«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

domingo, 25 de febrero de 2018

El programa económico socialdemócrata de Podemos y su evolución desde 2014; Equipo de Bitácora (M-L), 2017


«c) Podemos nació en mayo de 2014 con un programa socialdemócrata en lo fundamental, siendo una propuesta nada original respecto a otras propuestas de formaciones históricas revisionistas del país: es el caso de Izquierda Unida (IU):

«Al César lo que es del César, Izquierda Unida, ya tenía este programa «alternativo y progre» típico de la socialdemocracia, antes de que Podemos pusiera un pie en el panorama, por eso lleva razón al decir que en Izquierda Unida lo llevan haciendo desde «el principio de los tiempos», que más bien, sería para ser exactos, desde la aceptación del eurocomunismo en tiempos de Carrillo. (...) Es por tanto claro, que el programa de Podemos, Izquierda Unida, etc. no supone un paso al socialismo, y quién así lo afirme, su discurso está por completo en el campo de la ignorancia o la demagogia, ya que estos partidos, al no ser partidos de carácter proletario, sino multiclasistas –como tales aceptan a quién sea, sin condiciones ideológicas, y no existe una disciplina de partido leninista–, y al no estar pertrechados con los conocimientos de economía política marxista-leninista –sino más bien por teorías socialdemócratas, de reformar el capitalismo, limitarlo, etc.–, no están en poder de hacer que esas nacionalizaciones supongan un cambio cualitativo fuera del capitalismo; seguiría imperando tanto la propiedad privada –por sus teorías de competir y alentar al sector privado– como las leyes capitalistas en la «empresa pública» –ya que no están en condiciones ni de conocer ni de aplicar tales conocimientos–». (Equipo de Bitácora (M-L); ¿Es Podemos un partido diferente a Izquierda Unida? En absoluto; Sobre el programa de las nacionalizaciones, 6 de junio de 2014)

Conforme pasaron los meses desde la fundación de Podemos, pasaron a rebajar todavía más el programa económico. Es más, la primera crisis de Podemos se abrió en 2015 con el giro pragmático tanto en el rebajamiento de la fuerza del discurso –absteniéndose a usar términos popularizados como «casta» y «querer tomar el cielo por asalto»– como en las cuestiones programáticas –que se fueron retirando o suavizando cuestiones como la tauromaquia, república, OTAN, edad de jubilación, deuda, nacionalización, renta básica–. Todo ello conforme se acercaban las elecciones:

«La estrategia de moderación del mensaje que Podemos seguirá de cara a las próximas elecciones irá acompañada de la eliminación o suavización de varias medidas programáticas con las que se dio a conocer la formación. Propuestas estrella que se colaron en la agenda pública generando encendidos debates, pero que ahora desaparecerán del programa marco del partido o se quedarán reducidas a la mínima expresión. Podemos apuesta por un programa de corte socialdemócrata en lo económico, por presentarse ante el electorado –de centro– como una alternativa prudente y realista, y por desprenderse de los clichés que identifican sus medidas con la izquierda clásica». (El Confidencial; Podemos rectifica para vender moderación: jubilación, renta básica, república, toros, 25 de abril de 2015)

¿Por qué se hacía esto?:

«Cuanto más se aproximan las elecciones municipales de mayo, pero sobre todo con el ojo en las generales de diciembre de 2015, Podemos retrocede más si cabe en el programa y el discurso, desde el tema más candente hasta el más olvidado, desde el más importante hasta el más banal: en cualquiera de estos lares desde 2014 que apareciera ha retrocedido en su programa y discurso en cuestiones como: la renta básica, edad de jubilación, tauromaquia, república, desprivatización, «¡incluso en su apariencia chavista!». Esto es algo inherente a los partidos de tipo revisionista y reformista, que temen perder el voto «moderado», reflejando su miedo en eliminar estas propuestas ya de por sí insuficientes». (Equipo de Bitácora (M-L); Y cuanto más se acercan las elecciones generales, Podemos recula más y más en su programa y discurso [Recopilación de documentos],  2 de mayo de 2015)

