miércoles, 8 de julio de 2020

¿Existe una «vía masculina» revolucionaria, y una «vía femenina» reformista de hacer política como asegura Pablo Iglesias?


[Post publicado originalmente en 2017]

«Aprovechando la ola del feminismo, esta «nueva izquierda» afirma ser partidaria de una «noción femenina de las cosas», tanto para las más cotidianas como las más importantes, bien sea para necesidades materiales como para las de mayor índole espiritual. Una de las ideas más estúpidas que ha calado hondamente entre las filas de Podemos –hasta convertirla en un dogma visible– ha sido el aceptar una teoría social repleta de misticismo sobre el papel benévolo que casi siempre habría jugado la mujer en la historia, y no solo eso, sino que también habrían descubierto, en su profundo saber histórico, la «especial sensibilidad» para conocer y sentir (sic) de la mujer. Según aseveran, desligados de las «antiguas creencias y ataduras», esta es la «nueva óptica moderna» desde la cual debemos observar todo si queremos transformar el mundo y a nosotros mismos. De esa forma, pareciera que la mujer en abstracto, como ser inmaculado, tuviera un «sexto sentido» para abordar las cosas de la vida, uno el cual quién sabe por qué razón el varón no logró desarrollar nunca, siendo este último casi que un lamentable error en las postrimerías de la «Biblia del Feminismo». Entre tanto, este «movimiento transversal» hace mucho que izó velas y ha surcado los mares rebosando sapiencia por doquier. De su largo trayecto aseguran haber logrado traernos como «botín» las mejores virtudes desarrolladas por el ser humano a lo largo de su dilatado periplo por La Tierra, y creen, ¡faltaría más!, que esto ha sido gracias al ingenio y bondad de la mujer, por lo que se han esforzado por esquivar en todo momento el mal encarado oleaje de la «ciencia patriarcal», etiqueta que ponen a cualquier movimiento, teoría o personaje que contradiga sus filias ideológicas y sus figuras fetiche. Esta, en resumidas cuentas, es su visión del mundo, aunque el lector podrá encontrar más información en otros lugares de nuestro medio. Véase el capítulo: «¿Vivimos en un patriarcado?» de 2021.

Así pues, desean vendernos que el feminismo de hoy, en su versión moderna y desarrollada, sería para nosotros, los hombres y mujeres errantes del viejo «mundo patriarcal», la única solución para redimirnos de nuestros pecados como especie. El problema es que, como ya intuirá el lector, estos teóricos de la reforma social de corte feminista ni siquiera se ponen de acuerdo sobre qué quieren construir si se diesen todo un cúmulo de casualidades y/o desastres que los llevasen a la cabeza del poder, solo se dedican a idealizar a una parte de la población –la femenina– para sacar rédito político y económico personal de ello. Pero esto da igual, porque para eso está el bendito marketing, para que los «marineros» de todo tipo –nos referimos a los individuos ingenuos, aquellos con ganas de vivir cualquier aventura política excitante o simplemente quienes, desesperados, están dispuestos a hacer lo que sea por un jornal– no duden en subirse a este «barco» que claramente hace aguas. En suma, el feminismo ha trazado todo tipo de estratagemas inteligentes y estúpidas para recibir atención, como prometer una y otra vez que, si su «navío» alguna vez lograse hacerse con el «dominio de los mares», la capacidad de transformación que reuniría en torno a sí sería imparable, una fuerza de la Madre Naturaleza simplemente devastadora para el rancio statu quo. Y, aunque parezca una broma, también aseguran que gracias al feminismo –y el dominio de las mujeres en diversos campos de importancia–, por fin se acabarán las guerras, el hambre, los asesinatos, los robos, las violaciones... sentimientos como el egoísmo, la envidia o la ira se desvanecerían... cambiaría el mundo tal y como lo conocemos –hasta el punto de que más que hacerlo irreconocible, sería irreal–. Esto es doblemente curioso ya que el feminismo, aunque en realidad no ataca nunca la raíz de estos problemas, las relaciones de producción que predispone este ambiente del que se quejan amargamente, pareciera que sin hacerse cargo de esto último decretase a la vez borrar toda posibilidad de que hasta en la mejor de las circunstancias futuras no pudieran reaparecer estos fenómenos negativos. El magnetismo y seducción de esta idea sobre las mentes más débiles es total, ¡ya que se vende como la panacea de las panaceas sin explicar nada en profundidad!

