«El problema de la participación de la socialdemocracia en un gobierno provisional revolucionario ha adquirido actualidad, no tanto por la marcha de los acontecimientos como por las consideraciones teóricas hechas al respecto por socialdemócratas de cierta tendencia. Hemos analizado en dos artículos −núms. 13 y 14− las manifestaciones de Martínov, el primero que puso sobre el tapete este asunto. Pero parece que el interés por este problema es tan grande, y los malentendidos originados por las manifestaciones del citado autor −véase, en especial, el núm. 93 de Iskra− alcanzan proporciones tan tremendas, que es indispensable volver a ello. Sea cual fuere la opinión que les sugiera a los socialdemócratas la probabilidad de que en un futuro próximo tengamos que resolver este problema, y no sólo en teoría, en todo caso el partido necesita ver claro en cuanto a sus objetivos inmediatos. Si no se da una respuesta clara a esta pregunta, no será ya posible realizar una propaganda y una agitación coherentes y libres de vacilaciones u oscuridades.
Tratemos de reconstruir la esencia de la controversia. Si no deseamos sólo concesiones por parte de la autocracia, sino su efectivo derrocamiento, debemos proponernos la sustitución del gobierno zarista por un gobierno provisional revolucionario, que por una parte convoque una asamblea constituyente basada en el sufragio universal, igual, directo y secreto, y que por la otra se halle en condiciones de asegurar una libertad completa durante el período de elecciones. Pues bien, surge la pregunta de si es lícito que el Partido Obrero Socialdemócrata participe en un gobierno provisional revolucionario de este tipo. Este interrogante lo formularon por primera vez los representantes del ala oportunista de nuestro partido, en particular Martínov, antes del 9 de enero, y tanto él como Iskra se pronunciaron por la negativa. Martínov procuró llevar hasta el absurdo las concepciones de los socialdemócratas revolucionarios, a quienes intentó amedrentar con la perspectiva de que, en caso de organizar con eficacia la revolución y de asumir nuestro partido la dirección de la insurrección popular armada, nos veríamos obligados a participar en un gobierno provisional revolucionario. Y esta participación sería, según ellos, una inadmisible «toma del poder» una «vulgar actitud a lo Jaurès», intolerable en un partido socialdemócrata de clase.
Detengámonos en las argumentaciones de los partidarios de este concepto. Si entramos en el gobierno provisional, se nos dice, la socialdemocracia tendrá en sus manos el poder, y la socialdemocracia, como partido del proletariado, no puede tener en sus manos el poder sin tratar de poner en práctica nuestro programa máximo, es decir, sin tratar de llevar a cabo la revolución socialista. Ahora bien, si se lanzase a semejante empresa, sufriría inevitablemente, hoy, un descalabro, se desacreditaría y no haría más que favorecer a la reacción. Por consiguiente, debe considerarse inadmisible la participación de la socialdemocracia en un gobierno provisional revolucionario.
Esta argumentación se basa en un error: confunde la revolución democrática con la revolución socialista, la lucha por la república −incluyendo todo nuestro programa mínimo− con la lucha por el socialismo. En efecto, la socialdemocracia sólo conseguiría desacreditarse si se trazase como objetivo inmediato la revolución socialista. Pero la socialdemocracia ha luchado siempre precisamente contra estas ideas oscuras y confusas de nuestros «socialistas revolucionarios». Por ello insistió siempre en el carácter burgués de la revolución inminente en Rusia, y por ello sostuvo la necesidad de distinguir en forma rigurosa entre el programa mínimo democrático y el programa máximo socialista. Algunos socialdemócratas, que se inclinan a ceder ante la espontaneidad, podrían olvidar todo esto en el curso de la revolución, pero el partido en su conjunto no lo olvida. Los partidarios de esta opinión errónea se prosternan ante la espontaneidad y creen que la marcha de las cosas obligará a la socialdemocracia, en semejante situación, a emprender la realización de la revolución socialista contra su voluntad. De ser así, nuestro programa sería falso, no correspondería a la «marcha de las cosas», y precisamente a esto le temen los adoradores de la espontaneidad; temen que nuestro programa sea falso. Pero sus temores −cuyo fondo psicológico hemos procurado analizar en nuestros artículos− no pueden ser más infundados. Nuestro programa es correcto. Y la marcha de las cosas se encargará de confirmarlo indefectiblemente, con tanta mayor fuerza cuanto más tiempo pase. La marcha de las cosas nos «impondrá» la imperiosa necesidad de luchar con tenacidad por la república y, en la práctica, orientará en esta dirección nuestras fuerzas, las fuerzas del proletariado políticamente activo. La marcha de las cosas nos impondrá de modo inevitable, en el curso de la revolución democrática, una muchedumbre tal de aliados procedentes del campo de la pequeña burguesía y el campesinado, y cuyas necesidades reales exigirán la realización del programa mínimo, que los temores de un paso demasiado apresurado al programa máximo resultan sencillamente ridículos.
