ruso, a los generales Skobelev, Dragomirov, Brusilov, y en Armenia incluso lograron convertir a Loris-Melikov en héroe nacional. Algunos estuvieron de acuerdo en exigir abiertamente en que el análisis de clase de los hechos históricos fuera sustituido una evaluación de su progreso en general, en términos de intereses nacionales y estatales. Fue necesaria la intervención directa del Comité Central de nuestro partido». (Cuestiones de la Historia; Nº12, diciembre de 1948)

Para quien lo desconozca, el general Skobelev fue el encargado de la conquista de Asia central de 1881, haciéndose reconocido por su brutalidad contra los turcomanos. Dragomirov fue otro general participante de la Guerra Ruso-Turca de 1877-1878, una guerra entre potencias teocráticas por las áreas de influencias en los Balcanes. Brusilov fue un general participante en la Primera Guerra Mundial de 1914. Loris-Melikov fue un general de ascendencia armenia que llegó incluso a ser Ministro del Interior en el reinado de Alejandro II. 

Este artículo hará colapsar mentalmente a muchos socialchovinistas, y de paso desmonta las montañas de propaganda trotskista sobre el «stalinismo» y su esencia chovinista». (Equipo de Bitácora (M-L); Epítome histórico sobre la cuestión nacional en España y sus consecuencias en el movimiento obrero, 2020)

Los delirios de hacen que se digan cosas del todo estúpidas como:

«@armesillaconde: El Imperio Español fue la Unión Soviética de los siglos XV, XVI, XVII, XVIII y XIX, prácticamente desde 1492 hasta 1825 aproximadamente. (...) Tenía esclavitud, sí. Pero también mestizaje, jornadas laborales de ocho horas, proteccionismo...». (Twitter; Santiago Armesilla, 24 jun. 2018)

¿Se imaginan? ¡Armesilla dice que los indígenas de las minas del Potosí tenían mejores condiciones laborales que los obreros madrileños del siglo XIX?!

Estos paralelismo no resisten la menor comparativa como acabamos de ver, es algo similar a cuando los historiadores caídos en el nacionalismo intentaban comparar la política del zarismo con la de la URSS. Una majadería a todas luces.

Algunos responderán con astucia: «No, nosotros celebramos en el 12 de octubre la exportación de nuestra cultura hacia América, más allá de los métodos reprochables». Dejando de lado el castellano antiguo, que nada tiene que ver con el actual, nos preguntamos, ¿a qué cultura se refieren? ¿A la de la Edad Moderna? Quizás nos intentan hacer creer que la cultura que refleja críticamente El Quijote, la cultura predominante de los hidalgos, curas y reyes, tiene algo que ver con las aspiraciones de los marxistas o de las personas medianamente progresistas del siglo XXI. Nuestros nacionalistas parecen reconocer que están sumamente orgullosos de exportar una cultura anacrónica, una de crucifijo y apellidos de alcurnia.

Bien, entonces toda persona honesta reconocerá y no ocultará que ese proceso de aculturación se llevó a cabo en contra de la voluntad de los habitantes de América, con métodos y formas verdaderamente canallescas, ¿no? Pues, aunque parezca increíble, no siempre se reconoce. Es gracioso ver como algunos no dudan en condenar las tropelías del imperialismo yankee en el Medio Oeste o Hawai, exterminando a gran parte de la población, su injerencia en Cuba y Filipinas, o su imposición del modelo estadounidense actualmente en las cuatro esquinas del globo, pero claro, como buenos nacionalistas no se atreven a hacer lo mismo con este suceso histórico, la conquista castellana de América, que ocurrió hace siglos. Son los mismos que, hipócritamente, verían como una afrenta nacional que en Italia se celebrase cada año la invasión y conquista romana de los pueblos celtíberos, o en Marruecos la invasión de la península ibérica en 771. Esto carecería de sentido y, sin embargo, también es innegable la impronta del mundo greco-romano y árabe en la cultura española actual. ¿Se imaginan a un francés celebrando el día que Napoleón decidió invadir Rusia o España? ¿Quién que se considere marxista puede reivindicar que su país participó en la famosa partición de Polonia en el siglo XVIII, o en el reparto colonial de África? Solo alguien estúpido o sin escrúpulos. Como se puede comprobar, la lógica del nacionalismo es muy fácil de destapar.

La explotación romana de las minas de oro y plata en Extremadura con mano de obra esclava les parece un crimen que, en el futuro, privaría a sus habitantes de los recursos naturales para su desarrollo. Pero un fenómeno similar, el de la explotación de las minas de Potosí del siglo XVI, les parece lo más normal del mundo. Otros, ridículamente, alegan que todos los imperialismos lo hacían lo propio. Entonces, ¿qué hacéis vosotros reivindicando este imperio colonial? ¿Acaso los bolcheviques no condenaban la explotación a la que el zarismo sometió a sus pueblos? El nacionalismo es la forma más burda del hombre acomplejado, por eso deriva en una estupidez supina en sus delirantes planteamientos.

Insistimos, ¿qué celebran entonces estos fantoches de la burguesía cada 12 de octubre? Otros seres más cautos que estos hooligans responderán que, pese a todo, nos guste o no, hay unos vínculos culturales entre Latinoamérica y España. Perfecto, eso es innegable y no es motivo de disgusto. Pero, por esa regla de tres, nos unen mucho más los siglos de cultura occidental y greco-romana que los vínculos con los modernos países de América.  

Casualmente, cuando se habla de los vínculos con el mundo hispánico adoptan el mismo discurso que el Rey de España y reivindican la unidad de la «madre patria», la España imperialista, con los actuales países capitalistas de Latinoamérica. Intentan santificar la presencia del capital extranjero español en Cuba, Bolivia o Venezuela por «vínculos históricos». Esto mientras gente como Armesilla o Roberto Vaquero se llenan la boca de hablar de «unidad antiimperialista» internacional, pero defienden que el gobierno cubano es ejemplo de «antiimperialismo», aunque esté repleto de multinacionales españolas. Nuestros nacionalistas no son capaces de salir de este atolladero, en cada cuestión salen retratados de la peor forma.

Ahora, los nacionalistas como Roberto Vaquero deberían elegir con más cuidado sus referentes y sus celebraciones, puesto que sí, evidentemente, no se pueden evaluar con nuestros ojos aquellas sociedades de hace siglos, ¡menuda novedad! Pero eso no quita que, para el marxismo, una doctrina creada en época del surgimiento del proletariado, que busca la emancipación de la sociedad de clases, difícilmente puede rescatar el fanatismo religioso, el caudillismo, la sobreexplotación de recursos, las ordalías, la sociedad patriarcal o el canibalismo del siglo XVI-XIX. 

«En cada cultura nacional existen, aunque no estén desarrollados, elementos de cultura democrática y socialista, pues en cada nación hay una masa trabajadora y explotada, cuyas condiciones de vida engendran inevitablemente una ideología democrática y socialista. Pero en cada nación existe asimismo una cultura burguesa –y, además, en la mayoría de los casos, ultrareaccionaria y clerical–, y no simplemente en forma de «elementos», sino como cultura dominante. Por eso, la «cultura nacional» en general es la cultura de los terratenientes, de los curas y de la burguesía. (…) Al lanzar la consigna de «cultura internacional de la democracia y del movimiento obrero mundial», tomamos de cada cultura nacional sólo sus elementos democráticos y socialistas, y los tomamos única y exclusivamente como contrapeso a la cultura burguesa y al nacionalismo burgués de cada nación. Ningún demócrata, y con mayor razón ningún marxista, niega la igualdad de derechos de los idiomas o la necesidad de polemizar en el idioma propio con la burguesía «propia» y de propagar las ideas anticlericales o antiburguesas entre los campesinos y los pequeños burgueses «propios». (…) Quien defiende la consigna de la cultura nacional no tiene cabida entre los marxistas, su lugar está entre los filisteos nacionalistas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Notas críticas sobre la cuestión nacional, 1913)

Como uno puede comprobar, estos personajes son agentes de la burguesía que actúan para que los trabajadores perpetúen la cultura dominante, aquella que desvía la lucha de clases mediante el veneno nacionalista. Por esto el deber de los comunistas es claro:

«Las clases explotadoras han podido explotar en su interés únicamente aquella parte de la cultura que corresponde a la tendencia reaccionaria, mientras se han esforzado en ignorar, relegar al olvido, menospreciar y hasta destruir a la otra parte de la cultura, precisamente a la progresista, que enlaza con las tradiciones positivas de cada nación. (…) Así pues, en nombre del progreso social, se ha de renunciar no a toda la cultura anterior, sino únicamente a aquella parte que sirve a las clases dominantes reaccionarias, creando en su lugar una nueva cultura, progresista, que se coloque al servicio del progreso social y haga avanzar la sociedad». (Zija Xholi; Por una concepción más justa de la cultura nacional, 1985)

¿Significa esto que seamos apátridas? No, significa que somos marxistas, esto es, patriotas pero internacionalistas, opuestos a toda distorsión histórica que conlleve un ápice de nacionalismo y chovinismo:

«¿Nos es ajeno a nosotros, proletarios conscientes rusos, el sentimiento de orgullo nacional? ¡Pues claro que no! Amamos nuestra lengua y nuestra patria, ponemos todo muestro empeño en que sus masas trabajadoras –es decir, las nueve décimas partes de su población– se eleven a una vida consciente de demócratas y socialistas. Nada nos duele tanto como ver y sentir las violencias, la opresión y el escarnio a que los verdugos zaristas, los aristócratas y los capitalistas someten a nuestra hermosa patria. Nos sentimos orgullosos de que esas violencias hayan promovido resistencia en nuestro medio, entre los rusos, de que de ese medio saliera un Radíschev, salieran los decembristas y los revolucionarios del estado llano de los años 70, de que la clase obrera rusa formara en 1905 un poderoso partido revolucionario de masas, de que el mujik ruso empezara a convertirse, al mismo tiempo, en un demócrata y a barrer al pope y al terrateniente.

Recordamos que el demócrata ruso Chernyshevski, al consagrar su vida a la causa de la revolución, dijo hace medio siglo: «Mísera nación de esclavos, todos esclavos de arriba abajo». A los rusos, esclavos manifiestos o encubiertos –esclavos respecto a la monarquía zarista–, no les gusta recordar estas palabras. A nuestro juicio, en cambio, son palabras de verdadero amor a la patria, de nostalgia por la falta de espíritu revolucionario en la masa de la población rusa. Entonces no lo había. Ahora, aunque no mucho, lo hay ya. Nos invade el sentimiento de orgullo nacional porque la nación rusa ha creado también una clase revolucionaria, ha demostrado también que es capaz de dar a la humanidad ejemplos formidables de lucha por la libertad y por el socialismo, y no sólo formidables pogromos, hileras de patíbulos, mazmorras, hambres formidables y un formidable servilismo ante los popes, los zares, los terratenientes y los capitalistas.

Nos invade el sentimiento de orgullo nacional, y precisamente por eso odiamos, en forma particular, nuestro pasado de esclavos –cuando los terratenientes aristócratas llevaban a la guerra a los mujiks para estrangular la libertad de Hungría, Polonia, Persia y China– y nuestro presente de esclavos, cuando los mismos terratenientes, auxiliados por los capitalistas, nos llevan a la guerra para estrangular a Polonia y Ucrania, para ahogar el movimiento democrático en Persia y China, para afianzar a la banda de los Románov, Bóbrinski y Purishkévich, que constituyen un oprobio para nuestra dignidad nacional de rusos. Nadie tiene la culpa de haber nacido esclavo; pero el esclavo que rehúye aspirar a su propia libertad y, encima, justifica y embellece su esclavitud –llamando, por ejemplo, a la estrangulación de Polonia, Ucrania, etc., «defensa de la patria» de los rusos–, semejante esclavo es un miserable lacayo que despierta un sentimiento legítimo de indignación, de desprecio y repugnancia». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El orgullo nacional de los rusos, 1914)

¿Lo han leído señores? Al castellano no le produce orgullo que sus antepasados hayan llevado una guerra de religión a Flandes, al catalán no le produce orgullo que su pueblo haya sido partícipe del tráfico de esclavos en Cuba, al vasco no le place que sus ancestros se hayan dejado la vida contra los independentistas en Filipinas, ni al gallego en el Rif. 

