martes, 7 de diciembre de 2021

Las terribles consecuencias de rehabilitar la política exterior zarista en el campo histórico soviético; Equipo de Bitácora (M-L) de 2021

«En la URSS de los años 40 la cuestión de evaluar el legado nacional ruso −y, a su vez, su relación con el resto de pueblos vecinos− siguió siendo una cuestión muy peliaguda para gran parte de los historiadores. En esta ocasión lo que nos importa remarcar es que en no pocas ocasiones se sustituía el prisma de clase y el entendimiento dialéctico de la historia por enfoques variopintos, los cuales se desviaban hacia un extremo u otro: existían rusos que, sintiendo culpabilidad de los crímenes de sus antepasados, adoptaban una posición nihilista y autoflageladora hacia todo lo que tuviera que ver con el pasado; otros solo tomaban en cuenta las viejas fuentes ya desacreditadas y tenían ciertamente un acomplejamiento respecto a Occidente; y, por supuesto, también los había que no veían problema alguno en tomar como fuentes a los historiadores zaristas, sin el menor filtro, reproduciendo guiones que podrían ser firmados por los guardias blancos exiliados. A su vez, en las repúblicas no rusas, existían tendencias similares: como hacer responsables a los rusos actuales de lo que hicieron sus ancestros, recuperar las leyendas e historias de los nacionalistas de su país, recordar con orgullo sus épocas imperiales y las invasiones a terceros, dejando en segundo lugar −o incluso ignorando− los importantes conflictos sociales de la época. Nosotros nos centraremos sobre todo en el primer bloque, ya que es el que dinamitó una unidad y cooperación de los pueblos de la URSS en base a la igualdad y confianza mutua.

Por supuesto, con esto no queremos decir que no hubiera comunistas de los pies a la cabeza, quienes adoptaban una postura patriota pero ante todo internacionalista y combatía a unos y otros, pero esto tampoco significa que en muchas ocasiones no adolecieran de problemas parecidos en sus investigaciones, como podía ser mala selección de fuentes o hacer concesiones a una u otra tendencia, bien fuera por cuestiones de ingenuidad o a causa de rencillas personales. Eliminar este último factor humano sentimental: la codicia, la pasión, los celos, la ambición, es una equivocación tan común como reduccionista, porque si bien no puede nunca desempeñar un papel decisivo −y está ligado a las necesidades materiales del sujeto−, borrarlas significa convertir a los profesionales de los campos del saber en meros robots que ni sienten ni padecen, en víctimas del atraso de los conocimientos de la época o del ambiente político generalizado. Marx lo expresó de la siguiente manera:

«Desde luego, sería muy cómodo hacer la historia universal si la lucha se pudiese emprender sólo en condiciones infaliblemente favorables. De otra parte, la historia tendría un carácter muy místico si las «casualidades» no desempeñasen ningún papel. Como es natural, las casualidades forman parte del curso general del desarrollo y son compensadas por otras casualidades. Pero la aceleración o la lentitud del desarrollo dependen en grado considerable de estas «casualidades», entre las que figura el carácter de los hombres que encabezan el movimiento al iniciarse éste». (Karl Marx; Carta a Ludwig Kugelmann, 17 de abril de 1871)

La escuela de Pokrovski y su influencia en la historiografía soviética

Pero, ¿de dónde provenían estos debates y tendencias? No salían de la nada. Eran, en parte, reacción a la hegemonía en años anteriores de la escuela del historiador ruso Mijaíl Pokrovski (1868-1932). Este, fue miembro de los bolcheviques desde 1905 y tuvo diversos cargos relacionados con la educación. Su autoridad estuvo especialmente dirigida para acabar contra los académicos del viejo orden, y el gobierno soviético estuvo totalmente de acuerdo, como demuestran infinidad de resoluciones de aquella época. En su famosa obra: «Historia rusa desde los tiempos más antiguos (1910-13)» (1914), así como en otros trabajos, trató de aclarar las falsedades en la historiografía zarista y el chovinismo ruso. Por ello, en su momento, el propio Lenin saludó estos trabajos como muy positivos para restablecer la confianza entre los diversos pueblos de la nueva URSS, aunque le recomendó mejorar en algunos puntos de exposición para orientarse sobre los hechos y ensamblarlos debidamente:

«Para que sea manual −y tiene que llegar a serlo− habría que agregar un índice cronológico. Le aclararé mi idea; hágalo aproximadamente en esta forma: 1) una columna de fechas; 2) una columna de apreciaciones burguesas −brevemente−; 3) una columna de apreciación de usted, marxista, remitiendo a las páginas de su libro. Los estudiantes deben conocer tanto su libro como el índice, a fin de que no haya superficialidad, a fin de que conozcan los hechos, a fin de que aprendan a comparar la ciencia vieja con la nueva». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Carta al camarada M. N. Pokrovski, 5 de diciembre de 1920)

El problema es que estos no eran los únicos defectos. En la obra sobre la que Lenin estaba comentando, «Breve esbozo de la historia rusa» (1920), este historiador llegó a puntos verdaderamente hilarantes como cuando dejaba caer que la victoria sobre Napoleón en 1812 fue gracias al capitán general invierno, el cual debió abrumar a las tropas invasoras respondiendo a la artillería francesa con el poder de la nieve y el hielo. Y al parecer también sobrestimaba el papel de la coalición mundial liderada por Gran Bretaña, cuando hasta el propio Napoleón reconoció que las piedras en el zapato que causaron el fin de su hegemonía continental fueron dos: España y Rusia. Esto era acompañado de opiniones tan estrafalarias como declarar que los rusos no existían como nación (sic), que eran una mezcla de pueblos que solo se habían dedicado a saquear y maniatar a otros, algo cuanto menos extraño viniendo de un historiador moscovita. Como era de esperar, estos preceptos se reflejarían directamente en varios de sus discípulos:

«Profesor V.I. Picheta destacó que el Estado de Kiev era un Estado eslavo... y cuando se trata de la formación de un Estado multinacional, de alguna manera el Estado ruso, como parte integral de un Estado multinacional, desaparece, Rusia deja de ser eslava, Rusia no existe, aunque haya millones de rusos». (T. S. Bushueva; 1944: La actualización de la historia milenaria de Rusia exigida inesperadamente por las autoridades, 2016)

Si siguiéramos dicha lógica, entonces podríamos llegar a declarar como problemática la existencia del Toledo medieval. Puesto a que por su seno pasaron los pueblos cristianos, judíos y musulmanes, convirtiéndola en la famosa «ciudad de las tres culturas», por lo que la localidad «como parte de una coexistencia intercultural desaparece, Toledo no existe, aunque haya miles de toledanos». ¡Absurdo!

Hasta tal punto de rusofobia se había llegado en los primeros años, que parecía que los historiadores tenían miedo de mencionar el nombre de los monarcas rusos cuando explicaban la historia rusa, parecía que los condenaban simplemente hablando de su sistema opresivo, pero esto no dejaba de ser una suerte de infravaloración del papel de las personalidades en la historia, que por lo general reflejan las ideas de cada tiempo, por ende, sin representar fielmente su carácter, uno no puede entender cada época histórica. Al parecer, Stalin habría sido de los primeros en alertar de esto en la reunión del Politburó del Comité Central del Partido del 5 de marzo de 1934:

«Stalin: Estos libros de texto y la propia forma de enseñar se llevan a cabo de tal manera que la historia se sustituye por la sociología.  Esta es nuestra desgracia común. En los libros de texto y en la propia enseñanza tenemos toda una serie de esquemas de periodos históricos, características generales de los sistemas económicos, pero, en realidad, no tenemos una historia civil, de cómo se produjeron los acontecimientos, cómo se hicieron las políticas, en torno a qué se desarrolló la lucha de clases. (…) En una época no teníamos absolutamente ninguna historia rusa, y la historia rusa fue sustituida por la historia del movimiento revolucionario. El camarada Vanagh escribió un libro de texto. Escribió un buen libro de texto.  El año pasado, cuando se trató de que este libro de texto fuera corregido y publicado en la segunda edición, se discutió con el Sr. Vanag que la historia rusa no podía presentarse de esa manera.  Debemos dar una idea de qué tipo de gobiernos existían y contra quién se dirigía este movimiento revolucionario.  Y cómo lo reflejaron estos mismos gobiernos... Si tomamos un libro de texto sobre el capitalismo industrial, entonces debe haber una sección de historia rusa; pero si tomamos la era de Pedro, aquí resulta que este se menciona sólo en una línea, en un comentario completamente discreto. En general, el resultado es una especie de cuadro incomprensible para los marxistas −una especie de actitud tímida− tratan de no mencionar a los zares y tratan de no mencionar a los líderes de la burguesía; puedes escribir sobre Robespierre, Danton y otros, porque no puedes evitarlos: son personas que fueron revolucionarias. Pero cuando se trata de reaccionarios, de zares, tratan de evitar sus nombres. ¡No podemos escribir historia así! Pedro era Pedro, Catalina era Catalina. Se apoyaron en ciertas clases, expresaron sus estados de ánimo, intereses, pero sin embargo actuaron, fueron personalidades históricas, no nuestras personalidades, pero hay que dar una idea de esta época, de los hechos que ocurrieron entonces, quien gobernó, cuáles fueron los gobiernos, qué políticas siguieron, qué eventos se desarrollaron». (Alexander Mikhailovich Dubrovsky; Formación del concepto de historia de la Rusia feudal: ciencia histórica en el contexto de la política y la ideología: 1930-1950, 2005)

Sin ir más lejos, poco después se criticó de forma oficial y severa lo que se consideraban formas muy nocivas de encarar la historia en el ámbito pedagógico, las cuales, en honor a la verdad, hoy son la viva expresión en las escuelas de los países capitalistas:

«En lugar de enseñar historia de una forma viva y vital con una exposición de los principales eventos, de los logros en orden cronológico y definiendo el rol de los líderes, presentamos a nuestros pupilos definiciones abstractas de sistemas sociales o económicas, reemplazando la vitalidad de la historia civil con un esquema sociológico abstracto (…) Los alumnos no pueden sacar provecho de lecciones de historia que no contemplan el orden cronológico de los eventos históricos, las figuras que los lideraron y las fechas de importancia. Solo una enseñanza de historia de este tipo puede hacer accesible, inteligible y concreto el material que es indispensable para un análisis y una síntesis de los eventos históricos y ser capaz de guiar al alumno hacia una comprensión marxista de la historia». (Extracto de la decisión del Concilio de Comisarios del Pueblo y del Comité Central del Partido Comunista, 16 de mayo de 1934)

Si el lector se ha fijado, aquí solo se estaban repitiendo los consejos que Lenin ya le había dado a Pokrovski en 1920, pero al parecer sus discípulos aún no habían implementado tales cambios.