Sobrepasando lo caricaturesco, presentan la capacidad del feminismo como excelsa, cuando pese a la amplia publicidad positiva que recibe por la financiación burguesa en Occidente todavía causa bastante recelo entre gran parte de la población; y peor aún, se dan golpes en el pecho, como si sus ministras, en muchas ocasiones las más zopencas en un gabinete de mediocres, bastasen para imponerse y fueran algún día a sorprendernos con un desempeño mágico en el gobierno, dándole la vuelta a la realidad como a un calcetín. De esta forma, como si existiesen y pudiesen reunir en su mano todos los objetos sobrenaturales de la mitología clásica: la «Piedra Filosofal», el «Santo Grial», la «Espada del Rey Arturo» y la «Educación en Valores Ético-Cívicos», nuestras «empoderadas ministras», como portadoras de estos objetos mágicos o de estos ideales tan nobles, estarían en posesión de la «verdad», la «justicia» y la «razón», brindando un «nuevo porvenir», por fin, a los «nuevos ciudadanos feministas» de esta nueva «era morada de la humanidad» que recién comienza toda una serie de satisfacciones jamás alcanzadas. Pero del dicho al hecho hay un trecho, y lo cierto es que lo único que ofrecen son: o bien zarandajas místicas, derechos ya adquiridos, o estériles sentimientos bienintencionados que pretenderían resolverían todos los problemas del mundo, pero eso sí, siempre desde el constitucionalismo, no vayamos a caer en intentonas tan cavernícolamente «patriarcales» como pudiera ser el transgredir las leyes del juego imperante. Lo más humorístico es que, pese a vivir en los mundos de Narnia, nuestros politicastros de la «izquierda domesticada», que jamás ha logrado gobernar sin bajarse los pantalones y arruinar la confianza de sus seguidores, creen que están en posición de darnos lecciones al resto sobre realismo político, burlándose, encima, de los demás. ¿Creen que exageramos? Pasen y vean.

Comencemos desde el principio. En 2013, un Pablo Iglesias mucho más jovial y menos mediático, el demagogo que no todos conocían antes de llegar a conformar Podemos, describía de esta forma jocosa la situación política de la «izquierda española». Atentos:

«Hay elementos que muestran una crisis del régimen, y eso se tendría que notar de alguna manera en las elecciones. (...) Esto se puede enfrentar de dos maneras. Y empiezo con las provocaciones». (Pablo Iglesias; Discurso en la Universidad de Verano de Izquierda Anticapitalista en Segovia, 2013)

Parodiando el camino del militante «radical de izquierda», comentaba:

«Empiezo con las provocaciones, esto se puede afrontar de dos maneras, uno puede ir a las elecciones de una manera masculina, con cojones. Esto implica decir que le decimos al poder aquí estamos yo y mis pelotas frente a ti. Y eso quiere decir que para mí la representación no implica ningún compromiso, que el tuyo es un parlamento burgués de mierda que representa los intereses de clase, como decía Engels, el Estado es la institución que permite ser políticamente dominante a la clase económicamente dominante, y yo no pacto con vosotros, eh, en todo caso voy a ir a liara (...) Yo voy en camiseta a las instituciones y voy ahí a montar el pollo, eso lo tenemos que tener claro. (...) «No cometerás actos impuros», decía el sexto mandamiento de los católicos, [para la izquierda radical es] no pactaras con los social-liberales [PSOE], con fuerzas nacionalistas conservadoras como CIU o el PNV. En ese sentido no nos gusta lo que hace IU en el gobierno de Andalucía, que se ha convertido el partido de los recortes, indistinguible del PSOE. No nos gusta lo que hace ERC, apoyando a un gobierno protroika como el de CiU. A la izquierda abertzale… les tenemos respeto porque tienen presos, pero no nos gusta que pacten en una diputación con el PSOE, no nos gusta que tengan un diputado en el Congreso Estatal que es miembro del Opus Dei. No nos gusta que votaran los presupuestos al PNV, no nos gusta que el BNG gobernase en la Comunidad Autónoma de Galicia con el PSOE. Eso no nos gusta, son traidores, y están comprometidos con la pata izquierda del régimen y esos elementos estratégicos no nos convencen. (...) Gobernar cuando tengamos el 51% de los votos, antes es caer en las redes de captación del enemigo de clase. (...) No se puede pactar para gobernar. (...) La gente se va a dar cuenta que, por una parte, los de IU son unos traidores y que por otra los partidos del régimen no responden a sus intereses. Es cuestión de meses, que la gente se dé cuenta que solo una organización anticapitalista puede resolver sus problemas. (...) La clave del poder no está en las instituciones, aquí está en nuestra pelota, está en la calle. Nosotros hacemos política masculina, con cojones. (...) Se que la mayoría que estáis aquí vivís de alquiler o vivís de hipoteca, compañeros, hay que vivir ocupando, hay que arriesgar, tenéis que transformar vuestra vida en una experiencia revolucionaria. (...) No podemos entrar en esa lógica mercantil en la que compras y te vedes. (...) Por supuesto, si nos pegan, no vamos a ir a un juzgado o a un cuartel de la guardia civil, esa institución burguesa que protege los intereses de la clase dominante, nosotros hacemos política masculina, con cojones. (...) Hay que practicar la gimnasia revolucionaria, una cosa que decía García Oliver [dirigente anarquista]. (…) Seguro que sabréis fabricar cócteles de los que incendian y de los que explotan, sabéis hacer barricadas. (...) Os estaréis entrenando porque se acerca una crisis terminal del capitalismo y tendremos que estar preparados para tomar las armas». (Pablo Iglesias; Discurso en la Universidad de Verano de Izquierda Anticapitalista en Segovia, 2013)

