«Lenin me había hablado muchas veces del problema de la mujer. Se veía que atribuía una importancia muy grande al movimiento femenino, como parte esencial, en ocasiones incluso decisiva, del movimiento de las masas. Huelga decir que, para él, la plena equiparación social de la mujer con el hombre era un principio inconmovible, y que ningún comunista podía ni siquiera discutir. Fue en el gran despacho de Lenin en el Kremlin donde, en el otoño de 1920, tuvimos la primera conversación un poco larga acerca de este tema. Lenin estaba sentado en su mesa de escribir, que, cubierta de papeles y de libros, hablaba de estudio y de trabajo, sin que reinase en ella ningún «desorden genial».
—Tenemos que crear a todo trance un fuerte movimiento femenino internacional sobre una base teórica clara –dijo Lenin, encauzando la conversación después de las palabras de saludo–. Sin teoría marxista no puede haber una buena actuación práctica, esto es evidente. Nosotros, los comunistas, necesitamos también de una gran pureza de principios en esta cuestión. Tenemos que distinguirnos nítidamente de todos los demás partidos. Desgraciadamente, nuestro segundo congreso internacional ha fallado en el modo de plantear el problema de la mujer. Planteó el problema, pero sin llegar a tomar una posición ante el. El asunto se halla todavía en poder de una comisión. Esta se encargará de redactar una proposición, tesis, líneas directrices. Sin embargo, hasta hoy no ha hecho gran cosa. Es necesario que usted eche una mano.
Lo que Lenin me decía lo había oído ya por otro conducto, manifestando mi asombro ante ello. Estaba entusiasmada de todo lo que las mujeres rusas habían aportado a la revolución y de lo que todavía aportaban para defenderla y sacarla adelante. El partido bolchevique me parecía también un partido modelo, el partido modelo por excelencia, en lo tocante a la posición y actuación de la mujer dentro de el. Este partido aportaba, por sí solo, elementos valiosos, disciplinados y expertos y un gran ejemplo histórico al movimiento femenino comunista internacional.
—Sí; eso es cierto, y es magnífico y está muy bien –dijo Lenin, con una sonrisa silenciosa, apenas esbozada–. En Petrogrado, aquí, en Moscú, en las ciudades y centros industriales y en el campo, las proletarias se han portado maravillosamente en la revolución. Sin ellas, no habríamos triunfado. O habríamos triunfado a duras penas. Yo lo creo así. No puede usted imaginarse lo valientes que fueron y lo valientes que están siendo todavía. Represéntese usted todas las penalidades y privaciones que soportan estas mujeres. Y las soportan porque quieren que los Soviets salgan adelante, porque quieren la libertad, el comunismo. Sí; nuestras proletarias son unas magníficas luchadoras de clase. Merecen que se las admire y se las quiera. Por lo demás, hay que reconocer que también las damas de la «democracia constitucional» demostraron en Petrogrado mucha más valentía contra nosotros que los hombrecillos terratenientes. Eso es verdad. En el partido, tenemos camaradas de confianza, inteligentes e incansables para la acción. Con ellas, hemos podido cubrir no pocos puestos importantes en los Soviets y Comités ejecutivos, en los comisariados del pueblo y en las oficinas públicas. Algunas trabajan día y noche en el partido o entre las masas de los proletarios y los campesinos y en el Ejército rojo. Esto, para nosotros, tiene mucha importancia. Y lo tiene también para las mujeres del mundo entero, pues demuestra la capacidad de la mujer, la gran importancia que tiene su valor para la sociedad. La primera dictadura del proletariado está siendo su verdadero campeón en la lucha por la plena equiparación social de la mujer. Desarraiga más prejuicios que muchos volúmenes de literatura feminista. Pero, a pesar de todo y con todo, todavía no existe un movimiento femenino comunista internacional, y es necesario crearlo a todo trance. Es necesario entregarse inmediatamente a esta tarea. Sin esto, la labor de nuestra Internacional y de sus partidos no es ni será nunca lo que debe ser. Y hay que conseguir que lo sea, pues lo exige la revolución. Cuénteme usted en qué situación está la labor comunista en el extranjero».
Le informé acerca de esto, todo lo bien que podía hacerlo, dada la mala e irregular articulación que por aquel entonces existía en los partidos afiliados a la III Internacional. Lenin escuchaba mis palabras atentamente, con el cuerpo un poco inclinado hacia adelante, sin asomo de cansancio, de impaciencia o de hastío, siguiendo con reconcentrado interés hasta los detalles más secundarios. No he conocido a nadie que escuchase mejor que él ni que mejor ordenase lo escuchado, sacando de ello las conclusiones generales. Así lo denotaban las preguntas rápidas y siempre muy concretas con que interrumpía de vez en cuando los informes y el modo certero con que volvía después sobre este o aquel detalle de la conversación. Lenin tomaba algunas notas rápidas.