La insurrección liberal de 1820 encabezada por Riego, Quiroga y otros contra Fernando VII, utilizó los ejércitos destinados para sofocar las rebeliones en América para ajustar cuentas con la reacción local en España. Esto demostraba indirectamente que el haber irrumpido dos siglos antes a sangre y fuego en países ajenos no había servido de nada, puesto que ni siquiera había mejorado la vida de los habitantes de la península. Ahora, esas mismas élites parasitarias habían llevado a España a la decadencia dilapidando las riquezas en favor de la nobleza y el clero, pero aún así pretendían seguir manteniendo sus posesiones coloniales por mero empecinamiento, en contra de los intereses del país y sus gentes:

«Las expediciones contra la América española se habían tragado 14.000 hombres desde 1814 y se habían desarrollado de la manera más indignante e imprudente, por lo que habían suscitado mucha aversión al ejército y habían sido consideradas un medio malévolo para desembarazarse de regimientos descontentos». (Karl Marx; La España revolucionaria, 1854)

Pi y Margall, escribió lo siguiente sobre las guerras de España en el siglo XIX respecto a otros pueblos:

«Las guerras del presente siglo, Carlos, no para precavernos contra las que puedan sobrevenir sino para curarnos de nuestro espíritu de aventuras y de nuestro loco orgullo debemos recordarlas. Salvo las que contra los franceses sostuvimos, ninguna fue merecedora de aplauso. Ninguna tuvo por fin emancipar pueblos ni abrir pasos que nos hubiese cerrado el egoísmo ni la barbarie. Me limito por ahora á las exteriores; de las civiles hablaré más tarde. ¿Tienes tú por nobles y justas ni la de África, ni la de Santo Domingo, ni la de Méjico, ni la del Pacífico, ni la de Cochinchina? La de África ya sabes que la provocó O'Donnell con ánimo de distraer la atención de los partidos que aquí le eran adversos. (...) A Santo Domingo tampoco ignoras que fuimos prestándonos a ser instrumento de uno de los partidos en que estaba dividida la República. (...) A Cochinchina fuimos finalmente arrastrados por los franceses que so pretexto de vengar la muerte de unos misioneros se proponían agrandar sus dominios de Asia. (...) Contra la libertad de los pueblos no hay prescripción posible. (...) Cuba levantándose contra nosotros y reclamando su independencia está en su derecho». (...) De la guerra de Cuba hemos sacado la de los Estados Unidos; de la de Filipinas la inquietud y el temor de mayores males; de la de Cochinchina una indemnización pecuniaria mezquina y vergonzosa; de la de Santo Domingo el abandono de la isla, después de haber gastado 98 millones de pesetas; de la de Méjico, en que invertimos 17 millones, absolutamente nada; de la del Pacífico la pérdida del Covadonga y la retirada del Callao con los buques rotos, buques que se hubo de ir á reparar parte en Río Janeiro, parte en el archipiélago de Otahili; de la de África por fin una rectificación de límites, 20 millones de duros y un territorio en Santa Cruz la Pequeña para un establecimiento de pesquería. Todas estas injustas guerras ¿pueden servir, como antes te dije, más que de escarmiento? Á guerras de esta índole debemos resueltamente cerrar la puerta. ¡Ojalá lo consigamos!». (Francisco Pi y Margall; Carta a Eusebio, 26 de abril de 1898)

Quien no entienda esto es simple y llanamente un estúpido que forma parte del entramado chovinista de la burguesía nacional. No por casualidad existen corrientes del nacionalismo catalán como la de Institut Nova Historia que pretenden adueñarse del dudoso honor de la figura de Colón, Pizarro o Cortés. Véase el capítulo: «Los conceptos de nación de los nacionalismos vs el marxismo» de 2020.

Para finalizar, todos aquellos que hablan en abstracto de unión de pueblos hispánicos, les recordamos:

«Queremos unión libre y debemos por tanto reconocer la libertad de separación –sin libertad de separarse, la unión no puede ser llamada libre–. Y estamos tanto más obligados a reconocer el derecho a la separación, por cuanto el zarismo y la burguesía rusa, con su opresión, han suscitado en las naciones vecinas multitud de rencores y una gran desconfianza hacia los rusos en general; esta desconfianza hay que disiparla con hechos y no con palabras. Nosotros queremos que la república del pueblo ruso –me inclino incluso a decir pueblo gran ruso, pues es más exacto– atraiga a otras naciones, pero ¿cómo? No mediante la violencia, sino sólo mediante un acuerdo voluntario. De otro modo se romperían la unidad y la fraternal alianza de los obreros de todos los países. A diferencia de los demócratas burgueses, nosotros no planteamos como consigna la fraternidad de los pueblos, sino la fraternidad de los obreros de todas las nacionalidades, pues no confiamos en la burguesía de ningún país, la consideramos enemiga». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Revisión del programa del partido, 1917)

«Para aplicar con acierto el programa nacional planteado por la Revolución de Octubre, es preciso, además, vencer los obstáculos heredados de la etapa ya pasada de opresión nacional y que no pueden ser eliminados en poco tiempo, de golpe. Esta herencia consiste, en primer lugar, en las supervivencias del chovinismo de gran potencia, que es un reflejo de la pasada situación de privilegio de los grandes rusos. (...) Es un proceso prolongado, que requiere una lucha tenaz e insistente contra todas las supervivencias de la opresión nacional y de la esclavitud colonial. Pero tiene que ser superada a toda costa. (...) De otra manera, no se puede contar con el establecimiento de una colaboración firme y acertada entre los pueblos dentro del marco de un solo Estado federal». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Los factores nacionales en la edificación del partido y del Estado, 1921)

Nada puede estar más claro para un marxista que la necesidad de respetar estos principios.

absolutamente nada; de la del Pacífico la pérdida del Covadonga y la retirada del Callao con los buques rotos, buques que se hubo de ir á reparar parte en Río Janeiro, parte en el archipiélago de Otahili; de la de África por fin una rectificación de límites, 20 millones de duros y un territorio en Santa Cruz la Pequeña para un establecimiento de pesquería. Todas estas injustas guerras ¿pueden servir, como antes te dije, más que de escarmiento? Á guerras de esta índole debemos resueltamente cerrar la puerta. ¡Ojalá lo consigamos!». (Francisco Pi y Margall; Carta a Eusebio, 26 de abril de 1898)

Quien no entienda esto es simple y llanamente un estúpido que forma parte del entramado chovinista de la burguesía nacional. No por casualidad existen corrientes del nacionalismo catalán como la de Institut Nova Historia que pretenden adueñarse del dudoso honor de la figura de Colón, Pizarro o Cortés. Véase el capítulo: «Los conceptos de nación de los nacionalismos vs el marxismo» de 2020.

Para finalizar, todos aquellos que hablan en abstracto de unión de pueblos hispánicos, les recordamos:

«Queremos unión libre y debemos por tanto reconocer la libertad de separación –sin libertad de separarse, la unión no puede ser llamada libre–. Y estamos tanto más obligados a reconocer el derecho a la separación, por cuanto el zarismo y la burguesía rusa, con su opresión, han suscitado en las naciones vecinas multitud de rencores y una gran desconfianza hacia los rusos en general; esta desconfianza hay que disiparla con hechos y no con palabras. Nosotros queremos que la república del pueblo ruso –me inclino incluso a decir pueblo gran ruso, pues es más exacto– atraiga a otras naciones, pero ¿cómo? No mediante la violencia, sino sólo mediante un acuerdo voluntario. De otro modo se romperían la unidad y la fraternal alianza de los obreros de todos los países. A diferencia de los demócratas burgueses, nosotros no planteamos como consigna la fraternidad de los pueblos, sino la fraternidad de los obreros de todas las nacionalidades, pues no confiamos en la burguesía de ningún país, la consideramos enemiga». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Revisión del programa del partido, 1917)

«Para aplicar con acierto el programa nacional planteado por la Revolución de Octubre, es preciso, además, vencer los obstáculos heredados de la etapa ya pasada de opresión nacional y que no pueden ser eliminados en poco tiempo, de golpe. Esta herencia consiste, en primer lugar, en las supervivencias del chovinismo de gran potencia, que es un reflejo de la pasada situación de privilegio de los grandes rusos. (...) Es un proceso prolongado, que requiere una lucha tenaz e insistente contra todas las supervivencias de la opresión nacional y de la esclavitud colonial. Pero tiene que ser superada a toda costa. (...) De otra manera, no se puede contar con el establecimiento de una colaboración firme y acertada entre los pueblos dentro del marco de un solo Estado federal». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Los factores nacionales en la edificación del partido y del Estado, 1921)

¿Es la «leyenda negra» una de las prioridades de los trabajores?

Como estamos seguro que el lector conocerá, el nacionalismo de la Escuela de Gustavo Bueno le obliga a que más de la mitad de sus discursos se centren en comentar, aunque sea de pasada, algo sobre la «leyenda negra» de la historia española. Su objetivo no es tanto poner la verdad histórica en su sitio como retorcer los hechos históricos hasta intentar poder vender que tenemos que estar orgullosos de una experiencia de conquista militar y expolio económico de hace más de siglo siglos. Véase el capítulo: «De «leyenda negra» a «leyenda blanca» sobre el colonialismo hispano» de 2021.

Atrás vimos que Roberto Vaquero, líder de Reconstrucción Comunista, una formación socialchovinista, ha recibido muchas simpatías por parte de elementos gustavobuenistas como Santiago Armesilla. ¿Por qué será? Quizás porque sus militantes, como los del grupo fascista Bastión Frontal, se divierten con las canciones sobre los tercios españoles y atacando a las «ratas separatistas». 

Pedro Ínsua, el filósofo buenista que entre otros «méritos» tiene el dudoso «honor» de haber colaborado en libros con Gustavo Bueno y Santiago Abascal, fue uno de los ultrareaccionarios elegidos por Roberto Vaquero para conformar el relajado y amistoso coloquio cibernético celebrado entre «camaradas». ¿Y en qué se centraba ente evento? Sobre un problema «importantísimo» que sobrevuela día y noche las preocupaciones de los trabajadores en la miseria, ¡la «leyenda negra española»!

«¿Hasta qué punto está esa leyenda negra acabada? Porque algunos dicen, todos los países tienen. Sí, pero no como la de España, porque la nuestra fue incentivada por otras potencias que se convirtieron en las dominantes, por ejemplo, Inglaterra, y que el poder que tuvo de difundirla y de hacer que fuera algo vertebrador en el pensamiento de mucha gente era mucho mayor». (Formación Obrera; Contrahegemonía: Sobre la Leyenda Negra y el legado histórico de España, 2021)

«Desde hace unos años hay un montón de gente que está con lo de nada que celebrar, el descubrimiento fue un genocidio. Estamos hablando de gente que reniegan de su país y que aparte hace un análisis histórico que hace un seguidismo de la leyenda negra anglófila sobre España. Obviamente sí fue una conquista, sí se hicieron cosas, que desde el punto de vista actual se diría que están mal, etc. (…) Esa gente lo que hace es criminalizar a ojos de la gente normal, de los trabajadores, que tienen ese sentimiento de pertenencia a España, etc. esos ataques absurdos, con ese nada que celebrar». (Roberto Vaquero; Sobre el 12 de octubre y la hispanidad, 2020)

Estaría bien recordar que estas «leyendas negras» que se crean en torno a ciertos pueblos, bien contengan o no verdades históricas, reflejan pugnas interburguesas entre las clases explotadoras de distintos países, que pujan por el desprestigio internacional hacia tal o cual enemigo concreto. De ahí se desprende que tratar superficialmente, como hacen nuestros zotes nacionalistas, este tema, es reducir la cuestión a un debate escolástico de «quién miente más» y «qué buenos hemos sido», sin tener en cuenta lo decisivo para un marxista: ¿a qué clase benefició esa conquista de los pueblos americanos? ¿Qué clase fue la enviada como carne de cañón a batallar, haciéndoles comer desperdicios durante meses y años de navegación, qué clase continuó sufriendo el servilismo a que los señores feudales y demás nobleza sometía independientemente de si servían en la metrópolis o fuera, etc.? ¿Recuerdan estos mentecatos que las emancipaciones anticoloniales de los pueblos americanos fueron llevadas a cabo por mestizos, indios, y castellanos «puros»? ¿Se dan cuenta que la cuestión que prima siempre es la de clase? Lo dudamos, y ahí está la prueba, el onanismo demencial que tienen por tratar estos temas desde «perspectivas patriotas», «relatos en defensa del honor nacional» y demás miopías burguesas. Al verlos «debatir» sobre los aspectos más triviales de esa «leyenda negra» no podemos, teniendo en cuenta lo aquí expuesto, más que reírnos con ternura de estos de sujetos; la historia ha visto mamporreros de las clases explotadoras de todo color: y no podía faltar el color «rojo». 

Asimismo, deberíamos pasar a replicar con algo más de rigor las citas expuestas arriba.

Primero. Hagamos el ejercicio de suponer que un grupo de «comunistas» británicos defendiese que Escocia es una «nación moribunda», considerase un «orgullo» la conquista británica de la India, diese conferencias junto a conocidos nacionalistas que hablan con simpatía del «patriotismo revolucionario» de Mosley y que a su vez fuesen apologetas de la religión y el colonialismo del Imperio británico. Bien, pues ahora imagínense que a eso lo llamasen difundir la «contrahegemonía cultural», «estar rompiendo con lo presente» y demás sandeces. ¡Pues esa es la labor de RC junto a los buenistas en España!

