«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

viernes, 29 de abril de 2016

Los marxista-leninistas nicaragüenses explicando la naturaleza de la Constitución del 1987 actualmente vigente


«Nosotros caracterizamos el proyecto de Constitución como liberal-burgués. Liberal, porque recoge los principios y doctrinas constitucionales que son propios del liberalismo, tanto en el ordenamiento del Estado, como en la formulación de los principios individuales del ciudadano, como en las definiciones de Estado, nación, pueblo, etc. Todo tiene un alto contenido ideológico y doctrinario liberal. Lo consideramos burgués porque garantiza la propiedad privada porque deposita el poder en todos los ciudadanos nicaragüenses , pretendiendo una alianza o conciliación de clases, un pacto social que, desde el punto de vista político, es uno de los principios propios de las constituciones liberales. La búsqueda de consenso por parte del FSLN refleja esta búsqueda de una conciliación de clases.

A pesar de el sandinismo habla de realismo en la Constitución, la Constitución es tan poco realista y tan poco ubicada en la coyuntura histórica que, una vez aprobada, la van a suspender por el Estado de Emergencia, aunque no sea totalmente sino parcialmente. Vamos a tardar más en discutir el proyecto que en ver suspendida la Constitución. Esto demuestra que no responde ni las necesidades de las masas ni a las del proceso revolucionario. Nosotros, en todo caso, nunca hemos levantado la bandera antisandinista sino la antiburguesa, Rechazamos las propuestas del sandinismo en la medida en la que son propuestas de conciliación de clases.

Hemos caracterizado siempre a la dirección política del FSLN como una dirección política del FSLN como una dirección con posiciones pequeño burguesas, ampliamente influenciada por la doctrina socialdemócrata. Los partidos de la burguesía no tienen contradicciones de fondo o de principios con las formulaciones que hace el FSLN. Tienen diferencias de matices. Y tienen, sobre todo, una especie de terror por la inestabilidad que presenta el FSLN, dadas sus características pequeño burguesas. Temen que el FSLN no pueda contener una ofensiva revolucionaria de las masas que ponga en peligro realmente la dominación burguesa en Nicaragua lo que falta es «clima», no es más que la inestabilidad emocional de la burguesía cuando ve el poder en manos de la pequeña burguesía y teme las vaivenes propios de este sector.

Toda esta situación ha hecho que nosotros no tengamos una posición de colaboración en la elaboración de la Constitución. Más bien hemos presentado un plan de lucha en contra del proceso de institucionalización y en contra de esta Constitución. Esto no nos inhibe de utilizar el espacio político de la Asamblea y de expresar en ella nuestras concretas.

Queremos así educar a las masas en los principios revolucionarios que se podrían formular y conseguir cuando cambie la correlación de fuerzas en la Asamblea a favor del proletariado. Y buscamos introducir en el actual proyecto algunas de las reivindicaciones del proletariado para que la Constitución no sea un freno sino que abra posibilidades para su avance». (Carlos CuadraEntrevista a Envio de Carlos Cuadra, Secretario del Movimiento de Acción Popular Marxista-Leninista (MAP-ML), 16 de septiembre de 1986)

jueves, 28 de abril de 2016

La historia muestra que tanto en los gobiernos de democracia burguesa como en los del fascismo se ha perpetuado y promovido al capital monopolista


