martes, 4 de enero de 2022

¿Fueron Marx y Engels dos «críticos contemplativos»?; Equipo de Bitácora (M-L), 2022


«En la noche de densa oscuridad que envuelve a la más remota antigüedad tan distante de nosotros, brilla la luz eterna, infalible de una verdad más allá de toda duda: el mundo de la sociedad civil ciertamente ha sido hecho por los hombres, por lo que se puede y se debe encontrar sus principios dentro de las modificaciones de nuestra propia mente humana». (Giambattista Vico; La ciencia nueva, 1744)

En esta sección comprobaremos cómo si bien los periodistas burgueses acusan a Marx y Engels de ser unos «revolucionarios de pacotilla», la «Línea de la Reconstitución» (LR) no es menos y se suma a este coro de la calumnia para lanzar infamias muy parecidas, solo que, eso sí, asegurando que lo hacen desde lo más hondo de su «camaradería» y en pro del progreso de la humanidad. Lamentan comunicarnos que la pareja nunca sobrepasó la «crítica contemplativa», que ambos sufrieron de una falta de consecuencia típica de la vieja filosofía; en definitiva, que no tuvieron un compromiso real con la causa emancipadora. Esto, como bien iremos comprobando en los siguientes capítulos, tiene una relación directa con la estrechez de mente de la «LR» sobre lo que es la teoría y la práctica −y su íntima conexión−. Por nuestra parte, esta apología de Marx y Engels no significa que nosotros mismos no pongamos en la picota las meteduras de pata o las inexactitudes del dúo alemán, como ya hemos hecho en otras ocasiones. Esto, como se podrá comprobar también más adelante, es totalmente imprescindible si deseamos romper con ese halo de Marx y Engels como figuras inmaculadas, para desvelar ese manto de misticismo creado donde «siempre estuvieron en lo cierto», donde nunca se equivocaron o si lo hicieron fue «por causas ajenas a sus genios». Pero ser autocríticos y poner las cosas en orden no significa darle un cheque en blanco al enemigo para distorsionar la historia arbitrariamente. He ahí porque decidimos realizar la labor que a continuación presentamos.

¿Eran los trabajos de Marx de 1844-45 idealistas, una «crítica contemplativa»?

Para empezar, comenzaremos exponiendo como los miembros de la «Línea de la Reconstitución» (LR) se creyeron la división artificial de Louis Althusser entre el «joven Marx» y el «Marx maduro»:

«[Las ideas de su obra] Manuscritos que pretendía sustituir el trabajo alienado por el trabajo libre es, pues, absurda, idealista». (Partido Comunista Revolucionario (Estado Español); La Forja, Nº33, 2005)

¿De qué propuesta de «trabajo libre» habla Marx, acaso el «amor feuerbachiano»? No sabemos si tienen mala comprensión lectora o quizás leyeron alguna edición extraña de Pekín que les ha hecho llegar el mensaje original de Marx distorsionado, pero esto no es lo que proponía el autor ni por asomo, y salvo alguna licencia conceptual de Feuerbach, no se halla nada de lo que ellos denuncian. Ya en 1844 se subrayaba que no podía haber emancipación religiosa sin emancipación económica, la cual pasaba inevitablemente por:

«La superación  la propiedad privada es por ello, la emancipación plena de todos los sentidos y cualidades humanos; pero es esta emancipación precisamente porque todos estos sentidos y cualidades se han hecho humanos, tanto en sentido objetivo como subjetivo. El ojo se ha hecho un ojo humano, así como su objeto se ha hecho un objeto social, humano, creado por el hombre para el hombre. Los sentidos se han hecho así inmediatamente teóricos en su práctica. (…) Del mismo modo que el ateísmo, en cuanto superación de Dios, es el devenir del humanismo teórico, el comunismo, en cuanto superación de la propiedad privada, es la reivindicación de la vida humana real como propiedad de sí misma, es el devenir del humanismo práctico, o dicho de otra forma, el ateísmo es el humanismo conciliado consigo mismo mediante la superación de la religión; el comunismo es el humanismo conciliado consigo mismo mediante la superación de la propiedad privada». (Karl Marx; Manuscritos económicos y filosóficos, 1844)

Aquí Marx tan solo expone en profundidad los mismos conceptos que también andaba teorizando aún en su etapa de redactor para la literatura de los «Anales franco-alemanes» −los corchetes son nuestros−:

«La crítica [de la religión] ha deshojado las flores imaginarias de la cadena, no para que el hombre arrastre la cadena que no consuela más, que no está embellecida por la fantasía, sino para que arroje de sí esa esclavitud y recoja la flor viviente». (Karl Marx; Critica de la filosofía del derecho de Hegel, 1844)