Segundo. La «leyenda negra», entendida según la RAE como: «Relato desfavorable y generalmente infundado sobre alguien o algo», es algo que si realmente no tiene base no se sostendrá en el tiempo eternamente, al menos no en lo fundamental y menos en nuestra época. Por poner un ejemplo, los griegos construyeron antes, durante y después de derrocar al Imperio aqueménida una «leyenda negra persa» sobre sus usos, costumbres, carácter y religión. Pero el avance de los descubrimientos arqueológicos, el contraste de fuentes y testimonios históricos permitió aclarar muchos de los mitos sobre Persia introducidos por los «padres de la historia occidental» como Heródoto y Estrabón, verdaderos gigantes y a los cuales la historia les debe mucho pese a sus errores y fobias. En este sentido, ¿alguien puede hacernos pensar que a estas alturas no ha quedado claro qué fue verdad y qué fue mentira de las andanzas del Imperio hispánico? Más bien, el problema es que sus defensores relativizan o niegan de facto hasta lo más obvio.

Tercero. Estos grupos nacionalistas usan la «leyenda negra» para dar a entender que, a causa de ella, entre otros motivos, el trabajador español no puede tener una conciencia nacional plena, ocultando el problema de fondo de la problemática nacional que arrastra España desde hace siglos. Pero como ya hemos demostrado en los capítulos anteriores, el problema nacional no nace ni con la Constitución de 1978 ni con la «leyenda negra», como dicen el buenismo y repiten otros socialchovinistas.

Cuarto. Pongamos que esto de la «leyenda negra» y su importancia es real: que a España se le ha achacado injustamente muchos males y no se ha apreciado correctamente su historia. ¿Qué problema va a tener el proletario hispano de hoy en su futura revolución con esto? ¿Necesariamente tiene que saber de las hazañas del pasado para luchar por un futuro comunista sin clases sociales? ¿Qué ocurre, que el proletariado es como aquel deportista retirado que solo vive del recuerdo de sus gestas? ¿Estamos de broma? ¿De verdad que no tiene ningún aliciente en el presente para lanzarse a la lucha revolucionaria? Precisamente, la forma más rápida de unir a todo el proletariado y las capas útiles de la sociedad es el internacionalismo, que borra los episodios nacionales traumáticos, que asegura la libertad de unión o separación de los pueblos, que supera los prejuicios nacionales en aras de un mismo interés de clase. Pero nuestros queridos chovinistas no pueden ni quieren entender esto.

Quinto. Evidentemente, si se diera el «negro» milagro de que Voxeros, Buenistas, RCeros, Bastión Frontal, Hogar Social Madrid, Falange Auténtica y otros se pusieran de acuerdo para emprender su «revolución patriótica» –esto es, una contrarrevolución nacionalista–, quizás las burguesías extranjeras mirasen con preocupación a España, pero no por las razones que ellos creen. Al resto de países les da igual que Abascal, Ortega Smith, Ynestrillas, la señorita Peralta, Armesilla, Vaquero y muchos lograsen devolver el «honor que les corresponde» a los diversos reyezuelos, militares y nobles reaccionarios del pasado con los que fantasean continuamente. Lo único que a estas burguesías extranjeras les inquietaría es que el fascismo que llegase al poder en cualquiera de sus expresiones –más moderadas o más obreristas–, es siempre un nicho de chovinismo y belicismo, un desestabilizador del equilibrio regional, menos adecuado para mantener el equilibrio de las esferas de influencia que el régimen de dominación democrático-burgués con el que están acostumbradas a tratar. Y pese a todo, este neofascismo español también vendería los intereses populares de la nación, se humillaría ante las burguesías extranjeras y sus acreedores por el bien de la «realpolitik» como lo ha hecho siempre –Hitler, Mussolini o Franco no hubieran durado nada en el poder sin obtener la financiación y seguir el dictamen e intereses de los principales grupos del capitalismo mundial–, por lo que pese a todo España se podría entender con estas potencias, lo que demuestra que esta vía de debate-especulación también es estéril. 

Sexto. Ahora, ¿y si la revolución que se diese en la Península Ibérica fuese protagonizada por un movimiento verdaderamente revolucionario, marxista, internacionalista? En esta tesitura aseguramos sin duda alguna que la burguesía extranjera no nos iba a sacar los episodios de la «leyenda negra» de hace siglos para «desacreditar a los patriotas revolucionarios», ni hablaría como en el siglo XVII de los castellanos, vascos, gallegos y catalanes como «salvajes» y «sanguinarios» católicos –so pena de desacreditarse a sí misma bajo argumentos racistas y religiosos–, porque la conciencia de estos pueblos no es la de hace dos o cinco siglos –para empezar la mayoría de la población no ejerce el catolicismo ni cree en el Dios católico–. Nada de eso, señores, su propaganda se centraría mayoritariamente en que el «fantasma del bolchevismo» en su versión mediterránea ha vuelto y que este se puede propagar más allá de las fronteras de la península, haciendo temblar la Bolsa de valores de Wall Street. Dicho de otro modo, a la burguesía estadounidense, británica –o la china que hoy comanda gran parte del mundo– no le da miedo el pasado imperial de Felipe II, Jaime I o Napoleón Bonaparte, sino el potencial revolucionario de los pueblos del mundo actual, el hecho de que estos puedan poner en jaque su capital y el de sus aliados en sus respectivas tierras natales, que son los que garantizan su comercio e inversiones. El resto son cuentos.

No sabemos si la Escuela de Gustavo Bueno está de enhorabuena ya que le han salido unos discípulos aventajados sobre estos temas, por lo que asistimos sin haberlo esperado a una lucha de personalidades como la que vimos en los años 30 en el fascismo español. Mientras hoy Armesilla las veces de José Antonio Primo de Rivera, el fascismo más ortodoxo, tradicional y académico, Roberto Vaquero interpreta el papel del «ala izquierda» del fascismo más «vitalista» y «obrerista», el de Ramiro Ledesma, tan excéntrico y estrafalario como él –aunque evidentemente sin la formación filosofía de este–. 

¿Qué pretenden los nacionalistas al reivindicar o manipular ciertos personajes históricos?

«Como la experiencia del movimiento obrero nos enseña, el oportunismo como regla va de la mano con el nacionalismo, y sobre todo en la forma de «socialnacionalismo». (...) Utilizando para ello, como hasta ahora, todos los residuos de prejuicios nacionalistas todavía no enterrados. (...) El contenido del oportunismo y del nacionalismo, es una u otra forma de acuerdo o acercamiento con la burguesía». (Bolesław Bierut; Para lograr la completa eliminación de las desviaciones derechistas y nacionalistas, 1948)

A Roberto Vaquero le parece una injusticia que el nacionalismo catalán pueda reivindicar sin complejos a ciertas figuras y que él no pueda revelar su admiración por las suyas sin recibir una dura reprimenda.

«Cuando los independentistas catalanes burgueses como el PDCAT, ERC o la CUP critican que la gente reivindique la historia de España como propia por ser reaccionaria o feudal, se contradicen así mismos. ¿Por qué ellos pueden reivindicar a Jaime I el conquistador, los almogávares, el reino de Aragón o el ducado de Atenas y, sin embargo, cuando se hace lo mismo con otras figuras históricas nos convertimos automáticamente en fascistas? (...) ¿Por qué esto sí es algo bueno mientras que reivindicar a Alfonso VIII de Castilla, la hispanidad, al Cid y otros muchos ejemplos es feudal y reaccionario?». (Roberto Vaquero; ¿Cómo reconstruir la izquierda revolucionaria en España? Combatividad, principios, organización y cultura, 2020)

¿Qué propone para contrarrestar las historias fantasiosas y anacrónicas del nacionalismo catalán? ¡Contraponerlas a las del nacionalismo español! Pero esta reivindicación infantil, meramente folclórica y acrítica, es repetir la línea oportunista del anarquismo durante los años 30; movimiento que, como sus integrantes reconocían, sentía no haber podido alcanzar un acuerdo táctico con el falangismo dadas las «semejanzas sobre la patria» que ambos anhelaban.

«Igualmente, en los cientos de poemas anarquistas de la guerra civil, obra de periodistas confederales como Antonio Agraz, Félix Paredes o el editor del periódico madrileño CNT José García Pradas, pero también de milicianos anónimos, adquirió frecuencia e intensidad crecientes desde 1937 la apelación a la «madre España», a la «raza indómita», a las gestas históricas del pueblo español y su pasado combativo e insurgente, incluyendo vindicaciones de personajes como el Cid Campeador, el conde Fernán González, los conquistadores de América o el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba». (Xosé Manoel Núñez Seixas; ¡Fuera el invasor! nacionalismos y movilización bélica durante la guerra civil española (1936-1939), 2006)

Roberto Vaquero siempre nos ha hablado de mantener un «patriotismo internacionalista», un sentimiento ni apátrida ni supremacista. ¿Qué busca entonces poniendo de relieve las figuras clásicas del nacionalismo español? En un manual franquista se podía leer:

«La personalidad del Cid se forja durante las etapas del aprendizaje caballeresco. Pone su espada al servicio de la unidad española. (...) Los esfuerzos seculares de la Reconquista española para cuajarse en la España unificada e imperial de los Reyes Católicos, de Carlos V y de Felipe II: aquella España unida para defender y extender por el mundo una idea universal y católica, un Imperio cristiano, fue la España que dio la norma ideal a cuantas otras etapas posteriores se hicieron para cobrar momento tan sublime y perfecto de nuestra Historia». (Formación del espíritu nacional, 1955)

Como todo revolucionario debería saber, la historiografía burguesa es una broma de mal gusto. Pero Roberto Vaquero está más cerca de relatos como la Crónica de Alfonso III o el Cantar del Mío Cid que de una exposición histórica científica del pasado. Ahora parece ser que deberíamos instruir a nuestra juventud enseñándole las historias legendarias de estos heroicos reyes. Para él, esto sería ser un buen patriota revolucionario. Esto no es extraño, ya que todo historiador nacionalista apoya los mitos de su burguesía consciente o inconscientemente. Por eso, las patéticas evaluaciones históricas de Armesilla o Vaquero son tan simplistas y están cualitativamente muy por debajo de autores progresistas de otros siglos, como Pi y Margall o Herzen.

«Herzen prestó la atención predominante en sus obras a los eventos en la historia de Rusia que tuvieron lugar después de las reformas de Pedro I. Con razón señaló que la historia de Rusia en los siglos XVIII y XIX fue en su época el menos estudiado por los historiadores y el más distorsionado por los esfuerzos del gobierno. «Cada leyenda verdadera», escribió Herzen, «cada palabra viviente, cada testimonio moderno relacionado con nuestra historia durante los últimos cien años, es extremadamente importante. Este tiempo apenas comienza a conocerse. La historia de los emperadores es un secreto clerical, se ha reducido a los elogios de las victorias y en la retórica del servilismo. El gobierno miente abiertamente en las historias oficiales y luego les hace repetir sus mentiras en los libros de texto». (...) Herzen no solo reveló persistentemente la completa antítesis y enemistad entre la Rusia gobernante y la Rusia oprimida, sino que también señaló la lucha incesante entre ellas». (Cuestiones de historia; Nº10, octubre de 1952) 

Pero la cuestión se torna más fácil. Si la burguesía catalana es capaz de rendir homenaje oficial no solo a Jaime I, sino a nacionalistas de tipo fascista, como los hermanos Badia, ¿por qué, sospechosamente, un «marxista» español iba a buscar competir contraponiendo tal reivindicación con figuras feudales de similar calado? ¿No tienen nada mejor en su acervo histórico estos pueblos? ¿Ni siquiera hay expresiones populares de aquel tiempo que recojan mejor el sentir popular? ¿O es que los paupérrimos conocimientos de historia y el nacionalismo de nuestro querido Roberto le impiden pensar tal cosa? 

Bueno, ya que estamos con temas como el de Alfonso VIII y el Cid, o con figuras tipo Don Pelayo y Carlos V, ¿qué se puede buscar en ellos? Algunos objetarán rápidamente, pues «la resistencia contra el invasor». ¡Perfecto! Algo del todo válido. ¿Pero no eran muchos de estos reyes citados extranjeros, no redujeron las costumbres y el poder local? ¿No sirvieron algunas figuras, como el propio Cid, a «reyes enemigos de los reinos cristianos»? 

«El apoyo del Rey musulmán Zafadola en favor de Alfonso VII contra el rey musulmán Texufín–. Los servicios del Cid Campeador al Rey de Zaragoza o el musulmán al-Muqtadir son también un hecho indicativo de las relaciones pragmáticas de este tipo. La alianza entre los vascos y los musulmanes –la familia Banu Qasi– para derrotar a los ejércitos de Carlomagno en la segunda Batalla de Roncesvalles. Las luchas entre el Rey Lobo de la Taifa de Murcia frente al imperio almohade –con apoyo de Alfonso VII hacia el primero–. Las constantes guerras entre Castilla y Aragón en los siglos medievales». (Equipo de Bitácora (M-L); Epítome histórico sobre la cuestión nacional en España y sus consecuencias en el movimiento obrero, 2020)

El nacionalismo, en este caso el hispano, suele considerar a ciertos sujetos reyes y caballeros de una «nación española» que, para más inri, por aquel entonces ni siquiera existía. Poblaciones medievales que, como dijo Pi y Margall: «No cambiaban los pueblos sino de dueño…  miraban con cierta indiferencia aquellas uniones y separaciones de reinos en que ordinariamente no tenían intervención de ningún género».

