Mostrando entradas con la etiqueta August Bebel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta August Bebel. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de marzo de 2023

Entonces, ¿nunca ha coqueteado el marxismo-leninismo con nociones mecanicistas, místicas o evolucionistas?; Equipo de Bitácora (M-L), 2022


«Si bien hemos demostrado que entre marxismo y positivismo median kilómetros de distancia, ¿tiene sentido preguntarnos si el marxismo ha flirteado con esos pronósticos o algunos otros muy parecidos? ¿Ha pregonado alguna vez el «triunfo inevitable de su causa» por la «razón de sus valores, consignas o cálculos»? ¿Ha acabado en un «determinismo histórico», donde todo parecía sellado y destinado a que se consumase un plan o discurrir histórico ya descubierto? ¿Se han barnizado las tradiciones y mitos nacionalistas bajo ropajes rojos y hasta revolucionarios? ¿Se han justificado todo tipo de aberraciones, incluido el paternalismo con los pueblos coloniales, con la excusa de «favorecer el «desarrollo de las fuerzas productivas»? Pues claro. Lejos de lo que proclamaba un enfervorecido Plejánov:

«Pórtense seriamente, reflexionen atentamente acerca del sentido de nuestras palabras, no nos atribuyan sus propias invenciones y no se apresuren a descubrir contradicciones, ni en nosotros, ni en nuestros maestros, que no las hay ni las hubo jamás». (Gueorgui Plejánov; La concepción monista de la historia, 1895)

Les daremos una triste noticia: los padres del socialismo científico no estaban exentos de meteduras de pata, especulaciones y contradicciones. Ni Marx ni Engels ni ningún pensador de renombre ha nacido sabiendo, errar es inherente al desarrollo intelectual de un hombre, aun cuando este es generalmente brillante. Así que pasemos a repasar los mejores patinazos de los representantes del marxismo-leninismo, tengan que ver o no con conceptos «positivistas». Esto implicará que para deshacer este hechizo hemos de rescatar algunos de los libros y comentarios, tanto conocidos como desconocidos, de Marx y Engels, así como de sus más conocidos discípulos: Kautsky, Labriola, Bebel o Lenin.

Dicho esto, el presente capítulo no pretende ser una recopilación de todos y cada uno de los errores, desatinos o falsos pronósticos de los autores marxistas, algo que no solo sería una tarea hercúlea que daría pie, como es normal, a un documento entero aparte, sino que simplemente nos limitaremos a recoger algunos puntos que coincidan con el tema principal que deseamos demostrar.


Friedrich Engels (1820-1895)

Los propios «reconstitucionalistas» criticaban −en este caso de forma acertada− una entrevista de Engels:

«El de Barmen contestaba que «si el crecimiento de nuestro partido continúa en su tasa normal, tendremos una mayoría entre los años 1900 y 1910». (Friedrich Engels; Entrevista de Frederick Engels por el corresponsal del Daily Chronicle a finales de junio, 1893)

Y hemos de recalcar que este extraño «cálculo matemático» se repitió en otras ocasiones −los corchetes son de Lenin−:

«El ejército está lleno de oficiales descontentos que conspiran. [Engels se hallaba entonces impresionado por la lucha revolucionaria de los de Naródnaia Volia y cifraba esperanzas en los oficiales, sin poder ver todavía el espíritu revolucionario de los soldados y marineros rusos, que se reveló con tanto brillo 18 años más tarde]. No creo que el estado actual de cosas perdure ni siquiera un año. Y cuando en Rusia estalle la revolución, entonces ¡hurra!». (Friedrich Engels; Carta a F. Sorge, 9 de abril de 1887)

Esto era poco realista como se comprobó en Rusia con la Revuelta decembrista (1825). Esta fue una intentona de un grupo clandestino de oficiales progresistas, quienes, estando muy influenciados por las ideas y revoluciones liberales de España, Francia, Portugal, Noruega y otros lugares, intentaron derrocar el régimen autocrático del zar. Evidentemente, la principal debilidad de este movimiento residía en una desconfianza hacia los trabajadores, su falta de programa común en cada región, así como su falta de determinación militar en los momentos decisivos. Este aislacionismo e idealización de los héroes fue heredado en parte por los grupos de anarquistas rusos, es decir, los populistas y otros. Véase la obra de M. V. Nechkina: «Los decembristas en el proceso histórico mundial −hacia una metodología de estudio del decembrismo−» (1975).

