«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

domingo, 19 de junio de 2016

El método; Stalin, 1924


«He dicho más arriba que entre Marx y Engels, de una parte, y Lenin, de otra, media todo un período de dominio del oportunismo de la II Internacional. Para ser exacto, debo añadir que no se trata aquí de un predominio formal del oportunismo, sino de un dominio efectivo. En apariencia, al frente de la II Internacional se encontraban marxistas «fieles», «ortodoxos»: Kautsky y otros. Sin embargo, la labor fundamental de la II Internacional seguía, en la práctica, la línea del oportunismo. Los oportunistas, por su innato espíritu de adaptación y su naturaleza pequeñoburguesa, se amoldaban a la burguesía; los «ortodoxos», a su vez, se adaptaban a los oportunistas, para «mantener la unidad» con ellos, en aras de la «paz en el partido». Resultaba de todo esto el dominio del oportunismo, pues la política de la burguesía y la de los «ortodoxos» eran eslabones de una misma cadena.

Fue ése un período de desarrollo relativamente pacífico del capitalismo, el período de anteguerra, por decirlo así, en que las contradicciones catastróficas del imperialismo no habían llegado aún a revelarse en toda su evidencia; un período en que las huelgas económicas de los obreros y los sindicatos se desenvolvían más o menos «normalmente»; en que se obtenían triunfos «vertiginosos» en la lucha electoral y en la actuación de las fracciones parlamentarias; en que las formas legales de lucha se ponían por las nubes y se creía «matar» al capitalismo con la legalidad; en una palabra, un período en el que los partidos de la II Internacional iban echando grasa y no querían pensar seriamente en la revolución, en la dictadura del proletariado, en la educación revolucionaria de las masas.

En vez de una teoría revolucionaria coherente, tesis teóricas contradictorias y fragmentos de teorías divorciadas de la lucha revolucionaria viva de las masas y convertidas en dogmas caducos. Naturalmente, para guardar las formas se invocaba la teoría de Marx, pero con el fin de despojarla de su espíritu revolucionario vivo.

En vez de una política revolucionaria un filisteísmo fláccido y una politiquería de practicismo mezquino, diplomacia parlamentaria y combinaciones parlamentarias. Naturalmente, para guardar las formas se adoptaban resoluciones y consignas «revolucionarias», pero con el único fin de meterlas bajo el tapete.

En vez de educar al partido y de enseñarle una táctica revolucionaria acertada, a base del análisis de sus propios errores, se eludían meticulosamente los problemas candentes, se los velaba y encubría. Naturalmente, para guardar las formas hablaban a veces de los problemas candentes, pero era con el fin de terminar el asunto con cualquier resolución «elástica».

He ahí cuáles eran la fisonomía, los métodos de trabajo y el arsenal de la II Internacional.

Entretanto, se acercaba un nuevo período de guerras imperialistas y de batallas revolucionarias del proletariado. Los antiguos métodos de lucha resultaban, a todas luces, insuficientes y precarios ante la omnipotencia del capital financiero.

Se imponía revisar toda la labor de la II Internacional, todo su método de trabajo, desarraigando el filisteísmo, la estrechez mental, la politiquería, la apostasía, el socialchovinismo y el socialpacifismo. Se imponía revisar todo el arsenal de la II Internacional, arrojar todo lo herrumbroso y todo lo caduco y forjar nuevas armas. Sin esta labor previa, no había que pensar en lanzarse a la guerra contra el capitalismo. Sin esto, el proletariado corría el riesgo de encontrarse, ante nuevas batallas revolucionarias, mal armado o, incluso, inerme.

El honor de llevar a cabo la revisión general y la limpieza general de los establos de Augías de la II Internacional correspondió al leninismo.

Tales fueron las circunstancias en que nació y se forjó el método del leninismo.

¿Cuáles son las exigencias de este método?

Primera: comprobar los dogmas teóricos de la II Internacional en el fuego de la lucha revolucionaria de las masas, en el fuego de la práctica viva; es decir, restablecer la unidad, rota, entre la teoría y la práctica, terminar con el divorcio entre ellas, porque sólo así se puede crear un partido verdaderamente proletario, pertrechado de una teoría revolucionaria.

Segunda: comprobar la política de los partidos de la II Internacional, no por sus consignas y sus resoluciones –a las que no se puede conceder ningún crédito–, sino por sus hechos, por sus acciones, pues sólo así se puede conquistar y merecer la confianza de las masas proletarias.

Tercera: reorganizar toda la labor de partido, dándole una orientación nueva, revolucionaria, con el fin de educar y preparar a las masas para la lucha revolucionaria, pues sólo así se puede preparar a las masas para la revolución proletaria.

Cuarta: la autocrítica de los partidos proletarios, su instrucción y educación mediante el análisis de los propios errores, pues sólo así se pueden formar verdaderos cuadros y verdaderos dirigentes de partido.

Tales son los fundamentos y la esencia del método del leninismo.

¿Cómo se ha aplicado este método en la práctica?