Nosotros preguntamos al público algo mejor y más importante. ¿Es necesario retrotraerse a figuras de la era feudal para invocar las virtudes del fervor patriótico y el férreo espíritu de la lucha de clases? Pues ciertamente no. Es más, como ya vimos anteriormente, sabemos qué consecuencias ha tenido en los antiguos partidos comunistas tal condescendencia con los mitos nacionales de épocas pasadas, pues cuando tal interpretación errónea de los personajes históricos se impuso en los regímenes socialistas, como el soviético o albanés, el nacionalismo acabó siendo un aliado para consumar la restauración del capitalismo. Véase la obra: «Epítome histórico sobre la cuestión nacional en España y sus consecuencias en el movimiento obrero» de 2020.

Años antes, ante la pregunta de si Pedro el Grande había sido importante para el desarrollo nacional de Rusia y si se sentía su sucesor, Stalin respondió que, obviamente, dicha figura fue importante para el destino del país, que esto era una obviedad histórica, pero que él y su proyecto nada tenían que ver con el del zar del siglo XVIII:

«Entrevistador: ¿Se considera usted como el continuador de Pedro el Grande?

Respuesta: De ningún modo. Los paralelismos históricos son siempre aventureros. Este paralelismo carece de sentido. (…) Tengo que añadir que la elevación de la clase de los terratenientes, la ayuda prestada a la clase naciente de los comerciantes y la consolidación del Estado nacional de esas clases se efectuaron a costa de los campesinos siervos, que eran esquilmados implacablemente. (…) Mi objetivo no es consolidar un Estado «nacional» cualquiera, sino consolidar un Estado socialista, y, por lo tanto, un Estado internacional, cuyo robustecimiento contribuye siempre a fortalecer toda la clase obrera internacional. (…) En cuanto a mí, no soy más que un discípulo de Lenin, y el fin de mi vida es ser un digno discípulo. (…) En cuanto a Lenin y Pedro el Grande, este último fue una gota de agua en el mar, y Lenin todo un océano». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Entrevista con el autor alemán Emil Ludwig, 13 de diciembre de 1931)

Años antes de la debacle del jruschovismo en la URSS, ya se advertía de tal peligro del nacionalismo ruso entre los historiadores:

«El académico Grekov, en su discurso en una reunión en la editorial del Comisariado del Pueblo de la Marina, dijo que ahora los historiadores se han «calmado» y se han dado cuenta de que es imposible separar al Estado y al pueblo. Que, obviamente, la sobriedad de los historiadores debe entenderse como un rechazo de la evaluación de clase del Estado. (...) Como es sabido, toda la historiografía kadete y menchevique, partiendo de la misma premisa de la unidad del Estado y del pueblo, declaraba a todo movimiento revolucionario antiestatal y, en consecuencia, antihistórico. Este punto de vista burgués fue una defensa sincera en los escritos de algunos. (...) En un artículo enviado a la «Revista Histórica», Adzhemyan propone abandonar la consideración de los hechos históricos desde el punto de vista de la lucha de clases, considerando este enfoque como «una enfermedad infantil del izquierdismo». Además, propone revisar la posición sobre el tema de la lucha revolucionaria de los pueblos de Rusia. Adzhemyan define los levantamientos revolucionarios como reaccionarios, debido a que estos levantamientos, en su opinión, socavaron la fuerza del poder autocrático en Rusia. (...) «Deseando expresar», escribe Adzhemyan, «el papel creativo de las personas, nuestra historiografía racional se aferró a las imágenes de Razin, Bolotnikov, Pugachev, Radishchev, los decembristas y temió las hazañas de Dmitry Donskoy, Al. Nevsky, Iván el Terrible, Pedro I, Suvorov y otros. ¿Por qué? Porque los primeros se opusieron al Estado, mientras que los segundos, por el contrario, propugnaron el fortalecimiento y la exaltación del Estado. Pero los primeros destruyeron y los segundos construyeron. (...) Así, en los discursos de algunos historiadores se revive una ideología nacionalista de gran potencia, hostil a la política leninista-estalinista de fortalecer la amistad de los pueblos, se defiende la política reaccionaria de la autocracia zarista y se intenta idealizar el orden burgués». (G. Aleksandrov, P. Pospelov, P. Fedoseev; A los secretarios del Comité Central del Partido Comunista (Bolchevique) de la URSS, al cam. A. A. Andreyev, al cam. G. M. Malenkov y al cam. A. S. Shcherbarkov, 1944)

A Roberto todo esto le importa un comino. A él le causa rabia que los catalanes puedan mostrar su orgullo recordando a reyes como Jaime I, que se dedicaba a establecer colonias en sitios tan lejanos como Atenas. ¿Y qué conclusiones quiere el señor Roberto que extraigamos de la alienación de esos catalanes? ¿Que los otros –o sea, los suyos, los chovinistas españoles–, no deben sentir vergüenza por anhelar las viejas posesiones de Castilla en Flandes, Borgoña, África, los principados alemanes y demás?

Este estrafalario personaje solo juega haciendo demagogia de la reivindicación de lo nacional, cual falangista de tres al cuarto.

«Hoxha está reivindicando a Skandenberg, héroe patriota albanés en la resistencia y lucha contra el imperio turco, es decir, la expansión del islam, del mundo musulmán. Es una figura totalmente extrapolable a Alfonso VIII en la batalla de las Navas de Tolosa o al Cid Campeador con la resistencia a los almorávides». (Roberto Vaquero; ¿Cómo reconstruir la izquierda revolucionaria en España? Combatividad, principios, organización y cultura, 2020)

¿«La lucha contra el Islam»? ¿A eso se reduce ahora lo revolucionario hoy, a la defensa de la histórica religión nacional contra otra extranjera? Seguro que Abascal y el fallecido Gustavo Bueno estarían de acuerdo. Nosotros, como ateos que parten del materialismo dialéctico, no. Esto es más ridículo si tenemos en cuenta, como ya demostramos en otros documentos, que la religión no fue la razón principal de la política y guerra de los reinos medievales, los cuales hacían y deshacían sus alianzas por razones de interés principalmente económico:

«De hecho, ¿cómo es posible que el fin tan tardío de la presencia del poder musulmán se diese con la conquista del Reino de Granada en 1492, frente a unos reinos cristianos claramente superiores económica y militarmente? La respuesta está en que la tendencia de los reinos cristianos a partir del siglo XIII no fue acabar de expulsar a los reinos musulmanes, sino cobrarles tributos mientras se trataba de hacer la guerra y debilitar a los reinos cristianos competidores. Todo ello da a entender sobradamente que hay que huir de reducir los conflictos político-militares a cuestiones de «cristianos contra musulmanes», fruto de conceptos identitarios que no existían en aquella época. (…) Estas alianzas solo le pueden parecer extrañas a quienes desconozcan la historia –véase las peticiones de los príncipes protestantes al imperio otomano para derrotar a los reinos católicos o la alianza católico-protestante para aniquilar a los anabaptistas, otra rama del protestantismo–. Incluso si el lector quiere más ejemplos, podemos remontarnos más atrás en la historia: la rivalidad y guerras de las ciudades sumerias del 2.500 a.C. no son producto de «la lucha eterna entre los dioses tutelares de cada ciudad» como ellos creían, sino que, como reconocen los historiadores materialistas de hoy, fueron conflictos motivados por cuestiones socio-económicas muy sencillas de explicar». (Equipo de Bitácora (M-L); Epítome histórico sobre la cuestión nacional en España y sus consecuencias en el movimiento obrero, 2020)

Y ya que invoca al propio Hoxha, ¿no advirtió este contra la ocultación interesada del aspecto reaccionario de las figuras de otras épocas?

«Hay que situar correctamente a nuestros renacentistas en la época en que vivieron, trabajaron y lucharon, poner de manifiesto sus ideas como producto del desarrollo de la sociedad de aquella época, poner de manifiesto sus objetivos inmediatos y futuros. Si las cosas se plantean así, correctamente, resultará que estas figuras de nuestro Renacimiento eran destacadas personas de ideas progresistas, iluministas revolucionarios, valientes y animados de un amor grande y ardiente por su patria. Lucharon con el fusil y la pluma por la libertad y la independencia del pueblo, por su despertar. Todos éstos son sus aspectos positivos, que son grandes. Todas estas virtudes y características de la época del Renacimiento y de los renacentistas debemos darlas a conocer al pueblo. 

Pero, no debemos olvidar en ningún momento que estos mismos animadores de nuestro Renacimiento tienen sus aspectos negativos que deben ser sometidos a nuestra crítica marxista-leninista. Estas debilidades consisten en sus concepciones filosóficas, que son idealistas. Se trata de un pesado bagaje, de la filosofía de su época, que está en contradicción y en lucha con nuestra ideología.

¿Podemos acaso callar este antagonismo, esta lucha implacable, a muerte, que los marxista-leninistas libramos contra la filosofía idealista, contra la religión y las creencias religiosas? ¿Podemos acaso considerarles intocables, tabús, únicamente porque son renacentistas? ¿Podemos, por una parte, combatir resueltamente la teología, la religión, las iglesias y las mezquitas, los curas y los almuecines y, por la otra, exaltar aquellas partes de la obra de Naim en las que expresa su filosofía bektachiana, o de Mjeda donde trata de la teología cristiana, o de Cajupi donde el autor dice, por ejemplo, que Papa Tomori era el «trono de Dios», etc., y ofrecer todo esto al pueblo como alimento ideológico sólo porque aquéllos son renacentistas, grandes hombres que han sentado las bases del desarrollo de nuestra lengua y han contribuido a su formación, porque sus poesías son hermosas y porque han creado bellas imágenes?

No, como marxistas que somos y en interés del pueblo y del socialismo, debemos combatir estos aspectos negativos. En materia de ideología, podemos hacer concesiones a la poesía o a la lengua. La apreciación que Engels hizo de la lengua de Lutero, como base de la lengua literaria alemana, en absoluto impidió evaluar a la luz de la verdad y desenmascarar el papel reaccionario de la Reforma antes y después del levantamiento campesino en Alemania». (Enver Hoxha; Sobre la revolucionarización en la escuela; Discurso pronunciado en la reunión del Buró Político del CC del PTA, 7 de marzo de 1968)

Un ejemplo sería el liberalismo-romanticismo de Larra. En el campo cultural, la suya era una propuesta progresista y dialéctica sobre la literatura, una visión que, hagamos memoria, partía de un hombre de la España de principios del siglo XIX, destacándose en él su lucha contra el chovinismo y el oscurantismo de la época. Esto tampoco quita que ni él, ni autores anteriores, como Cervantes, Quevedo, Calderón de la Barca, Lope de Vega o Goya, fuesen profundos creyentes y dedicasen varias críticas hacia el ateísmo que carecen de toda validez, vistas hoy. Pero centrarse en este aspecto sería metafísico y hasta anacrónico. Exigirles que fuesen ateos sería un deber injusto. Cuan ridículo se vuelve esto cuando hoy, los supuestos marxistas no cumplen la mayoría de requisitos para ser llamados como tales. Por eso hay que destacar lo positivo y desechar lo negativo sin olvidar en qué contexto nos hallamos en cada etapa. No es lo mismo un Cervantes creyente en el siglo XVII, que un Unamuno creyente en el siglo XX. No es lo mismo el republicanismo liberal de Pi y Margall en el siglo XIX, que el de Azaña en el siglo XX. No es lo mismo ser Valle-Inclán y apoyar el terrorismo como método de lucha en el siglo XX, que ser Hasél en el siglo XXI. Si no se comprende esto, se acabarán justificando las esperpénticas posiciones que, todavía hoy, algunos sujetos sostienen. En resumen, nunca se avanzará. Por eso hay que poner en una balanza ecuánime y decidir a quién se reivindica y con qué fin, investigando si no hay nada mejor que reivindicar y acorde con las tareas actuales, no haciendo un acopio infinito de figuras por mera pose, y menos aun trasladando mecánicamente experiencias –como la albanesa– a un país como el nuestro con un contexto histórico que nada tiene que ver con el desarrollo histórico, económico y cultural del país balcánico. Y este es el skinhead «ilustrado» que se supone que estudia la «realidad concreta». En menudo chiste ha convertido su «dialéctica histórica».