Pedimos disculpas por adelantado por tener que atormentar al lector con infinidad de textos enormemente largos que seguro ya conocerá, pero entiéndase que esto será algo necesario para desmontar las especulaciones que la «LR» reproduce a cada paso. Sigamos con las falsificaciones históricas de estos aspirantes a «superadores del marxismo»:

«En los Manuscritos de 1844, el trabajo es considerado ya como el vínculo fundamental entre el hombre y la naturaleza y la base del carácter social de aquél, pero todavía domina un concepto sustancialista del hombre y una estimación abstracta de aquella relación −idealismo−». (Partido Comunista Revolucionario (Estado Español); La Forja, Nº33, 2005)

¿Hay algo de cierto en esto? En absoluto, Marx da en el clavo para superar los debates entre empirismo y racionalismo que se llevaban arrastrando siglos. Para ello se da una radiografía excelente sobre las relaciones entre la psicología y las condiciones sociales, sobre los nexos y dificultades entre filósofos y científicos:

«Se ve, pues, cómo solamente en el estado social subjetivismo y objetivismo, espiritualismo y materialismo, actividad y pasividad, dejan de ser contrarios y pierden con ello su existencia como tales contrarios; se ve cómo la solución de las mismas oposiciones teóricas sólo es posible de modo práctico sólo es posible mediante la energía práctica del hombre y que, por ello, esta solución no es, en modo alguno, tarea exclusiva del conocimiento, sino una verdadera tarea vital que la Filosofía no pudo resolver precisamente porque la entendía únicamente como tarea teórica. (…) Se ve cómo la historia de la industria y la existencia, que se ha hecho objetiva, de la industria, son el libro abierto de las fuerzas humanas esenciales, la psicología humana abierta a los sentidos, que no había sido concebida hasta ahora en su conexión con la esencia del hombre, sino sólo en una relación externa de utilidad, porque, moviéndose dentro del extrañamiento, sólo se sabía captar como realidad de las fuerzas humanas esenciales y como acción humana genérica la existencia general del hombre, la Religión o la Historia en su esencia general y abstracta, como Política, Arte, Literatura, etc. (...) Este extenso caudal del obrar humano no le dice otra cosa que lo que puede, si acaso, decirse en una sola palabra: «necesidad». (...) Las ciencias naturales han desarrollado una enorme actividad y se han adueñado de un material que aumenta sin cesar. La filosofía, sin embargo, ha permanecido tan extraña para ellas como ellas para la filosofía. Existía la voluntad, pero faltaban los medios. (…) La Historia misma es una parte real de la Historia Natural, de la conversión de la naturaleza en hombre. Algún día la Ciencia natural se incorporará la Ciencia del hombre, del mismo modo que la Ciencia del hombre se incorporará la Ciencia natural; habrá una sola Ciencia». (Karl Marx; Manuscritos económicos y filosóficos, 1844)

Las comunes y erróneas interpretaciones de las «Tesis sobre Feuerbach»

En las «Tesis sobre Feuerbach» (1845) Marx no haría sino continuar con este camino ya trazado. Antes que nada, debemos comentar algunas confusiones que a veces hay sobre ellas. Esto ocurre en parte porque no dejaban de ser apuntes personales del autor, cuya formulación y significado como notas rápidas podrían estar sumamente claras para él, pero no para alguien que no estuviese al tanto de lo que corría por su cabeza en esos momentos, razón de más si tenemos en cuenta que, como comentó Engels, ese texto no tenía intención de ser publicado tal cual estaba escrito, por lo que no precisaba de la misma claridad que otros trabajos. Engels solo pudo darle a este documento una pincelada antes de publicarlo en 1886. En todo caso, creemos que esas tesis tienen una claridad suficiente: 

«(I) El defecto fundamental de todo el materialismo anterior −incluyendo el de Feuerbach− es que sólo enfoca el objeto, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de intuición, pero no como actividad sensorial humana, como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, de por sí. Feuerbach quiere captar objetos sensibles, realmente distintos de los objetos conceptuales; pero tampoco él enfoca la actividad humana como una actividad objetiva. Por eso, en «La esencia del cristianismo» sólo considera la actitud teórica como la auténticamente humana, mientras que sólo concibe y plasma la práctica en su forma suciamente judaica de manifestarse. Por tanto, no comprende la importancia de la actuación «revolucionaria», práctico-crítica. (…) (II) El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico. (...) (VIII) La vida social es, en esencia, práctica. Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo, encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esa práctica. (…) (XI) Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo». (Karl Marx; Tesis sobre Feuerbach, 1845)