«¿Es posible devolver del capitalismo monopolista en la economía «pastoral agraria», en la manufactura de antes de la Revolución francesa, a los gremios, a las ciudades «libres» y en las regiones feudales de la Edad Media, a fin de salvar las clases medias del sistema de opresión colonial y estrangulamiento financiero , de una proletarización que se ha acelerado desde la advertencia del monopolismo? La respuesta, la encontraremos en la conducta del nazi-fascismo-falangista. Este «ideal» era la médula –teórica– del fascismo de Mussolini, del nacional-socialismo de Hitler, del nacional-sindicalismo de Franco. ¿Qué ha quedado de tanta pamplina llamativa? Conquistado el poder, hicieron exactamente una política contraria: reforzaron los monopolios, es decir, el capitalismo monopolista, hicieron de esto una política oficial y la impusieron con la brutalidad característica del régimen. Pocos meses después de la toma de poder, el 15 de julio de 1933, Hitler dictó la ley de organización forzosa de los cartels. Por mandato de esta ley se constituyeron inmediatamente o se agrandaron los siguientes cartels: de fabricación de relojes, de cigarros y tabaco, de papel y cartón, del jabón, de los cristales, de redes metálicas, de acero estirado, del transporte fluvial, de la cal y soluciones de cal, de tela de yute, de la sal, de las llantas de los automóviles, de productos lácteos, de la fábricas de conservas de pescado. Para todos estos cartels, nuevo unos y otros reforzados, se dictaron disposiciones que prohibían la construcción de nuevas fábricas y la incorporación inmediata de los industriales independientes. Se prohibieron también la construcción de nuevas fábricas y el ensanchamiento de las existentes en las ramas industriales ya cartelizadas: del zinc y del plomo laminado, del nitrógeno sintético, del superfosfatos, del arsénico, de los tintes, de los cables eléctricos, de las bombillas eléctricas, de las lozas, de los botones, de las cajas de puros, de los aparatos de radio, de las herraduras, de las medias, de los guantes, de las piedras para la reconstrucción, de las fibras, etc. Las nuevas leyes dictadas de 1934 a 1936, aceleraron la cartelización y el reforzamiento de los carteles ya existentes. El resultado de esta política fue que a finales de 1936 el conjunto de los cartels comprendían no menos de las 2/3 partes de la industrias de productos acabados, en comparación con el 40% del total de la industria alemana, el 100% del total de la industria alemana, el 100% de las materias primas de las industrias semifacturadas, y el 50% de la industria de productos acabados, en comparación con el 40% existente a finales de 1933. Mussolini cartelizó por la fuerza la marina mercante, la metalurgia,  las fábricas de automóviles, los combustibles líquidos. El 16 de junio de 1932 dictó una ley de cartelización obligatoria en virtud de la que formaron los cárteles de las industrias del algodón, cáñamo, seda y tintes. En España, nunca la oligarquía financiera había sido tan omnipotente como bajo el régimen del traidor Franco.

Pero no se puede decir que ésta es una política económica impuesta por el nazi-fascismo-falangismo, que no vale como enjuiciamiento general para el capitalismo monopolista. Lo cierto es que los Gobiernos de los países formalmente demócratas han tenido la misma política. Antes que Hitler, los diferentes gobiernos de la República de Weimar crearon y abonaron los monopolios. Es más: salvaron a muchos de la ruina con subvenciones estatales, es decir, del pueblo alemán. En 1932, el Gobierno alemán decidió subsidiar con 40.000.000 de marcos y con créditos asegurados por 70.000.000 a la empresa naviera Hapag-Lloyd, el mayor monopolio de la marina mercante alemana. En 1931, el Gobierno alemán «ayudó» las fábricas unidas del acero, el trust más grande de Europa, comprándole acciones, a un precio cuatro veces superior al de mercado, por valor de 110 millones de marcos. En 1931, el Gobierno alemán espoleó la absorción de dos grandes bancos por el Banco de Dredsner, es decir, la creación de un super-trust bancario, dando a éste una subvención de 525 millones de marcos antes de 1933, el pueblo alemán había perdido ya totalmente 288000000 y luego, con Hitler, perdió el resto, más de 100 millones de marcos, que ya fue obsequio de los nazis a la oligarquía financiera. Antes de Hitler, el Gobierno alemán «avanzó» a los trusts bancarios alemanes más de 1.500 millones de marcos. El Gobierno austriaco subvencionó el Crédito Anstalt con 723 millones de chelines austriacos, una suma casi igual a las pérdidas sufridas por la oligarquía financiera. En Gran Bretaña, debido a las leyes de las minas de carbón de los años 1931-1932, se formaron sindicatos regionales de control de la producción y de los precios y de «racionalización», esto quiere decir la paralización de las minas «antieconómicas», con ello cientos de miles de obreros fueron lanzados al infierno del paro forzoso. En Estados Unidos, los «códigos de competencia leal» de Roosevelt reforzaron las tendencias monopolistas y aceleraron el sometimiento de las empresas pequeñas y medianas a los monopolios. En Francia, la «República financiera» por antonomasia, la concentración monopolista siempre fue acompañada de altibajos políticos y se caracterizaba, por añadidura, por los frecuentes escándalos como los del Caso Stavisky, que mostraron a la superficie la profunda corrupción interior. En España, la República siguió las huellas económicas de la monarquía y la oligarquía financiera y los monopolios ferroviarios, eléctricos, de los teléfonos, del papel, del azúcar, del tabaco, etc., continuaron recibiendo la ayuda del Estado cuando lo necesitaban o cuando «demostraban» que lo necesitaban.

