«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

sábado, 15 de agosto de 2015

La ideología reformista y el oportunismo político, características fundamentales de los partidos eurocomunistas; Enver Hoxha, 1980

Luigi Longo, Santiago Carrillo, Dolores Ibárruri y Enrico Berlinguer

«Como hemos visto, el revisionismo moderno se manifiesta en corrientes y adquiere diversos aspectos según las condiciones políticas, económicas y sociales concretas de cada país o grupo de países. Así ha sucedido también con los partidos que actualmente son conocidos con el nombre de eurocomunistas. A pesar de representar una corriente en sí del revisionismo moderno, y de ser la corriente que más se ajusta a los intereses de la burguesía de los países capitalistas desarrollados como son los países de Europa Occidental, los partidos revisionistas italiano, francés y español tienen también algunas peculiaridades.

La constitución del Estado burgués, base del «socialismo» togliattista

Hablando sobre la «tercera vía», que constituye la nueva estrategia del revisionismo eurocomunista, Enrico Berlinguer en su informe: «El progreso hacia el socialismo en paz y en democracia», presentado al XVº Congreso del Partido Comunista de Italia, da algunas explicaciones más completas de lo que él y sus compañeros entienden por tercera vía:

«Se trata de una expresión que ha tenido fortuna, que hemos acabado por aceptarla. Tuvimos primero la experiencia de la II Internacional: la primera fase de la lucha del movimiento obrero para salir del capitalismo. Pero esta experiencia terminó cediendo frente a la Primera Guerra Mundial y a los nacionalismos. La segunda fase se inauguró con la revolución rusa de octubre». (Enrico Berlinguer; Informe al XVº Congreso del Partido Comunista Italiano, 1979)

Aunque también al respecto, según él, debe procederse a un análisis crítico de la historia y de la realidad de la Unión Soviética, porque tampoco esta experiencia es valiosa. Y resulta ahora que la tercera fase ha comenzado con el eurocomunismo. La tarea del movimiento obrero en Europa Occidental, declara Berlinguer, es:

«La búsqueda de nuevas vías de avance al socialismo y de construcción del socialismo». (Enrico Berlinguer; Informe al XVº Congreso del Partido Comunista Italiano, 1979)

La vía para llegar a esta «sociedad», según los revisionistas italianos, es:

«La línea trazada por la constitución republicana, a fin de encauzar la transformación de Italia hacia una sociedad socialista fundada en la democracia política». (Partido Comunista Italiano; La política y organización de los comunistas italianos; Tesis y estatutos aprobados en el XVº Congreso del Partido Comunista de Italia, 1979)

En cambio, los revisionistas franceses, que no pueden presentar la constitución de Charles De Gaulle como base de su socialismo, no sólo porque no han participado en su elaboración sino también porque han votado en su contra, no la mencionan, pero en la práctica tampoco la niegan.

La idea de ir al «socialismo» a través de la constitución burguesa, los revisionistas italianos la han amalgamado desde hace tiempo. Ya en 1944 Palmiro Togliatti declaraba en sus discursos que los tiempos habían cambiado, que había cambiado también la clase obrera, que habían cambiado también las vías para la toma del poder. Con esto quería decir que «había pasado el tiempo de las revoluciones y era el momento de las evoluciones», que «el poder sólo puede tomarse a través de la vía de las reformas, de la vía parlamentaria, a través de los votos».

Más tarde, en la reunión del Comité Central del Partido Comunista Italiano del 28 de junio de 1956, inmediatamente después del XXº Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, Palmiro Togliatti decía:

«Se debe prever un progreso socialista que pueda desarrollarse precisamente en el terreno que define y prevé la constitución y que es el terreno de las libertades democráticas y las transformaciones sociales progresistas. Esta constitución aún no es una constitución socialista, pero, puesto que es expresión de un amplio movimiento unitario, renovador, difiere radicalmente de las otras constituciones burguesas, representa una base efectiva del desarrollo de la sociedad italiana en la vía que conduce al socialismo». (Palmiro Togliatti; Informe al Pleno del Comité Central del Partido Comunista Italiano, 1956)

El que la constitución italiana difiera, por ejemplo, de la constitución de los tiempos de la monarquía y el fascismo, y que en ella figuren una serie de principios democráticos, esto es comprensible, estos principios han sido impuestos por la lucha de la clase obrera y del pueblo italianos contra el fascismo. Pero no sólo la constitución italiana contiene tales principios. Después de la Segunda Guerra Mundial, la burguesía de todos los países capitalistas de Europa se esforzó en una que otra medida por cortarle los vuelos a la clase obrera, reconociéndole algunos derechos sobre el papel y negándoselos en la práctica.

Las libertades y derechos que prevé la constitución italiana son libertades y derechos puramente formales, que son violados diariamente por la burguesía. Prevé por ejemplo una cierta limitación de la propiedad privada, lo que no ha impedido que los Fiat y los Montedison se enriquezcan cada vez más y los obreros se empobrezcan cada vez más. La constitución prevé el derecho al trabajo, pero esto no constituye un obstáculo para que la patronal capitalista y su Estado arrojen a la calle a unos dos millones de obreros. La constitución garantiza una serie de derechos democráticos, pero no impide que el Estado italiano, los carabineros y la policía actúen casi abiertamente en base a los derechos reconocidos por la constitución, en la estructuración de ese mecanismo que está listo para instaurar un régimen fascista. También los diferentes comandos fascistas, desde los de extrema derecha, hasta los autodenominados brigate rosse y los terroristas de plaza Fontana, encuentran su justificación en la constitución italiana.

No es sino un simple absurdo imaginar que la burguesía italiana ha elaborado su conocida constitución para conducir a la sociedad hacia el socialismo, como creen los togliattistas. La constitución italiana, al igual que las demás leyes fundamentales de los países burgueses, sanciona la dominación política, legislativa y ejecutiva indivisible de la burguesía del país, sanciona la defensa de su propiedad y su poder para explotar a las masas trabajadoras. Confiere bases legales a los órganos represivos para restringir la libertad y la democracia del pueblo para ejercer su represión y su dominación sobre todos y sobre todo. Algunas bellas palabras, como libertad, igualdad, fraternidad, democracia, justicia, etc., bien pueden figurar doscientos años en la constitución, pero en la práctica, esto no se realizará ni en otros dos mil años, si la burguesía capitalista no es derrocada junto a sus constituciones y sus leyes.

Para los revisionistas italianos la constitución existente es su biblia y la burguesía no puede encontrar abogados mejores para defenderla y propagandistas más celosos para divulgarla. La ardiente defensa que los revisionistas italianos prodigan a la constitución de su Estado capitalista, testimonia que fuera de la sociedad burguesa existente, fuera de sus instituciones políticas, ideológicas, económicas, religiosas, militares, no pueden concebir ningún otro sistema social. El socialismo y el actual Estado capitalista italiano, son para ellos una misma cosa. El oportunismo, a cuya sombra han nacido y crecido los cabecillas del partido revisionista italiano, les ha ofuscado la vista y cerrado todos los horizontes. Los revisionistas italianos se han convertido en guardianes del régimen capitalista. Y este papel incluso lo presentan como una virtud y también lo mencionan en sus documentos:

«En estos treinta años el partido comunista ha seguido una línea de coherente defensa de las instituciones democráticas [léase burguesas – Anotaciones de E. H.], una línea de organización y desarrollo de la vida democrática entre las masas trabajadoras y los ciudadanos, de luchas por las libertades individuales y colectivas, por el respeto y la aplicación de la constitución. Tal política, el Partido Comunista Italiano la ha aplicado a través de la búsqueda constante de la unidad con el Partido Socialista Italiano, con las otras fuerzas democráticas, laicas y católicas, y a través de cualquier posible convergencia con la misma Democracia Cristiana, aun en la lucha desde la oposición, a fin de evitar la ruptura del marco democrático constitucional». (Partido Comunista Italiano; La política y organización de los comunistas italianos; Tesis y estatutos aprobados en el XVº Congreso del Partido Comunista de Italia, 1979)

Más abiertamente no se puede hablar. No puede haber otro testimonio de fidelidad más servil hacia la burguesía. «Evitar la ruptura del marco democrático constitucional», significa evitar el derrocamiento del régimen burgués existente, evitar la revolución, evitar el socialismo. ¿Qué más puede pedir la burguesía de los revisionistas?

Se cumplen 35 años desde que la burguesía italiana, los revisionistas, la iglesia y otros vienen engañando al pueblo italiano diciéndole que la vida agobiante que lleva, la miseria en que vive, la explotación feroz, la corrupción, el terrorismo y todas las demás lacras sociales que caracterizan a Italia, son consecuencia de la «no aplicación consecuente de la constitución». Pero la situación en Italia ha sido y continúa siendo deplorable, no porque la constitución no ha sido llevada a la práctica, sino a causa del sistema que ésta defiende. El presente es el resultado de todo el desarrollo de la Italia posterior a la guerra.

Italia, que conoció los males del régimen monárquico de Saboya, los horrores del régimen fascista, que conoció la pobreza económica y la degeneración moral y política que supuso este régimen, que sufrió las destrucciones de la Segunda Guerra Mundial, salió de esta guerra arruinada económicamente y se hundió en una profunda crisis política, moral y social, que persiste todavía hoy.

Una vez acabada la guerra, Italia se sumió en el caos, pero también se convirtió en circo, donde el papel de los acróbatas y de los payasos lo jugaban nuevos jerarcas, luciendo las vestimentas de los partidos reformados con distintivos «rutilantes», socialistas, socialdemócratas, democristianos, liberales, comunistas, etc. Un partido se hacía pasar por continuador del partido de Gramsci, otro de Don Sturzo, otro de Croce, otro de Mazzini. De país del silencio y la boca cerrada como era Italia en los tiempos del fascismo, se convirtió en el país tradicional de ensordecedor alboroto.

