«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

jueves, 28 de abril de 2016

Sobre el proceso de «fascistización» del Estado nicaragüense; Equipo de Bitácora (M-L), 2015


Uno de los tantos dispositivos policiales lanzados para obstruir las manifestaciones anticanal
«Desde determinados sectores que operan dentro de la lógica esquemática de que toda represión es igual a fascismo propagan la idea de que en Nicaragua se ha instaurado un «régimen fascista». Evidentemente que tal afirmación no responde a un lectura científica de los hechos. Pero veamos desde una lectura marxista-leninista si existe tal Estado fascista, y si no existe, entonces como comprenderlo.

Para empezar, hay que aclarar una cuestión de antemano. Ya el propio Georgi Dimitrov nos advertía que pese a los rasgos generales del fascismo en cada país, era menester estudiar los rasgos nacionales que creaba el fascismo en cada país. Pues solo analizar y señalar las tareas de lucha contentándose en buscar los rasgos generales sería un lastre para la estrategia comunista antifascista:

«Ninguna definición general de fascismo, por precisa que sea, nos exime de la necesidad de estudiar y tener en cuenta de un modo concreto las peculiaridades del desarrollo del fascismo y las diversas formas de la dictadura fascista en cada país, en cada etapa. Es necesario investigar, estudiar, hallar en cada país lo que haya de peculiar, de específicamente nacional en el fascismo, y esforzarse por trazar, en consonancia con ello, los métodos y las formas más eficaces de lucha contra el. (...) Sería un grave error querer establecer un esquema general cualquiera sobre el desarrollo del fascismo, valedero para todos los países y pueblos. Este esquema, lejos de ayudarnos a librar la verdadera batalla, nos estorbaría. Aparte de otras cosas, lo que se consigue con eso es empujar al campo del fascismo, sin establecer diferencias, a las capas de la población que en una fase determinada de desarrollo, de haber sabido abordarlas con acierto, habrían podido ser llevadas a la lucha contra el fascismo, o al menos neutralizarlas.». (Georgi Dimitrov; La clase obrera contra el fascismo; Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 2 de agosto de 1935)

Entendido esto, debemos decir que en términos generales una de las características más extendidas de los Estados fascistas es que quién ejerce el poder es el «grupo más chovinista» del entorno social adherido a una política económica en que «impera el capital financiero», y se ejerce una abierta dictadura terrorista. Eso no ha evitado que históricamente muchos países fascistas pese a su chovinismo se hayan plegado a otras potencias, y que por sus rivalidades con otras burguesías incluso se hayan puesto en pie de guerra con otros países fascistas.

El fascismo es la radicalización absoluta de la dictadura de la burguesía en su expresión de la lucha de clases burguesa, dicho de otro modo: mientras la dictadura de la burguesía es una etapa defensiva de la lucha de clase burguesa, el fascismo es una etapa ofensiva.

Incluso dentro de los países fascistas ha de aclararse que bajo una misma forma de Estado y régimen fascista a veces se ha intentado aplicar las dos variantes de metodología defensiva y ofensiva: por ejemplo durante el somocismo en Nicaragua hubo etapas defensivas donde se intentaba aparentar una estructura represiva y coercitiva más relajada, cierta legalidad organizativa y celebración elecciones y demás, y otras etapas ofensivas con asesinatos, represión y coerción realizados abiertamente para intimidar al pueblo y sus acciones revolucionarias en lo que se ha dado en denominar «terrorismo de Estado»:

«El desarrollo del fascismo y la propia dictadura fascista revisten en los distintos países formas diferentes, según las condiciones históricas, sociales y económicas, las particularidades nacionales y la posición internacional de cada país. En unos países, principalmente allí, donde el fascismo no cuenta con una amplia base de masas y donde la lucha entre los distintos grupos en el campo de la propia burguesía fascista es bastante dura, el fascismo no se decide inmediatamente a acabar con el parlamento y permite a los demás partidos burgueses, así como a la socialdemocracia, cierta legalidad. En otros países, donde la burguesía dominante teme el próximo estallido de la revolución, el fascismo establece el monopolio político ilimitado, bien de golpe y porrazo, bien intensificando cada vez más el terror y el ajuste de cuentas con todos los partidos y agrupaciones rivales, lo cual no excluye que el fascismo, en el momento en que se agudice de un modo especial su situación, intente extender su base para combinar sin alterar su carácter de clase la dictadura terrorista abierta con una burda falsificación del parlamentarismo». (Georgi Dimitrov; Por la unidad de la clase obrera contra el fascismo; Discurso de resumen en el VIIº Congreso de la Komintern, 13 de agosto de 1935)

La burguesía recurre al fascismo en aquellos casos en que no puede gobernar bajo los antiguos métodos y donde percibe que el orden burgués corre peligro ante situaciones de crisis o cuando el orden burgués no corre un peligro real pero la burguesía piensa que si está en peligro; por lo que generalmente es el mecanismo por medio del cual se prolonga artificialmente el régimen capitalista ante la convergencia de condiciones objetivas que conduzcan a un proceso revolucionario, esta esa la razón de que resulte en altamente represivo y coercitivo.

