«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

domingo, 29 de septiembre de 2013

El plan Marshall: su esencia, y las consecuencias en el movimiento obrero

Se trata de una radiografía de los objetivos últimos del plan de incidencia económica y sojuzgamiento desarrollada por el imperialismo estadounidense en la Europa de la posguerra. Hay que tener en cuenta que este documento resulta en un genuino ejemplo respecto a las implicaciones imperialistas de la exportación de capitales y su incidencia en los países deudores, pero no sólo eso, sino que explica la influencia y presión ejercida sobre los partidos comunistas de Europa; ya que surgen nuevas corrientes revisionistas acordes con el Plan Marshall estadounidense, y muchos partidos deberán rechazar o admitir estas tesis claudicadoras que saldrán de la mano de Earl Browder. Así mismo se explica la directa relación entre este revisionismo y otros posteriores.

El documento:


¿Cómo se puso en marcha el famoso Plan Marshall? ¿A qué intereses correspondía?

Después de la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo estadounidense se encontró en posiciones dominantes desde el punto de vista económico, y en cierta medida militar, con respecto a Europa y Asia, arruinadas por la guerra. La economía  estadounidense militarizada era bastante poderosa. Los Estados Unidos pretendían establecer su propia hegemonía político-económico-militar en todo el mundo con el objetivo primordial de cercar y debilitar a la Unión Soviética, la cual había salido victoriosa de la Segunda Guerra Mundial y sin duda alguna iba a restablecerse con rapidez también desde el punto de vista económico, pudiendo contribuir de paso a la consolidación y progreso de los nuevos Estados de democracia popular que se habían creado en Europa y Asia. Con este fin fueron elaboradas las tácticas imperialistas de la lucha político-ideológica, de la lucha económica y las tácticas militares. Estas últimas eran una continuación de los planes  estadounidenses fraguados en el curso mismo de la Segunda Guerra Mundial, de esos planes que habían hecho de los Estados Unidos una gran potencia en la producción de armas modernas, la potencia que había descubierto y producido la bomba atómica, lanzada por primera vez sobre Hiroshima y Nagasaki.

Los Estados Unidos asumieron el liderazgo del mundo capitalista y el papel de su «salvador». Así, las pretensiones del imperialismo estadounidense de dominar el mundo pasaron a colocarse en primer plano. «La victoria en la Segunda Guerra Mundial, declaraba Harry Truman, que sucedió a Franklin Roosevelt en la presidencia de los Estados Unidos, colocó al pueblo  estadounidense ante la necesidad permanente y urgente de convertirse en guía mundial». En esencia se trataba de un llamamiento de guerra contra la revolución y el socialismo, para conquistar nuevas posiciones dominantes en lo económico y militar a nivel mundial, también por supuesto para reanimar a sus socios y salvar el sistema colonial con el cual hacer contrapeso a los países socialistas. En la realización de esta estrategia, recurrieron a la UNRRA, elaboraron el «Plan Marshall», crearon la OTAN y erigieron los otros bloques agresivos del imperialismo estadounidense.

Segunda, la cuestión fundamental para el capital estribaba en desplegar una actividad de zapa frontal contra la ideología marxista-leninista destinada a apartar de su influencia a los sectores más revolucionarios de los trabajadores, y hacer degenerar el socialismo.

A la par de la desenfrenada carrera armamentista, la militarización de la economía, los bloqueos económicos a los países socialistas, el imperialismo movilizó también ingentes medios propagandísticos, filósofos, economistas, sociólogos, escritores e historiadores en su rabiosa campaña contra la revolución y el socialismo, a fin de presentar al capitalismo y al Estado capitalista como reformados, como «capitalismo popular», como «Estado del bienestar general», etc. La burguesía aprovechó asimismo las coyunturas económicas favorables de la posguerra para alardear del «florecimiento del capitalismo», difundir entre las masas la ilusión de la supuesta desaparición de las crisis, la anarquía, el paro forzoso y otras lacras del capitalismo, empezando a hablar de nuevo de la supuesta superioridad del capitalismo sobre el socialismo, siendo este último como un sistema «totalitario» ubicado tras el «telón de acero», etc.

Con el objetivo de obstaculizar la lucha de liberación de los pueblos, sofocar la revolución proletaria, destruir el socialismo, defender y consolidar sus propias posiciones, la burguesía, en momentos de agonía y de crisis general de su sistema capitalista, instiga, alienta y moviliza, además de otros medios, a las diversas corrientes oportunistas y revisionistas. Estos enemigos del proletariado y de la revolución ponen en tensión todas sus fuerzas para golpear ante todo al marxismo-leninismo, ideología que hace consciente a la clase obrera de su estado social y de su misión histórica a fin de deformar esta ideología, hacerla inofensiva para la burguesía e inservible para el proletariado. Este papel infame y traidor asumieron una vez más las nuevas corrientes del revisionismo que aparecieron después de la Segunda Guerra Mundial y que, sumariamente, fueron llamadas «revisionismo moderno».

El revisionismo moderno, continuación de las teorías antimarxistas de los partidos de la II Internacional, de la socialdemocracia europea, se adecuó a los tiempos posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Su origen está en la política hegemonista del imperialismo estadounidense. Las variantes y las corrientes del revisionismo moderno tienen las mismas bases y la misma estrategia, y sólo se diferencian por las tácticas que aplican y por las formas de lucha que emplean. [1]

¿Tuvo repercusión desde las pretendidas filas «comunistas»?

Con sus ideas revisionistas acerca de la revolución y el socialismo, Browder prestó una directa ayuda al capitalismo mundial. Según Browder, el socialismo surge únicamente de una gran calamidad, de alguna catástrofe y no como resultado inevitable del desarrollo histórico. «Nosotros no deseamos ninguna catástrofe para los Estados Unidos, aunque dicha catástrofe conduzca al socialismo». Presentando la perspectiva del triunfo del socialismo como algo muy lejano, abogaba por la colaboración de clases en la sociedad estadounidense y en todo el mundo. La única alternativa, según él, era el desarrollo evolucionista, a través de reformas y con la ayuda de los Estados Unidos.

Según Browder, los Estados Unidos, que disponían de un poder económico colosal, de un gran potencial científico y técnico, debían ayudar a los pueblos del mundo, incluyendo a la Unión Soviética en su «desarrollo». Esa «ayuda», decía Browder, serviría para que los Estados Unidos mantuviese elevados ritmos de producción también en la posguerra, lo que garantizaría el pleno empleo y salvaguardara la unidad nacional por muchos años. Con este fin, Browder aconsejaba que los magnates de Washington creasen:

«Una serie de corporaciones industriales gigantes para el desarrollo de diversas regiones atrasadas y arruinadas del mundo, en Europa, África, Asia y América Latina». (6) (Earl Browder, Teherán: nuestro camino en la guerra y la paz, 1944) 

No contento con tal demostración de sumisión añadía:

«Si es que podemos enfrentar la realidad sin vacilar y hacer renacer en el sentido moderno de la palabra las grandes tradiciones de Jefferson, Paytie y Lincoln, entonces los Estados Unidos podrá presentarse unida ante el mundo, asumiendo un papel de guía para salvar a la humanidad». (7) (Earl Browder, Teherán: nuestro camino en la guerra y la paz, 1944) 

De esta manera Browder pasó a ser el portavoz y propagandista de la gran estrategia del imperialismo estadounidense, de sus teorías y sus planes neo colonialistas y expansionistas.

El browderismo prestaba un servicio directo al «Plan Marshall», mediante el cual los Estados Unidos trataban de establecer su hegemonía económica en los diversos países de Europa devastados por la guerra, en los países de Asia, de África, etc. Browder sostenía que los países del mundo y en particular los países de democracia popular y la Unión Soviética debían ablandar su política marxista-leninista y aceptar la ayuda «altruista» de los Estados Unidos, país, que según él contaba con una gran economía y disponía de grandes excedentes que podían y debían servir a todos los pueblos.

Browder trató de prensentar sus puntos de vista antimarxistas y contrarrevolucionarios, como línea general para eel movimiento comunista internacional. Al igual que todos los revisionistas anteriores, so pretexto del desarrollo creador del marxismo y de la lucha contra el dogmatismo, trató de argumentar que la nueva época surgida después de la Segunda Guerra Mundial exigía que el movimiento comunista revisara sus anteriores convicciones ideológicas, debiéndose renunciar a las «fórmulas y prejuicios caducos», que, según él, «no van a ayudarnos en absoluto a encontrar nuestro camino en el mundo nuevo». Este era un llamamiento a abandonar los principios del marxismo-leninismo.