La tesis número I, II y VIII son implacables, y servirán luego para defenestrar el criterio maoísta de la verdad y el conocimiento, pero ¿qué quería decir Marx con la tesis número XI que a veces ha causado tanta polémica? ¿Acaso los filósofos no han intentado siempre «interpretar el mundo» con objetivos «prácticos»? Sí, siempre con fines muy claros: obtener prestigio, obtener una cátedra en la universidad, cambiar el modelo político, reafirmar el existente, etc. ¿Pero acaso, aunque con herramientas no siempre válidas, algunos no deseaban también transformarlo? De nuevo nos vemos obligados a responder afirmativamente. Por ejemplo, Aristóteles, Cicerón, Rousseau, Condorcert, Diderot, Nietzsche, Hegel, Owen o Fourier… todos ellos trataron de imponer una transformación de lo social en torno a sus propios valores. Asimismo, es cierto que algunos realizaron en la práctica todo lo contrario a lo que escribían, pero en algunos casos sí trataron de ponerlo en marcha a través de movimientos y asociaciones políticas. Mismos ejemplos podríamos poner en España con Espronceda o Larra. Véase el capítulo: «El romanticismo y su influencia mística e irracionalista en la «izquierda» de 2021.

Estudiando la biografía del filósofo más conocido del idealismo griego, Platón, encontramos que este fundó la Academia para un fin práctico e incluso acabó siendo vendido como esclavo por intentar aplicar sus tesis políticas entre los tiranos de Siracusa. Que Platón pensase que existía un «mundo de las ideas» donde estaban contenidos eternamente los valores de «ética», «justicia» o «perfección», no significa que no pretendiese aplicar estas ideas «con rigor» en su mundo terrenal, con todas las consecuencias políticas que de ello se deriva. Más bien todo lo contrario, estaba totalmente convencido de que debía luchar por alcanzar tales nociones −siguió intentándolo un par de veces más, con los mismos o peores resultados−. En el caso de todos estos personajes, sus nociones y metodología eran profundamente incorrectas en muchos aspectos en cuanto al conocimiento, en otros resultaban inaplicables o poco atractivas para los políticos y las masas contemporáneas de su sociedad, pero nada de esto les detuvo en la mayoría de casos para intentar ponerlas en práctica, por lo tanto, no habría nada más necio que afirmar sin más que fueron filósofos «contemplativos», pues en muchos casos fueron hasta hiperactivos en ese sentido, «voluntaristas»

Siguiendo esta línea, la ética de Aristóteles tampoco deja lugar a dudas, no se trata de querer ser sino de hacer para llegar a ser. Así pues, en una visión dialéctica de las cosas advertía en relación a la teoría y la práctica:

«El presente tratado no es una pura teoría como pueden serlo otros muchos. (…) Es por lo tanto necesario, que consideremos todo lo que se refiere a las acciones, para aprender a realizarlas, porque ellas son las que deciden soberanamente de nuestro carácter, y de ellas depende la adquisición de nuestras cualidades, como acabamos de decir. (…) Las acciones y los intereses de los hombres no pueden someterse a ninguna prescripción inmutable y precisa, como no puede hacerse tampoco con las condiciones diversas de la salud. Y si el estudio general de las acciones humanas presenta estos inconvenientes, con mucha más razón el estudio especial de cada una de ellas en particular presentará mucha menos precisión aún; porque no cae en el dominio de un arte regular, ni, lo que es más, en el de ningún precepto formal. Pero cuando se obra, es una necesidad constante guiarse en vista de las circunstancias en que uno se encuentra, absolutamente del mismo modo que se practica en el arte de la medicina y en el de la navegación. (…) No adquirimos las virtudes sino después de haberlas previamente practicado. Con ellas sucede lo que con todas las demás artes; porque en las cosas que no se pueden hacer sino después de haberlas aprendido, no las aprendemos sino practicándolas; y así uno se hace arquitecto, construyendo; se hace músico, componiendo música. De igual modo se hace uno justo, practicando la justicia; sabio, cultivando la sabiduría; valiente, ejercitando el valor. (...) Tocando la cítara, hemos dicho, se forman los buenos y malos artistas; mediante trabajos análogos se forman los arquitectos, y sin excepción todos los que ejercen un arte cualquiera. Si el arquitecto construye bien, es un buen arquitecto; es malo, si construye mal. Si no fuese así, nunca habría necesidad de maestro que enseñara a obrar bien, y todos los artistas serian siempre y de primer golpe buenos o malos. Lo mimo absolutamente sucede respecto a las virtudes. (...) La primera condición es que sepa lo que hace; la segunda, que lo quiera así mediante una elección reflexiva y que quiera los actos que produce a causa de los actos mismos. (...) Pero el común de las gentes no practican estas acciones; y pagándose de vanas palabras, creen crear una filosofía y se imaginan que por este método adquieren una verdadera virtud. Esto es poco más o menos lo mismo que hacen los enfermos que escuchan muy atentos a los médicos, pero que no hacen nada de lo que los mismos les ordenan; y así como los unos no pueden tener el cuerpo sano, cuidándose de esta manera; lo mismo los otros no tendrán jamás muy sana su alma, filosofando de esta suerte». (Aristóteles; Ética a Nicómaco, siglo IV a. C.) 