Los defectos históricos de tal mentor no se reducían a su nihilismo hacia lo ruso, sino que incurría en patinazos sobre temas muy importantes: por ejemplo, enfocó el menchevismo como una corriente casi similar al bolchevismo, pecó de una infravaloración respecto a los levantamientos campesinos de Razin y Pugachev, consideraba al campesinado uno de los mayores peligros para la revolución, negaba inicialmente la posibilidad de la construcción del socialismo en un solo país, consideraba que la economía socialista debía construirse no por la planificación del partido sino la libre espontaneidad de los productores, y un largo etcétera. Véase la obra de la Academia de las Ciencias de la URSS: «Contra el concepto histórico de Pokrovski (Tomos I y II)» publicada entre 1939-40.

Los planteamientos de esta obra «antipokrovskista» no siempre fueron acertados ni exactos. Debe decirse que fue escrita por múltiples autores, curiosamente algunos serían los mismos que se enzarzarían en la siguiente década, acusándose respectivamente de «gran chovinismo» −B. Grekov− y de «pequeño chovinismo» −A. Pankratova−. Pero en aquel entonces se reunieron porque les interesaba formar un frente común para criticar las tesis y el dominio de la Escuela de Pokrovski en la historia soviética. En cualquier caso, se puede rastrear cómo con el derribo progresivo del prestigio de Pokrovski y sus discípulos (1932-34), a su vez se fue plasmando la nueva línea histórica oficial. En ella proliferaba reevaluaciones sobre los personajes históricos de Rusia igualmente sesgadas, en donde se ensalzaban a los nobles y militares del zarismo, para júbilo de los más reaccionarios. Véase el capítulo: «El giro nacionalista en la evaluación soviética de las figuras históricas» de 2021.

En todo, caso, es innegable que, pese a esta nefata carga, el escrito albergaba una gran cantidad de datos y evidencias sobre las deficiencias de Pokrovski en el campo histórico que hoy mantienen toda su vigencia. Lo uno no quita lo otro. Así, pues, como ya se ha dicho, podemos concluir que una escuela −o tendencia− se aprovechaba de las debilidades de la otra −mostrando sus costuras− y viceversa. Aunque parezca paradójico, las fórmulas y defectos de esta escuela de Pokrovski, que normalmente eran vinculados a las tendencias favorables hacia el «cosmopolitismo o el« nacionalismo burgués» no ruso, también eran reclamados o utilizados indirectamente por aquellos elementos que reclamaban una visión favorable hacia el nacionalismo ruso. Ahora se verá por qué, y cómo esto significaba que ambos bandos no estaban muy bien versados en cuanto al método analítico a utilizar:

«El objeto de la crítica de la académica Pankratova fue el académico E. V. Tarle. «Considero, por ejemplo, no sólo una conferencia teóricamente errónea, sino también políticamente dañina lo que Tarle había proclamado: «Sobre el papel de la expansión territorial de Rusia en el siglo XIX», en sus conferencias en Saratov, Tarle decidió revisar los dos puntos principales descritos en las anotaciones de Stalin, Kirov, Zhdánov [de 1934]: en primer lugar, se pretende revertir que la Rusia zarista era una «prisión de pueblos» y, en segundo lugar, la posición de que el zarismo en una determinada etapa histórica desempeñó el papel de «gendarme de la reacción en Europa». Pankratova se opuso a la tesis de Tarle sobre que «la dialéctica requiere que miremos la historia desde el punto de vista de 1944». «Ni siquiera me detendré en el hecho de que este es el resurgimiento más franco de la tesis de Pokrovsky sobre la historia como «una política volcada al pasado». Tarle argumenta su justificación de la política zarista de conquista por el hecho de que ahora, supuestamente, los espacios nos han salvado». (…) Según Pankratova, la URSS no era una continuación, sino una negación de la Rusia «unida e indivisible». La unidad de la URSS, enfatizó, creció como resultado de la destrucción de la Rusia zarista o más bien, la unidad sólida de la URSS creció como resultado de la destrucción de la Rusia zarista como una «prisión de naciones». (T.S. Bushueva; 1944: La actualización de la historia milenaria de Rusia exigida inesperadamente por las autoridades, 2016)

En otra ocasión advertimos a nuestros queridos lectores que no hay mayor equivocación que pensar que el irracionalismo filosófico es una característica solo achacable a las fuerzas más reaccionarias de la «derecha política», puesto que ha habido y hay infinidad de expresiones canonizadas como de «izquierda». Y ya no es que estas sigan o perdonen de forma consciente los defectos de sus ídolos, sino que también de manera inconsciente, por tradición, copian sus métodos analíticos y discursivos. Esto significa que la esencia idealista de un argumentario bien puede ser utilizado con facilidad tanto por un bando como por su inmediato competidor; y ambos casos esta metodología funciona a la perfección para que cada bando sostenga fantasías similares a la de su contrario. Pero ha de advertirse que esto solo funcionará ante una parroquia repleta de crédulos y fanáticos, no es apto para mentes pensantes. Por eso mismo a nosotros jamás se nos debe pasar por la cabeza adoptar tales procedimientos infames. Véase el capítulo: «El romanticismo y su influencia mística e irracionalista en la «izquierda» de 2021.

La conferencia de historiadores de 1944, un enfrentamiento sin resultados claros

En la historiografía soviética, se puede constatar que la extrema agresividad de un bando de historiadores era la reacción y desconfianza hacia las acciones de otro, y esto, en muchas ocasiones, solo acaba desvirtuando el tratar de forma sana respecto el trato histórico de la cuestión nacional. Si bien la Escuela de Pokrovski «había apretado las tuercas» a sus oponentes −véase el «Caso de la Academia de Ciencias» (1929-31)−, a la muerte de su principal representante en 1932, sus oponentes intentarían tomar posiciones para la revancha. Estos continuos tiras y aflojas entre distintas tendencias, sentimientos y visiones dispares sería un problema que, aunque parecía resuelto con ciertas intervenciones y decretos más o menos correctos, nunca llegaría a estarlo del todo −pues una tendencia negativa o su opuesta intentaban imponerse sobre la otra, reabriendo los mismos debates una y otra vez−. En un nuevo intento que también sería fallido, el gobierno soviético intervino:

«Últimamente los historiadores de la URSS se han dirigido al Comité Central con varias preguntas, de las cuales está claro que algunos de nuestros historiadores no tienen claridad sobre algunas cuestiones fundamentales de la historia nacional, y sobre un número de cuestiones existen desacuerdos importantes». (Gueorgui Malenkov; Discurso en la Conferencia de historiadores, 1944)

Todos ellos, opositores y detractores de la vieja escuela, se dieron cita en la famosa Conferencia para historiadores celebrada en mayo-julio de 1944, donde participaron más de 50 personas en una discusión que por momentos fue muy acalorada, pero la cuestión no versaba ya tanto sobre Pokrovski −muy desacreditado−, sino que ahora los baremos se enfocaban sobre si los historiadores sufrían de una rusofobia o rusofilia. Mostremos detalladamente el «intercambio de impresiones» entre los dos bandos que se cristalizaron, ya que esto es necesario para hacernos una mejor idea del argumentario de ambos.

En primer lugar, en el bloque prorruso, autores como B. D. Grekov, consideraron que lo más importante para la historiografía soviética de aquel momento era investigar el momento de unión entre la «Gran Rusia» con el resto de pueblos, puesto que ella había mostrado el camino correcto, es decir, buscaba introducir y reevaluar la incorporación de diversos pueblos al Zarato ruso:

«La guerra demostró que los pueblos de la URSS saben cómo hacer sacrificios por la Patria y que el pueblo ruso en esta noble competencia pertenece al primer lugar. Todo historiador de la URSS sabe que este fue el caso en el pasado, si no absolutamente siempre, entonces en la mayoría de los casos, que no fue una coincidencia que todos estuviéramos unidos por la «Gran Rusia», y que esta unificación no comenzó desde ayer. Esto es lo principal en lo que nosotros mismos debemos pensar y desarrollar de manera investigativa». (B. D. Grekov; Discurso en la conferencia de historiadores, 1944)

H. G. Adzhemyan, por ejemplo, intentó convencer a sus compañeros sobre el carácter no progresivo del movimiento antizarista, mientras trataba de rescatar el «rol creador» de los principales zares de Rusia:

«Así es como el investigador H. G. Adzhemyan criticó duramente a la historiografía soviética por el hecho de que «se aferraba a las imágenes de Razin, Bolotnikov, Pugachev, Radishchev, los decembristas, que se oponían al Estado, destruían el Estado y, por así decirlo, temían la importancia de Dmitry Donskoy, Alexander Nevsky, Iván el Terrible, Pedro el Grande en la historia de Rusia, Alejandro Suvorov, quien abogó por fortalecer y exaltar el Estado, su poder, su independencia y soberanía. Adzhemyan destacó que resultaba que en nuestra historiografía el pueblo entra en la arena de la historia como sujeto sólo cuando es necesario destruir, rebelar, levantar alzamientos y revueltas». (Bushueva Tatiana Semyonovna; Reunión a puerta cerrada en Moscú, en el Comité Central del Partido Comunista de Toda la Unión (bolcheviques) en 1944. Sobre los problemas más importantes del surgimiento del Estado ruso, 2013)  

Así, por ejemplo, desde la perspectiva de K. Bushuev, el director de la Escuela Diplomática Superior del Ministerio de Relaciones Exteriores de la URSS, la reciente publicación sobre la historia de Kazajstán resultó ser un «libro antirruso» porque resaltaba la conquista y tropelías del ejército ruso. En el extremo de este bando estaba Y. V.  Tarle, que directamente alababa la «grandeza» del Zarato ruso, incluso en momentos de derrota, lo que causó la perplejidad entre los presentes, que le replicaron:

«El profesor A. L. Sidorov estaba especialmente irritado por la evaluación de Y. V. Tarle de la guerra de Crimea. Según las conclusiones de Tarle, como resultado de la Guerra de Crimea, la grandeza y el poder del Imperio Ruso permanecieron inquebrantables... Tarle argumentó: «El gran coloso resistió los terribles golpes de 1854-1855 y no solo no cayó, sino que ni siquiera lo dudes. Esta es una de las lecciones históricas de la guerra de Crimea». Sidorov, por el contrario, enfatizó que «las conclusiones y lecciones históricas de Tarle no encajan bien con las evaluaciones marxistas» y que él −Sidorov− no entendía el deseo de Tarle de exaltar la monarquía». (Bushueva Tatiana Semyonovna; Reunión a puerta cerrada en Moscú, en el Comité Central del Partido Comunista de Toda la Unión (bolcheviques) en 1944. Sobre los problemas más importantes del surgimiento del Estado ruso, 2013) 

Y hubo varios casos más en tonos muy similares, pero sería aburrir al lector con epítetos similares.