Los puntos de vista de Browder chocaron con la oposición de los partidos comunistas de muchos países, y con la de los propios comunistas revolucionarios estadounidenses. El browderismo fue desenmascarado con relativa rapidez como un revisionismo sin máscara, como una abierta corriente liquidacionista, como agencia ideológica directa del imperialismo estadounidense.

El browderismo ocasionó un grave daño al movimiento obrero y comunista en los Estados Unidos y en algunos países de América Latina. En el seno de algunos viejos partidos comunistas de América Latina se produjeron conmociones y escisiones que tuvieron su origen en la actividad de los elementos oportunistas, los cuales, cansados de la lucha revolucionaria, se aferraron a las ramas que les tendía el imperialismo estadounidense para sofocar las revueltas populares, la revolución y carcomer a los partidos que educaban y preparaban a los pueblos para la revolución.

En Europa, el browderismo no obtuvo el éxito de América del Sur, mas esta semilla del imperialismo estadounidense no quedó sin germinar en los elementos reformistas, antimarxistas y antileninistas enmascarados que esperaban o preparaban los momentos propicios para desviarse abiertamente de la ideología científica marxista-leninista.

Aunque en su tiempo el browderismo no pudo convertirse en una corriente revisionista de grandes proporciones internacionales, sus puntos de vista fueron reanimados y asimilados por los demás revisionistas modernos que le sucedieron. Estos puntos de vista, bajo diversas formas, permanecen en la base de las plataformas políticas e ideológicas de los revisionistas chinos y yugoslavos, así como de los partidos eurocomunistas de Europa Occidental. [2]

¿Qué tienen en común el revisionismo yugoslavo, chino y soviético con las tesis de Browder? ¿Por qué estos revisionismos parten del tronco del browderismo?

A la estrategia americana de «frenar el comunismo» y establecer la hegemonía de los Estados Unidos en el mundo capitalista de posguerra no sólo se ajustaba el browderismo, sino también el pensamiento Mao Zedong, pensamiento que tendía las líneas y las teorías a las que se atenía la dirección china.

A comienzos del año 1945, cuando Browder apareció en escena y cuando con Truman tomaba plena forma la nueva estrategia  estadounidense, tuvo lugar el VIIº Congreso del Partido Comunista de China. En los estatutos aprobados en este congreso se decía: 

«El Partido Comunista de China se guía en toda su actividad por las ideas de Mao Zedong». (8) (Estatutos del VIIº Congreso del PCCh, 1945)

Comentando esta decisión en su informe que presentó al congreso, Liu Shao-chi declaraba que Mao Zedong había rechazado muchos conceptos caducos de la teoría marxista y los había sustituido con nuevas tesis y conclusiones. Según Liu Shao-chi, Mao Zedong había realizado la «chinificación» del marxismo:

«El gran mérito de Mao Zedong consiste en haber transformado el marxismo europeo, dándole una forma asiática, Mao Zedong como chino, ha creado una variedad asiática o china del marxismo». (9) (Liu Shao-Chi, Entrevista con Anna Louise Strong, 1943)

Estas «tesis y conclusiones nuevas», esta «chinificación» del marxismo no tenían nada que ver con la aplicación creadora del marxismo-leninismo en las condiciones concretas de China, sino con la negación de sus leyes universales básicas. Mao Zedong y sus secuaces tenían una visión de demócratas burgueses en cuanto al desarrollo de la revolución en China. No estaban por la transformación de ésta en revolución socialista. Un modelo para ellos lo constituía la «democracia estadounidense» y en la edificación de la nueva China contaban apoyarse en el capital  estadounidense como muestra el propio Informe del VIIº Congreso del de 1945 –tanto el original como el modificado–.

Las ideas de Mao Zedong tenían mucha afinidad con los puntos de vista oportunistas de Browder, el cual, hay que decir, había estudiado y comprendido bien las concepciones antimarxistas de los dirigentes chinos:

«El que se denomina campo «comunista» en China, porque está dirigido por miembros destacados del Partido Comunista de China está más próximo a la noción estadounidense de la de democracia, que el denominado campo del Kuomintang. Está más próximo desde cualquier punto de vista, incluso en el de dar mayor campo de acción a la «libre iniciativa» en la vida económica». (10) (Earl Browder, Lecciones chinas para los marxistas latinoamericanos, 1949)

Mao Zedong era partidario de un desarrollo libre del capitalismo en China en el período del Estado de tipo de «nueva democracia», que es como denominaba al régimen que se establecería después de la retirada de los japoneses:

«Hay quienes sospechan que los comunistas chinos nos oponemos al desarrollo de la iniciativa individual, al desarrollo del capital privado y a la protección de la propiedad privada; pero están equivocados. Son la opresión extranjera y la feudal las que obstaculizan sin piedad el desarrollo de la iniciativa individual del pueblo chino, obstruyen el desarrollo del capital privado y destruyen la propiedad de las amplias masas populares. La misión del sistema de nueva democracia, que preconizamos, consiste precisamente en eliminar esos obstáculos y detener esa destrucción, garantizar a las amplias masas populares la posibilidad de desarrollar libremente su iniciativa individual dentro de los marcos de la vida en la sociedad, garantizar el libre desarrollo de una economía privada capitalista». (11) (Mao Zedong, Sobre el gobierno de coalición, 1945) 

De esta manera Mao Zedong hace suyo el concepto antimarxista de Kautsky, según el cual en los países atrasados no puede realizarse la transición al socialismo sin pasar por un largo período de libre desarrollo del capitalismo que prepare las condiciones para una transición posterior al socialismo. De hecho, el denominado régimen socialista que Mao Zedong y su grupo instauraron en China, era y continuó siendo un régimen democrático-burgués.

La línea que comenzó a seguir la dirección china con Mao Zedong al frente para frenar la revolución en China y cortar su perspectiva socialista, en la práctica ayudaba al imperialismo estadounidense, que buscaba extender su dominación, y a las otras potencias imperialistas que trataban de conservar sus antiguos dominios. Mismo pensamiento que Browder tenía sobre las relaciones políticas entre los dos bloques; capitalista y socialista.

En los años de la posguerra cobró un gran ímpetu el movimiento de liberación nacional anticolonialista en todos los continentes. Los imperios coloniales inglés, francés, italiano, holandés, belga se iban desmoronando uno tras otro bajo los embates de las insurrecciones populares en las colonias. Las revoluciones en estos países eran en su mayoría democrático-burguesas. Pero en algunos de ellos existían posibilidades objetivas para que la revolución evolucionara y tomase carácter socialista. Con sus puntos de vista y sus acciones, Mao Zedong preconizaba la desviación de las revoluciones antiimperialistas de su justo camino de desarrollo, buscaba que éstas se quedasen a mitad de camino, que no se salieran del marco burgués, que se perpetuara el sistema capitalista. Las «teorías» de Mao Zedong ocasionaban un gran daño, más si tenemos en cuenta la importancia de la revolución china y su influencia en los países coloniales.

La línea de Mao fijada en aquel congreso propugnaba que China y, como ella, Indochina, Birmania, Indonesia, la India, etc., se apoyaran en los Estados Unidos, en el capital y la ayuda estadounidense, para promover su desarrollo. Esto significaba aceptar la nueva estrategia que se había formulado en los departamentos de Washington y que también Browder había comenzado a predicarla a su manera.

Los puntos de vista, actitudes, acciones y demandas de Mao Zedong hacia los Estados Unidos los han descrito minuciosamente los enviados de este país al estado mayor de Mao Zedong en los años 1944-1949. Uno de éstos es John Service, consejero político del comandante de las fuerzas militares  estadounidenses en el frente birmano-chino y posteriormente secretario de la embajada  estadounidense adjunta a Chiang Kai-shek en Chunchin. Este era uno de los primeros agentes estadounidenses de espionaje que tomó contacto oficial con la dirección del Partido Comunista de China, mientras que sus contactos no oficiales los había tenido desde siempre.

Hablando de los dirigentes chinos, Service afirma: 

«Su concepción del mundo te da la impresión de que es una concepción moderna. Su manera de comprender las cuestiones económicas, por ejemplo, es muy similar a la nuestras». (12) (John Service, La oportunidad perdida en China, 1974)

Prosigue:

«No es ninguna sorpresa, que los chinos hayan dejado una impresión positiva en muchos o en todos los estadounidenses que se han entrevistado con ellos en los últimos siete años; su comportamiento, su forma de pensar y su planteamiento directo de los problemas, parece más bien estadounidense que oriental». (13) (John Service, La oportunidad perdida en China, 1974)

Las concepciones liquidacionistas de Browder sobre el partido, en esencia se encuentran también en las teorías de Mao Zedong. Al igual que el comunismo chino era un comunismo incoloro, también el Partido Comunista de China, de comunista sólo tenía el nombre. Mao Zedong no se ha molestado en hacer de su partido un auténtico partido proletario, marxista-leninista. Por su composición de clase, su estructura y su construcción organizativa y por la ideología que lo inspiraba, el Partido Comunista de China no ha sido un partido de tipo leninista. Y ni siquiera ese partido contaba para Mao Zedong. Este actuaba a su antojo, y durante la llamada Revolución Cultural lo disolvió por completo, concentrando todo el poder en sus manos y colocando al ejército al frente de todos los asuntos.