Entonces, ¿hay que guardar silencio sobre dichas épocas y sus figuras? ¡Para nada! Todo lo contrario:

«Uno de los aspectos más débiles de la lucha antifascista de nuestros partidos consiste en que no reaccionan suficientemente, ni a su debido tiempo contra la demagogia del fascismo y siguen tratando despectivamente los problemas de la lucha contra la ideología fascista. (…) No debemos menospreciar, en modo alguno, esta fuerza del contagio ideológico del fascismo. Al contrario, debemos librar por nuestra parte una amplia lucha ideológica, basada en una argumentación clara y popular y en un método certero a la hora de abordar lo peculiar en la psicología nacional de las masas del pueblo. Los fascistas resuelven la historia de cada pueblo, para presentarse como herederos y continuadores de todo lo que hay de elevado y heroico en su pasado. (…) Los flamantes historiadores nacionalsocialistas se esfuerzan en presentar la historia de Alemania, como si, bajo el imperativo de una «ley histórica», un hilo conductor marcara, a lo largo de 2.000 años, la trayectoria del desarrollo que ha determinado la aparición en la escena de la historia del «salvador nacional», del «Mesías» del pueblo alemán. (…) Los comunistas que creen que todo esto no tiene nada que ver con la causa obrera y no hacen nada, ni lo más mínimo, para esclarecer ante las masas trabajadoras el pasado de su propio pueblo con toda fidelidad histórica y el verdadero sentido marxista-leninista-stalinista para entroncar la lucha actual con las tradiciones revolucionarias de su pasado». (Georgi Dimitrov; La clase obrera contra el fascismo; Informe en el VIIº Congreso de la Internacional Comunista, 2 de agosto de 1935)

En efecto, ¿a quién corresponde, si no a los marxistas, hacer una evaluación real de cada figura y colocarla en su respectivo lugar histórico? Así lo hicimos nosotros mismos en torno a figuras icónicas políticas o artísticas como Pi y Margall o Antonio Machado. Véase la obra: «Epítome histórico sobre la cuestión nacional en España y sus consecuencias en el movimiento obrero» de 2020.

Pero esto, como ya expresamos en innumerables ocasiones, no tiene nada que ver ni con el nihilismo «apátrida» –que niega la nación como producto social–, ni con el ultraizquierdismo –que niega el progresismo en personajes y movimientos anteriores–, ni con el nacionalismo burgués –que crea mitos y rescata los aspectos reaccionarios del pasado–:

«Nosotros, los comunistas, somos, por principio, enemigos irreconciliables del nacionalismo burgués, en todas sus formas y variedades. Pero no somos partidarios del nihilismo nacional, ni podemos actuar jamás como tales. La misión de educar a los obreros y a los trabajadores en el espíritu del internacionalismo proletario es una de las tareas fundamentales de todos los partidos comunistas». (Georgi Dimitrov; La clase obrera contra el fascismo; Informe en el VIIº Congreso de la Internacional Comunista, 2 de agosto de 1935)

El pueblo español o, mejor dicho, las capas más avanzadas del mismo, dudosamente pueden sentir orgullo por las «epopeyas» de un mercenario medieval como el Cid, ni por la conquista de América por parte de unos pobres desgraciados que se embarcaron en busca de un futuro que no tenían en su tierra –salvo que se considere que las matanzas y expolio de terceros pueblos pueda ser algo a reivindicar por un marxista–. ¿O es que quizás debemos «agradecer a Dios», como acostumbraba José Antonio Primo de Rivera, por «civilizar» a estos «bárbaros» y llevarles la «salvación» a través de la «palabra de Cristo»? Huelga decir que estas empresas, como siempre, redundaron no en la riqueza para el pueblo, sino en la de los nobles, banqueros y reyes. Todas las ganancias obtenidas a precio de sangre en tierras lejanas no sirvieron ni siquiera para mejorar el nivel de vida sustancialmente, sino para que la aristocracia local dilapidase lo obtenido en frivolidades, como artículos de lujo, mientras el pueblo padecía hambrunas y enfermedades de forma cíclica. ¿No reflejó todo esto Goya en sus grabados más críticos, mostrando la opulencia e hipocresía del clero y la aristocracia?

En todo caso, las personas revolucionarias y progresistas pueden sentir admiración hacia revolucionarios liberales que lucharon contra Fernando VII, como Torrijos, o hacia un internacionalista como Espronceda, que estuvo presente en varias de las revoluciones europeas. Y esto no implicaría, a priori, asumir tesis derechistas, adoptando las múltiples debilidades de estos intelectuales liberales. Tampoco tendrían por qué hacer suyo un eslogan ya superado por la historia, tal y como hace Roberto emulando al reaccionario Unamuno al gritar «¡Viva España con honra!». Uno puede admirar la crítica y gallardía de los románticos como Larra contra el carácter retrógrado del carlismo y el moderantismo, por ejemplo, pero no puede transigir con su ideología religiosa e incluso su aristocratismo temeroso del pueblo. Y siempre que no se especifique todo esto se estará engañando al público, se estará contando una verdad a medias. ¿Acaso ocultaron los bolcheviques las limitaciones históricas de Herzen o Chernyshevski, que eran de lo más avanzado del pasado reciente?

Ha de saberse que, al echar la vista atrás hacia la evaluación de las figuras revolucionarias de siglos anteriores, existe un peligro de perder la noción de la realidad histórico-presente. Claro que existieron figuras que luchaban contra una reacción en una lucha justa y del todo progresista por aquel entonces, pero quizás hoy muchos de los planteamientos de base de esos mismos revolucionarios progresistas se convierten, al ser actualizados al contexto presente, en postulados ideológicamente retrógados, que bien pueden pasar a ser la bandera de la reacción y la contrarrevolución. Pasar por alto esto es una fosilización metafísica del tiempo y sus protagonistas. Algo apto para charlatanes y adoradores de mitos, como Vaquero o Armesilla, pero no para quien aspira a extirpar el cáncer del nacionalismo en el movimiento proletario. Téngase en cuenta que, cuanto más nos retrotraigamos en el pasado, más posibilidades habrá de que esas figuras hayan «envejecido» mal. De ahí la absurdez de querer ver referentes hasta en el Pleistoceno.

Sea como sea, el pueblo español tiene hitos históricos mucho mayores y más acordes a las tareas de su época. He ahí a los artistas como Miguel Hernández, que, a diferencia de muchos «intelectuales comprometidos» de postín, se alistó sin dudarlo en el 5º Regimiento de los comunistas durante la guerra. O los miles de antifascistas que acudieron desde todas las partes del mundo para luchar contra el fascismo, dejando algunos de ellos su vida en tal causa honorable, como ocurrió con Oliver Law o Hans Beimler. Esto sí es una prueba de patriotismo revolucionario o de internacionalismo proletario, y no el abstracto e interclasista «hispanismo» que Armesilla y Vaquero nos venden. 

Las desviaciones nacionalistas de estos pseudomarxistas son las mismas de las que ya hicieron gala en su día los conocidos líderes revisionistas que acabaron destrozando la esencia revolucionaria de los partidos marxista-leninistas, aquellos que acabaron vendiendo a los obreros a su burguesía en pos de la famosa «unidad nacional»:

«El Partido Comunista es el continuador de Francia, el legítimo heredero de sus mejores tradiciones, el auténtico representante de su cultura, un partido en el linaje de espíritus poderosos que, desde Rabelais hasta Diderot y Romain Rolland, lucharon por la emancipación del hombre. Así, reivindicando del pasado cuyas conquistas ha asimilado, el Partido Comunista está conduciendo al país hacia destinos superiores. (...) Amamos nuestra Francia, tierra clásica de revoluciones, hogar del humanismo y las libertades». (Maurice Thorez; Hijo del pueblo, 1960)

¿Qué tenían que ver los filósofos del materialismo mecánico del siglo XVIII con un marxista del siglo XX? Pues poco o nada, porque ya existían filósofos instruidos en el materialismo dialéctico que podían resolver mucho mejor cada cuestión en comparación a los primeros –con sus evidentes limitaciones–. ¿Quién podría reivindicar a tales autores sin venir a cuento y de esa forma? ¡Pues un liberal burgués!  ¿Quién iba a soltar la perorata de Francia como «cuna de los derechos humanos» burgueses, y presentar esto como algo «loable»? Un charlatán de primera. ¿Cuáles libertades, señor Thorez? ¿La de la burguesía para expulsar a los comunistas del gobierno siendo primera fuerza en las elecciones? ¿O quizás la de la Francia colonialista para someter a otros pueblos, como el argelino o el vietnamita? Obviamente, otros partidos tuvieron en Francia el espejo oportunista en el que mirarse.

«El Frente Popular debe pulverizar las calumnias de los traidores nacionales y proclamar a la faz del país, que él cuida la herencia de O’Higgins y los Carrera y quiere enriquecerla, impulsando el desarrollo progresivo de Chile, haciéndolo realmente libre y feliz. Debe establecer que no se propone expropiar a los industriales –como interesadamente lo propagan los reaccionarios–sino lejos de eso, quiere proteger las industrias y desarrollarlas contra los monopolios imperialistas, debe explicar como él toma en sus manos la defensa y el desarrollo próspero de la agricultura y la ganadería». (Luis Alberto Fierro; El trotskismo contrarrevolucionario contra el frente popular chileno, 1936)

En resumen:

«No hay duda alguna sobre el parentesco ideo-político e incluso la identidad entre el oportunismo y socialnacionalismo. (…) El llamado socialnacionalismo es una consecuencia del oportunismo y fue este último el que le dio la fuerza para alzarse. (…) Puede ser que los individuos de este tipo se consideren a sí mismos como «internacionalistas», pero las personas no son juzgadas por lo que piensan de sí mismas, sino por su conducta política, y la conducta política de esos «internacionalistas», la cual al verse que no es coherente ni decidida contra el oportunismo, siempre será en ayuda o apoyo a la tendencia nacionalista». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Bajo una falsa bandera, 1915) 

Como venimos advirtiendo, Roberto Vaquero cada día se parece más al señor Armesilla, otro nacionalista vestido de rojo:

«Un breve homenaje a las que, a mi juicio, son las quince #mujeres más importantes de la Historia de #España. Porque la Patria también tiene Heroínas. (…) Isabel II, Reina de España de 1833 a 1868 gracias a la derogación del reglamento de sucesión de 1713, con la Pragmática Sanción de 1830. Resistió dos guerras carlistas, modernizó la administración, conectó España por ferrocarril e instauró la rojigualda como bandera oficial». (Twitter; Santiago Armesilla, 23 de mayo de 2018)

Por lo visto, para Armesilla, desde el punto de vista revolucionario a analizar, la «modernización de la administración» por Primo de Rivera o la construcción de pantanos de Franco serían los actos más relevantes de sus mandatos. En el caso de Isabel II, se le olvido comentar la censura y represión a los estudiantes de la época –la Noche de San Daniel de 1865–; la firma del famoso Concordato con la Iglesia en 1851 –que aseguraba la financiación de la Iglesia a través de impuestos públicos y el cese de la expropiación de tierras a la misma–; sin olvidar que la propia reina encabezó una de las mayores corruptelas de la monarquía española –que ya era un récord difícil de superar–, por lo que tuvo que huir del país durante la Revolución de 1868 –conocida como «La Gloriosa»–, entre otros «detalles» que pasa por alto. Tal homenaje y descripción se pueden enmarcar muy bien en ese objetivismo burgués del que hablaba Lenin, mezcla de subjetivismo e idealismo bajo un pretendido barniz de objetividad:

«El carácter abstracto de los razonamientos del autor hace que sus formulaciones sean incompletas y que, cuando señala correctamente la existencia de tal o cual proceso, no analice qué clases surgían mientras éste se desarrollaba, qué clases fueron vehículo del proceso, eclipsando a otras capas de la población subordinadas a ellas: en una palabra, el objetivismo del autor no alcanza el nivel de materialismo, en el sentido que antes dimos a estos términos. (...) Incapaces de comprender estas relaciones antagónicas, incapaces de encontrar en ellas mismas elementos sociales a los que pudieran sumarse los «individuos aislados», los subjetivistas se limitaron a confeccionar teorías que consolaban a los individuos «aislados» diciéndoles que la historia era obra de «personas vivientes». El famoso «método subjetivista en sociología» no expresa absolutamente nada que no sean buenos deseos y una comprensión errónea de las cosas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El contenido económico del populismo y su crítica en el libro del señor Struve, 1894)

Precisamente, y como estamos comprobando, los análisis y comentarios históricos de Armesilla o Vaquero también adolecen de la carencia de análisis sobre la lucha de clases.