En segundo lugar, encontramos al otro bloque: los críticos y descontentos con el creciente nacionalismo ruso. Estos venían denunciando este tipo de desaires hacia las repúblicas no rusas y su historia. Estas denuncias permearon y contaron con el apoyo de algunos de los altos cargos y los departamentos más importantes:

«La cobertura de qué problemas de una historia aparentemente lejana repentinamente en 1944 despertó la alarma de la dirección del partido del país. En primer lugar, se trataba de cuestiones relacionadas con los problemas de la condición de Estado ruso y su historia, así como cuestiones de la formación de la nación rusa y el desarrollo de la conciencia nacional rusa. El hecho es que incluso en la víspera de la reunión, la dirección del Departamento de Propaganda y Agitación se alarmó por la dura declaración nacionalista del miembro correspondiente de la Academia de Ciencias Alexei Ivanovich Yakovlev. (…) [Este] expresó el siguiente pensamiento: «Me parece necesario resaltar el motivo del nacionalismo ruso. Respetamos mucho las nacionalidades que han entrado en nuestra Unión, las tratamos con cariño. Pero la historia rusa la hizo el pueblo ruso. Y me parece que cualquier libro   de texto sobre Rusia debería basarse en este leitmotiv… Este motivo del desarrollo nacional, que tan brillantemente atraviesa el curso de la historia de Solovyov, Klyuchevsky, debería transmitirse a cualquier compilador del libro de texto. Para combinar con este interés en las 100 nacionalidades que han entrado en nuestro estado, me parece incorrecto. (…) Los rusos queremos la historia del pueblo ruso, la historia de las instituciones rusas, en las condiciones rusas». Esta declaración de Yakovlev fue evaluada por agitprop soviético como una clara manifestación de la gran potencia desprecio por los pueblos no rusos. Sobre la base de esta afirmación, la dirección ideológica concluyó que en los discursos de algunos historiadores se estaba reviviendo una ideología nacionalista de gran potencia, hostil a la política leninista-estalinista de fortalecer la amistad de los pueblos, la política reaccionaria de los zaristas, defendiendo la autocracia e intentando idealizar el orden burgués». (Bushueva Tatiana Semyonovna; Reunión a puerta cerrada en Moscú, en el Comité Central del Partido Comunista de Toda la Unión (bolcheviques) en 1944. Sobre los problemas más importantes del surgimiento del Estado ruso, 2013)    

Este bloque se autopercibía como «internacionalista», sin embargo, era calificado por sus opositores como «rusofóbicos»; los primeros señalaban que esto solo era una etiqueta de los chovinistas rusos para desacreditar al oponente, y que en verdad ellos habían publicado obras que laureaban o relativizaban la política del zarismo. Es más, señalaban que los discursos lanzados en la conferencia demostraban sobradamente cuan se habían separado del método marxista de análisis:

«Los futuros académicos Pankratova y Nechkina que hablaron en la reunión, tomando una posición de clase en la cobertura de eventos históricos, llamaron la atención sobre el hecho de que «entre algunos de nuestros historiadores hay, junto con una descripción apologética del antiguo Estado ruso y su figuras principales, independientemente del período que representen, de la época que representen, de los programas concretos que presenten, tendencias al descrédito o incluso a la negación del papel de las masas como motor de la historia». En general, Pankratova enfatizó la necesidad de preservar un estricto «enfoque de clase», sin el cual, en sus palabras, «no podemos hacer en la historia». En su opinión, los intereses del zarismo ruso y el pueblo no pueden acercarse, especialmente en el siglo XIX, cuando todas las mejores personas de la nación rusa lucharon por el derrocamiento del zarismo». (Bushueva Tatiana Semyonovna; Reunión a puerta cerrada en Moscú, en el Comité Central del Partido Comunista de Toda la Unión (bolcheviques) en 1944. Sobre los problemas más importantes del surgimiento del Estado ruso, 2013)  

Por su parte los detractores de esta línea de pensamiento, contraatacaron y ambos bandos se enzarzaron en una serie de réplicas:

«Las críticas de Pankratova fueron atacadas por el profesor P. P. Smirnov, profesor del Instituto Histórico y de Archivos, quien, en su opinión, no dio una imagen objetiva del movimiento de liberación nacional en Ucrania y el papel de Bohdan Khmelnitsky. Pankratova criticó especialmente las disposiciones de la conferencia pronunciada durante la evacuación por el académico Yevgeny Viktorovich Tarle, en la que afirmó: «Si ahora comenzamos a derrotar a este vil enemigo que nos atacó, entonces uno de los factores de esta victoria es este enorme territorio que, en estos momentos, ahora es uno de los factores que nos salvan». En opinión de Pankratova, toda la conferencia de Tarle afirma que la URSS ahora ha sido salvada por los espacios conquistados por el zarismo. Con esto ella no podía estar de acuerdo de ninguna manera». (Bushueva Tatiana Semyonovna; Reunión a puerta cerrada en Moscú, en el Comité Central del Partido Comunista de Toda la Unión (bolcheviques) en 1944. Sobre los problemas más importantes del surgimiento del Estado ruso, 2013)  

En honor a la verdad, debe subrayarse que la denuncia que Pankratova y otros emitieron sobre algunos historiadores en torno a la falta de enfoque de clase sobre los eventos históricos era absolutamente impecable, una totalmente aplicable a lo que ocurre con los pseudo y anti marxistas contemporáneos y que puede ser rescatada. De hecho, acusó con pruebas de que muchos estaban hablando en términos similares al de los viejos hegelianos y nazis alemanes:

«Pankratova llamó la atención de los presentes sobre lo siguiente: «Quiero nuevamente enfatizar la enorme responsabilidad de nuestros discursos. Cuando los camaradas salen y dicen que el primer factor de nuestras victorias no es el sistema soviético, sino el hecho de que la Rusia zarista conquistó vastos territorios, y el camarada Ajemyan incluso estuvo de acuerdo en que la lucha por el máximo espacio era una tarea histórica progresiva de la Rusia zarista, deseo una y otra vez quiero recordarles la responsabilidad política de nuestros discursos. ¿Diría usted la atención a Milyukov, quien habló sobre las «fronteras naturales» de Rusia, que nadie pudo definir?... Y esta charla innecesaria sobre «los espacios» apesta como el mal olor de cualquier «teoría» sobre el famoso «espacio vital». (Bushueva Tatiana Semyonovna; Reunión a puerta cerrada en Moscú, en el Comité Central del Partido Comunista de Toda la Unión (bolcheviques) en 1944. Sobre los problemas más importantes del surgimiento del Estado ruso, 2013)  

Esto a su vez demostraba dos cosas que deben subrayarse: que el chovinismo ruso era una manifestación innegable entre los historiadores soviéticos de nueva generación, y que todavía había gente que se negaba a aceptar tal proceso de tutela de la «Gran Rusia» sobre las demás repúblicas. ¿Y cuál fue el papel de las principales figuras del gobierno? Puede considerarse que bastante tibio, cuanto menos. Al parecer, como ya se ha dicho, el objetivo del gobierno era poner freno −con más o menos acierto argumentativo− a expresiones que consideraba desviaciones nocivas para la unidad de la URSS: el «chovinismo de gran nación» −de los rusos−, el «nihilismo nacional» −los cosmopolitas−, y el «pequeño nacionalismo» que despreciaba la historia rusa y ensalzaba la propia −normalmente, los ucranianos, kazajos y demás−:

«En 1944 se celebró una conferencia de historiadores en el Comité Central del PCUS (b), en la que condenaron los extremos que iban en la línea de denigrar el pasado del pueblo ruso, menospreciando su papel en la historia mundial A. M. Pankratova, M. V. Nechkina, N. L. Rubinstein y otros, y en la línea de deslizarse hacia la posición de «chovinismo de gran potencia» y «patriotismo exagerado» H. G. Adzhemyan, B. D. Grekov, A. V. Efimov, E. V. Tarle, etcétera. En uno de los proyectos de resolución que siguieron a la reunión, se señaló que en los trabajos de «varios historiadores, especialmente Yakovlev y Tarle, se manifiestan estados de ánimo de chovinismo de gran potencia, se revelan intentos de revisar la comprensión marxista-leninista de la historia rusa, justificar y embellecer la política reaccionaria de la autocracia zarista, oponer al pueblo ruso a los demás pueblos de nuestro país». (Alejandro Vdovin; Política nacional en la URSS, 2011)

Ahora, repasando la documentación existente notamos que en su mayoría las acusaciones de «cosmopolitismo» o «menosprecio a los aportes de Rusia» no siempre eran reales. En ocasiones eran acusaciones sin pruebas, verdaderas exageraciones o completos sin sentidos −producto de una inclinación hacia la derecha de la máxima dirección−, aunque sí hemos detectado algunos casos que deben mencionarse. Por ejemplo, A. I. Yakovlev en su obra «Servidumbre y esclavos en el estado de Moscú del siglo XVII» (1943) afirmó que las tribus eslavas fueron la principal fuente de esclavos en la Antigüedad, algo que es absurdo con comprobar el flujo de esclavos en la Roma Imperial.

