miércoles, 16 de septiembre de 2020

Notas aclaratorias sobre la homosexualidad en la Antigua Grecia; Equipo de Bitácora (M-L), 2020

«Uno de los errores más frecuentes a la hora de analizar la Antigua Grecia es partir de la cosmovisión actual sobre la homosexualidad, o peor, del concepto cristiano de familia y las relaciones sexuales. Conceptos actuales como el amor, sexualidad, amistad, familia, masculinidad, feminidad y muchos otros, tenían connotaciones muy diferentes, casi inimaginables para alguien no versado en el pensamiento griego de las épocas arcaica, clásica y helenística.

Autores como Michel Foucault, Jacques Lacan o Kenneth James Dover han querido ver los acontecimientos de hace más de 2.000 años bajo una perspectiva moderna y, dentro de ésta, buscar paralelismos personales, eludiendo las fuentes directas, los expertos en la cuestión, etc. Todo ello en un intento de reformular la sociedad griega casi como una especie de paraíso-modelo para el colectivo LGTB actual, cosa imposible, como veremos más adelante, ya que hablamos de una sociedad altamente estratificada, con rasgos cada vez más patriarcales conforme evolucionaba, como ya demostró Friedrich Engels en su obra: «El origen de la propiedad privada y el Estado» de 1884. 

Este mito se podría refutar simplemente con observar que, como en algunas de las sociedades actuales recientes y también presentes, la homosexualidad o el travestismo era –en ocasiones– cuestión de burla y escarnio en la sociedad greco-romana –como quedaba reflejado tanto en «grafitis» como en el lenguaje popular–, aunque con ciertos matices de importancia, ya que, en las relaciones sexuales, todo estaba en conexión con los conceptos del ser activo y el ser pasivo, así como el estatus del amante y el amado, para certificar hasta qué punto era lícita esa relación. 

«La actividad homosexual masculina se consideraba, hasta cierto punto, normal, pero solo si se mantenía dentro de ciertos parámetros sociales claramente definidos. Las relaciones entre iguales en edad estaban mal vistas. En la Atenas clásica, las relaciones homosexuales tenían idealmente algunas características de un rito de iniciación, entre un niño joven y sin barba y un mentor mayor. Sin embargo, incluso esas relaciones estaban rodeadas de etiqueta con respecto al proceso de cortejo y al dar y recibir obsequios y otras señales, mientras que en la ley clásica ateniense se expresaba una ansiedad profundamente arraigada sobre la pederastia. Aristóteles sostiene que cualquier disfrute de lo que él veía como el papel subordinado y derrotado del socio pasivo en una relación homoerótica era antinatural; en pinturas de vasijas atenienses, la pareja pasiva nunca se muestra con una erección. La figura ateniense de los kinaidos, el hombre que realmente disfruta del papel pasivo, se presenta como una figura asustadiza, tanto social como sexualmente desviada». (R. Porter y M. Teich; Conocimiento sexual, ciencia sexual: la historia de las actitudes hacia la sexualidad, 1994)

Como se ha comentado, en el lenguaje se reflejaba:

«El papel pasivo en la penetración anal-genital se consideró humillante y desagradable. Estos fueron llamados euryproktoi; literalmente «ano ancho». (Daniel H Garrison; Sexo y cultura en la Antigua Grecia, 2000)

El lector podrá encontrar fácil en internet un cúmulo de palabras en antiguo griego sobre las designaciones y referencias peyorativas.

Esto, a su vez, desmonta el mito de que la homosexualidad es un fenómeno moderno, pues es algo que se había producido ya en otras culturas como la civilización egipcia, babilónica, etc., mientras que, en otras, como la asiria, estaba severamente penada. La homosexualidad será algo que también podrá ser visto en la cultura china, inca, vikinga, etc.