Pero, por otra parte, estos aliados del campo de la democracia pequeñoburguesa son quienes suscitan entre los socialdemócratas de cierta tendencia nuevos recelos con respecto a la «vulgar tendencia de Jaurès». Se dice que la resolución del Congreso de Amsterdam 28 prohíbe participar en un gobierno con la democracia burguesa; que es una posición propia de Jaurès, es decir, una traición inconsciente de los intereses del proletariado, convertir al proletariado en un apéndice de la burguesía, corromperlo con la ilusión de un poder que, en realidad, es totalmente inalcanzable dentro de la sociedad burguesa.
Esta consideración es no menos errónea. Demuestra que sus autores aprendieron de memoria buenas resoluciones, pero no entienden su significación; han memorizado algunas frases contra Jaurès, pero no reflexionaron acerca de ellas, razón por la cual las aplican mal; asimilaron la letra, pero no el espíritu de las recientes lecciones de la socialdemocracia revolucionaria internacional. Quien desee interpretar la tendencia de Jaurès desde el punto de vista del materialismo dialéctico, debe establecer una clara diferenciación entre los motivos subjetivos y las condiciones históricas objetivas. Subjetivamente, Jaurès quería salvar la república, para lo cual pactó una alianza con la democracia burguesa. Pero las condiciones objetivas de este «intento» consistían en que la república, en Francia, era ya un hecho establecido, y ningún peligro grave la amenazaba; en que la clase obrera tenía la plena posibilidad de desarrollar una organización política de clase, independiente, pero que no la aprovechó como era debido, en parte porque estaba influida por las brillantes pero estériles intervenciones parlamentarias de sus dirigentes; en que, en realidad, la historia ya ponía objetivamente a la clase obrera ante la tarea de la revolución socialista, de la cual los Millerand trataban de desviar al proletariado mediante la promesa de mezquinas reformas sociales.
Tomemos ahora a Rusia. Subjetivamente, socialdemócratas revolucionarios tales como los partidarios de Vperiod o Parvus desean asegurar el triunfo de la república y concertar, para ello; una alianza con la democracia burguesa revolucionaria. Las condiciones objetivas, aquí, difieren de las de Francia como el día de la noche. Objetivamente, el curso histórico de los acontecimientos ofrece ahora al proletariado ruso la tarea de realizar la revolución democrática burguesa −cuvo contenido global designamos, con vistas a la brevedad, con la palabra república−; la misma tarea se propone todo el pueblo, es decir, toda la masa de la pequeña burguesía y del campesinado; sin esta revolución es inconcebible un desarrollo más o menos importante de una organización independiente de clase con vistas a la revolución socialista.
Piénsese de un modo concreto en toda la diferencia que existe entre unas y otras condiciones objetivas, y se sabrá qué se debe pensar de la gente que olvida esta diferencia, arrastrada por la semejanza de algunas palabras, por el parecido de algunas letras, por la afinidad de la motivación subjetiva.
Como Jaurès, en Francia, rindió homenaje a las reformas sociales burguesas, con el erróneo argumento subjetivo de luchar por la república, ¡los socialdemócratas rusos debemos renunciar a luchar con seriedad por la república! Pues bien, a eso precisamente tiende la sabiduría de los neoiskristas.
