«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

jueves, 18 de agosto de 2016

La distinción entre la revolución antiimperialista socialista del proletariado y la revolución anticolonial de la burguesía nacional


«Los marxista-leninistas nos negamos a aceptar ciegamente toda pretendida «revolución antiimperialista» –sobre todo cuando se queda acantonada en su etapa anticolonial–, como una «revolución socialista».

La transformación de la primera a la segunda no es ni mecánica, ni automática, por la simple razón de que en los países coloniales, una parte de la burguesía nacional está interesada en el derrocamiento del yugo imperialista y es conducida así a apoyar, ve dirigir –de manera más o menos consecuente según la situación– el combate de las capas populares por la libertad del yugo del capital extranjero y la fracción de la burguesía nativa relacionada con este, pudiendo sacar beneficio de una mayor por la nueva situación. Por eso el hecho de atacar a los capitalistas extranjeros y no significa que todos los explotadores nacionales hayan desaparecido. ¡Ténganse cuidado pues, de no confundir la revolución democrático-burguesa contra el imperialismo de la revolución socialista!

La primera puede acompañarse de medidas radicales –puritarnismo revolucionario, nacionalizaciones burguesas de los sectores que antes pertenecían al capital extranjero–, en la lucha contra el feudalismo y el embargo del capital extranjero en la economía, preservando las posiciones económicas de la pequeña y mediana burguesía nacional de la cuidad y el campo.

Sobre la cuestión nacional y colonial, Stalin había defendido de modo muy justo que la revolución democrático-burguesa anticolonial era una revolución hecha a favor de las masas campesinas y a favor de la burguesía indígena contra los terratenientes, los vestigios de feudalismo y la burguesía compradora. Esta revolución pretende pues destruir las relaciones precapitalistas y coloniales de producción que mantienen la economía de estos países en un estado de atraso extremo  –en un país extranjero el capital extranjero desarrolla sólo algunas ramas de la producción, haciendo caso omiso del desarrollo del mercado nacional indígena–, a fin de liberar el desarrollo de las fuerzas productivas, pero sobre la vía de la introducción y el desarrollo de las relaciones capitalistas de producción.

Tal tipo de revolución, que se apoya en la creación de un mercado nacional, beneficia a la burguesía nacional que se refuerza, y también en menor medida a las masas trabajadoras de estos países: a medida que aumente la productividad de trabajo, la burguesía nacional podrá conceder algunas mejoras de las condiciones materiales de los trabajadores, en una medida siempre muy inferior al crecimiento de sus beneficios: la reducción de la pobreza, bajo el capitalismo, solo puede ser relativa y no absoluta. ¡Y siempre que la riqueza de los trabajadores aumente, significará que la de la burguesía estará creciendo mucho más rápido! Además, bajo el capitalismo, la mejora de las condiciones materiales de los trabajadores en cualquier país solo es posible cuando el poder relativo, es decir, la tasa de ganancia de «su» burguesía aumenta en comparación con la de otras burguesías competidoras. En los países dependientes, la expropiación de la burguesía compradora también redistribuye la riqueza más equitativamente pero esto no constituye ningún tipo de socialismo: la formación de Estados burgueses centralizados sucede dentro del desarrollo de la economía mundial y de la internacionalización de los medios de producción, donde la burguesía imperialista intenta poner frenos al libre desarrollo de la industria de producción de medios de producción.

La revolución antiimperialista –socialista– pone el acento sobre la independencia económica como condición para el mantenimiento de la independencia política y se caracteriza por la prioridad consagrada a la industria de medios de producción, mientras que la revolución anticolonial –democrática-burguesa– espera aprovechar de una mejor –o «más equitativa»– integración en la división internacional del trabajo. Como marxistas, nos negamos pues a asimilar toda medida de nacionalización como socialismo, sea en países imperialistas o en países dependientes. Las nacionalizaciones pueden tener un carácter socialista solamente si se acompaña de la expropiación sin indemnización de la burguesía en conjunto, imperialista como nacional –compradora como patriótica–.