Para quien se diga «defensor de la causa popular» y «sus mejores tradiciones», una reivindicación de los comuneros sería más pertinente que la de Carlos V. Al menos, tendría más sentido:

«Vuelto Carlos I de Alemania, donde le había sido concedida la dignidad imperial, se reunieron las Cortes en Valladolid para recibir su juramento a las antiguas leyes e imponerle la corona. Negándose a comparecer, Carlos envió delegados que, según pretendía él, debían recibir el juramento de lealtad de las Cortes. Estas se negaron a admitir la presencia de tales delegados, notificando al monarca que, de no presentarse y jurar las leyes del país, nunca sería reconocido como rey de España. Carlos cedió enseguida. Se presentó a las Cortes y prestó juramento, a regañadientes, según afirman los historiadores. Las Cortes le dijeron en esta ocasión: «Habéis de saber, señor que el rey no es más que un servidor pagado de la nación». Tal fue el comienzo de las hostilidades entre Carlos I y las ciudades. Como consecuencia de estas intrigas, estallaron numerosas insurrecciones en Castilla, se formó la Junta Santa de Ávila y las ciudades unidas convocaron reunión de Cortes en Tordesillas. De ellas salió, el 20 de octubre de 1520, una protesta dirigida al rey, a la que éste respondió privando de todos sus derechos personales a todos los diputados reunidos en Tordesillas. De esta forma, la guerra civil se había hecho inevitable; los comuneros recurrieron a las armas; sus soldados, al mando de Padilla, tomaron la fortaleza de Torrelobatón, pero fueron finalmente derrotados por fuerzas superiores en la batalla de Villalar, el 23 de abril de 1521. Las cabezas de los principales «conspiradores» rodaron sobre el cadalso, y las viejas libertades de España desaparecieron». (Karl Marx; España revolucionaria, 1854)

Y, pese a ello, tomar a los comuneros de absoluta referencia para las luchas actuales –como hacen algunos regionalistas castellanos– sería sufrir de un anacronismo tan estrepitoso como ridículo:

«Respuesta: Los bolcheviques siempre nos hemos interesados por personalidades como Bolótnikov, Razin, Pugachov, etc. Hemos visto en las acciones de estos hombres el reflejo de la indignación espontánea de las clases oprimidas, la insurrección espontánea del campesinado contra el yugo feudal. Para nosotros siempre ha ofrecido interés el estudio de la historia de los primeros intentos de insurrecciones campesinas de este género. Pero, naturalmente, en este terreno no puede establecerse ninguna analogía con los bolcheviques. Las insurrecciones campesinas aisladas, aun en el caso de que no sean «bandidescas» y desorganizadas como la de Stepan Razin, no pueden conducir a nada serio. (...) Además hablando de Razin y Pugachov, no hay que olvidar nunca que eran partidarios del zarismo: estaban contra los terratenientes, pero por un «zar bueno». Ese era su lema». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Entrevista con el autor alemán Emil Ludwig, 13 de diciembre de 1931)

¿No ocurre esto mismo al estudiar las reivindicaciones de los comuneros liderados por Padilla, Bravo y Maldonado?:

«Que el rey no pueda poner Corregidor en ningún lugar, sino que cada ciudad y villa elijan primero de año tres personas de los hidalgos y otras tres de los labradores, que Rey o su Gobernador escojan el uno de los tres hidalgos y que el otro de los labradores, y que estos dos que escojan sean alcaldes de civil y criminal por tres años. (...) Que los oficios de la casa Real se hayan de dar a personas que sean nacidas y bautizadas en Castilla (...) Que el Rey no pueda sacar ni dar licencia para que se saque moneda ninguna del reino, ni pasta de oro ni de plata. (...) Que todo lo que hubiere de suceder en el reino, antes que sea recibido por Rey (...) Confiese que él recibe el reino con estas condiciones». (Peticiones de los comuneros en la Santa Junta de Ávila, 1521)

¿A eso aspira el proletariado actual? ¿A que el rey ceda el nombramiento de ciertos puestos, a que los ministros sean gentes bautizadas en Madrid, a un proteccionismo económico? Por favor...

La cuestión de Gibraltar y las reivindicaciones territoriales

Coronando su nueva postura socialchovinista, Roberto Vaquero nos decía con su clásico lenguaje de tasca –transcripción es literal–:

«Podemos ha rechazado la petición tradicional aquí en España de pedir que le devuelvan Gibraltar, entonces ha salido mucha gente progre, rollo Willy Toledo y gente nefasta así, diciendo que les da igual Gibraltar, etc. Aparte de que es profundamente antiespañol tener un enclave británico, imperialista, militar aquí en nuestro territorio, y no conocer nuestra historia de por qué lo tienen, etc., también es muy gracioso que dicen que es que a ellos les importan otras cosas que les importan más a los trabajadores. (…) ¿Qué les importa más, si que nos devuelvan Gibraltar, o lo que hacen ellos, que es lo que «les interesa» a los trabajadores, que es lenguaje inclusivo, operaciones de cambios de sexo, de «cambio de sexo», y gilipolleces… no voy a decir ecológicas, porque yo estoy de acuerdo con la sostenibilidad del planeta, pero sí las típicas gilipolleces de progres «ecologistas» que ni son ecologistas ni son nada, y un montón de sandeces más… si es lo que les interesa a los trabajadores? Yo creo que no. Yo creo que a los trabajadores les importa, como he dicho muchas veces, la condición de vida que tienen, y es importante concienciar para que luchen y transformar nuestra realidad. Pero la soberanía nacional y que no tengamos bases extranjeras es algo importante y que preocupa a la gente. Pero bueno, Podemos está más ocupado en Galapagar, o en hacer el moñas en general». (Roberto Vaquero; Facebook, 2020)

En 2017, RC solo decía de forma ambigua a través de su Frente Republicano que en su programa «se solucionará la cuestión de Canarias, Ceuta y Melilla», bien, ¿y qué significaba esto? Nadie lo podía saber. Curiosamente, a los chovinistas españoles rara vez se les ocurre la idea de devolver «inmediatamente» Ceuta, Melilla o Canarias por ser históricos «enclaves imperialistas», en ocasiones se niegan hasta a permitir una consulta a la población. Para ello se apoyan en que el sentimiento español y el arraigo cultural es muy alto, cosa que es tan cierta como en el caso del peñón donde se sienten británicos en su mayoría. En resumidas cuentas, como dijo Lenin, la cuestión nacional debe resolverse teniendo en cuenta «las simpatías de la población», todo lo demás es palabrería nacionalista, y es que el chovinismo siempre ve solo lo que le interesa. Esto es normal, solo hay que ver a personajes rancios como Girauta, considerando Portugal y Cuba como parte de España cuando sus poblaciones no lo consideran así, pero creyendo que el pueblo catalán no tiene derecho a la autodeterminación cuando la conciencia nacional allí es indiscutible. Qué esperar de organizaciones como RC, que hablan del «derecho de autodeterminación» pero a la vez consideran a Cataluña como una «nación moribunda» y mantienen que «ese eslogan sobre la autoderminación en la Europa Occcidental no tiene ya sentido». Así reflejan aquello que dijo una vez Lenin: la «hipocresía» de todos aquellos que «hablan del derecho de autodeterminación» en general, pero que no hablan de las naciones oprimidas por «su propia» nación y retenidas por la violencia en «su propio» Estado. Por supuesto, Gibraltar es un enclave imperialista británico, pero como lo han sido siempre Ceuta y Melilla para España, o como hasta hace poco habían sido Tetuán, Larache y compañía, cosa que Roberto Vaquero omite en este discurso, aunque también forme parte de la historia patria.

Al obrero medio no le importa estudiar la Guerra de Sucesión Española del siglo XVIII para saber por qué el peñón hoy no es español. Esto no le interesa porque, efectivamente, el peñón es la última de sus preocupaciones, como también les ocurre a los propios gibraltareños. Ambos tienen cosas más importantes en que pensar. Ciertamente, el lenguaje inclusivo no está entre las preocupaciones de la población –nadie en general lo acepta, y ni sus mismos promotores saben usarlo correctamente–, tampoco los cambios de sexo –la reiteración de Roberto con el tema trans demuestra una obsesión hacia el mismo–, ni tampoco otros temas que puede promover Podemos, como la libertad sexual –siendo España uno de los países más tolerantes del mundo–. En cambio, cuestiones como la vivienda, la comida, el transporte, la ropa, los estudios y el trabajo sí que les quitan el sueño tanto a un gaditano como a un gibraltareño, y esto, a no ser que uno caiga en posiciones reformistas, como hace ahora RC, no se soluciona con una «república democrática» y sus ilusiones thorezistas de «nacionalizaciones» y «reindustrialización del país», sino con una revolución socialista en toda regla. Todo esto hace que la cuestión de Gibraltar sea –y deba de ser– del mismo interés para el obrero como el de la soberanía sobre la Isla Perejil, en otras palabras: en orden de prioridades es una cuestión anecdótica y ridícula, mucho más en un país donde el revisionismo campa a sus anchas y el movimiento comunista arrastra problemas mucho más importantes que atajar. Primero lo primero, señores. Históricamente, las organizaciones «comunistas» que nos intentaban convencer de la suma importancia de la cuestión «anti-imperialista» en Gibraltar fueron las mismas que, primero, no aceptaron el derecho de autodeterminación, y segundo, nunca tuvieron un trabajo de masas serio, siendo incapaces de influir en la población sobre dicha cuestión. Por otro lado, las únicas organizaciones que suelen anteponer este tipo de cuestiones territoriales a la cuestión social son las que practican la colaboración de clases, destacando por encima de todas las fascistas, que tienen especial énfasis en la llamada «unidad territorial de España», la cual pretenden conservar y ampliar por las buenas o por las malas.

Es más, en pleno siglo XXI, reivindicar que le «devuelvan a España el peñón de Gibraltar» es algo poco menos que un discurso trasnochado, no porque España no tenga «derecho histórico», sino porque, como demuestran la mayoría de encuestas y entrevistas a pie de calle, la mayoría de gibraltareños se consideran afines a Gran Bretaña, tanto por el influjo cultural de siglos como por las evidentes prebendas económicas que les supone el estatus actual. ¿Qué haría entonces Roberto en el milagroso caso de llegar al poder con su secta? ¿Deportar a la población gibraltareña para satisfacer sus ansias de restablecer la «gloria nacional»? Este tipo de reivindicaciones recuerdan al chovinismo de Mao que ante los periodistas exigía continuamente la devolución de Mongolia a toda costa, pasando por encima de la opinión de los propios mongoles, cosa que Stalin se negó a aceptar, defendiendo la soberanía nacional del gobierno mongol y poniéndole a Mao como condición, para concluir su pacto con la URSS, reconocer la independencia del pueblo mongol. Véase el documento de Moni Guha: «¿Por qué se denigró a Stalin y se le convirtió en una figura controvertida?» de 1981.

Se demuestra una vez más que lo que necesitan los gibraltareños, españoles y cualquier población es conciencia de clase para solucionar la problemática social, nacional y colonial. Esto y no otra cosa, es lo único que permitiría la posibilidad de que en una Península Ibérica bajo dominio socialista la población gibraltareña quisiera formar parte de ella o tener estatus especial sin perder los lazos británicos. Es la revolución, en ambos territorios en cuestión, la que facilitaría una solución pactada para la libre elección de la zona en disputa, cosa que en el capitalismo ocurre una de mil veces. Pero el problema fundamental de los socialchovinistas es no haber leído o no haber comprendido a Lenin, o lo más probable... negarse a aplicar las tesis leninistas a la cuestión nacional:

«Todos los indicios señalan que el imperialismo dejará en herencia al socialismo, su sucesor, fronteras menos democráticas, una serie de anexiones en Europa y otras partes del mundo. ¿Y qué? ¿El socialismo victorioso, restableciendo y aplicando a fondo la democracia plena en toda la línea, se negará a la determinación democrática de las fronteras del Estado? ¿No querrá tomar en cuenta «las simpatías» de la población? Basta formular estas preguntas para ver claramente cómo nuestros colegas polacos van rodando del marxismo al «economismo imperialista». Los viejos «economistas», trasformando el marxismo en una caricatura, enseñaban a los obreros que para los marxistas «sólo» es importante «lo económico». Los nuevos «economistas» piensan que el Estado democrático del socialismo victorioso existirá sin fronteras –una especie de «complejo de sensaciones» sin materia–, o bien que las fronteras serán determinadas «exclusivamente» de acuerdo con las necesidades de la producción. En realidad, estas fronteras serán determinadas de modo democrático, o sea, de acuerdo con la voluntad y las «simpatías» de la población. El capitalismo pisotea estas simpatías, y con eso añade nuevas dificultades a la causa de la amistad entre las naciones. El socialismo, al organizar la producción sin opresión de clase, al garantizar el bienestar de todos los miembros del Estado, da libertad plena a las «simpatías» de la población, y por consiguiente facilita y acelera enormemente la amistad y unión de las naciones. (...) Bajo el capitalismo no es posible suprimir la opresión nacional –ni la opresión política en general–. Para ello es imprescindible suprimir las clases, es decir, implantar el socialismo. Pero si bien el socialismo se basa en la economía, dista de resumirse en ella. Para eliminar la opresión nacional hace falta una base –la producción socialista–, pero sobre esta base son necesarios, además, la organización democrática del Estado, el ejército democrático, etc. Al trasformar el capitalismo en socialismo, el proletariado crea la posibilidad de eliminar totalmente la opresión nacional; esta posibilidad se convertirá en realidad «sólo» –¡«sólo»!– con la aplicación integral de la democracia en todas las esferas, incluyendo la determinación de las fronteras de acuerdo con las «simpatías» de la población, incluyendo la plena libertad de separación. Sobre esta base, a su vez, se desarrollará en la práctica la eliminación absoluta hasta de los menores rozamientos nacionales, de la más mínima desconfianza nacional, se acelerarán la amistad y la unión de las naciones, lo que culminará con la extinción del Estado. Esta es la teoría del marxismo, de la cual se apartaron equivocadamente nuestros camaradas polacos». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Balance de una discusión sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación, 1916)

En conclusión, si el proletariado quiere tener «soberanía nacional», debe centrarse en lo importante: ajustar las cuentas con su burguesía y crear un Estado socialista sólido en lo político, económico y militar dentro de las zonas en que la población siente una afinidad con los gobernantes, buscar la unidad voluntaria con los pueblos vecinos de lazos históricos, pero en modo alguno centrar su programa en reivindicaciones territoriales, ni mucho menos seguir a demagogos baratos como Roberto Vaquero o Santiago Abascal, que emulando a Videla con la cuestión de las Malvinas, estarían dispuesto a provocar guerras para ejercer sus «derechos históricos» sobre el Rosellón, Argel, las Marianas o Gibraltar.