¿Y no es evidente, en realidad, que la lucha por la república es inconcebible para el proletariado sin la alianza con las masas pequeñoburguesas del pueblo? ¿No está claro que sin la dictadura revolucionaria democrática del proletariado y el campesinado no se puede abrigar ni la más leve esperanza de éxito en esta lucha? Uno de los principales defectos de la concepción que analizamos es su rigidez, su esquematismo, el hecho de que no tiene en cuenta la situación revolucionaria. Luchar por la república y al mismo tiempo renunciar a la dictadura revolucionaria democrática es algo así como si Oyama hubiese decidido luchar en Mukden contra Kuropatkin, pero renunciando de antemano a la idea de tomar la ciudad. Pues si nosotros, el pueblo revolucionario, es decir, el proletariado y los campesinos, queremos «dar la batalla juntos» contra la autocracia, debemos golpearla unidos, derrotarla unidos, rechazar unidos los inevitables intentos de restauración de la autocracia. −Para evitar posibles malentendidos, insistimos una vez más en que entendemos por república, no sólo y no tanto la forma de gobierno, sino el conjunto de las trasformaciones democráticas previstas en nuestro programa mínimo−. Hace falta tener una concepción escolar de la historia para imaginarla sin «saltos», como una línea recta y constantemente ascensional: primero viene el turno de la gran burguesía liberal, con pequeñas concesiones por parte de la autocracia; luego le toca a la pequeña burguesía revolucionaria y a la república democrática, y por último al proletariado, a la revolución socialista. Este cuadro es exacto, en sus rasgos generales, «à la longue» [1], como dicen los franceses, digamos para todo un siglo −en Francia, por ejemplo, de 1789 a 1905−, pero hace falta ser un virtuoso del filisteísmo para querer trazar, de acuerdo con esta imagen, el plan de acción propia en una época revolucionaria. Aun suponiendo que la autocracia rusa no consiga ahora salir del paso con el otorgamiento de una raquítica constitución, que no resulte sólo sacudida, sino que sea efectivamente derribada, no cabe duda de que se necesitará una enorme tensión de la energía revolucionaria de todas las clases progresistas para defender esta conquista. ¡Pues bien, esa «defensa» no es otra cosa que la dictadura revolucionaria del proletariado y el campesinado! Cuánto más conquistemos ahora y más enérgicamente defendamos lo conquistado, tanto menos podrá reconquistar después la inevitable reacción futura, más breves serán los intervalos de reacción, más fácil será la tarea para los combatientes proletarios que vengan después de nosotros.
¡Y he aquí que hay gente que, de antemano, antes que comience la lucha, quiere medir un modesto pedacito de nuestras futuras conquistas, por así decirlo, con la vara «de Ilovaiski» [2] y que, antes de la caída de la autocracia, aun antes de los sucesos del 9 de enero, trata de asustar a la clase obrera rusa con el espantapájaros de la terrible dictadura revolucionaria democrática! ¡Y estos caballeros de la vara de medir pretenden llamarse socialdemócratas revolucionarios!
Participar en el gobierno provisional con la democracia revolucionaria burguesa dicen con plañidera voz equivale a consagrar el régimen social burgués, la perpetuación de las cárceles y la policía, la desocupación obrera y la miseria, la propiedad privada y la prostitución. Este es un argumento digno de los anarquistas o los populistas. La socialdemocracia no da la espalda a la lucha por la libertad política porque ésta sea una libertad política burguesa. Los socialdemócratas «sancionan» el régimen social burgués desde el punto de vista histórico. Cuando le preguntaron a Feuerbach si sancionaba el materialismo de Büchner de Vogt y Moleschott, contestó: sanciono el materialismo en cuanto al pasado, pero no en cuanto al porvenir. Exactamente así es la aceptación del orden burgués por la socialdemocracia. No ha tenido ni tendrá jamás empacho en decir que sanciona el orden republicano democrático burgués con preferencia al sistema burgués absolutista feudal. Pero sólo «consagra» la república burguesa porque es la última forma de la dominación de clase, porque ofrece un terreno más adecuado para la lucha del proletariado contra la burguesía; no la consagra por sus cárceles y su policía, su propiedad privada y su prostitución, sino por la amplitud y libertad que permite para combatir estas simpáticas instituciones.
Por supuesto, estamos lejos de la idea de afirmar que nuestra participación en un gobierno provisional revolucionario esté exenta de peligros para la socialdemocracia. No hay ni puede haber formas de lucha, ni situaciones políticas que no impliquen peligros. Cuando falta el instinto revolucionario de clase, cuando no se tiene una concepción del mundo coherente y científica, cuando falta −que no me lo tomen a mal los camaradas de la nueva Iskra− la materia gris en la cabeza, entonces también puede ser peligroso participar en las huelgas puede conducir al «economismo», como puede ser asimismo peligroso participar en la lucha parlamentaria puede llevar al cretinismo parlamentario 29 o apoyar a la democracia liberal de los zemstvos, pues puede terminar en un «plan de campaña de los zemstvos». Entonces sería peligroso inclusive leer las obras extraordinariamente útiles de Jaurès y Aulard sobre la revolución francesa, pues ello daría como resultado el folleto de Martínov sobre las dos dictaduras.