En la actualidad y por influjo de viejos grupos pseudomarxistas, muchos revolucionarios tienden a entender que todo uso represivo de un gobierno es suficiente para caracterizarlo automáticamente como gobierno fascista. Pero en realidad esto parte de una no compresión de la naturaleza de un gobierno de democracia burguesa y de un gobierno de abierta dictadura terrorista fascista, y esto se debe a la falta de formación ideológica marxista-leninista, de un estudio de los gobiernos demócrata-burgueses y los gobiernos fascistas y las características específicas de cada uno, y de una clara falta de experiencia en general. Seamos claros, en un régimen democrático-burguesa se reprimen comunistas, se cierra su prensa, se prohíben sus partidos y organizaciones de masas, se encarcelan, se tortura y se asesinan a sus militantes o simpatizantes si así la burguesía lo cree necesario; aunque por su puesto: en un régimen «electorero demócrata-burgués» la profundidad de esos rasgos represivos dependerán de que individuos adquieran el poder, como lo administren, y que proporción del poder poseen; recuérdese que la burguesía no requiere del fascismo para ser asesina, coercitiva, violenta, represiva, etc.; negar esto no solo es negar el carácter de las democracias burguesas del siglo XIX, sino el de las democracias burguesas del siglo XX, y de las actuales donde esto pasa cada día. Es más, el orden represivo no se aplica solo a los verdaderos comunistas sino contra todo revolucionario o pretendido revolucionario. Se ha de hacer un esfuerzo para comprender que igual que existen autodenominados comunistas que no saben identificar a su enemigo, existen anticomunistas que tampoco saben identificar a sus verdaderos enemigos, del mismo modo y hablado en términos más amplios: las clases explotadoras y todos sus miembros al estar educados en una filosofía idealista, aceptan que toda persona o grupo autodenominado anticapitalista lo es, y no entienden –o a veces les sale más rentable no molestarse en reflexionar en ello– el hecho de que para que un grupo o individuo sean comunistas no basta con que este lo diga sino que es algo que debe ser contrastado en la práctica, pero ha de entenderse que muchos explotadores –demócratas burgueses o fascistas– prefieren barrer con escoba de hierro todo lo que se diga anticapitalista y así guardarse las espaldas, aunque muchos de los que se lleven por delante no sean peligrosos para su régimen e incluso de saberlos manejar les sean hasta de utilidad:

«No es la primera vez ni será la última que un país de democracia burguesa, o de abierta dictadura terrorista fascista ilegaliza a partidos, juventudes o sindicatos, sean estos marxista-leninistas, anarquistas, reformistas, revisionistas o incluso derechistas». (Equipo de Bitácora (M-L); Crítica al artículo: «La Rada ilegaliza al Partido Comunista Ucraniano», 28 de julio de 2014)

La diferencia más palpable entre la democracia-burguesa y la abierta dictadura terrorista fascista es que en la segunda el militante comunista ni siquiera tiene la formalidad de ser respetado en la legalidad teórica en los periodos más «suaves» del régimen. Así mismo en el Estado y gobierno fascista la ideología anticomunista es potenciada hasta ser uno de los rasgos fundamentales de su propaganda y que lejos de esconder agita con orgullo fascista, mientras en la democracia-burguesa esta ideología anticomunista intenta ser mucho más sutil y siempre bajo una máscara «democrática». En el régimen democrático burgués el parlamento es el pivote donde se justifican todos los engaños y estafas a las clases trabajadoras, mientras que el fascismo aunque puede mantener un parlamento e incluso ciertas organizaciones legales, este es meramente decorativo en el sentido más literal de la palabra. En el tema del uso o no del parlamentarismo, en los regímenes fascistas depende tanto del gusto de los gobernantes fascistas, como de la fuerza que tengan en caso de que quieren disolver el parlamento burgués, o de si creen que el parlamento les puede servir como una baza democrática que les sea beneficioso como ya vimos con la explicación de Dimitrov.