Si el capital estadounidense ha metido sólo un pie en los diversos países de Europa, en Italia ha metido los dos. Y ello porque la burguesía de este país es la más degenerada, la más cosmopolita, la más apátrida y la más entregada a una corrupción general.

Los democristianos siempre han llevado y siguen llevando las riendas de Italia. También los otros partidos burgueses exigen tener su parte en esta feria donde todo se vende al por mayor y al por menor, incluso la propia Italia. Una expresión de esta pugna por el poder, de la competencia y la rivalidad entre los partidos son los innumerables y frecuentes cambios de gobierno. Cambios se hacen, pero el eje siempre sigue siendo el partido democristiano, que «toma la parte del león». Los democristianos han dado muestras de ser unos equilibristas ágiles en la formación de los consejos ministeriales, dando a sus rivales algo a cuentagotas, tratando de hacerles creer que son y no son los dominantes incontestables del país. De esta forma, sacan a escena unas veces el centrosinistra, otras el centrodestra, unas veces erigen un gabinete monocolore y otras bicolore. Todo esto no pasa de ser meras ilusiones, con lo cual quieren demostrar que estarían encontrando una solución al caos, la miseria, el hambre, el desempleo, la crisis terrible y multilateral por la que atraviesa el país.

Actualmente en Italia florecen todos los crímenes. El nuevo fascismo se ha organizado en partido parlamentario y dispone de un sinfín de grupos terroristas y escuadristas, que los italianos califican de «corderos» del secretario general del partido fascista de Giorgio Almirante, este partido ha tomado el nombre de Movimiento Social Italiano. La mafia criminal ha clavado sus garras en todas partes y el crimen, los robos, los asesinatos y los secuestros se han erigido en industria modernizada. Ningún italiano se siente seguro. El ejército, el cuerpo de carabineros y los órganos de la policía secreta se han inflado tanto que sofocan al país. Los han inflado supuestamente para defender al pueblo y el «orden democrático» contra los «brigadistas» ultraizquierdistas y ultraderechistas. Pero en realidad, sin estos órganos, es imposible defender a los grandes ladrones y asesinos que ocupan sillones en el parlamento o ejercen cargos en los estados mayores del ejército, la policía, etc.

Al mismo tiempo Italia está atrapada por las deudas y su moneda es la más débil de todas las monedas de los países de Europa Occidental. Hoy se la llama el «enfermo» de la Europa de los nueve. Nadie tiene confianza en esta Italia con este régimen putrefacto, en esta Italia que puede evolucionar hacia vías peligrosas no sólo para el pueblo italiano sino también para sus vecinos.

Los diferentes gobiernos italianos, por no hablar ya del período del fascismo mussoliniano, han mantenido en general actitudes no amistosas con respecto a Albania, abiertas o solapadas. La traidora reacción albanesa, que huyó en barcos ingleses, se concentró en Italia, donde fue organizada y entrenada por los gobiernos de posguerra de este país, por el permanente enemigo de Albania, el Vaticano, y por los anglo-estadounidenses para actuar contra la nueva Albania. En los primeros años de la liberación, nuestro pueblo tuvo que librar una dura lucha contra los elementos subversivos introducidos desde Italia. Todos conocen la suerte que corrieron, pero no fue mejor la que corrieron otros. Una parte de los traidores albaneses exiliados permanecieron en Italia y los otros se dirigieron a los Estados Unidos, Bélgica, Inglaterra, Alemania Federal y a muchos otros países, a donde fueron enviados por los servicios de espionaje imperialistas.

Los gobiernos italianos conscientes de que con actos de subversión nada podían hacer contra la nueva Albania, pasaron a adoptar una actitud política «consistente en ignorar» a nuestro Estado. Cierto que entre los dos países se establecieron relaciones diplomáticas, pero las otras relaciones siempre permanecieron a un bajo nivel. Los gobiernos italianos jamás dieron muestras de buena voluntad para desarrollarlas. Jamás, ningún gobierno condenó públicamente la salvaje agresión de Mussolini contra Albania. Sin embargo dichos gobiernos se interesaron en desenterrar y llevar a Italia los restos de los soldados italianos aniquilados por nuestros guerrilleros durante la lucha de liberación nacional, consagrarlos como «héroes que habían luchado por la grandeza de Italia» y rindiéndoles homenaje todos los años.

Los órganos de prensa italianos, en su mayoría, muy pocas veces publican algo de positivo sobre Albania. Entre toda la prensa mundial, se ha destacado por una actitud de desinformación y denigración en lo relativo a nuestro país.

Las posiciones de los revisionistas italianos al respecto no se distinguen en absoluto de esta actitud de la prensa y de los gobernantes italianos. En 1939, los dirigentes del Partido Comunista Italiano miraron desde lejos a los ejércitos fascistas que partían para arrebatar la libertad a un pequeño pueblo vecino. Ni siquiera se mostraron al nivel de los socialistas italianos, los cuales condenaron al imperialismo de su país en los tiempos de la guerra de Vlorë en 1920. Los principales dirigentes del Partido Comunista Italiano, tampoco después de la guerra se dignaron venir a Albania, denunciar los crímenes del fascismo y expresar su solidaridad al pueblo albanés, que había sufrido masacres y desolaciones, y había combatido heroicamente al fascismo italiano.

El Partido Comunista Italiano ha luchado y lucha para despojar a sus miembros y al proletariado italiano del espíritu revolucionario, para inculcarles la idea de la conciliación de clases y quitarles la idea de arrancar el poder a los capitalistas mediante la violencia. No es sino un partido socialdemócrata como los otros partidos, pero que lo han dejado en la oposición y no lo llaman a participar en la danza por haber sido miembro de la Komintern, y porque al parecer, la burguesía busca de él mayores garantías.

El Estado burgués «democrático» italiano subvenciona al Partido Comunista Italiano con miles de millones de liras igual que a los otros partidos parlamentarios. Pero, el partido revisionista tiene muchos otros ingresos que proceden de sociedades comerciales y a título de diferentes subvenciones, concedidas bajo diversas formas de comisión. Cuenta con su aristocracia y sus plebeyos. Los aristócratas son los diputados, los senadores, los alcaldes y concejales de los ayuntamientos, así como los funcionarios permanentes.

Las ideas de Palmiro Togliatti, la línea socialdemócrata y el abierto alejamiento del marxismo-leninismo fueron codificados por el Xº Congreso del Partido Comunista Italiano que tuvo lugar en 1962. Togliatti era un intelectual reformista y continuó siéndolo hasta el final de sus días, hasta en el llamado «Testamento de Yalta» de 1964, reiteró su «policentrismo», y se expresó por el «pluralismo» de partidos para el supuesto paso al socialismo, por la «libertad de la religión», «de expresión», «por los derechos humanos», etc. Esta era la vía del llamado socialismo italiano.

El Xº Congreso del Partido Comunista Italiano presentó la «vía italiana al socialismo» como una vía original, como un desarrollo nuevo del marxismo, como superación de las enseñanzas de la revolución de octubre y de todas las experiencias de las revoluciones socialistas hasta aquel entonces. En realidad, se trataba de la vía de las «reformas estructurales», de la vía revisionista, oportunista, adaptada a las necesidades y a la situación del capital monopolista italiano.

Según la «teoría» de las «reformas estructurales», al socialismo se llegaría por medio de reformas graduales, que le serían arrancadas al capital monopolista de forma pacífica. Dichas reformas graduales serían posibles sólo a través del parlamentarismo, gracias a la fuerza del voto, independientemente del hecho de que los monopolios capitalistas poseían las riquezas, las armas y ejercían: la dirección en el parlamento y en la administración. Según ellos:

«La reforma de las estructuras sociales y económicas [que supuestamente podría realizarse en el marco del Estado burgués - Anotaciones de E. H.] eliminará la explotación y la desigualdad, permitirá una gradual superación de la división entre gobernantes y gobernados, hará posible encauzarse hacia una plena emancipación del hombre y de la sociedad». (Partido Comunista Italiano; La política y organización de los comunistas italianos; Tesis y estatutos aprobados en el XVº Congreso del Partido Comunista de Italia, 1979)

Los revisionistas italianos han caído totalmente en las posiciones del tradeunionismo y la socialdemocracia, que limitan la lucha de los obreros únicamente a las reivindicaciones económicas y democráticas y piensan que es posible evitar las consecuencias del orden capitalista manteniéndolo intacto. Pero la historia ha confirmado que esto no pasa de ser una utopía, puesto que los efectos no pueden ser eliminados sin liquidar sus propias causas, que radican en el propio sistema capitalista. En la actualidad, el abierto deslizamiento a las posiciones de la socialdemocracia lo aceptan también los propios cabecillas revisionistas italianos, incluso con una cierta jactancia por haber logrado dar este paso «histórico». En el último congreso del Partido Comunista Italiano, el ex presidente del parlamento italiano y miembro de la dirección del partido Pietro Ingrao, declaró:

«Tenemos mucho que aprender de la socialdemocracia». (Pietro Ingrao; Informe al XVº Congreso del Partido Comunista Italiano, 1979)

Que los cabecillas del partido revisionista italiano son todavía alumnos principiantes con respecto a los viejos profesores socialdemócratas en la revisión del marxismo-leninismo y en la lucha contra la revolución, eso también es cierto. Pero aquéllos pueden igualarse con éstos en el irreprimible afán de servir incondicionalmente y de manera lacayuna a la burguesía.

Los revisionistas pueden quedarse a predicar día y noche, pueden quedarse con la boca seca de tanto hablar en todas las plazas y rezar en todas las iglesias de Italia, pero jamás podrán realizar su sueño reformista de pasar al socialismo a través del parlamento, de la Constitución y del propio Estado burgués.