Aunque cuando hay una fascinación por algo se puede llegar al punto de incurrir en un fanatismo, también se puede lograr una mesura y análisis cabal respecto a los maestros que admiramos. El humanista italiano Petrarca insistía una y otra vez en la necesidad de estudiar la teoría para acometer en la práctica una «obra virtuosa» −en el sentido más aristotélico y ciceroniano del término−. Esta corriente de Petrarca no solo pretendía recuperar los clásicos de la literatura greco-romana, sino también comentarlos de forma crítica y tratar de aplicar sus conclusiones a las condiciones de entonces. 

Tampoco podemos ignorar el papel de la filosofía de la Ilustración y la Revolución Francesa (1789). ¿Acaso podemos obviar el rol que tuvo Baruch de Spinoza, partidario de la democracia burguesa, en la formación de dicho movimiento un siglo antes? ¿Estaba el culto que Kant, el fundador del idealismo trascendental, tenía por Rousseau desligado de sus ideas políticas? No, Kant tenía un gran aprecio y compromiso por las ideas de Rousseau, y, consecuentemente, con las de la Ilustración, convirtiéndose pues en su mayor representante histórico. 

Hasta el propio Feuerbach, criticado por Marx y Engels precisamente por su filosofía contemplativa, decide en 1870 afiliarse al Partido Socialdemócrata Alemán, aunque es difícil saber hasta qué punto esto fue por «fervor revolucionario» y si le sirvió para rectificar realmente sus antiguas posturas. Lo que queda claro es que su incorporación tuvo un beneficio mutuo −al menos en lo formal−: por un lado, sirvió para que el partido tuviera entre sus filas una figura reconocida, y por el otro, para que él pudiera «validar» compromiso con la causa política. De igual modo he ahí un ejemplo de hasta qué punto la realidad obliga al hombre a salir de su «filosofía pura» para «descender al barro a mancharse las manos» para intentar transformar el mundo.

Para algunos, los que suelen regodearse en una verdad simplona, el «anotar la diferencia que puede haber entre que tu filosofía sea práctica y luego no seas un filósofo que lo aplique», es un hallazgo importantísimo sobre el cual reflexionar una y otra vez, pero en verdad a nosotros no nos parece la gran cosa, porque es un fenómeno que ocurre a diario. De hecho, esta es una cuestión comprensible para todo hijo de vecino, por ello en el refranero popular existen expresiones como «Del dicho al hecho hay un trecho» o «La práctica hace al maestro». Lo cierto es que también podemos esgrimir lo contrario y también sería justo. ¿A qué nos referimos? Nos explicaremos mejor. Hay filósofos cuya doctrina es esencia eminentemente pasiva, sujetos que se alejaron de la praxis social −por voluntad propia o a instancias de la sociedad−, a veces sin deseo alguno de querer volver a esta. Estos acabaron por erigir una obra teórica sin demasiado propósito practico el mundo terrenal −creyendo dirimir sus problemas en los mundos espirituales, extrasensibles e imaginarios−. Eso no quita que a posteriori se haya dado la paradoja de que uno o varios individuos se valiesen de dicha obra para emprender o sugerir un cambio real en el mundo, dándole en retrospectiva un propósito mucho más practico a dicha «filosofía de la pasividad». Así ocurrió con las reflexiones de Schopenhauer una vez estas fueron recuperadas por Nietzsche, quien pese a ser tan excéntrico y solitario como él, construyó una filosofía con un hilo conductor basado mucho más en el vitalismo ciego que en el espiritualismo místico. Y no nos engañemos, lo mismo podríamos decir de las ideas y arengas de este, retomadas por infinidad de movimientos políticos −como el fascismo italiano y el nazismo alemán− que se tomaron muy en serio sus recetas de «martillear la realidad» con la «moral de los señores», llevando a término lo que el «maestro» no pudo ver cumplido en vida. O dicho de otro modo, hasta los autores reaccionarios se ven obligados por la necesidad de tener que partir y actuar en este mundo para poder mantener el orden explotador o para desatar una contrarrevolución que les haga recuperar sus privilegios. Véase la obra de Mehmet Ice: «AntiNietzsche, antiHeidegger» de 2015.