Ojo en este punto: no es extraño que el fascismo en el poder tienda a las nacionalizaciones de determinados sectores económicos; no obstante, estas no tiene por objeto romper las relaciones de producción capitalista sino afianzarlas, por cuanto se trata de «capitalismo de Estado» en donde se continúa usurpando el «plus valor» colectivo en beneficio de un reducido grupo de explotadores y su camarilla:

«La expresión del «socialismo de Estado» es imprecisa. Por este término entienden muchos el orden de cosas en que una cierta parte de las riquezas, parte a veces bastante considerable, pasa a manos del Estado o bajo su control, mientras en la inmensa mayoría de los casos la propiedad sobre los talleres, sobre fábricas y sobre la tierra sigue en manos de particulares. Así es como muchos entienden el «socialismo de Estado». A veces, se esconde detrás de este término el orden de cosas bajo el cual el Estado capitalista, en interés de la preparación o el mantenimiento de la guerra, se hace cargo de la financiación de una cantidad: de empresas privadas. La sociedad que nosotros hemos construido no puede llamarse en modo alguno «socialismo de Estado». Nuestra sociedad soviética es una sociedad socialista, porque en nuestro país se ha abolido y transformado en propiedad social la propiedad privada sobre los talleres, las fábricas, la tierra, los Bancos, los medios de transporte. La organización social creada por nosotros puede llamarse organización soviética socialista, no se acabada de construir todavía, pero que es en su raíz una organización socialista de la sociedad. La base de esta sociedad es la propiedad social: la propiedad del Estado, es decir, de todo el pueblo, y también la propiedad cooperativa de los koljoses. Ni el fascismo italiano ni el nacional«socialismo» alemán tienen nada que ver con esta sociedad. Ante todo, porque allí han dejado intacta la propiedad privada sobre los talleres y las fábricas, sobre la tierra, sobre los Bancos, sobre el transporte, etc., razón por la cual el capitalismo conserva en Alemania y en Italia todas sus fuerzas». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; Entrevista al camarada Stalin por Roy Howard; 1936)

En el campo ideológico se observará que en el fascismo y sus regímenes hay una disfunción entre la acción y lo político, debido a que el grupo en el poder invoca la «superación de los separatismos y la garantía de la unidad nacional», la «recuperación del honor nacional perdido», la «superación de la pobreza», se hace demagogia «contra la corrupción» y anticapitalista «en contra de los abusos de las grandes empresas» e incluso «la denuncia de los privilegios de la iglesia y los desmanes de sus gerifaltes»; pero al mismo tiempo es parte indisoluble de las causas de esos problemas y en los hechos dan vía libre a que continúen, de ahí que es posible que se observe alguna suerte de «asistencialismo de corte amarillista» para generar una impresión general de bienestar que se abulta con el dominio absoluto o cuasi absoluto de los medios de comunicación, de esto resulta la «alienación» general:

«¿De dónde emana la influencia del fascismo sobre las masas? El fascismo logra atraer a las masas porque especula de forma demagógica con sus necesidades y exigencias más candentes. El fascismo no sólo azuza los prejuicios hondamente arraigados en las masas, sino que especula también con los mejores sentimientos de éstas, con su sentimiento de justicia y, a veces, incluso con sus tradiciones revolucionarias. ¿Por qué los fascistas alemanes, esos lacayos de la gran burguesía y enemigos mortales del socialismo, se hacen pasar ante las masas por «socialistas» y presentan su subida al poder como una «revolución»? Porque se esfuerzan por explotar la fe en la revolución y la atracción del socialismo que viven en el corazón de las amplias masas trabajadoras de Alemania. El fascismo actúa al servicio de los intereses de los imperialistas más agresivos, pero ante las masas se presenta bajo la máscara de defensor de la nación ultrajada y apela al sentimiento nacional herido, como hizo, por ejemplo, el fascismo alemán que arrastró consigo las masas pequeño burguesas con la consigna de: «¡contra el tratado de Versalles!». El fascismo aspira a la más desenfrenada explotación de las masas, pero se acerca a ellas con una demagogia anticapitalista muy hábil, explotando el profundo odio de los trabajadores contra la burguesía rapaz, contra los bancos, los trusts y los magnates financieros y lanzando las consignas más seductoras para el momento dado, para las masas que no han alcanzado una madurez política. En Alemania: «nuestro Estado no es un Estado capitalista, sino un Estado corporativo», en el Japón: «por un Japón sin explotadores», en los Estados Unidos: «por el reparto de las riquezas», etc. El fascismo entrega al pueblo a la voracidad de los elementos más corrompidos y venales, pero se presenta ante el con la reivindicación de un «gobierno honrado e insobornable». Especulando con la profunda desilusión de las masas sobre los gobiernos de democracia burguesa, el fascismo se indigna hipócritamente ante la corrupción –véase, por ejemplo, el caso Barmat y Sklarek en Alemania, el caso Staviski en Francia y otros–. El fascismo capta, en interés de los sectores más reaccionarios de la burguesía, a las masas decepcionadas que abandonan los viejos partidos burgueses. Pero impresiona a estas masas por la violencia de sus ataques contra los gobiernos burgueses, por su actitud irreconciliable frente a los viejos partidos de la burguesía». (Georgi Dimitrov; La clase obrera contra el fascismo; Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 2 de agosto de 1935)