Estas figuras, la mayoría padres del posmodernismo, tuvieron un precedente en el griego homosexual Esquines, quien al ser acusado de prostitución –cosa realmente penada por los griegos–, defendió sus relaciones como consentidas y explicó sus vivencias. En un pasaje de su defensa aludía a que Homero habría «ocultado» la homosexualidad entre Aquiles y Patroclo en la Ilíada:

«Aunque Homero alude numerosas veces a Patroclo y a Aquiles, pasa silenciosamente sobre su deseo (ἔρως) y evita señalar su amor (φιλία), al considerar que la intensidad de su afecto (εὔνοια) estaba clara para los lectores cultivados. Aquiles declara en algún lugar (...) que, involuntariamente, ha infringido la promesa hecha a Menecio, padre de Patroclo, pues le había asegurado que lo traería de vuelta a Opus sano y salvo si Menecio se lo confiaba y lo enviaba a Troya con él». (Esquines; Contra Timarco, Siglo IV a. C)

La Ilíada, obra fundamental de Homero, fue la obra magna de los griegos para aprender sobre su cultura, dioses y tradiciones. ¿Cómo es posible que, en el caso de que la homosexualidad estuviera difundida con suma normalidad y fuese socialmente aceptada en la Grecia Arcaica, no se registrase absolutamente nada? Esto es algo que jamás se ha podido responder y, seguramente, muestra que la homosexualidad sería algo más común a partir de la época clásica.

En el caso de las especulaciones sobre el «amor homosexual» entre Patroclo-Aquiles, dejemos la opinión de los máximos expertos en la Grecia homérica, ya que creemos que filólogos, traductores, profesores universitarios, miembros de la RAE, de la Real Academia de Historia y galardonados con infinitos premios, como Francisco Rodríguez Adrados y compañía, tendrán más que decir que cualquiera de nosotros sobre el tema:

«En los poemas homéricos, donde aún no existe un término para designar al amigo, la amistad reviste la forma de la camaradería guerrera. Los camaradas [étatpoi] son hombres de la misma edad, que de niños quizá han jugado juntos y de jóvenes participan de las mismas diversiones y los mismos riesgos bélicos...  comparte el pan en un banquete. El fragor de los combates y el regocijo de los festines son los ambientes adecuados para el florecimiento de esta camaradería, tan puramente personal, que se le da el nombre de sxatpot a hermanos unidos en tal vínculo, como Deífobo, Heleno y Alejandro en Troya (IL XIII, 781), a una pareja de cuñados como Héctor y Podes, y a un caudillo y su frepáxtüv como Aquiles y Patroclo. Los lazos creados por esta relación perduran toda la vida: Mentor, Haliterses y Antifo no olvidan en la ausencia de Ulises de Itaca que son «camaradas» (Od. II, 253; XVII, 68) suyos desde los años mozos. Durante la ausencia se les podía encomendar el cuidado de la casa y de los familiares como el propio Ulises a Mentor (Od. II, 226). Pero es evidente que en éste, y en casos semejantes, la relación personal rebasaba los límites de la camaradería para entrar de lleno en los de la amistad. En la epopeya hay algunos ejemplos egregios de este sentimiento, paradigmáticamente encamado en la pareja de Aquiles y Patroclo. (...) Nada hay en los poemas para prestarse a interpretación semejante, de la pederastía. (...) Con la ponderación de juicio de la edad provecta, formula en términos generales el concepto homérico de la amistad: «No es ciertamente inferior a un hermano el camarada que tiene inspirados pensamientos» (Od. VIII, 585-6). Desde un plano, pues, estrictamente personal, los griegos de la epopeya habían sabido encontrar en la amistad estrechos y firmes vínculos de solidaridad con sus semejantes, y cimentarlos en un código estricto de obligaciones y derechos». (Francisco Rodríguez Adrados, Luis Gil y Lasso de la Vega; Introducción a Homero, 1963)

En cambio, si por algo sí se caracteriza la Ilíada, es por registrar cómo Aquiles y Patroclo dormían cada uno en una punta de la tienda con sus respectivas esclavas:

«Aquiles durmió en lo más retirado de la sólida tienda con una mujer que trajera de Lesbos: con Diomeda, hija de Forbante, la de hermosas mejillas. Y Patroclo se acostó junto a la pared opuesta, teniendo a su lado a Ifis, la de bella cintura, que le regalara Aquiles al tomar la excelsa Esciro, ciudad de Enieo». (Homero; Ilíada, Siglo XVIII a.C)

La Ilíada muestra aspectos muy curiosos de la vida de los protogriegos. Homero registra resquicios de la línea matrimonial de herencia en ciertas zonas, como la Ítaca de Ulises, donde todavía la mujer mantiene derecho de herencia o prerrogativas religiosas que los griegos posteriores de su época ni siquiera llegarían a comprender, o que más bien le parecerían aberraciones contra natura:

