sábado, 12 de septiembre de 2020

¿En qué descansa la argumentación de la Escuela de Gustavo Bueno sobre la cuestión nacional?; Equipo de Bitácora (M-L), 2020


«En 1960, Gustavo Bueno, tras conseguir la cátedra de filosofía en la Universidad de Oviedo, confesaría su ferviente admiración hacia el historiador Santiago Montero Díaz, su profesor y mentor, que había desertado del marxismo hacia el fascismo, llegando a ocupar puestos de honor en la educación franquista:

«Independientemente del aparente alejamiento en que vivo respecto de Vd., sigue Vd. siendo para mí lo que fue siempre: mi maestro y consejero, una referencia inexcusable –«haz esto como si don Santiago te viese», me he dicho muchas veces–, un hombre a quien mi respeto aumenta con el tiempo». (X. Núñez Seixas; La sombra del César. Santiago Montero Díaz, Una biografía entre la nación y la revolución, 2012)

Nuestro lector debe entender que esto ya explica bastante de en qué pensamientos se pudo mover el joven Gustavo Bueno de sus inicios, esencia que no cambiaría tras llegar a su etapa adulta.

El buenismo, tan pretencioso como su creador, acabó presentándose como la corriente que mejor comprendía el concepto de nación, por lo que siempre se ha permitido dar «dar cátedra» al resto. Algunos de sus adeptos dicen basarse en el marxismo para ordenar sus planteamientos sobre esta cuestión. Pero, ¿conocen y aplican las nociones marxistas sobre la cuestión nacional? Bueno, unos las desconocen, otros las distorsionan.

«Entrevistador: ¿Cataluña es una nación?

Gustavo Bueno: Es que nación es un concepto muy diverso; por tanto, hablar de nación no tiene sentido». (El Español; «¿Sánchez? Sicofante. ¿Iglesias? Demagogo. ¿Rivera? Ajedrecista», Entrevista con el filósofo Gustavo Bueno, 29 noviembre, 2015)

En otras ocasiones Gustavo Bueno concebía que «España es tan grande» que no necesita ser explicada por los rasgos definitorios de la nación, no hablemos ya de la formulación marxista. Es más, dice que:

«— Entrevistador: ¿Y la idea de nación?

— Gustavo Bueno: No hay una teoría sobre la nación». (La España Nueva, 21 de noviembre de 1999)

He aquí un escéptico de los pies a la cabeza, que solo a través del subjetivismo trató de armar su relato. 

Uno de sus discípulos, Santiago Armesilla, se queja en sus conferencias de que la gente no comprende las obras clásicas del marxismo sobre la cuestión nacional tal y como él hace. Pero su falta de capacidad de comprensión llega al punto de proclamar ridículamente que:

«Stalin elabora este texto [«El marxismo y la cuestión nacional» de 1913], y en él propone siete características que tiene que tener obligativamente una nación para ser nación». (Santiago Armesilla; Cuestión nacional, dialéctica de Estado y Revolución Bolchevique de 1917, 2017)

Al señor Armesilla le vendría bien repasar o directamente conocer los fundamentos marxistas sobre el tema. Véase el capítulo: «La aparición del bolchevismo y su trato de la cuestión nacional» de 2020.

Una vez más, vayamos a las fuentes directas para salir de dudas. Stalin, corrigiendo precisamente distorsiones nocivas de la cuestión, diría a unos comunistas:

«Los marxistas rusos tienen desde hace ya tiempo su teoría de la nación. Según esta teoría, nación es una comunidad humana estable, históricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad de cuatro rasgos principales, a saber: la comunidad de idioma, de territorio, de vida económica y de psicología, manifestada esta en la comunidad de peculiaridades específicas de la cultura nacional. Como es sabido, esta teoría ha sido admitida unánimemente en nuestro Partido». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; La cuestión nacional y el leninismo, 1929)

¡Pero el señor Armesilla coge tres consecuencias de los cuatro rasgos constitutivos de una nación y las eleva a causa! En el último fragmento de su obra respecto a la cuestión nacional, Stalin rechaza las ideas metafísicas según las cuales las naciones son tales cuando se independizan estatalmente. 

Si Armesilla no entiende la médula de la cuestión nacional, no se debería permitir el lujo de impartir lecciones sobre la misma, y menos en nombre de un «análisis marxista». En otros documentos ya explicamos la diferencia entre una acepción marxista y nacionalista respecto a qué es una nación y cómo se forma. Véase el capítulo: «Los conceptos de nación de los nacionalismos versus el marxismo» de 2020.

