miércoles, 28 de octubre de 2015

El sistema de «autogestión» en la economía; Enver Hoxha, 1978


Tito y Nixon en la Casa Blanca

La teoría y la práctica de la «autogestión» yugoslava es una negación pura y simple de las enseñanzas del marxismo-leninismo y de las leyes universales de la construcción del socialismo.

La esencia de la «autogestión socialista» en la economía es la idea de que supuestamente el socialismo no se puede construir mediante la concentración de los medios de producción en manos del Estado socialista, siendo la propiedad estatal la institución más elevada de la propiedad socialista, sino por el contrario, mediante la fragmentación de la propiedad estatal socialista en propiedad de determinados grupos de trabajadores, que supuestamente lo administran ellos mismos directamente. Pero la teoría marxista es claro acerca de esto, ya en 1848, Marx y Engels subrayaron:

«El proletariado se valdrá del Poder para ir despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase gobernante, y procurando fomentar por todos los medios y con la mayor rapidez posible las energías productivas». (Karl Marx y Friedrich Engels; Manifiesto comunista, 1848)

Lenin insistió en la misma cuestión cuando él combatió severamente las opiniones anarcosindicalistas del grupo hostil al Partido Bolchevique, dicho grupo fue conocido como la «oposición obrera» que exigían la entrega de las fábricas a los trabajadores y la gestión y organización de la producción no por el Estado socialista, sino por un llamado «congreso de los productores» como representante de los grupos de los trabajadores individuales. [En el Xº Congreso del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia celebrado en marzo de 1921 se condenaron los puntos de vista de la llamada «oposición obrera» y de otros grupos fraccionalistas y se ordenó la inmediata disolución de estos grupos – Anotación de E. H.]

Lenin describió la representación de estos puntos de vista anarco-sindicalistas como:

«Una completa ruptura con el marxismo y el comunismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Informe en el Xº Congreso del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia, 1921)

Pero dicha lucha no es puntual, señaló mucho antes que:

«Toda legislación, ya sea directa o indirecta, sea de la posesión de su propia producción por los obreros de una fábrica o de una profesión tomada en particular, con derecho a moderar o impedir las órdenes del poder del Estado en general, es una burda distorsión de los principios fundamentales del poder soviético y la renuncia completa del socialismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La naturaleza democrática y socialista y del Poder Soviético, 1917)

Y a pesar de todos estos precedentes en la historia marxista, en junio de 1950, Tito presentó la ley de «autogestión» a la Asamblea Popular de los Pueblos de las Repúblicas Federales de Yugoslavia, allí desarrolló sus puntos de vista revisionistas sobre la propiedad bajo el «socialismo», dijo entre otras cosas:

«De ahora en adelante la propiedad estatal de los medios de producción, las fábricas, las minas, los ferrocarriles, pasaran gradualmente a la forma superior de propiedad socialista; la propiedad de Estado es la forma inferior de propiedad social y no la superior. Entre los actos más característicos de un país socialista es el traslado de las fábricas y otras empresas económicas de las manos del Estado a manos de la trabajadores, para que puedan manejarlos, porque de esta manera el lema de la acción de la clase obrera –¡las fábricas a los obreros!– se llevará a cabo». (Josip Broz, Tito; Las fábricas a los obreros, 1950)

La negación del papel y de la misión histórica del proletariado y su partido marxista-leninista; Nesti Karaguni, 1984

Chernenko y Mengistu Haile Mariam a mediados de los 80

«Marx y Lenin han afirmado que entre todas las clases que hoy se enfrentan a la burguesía, solo el proletariado, en tanto que clase más progresista y consecuentemente revolucionaria, puede y debe desempeñar sin titubeos su papel hegemónico en todos los actuales procesos revolucionarios que contribuyen a la destrucción del viejo régimen de opresión y explotación y a la transición de la sociedad al socialismo.

Los revisionistas soviéticos, en oposición al marxismo-leninismo y a la experiencia del desarrollo práctico de la revolución, por un lado tergiversan la realidad pretendiendo que en muchos países que acaban de proclamar la independencia nacional aún:

«No se ha creado la clase obrera nacional». (Voprosi fillosofi; Nº.3, 1983)

Lo que no es en absoluto verdad, mientras por otro lado, especulando con el hecho de que en muchos otros países como estos existe un proletariado poco numeroso y no organizado, extraen la conclusión antileninista de que el proletariado no puede:

«Asumir la misión hegemónica en la revolución democrático nacional». (Mezhdunarodnova zhizny; Nº.3, 1981)

