«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

viernes, 9 de marzo de 2018

La necedad de confiar todos los destinos del pueblo al cretinismo parlamentario


«Lenin ha indicado que, en ciertos casos, la tribuna del parlamento burgués puede ser utilizada por los revolucionarios como una de las formas de su trabajo legal para desenmascarar el sistema capitalista. Pero subraya al mismo tiempo que este trabajo no debe crear en los comunistas y las masas la ilusión de que el poder puede ser tomado por vía parlamentaria.

En la sociedad burgués-capitalista y revisionista, el «cretinismo parlamentario» es la forma de «democracia» que la burguesía emplea para encubrir la naturaleza opresiva de su poder estatal, al que domina a través de la mayoría de escaños que obtiene en las elecciones. Pero, además del poder estatal, la burguesía domina también el fuerte poder extraestatal, es decir, los monopolios, los trusts, las sociedades mixtas y sus inversiones dentro y fuera del país. Este poder de la gran propiedad privada constituye la fuerza económica que se apropia del sudor de los trabajadores en el país y en el extranjero y está en condiciones de fortalecer la superestructura que más se adapte a la feroz dominación capitalista. La superestructura burguesa tiende a aplicar una política de esclavización de los pueblos, a crear una fuerza militar, ideológica y política contra el proletariado, el campesinado pobre y los intelectuales trabajadores, asimismo tiende a hacer degenerar y a socavar las normas de la moral proletaria, para propagar la moral burguesa en toda su bajeza.

El parlamento burgués abre sus puertas a los «elegidos», pero la dictadura de la burguesía hace su trabajo; allá se suceden debates y votaciones sin fin, mientras las cosas marchan como quieren los que hacen la ley, los ricos, los propietarios de los trusts, de los monopolios y los bancos, cuyo poder, verdadero segundo Estado capitalista, manipula el parlamento y el gobierno, incluso si esta manipulación no está prevista en las constituciones vigentes.

El parlamento burgués abre sus puertas a los «elegidos», pero la dictadura de la burguesía hace su trabajo; allá se suceden debates y votaciones sin fin, mientras las cosas marchan como quieren los que hacen la ley, los ricos, los propietarios de los trusts, de los monopolios y los bancos, cuyo poder, verdadero segundo Estado capitalista, manipula el parlamento y el gobierno, incluso si esta manipulación no está prevista en las constituciones vigentes. Partiendo de todo ello, Lenin escribía:

«En cualquier país parlamentario. (...) La verdadera labor «estatal» se hace entre bastidores y la ejecutan los ministerios, las oficinas, los Estados Mayores». (Lenin; El Estado y la revolución, 1917)

En Albania, los consejos de liberación nacional, que se crearon bajo la dirección del Partido en la época de la Lucha Antifascista de Liberación Nacional y que se consolidaron después del socialismo, son órganos de la dictadura del proletariado elegidos por el pueblo y que representan la voluntad y las aspiraciones del pueblo trabajador. Los órganos representativos del pueblo en el poder estatal, son la Asamblea Popular y los consejos populares. Según la Constitución de la República Popular Socialista de Albania: 

«Los órganos representativos dirigen y controlan la actividad de todos los demás órganos estatales, que son responsables y ronden cuentas ante ellos». (Constitución de la República Popular Socialista de Albania, 1976)

La democracia entre nosotros no es ningún juego para engañar a las masas, ella se materializa en la práctica. Aquí no hay dos poderes, el uno reconocido por la ley y el otro de facto, sino un poder estatal único, que emana del pueblo y que pertenece a éste.

Nuestro Estado es Estado de dictadura del proletariado, que ha creado sus propias leyes y aparatos revolucionarios, un nuevo método y un nuevo estilo de trabajo, y que expresa y defiende los intereses de los trabajadores.

En nuestro país no es la violencia la que lleva a la gente a aplicar las leyes establecidas por el Estado de dictadura del proletariado, sino la plena convicción de que la aplicación de las leyes va en su propio beneficio y en el de la sociedad. Nuestro pueblo aplica las leyes de manera consciente, porque participa poderosamente en su elaboración.

En los países capitalistas y revisionistas la ley es aplicada por medio de la violencia feroz de la burguesía; allá no se puede aspirar a la realización libremente consentida de la ley por el pueblo, dado que su contenido está en flagrante oposición a sus intereses. Evocando el carácter injusto de la ley burguesa, Marx decía:

«Cada capítulo de la Constitución contiene, en efecto, su propia antítesis. (...) En la frase general, la libertad, en el comentario adicional, la anulación de la libertad». (Karl Marx; El 18 brumario de Luis Bonaparte, 1852)

El ciudadano en dichos países es una mercancía, tratado precisamente como una mercancía, mientras que entre nosotros cada ciudadano de la república es apreciado en sumo grado y desempeña un gran papel en la sociedad. Para que el ciudadano juegue este papel lo más activamente posible, hace falta que eleve aún más su nivel de formación ideológica, política, cultural y científica y que tome conciencia de su papel». (Enver HoxhaLa democracia proletaria es la democracia verdadera; Discurso pronunciado en la reunión del Consejo General del Frente Democrático de Albania, 20 de septiembre de 1978)

Anotación de Bitácora (M-L):

«La izquierda de la Asamblea, que se creía ser la flor y nata, el orgullo de la Alemania revolucionaria, estaba totalmente embriagada con los escasos y deplorables éxitos obtenidos por la buena o, mejor dicho, mala voluntad de un puñado de políticos austriacos que obraban instigados por el despotismo austriaco y en beneficio de éste. Tan pronto como la mínima aproximación a sus propios principios, no muy bien definidos, recibía, diluida en dosis homeopáticas, una especie de sanción de la Asamblea de Francfort, estos demócratas clamaban que habían salvado el país y el pueblo. Esta pobre gente, corta de entendimiento, ha estado tan poco acostumbrada a lo largo de su vida, nada interesante por lo general, a algo parecido a éxitos que ha creído realmente que sus míseras enmiendas, aprobadas por una mayoría de dos o tres votos, cambiarían la faz de Europa. Desde el mismo comienzo de su carrera legislativa ha estado más contagiada que cualquier otra minoría de la Asamblea de la incurable enfermedad denominada cretinismo parlamentario, afección que imbuye a sus desgraciadas víctimas la solemne convicción de que todo el mundo, toda su historia, todo su porvenir se rige y determina por una mayoría de votos emitidos en esa singular institución representativa que tiene el honor de contarlos entre sus miembros y que cuanto sucede extramuros de su sede: las guerras, las revoluciones, la construcción de ferrocarriles, la colonización de continentes enteros, los descubrimientos de oro en California, los canales de América Central, los ejércitos rusos y cualquier otra cosa más que pueda pretender a influir algo en los destinos de la humanidad no es nada en comparación con los inconmensurables sucesos que dependen de la solución de cada problema importante, cualquiera que sea, de los que ocupa justamente en esos momentos la atención de su honorable Cámara. De esa manera ha sido cómo el partido democrático de la Asamblea, sólo por haber logrado introducir de contrabando en la «Constitución imperial» algunas de sus recetas, se creyó en primer orden obligada a apoyarla, si bien esta Constitución contradecía flagrantemente en cada punto esencial sus propios principios proclamados tan a menudo; y cuando, al fin, los autores principales de este aborto lo abandonaron a su suerte, dejándoselo en herencia al partido democrático, éste aceptó y defendió dicha Constitución monárquica incluso en oposición a cuantos propugnaban por entonces los propios principios republicanos de este partido». (Friedrich Engels; Revolución y contrarrevolución en Alemania, 1852)

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