La línea de las «reformas estructurales» de Togliatti ha pasado a ser hoy el «compromiso histórico» con la burguesía proclamado por Berlinguer. Esta consigna con la que se arrulla la dirección revisionista italiana ha sido lanzada precisamente en unos momentos en que el Estado burgués capitalista italiano se encuentra en una crisis muy profunda. Con el «compromiso histórico», el Partido Comunista Italiano ofreció a la Democracia Cristiana, representante del gran capital y de la alta jerarquía eclesiástica, su colaboración para salir de esta situación y salvar este Estado.

El «compromiso histórico» de Enrico Berlinguer es la continuación de las viejas orientaciones del Partido Comunista Italiano, que nada más acabada la guerra, solicitó participar en el poder burgués y unirse con los socialistas de Pietro Nenni. Es la continuación de su conocido flirteo con el entonces presidente de los democristianos de Alcide de Gasperi, es la mano de Palmiro Togliatti y de Luigi Longo extendida a los católicos. Enrico Berlinguer convirtió esta orientación de táctica en estrategia. El «compromiso histórico», propuesto por el Partido Comunista Italiano, es la vieja política liberal que siempre le ha venido a Italia como anillo al dedo.

El «compromiso histórico» de Berlinguer fue un intento y una esperanza surgida bajo la influencia de los acontecimientos de Chile. Cuando los revisionistas italianos vieron que el socialista Salvador Allende no pudo mantenerse en el poder sin colaborar con el Partido Demócrata Cristiano de Frei, pensaron que tampoco podían acceder al poder y mantenerse en él sin el apoyo y la colaboración de los democristianos. El miedo a la instauración del fascismo con la ayuda del imperialismo estadounidense, les indujo a retroceder y a hacer grandes concesiones de principio y en el terreno práctico, a abandonar la posición en cierto modo independiente que mantenían hasta entonces al pensar que podrían conquistar la mayoría parlamentaria y gobernar conjuntamente con una coalición de izquierda. A partir de ese momento, para evitar que en Italia se repitieran los acontecimientos de Chile, aceptaron jugar el papel secundario del que se somete a una coalición no ya de izquierda, sino de derecha con los democristianos.

Cuando el Partido Comunista Italiano lanzó la consigna del «compromiso histórico», Italia daba la impresión de que iba transformándose en un poderoso país industrial. Tanto la reacción como los propios «comunistas» creían que el «compromiso histórico» era en este período una «estrategia» a largo plazo. Pero vino la crisis y el fascismo se reanimó, se volvió amenazador; las bombas comenzaron a estallar, la gente era asesinada y desaparecía. El «compromiso histórico» empezó a ser más actual y le parecía «razonable» también a un sector de la burguesía y de los democristianos. Representante de esta corriente era también Aldo Moro, pero fue eliminado, porque los democristianos no estaban, ni están todavía, dispuestos a entrar en este compromiso, pese a los reveses que han sufrido en las elecciones.

En las actuales condiciones de crisis, los democristianos han descubierto algunos métodos y formas de coordinar su actividad con los «comunistas» en lo referente a ciertas cuestiones, ya sea a nivel de sindicatos o a nivel de partidos, pero como quiera que sea ellos tienen miedo incluso de un partido comunista italiano aunque se haya vuelto pasivo.

¿Aceptará el capital monopolista italiano la mano que le tiende el partido comunista? Aquél exige que los revisionistas apoyen al gobierno en el parlamento, voten sus programas y sus leyes, ingresen en la «mayoría parlamentaria», en la «mayoría gubernamental», pero no en el gobierno, en el poder ni en los centros donde son tomadas las decisiones políticas para la dirección del país. Los Estados Unidos se han pronunciado en contra de la presencia de los revisionistas europeos en los gobiernos de los países miembros de la OTAN. La burguesía italiana cumple esta orden de sus amos.

El Partido Comunista Italiano se encuentra ante un gran dilema siempre que se celebran elecciones parlamentarias no sabe cómo actuar ante la eventualidad de ganar un mayor número de votos que los democristianos. Enrico Berlinguer, atemorizado, se atiene a la fórmula de que en todo caso es preciso formar un gobierno amplio, con todos los partidos del «arco democrático», que haga unas ciertas reformas, naturalmente en el marco de una «democracia pluralista» y de que Italia no salga de la OTAN.

¿Por qué desarrolla Berlinguer esta perspectiva? Porque ésta es la línea revisionista del Partido Comunista Italiano, que teme asumir responsabilidades frente a la crisis y a la bancarrota del sistema burgués, que no puede sanearse con reformas. Por otro lado, el Partido Comunista Italiano teme igualmente a la masa de obreros y trabajadores de Italia, que, en caso de un triunfo de este partido, ya no pedirán una colaboración con la patronal, sino la toma del poder. Esta situación, el Partido Comunista Italiano no la quiere ni jamás la permitirá. Pero todavía menos la quiere la burguesía monopolista estadounidense e italiana, que hará todo lo que esté a su alcance para que no se de tal situación.

Un compromiso antihistórico podría lograrse en un comienzo, en la eventualidad de que el Partido Comunista Italiano ganase en las elecciones, pero dicho «compromiso» sería efímero, suficiente para tranquilizar la opinión hasta que no se le apretasen las clavijas. El capital no entrega nunca las armas, si no le son arrancadas por la fuerza. El Partido Comunista Italiano no es de aquellos partidos que marchan hacia la revolución. Nunca ha estado por la instauración de una sociedad socialista en Italia, no lo está hoy, ni tampoco lo estará mañana ni nunca.

Los sucesores de Proudhon en Francia

Palmiro Togliatti y  sus discípulos italianos han elaborado teóricamente las «vías» hacia una «nueva sociedad socialista» preconizada por los eurocomunistas. Pero en la actualidad son los revisionistas franceses los que pronuncian discursos «filosóficos» megalómanos, que pretenden recuperar el tiempo perdido y presentarse como abanderados del eurocomunismo, como sus interpretadores y legisladores. Precisamente este papel que han asumido los hace ridículos y los desenmascara aún más a los ojos de la clase obrera de su país y de los trabajadores de todo el mundo.

Georges Marchais se ha convertido en celoso seguidor de las teorizaciones de Roger Garaudy, que imponía su criterio ideológico en el Partido Comunista Francés en los tiempos de Maurice Thorez y que tiempo más tarde fue expulsado de este partido. Roger Garaudy pretendía «confirmar» que en los países capitalistas desarrollados el proletariado ha dejado de existir, que se ha nivelado con los empleados de la administración, los ingenieros y los técnicos, los cuales, según él, todos ellos son explotados en la misma medida. Ahora Georges Marchais ha hecho suya esta teoría e incluso ha ido más lejos. Por el socialismo que preconiza, estarían todos, no sólo la clase obrera y todos los trabajadores, sino también la burguesía e incluso su propio ejército y su policía. En sus peroratas, Georges Marchais repite: «queremos ir al socialismo, mas nos lo impiden sólo las veinticinco familias que constituyen el grueso del capital en Francia. ¿Cómo es posible que nosotros, que constituimos toda esta fuerza, no podamos hacer oír nuestra voz y vencer la casta que detenta el poder?», se pregunta sorprendido Marchais. Y se responde que, para ir al socialismo, Francia sólo precisa reformas económicas y políticas. La cuestión de vencer al capital lo considera como algo fácil, como algo que se logra con algunas palabras, como algo que se derriba de un soplo. La vía que preconizan los revisionistas franceses podrá ser todo lo que se quiera, pero no tiene nada en común con la verdadera vía al socialismo.

A los representantes del poder actual en Francia, Georges Marchais los compara y los iguala a la aristocracia francesa de los tiempos anteriores al triunfo de la burguesía, de hace dos siglos, y al referirse a sus dirigentes utiliza el término: «estos príncipes que nos gobiernan». Pero los revisionistas franceses no están a su vez ni siquiera en las posiciones de los que hicieron la revolución burguesa francesa de 1789. Es sabido que dicha revolución decapitó a la reina, al rey y a todos los «príncipes» que gobernaban entonces en Francia. La burguesía progresista de aquel entonces, que derrocó a la monarquía y el feudalismo, no se limitó a esto, sino que llevó adelante la revolución decapitando también a todos los cabecillas de las fracciones reaccionarias de la burguesía que estaba surgiendo: a los Feuillants, Vergniaud y Danton. Esta revolución llegó a su punto culminante con la dictadura jacobina dirigida por Robespierre, que fue conducido a la guillotina por la reacción burguesa.

Al ex ministro del interior Giscard d'Estaing, Marchais lo califica de versallés. Pero se olvida que en la comuna de París se luchó con las armas contra Adolphe Thiers y los versalleses. «Los comuneros asaltaron los cielos» ha dicho Marx, mientras que Marchais, con sus teorías revisionistas, libra contra los Poniatowski una guerra con finuras.

Los dirigentes del partido revisionista francés se esfuerzan por explicar las «profundas razones» del decaimiento de Francia:

«Desde 1976 el índice de inflación se ha mantenido prácticamente en un nivel elevado; el desempleo ha superado casi el 30%, el poder adquisitivo de los trabajadores ha descendido, el desarrollo económico casi se ha estancado. La austeridad, el desempleo, la superexplotación vienen acompañados de un aumento de las ganancias capitalistas. Francia, que dispone de una economía industrial diversificada, está viendo hoy desmantelarse ramas enteras, como la siderurgia, la construcción naval, la textil, del calzado, de producción de maquinarias, etc. El número de trabajadores en la industria ha descendido en más de 500.000». (Cahiers du communisme –órgano teórico del Partido Comunista Francés–; Tesis del XXIIIº Congreso del Partido Comunista Francés, junio-julio de 1979)

Lo que se dice sobre la situación de Francia es algo conocido. El problema estriba no en constatar la grave situación de la economía y de los trabajadores en Francia, sino en cómo cambiar esta situación.

