«Querido señor Annenkov:
Hace ya mucho que hubiera recibido usted la respuesta a la suya del 1 de noviembre si mi librero me hubiese mandado antes de la semana pasada la obra del señor Proudhon «La Filosofía de la Miseria». La he leído por encima, en dos días, a fin de comunicarle a usted, sin pérdida de tiempo, mi opinión. Por haberla leído sin gran detenimiento, no puedo entrar en detalles, y me limito a hablarle de la impresión general que me ha producido. Si usted lo desea, podré extenderme al particular en otra carta.
Le confieso francamente que el libro me ha parecido, en general, malo, muy malo. Usted mismo ironiza en su carta refiriéndose al «jirón de la filosofía alemana» de que alardea el señor Proudhon en esta obra informe y presuntuosa, pero usted supone que el veneno de la filosofía no ha afectado a sus investigaciones económicas. Yo también estoy muy lejos de imputar a la filosofía del señor Proudhon los errores de sus investigaciones económicas. El señor Proudhon no nos ofrece una crítica falsa de la Economía Política porque sea la suya una filosofía ridícula; nos ofrece una filosofía ridícula porque no ha comprendido la situación social de nuestros días en su engranaje, si usamos esta palabra, que, como otras muchas cosas, el señor Proudhon ha tomado de Fourier.
¿Por qué el señor Proudhon habla de Dios, de la razón universal, de la razón impersonal de la humanidad, razón que nunca se equivoca, que siempre es igual a sí misma y de la que basta tener una idea acertada para ser dueño de la verdad? ¿Por qué el señor Proudhon recurre a un hegelianismo superficial para fingirse un pensador profundo?
El mismo señor Proudhon nos da la clave del enigma. Para el señor Proudhon la historia es una determinada serie de desarrollos sociales. El ve en la historia la realización del progreso. El estima, finalmente, que los hombres, tomados como individuos, no sabían lo que hacían, que se imaginaban de modo erróneo su propio movimiento, es decir, que su desarrollo social parece, a primera vista, una cosa distinta, separada, independiente de su desarrollo individual. El señor Proudhon no puede explicar estos hechos y recurre entonces a su hipótesis –verdadero hallazgo– de la razón universal que se manifiesta. Nada más fácil que inventar causas místicas, es decir, frases cuando se carece de sentido común.