miércoles, 10 de noviembre de 2021

Pléjanov hablando sobre la ausencia de visión política y la sobrestimación de las fuerzas

«Hay otro obstáculo para el desarrollo de nuestro movimiento en la corriente que acabamos de señalar: la ausencia de visión política, que desde el comienzo mismo de nuestro movimiento impidió que nuestros revolucionarios se fijaran sus tareas inmediatas de acuerdo con sus fuerzas, y cuya causa no es sino la insuficiente experiencia política de los dirigentes sociales rusos. Al dirigirnos al pueblo con el fin de difundir las publicaciones socialistas, al establecernos en las aldeas para organizar a los elementos descontentos de nuestro campesinado o cuando iniciábamos la lucha abierta contra los representantes del absolutismo, repetíamos siempre el mismo error. Siempre exagerábamos nuestras fuerzas, jamás teníamos en cuenta cabalmente la resistencia que nos ofrecería el ambiente social y nos apresurábamos a erigir en principio universal el modo de actuar favorecido transitoriamente por las circunstancias, excluyendo todos los demás métodos y procedimientos. Todos nuestros programas se hallaban por eso en un equilibrio muy inestable, que podía ser alterado por la variación más insignificante del medio circundante. Cada dos años cambiábamos estos programas, y no podíamos detenernos en algo firme, porque siempre nos apoyábamos en algo restringido y unilateral. Así como, según palabras de Belinsky, la sociedad rusa, careciendo aún de literatura, ya recorrió todas las tendencias literarias, el movimiento socialista ruso, que aún no se había convertido en el movimiento de nuestra clase obrera, ya alcanzó a pasar por todos los matices del socialismo de Europa occidental.

La lucha contra el absolutismo que emprendiera Naródnaia Volia, lanzando a nuestros revolucionarios hacia un campo de acción más amplio, obligándolos a esforzarse por la creación de un partido efectivo, contribuirá decididamente, sin duda alguna, a superar el carácter unilateral de los círculos. Pero, para terminar con estos cambios constantes de programas, para abandonar estos hábitos de nómadas políticos y alcanzar por fin la estabilidad espiritual, los revolucionarios rusos deben realizar hasta el fin la crítica iniciada con la aparición de las tendencias políticas en su medio. Deben adoptar una actitud crítica ante el mismo programa que tornó necesaria la crítica de todos los programas y teorías anteriores. El partido de Naródnaia Volia es fruto de una época de transición. Su programa es el último programa nacido en las condiciones que hicieron de nuestra parcialidad un fenómeno inevitable y, por consiguiente, legítimo. Al ampliar el horizonte político de los socialistas rusos, este programa aún no está exento de aspectos unilaterales. En él también se advierte la falta de visión política, de aptitud para ajustar los objetivos inmediatos del partido a sus fuerzas reales o posibles. El partido de Naródnaia Volia recuerda al hombre que avanza por un camino real, pero que aún no tiene idea de las distancias, y que por eso confía en que puede recorrer al instante «cien mil millas sin descansar». La práctica, por supuesto, destruirá esta ilusión, pero la experiencia le puede resultar muy cara. Es mejor que se pregunte si las botas de siete leguas no pertenecen al reino de la fantasía». (Gueorgui Plejánov; El socialismo y la lucha política, 1883)

Anotaciones de Bitácora (M-L):

«Toda clase que aspira a su emancipación, todo partido político que llega al poder, son revolucionarios solamente en tanto representan las corrientes sociales más progresistas y, por consiguiente, sustentan las ideas más avanzadas de su tiempo. Una idea de contenido revolucionario es como una dinamita, que no puede ser reemplazada por ningún explosivo. Y mientras nuestro movimiento siga bajo la bandera de teorías atrasadas o erróneas, sólo tendrá significación revolucionaria en algunos aspectos, pero no en todos ellos. Y al mismo tiempo, sin que lo adviertan sus defensores, contendrá los gérmenes de la reacción, que la privarán incluso de esa significación parcial en un futuro más o menos próximo. (...) Afortunadamente, los socialistas pueden fundar sus esperanzas en una base más sólida. Pueden y deben confiar ante todo en la clase obrera. La fuerza de los obreros, como de cualquier otra clase, depende, entre otras cosas, de la claridad de su conciencia política, de su unidad y organización. Sobre estos elementos de su fuerza influyen precisamente nuestros intelectuales socialistas. Éstos deben ser los dirigentes de la clase obrera en el próximo movimiento emancipador, presentarle con claridad sus intereses políticos y económicos, el nexo recíproco de esos intereses, inducirla a que adopte un papel independiente en la vida social de Rusia. Tiene que esforzarse por todos los medios para que nuestra clase obrera, durante el primer período de la vida constitucional de Rusia, pueda participar como partido especial, con un programa político-social determinado. La elaboración detallada de este programa, por cierto, debe ser presentada a los obreros mismos, pero los intelectuales deben explicarles sus puntos principales, como por ejemplo, la revisión radical de las actuales relaciones agrarias, el sistema impositivo y la legislación fabril, la ayuda estatal a las asociaciones productivas, etc. Todo esto sólo puede lograrse mediante una esforzada labor que se debe realizar, por lo menos, con las capas más avanzadas de la clase obrera, mediante la propaganda escrita y oral y la organización de círculos socialistas obreros». (Gueorgui PlejánovEl socialismo y la lucha política, 1883)

