«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

viernes, 6 de junio de 2014

¿Es Podemos un partido diferente a Izquierda Unida? En absoluto; Sobre el programa de las nacionalizaciones; Equipo de Bitácora (M-L), 2014

Logos de Izquierda Unida y Podemos

Estos días, hemos podido observar y analizar, en uno de esos lamentables programas de «debate político» que en España se puede «disfrutar» en la televisión, como podrían ser «Al rojo vivo»«El gato al agua», etc. una entrevista realizada a Cayo Lara, máximo representante de Izquierda Unida, y sus curiosas confesiones, respecto al programa de su partido y al programa de la nueva sensación de los pseudorevolucionarios, como está siendo el partido de Podemos: 

«Entrevistador: ¿En esto [referéndum sobre la monarquía], están con Podemos?

Cayo Lara: Yo creo que Podemos está con nosotros, aunque sólo sea por razones históricas.

Entrevistador: Le he notado sensible ahí (risas).

Cayo Lara: No, no no, yo estoy contento, de que en la izquierda surja otra fuerza política, que surja más gente, y que no haya surgido por la derecha, estoy más contento en ese sentido. Porque lo fundamental es que el bipartidismo, y contra las políticas que han aplicado, contra las que nosotros hemos planteado alternativas diferentes, tienen cada vez más contestación en la calle, más contestación en las urnas, y de eso nos felicitamos. Y luego desde el punto de vista programático, con todos los respetos del mundo, nuestro programas, y el programa que ha elaborado Podemos, pues tienen una afinidad muy alta con el programas que tenemos desde Izquierda Unida, que venimos elaborando desde el principio de los tiempos.

Contertulia: ¿Le han copiado?

Entrevistador: ¿Ustedes tienen el original?

Cayo Lara: Yo no voy a decir eso, porque sería una simpleza, pero si quiero decir que hay un nivel de coincidencia muy importante, y por tanto en el sentido de dar la palabra al pueblo, que haya un referéndum, bienvenidas todas las coincidencias, y con todos aquellos y aquellas que piensen de esa manera, estaremos ahí». (Entrevista a Cayo Lara; Las mañanas, 3 de junio de 2014)

El primera instancia, diremos, que el tema del referéndum de la monarquía, lo dejaremos para otra ocasión; pero es realmente patético ver el oportunismo alcanzado por Izquierda Unida, que ahora se reclama como abanderada del republicanismo, del bando republicano de la guerra civil española, cuando su principal partido, el Partido Comunista de España, abandonó en los años 70 tal reivindicación, siguiendo los pasos del Partido Obrero Socialista Español, por tanto esa reivindicación viene 30 años tarde, pero ese es otro tema como decimos. Vamos a lo importante:

¿A qué se refiere el reformista Cayo Lara cuando habla de que Izquierda Unida  plantea como él dice «alternativas diferentes» a las políticas del bipartidismo?  ¿O eso de que Podemos parece haber recogido también su programa? Podríamos hablar de varios puntos, pero tocaremos el más importante, y el que más confusión causa entre la población cuando se debate en política. Nos referimos al de las nacionalizaciones de sectores estratégicos, el punto del programa de Podemos, con el que se excitan muchos reformistas y todo tipo de eclécticos ideológicos que albergan vanas ilusiones sobre este partido, veamos, pues, las similitudes entre estos dos partidos reformistas; hay que decir para no dejar dudas de lo que afirma Cayo Lara, que cierto, al César lo que es del César, Izquierda Unida, ya tenía este programa «alternativo y progre» típico de la socialdemocracia, antes de que Podemos pusiera un pie en el panorama, por eso lleva razón al decir que en Izquierda Unida lo llevan haciendo desde «el principio de los tiempos», que más bien, sería para ser exactos, desde la aceptación del eurocomunismo en tiempos de Santiago Carrillo:

«La crisis ecológica y la necesidad de iniciar un proceso de redistribución del poder conllevan aceptar la urgencia de nacionalizar y controlar democráticamente las grandes empresas productivas de aquellos sectores considerados estratégicos tales como la sanidad, la educación, los servicios sociales, la energía y la banca. Garantizar la titularidad pública en sectores como energía, infraestructuras, pensiones, educación y salud, junto a un parque público de viviendas suficiente para asegurar el derecho constitucional. Todos los servicios declarados de primera necesidad deben ser 100% públicos». (Izquierda Unida; Programa para las Elecciones europeas, 2014)

Veamos la propuesta de Podemos:

«Recuperación del control público en los sectores estratégicos de la economía: telecomunicaciones, energía, alimentación, transporte, sanitario, farmacéutico y educativo, mediante la adquisición pública de una parte de los mismos, que garantice una participación mayoritaria pública en sus consejos de administración y/o creación de empresas estatales que suministren estos servicios de forma universal». (Izquierda Unida; Programa para las Elecciones europeas, 2014)

Estos tira y afloja sobre nacionalizar sectores estratégicos, pero permitiendo la iniciativa privada, a veces incluyendo nacionalizar la banca otras no, a veces nacionalizando y después entregándolo al sector privado de nuevo, a veces prometiendo y directamente retrocediendo en su ejecución, eran la política clásica de los gobiernos socialdemócratas, y de los programas eurocomunistas en Europa, inclusive el Partido Socialista Obrero Español de Felipe González en los años 80, que en ocasiones hablaba de ello, y en ocasiones, llegaba a realizarlas:

«En declaraciones a Efe puntualiza que el PSOE no tiene un programa de nacionalizaciones, «pero hay sectores que no pueden seguir en manos privadas, por ejemplo la red de alta tensión. También hay que hacer el control del crédito, no importa como se le llame. Luego sí vamos a hacer nacionalizaciones». (El País; El PSOE hará nacionalizaciones según Guerra, 7 de febrero de 1982)

Y como vemos, esto era común, de otros gobiernos socialdemócratas, como el francés de François Mitterrand:

«El presidente Mitterrand, en parte atrapado por los compromisos del programa común con los comunistas [léase revisionistas eurocomunistas - Anotación de B. N.], ha echado mano de las nacionalizaciones como receta contra el estancamiento y el desempleo de la economía francesa». (El País; El PSOE y el debate sobre las nacionalizaciones, 13 de marzo, 1982)

Estas nacionalizaciones, son un acto normal dentro del sistema burgués y capitalista, y no suponían nada especial para las relaciones de producción capitalistas de dichas empresas, cualquier marxista-leninista sabe que nacionalizar no es sinónimo de socialismo:

«De un modo o de otro, con o sin trusts, el representante oficial de la sociedad capitalista, el Estado, tiene que acabar haciéndose cargo del mando de la producción. La necesidad a que responde esta transformación de ciertas empresas en propiedad del Estado empieza manifestándose en las grandes empresas de transportes y comunicaciones, tales como el correo, el telégrafo y los ferrocarriles». (Friedrich Engels; Del socialismo utópico al socialismo científico, 1892)

El mito socialdemócrata del «sector público, estatal», etc. lo explicaron bien Marx y Engels, cuando socialistas pequeño burgueses, pretendían ligar tal concepto de nacionalización de la burguesía como simple llegada del socialismo:

«Si la nacionalización de la industria del tabaco fuese socialismo, habría que incluir entre los fundadores del socialismo a Napoleón y a Metternich. Cuando el Estado belga, por razones políticas y financieras perfectamente vulgares, decidió construir por su cuenta las principales líneas férreas del país, o cuando Bismarck, sin que ninguna necesidad económica le impulsase a ello, nacionalizó las líneas más importantes de la red ferroviaria de Prusia, pura y simplemente para así poder manejarlas y aprovecharlas mejor en caso de guerra, para convertir al personal de ferrocarriles en ganado electoral sumiso al gobierno y, sobre todo, para procurarse una nueva fuente de ingresos sustraída a la fiscalización del Parlamento, todas estas medidas no tenían, ni directa ni indirectamente, ni consciente ni inconscientemente nada de socialistas. De otro modo, habría que clasificar también entre las instituciones socialistas a la Real Compañía de Comercio Marítimo, la Real Manufactura de Porcelanas, y hasta los sastres de compañía del ejército, sin olvidar la nacionalización de los prostíbulos propuesta muy en serio, allá por el año treinta y tantos, bajo Federico Guillermo III, por un hombre muy listo». (Friedrich Engels; Del socialismo utópico al socialismo científico, 1892)

A lo largo de la historia, los marxista-leninistas han seguido el axioma siguiente:

«El marxismo-leninismo nos enseña que el contenido del sector del Estado en la economía depende directamente  de la naturaleza del poder político». (Llambro Filo; La «vía no capitalista de desarrollo» y la «orientación socialista», «teorías», que sabotean la revolución y abren las vías a la expansión neocolonialista, 1987)

Y del mismo modo han sabido, que el monopolio capitalista de Estado, sólo supone un avance respecto a la propiedad privada dispersa y descentralizada, pero no significa que la empresa sea socialista, que se oriente por sus leyes económicas, ni que sea dominada por la clase obrera:

«En la producción capitalista de Estado los beneficios van a parar a manos de los capitalistas y que esta forma de producción está basada en la existencia de dos clases antagónicas: la burguesía que posee los medios de producción y el proletariado, explotado, que los hace funcionar. Sin embargo en los países de democracia popular sólo la clase obrera está representada en las empresas del Estado, y esta clase, aliada a todas las categorías de trabajadores, posee los principales instrumentos y medios de producción. Es decir, que las empresas del Estado no trabajan para los capitalistas, sino para el mejoramiento de la situación material de los trabajadores». (Naum Farberov; Las democracias populares, 1949)

Lenin también resaltaba el ligazón entre el sector estatal de la burguesía, y el sector privado de la misma para la coordinación de sus objetivos imperialistas:

«Es hora ya de que nuestros socialistas de Estado, que se dejan deslumbrar por principios brillantes, comprendan, por fin, que en Alemania los monopolios no han perseguido nunca como fin, ni han dado como resultado, proporcionar beneficios a los consumidores o, por lo menos, poner a disposición del Estado una parte de los beneficios patronales, sino que han servido para sanear a costa del Estado la industria privada, que ha llegado casi al borde de la bancarrota. (...) Aquí vemos patentemente cómo, en la época del capital financiero, los monopolios de Estado y los privados se entretejen formando un todo y cómo, tanto los unos como los otros, no son, en realidad, más que distintos eslabones de la lucha imperialista entre los más grandes monopolistas por el reparto del mundo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

Enver Hoxha, quien precisamente vivió la época dorada del llamado «Estado de bienestar»; en la que los Estados burgueses dieron tanto uso de las nacionalizaciones, hizo un lúcido análisis de las políticas de nacionalizaciones de la socialdemocracia así como de la promoción de los programas eurocomunistas sobre nacionalizaciones que tan de moda estaban por aquellos días, programas que igualmente recordemos, alentaban al mismo tiempo la iniciativa de la propiedad privada. El albanés explicó muy bien las características, los objetivos, de estas nacionalizaciones:

«En cuanto al llamado «sector público», cuya existencia la prevé el «socialismo eurocomunista», nos encontramos ante una simple especulación en materia de terminología, ante un trivial intento de hacer pasar por sector socialista de la economía, el sector del capitalismo de Estado, que actualmente en una u otra medida existe en todos los países burgueses. El sector del capitalismo de Estado, o el «sector público», como lo llama la burguesía, es sabido cómo y por qué ha sido creado». (Enver Hoxha; Eurocomunismo es anticomunismo, 1980)

Aquí, se hace un inciso, para explicar, como adelantábamos, que estas políticas se habían incrementado tras la Segunda Guerra Mundial, de algún modo, como medio de engañar al simpatizante del comunismo, y emular un cierto control en la economía como los países socialistas hacían:

«El capitalismo de Estado en los países industrializados de Europa ha existido ya con anterioridad, pero fue a partir de la Segunda Guerra Mundial cuando empezó a tomar un notable desarrollo. Su creación fue resultado de algunos factores. En Italia por ejemplo, fue instaurado por la burguesía como resultado de la agudización de la lucha de clases y de la gran presión de las masas trabajadoras que exigían la expropiación del gran capital, en especial del capital ligado con el fascismo y que era el responsable de la catástrofe que sufrió el país. Para evitar una radicalización ulterior de la lucha de las masas trabajadoras y los estallidos revolucionarios, la debilitada burguesía italiana procedió a estatizar algunas grandes industrias, estatización que satisfacía las exigencias mínimas de los partidos comunistas y socialistas, que salían fortalecidos de la guerra. En Inglaterra, la creación del «sector público», como el ferroviario o el del carbón, fue resultado del abandono por parte del gran capital de algunas ramas atrasadas y no rentables. Estas se las traspasó al Estado para que las subvencionara con los ingresos de su presupuesto, con las sumas aportadas por los contribuyentes, mientras que sus propios capitales los destinó a los sectores de las nuevas industrias dotadas de alta tecnología, donde se obtenían superganancias más jugosas y con mayor rapidez. Estatizaciones de este tipo se han hecho y siguen realizándose por una u otra razón en otros países, pero no han modificado ni jamás podrán modificar la naturaleza capitalista del sistema vigente, no podrán eliminar la explotación capitalista, el desempleo, la pobreza, la falta de libertades y de derechos democráticos. El capitalismo de Estado, tal como ya lo ha probado una larguísima experiencia, es mantenido e impulsado por la burguesía, no para crear las bases de la sociedad socialista, contrariamente a lo que sostienen los revisionistas, sino para reforzar las bases de la sociedad capitalista, de su Estado burgués, para explotar y oprimir aún más a los trabajadores. Quienes dirigen el «sector público» no son los representantes de los obreros, sino gente del gran capital, son los que manejan los hilos de toda la economía y del Estado. La posición social del obrero en las empresas del «sector público» no se diferencia en nada de la que tiene en el sector privado; su posición respecto a los medios de producción, a la gestión económica de la empresa, a la política inversionista, salarial, etc., es la misma. En estas empresas es el Estado burgués, es decir, la burguesía, quien se apropia de las ganancias. Únicamente los revisionistas pueden encontrar diferencias entre el carácter «socialista» de las empresas del IRI y el carácter «burgués» de la FIAT, entre los obreros «libres de la Renault y los «oprimidos» de la Citroën». (Enver Hoxha; Eurocomunismo es anticomunismo, 1980)