«En la isla de Eolo (Od, X, 3-12), el rey de los vientos, habitan en un maravilloso palacio sus seis hijos casados con sus seis hijas, un matrimonio incestuoso desconocido de los griegos —salvo en la mitología—, constituido según el principio de la endogamia matriarcal, que permite a los hijos asegurarse la sucesión casándose con sus hermanas. (...) Choca ante todo la situación personal de Laertes, el padre del héroe, como simple particular en oprobioso retiro en el campo, que puede presuponer el que la accesión de Ulises al trono no hubiera tenido lugar por vía paterna. En segundo lugar, intriga la tenacidad de los pretendientes en sus ofertas de matrimonio a Penélope, tan sólo comprensibles, como incidentalmente dice Telémaco (Od. XV, 518-22), en el caso de que al casarse con ella quedaran en posesión de las prerrogativas reales de su padre (fépaq), lo que a su vez presupondría que la realeza se transmitiera matrilinealmente. Estas confusiones, reflejadas en los poemas homéricos, no son sino el resultado de anomalías transitorias producidas por la colisión y fusión de dos culturas diferentes, la de los pueblos del Egeo, con un sistema matriarcal, en que la sucesión seguía la línea femenina, carente de un matrimonio formal por unirse la mujer a quien quería (cf., p. ej., Helena), y la de los aqueos, con una rígida organización patriarcal, donde la mujer quedaba ligada a un solo hombre, mientras el varón gozaba de amplia libertad sexual. El triunfo de este ultimo sistema no se realizó sin pugna, según indican ciertas sagas como la de Clitemestra, o la de la mujer de Amíntor». (Francisco Rodríguez Adrados, Luis Gil y Lasso de la Vega; Introducción a Homero, 1963)

¿Cómo veían la homosexualidad los autores clásicos? Como se ve en las obras clásicas, encontramos explicaciones de todo tipo. Algunos relacionaban la homosexualidad como algo antinatural, ya que no se daba en los animales que ellos observaban, algo absurdo sociológicamente, ya que las costumbres del hombre difieren del mundo animal, y entre el mundo animal no se puede comparar el comportamiento de un león con el de un lobo. Otros daban a entender que el hecho de que los animales sodomizasen al vencedor tras una pelea, era motivo suficiente para considerarlo como acto deshonroso para quien lo recibía, y como acto de castigo de quien lo ejercía.

Aristóteles, sin ir más lejos, en una de sus explicaciones sobre el fenómeno de la homosexualidad habla de que en zonas como Creta ésta se tolera en base al deseo de control de la natalidad de sus gobernantes:

«Respecto a la moderación de la comida que consideraba beneficiosa, el legislador se dedicó a idear medios; y para la separación de las mujeres, para que no tengan muchos hijos, permitió las relaciones entre los varones». (Aristóteles; Política, Siglo IV a. C)

Aristóteles creía que algunos casos de homosexualidad podían ser producidos por alteraciones, parafilias o traumas en la niñez –una explicación que será muy recurrente en el futuro–, pero que, a su vez, había que admitir que, por ejemplo, la actitud pasiva en el hombre homosexual se podía dar de forma «natural», al igual que el rol de la mujer –esto indica una vez más el pensamiento profundamente machista de estos pensadores–:

«Otras son morbosas o contraídas por hábitos, como la de arrancarse los cabellos, o morderse las uñas, o comer carbón y tierra, o las relaciones homosexuales; éstas, unas veces, son naturales y, otras veces, resultan de hábitos, como en aquellos que desde niños han sido ultrajados. Nadie llama incontinentes a aquellos cuyas disposiciones son causadas por la naturaleza, como tampoco nadie llamaría así a las mujeres porque desempeñan un papel más pasivo que activo en el coito, e igualmente consideraríamos a los que tienen disposiciones morbosas por hábitos». (Aristóteles; Ética a Nicómaco, Siglo IV a. C)

El historiador Jenofonte, que conoció a fondo las costumbres espartanas y mantuvo una amistad personal con el Rey de Esparta, escribió:

«Las costumbres instituidas por Licurgo se oponían a todas estas. Si alguien, siendo él mismo un hombre honesto, admiraba el alma de un niño e intentaba hacer de él un amigo ideal sin reproches y asociarse con él, lo aprobaba y creía en la excelencia de este tipo de entrenamiento. Pero si estaba claro que la atracción radicaba en la belleza exterior del niño, prohibía la conexión como una abominación, y así hizo que los amantes se abstuvieran de los niños, al igual que los padres se abstuvieran de tener relaciones sexuales con sus hijos y hermanos y hermanas entre ellos». (Jenofonte; La Constitución de los lacedemonios, Siglo IV a. C)

