miércoles, 20 de abril de 2022

Labriola: «¿Y qué otra cosa es el pensamiento en el fondo, sino el consciente y sistemático complemento de la experiencia?»

«La mutación en las ideas, hasta la creación de nuevos métodos de concepción, ha venido reflejando paso a paso la experiencia de una nueva vida. Así como ésta, en las revoluciones de estos dos últimos siglos, se ha ido poco a poco despojando de las envolturas míticas, místicas y religiosas a medida que ha ido adquiriendo la conciencia práctica y precisa de sus condiciones inmediatas y directas, así también el pensamiento que resume y teoriza esta vida, se ha despojado á su vez de las presuposiciones teológicas y metafísicas, para encerrarse al fin en esta prosaica exigencia: en la interpretación de la historia es necesario restringirse a la coordinación objetiva de las condiciones determinantes y de los efectos determinados. 

La concepción materialista señala el colmo de esta nueva dirección en el descubrimiento de las leyes histórico-sociales, en cuanto no es un caso particular de una genérica sociología o de una genérica filosofía del Estado, sino el resolvente de todas las dudas y de todas las incertidumbres que acompañan las demás formas de filosofar sobre las cosas humanas, y principio de la interpretación integral de éstas. Es, por consiguiente, cosa fácil, especialmente, como han hecho algunos vulgares criticastros, ir descubriendo los precursores de Marx y de Engels, que por primera vez precisaron los fundamentos de esta doctrina. Jamás se le ocurrió a ninguno de sus secuaces, ni siquiera á los de la observación más estrecha, hacer pasar ti aquellos dos pensadores por fabricantes de milagros. Antes bien, si hay que andar buscando las premisas de la creación doctrinal de Marx y de Engels, no bastará con detenerse en aquellos que llámense precursores del socialismo hasta Saint-Simón y más allá, ni en los filósofos, y especialmente en Hegel, ni en las economistas que declararon la anatomía de la sociedad que produce las mercancías; tendríamos que remontarnos a toda la formación de la sociedad moderna y declarar por último triunfalmente que la teoría es un plagio de las cosas que explica.

Porque, a decir verdad, los precursores efectivos de la nueva doctrina fueron los hechos de la historia moderna, que se ha vuelto perspicaz y reveladora de sí misma desde que se operó en Inglaterra la gran revolución industrial de a fines del siglo pasado, y desde que en Francia se produjo aquella gran laceración social que todos conocemos, cuyas cosas, mutatis mutandis, se han ido después reproduciendo, con diversas combinaciones y formas más benignas, en todo el mundo civilizado. ¿Y qué otra cosa es el pensamiento en el fondo, sino el consciente y sistemático complemento de la experiencia? ¿y qué es ésta, sino el reflejo y la elaboración mental de las cosas y de los procesos que nacen y se desarrollan o fuera de nuestra voluntad o por obra de nuestra actividad? ¿y qué otra cosa es el genio, sino la individuada y consiguiente y aguzada forma de aquel pensamiento que por sugestión de la experiencia surge en muchos hombres de la misma ápoca, pero que en la mayor parte de ellos permanece fragmentario, incompleto, incierto, oscilante y parcial?

Las ideas no caen del cielo, antes bien, como cualquier otro producto de la actividad humana se forman en dadas circunstancias, en tal precisa madurez de los tiempos, por la acción de determinadas necesidades y por las reiteradas tentativas de dar satisfacción a éstas, y con el descubrimiento de tales y cuales medios de prueba, que son como los instrumentos de su producción y elaboración. Las ideas suponen también un terreno de condiciones sociales y tienen su técnica, y el pensamiento es también una forma del trabajo. Apartar aquéllas y éste, ó sea las ideas y el pensamiento, de las condiciones y del ámbito de su propio nacimiento y desarrollo, es desfigurar su naturaleza y significado.

El tema de mi primer ensayo consistió en enseñar cómo la concepción materialista de la historia nació precisamente en dadas condiciones, es decir, no como personal y discutible opinión de dos escritores, sino como una nueva conquista del pensamiento por la inevitable sugestión de un nuevo mundo que ya se está engendrando, o sea la revolución proletaria. Lo que es como decir que una nueva situación histórica se ha completado con un congruo instrumento mental.

Imaginar ahora que esta producción intelectual podía confirmarse en cualquier tiempo y lugar, es como dar el absurdo por regla de las propias investigaciones. Transferir las ideas, a capricho, del terreno y de las condiciones históricas en que nacieron a cualquier otro terreno, es como si tornáramos por base del raciocinio el simple irracional». (Antonio Labriola; Del materialismo histórico, 1896)

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