En el régimen nazi-fascista-falangista, o en el régimen formalmente democrático, el capitalismo monopolista es quién dicta la ley. Como decimos nosotros: ¿quién manda en casa? El monopolio está por encima de la nación, del régimen político y «otras particularidades». Por ello con el capitalismo monopolista no se trata ni se pacta. Tampoco se puede sustituir, como acabamos de ver, con sistemas pasados ​​para siempre a la historia. Sólo se puede sustituir con un sistema socio-económico más elevado». (Joan Comorera; La nación en una nueva etapa histórica, 15 de junio de 1944)

El nuevo alineamiento de las fuerzas políticas en el periodo de posguerra y la formación de dos campos; Andréi Zhdánov, 1947


«Los cambios radicales en la situación internacional y en la situación individual de varios países, como consecuencia de la guerra, han transformado completamente el panorama político del mundo. Se ha producido un nuevo alineamiento de fuerzas políticas. Y cuanto más nos alejamos del fin de la guerra, más claras se hacen las dos tendencias principales de la política internacional, que corresponden a la división de las fuerzas políticas de la escena mundial en dos grandes campos: el campo imperialista y antidemocrático, de un lado, y el campo antiimperialista y democrático, del otro.

La fuerza principal y dirigente del campo imperialista es Estados Unidos; Gran Bretaña y Francia son sus aliados. La presencia del gobierno laborista de Attlee-Bevin en Gran Bretaña y del gobierno socialista de Ramadier en Francia, no impide que Gran Bretaña y Francia desempeñen el papel de satélites de Estados Unidos y sigan su política imperialista en todas las cuestiones básicas. El campo imperialista cuenta también con el apoyo de potencias colonialistas como Bélgica y Holanda, de países con regímenes antidemocráticos y reaccionarios como Turquía y Grecia, y de países dependientes política y económicamente de Estados Unidos como los del Cercano Oriente, Sudamérica y China.

El objetivo principal del campo imperialista es el fortalecimiento del imperialismo, la preparación de una nueva guerra imperialista, la lucha contra el socialismo y la democracia, y el apoyo a los regímenes y movimientos reaccionarios profascistas del mundo. Para la realización de sus objetivos, el campo imperialista está dispuesto a apoyarse en las fuerzas reaccionarias y antidemocráticas del mundo y a respaldar a sus antiguos enemigos de guerra contra sus propios aliados.

Las fuerzas antiimperialistas y antifascistas constituyen el otro campo. La Unión Soviética y los países de nueva democracia son los pilares de este campo. También están incluidos los países que han roto con el imperialismo y han adoptado la vía del desarrollo democrático, como Rumania, Hungría y Finlandia. Indonesia y Vietnam están asociados al campo antiimperialista; India, Egipto y Siria simpatizan con él. El campo antiimperialista es respaldado por el movimiento obrero y democrático y por los Partidos Comunistas hermanos de todos los países, por los luchadores de los movimientos de liberación nacional de los países coloniales y dependientes, y por todas las fuerzas democráticas y progresistas en cada país. El objetivo de este campo es luchar contra la expansión imperialista y la amenaza de nuevas guerras, por la consolidación de la democracia y la eliminación de los remanentes del fascismo.