La transformación de revolución anticolonial en verdadera revolución antiimperialista y revolución socialista, por tanto, requiere de varios factores: 1) en primer lugar la existencia de un partido comunista marxista-leninista capaz de movilizar a los trabajadores de la ciudad y el campo contra el poder imperialista comprador sin transferir la dirección de la lucha a la burguesía nacional interesada en el derrocamiento de los capitalistas y terratenientes compradores; 2) después, que el partido llegue a demostrar que las aspiraciones democráticas de las capas populares y de los trabajadores sólo pueden alcanzarse la política de liberación del yugo del imperialismo extranjero está ligada a la liberación del yugo social, ejercido no sólo por el capital extranjero, sino también por el desarrollo del capitalismo, incluso circunscrito dentro del mercado interior. De hecho Marx destacó que la explotación del trabajo asalariado condujo necesariamente a nivel nacional –a causa de la brecha entre la producción y el consumo en el mercado interno– a forzar grandes vínculos comerciales con otros países burgueses, y sobre la base de la teoría del valor-trabajo y la existencia de diferentes grados en la productividad del trabajo social, estas relaciones hasta estrictamente comerciales tornan en una relación de dependencia y sujeción económica de los países burgueses más débiles en provecho de los más poderosos, capaces de echar sobre el mercado cantidades importantes de mercancías a un precio de coste menor.

Por lo tanto, si la revolución «antiimperialista» se detiene a mitad de camino y permanece entre las manos de los capitalistas «nacionales», la liberación política y económica conquistada gracias a la revolución anticolonial necesariamente se convertirá en algo meramente formal y dará nacimiento a una nueva dependencia, primero económica, que crea así misma una dependencia política, incluso cuando la independencia política formal es reconocida. Esto acondiciona en una medida determinante la degeneración de los organismos de la «democracia representativa», degeneración que es de un carácter inmutable en todo régimen de democracia burguesa donde toda la potencia del capital predomina, Esta degeneración caracterizó el conjunto de los países coloniales, que tras haberse liberado del yugo político y militar del imperialismo después de la Segunda Guerra Mundial, finalmente recayeron sobre una nueva dependencia económica y política: el neoclonialismo, que no es sino una generalización de los métodos imperialistas semicoloniales de dominación.

Es por todo esto, que como marxistas, debemos hacer hoy una distinción neta entre la revolución antiimperialista socialista –torneada tanto contra los explotadores del exterior como del interior–, y la revolución anticolonial democrático-burguesa –torneada únicamente contra el capital extranjero y sus representares indígenas–. La segunda sólo es una revolución antiimperialista truncada, parcial y limitada a la desestimación de los métodos coloniales. La preservación de las posiciones económicas de la burguesía nacional conduce o bien a la neocolonización del país o a su transformación en un país imperialista. La primera perspectiva está reservada para los países demasiado débiles para edificar una industria de producción de medios de producción, mientras que la segunda perspectiva está reservada para los países que como China, llevaron una lucha radical contra la dominación del capital extranjero. Desde luego, la determinación de una de estas dos perspectivas depende ante todo de la fuerza económica y del grado de sumisión y de dependencia de la burguesía nacional contra el capital extranjero, así como de su lugar en las relaciones internacionales de producción.

Los revisionistas procuraron separar estos dos tipos de revolución por una muralla china, emulando a los mencheviques en Rusia, también veían la necesidad de pasar por un «estadio intermediario» de desarrollo del capitalismo después del triunfo de la revolución anticolonial y antifeudal, antes de poder pasar al socialismo, considerando insuficiente el grado de desarrollo de las fuerzas productivas.

A fin de juzgar objetivamente la capacidad económica de los antiguos países dependientes que se comprometen en la vía del socialismo y que se dotan de una industria de producción de medios de producción, incluso en las condiciones de bloqueo económico total contra las potencias imperialistas, bastaría recordar que en 2005 Argelia y Libia produjeron cada una 1 millón de toneladas de acero mientras que Irán y Sudáfrica tiene en producto 9 millones de toneladas. En una comparación con la Rusia zarista, que tenía 160 de millones de habitación en 1913, apenas produjo 4 millones de toneladas de acero al año, o 25 kg/habitante. Los marxista-leninistas rusos consideraron que era perfectamente suficiente para edificar rápidamente, es decir en el espacio de un quinquenio, las bases de una poderosa industria de producción de medios de producción. Los marxista-leninistas albaneses, aunque Albania no poseía en su liberación de ningún industria siderúrgica no estimaron menos, creyendo que era posible y necesaria la construcción del socialismo, en condiciones mucho más difíciles que había tenido en su momento la Unión Soviética, manteniendo este curso incluso en el momento del triunfo del revisionismo a escala mundial. Hoy, muy raros son los países que no producen por lo menos algunas decenas o centenas de millares de toneladas de acero. Tan rato es hasta el punto de que actualmente raro es el país que carezca de los fundamentos de una base de industria pesada y le fuera difícil edificar por sus propias fuerzas una industria de producción de medios de producción y construir el socialismo en caso de un bloqueo económico total con respecto al comercio de medios de producción.