En el caso concreto de Nicaragua aunque aún no es un Estado propiamente fascista, vemos sin embargo varios rasgos fascistas y filofascistas que merecen atención, pues de completarse y profundizarse estos, y de añadírsele otros, ya podríamos hablar de un gobierno abiertamente fascista:

1) Como ya hemos venido afirmando a lo largo de este documento, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) siempre ha sido una organización multiclasista que pronto fue dominado por la burguesía y por ende por el pensamiento burgués cuyos ejes ideológico-teórico-prácticos se han encaminado a fortalecer la democracia burguesa existente. Estos ejes han sido trasladados al ejercicio del poder y desde allí vemos que mientras el gobierno del FSLN realiza un discurso demagógico pretendidamente revolucionario y socialista, en la práctica todos sus desarrollos se encaminan al fortalecimiento de la dictadura de la burguesía y de la democracia burguesa, pero para conseguirlo se ha valido del método militar de organización, es decir, la dirigencia máxima del partido es la que controla ya no solo el accionar de la militancia del partido sino que incluso ha creado una serie de condiciones para subordinar a sus intereses a los poderes del Estado, al trabajador estatal, y a la sociedad en general.

Es decir, estamos ante la ya vieja paradoja de que efectivos de la burguesía explotadora se autoproclamen defensores de los intereses de la mayoría explotada, en realidad no es una paradoja, sino la estrategia de control que se vale de la propaganda, de la consigna, del asistencialismo, del populismo para subyugar toda posibilidad de pensamiento emancipador entre las masas populares y siempre bajo métodos alejados de todo democratismo: incluso del burgués.

Este procedimiento ha permitido a la camarilla gobernante desarrollarse hacia el «control de la totalidad» por uno u otro medio como hemos ido demostrando: incluida la manipulación de la masa a través del factor teocrático. Así como desactivar la lucha de clases. De hecho, es fácilmente observable como el discurso oficial se centra en comprender al Estado y a la democracia como entes situados por encima de las clases.

2) El Estado construido tras el triunfo sobre el somocismo fue un Estado de tipología burguesa a causa de que ese triunfo fue hegemonizado por la fuerzas burguesas, en tanto que retardatarias, del bloque antisomocista –el somocismo sin Somoza era una aspiración general de la burguesía nicaragüense en su conjunto–, un Estado que al igual que el somocismo operaba, y sigue operando en la actualidad bajo la dictadura de la burguesía en donde los privilegios de la clase explotadora basados en la explotación asalariada están garantizados, un Estado que además continuó perpetuando ya no solo la estructura económico-política del somocismo, como se demuestra en la perpetuación del código laboral del somocismo en los 80 e inicio de los noventa, sino que alentó la reproducción cultural clasista de la dictadura burguesa.

Otro rasgo elemental que deja ver que el somocismo no fue superado en lo cultural es el tráfico de influencias, el clientelismo y en especial el nepotismo hoy más presente que nunca. Pero algunos incautos dirán que hoy hay «elecciones libres»: a ellos decir que la simple propaganda burguesa de la que es víctima el electorado hacen que esas elecciones no sean libres; y que por otro lado el somocismo también disponía de un sistema electoral que jugaba en su favor.

3) No obstante, es la «autocracia» la característica que más aproxima al actual gobierno frentista al somocismo; mediante esa figura se ha borrado la separación de los poderes del Estado clasista, debido a que hay una camarilla que tiene control absoluto de la organización partidaria, del gobierno, de sus funcionarios, de la militancia, etc., que se fundamenta en el ya mencionado método de organización de tipo militar. Dicho de otro modo, la dirigencia burguesa del FSLN, a través del mando vertical, tiene amarrado a su servicio todas las expresiones del poder Estatal institucionalizado: Ejecutivo, Legislativo, Judicial, Electoral, Policía, Ejército, etc.; por cuanto el Estado al completo actúa según la voluntad de esa dirigencia burguesa.

