jueves, 13 de enero de 2022

¿Se puede considerar al trap como un «realismo» consecuente?; Equipo de Bitácora (M-L), 2022

«Ernesto Castro: La tesis hegeliana de que todo lo real es racional para mí va a misa». (Relatos Sonoros; Con Javier Blánquez y Ernesto Castro: Trap, música y filosofía en tiempos de crisis, 2020)

Actualmente, se teme la crítica hacia el trap, hay un pésimo intento de justificarlo bajo la premisa: «Si ha triunfado, es que algo bueno tiene y trae». Un reduccionismo tan simple que en política sería como decir: «Si Hitler llegó al poder es que algo bueno tenía y traía al pueblo alemán». ¿Pero qué podemos decir sobre esto? En el sentido más estrictamente funcional y pragmático, en efecto, Hitler hizo las cosas lo suficientemente bien como para llegar al poder: un poco de demagogia anticapitalista, mezclado con carisma, buena oratoria y agresividad contra la oposición, pero, ¿se puede decir que «traía cosas buenas al pueblo alemán»? Del trap se dice que su mejor virtud es que «refleja la esencia del barrio». ¿No es esto insultar a la gente del propio barrio? Los periódicos del extranjero comentaban la súbita subida al poder de Hitler con la idea de que éste supo «captar la esencia del pueblo alemán mejor que nadie». ¿Qué se pretendía decir con eso? ¡¿Qué el pueblo alemán era imperialista, racista, antisemita e irracional por naturaleza?! Como se ve, a veces, sin quererlo, las alabanzas son crueles.

Aclaraciones necesarias sobre el «realismo»

Según la RAE el realismo» es una: «Forma de ver las cosas sin idealizarlas». El trap está muy lejos de ser «realista» en este sentido. Se caracteriza por hacer una fotografía de la podredumbre actual, o peor, de alabar lo peor del género humano bajo todo tipo de baratijas filosóficas. Esto es lo que algunos llaman «realismo sucio». Pero no sabe ni el origen ni el porvenir que puede haber en ese «mundo sucio». Sus expresiones de indignación son inofensivas para los pilares sobre los cuales se sustentan las cosas. ¿Es esto nuevo? En absoluto, ya en su día Gueorgui Pléjanov se esforzó por recordarnos que esto es algo muy recurrente:

«Los parnasianos y los primeros realistas franceses −los Goncourt, Flaubert y otros− también sentían un desprecio infinito por la sociedad burguesa que les rodeaba. También ellos lanzaban constantemente improperios contra los odiados «burgueses». Y si publicaban sus obras, no era, según decían, para un público vasto, sino tan sólo para unos cuantos elegidos, «para amigos ignorados», como decía Flaubert en una de sus cartas. Según ellos, sólo un escritor de mediano talento podía agradar al gran público. Leconte de Lisle creía que el gran éxito de un escritor era un signo de su inferioridad intelectual. Huelga decir que los parnasianos, al igual que los románticos, eran partidarios incondicionales de la teoría del arte por el arte». (Gueorgui Pléjanov; El arte y la vida social, 1913)

Además de lo dicho hasta aquí, asumimos que desde una óptica revolucionaria:

«El arte realista es arte combativo. Lucha contra visiones erróneas de la realidad e impulsos que se oponen a los intereses reales de la humanidad. Hace posibles formas correctas de pensar y potencia los impulsos productivos». (Bertolt Brecht; Sobre el socialismo, 1954; Extraído del libro de Juan José Gómez; Crítica, tendencia y propaganda; Textos sobre arte y comunismo, 1917-1954, 2004)

Un criterio que, por supuesto, no siguen los traperos, que tienen poco de combativos, y que no luchan para nada contra los impulsos que se oponen a los intereses de la humanidad −más bien los fomentan−. En realidad, el «realismo sucio» del trap recuerda demasiado al naturalismo de los intelectuales del siglo XIX:

