«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

domingo, 4 de junio de 2017

El «socialismo a la coreana» es bien visto por todos; Equipo de Bitácora (M-L), 2015

Kim Jong Il y Kim Jong-un

«¿Qué burgués no aceptaría este tipo de «socialismo»? ¿Qué burguesía internacional no promovería este pseudosocialismo como arma de contención contra el verdadero marxismo-leninismo de su país?

Los revisionistas chinos ya hicieron propaganda de que su burguesía nacional estaba contenta de su socialismo, así hablaba un burgués preocupado de la «transformación socialista» de su fábrica de harina:

«Por supuesto, yo estaba muy preocupado en ese momento acerca de cómo el partido comunista nos trataría. Sin embargo, el gobierno popular me invitó a participar en varias reuniones inmediatamente después de la liberación de Beijing, y más tarde, me nombraron secretario general del órgano que preparaba la creación de la comisión de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino en Beijing. Me di cuenta de que sólo mediante la aceptación de la transformación socialista podría haber un futuro brillante para mí. Cuando mi empresa de harina se convirtió en una empresa conjunta estatal-privada en 1954, me adjudicaron un puesto de liderazgo en mi empresa. Además del interés fijo, he recibido una paga relativamente alta. Fui elegido además, miembro del Gobierno Municipal Popular en 1957». (Pekín Informa; Vol.10, Noº34, 18 de julio de 1967)

Un ejemplo más para que veamos que no es casualidad que en el «socialismo» revisionista, donde insertan en el nuevo régimen a la burguesía en empresas estatales, cooperativas, privadas o estatal-privadas sin tocar un ápice su poder, la burguesía nacional lejos de desaparecer crece y con ello también su poder económico y político:

«Liu Tsing-kee, un miembro del Congreso de Shanghái y del Congreso Nacional del Pueblo, es un magnate textil, sus activos han incluido a cinco grandes fábricas -ahora en propiedad conjunta con el Estado-, las cuales emplean a unas 11.000 personas, los pagos de intereses personales tienen un valor de unos 400.000 dólares anuales, y un salario mensual de 300 dólares. Los activos totales de su familia, incluyendo las propiedades inmobiliarias, se han valorado en 16 millones de dólares. Mr. Liu heredó gran parte de la fortuna de su padre hace varios años, y pese a que desde hace tiempo es un capitalista, no ha recibido ningún estigma social por ello. Su fabulosa casa está llena de muchas antigüedades de trescientos años de edad, algunas tan antiguas incluso como para tener seiscientos años encima. Él tiene a su cargo a cuatro funcionarios y tiene un sedán Humber con chófer. Otro señor Liu, que tiene negocios con el del partido, recibe $ 320.000 en intereses anualmente y ha ocupado varios puestos clave del Estado». (B. Richman; La sociedad industrial en la China comunista, 1969)

En el caso norcoreano ocurre lo mismo:

«La política de nuestro partido y gobierno de nuestra República hacia los comerciantes y fabricantes privados está siendo apreciada por la gente que no es comunista. Muchos visitantes que vienen a nuestro país, provenientes de países capitalistas dicen que ellos apoyan y aprueban el socialismo en Corea». (Kim Il Sung; Los comerciantes y fabricantes coreanos en Japón deben hacer una fuerte contribución al trabajo patriótico de su Patria y nación: Conversación con el segundo grupo de comerciantes y fabricantes coreanos de Japón que visitan la Patria, 1973)

Como Iósif Stalin declaró, los genuinos marxista-leninistas no apostamos por hacer la revolución para construir este tipo de «socialismo» que proclaman los oportunistas:

«He ahí a qué estupideces lleva la teoría de Bujarin. Los capitalistas de la ciudad y del campo, los kulaks y los concesionarios, integrándose en el socialismo: hasta esa estupidez ha llegado Bujarin. No, camaradas, no es ése el «socialismo» que nosotros necesitamos. Que se quede con él Bujarin. Hasta ahora, los marxistas-leninistas habíamos pensado que entre los capitalistas de la ciudad y del campo, de una parte, y, de otra parte, la clase obrera, existe un antagonismo irreconciliable de intereses. En ello, precisamente, descansa la teoría marxista de la lucha de clases. Pero ahora, según la teoría de Bujarin acerca de la integración pacífica de los capitalistas en el socialismo, todo esto se trastrueca, desaparece el antagonismo irreconciliable entre los intereses de clase de los explotadores y de los explotados, y los explotadores se integran en el socialismo». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Sobre la desviación derechista en el Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética, 1929)

Iósif Stalin respondió a todos los bujarinistas, que presuponían que las teorías de Bujarin implicaban la dictadura del proletariado y la lucha de clases, algo del todo imposible con sus teorizaciones conciliadoras.