Desde luego, si la socialdemocracia olvidase aunque sólo fuese por un momento la peculiaridad de clase del proletariado con respecto a la pequeña burguesía, si estableciera una alianza inoportuna o desfavorable para nosotros con tal o cual partido pequeñoburgués, indigno de confianza, de la intelectualidad, si perdiera de vista, aunque sólo fuera por un instante, sus objetivos propios e independientes, y la necesidad de colocar en el primer plano el desarrollo de la conciencia de clase del proletariado y de su organización política propia −en todas las situaciones y coyunturas políticas imaginables, en todos los posibles virajes y desplazamientos políticos−, entonces la participación en un gobierno provisional revolucionario llegaría a ser muy peligrosa. Pero en tales circunstancias sería igualmente peligroso, repetimos, cualquier paso político que pudiera darse. Sin embargo, la más sencilla exposición de hechos demostraría cuán infundado es relacionar estos peligros eventuales con las tareas inmediatas que hoy se le plantean a la socialdemocracia revolucionaria. No hablamos de nosotros mismos, no queremos reproducir aquellas numerosas declaraciones, advertencias y referencias publicadas en Vperiod con respecto al problema de que se trata; nos remitimos a Parvus. Éste se manifiesta en favor de la participación de la socialdemocracia en un gobierno provisional revolucionario, y subraya con toda energía las condiciones que jamás debemos olvidar: golpear juntos y marchar separados, no mezclar las organizaciones, vigilar al aliado como si fuese el enemigo, etc. No vamos a examinar en detalle este aspecto del problema, ya señalado en nuestro artículo.
No, el verdadero peligro político para la socialdemocracia no se encuentra ahora, ni mucho menos, allí donde lo buscan los neoiskristas. Lo que debe asustarnos no es la idea de la dictadura revolucionaria democrática del proletariado y el campesinado, sino ese espíritu de seguidismo y de inercia [3] que corroe al partido del proletariado y que asoma en todo tipo de teorías acerca de la organización como proceso, del armamento como proceso, etc. Tomemos, por ejemplo, el más reciente intento de Iskra de establecer una distinción entre el gobierno provisional revolucionario y la dictadura revolucionaria democrática del proletariado y el campesinado. ¿No es esto un ejemplo de escolasticismo inerte? Quienes inventan tales distinciones son capaces de enhebrar bellas palabras, pero totalmente incapaces de pensar. La relación existente entre los dos conceptos mencionados es, poco más o menos, la misma que la que media entre la forma jurídica y el contenido de clase. Quien dice «gobierno provisional revolucionario» acentúa el aspecto constitucional del asunto, el origen del gobierno, nacido, no de la ley, sino de la revolución, el carácter provisional del gobierno, que depende de la futura asamblea constituyente. Pero sean cuales fueren la forma, el origen y las condiciones, está claro, en todo caso, que el gobierno provisional revolucionario no podrá dejar de apoyarse en determinadas clases. Basta con recordar esta verdad elemental para comprender que el gobierno provisional revolucionario no puede ser otra cosa que la dictadura revolucionaria democrática del proletariado y el campesinado. Por consiguiente, la diferencia establecida por Iskra sólo sirve para hacer retroceder al partido, para llevarlo a estériles disputas verbales y desviarlo de la tarea de analizar de un modo concreto los intereses de clase de la revolución rusa.
O tomemos otra objeción de Iskra. Ante el grito de «¡Viva el gobierno provisional revolucionario!», Iskra observa, en tono admonitorio: «La unión de las palabras «¡viva!» y «gobierno» mancha los labios». ¿¡No es esto huera palabrería!? [4] ¡Nos hablan del derrocamiento de la autocracia y tienen miedo a mancharse los labios dando un viva al gobierno revolucionario; En verdad, es extraño que no teman mancharse los labios vitoreando a la república, ya que la república presupone necesariamente un gobierno, y ningún socialdemócrata ha dudado nunca de que este gobierno habrá de ser un gobierno burgués. ¿En qué sentido, pues, la aclamación al gobierno provisional revolucionario difiere de la aclamación a la república democrática? ¿Debe parecerse la socialdemocracia, dirigente político de la clase más revolucionaria, a una vieja solterona anémica e histérica que insiste con melindres en que es imprescindible una hoja de parra, o sea, que se puede aclamar aquello que un gobierno revolucionario democrático supone, pero que no puede aclamarse directamente a un gobierno provisional revolucionario democrático?