jueves, 4 de noviembre de 2021

El intelectual y su papel a la hora de blanquear la esencia del movimiento trap; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«En este bloque analizaremos el porqué de la alianza entre cierta parte de la intelectualidad y los traperos; la metodología y los argumentos que utilizan aquellos «filósofos» y «expertos musicales» que lo defienden, etc.

Algunos a estas alturas del documento seguro que espetarán: «Pero si tan poco os gusta el movimiento trap actual, si os parece zafio, entonces, ¿¡qué hacéis dedicándole un artículo!?». A esto bien podríamos responder con la famosa frase de Terencio que el mismo Marx hizo suya: «Nada humano me es ajeno», ante lo cual tendríamos que aclarar para algunos despistados: «Y porque no nos gusta que nuestra juventud tire su futuro en balde». Reproduzcamos unos versos de un conocido y admirado músico en el mundo rapero y trapero:

«Me busco la vida para tener mis caprichos / Mi chándal, mis zapas mis temas de Los Chichos. (...) Soy el carterista que tiene tu cartera / Yo soy lo más kinki de la escena navajera». (Jarfaiter; Sonido Kinki, 2011)

Lo primero de todo, pedimos perdón al lector por adelantado por la ristra de jerga lumpen que mostraremos en este artículo. Esperemos que no se pierda y, en medida de lo posible aclararemos ciertos términos para que no abandone la lectura, pero debe entender que es algo necesario para comprender las letras y el vocabulario habitual de estas tribus urbanas y su forma de ver las cosas. En palabras de sus autores:

«¿Que es el trap? Cocaína y follar», resume Fernando, alias Yung Beef, uno de los cuatro componentes de Pxxr Gvng». (El Mundo; El 'trap', la música que odian los padres 2015)

Ernesto Castro como «filosofo del trap»

«E.C.: El público es tan ignorante que se queda en la pura superficialidad de la provocación, algo que por otro lado es una reacción habitual de la gente ante las expresiones de vanguardia». (Diario de Sevilla; «El público es tan ignorante que no va más allá de la superficie provocadora del «trap», 17 de octubre de 2019)

En efecto, que actualmente se le intente dar un barniz filosófico y un trasfondo a algo como el trap que no lo tiene por ningún lado, es bastante triste. No se veía nada tan lamentable desde el intento de lavado de cara que Deleuze –autor posmoderno– y muchos otros intentaron hacer con la filosofía de Nietzsche, al cual poco menos que quisieron presentar –a este reaccionario consumado– como una especie de «coach motivacional», intentando ocultar la mayor parte de su ideario supremacista e individualista, hablándonos de cosas anecdóticas y distorsionadas. Pues hoy, tarea similar emprenden los intelectuales como Ernesto Castro, al cual con su permiso usaremos una y otra vez, porque nos parece magnífico como paradigma. Este autor alcanzó su cuota de fama por su libro «El trap: Filosofía millenial para la crisis en España» (2019), en el cual intentó realizar un estudio filosófico, sociológico y en menor medida musical sobre dicho fenómeno. Lo que salió de tal «intento» fue uno de los mayores blanqueamientos culturales que se han visto jamás. Cuando le preguntaron en una entrevista con Javier Blánquez si era, como decían, el filósofo del trap, este filósofo madrileño, con su pedantería característica, respondió: «Más bien soy el trapero de la filosofía». Entonces, ¿quién mejor que él para continuar con nuestro recorrido sobre este género?