Marx no se ha limitado únicamente a diagnosticar la sociedad capitalista, sino que ha definido también el camino para derrocarla. Los revisionistas modernos han abandonado este camino científico y sólo se dedican a hablar y hablar para hacer creer al partido y a la clase obrera que se interesan por su situación.

Los revisionistas franceses hablan asimismo de la grave crisis por la que atraviesa el mundo capitalista:

«La crisis actual de los países capitalistas, es una crisis también internacional, una crisis que en definitiva es la crisis de su sistema de explotación, de dominación y de saqueo de los trabajadores y los pueblos». (Cahiers du communisme –órgano teórico del Partido Comunista Francés–; Tesis del XXIIIº Congreso del Partido Comunista Francés, junio-julio de 1979)

Ahora bien, ¿cómo piensa aprovechar este momento crucial por el que atraviesa no solo Francia sino todo el mundo? ¿Con qué tipo de lucha? ¿Mediante la lucha de clases o con perorata? ¿Acaso abriga la esperanza de poder liquidar con sus discursos a la burguesía monopolista francesa que reprime a los trabajadores franceses con todo ese ejército y la policía, que los cree a su lado? No, hace demagogia, por un lado de cara a la «galería» y por otro lado para no amedrentar a la patronal.

Tales revisionistas se apoyan en las pseudoteorías que ellos mismos se han inventado, según las cuales, las situaciones habrían madurado en tal medida que ya no serían necesarias ni la revolución ni la dictadura del proletariado para edificar la nueva sociedad socialista. Según ellos, ahora cada clase de la sociedad, incluso cada individuo piensan como socialistas. Según ellos, el socialismo se ha arraigado tan profundamente en la conciencia de la gente que ambos constituyen un todo único:

«El socialismo se realiza ya, y se realizará aún más en una gran diversidad de formas». (Cahiers du communisme –órgano teórico del Partido Comunista Francés–; Tesis del XXIIIº Congreso del Partido Comunista Francés, junio-julio de 1979)

Con estas pseudoteorías se pretende decir a los obreros que lo que Lenin hizo con revolución y con sangre, ahora se ha logrado sin revolución, sin violencia, incluso bajo la cruel represión del capital.

Los dirigentes revisionistas del Partido Comunista Francés tratan de convencer a los obreros de que todo miembro de la actual sociedad de Francia, de Europa y del mundo entero ha llegado a comprender que la sociedad industrial ha dejado de ser una sociedad que tiene como base la ganancia capitalista. Esta es una teoría completamente falsa, porque el capital monopolista que domina esta sociedad no exige simplemente ganancias, sino el máximo de ganancias. Georges Marchais habla asimismo de la exportación de capitales, pero no dice que está exportación es un medio para explotar bárbaramente no sólo a los obreros de las metrópolis, sino también a los obreros de los países atrasados o en vías de desarrollo. La exportación de capitales se ha convertido actualmente en rasgo fundamental del neocolonialismo.

Georges Marchais llega al punto de afirmar que en las situaciones actuales «el imperialismo está obligado a buscar nuevas soluciones internacionales, acordes a las situaciones de los pueblos». ¡Cuán humanitario resulta ser este imperialismo que supuestamente actúa según las necesidades de los pueblos! Pero el imperialismo continúa siendo imperialismo y no cambia con una verborrea y con análisis propios de sofistas. Con estas prédicas, los revisionistas eurocomunistas franceses no hacen sino ayudar al imperialismo, embelleciéndolo, difundiendo y alimentando la ilusión de que aspira a rehacer un mundo nuevo.

Considerando como infundada y una calumnia la acusación de que los revisionistas franceses quieren acabar con los ricos, Georges Marchais, en toda una intervención en el XXIIº Congreso del Partido Comunista Francés, llega a decir sin tapujos que desean que exista la propiedad privada, que exista la burguesía media con todas sus propiedades, que exista el campesinado propietario de tierras; que sólo desean que las riquezas comunes del Estado sean nacionalizadas y administradas por el pueblo. Estas estructuras capitalistas que defiende Marchais las defiende también la socialdemocracia. En este caso tiene razón para enojarse con los que le acusan de no ser enteramente fiel a la burguesía, en la misma medida en que lo son sus hermanos socialdemócratas.

A comienzos del año 1979, Georges Marchais escribía:

«Queremos una democracia social, una democracia económica, una democracia política y deseamos seguir adelante hasta una transformación radical de las relaciones sociales, que permitan al pueblo de Francia vivir en un socialismo democrático, de autogestión». (Georges Marchais; L'Humanité, 13 de Enero de 1979)

Así pues, Marchais se presenta también como el continuador de Tito, el cual ha llevado a la práctica en Yugoslavia precisamente las teorías anarcosindicalistas de Proudhon y de Bakunin sobre la «autogestión obrera», teorías recordemos, severamente condenadas por Marx y posteriormente por Lenin. Ahora Georges Marchais, bajo el disfraz del marxismo «creador», pero sin «dignarse» a utilizar jamás las palabras de los grandes maestros del marxismo, no se atreve a defender abiertamente los puntos de vista antimarxistas de Proudhon ni afirma que es su continuador. Pero, defendiendo la «autogestión» no hace más que cambiar los términos de la teoría pequeñoburguesa de Proudhon, al mismo tiempo que la desarrolla.

Los dirigentes del Partido Comunista Francés hablan mucho sobre los salarios y plantean el problema de la lucha reformista por el aumento de los mismos. Es preciso reforzar el poder adquisitivo de los trabajadores y sus familias, remunerando más a los que reciben menos, dicen ellos. Hay que intensificar las medidas orientadas a reducir la desigualdad en los ingresos y las remuneraciones. Se debe reducir la jerarquía de los asalariados de abajo arriba. Los revisionistas plantean esos problemas porque en los momentos actuales el aumento de los salarios representa una reivindicación general de las masas.

Georges Marchais se sorprende y pregunta cómo es posible que exista un fenómeno tal, es decir que los trabajadores y los ancianos no tengan la posibilidad de vivir debidamente, y no tengan derecho de hablar por la radio y la televisión.

Todos estos derechos deben ganárselos, dice él. «Mi Partido ha luchado y lucha por la elevación de los salarios, la reducción de los impuestos, porque el parlamento no sea como el actual, al que se le han impuesto condiciones intolerables de funcionamiento y se le han reducido las prerrogativas». Limitando la lucha de la clase obrera sólo a las reivindicaciones diarias, los revisionistas franceses soslayan las enseñanzas de Marx, el cual había explicado que, de forma enmascarada, los salarios encubren la explotación de los obreros por los capitalistas, los cuales se apropian de una parte del trabajo, precisamente del trabajo no remunerado de los obreros que crea la plusvalía para el capitalista. Intencionadamente no hablan sobre el pensamiento de Marx, el cual señala que la solución del problema no reside en el aumento de los salarios ni en su equiparación como creía Proudhon, este reformista clásico. Marx recalcaba que limitar la lucha de la clase obrera únicamente a los salarios, no es más que un intento destinado a prolongar la esclavitud de los asalariados. Sólo la supresión definitiva de la explotación de los obreros asalariados, dice Marx, constituye la solución justa y radical del problema.

Los revisionistas franceses dejan en la oscuridad la teoría de Marx relativa al carácter social de la producción y al carácter capitalista, privado, de los medios de producción en el capitalismo, a las relaciones de producción entre las clases. No mencionan, intencionalmente, el hecho de que en lo referente a esta cuestión existen diferentes intereses de clase, que están continuamente en pugna entre sí para cambiar el carácter de la propiedad. Estos problemas los tratan de manera general, como simples asuntos económicos, al igual que lo hacían los teóricos del economismo. Su «teoría» no es la teoría de Marx, sino la «teoría» de los desviacionistas que sucedieron a Marx. Georges Marchais reduce la misión y la lucha del proletariado a una lucha por derechos económicos y no para derrocar el poder del capital. En la obra: «El manifiesto comunista» de 1848, Marx lanzaba el llamamiento: «¡Proletarios de todos los países, uníos!» Y ¿para qué? Para hacer la revolución. Mientras que Marchais dice: ¡Obreros, campesinos, burgueses, policías, soldados y oficiales, uníos para hacer reformas! Los revisionistas franceses consideran la noción «proletariado» como una noción romántica, como sólo un tema de poesías.

Los revisionistas franceses, en vez de luchar para que el proletariado se coloque al frente de la revolución y forje una estrecha alianza con las masas trabajadoras de la ciudad y del campo, se esfuerzan para que aquél se una en «otro bloque histórico» en «la unión de la izquierda», que es como llaman los revisionistas franceses a la colaboración con los partidos burgueses, o en el marco del «compromiso histórico», como la llaman a su modo los revisionistas italianos.