Vale decir que le organización militar del partido y del Estado es un rasgo característico de los regímenes fascistas.

4) En el afán del control de la totalidad, y con el control efectivo sobre los poderes y de las instituciones del Estado, la camarilla gobernante busca como acallar toda crítica que en un inicio se centra y fundamenta en la «contrapropaganda», así como en la exclusión de todo posible factor mínimamente crítico, pero como es evidente tal mecanismo de contención y control de la conciencia colectiva no es del todo efectiva, pues por un lado está la burguesía opositora y sus medios, y del otro los últimos rescoldos del pensamiento más o menos crítico que compiten de modo desigual por esa conciencia colectiva. Es entonces cuando se da otro salto en la degeneración existente, la dirigencia del FSLN, a través del control que tiene sobre el Estado, y de los factores económicos a su disposición, se va haciendo con el control paulatino de los medios de comunicación existente al tiempo que impide la aparición de otros medios de comunicación que se ubiquen fuera de su espectro político-ideológico; se trata pues de todo un enjambre de políticas de comunicación que se fundamentan en «kantismo» y «neokantismo», y que en mucho de sus aspectos tiene enorme paralelismo con el control de la comunicación «goebbeliana», esencialmente en cuanto al hecho de que la comunicación y la propaganda han sido completamente centralizados por la «Coordinadora del Consejo de Comunicación y Ciudadanía»; y que su fundamento es la «credibilidad» y no si los ejes de la información son ciertos.

Y en el afán de mantener la mascarada «democrática», «plural», el Estado permite una cierta descentralización de la comunicación para por un lado simular la proclamada «libertad de expresión» y por el otro mostrar un cierto antagonismo entre poder y oposición que en realidad no es tal: puesto que como ya hemos mencionado la derecha en el poder y la derecha en la oposición tienen diferencias de orden no antagónicos que son de utilidad al poder para: a) mantener el orden capitalista; b) mantener la activación de la masa alienada al señalar a un virtual «enemigo».

Tal procedimiento no solo le permite mejorar la aceptación general de la gestión del Estado, y fortalecer el liderazgo de la camarilla gobernante, sino que resulta en última instancia en el mecanismo en que se apoya su estrategia política para la consecución y conservación del poder mediante la manipulación y control de las masas.

5) En el plano sindical, cuando un Estado democrático-burgués roza el filo fascismo sucede que: a) los sindicatos fuera del espectro político del partido de gobierno son extinguidos u obstruidos mediantes maniobras jurídicas, políticas o económicas; b) los sindicatos que sobreviven lo hacen porque forman parte del espectro político del partido gobernante en tanto que patronal, estos serán incorporados completamente al tejido partidario, y de hecho pasan a hacer de la línea del partido en el poder su línea de acción, renunciando por cuanto a la defensa del conjunto de trabajadores que dicen representar; c) los sindicatos pasan a ser un gremio cuyas demandas gremiales de tipología económica –que es en el espacio que operan los sindicatos– son reemplazadas por peticiones puntuales meramente declarativas.

Estos tres elementos están presentes en el sindicalismo nicaragüense, aquí los sindicatos adheridos al partido incluso se han personado como acusadores en contra de sindicados que han sufrido despedidos improcedentes por presunta insumisión a la política de gobierno; e incluso han sido organizados como cuerpos de contención cuasi-paramilitar ante protestas de trabajadores activos y asegurados.

Esta deformación sufrida por el sindicalismo es un calco de la practicada por los revisionistas yugoslavos donde Milovan Đilas decía aquello de que «no era necesario convocar elecciones sindicales fuera del frente popular, ya que los sindicato pertenecían al frente popular», le parecería absurdo. Apoyándose en esa concepción los sindicatos yugoslavos fueron reducidos a cuerpos de tercera categoría, sus actividades ocultadas, y la clase obrera fusionada en un frente en el que convergían explotadores y explotados.