«El naturalismo se había metido en un callejón sin salida y que lo único que le quedaba por hacer era contar una vez más los amores de la tendera con el tabernero de la esquina. [Haciendo que] se perdiese todo interés y se hiciese aburrida y hasta repelente. (…) Todo podía llegar a ser objeto de su estudio, hasta la sífilis, como decía Huysmans. Sin embargo, el movimiento obrero contemporáneo era inaccesible para él. (…) Pero esa falta de simpatía por los objetos observados y representados, ocasionó muy pronto, como no podía por menos de suceder, una pérdida de interés por esa existencia». (Gueorgui Pléjanov; El arte y la vida social, 1913)

En arte el «formalismo» lo podemos definir como el afán de darle suma importancia a la técnica a la hora de escribir en un lenguaje bonito o sobrecargado, realizar escalas instrumentales muy virtuosas o pintar haciendo que el color y la luz destaquen por encima del resto. ¿Es esto incompatible con una obra buena? En absoluto, pero cuando acaba teniendo más protagonismo que la esencia a transmitir de la obra, que la narración y mensaje, se invierte la importancia entre contenido y forma. A veces se piensa que el formalismo solo acontece en este aspecto, pero no es así, también ocurre al revés. Mismamente, en una canción de música, también se puede cometer formalismo cuando el artista, una vez tiene la intención de hacer una obra de compromiso social, finalmente acaba contentándose con darle un aspecto «revolucionario» en lo superficial, en cambio se despreocupa precisamente de otorgarle una forma digna a esa letra que acompaña esa canción, de rimar bien y de ligar con sentido la historia que está queriendo contar, cuando cree, que por decir palabras altisonantes y «ultrarrevolucionarias» ya ha cumplido con el «contenido» ideológico de la pieza. Aquí de nuevo el auto incurre en la equivocación de importarle más la exterioridad que la esencia contenida en dicha lírica.

En todo caso, queda claro que, para nosotros, que una canción sea más o menos «reivindicable» desde el punto de vista ideológico suele depender de la letra, dado que esta es la manera más clara de expresar contenido político. Puede haber excepciones en esta exigencia, como por ejemplo canciones sin letra que históricamente se tarareaban en un pasado con un sentido festivo, nacional o lo que sea, pero que están vinculados con momentos y actos progresistas. Pero si no cumple nada de esto, solo podremos evaluar estas canciones en cuanto a técnica compositiva, pero nada más. Esa lírica deberá reflejar algo de verdad ideológico y no meros enunciados «neutros» de ríos y montañas, lo cual no es sino un «descriptivismo» típico del naturalismo, ante lo cual, estaremos dando nuestra opinión sobre geografía o cuestiones estrictamente artísticas, pero no sobre moral, filosofía o política. Y si en su variante, más explicativa, un autor proveniente de un pequeño pueblo pasa a describirnos cómo le invade una terrible sensación de «abandono» y «vulnerabilidad» cuando camina por las «ajetreadas pero a la vez vacías calles asfaltadas de la gran ciudad», tampoco nos está transmitiendo una información muy notoria para concluir nada de valor sociopolítico. 

El materialismo vulgar al rescate de los lumpens y su «realidad»

«Esa espontaneidad se percibe también en sus videoclips hiperrealistas, otro sostén del éxito. Cuando le apetece, o cuando tiene a su gente preparada, el cantante llama a Iván Salvador, que ha captado ciertas esencias del extrarradio: el urbanismo demoledor, la mezcolanza étnica, la presencia desafiante de grupos de jóvenes a la vez temidos e ignorados». (El País; Morad: el inesperado triunfo del «chico de la calle», 26 de septiembre de 2021)

Al autor de este artículo, el señor Jesús García Bueno, habría que aclararle que no… lo más «normal» no es que la juventud empobrecida de la que tú y tu protagonista tanto habláis gaste sus escasos ahorros en camisetas y chándales de fútbol marca, en quads, en cadenas de oro y gafas de marca. ¡Eso no es «hiperrealista»! Es una tomadura de pelo. En cualquier caso, sigamos:

«Si no has crecido entre robos y 'puñalás, normal que no te guste porque no lo entenderás. ¿Por qué no te vas a escuchar a los demás y me dejas a mí en paz? Hijoputa... ¡qué asco das!». (Jarfaiter; Intro, 2015)

Como se observa, cierto número relevante de músicos utilizan el clásico sofisma de… «Si no eres mujer, no puedes hablar de machismo»; que vendría a ser lo mismo que afirmar «Si no eres judío no puedes hablar de antisemitismo» o «Si no eres negro no puedes debatir sobre racismo», un silogismo barato, solo que esta vez para justificar el lumpenismo. Por un lado, se asume que es imposible que seas o hayas pasado por X condiciones sociales y no te guste el trap o lo critiques, como si el gusto por el trap en lo musical, argot y estética te viniera instantáneamente tras haber tenido problemas de drogadicción, pobreza o violencia familiar, como si hubiera una relación directa y necesaria entre ambas partes −aseveración que a los representantes del materialismo vulgar les encantaría oír−. La situación es aún más graciosa teniendo en cuenta que muchos de sus oyentes, o mismamente algunas de las nuevas personalidades traperas, poco han vivido la realidad que cantan y confunden su vida real con las partidas al «Grand Theft Auto» que jugaban de pequeños. 

Por último, nos gustaría aclarar de nuevo para los más despistados que no debemos ser soldados franceses en la Primera Guerra Mundial para saber que el reclutamiento forzoso en una guerra imperialista no es motivo de júbilo, que verte obligado a matar o morir no es algo divertido por lo que pasar… ahora, esto tampoco te excusa para crear un género gris y obsesionado con mutilaciones y muerte, dado que si así fuese también podríamos justificar todas las estupideces de los representantes de las vanguardias artísticas, quienes vagaban como almas en pena anunciando el «ocaso de la raza humana» mientras acababan su vaso de absenta. Están en su derecho de hacerlo, pero no menos que nosotros tenemos el derecho y el deber de criticar estas sandeces. Hoy los traperos hablan de droga porque la necesitan, porque se divierten con ella o porque quieren seguir viviendo de su negocio, y con ello creen tener un pretexto para hablar del modo en que hablan de ella, pero existen muchísimas personas que han estado en su situación o que las drogas se han llevado a familiares, amigos y conocidos, y no por ello las ensalzan estúpidamente en sus vidas, ni sale a colación en sus clases de trigonometría, en su trabajo fabril o en sus canciones. ¿Se entiende?

Aquí ocurre igual, ¿qué se pretende dar a entender cuando se habla del trap como el «representante máximo» de uno u otro barrio? ¿Se reduce el barrio a lo peor de él? ¿Sería esto justo para el resto? Pongámonos en la situación de un vecino de X barrio que no comulga con las actividades lumpens que perpetúan la miseria material y moral de su zona, ¿acaso es su deber apoyar esas actividades so pena de «traicionar la esencia del barrio»? Al final, como explicó Engels en su obra clásica: «Contribución al problema de la vivienda» (1873), los barrios, tal como están construidos, distribuidos y sumergidos en la sociedad capitalista, son las zonas donde se nota la desigualdad y desventaja social; esto se nota en su infraestructura, condiciones de higiene, contaminación, ruido, seguridad, etc. Son los lugares donde alguien con conciencia de clase, o si se nos apura, conciencia de barrio, debe potenciar la combatividad, solidaridad y los hábitos sanos, no la decadencia y el nihilismo.