Tal como Browder, que presentaba el «americanismo» como modelo ideal de la sociedad futura, Mao Zedong consideraba la democracia estadounidense como el más alto ejemplo de organización estatal y social para China. Mao Zedong le confesaba a Service: 

«Por encima de todo, los chinos les consideramos a ustedes, los  estadounidenses, como el ideal de la democracias». (14) (John Service, La oportunidad perdida en China, 1974)

Al mismo tiempo que aceptaban la democracia  estadounidense, los dirigentes chinos buscaban estrechos y directos lazos con el capital  estadounidense, solicitaban la ayuda económica  estadounidense. Service escribe que Mao Zedong le había dicho: 

«Las políticas del PCCh son más que liberales. Incluso los más conservadores hombres de negocios estadounidenses no podrán encontrar nada en nuestro programa que les pueda ofender. China debe industrializarse. Esto sólo se podrá lograr a través de la iniciativa privada y la ayuda del capital extranjero. Los intereses estadounidenses y chinos están entrelazados y son similares».  (15) (John Service, La oportunidad perdida en China, 1974)

Por si fuera poco descaro de intenciones, volvió a aclararle a su amigo su intención:

«Los Estados Unidos encontrarán en nosotros un mayor espíritu de colaboración que en el Kuomintang. No nos asusta la influencia de la democracia estadounidense, la aceptamos de buen grado. (…) Los Estados Unidos no debe dudar de nuestra disposición a colaborar. Debemos colaborar y precisamos la ayuda estadounidense». (16) (John Service, La oportunidad perdida en China, 1974)

Estas declaraciones y demandas las estamos oyendo a diario de boca de los discípulos y colaboradores de Mao Zedong como Deng Xiaoping, Hua Kuo-feng y otros, que están materializando los vínculos multilaterales con el imperialismo estadounidense, vínculos con que Mao Zedong había soñado y había comenzado a establecer. Ahora la estrategia china está orientada por completo hacia la colaboración general y particular con los Estados Unidos y el capitalismo mundial, los cuales comenzaron a respaldar políticamente a China, a influirle ideológicamente para que eliminase toda huella de marxismo-leninismo de la mente y el corazón de las gentes sencillas y emprendiera de este modo profundas transformaciones político-organizativas hacia el sistema capitalista, ya fuesen en el terreno económico, en el de la organización estatal o en el del partido.

Objetivamente, toda la línea de Mao Zedong en relación con la edificación de China y su concepción del desarrollo de los países liberados del colonialismo redundaba en favor de la orientación estratégica del imperialismo estadounidense y se atenían a ella. Si entre China y los Estados Unidos no se estableció desde un comienzo una estrecha colaboración, fue debido a que en los Estados Unidos de los años de posguerra había triunfado el lobby Chiang Kai-shek. En aquella época la «guerra fría» estaba en su apogeo y en los Estados Unidos dominaba el macarthismo. Por otro lado los Estados Unidos, nada más acabada la guerra, dieron prioridad a Japón, pensando que un primer paso debía ser el ayudar o someter a este país, y esto desde cualquier punto de vista, hacerlo su aliado poderoso y obediente, restaurar su economía y transformarlo en un gran bastión contra la Unión Soviética y, eventualmente, contra la China de Mao Zedong. Según parece, en los Estados Unidos no se sentían tan sobrados como para atender en ayudas a todos los países del mundo y prepararlos contra la Unión Soviética, contra el sistema del socialismo, por eso se inclinaron por Europa y Japón, donde las destrucciones eran considerables y el socialismo constituía una amenaza de primer orden para el capital mundial .

Indudablemente, estos factores han hecho que los cabecillas del imperialismo estadounidense no estrecharan de inmediato la mano que les había tendido Mao Zedong. Debía transcurrir bastante tiempo, los dirigentes revisionistas chinos debían dar nuevas pruebas de «amor» por Estados Unidos, para que Nixon viajara a Pekín y los estadounidenses y todos los demás comprendiesen que China nada tenía que ver con el socialismo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, en la gran campaña del imperialismo estadounidense y las demás fuerzas reaccionarias agrupadas en torno suyo para combatir el socialismo y la revolución, se unieron también los revisionistas yugoslavos. La corriente yugoslava, que representaba el revisionismo en el poder, apareció en un momento crucial de la lucha entre el socialismo y el imperialismo.

El período posterior a la Segunda Guerra Mundial no podía ser un período de calma, y no sólo para el imperialismo sino tampoco para el socialismo. En las nuevas condiciones creadas, el imperialismo tenía que afrontar situaciones fatales para su existencia, mientras que el socialismo debía consolidarse, irradiar y conceder su ayuda en un justo camino a la liberación y al progreso de los pueblos del mundo. Era el momento no sólo de curar las heridas de la guerra, sino también de desplegar correctamente la lucha de clases, tanto en los países donde el proletariado había tomado el Poder, como en la arena internacional. La victoria sobre el fascismo se había alcanzado, pero la paz era relativa, la guerra proseguía por otros medios.

Los países socialistas y sus partidos comunistas se planteaban la tarea de consolidar las victorias en la vía marxista-leninista, convertirse en ejemplo y modelo para los pueblos y los demás partidos comunistas que no estaban en el poder. Los partidos comunistas de los países socialistas debían, asimismo, templarse ulteriormente en la ideología marxista-leninista, procurando que ésta no se convirtiera en un dogma, sino que siguiera siendo, tal como es en efecto, una teoría revolucionaria para la acción, un instrumento para lograr profundas transformaciones sociales. Después de la histórica victoria sobre la coalición fascista, los países socialistas y los partidos comunistas en particular, no debían envanecerse, creerse infalibles y olvidar o debilitar la lucha de clases. Stalin tenía presente este importante momento cuando subrayaba la necesidad de proseguir la lucha de clases en el socialismo.

Precisamente en estas circunstancias fue cuando los titoistas salieron contra el marxismo-leninismo. El titoismo no se quitó desde un comienzo la máscara en su lucha contra la revolución, contra el socialismo, por el contrario trató de seguir enmascarado en su obra de preparar el terreno para desviar Yugoslavia hacia el camino capitalista y transformarla en un instrumento del imperialismo mundial.

Es un hecho conocido que el titoismo se inclinaba en lo espiritual, ideológico y político hacia Occidente, hacia los Estados Unidos, que desde el principio mantenía numerosos contactos políticos y realizaba combinaciones secretas con los ingleses y otros representantes del capitalismo mundial. Los dirigentes yugoslavos abrieron de par en par las puertas a la UNRRA, a través de la cual y so pretexto de la ayuda que les daba en trapos y alimentos, almacenados como stocks desde la época de la guerra, los imperialistas  estadounidenses e ingleses trataban de infiltrarse en muchos países del mundo y especialmente en los países de democracia popular. Los imperialistas querían preparar un terreno más o menos apropiado con vistas a emprender acciones futuras de mayor envergadura. Los yugoslavos se aprovecharon bien de los regalos de la UNRRA, pero ésta a su vez logró ejercer su influencia sobre los mecanismos estatales no bien consolidados del Estado yugoslavo recién constituido.

El imperialismo estadounidense y toda la reacción internacional apoyaron sin reservas al titoismo desde un primer momento ya que vieron en él, la vía, la ideología y la política que conducían a la degeneración de los países del campo socialista, a escindirlos y romper su unidad con la Unión Soviética. La actividad del titismo coincidía enteramente con el objetivo del imperialismo estadounidense de socavar el socialismo desde dentro. Mas el titoismo serviría a la estrategia del imperialismo también para paralizar las luchas de liberación y aislar del movimiento revolucionario a los nuevos Estados que acababan de sacudirse el yugo colonial.