Esto indica que, si bien Engels se caracterizó en general por combatir el espontaneísmo, en ocasiones también cayó seducido ante una presunta «especificidad» o «excepcionalidad» que le hacía olvidar por un momento las leyes sociales.

jueves, 8 de octubre de 2020

El desarrollo de la lucha de clases en el Estado moderno según Bebel


«El desarrollo de la sociedad ha tomado un ritmo extraordinariamente rápido durante los últimos decenios en todos los países civilizados, ritmo que acelera aún más todo progreso en cualquier ámbito de la actividad humana. Por eso, nuestras relaciones sociales se hallan en un estado de inquietud, fermentación y disolución jamás conocido antes.

Las clases dominantes ya no sienten ningún suelo firme bajo los pies, y las instituciones van perdiendo cada vez más solidez para oponerse al asaltado que se les hace de todas partes. Un sentimiento de malestar, de inseguridad y de descontento se ha apoderado de todos los círculos, tanto de los más altos como de los más bajos. Los esfuerzos convulsivos que hacen las clases dominantes para poner fin con chapuzas y remiendos a este estado insoportable para ellos, resultan vanos por insuficientes. La creciente inseguridad nacida de ellos aumenta su intranquilidad y malestar. Apenas han colocado una viga en la casa ruinosa en forma de cualquier ley, descubren que necesitan poner otra en otros diez puntos más. Además, continuamente están luchando entre sí y con graves diferencias de opinión. Lo que a un partido le parece necesario para tranquilizar y conciliar a las masas cada vez más descontentas, le parece a otro demasiado, considerándolo debilidad y condescendencia irresponsables, que no hacen sino despertar el deseo de concesiones mayores. Así se deduce palpablemente de los infinitos debates de todos los parlamentos, mediante los que se crean leyes e instituciones siempre nuevas sin que se consiga la tranquilidad y la satisfacción. Dentro de las propias clases dominantes existen contradicciones, en parte insalvables, que agudizan aún más las luchas sociales.

Los gobiernos –y, por cierto no sólo en Alemania– oscilan como caña al viento; tienen que apoyarse, pues sin apoyo no pueden existir, y de este modo se inclinan una vez de este lado y otra del otro. Casi en ningún Estado avanzado de Europa posee el Gobierno una mayoría parlamentaria duradera con la que pueda contar con seguridad. Las contradicciones sociales arruinan y disuelven las mayorías, y el curso siempre variable, especialmente en Alemania, mina el último resto de confianza en sí mismas que les queda a las clases dominantes. Hoy un partido es el yunque, otro el martillo, y mañana al revés. Uno arranca lo que otro construyó laboriosamente. La confusión es cada vez mayor, el descontento cada vez más persistente, las fricciones se acumulan y aumentan y arruinan en meses más fuerzas que antes en otros tantos años. Además, aumentan las demandas materiales en forma de distintos tributos e impuestos y deudas públicas crecen desmesuradamente.

martes, 28 de enero de 2020

Bebel exponiendo el cinismo de la teoría feminista del «techo de cristal»...