Al mismo tiempo tratan de «probar» que la preparación de las premisas y la «transición gradual al socialismo» de los países, calificados de «orientación socialista» será obra no del proletariado y bajo su dirección, sino de aquellas fuerzas –frentes– que dirigieron la lucha por la liberación y la independencia nacionales, o de aquellas fuerzas que actualmente se encuentran en el poder, sin que sea necesario un nuevo alineamiento de las fuerzas de clase y sin dirigir el rigor del combate y los golpes revolucionarios contra la burguesía, porque, según los revisionistas soviéticos, una parte considerable de la burguesía de estos países habría asumido tendencias socialistas, habría abrazado la «vía del desarrollo socialista» y tendría la posibilidad de desempeñar también el papel dirigente en este importante proceso de desarrollo y progreso. A la par, los revisionistas soviéticos hacen hincapié en su propaganda de que la llamada «orientación socialista» no puede realizarse sin la «ayuda» ni la «experiencia» del socialimperialismo soviético. Afirman que la «orientación socialista» solo es real en aquellos países:

«Que aceptan y aprovechan la ayuda y la experiencia de los países socialistas [léase: de los países revisionistas - Anotación de N.K.]». (Voprosi fillozofií; Nº.10, 1981)

De donde resulta que si no reciben esta «ayuda» y esta «experiencia» los países no podrían marchar hacia el «socialismo». Así pues, la primera condición fundamental para que los países vayan al socialismo, según los revisionistas soviéticos, sería el factor externo.

También en estas prédicas relacionadas con una de las cuestiones más cardinales de la estrategia y de la táctica, de la teoría y de la práctica de la revolución, como es la de las fuerzas motrices de la revolución, de su situación, alineamiento y de su papel en ella, se descubren abiertamente las posiciones antimarxistas y neocolonialistas, enmascaradas con palabrería pseudomarxista una nueva campaña «civilizatoria» sobre los pueblos subdesarrollados como hacían los colonialistas de antaño y el imperialismo occidental hoy.

El marxismo-leninismo nos enseña y la práctica ha confirmado plenamente que la burguesía, al estar relacionada con la explotación capitalista y siendo la protagonista de esta explotación, no solo no puede tener ni tiene tendencia socialista alguna, por lo que no puede ser tratada como fuerza motriz del proceso de transición al socialismo y mucho menos como fuerza dirigente de este proceso, sino que además, objetivamente se alinea al frente de los enemigos de la revolución y del socialismo, inclusive a lo largo del desarrollo de la revolución de liberación, democrática y antiimperialista, debido a sus propias posiciones económicas y de clase. Se caracteriza por sus vacilaciones y sus compromisos con el imperialismo y la reacción interna, y por lo tanto no está en condiciones de llevarla hasta el fin. Tampoco pueden jugar el papel dirigente de la revolución las capas de la pequeña burguesía, puesto que tienen exigencias limitadas, individualistas, están bajo la influencia de la ideología anticientífica y dan bandazos ora a la «derecha», ora a la «izquierda», deslizándose hacia el oportunismo y el aventurerismo. Tampoco las capas de la intelectualidad pueden ser una fuerza independiente, porque proceden de diversas clases, por naturaleza son vacilantes política e ideológicamente y tampoco pueden desempeñar un papel dirigente en la revolución.

martes, 27 de octubre de 2015

La cuestión del Ejército Popular Sandinista, la «Contra» y la lucha armada contra ella; Equipo de Bitácora (M-L), 2015


Humberto Ortega Saavedra –en el centro–; máximo líder de la Tendencia Tercerista, fungió de general del Ejército Popular Sandinista hasta 1995; actualmente multimillonario en retiro en el vecino país: Costa Rica.

La llamada «Contra» era el nombre popular con el que se conoció a los grupos contrarrevolucionarios hoy denominados «Resistencia Nicaragüense», estos eran los grupos que en conjunto formaban una oposición armada a la Revolución Sandinista de 1979 desde la óptica de la burguesía compradora, la burguesía «vendepatria» hacia otro imperialismo como se ha conocido coloquialmente.

Hay tres factores fundamentales que son interdependientes para entender su formación. El uno sin el otro no podría haber desembocado en la organización de esa fuerza:

1) Su estructura se formó a partir de los elementos de la derrotada Guardia Nacional, que era el cuerpo militar del gobierno Anastasio Somoza. Como ya expresamos: el ejército somocista no sufrió una guerra de desgaste sino que más bien fue su estructura de mando la que se vino abajo.

