«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

martes, 19 de enero de 2016

Kim Il Sung y la teoría del Estado de «democracia progresista»; Equipo de Bitácora (M-L), 2015

Kim Il Sung durante los 40

«
La formulación de Kim Il Sung de las tareas y programa de los comunistas para Corea los países son contarías a las tesis de la Komintern –Internacional Comunista– sobre los países coloniales y semicoloniales. Analicemos alguno de sus aspectos:

1) Si miramos los documentos de Kim Il Sung de los años 30, sus análisis lejos de ser dialécticos son tremendamente metafísicos: dogmáticamente impone la idea de que el nuevo régimen que saldrá después de la ocupación de Corea por Japón –y luego en sus escritos de la Segunda Guerra Mundial– debe de ser un Estado intermedio de explotados y explotadores, este pensamiento era reforzado a su razonamiento debido a que toda clase social que haya sido oprimida por el imperialismo japonés debía y merecía ocupar un puesto político en la nueva sociedad. Más allá de medir las fuerzas del partido comunista, su alianza con las capas de las clases trabajadoras, la situación internacional o la propia posición de la burguesía nacional rural y urbana; tan sólo basándose en un análisis menchevique presuntamente a las tareas de carácter antifeudal, antiimperialista, anticolonial que debía enfrentar la revolución coreana, el futuro próximo Estado que debía darse después de la Segunda Guerra Mundial tendría que ser una agrupación de clases explotadas y explotadoras irremediablemente:

«En una palabra, todo el pueblo sintió profundamente a través de su propia experiencia lo miserable que era vivir en la esclavitud colonial del imperialismo, y no pueden tener su propio gobierno. Por esta razón, no sólo el proletariado hoy, sino también todo el resto de las personas, incluyendo a los capitalistas de conciencia no compradora son opuestos a los elementos projaponeses, traidores a la nación y otros reaccionarios que tratan de convertir a nuestro país en una colonia del imperialismo, que de nuevo y están exigiendo la construcción de un Estado democrático independiente y soberano en nuestro país. Por lo tanto, no sólo a los obreros, los campesinos y el resto de las masas trabajadoras, sino también a los capitalistas de conciencia no compradora pueden tomar parte en la construcción de una nueva Corea democrática». (Kim Il Sung; Sobre la cuestión del Frente Nacional Unido, 22 de diciembre de 1945)

Obviamente con estos primeros esquemas, a cualquier marxista-leninista se le viene a la cabeza la teoría revisionista de la «nueva democracia» de Mao Zedong y el revisionismo chino. Comparemos:

«¿Qué es el régimen constitucional de nueva democracia? Es la dictadura conjunta de las diversas clases revolucionarias sobre los colaboracionistas y reaccionarios. Alguien dijo una vez: «Si hay comida, que la compartan todos». Me parece que esto puede servir de metáfora ilustrativa de la nueva democracia. Puesto que la comida debe ser compartida por todos, es inadmisible que un solo partido, grupo o clase ejerza la dictadura». (Mao Zedong; Sobre el régimen constitucional de nueva democracia, 1940)

Los revisionistas coreanos actuaron formularon como los chinos la teoría de que todas las clases «revolucionarias» gobernarían y en donde ninguna predominara sobre ninguna, con esto se lograba dar gran parte de la hegemonía a otros grupos políticos, sobre todo a los que estuvieran en posesión de los medios de producción:

«No es una democracia para una clase, un partido político, una organización o una religión, es una democracia para las grandes masas de personas». (Kim Il Sung; Sobre la democracia progresista, 3 de octubre de 1945)

Todo esto también se reflejaba en el poder político: caer en estas desviaciones era borrar el rol de la clase obrera y su partido no sólo en la lucha sino en el nuevo Estado y en la resolución de las tareas de la etapa:

«¿En qué consiste el oportunismo en lo que concierne a la cuestión del frente nacional? En el hecho de que se pierde de vista la hegemonía de la clase obrera. Aquí reside el error, el soporte real del oportunismo. (...) Al igual que todos los partidos revolucionarios en todo el mundo, nunca hemos planteado la consigna del frente nacional como otra cosa que un frente en el que la clase obrera y su partido es guía, líder y jefe. Cualquier otra forma de comprender el frente nacional debe ser calificado de oportunista. Este oportunismo radica en las espaldas de un cierto número de los camaradas que más tarde cometieron errores de carácter derechista, nacionalista y oportunista en numerosos sectores de trabajo. En su posición de mal enfoque sobre el frente nacional emergía el rasgo que les llevó a tales errores». (Bolesław Bierut; Discurso en el IIIº Pleno del Comité Central del Partido Obrero Unificado de Polonia, 13 de noviembre de 1949)

