viernes, 12 de abril de 2019

Lenin exponiendo el abstencionismo parlamentario de Bordiga


«El camarada Bordiga quería, por lo visto, defender aquí el punto de vista de los marxistas italianos; pero, sin embargo, no ha contestado ni a uno solo de los argumentos aducidos aquí por otros marxistas en defensa de la actividad parlamentaria.

El camarada Bordiga ha reconocido que la experiencia histórica no se crea artificialmente. Acaba de decirnos que es preciso trasladar la lucha a otro terreno. ¿No sabe, acaso, que toda crisis revolucionaria va acompañada de una crisis parlamentaria? Ha dicho, es cierto, que la lucha debe ser trasladada a otro terreno, a los sóviets. Pero el propio camarada Bordiga ha reconocido que los sóviets no pueden ser creados artificialmente. El ejemplo de Rusia demuestra que los sóviets pueden ser organizados o durante la revolución o inmediatamente antes de la revolución. Ya en tiempos de Kerenski, los sóviets –exactamente, los sóviets mencheviques– fueron organizados de tal manera que no podían en modo alguno formar parte del poder proletario. El parlamento es un producto del desarrollo histórico que no podremos suprimir de la vida mientras no seamos tan fuertes que estemos en condiciones de disolver el parlamento burgués. Únicamente siendo miembro del parlamento burgués se puede, partiendo de las condiciones históricas concretas, luchar contra la sociedad y el parlamentarismo burgueses. El mismo medio que emplea la burguesía en la lucha debe ser empleado también por el proletariado, como es natural, con fines completamente distintos. No puede usted afirmar que esto no es así, y si quiere impugnarlo, tendrá que tachar de un plumazo la experiencia de todos los acontecimientos revolucionarios del mundo.

Ha dicho usted que los sindicatos son también oportunistas, que también ellos representan un peligro; pero, por otro lado, ha dicho que es preciso hacer una excepción con los sindicatos, pues son una organización obrera. Mas eso es justo sólo hasta cierto punto. También en los sindicatos hay elementos muy atrasados. Una parte de la pequeña burguesía proletarizada, los obreros atrasados y los pequeños campesinos, todos esos elementos piensan, efectivamente, que en el parlamento están representados sus intereses; hay que luchar contra eso actuando en el parlamento y mostrando con hechos la verdad a las masas. A las masas atrasadas no se las puede convencer con la teoría: necesitan la experiencia.

Lo hemos visto también en Rusia. Nos vimos obligados a convocar la Asamblea Constituyente, después ya de haber triunfado el proletariado, para demostrar al obrero atrasado que a través de ella no conseguiría nada. Para comparar una y otra experiencia tuvimos que contraponer concretamente los sóviets a la Constituyente y presentarle los sóviets como la única salida.

El camarada Souchy, que es sindicalista revolucionario, ha defendido las mismas teorías, pero la lógica no está de su parte. Ha dicho que no es marxista y, por ello, se comprende que ocurra eso. Pero si usted, camarada Bordiga, afirma que es marxista, se le puede exigir más lógica. Hay que saber cómo se puede destruir el parlamento. Si puede usted hacerlo por medio de una insurrección armada en todos los países, eso estará muy bien. Usted sabe que nosotros hemos demostrado en Rusia, no sólo en teoría, sino también en la práctica, nuestra voluntad de destruir el parlamento burgués. Sin embargo, ha perdido de vista que eso es imposible sin una preparación bastante larga y que en la mayoría de los países no es posible todavía destruir de un solo golpe el parlamento. Nos vemos obligados a librar la lucha en el parlamento para destruir el parlamento. Usted sustituye con su voluntad revolucionaria las condiciones que determinan la línea política de todas las clases de la sociedad contemporánea y, por eso, olvida que nosotros, para destruir el parlamento burgués en Rusia, tuvimos primero que convocar la Asamblea Constituyente incluso después de nuestra victoria. Usted ha dicho: «Es cierto que la revolución rusa es un ejemplo que no corresponde a las condiciones de Europa Occidental». Pero no ha aducido ni un solo argumento de peso para demostrarlo. Nosotros pasamos por el período de la democracia burguesa. Pasamos por él rápidamente en unos momentos en que nos veíamos obligados a hacer agitación en favor de las elecciones a la Asamblea Constituyente. Y más tarde, cuando la clase obrera tuvo ya posibilidad de tomar el poder, los campesinos siguieron creyendo aún en la necesidad del parlamento burgués.

Tomando en consideración a estos elementos atrasados, tuvimos que convocar las elecciones y mostrar a las masas con un ejemplo, con hechos, que aquella Asamblea Constituyente, elegida durante la mayor indigencia general, no expresaba los anhelos y las demandas de las clases explotadas. Con ello, el conflicto entre el poder soviético y el poder burgués estuvo completamente claro no sólo para nosotros, para la vanguardia de la clase obrera, sino también para la inmensa mayoría del campesinado, para los empleados modestos, la pequeña burguesía, etc. En todos los países capitalistas existen elementos atrasados de la clase obrera que están convencidos de que el parlamento es el representante auténtico del pueblo y no ven que en él se emplean medios sucios. Se dice que el parlamento es un instrumento del que se vale la burguesía para engañar a las masas. Pero este argumento debe volverse contra vosotros y se vuelve contra vuestras tesis. ¿Cómo ponéis al desnudo ante las masas verdaderamente atrasadas y engañadas por la burguesía el verdadero carácter del parlamento? Si no entráis en él, ¿cómo vais a denunciar una u otra maniobra parlamentaria, la posición de este o aquel partido, si estáis fuera del parlamento? Si sois marxistas, deberéis reconocer que las relaciones entre las clases en la sociedad capitalista y las relaciones entre los partidos están estrechamente vinculadas. ¿Cómo, repito, demostraréis todo eso si no sois miembros del parlamento, si renunciáis a la labor parlamentaria? La historia de la revolución rusa ha mostrado claramente que habría sido imposible convencer con ningún argumento a las grandes masas de la clase obrera, del campesinado y de los empleados modestos si ellas mismas no se hubiesen convencido por propia experiencia.

Se ha dicho aquí que perdemos mucho tiempo participando en la lucha parlamentaria. ¿Es posible imaginarse una institución en la que todas las clases participen en la misma medida que en el parlamento? Eso no se puede crear artificialmente. Si todas las clases tienden a participar en la lucha parlamentaria es porque los intereses y los conflictos de clase se ven reflejados en el parlamento. Si fuera posible organizar de una vez en todas partes, pongamos por caso, una huelga general decisiva para derrocar de golpe el capitalismo, la revolución se habría producido ya en distintos países. Pero hay que contar con los hechos, y el parlamento es una palestra de la lucha de clases. El camarada Bordiga y quienes comparten sus puntos de vista deben decir la verdad a las masas. Alemania es el mejor ejemplo de que la minoría comunista en el parlamento es posible, y por eso deberíais haber dicho francamente a las masas: somos demasiado débiles para crear un partido con una organización fuerte. Esa hubiera sido la verdad que debería haberse dicho. Pero si hubieseis confesado esa debilidad vuestra a las masas, se habrían convertido no en adeptos vuestros, sino en vuestros adversarios, en partidarios del parlamentarismo.

Si decís: «Camaradas obreros, somos tan débiles que no podemos crear un partido suficientemente disciplinado que sepa obligar a los diputados a someterse al partido», los obreros os abandonarán, pues se dirán: «¿Cómo vamos a edificar la dictadura del proletariado con hombres tan débiles?».

Sois muy ingenuos si pensáis que el día de la victoria del proletariado los intelectuales, la clase media y la pequeña burguesía se harán comunistas.

