«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

lunes, 5 de marzo de 2018

Las teorías que apuestan por la revolución técnico-científica o la revolución cultural como salvación de los males del capitalismo


«Al igual que en numerosas cuestiones fundamentales de la vida de la sociedad, también en la de la cultura y de su relación con la revolución, los ideólogos de la burguesía y los revisionistas han suscitado enorme confusión y difunden puntos de vista de lo más anticientíficos y reaccionarios. Hace varios decenios que, tanto los ideólogos de la burguesía como los revisionistas, en sus esfuerzos por negar la necesidad de la revolución socialista, invocan la revolución técnico-científica y de forma distorsionada y con evidentes fines contrarrevolucionarios intentan argumentar que en las actuales circunstancias de rápido desarrollo de la ciencia y la técnica es innecesaria la revolución socialista; sus tareas pueden ser realizadas simplemente por medio de la revolución técnico-científica. Esta teorización es enteramente anticientífica y en abierta oposición con la propia realidad, que demuestra todo lo contrario. Es decir, que la revolución técnico-científica en los países burgués-revisionistas no ha remediado ninguno de los graves males de que adolece el sistema de opresión y explotación. Al contrario, como es del todo natural en las condiciones selladas por el dominio de la propiedad privada, los ha agravado y profundizado aún más. Todo nuevo invento, toda aplicación de la ciencia y la técnica moderna en las empresas capitalistas no sólo no se lleva a cabo en favor de los obreros, sino que conduce, necesariamente, a intensificar su explotación, al desempleo masivo, al empeoramiento de la situación económica de las masas trabajadoras y al aumento de las ganancias de los capitalistas. El desarrollo de la ciencia y la técnica es incapaz de eliminar ni modificar las leyes objetivas del desarrollo social. Las leyes de la revolución y de la transformación revolucionaria de la sociedad actúan también hoy, igual que en la época en que fueron descubiertas por los clásicos del marxismo-leninismo, con una necesidad rigorosa. La única vía de liberación de las masas trabajadoras de la opresión y la explotación continúa siendo hoy el camino de la revolución socialista y de la instauración de la dictadura del proletariado. Sólo cuando se implanta la dictadura del proletariado y la sociedad entra firmemente en el camino del socialismo, como es el caso de Albania, sólo entonces las realizaciones en todos los campos de la cultura, incluyendo los logros de la revolución técnico-científica, redundan en favor de los trabajadores, sólo entonces la revolución técnico-científica llega a ser una condición necesaria y parte inseparable del progreso del país.

La «teoría» que absolutiza el papel de la revolución técnico-científica en la sociedad, que reemplaza la revolución socialista por los éxitos en el desarrollo de la ciencia y la técnica, forma parte del cúmulo de «teorías» burguesas reformistas que, en nombre de la perpetuación del régimen capitalista, pretende que el verdadero progreso en la sociedad no se logra mediante la revolución político-social, sino por medio de la cultura, el perfeccionamiento moral y el desarrollo cultural. Un «teórico» original de esta «teoría» contemporánea ha sido el filósofo germano-americano Herbert Marcuse. Este presenta la actual sociedad capitalista como una sociedad que ¡ha logrado superar sus contradicciones internas, atraerse al proletariado y hacer prácticamente imposible, incluso innecesaria, la revolución socialista! En las condiciones actuales concluye–, no queda más que poner acento en el factor subjetivo, en el desarrollo de la conciencia, en la creación de un nuevo sujeto. La sociedad del futuro, creada por este nuevo sujeto, será, según Marcuse, una sociedad donde el hombre estará libre del trabajo, donde el amor y los demás instintos no serán limitados por nada, donde la vida será fantasía y juego, donde el arte criatura de la imaginación jugará un papel primordial para el hombre y su liberación. Estos son razonamientos extravagantes y totalmente infundados, que pretenden dar una falsa idea de la actual sociedad capitalista y deformar por completo la perspectiva histórica de la lucha revolucionaria del proletariado y del resto de las masas trabajadoras.

Las «teorías» de Marcuse, al igual que las de sus colegas burgués-revisionistas, carecen de base y ninguna de ellas ha sido confirmada. La historia ha seguido y sigue no el camino establecido por Marcuse, sino el anunciado y argumentado por Marx. Tal como ha demostrado el camarada Enver Hoxha en su obra «El Imperialismo y la revolución» de 1978 con numerosos hechos y datos extraídos de la actual situación mundial, el proletariado ha sido y continúa siendo la fuerza decisiva de la subversión revolucionaria y de la transformación socialista, y la revolución socialista violenta; la principal vía para el derrumbamiento del capitalismo y la construcción de la nueva sociedad.