Pero antes de seguir hemos de poner el contexto al lector, puesto que para quien desconozca quién es este elemento, Ernesto Castro, resulta que él es un filósofo que imparte clases en la Universidad Autónoma de Madrid y que se hizo famoso por dar conferencias a favor de la ideología de la Escuela de Gustavo Bueno, pero de una forma peculiar: lo mismo iba vestido de torero a la facultad para explicar a Tomás de Aquino, que se cambiaba el color del tinte de pelo semanalmente para llamar la atención. Sin duda hace honor al himno no oficial del posmodernismo: «¡Ya que no tiene nada interesante que decir al menos procura que hablen de sus histriónicas performances!». Sobre la ideología que porta, diremos, sin querer ser demasiado duros, que todavía hoy nos es inexplicable entender cómo es posible que él, siendo ya un curtido estudiante de filosofía, se dejase engañar por esa pantomima tan rancia y simplona como es el nacionalismo de Gustavo Bueno, su «materialismo filosófico» –nombre cuanto menos de chiste pues de «visión materialista del mundo» tenía más o menos la misma que sus predecesores inmediatos, Unamuno y Ortega y Gasset, es decir, poco o nada–. Aunque hace tiempo que el señor Castro afirma haber abandonado tal secta y la critica con ahínco, todavía no ha superado su idealismo inherente –por eso, entre otras cosas, es admirador de las ideas religiosas de Francisco Suárez, o rinde aún pleitesía a su antiguo maestro Bueno enseñando sus dogmas fundamentales en cuanto a estudios sobre arte–. El problema es que este filósofo, de por sí, es alguien que acostumbra a dejarse maravillar por cualquier charlatán de turno, procurando adoptar sus mismos sofismas. Así, declaraba sin vergüenza:

«Ernesto Castro: Yo no escribo para que me entiendan, sino que también escribo para lanzar ciertos mensajes encriptados en una botella que ya llegarán a quien tenga que llegar». (Relatos Sonoros; Con Javier Blánquez y Ernesto Castro: Trap, música y filosofía en tiempos de crisis, 2020)

¡Este es el tipo de «filósofos» que los niños temen tanto como al hombre del saco! Los que hacen complicado lo que es sencillo, los que son «incomprendidos» por la «masa» y solo esperan la llegada de «verdaderos» discípulos de su «círculo de fieles». Por este tipo de pamplinas no es extraño ver las aulas de filosofía de las universidades vacías. Pese a su teórico «abandono» de los postulados de la Escuela de Gustavo Bueno, el señor Castro ha conservado lo peor de su bagaje: el idealismo subjetivista, la invención de palabras complejas innecesarias y la no adecuación del registro a lo que pide el ambiente. Sobre esto último, recomendamos mirar cualquiera de sus entrevistas y tertulias. En una, concedida a la Cadena SER en 2019, recibió varias señales por parte de los entrevistadores que daban a entender que el público no se estaba percatando de nada de su discurso en clave de catedrático de filosofía, pero él, pese a todo, continuaba igual, contra viento y marea, ¿cómo era aquello? «¡Show must go on!». No por casualidad su ídolo es ese idiota de Slavoj Žižek, aquél que instaba a votar a Trump porque en un delirio de «fatalismo revolucionario», según él, «cuanto peor, mejor», como si el trumpismo por su reaccionarismo fuese a elevar mágicamente la conciencia de clase de los obreros mecánicos de Boston o los obreros de la construcción de Kentucky. Si las cosas fuesen tan estúpidamente simples, haría siglos que en el Capitolio hondearía una bandera roja. 

martes, 2 de noviembre de 2021

El libro de Lenin «Un paso adelante, dos pasos atrás» y su lucha contra los conceptos mencheviques de organización