En realidad, los principios de Armesilla claramente son una mezcolanza burda de argumentos metafísicos con reminiscencias del nacionalismo hegeliano. Pero, sorprendentemente, esta mezcla bastarda se intenta hacer pasar por marxista o superación del mismo. Todo su pensamiento sobre cuestión nacional se basa en distorsionar una verdad histórica: que el marxismo saluda y prefiere encontrarse cuando el proletariado llega al poder un Estado grande y centralizado, no un Estado con varios problemas nacionales, descentralización económica y fragmentación legislativa y territorial. Cierto es que el primero facilita las tareas de socialización y coordinación de las fuerzas productivas, pero el marxismo no actúa acorde a deseos, sino a hechos y, como hemos visto antes, no es el caso de España cuando desarrolló el capitalismo. Si un marxista no reconoce el problema nacional que existe en su país, sus soluciones no irán más allá de una imposición subjetivista que, como han demostrado todos los gobiernos recientes, no sirve para frenar a los movimientos nacionales de la periferia; al contrario: aviva sus pretensiones secesionistas que cada vez calan más entre la gente, y de paso también los rencores y trifulcas nacionales. Sobra comentar que adornar con cierto halo místico los mitos nacionales del chovinismo patrio y tachar de progreso en favor de la humanidad todo acto que conduzca a que el Estado mantenga o engulla por la fuerza a otros pueblos que no quieren formar parte del Estado no solo es un nacionalismo ramplón imposible de camuflar, sino que es un mecanicismo antidialéctico ya refutado por la historia. Este nacionalismo, útil para justificar el expansionismo imperialista, cae con facilidad en la teoría menchevique que da prioridad absoluta al desarrollo técnico de las fuerzas productivas, pero que olvida prestar demasiada atención a las relaciones de producción imperantes o a la lucha de clases. Lo cierto es que la historia ha demostrado que pueblos como el ruso o el albanés, mucho más atrasados en relación con otras potencias imperialistas de la época, pudieron hacer la revolución proletaria y lograr un vertiginoso avance de las fuerzas productivas, abanderando incluso el progreso técnico y productivo en algunos campos a nivel mundial, tal y como ocurrió con la URSS. Es más, esto se consiguió, pese a haber dado la independencia a zonas como Polonia o Finlandia en 1917. He ahí la estupidez de hablar de la conservación integral del antiguo imperio burgués en lo territorial como algo necesario para el socialismo. ¡La cuestión socialista no versa fundamentalmente sobre el número de kilómetros de la frontera! Este defecto nacionalista se refleja fácilmente en personajes trasnochados como Armesilla, el cual tampoco es capaz de analizar críticamente las relaciones de producción de los regímenes capitalistas-revisionistas que publicita, de los cuales incluso saluda su fuerte contenido nacionalista y religioso, como ocurre con el castrismo en Cuba o el juche en Corea, del mismo modo que se saluda la opresión nacional que ejercen sobre otros pueblos para mantener su vasta extensión, haciendo una apología del neomaoísmo de China. Esto recuerda a los viejos burgueses españoles saludando los progresos del fascismo europeo a la hora de avivar el veneno nacionalista y el fanatismo religioso entre la población, valores que eran aplaudidos si con ello se lograba «revivir la gloria de la nación», por lo que fundarían el falangismo para emularles. Pues los buenistas no difieren en nada de lo fundamental: primero España, luego España y después España.

Para tratar de desacreditar la existencia de otras naciones y su derecho a la autodeterminación, se utiliza el siguiente falso argumento: aceptar la existencia de la nación catalana significaría, por ende, aceptar que la nación española no existe. ¿Un silogismo un poco barato para un filósofo no?

«Así, muchos españoles, algunos incluso con asiento de diputado en las Cortes, dicen «no sentirse españoles», es decir, dicen no serlo, precisamente por no poder pertenecer a algo que se supone no existe». (Santiago Abascal y Gustavo Bueno; En defensa de España. Razones para el patriotismo español, 2008)

¡Esto sería tan estúpido como si los mencheviques discutiendo contra los bolcheviques en el siglo XX propusiesen que reconocer la existencia de la nación ucraniana o finlandesa supusiese, a su vez, negar la existencia de la nación rusa!

Para probar la nación castellana o española –y negar las demás– nos traen a colación la existencia del recuento del PIB a nivel estatal, el reconocimiento de España en las instituciones internacionales, la Constitución, los emblemas del Estado o la historiografía española. Volvemos a lo mismo. ¿No tenían el zarato ruso y otras instituciones desaparecidas estos mismos mecanismos? ¿Qué se pretende demostrar con eso? ¿Significa esto que la nación rusa no existiera? No. ¿Significa que no existieran los polacos y otras naciones, aunque estuvieran subyugadas por del zarato ruso? Tampoco.