A pesar de que la vida no ha confirmado las «teorías» de Marcuse, muchos de sus seguidores intentan directa o indirectamente mantenerlas vivas. Penetrados por los cuatro costados por el reformismo burgués, continúan inventando argumentos y difundiendo nuevas «teorías» en defensa del capitalismo y para negar la necesidad de la revolución política. Este papel han asumido hoy los llamados «nuevos filósofos» en Francia. Todos ellos son participantes o testigos de los acontecimientos franceses de 1968. Pretenden ser quienes generalizan la experiencia histórica de las situaciones contemporáneas en el mundo y dan recetas para curar las heridas de la sociedad y salvar a la humanidad. Pero a pesar de su pretencioso aparato, no van más allá de las conocidas tesis antiproletarias y contrarrevolucionarias de los revisionistas y reformistas que les precedieron. Los «nuevos filósofos» no se toman la molestia de disimular la idea de la negación de la revolución socialista, idea que se desprende de todos sus razonamientos. Proclaman en alta voz que «jamás seremos los dirigentes y los iluminadores de los pueblos, jamás nos pondremos al servicio de los insurrectos».

Colocan en un mismo plano el Estado y la cultura y reconocen a los dos el mismo papel; el de la opresión y la reacción. Foucault, uno de los «nuevos filósofos», pone de relieve este estrecho vínculo de la cultura con el estado, este papel reaccionario común a ambos, con estas palabras: «El poder se alía siempre con el saber y el saber se alía siempre con el poder: no basta decir que el poder tiene necesidad de este o aquel descubrimiento o forma de saber. Es el ejercicio del poder el que crea la materia prima del saber, quien acumula y aprovecha la información». 

Consecuentes con la idea del papel común del Estado y la cultura como factores de opresión, los «nuevos filósofos» extraen la conclusión, en su esencia oportunista, de que, del mismo modo que se debe renegar de todo Estado, se debe renegar de toda cultura, haciendo tabla rasa de toda la existente. El llamamiento a la «revolución cultural» es ya algo habitual en las obras de los «nuevos filósofos».

Los ideólogos y políticos burgueses y revisionistas juegan frecuentemente con las palabras, a menudo tienen presentes realidades enteramente diferentes de los que expresan con las palabras y términos que utilizan. Los revisionistas chinos, por ejemplo, hablaban de «revolución cultural» y tras estas palabras se ocultaba otra realidad, relacionada con una violenta lucha política entre diferentes clanes revisionistas para lograr la supremacía en el poder en China.

A su vez, también los «nuevos filósofos» en Francia hablan de «revolución cultural», pero esta consigna tiene en sus labios un sentido y un objetivo enteramente diferente, incluso opuesto al que tiene en la teoría y la práctica revolucionaria del proletariado. Con la consigna de la «revolución cultural», los «nuevos filósofos» desplazan el centro de gravedad de la lucha por el progreso del terreno de la política al de la cultura, haciendo del progreso social una cuestión meramente cultural. Además, imaginan la «revolución cultural» como un resultado de la completa destrucción de la vieja cultura, de toda la cultura creada por la humanidad, y del comienzo de todo el proceso desde cero. De hecho, con su llamamiento a la «revolución cultural» en las condiciones en que se mantiene el régimen capitalista, pretenden apartar al proletariado y al resto de las masas trabajadoras del único camino de liberación y salvación, evitar el desmantelamiento del poder burgués y la instauración de la dictadura del proletariado que sólo se logra por medio de la revolución política. Además, tachando toda la cultura creada hasta hoy, suprimen una gran realización del pensamiento humano, el marxismo-leninismo, pretenden privar al proletariado de una ciencia que le inspira en su difícil lucha, que le muestra el camino de la victoria segura.

Los «nuevos filósofos» conciben erróneamente también el proceso mismo de creación de la nueva cultura. La nueva cultura o la «anticultura», como ellos la llaman, que guiará a la humanidad hacia el progreso, no se crea borrando toda la cultura, obra de la humanidad. La nueva y verdadera cultura, tal como señalaba Lenin, es continuación y asimilación crítica de los mejores logros alcanzados por la humanidad durante su desarrollo milenario.

En lo que respecta al nombre de «nuevos filósofos», con el que se denominan o con el que se hacen llamar una serie de escritores y publicistas en Francia, no es difícil distinguir, por las ideas y por las posiciones que defienden y argumentan en sus obras, que estos «filósofos» no son en absoluto nuevos. Por el contrario, sus puntos de vista sobre la creación de la nueva cultura o de la «anticultura» no difieren mucho de los puntos de vista de los adeptos de la «cultura proletaria» en la Rusia Soviética, que buscaban una cultura enteramente nueva, pura, sin ningún vinculo con la cultura anterior creada por la humanidad y por lo que fueron criticados por Lenin como antimarxistas y contrarrevolucionarios. Si el problema se enfoca en un plano más amplio, con su estrepitosa afirmación de que «Marx murió». Un «nuevo filósofo», Jean Maríe Benoist, publicaba en 1970 un libro con este título, repleto de razonamientos antirrevolucionarios. Con su pretensión de desmentir el marxismo, son todavía más viejos y tan destinados a fracasar como todos los ideólogos de la burguesía y los revisionistas, que, desde el momento mismo en que apareció el marxismo, se han esforzado en vano por oponerse a él y desmentirlo». (Zija Xholi; Por una concepción más justa de la cultura nacional, 1985)

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