martes, 20 de marzo de 2018

Aclaraciones sobre el fascismo desde un auténtico punto de vista marxista-leninista; Equipo de Bitácora (M-L), 2017


«La caracterización que hace el Partido Comunista de España (reconstituido) de España como Estado fascista causa rechazo entre la pequeña porción de la población que los conoce, naturalmente por ser una conclusión irreal. A nivel interno, esta visión como dogma sine qua non para aceptar su línea política, les ha causado el arrastrar una idea deformada y fantasiosa de la realidad, contrayendo una política sectaria y aislacionista que les ha acabado convirtiendo en un reducto marginal dentro del propio campo revisionista. 

Analicemos extensamente su visión infantil sobre lo que consideran fascismo, y la visión marxista sobre el tema.

Aclaraciones sobre el fascismo desde un auténtico punto de vista marxista-leninista

En este apartado intentaremos resumir los aspectos fundamentales que todo revolucionario debe tener claro sobre el régimen fascista y el régimen democrático-burgués. Para el lector que desee indagar en ciertas cuestiones puntuales recomendamos echar un vistazo a los documentos pertinentes que iremos facilitando.

¿Qué hace diferente al fascismo de la democracia burguesa?

El fascismo es la radicalización absoluta de la dictadura de la burguesía en su expresión de la lucha de clases, dicho de otro modo: mientras la democracia burguesa es una etapa de «reposo» relativo, siendo la forma política natural de dominación para la burguesía, donde mejor puede explotar a los trabajadores a la vez que justificar su régimen político de cara a las masas, el fascismo es una etapa ofensiva donde la burguesía impone, habitualmente como respuesta al avance de un movimiento revolucionario, tal régimen para «recuperar el terreno perdido» o para «evitar que se le escape la situación de las manos». Con ello bajo una nueva forma de dominación trata de arreglar algo que no está funcionando como debería según sus intereses. Bajo este régimen, la burguesía, debe hacer mayores esfuerzos demagógicos y represivos para defender su legitimidad ya que la misantropía del fascismo es manifiesta en sus formas de dominación.

¿Cómo llega el fascismo al poder?

El fascismo, con su movimiento político y sus milicias armadas, llega a las instituciones de la democracia burguesa y aplica desde ellas un proceso de fascistización –proceso autoritario que ya podía haber sido iniciado por otros partidos burgueses tradicionales, forzados por la situación y temiendo por su porvenir–. Pero no es la única posibilidad, pues puede que el movimiento fascista, a falta de apoyos sociales o por su poca flexibilidad táctica en sus alianzas, en lugar de llegar al poder mediante elecciones, lo haga a través de sus milicias paramilitares o ganándose al ejército y perpetrando un golpe a través de él. Si esto último ocurre, será a partir de una junta militar en el poder que intentará ganarse un respaldo social a base de promesas y demagogia. Muy posiblemente intentará darle un mayor respaldo ideológico y unificador a su proyecto tratando de crear un partido único que aúne a los golpistas con el fin de seducir mejor a la gente. Las opciones son tan variadas como la vida misma.

¿El triunfo del fascismo es un signo de fortaleza de la burguesía o de debilidad del proletariado?

Si la llegada y triunfo del fascismo supone a priori la derrota del proletariado, no debe verse en el establecimiento del fascismo un signo de fortaleza de la burguesía, sino uno del temor que profesa esta para seguir gobernando como antaño. Efectivamente, en muchas ocasiones el valerse del fascismo puede permitir a la oligarquía «estabilizar» las eclosiones sociales y «salvar los muebles» de la burguesía, pero el fascismo, al dar total libertad de sobreexplotación hacia los trabajadores y aventurarse más fácilmente con el belicismo en política exterior, también puede precipitar una crisis mayor para las estructuras capitalistas del país, acelerando así la respuesta del proletariado. Pero ojo, esto dependerá del grado de la resistencia, concienciación y contraofensiva del proletariado y sus organizaciones, porque sin lo uno no podemos medir lo otro. De ahí que sea estúpido desear el establecimiento del fascismo para «acelerar la indignación popular y, por ende, la revolución», mucho más cuando bajo la bota del fascismo el proletariado tiene absolutamente mermadas sus libertades de organización y expresión. Huelga decir lo doblemente estúpido que es esto cuando la oposición al fascismo ni siquiera está hegemonizada por los comunistas.