Esto, como decimos, es la política de los nacionalistas, no del marxismo-leninismo. No por casualidad el revisionismo del siglo pasado, que caía con suma facilidad en el nacionalismo –como el actual–, planteaba esta misma línea política también con la excusa de la «lucha contra el revisionismo y la reacción». La invasión y ocupación de Camboya por parte de Vietnam (1978-1989) es un ejemplo de tantos, pero sin duda el que sembró un sin precedente fue el maoísmo con sus agresivas reivindicaciones territoriales, que en muchas ocasiones derivaron en pequeñas guerras fronterizas con la India o la URSS bajo los mismos pretextos:

«Chou En-lai cae en un grave error al empujar a los rumanos al camino de plantear sus reivindicaciones territoriales a la Unión Soviética. Este no es el camino correcto para atraer a los rumanos a nuestra línea. Ahora no es el momento ni la ocasión para plantear estos problemas, que proporcionan armas a Jruschov para acusarnos de chovinistas. La lucha ideológica y política contra Jruschov no debe perderse en delicadas cuestiones de reivindicaciones territoriales. Por su parte, los dirigentes rumanos, tanto por sus posiciones ideológicas y políticas como por consideraciones militares, no sólo no han planteado, sino que es más, no plantearán reivindicaciones territoriales a la Unión Soviética. Si lo hicieran, saldrían perdiendo en todos los sentidos, porque los otros les plantearían muchas más reivindicaciones [como Transilvania]. Por lo tanto, la cuestión de las reivindicaciones y la manera como Chou En-lai la ha expuesto, no es justa desde el punto de vista de los principios y tampoco responde a la táctica del momento. Es seguro que los rumanos, no sólo no estarán de acuerdo con el problema planteado por Chou, sino que lo considerarán como un pensamiento ingenuo de los dirigentes chinos, e incluso los juzgarán mal. (...) Las reivindicaciones de los chinos parten de posiciones peligrosas y nacionalistas dado que ellos mismos tienen pretensiones sobre Mongolia exterior. La base en que se apoyan no tiene nada en común con la lucha contra el jruschovismo y Jruschov. (...) Mao ha cometido un grave error al exponer a los socialistas japoneses la cuestión de las reivindicaciones. (...) El camarada Stalin fue muy justo y prudente, y se atenía a los principios en estos problemas tan delicados y complejos. Cuando las relaciones con la Yugoslavia titoísta habían entrado en el período más grave de la crisis, cuando la enemistad entre nosotros y los titoístas había llegado al punto culminante, cuando todos luchábamos contra los revisionistas de Belgrado, que se oponían al socialismo y al movimiento comunista, en una conversación que tuve con Stalin, entre otras cosas me dijo que la Federación yugoslava, en tanto que unión de diversas repúblicas, en su aspecto formal, es progresista. Considerándola desde este punto de vista, no hay razón alguna para que ella se disgregue, pero el titismo y los titoístas, en tanto que traidores al marxismo-leninismo, deben ser combatidos ideológica y políticamente. La lucha contra ellos no debe ser desarrollada desde las posiciones chovinistas y partiendo de las reivindicaciones territoriales, y tampoco debe llevarse a cabo contra los pueblos de Yugoslavia, sino que es preciso ayudar a las naciones que la integran, para que gocen del derecho a la autodeterminación e incluso a la misma separación de la Federación. A Yugoslavia y al pueblo yugoslavo no debemos tocarlos ni atacarlos, sino convencerlos de que a su cabeza se encuentra una dirección traidora que los lleva hacia el precipicio. Que sea el propio pueblo yugoslavo quien pronuncie su palabra, que sean los propios comunistas yugoslavos quienes pronuncien su palabra. Esta era la actitud de principios de Stalin y nosotros siempre hemos estado completamente de acuerdo con ella. La cuestión de las reivindicaciones territoriales para todos los países que mencionan los camaradas chinos, sólo puede ser planteada cuando se haya aplastado el revisionismo y cuando los partidos bolcheviques, marxista-leninistas, se hayan colocado a la cabeza de esos países. Entonces se podrán exponer los problemas fronterizos, conversar como hacen los marxista-leninistas y, en el espíritu del internacionalismo proletario, encontrar soluciones justas, que vayan a favor, no sólo de los intereses pura y simplemente nacionales». (Enver Hoxha; La lucha contra el jruschovismo no debe perderse en reivindicaciones territoriales; Reflexiones sobre China, Tomo I, 22 de agosto de 1964) 

«Estas posturas no son marxista-leninistas, sino nacional-chovinistas. (...) Plantear ahora estas cosas, en unos momentos en que lo principal es la lucha ideológica contra el revisionismo moderno, significa no combatir a Jruschov, sino ayudarle en su camino chovinista. ¡Qué línea la de los chinos! Por un lado, defienden a Stalin, y por el otro lo califican dé saqueador. Olvidan que plantear en estos momentos reivindicaciones territoriales –aunque existieran suficientes razones, como ocurre para nosotros con la cuestión de Kosova– significa crear una situación de conflicto militar». (Enver Hoxha; Los chinos están en posiciones nacional-chovinistas; Reflexiones sobre China, Tomo I, 21 de agosto de 1964) 

¡Pero pese a todo RC jura no ser maoísta! Pese a emularlo en casi todos sus rasgos.

RC y sus comentarios nacionalistas sobre la inmigración

Este giro hacia el socialchovinismo ha tenido sus reflejos en la cuestión migratoria. Roberto Vaquero añade comentarios que dan a entender que comprende bastante poco el fenómeno de la inmigración:

«Tiene que venir la gente ordenada, que tiene que venir la gente que tiene familia primero, porque ya están adaptados, que hay que evitar los guettos». (Roberto Vaquero; Presentación del libro: Resistencia y lucha contra el posmodernismo, FNAC de Valencia, 2020)

¡Ahora será que los inmigrantes, especialmente los más desfavorecidos, pueden escoger en qué condiciones y con quién llegan al país! Con este tipo de comentarios demuestra no entender nada de tal fenómeno.

Roberto habla como si un inmigrante soltero, divorciado y sin hijos fuese a ser poco menos que un inadaptado social, cuando lo importante desde una óptica comunista no es su estatus civil, sino sus condiciones de vida en ese nuevo país capitalista que lo acoge, su mentalidad, su disposición a operar e integrarse en la cultura, cuestión de verdadera importancia que primará sobre todo en la futura sociedad socialista.

Pero aún en la actualidad bajo el capitalismo, ¿cuántos casos existen de inmigrantes africanos que vienen y lo hacen teniendo a su mujer e hijos al otro lado del Estrecho? ¿Cuántos españoles marcharon al extranjero, a Francia, Suiza, Alemania, Argentina o Venezuela con su familia? ¿Acaso el inmigrante puede elegir?

«Se estima que el número de emigrantes españoles hacia Europa desde 1959 hasta 1973 fue de alrededor de 2,5 millones, teniendo como principales destinos Alemania, Francia, Suiza, Bélgica, etc. El IEE tenía la pretensión de que los emigrantes provinieran de las zonas de España con más desempleo y que no tuvieran cualificación, pero las altas tasas de emigración irregular evidencian que hubo muchos trabajadores cualificados que emigraron.

Por lo general, el emigrante español solía ser un varón joven, con baja cualificación, aunque también hubo mujeres emigrantes que de hecho tuvieron relevancia en ciertos sectores de la economía. Estos emigrantes tuvieron que trabajar en los puestos más precarios y duros de la economía, como subordinados en la industria, la agricultura, la minería o el servicio doméstico, además, con frecuencia sus condiciones laborales eran peores que las de los nativos. La expectativa de estancia en el extranjero solía ser de un par de años y de hecho, en países como Alemania se fomentaba a través del establecimiento de periodos máximos de permanencia este tipo de inmigración, en cambio, en otros como en Francia se fomentaba una inmigración estable y duradera. A pesar de todo, hubo muchos inmigrantes españoles que acabaron adaptándose a estos países y viviendo permanentemente en ellos.

Las condiciones de vida para los desplazados no solían ser precisamente buenas, ya que muchos vivían en barracones creados para ellos por las empresas. Además, el bajo nivel de formación de los españoles y la localización de sus residencias en los arrabales de las ciudades hizo muy compleja su integración en la vida social y cotidiana. Unido a todo esto hay que tener en cuenta que el objetivo principal de estos desplazamientos era el de enviar remesas a sus familias, por lo que estos inmigrantes ahorraron lo máximo posible, llevando una vida aún más austera». (Organización Comunista de los Trabajadores de España; Las migraciones y el capitalismo, 2018)

La creación de guetos y la no adaptación del inmigrante es, en la mayoría de casos, la consecuencia de la forma cínica en que se trata la inmigración, donde la burguesía acepta «dar trabajo» para satisfacer su necesidad de mano de obra barata, pero sin preocuparse por las condiciones de vida del trabajador, incluso de su aislamiento y falta de adaptación en el país, algo que a la vez sirve como un eficaz divisor entre el proletariado:

«Los trabajadores, al encontrarse en situación irregular, carecían de contrato laboral y por consiguiente no estaban dados de alta en la Seguridad Social. Las jornadas eran abusivas, 15 horas diarias, por un salario de 40 euros la jornada y en unas pésimas condiciones higiénico/sanitarias, realizando su labor de recolección de frutas junto a ganadería en estado de descomposición» (Cadena Ser, Detenidos cuatro empresarios por explotación laboral de sin papeles. 14/02/2017)

Una situación de inadaptación que usará como pretexto para expulsarlos en masa cuando esa demanda de mano de obra anterior haya sido satisfecha en demasía.

Roberto cree estar limpio de ser un nacionalista con ínfulas de comunista porque dice no basarse en la raza. ¡Enhorabuena!, pero recordemos el nacionalismo de Falange, que como ellos mismos reconocían, tampoco era étnico, ¡sino cultural! Con este nacionalismo particular, la Falange deseaba la adaptación del inmigrante a los rasgos más reaccionarios del hispanismo. Por eso aceptaban sin peros el asilo y financiación de los peronistas, y de todos aquellos que comulgaban con los dogmas del nacional-catolicismo. Pero a la hora de la verdad, lo único en lo que el falangismo mostraba interés era en el conjunto de necesidades económicas de la burguesía. Y pese a la fragilidad de la economía española, que en la posguerra venía alentando al obrero a tomar el camino de la emigración al exterior, la burguesía restringió la recepción de inmigrantes, alegando que eran en su mayoría un peligro para las formas de vida «nacional», puerta que abrió décadas después, lo cual no es contradictorio, pues es exactamente lo mismo que hace hoy la burguesía democrático-burguesa en España y en cualquier parte del mundo, reduciendo o promoviendo y avivando el flujo de inmigrantes por razones muy claras, según sus intereses:

«Los desempleados en Alemania son 2 millones, en Gran Bretaña más de 3 millones, y en Francia, Bélgica y Dinamarca el desempleo ha batido todos los récords. La propaganda oficial anuncia que el gran número de trabajadores inmigrantes es responsable de esta situación. La burguesía muestra a estos trabajadores como si hubieran sido invitados a los países europeos sólo gracias a su generosidad. ¡Pero ahora que los europeos han tropezado con dificultades los extranjeros deben ser expulsados! Se puede llamar a esto cualquier cosa, pero no generosidad. Siempre ha existido un frío cálculo para la utilización de la mano de obra barata inmigrante. La burguesía estadounidense, alemana, británica, francesa, belga o escandinava necesita trabajadores inmigrantes, empleados en los puestos más miserables, mal pagados, sin derechos, para ejercer presión sobre los trabajadores locales y forzarlos a pensar que deben ser ‘más moderados’ en sus demandas y en su lucha de clases». (Organización Comunista de los Trabajadores de España; Las migraciones y el capitalismo, 2018)

Estas dinámicas del capitalismo respecto a la inmigración deben ser comprendidas antes de hacer comentarios a la ligera, sino se acabará en posiciones nacionalistas:

«Los nacionalistas siempre intentarán con todas sus fuerzas volvernos a unos contra los otros, aún compartiendo nuestra situación como explotados, para hacernos débiles contra los explotadores, quienes de mientras se frotan las garras con la perspectiva del plan de los nacionalistas. Este plan sin duda les aporta grandes beneficios. Pero de hecho los inmigrantes no nos quitan el trabajo. Ésto es una obviedad en la que hay que insistir; ellos no tienen palabra sobre si se nos contrata o no a los obreros «autóctonos». La culpa verdadera de que sea o un grupo u otro el contratado la tienen los capitalistas y el sistema capitalista, pues les interesa que nos aglutinemos todos los trabajadores –de toda «raza»– en la miseria para que vendamos nuestra fuerza de trabajo aún más barata. También les interesa no contratarnos a todos porque, a fin de cuentas, han organizado sus fábricas y latifundios –gracias al progreso técnico operado bajo la dominación de la clase burguesa– de manera que tres hacen el trabajo de veinte. En lugar de ensañarse con esos tres que trabajan por veinte en muchas ocasiones –españoles y de cualquier otra nacionalidad u origen étnico–, deberíamos ensañarnos con quienes nos otorgan tal suerte, que no son los inmigrantes sino los capitalistas. Es un problema de clases sociales y no de nacionalidades, y tan pronto como hayamos comprendido esta verdad en el terreno de la lucha contra el capital, nos haremos tremendamente fuertes ante éste. Los inmigrantes «son baratos» porque salvo uno entre mil que los capitalistas sacan en los medios de comunicación para fingir humanismo, los demás viven en unas condiciones durísimas, sin apenas para comer. Esto nos está pasando igualmente a los «autóctonos» en las crisis económicas y esto debería unirnos a los trabajadores, sin importar la «raza». (Organización Comunista de los Trabajadores de España; El republicanismo en España», 2 de octubre de 2016)

¿Acaso se cree alguien que la gente que trabaja en la recogida de la fresa tiene opción con su jornal, las más de las veces cobrado en negro e inferior al Salario Mínimo Interprofesional, a vivir lejos de su zona de trabajo, a poder vivir en un barrio medio donde residen nativos?