2) La burguesía compradora antisomocista aliada con el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN): La oligarquía-burguesía compradora, es decir, la cual tenía vínculos y estaba dispuesta a seguir manteniéndolo con los imperialismos, y con el estadounidense en particular, tras el triunfo y después de haber ocupado algunos espacios políticos en el Estado se vuelve contra la Revolución Sandinista de 1979, y no por que vea peligrar el sistema capitalista como algunos han pretendido –y que se ha demostrado como falso con datos y declaraciones de los mismos dirigentes sandinistas–, sino porque el sistema en desarrollo suponía el campo propicio para la consolidación de una burguesía nacionalista más robusta que venía a desplazarla definitivamente del poder político que tradicionalmente había detentado. De hecho, Somoza García era un hombre al servicio de esa clase social que emerge desde la pequeña burguesía, y del liberalismo, para prolongar artificialmente el sistema cuasi feudal existente, pero ocurrió que la voracidad del dictador y de sus sucesores, fue ocupando todos los espacios económico-políticos y desplazando a todos los competidores-detractores; fruto de estas contradicciones de orden económico no antagónicas es que surge el antisomocismo de la burguesía-oligarquía compradora; con lo que finalmente, derrotada la dictadura, ya no había una causa que le aproximara al FSLN –algunos se mantuvieron dentro de las filas del FSLN–. Finalmente parte de esta clase social inicia la financiación de la contrarrevolución en contubernio con la Iglesia católica dirigida entonces por el Cardenal Miguel Obando y Bravo –destacado buscador de financiación nacional e internacional para los grupos armados–. Observemos que la financiación dada a la «Contra» por la burguesía-oligarquía y la Iglesia católica solo fue posible debido a que en ausencia de un verdadero proceso al socialismo se mantuvo la propiedad privada de estas capas sociales, en tanto que estos individuos mantuvieron su poder económico y político. En ese poder económico está la génesis de la contrarrevolución y este a su vez encuentra su origen en la política económica capitalista desarrollada por el FSLN en los 80.

3) El imperialismo estadounidense, en particular la administración de Ronald Reagan, inicia la financiación en los 80 –con apoyo logístico, diplomático y militar– a los grupos contrarrevolucionarios por intermediación de la burguesía-oligarquía. Pero no nos equivoquemos, el desempeño del imperialismo estadounidense no sucede para dar respuesta a la petición de un grupo de aliados «vende patria» porque sí –el imperialismo no ayuda a nadie sino calcula los riegos y posibles beneficios–, tampoco fueron contradicciones de orden ideológico –pues como ya hemos revelado la administración sandinista se mantuvo y operó dentro de los límites del capitalismo, es decir, dentro del mismo espectro de la administración estadounidense–. Por todo ello hay que decir en honor a la verdad que la ayuda de facto del imperialismo estadounidense a la llamada «Contra» responde a la defensa de sus propios intereses que se condensaban en la figura de Somoza, figura que aseguraba sin ningún género de dudas los intereses del imperialismo estadounidense en Nicaragua, mientras que no se tenía tal concepción del FSLN desde el gobierno estadounidense. Por otro lado el conflicto interimperialista por entonces en desarrollo, que la historiografía burguesa llama «Guerra Fría», que enfrentaba por intereses no antagónicos al imperialismo estadounidense con el socialimperialismo soviético, ambos expresiones de la burguesía global no es un aspecto despreciable, siendo finalmente el gobierno del FSLN favorable al campo del socialimperialismo soviético tras sus primeras dubitaciones, hay que recordar que como en el caso cubano, inicialmente, tras el triunfo de 1979, ciertos miembros del FSLN buscaban ayuda en los Estados Unidos para conformar el nuevo gobierno. Este posicionamiento prosoviético del FSLN pretendía ser la «justificación» del gobierno estadounidense de cara a los medios de comunicación ante un posible descubrimiento –como así fue– de la «turbia» ayuda suministrada a la Contra, y se llegó a afirmar que al dotar de armas a la Contra que combatía al FSLN se estaba combatiendo a la Unión Soviética, y que en definitiva iba en favor de los intereses estadounidenses.

En cuanto al Ejército Popular Sandinista, como los cuerpos policiales, y demás cuerpos de seguridad, se forman tomando como punto de partida a las fuerzas del FSLN. Pero no se trató de una Ejército nuevo, revolucionario, sino que se trató de la reconstrucción de un institución de carácter burgués, no podía ser de otro modo, pues el Estado construido tras el triunfo era una reconstrucción del Estado burgués adaptado a la democracia burguesa, en consecuencia su ejército estaba y siempre ha estado bajo la dictadura de la burguesía, operando para la satisfacción de sus intereses de clase. Ciertamente tenía un carácter más popular que el anterior ejército somocista, algo que fue alimentado por el «servicio militar obligatorio» y la incorporación masiva de jóvenes a las filas, y al hecho de que aparentemente se guiaba por las teorías más avanzadas de emancipación proletaria: el marxismo-leninismo; pero como casi todo en el campo ideológico revisionista del FSLN: solo era en apariencia. Todo ejército en los países burgueses está conformado por las clases trabajadoras, pero sus gerifaltes suelen ser parte de las clases explotadoras, y en este caso no era una excepción, si a eso le sumamos, el hecho de que no existía una organización ni una ideología en tal ejército reflejada en la fuerza de un partido comunista, no tenemos más que un ejército que cumpliría el mismo rol insuficiente con los intereses de las masas que históricamente había cumplido el FSLN, con el añadido de que las camarillas dirigentes del ejército también lo eran del partido.