Por esta misma razón llamamos la atención a no confundir lo que se dice en este aforismo de la XI tesis sobre Feuerbach y recomendamos echar un ojo a lo que Marx explica en «La ideología alemana» (1846), donde se expone que más allá de las excelentes críticas o ideas de cada personaje en cada momento histórico... lo más importante a tener en cuenta son las circunstancias que le rodean para ver si aquellas tienen sentido o condiciones para poder cumplirse:

«Todas las formas y todos los productos de la conciencia no brotan por obra de la crítica espiritual. (...) Sino que sólo pueden disolverse por el derrocamiento práctico de las relaciones sociales reales. (…) La fuerza propulsora de la historia, incluso la de la religión, la filosofía, y toda otra teoría, no es la crítica, sino la revolución. (...) Estas condiciones de vida con que las diferentes generaciones se encuentran al nacer deciden también si las conmociones revolucionarias que periódicamente se repiten en la historia serán o no lo suficientemente fuertes para derrocar la base de todo lo existente. Si no se dan estos elementos materiales de una conmoción total, o sea, de una parte, las fuerzas productivas existentes y, de otra, la formación de una masa revolucionaria que se levante, no sólo en contra de ciertas condiciones de la sociedad anterior, sino en contra de la misma «producción de la vida» vigente hasta ahora, contra la «actividad de conjunto» sobre que descansa, en nada contribuirá a hacer cambiar la marcha práctica de las cosas el que la idea de esta conmoción haya sido proclamada ya cien veces, como comunismo». (Karl Marx y Friedrich Engels; La ideología alemana, 1846)

Aquí, pese al tremendo golpe dirigido hacia el idealismo filosófico no significa que Marx y Engels infravaloren la crítica teórica como tal, sino que los autores subrayan que esta debe conseguir comprender y apuntar contra el orden existente, aunque esto no bastará: el crítico debe asegurarse de que la teoría penetre y movilice a una masa viva, ya que la crítica sin más no tiene el poder mágico de derribar a los sistemas de producción, ¿sencillo de entender, no? 

Esto, por si aún no lo ha entendido el lector, es similar a cuando el de Barmen comentó en 1893 que la crítica a los misticismos de la historiografía del país no es un requisito absoluto para acabar con el sistema monárquico −porque habrá otros fenómenos mucho más cotidianos que puedan causar el hastío y concienciación de las masas para deshacerse de él−, pero aun con todo es una «crítica» que abre una grieta en el sistema de creencias:

«La destrucción de las leyendas monárquico-patrióticas no es una condición absolutamente indispensable para derrocar esa misma monarquía que sirve para encubrir la dominación de clase −pues, en Alemania, la república pura o burguesa es una etapa que ha caducado sin haber tenido tiempo de nacer−, pero es, a pesar de todo, uno de los resortes más eficaces para lograr ese derrocamiento». (Friedrich Engels; Carta a Franz Mehring, 14 de julio de 1893)

¿A qué se refiere? A que precisamente tales ideas se inoculan en el pueblo trabajador a fin de tenerlo sujeto a la «tradición nacional», para que no levante la mano contra la «ley nacional», para que no levante acusación hacia los «héroes de la nación»; en definitiva, es un mecanismo ideológico para mantener el status quo. Entonces, se comprende fácilmente que romper con esto es un buen catalizador que acelera que se den las condiciones para el estallido de la revolución.

En 1886 Engels señalaría de forma similar los límites del materialismo de Feuerbach:

«De lo que se trata en realidad y para el materialista práctico, es decir, para el comunista, es de revolucionar el mundo existente. (...) No nos ofrece crítica alguna de las condiciones de vida actuales, no consigue nunca, por tanto, concebir el mundo sensorial como la actividad sensorial y viva total de los individuos que lo forman. (…) Es decir, a reincidir en el idealismo precisamente allí donde el materialista comunista ve la necesidad y, al mismo tiempo, la condición de una transformación radical tanto de la industria como del régimen social». (Friedrich Engels; Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, 1886)

¡Pero es que este espíritu combativo de pluma y fusil ya había sido enunciado por Marx en 1844!

«Es cierto que el arma de la crítica no puede sustituir a la crítica de las armas, que el poder material tiene que derrocarse por medio del poder material, pero también la teoría se convierte en poder material tan pronto como se apodera de las masas. Y la teoría es capaz de apoderarse de las masas cuando argumenta y demuestra ad hominem, y argumenta y demuestra ad hominem cuando se hace radical. Ser radical es atacar el problema por la raíz. Y la raíz, para el hombre, es el hombre mismo». (Karl Marx; Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, 1844)

Por esto es plenamente absurdo intentar aplicarle un estricto «marco contemplativo» a la vida del propio Marx, como hacen estos infames seres «reconstitucionalistas»:

«El límite con el que se encuentra el pensamiento de Marx implica la no realización práctica de la praxis revolucionaria, que queda relegada a mera formulación teórica. La consecuencia es un nuevo repliegue teórico-conceptual de la conciencia hasta las posiciones de la crítica revolucionaria. La praxis revolucionaria exige una concreción material, encarnarse como movimiento político práctico, porque ella es revolución in actu». (Partido Comunista Revolucionario (Estado Español); La Forja, Nº33, 2005)

¿Podemos hablar de transcendencia de Marx y Engels si no vieron coronadas sus ideas en una revolución exitosa?

