«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

viernes, 13 de mayo de 2016

Como debe comprenderse y aplicarse la crítica y la autocrítica


«Debemos tener cuidado de preservar constantemente la esencia educativa de la crítica. La crítica jamás debe tener un carácter destructivo, vengativo, jamás debe ser hecha con una idea preconcebida ni con la mala intención de denigrar y ofender y sobre todo no debe basarse nunca en la falsificación y la calumnia. La crítica debe ser siempre camaraderil y no fundamentalmente en el tono sino en el contenido, en el objetivo que persigue.

La crítica debe sopesarse bien para que surta el efecto requerido sobre la persona criticada y sobre el conjunto del colectivo que la escucha, y que también debe a su vez educarse con esta crítica. Debe estar argumentada con hechos concretos, convincentes y precisos e ir siempre acompañada de conclusiones educativas, morales, políticas e ideológicas.

No se trata solamente de que la persona criticada no salga de la reunión abatida, despreciada, completamente desalentada; sino de que salga fortalecida, esclarecida, animada y convencida de que la crítica ha sido saludable y que la ayudará a corregir su error. Se trata igualmente de conseguir que la crítica dirigida a un camarada, haga efecto sobre todos, que sirva también para criticar indirectamente a otros que no están exentos de errores y que, con esta ocasión, deben hacer por su parte una autocrítica espontánea, honesta, marxista, aunque no sean objeto directo de la crítica formulada. Así la crítica a una persona toma en su esencia un carácter educativo social. Además de esto, la forma correcta y camaraderil de la crítica –y esto nada tiene que ver con una crítica a la ligera, blanda y por pura formalidad confiere verdaderamente al Partido el papel de padre severo, pero de corazón generoso y lleno de amor por sus hijos.

El que critica no debe hacerlo partiendo del puesto que ocupa en el Partido o en el Estado, sino de posiciones de partido; no debe dejarse llevar por la presunción y por un sentimiento de superioridad intelectual de quien se cree saberlo todo y ser infalible en sus opiniones. El que critica debe saber actuar con espíritu de partido, observar la sencillez de comunista, conservar la calma, dominar los arrebatos y utilizar la poderosa lógica marxista que le suministran los hechos que él critica, así como su madurez y su experiencia, saber servirse de estos datos, para dar a la crítica un contenido realmente marxista, una forma marxista, y hacerla verdaderamente educativa.

El recurrir a una crítica fuera de propósito, a una crítica superficial cuando debe ser fuerte, y a una crítica mordaz cuando no es el caso, en lugar de educar, produce a menudo un efecto contrario. Esta poderosa arma que educa a los hombres, debe emplearse juiciosamente, perfeccionarse, ser objeto de la máxima atención por parte de los cuadros. No hay que servirse de ella con negligencia y sin ningún sentido de la responsabilidad, no debe permitirse que se convierta en una rutina nociva o desmoralizadora, agobiante, que desoriente a los hombres, sino ante todo debe ser una de las armas educativas y movilizadoras más revolucionarias del Partido.

Contra los criticones enfermizos quee tienen la «crítica» a flor de labios, que la utilizan cuando no viene el caso, o que se dedican a calumniar, debe tomarse medidas orgánicas, medidas de crítica severa; debe criticarse con rigor a los que hacen un mal uso de esta arma.

La justa comprensión de la autocrítica reviste asimismo una gran importancia. La autocrítica marxista-leninista no tiene nada en común ni semejanza alguna con la «confesión» hecha al cura. El hombre honesto, sea comunista o sin partido, que puede equivocarse y que se equivoca efectivamente en la vida –y nadie está inmunizado en este sentido, no teme reconocer su propio error si tiene confianza en el espíritu de justicia del colectivo, en el espíritu de justicia del Partido, en el espíritu de justicia de las leyes del Estado, si tiene confianza en la rectitud de juicio de los camaradas, de los órganos de acción, en su afecto y su constante cuidado por el hombre, si allí donde trabaja, vive y milita se le han creado condiciones que le permiten expresarse libremente sobre el error o la falta que ha cometido. Estas condiciones son indispensables si queremos que la autocrítica se convierta en poderosa arma susceptible de educar a los hombres. El Partido, en general, ha creado estas condiciones, pero debemos mejorarlas, perfeccionarlas en todas partes, en sus organizaciones, en los órganos dirigentes, en los centros de trabajo y de producción, en la administración, etc.

La autocrítica bolchevique se desarrolla allí donde la crítica también es bolchevique. Ambas se influyen mutuamente en un sentido favorable, pero también, cuando no son bolcheviques, desfavorablemente.

Si la crítica está basada en hechos poco convincentes o calumnias, si él que critica lo hace partiendo de su posición jerárquicamente superior, o en un arranque de cólera, etc., entonces la persona a la que le corresponde autocriticarse, o bien quedará desconcertada, o se indignará y perderá los nervios, o instintivamente intentará defenderse bajo la influencia de ciertas supervivencias pequeño burguesas, como el rencor, la defensa de su personalidad, etc., actitud que se debe al hecho de haber violado la ley y la moral comunista, empujado precisamente por estas supervivencias. Cuando una persona ha cometido un error o una falta, esto significa que algo no funciona en su conciencia, en su concepción del mundo, y para corregir, para depurar este algo, no podemos ni debemos recurrir a prácticas erróneas, no debemos partir de las mismas posiciones que a él le han impulsado precisamente a caer en el error.