Anna Pankratova, pese a su lucha incansable contra el chovinismo ruso, seria destituida como subdirectora del Instituto de Historia de la Academia de Ciencias de la URSS. Siguiendo estos sucesos G. F. Aleksándrov redactaría el documento: «Sobre el comportamiento antipartido de la historiadora A. M. Pankratova» (1944), en el cual acusaría a la exsubdirectora de apoyar el «discurso del nacionalismo kazajo», «alterar las declaraciones de los camaradas» y presentarse como la única «historiadora ortodoxa». Paradójicamente Aleksándrov no tendría mucha mejor suerte ya que fue criticado y degradado por las deficiencias en su trabajo filosófico, especialmente por reproducir el «objetivismo burgués». Véase el documento del PCUS: «Sobre las deficiencias del trabajo científico en el campo de la filosofía» de 1944 y «Sobre la organización de la discusión del libro del camarada Aleksándrov «Historia de la filosofía de Europa occidental» de 1946. Sin olvidar tampoco que Aleksándrov más tarde sería el blanco de la crítica de Zhdánov en su famoso «Sobre la historia de la filosofía» de 1947. Esto es ya otra historia, así que nos centraremos en la cuestión que aquí acontece. A pesar de la ofensiva sobre Pankratova, lo cierto es que su intervención en la conferencia de historiadores de ese año tuvo un gran eco. Esto se reflejó en un documento que llevaba el título «Sobre los estados de ánimo chovinistas de gran potencia entre algunos historiadores», elaborado por tres de los historiadores más importantes −que incluían al propio Aleksándrov−. Allí recogían casi palabra a palabra los argumentos de Pankratova para informar en contra los historiadores de tendencias nacionalistas rusas:

«Una revisión de las transcripciones de los discursos públicos de algunos historiadores y otros materiales muestra que las conferencias y los discursos públicos, así como los manuscritos de artículos de varios historiadores, especialmente Yakovlev y Tarle, muestran el estado de ánimo del chovinismo de gran poder, se intenta reconsiderar la comprensión marxista-leninista de la historia rusa, para justificar y embellecer a los reaccionarios. (…) Tarle está tratando de demostrar que la monarquía de Alejandro I y Nicolás I se llevó a cabo en el período 1814-1859 una política progresista en Europa. (…) Adzhemyan propone abandonar la consideración de los acontecimientos históricos desde la perspectiva de la lucha de clases, considerando este enfoque como una «enfermedad infantil del izquierdismo». Sugiere además revisar la actitud sobre el tema de la lucha revolucionaria de los pueblos de Rusia. Adzhemyan define los levantamientos revolucionarios como reaccionarios, debido a que, en su opinión, estos levantamientos socavaron el poder autocrático en Rusia. Entonces, para los levantamientos reaccionarios, Adzhemyan incluye los levantamientos campesinos de Bolotnikov, Razin, Pugachev, así como el movimiento decembrista. (...) La atención se centró en las críticas de quienes justificaron la política colonial agresiva del zarismo, quienes no estuvieron de acuerdo con la evaluación de la Rusia zarista como el gendarme de la reacción en Europa, negaron la doctrina de la lucha de clases como la fuerza impulsora de la historia y, por lo tanto, se solidificaron con representantes de la «escuela de historia burguesa-monárquica» de Milyukov». (…) Por lo tanto, en los discursos de algunos historiadores, se revive una ideología nacionalista que es hostil a la política leninista-estalinista de fortalecer la amistad de los pueblos, la política reaccionaria de la autocracia zarista se toma bajo protección y se hacen intentos para idealizar el orden burgués». (G. Aleksandrov, P. Pospelov, P. Fedoseev; Carta a los secretarios del Comité Central del PCUS (b): A. A. Andreev, G. M. Malenkov y A. S. Shcherbakov. Sobre los estados de ánimo chovinistas de gran potencia entre algunos historiadores, 1944)

Aquí, como se ve, se condenan sin piedad los intentos de hacer pasar como análisis marxistas propuestas y teorías sacadas del historiador del Partido Kadete, Pavel Milyukov, el cual era el clásico en la literatura del nacionalismo ruso de todos los colores y expresiones políticas. Se concluía, pues, que el punto de vista nacionalista estaba íntimamente relacionado con la restauración del orden burgués en la URSS, por lo que esta visión era inadmisible para un bolchevique:

«Un cierto resurgimiento de la ideología nacionalista entre varios historiadores es aún más peligroso porque está asociado con la idealización del sistema democrático burgués y la esperanza de la evolución del Estado soviético a una república burguesa ordinaria. No es casualidad que el profesor A. Yakovlev, en su manuscrito «Un manual para estudiar las órdenes y discursos del camarada Stalin», escriba sobre Inglaterra: «Gran Bretaña es un país clásico de libertad política». (…) Sazonov describe la cooperación económica de la URSS y los países capitalistas como la inclusión de la URSS en el sistema de los Estados capitalistas. Sazonov propone abolir el monopolio del comercio exterior, abrir ampliamente el acceso al capital extranjero en nuestro país, transferir el 80% de todas las empresas de la industria socialista a sociedades anónimas con la venta de acciones principalmente a capitalistas extranjeros, etc. Las principales proposiciones teóricas desarrolladas en el manuscrito se reducen a probar que las mismas leyes económicas se aplican en la economía soviética como en los países capitalistas». (G. Aleksandrov, P. Pospelov, P. Fedoseev; Carta a los secretarios del Comité Central del PCUS (b): A. A. Andreev, G. M. Malenkov y A. S. Shcherbakov. Sobre los estados de ánimo chovinistas de gran potencia entre algunos historiadores, 1944)

Es de destacar que después del debate no se sacó una conclusión final a nivel oficial:

«Muestra una atmósfera de decepción general después de que el Comité Central del Partido Comunista de Toda la Unión (bolcheviques), después de la reunión, no adoptase ninguna resolución generalmente vinculante. Los historiadores no recibieron ninguna orden específica, lo que asustó: [Yurganov dijo] «Nadie ganó. Este es el resultado de la reunión. Y aunque los partidarios de Pankratova tenían más confianza en la exactitud de sus ideas, nadie sabía las respuestas correctas a las preguntas planteadas por los historiadores». (O. I. Kiyanskaya, D. M. Feldman; A. L. Yurganov. Estado nacional ruso. El mundo de la vida de los historiadores de la era del estalinismo, 2012)

El Secretario del Comité Central, A. S. Shcherbakov rechazó la carta y propuesta de Aleksándrov. Esto demostraba las dudas y vacilaciones de la máxima dirección, que tomó una decisión salomónica de «regañar un poco» a todos los contendientes, aunque parecía que por el momento el nacionalismo ruso no se imponía con absoluta vía libre, y tendría que seguir batallando. De hecho, aun por entonces las tesis del nacionalismo ruso recibieron reprimendas importantes. En varios documentos se puede evidenciar que este no tuvo cuota libre para campar a sus anchas:

«En marzo de 1945, el Departamento de Propaganda y Agitación del Comité Central del Partido Comunista de los bolcheviques de toda la Unión criticó una serie de folletos titulados «Las hazañas de combate de los hijos de Armenia». (…) Se concluyó que la editorial «glorifica indiscriminadamente a los líderes militares y administradores de la Rusia zarista». (Fedor Sinitsyn; Nación y guerra soviéticas. La cuestión nacional en la URSS, 1933-1945, 2018)

Prebendas hacia el nacionalismo ruso y mano dura hacia sus enemigos

Pero a pesar de todo esto, lo interesante −e importante −es observar cómo, pese a lo aquí atestiguado, progresivamente se empezó a perseguir con mayor frecuencia y dureza toda supuesta revisión histórica en clave nacionalista de las repúblicas no rusas, mientras los deslices de los historiadores rusos apenas eran abroncados o incluso eran alabados como modelos de «grandes análisis históricos». En una resolución oficial de agosto de 1944 sobre los historiadores tártaros, ya se instaba a lo siguiente:

«Ofrecer al Comité Regional Tártaro del Partido Comunista de toda la Unión (bolcheviques) para organizar un desarrollo científico de la historia de Tataria, para eliminar graves deficiencias y errores de naturaleza nacionalista cometidos por historiadores y escritores individuales en la cobertura de la historia de Tataria con un embellecimiento de la Horda de Oro o la popularización de la epopeya khan-feudal sobre Idegea. Prestar especial atención al estudio y cobertura de la historia de la lucha conjunta de los rusos, tártaros y otros pueblos de la URSS contra los invasores extranjeros, contra el zarismo y la opresión terrateniente-capitalista, así como sobre la historia de la transformación socialista de Tataria durante el período del poder soviético, así como la popularización de figuras prominentes, científicos y revolucionarios del pueblo tártaro y sus hijos, héroes de la Guerra Patria». (Partido Comunista de la Unión Soviética (bolchevique); Sobre el estado y las medidas para mejorar el trabajo político e ideológico de masas en la organización del partido tártaro, 9 de agosto de 1944)

Y dos meses después en otra muy parecida se afirmaba en un tono similar:

«En el desarrollo de estos trabajos, el Instituto ignoró por completo las principales características de la Horda de Oro, como un Estado agresivo, realizando guerras agresivas y campañas depredadoras en las tierras del pueblo ruso y sus vecinos, como un Estado de la más grave opresión y ruina del pueblo y sus vecinos. La institución ignoró el carácter progresivo de la destrucción de este Estado». (Decreto del Comité Regional del Partido Comunista de Toda la Unión (bolcheviques) «Sobre errores y deficiencias en el trabajo del Instituto de Investigación Tatar de Lengua, Literatura e Historia», 6 de octubre de 1944)

Esto era correcto, pero era un doble rasero mezquino, porque como llevamos viendo en todos los capítulos de nuestra investigación en el caso de los historiadores rusos se les pedía lo contrario, es decir, no criticar a los líderes de la autocracia rusa:

«Hay una actitud desdeñosa hacia el pasado de nuestro país que se manifiesta en los libros sobre la historia de la URSS y el papel de las figuras prominentes del pueblo ruso: Iván IV, Minin y Pozharsky, Suvorov, Kutuzov». (G. Aleksandrov, P. Pospelov, P. Fedoseev; Carta a los secretarios del Comité Central del PCUS (b): A. A. Andreev, G. M. Malenkov y A. S. Shcherbakov. Sobre los estados de ánimo chovinistas de gran potencia entre algunos historiadores, 1944)

¿No era esto la prueba inequívoca de que el argumentario nacionalismo sea este cual sea siempre cae en su propia trampa lógica? ¿No debió el gobierno de la URSS condenar a los nobles y militares que se encargaron de «alimentar» un «Estado criminal» y «depredador con sus vecinos» como el Zarato ruso? ¿La exaltación de Iván IV, Pedro I, ¿el Conde Suvorov o Mijaíl Kutúzov no suponía el «quebrar la actual amistad de los pueblos de la URSS»? Mientras algunas publicaciones históricas prorrusas y las propias disposiciones del gobierno ensalzaban desde 1937 como «héroes rusos» a nobles y militares de los siglos XIV-XIX los mismos que habían invadido y conquistado diversas zonas de las por entonces repúblicas de la URSS; por contra se condenaba esta misma tendencia entre los tártaros, ucranianos o kazajos. ¿Qué casualidad, verdad? «Amigos tártaros, superad vuestro rancio nacionalismo, dejad de idealizar la Horda de Oro, eso es lacra reaccionaria. Camaradas, ¿cómo osáis criticar la grandeza de «Iván el terrible»? ¡Ofendéis al pueblo ruso! ¡Por cierto! ¡Demos la bienvenida de nuevo a las condecoraciones militares de Nevsky, Suvorov y Kutuzov en el Ejército Rojo!