Sobre la famosa pederastia, tampoco tenía exactamente la acepción actual, y en Grecia, depende de en qué momento y en qué zonas, era aceptada. Ésta venía a ser el resultado de factores muy diversos: se puede decir que actuó como una especie de institución educativa y red clientelar entre la aristocracia –lo que condujo a pensadores posteriores a creer equivocadamente que era un vicio exclusivo de las clases adineradas–:

«Uno de los factores que, sin duda, condujo a la pederastia fue la segregación femenina en las clases altas de la sociedad ateniense. La segregación femenina solo tenía lugar en familias cuya desahogada posición les permitiera tener un importante número de esclavos para realizar diversas tareas, tales como ocuparse del mantenimiento de la casa o ir al mercado a comprar. De lo contrario, la segregación femenina no era posible, ya que las mujeres de la familia se verían obligadas a repartirse estas tareas para el correcto funcionamiento de la casa. Por esta razón precisamente la pederastia nació en el seno de las élites masculinas. La segregación de las mujeres de clase alta convertía en infructuoso cualquier posible intento de seducción que pudiera llevar a cabo un hombre de clase alta con una mujer de su escalón social. Por ello, era frecuente recurrir a otros medios para satisfacer necesidades de índole sexual mediante las relaciones con esclavos, esclavas, prostitutos, prostitutas o hetairas. Sin embargo, ninguna de estas formas era tan atractiva como la posibilidad de seducir a un ciudadano en potencia, como lo eran los muchachos de clase alta, y mantener una relación que incluso podía prolongarse en forma de amistad de forma vitalicia. Este modo de seducción era puramente elitista, ya que invertir tiempo y esfuerzo en la consecución de un amor era algo que solo podía hacer una persona que no tuviera que dedicar su tiempo y esfuerzo a un trabajo manual para subsistir. (...) El adolescente no era visto todavía como hombre, por lo que se codificaba en términos de feminidad, y ocupaba el papel pasivo en las relaciones homoeróticas. (...) Por otra parte, la pederastia supuso también un método pedagógico para los muchachos de clase alta. Consideraban que el amor entre el erasta y el erómeno era el mejor método educativo, ya que la admiración que este último profesaba a su erasta le llevaría a emularle. La familia no era considerada propicia para dar una educación al muchacho, ya que la madre solo debía criarlo hasta los siete años y su condición de mujer la presuponía incapaz de dar una educación al niño, y el padre era ciudadano antes que jefe de familia, por lo que su prioridad debían ser los asuntos de la polis. (...) La relación ideal se basaría en la pura philia entre ambos miembros, desdeñándose cualquier tipo de contacto hasta que el erasta fuera digno del mismo. Y, por último, jamás se deja penetrar ningún orificio del cuerpo, ya que esto supondría asumir un papel subordinado que solo corresponde a las mujeres y los esclavos por su naturaleza débil. Sin embargo, como suele ser común, existía un abismo entre lo ideal y lo que realmente se llevaba a cabo. (...) [Como se ve en el Banquete de Platón] también expone el caso opuesto: padres que ponen pedagogos –normalmente esclavos– a sus hijos para que estos no sean seducidos por la locuacidad de los erastas. También entre los muchachos se alientan entre sí para no hacer caso a los intentos de seducción de los erastas. (...) El Pausanias presentado por Platón es claro ejemplo de buen eros, ya que se presenta como erasta de Agatón desde que este último contaba con dieciocho años, y lo sigue siendo doce años después. Por esta razón considera que el erasta que consigue convertir el eros en una relación de amistad duradera es superior a aquel que solo está atraído por el eros y los favores que le concede el erómeno». (Miguel Suñén Martín; Amor griego: un estudio de la pederastia como rito iniciático en la Antigua Grecia, 2017)

Como se concluye aquí, la homosexualidad no era vista de forma negativa per se, pero los platónicos la supeditaban siempre a que el placer sexual llevase aparejado el placer intelectual, el sentimiento real, y pese a todo, se seguía teniendo en la cabeza el esquema de quién era el dominador y quien el dominado, maestro y alumno, respectivamente.