«Después del IIº Congreso de 1903, la lucha dentro del Partido se agudizó todavía más. Los mencheviques esforzábanse con todo ahínco en minar los acuerdos del Congreso y apoderarse de los organismos centrales del Partido. Exigían que se incorporasen a la redacción de la «Iskra» y al Comité Central el número de representantes suyos necesarios para tener mayoría en la redacción del periódico y la paridad con los bolcheviques en el C.C. Los mencheviques rechazaron esta exigencia, que contravenía los acuerdos explícitos del Congreso. En vista de esto, los mencheviques crearon, a espaldas del Partido y hostil al mismo, su propia organización fraccional, a cuyo frente se hallaban Martov, Trotski y Axelrod, y «se rebelaron según frase de Martov contra el leninismo». Eligieron como método de lucha contra el Partido «la desorganización de todo el trabajo del Partido, saboteando, entorpeciéndolo en todo lo que podían» palabras de Lenin. Se atrincheraron en la «Liga extranjera» de los socialdemócratas rusos, cuyos componentes, en un noventa por ciento, eran intelectuales emigrados, desligados de toda actuación práctica en Rusia, y comenzaron a hostilizar desde allí al Partido, a Lenin y a los leninistas.

Plejanov ayudó considerablemente a los mencheviques. En el IIº Congreso de 1903, había marchado de acuerdo con Lenin, pero después se dejó asustar por los mencheviques con la amenaza de la escisión y decidió «reconciliarse» a toda costa con ellos. El peso de sus viejos errores oportunistas le arrastraban al campo menchevique. No tardó en convertirse, de conciliador con los mencheviques oportunistas, en un menchevique más. Exigió que fuesen incorporados a la redacción de la «Iskra» todos los antiguos redactores mencheviques, rechazados por el Congreso. Y como Lenin no podía, naturalemente, avenirse a esto, salió de la redacción del periódico para hacerse fuerte en el Comité Central del Partido y derrotar desde aquí a los oportunistas. Plejanov, por sí y ante sí, infringiendo la voluntad del Congreso, incorporó a la redacción de la «Iskra» a los redactores mencheviques que había sido eliminados de ella. Desde este momento, a partir del número 52, los mencheviques convirtieron el periódico en órgano suyo y comenzaron a predicar desde él sus ideas oportunistas.

viernes, 29 de octubre de 2021

Engels hablando del modelo político-organizativo de Bakunin


«Bakunin, que hasta 1868 había intrigado contra la Internacional, ingresó en ella después del fracaso sufrido en Berna, en Congreso de la Paz, inmediatamente se puso a conspirar desde dentro contra el Consejo General. Bakunin tiene una teoría original, que es una mezcolanza de proudhonismo y comunismo. Por cierto, el punto básico de su proudhonismo es la idea de que el mal más grave, con el que hay que acabar, no es el capital, no es, por tanto, el antagonismo de clase que el desarrollo social crea entre los capitalistas y los obreros asalariados, sino el Estado. Mientras la gran masa de obreros socialdemócratas comparte nuestro punto de vista de que el poder del Estado no es más que una organización adoptada por las clases dominantes –los terratenientes y los capitalistas– para proteger sus privilegios sociales, Bakunin afirma que el Estado es el creador del capital, que el capitalista posee su capital únicamente por obra y gracia del Estado. Y puesto que el Estado es, por tanto, el mal principal, hay que acabar ante todo con él, y entonces el capital hincará el pico por sí solo. Nosotros, en cambio, sostenemos lo contrario: acabar con el capital, que es la concentración de todos los medios de producción en manos de unos pocos, y el Estado se derrumbará por sí solo. La diferencia entre los dos puntos de vista es fundamental: la abolición del Estado sin una revolución social previa es un absurdo; la abolición del capital es precisamente la revolución social e implica un cambio en todo el modo de producción. Pero como para Bakunin el Estado representa el mal principal, no se debe hacer nada que pueda mantener la existencia del Estado, tanto si es una república, como una monarquía o cualquier otra forma de Estado. De aquí, la necesidad de abstenerse por completo de toda política. Cualquier acto político, sobre todo la participación en las elecciones, es una traición a los principios. Hay que hacer propaganda, desacreditar al Estado, organizarse; y cuando se haya conquistado a todos los obreros, es decir, a la mayoría, se liquidan los organismos estatales, se suprime el Estado y se le sustituye por la organización de la Internacional. Este gran acto, que marca el comienzo del reino milenario, se llama liquidación social.