Si esto no se logra, el trap, en todo caso, no podrá pasar de ser un representante de una determinada parte de los barrios: del lumpen, de los asalariados alienados o de los estudiantes bohemios, pero ni mucho menos de los barrios en su conjunto. Si se quiere un ejemplo rápido: si en Vallecas existe un albañil que vota a Vox, ¿este será parte de la «minoría» o la «regla» de lo generalizado? A veces se pierde la perspectiva y estadísticas de las cosas con demasiada facilidad para construir discursos interesados: pero no es lo mismo un voto de castigo que tener un conocimiento de las líneas fundamentales de un partido político y apoyarle en consecuencia; no es lo mismo escuchar a un artista porque está de moda que conocer toda la discografía de otro… y así podríamos seguir con una lista interminable de ejemplos. Ergo muchos de los músicos o ideólogos que santifican al trap como la «esencia del barrio» en verdad no hacen más que regocijarse en una parte muy determinada del estado actual de las cosas, y más importante aún: no desean ni tienen esperanzas en que los barrios mejoren, sino que realizan una apología de lo más negativo y en el fondo también de lo que en parte les «gusta», porque, según ellos, así se «lo han impuesto sus circunstancias particulares», asumiéndolo sin más. Esto se traduce en que en todas y cada una de sus declaraciones ellos mismos reconocen su alienación social. En el fondo este tipo de «rebeldes» son metafísicos, profundamente reaccionarios, ya que piensan que las cosan son como son porque así se lo han encontrado, no hay lugar para el mañana, para ellos la historia es estática o a lo sumo cíclica. 

Hace años, algunos tomaban como icono de lo «revolucionario» a Jarfaiter, quien en 2015 se vanagloriaba en «El Confidencial» de «hablar de los problemas de la calle»:

«Jarfaiter: Creo que tiene que ver con la época: en los ochenta acababa de estrenarse la libertad de expresión, supongo que se pondría de moda y gustaría a la gente. Ahora la rumba y el flamenco tratan de temas románticos porque es lo que más vende. Lo que se lleva ahora en la música es hablar del amor, la droga y la fiesta. Si tratas los problemas de la calle, no vas a vender, aunque todavía hay artistas que lo seguimos haciendo». (El Confidencial; «Siempre he odiado a las élites», 18 de abril de 2015)

Pero en sus letras saca pecho por «hacer dinero como Jesús Gil», el exalcalde y empresario de Marbella, condenado por malversación, estafa, homicidio involuntario, etc. ¡Todo un «héroe del pueblo»! ¡Como Pablo Escobar! Un «hombre hecho a sí mismo», ¿verdad? En sus entrevistas Jarfaiter declaraba: «siempre he odiado a las élites». Ante tal declaración que bien puede ser firmada por un actor que recoge el Grammy y denuncia el cambio climático, deberíamos profundizar un poco más para saber a qué se refiere. ¿A qué élite se opone «Jarfa»? ¡Ah sí!, ya sabemos, a la «élite masónica» que cita en sus letras como en «Antihéroe» (2015). Enhorabuena, este chaval madrileño todavía está a tiempo de sumarse a la «resistencia» contra el «Nuevo Orden Mundial» capitaneada por raperos nazis como Pugilato y raperos haselistas como Nyto… aún están a tiempo de asociarse y ser la voz conjunta de los «lumpens» y los «conspiranoicos». Véase el capítulo: «Las teorías conspiranoicas sobre el COVID-19» de 2021.

En verdad, sobre el mensaje de las letras del movimiento trap y otras expresiones de la «música urbana» no queda mucho que discutir, Kaixo lo resumió bien, el trapero es un «nihilista de mierda». ¿Y quién se atrevería a contradecir tal verdad reconocida por el autor? Su compañero de profesión afirmaba en una de sus letras:

«La juventud no se vive tan lenta / No existe la calma, solo la tormenta / La vida violenta bañada en absenta». (Jarfaiter; Yomada, 2013)

Todo esto recuerda en demasía a los existencialistas de hace casi cien años, de los cuales, como siempre suele ocurrir, los había jocosos y tristones, inquietos y derrotistas. En su día José Renau se burlaba constantemente de este tipo de personajes, porque, aunque no se enteraban de nada de lo que pasaba a su alrededor, muy graciosamente tendían a considerarse como «genios» y «expertos en el alma humana»:

«Empecinados en su histérico individualismo, encerrados en una existencia replegada sobre sí misma, aislado de la realidad social, prefieren imitar al avestruz, refugiándose en su total pesimismo con respecto al mundo exterior. Sólo así pueden tomar contacto con el espejismo de su prepotencia creadora; sólo así les es posible realizar, dentro del precario e ilusorio margen de libertad que les permite dar vueltas en las interioridades de su yo, la revancha íntima al calor de sus fetiches particulares». (José Renau; Abstracción y realismo: Comentarios sobre la ideología en las artes plásticas, 1949)