Pero no se dan por vencidos y, de nuevo, bajo la senda idealista y metafísica, insisten ahora en que «una nación no puede estar oprimida, pues no es una nación hasta que se libera del Estado que lo tutela»:

«Una «nación oprimida» es un contrasentido, por mucho que el pseudoconcepto se repita desde el discurso secesionista. La soberanía nacional, en general, implica precisamente libertad. Y para poder hacer la ley y hacer cumplirla: una «nación no libre» –oprimida–, no es una nación. Otra cosa, es que si la secesión triunfa llegue a serlo, convirtiéndose lo que era una parte en un todo nacional; pero si «llega a serlo», porque insistimos, con anterioridad no lo era». (Santiago Abascal y Gustavo Bueno; En defensa de España. Razones para el patriotismo español, 2008)

De nuevo, aquí se practican sofismas metafísicos. Una «nación oprimida» no es ni más ni menos que una nación que ha llegado a su constitución como nación y sufre una opresión que le impide tomar sus decisiones de forma libre. Esto significa que puede ser una nación que tenía soberanía estatal y la ha perdido recientemente; o puede que la haya formado con el devenir, aunque nunca haya disfrutado históricamente de esa soberanía estatal.

Un histérico Pedro Ínsua, haciéndose pasar por alguien muy ducho en marxismo, repetía a base de gritos todos estos argumentos de Bueno una y otra vez:

«Pedro Ínsua: El materialismo histórico no puede ser fuente por cuestiones teóricas, de esa conciencia nacional fragmentaria. (…) No justicia la realidad de una nación vasca, catalana o gallega. (…) La idea de una pluralidad con España es incompatible con el materialismo histórico». (La izquierda y los nacionalismos en España, con Paco Frutos, Pedro Ínsua y Santiago Armesilla, 2018)

En ningún momento explica este pseudoargumento; no sale de esa repetición en bucle. Pero entre alaridos nos ha quedado claro que está de acuerdo con Bueno, Armesilla y Abascal.

En cambio, sí se atreve a manipular el materialismo histórico y afirma:

«Pedro Ínsua: La idea de la nación vasca, implica su separación, porque implica conformarse en un Estado, para administrar esa identidad. Esta petición de un Estado, esa conversación de una cultura vasca en política, en Estado de cultura, porque si no –según la idea de los nacionalistas vascos–, se pervertiría siempre, estaría penetrada por un Estado ajeno. (…) España tiene que romperse por razones políticas, si se reconoce a esas naciones, la consecuencia práctica es la ruptura». (La izquierda y los nacionalismos en España, con Paco Frutos, Pedro Ínsua y Santiago Armesilla, 2018)

Aquí encontramos tres falsedades evidentes de este pobre desquiciado.
 
Primero. El engaño inicial se centra en hacer entender que el reconocimiento de la cuestión nacional por los marxistas implica que los pueblos, una vez sean libres de elegir –y esto solo puede ser de forma completa en el socialismo–, serán dirigidos por el nacionalismo y elegirán, automáticamente, romper sus vínculos con el proletariado de la nación anteriormente opresora. Esto es una incongruencia con la construcción del socialismo, que implica lograr la dirección de la vanguardia del partido del proletariado en la mayoría de las regiones posibles del Estado, que es internacionalista per se. Esto es, en el mejor de los casos, una tesis derrotista, en el peor, una estafa argumental y consciente de un chovinista retorcido. Lenin afirmó que los revolucionarios internacionalistas:

«Deben exigir absolutamente que los partidos socialdemócratas de los países opresores –sobre todo de las llamadas «grandes» potencias– reconozcan y defiendan el derecho de las naciones oprimidas a la autodeterminación, y justamente en el sentido político de esta palabra, es decir, el derecho a la separación política. El socialista de una gran potencia o de una nación poseedora de colonias, que no defiende este derecho, es un chovinista. La defensa de este derecho no solamente no estimula la formación de pequeños Estados, sino que, por el contrario, conduce a que se constituyan, del modo más libre, más decidido y por lo tanto más amplio y universal, grandes Estados o federaciones de Estados que son más ventajosos para las masas y más adecuados para el desarrollo económico». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El socialismo y la guerra, 1915)

La historia de la URSS daría la razón a Lenin. Esta cita, en cambio, deja a Ínsua en evidencia, retratándolo como chovinista –o socialchovinista si lo prefiere–. 

Segundo. La idea reduccionista según la cual si una nación no se conforma como Estado propio perece y que, mientras no exista como Estado, no existe como nación ni puede desarrollar mínimamente su idioma, su cultura, cuotas de representación poder o materia legislativa, autonomía económica: 

«De vuestras cartas se desprende que consideráis incompleta esta teoría. Por ello proponéis añadir a los cuatro rasgos de la nación uno más, a saber: la existencia de un Estado nacional propio e independiente. Vosotros estimáis que, si no existe este quinto rasgo, no hay ni puede haber nación. Me parece que el esquema que proponéis, con su quinto rasgo del concepto «nación», es profundamente erróneo y no puede ser justificado ni desde el punto de vista de la teoría ni desde el punto de vista de la práctica de la política.