La ruta seguida después de esto ha sido fichar a reconocidos economistas socialdemócratas como Thomas Piketty que asesora al PSOE y a Podemos a la vez:

«El otro gran referente «robado» a los socialistas ha sido el economista francés Thomas Piketty. Iglesias pudo anotarse el tanto de contar con el autor de «El capital en el siglo XXI» como asesor para su programa económico, pero el economista no dudó en asegurar un día más tarde en una entrevista a El Mundo que continuaría su relación con el PSOE: «Hablaré con los dos». (ABC; Pablo Iglesias: a la caza del votante socialista, 22 de septiembre de 2015)

Podemos como en muchas otras cosas, sigue los pasos de SYRIZA. Alexis Tsipras también recurrió a viejos militantes o asesores del PASOK –el PSOE griego– como Yanis Varoufakis, y los resultados son conocidos por todos: nada cambió en Grecia. Podemos reclutó a los socialdemócratas Vicenç Navarro y Juan Torres para articular su programa económico:

«Que Navarro y Torres se convirtieran en los autores del programa económico de Podemos es una expresión explícita del hecho de que la discusión económica está incrustado dentro de un marco abiertamente burgués. La discusión se lleva a cabo en el plano del keynesianismo y del neoliberalismo, se navega pues, de forma segura en el sistema de coordenadas de la economía burguesa. La tela reformista ha rechazado finalmente las nociones marxistas y, como consecuencia, rechaza abiertamente la socialización de los medios de producción, reduciendo cualquier discusión relacionada con el socialismo a la redistribución de la renta y el bienestar sobre la base del modo de producción capitalista. En este sentido, se puede argumentar con seguridad que el programa económico de Podemos está incrustado en una línea descendente del desarrollo con respecto al revisionismo, del que partía. También se puede argumentar que el programa económico de Podemos tiene un gran parecido al presentado por el PSOE durante la década de los 80, en momentos de una grave crisis económica y con las ambigüedades inherentes a la transición española en el fondo. A pesar de su fraseología, que ha sido descrita como ni de derechas ni de izquierdas, Podemos se presenta con un programa económico burgués característico de la socialdemocracia. No olvidemos que las reformas económicas implementadas por la socialdemocracia española fueron las mismas que permitieron a España la integración en la Unión Europea como un socio menor, lo que llevó a la destrucción sistemática de la industria pesada y la infraestructura correspondiente. Podemos ahora invoca un programa económico basado en postulados keynesianos, pero ahora, sobre la base de un sistema bien definido de las relaciones económicas de dependencia con respecto a los países industrializados de la Unión Europea. Podemos, junto con Syriza, son inflexibles sobre permanecer en la Unión Europea. Por las razones que sean, parecen convencidos de que una retirada de la Unión Económica Europea equivaldría a una catástrofe. Nos quedamos no sólo con un programa socialdemócrata clásico, pero con un sistema de declaraciones llenas de ilusiones y delirios sobre la democratización de las estructuras políticas y económicas europeas. El nivel de desintegración en el pensamiento económico es tan avanzado que muy poco se deja lugar a la terminología de Marx en el discurso. Desafortunadamente, esta evolución responde a una lógica perversa que está lejos del azar». (Rafael Martínez; El reformismo de Podemos y el renacimiento del keynesianismo, 2015)

Además pidió consejo a los socialdemócratas nórdicos de cómo se gestiona un gobierno y su política exterior europea, renegó de la reivindicación e influencia del chavismo –no porque sea muy diferente a ellos sino por el carácter polémico de sus discursos y su mala fama en España–, calmaron a los bancos e inversores sobre sus ideales económicos hasta convertir poco a poco a Pablo Iglesias en una suerte de versión de Felipe González y a Podemos en el nuevo PSOE. Al final fue así: todo el ruido inicial que hizo Podemos contra la casta y el PSOE para nada, para acabar reivindicando abiertamente la intención de ocupar el hueco dejado por el PSOE porque este ya no defiende, o mejor dicho, no puede defender el Estado de bienestar y la socialdemocracia:

«Sin embargo, esa centralidad no tiene por qué coincidir con lo que en el pasado se llamó «centro ideológico» y que sólo puede explicarse en un contexto en el que conservadores y socialdemócratas pueden diferenciar sus propuestas. Hoy, por el contrario, la centralidad está marcada por lo que señalaba ZP; un proyecto económico redistributivo frente al dogmatismo de la austeridad. (...) Insistir en esa explicación y asumir sin complejos que nuestro estilo irreverente funciona bien con nuestras propuestas económicas de defensa del Estado del bienestar y los derechos sociales, es llevar la disputa política al terreno que nos es favorable». (El Público; La centralidad no es el centro, 20 de abril de 2015)

El llamado por los socialdemócratas «Estado del bienestar» no es otra cosa sino que un modelo keynesiano engañoso basado en la «sociedad de consumo» y en aprovechar los momentos de respiro entre crisis y crisis para promulgar el fin de las crisis. No es cierto que el «Estado del bienestar» se haya destruido en la última década, ya en los 80 muchos economistas hablaban del mismo «fin del marco del Estado del bienestar», por tanto es un mito que la actual crisis de la socialdemocracia sea nueva.

El fin de Podemos es el mismo objetivo fetiche del mundo keynesiano: reformar el capitalismo, intentar hacerlo más benévolo:

«Hay una serie de reglas del juego que implica que dentro de la economía de mercado algunos defendemos que se puede distribuir mejor y que se pueden asegurar sociedades del bienestar más justas a través de reformas fiscales, y bueno, poniendo límites al funcionamiento descontrolado de la economía de mercado. (...) Una serie de medidas distributivas, de protección social, de protección de los trabajadores, que se puede calificar de programa socialdemócrata». (Entrevista a Pablo Iglesías en El País, 2016)

Una pretensión que como se sabe es una ilusión que siempre acaba en fraude:

«Los intentos de disminuir las desigualdades que genera el sistema capitalista, mediante procesos redistributivos que utilizan mecanismos fiscales, son contradictorios a las necesidades de acumulación privada y de expectativas de beneficios, que son los mecanismos esenciales para que maduren las inversiones. La actuación de las empresas públicas y del intervencionismo del Estado en las relaciones industriales no menoscaba las posiciones de preeminencia social [de la burguesía], por lo que cabe dudar de la pretendida neutralidad y arbitraje en las actuaciones estatales. En este sentido, los marxistas contemporáneos no consideran las nacionalizaciones o el «Estado del bienestar» constituyan amenazas graves al sistema de poder vigente». (Ramón Sánchez Tabarés; Introducción a la política económica, 1988)

Marx ya advirtió ante este tipo de desviaciones que:

«Para nosotros no es cuestión reformar la propiedad privada, sino abolirla; paliar los antagonismos de clase, sino abolir las clases; mejorar la sociedad existente, sino establecer una nueva». (Karl Marx; Circular del Comité Central a la Liga Comunista, 1850)

La actitud programática de Pablo Iglesías en lo económico es la misma que ya Marx denunció irónicamente analizando las insinuaciones del revisionista  Bernstein:

«No se renuncia al programa; lo único que se hace es aplazar su realización... por tiempo indefinido. Se acepta el programa, pero esta aceptación no es en realidad para sí mismo, para seguirlo durante la vida de uno, sino únicamente para dejarlo en herencia a los hijos y a los nietos. Y mientras tanto, «todas las fuerzas y todas las energías» se dedican a futilidades sin cuento y a un remiendo miserable del régimen capitalista, para dar la impresión de que se hace algo, sin asustar al mismo tiempo a la burguesía. (...) No debe ser un partido de la clase obrera, no debe despertar el odio de la burguesía ni de nadie. Lo primero que debe hacer es realizar una propaganda enérgica entre la burguesía; en vez de hacer hincapié en objetivos de largo alcance, que asustan a la burguesía y que de todos modos no han de ser conseguidos por nuestra generación, mejor será que concentre todas sus fuerzas y todas sus energías en la aplicación de reformas remendonas pequeñoburguesas, que habrán de convertirse en nuevos refuerzos del viejo régimen social, con lo que, tal vez, la catástrofe final se transformará en un proceso de descomposición que se lleve a cabo lentamente, a pedazos y, en la medida de lo posible, pacíficamente. Esa gente es la misma que, so capa de una febril actividad, no sólo no hace nada ella misma, sino que trata de impedir que, en general, se haga algo más que charlar». (Karl Marx; De la carta circular a A. Bebel, W. Liebknecht, W. Bracke y otros, 1879)