Si no tenéis esa ilusión, deberéis preparar desde ahora al proletariado para hacer triunfar su línea. En ningún dominio de la labor estatal encontraréis una excepción de esta regla. Al día siguiente de la revolución veréis por todas partes abogados oportunistas que se llamarán comunistas y pequeñoburgueses que no reconocerán ni la disciplina del Partido Comunista ni la disciplina del Estado proletario. Jamás prepararéis la dictadura del proletariado si no preparáis a los obreros para crear un partido verdaderamente disciplinado que obligue a todos sus miembros a someterse a su disciplina. Creo que por eso no queréis reconocer que precisamente la debilidad de muchísimos partidos comunistas nuevos es lo que les obliga a negar la labor parlamentaria. Estoy convencido de que la inmensa mayoría de los obreros auténticamente revolucionarios nos seguirá y se pronunciará contra vuestras tesis antiparlamentaristas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Discurso pronunciado en el IIº Congreso de la Internacional Comunista,  2 de agosto de 1920)

Anotación de Bitácora (M-L):

En 1921, con el fascismo desplegando todo su esplendor represivo por Italia, a meses de constituirse oficialmente como partido y a un año de tomar el poder, Amadeo Bordiga, jefe fundador del Partido Comunista Italiano (PCI), aún se permitía el lujo de proclamar fanfarronamente que era: 

«Imposible establecer disciplina política dentro del grupo parlamentario fascista que lidera el movimiento fascista. Para ello, sería necesario un partido organizado. Y el fascismo no es un partido. Aquí reside la clave. El fascismo es, quizás, simplemente un método, sin nada nuevo ni potencial de renovación, un vulgar recurso del conservadurismo burgués». (Amadeo Bordiga; La rebelión fascista, 1921)

Tampoco veía diferencias entre socialdemócratas y fascistas:

«Los programas del fascismo deberían declarar que se trata de un movimiento «de tendencia socialdemócrata». Las propias declaraciones de Mussolini, o más bien aquellas que no encontraron oposición dentro de sus filas, lo confirman. (...) Los socialistas dirán que las reformas sociales y políticas que defiende el fascismo son una traición al proletariado; y esto es una prueba más de que el fascismo y la socialdemocracia son similares». (Amadeo Bordiga; La rebelión fascista, 1921)

En efecto, en sus primeros escritos como jefe del incipiente PCI, Bordiga, que según sus admiradores era un hombre muy formado y muy sabio, afirmaba con la confianza innata de un falso profeta, que la principal amenaza que se cernía sobre los suyos no era un golpe reaccionario en Italia:

«Repitamos un principio que nos caracteriza: no creemos en la posibilidad de un golpe de Estado de derecha, una revolución a la inversa, que pudiera darnos un régimen peor que el monárquico y parlamentario del que disfrutamos». (Amadeo Bordiga; El valor del aislamiento, 1921)

¡Qué va! El principal peligro era el colaborar con otros grupos antifascistas (sic):

«El mayor peligro para la preparación revolucionaria es entrar en una alianza, digamos con los republicanos o los socialistas, en una situación en la que, por ejemplo, digan que están de acuerdo con los comunistas en una postura defensiva contra los excesos fascistas, porque esto equivale a renunciar a nuestra tarea específica como partido, que consiste en hacer conscientes a las masas de las situaciones que se prepararán durante la lucha y de lo que estará en juego en la batalla suprema entre revolución y contrarrevolución». (Amadeo Bordiga; El valor del aislamiento, 1921)

Bordiga ideó un dilema inexistente para atemorizar a sus huestes: si el PCI apoyaba defender los derechos conquistados por los trabajadores, si colaboraba en objetivos antifascistas, tarde o temprano terminaría relajándose, olvidando sus objetivos ulteriores −como era acabar con el capitalismo−, por ende, terminaría cediendo a los aliados cuando estos señalasen que los comunistas se estaban pasando de la raya. De esa forma Bordiga convirtió una posibilidad de un fatalismo −pues ni los bolcheviques ni otros revolucionarios sufrieron tal contagio pese a colaborar con otras agrupaciones−:

«Si los comunistas, junto con otros movimientos políticos, lograran inmovilizar el fascismo mediante una acción de «defensa proletaria» en colaboración con otros elementos —y una vez alcanzado este objetivo—, aprovechando la derrota parcial del enemigo para avanzar en el derrocamiento del poder burgués, nuestros antiguos aliados, defensores del restablecimiento de la normalidad, nos verían lógicamente como los perturbadores y se convertirían en nuestros peores enemigos». (Amadeo Bordiga; El valor del aislamiento, 1921)

Evidentemente, actitudes de rechazo a las políticas de frente y colaboración con otras agrupaciones, igual que su abstencionismo parlamentario, le causó un choque constante con los jefes la Internacional Comunista (IC) y a la postre su sustitución en 1926 como Secretario General del PCI:

«Una posición de claro rechazo a la política de frente único −como en años precedentes− fue expuesta por Amadeo Bordiga, quien, entre otras cosas, declaró:

Si llamamos a la acción a un partido político no comunista, nos dirigimos a un órgano que no es capaz de apoyar los intereses de la clase obrera y con nuestra actitud le entregamos un certificado de capacidad de acción revolucionaria; con ello echamos por la borda todo nuestro trabajo de base, toda nuestra actividad dirigida a la preparación política de la clase obrera.

Su clara postura de rechazo al frente único no fue aceptada −hasta los izquierdistas alemanes se distanciaron de él−, pero fue característico de la atmósfera del congreso el hecho de que, precisamente después de esta frase de Bordiga, en la sala se elevara un estruendoso aplauso». (Miloš Hájek; Historia de la Tercera Internacional. La política de frente único (1921-1935), 1984)

En efecto, Bordiga reconoció que siempre prefirió lanzarse contra los socialistas que contra los fascistas:

«Nosotros, por otra parte, representábamos la pura tradición de la izquierda, nos resultaba más apropiado lanzarnos contra los socialistas que contra los fascistas». (Amadeo Bordiga; Entrevista en el Hotel Fagian, 1970)

En su vejez, también llegó a confesar sin problemas que su intención siempre fue, más que centrarse en neutralizar el fascismo, acabar con la reacción que este creó con el fenómeno del antifascismo. Ante la pregunta del entrevistador: «Como líder del Partido Comunista Italiano, se le acusó de subestimar la fuerza del fascismo en 1921, considerándolo un fenómeno burgués similar a otros anteriores, y por lo tanto, de no combatirlo con suficiente vigor cuando aún podía ser derrotado. ¿Por qué, especialmente contra socialistas, maximalistas y reformistas, que podrían haber sido aliados legítimos contra el fascismo?» Respondió:

«Hace muchos años, afirmamos sin dudarlo que el enemigo y el principal peligro no debía ser el fascismo, o peor aún, Mussolini como persona, sino que el mayor mal sería el antifascismo que el propio fascismo, con sus infamias y atrocidades, provocaría; un antifascismo que daría origen histórico al monstruo venenoso del gran bloque que abarca todas las gradaciones de la explotación capitalista y sus beneficiarios, desde los grandes plutócratas hasta las ridículas filas de la semiburguesía, los intelectuales y los secularistas». (Edek Osser; Entrevista con Amadeo Bordiga, 1970)

Los resultados de esta visión los bordiguistas lo conocerían bien pronto: ni crecimiento ni revolución, represión, diáspora y en algunos casos, colaboracionismo con el fascismo.

Mientras tanto, a mediados del año 1922, unos pocos días antes de que los escuadrones de las camisas negras comenzasen su despliegue para chantajear al rey Víctor Manuel III y al gobierno liberal de Luigi Facta, ¿qué estaban haciendo los bordiguistas desde su prensa? ¿Estaban alertando y advirtiendo al pueblo de tal desafío? No, estaban alardeando del fin de la «farsa fascista»:

«[Se] subestimó por completo al fascismo. Después de la gran concentración de cuarenta mil fascistas en Nápoles el 24 de octubre de 1922, el titular del periódico comunista «L'Ordine Nuovo» fue: «El fin de la farsa».  El día anterior a la Marcha sobre Roma, el mismo periódico publicó un artículo: «Maximalismo fascista», en el que predecía la inminente desintegración del fascismo». (Corrielle Della Sera; Entrevista a Emilio Gentile, 2022)

¿Se rectificó ante los militantes y simpatizantes por la negligencia y el daño causado? No, en un nuevo ejercicio de autoengaño pocas veces visto, un mes después de que las camisas negras hicieran la famosa Marcha sobre Roma (1922), tomasen posesión de los resortes del Estado y elevasen la vorágine de represión fascista sobre el PCI, ¡Bordiga aseguraba contra todo pronóstico que ahora podían trabajar mejor!