Imaginémonos el siguiente cuadro: la insurrección obrera en Petersburgo ha triunfado. Ha sido derrocada la autocracia. Se ha proclamado el gobierno provisional revolucionario. Los obreros armados gritan jubilosamente: «¡Viva el gobierno provisional revolucionario!» Los neoiskristas permanecen al margen, levantan su casta mirada al cielo, se dan golpes en el pecho, henchidos de fina sensibilidad moral y exclaman: «¡Te damos gracias, oh Dios. por no ser como esos publicanos, por no profanar nuestros labios con esas asociaciones de palabras blasfemas!»
¡No y mil veces no, camaradas! ¡No teman mancharse con la más enérgica participación en la revolución republicana, participación que no debe detenerse ante nada, al lado de la democracia burguesa revolucionaria! No exageren los peligros de esta participación, que nuestro proletariado organizado puede dominar muy bien. Unos cuantos meses de dictadura revolucionaria del proletariado y el campesinado aportarán más que décadas enteras de estancamiento político en una atmósfera de paz y letargo. Si la clase obrera rusa ha sabido, después del 9 de enero y en condiciones de esclavitud política, movilizar a más de un millón de proletarios en una acción colectiva, firme y disciplinada, en condiciones de una dictadura revolucionaria democrática movilizaremos a millones de pobres de la ciudad y el campo, y haremos de la revolución política rusa el prólogo de la revolución socialista en Europa». (Vladímir Ilich Uliánov, Lenin; La dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado, 1905)
Anotaciones de la edición:
[1] A la larga.
[2] D. Ilovaiski (1832-1920), historiador, autor de numerosos manuscritos de historia, ampliamente difundidos en la escuela primaria y media de Rusia antes de la revolución. En sus manuales, este historiador presentaba los hechos históricos como derivados en lo fundamental de la voluntad y la decisión personal de los zares y la nobleza, y explicaba el proceso histórico por medio de circunstancias secundarias y fortuitas.
[3] El manuscrito decía: «espíritu de seguidismo, filisteísmo, pedantería, trivialidad e inercia».
Aquí, y más adelante reproducimos en las notas, al pie de las páginas, los pasajes más importantes del manuscrito, que M. Olminski había corregido para el periódico.
[4] El manuscrito dice, después de «palabrería»: «¿y no basta con eso, acaso, para comprobar la existencia de un proceso de putrefacción en cierto sector de la socialdemocracia? Pues no es un concepto de la vanguardia del proletariado, sino de su retaguardia; éstos no son dirigentes políticos, sino retóricos de la política; no son revolucionarios, sino filisteos».
Anotaciones de Bitácora (M-L):
«[Circunstancias bajo las que los comunistas estarían dispuestos a formar gobierno con partidos y organizaciones obreras no comunistas]
Bajo determinadas circunstancias, los comunistas deben declararse dispuestos a formar un gobierno con partidos y organizaciones obreras no comunistas. Pero sólo pueden hacerlo si cuentan con las suficientes garantías de que esos gobiernos obreros llevarán a cabo realmente la lucha contra la burguesía en el sentido indicado más arriba. En ese caso, las condiciones naturales de la participación de los comunistas en semejante gobierno serían las siguientes: 1º La participación en el gobierno obrero sólo podrá concretarse previa aprobación de la Internacional Comunista. 2º Los miembros comunistas del gobierno obrero seguirán sometidos al control más estricto de su partido. 3º Los miembros comunistas del gobierno obrero seguirán manteniendo un estrecho contacto con las organizaciones revolucionarias de masas. 4º El partido comunista conservará absolutamente su fisonomía y la total independencia en su labor de agitación.
Pese a sus grandes ventajas, la consigna del gobierno obrero también tiene sus peligros, así como toda la táctica del frente único. Para prevenir esos peligros, los partidos comunistas siempre deben tener en cuenta que si bien todo gobierno burgués es al mismo tiempo un gobierno capitalista, no es cierto que todo gobierno obrero sea un gobierno verdaderamente proletario, es decir un instrumento revolucionario del poder del proletariado. La Internacional Comunista debe considerar las siguientes eventualidades: 1º Un gobierno obrero liberal. Ya existe un gobierno de ese tipo en Australia, y también es posible, en un plazo bastante breve en Inglaterra; 2º Un gobierno obrero socialdemócrata (Alemania); 3º Un gobierno de obreros y campesinos. Esta eventualidad puede darse en los Balcanes, en Checoslovaquia, etcétera; 4º Un gobierno obrero con la participación de los comunistas; 5º Un verdadero gobierno obrero proletariado que, en su forma más pura, sólo puede ser encarnado por un partido comunista.