Uno de los partidos proalbaneses de los 80 diría de la socialdemocracia sueca y de la política de salario y de redistribucción de la riqueza:

«La política salarial del reformismo tiene algunos rasgos fundamentales que la guían desde hace decenios. Su base es el mantenimiento del sistema capitalista. Todos los discursos de los reformistas embelleciendo las prebendas concedidas a la clase obrera lo demuestran. ¿Cuáles son los rasgos más importantes de la política reformista salarial que de año en año garantiza los enormes beneficios del capital?

Las contradicciones entre el trabajo y el capital, entre la clase obrera y la burguesía, tienen su base en las relaciones de producción capitalistas. Planteamos esto como axioma y no hacemos sino comprobar que es en la apropiación de los frutos del trabajo de la mayoría en la que se basa la cuestión del salario. El beneficio de una empresa no se saca mediante el «trabajo del capital», como lo dan a entender los accionistas. ¿Es que acaso se ha visto alguna vez que trabaje y produzca el dinero? Es mediante el capital bajo forma de máquinas, locales, etc. Como los obreros producen la plusvalía, el beneficio.

Pero los reformistas no consideran que esto sea una contradicción fundamental y que sea la base misma de la esclavitud asalariada. Consideran la contradicción entre el trabajo y capital como una relación de distribución. Los reformistas quieren que los capitalistas «lleven a cabo un reparto», o sea, que disminuyan su explotación, pero esto, por supuesto, sobre bases calificadas como económicamente «realistas».

¿Por qué iban los capitalistas a llevar a cabo esta «distribución»? ¿Es que no se apoderan de la plusvalía de hecho, mediante la posesión de las máquinas que los obreros han creado con su trabajo? Esto no tiene nada que ver con un reparto cualquiera, se trata de un robo legal y constitucionalmente organizado.

Un «reparto» de este tipo no podría existir un solo día si la clase obrera fuera la que decidiese. En efecto, si la clase obrera estuviera en el poder, a quién se le ocurriría entre ella, «distribuir» una parte del producto de su trabajo a los capitalistas.

La teoría de las relaciones de distribución niega en su esencia que el salario del trabajo sea un ingreso del que se saca el «excedente de trabajo», destinado a crear la plusvalía. ¿De dónde provendrían sino los miles de millones de plusvalía?

Los reformistas ponen en un pie de igualdad salario y beneficio capitalista, este último proveniente de la plusvalía sobre el trabajo, sobre el dinero –interés–, de la especulación, etc. Para los reformistas que se gargarizan con la palabra «distribución», para ocultar esta mistificación y su escandalosa injusticia, pretenden que se trata de una «distribución» según las prestaciones». Algo que según el sistema M.T.M. –método para medir los diferentes momentos de trabajo– se podría medir de forma muy «científica».

Este «fundamento teórico» se convierte de esta forma en la idea fundamental de la armonía entre las clases en la sociedad capitalista y la política salarial que resulta de ella no ser más que una política de colaboración de clases.

La lucha contra la apropiación de la plusvalía por el capital no puede, en efecto, limitarse a una cuestión cuantitativa en la que sólo se trataría de algunos porcentajes más o menos. En sus teorías y sus actuaciones, los reformistas no hacen sino defender el derecho de los capitalistas a robar los beneficios y a decidir sobre la vida y el futuro de los hombres.