Aunque es difícil diferenciar lo que era propaganda de lo que no lo era, lo cierto es que tanto la «Contra» como el Ejército Popular Sandinista cometieron actos criminales en contra de la población civil –dejar claro que los crímenes cometidos por la «Contra» fueron cualitativa y cuantitativamente mayores–, sobre todo en contra del campesinado al que ambos veían con recelo puesto que mayoritariamente se mostró renuente a tomar parte en el conflicto. También ocurrió que unos y otros lo veían como potencial aliado del respectivo enemigo.

La «Contra» hizo de su «modus operandi» la tortura, el secuestro, la violación, el asesinato de población civil, la destrucción de infraestructura, etc. Por el lado el Ejército Popular Sandinista –que es el que nos interesa a efectos de este documento–, además de las funciones de espionaje dentro de la población a través de los «orejas de turno» que en ocasiones demasiado frecuentes tenían como víctima a sujetos que tenían conflictos distintos al ideológico con el informante y que por tal causa eran tratados como agentes enemigos –«agentes de la CIA»–, se desarrolló una guerra encaminada a la eliminación física de un contrincante que empleaba la «guerrilla» como método de lucha, esto resultó en que no en pocas ocasiones se produjeran bajas civiles: un claro ejemplo que atestigua este hecho fue lo concerniente a los hechos posteriores a la toma de La Trinidad por la «Contra» en los 80, donde el ejército sandinista entró casa a casa buscando insurgentes y colaboradores –exactamente del mismo modo en que operaba la Guardia Nacional somocista–, y no son pocos los testimonios que los acusan del asesinato de civiles en tal acción, evidentemente que aquí hay una dosis de propaganda de parte de las fuerzas opositoras, pero del mismo modo es absolutamente racional asumir que esos asesinatos se produjeron al considerar la multiplicidad de las denuncias. De hecho, el FSLN perdió completamente el apoyo electoral de ese municipio hasta épocas recientes en que esa tendencia cambió. Otro caso cuestionable es la «Ofensiva Danto 88» que recogía entre sus tácticas el bombardeo indiscriminado de extensas zonas geográficas en donde se creía operaba la «Contra».

En época posterior, ya en los 90, bajo el gobierno de Violeta Barrios. El Ejército Popular Sandinista –entonces dirigido por Humberto Ortega, uno de los nueve comandantes de la Dirección Nacional del FSLN, y uno de los máximos exponentes de la vieja tendencia FSLN (Tercerista)– fue lanzado sobre las tropas del Frente Revolucionario de Obreros y Campesinos (FROC), formado por desmovilizados del Ejército Popular Sandinistas y dirigidos por el entonces ya ex Mayor del Ejército «Pedrito el hondureño» –Víctor Manuel Gallegos–, que se habían tomado la ciudad de Estelí. Los operativos militares del ejército se sucedieron en medio de la población civil: enfrentando al ex compañero sandinista y violando los tratados internacionales de la guerra dirigidos a la protección de civiles en zonas en conflicto.

Y en la actualidad reciente, en diciembre del 2014, el ejército, y los cuerpos policiales han sido utilizados por el gobierno de Daniel Ortega Saavedra contra la población civil nicaragüense que protestaba por la construcción del Canal Interoceánico: proyecto negociado con carácter de alto secreto y a espaldas del pueblo, con construcción de marcos jurídicos a medida de los intereses de la burguesía nacional e internacional implicadas en el proyecto, construcción que incluso contradice lo que proclama la constitución sandinista vigente de 1987, aunque reformada. Estas eran y son unas protestas que se dan por la amenaza de los modos de vida de las comunidades afectadas, de desplazamientos forzados, de expropiaciones masivas, etc., que por otro lado han venido a confirmar que los cuerpos de seguridad están al servicio de intereses burgueses concretos.