Como estamos comprobando sobradamente, toda esta acusación de la «LR» va cobrando forma como una mentira de proposiciones gigantescas. La «crítica revolucionaria» de Marx y Engels en ocasiones sí pudo materializarse en «movimiento político», como demuestra varios eventos que ahora citaremos. En primer lugar, parece olvidarse la decisiva participación de ambos en la Liga de los Justos, más tarde rebautizada como la Liga de los Comunistas, lo cual permitió que esta estructura abandonase progresivamente el socialismo utópico en pro de unas nociones socialistas acotadas a lo científico. En segundo lugar, ambos financiaron, asistieron, o tomaron partido en algunos de los movimientos revolucionarios de su tiempo, como el de 1848 o el de 1871, cosa que continuarían haciendo siempre desde el exilio belga, francés o inglés. En tercer lugar, fueron personajes clave en la fundación de la I Internacional (1864), el primer intento de coordinar a los partidos proletarios a nivel internacional. En cuarto lugar, cuando esta se diluyó −con motivos bastante discutibles o mal calculados, eso sí−, continuaron con sus investigaciones para proveer a los movimientos de Francia, España, Estados Unidos, Alemania, Dinamarca y muchos otros países los recursos intelectuales necesarios. En quinto lugar, el contacto permanente con los Lafargue, Guesde, Labriola, Plejánov, Liebknecht, Bebel y tantos otros, permitió a la postre que −si bien no sin extremas dificultades− los análisis, consejos y críticas de Marx y Engels plantasen la semilla del afianzamiento del marxismo en el movimiento proletario de estos países, con la consiguiente creación de la II Internacional (1899). En sexto lugar, aun cuando la crítica sin filtros no siempre augurase beneficios ni en su reputación ni en sus amistades personales, cada vez que lo consideraron preciso Marx y Engels instaron a que se criticase o expulsase del movimiento a todos aquellos que se consideraban aduladores, arribistas o elementos extraños, tal y como ocurrió con los Heinze, Kriege, Proudhon, Weitling, Höchberg, Dühring y tantos otros. Véase la obra de Franz Mehring: «Karl Marx: Historia de su vida» de 1918. 

Resulta que, además, por si todo esto fuera poco, la transcendencia del trabajo de Marx y Engels fue tal que, en Rusia, los mismos que llegaron a realizar la Revolución Bolchevique (1917) declararon que estos dos habían sido sus principales ejes políticos de referencia. ¡Casi nada! Para los «reconstitucionalistas», algunos de estos «detalles» son reconocidos con la boca pequeña, razón por la cual no les impide concluir de forma vergonzosa que:

«A pesar de que Marx y Engels sí se esforzaron por encontrar cauces para su realización material, como demuestran sus actividades en la Liga de los Comunistas y en la AIT y su estrecha relación con el movimiento obrero europeo, en general, y con el movimiento socialista alemán, en particular. Pero su fracaso supuso el destierro de la praxis revolucionaria de los territorios de la actividad material y su relegamiento a la esfera de la conciencia teórica como crítica revolucionaria, la cual, por su parte, como es exponente de la no realización material de la fusión teorético-praxeológica en el seno del proletariado que es la praxis revolucionaria, pone de manifiesto un modo de relación externa entre teoría y práctica, y, por tanto, un modo criticista, burgués, de estado de la conciencia. Como crítica revolucionaria, la conciencia adopta una posición gnoseológica de corte burgués, porque es una forma más de la crítica objetiva; pero también es su forma más elevada». (Partido Comunista Revolucionario (Estado Español); La Forja, Nº33, 2005)

Esta es una de las mayores provocaciones que nadie ha escrito contra Marx y Engels. Incluso, en el surrealista caso de que esta acusación contra Marx y Engels hubiera sido verdad, concluir que en todo sitio donde el marxismo no encuentra encauzamiento práctico esto se debe a que se opera bajo una «doctrina del conocimiento burgués», es un disparate, es razonar bajos lineamientos del pensamiento metafísico −que deja fuera los factores condicionantes y sus conexiones múltiples−. 

Tal barbaridad es como asegurar que un proyecto ingenieril es «pseudociencia» porque no encuentra la financiación pertinente para materializarse, pero aquí la cuestión sería más bien analizar si −dejando a un lado esta carencia− sus tesis eran correctas en lo fundamental: si había tenido en cuenta las necesidades de su proyecto, si había sacado lecciones de los prototipos y modelos anteriores, si había seleccionado a una plantilla acorde para desarrollarlo, etc. ¿Acaso no es cierto que muchos de los inventos y teorías de la historia no pudieron ser comprobados plenamente hasta muchos años después −dado que fallaba alguno o varios de los puntos anteriores−? Es completamente cierto, pero alguno anotará: «Pero las ideas de este proyecto X estaban mal calculadas desde un principio porque, si no, hubiera tenido en cuenta el «factor de la financiación» para poder echar a andar». Bien, entonces concluiremos −tras comprobar si esto fue sobrestimado realmente y no dándolo por hecho− que se falló en ese sentido, ¡pero no que toda su obra estaba basada en una «gnoseología burguesa» y que por eso «fracasó»! Recordemos que la holgazanería analítica y el uso de reduccionismos son los aspectos que más fácilmente se detectan en un oportunista. 