Como era natural, analicé con especial detenimiento la situación alemana. Expuse a Lenin la insistencia con que Rosa Luxemburgo planteaba la necesidad de ganar para las luchas revolucionarias a las grandes masas femeninas. Al fundarse el partido comunista, acuciaba porque se lanzase un periódico para la mujer. Cuando Leo Jogiches, en la última entrevista que tuvimos –dos días antes de que le asesinasen– discutió conmigo las tareas inmediatas del partido y me encomendó algunos trabajos, figuraba entre éstos un plan para la organización de la labor entre las mujeres trabajadoras. En su primera conferencia clandestina, el partido se había ocupado de este asunto. Las agitadoras y dirigentes que antes de la guerra y durante ésta se habían destacado como mujeres disciplinadas y expertas dentro del movimiento, se habían quedado casi sin excepción dentro de la socialdemocracia, reteniendo con ellas a las proletarias más inquietas. No obstante, se había logrado reunir ya un pequeño núcleo de camaradas muy enérgicas y dispuestas a todos los sacrificios, tomaban parte en todos los trabajos y en todas las luchas del partido. Este núcleo de mujeres se había puesto ya a organizar la actuación sistemática entre las proletarias. Naturalmente, estaba todo en sus comienzos todavía; pero eran ya, desde luego, comienzos muy prometedores.
—No está mal, nada mal –dijo Lenin–. La energía, la capacidad de sacrificio y el entusiasmo de las camaradas, su valentía y su habilidad en tiempos clandestinos abren una buena perspectiva sobre la labor futura. Son elementos muy valiosos para el desarrollo del partido y su robustecimiento, para su capacidad de atracción sobre las masas y para planear y desarrollar acciones. Pero, ¿qué tal andan las camaradas y los camaradas en punto a claridad y a disciplina en cuanto a principios? Esto tiene una importancia fundamental para el trabajo entre las masas. Influye enormemente sobre lo que pasa entre las masas, saber lo que las atrae y entusiasma. De momento, no recuerdo quién fue el que dijo que «para hacer grandes cosas hay que entusiasmarse». Nosotros y los trabajadores del mundo entero tenemos todavía, realmente, grandes cosas que hacer. Veamos, pues, ¿qué es lo que entusiasma a esas camaradas, a las mujeres proletarias de Alemania? ¿Cómo andan de conciencia proletaria de clase? ¿Concentran su interés, su actuación, en las reivindicaciones políticas de la hora? ¿Cuál es el eje de sus pensamientos?
Acerca de esto, he oído contar cosas muy curiosas a algunos camaradas rusos y alemanes. Voy a decirle a usted una. Me han contado, por ejemplo, que una comunista muy inteligente de Hamburgo edita un periódico para las prostitutas, y quiere organizar a éstas en la lucha revolucionaria. Rosa sentía y obraba humanamente como comunista cuando, en un artículo, salió en defensa de unas prostitutas a quienes no sé qué trasgresión cometida contra las ordenanzas de policía por las que se rige el ejercicio de su triste profesión, habían llevado a la cárcel. Estos seres son víctimas de la sociedad burguesa, dignas de lástima por dos conceptos. Son víctimas de su maldito régimen de propiedad y son además víctimas de su maldita hipocresía moral. Esto es evidente, y sólo un hombre zafio y miope puede no verlo. Pero una cosa es comprender esto y otra cosa muy distinta querer organizar a las prostitutas –¿cómo diré yo?– gremialmente como una tropa revolucionaria aparte, editando para ellas un periódico industrial. ¿Es que en Alemania no quedan ya obreras industriales que organizar, para quienes editar un periódico, a quienes atraer a nuestras luchas? Se trata, evidentemente, de un brote enfermizo. Esto me recuerda demasiado aquella moda literaria que convertía poéticamente a cada prostituta en una santa de los altares. También aquí era sana la raíz: un sentimiento de solidaridad social, de rebeldía contra la hipocresía virtuosa de los honorables burgueses. Pero este sentimiento sano degeneraba y se corrompía en manifestaciones burguesas. Por lo demás, también a nosotros nos va a plantear más de un problema difícil el asunto de la prostitución. Hay que tender a incorporar a las prostitutas al trabajo productivo, a la economía social. Pero esto es difícil y complicado de conseguir en el estado actual de nuestra economía y bajo todo el conjunto de circunstancias actuales. Ahí tiene usted un fragmento del problema de la mujer que se presenta ante nosotros después de la conquista del poder por el proletariado y que reclama una solución práctica. En la Rusia soviética, esto nos dará todavía mucho que hacer. Pero, volvamos al caso especial de Alemania. El partido no puede, ni mucho menos, cruzarse de brazos ante esos desaguisados que cometen sus individuos. Esto crea confusión y dispersa fuerza. Y usted, vamos a ver, ¿qué ha hecho por impedir estas cosas?