Cauces de expresión política y legislativa del régimen burgués

Las leyes que las democracias burguesas introducen ni siquiera son «vox pópuli» entre la ciudadanía. Ha de saberse que estos partidos activan o desactivan las propuestas de ley en cálculo del resto de acontecimientos sociales, económicos y políticos, respondiendo estos cambios, en no pocas ocasiones, a maniobras destinadas a desviar la atención de forma demagógica. La introducción de una nueva reforma laboral bien puede desatar un debate mediático parlamentario que se extrapole a la sociedad, aunque en realidad el partido que la impulse no pretenda modificar sustancialmente la ley anterior. Sin embargo, la propuesta logra dar la sensación de que los partidos políticos están haciendo algo útil y sumamente transcendente, que luchan por la «libertad» o contra la «tiranía» –según el discurso de cada bancada–. En otros casos ocurre todo lo contrario, se aprovechan los días señalados, como las vacaciones, para tratar de introducir cambios legislativos sin muchos problemas, sin protestas. En muchos de estos casos fuerzas parlamentarias mayoritarias que aparentemente se llevan a matar se ponen de acuerdo como ocurrió en España con la reforma constitucional del 2011 en la que PSOE-PP pactaron cargar sobre los trabajadores el peso de la deuda pública para solventar así su negligente gestión. En realidad, sea por la razón que sea, en toda democracia burguesa, donde la población tiene una participación y representación mínima en la vida política y sus partidos, todo se reduce directamente a una cuestión de votos y apoyos en las diferentes instituciones. Paradójicamente, se puede dar la curiosidad de que un tema fetiche en lo legislativo para un solo partido, una cúpula, e incluso para una sola persona pueda poner en marcha una reforma para cambiar la legislación, aunque ni siquiera sus propios votantes comulguen con dicho proyecto. Pero esto es indiferente para los políticos burgueses que, gracias a la «disciplina de partido», saben que sus diputados y sus aliados votarán a favor de los intereses del partido. Lo único que les da quebraderos de cabeza son los pactos y concesiones con otras fuerzas políticas, así como la aprobación de las élites externas de la cual son representantes. Obviamente, para que todo esto ocurra sin muchas protestas extraparlamentarias de los trabajadores, los medios de comunicación afines deben crear una «necesidad» ficticia a la población para que al menos tengan la impresión de que «es un debate que está en la calle».

Aun así, no suele ocurrir con facilidad que un jefe o camarilla política decidan todo, ya que dentro de un partido conservador o socialdemócrata anidan mil facciones, por lo que a veces dentro del propio gobierno democrático-burgués la mayor oposición viene desde dentro, sin tener en cuenta que tienen que además rendir cuenta con sus acreedores de campaña, prestamistas y demás. Lo que queda claro es que en el régimen democrático-burgués el parlamento es el pivote donde se justifican todos los engaños y estafas a los trabajadores, es de donde emanan las leyes, mientras que, en el fascismo, pese a que se puede mantener un parlamento e incluso ciertas organizaciones legales, todo esto es meramente decorativo en el sentido más literal de la palabra. Las leyes no emanan del legislativo, sino del ejecutivo el líder indiscutible, y en caso de existir el parlamento, sus diputados son elegidos por el ejecutivo y sus propuestas solo tienen validez si son refrendadas por la camarilla fascista o el caudillo fascista que domina el ejecutivo. El tema del uso o no del sistema parlamentario en los regímenes fascistas, depende tanto del gusto de los gobernantes fascistas, como de la fuerza que tengan en caso de que quieran disolver el parlamento burgués, o de si creen que el parlamento les puede servir como una baza democrática que les sea beneficiosa.