En la política ocurre igual: para analizar por qué un movimiento no pudo materializarse −o solo recorrió un breve camino− hay que analizar no solo si sus tesis de raíz eran correctas en su momento −donde la mayoría falla−, sino también el resto de puntos ya comentados: ¿adolecían estos individuos de una falta de conocimientos en materia organizativa? ¿No pudieron superar los vicios de la fuerte tradición imperante en el movimiento político −reformismo o anarquismo−? En caso de tener análisis correctos, ¿hasta qué punto influyó el no poder competir de tú a tú con la competencia que disponía de mayor organización y financiación? ¿Faltaban cuadros especializados para las enormes tareas que se proponían? ¿Cuánto influyó la represión en la no estabilización del nuevo proyecto emancipador? He aquí resumido algunos −que no todos− los factores que estos pseudomarxistas tienden a olvidar.

«En la historia de la sociedad, los agentes son todos hombres dotados de conciencia, que actúan movidos por la reflexión o la pasión, persiguiendo determinados fines; aquí, nada acaece sin una intención consciente, sin un fin deseado. Pero esta distinción, por muy importante que ella sea para la investigación histórica, sobre todo la de épocas y acontecimientos aislados, no altera para nada el hecho de que el curso de la historia se rige por leyes generales de carácter interno. También aquí reina, en la superficie y en conjunto, pese a los fines conscientemente deseados de los individuos, un aparente azar; rara vez acaece lo que se desea, y en la mayoría de los casos los muchos fines perseguidos se entrecruzan unos con otros y se contradicen, cuando no son de suyo irrealizables o insuficientes los medios de que se dispone para llevarlos a cabo. Las colisiones entre las innumerables voluntades y actos individuales crean en el campo de la historia un estado de cosas muy análogo al que impera en la naturaleza inconsciente. Los fines que se persiguen con los actos son obra de la voluntad, pero los resultados que en la realidad se derivan de ellos no lo son, y aun cuando parezcan ajustarse de momento al fin perseguido, a la postre encierran consecuencias muy distintas a las apetecidas. Por eso, en conjunto, los acontecimientos históricos también parecen estar presididos por el azar. Pero allí donde en la superficie de las cosas parece reinar la casualidad, ésta se halla siempre gobernada por leyes internas ocultas, y de lo que se trata es de descubrir estas leyes». (Friedrich Engels; Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, 1886)

No es momento de realizar aquí un repaso biográfico aún más extenso sobre Marx y Engels, pero todo el mundo debería saber que fueron los responsables de crear las obras teóricas del «socialismo científico» −siendo estas, a su vez, la columna vertebral de los históricos y futuros partidos revolucionarios que seguirían su estela hasta hoy−. Esto ya refutaría la vacuidad de acusar a sus obras de «crítica contemplativa». ¿Por qué tantos movimientos «prácticos» políticos iban a adoptar como «teoría» las ideas de dos filósofos que se supone estarían «alejados de la acción política»? ¿Por qué a la larga no transcendieron sobre ellos otros filósofos más «pragmáticos», hombres de «mayor acción», como Blanqui o Bakunin? Quizás porque, más allá de su influencia momentánea o de la fortaleza de sus organizaciones políticas, las conclusiones de Marx y Engels estaban más apegadas a la realidad social y sus necesidades de lo que sus enemigos creían, estaban más adelantadas a su tiempo y por eso envejecieron tan bien en muchos campos: 

«El Sr. Heinzen se imagina que el comunismo es una doctrina que procede de un principio teórico central y saca conclusiones a partir de aquí. El Sr. Heinzen está muy equivocado. El comunismo no es una doctrina, sino un movimiento; no procede de principios, sino de hechos. Los comunistas no parten de tal o cual filosofía, sino de todo el curso de la historia anterior y particularmente de los resultados reales a los que se ha llegado actualmente. (...) El comunismo, como teoría, es la expresión teórica de la posición del proletariado en esta lucha y la síntesis teórica de las condiciones para la liberación del proletariado». (Friedrich Engels; Los comunistas y Karl Heinzen, 1847)