6) Como ya expresamos la policía y el Ejército, por reforma constitucional a medida, y en el afán de centralizar el poder, han pasado a contemplar al Jefe de Estado como el «jefe supremo» de estas instituciones:

«Artículo 95.- El Ejército de Nicaragua se regirá en estricto apego a la Constitución Política, a la que guardará respeto y obediencia. Estará sometido a la autoridad civil que será ejercida directamente por el Presidente de la República, en su carácter de Jefe Supremo del Ejército de Nicaragua. (…) Los miembros del Ejército de Nicaragua y de la Policía Nacional podrán ocupar cargos temporalmente en el ámbito de Poder Ejecutivo por razones de seguridad nacional cuando el interés supremo de la nación así lo demande». (La gaceta; Constitución Política de la República de Nicaragua y sus reformas, 18 de febrero del 2014)

Y;

«Arto. 144.- El Poder Ejecutivo lo ejerce el Presidente de la República, quien es Jefe de Estado, Jefe de Gobierno y Jefe Supremo del Ejército de Nicaragua». (La gaceta; Constitución Política de la República de Nicaragua y sus reformas, 18 de febrero del 2014)

Con estas reformas la dirigencia burguesa del FSLN se asegura la obediencia de los cuerpos castrenses. Hay que añadir que con anterioridad a estas reformas había organizaciones civiles de perfil «paramilitar» al servicio del partido gobernante, de su dirigencia, que han cumplido en todo momento roles de contención de opositores. Más aún, estos cuerpos y sujetos han venido realizando labores de vigilancia encaminadas a suprimir la crítica, y si no es posible esa supresión, entonces se procede a maniobras de coerción y represión; y si aún así no es posible contenerla entonces se procede a lanzar al desempleo a los sujetos críticos. De algún modo, en el Estado clasista nicaragüense, no es importante la efectividad en la labor del que desempeña determinado trabajo, sino su comunión sin fisuras con el partido de gobierno que se rige por la voluntad del «Líder».

A tenor de todo lo aquí expuesto podemos asegurar que hay un proceso de «fascistización» del Estado nicaragüense, en donde se aprecia que todas los procesos económico-políticos están encaminados a mantener el orden capitalista, la estructura clasista, la explotación asalariada; pero a pesar de ello aún no se le puede considerar como un Estado fascista. Entonces hemos de preguntarnos: ¿por qué se observan esas grandes similitudes entre un régimen democrático burgués –la democracia «nunca» es «pura» sino que es una forma de Estado en donde una clase social domina a otra– como el nicaragüense y un régimen fascista? Sencillamente es debido a que ambos provienen de las mismas justificaciones ideológico-filosóficas-económicas-históricas. Dicho de otro modo, la democracia burguesa y el fascismo son transiciones en las formas del Estado bajo la «dictadura de la burguesía» –de un Estado en manos de explotadores–, partiendo evidentemente de las relaciones de producción que dan lugar a los procesos productivo. Ese y no otro es el motivo por el cual en Nicaragua, y en toda democracia burguesa, se aplican directrices filofascistas que pueden o no agudizarse.

La situación actual por la que pasa Nicaragua y de la que somos testigos de excepción en la historia es la siguiente:

«Todos los Estados capitalistas y revisionistas se esfuerzan por hacer recaer las consecuencias de la crisis sobre las espaldas de las masas trabajadoras. Y de hecho, por todas las partes, las burguesías, los monopolios y todos los explotadores, con el fin de preservar sus beneficios, acentúan la opresión y la explotación del proletariado y de los trabajadores, reduciendo sus medios de existencia y limitando sus derechos. En estos momentos de grave crisis las potencias imperialistas, socialimperialistas y el poder de las burguesías de cada país, millones de obreros son arrojados a las calles. Su número actualmente se ubica en cien millones, la inflación se desarrolla galopadamente, los precios de primera necesidad se hacen inasequibles. En la actual sociedad capitalista y revisionista ocurre precisamente el fenómeno de polarización indicado por Karl Marx: por una parte asistimos a la pauperización de los trabajadores, y por el otro al enriquecimiento de los capitalistas de la otra. En esta grave situación, el gran capital y su poder, la socialdemocracia, los revisionistas y otros oportunistas, acompañan esta feroz política de opresión y explotación de una vasta propaganda mentirosa, que pretende convencer a las masas trabajadoras que las conmociones actuales serían supuestos fenómenos pasajeros, que todo regresará al estado anterior, y que deben pues, sostener la carga pesada que los abruma y no buscar las causas de esta situación ni la revuelta. Se esfuerzan por todos los medios de evitar lo más grave, la revolución, la única vía que permite escapar de una buena vez del sistema opresivo capitalista y revisionista. (...). En cuanto considera imposible hacer frente a las revueltas de los obreros y el pueblo bajo formas pseudodemocráticas o por la verborrea parlamentaria entonces el Estado burgués interviene, por sus leyes, por la violencia, con el garrote. Esto es lo que está sucediendo en la mayoría de los países, donde la crisis ha exacerbado las contradicciones entre trabajo y capital, y donde la revuelta de los trabajadores en frente de la situación creada sigue creciendo en potencia. En estas circunstancias, el peligro del fascismo es cada vez más amenazante. Sabemos que cuando el capital se mete en un callejón sin salida y está expuesto a los poderosos golpes de la clase obrera, se ve obligado o bien a quebrarse o bien a establecer la dictadura fascista y marchar a la guerra». (Enver Hoxha; Informe en el VIIº Congreso del Partido del Trabajo de Albania, 1 de noviembre de 1976)