Esta teoría sobre las alianzas, los revisionistas franceses la desarrollan en base a su punto de vista, según el cual en el régimen capitalista actual los obreros: «ven cada día como mejoran sus condiciones de vida» y que: «el proletariado en la verdadera acepción de la palabra está desapareciendo». Esta es la tesis del revisionista Roger Garaudy, al que en vano mantienen marginado del partido revisionista francés. Da lo mismo que éste permanezca fuera o dentro del partido, si por ejemplo los dirigentes revisionistas del Partido Comunista Francés admiten en su danza también a los partidos burgueses para ir al socialismo. Aquí vegetan también Garaudy y compañía. La dirección revisionista francesa criticó y expulsó a Roger Garaudy del partido, no partiendo de posiciones de principio, sino porque se precipitó y enarboló la bandera de la «línea nueva», lo que, según el grado, correspondía a Marchais y a los otros líderes de un rango superior a aquél. Esta dirección actúa hoy de la misma manera también con Jean Elleinstein y Louis Althusser, los cuales exigen que se avance más deprisa en la vía revisionista. Pero, no cabe la menor duda que muy pronto la dirección del Partido Comunista Francés se conciliará y se unirá no sólo con Roger Garaudy y Jean Elleinstein, sino también con François Mitterrand, Michel Rocard y todos los socialdemócratas. No tiene ninguna importancia si en un comienzo pasarán por una «unión de la izquierda», por un «programa común» o por alguna otra fórmula. Desde el momento en que existen puntos de vista y fines idénticos, lo demás vendrá por sí solo.

Con sus teorías, los revisionistas en general y los revisionistas franceses en particular se oponen a que el Estado dirija la economía en el socialismo:

«Nosotros hoy luchamos contra este autoritarismo este centralismo asfixiante. Queremos, por el contrario, que las empresas estatales dispongan de autonomía de gestión, que los obreros, empleados, ingenieros y cuadros participen cada vez más activamente en aquélla. Asimismo queremos que las comunas, los departamentos y las regiones se conviertan en verdaderos centros de toma de decisiones y de gestión democrática». (Georges Marchais; Informe en el XXXIIº Congreso del Partido Comunista Francés, 1976)

Estos puntos de vista de los revisionistas y del Partido Comunista Francés coinciden enteramente con la línea de la «autogestión» yugoslava y el federalismo de Proudhon, el cual señalaba que: «debe existir sólo una democracia industrial, una anarquía positiva. Quien dice libertad dice federalismo o no dice absolutamente nada, quien dice república, dice federalismo o no dice propiamente nada, quien dice socialismo, dice federalismo o no dice nada». Por lo tanto, según Proudhon el principio federativo es aplicado en la economía y en la política. Puede ser que Georges Marchais no mencione estas cuestiones con los términos que ha empleado Proudhon, mas cuando habla de su «socialismo democrático» dice: «deseamos una sociedad buena, con justicia, con libertad, etc»., y pregunta si es justo que los obreros sean reprimidos por estas aspiraciones tan simples y que estas aspiraciones continúen siendo sólo un sueño.

Proudhon exigía democracia y libertad y, según él, éstas se podían conquistar muy fácilmente, se las podían arrebatar a los capitalistas con mucha facilidad. Marchais no se limita sólo a ello, sino que recalca que hace doscientos años los obreros gozaban de mayores libertades en la democracia burguesa, participaban en los asuntos del Estado y de las fábricas y, por último, se «indigna» por el hecho de que hoy no gozan de esta libertad. Pero Marchais no va más allá de esta indignación y no va más allá porque no quiere chocar con los capitalistas, porque quiere convivir en paz con ellos. Todo esto semeja un cuento destinado a los inocentes.

Marchais sostiene que, a través de las reformas, es posible que el proletariado, aun en las condiciones de la existencia del régimen capitalista, participe incluso en la dirección de la economía. Sueña y dice que en el marco de este régimen puede existir una democracia social, en la que todos los obreros sin excepción pueden aprovecharse de los bienes, puede existir una democracia política donde cada ciudadano ejerza su control, donde dirija esté verdaderamente en la dirección, en una palabra: «autogestión». ¿Acaso no es ésta la completa teoría de Proudhon?

En relación con su «socialismo democrático», Marchais aborda igualmente la cuestión de la propiedad y de la dirección planificada de la economía. La propiedad en esta sociedad la divide en estatal y en privada. Pero las propiedades que deja a los privados son colosales. Con esto viene a decirle a la burguesía en el poder: no nos acuséis en vano a los comunistas franceses, porque nosotros respetamos la propiedad privada, no estamos por la revolución proletaria, no estamos por «el puño en alto», sino por «tender la mano». Georges Marchais habla de las propiedades municipales, departamentales, regionales. No utiliza el término de Proudhon, «federalismo», pero es igual, la cuestión no cambia. Cuando dice: luchamos contra el autoritarismo y el centralismo asfixiante, Marchais, en oposición con las enseñanzas de Marx, Engels, Lenin y Stalin, entiende la lucha contra el centralismo democrático. También el plan, señala, debemos estructurarlo de manera democrática, y que en él participen no sólo los obreros y demás trabajadores, sino también aquellos que poseen propiedades.

Georges Marchais sabe que la planificación de la economía no es un método que puede ser aplicado en cada sistema social, ni que depende de los buenos deseos de los que se encuentran en la dirección del país. La planificación única y centralizada sólo es posible allí donde existe la plena dominación de la propiedad social sobre los medios de producción, que sólo es característica del socialismo. La propiedad privada de cualquier forma que sea, jamás se ha sometido ni se someterá a la planificación centralizada. Estas son verdades objetivas y no pueden cambiar sólo porque así lo desean Marchais y los otros «teóricos» eurocomunistas.

No sólo en Francia, sino en todos los países capitalista-revisionistas, el revisionismo moderno está atacando al marxismo-leninismo también en el terreno de la literatura y el arte, porque también con éstos busca envenenar y hacer degenerar a la gente. Los escritores, los poetas y los artistas revisionistas se han introducido por el camino de la degeneración burguesa. En la actualidad es difícil distinguir un Louis Aragon de una Simone de Beauvoir, un André Stil de una Françoise Sagan. Aquí no se trata de uniformidad de estilos ni de formas, sino del contenido y los fines idénticos de sus obras, que se inspiran en corrientes filosóficas antimarxistas para acabar saliendo en un mismo camino; combatir la revolución, aplacar los ánimos, convertirlos en «almas muertas», degeneradas en la misma medida.

Todos los «teóricos» revisionistas defienden las tesis de que Marx y Engels habrían dedicado un lugar muy reducido a la estética, por no decir que no le han dedicado la más mínima atención. Los estetas del Partido Comunista Francés van aún más lejos. Pretenden «confirmar» que Marx no se interesaba en absoluto por el arte o que era un ignorante en esta materia. En oposición a los hechos, pretenden que Marx: «no logró comprender qué es lo que hace que el arte tenga un valor eterno, independientemente de los momentos históricos, no logró comprender cómo el arte griego, ligado a la infraestructura de aquel tiempo, continúa emocionándonos». Tal deformación del pensamiento de Marx no es gratuita. Por un lado, pretenden hacer creer que no existe un pensamiento marxista sobre el arte, pensamiento que supuestamente están elaborando los revisionistas; por otro lado intentan negar el carácter de clase del arte y poner en tela de juicio si el arte: «forma parte de la superestructura o de la estructura, si es ideología o no, si está ligado o no a la clase y a la revolución», en qué medida y hasta qué punto, etc.

Una serie de «teóricos» del Partido Comunista Francés han sostenido diferentes opiniones sobre la literatura y el arte en períodos distintos, lo que ha causado confusión y caos en las filas del partido y de los militantes y bandazos en la misma creatividad literaria y artística de los escritores y artistas comunistas. En un determinado período el Partido Comunista Francés luchaba por que las creaciones se apoyaran en el arte popular, en el arte revolucionario, más tarde en el realismo socialista. Después, en las creaciones de los artistas comunistas penetraron corrientes antimarxistas.

La burguesía, con su arte decadente, influía no sólo en los militantes de base del partido comunista, sino también en los cuadros que se ocupaban de la agitación y propaganda. Estos elementos, influidos por este arte, teorizaban, deformaban e interpretaban de una manera retorcida a Lenin, el cual ponía de relieve que la revolución crea su arte, que los comunistas no rechazan el anterior patrimonio progresista del pueblo. Esta gente, asimismo, interpretaba de una forma revisionista y burguesa los criterios de Lenin, Stalin y Zhdánov de que los escritores y los artistas de la sociedad socialista deben ser libres en sus creaciones, que deben tener iniciativa personal, pero sin dejar nunca de ser realistas y de crear obras que sirvan realmente a la revolución y al socialismo.

Algunos estetas pseudomarxistas llegaron al punto de defender la tesis de que Lenin habría preconizado la libertad absoluta de creación. El filósofo antimarxista Roger Garaudy proclamó el: «realismo sin riberas». Otros defienden la tesis de que, cuando la literatura y el arte son dominados por la ideología, por el partido, no hay libertad, por lo tanto no hay creatividad.

Naturalmente, todo era de esperar en el terreno de la estética, cuando en el Partido Comunista Francés tenían influencia y posaban de comunistas gente como André Gide, André Malraux o Paul Nizan, que junto con Louis Aragon asistieron al primer congreso de los escritores soviéticos en Moscú, pero que finalmente traicionaron y llegaron a ser anticomunistas declarados. Tales «teóricos» en Francia, dentro y fuera del partido comunista, ni siquiera podían tener la idea del valor del arte apoyado en los principios del marxismo-leninismo. Estos elementos han tenido como objetivo separar el arte y la literatura de la política y la ideología, naturalmente de la política proletaria y de la ideología marxista. Se esforzaban por desbrozar el terreno a la propagación de la ideología y la política burguesas, al desarrollo del arte decadente, a las novelas psicoanalistas, sexuales, policíacas y pornográficas, de modo que los mercados, las librerías, las vitrinas, los teatros y cines se llenaran de obras de este género.

Tomemos a Pablo Picasso. Este era miembro del Partido Comunista Francés y murió siéndolo, pero jamás llegó a ser un marxista. Esto se refleja en sus obras. En cambio, el Partido Comunista Francés se sentía orgulloso de él, y la única crítica que le hizo fue a propósito de un garabato titulado el «Retrato de Stalin», que su amigo y compañero Louis Aragon publicó en el periódico Les lettres françaises, siendo su director.