Además, se observan procedimientos altamente preocupantes que evidencian la patología del poder: los apresados en las manifestaciones, algunos estuvieron en paradero desconocido –secuestro–, otros fueron desplazados de sus lugares de origen para ser recluidos en «El Chipote»; ¡para quien no lo sepa o no lo recuerde o no lo quiera recordar!, ese era el agujero de las peores perversiones del somocismo, era donde terminaban los presos políticos metidos en pequeñas celdas en donde era reducidos a condiciones infrahumanas. También se da el caso reiterado de juicios entablados contra esos apresados fuera de jurisdicción ¡Curiosas formas tiene la historia de repetir algunas cuestiones!

Todos estos hechos vienen a demostrar nuevamente, que no había una teoría marxista-leninista, y acorde a ello el ejército no cambió los viejas formas de poder y proceder, sencillamente era un nuevo ejército al servicio de los intereses de la burguesía, que incluso estaba –y está– presto a aplicar los viejos métodos somocistas si sus máximos cargos lo consideraban necesario. Añadido al hecho de que en los 80 el ejército cobró una mayúscula relevancia, el partido y el Estado se volvieron subordinados del ejército y no al contrario; dicho de otro modo: el peso del ejército dentro de las esferas de poder creció exponencialmente; resultando en que el Estado se militarizara, incluso la educación sufrió los efectos de esa militarización como ya observamos. El ejército que debía de ser revolucionario no era más que un Estado dentro del Estado, y lo sigue siendo en gran medida. (Equipo de Bitácora (M-L); ¿Qué fue de la «Revolución Popular Sandinista»?: Un análisis de la historia del FSLN y sus procesos, 19 de julio del 2015)

La sociedad de clases y el Estado; Lenin, 1917


El Estado, producto del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase

Ocurre hoy con la doctrina de Marx lo que ha solido ocurrir en la historia repetidas veces con las doctrinas de los pensadores revolucionarios y de los jefes de las clases oprimidas en su lucha por la liberación. En vida de los grandes revolucionarios, las clases opresoras les someten a constantes persecuciones, acogen sus doctrinas con la rabia más salvaje, con el odio más furioso, con la campaña más desenfrenada de mentiras y calumnias. Después de su muerte, se intenta convertirlos en iconos inofensivos, canonizarlos, por decirlo así, rodear sus nombres de una cierta aureola de gloria para «consolar» y engañar a las clases oprimidas, castrando el contenido de su doctrina revolucionaria, mellando su filo revolucionario, envileciéndola. En semejante «arreglo» del marxismo se dan la mano actualmente la burguesía y los oportunistas dentro del movimiento obrero. Olvidan, relegan a un segundo plano, tergiversan el aspecto revolucionario de esta doctrina, su espíritu revolucionario. Hacen pasar a primer plano, ensalzan lo que eso parece ser aceptable para la burguesía. Todos los socialchovinistas son hoy –bromas aparte– «marxistas». Y cada vez con mayor frecuencia los sabios burgueses alemanes, que ayer todavía eran especialistas en pulverizar el marxismo, hablan hoy ¡de un Marx «nacional-alemán» que, según ellos, educó estas asociaciones obreras tan magníficamente organizadas para llevar a cabo la guerra de rapiña!

Ante esta situación, ante la inaudita difusión de las tergiversaciones del marxismo, nuestra misión consiste, ante todo, en restaurar la verdadera doctrina de Marx sobre el Estado. Para esto es necesario citar toda una serie de pasajes largos de las obras mismas de Marx y Engels. Naturalmente, las citas largas hacen la exposición pesada y en nada contribuyen a darle un carácter popular. Pero es de todo punto imposible prescindir de ellas. No hay más remedio que citar del modo más completo posible todos los pasajes, o, por lo menos, todos los pasajes decisivos, de las obras de Marx y Engels sobre la cuestión del Estado, para que el lector pueda formarse por su cuenta una noción del conjunto de las ideas de los fundadores del socialismo científico y del desarrollo de estas ideas, así como también para probar documentalmente y patentizar con toda claridad la tergiversación de estas ideas por el «kautskismo» hoy imperante.

Comencemos por la obra más conocida de F. Engels: «El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado», de la que ya en 1894 se publicó en Stuttgart la sexta edición. Conviene traducir las citas de los originales alemanes, pues las traducciones rusas, con ser tan numerosas, son en gran parte incompletas o están hechas de un modo muy defectuoso.