Esta teoría de la «integración» de las clases explotadoras en el «socialismo» sin la eliminación de su poder económico, sería proclamado por los revisionistas coreanos liderados por Kim Il Sung, como un increíble avance en la teoría del marxismo! ¡Casualmente, los revisionistas chinos también se habían adjudicado el mismo descubrimiento!:

«En un Estado que tomó el poder político bajo las condiciones históricas y sociales concretas, el establecimiento del principio por el cual los capitalistas podían ser transformados para aceptar y seguir el socialismo, es otra brillante contribución del camarada Mao Zedong para el baúl del tesoro del marxismo-leninismo. Esta teoría nunca apareció en ningún otro clásico del marxismo-leninismo, y ningún otro país del mundo ha atravesado este tipo de experiencia. En la Unión Soviética y en el resto de las democracias populares fueron usados métodos forzados y violentos para hacer desaparecer a la burguesía como clase. Pero, bajo las condiciones de China, el mismo camino de eliminación de la burguesía puede ser conseguido a través de la transformación pacífica». (Shu Wei-kuang; El paso gradual en el periodo de transición chino, 1955. Citado en la obra de Arthur A. Cohen: El comunismo de Mao Zedong, 1964)

Con todo raciocinio Enver Hoxha describiría y fustigaría de esta forma las teorizaciones de Mao Zedong que guiaba a los revisionistas chinos:

«Este crítico de Stalin, está por la integración de la burguesía y los kulaks en el socialismo, es un nuevo Bujarin, camuflado con fórmulas pretendidamente marxistas». (Enver Hoxha; La estrategia china sufre fracasos: Reflexiones sobre China, Tomo II, 31 de diciembre de 1976)

Mirando las declaraciones Shu Wei-kuang. Estas citas no dice nada cuerdo, resulta que ni siquiera la afirmación de la presunta «brillante contribución»: o sea tal estupidez, tal ilusión reformista, de que la burguesía se ofrezca a perder su carácter de clase privilegiada tiene veracidad, ya que antes que Mao Zedong o Kim Il Sung, los Bernstein, Browder, Tito, o el propio Bujarin como hemos visto y un sin fin de oportunistas habían planteado tal teoría bajo una falsa bandera marxista, pero para mal de todos ellos el marxismo-leninismo y sus figuras ilustres siempre refutaron estos groseros sofismas, ya que todos ellos siempre han declarado que:

«En la historia no se ha dado jamás el caso de que las clases moribundas se retirasen voluntariamente de la escena. No se ha dado jamás en la historia el caso de que la burguesía agonizante no apelase a sus últimas fuerzas para defender su existencia». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Sobre la desviación derechista en el Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética, 1929)

No solo Stalin combatió durante años contra las teorías de bujarinistas o titoistas, sino que Lenin combatió durante décadas las teorías de los «demócratas pequeño burgueses» y «pseudosocialistas» sobre la posibilidad de la «sumisión pacífica» de las clases explotadoras:

«Los demócratas pequeñoburgueses, estos pseudosocialistas que han sustituido la lucha de clases por sueños sobre la armonía de las clases, se han imaginado la transformación socialista también de un modo soñador, no como el derrocamiento de la dominación de la clase explotadora, sino como la sumisión pacífica de la minoría a la mayoría, que habrá adquirido conciencia de su misión. Esta utopía pequeñoburguesa, que va inseparablemente unida al reconocimiento de un Estado situado por encima de las clases». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El Estado y la revolución, 1917) (Equipo de Bitácora (M-L)El revisionismo coreano: desde sus raíces maoístas hasta la institucionalización del «Pensamiento Juche», 2015)

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