El antimarxismo como ideología del régimen burgués

Desde la óptica que atañe a los marxista-leninistas, ¿cuál es la diferencia más notoria entre un régimen fascista o uno democrático-burgués? El más palpable remite a que, a pesar de que sus miembros son vigilados y perseguidos en ambas formas de gobierno, es en la segunda forma, en el fascismo institucionalizado, cuando el marxismo no es respetado «formalmente» ni en la legalidad teórica, ni siquiera en los periodos más «suaves» del régimen. Asimismo, en el Estado y gobierno fascistas la ideología antimarxista es potenciada hasta ser uno de los rasgos fundamentales de su propaganda, cosa que se agita con orgullo mientras se prohíbe todo tipo de difusión de textos o simbología que suene ligeramente a marxismo, mientras que en la democracia burguesa la ideología marxista y su simbología pertinente no suele estar prohibida por lo general, pues la propia ideología antimarxista del régimen intenta ser mucho más sutil, presentándose bajo un manto «liberal», «humanista» y «democrático» en el que se aceptan «todas las ideas» aunque esto sea una mera formalidad para imponer dentro de ese «pluralismo» las que más le interesan y mejor le sirven. ¿Y por qué puede permitirse la burguesía liberal dar coba a la ideología marxista o sucedáneos? Muy sencillo: la burguesía suele ser reacia a comercializar expresiones políticas o artísticas que le puedan resultar molestas. Sin embargo, en momentos puntuales, como, por ejemplo, ante la carencia de un verdadero movimiento revolucionario y con influencia operando entre los tejidos sociales, la burguesía, al no tener en el horizonte una amenaza tangible para el modo de producción capitalista que la reproduce y eleva al poder, es no solamente posible sino común que haga negocio con expresiones artísticas y literarias subversivas o que dicen serlo. Camisetas con la hoz y el martillo, libros clásicos del marxismo en grandes editoriales como Akal o Alianza, entrevistas a artistas pseudorevolucionarios o un sinfín de exposiciones sobre el realismo socialista, son ejemplos de esta paradoja donde la burguesía comercializa el marxismo y saca un rédito económico bajo su etiqueta. ¿Por qué no se iban a poder permitir el lujo de vender un algo de «literatura roja» una vez han podido convertir al rey de reyes del egoísmo, Friedrich Nietzsche, como el máximo filósofo de culto para todos los públicos?

La palabra «totalitarismo» no explica nada

En la democracia burguesa se intenta equiparar fascismo y comunismo bajo la excusa del llamado «totalitarismo», planteamiento falaz mediante el cual se contrapone su régimen y valores frente a un «régimen totalitario», que para ella es básicamente aquel que –más allá de su ideología y funcionamiento– no se ajuste a los parámetros de la política burguesa que caracteriza las democracias-burguesas: «multipartidismo», «parlamentarismo», «libertad de prensa» y «libertad de expresión» –aunque estos «derechos» siempre estén determinados por el acceso al capital y los contactos en las altas esferas–. Bajo esta óptica liberal, muchas de las «democracias occidentales» no serían unas «democracias plenas» sino «totalitarismos» porque no existe en la práctica separación entre el poder ejecutivo y judicial, como sus mismos políticos y periodistas reconocen. Nótese, pues, que la etiqueta «totalitarismo» es la más de las veces una simplificación formal de las estructuras de poder históricas donde no se analiza la esencia de cada régimen político. Dicho de otra forma: es un engañabobos.

¿Es la represión un signo per se de fascismo?

Ha de aclararse que históricamente, dentro de los países fascistas, a veces se ha intentado aplicar las dos variantes de metodología defensiva y ofensiva sin perder la esencia fascista: etapas donde se intentaba aparentar una estructura represiva y coercitiva más relajada, de cierta legalidad hacia algunas organizaciones de la oposición con la celebración de elecciones, etcétera, pero también etapas con sucesivas ilegalizaciones, mayor índice de coerción, en líneas generales acciones destinadas abiertamente para intimidar al pueblo y sus impulsos revolucionarios. El llamado «terrorismo de Estado» es algo que, recordemos, no solo se ha aplicado en el fascismo sino también en la democracia burguesa, tanto a nivel abierto como, sobre todo, encubierto. En general, la represión sistemática es sinónimo de un gobierno fascista pero también de la democracia burguesa, por lo tanto, la existencia de un gobierno represivo no puede ser la marca definitoria de fascismo. 