Pese a que desde el oficialismo se lanzaban de vez en cuando dardos contra el nacionalismo ruso, como hemos visto más arriba, la descomposición ideológica general del sistema no se detuvo, sino que se profundizó, cobrando tintes muy trágicos. Dentro de este caos ideológico se asistiría a casos verdaderamente surrealistas e inadmisibles, como apoyar la defenestración y arresto del historiador E. B. Bekmakhanov −Doctor en ciencias históricas− que inicialmente fue alabado por realizar uno de los primeros estudios en 1941 sobre la historia de Kazajistán de los años 20-40 del siglo XIX. Su obra fue nominada al premio Stalin, pero, a su vez, causó recelos entre Alexei Yakovlev y Yevgeny Tarle −quienes, como se ha dicho, en más de una ocasión fueron criticados por intentar restaurar una visión favorable al chovinismo ruso−. Estos pasaron a acusarle en la prensa de ser un vulgar nacionalista kazajo y antirruso. Por su parte, Pankratova salió en defensa del libro del kazajo:

«Pankratova sugirió que Yakovlev leyó sin la debida atención la descripción de la interacción de los dos pueblos: la ayuda de los kazajos a los rebeldes rusos, por ejemplo, Pugachev, y la participación de los campesinos rusos en las revueltas kazajas locales. En conclusión, Pankratova escribió que la revisión de Yakovlev contradice la política oficial, «porque golpea la amistad de los pueblos, priva a los pueblos de la URSS de sus tradiciones militares y de sus héroes e incluso de su derecho a su historia». (L. Bradenberger; Bolchevismo nacional. La cultura de masas estalinista y la formación de la identidad nacional rusa (1931-1956), 2009)

Esto no frenó que varios historiadores empezasen reevaluar su obra con otros ojos, dejando a Bekmakhanov en una mala posición. Entre las nuevas revisiones, algunos como K. Sharipov teorizaron cosas sumamente extrañas para un supuesto marxista, como que la absorción de Kazajistán por Rusia era el «mal menor» que, más allá de todo este caos militar, el pueblo kazajo tendía hacia el pueblo ruso y deseaba tal «amistosa unión» −¡qué preciosos sentimientos humanistas dibujaban en las gentes de los albores del siglo XIX!−:

«En comparación con los kanatos de Asia central bárbaros y atrasados, Rusia se encontraba en una etapa superior de desarrollo. En el acercamiento con Rusia, el pueblo kazajo podría encontrar la manera de progresar. La adhesión de Kazajstán a Rusia fue, por supuesto, progresiva. Aceleró la desintegración de la comunidad nómada y todo el proceso de desarrollo social; contribuyó a la penetración de formas superiores de economía y cultura en la estepa kazaja». (K. Sharipov; B. Bekmakhanov Kazajistán en los años 20-40 del siglo XIX, 1949)

¿Qué mensaje fatalista se le estaba dando a los pueblos del siglo XX con esto de elegir entre «dos males»? ¿No se había aprendido nada de las lecciones de la I Guerra Mundial? ¿Acaso los bolcheviques rusos tendrían que haber escogido entre subyugarse a la Triple Entente o la Triple Alianza? Y en caso de desaparición de la URSS −como pasaría más adelante−, ¿qué se propondría bajo esa lógica? ¿Elegir el imperio estadounidense, francés, neerlandés o británico? Qué tristemente familiares nos suenan esas palabras. El imperialismo jamás es la solución a nada.

Pero centrémonos en el siglo XIX. ¿No pudo en un primer momento la Kazajistán de entonces haberse liberado de la ocupación rusa primero, y luego −gracias a un movimiento revolucionario posterior− convertirse en un vecino aliado de la Rusia revolucionaria −como ocurrió con Mongolia−, deliberando si entrar en la URSS federándose libremente? Eso pudo pasar perfectamente dado que no existe un fatalismo histórico absoluto que de termine que las cosa fueron como fueron y jamás pudieron tomar otro rumbo, pero entre algunos historiadores había más interés en santificar como positiva la incorporación de esta zona al Imperio ruso y maquillar la historia. ¡Estamos seguros de que cuando las tropas zaristas entraron en un territorio de diferente etnia y religión, como Kazajistán, los pobladores notaron la «fraternidad de las bayonetas del pueblo ruso»! Muy por el contrario, al campesino ruso promedio −que no olvidemos, era la mayoría social−, a lo máximo que llegaba era a sentir simpatía por las andanzas del Zar en apoyo de las demagógicas causas eslavófilas, y si eran países ortodoxos, como Serbia, mejor que mejor. Pensar lo contrario es incurrir, de nuevo, en una idealización del pueblo ruso de la época. Esto sería como atreverse a decir que, en aquellos días, el pueblo inglés cegado por el «jingoísmo» −un ultranacionalismo militarista y expansionista− que celebraba las escabechinas perpetradas por las fuerzas de ocupación británicas en Belfast, apoyaba mayoritariamente y sin reservas al pueblo irlandés. ¡Pero para nada fue ese el caso! Durante todo el siglo XX se mantuvo lo que aquí sigue:

«Me pregunta usted que piensan los obreros ingleses de la política colonial. Pues lo mismo que de la política en general; lo mismo que piensan los burgueses. Aquí no hay partido obrero no hay más que el partido conservador y el partido liberal-radical, y los obreros se benefician tranquilamente con ellos del monopolio colonial de Inglaterra y del monopolio de esta en el mercado mundial». (Friedrich Engels; Carta a Karl Kautsky, 12 de septiembre de 1882)

Entiéndase, pues, lo importante que es realizar un trabajo de lucha ideológica contra el nacionalismo patrio, ya que sin combatir al nacionalismo interno toda denuncia externa será formal, hipócrita.

Volviendo al tema: si el propio pueblo ruso no podía disfrutar de las bonanzas de la «etapa superior de desarrollo» en la economía zarista, con su creciente expansión de sus fuerzas productivas, ¿cómo iba hacerlo una colonia de Rusia como la kazaja y más aún sus capas bajas? En un absurdo del todo. Lo curioso es que, a su vez, K. Sharipov consideraba progresista la defensa y lucha del pueblo kazajo contra el zarismo, algo bastante difícil de conjugar con sus palabras previas:

«Por supuesto, la progresividad de la anexión de Kazajstán a Rusia no excluye la progresividad del movimiento de liberación nacional kazajo contra la política colonial del zarismo. No debemos perder de vista las palabras del camarada Stalin sobre la adhesión a Rusia en zonas como Turkestán, el territorio de Kirghiz, la región del Volga Medio, etc. La «asociación en la historia» de estos territorios «es una larga historia de violencia y opresión de las antiguas autoridades rusas». (K. Sharipov; B. Bekmakhanov Kazajistán en los años 20-40 del siglo XIX, 1949)

¡El embrollo en que se metían ellos solos era increíble! Finalmente, consideraba el trabajo de investigación de Bekmakhanov como insuficiente. ¿La razón? Presuntamente, sobredimensionar a los héroes y movimientos kazajos, los cuales tendrían contradicciones y no siempre actuarían en favor de su gente, sino del pragmatismo e incluso en favor de las fuerzas más oscurantistas −lo cual no es descartable en cualquier figura de esta época− como la figura de Kasymov o el levantamiento de Andiján de 1898:

«E. Bekmakhanov «Kazajstán en los años 20-40 del siglo XIX» es uno de los primeros intentos de iluminar los complejos problemas de la historia de Kazajstán en la primera mitad del siglo XIX. Sin embargo, este intento no tuvo éxito. El autor aún necesita trabajar a fondo en el estudio del movimiento de liberación nacional de 1837-1846. en Kazajstán, para revisar muchas de sus conclusiones y corregir los errores cometidos en la cobertura de este importante período de la historia del pueblo kazajo». (K. Sharipov; B. Bekmakhanov Kazajistán en los años 20-40 del siglo XIX, 1949)

En septiembre de 1952, Bekmakhanov fue arrestado y, en diciembre del mismo año, condenado a 25 años de prisión en Siberia −lo que demuestra, una vez más, que los servicios de seguridad, bien fuesen liderados por Yagoda, Yezhov o Beria, fueron un despropósito constante−. Tomando la premisa de que los errores del historiador kazajo eran tan grandes, ¿era necesario castigar de forma tan severa lo que en palabras de sus propios detractores era el primer intento serio de evaluar la historia kazaja del siglo XIX? Posteriormente, según los recuerdos de su viuda −Halima Adambekovna−, a iniciativa de Anna Pankratova, Bekmakhanov escribió a Stalin solicitando su mediación directa en 1953, y él prometió un estudio del caso. Bekmakhanov pudo regresar a Moscú poco antes de fallecer Stalin y, finalmente, fue absuelto totalmente entre el 16 y el 18 de febrero de 1954.