De Sócrates vemos la misma interpretación. Martiriza a quienes llevan a cabo una vida colmada de placeres a través del vino, la comida o el sexo, y en este último caso reconoce como normal la atracción física homosexual, pero condena en especial al homosexual pasivo que lo es por vicio. En resumen, condena la promiscuidad, no el acto en sí:

«Aunque el tema del placer atraviesa muchos textos platónicos, se tematiza de manera más explícita en tres de ellos. En el Gorgias Calicles defiende que una vida feliz es una vida colmada de placeres, sin distinción alguna y sin tasa ni medida. Sócrates replica con los placeres del homosexual pasivo: «…la vida de los cinedos, ¿no es tremenda, vergonzosa y desdichada? ¿O te atreverás a decir que son felices, en caso de que posean sin tasa lo que necesitan?». (Salvador Mas; Eros platónico y amor a los muchachos, 2013)

Entre las diferentes tribus griegas había diferentes tradiciones, y entre sus pensadores, había diferencia de opiniones tanto a favor y en contra de que ese «amor» pederasta entre maestro y alumno fuese más allá de la admiración y respeto, tomando connotaciones sexuales:

«Jenofonte comienza diciendo que se ha de hablar del amor a los muchachos, «pues también esto está relacionado en cierto modo con la educación» y hace un breve repaso de lo que sucede en algunos lugares de Grecia. Entre los beocios, «hombre y niño tienen trato carnal»; lo mismo acontece entre los eleos, sin bien estos «obtienen los favores de los niños por medio de atenciones». En otros sitios no especificados se «apartan por todos los medios a los amantes del trato con los niños». Licurgo procedió de manera contraria a todos ellos: «...veía con buenos ojos que un hombre como es debido, atraído por el espíritu de un niño, tratase de entablar con él una relación irreprochable y lo frecuentase, y lo consideraba una educación óptima. Y, si alguno mostraba su deseo por el cuerpo de un niño, tras decretar que era de todo punto indecoroso, dispuso que en Esparta los amantes se mantuviesen apartados de los niños no menos que los padres se mantienen apartados de los hijos o los hermanos de los hermanos en lo referente al trato carnal. Pero ciertamente no me sorprende que haya quien no lo crea, pues en muchos estados las leyes no se oponen al deseo por los niños». Lo sexual, en un segundo plano en el informe de Éforo, es ahora el centro de interés. Lo mismo sucede en la breve noticia que ofrece Plutarco: «Como tan bien aceptado estaba el amor entre ellos que hasta las mujeres distinguidas y respetables amaban a las vírgenes, la rivalidad en el amor no existía, sino que, más bien, hacían de ello principio de mutua amistad los que estaban enamorados de los mismos, y aunaban sus esfuerzos por perfeccionar lo más posible al amado» (Licurgo, 18, 9; trad. A. Pérez Jiménez). Jenofonte y Plutarco son explícitos: en Esparta la relación entre amante y amado era «platónica». (Salvador Mas; Eros platónico y amor a los muchachos, 2013)

Pero, como reflejaría en la obra de Platón, en muchos casos esta instrucción no era un amor meramente intelectual, «socrático» o «platónico», sino que en algunos casos llevaba aparejado el contacto carnal. Era por medio de los centros públicos que se propiciaban estos contactos. Para los platónicos era indecoroso cuando ésto se relacionaba con la lujuria de la carne, el desenfreno de lo material que desgastaba el espíritu, pero también se formulaba tal cosa porque consideraban la unión entre hombre y mujer sagrada a razón de su capacidad de creación:

«En efecto, vuestros gimnasios y vuestras comidas públicas son ventajosas a los Estados bajo muchos puntos de vista, pero tienen graves inconvenientes con relación a las sediciones. Los milesios, los beocios y los turienses suministran la prueba. Otro mal gravisimo han causado los gimnasios, que ha sido el pervertir el uso de los placeres del amor, tal como se halla arreglado por la naturaleza, no sólo para los hombres sino también para los animales; y vuestras dos ciudades, en primer término, y los demás Estados en que se han introducido los gimnasios, son la cuna de este desorden. Bajo cualquier aspecto que se examinen los placeres del amor, sea en serio, sea en chanza, es indudable, que la naturaleza los ha ligado a la unión de los dos sexos, que tiene por objeto la generación; y que cualquiera otra unión de varones con varones y de hembras con hembras es un atentado contra la naturaleza, que sólo ha podido producir el exceso de la intemperancia». (Platón; Leyes Siglo IV a. C)