«En Turín, la sede de «Ordine Nuovo» fue ocupada y las armas allí almacenadas con fines defensivos fueron confiscadas. Sin embargo, el periódico ahora se publica en otro lugar. En Trieste, la policía confiscó la imprenta de «Lavoratore», pero este periódico también se publica ahora ilegalmente. Nuestro Partido aún tiene la oportunidad de trabajar abiertamente, y nuestra situación no es en absoluto crítica. (...) Ya les he dicho que la prensa opositora difundió la noticia falsa de la disolución de nuestro partido. (..) El compañero que llegó recientemente es uno de los líderes de una importante organización local del Partido, y su opinión, compartida por muchos otros militantes, es que de ahora en adelante podremos trabajar mejor». (Amadeo Bordiga; Informe sobre el fascismo, 16 de noviembre de 1922)

Bordiga incluso difundió la idea de que el fascismo no suponía un cambio sustancial, simplemente era un partido reaccionario más solo que con mayor eficacia organizativa y mejor astucia a la hora de ganarse a las masas con su demagogia social:

«El principal representante italiano del «extremismo de izquierda» sostuvo que el fascismo solo se diferenciaba de los partidos reaccionarios tradicionales por su eficacia y su organización, que, a diferencia de las de los antiguos partidos de derechas, estaban orientadas a ganarse a las masas. El fascismo había sido «iniciado y dirigido por la gran burguesía conservadora con la ayuda de la maquinaria estatal». Por tanto, la toma del poder estatal por los fascistas «no constituía un cambio revolucionario, sino un cambio en la dirección de las fuerzas de la burguesía». [7]». (John M.  Cammett; Las teorías comunistas del fascismo, 1920-1935, 1967)

En otra ocasión no mucho más afortunada, Bordiga aclaró una vez más que no veía sustancial diferencia entre la llegada al poder del fascismo y los gobiernos precedentes:

«Desde el punto de vista social, el fascismo no representa una conmoción. No posee ningún nuevo programa; no representa ni siquiera la negación histórica de los viejos métodos de gobierno de la burguesía; solo representa el final lógico y dialéctico completo de la fase precedente de gobiernos burgueses demócratas y liberales». (Amadeo Bordiga; Informe V Congreso de la Internacional Comunista, 1924)

¿Por qué un elemento de mentalidad anarquista, tan charlatán y tan nefasto como él permaneció durante tanto tiempo? Como reconocería en su momento Gramsci, Togliatti y otros, durante los primeros años del PCI se hicieron varias concesiones a Bordiga solo por su popularidad en aquel momento, por miedo a generar una escisión temprana −lo que indicaba que el PCI estaba a años luz de ser una organización bolchevizada−:

«En Roma aceptamos las tesis de Amadeo porque fueron presentadas como un dictamen para el IVº Congreso [de la Internacional Comunista (IC) en 1922] y no como un rumbo de acción. Creíamos que podíamos mantener unido al partido en torno a su núcleo fundamental, pensamos que se le podía hacer a Amadeo esta concesión, dado el enorme cargo que había tenido en la organización del partido: no lo lamentamos, políticamente hubiera sido imposible dirigir el partido sin la participación activa en la obra central de Amadeo y su grupo (...) Luego nos retiramos y era necesario asegurar que la retirada se realizara de manera ordenada, sin nuevas crisis y nuevas amenazas de escisión en el seno de nuestro movimiento, sin añadir nunca nuevos fermentos disruptivos a los que la propia derrota determinaba en el revolucionario movimiento». (G. De Regis; El «punto de inflexión» de la Internacional Comunista y el comunismo italiano, 1978)

Bordiga siguió oponiéndose a Lenin y la política de la IC en múltiples cuestiones, algo que molestó a Gramsci, quien le terminó sustituyendo como Secretario General del PCI, aunque él tampoco se había mostrado mucho más ducho en los primeros años, incluso habría creado teorías igualmente extrañas y pronósticos igualmente fallidos:

«
El camarada Bordiga se limita a defender una posición cautelosa sobre todas las cuestiones planteadas por la izquierda. Él no dice: la Internacional Comunista plantea y resuelve tal y tal pregunta de esta manera, pero la izquierda, en cambio, la plantea y la resuelve de esta otra manera. En cambio, dice: la forma en que la Internacional plantea y resuelve los problemas no me convence; temo que caiga en el oportunismo, no hay garantías suficientes contra esto, etc. Su posición, entonces, es de sospecha y duda permanentes. De esta manera, la posición de la «izquierda» es puramente negativa; expresan reservas sin especificarlas de forma concreta y, sobre todo, sin indicar de forma concreta su punto de vista, sus soluciones. Terminan difundiendo la duda y la desconfianza, sin construir nada. El artículo comienza con una hipótesis metafísica característica. El camarada Bordiga pregunta; ¿es posible excluir al 100% la posibilidad de que la Internacional Comunista caiga en el oportunismo? Pero también podemos preguntarnos si podemos descartar la posibilidad de que incluso el camarada Bordiga no se convierta en oportunista, que el Papa se convierta en ateo, que el industrial Ford se convierta en comunista, etc. (...) El camarada Bordiga dice a las células como tipo de organización del partido no puede garantizar por sí mismo su carácter político y garantizar contra la degeneración oportunista. Nosotros afirmamos que el tipo de organización por células asegura el carácter proletario del Partido Comunista mejor que cualquier otro tipo, y mejor que cualquier otro salvaguarda del oportunismo al partido. (...) En cuanto a su desacuerdo con Lenin, el camarada Bordiga se mantiene hábilmente en lo general, aunque no es específico. Las frases «Hemos discutido y criticado a Lenin y no estamos del todo convencidos con sus deducciones» y «Los reproches de Lenin no me han convertido» pueden tener un efecto en el pequeño burgués y encogerse de hombros, pero no desde luego entre los comunistas y los trabajadores revolucionarios». (Antonio Gramsci; Crítica estéril y negativa, 1925)

Como documentó el historiador húngaro Miloš Hájek, por aquel entonces la IC se vio envuelta en toda una serie de disputas internas en las sección alemana, francesa, polaca y checoslovaca en cuestiones como la del frente único del proletariado, el gobierno obrero, el trabajo parlamentario y otros temas. Para intentar salvar los muebles, Zinoviev, jefe de la IC, incluso planteó nombrar a Bordiga vicepresidente de dicho organismo, a lo que Manuilski accedió a proponer. ¿Por qué se planteó tal cosa? Uno, para que el «ala izquierda» de la IC tuviera un representante; dos, para atraerlo a las posiciones oficiales y alejarle de Trotski. Radek también secundó la idea y añadió que Bordiga junto a Brandler, eran de los más capaces de dirigir y que de esa forma la «izquierda y la derecha» estarían equilibradas en la IC. En resumen, si esta concesión si hubiera producido, hubiera sido un error fatal que seguramente hubiera hundido a la IC en un caos total.