Por ello se condenaba que esta renuncia se traduce en que:

«La negación de la hegemonía del proletariado y de sus objetivos socialistas en el frente nacional está estrechamente relacionado con el planteamiento de los desviacionistas derechistas y nacionalistas hacia una reducción de las tareas de la clase obrera, a unas tareas de de la clase obrera donde exclusivamente se limita a las tareas de la guerra de liberación, a las tareas de la revolución democrático-burguesa; esto está estrechamente ligado con la negación del hecho de que la agitación que tuvo lugar en las democracias populares es del mismo tipo que la de la Gran Revolución Socialista de Octubre de 1917. Esto está conectado con el intento de contraponer constantemente el camino de las democracias populares al camino soviético, está unido con el plan que actúa en contra de la profundización, agitación, y extensión de la severa lucha de clases que alcance a los kulaks y logre la entrada decisiva del país en el camino de la construcción socialista tanto en la ciudad como en el campo. Por último, se conecta con la creación de teorías radicalmente falsas que consideran el sistema de democracia popular como una «tercera vía», como un camino intermedio entre el camino capitalista y camino soviético». (Hilary Minc; Las democracias populares en Europa del Este, 1949)

2) En este nuevo Estado, según Kim Il Sung, nuevo, jamás visto, en la historia, tendría el nombre de «democracia progresista» ajustada a las realidades de Corea presuntamente, no siendo copia de ningún otro país socialista:

«La democracia a la que nosotros aspiramos es fundamentalmente diferente de la de los países capitalistas del Oeste, ni es una copia servil de la de un país socialista. La nuestra es un nuevo tipo de democracia que se ajusta a la realidad de Corea». (Kim Il Sung; Sobre la democracia progresista, 3 de octubre de 1945)

Esto era una mera copia mecánica del discurso de Mao Zedong y los revisionistas chinos:

«El tipo de régimen democrático que necesitamos ahora no es el viejo ni tampoco el socialista, sino el de nueva democracia, que corresponde a las actuales condiciones de China». (Mao Zedong; Sobre el régimen constitucional de nueva democracia, 1940)

Esto rompe, con los esquemas básicos del marxismo: ¿democracia para quién? ¿y qué clase lidera el nuevo Estado? los revisionistas coreanos ya inicialmente hacían caso omiso como buenos oportunistas a esta sencilla pregunta que aclara si se aplica o no la lucha de clases en beneficio del proletariado, y repiten el mismo error que los chinos:

«Si Mao Zedong se hubiera esforzado por entender a Karl Marx en vez de intentar enriquecer –léase deformar– su doctrina, le hubiera parecido evidente que en cualquier sociedad el poder pertenece a la clase que posee los medios de producción. Entendiendo esto se hubiera evitado formular una teoría utópica y reaccionaria, que coloca en pie de igualdad a explotados y explotadores, clamando lo mucho que estos últimos estaban «oprimidos» por el capital extranjero, para enmascarar el carácter anticolonial nacionalista-burgués de la «nueva democracia». Tratando con su «nueva democracia» con pura sofistería, Mao Zedong en ningún momento plantea de forma clara y concreta la pregunta de todo marxista de: ¿democracia para qué clase? ¡Desde luego al respecto, cualquier marxista tiene derecho a preguntar precisamente cual será el lugar de la clase obrera y el campesinado en la «nueva democracia» cuando la burguesía nacional sigue manteniendo su poder económico! (…) Mao Zedong intentó aislar la esfera de la economía de la esfera de la política, lo que es antimarxista. ¿El poder político puede ser compartido en pie de igualdad por «varias clases revolucionarias», si una de estas clases tiene en poder los medios de producción y de reproducción de su existencia cuando estos medios les faltan a las clases que producen la riqueza, la clase obrera y el campesinado trabajador en este caso? Los marxistas sólo pueden responder a esta pregunta negativamente». (Vincent Gouysse; El socialismo de características china: ¿socialismo o nacionalismo burgués, 2007)

La definición de Mao Zedong y Kim Il Sung del nuevo Estado, ya sea la «nueva democracia» o la «democracia progresista», como esquema de un Estado armonioso de explotados y explotadores, rompe además con la concepción marxista del Estado en el desarrollo histórico del capitalismo al comunismo:

«El Estado es una organización especial de la fuerza, es una organización de la violencia para la represión de una clase cualquiera. ¿Qué clase es la que el proletariado tiene que reprimir? Sólo es, naturalmente, la clase explotadora, es decir, la burguesía. Los trabajadores sólo necesitan el Estado para aplastar la resistencia de los explotadores, y este aplastamiento sólo puede dirigirlo, sólo puede llevarlo a la práctica el proletariado, como la única clase consecuentemente revolucionaria, como la única clase capaz de unir a todos los trabajadores y explotados en la lucha contra la burguesía, por la completa eliminación de ésta. Las clases explotadoras necesitan la dominación política para mantener la explotación, es decir, en interés egoísta de una minoría insignificante contra la mayoría inmensa del pueblo. Las clases explotadas necesitan la dominación política para destruir completamente toda explotación, es decir, en interés de la mayoría inmensa del pueblo contra la minoría insignificante de los esclavistas modernos, es decir, los terratenientes y capitalistas. (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El Estado y la revolución, 1917)

Lenin puso al descubierto estas teorías de los ideólogos nacionalistas-burgueses asiáticos de un «Estado intermedio», cuando ya rebatió a los mencheviques, eseristas, y demás:

«Esta utopía pequeño burguesa, que va inseparablemente unida al reconocimiento de un Estado situado por encima de las clases, ha conducido en la práctica a la traición contra los intereses de las clases trabajadoras, como lo ha demostrado, por ejemplo, la historia de las revoluciones francesas de 1848 y 1871, y como lo ha demostrado la experiencia de la participación «socialista» en ministerios burgueses en Inglaterra, Francia, Italia y otros países a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Marx luchó durante toda su vida contra este socialismo pequeñoburgués, que hoy vuelve a renacer en Rusia en los partidos socialrevolucionario y menchevique. Marx desarrolló consecuentemente la doctrina de la lucha de clases hasta llegar a establecer la doctrina sobre el poder político, sobre el Estado». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El Estado y la revolución, 1917)

Primero, en ambos casos –tanto la revolución china como la coreana– vemos en varios de sus documentos a una dirigencia pretendidamente comunista que da por hecho que la burguesía nacional colaborará en la lucha contra el imperialismo. Pero lo cierto es que las experiencias revolucionarias de este tipo recientes –incluyendo las asiáticas– exponían todo lo contrario: gran parte de las capas de la burguesía nacional no contribuyeron a la lucha antiimperialista, antifascista y antifeudal, y la parte que sí colaboraba en la lucha, capitulaba a las primeras de cambio los momentos críticos para el movimiento revolucionario, aún así era menester intentar ganarse a estos elementos para la lucha pero no asegurar su sitio en la política, ni poner sus partidos en pie de igualdad al partido comunista. Segundo, el deber de la clase obrera en este tipo de revoluciones era dirigir estos procesos asegurándose la alianza de los campesinos, siendo bienvenidos los miembros de la burguesía nacional que quisiera luchar contra el imperialismo y la burguesía compradora del país; pero no siendo necesaria obligatoriamente esta alianza clase obrera-burguesía nacional para llevar a buen término estas tareas, ni rebajando el programa de esta etapa para lograr agradar y establecer una alianza con la burguesía nacional. Tercero estos pretendidos Estados de «nueva democracia» o «democracia progresista» no tenían nada que ver con las democracias populares de Europea del Este, pues allí si bien –por las tareas iniciales o por la poca influencia del partido comunista– se estableció una alianza con las fuerzas de la burguesía nacional que deseaban colaborar en la guerra, pero esta alianza duró poco y en los primeros años del Estado democrático-popular ya surgió una pugna entre las fuerzas que deseaban impulsar las reformas democráticas, antifeudales y antifascistas y las que deseaban obstaculizarlas y volver a la democracia burguesa, por supuesto pasado esta etapa de lucha y con la victoria de los comunistas y emprendido el camino de construcción económica del socialismo, la burguesía y sus fuerzas políticas habían sido barridas del panorama político, mientras que en China o Corea se mantuvieron y se mantienen actualmente bien en organizaciones políticas ajenas o en el partido gobernante, y su poder económico lejos de menguar ha crecido y se ha consolidado como veremos»(Equipo de Bitácora (M-L)El revisionismo coreano: desde sus raíces maoístas hasta la institucionalización del «pensamiento Juche», 2015)

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