El fascismo ruso se enamora del giro soviético y su reinterpretación del zarismo

En este apartado, daremos unas pequeñas notas sobre cómo afectó este cambio de rumbo soviético en los exiliados. Volvemos a la misma comparativa anterior con el fascismo: nótese lo peligroso de estas ideas que subyacían en los dirigentes soviéticos, puesto que esta rusofilia y paneslavismo era parecido en algunos puntos al de Iván Ilyín, exiliado aristócrata y zarista, el creador de la versión rusa del fascismo. Él también defendió una eslavofilia de dudosas pretensiones «pacíficas». Opinaba que Occidente nunca había entendido al ruso, siempre guiado por el corazón y la imaginación, −de hecho, Ilyí proclamaba el irracionalismo como base del alma rusa−, por lo que pedía la reclusión en sí misma. Y, pidiendo que se respetase la esencia de la «espiritualidad» rusa −por supuesto, según él, basada en el cristianismo ortodoxo−, arengaba a que Rusia recuperase su lugar en el mundo, que cumpliese su «vocación universal» otorgada por Dios (sic):

«Rusia no es una aglomeración de tierras y tribus, sino un organismo vivo, con su evolución histórica. Este organismo representa en si una espiritualidad, lingüística y cultural del pueblo ruso y otros pueblos hermanos suyos, enlazados a lo largo de la historia por la comprensión mutua espiritual, representa un auténtico baluarte de la paz y el equilibrio europeo-asiático y, por ende universal». (Iván Ilyín; ¿Qué promete al mundo el desmembramiento de Rusia?, 1950)

Esto ya nos indica porqué el relajar la propaganda antirreligiosa en la URSS fue una completa equivocación, dado que el fascismo ruso contaba con la simpatía de no solo de las viejas clases explotadoras y todo tipo de elementos desclasados, sino con el bolsillo de las potencias imperialistas para financiar estas ideas, por ende, la población entraría en contacto tarde o temprano con tales ideas. Ilyín declaraba sin complejos al mundo que Rusia, para dominar sus aspiraciones territoriales, debía hacer a un lado toda democracia:

«La próxima Rusia tiene que encontrar para sí mismo de forma especial, original y pública esta combinación de la institución y la corporación, que sería el modelo ruso, el nacional de los registros históricos, desde el imperio de la ley ante el dominio territorial de la Rusia revolucionaria. Frente a semejante tarea creativa, los llamamientos de los partidos extranjeros a la democracia formal se quedan ingenuos, frívolos e irresponsables». (Iván Ilyín; Sobre el fascismo, 1948)

Curiosamente Vladimir Putin y los oligarcas rusos citan hoy con asiduidad a este pájaro. ¿Por qué será?

También contamos con el caso de Konstantín Rodzayevski, el líder del fascismo ruso en el exilio en el Lejano Oriente. Después de trabajar incansablemente para derrocar al gobierno soviético y participar en actos de sabotaje, al final de la Segunda Guerra Mundial, sin su protector, Japón, escribió un artículo donde buscaba acercarse al Kremlin:

«En Shanghái, escribió un artículo «La semana que reformó el alma», en el que describió su ruptura emocional, reconoció la continuidad del período soviético desde el zar: la URSS magnificó los méritos de Mikhail Kutuzov y Alexander Suvorov, devolvió la uniforme militar usado por el ejército zarista; comparó a Stalin como un recolector de las tierras de Moscú y un recreador de la grandeza de Rusia con Ivan Kalita». (Time Note; Konstantin Rodzaevsky, 2021)

Finalmente, tras unas negociaciones en las que supuestamente se le garantizaba su inmunidad, decidió entregarse a las autoridades soviéticas. Consigo también se asegura que traía una supuesta carta que expresaba lo siguiente:

«Lancé un Llamamiento al Líder Desconocido, en el que llamé a elementos fuertes dentro de la URSS para salvar al estado y preservar millones de vidas rusas condenadas a muerte en la guerra, para nominar a algún Comandante X, un «Líder Desconocido» capaz de derrocar el «gobierno judío» y crear una Nueva Rusia. No advertí entonces que por voluntad del destino, su genio y millones de masas trabajadoras, el líder de los pueblos, el camarada Stalin, se convirtió en un líder tan desconocido». (Konstantín Rodzayevski; Carta a Stalin, 1945)

Nueve meses después el jefe fascista fue fusilado por el NKVD el 30 de agosto de 1946. Es posible que esta emisiva solo fuese una estratagema desesperada para salvar el pellejo en mitad de un mundo fascista que se desmoronaba, ¿pero por qué no escapar a Argentina o cualquier país de Latinoamérica? ¿Por qué entregarse al enemigo con ofrendas? Muy posiblemente para el propio Rodzayevski solo le quedaba creer en que la nueva línea política soviética era suficientemente compatible con su búsqueda de «gloria y honor» de la Gran Rusia, pero también es cierto que los últimos movimientos del gobierno soviético y los discursos de Stalin le daban argumentos para pensar de ese modo.

Desunión en la cúpula política y repercusiones internacionales

Desde la perspectiva gubernamental, la irrupción de este «neonacionalismo ruso» y hasta qué punto ceder ante él, era algo estaba dividendo al propio liderazgo en cuestiones de peso, un tema que estaba interrumpiendo la toma de decisiones sobre asuntos de total transcendencia. De lo que no cabe duda es que al realizar tales concesiones en un Estado multinacional el gobierno soviético acabó abriendo la caja de pandora. Esta cruenta lucha entre tendencias chovinistas, nihilistas e internacionalistas, no sólo se corroboró en las disputas del campo histórico o artístico, sino que también quedó reflejada en los actos políticos de la cúpula.

A mediados de 1947 se formó una comisión encargada de la redacción de unos nuevos estatutos para el XIXº Congreso del Partido Bolchevique que para aquel entonces debía tomar lugar ¡y que finalmente se demoró hasta 1952!, pero Stalin no estuvo de acuerdo con su principal mano derecha en aquel entonces, Zhdánov, siendo una de las múltiples razones para que no se celebrase el esperado evento. En esta ocasión nos vemos obligados a citar extensamente las razones:

«Por decisión del Politburó del 15 de julio de 1947 en relación con la convocación prevista del congreso del partido, una comisión encabezada por A. Zhdánov para preparar un nuevo programa del PCUS (b). Los cambios globales en el país y el mundo después de la Segunda Guerra Mundial se reflejarían en el documento principal del partido gobernante en la URSS. Zhdánov introduce las siguientes palabras en el borrador del nuevo programa del partido: «El gran pueblo ruso jugó y juega un papel particularmente prominente en la familia de los pueblos soviéticos... [que] ocupa legítimamente una posición de liderazgo en la comunidad de naciones soviética... la clase obrera y el campesinado ruso bajo la dirección del Partido Comunista de toda la Unión (bolcheviques) dio a todos los pueblos del mundo ejemplos de lucha por la liberación del hombre de la explotación, de la victoria del sistema socialista, por la completa emancipación de las nacionalidades previamente oprimidas». De hecho, tal formulación no solo formalizó la importancia principal y central de la nación rusa en la URSS, sino que también proclamó un papel casi mesiánico para ella en el mundo. Stalin dejó una nota en este borrador: «Eso no». (...) En el borrador del programa del partido preparado por Zhdánov, también se enfatizó el papel especial de la cultura rusa entre las culturas de los pueblos de la URSS. En la formulación de Zhdánov sonaba así: «El PCUS (b) fomentará de todas las formas posibles el estudio de la cultura rusa y el idioma ruso por parte de todos los pueblos de la URSS». Esta disposición también fue rechazada por Stalin y no se incluyó en la versión final del proyecto. Uno solo puede adivinar qué disputas estaban sucediendo entre el líder de la URSS y Zhdánov sobre un tema tan complejo. El equilibrio y las relaciones entre las naciones de la Unión Soviética eran un asunto tan delicado, y aún más complicado por la presión externa y las tareas internacionales del país, que no está claro de inmediato quién tiene la razón en esta gran disputa y oculta a todos entre dos personas de ideas afines, camaradas, asociados y amigos justos: Stalin o Zhdánov. La pronunciada rusofilia de Zhdánov y sus nominados no fue de ninguna manera accidental: toda la parte superior del equipo de Zhdánov estaba compuesta por grandes rusos étnicos que crecieron, estudiaron, trabajaron y lucharon en Rusia, todos sus intereses personales y comerciales estaban asociados con Rusia, la RSFSR. Esto, por supuesto, no podía dejar de influir incluso en los marxistas comunistas más convencidos, como Zhdánov y su gente de «Nizhny Novgorod» con los «Leningraders». (Volynets Alexey Nikolaevich; Zhdanov, 2013)

Algunos autores insisten en que, en el caso de Zhdánov, existía una clara diferencia respecto al nacionalismo burgués clásico, puesto que en ningún momento se perdió la noción de clase, de hecho, Zhdánov insistía en saber ver las diferencias en la historia rusa entre la era prerrevolucionaria y la postrevolucionaria:

«Al mismo tiempo, uno no debería pensar que las innovaciones ideológicas de Zhdánov en la «cuestión rusa» fueron un regreso al nacionalismo banal. (…) Al proclamar el papel de vanguardia de la nación rusa en la URSS o el valor de las tradiciones nacionales rusas en la construcción de un futuro comunista, no negó la existencia de profundos problemas nacionales en la historia de Rusia. Pero Zhdánov propuso dividir la historia del Imperio ruso en la historia de la política de las clases explotadoras y la historia general del pueblo ruso, que, por el contrario, fue el liberador de todos los demás pueblos del imperio de la opresión colonial y social, derrocando a la élite feudal-burguesa de la sociedad». (Volynets Alexey Nikolaevich; Zhdánov, 2013)

Otra fuente argumenta algo muy similar, señalando que Zhdánov, pese a que manifestó tendencias muy rusófilas, curiosamente paró los pies a sus partidarios en más de una ocasión:

«Durante los meses siguientes, Zhdánov escribió y reescribió varias disposiciones, consultando constantemente con Stalin, estudiando la transcripción de la reunión y las recomendaciones escritas de Aleksandrov y Pankratova. Manteniendo la formulación del problema en consideración en la misma forma exagerada en la que fue formulado por Agitprop: la rivalidad de dos herejías no marxistas: la escuela «burguesa-monárquica» de Milyukov Efimov, Yakovlev, Tarle y la escuela «sociológica» de Pokrovsky Pankratov y colegas, Zhdanov resultó ser más crítico con el primero. En particular, se opuso a la unificación del pasado ruso y el presente soviético, al borrado de las diferencias entre ellos. (…) Sin embargo, el trabajo en el documento se estancó después de varias revisiones, y una declaración oficial que fijaba la ideología del partido nunca vio la luz. (…) En los años siguientes dio lugar a interminables discusiones». (L. Bradenberger; Bolchevismo nacional. La cultura de masas estalinista y la formación de la identidad nacional rusa (1931-1956), 2009)

A decir verdad, esta línea inestable en el campo histórico era similar a la que hubo en el campo político durante los debates dados en los años 1944-52 respecto al carácter y fisonomía que debían adoptar los nuevos regímenes de las llamadas «democracias populares». Aquí Stalin, Mólotov, Zhdánov y Cía. también tuvieron gran responsabilidad tanto en el origen de las desviaciones como en las correcciones de aquellas; pues observamos que todos los dirigentes soviéticos dieron bandazos sin ton ni son, pasando del campo de los «ortodoxos» a los «heterodoxos», contradiciendo sus propios escritos y directrices anteriores Esto significó que, lejos de lo que creían sus enemigos o de lo que mantienen hoy sus admiradores, no había la tan cacareada «unidad monolítica» del movimiento internacional marxista-leninista. Véase la obra de la Yale Univerity Press: «Diary of Dimitrov 1933-1949» de 2008. 

Los soviéticos solo empezaron a cambiar de opinión, alarmados por los peligrosos resultados de esta infinidad de sandeces, los cuales colocaban a estos países fuera de la órbita de influencia soviética, como ocurriría con la Yugoslavia de Tito, que desertó al bando imperialista, pero ya incluso antes había serias dudas sobre a dónde estaba llevando este «novedoso» camino. Esto se nota leyendo el informe de S. L. Baranov: «Sobre las relaciones internacionales del PCUS (b)» del 2 de septiembre de 1947. Este tipo de informes pondrían de sobre aviso en torno a las manifestaciones nacionalistas de las direcciones comunistas, entre otros muchos defectos. Por citar un breve ejemplo, en el caso checoslovaco se verá una política de apoyo comunista hacia la confiscación de las propiedades y expulsión de todos los alemanes del país, haciendo piña con lo que pedían los partidos burgueses patrios. Volvemos a recalcar que, como demuestra la documentación de posguerra, estas «equivocaciones de los camaradas checoslovacos y otros» no hubieran sido posible sin la aprobación soviética entre 1945-47. Véase el «Registro de la conversación de Iossif Vissariónovich Dzhugashvili Stalin, conversación con el Primer Ministro de Checoslovaquia Z. Fierlinger y el Viceministro de Relaciones Exteriores V. Clementis» del 28 de junio de 1945.

En varias entrevistas con otros partidos comunistas la dirección soviética abaló teorías verdaderamente vergonzantes. Sin ir más lejos, afirmaban que los nuevos regímenes de la posguerra «no necesitaban de la dictadura del proletariado», puesto que «la revolución se desarrollaba aquí de forma relativamente pacífica», no serían «ni capitalistas ni socialistas» pues mantendrían un «razonable equilibrio entre distintas formas de propiedad», mientras que los soviets como órganos de poder estaban en el limbo jurídico y el gobierno operaría a través de las rudimentarias y burocráticas fórmulas parlamentarias. Esto, para quien esté familiarizado con la documentación de época, no es sorprendente, sino que verá en esta tendencia una profundización de la línea política de los años 30 bajo la estrategia general de los «frente populares»Véase el capítulo: «El frente popular chileno (1936-41)» de 2021.

Incluso si se rastrea todo esto con lupa, se podrán encontrar que esto no eran sino los ecos de corrientes premarxistas como el proudhonismo, bakuninismo, fabianismo, cartismo, etc., que tuvieron una importante impronta en los partidos socialdemócratas de la II Internacional y sus escisiones. En cualquier caso, en las llamadas «nuevas democracias» o «democracias populares» se popularizaron −al menos durante 1944-47− teorías que justificaban todo esto por ser «vías nacionales específicas» en la Europa del Este o «por el nuevo contexto internacional». Dichas nociones «espeficistas» siempre han sido un tópico al que los revisionistas han recurrido frecuentemente, ya sean estos browderistas, eurocomunistas, juches, etc. Del 48 en adelante, Checoslovaquia, Polonia, Hungría y demás abandonarían este ideario, siendo condenadas como «desviaciones nacionalistas y derechistas», aunque bien es verdad que a partir de 1953 se recuperarían todo lo que durante 1948-52 se consideró «herético».

Lo mismo podemos decir al respecto de las evidentes desviaciones asiáticas en los partidos comunistas, como el maoísmo en China, donde la Internacional Comunista (IC) miraría siempre con sospecha a una corriente cuya principal proclama era una síntesis entre el nacionalismo chino y las religiones locales, mezclado y agitado, eso sí, con una fraseología muy «radical» que en China era lo más parecido al marxismo que jamás habían tenido. El problema aquí es que el maoísmo nunca abandonaría sus defectos, convirtiendo sus desviaciones bajo el pretexto de la «especificidad nacional» en dogmas de su ideario revisionista oficial. Esto no quita que, al mismo tiempo, como se constató con la cuestión del Tibet o el Xinjiang, desde Moscú se realizasen concesiones y se cambiase de opinión respecto a recomendaciones anteriores, todo, en aras de atraerse y asegurarse la fidelidad de Mao y los suyos, que, con razón, como demuestra la documentación hoy disponible, estaban coqueteando con el imperialismo estadounidense. Aquí no hay que olvidar, claro está, que los soviéticos al haber abandonado los puntos fundamentales de su antigua política nacional –o estar en proceso–, estaban directa o indirectamente estimulando que tales manifestaciones de localismo nacionalista se normalizasen entre las secciones de la IC, pues ellos mismos estaban brindando un ejemplo incorrecto dentro de la URSS. Véase el capítulo: «¿Puede ser «el apoyo de los pueblos» un país que viola el derecho de autodeterminación en su casa?» de 2020.

¿Nuevos intentos de frenar la hegemonía del nacionalismo ruso?

A mediados de los años 40 e inicios de los 50, tras contemplar los resultados de este periodo de «excesivo fervor patriótico», algunos de los dirigentes soviéticos −y también los historiadores− reconocieron que se había dado demasiada «manga ancha» a la revisión histórica, que el chovinismo de los rusos había aflorado hasta el punto de querer ver en las campañas del zarismo del siglo XIX unas supuestas «guerras defensivas», justificando así la política colonial de esclavización de otros pueblos. Continuamente se criticarían y condenarían los intentos de evaluar la historia del pasado sin un prisma progresista, aunque curiosamente uno acusaba al de al lado de lo que uno mismo cometía, por lo que no se avanzó significativamente, no hubo una vuelta a los preceptos de los años 30. En todo caso, cabe rescatar alguna de estas críticas por su alto valor.

Ya en el año 1939 detectamos que autores como, por ejemplo, E. M. Yaroslavsky, un historiador opositor a la Escuela de Pokrovsky por ende, no dudoso de ser «apátrida» criticó este tipo de evaluaciones destinadas a rehabilitar y engrandecer a este tipo de personajes de las clases explotadoras:

«E. M. Yaroslavsky argumentó que «tomando tal posición, uno puede llegar a justificar todos y todos los tipos de violencia del zarismo. (…) Que no tiene nada en común con el patriotismo soviético, que se alimenta de la heroica lucha de los pueblos de la URSS y sus mejores representantes tanto con los invasores extranjeros como con la autocracia zarista». Por lo tanto, hizo un llamado a «luchar resueltamente contra glorificar a las personas como héroes, que dedicaron sus mentes, talentos y energía a la opresión de los pueblos que habitan Rusia». Como ejemplo de tales figuras históricas, Yaroslavsky señaló al general M. D. Skobelev el héroe de la guerra ruso-turca de 1877-1878 y el conquistador de Asia Central». (Fedor Sinitsyn; Nación y guerra soviéticas. La cuestión nacional en la URSS, 1933-1945, 2018)

Rizando el rizo de las incongruencias, el Buró Político del Partido Bolchevique emitió en 1946 una resolución en el Comité de Arte por «idealizar la vida de los reyes, khanes y nobleza»:

«Una deficiencia importante en las actividades del Comité de las Artes El Comité de las Artes y los Teatros Dramáticos tiene una gran desventaja. en la puesta en escena de obras de teatro sobre temas históricos.  En una serie de obras que no tienen importancia histórica y educativa, se representan ahora en los teatros. la vida de los reyes, kanes y nobles se idealiza». (Resolución del Buró Organizador del Comité Central del Partido Comunista de la Unión de Bolcheviques: Sobre el repertorio de los teatros de teatro y medidas para mejorarlo, el 26 de agosto de 1946)

¿Pero acaso no era esto lo que se llevaba promoviendo oficialmente al menos desde 1937 desde las instituciones soviéticas? Dos años después, en 1948, podemos encontrar un interesante artículo sin firmar, solo como línea editorial− en la principal revista histórica soviética. En esta ocasión se lanzaba una devastadora condena pública contra las interpretaciones chovinistas de los últimos años. Se señalaba que incluso autores como el propio Yaroslavsky, críticos con el nacionalismo ruso, también se habían dejado llevar por esta línea:

«Kach advirtió a la revista de historiadores «Historia Marxista» Nº4 de 1939, que, en un artículo de su editor, el camarada Yaroslavsky «Tareas incumplidas en el frente histórico», él había escrito: «Cabe señalar que, en lucha contra las distorsiones antimarxistas de la escuela histórica de Pokrovsky, algunos historiadores cometen errores nuevos y no menos serios». El artículo señalaba que estos errores consistían en: 1) una interpretación incorrecta de la cuestión del llamado «mal menor», en los intentos de extender este punto de vista a todas las conquistas del zarismo ruso; 2) en la comprensión errónea de las guerras justas e injustas, en intentos de convertir todas las guerras de la Rusia zarista en guerras defensivas; 3) en la comprensión errónea del patriotismo soviético, al ignorar su contenido socialista de clase, en deslizarse al falso patriotismo. Es característico que algunos de estos errores encuentren su lugar en la colección «Contra el concepto histórico de Pokrovsky». No es difícil rastrear su huella en él. Los errores de Yaroslavsky se basaron en el deseo de embellecer la historia, ignorando el contenido de clase del proceso histórico tanto en su conjunto como en cada acontecimiento por separado». (Cuestiones de la Historia; Nº12, diciembre de 1948) 