Platón acusaba a los cretenses de crear el mito del rapto del príncipe troyano Ganímedes por Zeus, el cual vendría a servir como copero en el Olimpo, como excusa para reproducir sus deseos: 

«Todo el mundo acusa a los cretenses de haber inventado la fálbula de Ganimedes. Pasando Júpiter por el autor de sus leyes, ellos han imaginado esta fábula aplicándosela a él, a fin de poder disfrutar este placer a ejemplo de su dios; pero abandonemos esta ficción». (Platón; Leyes Siglo IV a. C)

Y en honor a la verdad:

«Para encontrar referencias sobre la relación homosexual entre Zeus y su copero hemos de avanzar hasta el siglo VI, cuando dos autores evocan el tema: Íbico de Region y Teognis de Mégara». (Miguel Suñén Martín; Amor griego: un estudio de la pederastia como rito iniciático en la Antigua Grecia, 2017)

Uno de los párrafos que escenifican mejor el pensamiento griego de aquel entonces es el discurso de Pausanias:

«Ninguna de estas cosas en sí misma es hermosa, sino que únicamente en la acción, según como se haga, resulta una cosa u otra: si se hace bien y rectamente resulta hermosa, pero si no se hace rectamente, fea. Del mismo modo, pues, no todo amor ni todo Eros es hermoso ni digno de ser alabado, sino el que nos conduce a amar bellamente.

Por tanto, el Eros de Afrodita Pandemo es, en verdad, vulgar y lleva a cabo lo que se presente. Este es el amor con el que aman los hombres ordinarios. Tales personas aman, en primer lugar, no menos a las mujeres que a los hombres; en segundo lugar, aman en ellos más sus cuerpos que sus almas y, finalmente, aman a los menos inteligentes posible, con vistas sólo a conseguir su propósito, despreocupándose de si la manera de hacerlo es bella o no. De donde les acontece que realizan lo que se les presente al azar, tanto si es bueno como si es lo contrario.

Pues tal amor proviene de la Diosa que es mucho más joven que la otra, y que participa en su nacimiento de hembra y varón. El otro, en cambio, procede de Urania, que, en primer lugar, no participa de hembra, sino únicamente de varón -y es éste el amor de los mancebos-, y, en segundo lugar, es más vieja y está libre de violencia. De aquí que los inspirados por este amor se dirijan precisamente a lo masculino, al amar lo que es más fuerte por naturaleza y posee más inteligencia.

Incluso en la pederastia misma podría reconocer también a los auténticamente impulsados por este amor, ya que no aman a los muchachos, sino cuando empiezan ya a tener alguna inteligencia, y este hecho se produce aproximadamente cuando empieza a crecer la barba. Los que empiezan a amar desde entonces están preparados, creo yo, para estar con el amado toda la vida y convivir juntos, pero engañarle, después de haberle elegido cuando no tenía entendimiento por ser joven, y abandonarle desdeñosamente corriendo detrás de otro.

Sería preciso, incluso, que hubiera una ley que prohibiera enamorarse de los mancebos, para que no se gaste mucha energía en algo incierto, ya que el fin de éstos no se sabe cuál será, tanto en lo que se refiere a maldad como a virtud, ya sea del alma o del cuerpo.

Los hombres buenos, en verdad, se imponen a sí mismos esta ley voluntariamente, pero sería necesario también obligar a algo semejante a esos amantes vulgares, de la misma manera que les obligamos, en la medida de nuestras posibilidades, a no enamorarse de las mujeres libres». (Platón; El banquete, Siglo IV a. C)

¿Qué significa esto? Él afirma aquí que no todo amor ni todo eros es digno de ser alabado, sino solo aquel que conduce a amar de forma bella, y aclara, que lo que se estaba dando entre los uranos es el amar a los chicos por su cuerpo, no por su alma, y que en cuanto estos crecían, buscaban un amante más joven –dando a entender que la mayoría de veces era un pasatiempo, como el «enamorarse de mujeres libres»–, por lo que proponía prohibir el amor de hombres adultos con adolescentes. Por otro lado, dice entender esta atracción de un hombre hacia un hombre, ya que lo ve como una atracción de lo fuerte por lo fuerte e inteligente –lo que indica el pensamiento misógino de aquel entonces–. 