¿Cuál es la preocupación principal de la burguesía en todo momento y lugar?

Lo cierto es que en cualquier régimen capitalista la máxima preocupación de la burguesía es que el proletariado y el resto de masas trabajadoras produzcan para mantener sus ganancias o pagar sus deudas a terceros países. Si la clase burguesa siente sus intereses económicos amenazados por cuestiones de huelgas, sabotajes, y una creciente organización y reclamos de los trabajadores, es muy posible que en este caso tanto la burguesía nacional como internacional animen al fascismo en ese país como salida a sus problemas. En muchas ocasiones, una burguesía nacional democrático-burguesa convendrá que le beneficia apoyar a otra burguesía extranjera fascista que ha irrumpido a sangre y fuego en su país de origen, pero la primera para deberá estrechar la mano a la segunda destrangis –para no decepcionar a sus votantes– o –al menos– justificando esa colaboración con el fascismo externo vendiendo a su pueblo que de esa forma se podrá salvaguardar «la influencia e intereses nacionales» en ese país. Evidentemente, este discurso solo puede calar si el nivel de concienciación general revolucionaria es baja entre los trabajadores.

Las contradicciones burguesas dentro del régimen fascista

Si bien en la democracia burguesa asistimos a una pugna pueril y deshonesta entre las facciones de la burguesía, que se escenifica desde el parlamento, estas disputas no suelen acabar en colisiones demasiado violentas y normalmente priman las negociaciones y los acuerdos. Si bien el parlamentarismo democrático-burgués presupone la pugna de las facciones de la burguesía sin demasiadas colisiones, con el fascismo no hay garantía del fin de las luchas internas de la burguesía, sino que sucede al revés, pues su lucha se vuelve más violenta, incorporando incluso choques armados con una frecuencia inusitada, golpes en los que la otra facción queda fuera de juego durante largo tiempo. La causa de estas pugnas tan violentas no solo se explica por arribismos, sino también por la confrontación entre elementos de la burguesía que quieren pasar a formas más coercitivas y entre otros que desean adoptar formas de dominación más relajadas o directamente liberalizar el régimen; estas disputas no son discusiones académicas sobre la forma de gobernar, sino que son en algunos momentos discusiones muy serias, pues tomar una decisión u otra puede determinar que el sistema burgués salga mejor o peor parado.

La restricción de las cuotas de poder y el nepotismo, no solo promueven un obvio descontento entre los trabajadores, sino que en el campo burgués también crea una animadversión ante las capas que habían estado acostumbradas a llevar la batuta del país y ahora han sido apartadas. Este «descontento burgués» se inflama mucho más cuando, además, el gobierno fascista no es capaz de garantizar una economía que satisfaga sus ambiciones productivas, financieras y comerciales. Huelga decir que esta burguesía «antifascista» puede volverse rápidamente pro fascista si el gobierno le garantiza una colaboración política y por encima de todo unas ganancias económicas. Y, aunque como en todas las ideologías, siempre hay exaltados y románticos, estas discusiones no se producen tanto por amor a unos ideales concretos como a la forma en que creen que mejor defenderán sus intereses económicos. En resumen, podemos concluir que, exceptuando a sujetos fanáticos, que siempre los hay, la burguesía no puede ser calificada fascista o demócrata-burguesa por naturaleza, pues sus miembros siempre preferirán defender su bolsillo y su patrimonio en detrimento de la ideología concreta que en ese momento profese.

¿Puede la ideología fascista dominar toda la sociedad?