El realismo socialista no fue apoyado con fuerza y convicción por el Partido Comunista Francés. Una parte de los escritores, filósofos y críticos, miembros del partido, como Marguerite Duras y Claude Roy desertaron. Después que Nikita Jruschov lanzara sus calumnias contra Stalin, el Partido Comunista Francés vaciló y los primeros que capitularon fueron esta clase de intelectuales. Este partido lanzó la consigna de la: «completa liberación en el arte y la cultura», y los antiguos defensores del realismo socialista como Louis Aragon, André Stil, André Wurmser no solamente cambiaron de camisa, sino que se vendieron en cuerpo y alma al revisionismo. Así, los literatos pseudocomunistas franceses empezaron a sentirse atraídos por los Lukács, los Kafka, los Sartre. En todo el partido se dio inicio a discusiones críticas en la plataforma que deseaba la burguesía como por ejemplo: «¿cuál debe ser la correlación entre literatura e ideología?» o también: «¿qué forma debe admitirse en el arte?: ¿el sectarismo en la interpretación o el eclecticismo oportunista?» Rolland Leroy como una «autoridad» resumió que: «no puede haber arte específicamente proletario, ni arte que sea enteramente revolucionario».

El Partido Comunista Francés, inmerso en el oportunismo y en el revisionismo, permitió que estas tesis antirrevolucionarias circulasen como aguas inmundas y se convirtiesen en tesis dominantes entre sus artistas y creadores.

Como conclusión podemos decir que en la literatura y el arte, la línea del Partido Comunista Francés ha tenido sus altibajos. Ha estado siempre en una situación de exenciones en cuanto a esto. Sus bandazos se originaban en la «ortodoxia» de la preservación de los principios, por un lado, y en la influencia directa o indirecta de la ideología burguesa en la literatura y el arte a través de sus intelectuales, por el otro.

Para el Partido Comunista Francés los intelectuales que trabajaban en el terreno de la creatividad artística han jugado por lo común un papel más bien negativo que positivo. Ellos, independientemente de su origen de clase, cursaban sus estudios e iban en busca de la «fama». Este partido jamás logró influirlos y dirigirlos a través de la ideología y la cultura proletaria. Para estos intelectuales del partido, lo importante era la libre creación, subjetiva, individual y nunca los verdaderos intereses del proletariado y de la revolución. Estos elementos vivían y trabajaban lejos de la clase obrera y separados de ella. La clase, para ellos, era la «economía», mientras que los intelectuales eran la «cabeza de Zeus» que debía dirigir a lo «económico». Los intelectuales franceses del partido habían crecido y se habían inspirado en la bohemia de Montparnasse, en la Closerie des Lilas, Pavillon de Flore, Bateau-Lavoir y en otros locales donde se entrecruzaban toda suerte de corrientes decadentes, de las cuales han surgido los Aragon, los Picasso, las Elsa Triolet y muchos otros amigos de los Lazareff, los Tristán Tzara, de los dadaístas, cubistas y de mil y una escuelas decadentes de literatura y arte. Esta tradición y este camino se prolongaron en el Partido Comunista Francés de manera ininterrumpida hasta que se llegó al XXIIº Congreso, donde el revisionista Georges Marchais sacó a flote toda la podredumbre antimarxista que el Partido Comunista Francés venía acumulando desde hacía tiempo.

En este congreso los revisionistas franceses salieron incluso oficialmente en contra del papel dirigente del partido de la clase obrera en el terreno del arte y contra el método del realismo socialista. Con el pretexto de luchar contra la «uniformidad», pretendieron que la cultura socialista debía ser abierta a todas las corrientes, a todo tipo de experimentos y creaciones.

El pseudomarxista Georges Marchais ha publicado en la obra que contiene su informe al XXIIº Congreso, también un verso escrito por Louis Aragon en el libro titulado: «Loco por Elsa» de 1963. Elsa era la mujer de Aragon. He aquí lo que dice Aragon, miembro del Comité Central del Partido Comunista Francés, en este verso:

«Qué siempre habrá guerras querellas/ Maneras de reyes y frentes prosternadas/ y el hijo de la mujer inútilmente nacido/ mieses destruidas siempre por las langostas/ Qué siempre los baños y la carne bajo la rueda/ La masacre siempre justificada con ídolos [y los ídolos son Marx, Engels, Lenin y Stalin - Anotación de E. H.]/ Siempre cadáveres cubiertos de este mantel de palabras/ La mordaza para la boca y para la mano el clavo/ Un día sin embargo un día vendrá color de naranja». (Louis Aragon; Loco por Elsa, 1963)

Así, Louis Aragon dice que él y su partido han renunciado al color rojo, al comunismo.

De esta manera, los revisionistas franceses echaron por la borda los principios de la teoría inmortal del marxismo-leninismo. Ahora este partido nada en un revisionismo mezclado con las viejas teorías utópicas bernsteinianas, proudhonistas, kautskianas, anarquistas. Haciendo causa común con la ideología de los otros partidos burgueses, lucha para que en Francia y en todas partes se cree la idea de que el marxismo es caduco y en su lugar aparezca en primer plano el eurocomunismo.

En 1968, en París se enfrentaron los estudiantes con las «fuerzas del orden». Estos enfrentamientos fueron aprovechados por los trotskistas, por Jean-Paul Sartre; teórico del existencialismo, por Simone de Beauvoir, Cohn Bendit, etc., para darles un tinte anarquista. Y en efecto se desarrollaron en medio de un gran desorden. El Partido Comunista Francés no participó. Pero ¿por qué no lo hizo? ¿Quizá porque en principio estaba en contra del anarquismo? Pienso que no es ésta la razón. Y es que este partido no quería hacer causa común con la juventud estudiantil que atacó al gobierno Charles De Gaulle. Fue este movimiento que de hecho obligó a De Gaulle a convocar el referéndum y al no salir vencedor, como esperaba, se retiró al «Colombey-les-Deux-Églises», donde murió.

El Partido Comunista Francés impidió que la clase obrera entrara en acción y asumiera la dirección de la rebelión. Contaba con fuerzas suficientes para hacer que el fuego se propagara a toda Francia y para estremecer, de no llegar a conquistar, el poder de los «príncipes» o, como lo llamaban en aquel entonces, el poder de los «barones». No hizo esto porque era partidario de seguir el mismo camino y los mismos métodos que hoy recomienda el revisionista pequeñoburgués Georges Marchais.

El Partido Comunista Francés pone grandes esperanzas en una «coalición de izquierdas», por la cual aunó sus esfuerzos con el partido socialista de François Mitterrand en las elecciones presidenciales francesas y en las elecciones parlamentarías. El Partido Comunista Francés y el Partido Socialista Francés llegaron a un cierto acuerdo, pero era coyuntural. No sólo no ganaron en las elecciones, sino que después de éstas y de la victoria de Giscard d'Estaing se notó que los amores entre comunistas y socialistas se habían enfriado, incluso comenzó una pugna entre ellos. Ni la gran burguesía, ni sus partidos, ni tampoco el partido socialista de Mitterrand hubieran consentido que un partido comunista, aún siendo de color de naranja, como lo califica Louis Aragon, participase en el gobierno de Francia. Esto no ocurrió en la época del frente popular, cuando al frente del partido socialista estaba Léon Blum, tampoco ocurre hoy estando a su cabeza François Mitterrand ni tampoco ocurrirá mañana con cualquier otro.

Los intereses de la burguesía capitalista francesa y los de las 200 familias, que Marchais ha reducido a 25 para hacer creer que actualmente se está ante un poder reaccionario exiguo, están estrechamente ligados entre sí para proteger sus privilegios, para proteger sus grandes propiedades y sus capitales, para aumentar las ganancias a costa del proletariado y de todos los trabajadores de Francia. Cierto que los socialistas tienen contradicciones con los otros partidos de la burguesía pero, cuando se da el caso en que el poder burgués es amenazado por el proletariado, entonces se llega a la unidad, pero no entre comunistas y socialistas, sino entre éstos y la burguesía. Esto es lo que pasa en Italia con el Partido Socialista Italiano, que se une al partido de la Democracia Cristiana, al Partido Liberal Italiano, al Partido Socialista Democrático Italiano, y no hace frente común ni siquiera con los «comunistas» togliattistas.

Pero aun suponiendo por un momento que un cartel de «izquierdas» llegue a tomar el poder en Francia, y aún siendo de color de naranja, esto para los comunistas franceses sería efímero y nada cambiaría. ¿Por qué? Porque así sucedió cuando Charles De Gaulle, para remediar sus dificultades, aceptó en el gobierno algunos comunistas con Maurice Thorez a la cabeza, a los cuales despidió una vez que los hubo utilizado como bomberos. ¿Y cuándo fue que hizo esto? En un momento en que el Partido Comunista Francés salía de la Segunda Guerra Mundial con no poca autoridad, como el único partido que había combatido de manera consecuente contra los ocupantes. Por eso las pretensiones que hoy tiene Georges Marchais de «tomar el poder y edificar el socialismo» basándose en la estrategia eurocomunista, en la ideología revisionista, proudhoniana, bernsteiniana, jamás se realizarán. Los cabecillas del Partido Comunista Francés a lo que más llegarán a convertirse en accionistas en la explotación del trabajo y el sudor del proletariado y del pueblo francés, a engrosar el cuerpo de bomberos de la revolución y a nada más.

Revisionismo sin ambages

Una particular atención debemos dedicarle a la línea de los revisionistas españoles, no porque éstos sean diferentes de los italianos o franceses, sino por el papel especial que han asumido, como voceros y globo cautivo de todos los revisionistas. Santiago Carrillo y sus compinches hablan sin tapujos, hablan abiertamente y, lo quieran o no los demás revisionistas, con los soviéticos a la cabeza, expresan la verdadera opinión del revisionismo moderno. Si los revisionistas soviéticos «critican» algunas veces a Carrillo, no lo hacen por sus ideas revisionistas traidoras, sino porque revela las opiniones y los objetivos de todos los revisionistas.