«Lo más notable de estas aspiraciones es que no transcienden el marco del orden social actual. No se plantea la cuestión de si se ha realizado en general algo esencial y radical para la situación de las mujeres. Apoyarse en el orden social burgués, es decir, capitalista, se considera la igualdad de derechos burgués entre el hombre y la mujer como solución definitiva de la cuestión. Uno no es consciente o se engaña en el sentido de que, por lo que se refiere a la libre admisión de la mujer a las profesiones industriales y comerciales, este objetivo se ha alcanzado realmente, y por parte de las clases dominantes recibe el más vigoroso impulso en su propio interés. Pero en las circunstancias dadas, la admisión de las mujeres a todas las actividades industriales ha de tener el efecto de que se acentúe cada vez más la lucha competitiva de las fuerzas del trabajo, y el resultado final es: disminución de los ingresos para la fuerza de trabajo femenina y masculina. (...) Es evidente que esta no puede ser la solución correcta. (...) A la gran mayoría de las mujeres les es indiferente que unos cuantos miles de sus compañeras pertenecientes a las capas mejor situadas de la sociedad lleguen a la enseñanza superior, a la práctica de la medicina o a una carrera científica o administrativa cualquiera. Ello no altera en nada la situación general del sexo. (...) El mundo femenino está especialmente interesado en combatir hombro con hombro con el mundo masculino proletario por todas las normas e instituciones que protegen a la mujer de la degeneración física y moral y le garantizan sus facultades de madre y educadora de los hijos. La proletaria tiene también en común con sus compañeros masculinos de clase y destino la lucha por la transformación radical de la sociedad, a fin de establecer una situación que facilite la completa independencia económica y espiritual de los dos sexos mediante las correspondientes instituciones sociales. Así que no solo se trata de realizar la igualdad de derechos de la mujer con el hombre en el terreno del orden social existente, lo cual constituye el objetivo del movimiento femenino burgués, sino, más aún, de eliminar todas las barreras que hacen que el hombre dependa del hombre, y, por tanto, también un sexo del otro. Esta solución de la cuestión femenina va vinculada a la solución de la cuestión social (...) Todos los socialistas debieran estar de acuerdo con las ideas fundamentales expuestas aquí. Pero no podemos decir lo mismo respecto a la manera en que pensamos realizar los objetivos finales, es decir, cómo deben de ser las medidas e instituciones individuales que fundamentan la pretendida independencia e igualdad de derechos». (August Bebel; La mujer y el socialismo, 1879)

Anotaciones de Bitácora (M-L):

Véase otras exposiciones marxistas similares:


«Entonces, ¿es realmente posible hablar de las feministas como las pioneras en el camino hacia el trabajo de las mujeres, cuando en cada país cientos de miles de mujeres proletarias habían inundado las fábricas y los talleres, apoderándose de una rama de la industria tras otra, antes de que el movimiento de las mujeres burguesas ni siquiera hubiera nacido? (...) Nos resulta difícil señalar un solo hecho en la historia de la lucha de las mujeres proletarias por mejorar sus condiciones materiales en el que el movimiento feminista, en general, haya contribuido significativamente. Cualquiera que sea lo que las mujeres proletarias hayan conseguido para mejorar sus niveles de vida es el resultado de los esfuerzos de la clase trabajadora en general, y de ellas mismas en particular. La historia de la lucha de las mujeres trabajadoras por mejorar sus condiciones laborales y por una vida más digna es la historia de la lucha del proletariado por su liberación. ¿Qué fuerza a los propietarios de las fábricas a aumentar el precio del trabajo, a reducir horas e introducir mejores condiciones de trabajo, si no el temor a una grave explosión de insatisfacción del proletariado? ¿Qué, si no el miedo a los «conflictos laborales», persuade al gobierno de establecer una legislación para limitar la explotación del trabajo por el capital?». (Alejandra Kollontai; Los fundamentos sociales de la cuestión femenina, 1907)

sábado, 10 de agosto de 2019

Engels sobre los vicios y defectos que albergan ciertos «expertos marxistas» en su método de trabajo

Karl Kautsky (1854-1935)

«Usted ha dado acertadamente en la debilidad decisiva de Kautsky. Su juvenil inclinación al juicio apresurado ha sido intensificado aun más por el defectuoso método de la enseñanza de la historia en las universidades, y especialmente en las austríacas. Allí se les enseña sistemáticamente a los estudiantes a hacer investigaciones históricas con materiales que saben son inadecuados, pero que suponen considerar adecuados; es decir, se les enseña a escribir cosas que ellos mismos deben saber que son falsas, pero que se supone son consideradas correctas. Esto ha hecho, naturalmente, que Kautsky sea enteramente engreído. Luego la vida literaria: escribir por la paga, y escribir muchísimo. De modo que no tiene absolutamente idea de lo que significa, en realidad, el trabajo científico. Varias veces se ha quemado los dedos con su historia de la población, y más tarde con sus artículos sobre el matrimonio en los tiempos primitivos. Se lo he hecho notar, amistosamente, sin ocultarle nada a este respecto: en este aspecto le critico despiadadamente todas sus cosas. Pero, afortunadamente, puedo consolarle con el hecho de que en mi imprudente juventud yo hice exactamente lo mismo, aprendiendo recién de Marx la forma de trabajar. Ello ayuda considerablemente». (Friedrich Engels; Carta a August Bebel, 24 de julio de 1885)