Después añadiría otra postura, la de la «izquierda cabal», la femenina, la que por supuesto, él dice abanderar:

«Cualquiera que se identificase con la caricatura que he representado no sólo sería un psicópata, sería un subnormal profundo. (...) Caricaturas aparte. (...) Hay otra manera de ver política que es más femenina. Las mujeres son las que históricamente han tenido que asumir eso que conocemos como reproducción social mientras los hombres trabajaban en la fábrica ellas tenían que hacer cuentas con la miseria y alimentar las bocas de los niños y garantizar la reproducción social. Cuando vemos a esos héroes vestidos de azul en forma de mineros o de trabajadores de los astilleros, se nos olvida que las que están haciendo las cuentas para llegar a fin de mes son mujeres que tienen que lidiar continuamente con la realidad, que es muy difícil, y la realidad revela continuamente nuestra debilidad, no tiene momentos tan épicos. Es asumir que a hostias perdemos. (...) La feminidad política implica reconocer que el Estado es un instrumento complejo, lleno de contradicciones. (...) Esto no se soluciona con actitudes masculinas». (Pablo Iglesias; Discurso en la Universidad de Verano de Izquierda Anticapitalista en Segovia, 2013)

Para empezar, aquí Pablo Iglesias cae en un dualismo infantil, el mismo que han estereotipado los intelectuales machistas durante decenios, solo que él lo invierte para agradar al público feminista en boga. Presenta a los hombres como seres inherentemente irracionales, irreflexivos por naturaleza, y a las mujeres como seres audaces pero ponderados en sus acciones. Trasladándolo a la política, cree que la «vía revolucionaria» es masculina: torpe, tosca, inútil. Mientras la «vía reformista» es un camino femenino: inteligente, sensato, útil. Más allá de la sensibilidad y particularidades de cada sexo, desde luego, la historia no solo ha refutado los «roles de género» marcados y cerrados, sino que socialmente, cada día se desvanecen más y más. Por otro lado, el materialismo histórico ya demostró que, aunque hombres y mujeres proletarios difieran o pudieran diferir en varias cuestiones, tienen los mismos intereses de clase:

«Las feministas buscan la igualdad en el marco de la sociedad de clases existente, de ninguna manera atacan la base de esta sociedad. Luchan por privilegios para ellas mismas, sin poner en entredicho las prerrogativas y privilegios existentes. No acusamos a las representantes del movimiento de mujeres burgués de no entender el asunto, su visión de las cosas mana inevitablemente de su posición de clase. (...) Las feministas ven a los hombres como el principal enemigo, por los hombres que se han apropiado injustamente de todos los derechos y privilegios para sí mismos, dejando a las mujeres solamente cadenas y obligaciones. Para ellas, la victoria se gana cuando un privilegio que antes disfrutaba exclusivamente el sexo masculino se concede al «sexo débil». Las mujeres trabajadoras tienen una postura diferente. Ellas no ven a los hombres como el enemigo y el opresor, por el contrario, piensan en los hombres como sus compañeros, que comparten con ellas la monotonía de la rutina diaria y luchan con ellas por un futuro mejor. La mujer y su compañero masculino son esclavizados por las mismas condiciones sociales, las mismas odiadas cadenas del capitalismo oprimen su voluntad y les privan de los placeres y encantos de la vida. (...) Observad cómo la literatura feminista es rica en búsquedas de nuevos estilos de unión del hombre y la mujer y de audaces esfuerzos encaminados a la «igualdad moral» entre los sexos. ¿No es cierto que, mientras en el terreno de la liberación económica las burguesas se sitúan en la cola del ejército de millones de proletarias que allanan la senda a la «mujer nueva», en la lucha por resolver el problema de la familia los reconocimientos son para las feministas?». (Aleksandra Kolontái; Los fundamentos sociales de la cuestión femenina, 1907)