Por otro lado, en cuanto a Gramsci, hay que decir que este, pese a pecar muchas veces de ser muy conciliador con él, en estos años acabó convirtiéndose en un firme opositor de Bordiga, como muestran los documentos oficiales. A su vez, la posición de Gramsci hacia Trotski jamás fue de apoyo a sus tesis principales, sino todo lo contrario:

«Finalmente, las lecciones deben extraerse de la cuestión de Trotski para nuestro partido. Antes de las últimas medidas disciplinarias, Trotski estaba en la misma posición en la que Bordiga se encuentra actualmente en nuestro partido: desempeñó un papel puramente figurativo en el Comité Central. Su posición creó una situación tendencialmente faccional, al igual que la actitud de Bordiga mantiene una situación objetivamente fraccional en nuestro partido. Aunque Bordiga es formalmente correcto, políticamente está equivocado. El Partido Comunista Italiano necesita recuperar su homogeneidad y abolir esta situación potencialmente fraccional. La actitud de Bordiga, como la de Trotski, tiene repercusiones desastrosas. Cuando un compañero con las cualidades de Bordiga se retira, se crea una desconfianza del partido entre los trabajadores, lo que lleva al derrotismo. Al igual que en Rusia, Cuando Trotski adoptó esta actitud, muchos trabajadores pensaron que todo estaba en peligro en Rusia. Afortunadamente, quedó claro que esto no era cierto». (Antonio Gramsci; Informe al Comitè Central del Partido comunista de Italia, 6 de febrero 1925)

El bordigismo, por el contrario, empezaría apoyando al trotskismo y acabaría con fundirse con él en varios puntos cardinales, como el concepto de partido menchevique con libertad de fracciones:

«Trotski no es alguien a quien debamos haber entregado al enemigo. (...) En la cuestión de la organización interna del partido, Trotski no apoyó la escisión sistemática ni la descentralización, sino una concepción marxista de la disciplina, ni mecánica ni asfixiante». (Amadeo Bordiga; La cuestión de Trotski, 1925)

Esto no quita que como ya hayamos comentado, en Gramsci existiesen evidentes debilidades en cuanto a comprender el carácter del fascismo y a dónde se conducía, así como la deriva que estaba adoptando el trotskismo en su intento de hegemonizar el Partido Bolchevique y la IC, como muestran sus cartas de 1926. Sin olvidar, por supuesto, todos sus bandazos y formulaciones extravagantes sobre cultura, historia o estrategia antifascista , muy alejadas de cualquier ortodoxia. Pero dejemos esto para otro momento.

En 1923 Bordiga fue cesado del Comité Ejecutivo de la IC (CEIC) por oponerse al frente único así como a negociar con los fusionistas socialistas que deseaban incorporarse al PCI y a la IC. En las elecciones de abril de 1924 rechazó encabezar la lista electoral del PCI, mostrando una vez más su falta de disciplina y no haber dejado de creer en sus convicciones abstencionistas. Durante el V Pleno del CEIC de marzo de 1925 se negó a ir a Moscú en protesta por las campañas de bolchevización iniciadas que le afectaban a él y su grupo. En cambio, más tarde intervino en la VI sesión plenaria ampliada del CECI, celebrada en febrero/marzo de 1926, donde junto a Togliatti pudo preguntar como parte de la delegación italiana a Stalin sobre la la economía de la URSS, luchas internas en el Partido Bolchevique o la estrategia y táctica de la IC. 

Evidentemente, los miembros del PCI no pudieron tolerar este tipo de nociones por mucho tiempo, especialmente cuando empezaron la campañas para destrotskizar las secciones de la IC, por lo que el bordiguismo empezó a ser visto con sospecha como una doctrina inmadura, infantil y semianarquista:

«En 1923-25, cuando nuestro Partido, sin haberse aún repuesto de los duros «golpes de la reacción, carecía de una línea política acertada, no estaba libre definitivamente del pesado lastre del bordiguismo y se encontraba en un estado de gran desorganización, Gramsci y Ercoli, sostenidos no ya sólo por el viejo grupo «Ordine Nuovo», sino por los mejores camaradas del Partido– Terracini, Scocimarro, Grieco y otros–, emprendieron una gran labor creadora para bolchevizar al Partido. Gramsci luchaba enérgicamente contra Bordiga que entonces dirigía al joven Partido y era teórico de la «minoría pura y valiente», y que luego se deslizó al campo de la contrarrevolución trotskista». (Guiseppe Amorette; Los héroes de la lucha antifascista en Italia, 1936)

El propio Bordiga, una vez se quedó en minoría dentro del PCI y la IC, se acercó a nivel internacional a uno de los jefes húngaros del ultraizquierdismo en aras de un frente contra Lenin y el bolchevismo. En su «Carta a Karl Korsch» (28 de octubre de 1926) le reclamó a este por «Sus tácticas. Para ser franco y extraoficial, diré que, en las relaciones internacionales del partido, me siguen pareciendo demasiado flexibles y demasiado bolcheviques»; y añadía «compartimos la postura de la izquierda rusa respecto a las directrices de la política estatal del Partido Comunista Ruso», y aunque «Zinoviev y Trotski, ante todo, son hombres con un agudo sentido de la realidad; comprendieron que aún es necesario resistir los golpes sin lanzar una ofensiva abierta». Bordiga, acostumbrado a la verborrea de hablar mucho y proponer poco, tan solo le sugirió seguir conspirando dentro del organismo de la IC, mientras Korch deseaba escindirse inmediatamente: «En conclusión, no creo que sea apropiado emitir una declaración internacional como usted propone, ni tampoco creo que sea factible en la práctica. Sin embargo, sí creo que es útil realizar manifestaciones y declaraciones en diferentes países que sean ideológica y políticamente similares en cuanto a los problemas de Rusia y la IC, sin sugerir así una «conspiración» faccional». 

Finalmente ya que no cesó en su trabajo de zapa, fue expulsado cuatro años después, en 1930. Ruggero Grieco bajo el alias Garlandi escribió en su artículo «Italia y las tareas inmediatas del Partido Comunista Italiano» (1930) explicando que: «La expulsión de Amadeo Bordiga» responde al «último dirigente trotskista que permanecía en nuestras filas» fue anunciada como la lucha contra «el representante de una reacción aguda, la antítesis de los repugnantes, charlatanes, cobardes, depravados e interminables teorizadores del socialismo italiano». Además, detalló los motivos por los que Bordiga no había sido expulsado antes –ya que desde luego motivos había de sobra–:

«En la Internacional Comunista, muchos camaradas se preguntaban por qué Bordiga seguía todavía en nuestras filas. Las razones por las que tardamos en tomar medidas contra Bordiga dependieron de todo un conjunto de circunstancias.

La primera razón fue que la lucha ideológico-política que liquidó a Bordiga en el III Congreso del Partido [1926] y que continuó después del III Congreso, destruyendo en nuestras filas la ideología bordiguista, quedó interrumpida a finales de 1926 por la promulgación de las leyes excepcionales y por el paso de nuestro Partido a la plena ilegalidad.

En aquel momento, Bordiga, junto con un centenar de nuestros camaradas, siguió el mismo camino y fue confinado en una isla, donde permanecieron durante los tres años siguientes.

Durante este tiempo ocurrieron muchos acontecimientos en el mundo, en la Internacional y en nuestro Partido. Trotski fue expulsado del Partido Comunista Ruso y posteriormente expulsado del territorio de la República; la situación mundial cambió y creó elementos de nuevas oleadas revolucionarias; el Partido se vio arrastrado a difíciles luchas en las que sufrió nuevas pérdidas, pero que reforzaron su importancia ante las masas, aunque fue incapaz de organizar a las masas y llevarlas a la acción bajo la dirección del Partido.

Mientras tanto, Bordiga no modificó en absoluto su ideología: no revisó ni una sola de sus antiguas concepciones. Incluso cuando leyó el artículo de Trotsky publicado en la prensa fascista, y cuando supo que Trotski había sido expulsado del territorio de las Repúblicas Soviéticas, estuvo de acuerdo con Trotski y declaró que «Trotski finalmente había llegado a su punto de vista». (La Internacional Comunista; Nº8, 1930)

Efectivamente, en Italia, Bordiga fue detenido en 1926 y puesto en libertad con vigilancia en 1929 prometiendo volver a su trabajo y aludir cualquier actividad política contra el fascismo:

«Precisamente cuando Bordiga terminó su período de confinamiento, envió una pregunta al ministro del Interior para que se preguntara a Mussolini acerca de una decisión que le permitiera permanecer en la isla de Ponza para ejercer allí su profesión de ingeniero». (La Internacional Comunista; Nº8, 1930)

¿Era esto una difamación de sus excompañeros, dolidos o envidiosos de su talento, como sostienen algunos? En absoluto. Era la triste realidad de su mezquindad:

«Este mantuvo relaciones con las altas esferas del Ministerio del Interior, dirigiendo diversas solicitudes al jefe de policía de Nápoles, a Mussolini −en calidad de ministro del Interior−, al jefe de la Policía Arturo Bocchini y, posteriormente, a sus sucesores −Carmine Senise y Renzo Chierici−, con el fin de inclinar a su favor una disputa familiar relativa a la propiedad de Formia, contra su cuñada Linda De Meo, esposa del exdiputado socialista −además de masón y posteriormente fascista− Corso Bovio. [15]

Son más de una veintena de misivas −cartas, apuntes, memorandos, anexos, notas complementarias y planos− conservadas en los expedientes correspondientes a Bordiga, mediante las cuales el antiguo dirigente comunista no duda en halagar a las autoridades fascistas mediante fórmulas y expresiones insinuantes que ciertamente no hacen honor a un «subversivo» de su talla.