lunes, 19 de noviembre de 2018

El futuro del arte y la literatura en la sociedad socialista según Bebel


«Cuando la sociedad nueva haya educado a los jóvenes hasta la mayoría de edad, cada cual se encargará luego de seguir su propia formación. Cada uno hará lo que su inclinación y sus disposiciones le dicten. Unos se dedicaran a una rama de las cada vez más brillantes ciencias naturales: antropología, zoología, botánica, mineralogía, geología, física, química, prehistoria, etc.; otros a las ciencias del espíritu, a la linguística, al arte, etc. Unos se harán, por pasión, músicos, otros pintores, escultores, actores. En el futuro no habrá ni gremios de artistas, ni de sabios ni de obreros manuales. Millares de talentos magníficos, hasta entonces reprimidos, se desarrollarán y darán a conocer su sabiduría y sus facultades cuando se presente la oportunidad. Ya no habrá ningunos músicos, actores, artistas ni sabios de profesión, sino por entusiasmo, por talento y por genio. Y lo que ellos rindan excederá a lo que actualmente se produce en estos campos, lo mismo que los productos técnicos, industriales y agrícolas de la sociedad futura superarán a los de ahora. Surgirá para las ciencias y las artes una era como jamás ha conocido el mundo, y sus creaciones estarán en concordancia con ella.

Nada menos que Richard Wagner imaginó ya en 1850, en su obra Kunst und Revolution [Arte y revolución], el renacimiento que experimentaría el arte una vez que existiesen condiciones dignas del hombre. Es una obra curiosa porque apareció inmediatamente después de una revolución fracasada en la que Wagner había participado. Wagner predice lo que traerá el futuro; se dirige directamente a la clase obrera, que tendrá que ayudar a los artistas a fundar el verdadero arte. Entre otras cosas, decía lo siguiente: «Cuando para los hombres libres del porvenir, el ganar el sustento ya no sea el de la vida, sino cuando, por el contrario, con el advenimiento de una nueva fe, o, mejor aún, ciencia, la obtención del sustento esté asegurada mediante una actividad natural correspondiente, en suma, cuando la industria no sea ya nuestra dueña sino nuestra sierva, entonces el objeto de la vida será la alegría de vivir, y aspirar a que, mediante la educación, nuestros hijos sean capaces y hábiles para gozar realmente de esta dicha. La educación, basada en el ejercicio de la fuerza y el cuidado de la belleza corporal, será puramente artística por afecto tranquilo al hijo y por amor a la prosperidad de su belleza, y cada persona será de algún modo un verdadero artista. La diversidad de las inclinaciones naturales hará que las más variadas direcciones alcancen una riqueza insospechada». He aquí un pensamiento socialista que coincide absolutamente con nuestra exposición.

En el futuro, la vida social será cada vez más pública. Esta tendencia la vemos del modo más claro en la posición de la mujer, enteramente cambiada en comparación con épocas anteriores. La vida doméstica se limitará a lo estrictamente preciso, mientras que la necesidad de sociabilidad tendrá el mas vasto campo ante sí. Grandes locales de reunión para conferencias y debates y para discutir todos los asuntos públicos, sobre los que en el futuro decidirá soberanamente la colectividad, comedores, salas de juegos y de lectura, bibliotecas, salas de conciertos y teatros, museos, gimnasios y campos de deportes, parques, paseos, baños públicos, establecimientos de educación e instrucción de toda especie, laboratorios, etc., todo ello equipado de la mejor manera posible, ofrecerán al arte y a la ciencia, y a toda clase de esparcimiento las mejores oportunidades para producir lo máximo. También responderán a las máximas exigencias los establecimientos para el cuidado de los enfermos y ancianos.