Es importantísimo que los nicaragüenses entiendan la historia del FSLN, entiendan las leyes que se han ido introduciendo de la mano del FSLN y otros partidos desde la estructuración de la democracia burguesa de los 80, para que puedan entender el carácter actual de la fascistización del Estado; sin entender y luchar contra este proceso es imposible parar la ofensiva del capital y la burguesía en Nicaragua:

«Camaradas, no hay que representar la subida del fascismo al poder de una forma tan simplista y llana, como si un comité cualquiera del capital financiero tomase el acuerdo de implantar en tal o cual día la dictadura fascista. En realidad, el fascismo llega generalmente al poder en lucha, a veces enconada, con los viejos partidos burgueses o con determinada parte de éstos, en lucha incluso en el seno del propio campo fascista, que muchas veces conduce a choques armados, como hemos visto en Alemania, Austria y otros países. Todo esto, sin embargo, no disminuye la significación del hecho de que, antes de la instauración de la dictadura fascista, los gobiernos burgueses pasen habitualmente por una serie de etapas preparatorias y realicen una serie de medidas reaccionarias, que facilitan directamente el acceso del fascismo al poder. Todo el que no luche en estas etapas preparatorias contra las medidas reaccionarias de la burguesía y contra el creciente fascismo, no está en condiciones de impedir la victoria del fascismo, sino que, por el contrario, la facilitará». (Georgi Dimitrov; La clase obrera contra el fascismo; Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 2 de agosto de 1935)

Y a los marxista-leninistas no nos es indiferente el régimen político que impere:

«Nosotros no somos anarquistas, y no puede en modo alguno sernos indiferente qué régimen político impera en un país dado: si la dictadura burguesa, aunque sea con los derechos y las libertades más restringidos, o la dictadura burguesa, en su forma descarada, fascista. Sin dejar de ser partidarios de la democracia soviética, defenderemos palmo a palmo las condiciones democráticas arrancadas por la clase obrera en años de lucha tenaz, y nos batiremos decididamente por ampliarlas. ¡Cuántas víctimas costó a la clase obrera de Inglaterra conseguir el derecho de huelga, la existencia legal de sus tradeuniones, la libertad de reunión y de prensa, la ampliación al derecho al sufragio, etc.! ¡Cuántas decenas de miles de obreros dieron su vida en los combates revolucionarios de Francia, a lo largo del siglo XIX, hasta conseguir arrancar los derechos elementales y la posibilidad legal de organizar sus fuerzas para lucha contra sus explotadores! El proletariado de todos los países derramó mucha sangre para conquistar las libertades democrático-burguesas, y se comprende que luche con todas sus fuerzas para conservarlas. Nuestra actitud ante la democracia burguesa no es la misma en todas las circunstancias. Así por ejemplo, durante la Revolución de Octubre de 1917 los bolcheviques rusos libraron una lucha, a vida o muerte, contra todos los partidos políticos que se alzaban contra la instauración de la dictadura del proletariado, bajo la bandera de la defensa de la democracia burguesa. Los bolcheviques luchaban contra estos partidos, porque la bandera de la democracia burguesa era entonces el banderín de enganche de todas las fuerzas contrarrevolucionarias para luchar contra el triunfo del proletariado». (Georgi Dimitrov; Por la unidad de la clase obrera contra el fascismo; Discurso de resumen en el VIIº Congreso de la Komintern, 13 de agosto de 1935)

En Nicaragua urge tejer ya mismo la organización de un partido de la clase obrera pertrechado con las teorías y prácticas marxista-leninistas antifascistas, pues sabemos que estas tareas de lucha contra la fascistización del Estado no pueden delegarse en terceros:

«E incluso estudiando estos acontecimientos se nos proporcionan un gran arsenal para demostrar el fraude del reformismo y el revisionismo para al movimiento obrero: en estas organizaciones el necio carácter de confianza e ilusión en la democracia burguesa, en sus leyes y sus instituciones durante los procesos de fascistización en sus Estados, demuestra los pocos conocimientos que tienen sobre marxismo respecto al Estado y lo poco que conocen de las estrategias y tácticas antifascistas marxista-leninistas. La tibia y blandengue resistencia de las organizaciones reformistas y revisionistas cuando el fascismo avanza hasta lograr poner fuera de ley a sus organizaciones sin que estos den un mínimo de molestia, nos debe de servir de ejemplos; y es que históricamente ahí tenemos casos de cómo en su día partidos reformistas como el Partido Socialdemócrata de Alemania o el Partido Socialista Italiano, y partidos revisionistas como el Partido Comunista de Chile o el Partido Comunista de Indonesia, no supieron realizar unos análisis acordes al momento y sumado al miedo a utilizar todos los métodos posibles para cerrarle el paso al incipiente fascismo, condujeron como era normal a la limitación de un trabajo antifascista bajo la labor parlamentaria y sus lacónicos discursos en vez de a un trabajo de calle para ejercer la praxis antifascista. Dando en ocasiones donde el fascismo avanzaba, más facilidades si cabe para que el fascismo se asentara o terminara de llegar al gobierno. Tácticas no solo contrarias no solo a los intereses de los comunistas sino del propio pueblo trabajador antifascista. Este es un axioma que por fuerza aprendieron los verdaderos marxista-leninistas». (Equipo de Bitácora (M-L); Crítica al artículo: «La Rada ilegaliza al Partido Comunista Ucraniano», 28 de julio de 2014)

Entonces la cuestión que se plantea para nosotros marxista-leninistas es: comprender las bases económico-políticas del fascismo considerando que la autocracia en un Estado es el primer síntoma de su «fascistización», y a partir de ahí diseñar una estrategia para combatirlo con éxito sin desfallecer ni caer en desviaciones:

«Sabemos que históricamente el fascismo ha llegado al poder debido a factores subjetivos muy claros: o bien los marxista-leninistas en esos momentos no estaban organizados, o bien pese a existir su partido, era casi nulo en la sociedad y llegaban tarde en ese momento para liderar la lucha antifascista, teniendo que ganarla ya en un momento de alto grado de fascistización de la sociedad; o bien existía el partido marxista-leninista, tenía influencia y dirigían la lucha antifascista pero preferían dirigir los golpes hacia otros partidos, subestimando al fascismo; o bien porque liderando tal vanguardia antifascista los marxista-leninistas y su partido no sabían cómo refutar a las masas la demagogia del fascismo sobre todo en tiempos de crisis económica aguda, lo que respondía a una clara falta de estudio y formación de cuadros, incapacitándoles a la hora de la verdad para una luchar eficaz contra el fascismo; o bien los marxista-leninistas se hacían ilusiones de derrotar al fascismo a través del parlamento y los métodos legalistas de la democracia-burguesa». (Equipo de Bitácora (M-L); Syriza y la euforia de la llamada «izquierda» [Recopilación Documental], 28 de enero de 2015)

Y sin perder de vista la concepción de que no se puede eliminar completamente al fascismo sin eliminar su base material, es decir al capitalismo:

«En Bulgaria se volvió a confirmar mediante la propia experiencia la tesis de Lenin y Stalin sobre la descomposición del capitalismo, cuando la inherente e insoluble crisis de la democracia burguesa da a luz al fascismo, de ello podemos extraer que ningún cambio democrático serio y permanente es posibles bajo éste, y por lo tanto ningún progreso es factible sin atacar las bases mismas del sistema capitalista, sin tomar medidas en la dirección del socialismo. (…) Uno no puede eliminar el fascismo, conceder derechos democráticos a las masas trabajadoras, y pretender consolidar y desarrollar estos derechos sin desafiar la propia regla interna del capitalismo, ya que como hemos recalcado el fascismo no es más que la despiadada dictadura terrorista del gran capital. La erradicación del fascismo no se puede completar sin desafiar al gran capital. Por tanto no se pueden conceder derechos democráticos a los trabajadores si el gran capital conserva todo su poder político y económico». (Georgi Dimitrov; Informe en el Vº Congreso del Partido Obrero (comunista) Búlgaro, 15 de diciembre de 1948) (Equipo de Bitácora (M-L); ¿Qué fue de la «Revolución Popular Sandinista»?: Un análisis de la historia del FSLN y sus procesos, 19 de julio del 2015)

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