Si repasamos las obras de Platón, sin duda encontramos otros pasajes curiosos que nos dan más datos sobre qué era reprobable a sus ojos:

«ATENIENSE.―Tu objeción es justa: y yo mismo he dicho, que tenía un medio para hacer pasar la ley que obliga a los ciudadanos a conformarse con la naturaleza en la unión de los dos sexos destinada a la generación; que prohíbe a los varones todo comercio con los varones, y les veda trabajar con intención premeditada en extinguir la especie humana y arrojar entre piedras y rocas una semilla, que no puede ni arraigar ni fructificar allí; y que les prohíbe igualmente con relación al sexo femenino todo abuso que sea contrario al fin de la generación. Si esta ley llega un día a ser tan universal y tan poderosa como la que prohíbe a los padres toda unión carnal con sus hijas, y si llega hasta el punto de impedir todas demás uniones ilícitas, producirá una infinidad de buenos efectos, porque, en primer 1ugar, es conforme con la naturaleza». (Platón; Leyes Siglo IV a. C)

Esto es: se intenta poner coto al comercio –prostitución–, que no la homosexualidad, el cual es elevado a la misma categoría que el incesto o la violación hacia las mujeres, como algo que es deshonroso a ojos de los dioses y que debería ser prohibido siempre por las leyes:

«ATENIENSE.―Cuando se tiene un hermano o una hermana de una gran belleza. Una ley no escrita pone a cubierto al hijo o a la hija de la pasión de su padre, prohibiendo a éste acostarse con ellos ni en público ni en secreto y tocarlos de ningún modo con intención criminal; y no viene, ni remotamente, a las mientes de la mayor parte de ellos el formar semejantes deseos.

MEGILO.―Dices verdad.

ATENIENSE.―Y así una sola palabra extingue en ellos todo deseo de esta naturaleza.

MEGILO.―¿Qué palabra?

ATENIENSE.―La que les hace conocer que semejantes acciones están prohibidas, son detestadas de los dioses, y llevan consigo la más extrema infamia». (Platón; Leyes Siglo IV a. C)

Más adelante se decía:

«ATENIENSE.―¿Quién creéis que se abstendrá más fácilmente de los placeres del amor y se conformará con las disposiciones dictadas sobre esta materia, el que es sano de cuerpo y no ha sido educado de una manera vulgar, o el que tiene un cuerpo mal constituido?

CLINIAS.―Mejor podrá abstenerse el primero». (Platón, Leyes Siglo IV a. C)

Certificando una vez más, la importancia del estatus social en este tipo de relaciones, se nos dice como ejemplo de conducta cauta:

«ATENIENSE.―¿No habéis oído nunca decir lo que se cuenta de Iccas de Tarento, el cual con la mira de conseguir la victoria en los juegos olímpicos y en los demás, de tal manera se consagró a su arte y tales progresos hizo en cuanto a adquirir fuerza y templanza, que durante el tiempo de sus ejercicios no tocó a ninguna mujer ni a ningún joven?». (Platón, Leyes Siglo IV a. C)

Pero nuestro ateniense de la obra de Platón creía imposible restablecer la templanza y castigar los desatinos morales debido al estado de «degeneración» de la sociedad:

«ATENIENSE.― Las costumbres han llegado en la actualidad a tal punto de corrupción, que se mira esta ley como impracticable». (Platón; Leyes Siglo IV a. C)

Estos pensadores, como tantos otros a lo largo de la historia, estaban sumamente preocupados por la decadencia de sus normas morales.

Ya en época helenística tenemos la especulación de que la figura clave de ese período, Alejandro Magno, habría sido homosexual o, más bien, bisexual, pero no existe fuente antigua directa que acredite tal cosa, siendo que, por el contrario, la lista de mujeres del rey es larga. Su pretendida relación homosexual con su amigo Hefestión no parece sino la reproducción del mismo esquema tergiversado de Aquiles-Platón, confundiendo el amor de la camaradería-amistad con un amor homosexual en el sentido actual. Lejos de eso, su biografía más conocida parecía describirle en los marcos de templanza, atracción y amor de su mentor Aristóteles:

«Escribióle en una ocasión Filóxeno, general de la armada naval, hallarse a sus órdenes un tarentino llamado Teodoro, que tenía de venta dos mozuelos de una belleza sobresaliente, preguntándole si los compraría. Alejandro se ofendió tanto ante la proposición, que exclamó muchas veces ante sus amigos en tono de pregunta: «¿Qué puede haber visto en mí Filóxeno de indecente y deshonesto para hacerse corredor de semejante mercadería?». E inmediatamente le respondió, con muchas injurias, que mandase al mercader tarentino al diablo, y su mercancía con él. Del mismo modo arremetió con severidad contra un joven llamado Hagnón, que le había escrito que quería comprar un muchacho llamado Cróbulo, famoso en la ciudad de Corinto por su belleza». (Plutarco; Vida de Alejandro, Siglo I)