¡Qué mezquina nos parecerá nuestra época, antes tan alabada! Esta adulación por el favor y el sol de los de arriba, estos sentimientos serviles, de perro, esta lucha celosa de unos contra otros por el puesto preferido, llevada a cabo con los medios más odiosos y más bajos; y al mismo tiempo, opresión de las verdaderas convicciones, ocultación de las buenas cualidades, que podrían disgustar a los poderosos, castración del carácter, doblez de ideas y sentimientos –estas cualidades, que podrían calificarse en pocas palabras de cobardía e hipocresía, resultan cada día más repugnantes. Lo que enaltece y ennoblece al hombre, la dignidad personal, la independencia e incorruptibilidad de las convicciones, suelen ser en las condiciones actuales errores y debilidades. A menudo, estas cualidades arruinan a su portador, si es que no puede reprimirlas. Muchos no sienten su propio envilecimiento porque están acostumbrados a él. El perro encuentra muy natural tener un amo que le dé a probar el látigo cuando está de mal humor.

domingo, 28 de octubre de 2018

La descripción del cristianismo y la mujer según Bebel


«Los judíos actuaron de modo opuesto a los hábitos de los romanos de la época imperial en el sentido de dejar que cada vez aumentasen más el celibato y la falta de hijos. Cierto, la judía no tenía derecho a elegir, el padre decidía quién iba a ser su marido, pero el matrimonio era un deber que ella cumplía fielmente. El Talmud aconseja lo siguiente: «Cuando tu hija alcance la edad casadera, regálale la libertad a uno de tus esclavos y cásala con él». Asimismo, los judíos cumplían lealmente el mandamiento de su Dios: «Fructificad y multiplicaos». Conforme a esto, y a pesar de todas las persecuciones y represiones, se han multiplicado profusamente, son los enemigos jurados del malthusianismo.

Ya Tácito decía de ellos: «Entre ellos reina una tenaz cohesión y una pronta generosidad, pero un odio hostil hacia todos los demás. Nunca comen ni duermen con enemigos, y aunque son sumamente inclinados a la sensualidad, se abstienen de cohabitar con extranjeras... Sin embargo, procuran el aumento del pueblo. Pues matar a uno de los descendientes es un pecado para ellos, y tienen por inmortales las almas de quienes mueren en la batalla o son ejecutados. De ahí el amor a la procreación y el desprecio a la muerte». Tácito odiaba y detestaba a los judíos porque, despreciando la religión de sus padres, acumulaban bienes y tesoros. Les llama las «personas peores», un «pueblo detestable» [1].

Al desenfreno se opuso el otro extremo, la más rigurosa abstinencia. Igual que antes el desenfreno, también el ascetismo tomó ahora formas religiosas. Un fanatismo exaltado hacia propaganda de él. La disipación y sensualidad ilimitadas de las clases dominantes guardaba el más vivo contraste con la penuria y la miseria de los millones y millones que la Roma conquistadora arrastraba como esclavos a Italia desde todos los países del mundo entonces conocido. Entre ellos había también numerosas mujeres que, separadas del hogar, de los padres y del marido, y arrancadas de los hijos, sentían del modo más profundo la miseria y ansiaban redención. Gran número de mujeres romanas, asqueadas de lo que pasaba a su alrededor, se hallaba en un estado de ánimo parecido. Cualquier cambio de su situación lo veían con buenos ojos. Un anhelo profundo de cambio, de redención, prendió en amplias capas de la población, y el redentor parecía acercarse. La conquista del reino judío y de Jerusalén por los romanos tuvo por consecuencia la destrucción de la independencia nacional y engendró entre las sectas ascéticas de aquel país visionarios que predicaban el advenimiento de un nuevo reino, que traería la libertad y la felicidad para todos.