Desde un primer momento, los revisionistas yugoslavos se opusieron a la teoría y la práctica del verdadero socialismo de Lenin y Stalin en todas las cuestiones y en todos los campos. Tito y su grupo ligaron Yugoslavia al mundo capitalista y asumieron la tarea de transformarlo todo en este país. La política, la ideología, la organización estatal, la organización de la economía, la organización del ejército, se implementó al estilo de los Estados capitalistas occidentales. Se proponían transformar Yugoslavia lo antes posible en un país burgués-capitalista. Las ideas de Browder, que eran las del capitalismo  estadounidense, encajaron en la plataforma político-ideológica del titoismo.

En primer lugar, los titoistas revisaron los principios fundamentales del marxismo-leninismo acerca del papel y la misión del poder revolucionario y del partido comunista en la sociedad socialista. Atacaron la tesis marxista sobre el papel dirigente del partido comunista en todos los campos de la vida en el sistema de dictadura del proletariado. Siguiendo el ejemplo de Browder en los Estados Unidos, los titoistas liquidaron prácticamente el partido y no sólo por cambiarle de nombre, al que calificaron de Liga de los Comunistas, sino por modificar sus objetivos, sus funciones, la organización y el papel que este partido debía desempeñar en la revolución y en la edificación del socialismo. Los titoistas transformaron el partido en una asociación de educación y de propaganda. Despojaron al Partido Comunista de Yugoslavia de su espíritu revolucionario y, de tacto, llegaron al extremo de hacer desaparecer la influencia del partido, elevando por encima de éste el papel del frente popular. Tito declaró: 

«¿Tiene el Partido Comunista de Yugoslavia otro programa además de él del frente popular? ¡No! El partido comunista no tiene ningún otro programa. El programa del frente popular es el programa del partido, también». (16) (Tito, Discurso en el IIº Congreso del frente popular, 1947)

En la cuestión cardinal del partido, el factor de dirección en la revolución y en la construcción del socialismo, entre el browderismo y el titoismo existe una comunidad de puntos de vista políticos, ideológicos y organizativos. Dado que el titoismo, al igual que el browderismo, es liquidacionista y antimarxista en el terreno decisivo del papel de vanguardia del partido de la clase obrera en la revolución y en la edificación del socialismo, lo es también en los demás terrenos.

La semejanza de los puntos de vista de los titoistas con los de Browder aparece también en la actitud hacia la «democracia  estadounidense», la cual tomaron como modelo para edificar el sistema político en Yugoslavia. El propio Kardelj ha admitido que este sistema:

«Podríamos decir que este sistema es más similar a la organización del poder ejecutivo en los Estados Unidos que al de la Europa Occidental». (17) (Edvard Kardelj, Direcciones del desarrollo del sistema político socialista de autogestión, 1977)

Después de liquidar el partido y romper con la Unión Soviética y los países de democracia popular, Yugoslavia se debatió en un caos de actividades económicas y organizativas. Los tioistas proclamaron la propiedad estatal como «social» y para ello y siempre bajo la consigna anarcosindicalista: «las fábricas a los obreros», camuflaron las relaciones capitalistas de producción y pusieron los destacamentos de la clase obrera unos contra otros. A la colectivización de los pequeños productores que se le denominó el «modelo ruso», opusieron el «modelo  estadounidense» de la creación de las granjas capitalistas y el fomento de las haciendas campesinas privadas.

Esta transformación en los terrenos económico, político e ideológico traería aparejada, naturalmente, como de hecho ocurrió, la transformación continua de la organización estatal, de la organización del ejército, de la organización de la enseñanza y la cultura. En los años 50 proclamaron el llamado «socialismo de autogestión», que fue utilizado para disfrazar el régimen capitalista. Este «socialismo específico», según ellos, se construiría apoyándose, no en el Estado socialista, sino en los productores directos. Diciendo basar sus tesis en la realidad de la sociedad yugoslava, propugnaron sobre esta base irreal la extinción del Estado durante el socialismo –que tampoco alcanzaron nunca–, negando la fundamental tesis marxista leninista sobre la necesidad de la existencia de la dictadura del proletariado durante todo el período que media entre el capitalismo y el comunismo.

Para justificar su vía de traición y tratando de engañar a la gente, los tiotistas se presentaron como «marxistas creadores» que se oponían sólo al «stalinismo», pero que «admiraban y aplicaban» no al marxismo-leninismo. Así, se confirmó una vez más que la consigna del «desarrollo creador del marxismo» y de la lucha contra el «dogmatismo» es la consigna preferida y común a toda variante del revisionismo.

Los Estados Unidos, Inglaterra, la socialdemocracia europea, etc., dieron a la Yugoslavia titoista una múltiple ayuda política, económica, militar y la mantuvieron en pie. La burguesía no se oponía a que Yugoslavia conservara su apariencia socialista, incluso estaba interesada en ello. Solamente que este tipo de «socialismo» debía diferir fundamentalmente del socialismo previsto y edificado por Lenin y Stalin, al que los revisionistas yugoslavos comenzaron a atacar, a calificarlo de «forma inferior del socialismo», de «socialismo estatista», «burocrático» y «antidemocrático». El «socialismo» yugoslavo debía ser una sociedad híbrida capitalista-revisionista, pero esencialmente debía ser burgués-capitalista. Debía ser un «caballo de Troya» para introducirse también en los demás países socialistas, con el fin de alejarlos del camino del socialismo y ligarlos al imperialismo.

Efectivamente, el titoismo pasó a ser el inspirador de los elementos revisionistas y oportunistas en los países antaño socialistas. Los revisionistas yugoslavos desplegaron en esos países una vasta actividad de subversión y de zapa. Basta citar los acontecimientos de Hungría de 1956, en los que los titoistas yugoslavos jugaron un papel muy activo para abrirle el camino a la contrarrevolución y hacer pasar este país al campo del imperialismo.

El lugar que ocupó el titoismo en la estrategia general del imperialismo con vistas a minar desde dentro los países socialistas, lo ha explicado clara y abiertamente el propio Tito en su conocido discurso de Pula de 1956. Ya en aquel entonces declaró que el modelo yugoslavo del «socialismo» no es válido únicamente para Yugoslavia, sino que también lo debían seguir y aplicar los demás países socialistas.

También los conceptos y las teorías titoistas sobre el desarrollo mundial y las relaciones internacionales se acomodaron a la estrategia del imperialismo estadounidense. El principal teórico del revisionismo yugoslavo, Edvard Kardelj, en su discurso de Oslo de octubre de 1954, salió abiertamente en contra de la teoría de la revolución, voceando las «nuevas» soluciones que habría encontrado el capitalismo. Tergiversando la esencia del capitalismo monopolista de Estado, que acabada la Segunda Guerra Mundial adquirió vastas proporciones en bastantes países capitalistas, lo proclamó como un elemento del socialismo, al mismo tiempo que calificaba la clásica democracia burguesa de «reguladora de las contradicciones sociales en el sentido del reforzamiento gradual de los elementos socialistas». Declaró que estaba en curso una «evolución gradual hacia el socialismo». Y calificó este fenómeno de «hecho histórico» en una serie de Estados capitalistas. Estos conceptos revisionistas, en esencia idénticos a los de Browder, fueron incluidos en el programa de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia y se convirtieron en un instrumento de subversión ideológica y política contra el movimiento revolucionario y libertador del proletariado y de los pueblos.

Sobre esta base, los revisionistas yugoslavos elaboraron sus teorías y prácticas del «no alineamiento», las cuales iban en ayuda de la estrategia del imperialismo estadounidense para contener el ímpetu de la lucha antiimperialista de los pueblos del llamado «tercer mundo» para socavar sus esfuerzos en defensa de la libertad, la independencia y la soberanía. Los titoistas les dicen a estos pueblos que sus aspiraciones podrán alcanzarse aplicando la política del «no alineamiento», es decir, de la no oposición al imperialismo. Según los titoistas la vía para el desarrollo de estos países se debe buscar en la «colaboración activa», en la «cooperación cada vez más amplia» con los imperialistas y con el gran capital mundial, en la ayuda y los créditos que deben obtener de los países capitalistas desarrollados.

El saber a dónde conduce el camino que preconizan los revisionistas de Belgrado, se encarga de demostrarlo la propia realidad de la actual Yugoslavia. Debido a su colaboración con el imperialismo estadounidense, con el socialimperialismo soviético y los demás grandes Estados capitalistas, a las cuantiosas ayudas y créditos que ha recibido de ellos, Yugoslavia se ha transformado en un país dependiente del capitalismo mundial en todos los terrenos, en un país con independencia y soberanía cercenadas.