El repertorio es suficientemente variado: si, por ejemplo, todas las misivas de Bordiga estaban fechadas añadiendo los números romanos correspondientes a la «era fascista», en una de ellas −dirigida al ministro del Interior− el antiguo dirigente comunista solicitaba la revocación de medidas restrictivas contra él porque, para emplear sus propias palabras, su comportamiento «es plenamente conforme a la ley y no da lugar a la menor sospecha». [16]

En otro documento redactado por él, el marido de su cuñada Emma De Meo −es decir, utilizando nuevamente las palabras de Bordiga, «el Capomanipolo doctor Alessandro Caroglio, voluntario en la división 28 de Octubre de las Camisas Negras, 180.ª Legión, y hoy en África Oriental»− era descrito, después de precisar que «el matrimonio tuvo lugar en el campamento de la 28 de Octubre con conmovedor entusiasmo», como «destinado en el frente más duro de la guerra en Etiopía y valeroso combatiente». [17]

El mismo cuñado, en otro documento, era calificado como «voluntario de guerra y ardentísimo militante fascista», y sus compañeros de armas en tierra etíope como «los valerosos de la 180.ª Legión». [18]». (Eros Francescangeli; Horizontes rojos. Los «otros comunismos» entre historia e historiografía: definiciones, fronteras, genealogías, segmentos y periodizaciones, 2024)

En efecto, aquí cabe detenernos en indagar qué reacción tuvo Bordiga y cómo se comportó ante las autoridades fascistas, lo cual es un ejemplo histórico de como un ultraizquierdista aparentemente muy radical se contradice y empieza a colaborar con la más negra reacción hasta pasarse al otro bando y desactivar la lucha antifascista sin ningún atisbo de remordimiento ni disimulo: 

«Aunque había declarado en varias ocasiones a la policía que tenía intención de no volver a desarrollar ninguna actividad política –porque, como había sostenido en otra circunstancia, «esto responde a una necesidad que siempre he sentido, la de no hacer nada estéril o inútil; y toda actividad ilegal en el Reino, hoy, es estéril e inútil»–, su vigilancia se prolongaría hasta la caída del régimen [42]. Pero la vigilancia era asfixiante. En junio de 1934, Bordiga escribió una carta al ministro del Interior para que le retiraran la escolta de los dos agentes que lo seguían a todas partes como ángeles de la guarda, incluso durante sus viajes de trabajo. Aunque desde el día 14 de ese mismo mes pudo finalmente desplazarse solo, todos sus movimientos eran señalados de todos modos con constante minuciosidad, al igual que se controlaba cuidadosamente a las personas que se acercaban a él. (...) Precisamente en aquellos años Mussolini comenzaba una larga conversación, que se prolongaría hasta 1943, con el periodista De Begnac, y por sus apuntes sabemos que, a menudo, el «Duce» se confrontaba idealmente con Bordiga y con la política del pasado. A veces lo llamaba «mi antiguo amigo» [46]». (Arturo Pregalli y Sandro Saggioro; Amadeo Bordiga. La derrota y los años oscuros, (1926-1945), 1998)

A partir de entonces, todos los testigos, tanto simpatizantes como detractores, registraron sus simpatías con las potencias del Eje, así como su abierto colaboracionismo con el régimen de Mussolini, convirtiéndose, objetivamente, en un agente del fascismo. ¿Creen que exageramos? Presten atención a lo que dijo uno de sus máximos investigadores, el cual se dedicó a leer archivos poco conocidos que confirmaban un secreto a voces –y que hasta entonces muchos de sus seguidores rechazaron como «calumnias stalinistas»–:

«Inicialmente confinado a Ustica por el régimen fascista, al antiguo líder del comunismo italiano se le permitió posteriormente residir en su Nápoles natal, con la condición de que abandonara toda actividad política, incluso clandestina. A pesar del mérito que merece por su coherencia moral y política, hasta ahora no se ha prestado suficiente atención a los documentos conservados en el Archivo Estatal Central de Roma, que recogen algunas de sus declaraciones más desconcertantes durante la Segunda Guerra Mundial. En particular, los informes redactados por Angelo Alliotta, representante directo de la Policía Política, que recogen los pensamientos auténticos del líder comunista, han sido prácticamente ignorados». (Arturo Peregalli; Informe para la Conferencia de Milán, 24-25 de octubre de 2002)

Por ejemplo, Bordiga, excusándose la victoria del fascismo y la Segunda guerra italo-etíope, trató de argumentar de forma fatalista que los hombres no son nada frente a las circunstancias, y para él, no podían hacer nada contrala fuerza militar del fascismo a no ser que se opusiera algo similar; es decir, o se derrocaba al fascismo o el resto de formas de oposición no valían ni contribuían a ello. ¿Entiende el lector la brecha metafísica entre lo uno y otro? ¿Qué perspectiva de esperanza podía quedar en la mente de los italianos este tipo de discursos cuando iban a tener que aguantar más de veinte años de régimen fascista? Entre tanto, las caídas, encarcelamientos y torturas, no le preocupaban a Bordiga, por el contrario, para él, ciertos métodos resistencia del antifascismo que no siguieran este plan de o todo o nada daban pie a que se infiltraran oportunistas y parásitos (sic). Lean atentamente:

«Bordiga permaneció indiferente ante tales acciones; es más, se indignó por el desperdicio» de la vida de los militantes, enviados a prisión en nombre de unas posibilidades revolucionarias completamente inexistentes. En la discusión que mantuvo en mayo de 1936 con su cuñado y con algunos conocidos, que alguien se encargó de transcribir y entregar a la policía y que llegó al escritorio de Mussolini, afirmó:

«En Nápoles, las recientes detenciones y las últimas asignaciones al confinamiento han tenido cierta repercusión. He oído mencionar algunos nombres, pero me he preocupado poco por ello; ni siquiera sé de qué se trata. Por lo demás, mi pensamiento al respecto es preciso y tajante: es bueno que estas camarillas se disuelvan definitivamente, porque ya no tienen razón de existir. Estas –a menos que pasen a estar dirigidas es decir, militarizadas– no pueden sino reunir a idiotas o a gente sobornada, que obtiene de ello sus medios de vida. El clima ya no es adecuado para su desarrollo. Son organismos inútiles y parasitarios. La conmoción que la guerra produjo en la economía y en el régimen político de todos los países ha creado en todas partes la necesidad de gobiernos dictatoriales que deben sostenerse mediante la fuerza de las bayonetas. Contra las bayonetas no hay nada que hacer si no se les pueden oponer otras bayonetas… (...) Entonces hay que apartarse y esperar. (...) Esperar no para esta generación, sino para las generaciones futuras. Las situaciones cambiarán. Yo conservo intacta mi mentalidad: los hombres no cuentan, no representan nada, no pueden influir en nada; son los hechos los que determinan las nuevas situaciones. Y cuando las situaciones están maduras, entonces aparecen los hombres. (...) Puede que esta mentalidad mía sea la de los hombres de una civilización futura, de un sistema filosófico, quisiera decir, que probablemente hoy está muy lejos; pero yo me encuentro bien con ella. (...) Sobre todo soy feliz viviendo lejos de los pequeños y mezquinos episodios de la llamada política militante, del hecho de actualidad, del acontecimiento diario. Nada de todo esto me interesa: conservo mi fe. Soy feliz con mi aislamiento. He hecho de mi vida un observatorio al servicio exclusivo de mi mente» [113].