Los dos primeros tipos de gobierno obrero no son gobiernos obreros revolucionarios sino gobiernos camuflados de coalición entre la burguesía y los líderes obreros contrarrevolucionarios. Esos «gobiernos obreros» son tolerados en los períodos críticos de debilitamiento de la burguesía para engañar al proletariado sobre el verdadero carácter de clase del estado o para postergar el ataque revolucionario del proletariado y ganar tiempo, con la ayuda de los líderes obreros corrompidos. Los comunistas no deberán participar en semejantes gobiernos. Por el contrario, desenmascararán despiadadamente ante las masas el verdadero carácter de esos falsos «gobiernos obreros». En el período de declinación del capitalismo, cuando la tarea principal consiste en ganar para la revolución a la mayoría del proletariado, esos gobiernos, objetivamente, pueden contribuir a precipitar el proceso de descomposición del régimen burgués.
Los comunistas también están dispuestos a marchar con los obreros socialdemócratas, cristianos, sin partido, sindicalistas, etc., que aún no han reconocido la necesidad de la dictadura del proletariado. Los comunistas podrán bajo determinadas condiciones y con determinadas garantías, apoyar un gobierno obrero no comunista. Pero los comunistas deberán explicar a cualquier precio a la clase obrera que su liberación sólo podrá ser asegurada por la dictadura del proletariado.
Los otros dos tipos de gobierno obrero en los que pueden participar los comunistas tampoco son la dictadura del proletariado ni constituyen una forma de transición necesaria hacia la dictadura, pero pueden ser un punto de partida para la conquista de esa dictadura. La dictadura total del proletariado sólo puede ser realizada por un gobierno obrero compuesto de comunistas». (Internacional Comunista; Resoluciones del IV Congreso de la IC, 1922)
«Acerca del carácter y de las condiciones para la formación del gobierno del frente único o del frente popular antifascista, creo, camaradas, que en mi informe quedó expuesto todo lo necesario para tener una orientación táctica general. Querer que, además de esto, señalemos todos los medios y condiciones posibles de formación, de semejante gobierno, significaría dejarse llevar a un juego estéril de adivinanzas.
Yo quería prevenirlos contra toda una tendencia a la simplificación y al esquematismo en este asunto. La vida es más compleja que cualquier esquema. Sería falso, por ejemplo, presentar la cosa como si el gobierno del frente único fuese una etapa obligatoria en la senda hacia la instauración de la dictadura del proletariado. Sería tan falso, como lo era antes presentar las cosas como si en los países fascistas no hubiese ninguna etapa intermedia y la dictadura del fascista tuviese que ser obligatoriamente y directamente sustituida por la dictadura del proletariado.
El nudo del problema está en saber si en el momento decisivo el proletariado estará en condiciones de derrocar directamente a la burguesía e instaurar su propio poder, y si podrá asegurarse, en ese caso, el apoyo de sus aliados, o si el movimiento del frente único del proletariado y del frente popular antifascista estará él mismo, en la etapa dada, en condiciones de aplastar al fascismo, sin poder pasar en forma directa a la liquidación de la dictadura de la burguesía. En ese caso, renunciar a formar y apoyar un gobierno de frente único o de frente popular basándose sólo en lo indicado más arriba, sería una miopía política inadmisible y no una política revolucionaria seria.
Tampoco es difícil comprender que la formación de un gobierno de frente único, en países en que el fascismo no está todavía en el poder, no es lo mismo que en los países de dictadura fascista. En éstos la formación de un gobierno de este tipo sólo es posible en el proceso del derrocamiento del poder fascista. En los países en que la revolución democrático-burguesa se desarrolla, el gobierno de frente popular podrá llegar a convertirse en el gobierno de la dictadura democrática de la clase obrera y el campesinado.
Como ya dije en mi informe, los comunistas apoyarán por todos los medios al gobierno de frente único en la medida en que luche efectivamente contra los enemigos del pueblo y conceda liberta de de acción al partido comunista y a la clase obrera. En cuanto al problema de participación de los comunistas en este gobierno, dependerá en forma exclusiva de la situación concreta. Los problemas de esta índole se resolverán en cada caso por sí mismos. Aquí no se puede dar ninguna receta preparada de antemano». (Georgi Dimitrov; Por la unidad de la clase obrera contra el fascismo; Discurso de resumen en el VIIº Congreso de la Komintern, 13 de agosto de 1935)

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