La aparición en la escena mundial del revisionismo jruschovista aportó una ayuda muy grande y muy deseada a la estrategia del imperialismo estadounidense ya toda la lucha de la burguesía internacional contra la revolución y el socialismo. La traición jruschovista supuso para el socialismo y el movimiento revolucionario y de liberación de los pueblos el golpe más duro y peligroso que hasta entonces habían conocido. Convirtió el primer país socialista y el gran centro de la revolución mundial en un país imperialista y en foco de la contrarrevolución. Las repercusiones de esta traición a nivel nacional e internacional han sido verdaderamente trágicas.

Sus consecuencias no sólo las han sufrido y las sufren todavía los movimientos revolucionarios y de liberación de los pueblos, sino que también hacen correr un gran riesgo a la paz y seguridad internacionales.

Como corriente ideológica y política, el jruschovismo no tiene gran diferencia con las otras corrientes del revisionismo moderno. Es resultado de la misma presión externa e interna de la burguesía, del mismo alejamiento de los principios del marxismo-leninismo, del mismo objetivo de oponerse a la revolución y al socialismo y de salvaguardar y consolidar el sistema capitalista.

Su diferencia concierne únicamente al peligro que representan. El revisionismo jruschovista sigue siendo hasta ahora el revisionismo más peligroso, más diabólico, más amenazador. Esto obedece a dos razones: primero; porque se trata de un revisionismo enmascarado, que conserva su apariencia socialista, y para engañar al pueblo y hacerlo caer en sus trampas utiliza ampliamente la terminología marxista y, según el caso y la necesidad, también las consignas revolucionarias. A través de esta demagogia trata de levantar una densa niebla para que no se vea la actual realidad capitalista de la Unión Soviética y, por encima de todo, ocultar sus fines expansionistas, hacer caer en el error a los movimientos revolucionarios y de liberación y convertirlos en instrumentos de su política, y segundo; y esto reviste una gran importancia, el revisionismo jruschovista se ha convertido en la ideología dominante en un Estado que representa una gran potencia imperialista, lo que le da numerosos medios y posibilidades para maniobrar en vastos terrenos y en grandes proporciones.

El jruschovismo y las otras corrientes revisionistas se identifican en su objetivo de liquidar el partido comunista y transformarlo en una fuerza política al servicio de la burguesía. Caso concreto es el de la Unión Soviética, donde fue liquidado el Partido Comunista de Lenin y Stalin. Cierto que no se le cambió el nombre al partido, como ocurrió en Yugoslavia, sin embargo ese partido fue despojado de su esencia y su espíritu revolucionarios. Cambió el papel del Partido Comunista de la Unión Soviética, y su trabajo para robustecer la ideología marxista-leninista fue suplantado por la deformación de la teoría marxista-leninista, valiéndose de diversas máscaras, de fraseología huera, de demagogia. El organismo político del partido se transformó, al igual que el ejército, la policía y los demás órganos de la dictadura de la nueva burguesía, en un organismo para reprimir a las masas, sin mencionar el hecho de su transformación en vehículo de la ideología y la política de opresión y explotación. El Partido Comunista de la Unión Soviética se degradó, perdió su fuerza y se convirtió en «partido de todo el pueblo», es decir, ya no era el partido de vanguardia de la clase obrera que lleva adelante la revolución y edifica el socialismo, sino el partido de la nueva burguesía revisionista, que hace degenerar el socialismo y promueve la restauración del capitalismo.

Al igual que Browder, Tito, Togliatti y otros que predicaron la transformación de sus partidos en asociaciones, ligas, partidos de masas, supuestamente para ajustarse a los nuevos cambios sociales que se habían operado como consecuencia del desarrollo del capitalismo, al crecimiento de la clase obrera y de su influencia política e ideológica, etc., Jruschov también como ellos justificó el cambio del carácter del partido para adaptarse supuestamente a las situaciones creadas en la Unión Soviética, donde habría concluido la edificación del socialismo y se habría iniciado la construcción del comunismo. Según Jruschov, la composición del partido, su estructuración, su papel y su lugar en la sociedad y en el Estado debían cambiar en concordancia con esta «época nueva».

Cuando Jruschov comenzó a preconizar estas tesis, no sólo el comunismo no había comenzado a edificarse en la Unión Soviética, sino la misma construcción del socialismo no había terminado completamente. Cierto que las clases explotadoras habían desaparecido como clases, más sus vestigios, incluso físicos, y con mayor motivo ideológicos, todavía existían. La Segunda Guerra Mundial había obstaculizado la vasta emancipación de las relaciones de producción, y las fuerzas productivas, que constituyen la base necesaria e indispensable para ello, habían sido gravemente afectadas. La ideología marxista-leninista era la ideología dominante, pero no puede decirse que las viejas ideologías habían sido erradicadas enteramente de la conciencia de las masas. La Unión Soviética había ganado la guerra contra el fascismo, pero una guerra por otros medios y no menos peligrosa se había desatado en su contra. El imperialismo, con el  estadounidense a la cabeza, había declarado la «guerra fría» al comunismo y de nuevo todas las flechas venenosas del capitalismo mundial estaban dirigidas ante todo contra la Unión Soviética. Sobre el Estado soviético y la gente de este país se venía ejerciendo una gran presión, a fin de infundirles el temor a la guerra, reprimir su ímpetu revolucionario, contener su espíritu internacionalista y de oposición al imperialismo.

Frente a estas presiones del interior y del exterior, Jruschov se rindió y capituló. Comenzó a presentar la situación de color de rosa, con el objetivo de disimular sus ilusiones pacifistas. Sus tesis sobre la «edificación del comunismo», la «finalización de la lucha de clases», el «triunfo definitivo del socialismo» parecían como innovadoras, pero en realidad eran reaccionarias. Tendían a ocultar una nueva realidad en gestación, el surgimiento y desarrollo de la nueva capa burguesa y sus pretensiones de instaurar su poder en la Unión Soviética.

La línea y el programa que Jruschov presentó ante el XXº Congreso del PCUS, no sólo constituían la línea de la restauración del capitalismo en la Unión Soviética, sino también una línea de zapa de la revolución, de sumisión de los pueblos al imperialismo, de la clase obrera a la burguesía.

Los jruschovistas preconizaron que en la etapa actual, la principal vía de transición al socialismo era la vía pacífica. Recomendaron a los partidos comunistas que siguieran la política de reconciliación de clases, de colaboración con la socialdemocracia y otras fuerzas políticas de la burguesía. Esta vía coadyuvaba a la consecución de los objetivos por los que el imperialismo y el capital venían luchando desde hacía tiempo y utilizando todos los medios, desde por las armas a la subversión ideológica. Dicho informe abrió vastos caminos al reformismo burgués y dio al capital la posibilidad de maniobrar en las difíciles situaciones económicas, políticas y militares que se le crearon después de la Segunda Guerra Mundial. Esto explica toda esa gran publicidad que la burguesía dedicó por todas partes al XXº Congreso del PCUS, llamando a Jruschov el «hombre de la paz», el que «comprende las situaciones», opuestamente a Stalin que era partidario de la «ortodoxia comunista», de la «irreconciliabilidad» con el mundo capitalista», etc.

Con sus prédicas sobre la vía pacífica al socialismo, los jruschovistas pretendían que los comunistas y los revolucionarios del mundo no se preparasen ni llevaran a efecto la revolución, sino que toda su actividad la redujesen a la propaganda, los debates y las maniobras electoreras, a las manifestaciones sindicales y las reivindicaciones inmediatas.

Esta era la vía típicamente socialdemócrata, combatida con tanto ardor por Lenin y desbaratada por la Revolución de Octubre. Los puntos de vista jruschovistas, que habían sido extraídos del arsenal de los cabecillas de la II Internacional suscitaban peligrosas ilusiones y desacreditaba la propia idea de la revolución. No preparaban a la clase obrera y demás masas trabajadoras a permanecer vigilantes y oponerse a la violencia burguesa; sino a resignarse ante ésta y sometérsele. Esto lo confirmaron igualmente los acontecimientos de Indonesia, Chile, etc., donde los comunistas y los pueblos pagaron muy caro las ilusiones revisionistas sobre la vía pacífica al socialismo.

No menos beneficiosa al imperialismo y la burguesía, y perjudicial a la revolución, era la otra tesis del XXº Congreso del PCUS, la de la «coexistencia pacífica» que los jruschovistas pretendieron imponer a todo el movimiento comunista, extendiéndola hasta las relaciones entre las clases, entre los pueblos y sus opresores imperialistas. Al plantearse el problema en los términos «o coexistencia pacífica, o guerra destructora», los pueblos y el proletariado mundial, según los jruschovistas, no tenían otra alternativa que doblar el espinazo, renunciar a la lucha de clases, a la revolución y a todo acto «que pudiera enojar» al imperialismo y provocar el estallido de la guerra.