A los comunistas exiliados, pero también a los socialistas, Bordiga les reservaba palabras de desprecio, aunque intentaba, en la medida de lo posible, mantenerse al corriente de sus actividades. Sabía que su «pasividad» era duramente condenada, pero no se preocupaba por ello. Ante la imposibilidad de desarrollar una verdadera actividad revolucionaria, aceptaba la situación como un hecho «natural». (Arturo Pregalli y Sandro Saggioro; Amadeo Bordiga. La derrota y los años oscuros, (1926-1945), 1998)

El aristocratismo de Bordiga alcanzó en esta etapa cuotas inimaginables. Además se contagió del ideario y terminología fascista. Así en su evaluación de las democracias liberales, prefiriendo que estas no volvieran por estar bajo «dominio masónico y plutocrático»:

«Citamos aquí tan solo unas pocas frases más recogidas por informantes entusiastas del poco conocido archivo PP de los Archivos Estatales:

15 de noviembre de 1935. «¿Superar el fascismo para volver, es decir, a la política de bloqueo, bajo la protección de la masonería? (…) La monarquía democrática o la república… con Modigliani son lo mismo para mí (…) Sigo siendo lo que fui y siempre seré: un hombre, por ejemplo, que no tiene fe en las masas, pero sí una fe ilimitada en un movimiento de ideas lento y tenaz que, desde un círculo muy restringido, puede más adelante, quizás en una época lejana, pero no remota, conducir a algo concreto». (Arturo Peregalli; Informe para la Conferencia de Milán, 24-25 de octubre de 2002)

El nivel de seriedad y frivolidad de Bordiga era tal que llegó a comparar la actividad de Mussolini y el fervor de sus huestes con la guerra con el ambiente que se crea en el fútbol entre la afición con sus ídolos deportivos (sic), justificando con ello la invasión colonialista o el uso de armas prohibidas por la Sociedad de Naciones. Con ello, Bordiga resaltaba como la propia propaganda fascista, las cualidades del Duce:

«Bordiga se detenía también en los discursos que Mussolini había pronunciado con motivo de la victoria sobre Etiopía, haciendo una valoración «técnica» de la capacidad del Duce para establecer una relación con las masas:

«Esta vez, el adjetivo histórico no expresa un lugar común. Los acontecimientos que se han sucedido han sido verdaderamente históricos. Apuesto a que, si me hubiera encontrado en Roma, no me habría limitado a escucharlos por la radio –como tuve que hacer estando en Nápoles–; sino que habría querido verlos... Es precisamente la curiosidad la que enciende el primer deseo de ver una cosa de la que todo el mundo habla... después nace el entusiasmo... exactamente como con el juego del fútbol. Quien asiste por primera vez a un partido, después de haber proclamado su propia... inmunidad... vuelve la próxima vez y se apasiona... Así se explica el fenómeno de la multitud que acude a las concentraciones, no solo para asistir a ellas, sino para participar...

El entusiasmo es la enfermedad de las multitudes; una enfermedad que se contagia fácilmente... El primer discurso, es decir, el del día 5, es verdaderamente bello: decidido, preciso, tiene el tono inexorable del hecho consumado: hoy, 5 de mayo del año..., he aquí que la guerra ha terminado, etc., etc. No hay adornos, no hay artificios. Es el hombre, es aquel que con su voluntad ha doblegado a Ginebra y a todas las coaliciones, quien habla a las multitudes de todo el mundo. Esto es bello... pero no solamente en sentido estético». (Arturo Peregalli; Informe para la Conferencia de Milán, 24-25 de octubre de 2002)

¡Y este sin vergüenza es el «gran analista del fascismo» que hoy algunos antifascistas quieren rescatar!

Sobre la guerra en España (1936-39), aquí Bordiga adoptó una postura de neutralidad similar a Trotski, algo que de nuevo no sorprende, donde Negrín y Franco serían lo mismo:

«Pocos meses después de la conversación de Bordiga con su cuñado, estalló la guerra de España. Tampoco en este caso se conocen tomas de posición públicas de Bordiga. En el extranjero, la mayoría de sus seguidores había adoptado posiciones contracorriente.

En el momento del levantamiento de Franco se había puesto del lado de los trabajadores españoles, pero tenía muy presente que la situación mundial no era ciertamente favorable y que no existía ninguna posibilidad de reanudación de la lucha proletaria sobre bases clasistas.

Cuando la clase obrera española fue incorporada a la política de defensa del Frente Popular para combatir el avance de los nacionalistas, la Fracción condenó la guerra y aclaró que la lucha se había transformado en un enfrentamiento entre fuerzas burguesas, enfrentamiento que se manifestaba ideológicamente en la contraposición entre fascismo y antifascismo, sin ninguna valencia clasista, y en el cual los proletarios eran inducidos a matarse no por el socialismo, sino en beneficio de un sector de la burguesía española.

Su consigna pasó a ser el derrotismo revolucionario en ambos frentes y la transformación de la guerra en guerra civil revolucionaria [115].

Sabemos que el análisis de la Fracción era compartido por Bordiga, no solo por lo que él mismo diría después de la Segunda Guerra Mundial, sino también por lo que comunicó entonces a Arcuno, quien posteriormente resumiría en una frase un juicio ciertamente más articulado, probablemente para dejarlo en mal lugar:

«Durante la guerra civil en España, el ingeniero Bordiga, preguntado por mí, me dijo que no sabía elegir entre los franquistas y los patriotas republicanos» [116]». (Arturo Pregalli y Sandro Saggioro; Amadeo Bordiga. La derrota y los años oscuros, (1926-1945), 1998)

Bilan, que fue la revista teórica de la Fracción de Izquierda del Partido Comunista de Italia (Fracción Italiana de la Izquierda Comunista), publicada en el exilio entre 1933 y 1938, concluyó que no había diferencia entre socialdemocracia y fascismo:

«De hecho, el fascismo fue criado por la democracia, más exactamente por la izquierda socialdemócrata. (...) "Entre la democracia, cuyo más alto exponente fue Weimar, y el fascismo, no se manifestará ninguna oposición» (Bilan, Nº16, febrero-marzo 1935)». (Philippe Bourrinet; La izquierda comunista de Italia. La corriente «bordiguista» (1919-1999), 2016) 

Se consideraba que la estrategia antifascista del Frente Popular de los comunistas mostraba que el proletariado había perdido su autonomía y había sido absorbido por la burguesía, incluso que el Frente Popular era un «auxiliar directo de Hitler y Mussolini» (Bilan; Nº40, abril-mayo de 1937):

«Más que el fascismo, el verdadero enemigo del proletariado francés y belga reside en la democracia. En efecto, «la dominación democrática es, de lejos, la que mejor se adapta al mantenimiento de sus privilegios, pues penetra en la mente de los obreros mejor que el fascismo». (Bilan; Nº22 agosto 1935). (...) Bajo el emblema del Frente Popular, la democracia logró el mismo resultado que el fascismo: el aplastamiento del proletariado francés y su desaparición de escena histórica: «El proletariado no existe momentáneamente en tanto que clase a consecuencia de profundas derrotas mundiales (Bilan; Nº29, marzo-abril 1936)». (Philippe Bourrinet; La izquierda comunista de Italia. La corriente «bordiguista» (1919-1999), 2016) 

Aunque este tipo de conclusiones generó no pocas resistencias internas, ya que hasta algunos bordiguistas se dieron cuenta del despropósito de esta idea:

«Este análisis suscito divergencias en la Fracción italiana. Una minoría sostenía que el Frente Popular había nacido de la presión de la lucha de clases y que ponía de manifiesto un cierto grado de radicalización y maduración obrera». (Philippe Bourrinet; La izquierda comunista de Italia. La corriente «bordiguista» (1919-1999), 2016)

¿Cuál era el antifascismo de Bordiga? ¿Cómo luchaba él contra el capitalismo? En mitad de la Segunda Guerra Mundial (1939-45), su jefe, Bordiga directamente deseó la victoria del Eje, considerando que tanto Hitler como Mussolini eran los verdaderos revolucionarios:

«Unas semanas más tarde, mientras el Führer insinuaba a Churchill su intención de invadir Gran Bretaña, Bordiga parecía dudar de la verdadera intención de Alemania de ahorcar a Inglaterra: «Me niego a creer que Hitler haya malgastado y siga malgastando un tiempo tan valioso para lanzar lo que se ha estado esperando durante más de dos meses, es decir, la gran ofensiva que debería poner a Inglaterra de rodillas». Incluso a finales de 1942, todavía escuchando a Alliotta, el ingeniero napolitano hizo las siguientes observaciones: «Los grandes y auténticos revolucionarios del mundo son dos: Mussolini y Hitler. Pero el pasado de Mussolini demuestra que el Duce siempre ha estado en contra de la plutocracia y las democracias, que paralizan la vida de las naciones». (Arturo Peregalli; Informe para la Conferencia de Milán, 24-25 de octubre de 2002)

Este tipo de declaraciones no eran muy diferentes de la de otros renegados y colaboradores del fascismo, como Doriot en Francia, quien también comenzó como disidente del comunismo para finalmente emitir posturas filofascistas y colaborar con los nazis.