¿Cuál ha sido la cultura artística que se promueve desde los grandes medios? La figura del «antihéroe»

En un acto victimista, los traperos y otros músicos aseguran que, al tomar partido en sus líricas por ese «realismo sucio» de los «bajos fondos» se están exponiendo a ser vetados automáticamente de la industria de la música. Ellos serían músicos desplazados, «artistas malditos». ¡Seguro! Por eso el «gangsta» rap se ha hecho de oro en los EE.UU., por esa misma razón el trap o el reggaetón han triunfado a nivel mundial proporcionando contratos millonarios a sus artistas. Lo cierto es que no hay que llevarse a engaño, pues desde hace muchísimas décadas, lo que ha venido abundando en novela, cine o música son los guiones −reales o ficticios− sobre delincuencia y todo tipo de perversiones, y en este caso no nos referimos ya al mero «realismo descriptivista» −que puede ser muy útil, aunque insuficiente−, sino al que relativiza o ensalza a los protagonistas. Estos son uno de los productos que mejor han vendido −y siguen vendiendo− en el mercado cultural. En el caso de los traperos, la existencia de nuevas plataformas como YouTube y otros canales alternativos, también les permite monetizar su música y adquirir mayor independencia económica. Se vende la imagen de este o aquel personaje bajo halo de «antihéroe», ¿la razón? Sus productores saben que este perfil se ha instalado entre la mente del consumidor habitual de historias como uno de los más atractivos y demandados. ¿Y en qué consiste exactamente tal figura? Según los críticos y opinólogos culturales, como alguien quien, pese a sus defectos, pese a ser un criminal e incluso detentar serios problemas mentales, se «acepta como es», resultaría «empoderador», «gracioso» e incluso «admirable» para el espectador. 

Obviamente esto no se consigue sin toda una serie de mercenarios de la pluma explicándonos el «doble trasfondo» que guardarían estos personajes, cuando el espectador medio solo es capaz de ver un despojo humano. No solo nos venden basura, sino que encima se permiten el lujo de llamarnos estúpidos por no saber captar la «enorme magnitud» de la «obra de arte» que tenemos delante. ¿Qué esconde tal filosofía de vida? Un culto a la mediocridad, el mismo mantra de la ayuda de masas que intenta convencerte de que no vale la pena luchar contra tus debilidades, pues solo debes desconectarte de tus convicciones, «aceptar» tu ser y dejarlo fluir −¡aunque eso incluya o derive en aplastar cráneos sin razón o cualquier otro brote psicótico!−. Un vitalismo de la «new age» muy patético. Por eso también dijimos que el pensamiento de Nietzsche fue y sigue siendo muy polivalente, lo mismo sirve para los nazis, para los posmodernos, para los anarquistas que para los místicos. Desgraciadamente, el superhombre nietzscheano ha encontrado su reflejo en el trapero de hoy, un verdadero caníbal social.