Los puntos de vista jruschovistas sobre la «coexistencia pacífica», que se enlazaban estrechamente con los relativos al «cambio de naturaleza del imperialismo», se ajustaban de hecho a las prédicas de Browder de que el capitalismo y el imperialismo estadounidense se han convertido en un factor de progreso para el mundo de posguerra. Embelleciendo al imperialismo estadounidense y creando una falsa imagen de él, se relajaba la vigilancia de los pueblos frente a la política hegemonista y expansionista de los Estados Unidos y se saboteaban sus luchas de liberación y antiimperialistas. La «coexistencia pacífica» jruschovista, no sólo como ideología, sino también como línea política práctica, incitaba a los pueblos y en particular a los nuevos Estados de Asia, África y América Latina, etc, a apagar los «focos de guerra», a buscar su acercamiento y conciliación con el imperialismo, a aprovechar la «colaboración internacional» para «desarrollar en paz» su economía, etc. Esta línea, con otras expresiones, términos y fórmulas era la línea que recomendaba Browder al afirmar que los ricos Estados Unidos en las condiciones de la «coexistencia pacífica» entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, podía ayudar a todo el mundo a restablecerse y progresar. Era la línea difundida y aplicada en Yugoslavia por Tito, que había abierto las puertas del país a las ayudas, los créditos y los capitales  estadounidense. Era el deseo de Mao Zedong y de los otros dirigentes maoístas de edificar China con las ayudas  estadounidenses, cosa que hasta ese momento les había sido imposible debido a las circunstancias y los diversos acontecimientos pero que décadas después reintrodujeron. Pero, al igual que los titoistas, y ahora los maoístas, tampoco la Unión Soviética podía evitar las ayudas  estadounidense y de los otros países occidentales, era la desembocadura normal de su política oportunista y su incomprensión de las leyes para la construcción del socialismo. La integración de la Unión Soviética y de los otros países revisionistas, atados a ella, en la economía mundial capitalista ha adquirido vastas proporciones. Estos países se alinean entre los mayores importadores de capital occidental. Sus deudas, por lo menos las que se han hecho públicas, se calculan en decenas de miles de millones de dólares. En algunas ocasiones y a causa de las coyunturas creadas, como ahora con los acontecimientos en Afganistán, este proceso aminora su marcha, pero nunca se detiene. Los intereses capitalistas de ambas partes son tan inmensos que, en situaciones particulares, se sobreponen a todas las fricciones, las rivalidades y los choques.

Los revisionistas soviéticos utilizaron la tesis de la «coexistencia pacífica» no sólo para justificar su política de concesiones al imperialismo estadounidense y de compromisos con él. Esta línea les ha servido y les sirve también de máscara para encubrir la política expansionista del socialimperialismo soviético, para relajar la vigilancia y la resistencia de los pueblos frente a los planes imperialistas y hegemonistas de los dirigentes revisionistas soviéticos. La tesis sobre la «coexistencia pacífica», era un llamamiento que los revisionistas soviéticos hacían a los imperialistas  estadounidenses para repartirse y dominar conjuntamente el mundo.

La línea revisionista jruschovista allanó el camino al imperialismo y a la reacción para aprovecharse de las situaciones y desatar una ofensiva general contra el comunismo. En particular esta nueva campaña contra la revolución y el socialismo fue coadyuvada por los ataques y las calumnias de los revisionistas jruschovistas contra Stalin y su obra.

La guerra contra Stalin fue emprendida por los revisionistas jruschovistas para justificar el curso antimarxista que tomaron tanto dentro como fuera del país. No podían renegar de la dictadura del proletariado y transformar la Unión Soviética en Estado burgués capitalista, ni tampoco realizar regateos con el imperialismo, sin renegar de la obra de Stalin. Por esta razón la campaña de guerra contra Stalin se llevó a cabo bajo acusaciones extraídas del arsenal de la propaganda imperialista y trotskista, que presentaba el pasado de la Unión Soviética como un período de «represalias en masa» y el sistema socialista como «represión de la democracia», como «dictadura a estilo Iván el Terrible», etc.

Pero, a pesar de los ataques y calumnias de los imperialistas, de los revisionistas y demás enemigos de la revolución, el nombre y la obra de Stalin son y seguirán siendo inmortales. Stalin fue un gran revolucionario, un eminente teórico que se coloca al lado de Marx, Engels y Lenin.

La vida ha confirmado y confirma a diario la justeza de los análisis y de las posiciones del Partido del Trabajo de Albania hacia el revisionismo jruschovista. En la Unión Soviética fue destruido el socialismo y se restauró el capitalismo. Mientras que en la arena internacional, las posiciones y los actos de la dirección soviética pusieron cada vez más al descubierto el carácter socialimperialista de la Unión Soviética, su ideología reaccionaria de gran potencia. De esta forma, el revisionismo jruschovista se convirtió no sólo en ideología de la restauración del capitalismo  y del sabotaje de la revolución y de la lucha de liberación de los pueblos, sino también en ideología de la agresión socialimperialista. [3]

¿Cuáles fueron las causas de que en los partidos comunistas surgieran tras la Segunda Guerra Mundial tesis abiertamente reformistas y revisionistas?

Las condiciones económicas y políticas que se crearon en Europa Occidental después de la Segunda Guerra Mundial favorecieron en mayor medida el reforzamiento y la difusión de los puntos de vista erróneos y oportunistas que habían existido ya anteriormente en las direcciones de los partidos comunistas de Francia, Italia y España, estimulando aún más el espíritu de concesiones y compromisos con la burguesía.

Entre estos factores estaba la abrogación de las leyes fascistas y de las otras medidas coercitivas y restrictivas que la burguesía europea había adoptado ya desde los primeros días del triunfo de la Revolución de Octubre hasta el estallido de la guerra, para contener el creciente ímpetu revolucionario de la clase obrera e impedir su organización política, para cortar el camino a la difusión de la ideología marxista.

El restablecimiento de la democracia burguesa en una escala más o menos amplia, como era la completa legalización de todos los partidos políticos, excepto los fascistas; el permitir su participación sin impedimento alguno en la vida política e ideológica del país; el crearles la posibilidad de una participación activa en las campañas electorales, que ya se desarrollaban sobre la base de algunas leyes menos restrictivas, para cuya aprobación los comunistas y las otras fuerzas progresistas habían desarrollado una larga lucha, fomentaron muchas ilusiones reformistas en las direcciones de los partidos comunistas. En éstas, comenzó a arraigar el punto de vista de que el fascismo había desaparecido de una vez y para siempre, que la burguesía no sólo ya no estaba en condiciones de limitar los derechos democráticos de los trabajadores, sino que se vería obligada a ampliarlos aún más. Comenzaron a pensar que los comunistas, al haber salido de la guerra como la fuerza política, organizadora y movilizadora más influyente y poderosa de la nación, obligarían a la burguesía a extender cada vez más la democracia y permitir una participación cada vez más amplia de los trabajadores en la dirección del país; que a través de las elecciones y del parlamento tendrían la posibilidad de tomar el Poder pacíficamente y pasar posteriormente a la transformación socialista de la sociedad. El que en Francia e Italia de postguerra participaran en el gobierno dos o tres ministros comunistas fue visto por dichas direcciones no como el máximo de las concesiones formales que hacía la burguesía, sino como el comienzo de un proceso que iría tomando cada vez un mayor auge, hasta llegar a la creación de un gabinete gubernamental compuesto exclusivamente por comunistas.

En la propagación de las ideas oportunistas y revisionistas en los partidos comunistas, un gran influjo ejerció asimismo el desarrollo económico de postguerra en occidente. Cierto que la Europa Occidental había quedado destruida por la guerra, mas su reconstrucción fue relativamente breve. El flujo de capitales norteamericanos hacia Europa de acuerdo al «Plan Marshall», permitió la reconstrucción de fábricas, combinados, subsanar el transporte y la agricultura, así como que la producción se desarrollara de una forma intensiva. Este desarrollo abrió numerosos frentes de trabajo y por un largo período de tiempo no sólo atrajo la mano de obra disponible, sino que además creó una cierta carestía de la misma.

