«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

sábado, 24 de marzo de 2018

La política salarial del reformismo

Olof Palme, líder de la socialdemocracia sueca en los años 70 y asesinado en 1986, se dirige a un grupo de universitarios en su época de ministro de Educación. (CC)

«La política salarial del reformismo tiene algunos rasgos fundamentales que la guían desde hace decenios. Su base es el mantenimiento del sistema capitalista. Todos los discursos de los reformistas embelleciendo las prebendas concedidas a la clase obrera lo demuestran. ¿Cuáles son los rasgos más importantes de la política reformista salarial que de año en año garantiza los enormes beneficios del capital?

Las contradicciones entre el trabajo y el capital, entre la clase obrera y la burguesía, tienen su base en las relaciones de producción capitalistas. Planteamos esto como axioma y no hacemos sino comprobar que es en la apropiación de los frutos del trabajo de la mayoría en la que se basa la cuestión del salario. El beneficio de una empresa no se saca mediante el «trabajo del capital», como lo dan a entender los accionistas. ¿Es que acaso se ha visto alguna vez que trabaje y produzca el dinero? Es mediante el capital bajo forma de máquinas, locales, etc. como los obreros producen la plusvalía, el beneficio.

Pero los reformistas no consideran que esto sea una contradicción fundamental y que sea la base misma de la esclavitud asalariada. Consideran la contradicción entre el trabajo y capital como una relación de distribución. Los reformistas quieren que los capitalistas «lleven a cabo un reparto», o sea, que disminuyan su explotación, pero esto, por supuesto, sobre bases calificadas como económicamente «realistas».

¿Por qué iban los capitalistas a llevar a cabo esta «distribución»? ¿Es que no se apoderan de la plusvalía de hecho, mediante la posesión de las máquinas que los obreros han creado con su trabajo? Esto no tiene nada que ver con un reparto cualquiera, se trata de un robo legal y constitucionalmente organizado.

Un «reparto» de este tipo no podría existir un solo día si la clase obrera fuera la que decidiese. En efecto, si la clase obrera estuviera en el poder, a quién se le ocurriría entre ella, «distribuir» una parte del producto de su trabajo a los capitalistas.

La teoría de las relaciones de distribución niega en su esencia que el salario del trabajo sea un ingreso del que se saca el «excedente de trabajo», destinado a crear la plusvalía. ¿De dónde provendrían sino los miles de millones de plusvalía?

Los reformistas ponen en un pie de igualdad salario y beneficio capitalista, este último proveniente de la plusvalía sobre el trabajo, sobre el dinero –interés–, de la especulación, etc. Para los reformistas que se gargarizan con la palabra «distribución», para ocultar esta mistificación y su escandalosa injusticia, pretenden que se trata de una «distribución» según las prestaciones». Algo que según el sistema M.T.M. –método para medir los diferentes momentos de trabajo– se podría medir de forma muy «científica».

Este «fundamento teórico» se convierte de esta forma en la idea fundamental de la armonía entre las clases en la sociedad capitalista y la política salarial que resulta de ella no ser más que una política de colaboración de clases.

La lucha contra la apropiación de la plusvalía por el capital no puede, en efecto, limitarse a una cuestión cuantitativa en la que sólo se trataría de algunos porcentajes más o menos. En sus teorías y sus actuaciones, los reformistas no hacen sino defender el derecho de los capitalistas a robar los beneficios y a decidir sobre la vida y el futuro de los hombres.

De ahí la importancia de comprender que, todos los que aceptan que cualquier parte que sea del aumento de valor en el proceso de producción corresponda a los capitalistas, son reformistas. Que todos los que niegan que los dos tipos de ingresos, salario y beneficio, son irreconciliables y no pueden estar nunca en armonía, gracia a la «distribución» que sea, son reformistas. Que todos los que no tratan de poner al descubierto la contradicción fundamental entre trabajo y capital, cuando hablan de política de salarios como de otras cuestiones, son reformistas. Que todos los que no amplían la solución de esta contradicción del sistema capitalista por la revolución socialista, son reformistas.

El reformismo predica que hay una relación directa entre una productividad en aumento y un mayor producto correspondiente a la «distribución».

Afirman que, por supuesto, no es posible «distribuir» más de lo que se produce: es la base desde hace decenas de años de la política de negociaciones salariales de la central sindical única de obreros de Suecia (LO).