Todo suena a algo muy radical, y es tan sencillo que puede ser aprendido de memoria en cinco minutos. He aquí la razón de que la teoría bakuninista haya encontrado tan pronto una acogida favorable en Italia y en España entre los jóvenes abogados, doctores y otros doctrinarios. Pero las masas obreras jamás aceptarán la idea de que los asuntos públicos de sus respectivos países no son a la vez sus propios asuntos; los obreros son políticos activos por naturaleza, y quien les proponga abandonar la política se verá, tarde o temprano, abandonado por ellos. Predicar a los obreros la abstención política en todas las circunstancias equivale a ponerlos en manos de los curas o de los republicanos burgueses.

domingo, 24 de octubre de 2021

Racismo, misticismo y nacionalismo en Mariátegui; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«Antes de entender el vulgar concepto de «socialismo» de Mariátegui hemos de repasar los conceptos nacionalistas y racistas que penetran toda su obra política. Sin más rodeos comencemos con una cita de 1927 que no deja lugar a dudas cuán lejos estaba de un pensamiento progresista:

«Proclamamos que este es un instante de nuestra historia en que no es posible ser efectivamente nacionalista y revolucionario sin ser socialista». (José Carlos Mariátegui; Prólogo a Tempestad en los Andes de Luis E. Valcárcel, 1927)

Desde el punto de vista del materialismo histórico esto es una completa aberración que no resiste el menor análisis:

«El marxismo no transige con el nacionalismo, por muy «justo», «limpio», sutil y civilizado que éste sea. En lugar de todo nacionalismo, el marxismo propugna el internacionalismo. (...) El nacionalismo burgués y el internacionalismo proletario son dos consignas irreconciliables y enemigas que corresponden a los dos grandes campos de clase del mundo capitalista y que expresan dos políticas; aún más: dos concepciones del mundo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Notas críticas sobre la cuestión nacional, 1913)

Partiendo de esa misma confusión terminológica y conceptual en otros múltiples campos, Mariátegui acabaría viendo «socialismo» hasta en los panfletos de los teóricos indigenistas. Así, basándose en su «experiencia personal» proclamaba:

«El caso de Valcárcel demuestra lo exacto de mi experiencia personal. Hombre de diversa formación intelectual, influido por sus gustos tradicionalistas, orientado por distinto género de sugestiones y estudios, Valcárcel; resuelve políticamente su indigenismo en socialismo». (José Carlos Mariátegui; Prólogo a Tempestad en los Andes de Luis E. Valcárcel, 1927)

Mariátegui también estuvo muy influido por las teorías racistas de su círculo intelectual:

«El indio es el cimiento de nuestra nacionalidad en formación». (José Carlos Mariátegui; El problema primario del Perú, 1925)

Sus seguidores suelen ocultar que Mariátegui sostuvo ataques hacia los colectivos asiáticos o africanos del Perú basándose en teorías racistas:

«El chino, en cambio, parece haber inoculado en su descendencia, el fatalismo, la apatía, las taras del Oriente decrépito. (...) El aporte del negro, venido como esclavo, casi como mercadería, aparece más nulo y negativo aún. El negro trajo su sensualidad, su superstición, su primitivismo. No estaba en condiciones de contribuir a la creación de una cultura, sino más bien de estorbarla con el crudo y viviente influjo de su barbarie. (...) El chino y el negro complican el mestizaje costeño. Ninguno de estos dos elementos ha aportado aún a la formación de la nacionalidad valores culturales ni energías progresivas». (José Carlos Mariátegui; Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, de 1928)

jueves, 14 de octubre de 2021

El buenismo como guardián del orden económico capitalista; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

«La Escuela de Gustavo Bueno, también llamada «materialismo filosófico», pese a todas sus peroratas bajo una retórica «revolucionaria», nunca ha tenido entre sus pretensiones políticas el eliminar la propiedad privada sobre los medios de producción; siempre se ha valido de todo tipo de diatribas de la economía burguesa para justificar la explotación del hombre por el hombre. Este capítulo servirá para contraponer la postura marxista y antimarxista en los clásicos debates sobre «crisis económicas»«plusvalía»«fuerzas productivas»«materia fiscal», etc.

¿Tienen los trabajadores la culpa de las crisis económicas?