Como había dejado claro, con esta exposición, con estas medidas económicas, no había ninguna diferencia cualitativa entre las medidas socialdemócratas, reformistas, que arengaban la socialdemocracia y los eurocomunistas de Europa, y otras épocas del sistema capitalista de sus respectivos países, pese a que muchos de estos movimiento y otros especularan que dichas nacionalizaciones eran la creación del socialismo, al que también le pusieron los calificativos de «socialismo democrático», «socialismo augeostionado», «socialismo de rostro humano», etc. para tapar su esencia burguesa:

«La sociedad del «socialismo democrático», que predican ahora los eurocomunistas, es la sociedad burguesa actual que existe en sus países. A esta sociedad buscan darle sólo algunos retoques de modo que la vieja burguesía europea al borde de la tumba, torne el aspecto de una moza lozana y llena de vitalidad. Según los eurocomunistas, bastan algunos retoques, basta conservar el sector capitalista del Estado al lado del privado, crear algún consejo obrero consultivo anejo a las direcciones empresariales, permitir que los bonzos sindicalistas reclamen justicia e igualdad en las plazas, dejar que los revisionistas ocupen algún sillón en el gobierno y el socialismo viene por sí solo». (Enver Hoxha; Eurocomunismo es anticomunismo, 1980)

Es por tanto claro, que el programa de Podemos, Izquierda Unida, etc. no supone un paso al socialismo, y quién así lo afirme, su discurso está por completo en el campo de la ignorancia o la demagogia, ya que estos partidos, al no ser partidos de carácter proletario, sino multiclasistas –como tales aceptan a quién sea, sin condiciones ideológicas, y no existe una disciplina de partido leninista–, y al no estar pertrechados con los conocimientos de economía política marxista-leninista –sino más bien por teorías socialdemócratas, de reformar el capitalismo, limitarlo, etc.–, no están en poder de hacer que esas nacionalizaciones supongan un cambio cualitativo fuera del capitalismo; seguiría imperando tanto la propiedad privada –por sus teorías de competir y alentar al sector privado– como las leyes capitalistas en la «empresa pública» –ya que no están en condiciones ni de conocer ni de aplicar tales conocimientos–.

Recordemos además, cuando advertimos de la nula capacidad de nivel teórico de estos representantes de la «izquierda» hispanohablante, que en el caso de Pablo Iglesias Turrión, líder de Podemos, estamos hablando de alguien que se formó en las juventudes del Partido Comunista de España –que operan dentro de Izquierda Unida–, que ha teorizado ideas absurdas y antimarxistas como «la teoría del precariado», que es conocido por su filotrotskismo, y que hasta bien hace poco lanzaba discursos en mítines del Partido Socialista Obrero Español, y hablaba así de ilusamente del último nefasto presidente de este partido:

«Zapatero, a pesar de no ser un líder carismático, de sus dificultades para hablar otros idiomas –cuestión de singular importancia a la hora de aparecer en medios de comunicación internacionales– y de haber mantenido las líneas generales de la política económica del anterior gobierno, se ha convertido en un referente progresista mundial y en el representante de una forma de hacer política en Europa alternativa a los Estados Unidos». (Pablo Iglesias Turrión; Multitud y acción colectiva postnacional, 2008)

Lo peor, es que hoy –pues podría haber evolucionado bastante más desde entonces–, sigue apoyando y apoyándose –basta ver la lista de su partido– en otros elementos de tan poca simpatía y recuerdo para la clase obrera y los comunistas. Añádase el hecho que ha sido alzado como oficialmente se reconoce, por Izquierda Anticapitalista, otro partido reformista con tintes claros de trotskismo. Por lo tanto un elemento de tal trayectoria y que se apoya en tales bases para su promoción de programa, no puede comprender de forma marxista la construcción económica del socialismo y el comunismo.