Recapitulando, ¿qué temas ocupan primordialmente los traperos? Recordemos: machismo, prostitución, proxenetismo, lucha de bandas callejeras, alcoholismo, tráfico de drogas o atracos de bancos −y todo esto no para criticarlo, sino acogiéndolo con orgullo−. Para estos músicos, estos «cuasi intelectuales», estos son los «problemas de la calle» de los que hay que hablar −como si estos se limitasen solo a los problemas de los «bajos fondos», al mundo de los lumpens−. La cuestión para nosotros es, en esta película… ¿ellos son parte del problema o de la solución de todos estos conflictos? Observando su lirismo, no queda lugar a duda que no hacen nada por remediarlos, se ríen y se vanaglorian de tales fenómenos. ¿Dónde están los temas que hablan sobre las causas y posibles soluciones para temas como la vivienda, educación, sanidad, desempleo, ludopatía, prostitución y demás? ¿Cómo enfrentan corrientes y movimientos sociales de moda como el ecologismo o el feminismo? ¿Qué opinan sobre la problemática nacional en España? ¿Nada? Parece que cuando la cosa se sale de hablar de gramos, putas, marcas de zapatillas y bates de beisbol, todo se complica, ¿verdad? Es común que los jefes del «rap kinki», como Jarfaiter, pongan el foco en los peores defectos de las gentes que habitan en la sociedad, pero no se planteen por qué sucede esto o aquello; tampoco intentan llegar a las capas más honestas del pueblo para superar dicho escenario que les agobia. Nada de eso, lo que suelen hacer es hablar de los comportamientos mezquinos que abundan entre la población y usarlos como pretexto para comportarse exactamente igual. La secuencia sería tal que así: el autor parte de la clásica actitud «descriptivista» ante un aspecto concreto y muy crudo de la realidad, pero una vez hecho tal «ejercicio artístico» no va más allá porque no le interesa o no se siente con fuerzas y termina reproduciendo todo aquello que a ratos parece que quisiera denunciar. Un recurso artístico tan recurrente como aburrido.

¿Desde cuándo es «revolucionario» esa endogamia de cantar solo para los «tuyos», ignorar los grandes problemas?

El nuevo «erudito» del trap y sus entresijos, el señor Castro, nos aseguraba que no fuésemos tan duros con los pobres traperos, ya que:

«Hay trap de izquierdas, como, por ejemplo, Kaixo, un trapero gallego que hace música así muy de revuelta». (SER; Ernesto Castro: «El trap es la meta-música de la crisis, esto es, una actitud ante la vida», 2019)

¿Y qué nos cuenta este trapero gallego interesado en lo «social» con su «música así muy de revuelta»? Cogeremos solo un fragmento para no atormentar mucho más al público con letras extrañas:

«¿El gato pasó dos veces o qué? / La fuckin Deep Web eh / Fallo en la Matrix yo soy la Deep Web / No la llames puta, si puta es la ley / Quemar el congreso, la industria, que hacéis? / Corta las calles, páselo bien / Fallo en la Matrix yo soy la Deep Web / No la llames puta, si puta es la ley / Quemar el congreso, la industria, que hacéis? / Cuando vi no lo creí / Ni money ni cribs [X7] Veneno en los lips [X7] Ni money ni cribs [X7] Veneno en los lips». (Kaixo; Ni Money Ni Cribs, 2016)

Haciendo un esfuerzo titánico por ignorar la machacona repetición de sonidos de la base instrumental y el estribillo vocal en bucle −que es tan insufrible como la tortura de la gota china−, centrémonos mejor en analizar rápidamente la letra para encontrar su esencia. ¿Alguien cree que puede sacar algo en claro? ¿No? ¿¿¿Nadie??? No sabríamos decir con exactitud qué expresa este supuesto «mensaje de revuelta». Que… ¿el fin del capitalismo vendrá con la «quema del congreso»? Que… ¿la ley es una «puta»? Que… ¿«el gato pasó dos veces» (sic)? Hablando en serio, como uno comprueba, estos «artistas» acostumbran a jugar −cual dadaísta travieso− a mezclar inglés y castellano de forma indistinta. Pero no solo eso, sino que todo esto se produce acompañado de una distorsión de la voz −hasta despersonalizarla− que convierte las partes vocales de sus canciones en algo casi incomprensible, un jeroglífico a decodificar. Pero ahí no acaba todo. Además, en las pocas partes que son inteligibles −por una pronunciación aceptable y siempre que la cantidad de autotune no robotice la voz− las frases no tienen nexo con las anteriores, no se cuenta una historia, ni siquiera pequeños relatos entrelazados, sino que parecen resultado de un paciente que está siendo psicoanalizado y jugando a la famosa «asociación libre» de ideas. En otras ocasiones, el autor gusta de utilizar en exceso localismos o técnicas de simbolismo para sus frases. ¿Qué consigue con esto? Logra que solo él o sus allegados puedan entender el mensaje. Y bien, ¿se puede considerar esto una canción que vaya en pro del progreso? Pues evidentemente no. Mucho menos cuando letras de este tipo son tan ambiguas que lo mismo podrían servir a unos como a sus contrarios. En cualquier caso, cumple mejor con su propósito el simpático trapero Lory Money, que suele tirar bastante de parodia y, al menos, el oyente no tiene que discernir con otros fans qué habrá querido decir.