¡Vaya! Resulta, además, que el comunismo no es fruto de las ideas de dos cabezas pensantes, sino que brota de los propios «hechos». ¡No es solo una teoría a secas, sino un «movimiento» y «posición» de una clase social! He aquí Engels refutando las acusaciones de Heinzen en 1847 y adelantándose a las montañas de basura que la «LR» vertería sobre su tumba dos siglos después. Para más inri, en 1886 añadió que, para los intereses emancipatorios de la clase obrera, cuanto más avancen las ciencias mejor:

«Cuanto más audaces e intrépidos son los avances de la ciencia, mejor se armonizan con los intereses y las aspiraciones de los obreros». (Friedrich Engels; Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, 1886)

¡Qué árido «positivismo» debe resultarle a un «reconstitucionalista» este fragmento! El trabajo de creación teórica de Marx y Engels fue realizado consultando bibliotecas, leyendo las obras de los enemigos, como también visitando los lugares más recónditos de la clase obrera, incluyendo sindicatos y barrios, actos que cuando no podían ser realizados en persona contaban con los contactos suficientes para suplir esa falta de disposición. 

Aquí surgen preguntas obligadas, pues si con todo eso resulta que ambos pensadores adoptaron un pensamiento y actuar «aburguesado», ¿qué sentido tendría confiar en sus obras como base formativa para analizar el mundo? ¿No sería esto instruirnos en algo desfasado para hacer ciencia? ¿No deberíamos reconocer, como hizo Karl Korsch en sus «Diez tesis para el marxismo» (1950), que los estudios de Marx fueron fruto de una época y estos son ya cosa del pasado? Nuestros neomaoístas guardan silencio sobre estas incoherencias que sostienen. Por un lado, como buenos maoístas, promueven a Marx y Engels porque «son populares», pero por el otro, también como buenos maoístas, los calumnian intentando poner por encima su «pensamiento de reconstitución», fase superior del maoísmo-gonzalismo. Pasen y vean:

«El llamamiento a revolucionar el mundo sin poder hacerlo significa que el pensamiento proletario, hasta el punto que lo desarrollaron Marx y Engels, mantiene todavía un pie en el terreno político de la burguesía y en el terreno de las formas del pensamiento burgués». (Partido Comunista Revolucionario (Estado Español); La Forja, Nº33, 2005)

Pero hay más, si este «currículum» de Marx y Engels es «insuficiente» para una «praxis revolucionaria» o «crítico-práctica», ¿en qué lugar deja este baremo a los seguidores de la «Línea de Reconstitución» (LR)? 

A ver, repasemos… ¿cuál será el gran triunfo y superación de la «LR» en comparación con las biografías de Marx y Engels? ¿Sus estudios teóricos y su enorme difusión? Difícilmente. En más de treinta años ni siquiera han logrado sacar adelante una producción teórica con calidad y regularidad −he ahí «La Forja» y «Línea Proletaria», ambas gemelas en el estrepitoso fracaso que suponen−. ¿Y acaso esto no es según los cánones del marxismo-leninismo el prerrequisito fundamental para agrupar a los revolucionarios y estructurar un partido? En efecto. 

¿Será la enorme influencia de su corriente? No. ¿Su estrecho contacto con las masas más avanzadas? Tampoco. Hasta ahora, los jefecillos de la LR no han estado en contacto ni han instruido a una porción relevante de los trabajadores; a lo sumo han maniatado la pálida conciencia de un puñado de muchachos bohemios o lumpenizados cuyas debilidades confluyen muy bien a la hora de actuar como actores de reparto en esta comedia neomaoísta. Unas mentes débiles cuyos directores deben tratar de engañar a diario para poder seguir camuflando el hecho de que la LR vaga década tras década sin reflexionar sobre la ristra de aplastantes derrotas y contradicciones lógicas que ha encadenado. 

En todo caso, viendo la doble vara de medir que los «reconstitucionalistas» establecen entre ellos y Marx y Engels, siendo igual de duros concluiremos que todo esto les convierte ipso facto en los mejores parlanchines y en los más aptos profesionales de la calumnia, pero nada más. Aun con todo, nosotros no somos rencorosos en lo político. Por cuestiones de mero raciocinio hemos de intentar apiadarnos de quienes han huido de este círculo vicioso de palabras vacías que es la «LR»; por lo que siempre comprenderemos que alguien con dos dedos de frente decida un buen día que no quiere seguir viviendo ni un minuto más en esa distopía de discursos grandilocuentes y lenguaje pretencioso al margen de la realidad. Ahora, eso no significa que le vayamos a aceptar con los brazos abiertos, sino que tendrá que demostrarse a sí mismo y al resto que no arrastra esta tendencia bastarda de pasarse el día hablando del sexo de los ángeles mientras en la «praxis» no aporta nada de valor». (Equipo de Bitácora (M-L); Sobre la nueva corriente maoísta de moda: los «reconstitucionalistas», 2022)

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