Para empezar, argumentando como un vulgar economista liberal, Gustavo Bueno se mofaba de todos nosotros señalando que:

«En un Estado de derecho, el trabajo es libre, la libertad de la famosa Revolución Francesa, entonces, el trabajador es libre para vender su fuerza de trabajo que es lo que tiene. (…) Si la fuerza de trabajo vale tanto». (Gustavo Bueno; Esbozo sobre las categorías de la economía política, 2010)

¿Han leído bien? El trabajador es «libre» de vender su «fuerza de trabajo», solo que claro, quizás el burgués también es «libre» de no requerir sus servicios y dejarlo vegetando en la cola del paro durante semanas, meses o años. El trabajador es «libre» –según los santísimos «derechos del hombre», sancionados en todas las cartas magnas burguesas– para elegir el oficio que guste –de nuevo, sin tener en cuenta el «detalle» de si puede o no costearse la formación requerida para el puesto–. El trabajador es, asimismo, «libre» de aceptar trabajar en otros tantos oficios que detesta y aguantar carros y carretas por necesidad personal y familiar. En pocas palabras: el trabajador goza de todas estas «libertades» porque estas parten de su rasgo más característico y que lo hace realmente «libre»: ser un sujeto desposeído de los medios de producción. ¡Maravilloso!

Quizás, derivado por su admiración hacia los jonsistas españoles, Bueno deja caer su carácter de esquirol y rompehuelgas, restaurando el papel honorífico del empresario, que, según él, ha sido demonizado injustamente:

«Parece que el empresario es una figura de un extorsionador, un tipo miserable, que está explotando a los trabajadores, mientras que los sindicatos son los que tienen la razón. (…) Y entonces los buenos y los malos. ¡No! (…) La razón de la crisis la tienen los trabajadores. ¡Claro que la tienen! (…) Como si los empresarios fuesen ratas que están explotándoles, coño, ¡montad una empresa vosotros! Protestan cuando una empresa se deslocaliza y se marcha a otro país. (…) ¡Pues cobrad menos! No tienen actitud política». (Gustavo Bueno; Conferencia de Gustavo Bueno, Esbozo de un epílogo a Ensayo sobre las categorías de la Economía Política, 2010)

Dejando a un lado el carácter amarillista de los grandes sindicatos españoles, este tipo de declaraciones alumbran lo que es el buenismo sin trampa ni cartón: el «amigo filosófico» de la patronal. Damas y caballeros, la culpa de los males sociales −paro, precariedad, externalización, subida de precios y demás− es principalmente de los trabajadores, porque algunos de ellos eligen tener a malos líderes sindicales reformistas como representantes −¿y qué ocurre con la gran mayoría de ellos, que no están sindicados?−, y también porque no aceptan cobrar el salario mínimo de Zimbabue con el coste de vida de España. ¡Qué insolidarios! ¡Vaya apátridas! 

miércoles, 6 de octubre de 2021

El porqué del triunfo del trap en la industria musical; Equipo de Bitácora (M-L), 2021


«En la introducción dijimos: «…Hoy la conclusión rápida en torno al famoso «trap», es que, tal y como se ha venido desarrollando y en la manera en que se presenta, es un movimiento con una filosofía nihilista para gente no demasiado exigente en lo musical, algo que nace como fruto del panorama social y los gustos musicales más generalizados». Bien, para sostener lo que acabamos de afirmar mediante esta sentencia breve –un aforismo– podríamos entrar a explayarnos con profundos análisis estrictamente musicales, pero muy seguramente implicaría marear a nuestros queridos lectores con tecnicismos musicales, cosa que no consideramos necesario ni provechoso, aunque en lo sucesivo nos veremos obligados a sacar a la palestra algunas comparativas musicales en este sentido. En cualquier caso, como no basta con tener razón, sino que además hay que argumentar y convencer, todo análisis sobre el trap que se precie debe versar sobre su origen y las aspiraciones sociales de sus individuos, sobre su estructura musical, sobre sus influencias filosóficas, sus comentarios políticos, sus opiniones económicas, su relación con la industria de la música, su ligazón con los géneros precedentes, etcétera, como iremos desglosando capítulo a capítulo. ¿Por qué?

«La lógica dialéctica exige que vayamos más lejos. Para conocer de verdad el objeto hay que abarcar y estudiar todos sus aspectos, todos sus vínculos y «mediaciones». Jamás lo conseguiremos por completo, pero la exigencia de la multilateralidad nos prevendrá contra los errores y el anquilosamiento». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Una vez más acerca de los sindicatos en el momento actuales y los errores de los camaradas Trotski y Bujarin, 1920)