Esta cita es una bofetada rápida a los postulados feministas de Podemos y similares. La mujer trabajadora comprende a poco que reflexione que nada tiene que ver su interés de clase con el de personajes actuales de la política, como Irene Montero o Tania Sánchez, no solo porque sean mujeres acomodadas y aburguesadas, sino porque con sus teorías feministas suponen que están planteando teorías pseudocientíficas donde sustituyen la lucha de clases por la lucha de sexos, por ende, ellas mismas hacen que se coloquen automáticamente al otro lado de la barricada, alejándose tanto de las mujeres como de los hombres proletarios.

Pero hay algo más importante que el tiempo ha demostrado también como falso: la capacidad de la vía reformista para alcanzar las metas de sus líderes. El reformismo de la «izquierda» no transforma el sistema ni lo pretende, es más, solo genera frustración y decepción en sus gobernados, y tarde o temprano, acaba cediendo el poder a la derecha tradicional si los revolucionarios no ponen una alternativa sobre la mesa.

Ninguna organización comunista que se precie ha propagado la idea de que estar inmerso en el pago de una hipoteca o un alquiler supone un acto «contrarrevolucionario», «reaccionario», «pequeño burgués»... de nuevo es un cliché que solo podría aplicarse a algunos movimientos anarquistas. Los fundadores del comunismo, socialismo científico o como se quiera llamar no confundieron jamás la propiedad personal de la vivienda con la propiedad de los medios de producción. Esto se explica en varias obras de Marx y Engels como, por ejemplo: «El Manifiesto Comunista» de 1848.

Por otro lado, la radiografía que Pablo Iglesia hace de los «revolucionarios» quizás se aplicable a algunos grupos anarquistas. ¿Por qué decimos esto? Los comunistas, que siempre han tenido de referentes a los bolcheviques, saben que jamás deben rechazar sin más los compromisos políticos con otras fuerzas políticas, pero como bien explicó Lenin, esos compromisos deben elevar la conciencia revolucionaria del pueblo, deben evitar atar de pies y manos a la organización que aspira a transformar esa sociedad. Por ejemplo, los comunistas nunca deben aceptar un pacto que le obligue a censurar la crítica hacia sus «aliados» y ocultar su postura política. Esto se explica en varias obras de Lenin como: «La revolución proletaria y el renegado Kautsky» de 1918 o «La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo» de 1920.

Los comunistas criticaron boicot parlamentario intransigente de los anarquistas, y se instó a participar en ellos hasta el momento de la revolución misma. Entre tanto, la táctica comunista en los parlamentos burgueses siempre ha sido denunciar el propio sistema desde sus bancadas, jamás caer en la ilusión de que la clase obrera tomará el poder cuando exista un 51% de votos. Primero; porque son conscientes de que ninguna elección bajo la democracia permite a los trabajadores unas elecciones «justas»; segundo, porque aunque los comunistas pudiesen llegar a ser la primera fuerza política, la burguesía apelaría a sus leyes constitucionales y a que están atentando o poniendo en peligro sus fundamentos para desbancarles; y en último lugar, si esto no fuese aceptado por los comunistas, las élites tradicionales orquestarían un golpe de Estado para, teóricamente claro, «restablecer el orden y la legalidad». Los comunistas fueron partidarios de crear un poder más democrático, los soviets, que debían sustituir el viejo parlamentarismo y sus límites burocráticos. Véase: «El desprecio del aprovechamiento de los resquicios legales de la democracia burguesa o el fascismo y el nulo trabajo de masa» de 2017.

Del mismo modo, cuando Pablo Iglesias caricaturiza la lucha callejera para contraponerla a su pacifismo pequeño burgués, hay que decir que los bolcheviques fueron muy francos con dicha cuestión: el pueblo debe aprender por sí mismo a defenderse, a tomar experiencia, al menos si algún día quiere mandar políticamente, pero no debe caer nunca ni en el aventurerismo ni el terrorismo individual, dado que las más de las veces ofrecen más consecuencias negativas que positivas, sobre todo, si se repasa la forma en que los grupos espontaneístas la han tratado de aplicar siempreVéase: «Un repaso a la metodología de las bandas terroristas y sus resultados» de 2017.