Esta situación, que proporcionaba a la burguesía súper ganancias colosales le permitió aflojar la bolsa y suavizar de algún modo los conflictos laborales. En el terreno social, caso de los seguros sociales, la sanidad, la enseñanza, la legislación laboral, etc., adaptó algunas medidas, por las cuales tanto había luchado la clase obrera. La considerable elevación del nivel de vida de los trabajadores con respecto a los tiempos de la guerra e incluso, a los de anteguerra, el rápido ascenso de la producción como resultado de la reestructuración de la industria y la agricultura y del inicio de la revolución técnica y científica, así como la total ocupación de la mano de obra, abrieron el camino a la proliferación en algunos individuos no formados y oportunistas de las concepciones sobre el desarrollo del capitalismo sin conflictos de clase, sobre la evitabilidad de las crisis por parte de éste, sobre la desaparición del fenómeno del desempleo, etc. Una vez más se confirmó la gran enseñanza del marxismo-leninismo de que los períodos de desarrollo pacífico del capitalismo son el origen de la difusión del oportunismo. La nueva capa de la aristocracia obrera, que creció considerablemente en aquel tiempo, comenzó a ejercer una influencia cada vez más negativa en las filas de los partidos y de sus direcciones, introduciendo ideas y puntos de vista oportunistas y reformistas.

Bajo la presión de estas circunstancias, los programas de los partidos comunistas se fueron reduciendo hasta convertirse en programas mínimos de carácter democrático y reformista, a la vez que la idea de la revolución y del socialismo se iba alejando cada vez más. La gran estrategia de la transformación revolucionaria de la sociedad cedió su puesto a la pequeña estrategia de los problemas corrientes de cada día, que fue absolutizada y se convirtió en línea política e ideológica general.

De este modo, los partidos comunistas italiano, francés, británico, y, después de éstos, también el de España, una vez acabada la Segunda Guerra Mundial comenzaron a alejarse gradualmente del marxismo-leninismo, a adoptar tesis y puntos de vista revisionistas, a introducirse en la vía del reformismo. Cuando el revisionismo jruschovista apareció en escena, el terreno era propicio para adaptar esta corriente y unirse a ella en la lucha contra el marxismo-leninismo. Las decisiones del XX Congreso del PCUS, a la par de la presión de la burguesía y de la socialdemocracia del interior del país, influyeron poderosamente sobre dichos partidos en su paso definitivo, a las posiciones antimarxistas socialdemócratas. [4]

¿Qué era exactamente el Plan Marshall? ¿Qué función realizaba frente a los países deudores?

Hoy día, los empréstitos, los créditos y las ayudas gubernamentales constituyen una de las formas más difundidas de exportar capitales. Este tipo de exportación lo practican especialmente la Unión Soviética y los demás países revisionistas.

Además de asegurar beneficios capitalistas, estos créditos, «ayudas» y empréstitos tienen también fines políticos. Los Estados que dan los créditos tienden a apuntalar y a consolidar el poder político y económico de determinadas camarillas, que defienden los intereses económicos, políticos y militares a su vez del país acreedor, el beneficio pues, es recíproco y por eso es tan común. Puesto que los acuerdos sobre este tipo de créditos son ultimados entre gobiernos, se refuerza aún más la dependencia económica y política del prestatario con respecto al prestamista. Un ejemplo clásico en lo que se refiere a esta forma de exportación de capitales lo constituye el «Plan Marshall», que después de la Segunda Guerra Mundial pasó a ser la base económica de la expansión política y militar de los Estados Unidos en los países de Europa Occidental. Similares son las llamadas ayudas que los revisionistas soviéticos dan a países como la India, Irak, etc., supuestamente para desarrollar la economía y crear el sector estatal de la industria.

Actualmente el imperialismo norteamericano, el socialimperialismo soviético y el capitalismo de los países industrializados han alcanzado tal nivel de desarrollo que las ganancias que obtienen acumulando capitales, son extraordinariamente grandes. La acumulación de capitales crea enormes beneficios que van a parar a los bolsillos de los monopolistas, de la oligarquía financiera, quienes no ponen estas utilidades al servicio del pueblo trabajador, pobre e indigente y de sus necesidades más apremiantes, no, sino que las exportan a los países de donde esperan obtener beneficios aún más grandes. Este tipo de países donde se invierten, normalmente, son los países que China denomina del «tercer mundo». Pero también hacen inversiones de este tipo en los países capitalistas desarrollados. Se han escrito numerosos libros sobre el proceso de la penetración de los capitales norteamericanos en Europa y sus objetivos políticos y económicos. En un libro suyo, el autor norteamericano Geoffrey Owen nos ofrece un claro panorama. Al empezar el capítulo «Sociedades internacionales», dice que el aumento de las inversiones norteamericanas en el exterior se ha realizado según la concepción de que los norteamericanos no representan una sociedad con intereses en ultramar, sino una sociedad internacional. El cuartel general de esta sociedad se encuentra en los Estados Unidos. Esto significa que las grandes firmas norteamericanas no piensan únicamente en cubrir las necesidades de su propio país, las de la industria y de sus clientes en los Estados Unidos, sino también en extender sus redes a otros países. Estas sociedades invierten sus «excedentes de capitales» en otros países para obtener mayores beneficios. Corporaciones gigantes tales como la «Socony Mobile», la «Standard Oil of New Jersey» y otras, consiguen casi la mitad de sus ganancias saqueando y explotando a los otros países. Alrededor de 500 compañías aseguran cada año aproximadamente 10.000 millones de dólares de beneficios en el exterior. Son más de 3.000 las empresas de este género que han invertido en el extranjero. Por lo tanto, las fórmulas y los términos, «sociedades multinacionales» o «capitalismo internacional», están en boga, son utilizados en el lenguaje periodístico y en las operaciones bancarias.

Geoffrey Owen señala que, en 1929, más de 1.300 sociedades europeas eran propiedad de firmas norteamericanas o estaban bajo su control. Esta era la primera fase de la ofensiva norteamericana en dirección a la industria europea. La presión de la Segunda Guerra Mundial que se preparaba, contuvo momentáneamente la invasión de capitales norteamericanos. De 1929 a 1946, el valor de las inversiones directas, realizadas por las sociedades norteamericanas en otros países del mundo, descendió de 7.500 a 7.200 millones de dólares. Pero, después de la Segunda Guerra Mundial, en 1950, la cantidad de inversiones norteamericanas en el exterior ascendió a 11.200 millones, cuya mitad estaba concentrada en los países de América Latina y Canadá. En América Latina se hicieron inversiones para explotar las materias primas: petróleo, cobre, mineral de hierro, bauxita, así como bananas y otros productos agrícolas. En Canadá estas inversiones se hicieron en mayor medida en las minas y el petróleo, y se desarrollaban en amplia escala debido a la proximidad de estos países y a otras condiciones que facilitaban la penetración.

Europa, del mismo modo, se convirtió en los años 50 en un importante terreno para las inversiones norteamericanas. Las inversiones en este continente se extendieron rápidamente al sector de las comunicaciones, a la gran producción en serie, a la fabricación de equipos complejos. Junto con ellas afluyeron también las mercancías y los productos norteamericanos.

El mencionado autor indica que la situación creada en el mercado capitalista después de la Segunda Guerra Mundial, dio un mayor impulso a las inversiones norteamericanas. Veamos los siguientes datos sobre el aumento de estas inversiones en el exterior; en 1946 totalizaban 7.200 millones, y luego comienzan a aumentar, en 1950 llegan a 11.200 millones, en 1964 alcanzan el importe de 44.300 millones y en 1977 superan los 60.000 millones de dólares.

Las sociedades norteamericanas, ampliando continuamente sus operaciones a escala mundial, han exacerbado la competencia con las firmas de cada país y se ha acrecentado el temor de éstas a verse dominadas por las gigantes empresas norteamericanas. Este problema es aún más agudo en los países poco desarrollados donde las firmas norteamericanas dominan las ramas clave de la industria y tienen una influencia preponderante sobre las economías nacionales. En otras palabras, estas gigantescas sociedades norteamericanas tienen en sus manos, y de hecho dirigen, las economías y los gobiernos locales.

Es conocida la prolongada lucha desarrollada entre las sociedades norteamericanas del petróleo y el gobierno mexicano, que concluyó, en 1938, con el fracaso de la política de oposición del gobierno de México. La misma suerte corrió la disputa entre el monopolio británico del petróleo y el gobierno iraní, que terminó con la destitución de Mosaddeq. Estas contiendas son continuas y demoledoras y acaban siendo ganadas por los grandes trusts norteamericanos. [5]

¿Dicha penetración económica, política e ideológica estadounidense y las consecuencias que sufren aún hoy día los países europeos, presuponen que hay imperialismos buenos? ¿O esta relación de dominación del imperialismo estadounidense es inmutable?