Santiago Carrillo es producto de la corrupta sociedad burgués-capitalista en putrefacción, es producto de la lumpen-intelectualidad al servicio de la burguesía capitalista.

El señor Carrillo ha residido en Francia y, por lo que parece, allí le han influido profundamente las podridas teorías antimarxistas, sartristas, anarquistas, trotskistas y quien sabe cuántas otras. Estas teorías las emplea ahora en sus discursos y entrevistas con los que llena las páginas de la prensa burguesa y sobre todo en su libro tan cacareado: «Eurocomunismo y Estado» de 1977. En esta «obra» completamente antimarxista, el secretario general del Partido Comunista de España ha hecho un resumen y una codificación de las tesis y los puntos de vista oportunistas de Palmiro Togliatti, Enrico Berlinguer, Georges Marchais, Nikita Jruschov, Tito y demás cabecillas del revisionismo moderno. Su principal objetivo es justificar su renuncia al marxismo-leninismo, atacar la idea de la revolución y del socialismo, legitimar el revisionismo.

Carrillo ha titulado su libro: «Eurocomunismo y Estado» escrito en 1977, para contraponerlo a la famosa y genial obra de Lenin «El Estado y la revolución», escrito en 1917, obra, en la que expuso la estrategia de la revolución socialista y del Estado de la dictadura del proletariado. El megalómano de Santiago Carrillo, con todo un amasijo de frases recogidas de uno y otro de los renegados del comunismo, tiene la pretensión de derribar uno de los monumentos más grandes del pensamiento marxista, como es la obra: «El Estado y la revolución» de 1917, obra-monumento, que la vida y la práctica revolucionarias han sancionado con el gran sello de la historia, haciéndolo inmortal.

Según el renegado de Carrillo, que pregona las tesis de los intelectuales pequeñoburgueses, hoy ya no es el proletariado la clase más revolucionaria de la sociedad que dirige la lucha por el socialismo, sino quien más y quien menos serían todas las clases y en primer lugar la intelectualidad. Pretende que el proletariado, en la época de Lenin, habría sido una clase atrasada, mientras en la actualidad, dice este renegado, la clase obrera es una clase avanzada y a su lado ha elevado su nivel de conciencia también la intelectualidad. En una palabra, también Santiago Carrillo se adhiere a las tesis del filósofo revisionista Roger Garaudy. Según Carrillo, hoy los comunistas deben conquistar el poder sin recurrir a la violencia, sin destruir el Estado burgués e instaurar la dictadura del proletariado, sino utilizando otras formas, de acuerdo con los cambios que ha sufrido el sistema capitalista. La actual sociedad burguesa contendría en sí el germen del socialismo, por eso no es el proletariado la única clase interesada en instaurar el socialismo.

Debemos comprender, dice Santiago Carrillo, que el actual Estado capitalista se ha transformado, y según él, esta transformación del Estado capitalista no la ven los demás; ahora bien, la mente de Carrillo sí la descubre. Y lo que descubre es una realidad imaginaria sobre la cual levanta su «teoría» de paja. El Estado capitalista, según él, ha estatizado una serie de empresas, que han tomado otras formas, diferentes de los viejos consorcios del capitalismo o del imperialismo. Estas empresas son administradas por el Estado más o menos de manera correcta a través de sus funcionarios, los cuales tienen una mentalidad burguesa. Ahora, para Carrillo, se trata únicamente de cambiar esta mentalidad y todo se arreglará. Esta mentalidad burguesa de los funcionarios, dice Carrillo, ha sufrido grandes cambios, pero hace falta trabajar aún más para que se eleve a un nivel que haga a sus portadores comprender la necesidad de realizar ulteriores reformas para ir al socialismo.

Santiago Carrillo intenta «demostrar» que el actual Estado de los países capitalistas no representa el poder de la burguesía, su aparato represivo para proteger su propiedad y su dominación, sino un poder por encima de las clases, de todas las clases. No consiguiendo hacer pasar lo negro por algo completamente blanco, admite que en todo caso existe una cierta preponderancia de la burguesía en este poder, que la considera una reminiscencia de las condiciones históricas en que ha surgido este poder, pero que en los actuales momentos puede remediarse.

¿Pero cómo se realizará esta transformación, cómo será suprimida esta preponderancia y creado el Estado del «socialismo democrático»? Se comprende, según él, que la teoría leninista, supuestamente válida para los tiempos del pasado, no puede ser aplicada dado que las condiciones socioeconómicas, etc., han cambiado. Ahora hace falta una nueva teoría que por suerte Carrillo ya tiene lista.

La propiedad sobre los medios de producción, dice él, ya no es sólo la que pertenece a la burguesía: a la par de aquélla existe también la propiedad estatal, que Carrillo considera «socialista», existe también la propiedad cooperativista, etc. El proletariado ha dejado de existir, puesto que se ha fusionado con toda la intelectualidad, con los empleados, los curas, los jueces, los gendarmes, etc. Entretanto los capitalistas se han reducido a un pequeño grupo de burgueses testarudos, que todavía se atienen a lo viejo. En estas condiciones, según Santiago Carrillo, hay que ir hacia la democratización, mediante reformas y a través de la educación, de las instituciones de la superestructura burguesa, que ya se han encauzado por este camino. Así pues, la única tarea que resta a los comunistas es la de acelerar este proceso.

Según el renegado de Santiago Carrillo, el conflicto entre las masas trabajadoras y el actual Estado burgués ha sufrido una radical transformación. Este conflicto ya no es el de antes, porque ahora el Estado sería un empresario que ya no defiende los intereses de la burguesía en su conjunto, sino sólo los de una fracción de la misma que controla los grandes grupos monopolistas. Por eso ahora, según él, este Estado no está en oposición únicamente con los proletarios avanzados, sino también de un modo directo, con clases y capas sociales más amplias, incluida una gran fracción de la propia burguesía. En el aparato del Estado, declara él, no sólo es posible penetrar, sino que ahora ya ha penetrado el elemento procedente de diferentes clases, que está en oposición con la gran oligarquía financiera y con el Estado empresario. Gracias a este «elemento progresista», el poder puede tomarse mediante reformas.

Para «fundamentar» estos sueños, Santiago Carrillo pone como ejemplo Italia, donde, como él dice, incluso la policía en Roma vota por el Partido Comunista Italiano. Con esto busca llegar a la conclusión de que también las fuerzas coercitivas y represivas de la burguesía capitalista han sufrido transformaciones. Según él, es cierto que muchas veces estas fuerzas actúan siguiendo los deseos del capital, pero esto lo harían traicionando su conciencia, porque cuando se les presenta la ocasión de expresar esta conciencia, sin exponerse ante el poder capitalista, actúan en oposición con la voluntad de este poder.

Lo mismo se puede decir de los tribunales.

Los tribunales, dice el eurocomunista español, aplican naturalmente las leyes de la burguesía, pero también allí ha comenzado a operarse una metamorfosis en la conciencia del cuerpo judicial.

En este mismo espíritu aborda también el problema de la religión y de la iglesia. La iglesia, dice él, ha cambiado, ha dejado de ser aquella vieja iglesia dogmática. Los propios clérigos son partidarios en la actualidad de un cambio en los dogmas, ya no se oponen a la ciencia, sino que están a su favor. Por eso, dadas sus nuevas convicciones, están por una vida muy distinta de la que antaño han recomendado y predicado el Evangelio y el Vaticano, habiendo éste evolucionado hacia una sociedad más progresista y más humana, hacia una sociedad en la que existe una democracia más amplia y más completa.

Según Santiago Carrillo también la iglesia ¡estaría dando su contribución en las transformaciones sociales hacia el socialismo! Apoyándose en esta fantasía, llega a la conclusión de que la alta jerarquía clerical, aún sin haber llegado a admitir el socialismo, el marxismo, como salida a los problemas del futuro, ha comenzado a poner en duda las capacidades del capitalismo. Declara que estrecha la mano a los clérigos, porque han realizado una evolución en sus dogmas, por eso los eurocomunistas deben rechazar sus «propios dogmas», es decir el marxismo-leninismo, para que sean más «progresistas» de lo que son la iglesia y el Vaticano.

La enseñanza, uno de los aparatos ideológicos más consistentes de la burguesía, no presenta para Carrillo ningún problema, puesto que ya estaría casi transformada. Pretende que actualmente la enseñanza, al adquirir un carácter masivo, ha cambiado también su contenido ideológico.

En lo que respecta a la familia, según Carrillo, ésta ha cambiado completamente su modo de vida y de pensar. Los niños de hoy, lejos de obedecer a sus padres, se oponen también a sus ideas. Se puede decir que mentalmente ya casi están viviendo en el socialismo.

En otras palabras, para Santiago Carrillo toda la sociedad capitalista se ha transformado, ya no es la sociedad de la época de Marx ni de la época de Lenin, ya no es el poder en putrefacción de 1917, cuando la gran Revolución Socialista de Octubre derribó al zarismo. Tanto la revolución de octubre en la Unión Soviética, como las demás revoluciones que triunfaron en otros países, Carrillo las relaciona con las guerras mundiales, profiriendo así una monstruosa calumnia contra los verdaderos revolucionarios, los cuales, según él, están por la guerra como medio para lograr el triunfo de la revolución. Es cierto que las guerras mundiales, exacerbando al extremo las contradicciones sociales y acrecentando de modo sin precedentes la miseria de las masas, incitan y aceleran el estallido de las revoluciones, como la única alternativa para evitar las guerras y salvarse del régimen que las engendra. Pero las guerras mundiales y las locales no son la causa de las revoluciones sociales. La causa más profunda de las revoluciones son las contradicciones del propio sistema capitalista, sobre todo el conflicto entre las viejas relaciones de producción y las nuevas fuerzas productivas, conflicto que puede ser resuelto, como lo ha confirmado la historia, incluso sin ser acompañado de guerras entre Estados.