A una de las figuras centrales de la época republicana romana, Julio César, se le intentó desprestigiar con el hecho de haber mantenido relaciones sexuales en condición de pasivo frente a un rey de Asia, lo cual le inhabilitaba presuntamente para dirigir con gallardía el gobierno:

«La homosexualidad en la Antigua Roma, sin ser un crimen penal, aunque lo era en el ejército desde el siglo II a.C, estaba mal vista en todos los sectores sociales, que la consideraban, sobre todo en lo referido a la pederastia, una de las causas de la decadencia griega. Como recuerda el historiador Adrian Goldsworthy en el libro «César, la biografía definitiva» (La Esfera de los libros, 2007), «aquellos senadores que tenían amantes varones solían hacerlo con discreción, a pesar de lo cual con frecuencia los opositores políticos les ridiculizaban públicamente». En este sentido, los romanos hacían una importante diferenciación sobre quién ejercía el papel de activo y quién el de pasivo en la pareja, tanto a nivel sexual como social. Y ese fue siempre el principal problema de los rumores contra Julio César, que era apodado por sus enemigos como «la Reina de Bitinia». Los opositores a Julio César usaron los rumores de que en un viaje diplomático había mantenido relaciones homosexuales con Nicomedes IV, Rey de Bitinia, para erosionar la autoridad del dictador romano. (...) Con el tiempo, las especulaciones sobre el retraso adquirieron connotaciones sexuales. Comenzaron a circular versiones que presentaban a Julio César como un amante servicial y pasivo, que había quedado sometido tanto sexualmente como políticamente por Nicomedes. (...) Hoy en día, la veracidad de la historia sigue puesta bajo cuestión, aunque Julio César se afanó en negarla en todo momento hasta el extremo de ofrecerse a jurar ante testigos que se trataba de una mentira. Su firmeza y el hecho de que no se conozcan otras supuestas relaciones homosexuales en su biografía ha hecho suponer a la mayoría de los historiadores que realmente se trataba de una difamación con el objetivo de despertar la cólera de César. (...) Paradójicamente, si por algo es conocida la vida sexual de Julio César es por su apetito insaciable con el género femenino y por la falta de moderación en sus aventuras extramatrimoniales, en muchos casos con las mujeres de otros senadores». (ABC; El controvertido romance homosexual que persiguió a Julio César toda su carrera, 30 de septiembre de 2015)

En época romana, la mentalidad de las figuras públicas es muy variada. Tenemos testimonios de emperadores como Nerón, conocidos por su travestismo, o de Adriano, conocido por su afición por mantener relaciones sexuales homosexuales hacia algunos efebos, mientras que otros, como Marco Aurelio, decía haber aprendido de su propio padre el alejarse de las tentaciones de la carne y, en concreto, de los adolescentes, para así no desviarse de las tareas fundamentales del estadista. Véase la obra del emperador estoico Marco Aurelio: «Meditaciones», del Siglo II d.C. Sobra decir que con la irrupción del cristianismo la sodomía empezó a ser algo perseguido con saña, como en toda religión abrahámica, que en cuanto estableció su dominio impuso sus dogmas en las poblaciones que dominaba.

Sobra decir que con la irrupción del cristianismo la sodomía empezó a ser algo perseguido con saña, como en toda religión abrahámica, que en cuanto estableció su dominio impuso sus dogmas en las poblaciones que dominaba.

Todo esto demuestra que las sociedades greco-romanas no eran el paraíso para lo que hoy sería el colectivo LGTB, y de paso, demuestra que todavía existen algunos elementos retrógrados que utilizan los mismos prejuicios hacia este colectivo que hace más de 2.000 años atrás.

En próximas ediciones indagaremos la cuestión de la homosexualidad bajo la irrupción del marxismo en el siglo XIX y XX». (Equipo de Bitácora (M-L)Notas aclaratorias sobre la homosexualidad en la Antigua Grecia, 2020)

No hay comentarios:

Publicar un comentario

«¡Pedimos que se evite el insulto y el subjetivismo!»