Entiéndase que, como en cualquier sociedad, la burguesía, pese a ser la clase dominante y la principal responsable de las ideas que circulan –moldeándolas a su imagen y semejanza o al menos con el fin de que sirvan a sus propósitos egoístas–, en verdad en su seno nunca logra obtener un acuerdo total en torno una única ideología que concrete sus intereses, sino que existen varias fórmulas que cumplen con dicho fin. Así, el liberalismo, el fascismo y otras expresiones son ideologías burguesas que responden a los mismos intereses de clase, pero desde distintos puntos de vista y ofreciendo diferentes proyectos –esto no excluye, por ejemplo, que finalmente ambas se encuentren en la defensa de la propiedad privada o la promoción del chovinismo nacional, sino fuese así, no tendrían el mismo tronco clasista–. Esta situación a su vez redunda en que en el campo burgués no exista una «ideologización concreta» ni una «identidad homogénea», ni entre los suyos ni entre sus aliados y ni mucho menos entre sus enemigos, ya que esto no se puede conseguir ni siquiera en los periodos más favorables para su causa, solo se pueden limitar –que no es poco– a conseguir «mayorías» e «influencias» sobre otras ideologías y capas sociales. Es más, como clase dominante, la burguesía muchas veces acaba absorbiendo y readaptando diversas ideologías que a priori eran de otras clases sociales intermedias, como la pequeña burguesía; esto ocurre cuando la burguesía toma y neutraliza la dirección de estos movimientos políticos o cuando estos por su propia voluntad se intentan hacer un hueco en el sistema político, aburguesándose –el socialdemocratismo y el agrarismo serían buenos ejemplos históricos–. Este «pluralismos» ideológico y las diferentes opciones políticas burguesas, sucede, entre otros motivos, porque en el capitalismo ya sea espontánea y voluntariamente se produce y se conduce hacia una diversidad de filosofías idealistas, pero también por la propia estratificación social, sus ideas y sus costumbres, que no pueden dejar de producir distintas variantes. En todo caso, nos debe quedar claro que en la Edad Contemporánea la burguesía en el poder no necesita siempre operar racionalmente, por lo que puede permitirse el lujo de vender pseudociencias o mentir descaradamente, lo cual hasta le puede reportar grandes beneficios. En cambio, el proletariado, dado que aspira a volar por los aires este sistema hipócrita que gira en torno a la ganancia y el lucro personal, no puede permitirse confundir sus aspiraciones con las de otras clases ni ideologías, no puede adoptar medias tintas; precisamente al estar en desventaja necesita más que nunca de la ciencia social para vencer, de una doctrina, el materialismo histórico y dialéctico, que sistematice no solo las verdades dispersas de su época –y que bien pueden ser utilizadas para fines de dudoso fin–, sino que alumbre el camino por el que ha de caminar la humanidad.

¿Qué necesita un movimiento antifascista para cumplir con sus propósitos?

El llamarse «antifascista» hoy es tan ambiguo y confuso como llamarse «anticapitalista». Ambos abarcan una cantidad de posicionamientos que serían imposible citarlos todos. En todo caso, el prefijo «anti» significa según la RAE: «opuesto, de propiedades contrarias», y lo curioso aquí es que movimientos y sujetos que se dicen «antifascistas» y el «anticapitalistas» a veces muchas veces sin ser conscientes reproducen patrones y categorías que les acercan contra lo que dicen combatir. Un ejemplo de ello serían los «antifascistas» que se oponen al fascismo sobre el papel, pero en la praxis se nutren de las mismas filosofías de la intuición, el misticismo y el vitalismo. Otro paradigma sería aquel «anticapitalista» que su alternativa en realidad se reduce a un proyecto de reforma del sistema, pero sin eliminar los medios de producción.