Los oportunistas de la II Internacional tienen varios dogmas teóricos, de los cuales arrancan siempre. He aquí algunos de ellos.

Primer dogma: sobre las condiciones de la toma del poder por el proletariado. Los oportunistas afirman que el proletariado no puede ni debe tomar el poder si no constituye la mayoría dentro del país. No se aduce ninguna prueba, pues no hay forma de justificar, ni teórica ni prácticamente, esta absurda tesis. Admitamos que sea así, contesta Lenin a los señores de la II Internacional. Pero, si se produce una situación histórica –guerra, crisis agraria, etc.–, en la cual el proletariado, siendo una minoría de la población, tiene la posibilidad de agrupar en torno suyo a la inmensa mayoría de las masas trabajadoras, ¿por qué no ha de tomar el poder? ¿Por qué el proletariado no ha de aprovechar una situación internacional e interior favorable, para romper el frente del capital y acelerar el desenlace general? ¿Acaso no dijo ya Marx, en la década del 50 del siglo pasado, que la revolución proletaria en Alemania podría marchar «magníficamente» si fuera posible apoyarla, digámoslo así, con una «segunda edición de la guerra campesina»? ¿No sabe, acaso, todo el mundo que en Alemania había en aquel entonces relativamente menos proletarios que, por ejemplo, en Rusia en 1917? ¿Acaso la experiencia de la revolución proletaria rusa no ha puesto de manifiesto que este dogma predilecto de los héroes de la II Internacional no tiene la menor significación vital para el proletariado? ¿Acaso no es evidente que la experiencia de la lucha revolucionaria de las masas rebate y deshace ese dogma caduco?

Segundo dogma: el proletariado no puede mantenerse en el poder si no dispone de suficientes cuadros, de hombres ilustrados y de administradores ya hechos, capaces de organizar la gobernación del país. Primero hay que preparar estos cuadros bajo el capitalismo, y luego, tomar el poder. Admitámoslo, contesta Lenin. Pero ¿por qué no se pueden hacer las cosas de modo que primero se tome el poder, se creen las condiciones favorables para el desarrollo del proletariado, y luego se avance a pasos agigantados para elevar el nivel cultural de las masas trabajadoras, para preparar numerosos cuadros dirigentes y administrativos de procedencia obrera? ¿Acaso la experiencia de Rusia no ha demostrado que bajo el poder proletario los dirigentes de procedencia obrera se forman de un modo cien veces más rápido y mejor que bajo el poder del capital? ¿Acaso no es evidente que la experiencia de la lucha revolucionaria de las masas también deshace implacablemente este dogma teórico de los oportunistas?

Tercer dogma: el método de la huelga general política es inaceptable para el proletariado, ya que resulta teóricamente inconsistente –ver la crítica de Engels–, prácticamente peligroso –puede desorganizar la marcha normal de la vida económica del país y puede dejar vacías las cajas de los sindicatos– y no puede sustituir a las formas parlamentarias de lucha, que constituyen la forma principal de la lucha de clase del proletariado. Bien, contestan los leninistas. Pero, en primer lugar, Engels no criticó toda huelga general, sino un determinado tipo de huelga general: la huelga general económica de los anarquistas, preconizada por éstos en sustitución de la lucha política del proletariado. ¿Qué tiene que ver con eso el método de la huelga general política? En segundo lugar, ¿quién ha demostrado, y dónde, que la forma parlamentaria de lucha sea la forma principal de lucha del proletariado? ¿Acaso la historia del movimiento revolucionario no demuestra que la lucha parlamentaria no es más que una escuela y una ayuda para la organización de la lucha extraparlamentaria del proletariado, y que, bajo el capitalismo, las cuestiones fundamentales del movimiento obrero se dirimen por la fuerza, por la lucha directa de las masas proletarias, por su huelga general, por su insurrección? En tercer lugar, ¿de dónde se ha tomado eso de la sustitución de la lucha parlamentaria por el método de la huelga general política? ¿Dónde y cuándo han intentado los partidarios de la huelga general política sustituir las formas parlamentarias de lucha por las formas extraparlamentarias? En cuarto lugar, ¿acaso la revolución rusa no ha demostrado que la huelga general política es una gran escuela de la revolución proletaria y un medio insustituible para movilizar y organizar a las más amplias masas del proletariado en vísperas del asalto a la fortaleza del capitalismo? ¿A qué vienen esas lamentaciones de filisteo sobre la desorganización de la marcha normal de la vida económica y sobre las cajas de los sindicatos? ¿Acaso no es evidente que la experiencia de la lucha revolucionaría destruye también este dogma de los oportunistas?

Y así sucesivamente.

Por eso Lenin decía que:

«La teoría revolucionaria no es un dogma». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo, 1920)

Y que:

«Sólo se forma definitivamente en estrecha relación con la experiencia práctica de un movimiento verdaderamente de masas y verdaderamente revolucionario». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo, 1920)

Porque la teoría debe servir a la práctica, porque:

«La teoría debe dar respuesta a las cuestiones planteadas por la práctica». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Quienes son los «amigos del pueblo» y como luchan contra los socialdemócratas, 1894)

Porque debe contrastarse con hechos de la práctica.