Llegó Cristo y surgió el cristianismo. Este encarnaba la oposición contra el materialismo bestial que reinaba entre los grandes y ricos del imperio romano, representaba la rebelión contra el desprecio y la opresión de las masas. Mas como provenía del judaismo, que solo conocía la falta de derechos de la mujer, y, presa de la noción bíblica de que ella era la causante de todo mal, predicaba el desprecio de la mujer, la abstinencia y destrucción de la carne, que tanto pecaba en aquellos tiempos, indicando con sus expresiones de doble sentido un reino futuro que unos interpretaban como celestial y otros como terrenal, que traería libertad y justicia para todos. Con estas doctrinas, el cristianismo encontró suelo fértil en el cenagal del imperio romano. La mujer, como todos los miserables, esperando la liberación y redención de su situación, se unió fervorosa y prontamente a él. Hasta hoy día no ha habido en el mundo ningún gran movimiento significativo en el que no se hayan destacado también las mujeres como combatientes y mártires. Quienes encomian el cristianismo como un gran logro cultural no debieran olvidar que es precisamente a la mujer a la que debe una gran parte de sus éxitos. Su proselitismo desempeñó un papel importante tanto en el imperio romano como entre los pueblos bárbaros de la Edad Media. Con frecuencia fue a través de ellas como se convirtieron al cristianismo los más poderosos. Así, por ejemplo, fue Clotilde la que indujo a Clodoveo, rey de los francos, a que aceptase el cristianismo. Fueron Berta, reina de Kent, y Gisela, reina de Hungría, las que introdujeron el cristianismo en sus países. A la influencia de las mujeres se debe la conversión de muchos grandes. Pero el cristianismo recompensó malamente a la mujer. Contiene en sus doctrinas el mismo desprecio por la mujer que todas la religiones orientales. Le ordena ser la sierva obediente del hombre, y todavía hoy tiene que prometerle obediencia ante el altar.

Oigamos lo que dicen la Biblia y el cristianismo acerca de la mujer y el matrimonio.

sábado, 13 de octubre de 2018

El porvenir de la religión según Bebel


«Con la religión ocurre lo mismo que con el Estado. No se «abolirá», no «se suprimirá a Dios», «a la gente no se le arrancará la religión del corazón», como se dice en los discursos tontos con que se ataca a los socialdemócratas ateos. La socialdemocracia deja esos absurdos a los ideólogos burgueses, que ensayaron esos métodos en la revolución francesa y, naturalmente, tuvieron un triste fracaso. Las organizaciones religiosas y, con ellas, las iglesias, desaparecerán gradualmente, sin ataques violentos y sin represión de las opiniones.

La religión es el reflejo transcendente del estado social del momento. A medida que avanza el desarrollo humano, que se transforma la sociedad, se transforma también la religión, es, como dice Marx, el deseo de felicidad ilusoria del pueblo, que brota de un estado social que necesita de la ilusión [1], pero desparece tan pronto como penetra en las masas el conocimiento de la felicidad verdadera y la posibilidad de realizarla. En interés propio, las clases dominantes aspiran a impedir este conocimiento, y, por eso, pretenden conservar la religión como medio de su dominación, actitud que se expresa de un modo evidente en la conocida frase: «La religión debe conservarse para el pueblo». Este negocio desempeña una función oficial importante en la sociedad basada en el dominio de clases. Se forma una casta que se encarga de esta función y emplea toda su sagacidad en conservar y ampliar la institución, porque con ello aumenta su propio poderío y prestigio.

Al principio fetichismo, en el estadio cultural más bajo, en las relaciones sociales primitivas, la religión se convierte en politeísmo en el desarrollo superior, monoteísmo en la cultura más avanzada aún. No son los dioses los que crean al hombre, son los hombres los que se hacen los dioses, a Dios. «Tomándose a sí mismo –al hombre– por imagen, lo creó –a Dios– como modelo», y no viceversa. El monoteísmo se ha disuelto ya en un panteísmo que todo lo abarca y penetra, y cada día se volatiliza más y más. Las ciencias naturales convirtieron en un mito la doctrina de la creación de la tierra en seis días; la Astronomía, las Matemáticas y la Física han convertido el cielo en una estructura de aire, las estrellas de la bóveda celeste, donde tienen su trono los ángeles, en estrellas fijas y planetas, cuya naturaleza excluye toda vida de ángel.