Esta publicación, no obstante, también consideraba que:

No menos peligrosos y dañinos son los errores que surgen nuevamente del enfoque no marxista de la historia, yendo en la línea de denigrar el pasado del pueblo gran ruso, subestimando su papel en la historia del mundo. (…) El nihilismo en la evaluación de los mayores logros de la cultura rusa y de otros pueblos de la URSS es el reverso de la adoración de la cultura burguesa de Occidente». (Cuestiones de la Historia; Nº12, diciembre de 1948)

En todo caso, respecto a la primera desviación, se señalaba:

Durante la Gran Guerra Patriótica [1941-1945], debido a una serie de circunstancias, la influencia de la ideología burguesa se intensifico en ciertos sectores de la ciencia histórica, especialmente en el campo del estudio de la política exterior, las guerras y el arte militar. El camarada Tarle repitió la posición errónea sobre la naturaleza defensiva y justa de la Guerra de Crimea [1853-1856]. Intentó justificar las guerras de Catalina II con la idea de que supuestamente Rusia luchaba por sus fronteras naturales y, que como resultado de las adquisiciones territoriales de ella, el pueblo soviético en la guerra contra el hitlerismo tuvo unas cabezas de puente salvadoras y necesarias para la defensa. Se intento reconsiderar la naturaleza de la campaña de 1813, presentándola como similar a la campaña de liberación del Ejército Rojo en Europa [durante 1943-1945]. Hubo demandas para reconsiderar el papel de la Rusia zarista como gendarme de la reacción y prisión de pueblos durante la primera mitad del siglo XIX. Si por un lado, algunos historiadores mostraron una tendencia perjudicial al negar cualquier influencia beneficiosa sobre los pueblos de nuestro país en cuanto a la economía y cultura rusa, por otro lado, se hizo un intento igualmente perjudicial para intentar eliminar la cuestión misma de la naturaleza colonial de la política del zarismo en las regiones nacionales. Se alzó el escudo contra los supuestos héroes del pueblo ruso, los generales. (…) Presentaron como supuestos héroes del pueblo ruso, a los generales Skobelev, Dragomirov, Brusilov, y en Armenia incluso lograron convertir a Loris-Melikov en héroe nacional. Algunos estuvieron de acuerdo en exigir abiertamente en que el análisis de clase de los hechos históricos fuera sustituido una evaluación de su progreso en general, en términos de intereses nacionales y estatales. Fue necesaria la intervención directa del Comité Central de nuestro partido». (Cuestiones de la Historia; Nº12, diciembre de 1948)

Para quien lo desconozca, el general Skobelev fue el encargado de la conquista de Asia central de 1881, haciéndose reconocido por su brutalidad contra los turcomanos. Dragomirov fue otro general participante de la Guerra Ruso-turca de 1877-1878, la cual fue una guerra entre potencias teocráticas por las áreas de influencias en los Balcanes. Brusilov fue un general participante en la Primera Guerra Mundial de 1914. Loris-Melikov fue un general de ascendencia armenia que llegó incluso a ser ministro del Interior en el reinado de Alejandro II. 

¡Esto indicaba que durante más de una década la historiografía soviética no había logrado cerrar los debates sobre cuestiones tan simples como importantes para su porvenir!  Es más, al parecer, gran parte de las publicaciones de aquel entonces habían caído en un profundo letargo con un caos metodológico y una gran pérdida de enfoque, donde cada departamento y república se miraba su ombligo. También se criticó que la idea de que «el pasado fue como tuvo que ser» no era sino un fatalismo cercano al positivismo, con su «progresión inexorable» de las cosas. Esto, por lo general, también iba acompañado de un desenfoque del desarrollo histórico en torno a las expresiones de clase y sus contradicciones:

«Los errores y perversiones que se cometen en las obras del Instituto de Historia son de naturaleza muy diversa, pero todos son producto de la influencia de la ideología burguesa por parte de los historiadores soviéticos. (...) Se han deslizado en una serie de cuestiones al objetivismo burgués. (...) Exponiendo la esencia burguesa-objetivista de las opiniones de Struve, quien entonces vestía ropas marxistas, Lenin escribió: «El rasgo principal de los razonamientos del autor, señalado ya desde el comienzo, es su estrecho objetivismo, que se limita a demostrar la inevitabilidad y la necesidad del proceso, y no hace ningún esfuerzo por descubrir en cada fase concreta de este proceso la forma de contradicción de clases que le es inherente. (…) El materialista no se limitaría a hacer constar que hay «tendencias históricas insuperables», sino que señalaría la existencia de ciertas clases que determinan el contenido del régimen dado y excluyen cualquier posibilidad de salida que no sea a través de la acción de los productores mismos. Por otra parte, el materialismo presupone el partidismo, por decirlo así, e impone siempre el deber de defender franca y abiertamente el punto de vista de un grupo social concreto siempre que se enjuicie un acontecimiento». (Cuestiones de la Historia; Nº12, diciembre de 1948)

Aquí se añadía que la falta de crítica y autocrítica de los historiadores estaba suponiendo el arruinar el funcionamiento del trabajo profesional, porque se daban casos de que ante escritos totalmente escandalosos nadie se atrevía a intervenir poniendo sobre la mesa las deficiencias. Esto significaba que muchos de estos artículos y libros pasasen desapercibidos, o mejor dicho, se normalizasen:

«Las graves deficiencias reveladas en el trabajo del instituto, sin duda, podrían haberse descubierto y eliminado de manera oportuna si la crítica y la autocrítica bolcheviques se hubieran desplegado en el instituto. En el instituto, existe un temor generalizado de ofender a cualquiera, se ha arraigado una tradición podrida: no criticar a los que tienen un rango científico superior. La crítica y la autocrítica no eran en el instituto el principal método para formar al personal y elevar todo el nivel de trabajo. Por tanto, no es casual que la mayoría de los errores en el trabajo del instituto no fueran revelados en el instituto mismo, sino por nuestra prensa». (Cuestiones de la Historia; Nº12, diciembre de 1948)

En efecto, existían comunistas con ideas correctas, y muchos de ellos blandieron su espada contra el auge del nacionalismo ruso o paneslavo. Al respecto de esto, recomendamos en especial el artículo de V. E. Illeritsky: «Opiniones históricas de Alexander Ivanovich Herzen» (1952), publicado en la revista Cuestiones de la Historia. En él, se recordaba a los historiadores soviéticos que este revolucionario ruso del siglo XIX consideraba un oprobio para los rusos que el gobierno zarista aplastase y subyugase a otros pueblos no rusos como el polaco. Demostraba que el supremacismo nacional y el racismo étnico eran nociones incompatibles para un revolucionario que obrase en pro del progreso:

«En los años 50-60 del siglo XIX. Herzen, enojado, se alzó en armas contra las «teorías» racistas de los alemanes y otros chovinistas. «No hay nación que haya pasado a la historia, que pueda considerarse una manada de animales», señaló en 1851, «así como no hay nación que merezca ser llamada asamblea de los elegidos». Revelando sus propias opiniones sobre la cuestión nacional, Herzen escribió: «Estamos por encima de la sensibilidad zoológica y somos muy indiferentes a la cuestión de la pureza racial, lo que no nos impide ser plenamente eslavos». El gran demócrata ruso siempre se ha opuesto resueltamente a la persecución de los eslavos como raza «inferior». «Nunca hemos sido nacionalistas ni panslavistas», dijo, «pero la injusticia hacia los eslavos siempre nos ha parecido atroz». Al mismo tiempo, Herzen criticó las distorsiones cosmopolitas en el campo de la historia, enfatizó la necesidad del desarrollo integral de una cultura nacional independiente de cada pueblo. Herzen era partidario de la amistad entre los pueblos. Hizo un llamado a los pueblos a la ayuda mutua fraternal en la lucha contra la opresión social y nacional. Una viva expresión de estas convicciones de Herzen fue su llamamiento al pueblo ruso para que apoyara la lucha del pueblo polaco contra el zarismo en 1863. Al prestar sincera asistencia a la causa de la liberación nacional polaca, Herzen, en palabras de V. I. Lenin, «salvó el honor de la democracia rusa». (V. E. Illeritsky; Opiniones históricas de Alexander Ivanovich Herzen, 1952)

Aquí se anotaba cómo Herzen obtuvo cada vez un mayor acercamiento al materialismo histórico, siendo este un verdadero orgullo para los rusos. ¿Qué se pretendía recuperando a un internacionalista como este? Que todo el mundo se dedicase al estudio de su figura con el fin de extraer las notables moralejas que guardaba su biografía:

«Adquirió una comprensión más profunda del papel de las masas en la historia, realizando un estudio crítico de la historiografía noble-burguesa, que se distinguía por exageraciones extremas del papel del individuo en la historia, llevando a Herzen a una solución más correcta de este problema. Pensaba que «la personalidad es una fuerza viva, un fermento poderoso, cuyo efecto no siempre se destruye ni siquiera con la muerte», pero al mismo tiempo enfatizaba cada vez más definitivamente la dependencia de las actividades de los grandes personajes de las condiciones históricas. «La personalidad», escribió Herzen, «es creada por el entorno y los eventos». Precisamente señaló que «los genios casi siempre se encuentran cuando se los necesita». (V. E. Illeritsky; Opiniones históricas de Alexander Ivanovich Herzen, 1952)

Por desgracia esta tendencia internacionalista no prosperó, dado que ya en 1949 las campañas contra el cosmopolitismo ocuparon el tema y enfoque central, y si bien en algunos casos se esgrimían objetivos y argumentos totalmente justos, también sirvió de trampolín para todos los chovinistas rusos, los cuales puede afirmarse que se impusieron definitivamente». (Equipo de Bitácora (M-L); Análisis crítico sobre la experiencia soviética, 2021)

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