El socialismo, declara Carrillo, no se puede relacionar con una conflagración mundial, porque una guerra de este tipo en nuestra época conduciría a la humanidad a su total destrucción. Así Santiago Carrillo no deja de asumir por otra parte el papel de propagandista del chantaje atómico del imperialismo. Siguiendo las huellas de Nikita Jruschov, declara que en las actuales condiciones, en que existe la bomba atómica, no son convenientes las revoluciones ni las luchas de liberación nacional, por el hecho de que pueden originar guerras atómicas y de las cuales ninguna de las partes saldría vencedora. Si estamos por un «mundo sin armas y sin guerras», entonces esta idea, dice Carrillo, llevémosla hasta el fin. Ya que queremos edificar un mundo sin guerras, como se dijo en el XXº Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, trabajemos para ello, no sólo exigiendo el desarme y pronunciando discursos pacifistas, sino también minando y saboteando en todas partes la revolución.

Por otra parte, según Carrillo, a la revolución violenta se le ha cerrado toda perspectiva, ya que el imperialismo estadounidense no iba a permitirla. Aquí Santiago Carrillo busca elevar a teoría su temor de pequeñoburgués, y transformar en norma su capitulación ante el imperialismo y la burguesía. Hace tiempo que el imperialismo, y no sólo el estadounidense, sino toda la reacción mundial, vienen amenazando con intervenir y aplastar toda revolución, lo que es parte constitutiva de la estrategia agresiva de los imperialistas estadounidenses y los demás imperialistas. Pero la historia ha demostrado que los pueblos se han lanzado a la revolución, se han enfrentado también a la intervención estadounidense, y han triunfado. Tomemos el ejemplo reciente de la revolución iraní. El imperialismo estadounidense recurrió a todo tipo de amenazas, pero no se atreve a intervenir directamente con las armas, pues sabe que, frente a la resuelta actitud del pueblo iraní, sufriría una derrota mayor de la que sufrió con su gendarme, el Shah, a quien había armado hasta los dientes y dotado de los medios más modernos.

Lo que es nuevo en las prédicas de Santiago Carrillo es que éste pregona y defiende la política imperialista, siembra el pánico y sirve a la reacción para propagar entre las masas la semilla de la desmoralización y de la capitulación. ¿Y a quién previene contra los extranjeros? Al heroico pueblo español que luchó con tanto valor y osadía, no sólo contra Franco, sino también contra la intervención armada de Hitler y de Mussolini, contra los socialistas como Léon Blum que sabotearon la revolución española y en cuyo discípulo se ha convertido hoy Santiago Carrillo.

A Carrillo le parece innecesario que la burguesía mantenga en pie un numeroso aparato policíaco y represivo. ¿Y para qué se necesita todo esto cuando la opinión pública no desea tal cosa? dice Carrillo. El poder de la oligarquía financiera y del capital, predica este nuevo cura cristiano, debe entenderse con los obreros. Las huelgas, según él, pueden proseguir, pero deben ser coordinadas y organizadas tanto por la patronal como por la representación obrera, es decir por la aristocracia obrera. Es muy fácil, dice Carrillo, que se entiendan los dirigentes con los obreros, que se renuncie a la arrogancia y al dictado. Para él, esto puede lograrse fácilmente y sin problemas, pero Carrillo hace sus cálculos sin contar con el amo, sin haber preguntado lo que piensan los que detentan el poder, los que tienen en sus manos los aparatos represivos, la máquina de propaganda, la iglesia, etc. Estos no se tragan las patrañas de Carrillo, pero le dan su apoyo para que invente conceptos tales y los difunda en el seno de la clase obrera y de las capas trabajadoras a fin de que éstas vivan de los sueños de Carrillo.

En lo que se refiere al ejército, el problema para Carrillo es muy simple. El ejército actual, escribe en su libro, debe transformarse no sólo en la base de exclusiva competencia de la derecha, sino también de la izquierda. Según Carrillo, esta política de los partidos comunistas hará que el ejército abandone la política de derecha y se pase en mayor medida al lado de la nación. Así, las dos juntas, la izquierda y la derecha, deben luchar y controlarse mutuamente y, a la manera tradicional, controlar también el Estado, ¡claro que no el Estado burgués, sino el Estado de Carrillo, el que se «va a crear» a través de las reformas!

Como conclusión de estos «análisis» sobre la actual sociedad capitalista y el Estado burgués, Santiago Carrillo, que presume de ideólogo y de teórico del eurocomunismo, elabora también su estrategia para ir al socialismo. La actual estrategia de los revolucionarios, indica Carrillo, no es derribar el poder de la burguesía, puesto que ésta ya no lo detenta, ni de subvertir las relaciones burguesas de producción, puesto que ya han cambiado. Lo único que debe hacerse es transformar de manera gradual y a través de reformas las instituciones políticas e ideológicas existentes, para adaptarlas a la realidad social, para que pasen a servir al pueblo.

El cabecilla de los revisionistas españoles predica que ahora es del todo viable transformar gradualmente la superestructura capitalista en socialista, sin cambiar su base. Esto es antidialéctico y está en oposición incluso con la más simple lógica. Pero lo que interesa a Carrillo son sus esquemas inventados y no la ciencia. Si adopta esta actitud, esto no es con la intención de indicar una salida a los problemas, sino de ofuscar su solución, meter al proletariado en caminos sin salida y errados apartarlo de la revolución.

Santiago Carrillo, como acabamos de señalar, se ha inspirado en todas las «teorías» de los jruschovistas, de los trotskistas, de Earl Browder y de mil y un traidores a la clase obrera. Pero pretende que se hable abiertamente, que se pongan los puntos sobre las «íes», en otras palabras, que se unifiquen las acciones con el capitalismo y el imperialismo mundial. En primer lugar, con argumentos supuestamente teóricos, llama a todos los revisionistas y pseudocomunistas del mundo a levantarse contra Marx, Engels, Lenin y Stalin. Deforma e interpreta a su antojo los escritos de Marx sobre los acontecimientos de 1848, sobre la insurrección de junio en Francia, sobre la comuna de París, y llega al punto de afirmar abiertamente que sus tesis traidoras las ha tomado de Trotski o de Kautsky. Al mencionar a estos conocidos renegados y adversarios del marxismo, ya desacreditados, muestra en qué pesebre ha metido sus hocicos y cuál es la fuente de sus descubrimientos «teóricos».

La total negación de la lucha de clases es la base de todas las ideas de Carrillo. Para él, todas las clases se encuentran juntas a la cabeza del actual poder burgués. Para Carrillo, la capa de los intelectuales lo es todo, es la más inteligente, la más instruida, la más capaz y la mejor administradora. Si se hubiesen afirmado estas cosas en la época en que vivían Marx, Engels y Lenin, declara el propio Carrillo, las hubieran considerado ideas utópicas. Nuestros clásicos no sólo hubieran considerado utopías estas ideas contrarrevolucionarias, sino que las hubieran calificado de traiciones, al igual que han calificado de traidores a los predecesores de Carrillo.

Santiago Carrillo es un revisionista que en su traición no conoce límites. Todos los revisionistas son traidores, pero de una u otra forma han tratado de encubrir su traición. Se han guardado de atacar de manera tan abierta a Marx, Engels, Lenin, mientras que a Stalin lo han atacado todos.

En su camino Santiago Carrillo va más lejos que Nikita Jruschov y que muchos otros. Jruschov, pese a haberlo intentado, no se atrevió a rehabilitar públicamente también a Trotski. Calificando a Stalin de criminal, condenando todos los juicios revolucionarios efectuados en la época de la construcción del socialismo en la Unión Soviética, Jruschov prácticamente rehabilitó a Lev Kámenev y a Grigori Zinóviev. Rehabilitó también a muchos otros traidores, desde László Rajk a otros de su especie. Sin embargo Santiago Carrillo está descontento con Jruschov. En su libro parece hacerle este reproche: «ya que has rehabilitado a esta gente tan buena, que Stalin hizo pasar por las armas, ya que has traicionado a Marx, a Engels y a Lenin, ¿por qué no has rehabilitado a tu padre Trotski» Así, Carrillo llama a rehabilitar a Trotski, a desarrollar una campaña para que sean reconocidos sus «méritos».

En otras palabras, Santiago Carrillo es un agente de los más rastreros y ordinarios del capitalismo mundial. Pero sus «teorías» no aportarán muchos beneficios al capitalismo, dado que, tal como son presentadas por Carrillo, desenmascaran en realidad el pseudomarxismo de los revisionistas modernos, Carrillo, por un lado, sirve al imperialismo y al capitalismo mundial, porque sé opone a la revolución, niega las ideas marxista-leninistas que inspiran al proletariado y a los pueblos de todo el mundo, y, por el otro, arranca las máscaras y desenmascara a los otros revisionistas modernos, pone al descubierto sus verdaderos objetivos ante los ojos del proletariado y de los pueblos.

Santiago Carrillo, secretario general del Partido Comunista de España, es un revisionista bastardo de bastardos. Ha tomado del revisionismo moderno lo que de más vil y contrarrevolucionario tenía y se ha convertido en apologista de la traición y de la completa capitulación». (Enver HoxhaEurocomunismo es anticomunismo, 1980)

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

«¡Pedimos que se evite el insulto y el subjetivismo!»