La clase dominante, que ve amenazada su existencia, se aferra a la religión como sostén de la autoridad, como ha hecho hasta ahora toda clase dirigente [2]. La burguesía misma no cree en anda, y con toda su evolución, con la ciencia moderna nacida en su seno, ha destruido la fe en la religión y toda autoridad. Su fe es solo aparente, y la Iglesia acepta la ayuda de la falsa amiga porque ella misma está necesitada de ayuda. «La religión es necesaria para el pueblo».

Para la nueva sociedad no existen ningunas reservas mentales. Su bandera es el incesante progreso humano y la ciencia verdadera. Si alguien tiene todavía necesidades religiosas, puede satisfacerlas con sus semejantes. La sociedad no se preocupa de eso. También el sacerdote tiene que trabajar para vivir, y como así aprende, también para él llegará el día en que reconozca que lo supremo es: ser hombre.

Las buenas costumbres y la moral existen también sin religión; solo los imbéciles y los farsantes pueden sostener lo contrario. Las buenas costumbres y la moral son la expresión de conceptos que regulan las relaciones de los hombres entre sí y sus acciones, la religión comprende las relaciones de los hombres con seres sobrenaturales. Mas lo mismo que la religión, también los conceptos sobre la moral brotan del correspondiente estado moral de los hombres [3]. El caníbal considera la antropofagia como algo muy moral; los griegos y romanos consideraban moral la esclavitud, el señor feudal de la Edad Media, la servidumbre de la gleba y el vasallaje; al capitalista moderno le parece altamente moral la relación entre salario y trabajo, la explotación de las mujeres y la desmoralización de los niños por el trabajo asalariado [4]. Cuatro estadios sociales y cuatro conceptos de la moral, pero en ninguno de ellos impera el concepto supremo de moral. El más alto estado moral es aquél en donde los hombres se enfrentan como seres libres e iguales, en donde el principio: «No hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a ti», rige todas las relaciones humanas. En la Edad Media regía el árbol genealógico, en el presente decide su propiedad, en el futuro regirá el hombre como hombre. Y el futuro pertenece al socialismo». (August Bebel; La mujer y el socialismo, 1879)

martes, 2 de octubre de 2018

Diferencias entre el matrimonio burgués y proletario según Bebel


«Pero los males conyugales van a más, y la corrupción del matrimonio aumenta en la medida que se agudiza la lucha por la existencia y el matrimonio se convierte cada vez más en matrimonio de dinero o de compra. La dificultad cada vez mayor de mantener una familia lleva también a muchos hombres a renunciar por completo al matrimonio, y así, el dicho de que la mujer debe limitar su actividad al hogar, de que tiene que cumplir su profesión como ama de casa y madre, es cada vez más una frase huera. Por otro lado, esta situación tiene que favorecer la satisfacción extraconyugal del comercio sexual e incrementar el número de prostitutas; también aumenta el número de quienes padecen de una satisfacción antinatural del instinto sexual.

En la clase poseedora, igual que en la Antigua Grecia, la mujer se rebaja con frecuencia a un mero aparato de parir hijos legítimos, a guardiana de la casa o a enfermera del marido arruinado en el libertinaje. Para su placer y para sus necesidades amorosas el hombre mantiene hetairas –llamadas entre nosotros cortesanas o queridas–, que residen en los barrios más hermosos. Otros, cuyos medios no les permiten tener queridas, lo hacen con las rameras, por las que su corazón late más que por su esposa; con ellas se divierten, y una parte de nuestras esposas es lo bastante corrupta como para hallar correctas tales relaciones [1].

En las clases altas y medias de la sociedad, por tanto, la fuente principal de los males radica en el matrimonio por dinero y de conveniencia. Mas el matrimonio se corrompe aún más con el modo de vida de estas clases. Esto afecta también a la mujer, que con frecuencia se abandona al ocio o a ocupaciones corruptoras. A menudo, su alimento espiritual estriba únicamente en la lectura de novelas ambiguas y de obscenidades, en la asistencia a obras de teatro frívolas, en el disfrute de música excitante, en estímulos embriagadores de los nervios, en las conversaciones sobre escándalos de todo tipo. O bien el ocio y el aburrimiento las induce a buscar aventuras galantes, que el hombre busca con más frecuencia aún. Corre de un placer a otro, de un banquete a otro, y en el verano se apresura hacia los lugares de veraneo para recuperarse del ajetreo del invierno y encontrar nueva conversación. La chronique scandaleuse se nutre de este modo de vida; uno seduce y se deja seducir.