A los raperos, rockeros o traperos a los que tanto les gusta hablar de «autenticidad» más les valdría aplicarse el cuento para sus obras, ya que un verdadero «artista del pueblo» −como se autoerigen muchos de ellos− no hablaría con expresiones para su secta, sino que cantaría sobre la situación de «su gente» en un lenguaje que, en medida de lo posible, fuese asequible para la mayor cantidad de personas. Pero claro, cuando el objetivo real no es extender un mensaje de concienciación y solidaridad, sino imitar a tus ídolos y satisfacer las particularidades de tu parroquia −tanto en estética, jerga como mensaje−, pues este es el resultado, triste, pero, previsible. Si debemos considerar como «políticas» las letras de músicos que hablan de colocar bombas o tirar piedras para «joder al sistema», ¿debemos considerar «políticas» las letras pacifistas que hablen de la necesidad de paz, amistad y amor para «cambiar las cosas»? He aquí la tendencia a la magnificación de las cosas, a cogerlo todo con pinzas para cuadrar discursos imposibles de encajar.

Y si nos vamos al mundo del «rap comercial» o el «rap político» tenemos más de lo mismo. Otro punto que destacar es que Nach, al igual que Los Chikos del Maíz, forma parte de ese tipo de autores que, gracias al dinero o los contactos pueden proveerse de buenas bases instrumentales, y aunque también hayan aprendido cómo se debe rimar y cómo se debe introducir un par de metáforas muy correctamente para tener una canción decente, a la mayoría del público con algo de horizonte político y vital no le termina de gustar sus canciones. ¿Por qué motivo? A poco que se rasque y se superen las primeras impresiones, el oyente se da cuenta que su arte no tiene más de sí, su esencia es verdaderamente insulsa de saborear. Cuando sus fans defienden las letras de estos artistas como «arte realista» resulta una opinión muy discutible, salvo que pensemos que el mundo empieza y acaba en ellos. Con frecuencia se dedican a letras personales sobre cosas cotidianas e intrascendentes como los poperos o realizan una apología a la delincuencia y el desapego como los traperos−, esto, en todo caso, es un «realismo superficial» que en ningún momento «penetra en la esencia de las cosas» ni pretende darles mucha explicación. No podemos afirmar que sean personas sin talento, el pero aquí radica en que estos músicos desperdician algunas cualidades que han ido adquiriendo porque ni siquiera tratan de ser originales en su campo específico. Cuando se quedan sin ideas, en vez de tratar de reinventarse y mejorar, acaban recurriendo una y otra vez a los grandes clichés del mundo del rap de los cuales han mamado bien provenga este del más «amoroso» o del más «politizado». ¿A qué nos referimos? La mayor parte del tiempo no dejan de repetir fórmulas tipo: «Yo te voy a enseñar como se rapea bro», «Fuck raperos envidiosos», «Fuck raperos que quieren fama», «Yo soy auténtico, tú no»… y todas esas zarandajas tan patéticas que vista una vistas todas. Véase el capítulo: «El mensaje político de estos nuevos raperos» de 2017.

¿Qué esperamos nosotros del arte realista moderno?