«El Estado –dice Engels, resumiendo su análisis histórico– no es, en modo alguno, un poder impuesto desde fuera a la sociedad; ni es tampoco la realidad de la idea moral, la imagen y la realidad de la razón, como afirma Hegel. El Estado es más bien, un producto de la sociedad al llegar a una determinada fase de desarrollo; es la confesión de que esta sociedad se ha enredado consigo misma en una contradicción insoluble, se ha dividido en antagonismos irreconciliables, que ella es impotente para conjurar. Y para que estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en pugna, no se devoren a sí mismas y no devoren a la sociedad en una lucha estéril, para eso se hizo necesario un poder situado, aparentemente, por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el conflicto, a mantenerlo dentro de los límites del «orden». Y este poder, que brota de la sociedad, pero que se coloca por encima de ella y que se divorcia cada vez más de ella, es el Estado». (Friedrich Engels; «El origen de la familia, de la propiedad privada y el Estado», 1884)

Aquí aparece expresada con toda claridad la idea fundamental del marxismo en punto a la cuestión del papel histórico y de la significación del Estado. El Estado es el producto y la manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase. El Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en que las contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clase son irreconciliables.

En torno a este punto importantísimo y cardinal comienza precisamente la tergiversación del marxismo, tergiversación que sigue dos direcciones fundamentales. De una parte, los ideólogos burgueses y especialmente los pequeñoburgueses, obligados por la presión de hechos históricos indiscutibles a reconocer que el Estado sólo existe allí donde existen las contradicciones de clase y la lucha de clases, «corrigen» a Marx de manera que el Estado resulta ser el órgano de la conciliación de clases. Según Marx, el Estado no podría ni surgir ni mantenerse si fuese posible la conciliación de las clases. Para los profesores y publicistas mezquinos y filisteos –que invocan a cada paso en actitud benévola a Marx– resulta que el Estado es precisamente el que concilia las clases. Según Marx, el Estado es un órgano de dominación de clase, un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del «orden» que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando los choques entre las clases. En opinión de los políticos pequeñoburgueses, el orden es precisamente la conciliación de las clases y no la opresión de una clase por otra. Amortiguar los choques significa para ellos conciliar y no privar a las clases oprimidas de ciertos medios y procedimientos de lucha para el derrocamiento de los opresores.

Por ejemplo, en la revolución de 1917, cuando la cuestión de la significación y del papel del Estado se planteó precisamente en toda su magnitud, en el terreno práctico, como una cuestión de acción inmediata, y además de acción de masas, todos los socialrevolucionarios y todos los mencheviques cayeron, de pronto y por entero, en la teoría pequeñoburguesa de la «conciliación» de las clases «por el Estado». Hay innumerables resoluciones y artículos de los políticos de estos dos partidos saturados de esta teoría mezquina y filistea de la «conciliación». Que el Estado es el órgano de dominación de una determinada clase, la cual no puede conciliarse con su antípoda –con la clase contrapuesta a ella–, es algo que esta democracia pequeñoburguesa no podrá jamás comprender. La actitud ante el Estado es uno de los síntomas más patentes de que nuestros socialrevolucionarios y mencheviques no son en manera alguna socialistas –lo que nosotros, los bolcheviques, siempre hemos demostrado–, sino demócratas pequeñoburgueses con una fraseología casi socialista.

De otra parte, la tergiversación «kautskiana» del marxismo es bastante más sutil. «Teóricamente», no se niega ni que el Estado sea el órgano de dominación de clase, ni que las contradicciones de clase sean irreconciliables. Pero se pasa por alto u oculta lo siguiente: si el Estado es un producto del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase, si es una fuerza que está por encima de la sociedad y que «se divorcia cada vez más de la sociedad», es evidente que la liberación de la clase oprimida es imposible, no sólo sin una revolución violenta, sino también sin la destrucción del aparato del poder estatal que ha sido creado por la clase dominante y en el que toma cuerpo aquel «divorcio». Como veremos más abajo, Marx llegó a esta conclusión, teóricamente clara por sí misma, con la precisión más completa, a base del análisis histórico concreto de las tareas de la revolución. Y esta conclusión es precisamente –como expondremos con todo detalle en las páginas siguientes– la que Kautsky ha «olvidado» y falseado.

Los destacamentos especiales de fuerzas armadas, las cárceles, etc.

«En comparación con las antiguas organizaciones gentilicias –de tribu o de clan– el Estado se caracteriza, en primer lugar, por la agrupación de sus súbditos según las divisiones territoriales. A nosotros, esta agrupación nos parece natural, pero ella exigió una larga lucha contra la antigua organización en gens o en tribus. La segunda característica es la instauración de un poder público, que ya no coincide directamente con la población organizada espontáneamente como fuerza armada. Este poder público especial se hace necesario porque desde la división de la sociedad en clases es ya imposible una organización armada espontánea de la población. Este poder público existe en todo Estado; no está formado solamente por hombres armados, sino también por aditamentos materiales, las cárceles y las instituciones coercitivas de todo género, que la sociedad gentilicia no conocía». (Friedrich Engels; «El origen de la familia, de la propiedad privada y el Estado», 1884)

Los cambios en las relaciones de clase y nuestras discrepancias; Stalin, 1929


«¿En qué consisten nuestras discrepancias? ¿A qué cuestiones se refieren?