Es esencial diferenciar entre las dos categorías de revoluciones antiimperialistas: de una parte la revolución antiimperialista consecuente, que llevada a su conclusión lógica, se transforma en una revolución socialista como necesidad de preservar los logros de la lucha de liberación nacional y no se encuadra en una forma de dependencia semicolonial –lo que Stalin llamó «dawisation»–, y la otra revolución democrático-burguesa anticolonial, que está fuera de la dirección del proletariado y por ello quiere integrarse en el juego del comercio y las alianzas internacionales, trayendo la diferenciación de los antiguos países coloniales en países dependientes semicoloniales de una parte, y en nuevos países imperialistas por otro lado.

En ciertos casos de efecto, como en China, la burguesía nacional puede procurar ocupar su sitio en el concierto de las naciones imperialistas, después de un pretendido largo periodo de «nivel inferior de socialismo» el Estado burgués-revisionista concentra en sus manos el capital de la burguesía nacional a fin de realizar las inversiones pesadas fundamentales con vistas a la edificación de una base industrial diversificada, y de permitir luego el «desarrollo de las fuerzas productivas» del país, con la ayuda del país extranjero pero sin dejarle por ello entera libertad de acción. Este país es estigmatizado como «autárquico» e incluso hasta «stalinista». Para la misma burguesía imperialista de un país de tipo compradora-semicolonial puede ser ataviada con la etiqueta de «socialista» o «autárquica», por los países burgueses que tienen finalidades coloniales sobre éste, y así será en tanto tiempo como este país semicolonial procure conservar una cierta independencia frente al sistema imperialista y colonial denegando el capital extranjero el derecho directo de propiedad de los medios de producción.

Existen contradicciones entre el capital nacional y el capital extranjero, hasta el punto que sus intereses pueden en un momento volverse antagonistas: un país cuyas principales ramas de las economía están bajo control directo y exclusivo del capital extranjero podrá verse una amplia coalición popular –englobando a obreros, campesinos y la pequeña y media burguesía que sufren del yugo ejercido por la burguesía latifundista y compradora ligada a la defensa de los intereses del capital extranjero en diversas medidas–, sin que los principios de la producción mercantil y de la esclavitud salarial sean desafiados en el marco nacional.

Estos conflictos se efectúan inevitablemente entre las facciones de la burguesía nacional de los países dependientes que consideran que el crecimiento depende de la sumisión total al imperialismo extranjero –burguesía compradora–, y las facciones de la burguesía nacional cuyas ambiciones imperialistas le dan a entender la necesidad de preservar un sector del Estado nacionalizado en las ramas más fundamentales de la industria –industria de extracción e industria de producción de los medios de producción–. Estos conflictos existen en todos los países semicoloniales.

La burguesía indígena está en casi todos los países dependientes de tipo comprador, y a menudo reviste un carácter reformista.

Lo mismo que la socialdemocracia de los países imperialistas no busca de ninguna manera la caída de los explotadores, sino que prefiere hablar de un «mejoramiento de las condiciones de vida» y de «nueva distribución más equitativa de las riquezas», del mismo modo la burguesía indígena de los países dependientes que no busca de ninguna manera una solución radical a la crisis: recordemos que la única solución sería el socialismo. No puede pues, más que esperar obtener condiciones de venta más ventajosas para la explotación de su mano de obra y para la venta de su producción

A veces sin embargo, estos conflictos toman un carácter muy agudo, en particular en los países burgueses semicoloniales como la China anterior 1949 y hasta en los países imperialistas multinacionales en decadencia como la Unión Soviética socialimperialista que volvía a ser un país semicolonial; de ahí la condena de la política –enteramente sujeta al capital extranjero– de Gorbachov de parte de los revisionistas chinos y la burguesía imperialista china.  Concebimos pues sin dificultad, que sólo el camino socialista puede garantizar a largo plazo el avance siempre en la salvaguardia de una verdadera independencia económica y política con respecto al imperialismo.

Tales son las enseñanzas esenciales que hay que siempre tener a la vista cuando se estudia el carácter de clase del no alineamiento. Únicamente basándonos en estos principios científicos podemos orientarnos en las tempestades internacionales de la lucha de clases sin acabar en desviaciones derechistas e «izquierdistas». (Vincent Gouysse; Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

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