Bordiga no desaprovechó tampoco su nuevo cambio de chaqueta para mendigas nuevos favores para su familia, así sucedió, por ejemplo:

«Cuando su cuñada, la maestra Emma De Meo, estaba a punto de ser destituida por el Ministerio de Educación bajo sospecha de disidencia, Bordiga recurrió al abogado penalista Bruno Cassinelli (1893-1970), entonces socialista, que ya lo había defendido en su proceso de 1923. En su despacho, realizó un retrato elogioso de Hitler y Mussolini, en presencia del periodista «fiduciario» Virginio Troiani. (...) Mussolini será comprendido cuando toda la nación lo llore y lo eche de menos: si fue duro e implacable, fue porque los acontecimientos y el sueño de una Italia fuerte y poderosa lo exigían. En cuanto a nuestra guerra, no hay que preocuparse, como hacen tantos nuevos charlatanes: la guerra será ganada». [110] Esta enfática «declaración» había sido realizada con el propósito de que fuera comunicada a la policía fascista. Pero permaneció impasible». (Philippe Bourrinet; La izquierda comunista de Italia. La corriente «bordiguista» (1919-1999), 2016)

Todo esto no es una broma o una invención, fue confirmada por testigos y militantes, tanto favorables como desfavorables:

«En 1942, los «milaneses» Fortichiari, Repossi y Lanfranchi enviaron a Ugo Arcuno a Nápoles para que Bordiga le expusiera «orgánicamente» su pensamiento sobre la guerra. En marzo de 1945, al escribir a Togliatti, Arcuno evocó aquel encuentro:

«Me habló durante aproximadamente una hora y media, y tuve la sensación de que era como si se hubiera vuelto loco. Deseaba y creía en la victoria del Eje. Consideraba la victoria del nazismo –que, si recuerdo bien, definía como «socialismo autoritario»– como una fase necesaria por la que el capitalismo debía pasar en todos los países, superando la fase pseudodemocrática; la victoria de los Aliados no haría sino retrasar este proceso inevitable». [6]

Giorgio Amendola ha recordado que, cuando llegó a Roma en julio de 1943, su tío le informó, «consternado, de que aquel «loco» de Bordiga había llegado a desear la victoria de Hitler contra Rusia». [7]

Como ya se ha dicho, la actitud adoptada por Bordiga durante la Segunda Guerra Mundial causó un notable revuelo.

Recordando un encuentro con Bordiga –probablemente ocurrido a comienzos de los años cuarenta–, Paone [abogado socialista] escribía al dirigente comunista:

«Una vez Bordiga me dijo: «Querido Paone, recuerde que el fascismo y el nazismo son aspectos completamente contingentes y transitorios del capitalismo y de la conservación burguesa, y que el enemigo al que hay que derrotar es siempre el imperialismo americano». [10]». (Arturo Pregalli y Sandro Saggioro; Amadeo Bordiga. La derrota y los años oscuros, (1926-1945), 1998)

Esto incluso fue corroborado por el antistalinista Ignazio Silone, otro expulsado del PCI:

«Durante la Segunda Guerra Mundial, un amigo mío –yo estaba entonces exiliado en Zúrich–, Bouris Souvarine, un francés de origen ruso, antiguo líder de la Internacional Comunista, fue a Nápoles a visitar a Bordiga y habló con él sobre las perspectivas futuras del conflicto.

Bordiga argumentó que, dados los acontecimientos de la revolución proletaria, la victoria de Hitler y la derrota de Inglaterra, el bastión del capitalismo, serían la mejor solución.

Fue una declaración aberrante, cabe añadir, pero en consonancia con la tesis de que cuanto peor, mejor, tan querida por Bordiga». (P. Lanzana: Una conversación con Silone sobre Amadeo Bordiga, en «Il Mondo», 9 de agosto de 1970)

Hacia el final de la guerra, Bordiga consideró que el principal promotor de la guerra había sido los EE.UU. (sic) y que Stalin había traicionado a la revolución por estar alineado con Londres y Washington en la lucha antifascista:

«A finales de abril de 1943, poco antes de la caída del Duce, el antiguo dirigente del Partido Comunista volvió a expresar sus convicciones sobre la geopolítica de los beligerantes. Los metía a todos en el mismo saco:

«Siempre pensé que el estalinismo y el nazismo acabarían llegando a un acuerdo. Pero estalinismo y comunismo son dos cosas perfectamente distintas... Stalin, al aliarse con Londres y Washington, traicionó la causa del proletariado... Roosevelt no es otra cosa que el representante del supercapitalismo que aspira a la dominación conquistadora de un imperialismo totalitario. [Estados Unidos] provocó la guerra para convertirse en los amos absolutos de toda la economía mundial: son los magnates de Nueva York quienes quieren aumentar su opulencia convirtiendo el mundo en una colección de esclavos dominados y controlados por ellos». [112]

Como él mismo confesaba, Bordiga se definía como un simple observador, fiel a sus convicciones, a la espera del dies irae que algún día barrería al superimperialismo anglosajón:

«Permanezco en la ventana como observador e investigador; la política activa ya no significa nada para mí... No puedo traicionar mi pasado ni repudiar todo lo que mi propia experiencia me ha enseñado; sigo sin vacilar la lógica de mis principios mantenidos durante largo tiempo. Por eso, el día en que las democracias angloamericanas sean derrotadas, incluso yo haré sonar la campana a todo vuelo». [113]». (Philippe Bourrinet; La izquierda comunista de Italia. La corriente «bordiguista» (1919-1999), 2016)

Si revisamos el borrador del programa de los bordiguistas de 1944, nos encontramos con que parecen desanimados con la derrota del Eje:

«Así, surge la perspectiva de una paz democrática, que aseguraría, sobre todo, la hegemonía económica y financiera indiscutible de Estados Unidos en el mundo. Esto podría significar no solo una guerra ganada, sino una paz victoriosa, una consolidación del capitalismo, que de este modo cortaría una vez más el camino del proletariado, el cual, en la crisis desatada por la guerra, había ofrecido la posibilidad de un movimiento revolucionario exitoso». (Esquema del programa del Partido Comunista Internacionalista, 1944)

Para los bordiguistas, la URSS habría dejado de ser revolucionaria desde que ni existía, es decir, desde los tiempos de la Rusia soviética y la guerra civil:

«El partido considera que, desde la represión de Kronstadt hasta la liquidación del Partido Comunista, la violencia del degenerado Estado obrero fue expresión de una voluntad gerencial y de intereses económicos y políticos que ya no coincidían con la lucha del proletariado. Por lo tanto, a los partidos de la nueva Internacional les resultará más fácil definir los términos teóricos y tácticos de su política contra el compromiso». (Esquema del programa del Partido Comunista Internacionalista, 1944)

¿Era mejor que los ejércitos de la  Wehrmacht llegasen hasta los Urales, Japón conquistase sin oposición toda Asia e Italia accediese finalmente a su imperio africano? ¿En qué hubiera cambiado exactamente eso la situación precaria de los grupos revolucionarios, no la hubiera empeorado prolongado su clandestinidad y abierta persecución? ¿Acaso esperaba Bordiga piedad en esa Europa dominada por los fascistas o directamente alguna nueva prebenda sometiéndose al sistema? Si el III Reich y las potencias del Eje hubieran ganado la guerra, lo cual implicaba la destrucción de la URSS casi al 100%, ¿acaso no podría afirmarse igualmente que el capitalismo se hubiera reforzado como resultado de ello? ¿No? Entonces, para Bordiga, ¿qué relaciones de producción tenían dichos países? 