Después de la crítica hecha a una persona, así como después de su autocrítica, el Partido, más que nunca, debe estar a su lado, todos deben estar a su lado, porque dicha persona tiene necesidad de sentir el cuidado y el afecto del Partido, su espíritu de justicia, lo bien fundado de la crítica. Necesita de ello más que nunca; no olvidemos que ahora está en período de convalecencia. La crítica y la autocrítica son el primer paso hacia la curación, pero no es aún el restablecimiento completo, y sí nos limitamos a este paso y abandonamos a su suerte al criticado, si nos contentamos con señalarlo en su documentación de comunista, imaginándonos haber así cumplido con el trabajo, podemos estar bien seguros de que no actuamos correctamente y que podemos tener amargos resultados.

El Partido y cada comunista deben conocer la naturaleza de los camaradas, sus sentimientos, su carácter y su capacidad, puesto que estos elementos desempeñan un importante papel en la justa utilización de la crítica y de la autocrítica. Podemos encontrarnos y nos encontraremos en presencia de toda clase de hombres, ya que no todos están hechos a la misma medida. Por ejemplo, nos encontramos ante un hombre honesto que se ha equivocado, que no está en condiciones de analizar a fondo su propio error, no tiene el don de la palabra, sin embargo comprende a fondo la crítica, y se contenta con reconocer franca, honesta y llanamente sus errores. No faltan aquellos que le exigen con insistencia «analizar a fondo» sus errores, que le reprochan haber «callado» cosas, aunque nada haya callado. Por el contrario, nos encontramos ante un hombre poco honesto, que sabe ocultar sus errores, un charlatán que cuando es sorprendido en uno, no deja de hacer una autocrítica pródiga en palabras, sutil y refinada, pero que ni él mismo cree. No faltan también los miopes que se dan por satisfechos de su «brillante» autocrítica. Y así se sigue sospechando injustamente del primero y prestándole un apoyo insuficiente, mientras que hacia el segundo nace una confianza nociva y la gente deja de prestar atención a sus malas acciones, que, sin duda, continuará cometiendo en el futuro.

Por eso la cuestión de la crítica de la autocrítica no es una cosa simple, ni debe ser comprendida en un sentido estrecho. Con esto quiero decir que los hombres no deben ser criticados, o autocriticarse solamente cuando incurren en faltas y únicamente en reuniones especiales. Esto es un aspecto de la crítica y la autocrítica, pero no lo es todo.

Debe prevenirse la falta. Esta es una cuestión esencial, y para prevenir la falta es necesario acostumbrar a los hombres a servirse como se debe de esta arma, debe desarrollarse la crítica y la autocrítica en el trabajo, en el curso del trabajo, en diferentes formas. Debemos hacer de todo esto, en vasta escala, una segunda naturaleza. Y, ¿cómo hacerlo? En el curso del trabajo en todas partes donde se trabaja y lucha, los hombres, los comunistas y los no comunistas pueden cometer errores. Por esta razón todos deben expresar libremente, con coraje, sin ningún miedo, su opinión crítica sobre el trabajo y en interés del trabajo, ante cualquiera que sea, ante sus superiores y ante sus subordinados; deberán formular con valor sus observaciones, aunque puedan no ser justas; criticar las deficiencias y no esperar la convocatoria de la reunión, expresar su punto de vista antes y después de la realización de las tareas. Los superiores deben escuchar atentamente estas críticas, sin presunción y sin la idea preconcebida de que lo saben todo. No sólo deben escuchar atentamente las sugerencias y los consejos de sus subordinados, sino darles inmediatamente la razón cuando la tienen, reconocer de inmediato que su propia opinión era errónea en este caso el superior hace su autocrítica y que sus subordinados tenían razón.

Este es un modo correcto de combinar la crítica con la autocrítica, y así se previenen los errores, se corrige y se educa a los hombres en el mismo curso del trabajo, se combate las supervivencias nocivas, el servilismo, el temor al superior, el rencor, el pensar que se es visto con malos ojos si se osa hacer una observación, y, por otra parte, se combate la arrogancia, la presunción, el burocratismo, etc. Todos estos defectos son extraños a los comunistas y fuente de muchos males.

Sólo así puede crearse este sano hábito en la utilización justa y oportuna del arma de la crítica y de la autocrítica, de la que nosotros, comunistas, estamos necesitados para eliminar muchos defectos y males.

Sin embargo, no debe permitirse que al amparo de la crítica y de la autocrítica se abuse, como ha ocurrido en varias ocasiones. Muchos intentan rehuir las responsabilidades de sus delitos y los graves daños que causan a la economía, por la flagrante violación de las leyes del Estado, de las reglas de la sociedad y de las normas de la moral comunista, haciendo su «autocrítica» para salir del paso. En estos casos no debemos en absoluto vacilar en entregar a los culpables a la justicia, para que les imponga la merecida pena. No debe tolerarse ninguna actitud indulgente, debe condenarse igualmente a todos aquellos que inventan toda suerte de circunstancias atenuantes para los ladrones, los malversadores y derrochadores de la propiedad socialista, y que, a sabiendas o no, hacen el juego a los elementos contrarrevolucionarios, son un apoyo del enemigo exterior e interior, sirven a los restos de las clases enemigas y a la ideología contra las cuales desarrollamos la lucha de clases y empleamos las armas de la dictadura del proletariado». (Enver Hoxha; La educación de los trabajadores en la moral comunista es un problema clave; Extractos del discurso de clausura del XIIIº Pleno del Comité Central del Partido del Trabajo de Albania, 9 de julio de 1964)

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