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martes, 23 de marzo de 2021

¿Qué errores históricos debemos evitar en la cuestión educativa?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021


«[Marx] se entregó al desarrollo intelectual de la clase obrera que, con casi total seguridad, sería resultado de la acción combinada y la discusión mutua. Los propios eventos y vicisitudes de la lucha contra el capital, las derrotas incluso más que las victorias, no pudieron evitar recordar a los hombres la insuficiencia de sus panaceas preferidas, y pavimentar el camino para una comprensión más completa de las verdaderas condiciones de la emancipación de la clase trabajadora». (Friedrich Engels; Prólogo a la edición rusa del Manifiesto Comunista, 1882)

Casi ni sería necesario detenernos en explicar los éxitos de la experiencia soviética y su modelo educativo, ya que sus hitos están escritos con páginas doradas en la historia de la humanidad:

«El derecho de los trabajadores a tener acceso a todos los conocimientos y el deber del Estado de hacer efectivo el acceso a una educación completa y gratuita de estos». (Constitución de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, 1918)

Lo primero a destacar fueron las enormes campañas contra el analfabetismo de los años 20. En un lapso de diez años –1917-27– se enseñó a leer y escribir en torno a unos 10 millones de personas. Para 1936 se había logrado alfabetizar a nada más y nada menos que 40 millones de personas, dejando de ser un problema para finales de la década. En 1925 el coste nacional de la educación alcanzó el 12,36% del presupuesto nacional, en 1930 alcanzaría el 13,37%. Pero lo más importante: si en 1914 el número de escuelas primarias era de 104.610 y poco más de 7 millones de alumnos, en 1927 alcanzaron las 108.424 escuelas y casi 10 millones de alumnos. El número de profesores aumentó de 222.974 en 1922 a unos casi 400.000 en 1930. Por primera vez, se establecieron escuelas que enseñaban en el idioma nativo de las distintas repúblicas, consolidándose en escrito muchos idiomas que jamás habían tenido reglamentación oficial. 

jueves, 22 de noviembre de 2018

Makarenko sobre la autoridad y los niños


«En la conferencia anterior decíamos que la familia soviética difiere mucho de la burguesa. Ante todo, esa diferencia estriba en el carácter de la autoridad paterna. La sociedad confirió a los padres la misión de formar a los futuros ciudadanos de nuestra patria y la responsabilidad que ello comporta sirve de base al concepto que de su autoridad se forman los hijos. 

Sin embargo, sería incómodo recordar constantemente en el seno de la familia dicha atribución social. La educación infantil comienza en la edad en que ninguna demostración lógica ni alegato de derechos son posibles. Por último, el sentido mismo de la autoridad consiste justamente en que no exige demostraciones, en que se acepta como una dignidad indudable del mayor, cuyo valor y gravitación se imponen espontáneamente al espíritu del niño. 

El padre y la madre deben tener esta autoridad, pues sin ella es imposible educar. Sin embargo escuchamos con frecuencia la pregunta: ¿Qué hacer con el niño cuando no obedece? Pues precisamente este «no obedece» es una señal de que los padres carecen de autoridad sobre él. 

¿De dónde proviene la autoridad paterna, cómo se estructura? Los padres cuyos hijos «no obedecen» se inclinan a veces a pensar que la autoridad proviene de la naturaleza, que es una aptitud especial. Si se carece de ella, no hay nada que hacer, sólo resta envidiar al que la posee. Es un error. La autoridad puede formarse en cada familia, cosa que, por otra parte, no constituye una empresa difícil. 

Desgraciadamente hay padres que tratan de cimentarla en bases falsas. Su objetivo se reduce a que los hijos les obedezcan. Desde luego que se trata de un grave error. La autoridad y la obediencia no pueden erigirse como fines en sí mismas, ya que el único fin que se persigue es el de la educación correcta. La obediencia puede considerarse solamente como uno de los caminos hacia ese fin. Los que persiguen la obediencia por la obediencia misma son los padres que no comprenden, o no piensan, en los verdaderos fines de la educación. Fundan su tranquilidad en la obediencia de los hijos. Eso es lo que constituye su verdadero fin. Desde luego que en los hechos resulta siempre que ni la tranquilidad ni la obediencia perduran mucho. Una autoridad estructurada sobre bases falsas sirve solamente por poco tiempo, se extingue pronto; no quedan ni autoridad ni obediencia. A veces se logra la obediencia, pero los restantes fines de la educación quedan en el último plano: se forman, en verdad, hombres obedientes, pero débiles. 

Existen muchas clases de autoridad falsa. Examinaremos aquí más o menos detalladamente una decena. Confiamos en que después de este análisis será más fácil dilucidar las condiciones de la autoridad verdadera. 

Autoridad de la represión. Es la más temible, aunque no la más dañina. Los que sufren más con ella son los mismos padres. En los hechos, la autoridad de la represión se traduce en que el padre siempre grita y riñe, por cualquier insignificancia se desata en improperios, acude al palo o a la correa por cualquier motivo, responde a cada pregunta con una grosería y castiga cada culpa del niño. Semejante terror paterno mantiene atemorizada a toda la familia; no sólo a los niños, sino también a la madre. Es perjudicial porque, además de intimidar a los niños, convierte a la madre en un ser nulo, apto únicamente para ser sirvienta. No se requiere abundar en demostraciones de que semejante autoridad es dañina. No educa, sino que se limita a habituar a los niños a mantenerse lejos del terrible padre; engendra la mentira infantil y la cobardía y, al mismo tiempo, produce en el niño la aparición de la crueldad. Niños oprimidos y abúlicos se transforman más tarde en hombres insignificantes y despersonalizados, o en déspotas vengadores de una infancia oprimida durante toda su vida ulterior. Es la autoridad más salvaje y se encuentra solamente entre padres muy incultos; felizmente en los últimos tiempos se está extinguiendo.