«Todo gran artista de verdad debió de reflejar en sus obras, si no todos, algunos de los aspectos esenciales de la revolución». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; León Tolstoi, espejo de la revolución rusa, 1911)

Nosotros pensamos que un artista progresista del siglo XXI no se puede contentar con retazos del «realismo burgués» del siglo XIX, muy por el contrario, debe criticar esos comportamientos mirando más allá del horizonte de podredumbre actual, es decir, debería intentar empatizar y aleccionar a aquellos que sí están dispuestos a enfrentar las distintas lacras y acciones malsanas que están al orden del día. Puede que el número de seguidores se redujese inicialmente porque su mensaje probablemente sería rechazado de facto por bastantes de los que hoy son sus oyentes, pero ahí estriba la valía de un artista combativo y realista, porque:

«¿Si no vamos a ir en contra de la corriente popular de tonterías momentáneas, ¿qué demonios es nuestro trabajo?». (Friedrich Engels; Carta a Laura Lafargue, 4 de febrero de 1889)

Como varios artistas han repetido alguna vez: «El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma». Es decir, a lo que aspiramos en el campo artístico es a tener autores que critiquen lo penoso, indigno e injusto de la sociedad, los peores defectos de la gente que producen la vergüenza en el género humano. Por ello nuestra labor es hacerles conscientes de que estas actitudes y sentimientos negativos son −al menos en su mayoría− producto del sistema político-económico que nos domina, teniendo el propósito de poner el foco y la motivación en que las obras de nuestros artistas cambien las percepciones de sus receptores. Pero eso no basta, en este caso no es suficiente −y sería un error− acudir a la música en un sentido de autocomplacencia o terapia individual para buscar refugio del mundo que nos rodea, sino que precisamente lo que busca el artista trasformador es producir en su oyente y compañero no solo una descarga eléctrica para despertar su mente aletargada, sino también infligirle suficientes ánimos como para que espabile y se ponga en contacto con sus iguales, que todos ellos se activen y cooperen sabiendo que el deber de cada uno no es aspirar a hacer poco y menos para simplemente «cumplir», sino intentar siempre dar el máximo para difundir el mensaje que nos complace y convence, construir piedra a piedra las estructuras y el espíritu férreo de lo que ha de venir.

El músico progresista que acepte asumir este papel se convierte en un potencial engranaje más de la máquina que un día puede desencadenar la revolución, pero para ello, insistimos, debe de estar dispuesto a dejarse de zarandajas de «paz y amor» para todos, debe saber hacia dónde apunta su obra, dado que un músico que no sabe para qué canta es tan peligroso como un militar que no sabe a servicio de qué está su fusil. Dicho lo cual, cuando en medida de lo posible dicho sujeto llegue a una comprensión total de cómo están las cosas y cómo quiere cambiarlas, la responsabilidad que recae sobre él le hace proclive a difundir sin descanso esos mensajes «cargados de futuro» (Antonio Machado). Solo así un artista pasará de ser lacayo de lo caduco a un «ingeniero del nuevo alma» (Stalin), de los que escriben a los mejores para hacer los mejores actos. Si nos causa desprecio la persona que de tan optimista resulta imbécil, no menos repudio nos causa el derrotista que parlotea día y noche de las «infranqueables dificultades» y quiere contagiar al resto su incapacidad; pues bien, como nosotros no tenemos demasiado tiempo para malgastar, tomamos notas de pros y contras, de las ventajas y desventajas a las que nos enfrentamos, pero una vez hecho tal ejercicio, nos centramos en las posibilidades que podemos explotar para la causa, no nos regodeamos en lastimosas lamentaciones. No podemos quedarnos paralizamos pues eso significa seguir como estamos hasta ahora, nos movemos para que algún día el viejo orden se tambalee. Para que todo esto tenga lugar el dibujante debe poner su ingenio al servicio del colectivo; el escritor, su pluma; el cantante, su voz; y así sucesivamente, sin esta premisa tan básica que implica el abandono de la vida «cómoda e individual» no se puede hablar de absolutamente nada transgresor en cuanto al arte». (Equipo de Bitácora (M-L); La «música urbana», ¿reflejo de la decadencia social de una época?, 2021)

1 comentario:

  1. ¿Y cuando no la estulticia humana no ha dejado de apoyar la decadencia en cualquier época?. El buen hacer de determinados colectivos son los que han han mantenido la creatividad y las artes bien entendidas como tales, y por mucho que me duela decirlo nunca han sido las masas de las distintas sociedades, por razones obvias.

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