Se refieren, ante todo, a los cambios en las relaciones de clase que se vienen produciendo últimamente en nuestro país y en los países capitalistas. Ciertos camaradas piensan que las discrepancias existentes en nuestro partido tienen un carácter casual. Esto es falso, camaradas, absolutamente falso. Las discrepancias existentes en el seno de nuestro partido provienen de los cambios operados en las relaciones de clase, se deben al recrudecimiento de la lucha de clases que se viene produciendo en estos últimos tiempos y que determina un viraje en la marcha de las cosas.

El error fundamental del grupo de Bujarin consiste en no ver estos cambios operados en las relaciones y este viraje, en no verlos y no querer advertirlos. Eso explica, en realidad, su incomprensión de las nuevas tareas del partido y de la Komintern, incomprensión que constituye el rasgo característico de la oposición bujarinista.

¿Habéis observado, camaradas, cómo, en sus discursos ante el Pleno del Comité Central y de la Comisión de Control Central, los dirigentes de la oposición bujarinista han eludido en absoluto el problema de los cambios en las relaciones de clase ocurridos en nuestro país, no han dicho ni una palabra acerca del recrudecimiento de la lucha de clases y no han aludido siquiera de pasada a la relación que guardan nuestras discrepancias precisamente con este recrudecimiento de la lucha de clases? Han hablado de todo; han hablado de filosofía y de teoría; pero no han dicho ni una palabra de los cambios en las relaciones de clase, que son los que determinan la orientación y la actuación práctica de nuestro partido en el momento actual.

¿A qué obedece este hecho tan peregrino? ¿Se deberá al olvido? ¡Naturalmente que no! Los políticos no pueden olvidar lo principal. La cosa obedece a que no ven ni comprenden los nuevos procesos revolucionarios que se están produciendo en la actualidad, tanto en nuestro país como en los países capitalistas. La cosa obedece a que se les ha escapado lo fundamental, a que no advierten esos cambios en las relaciones de clase que no se le deben escapar al político. Ello explica, principalmente, la perplejidad y la indefensión de que la oposición bujarinista da pruebas ante las nuevas tareas de nuestro partido.

Recordad los últimos acontecimientos producidos dentro de nuestro partido. Recordad las consignas que nuestro partido lanzó últimamente en razón de los nuevos cambios de las relaciones de clase operados en nuestro país. Me refiero a consignas como la de autocrítica, como la de intensificación de la lucha contra el burocratismo y de depuración del aparato soviético, la de capacitación de nuevos cuadros dirigentes de la economía y de especialistas rojos, la de fortalecimiento del movimiento koljósiano y sovjósiano, la de ofensiva contra el kulak, la de reducción del precio de coste y la de mejoramiento radical de la labor práctica de los sindicatos, la de depuración del partido, etc. Para ciertos camaradas, estas consignas eran sorprendentes y desconcertantes, cuando se ve a las claras que son las consignas más necesarias y más oportunas del partido en el momento presente.

La cosa comenzó cuando, en relación con el asunto de Shajti [Se refiere a la labor subversiva de la organización contrarrevolucionaria de especialistas burgueses quede 1923 a 1928 actuó en Shajti y en otros distritos de la cuenca del Donetz - Anotación de la Edición], planteamos de un modo nuevo el problema de los nuevos cuadros dirigentes de la economía, el problema de la formación de especialistas rojos, salidos de la clase obrera, para sustituir a los viejos técnicos.

¿Qué ha revelado el asunto de Shajti? Ha revelado que la burguesía no está, ni mucho menos, aplastada; que organiza y seguirá organizando el sabotaje contra nuestra edificación económica; que nuestras organizaciones económicas y sindicales y, en parte, las organizaciones de nuestro partido no advertían la labor de zapa de nuestros enemigos de clase y que, por tanto, era necesario fortalecer y perfeccionar nuestras organizaciones, por todos los medios y poniendo a contribución todas las fuerzas, y desarrollar y fortalecer su vigilancia de clase.

Con este motivo se hacía hincapié en la consigna de autocrítica. ¿Por qué? Porque no es posible mejorar nuestras organizaciones económicas, sindicales y del partido, no es posible impulsar la edificación del socialismo y poner coto al sabotaje de la burguesía, sin desplegar al máximo la crítica y la autocrítica, sin poner bajo el control de las masas la labor de nuestras organizaciones. Es un hecho que el sabotaje no se manifestaba ni se sigue manifestando sólo en las zonas hulleras, sino también en la metalurgia, en la industria de guerra, en el Comisariado del Pueblo de Vías de Comunicación, en la industria del oro y del platino, etc., etc. De ahí la consigna de la autocrítica.