De ahí la importancia de comprender que, todos los que aceptan que cualquier parte que sea del aumento de valor en el proceso de producción corresponda a los capitalistas, son reformistas. Que todos los que niegan que los dos tipos de ingresos, salario y beneficio, son irreconciliables y no pueden estar nunca en armonía, gracia a la «distribución» que sea, son reformistas. Que todos los que no tratan de poner al descubierto la contradicción fundamental entre trabajo y capital, cuando hablan de política de salarios como de otras cuestiones, son reformistas. Que todos los que no amplían la solución de esta contradicción del sistema capitalista por la revolución socialista, son reformistas. (...)

La «teoría del consumo» por lo tanto es grotesca. Se basa en la idea de que el capitalista no es capitalista y no desea explotar a los obreros. Se basa también en la idea de que los capitalistas no compiten entre sí. Dos quimeras. El que espere un aumento de los salarios y deposite su confianza en estas «teorías» puede ya ponerse a llorar por sus esperanzas defraudadas». (Partido Comunista de Suecia; La mentira es la base de la política salarial del reformismo; Publicado en Teoría y práctica, nº 3, 1984)

A Pablo Iglesias le preguntaron directamente si apostaba por la ruptura o la reforma del sistema, si era socialdemócrata o marxista, y si deseaba cambiar por tanto el capitalismo o no:

«Entrevistadora: ¿Ruptura o reforma? 

Pablo Iglesias: Un cambio razonable. Nosotros lo que decimos es que hay que aplicar medidas de rescates ciudadanas razonables.

Entrevistadora: ¿Te he entendido que eres socialdemócrata o que eres marxista?

Pablo Iglesias: Nuestro programa es un programa que hubiera firmado cualquier socialdemócrata. Si a nosotros nos preguntáis si en Podemos queréis acabar con el capitalismo. Ojala pero es que que largo me lo fiáis.

Entrevistadora: ¿Pero eso no se puede hacer sin violencia?

Pablo Iglesias: Si con violencia ni sin violencia, el problema es un mundo en que un solo país no puede hacerse un cambio global. (...) Que a la hora de estudiar la historia la clave de lo que ha pasado en el mundo en los últimos años, los que venimos de la academia utilicemos metodologías de investigación que tienen que ver con eso [el marxismo], bueno, nosotros y los del partido socialista, e historiadores mucho más conservadores, pero nuestro programa es un partido que cualquier socialdemócrata europeo hace 20 años hubiera dicho yo estoy con eso». (La Sexta Noche, 4 de octubre de 2016)

No hay mucho más que decir, tirando de la teoría trotskista de la «revolución permanente» y yendo en contra de la propia historia, nos viene a decir que en la actualidad no hay alternativa en el marco nacional al capitalismo. Que nos debemos contentar con reformar los aspectos más nocivos del mismo.

Esto nos recuerda a las siguientes declaraciones del líder del PSOE, Felipe Gonzalez:


«Por ahora el sistema capitalista es el que me parece el menos malo de los conocidos». (Felipe Gonzalez; Discurso ante la Confederación Empresarial Independiente de Madrid (CEIM), 27 de abril de 1984)

Pero si hemos visto que el socialdemocratismo es un fraude para las masas, ¿por qué surgen entonces este tipo de recetas económicas reformistas si se han demostrado que son imposibles de aplicarse en muchas ocasiones o directamente una vez aplicadas no acaban con los problemas principales?:

«Como elemento coadyuvante en el mantenimiento del predominio de unas clases sobre otras, el Estado opera a través de los aparatos culturales y educativos que introducen la aceptación del sistema económico y el rechazo de ideas que pongan en duda la eficiencia en términos colectivos, y planteen su posible sustitución por un orden social y económico distinto». (Ramón Sánchez Tabarés; Introducción a la política económica, 1988)

Esto quiere decir básicamente que Podemos es un subproducto amable del capitalismo prefabricado para desmoralizar a las capas trabajadoras». (Equipo de Bitácora (M-L); Las luchas de fracciones en Podemos y su pose ante las masas, 2017)

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