Es por esa simpleza aplastante, que entendemos que los oportunistas apoyen a Izquierda o Podemos porque en sus programas hablen de «nacionalización de sectores estratégicos», como apoyaron en su día Georges Marchais a François Mitterrand en sus nacionalizaciones, pero entiendan que esa no es la posición de los marxista-leninistas ni esa nacionalización es socialismo. Quienes quieran ver un «progresista» en este elemento, son los mismos que como Pablo Iglesias nos intentaban convencer hace seis años del «progresismo» de José Luis Rodríguez Zapatero.

No negamos, la lucha de la clase obrera por la consecución de reformas, pero como comunistas vamos más allá, no apostamos por la reforma del sistema capitalista, sino por su destrucción:

«A  diferencia de los anarquistas, los marxistas admiten la lucha por las reformas, es decir, por mejoras de la situación de los trabajadores que no lesionan el poder, dejándolo como estaba, en manos de la clase dominante. Pero, a la vez, los marxistas combaten con la mayor energía a los reformistas, los cuales circunscriben directa o indirectamente los anhelos y la actividad de la clase obrera a las reformas. El reformismo es una manera que la burguesía tiene de engañar a los obreros, que seguirán siendo esclavos asalariados, pese a algunas mejoras aisladas, mientras subsista el dominio del capital». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Marxismo y reformismo, 1913)

Pueden por tanto existir reformas que intenten paliar el pacedimiento de las clases trabajadoras, pero jamás solucionarlo de raíz. Como política que retrasa la revolución y el fin de la burguesía como clase, no puede ser considerada el movimiento político del reformismo sino como una agencia de la burguesía:

«Cuando la burguesía liberal concede reformas con una mano, siempre las retira con la otra, las reduce a la nada o las utiliza para subyugar a los obreros, para dividirlos en grupos, para eternizar la esclavitud asalariada de los trabajadores. Por eso el reformismo, incluso cuando es totalmente sincero, se transforma de hecho en un instrumento de la burguesía para corromper a los obreros y reducirlos a la impotencia. La experiencia de todos los países muestra que los obreros han salido burlados siempre que se han confiado a los reformistas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Marxismo y reformismo, 1913)

Razón, por la que, como decía Stalin –figura que rechaza estos partidos con lógica–, uno no puede sino condenar al reformismo como técnica que intenta apaciguar la lucha de clases o hacer desaparecer:

«Si el tránsito de los lentos cambios cuantitativos a los rápidos y súbitos cambios cualitativos constituye una ley del desarrollo, es evidente que las transformaciones revolucionarias llevadas a cabo por las clases oprimidas representan un fenómeno absolutamente natural e inevitable. Esto quiere decir que el paso del capitalismo al socialismo y la liberación de la clase obrera del yugo capitalista no puede realizarse por medio de cambios lentos, por medio de reformas, sino sólo mediante la transformación cualitativa del régimen capitalista, es decir, mediante la revolución. Esto quiere decir que en política, para no equivocarse, hay que ser revolucionario y no reformista. Continuemos. Si el proceso de desarrollo es un proceso de revelación de contradicciones internas, un proceso de choques entre fuerzas contrapuestas sobre la base de estas contradicciones y con el fin de superarlas, es evidente que la lucha de clases del proletariado constituye un fenómeno perfectamente natural e inevitable. Esto quiere decir que lo que hay que hacer no es disimular las contradicciones del régimen capitalista, sino ponerlas al desnudo y desplegarlas en toda su extensión, no es apagar la lucha de clases, sino llevarla a cabo hasta el fin. Esto quiere decir que en política, para no equivocarse, hay que mantener una política proletaria, de clase, intransigente, y no una política reformista, de armonía de intereses entre el proletariado y la burguesía, una política conciliadora de «integración gradual» del capitalismo en el socialismo. En esto consiste el método dialéctico marxista, aplicado a la vida social y a la historia de la sociedad». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Materialismo dialéctica y materialismo histórico, 1938)

En conclusión, el planteamiento económico-político de Podemos carece absolutamente de un planteamiento de clase, y esto lo convierte en una organización reformista –solamente plantea la reforma de ciertos flujos del capitalismo– que hace una utilización propagandístico-electorera del socialismo pero dentro de los límites trazados por el reformismo especialmente el eurocomunismo; y claro está, por la dictadura de la burguesía que sale fortalecida de tal planteamiento.


Equipo de Bitácora (M-L)

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