De aceptar vuestro esquema, sólo podríamos reconocer como naciones a las que tienen su propio Estado, independiente de los demás, y todas las naciones oprimidas, privadas de independencia estatal, deberían ser excluidas de la categoría de naciones. Además, la lucha de las naciones oprimidas contra la opresión nacional y la lucha de los pueblos de las colonias contra el imperialismo deberían ser excluidas de los conceptos «movimiento nacional» y «movimiento de liberación nacional». Es más, de aceptar vuestro esquema, deberíamos afirmar que:

a) los irlandeses no se convirtieron en nación hasta después de haber formado el «Estado Libre de Irlanda», no constituyendo hasta entonces una nación;

b) los noruegos no fueron una nación mientras Noruega no se separó de Suecia, y únicamente se convirtieron en nación después de haberse separado;

c) los ucranianos no constituían una nación cuando Ucrania formaba parte de la Rusia zarista, y únicamente se convirtieron en nación cuando se separaron de la Rusia Soviética, bajo la Rada Central y el hetman Skoropadski, pero luego de nuevo dejaron de ser una nación, al unir su República Soviética de Ucrania con las demás Repúblicas Soviéticas en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; La cuestión nacional y el leninismo, 1929) 

A vistas de esto, para estos señores ignorantes, no existe la nación galesa o escocesa porque no existen con la libre potestad de manejar Estados propios. A lo mejor es que pretenden afirmar que las naciones que eligieron libremente unirse a la URSS dejaron de ser naciones y luego volvieron serlo una vez la URSS se fragmentó. ¡Quién sabe!

¿No se supone que según la Escuela de Gustavo Bueno los reclamos hoy existentes de los nacionalistas de vascos y catalanes son el resultado de la «excesiva autonomía» que se contempla en la Constitución de 1978? ¿En qué quedamos, señores ilustrados? ¿Existe el problema nacional en España por culpa de una constitución o porque ya venía de lejos? Tic, tac, tic tac… bueno continuemos mientras piensan otra excusa. ¿En qué posición queda vuestra idea místico-idealista joseantoniana de nación española cuando cada vez que los pueblos de esas regiones separatistas pueden elegir libremente a sus representantes, eligen a los de sus movimientos nacionales? ¿Por qué demandan el uso de su lengua, e incluso cuando reclaman más autonomía que dicha constitución no contempla como la elección a la federación o la secesión? ¿En qué lugar os dejan todas estas realidades? Solo demuestra que no tenéis ni remota idea de lo que habláis, por eso os veis obligados a cerrar los ojos muy fuertemente cada vez que hay elecciones o movilizaciones en las calles de estas regiones. Porque no os gusta la verdad.

Tercero. La falsa idea de que el reconocimiento de los derechos a una nación implica automáticamente su secesión.

«No se puede ser demócrata y socialista sin exigir de inmediato la plena libertad de divorcio, pues la ausencia de tal libertad es una opresión adicional del sexo oprimido, aunque no es difícil comprender que el reconocimiento de la libertad de dejar al marido ¡no es una invitación a que lo hagan todas las esposas! (...) Cuanto más amplia sea la libertad de divorcio, tanto más claro será para la mujer que la fuente de su «esclavitud doméstica» es el capitalismo y no la falta de derechos. Cuanto más amplia sea la igualdad de derechos de las naciones –que no es completa sin la libertad de separación–, tanto más claro será para los obreros de las naciones oprimidas que la causa de su opresión es el capitalismo y no la falta de derechos, etc. (...) Debe repetirse una y otra vez: es molesto machacar el abecé del marxismo, pero, ¿qué podemos hacer si P. Kíevski no lo conoce? (...) En el fondo sólo queda en pie un argumento: ¡la revolución socialista lo resolverá todo! O el argumento que suelen esgrimir quienes comparten sus puntos de vista: la autodeterminación es imposible bajo el imperialismo y está demás en el socialismo. Desde el punto de vista teórico este criterio es absurdo; desde el punto de vista práctico y político es chovinista. No valora la significación de la democracia. Pues el socialismo es imposible sin democracia, porque: (1) el proletariado no puede llevar a cabo la revolución socialista si no se prepara para ella luchando por la democracia; (2) el socialismo triunfante no puede consolidar su victoria y llevar a la humanidad a la extinción del Estado, sin la realización de una democracia completa. Decir que la autodeterminación es superflua bajo el socialismo, es tan absurdo y tan irremediablemente confuso como decir que la democracia es superflua bajo el socialismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Una caricatura del marxismo y el «economicismo imperialista», 1916)

«Antes se coge a un mentiroso que a un cojo», dice el refranero castellano». (Equipo de Bitácora (M-L); El viejo chovinismo: la Escuela de Gustavo Bueno, 2021)

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