Por otro lado, entiéndase que ni antes ni después de la I Guerra Mundial (1914-18), ni tampoco ahora, ha existido una competitividad entre potencias que altere directamente el resultado final de la actividad revolucionaria, más bien esta tiene que maniobrar encontrándose todo tipo de trabas de las clases dominantes tanto a nivel nacional e internacional. Esto es, a veces en estados de legalidad y otros de ilegalidad, con gobiernos fuertes y otras veces débiles, unas veces muy represivos y otras temporalmente concesivos; pero ni el carácter democrático-burgués ni el fascista determina el grado de fortaleza del movimiento revolucionario, como tampoco lo hace el papel del régimen burgués y su papel en la arena internacional. Esto puede ser una ventaja o una desventaja dependiendo de la situación de mil factores diferentes. 

En suma, el llamado mundo multipolar no es algo nuevo. Es más, nunca ha existido un mundo unipolar, es decir, una dominación absoluta de una sola potencia en todos los aspectos, eso es una fantasía. Tampoco después de la Segunda Guerra Mundial (1939-45) todas las potencias vencedoras salieron reforzadas. De hecho, Francia e Inglaterra cosecharon tal nivel de pérdidas que tuvieron que asistir a regañadientes al desmantelamiento de su sistema colonial, mientras que EE.UU., la gran vencedora, tampoco era omnipotente, como demostró durante la Guerra Fría e incluso después, donde no fue capaz de derribar todos los regímenes que quiso, sofocar todas las revueltas ni de asistir como quisiera todos los desafíos externos.

Volviendo al tema, si anteriormente en 1936 el propio Bombacci intentó que Bordiga colaborase en una revista fascista «La Verità», lo cual no es casual, en la posguerra también fueron notables los intentos de socialistas y trotskistas de reclutar a los bordiguistas para sus causas. Evidentemente, con la Guerra Fría en ciernes los servicios secretos occidentales también hicieron acto de presencia:

«Entre las últimas fases de la Segunda Guerra Mundial y la inmediata posguerra, entre los dirigentes de la Frazione di Sinistra dei Comunisti e Socialisti Italiani (FSCsi), de orientación bordiguista, y del nominalmente trotskista –en realidad, parabordiguista– Partito Operaio Comunista (bolscevico-leninista), POC(bl), había dos dirigentes –Matteo Renato Pistone y Romeo Mangano– que o bien habían colaborado intensamente con la Policía política y la OVRA (Mangano), o bien habrían manifestado su voluntad de reconciliarse con las autoridades fascistas (Pistone) [13]». (Eros Francescangeli; Horizontes rojos. Los «otros comunismos» entre historia e historiografía: definiciones, fronteras, genealogías, segmentos y periodizaciones, 2024)

El bordigismo, como tendencia política, intentó construirse una reputación como una izquierda revolucionaria crítica y combativa. En la realidad, a nivel histórico siempre ha albergado análisis descabellados y propuestas aventureras, cuando no quiméricas. Su protagonista, ya que nunca se comprometía a nada serio, bien a veces podría permitirse estirar su halo de pureza hasta lo cómico. Por ejemplo, pese a nunca lograr hegemonizar ni transformar nada, Bordiga consideró un error que sus grupos participasen en los comités de liberación de los partisanos liberales, socialistas, comunistas, anarquistas, etcétera:

«No solo no tenemos errores que reconocer, sino que, siguiendo esa misma tradición, recordamos haber rechazado posteriormente cualquier participación en los Comités de Liberación Nacional, así como en los levantamientos partisanos italianos y los diversos «frentes populares» de triste memoria, que más recientemente han producido efectos nocivos también en Francia, España y otros países». (Edek Osser; Entrevista con Amadeo Bordiga, 1970)

Es decir, desde el punto de vista bordiguista, era lícito buscar los favores de los fascistas locales incluso desear la victoria del Eje por sus cálculos matemáticos de geopolítica, pero era motivo de arrepentimiento haber participado en los frentes antifascistas; todo ello, a la vez que se considera siempre que las condiciones no están dadas para actuar contundentemente de forma autónoma. ¡Una hermosa fórmula muy autocomplaciente!

Huelga aclarar que los cuadros mas reconocidos del PCI, aunque tuvieron méritos en la lucha contra los restos del bakuninismo y proudhonismo, así como del bordiguismo y del trotskismo, se acabaron inclinando demasiado pronto al otro extremo, al ultraderechismo. Esto es un secreto a voces. Poco a poco se olvidaron de sus críticas anteriores hacia el liberalismo y la socialdemocracia y convirtieron en demagogos y renegados que trataron de imponer, a veces con éxito y otras no, teorías, nociones y estilos de trabajo totalmente ajenos al marxismo-leninismo. El lector puede encontrar casos muy paradigmáticos como la propuesta en 1936 de Grieco sobre recuperar el programa fascista de 1919, el Giro de Salerno en 1944 de Togliattti y su concepto de democracia progresista, los intentos de reconciliar el materialismo dialéctico y la visión católica del mundo en filosofía, los cuestionables escritos del PCI sobre el Movimiento por la Paz en los 50 o esa síntesis mal llevada entre vanguardias artísticas y el realismo socialista en el campo artístico. Estos son solo algunos de los múltiples aspectos que podríamos citar que denotaban que el PCI se había alejado de su ideario fundado en Livorno en 1921 y forjado en los primeros años. Véase la obra de Bitácora (M-L): «La crítica al revisionismo en la Iº Conferencia de la Kominform de 1947» (2015).

Esto, sumado a la pérdida de varios cuadros en la lucha contra el fascismo y el nazismo, a la baja formación ideológica y al nuevo concepto de partido de masas del togliattismo, mermó la capacidad de la organización, que pronto cayó en manos de oportunistas carreristas y seguidistas. Dicho de otro modo, el eurocomunismo y sus planteamientos más descarados no surgieron subidamente en 1977, fue fruto de hábitos que ya se asentaron previamente en los años del stalinismo. En consecuencia, en el PCI nunca llegó a consolidarse una dirección verdaderamente firme y consecuente, al tiempo que resultó significativa la pasividad de unas bases que tampoco reaccionaron a tiempo ante la progresiva vulneración y abandono de principios fundamentales. 

Este proceso de degeneración del PCI debe de ser estudiado buscando sus raíces y condicionantes, como la tradición heredada en el movimiento revolucionario la I y II Internacional, en las teorías y prácticas aceptadas, tanto las aparentemente positivas como negativas. Es necesario centrarse en las disputas internas que sufrieron los comunistas italianos en los primeros años y también en los desarrollos posteriores –reevaluando si hay algo que aprender en las derrotas sufridas como el coste de las victorias de mérito–. De otra manera no pueden entenderse sus debilidades, sus bandazos, sus falta de coherencia. Si no se procede de tal forma rigurosa, nos encontramos con que el revisionismo aparece sin previo aviso, lo cual es totalmente antidialéctico a nivel analítico, inconcebible a nivel histórico e imposible de aceptar a nivel lógico. Evidentemente, el lector entenderá que si no aplicamos la rigurosidad en este sentido, uno puede reivindicar sin apego a los principios, cualquier partido, cualquier figura y cualquier propuesta en todo momento, por lo que solo se construyen ídolos de barro. Véase la obra de Bitácora (M-L): «Los «stalinistas italianos» y cómo conservar los mitos nacionales» (2025).

No hay comentarios:

Publicar un comentario

«¡Pedimos que se evite el insulto y el subjetivismo!»