Además, teniendo en cuenta las dificultades del acopio de cereales y los ataques de los kulaks contrala política soviética de precios, planteamos con firmeza la necesidad de impulsar por todos los medios la formación de koljóses y sovjóses, la ofensiva contra el kulak y la organización del acopio de cereales, presionando, a este fin, sobre los kulaks y los elementos acomodados del campo.

Una breve incursión en la historia de los revisionistas titoistas; Enver Hoxha, 1978


«La guerra de liberación nacional de Yugoslavia bajo la dirección del Partido Comunista de Yugoslavia encarna el coraje y la valentía del pueblo yugoslavo, así como la honestidad de los auténticos comunistas de Yugoslavia. Durante esta lucha, sin embargo, ciertas tendencias dudosas aparecieron dentro de los dirigentes yugoslavos lo que hacía pensar que, en su actitud hacia la alianza antifascista de la Unión Soviética, los Estados Unidos y Gran Bretaña, el grupo de Tito se inclinaría hacia los anglo-americanos, sospechas que se convirtieron en algo claro más adelante. En ese momento, se observó que el liderazgo titoista mantuvo contactos muy estrechos con los aliados occidentales, especialmente con los británicos, de quienes recibió una amplia ayuda financiera y militar. Asimismo, el acercamiento político evidente entre Tito y Churchill y sus negociadores [Tito tuvo una entrevista con Churchill en Nápoles en agosto de 1944. Encontró allí también al comandante de las fuerzas aliadas en el Mediterráneo, el general Wilson, así como el comandante dado la octava armada, el mariscal Alexandre – Anotación de E. H.]

Esto se hizo evidente en momentos en que la guerra de liberación nacional de Yugoslavia debería haber estado estrechamente vinculado con la guerra de liberación de la Unión Soviética, ya que la esperanza de todos los pueblos y su liberación en cuanto a lo que el factor externo se refiere, descansaba precisamente en ese frente.

Las dudosas tendencias del liderazgo titoista que se dirigían contra la Unión Soviética se hicieron cada vez más evidentes en la víspera de la victoria sobre el fascismo cuando el Ejército Rojo, en la persecución del ejército alemán, entró en Yugoslavia para ayudar a la guerra de liberación nacional allí. Especialmente en el momento en que las conclusiones de esta gran guerra estaban siendo alcanzadas entre los grandes y pequeños Estados involucrados, se hizo evidente que la Yugoslavia titoista había sido apoyada por el imperialismo británico y el imperialismo estadounidense. En ese momento, las fricciones diplomáticas e ideológicas entre la Unión Soviética y Yugoslavia se hicieron más evidentes. Estas fricciones fueron, entre otras cosas, por cuestiones territoriales. Yugoslavia reclamó territorios en el norte, sobre todo en su frontera con Italia. Pero ellos guardaron silencio sobre sus fronteras meridionales, especialmente con su frontera con Albania; sobre Kosovo y los territorios albaneses en Macedonia y Montenegro. Los titoistas no podían hablar de esto, porque se habría violado la plataforma chovinista de los nacionalistas serbios. [La actitud de los revisionistas yugoslavos sobre esta cuestión es analizada detalladamente en la obra: Enver Hoxha; Los Titoistas, 1982 – Anotación de E. H.]

Diferencia entre los marxistas y los anarquistas


«1) En que los primeros, proponiéndose como fin la destrucción completa del Estado, reconocen que este fin sólo puede alcanzarse después que la revolución socialista haya destruido las clases, como resultado de la instauración del socialismo, que conduce a la extinción del Estado; mientras que los segundos quieren destruir completamente el Estado de la noche a la mañana, sin comprender las condiciones bajo las que puede lograrse esta destrucción.

2) En que los primeros reconocen la necesidad de que el proletariado, después de conquistar el poder político, destruya completamente la vieja máquina del Estado, sustituyéndola por otra nueva, formada por la organización de los obreros armados, según el tipo de la Comuna; mientras que los segundos, abogando por la destrucción de la máquina del Estado, tienen una idea absolutamente confusa respecto al punto de con qué ha de sustituir esa máquina el proletariado y cómo éste ha de emplear el poder revolucionario; los anarquistas niegan incluso el empleo del poder estatal por el proletariado revolucionario, su dictadura revolucionaria.

3) En que los primeros exigen que el proletariado se prepare para la revolución utilizando el Estado moderno, mientras que los anarquistas niegan esto». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El Estado y la Revolución, Agosto a septiembre de 1917)