De cualquier modo, ¿qué podemos decir de los famosos «movimientos antifascistas» de hoy día? Pues que pese a tener grandes inclinaciones progresistas e incluso revolucionarias entre sus miembros, no son fiables para enfrentar al fascismo, esto no es una opinión nuestra, sino que se constata al ver creer al fascismo en varios países de tanto en tanto. ¿Cómo es posible que el antifascismo no frene al fascismo si es su principal cometido? Esto ocurre debido al carácter ecléctico que estos grupos arrastran en lo ideológico y organizativo. La cuestión antifascista, como la ecológica, la nacional, de género y otras que se dan en el capitalismo, deben ser enfocada de forma científica para que el «colectivo trasformador» que pretenda revertirlo lo intente con un mínimo de probabilidades del éxito, y es obvio que esta posibilidad no se erige en la «diversidad» y la «transversalidad», dado que la confusión de identidades y objetivos precisos solo produce parálisis y tendencias centrífugas. 

¿Queremos decir con todo esto que por ejemplo un anarquista no sea antifascista? No, en muchos casos su valentía e intenciones son dignas de alabar, pero lo que decimos es que, por su metodología y enfoque teórico, sus formas de lucha son deficientes, porque en la mayoría de temas no comprende el origen de los problemas sociales ni las formas de solucionarlas. Entonces para un revolucionario es lógico que, dentro de los frentes antifascistas y su trabajo con otras organizaciones no marxistas, lejos de primar la piedad en lo referente a las prácticas antifascistas antimarxistas, deberá desplegar una labor para que prevalezca la crítica a los cabecillas de estas organizaciones, enseñando a su base que los conceptos políticos derrotistas, reformistas, utópicos, terroristas, idealistas, pacifistas, skinheads, no tienen nada que ver con un antifascismo consecuente, de suficientes garantías para vencer a un fascismo –en la cuna o ya maduro y dispuesto a barrer con todo–. Enseñar que históricamente lo único que ha logrado ese «antifascismo laxo» es bañar a la clase obrera en un charco de sangre. Para nosotros está claro que, si algunos «antifascistas» hoy no quieren indagar en la importancia de comprender estas cuestiones, mañana por necesidad o convencimiento lo harán, y si no, serán barridos por el propio fascismo vegetarán en la intranscendencia. En cualquier caso, ocurra lo que ocurra nada podrá borrar la razón sobre lo aquí afirmado, ya que, insistimos, no son conclusiones exclusivas de nuestro «ingenio» o «delirio», sino dictados que ya ha enseñado la historia.

Si precisamente el actual movimiento antifascista es una pantomima –y ni de broma estaría en capacidad de frenar un avance del fascismo en caso de que la burguesía requiriese de esta forma de dominación para gobernar–, no es porque falten ganas o convicción entre los antifascistas de todo signo político, sino porque sus líderes –como ocurre en toda ideológicamente difusa y burocrática en lo organizativo–, prefieren más la cantidad a la calidad, el amiguismo a la disciplina. Por consiguiente, han decretado que la dichosa «unidad antifascista» debe consistir en la paz ideológica entre los antifascistas; con ello se restringe el debate honesto y la elevación ideológica en aras de que esto nos permitiría unirnos contra el enemigo común bajo una base racional y planificada. La romántica llamada a la «unidad» –sea «antifascista», «obrera» o bajo la etiqueta y causa que sea– sin condicionantes, es algo que suena precioso y que a priori algunos creerán que es la fórmula perfecta y sencilla para el triunfo, pero en verdad es la forma más rápida para el fracaso: sin condiciones serias toda unidad es formal, ficticia e inútil, tanto dentro de un partido marxista como en un frente antifascista. Solo hace falta echar una ojeada al interior de estos movimientos de asambleas y organizaciones vecinales «antifascistas». En cada uno de ellos, prima una interpretación particular sobre qué es fascismo, a qué responde y cómo enfrentarlo. Por lo que, en definitiva, nunca hay claridad, coordinación, métodos ni perspectivas para enfrentarlo eficazmente, vendiéndose muy barata la derrota ante el fascismo. Parecería que a más de uno su alergia por el estudio y la historia le ha hecho no estar al tanto que al fascismo no se le derrotó en Stalingrado emulando al ejército de Pancho Villa». (Equipo de Bitácora (M-L)Estudio histórico sobre los bandazos oportunistas del PCE(r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 30 de junio de 2017)

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