En cuanto a las consignas políticas y a los acuerdos políticos de los partidos de la II Internacional, basta recordar la historia de la consigna de «guerra a la guerra» para comprender toda la falsedad y toda la podredumbre de la práctica política de estos partidos, que encubren su obra antirrevolucionaria con pomposas consignas y resoluciones revolucionarias. Todo el mundo recuerda las aparatosas manifestaciones hechas por la II Internacional en el Congreso de Basilea, en las que se amenazaba a los imperialistas con todos los horrores de la insurrección, si se decidían a desencadenar la guerra, y en las que se lanzó la temible consigna de «guerra a la guerra». Pero ¿quién no recuerda que, poco tiempo después, ante el comienzo mismo de la guerra, la resolución de Basilea fue metida bajo el tapete, dándose a los obreros una nueva consigna: la de exterminarse mutuamente para mayor gloria de la patria capitalista? ¿Acaso no es evidente que las resoluciones y las consignas revolucionarias no valen nada si no son respaldadas por los hechos? No hay más que comparar la política leninista de transformación de la guerra imperialista en guerra civil con la política de traición de la II Internacional durante la guerra, para comprender toda la trivialidad de los politicastros del oportunismo y toda la grandeza del método del leninismo.

No puedo por menos de reproducir aquí un pasaje del libro de Lenin: «La revolución proletaria y el renegado Kautsky», en el que Lenin fustiga duramente la tentativa oportunista del líder de la II Internacional Karl Kautsky de no juzgar a los partidos por sus hechos, sino por sus consignas estampadas sobre el papel y por sus documentos:

«Kautsky lleva a cabo una política típicamente pequeñoburguesa, filistea, imaginándose –e inculcando a las masas esta idea absurda– que con lanzar una consigna cambian las cosas. Toda la historia de la democracia burguesa denuncia esta ilusión: para engañar al pueblo, los demócratas burgueses han lanzado y lanzan siempre todas las «consignas» imaginables. El problema consiste en comprobar su sinceridad, en contraponer las palabras con los hechos, en no contentarse con frases idealistas o charlatanescas, sino en indagar su fondo de clase». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La revolución proletaria y el renegado Kautsky, 1918)

No hablo ya del miedo de los partidos de la II Internacional a la autocrítica de su costumbre de ocultar los errores, de velar los problemas espinosos, de disimular los defectos con una ostentación de falsa prosperidad que embota el pensamiento vivo y frena la educación revolucionaria del partido sobre la base del análisis de sus propios errores, costumbre que Lenin ridiculizó y puso en la picota. He aquí lo que en su folleto «La enfermedad infantil» escribía Lenin acerca de la autocrítica en los partidos proletarios:

«La actitud de un partido político ante sus errores es uno de los criterios más importantes y más seguros para juzgar la seriedad de ese partido y del cumplimiento efectivo de sus deberes hacia su clase y hacia las masas trabajadoras. Reconocer abiertamente los errores, poner al descubierto sus causas, analizar la situación que los ha engendrado y discutir atentamente los medios de corregirlos: eso es lo que caracteriza a un partido serio; en eso consiste el cumplimiento de sus deberes; eso es educar e instruir a la clase, y después a las masas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La revolución proletaria y el renegado Kautsky, 1918)

Hay quien dice que el poner al descubierto los errores propios y practicar la autocrítica es peligroso para el Partido, pues eso puede aprovecharlo el enemigo contra el Partido del proletariado. Lenin consideraba fútiles y completamente erróneas tales objeciones. He aquí lo que decía al respecto en su folleto «Un paso adelante» ya en 1904, cuando nuestro Partido era aún débil y pequeño:

«Ellos [es decir, los adversarios de los marxistas - Anotación de Stalin] observan con muecas de alegría maligna nuestras discusiones; procurarán, naturalmente, entresacar para sus fines algunos pasajes aislados de mi folleto, consagrado a los defectos y deficiencias de nuestro Partido. Los socialdemócratas rusos están ya lo bastante fogueados en el combate para no dejarse turbar por semejantes alfilerazos y para continuar, pese a ellos, su labor de autocrítica, poniendo despiadadamente al descubierto sus propias deficiencias, que de un modo necesario e inevitable serán enmendadas por el desarrollo del movimiento obrero». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Un paso adelante, dos pasos atrás, 1904)

Tales son, en general, los rasgos característicos del método del leninismo.

Lo que aporta el método de Lenin se encerraba ya, en lo fundamental, en la doctrina de Marx, que, según la expresión de su autor, es, «por su propia esencia, crítica y revolucionaria». Este espíritu crítico y revolucionario, precisamente, impregna desde el principio hasta el fin el método de Lenin. Pero sería erróneo suponer que el método de Lenin no es más que una simple restauración de lo aportado por Marx. En realidad, el método de Lenin no se limita a restaurar sino que, además, concreta y desarrolla el método crítico y revolucionario de Marx, su dialéctica materialista». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; Los fundamentos del leninismo, 1924)

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