Para ellos, no se trata nunca, por supuesto, de la producción total y basan sus sabios cálculos sobre el aumento anual de la productividad y este aumento el único que hay que distribuir. Entonces, ¡a trabajar chicos! ¡Trabajad más! ¡Trabajad más deprisa! De esta forma tal vez podáis participar en el reparto de este suplemento producido gracias a vuestro sudor. Y, según los reformistas, los trabajadores deberían alegrarse de la migaja que les será concedida y deben considerarlas como un generoso regalo de los capitalistas.

Los reformistas actúan en eso como vanguardia de las racionalizaciones capitalistas. Racionalizaciones y aumentos de la productividad que se limitan a algunas coronas más para los que no hayan sido despedidos a causa de las reconversiones realizadas. De hecho, las racionalizaciones, reconversiones y los aumentos de producción significan siempre un salario más bajo por cada unidad producida por los trabajadores.

Esto no quiere decir que, como marxista-leninistas, estemos en contra de las racionalizaciones, las nuevas técnicas, etc. Estamos a favor de las nuevas técnicas y de la racionalización del trabajo per en un marco socialista de la producción porque entonces los frutos de éstas corresponderán a la clase obrera y a los trabajadores. Las afirmaciones de Marx en «El Capital» siguen siendo de actualidad:

«Si bien las máquinas son el medio más poderoso de acrecentar la productividad del trabajo, esto es, de reducir el tiempo de trabajo necesario para la producción de una mercancía, en cuanto agentes del capital en las industrias de las que primero se apoderan, se convierten en el medio más poderoso de prolongar la jornada de trabajo más allá de todo límite natural». (Karl Marx; El Capital, Tomo I, 1867)

Marx demuestra también que, si la máquina en sí puede facilitar el trabajo en su utilización capitalista, no tiene otro objeto que intensificar el trabajo. Que si la máquina es una victoria del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza, sin embargo, por su utilización capitalista, somete al hombre al yugo de las fuerzas de la naturaleza. Que si la máquina en sí, aumenta la riqueza del productor, por su utilización capitalista, en realidad, lo empobrece.

Para los capitalistas, la técnica no es más que un medio para explotar más todavía al pueblo y esto  con apoyo activo de todo el abanico reformista.

Si el consumimos más la producción aumenta y si la producción aumenta, la crisis está resuelta. Esto es uno de los grandes axiomas de los reformistas. Es la vieja idea de Keynes y de todos sus discípulos de poca monta.

Pero, ahora que el partido socialdemócrata está en el Gobierno y que la crisis capitalista parece ser mucho más que una baja coyuntural, el Gobierno se ha visto obligado a meterse contra los servicios sociales y golpear duramente los salarios efectivos. El resultado ha sido lo que se llama «la guerra de rosas».  En un rincón del ring está Fledt –ministro socialdemócrata de Finanzas–, los economistas tecnócratas y sus partidarios. En el otro rincón están los tradicionalistas, esencialmente la central sindical única (LO), que pretenden aumentar el consumo interno para volver a poner el tren en marcha. Así se reactivaría la economía, disminuiría el paro y el proceso de coyuntura se invertía.

Puede ser que algunas de estas «teorías» se crean lo que dicen. Pero sus teorías son de hecho nauseabundas como el agua de las flores marchitas. La central sindical única (LO), el partido revisionista (VPK) la juventud socialdemócrata (SSU), etc. Tratan de convencer a los capitalistas de que unos aumentos de sueldo les beneficiarían, pero todos estos idiotas olvidan un simple hecho: que los capitalistas tratan siempre de conseguir el mayor beneficio y nunca satisfacer las necesidades del pueblo.

Para ellos, para los capitalistas, la posición de vender más mercancías, lo que podría ser el resultado de un aumento de los sueldos, no es en absoluto un objetivo en sí. Su único interés es producir y vender sus mercancías cuándo y dónde los beneficios son mayores. Todo lo demás es mentira.

La «teoría del consumo» por lo tanto es grotesca. Se basa en la idea de que el capitalista no es capitalista y no desea explotar a los obreros. Se basa también en la idea de que los capitalistas no compiten entre sí. Dos quimeras. El que espere un aumento de los salarios y deposite su confianza en estas «teorías» puede ya ponerse a llorar por sus esperanzas defraudadas». (Partido Comunista de Suecia; La mentira es la base de la política salarial del reformismo; Publicado en Teoría y práctica, nº 3, 1984)

Anotación de Bitácora (M-L):

El llamado Kommunistiska Partiet i Sverige (KPS) fue un partido «proalbanés» fundado en 1979 que tuvo una actividad oficial hasta 1993, no debe confundirse con ninguno de los grupos maoístas ni jruschovistas de aquellos años en el país escandinavo.

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