Algunos camaradas afirman que, debido al desarrollo de nuevas condiciones internacionales después de la Segunda Guerra Mundial, las guerras entre los países capitalistas han dejado de ser inevitables. Consideran esos camaradas que las contradicciones entre el campo del socialismo y el campo del capitalismo son más fuertes que las contradicciones entre los países capitalistas; que los Estados Unidos dominan lo bastante a los demás países capitalistas para no dejarles combatir entre sí y debilitarse mutuamente; que los hombres más inteligentes del capitalismo han sido lo bastante aleccionados por la experiencia de las dos guerras mundiales –guerras que han causado serios perjuicios a todo el mundo capitalista– para no permitirse arrastrar de nuevo a los países capitalistas a una guerra entre sí; y que, en virtud de todo eso, las guerras entre los países capitalistas han dejado de ser inevitables.

Esos camaradas se equivocan. Ven los fenómenos exteriores, que aparecen en la superficie, pero no advierten las fuerzas de fondo que, si por el momento actúan imperceptiblemente, serán, en fin de cuentas, las que determinen el desarrollo de los acontecimientos.

En apariencia, todo marcha «felizmente»: los Estados Unidos tienen a ración a la Europa Occidental, al Japón y a otros países capitalistas; Alemania –la del Oeste–, Inglaterra, Francia, Italia y el Japón, que han caído en las garras de Estados Unidos, cumplen, sumisos, las órdenes de ese país. Pero sería un error suponer que ese «bienestar» puede subsistir «por los siglos de los siglos», que esos países soportarán siempre el dominio y el yugo de Estados Unidos y que no intentarán arrancarse de la esclavitud a que los tienen sometidos los norteamericanos y emprender un camino de desarrollo independiente.

Tomemos, ante todo, a Inglaterra y a Francia. Es indudable que son países imperialistas. Es indudable que las materias primas baratas y los mercados de venta asegurados tienen para ellos una importancia de primer orden. ¿Se puede suponer que esos países soportarán eternamente la situación actual, en la que los norteamericanos, al socaire de la «ayuda» según el «plan Marshall», penetran profundamente en la economía de Inglaterra y de Francia, con el afán de convertirla en un apéndice de la economía de los Estados Unidos? ¿Soportarán eternamente esos países que el capital norteamericano eche la zarpa a las materias primas y a los mercados de venta en las colonias anglo-francesas y prepare de este modo una catástrofe para los elevados beneficios de los capitalistas anglo-franceses? ¿No será más acertado decir que la Inglaterra capitalista y, tras ella, la Francia capitalista se verán, en fin de cuentas, obligadas a arrancarse del abrazo de los Estados Unidos y a tener un conflicto con ellos para asegurarse una situación independiente y, claro está, elevados beneficios?

Pasemos a los principales países vencidos, a Alemania –la del Oeste– y al Japón. Estos países arrastran hoy una existencia miserable bajo la bota del imperialismo norteamericano. Su industria y su agricultura, su comercio y su política exterior e interior, toda su vida se ve encadenada por el «régimen» norteamericano de ocupación. Y esos países todavía ayer eran grandes potencias imperialistas, que sacudieron los fundamentos del dominio de Inglaterra, los Estados Unidos y Francia en Europa y en Asia. Suponer que esos países no tratarán de ponerse en pie otra vez, de dar al traste con el «régimen» de los Estados Unidos y de abrirse paso hacia un camino de desarrollo independiente, significa creer en milagros.

Se dice que las contradicciones entre el capitalismo y el socialismo son más fuertes que las contradicciones entre los países capitalistas. Teóricamente, eso es acertado, claro está. Y no sólo lo es ahora, hoy día, sino que lo era también antes de la Segunda Guerra Mundial. Y, más o menos, eso lo comprendían los dirigentes de los países capitalistas. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial no empezó por una guerra contra la U.R.S.S., sino por una guerra entre países capitalistas. ¿Por qué? En primer término, porque la guerra contra la U.R.S.S., como el país del socialismo, es más peligrosa para el capitalismo que la guerra entre países capitalistas, pues si la guerra entre países capitalistas sólo plantea la cuestión del predominio de unos países capitalistas sobre otros países capitalistas, la guerra contra la U.R.S.S. debe plantear inevitablemente la cuestión de la existencia del propio capitalismo. En segundo término, porque los capitalistas, aunque con fines de «propaganda» alborotan acerca de la agresividad de la Unión Soviética, no creen ellos mismos lo que dicen, pues tienen en cuenta la política pacífica de la Unión Soviética y saben que este país no agredirá a los países capitalistas.

Después de la primera guerra mundial considerábase también que Alemania había sido puesto fuera de combate para siempre, como algunos camaradas piensan hoy del Japón y de Alemania. Entonces también se hablaba y se alborotaba en la prensa diciendo que los Estados Unidos tenían a Europa a ración, que Alemania no podría ponerse de nuevo en pie y que no habría ya más guerras entre los países capitalistas. Sin embargo, a pesar de todas esas consideraciones, Alemania levantó cabeza y se puso en pie como una gran potencia al cabo de unos quince o veinte años después de su derrota, arrancándose a la esclavitud y emprendiendo el camino de un desarrollo independiente. Es muy sintomático que fueran precisamente Inglaterra y los Estados Unidos quienes ayudaron a Alemania a resurgir económicamente y a elevar su potencial económico militar. Claro está que, al ayudar a Alemania a ponerse en pie económicamente, los Estados Unidos e Inglaterra pensaban orientar a Alemania, una vez repuesta, contra la Unión Soviética, utilizarla contra el país del socialismo. Sin embargo, Alemania dirigió sus fuerzas, en primer término, contra el bloque anglo-franco-norteamericano. Y cuando la Alemania hitleriana declaró la guerra a la Unión Soviética, el bloque anglo-franco-norteamericano, no sólo no se unió a la Alemania hitleriana, sino que, por el contrario, se vio constreñido a formar una coalición con la U.R.S.S., contra la Alemania hitleriana.

Por tanto, la lucha de los países capitalistas por los mercados y el deseo de hundir a sus competidores resultaron prácticamente más fuertes que las contradicciones entre el campo del capitalismo y el campo del socialismo.

Se pregunta: ¿qué garantía puede haber de que Alemania y el Japón no vuelvan a ponerse en pie, de que no traten de escapar de la esclavitud norteamericana y de vivir una vida independiente? Pienso que no hay tales garantías.

Pero de aquí se desprende que la inevitabilidad de las guerras entre los países capitalistas sigue existiendo.

Se dice que la tesis de Lenin relativa a que el imperialismo engendra inevitablemente las guerras debe considerarse caducada, por cuanto en el presente han surgido poderosas fuerzas populares que actúan en defensa de la paz, contra una nueva guerra mundial. Eso no es cierto.

El presente movimiento pro paz persigue el fin de levantar a las masas populares a la lucha por mantener la paz, por conjurar una nueva guerra mundial. Consiguientemente, ese movimiento no persigue el fin de derrocar el capitalismo y establecer el socialismo, y se limita a los fines democráticos de la lucha por mantener la paz. En este sentido, el actual movimiento por mantener la paz se distingue del movimiento desarrollado en el período de la primera guerra mundial por la transformación de la guerra imperialista en guerra civil, pues este último movimiento iba más lejos y perseguía fines socialistas.

Es posible que, de concurrir determinadas circunstancias, la lucha por la paz se desarrolle hasta transformarse, en algunos lugares, en lucha por el socialismo, pero eso no sería ya el actual movimiento pro paz, sino un movimiento por derrocar el capitalismo.

Lo más probable es que el actual movimiento pro paz, como movimiento para mantener la paz, conduzca, en caso de éxito, a conjurar una guerra concreta, a aplazarla temporalmente, a mantener temporalmente una paz concreta, a que dimitan los gobiernos belicistas y sean sustituidos por otros gobiernos, dispuestos a mantener temporalmente la paz. Eso, claro es, está bien. Eso incluso está muy bien. Pero todo ello no basta para suprimir la inevitabilidad de las guerras en general entre los países capitalistas. No basta, porque, aun con todos los éxitos del movimiento en defensa de la paz, el imperialismo se mantiene, continúa existiendo, y, por consiguiente, continúa existiendo también la inevitabilidad de las guerras.

Para eliminar la inevitabilidad de las guerras hay que destruir el imperialismo. [6]

Anotaciones: Libros de referencia citados:

[1] Enver Hoxha – Eurocomunismo es anticomunismo, 1980

[2] Enver Hoxha – Eurocomunismo es anticomunismo, 1980

[3] Enver Hoxha – Eurocomunismo es anticomunismo, 1980

[4] Enver Hoxha – Eurocomunismo es anticomunismo, 1980

[5] Enver Hoxha – El Imperialismo y la Revolución, 1978

[6] Stalin – Problemas Económicos del Socialismo en la URSS, 1952

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