
«En la conferencia anterior decíamos que la familia soviética difiere mucho de la burguesa. Ante todo, esa diferencia estriba en el carácter de la autoridad paterna. La sociedad confirió a los padres la misión de formar a los futuros ciudadanos de nuestra patria y la responsabilidad que ello comporta sirve de base al concepto que de su autoridad se forman los hijos.
Sin embargo, sería incómodo recordar constantemente en el seno de la familia dicha atribución social. La educación infantil comienza en la edad en que ninguna demostración lógica ni alegato de derechos son posibles. Por último, el sentido mismo de la autoridad consiste justamente en que no exige demostraciones, en que se acepta como una dignidad indudable del mayor, cuyo valor y gravitación se imponen espontáneamente al espíritu del niño.
El padre y la madre deben tener esta autoridad, pues sin ella es imposible educar. Sin embargo escuchamos con frecuencia la pregunta: ¿Qué hacer con el niño cuando no obedece? Pues precisamente este «no obedece» es una señal de que los padres carecen de autoridad sobre él.
¿De dónde proviene la autoridad paterna, cómo se estructura? Los padres cuyos hijos «no obedecen» se inclinan a veces a pensar que la autoridad proviene de la naturaleza, que es una aptitud especial. Si se carece de ella, no hay nada que hacer, sólo resta envidiar al que la posee. Es un error. La autoridad puede formarse en cada familia, cosa que, por otra parte, no constituye una empresa difícil.
Desgraciadamente hay padres que tratan de cimentarla en bases falsas. Su objetivo se reduce a que los hijos les obedezcan. Desde luego que se trata de un grave error. La autoridad y la obediencia no pueden erigirse como fines en sí mismas, ya que el único fin que se persigue es el de la educación correcta. La obediencia puede considerarse solamente como uno de los caminos hacia ese fin. Los que persiguen la obediencia por la obediencia misma son los padres que no comprenden, o no piensan, en los verdaderos fines de la educación. Fundan su tranquilidad en la obediencia de los hijos. Eso es lo que constituye su verdadero fin. Desde luego que en los hechos resulta siempre que ni la tranquilidad ni la obediencia perduran mucho. Una autoridad estructurada sobre bases falsas sirve solamente por poco tiempo, se extingue pronto; no quedan ni autoridad ni obediencia. A veces se logra la obediencia, pero los restantes fines de la educación quedan en el último plano: se forman, en verdad, hombres obedientes, pero débiles.
Existen muchas clases de autoridad falsa. Examinaremos aquí más o menos detalladamente una decena. Confiamos en que después de este análisis será más fácil dilucidar las condiciones de la autoridad verdadera.
Autoridad de la represión. Es la más temible, aunque
no la más dañina. Los que sufren más con ella son
los mismos padres. En los hechos, la autoridad de la represión
se traduce en que el padre siempre grita y riñe,
por cualquier insignificancia se desata en improperios,
acude al palo o a la correa por cualquier motivo, responde
a cada pregunta con una grosería y castiga cada culpa
del niño. Semejante terror paterno mantiene atemorizada
a toda la familia; no sólo a los niños, sino también a la madre. Es perjudicial porque, además de intimidar a los
niños, convierte a la madre en un ser nulo, apto únicamente
para ser sirvienta. No se requiere abundar en demostraciones
de que semejante autoridad es dañina. No
educa, sino que se limita a habituar a los niños a mantenerse
lejos del terrible padre; engendra la mentira infantil
y la cobardía y, al mismo tiempo, produce en el niño la
aparición de la crueldad. Niños oprimidos y abúlicos se
transforman más tarde en hombres insignificantes y despersonalizados,
o en déspotas vengadores de una infancia
oprimida durante toda su vida ulterior. Es la autoridad
más salvaje y se encuentra solamente entre padres muy
incultos; felizmente en los últimos tiempos se está extinguiendo.