Por último, como dijo Lenin, «No somos blanquistas, no somos partidarios de la conquista del poder por una minoría», en ese ritmo de la concienciación de la clase obrera sobre sus intereses de clase, así como la adhesión del resto de las capas trabajadoras hacia la causa del comunismo, es decir, la supresión de las clases sociales y otros axiomas bien conocidos del materialismo histórico, debe pasar sí o sí por romper ideológicamente y orgánicamente con los partidos tradicionales de izquierda y derecha, y esto jamás puede ser plasmado de forma simplista como fruto de unos meses, como pretende hacernos creer Pablo Iglesias que nosotros sostenemos. Esto, como se ha comprobado hasta la saciedad, jamás ocurre de forma súbita salvo contadas excepciones, como grandes crisis, y aun así dependen del factor humano para que sea aprovechado debidamente, algo que también ha escaseado históricamente hablando. Los «factores» que actúan en estas crisis y cambios del estado de ánimo de las masas son múltiples y actúan de forma recíproca, en realidad habría un sin fin de «factores» que nombrarlos a todos sería perdernos en un ejercicio inútil. Uno o varios de ellos y por ende el todo de la situación puede que se agudice según marchen los acontecimientos y sobre todo algo que parece olvidarse, también en esto inciden el cómo de fidedignamente sepan interpretarlos la formación de vanguardia como para incidir en ellos. Sea como fuere, en medio de una situación revolucionaria, la historia ha mostrado que no se logra convencer más que a la mayoría de la clase obrera y a parte de la pequeña burguesía y extractos intermedios, neutralizando a otra pequeña parte de ellos. La otra parte irá detrás de los partidos tradicionales. Esto fue explicado extensamente por Stalin en «Fundamentos del leninismo» de 1924.

¿Qué podemos concluir? Que la exposición del Sr. Iglesias no se puede aplicar a los movimientos revolucionarios de índole comunista, ya que este, al menos según lo que mandan sus cánones y no la hilarante mente de este posmoderno, siempre ha dado pruebas de oponerse frontalmente a muchos de los conceptos de los que él se mofa. En resumen, Pablo Iglesias hacía una caricatura de los movimientos que él consideraba como radicales, pero más bien solo estaba haciendo una exposición de los peores defectos de las organizaciones anarquistas, antiglobalización y también de los grupos revisionistas semianarquistas, pretendiendo hacer extensible dichos defectos infantiles a los comunistas de verdad para meterlos en el mismo saco y denigrarlos. El fin de todo esto era justificar mejor ante el público, su visión reformista que a no mucho tardar se plasmaría en Podemos. 

Como nota curiosa, y para demostrar la hipocresía de este señor, debemos añadir que aunque 
en 2013 Pablo Iglesias se burlase de algunos de estos «movimientos radicales» de la «izquierda» con «exceso de testosterona», él siempre ha compartido una afinidad a estos grupos. Ejemplos hay de sobra. 1) De sus ideas antigobalización y toda su visión timorata y condescendiente –heredera del tercermundismo– en geopolítica provenía el justificar como «antiimperialismo» e incluso «ejemplos del progreso actual» a gobiernos como el ecuatoriano, nicaragüense, venezolano, iraní, cubano o boliviano; pese a que estos regímenes mantuvieran mil vínculos con los bloques imperialistas, sus leyes fuesen homófobas, discriminasen a la mujer o incluso oficialmente fuesen Estados confesionales. 2) Durante años también adoptó, como Juan Carlos Monedero, el guion de la «izquierda abertzale» en la justificación del terrorismo indiscriminado de ETA hacia toda la población trabajadora que rehuía sus planteamientos, considerándolo simplemente como «daños colaterales» del «conflicto vasco». 3) En lo organizativo se esforzó por crear la ilusión que Podemos era algo diferente, una «organización horizontal» ¡que novedad!–, con total «libertad de fracciones e ideologías» –¡lo nunca visto!–, algo, que según él, era imprescindible creaba todo un «modelo alternativo» para prevenir el exceso de acumulación del poder, corruptelas y separación del pueblo que se había dado en las experiencias del «centralismo democrático» comunista, modelo idóneo para crear dictadores, todo, eso sí, mientras en su propia formación morada imponía un modelo unipersonal y de total vasallaje, ¡suprimiendo uno tras otro los estatutos y normas éticas que ellos mismos antes veían como «innegociables»! 4) Por no hablar ya de los testimonios y la fama que tuvieron el Sr. Iglesias y el Sr. Monedero en sus épocas como docentes, quienes dejaron no pocas anécdotas entre el alumnado de la Universidad Complutense, teniendo que sufrir las féminas de su clase la «suerte» de compartir con ellos diversos «escarceos» que ponen muy en duda que en algún momento esta gente haya tenido algún interés real en luchar contra el sexismo». (Equipo de Bitácora (M-L); Las luchas de fracciones en Podemos y su pose ante las masas, 2017)

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