Roberto Vaquero, como buen nacionalista, en realidad nos habla de las necesidades de la producción de su país en abstracto, y naturalmente no aclara si se refiere a la actual España capitalista o a un futuro régimen socialista, acompañando su discurso de obviedades como que una política de «puertas abiertas» o «abolir las fronteras» podría causar una desestabilización de la producción. ¡Claro! Bajo esa política hippiesca y cosmopolita esos desajustes también se produciría en un país socialista rodeado por el cerco capitalista; más aún, existiría el serio peligro de la infiltración de agentes imperialistas.

Pero más allá de la cuestión productiva, que es importante, se olvida de tratar una cuestión que marca la diferencia entre el discurso de un nacionalista y un comunista: los requerimientos ideológicos en los inmigrantes. Obviamente, un país socialista necesitará y acogerá temporal o permanentemente a técnicos extranjeros para satisfacer las necesidades en la producción socialista, pero este baremo ya no será en pro de enriquecer a una burguesía nativa, sino de beneficiar al conjunto de trabajadores. Pero más importante aún: en otros casos, cuando la cuestión técnica empiece a ser descartada como demanda principal, lo que primará será el aspecto ideológico del sujeto.

Hoy, la burguesía realiza contratos y acuerdos internacionales para acoger con mayor facilidad a los inmigrantes de ciertos países por motivos políticos, el Estado socialista implementará una política similar, en este caso no rebajándose a aceptar a «disidentes del capitalismo», puesto que estos números serían imposibles de absorber, además de que exista la posibilidad que esa disidencia sea realmente de tal o cual facción capitalista, sino más bien evaluando en los sujetos su simpatía por el comunismo y su próxima adaptación a la cultura socialista del país.

Como siempre, nuestros amigos revisionistas nos acostumbran a hablar de todo en los temas importantes, pero sin un análisis de clase, proletario, sin decir absolutamente nada que no se comparta plenamente con el discurso de la burguesía, sin poner la primera piedra que edifique una conciencia socialista entre los trabajadores, y, como seguiremos viendo en el documento, el tema de la inmigración no es una excepción.

La posición a adoptar hacia el ejército nacional burgués

Otro hecho innegable de que RC ha iniciado una metamorfosis hacia el socialchovinismo son sus eslóganes. Así en una manifestación RC portaba el eslogan socialdemócrata: «Por un futuro en las fuerzas armadas» (*). ¿Cabe imaginar algo más ambiguo? ¿Es esto una postura marxista? ¿Acaso se diferencia esto de lo que puede decir Podemos?

«La idea es tener unas Fuerzas Armadas que respondan mejor a lo que la gente quiere, que estén al servicio del pueblo y velen por los intereses generales, y no por los de una pequeña oligarquía de altos mandos. Hemos elaborado un borrador con diversas propuestas para todos los ámbitos generales de las Fuerzas Armadas, en las que se tocan todos los puntos: derechos y deberes, cuestiones LGBTI, conciliación familiar e igualdad entre los miembros del ejército». (La Marea; El ejército que quiere Podemos,2014)

¿Qué se puede decir sobre las reivindicaciones en el ejército? En este documento se anotan varias de ellas, pero se advierte que:

«Todas estas reivindicaciones sólo tendrán valor revolucionario cuando se combinen con un programa político concreto, tendiente a revolucionar el ejército burgués». (A. Neuberg; La insurrección armada, 1928)

Puesto que jamás se puede perder de vista que:

«El objetivo esencial de la labor en el ejército, la marina y la policía (o la gendarmería) es hacer ingresar a la mayoría de los soldados, marinos y policías en el frente común de la lucha de clases del proletariado: es informarles de las consignas y de los objetivos del Partido Comunista, para que los adopten. (...) a) Dentro del ejército y de la flota; b) Mediante la labor general de todo el Partido fuera del ejército: actividad de la fracción parlamentaria en las cuestiones militares, agitación oral y mediante la prensa, para popularizar en el ejército tal o cual consigna. etc. (...) Los métodos y las formas de propaganda y de agitación en el ejército varían según los países. Guiándose por las condiciones locales del país y del ejército, cada Partido Comunista debe elaborar formas y modos de ejecución correspondientes. Lo esencial es que la descomposición del ejército burgués debe realizarse lo más seriamente posible; es que la labor de organización militar del Partido dentro del ejército –esta organización debe ser creada–, así como la labor de todo el Partido tendiente a desorganizar el ejército, debe ir en estrecha relación, con la acción política cotidiana, con las consignas prácticas y actuales de combate que el Partido lanza a cada instante. (...) En presencia de una situación inmediatamente revolucionaria, cuando el Partido invita las masas a sublevarse para tomar el poder, el objetivo esencial de las células comunistas dentro del ejército será el de oponerse terminantemente a la comandancia reaccionaria, y arrastrar a la mayoría de los soldados para ejecutar las misiones revolucionarias, conjuntamente con el proletariado». (A. Neuberg; La insurrección armada, 1928)

Por supuesto, sobra decir que no podemos esperar esto de una organización que tiene un programa republicano-burgués y que rechaza asistir a los frentes de masas donde no se encuentren sus militantes». (Equipo de Bitácora (M-L); Epítome histórico sobre la cuestión nacional en España y sus consecuencias en el movimiento obrero, 2020)

4 comentarios:

  1. El texto que quiero publicar es demasiado largo, así que lo publicaré en dos veces, así que por favor, ponedlas en el orden correcto para que quede en el orden adecuado.

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  2. buenas noches compañeros. quiero señalar un error en la crítica a la teoría de los imperios "generadores/depredadores" de Gustavo bueno.

    en un punto del análisis decís:

    «La teoría buenista del «imperio generador y no depredador» se desmonta desde el momento en que se observa que tanto «imperios generadores», como el imperio romano o el español, como los «imperios depredadores» como el británico o el francés, se caracterizaban por igual por desarrollar infraestructuras en los países conquistados u ocupados. Esto es una dinámica inherente al imperio, y ya hablamos aquí no con conceptos vagos de «imperio», sino que nos referimos a la teoría leninista sobre el imperialismo como etapa superior del capitalismo, del monopolismo.»

    tal crítica se basa en la creencia de que tal teoría refleja que imperio generador e imperio depredador son realidades que jamás se mezclan, que son impenetrables entre sí, categorías metafísicas. pero eso no es así. tales categorías han de entenderse desde un modo dialéctico para que sean herramientas explicativas de la realidad. de hecho, el propio Gustavo Bueno las plantea de ese modo. es decir, que todo imperio generador es depredador antes, después, al mismo tiempo, o las diversas combinaciones que puedan darse en su desarrollo, lo cual no hace que una realidad anule a otra, sino que se intercondicionan y dependiendo del grado de dominación que una realidad ejerce sobre otra, se hace la consideración de que un imperio es más depredador o más generador, o ya puestos, se elude la parte menos destacada por no ser tendencia general.

    en las siguientes citas se verifica la naturaleza dialéctica de tal teoría:



    «El Imperio romano o el Imperio español serían los principales ejemplos de Imperios generadores: a través de sus actos
    particulares de violencia, de extorsión y aun de esclavización, por medio de los cuales estos imperios universales se desarrollaron, lo cierto es que el Imperio romano terminó concediendo la ciudadanía a prácticamente todos los núcleos urbanos de sus dominios, y el Imperio
    español, que consideró siempre a sus súbditos como hombres libres, propició las condiciones precisas pasa la transformación de sus Virreinatos o provincias en Repúblicas constitucionales.» (Gustavo Bueno; España frente a Europa)

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  3. «el proceder del Imperio hispánico no es distinto del proceder de cualquier otro imperio depredador. Sin embargo, la cuestión estaría mal planteada de este modo, desde el momento en que se pretende distinguir, según un esquema dualista, el «lado bueno» y el «lado malo» del Imperio, su anverso y su reverso (la cruz y la espada, etc.).» ( Gustavo bueno; España frente a Europa)

    como se puede ver en estos fragmentos, se considera al imperio español bifurcado por la dialéctica generadora/depredadora. no hay metafísica.


    por tanto vuestra crítica es errónea. no se puede llevar a cabo la negación de la negación de una teoría si no se aborda de manera correcta, contemplándola en toda su complejidad y después operándo sobre ella desde el método Marxista.





    ahora bien, lo que yo propongo es que más que tratar de refutar tal teoría, lo cual no me parece viable, lo necesario a mi ver es recalcar como venís haciendo en la parte previa del análisis, la perniciosidad de los imperios (en el sentido Leninista), el papel reaccionario que juegan en la lucha de clases de cara a los intereses de la clase trabajadora residente en esos países dependientes que se ven sometidos a condiciones de miseria y con apenas una pizca de autonomía relativa, y el rol apologético y lacayizante que juega el proimperialismo en la clase trabajadora de las grandes potencias.

    considero que en este último sentido, además de en otros, habéis hecho un gran trabajo, no solo en este estudio, sino en otros trabajos anteriores. quiero dejar claro además que mis intenciones son amistosas, y si hago esta crítica es para ayudar a "triturar" (como dicen ellos) esas corrientes de pensamiento ultranacionalistas y anticomunistas como la esgrimida por la escuela de Gustavo Bueno, pero sin caer en el abordaje incorrecto de su cuerpo teórico, que probablemente tenga elementos asimilables que pueden separarse de lo erróneo e inservible para un enriquecimiento del tesoro del Marxismo.

    un saludo y gracias por vuestra labor de instrucción.

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  4. "Tal crítica se basa en la creencia de que tal teoría refleja que imperio generador e imperio depredador son realidades que jamás se mezclan".

    No, eso lo estás dando por sentado tú. Nosotros ya explicamos que lo que: 1) No se tata de qué imperio fue más intolerante en lo religioso o quien masacró a mas indígenas; 2) esos mismos imperios "depredadores" también realizaron las "bonanzas" de los imperios "generadores". La cuestión es: ¡¿qué hace un progresista apoyando un imperio colonial o neocolonial en pleno siglo XXI?!

    Gustavo Bueno articula su idea en que X imperio debe ser apoyado porque es "generador", esto es, presupone que su dominio sobre otros es positivo, progresista, que debe ser apoyado. Para ello defiende que "desarrolla infraestructuras", "mejora la vida de sus gobernados", y otras afirmaciones que en muchos casos son falacias y en otros casos abiertas mentiras (como desmontamos en el artículo de la Escuela de Gustavo Bueno).

    http://bitacoramarxistaleninista.blogspot.com/2020/05/el-viejo-socialchovinismo-la-escuela-de.html

    En ningún momento niega que el imperio hispánico o EEUU (al cual considera "generador") hayan esquilmado o impongan sus ideas, sino que simple y llanamente, lo ve como un "mal mejo" en beneficio de un "bien mayor" (la civilización hispánica y sus valores, incluidos los reaccionarios como el catolicismo, los cuales sanciona como "positivos"). En resumen, es una teoría proimperialista como tantas otras, no tiene el más mínimo recorrido. Sus planteamientos no tiene nada de materialistas ni de dialécticos, es superchería al servicio del nacionalismo, algo que ya hacía falange o antes que ella los conservadores. Propaganda que decora como todos sus discípulos en que el imperio hispánico era muy respetuoso con sus súbditos y demás barbaridades. ¿Y quién se puede creer esto salvo alguien carcomido por el nacionalismo?

    Esto es similar a cuando los maoístas debaten sobre la "dialéctica" que guarda la burguesía nacional china, su "doble carácter", ahí están los resultados de lo que fue y es China. Así que no, los marxistas no nos apoyamos en X imperios ni en X burguesías nacionales para construir la sociedad sin clases, buscamos su supresión.

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«¡Pedimos que se evite el insulto y el subjetivismo!»