El trap le vino como anillo al dedo a la industria musical

«El objeto de arte –de igual modo que cualquier otro producto– crea un público sensible al arte, capaz de goce estético. De modo que la producción no sola mente produce un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto. La producción produce, pues, el consumo, 1) creando el material de éste; 2) determinando el modo de consumo; 3) provocando en el consumidor la necesidad de productos que ella ha creado originariamente como objetos. En consecuencia, el objeto del consumo, el modo de consumo y el impulso al consumo. Del mismo modo, el consumo produce la disposición del productor, solicitándolo como necesidad que determina la finalidad de la producción». (Karl Marx; Elementos fundamentales para la crítica de economía política, 1858)

Bien, dicho esto, hay que tener en cuenta que el trap promedio es un género exageradamente factible en cuanto a proceso creativo y muy barato en lo relativo a costes de producción, algo que comparte con muchos de los estilos que han surgido o se han consolidado en nuestra Edad Contemporánea. Debido a la forma mayormente fácil y espontánea a la hora de crear, este movimiento irrumpió como una ola imparable en España, donde varios jóvenes aprovecharon lo «accesible» que es hacer trap para probar suerte en el mundo de la música. Como desde el punto de vista de su producción y comercialización esta música es sencilla, se puede decir que esto ha sido su mejor baza, pero también su mayor debilidad, como ahora veremos. El trap parece heredar este rasgo del «Hazlo tú mismo» de la escena del rap de principios del siglo XXI, aunque esto era común a otras expresiones musicales como el punk setentero: 

«El concepto de autogestión o D.I.Y [do it yourself] rara vez se había visto de manera tan clara en el Rap como en la actualidad, probablemente solo comparable a la época de las maquetas. La mayoría de raperos que tienen notoriedad –es decir, millones de reproducciones en YouTube y numerosos seguidores en redes– siguen autoeditando sus trabajos y organizando sus giras, merchandising y estrategias de marketing por ellos mismos. Aun así, las compañías siguen ofreciendo a estos raperos la oportunidad de unirse a su circuito comercial, mucho más amplio y con mayores medios económicos, pero por normalmente con un menor control creativo de la obra, además de otras contraprestaciones ya descritas con anterioridad». (Gonzalo Bastida Gómez; Un acercamiento al género rap y su relación con la industria discográfica en España, 2017)

Ahora, no nos engañemos, que el trap, su jerga y su imagen, hayan sido elevados en la escena musical hasta alcanzar unos niveles de producción y sobreexposición de sus personalidades tan descomunal está en profunda relación con las necesidades del sistema imperante. Este triunfo: el éxito de una estética cochambrosa y el discurso provocativo del músico lumpen –y su influencia en el consumidor/receptor– no es sorpresivo, tiene, en última instancia, directa correspondencia con las necesidades del capitalismo en el período actual, y en este caso concreto, con la ávida industria musical que tan ansiosa como astuta ha sabido apelar al cada vez más amplio público alienado de esta nuestra sociedad. 

En España este público ha cambiado mucho respecto a décadas anteriores, a gran parte de él ya no se le puede vender como sinónimo de «insubordinación» el clásico pop sesentero, meloso y beatleriano de los «yeyes», ni tampoco se satisface con el último single de la última estrella del «programa de cazatalentos» de turno –como Operación Triunfo–. Este viraje en los gustos se pudo comprobar en 2019 cuando la famosa plataforma Spotify ya registró que el pop quedaba por detrás de géneros como el rap, el reggaetón o el trap. Esta música accesible «siempre tendrá su público» –nunca mejor dicho–, pero en casi cualquier época repugnó al lumpen promedio –y más importante aún–: actualmente ya no estimula de igual forma a la masa de niños aburguesados. Para este colectivo la música pop muchas veces se le queda corto: sus miembros exigen que el «maravilloso» mundo de la música les brinde un producto «más rebelde» con el que pueda sentirse identificado, especialmente para aquellos que sufren ciclos de su existencialismo donde caen en el letargo del nihilismo autodestructivo. Con la capacidad de producir música sencilla en altas cantidades, esta industria ya solo necesitaba de un pequeño empuje para redirigir ciertas lacras –las figuras más famosas del trap– al «gran público», edulcorar un poco a estos sujetos mediante retocando un poco su «apariencia», un poco de refuerzo de marketing, ¡y voilà! Consiguió sacarle de esto el máximo beneficio posible en tiempo récord. Y dado que los gustos contemporáneos del «respetado público» reproducen un patrón donde el sujeto tiene un consumo compulsivo, a la vez que hay una atención pasajera por el producto, esta música se adapta a la perfección a los «tiempos modernos» y sus exigencias de mercado.