En las clases bajas el matrimonio por dinero es prácticamente desconocido. Por regla general, el obrero se casa por inclinación, pero tampoco faltan causas perturbadoras del matrimonio. La abundancia de hijos crea preocupaciones y trabajos, y con demasiada frecuencia los visita la penuria. Las enfermedades y la muerte son huéspedes frecuentes en las familias obreras. El desempleo eleva la miseria a su punto más alto. Y tantas cosas que le reducen la ganancia al obrero o durante cierto tiempo se la quitan por completo. Las crisis comerciales e industriales lo dejan sin trabajo, la introducción de nuevas máquinas o métodos de trabajo lo plantan en la calle, las guerras, los desfavorables contratos aduaneros y comerciales, la introducción de nuevos impuestos indirectos, el castigo por parte de los empresarios a causa de actuar de acuerdo con sus convicciones, etcétera, destruyen su existencia o la dañan gravemente. Unas veces ocurre una cosa, otras veces otra, con lo que permanece parado durante períodos más o menos largos, es decir, pasa hambre. La inseguridad es la marca de su existencia. Estos golpes del destino engendran el mal humor y la amargura, y tal estado de ánimo se exterioriza en primer lugar en la vida doméstica, cuando cada día y cada hora se exige lo más necesario, demandas éstas que no pueden hallar satisfacción. Saltan las riñas. La consecuencia es la ruina del matrimonio y de la familia.

O bien los dos, el hombre y la mujer, van al trabajo. Los niños se abandonan a sí solos o a la supervisión de hermanos mayores que necesitan ellos mismos ser vigilados y educados. Precipitadamente se traga la miserable comida de mediodía, suponiendo que los padres tengan, en absoluto, tiempo para correr a casa, cosa que en miles de casos no es posible debido a la gran distancia existente entre los lugares de trabajo y la vivienda y a la brevedad de las pausas; cansados y extenuados vuelven ambos a casa por la noche. En vez de un hogar acogedor y agradable, encuentran una vivienda estrecha e insalubre, carente a menudo de aire y de luz y en la que suelen faltar también las comodidades más imprescindibles. La creciente escasez de viviendas, con los terribles inconvenientes derivados de ella, es uno de los aspectos más sombríos de nuestro orden social, que conduce a numerosos males, al vicio y al crimen. Y la escasez de viviendas aumenta cada año pese a los intentos de contrarrestarla en las ciudades y en los distritos industriales. Capas cada vez más amplias se ven afectadas por ella: pequeños industriales, funcionarios, maestros, pequeños comerciantes, etcétera. La mujer que por la noche vuelve a casa cansada y rendida tiene de nuevo quehaceres a manos llenas; tiene que trabajar atropelladamente para arreglar lo más necesario en la economía. Los niños se marchan precipitadamente a la cama, la mujer se sienta y se pone a coser y a remendar hasta tarde, bien entrada la noche. Le falta la conversación y el consuelo tan necesarios para ella. El hombre suele ser ignorante; la mujer sabe aún menos, y lo poco que se tienen que decir se soluciona rápidamente. El hombre se marcha a la taberna para buscar allí las amenidades que faltan en casa; bebe, y por poco que sea, consume demasiado para su condición. En determinadas circunstancias cae en el vicio del juego, que también exige muchas víctimas en los círculos altos de la sociedad, y pierde aún más, y pierde aún más de lo que se bebe. Mientras tanto, la mujer permanece sentada en casa y gruñe; tiene que trabajar como una bestia de carga, para ella no hay ningún descanso ni recreo; el hombre utiliza lo mejor que puede la libertad que le proporciona la suerte de haber nacido hombre. Surge así la desavenencia. Pero si la mujer es menos cumplidora de sus deberes, y por la noche, después de volver a casa cansada del trabajo, se busca un reposo justificado, la economía retrocede y la miseria es doble. Pero, a pesar de todo, vivimos en «el mejor de los mundos».