El fin de la Segunda Guerra Mundial planteó, a todos los pueblos amantes de la libertad, la tarea fundamental de garantizar una paz democrática duradera que consolide la victoria sobre el fascismo. En la realización de esta tarea fundamental de posguerra, la Unión Soviética y su política exterior juegan un papel principal. Esto se deriva de la propia naturaleza del Estado socialista soviético, que es totalmente ajeno a todo propósito agresivo y explotador y está interesado en el establecimiento de las condiciones más favorables para la construcción de la sociedad comunista.

Una de esas condiciones es la paz mundial. Como representante de un nuevo y superior sistema social, la Unión Soviética refleja en su política exterior las aspiraciones de la humanidad progresista que desea una paz duradera y no tiene nada que ganar de una nueva guerra urdida por el capitalismo. La Unión Soviética es el campeón de la libertad y la independencia de todos los pueblos, el enemigo de la opresión nacional y racial y de la explotación colonial de cualquier tipo. El cambio en el alineamiento general de las fuerzas entre el mundo del capitalismo y el mundo del socialismo, como resultado de la Segunda Guerra Mundial, ha aumentado aún más la importancia de la política exterior soviética y ha ampliado el alcance de su actividad en la escena internacional.

Todas las fuerzas del campo antiimperialista y antifascista se han unido en torno a la tarea de garantizar una paz justa y democrática. En este esfuerzo común, ha crecido y se ha reforzado la colaboración amistosa entre la Unión Soviética y los países democráticos en todas las cuestiones de política exterior. Estos países –y en primer lugar, los países de nueva democracia, como Yugoslavia, Polonia, Checoslovaquia y Albania, que desempeñaron un papel importante en la guerra de liberación contra el fascismo; así como Bulgaria, Rumania, Hungría y parcialmente Finlandia, que se unieron al frente antifascista–, todos ellos, se han convertido, en el periodo de posguerra, en firmes luchadores por la paz, la democracia y su propia libertad e independencia, contra todos los intentos de Estados Unidos y Gran Bretaña de revertir su desarrollo y ponerlos nuevamente bajo el yugo imperialista.

Los éxitos y el crecimiento del prestigio internacional del campo democrático no son del gusto de los imperialistas.

Las fuerzas reaccionarias de Gran Bretaña y Estados Unidos estuvieron bastante activas, incluso durante la guerra, tratando de impedir la acción concertada de las potencias aliadas, esforzándose por prolongar la guerra, luchando por desangrar a la Unión Soviética y buscando salvar a los agresores fascistas de una completa derrota. El sabotaje al establecimiento del Segundo Frente por los imperialistas anglosajones, encabezados por Churchill, fue una clara expresión de esta tendencia, que en el fondo era la continuación de la política de Múnich bajo nuevas y diferentes condiciones. Sin embargo, mientras la guerra estaba en desarrollo, los círculos reaccionarios de Gran Bretaña y Estados Unidos no se atrevieron a actuar abiertamente contra la Unión Soviética y los países democráticos, porque sabían muy bien que las simpatías de las masas populares de todo del mundo estaban incondicionalmente del lado de éstos. Pero en los meses previos al término de la guerra, la situación empezó a cambiar.

Durante las negociaciones en la Conferencia de los Tres Potencias en Postdam, en julio de 1945, los imperialistas anglo-estadounidenses demostraron su resistencia a tomar en cuenta los legítimos intereses de la Unión Soviética y los países democráticos.

En estos dos últimos años, la política exterior de la Unión Soviética y los países democráticos ha sido una política de lucha firme por la implementación de los principios democráticos establecidos en los acuerdos tomados para la posguerra. Los países del campo antiimperialista son los campeones leales y consecuentes de la aplicación de esos principios, sin desviarse ni un milímetro de su posición. Es por eso que la tarea principal de la política exterior de los países democráticos desde el fin de la guerra ha sido la lucha por la paz democrática, por la liquidación de los remanentes del fascismo y la prevención del resurgimiento de la agresión imperialista fascista, por el reconocimiento del principio de la igualdad de las naciones y el respeto de su soberanía, por la reducción general de armamentos y la prohibición de las armas más destructivas diseñadas para el exterminio masivo de la población civil. En el cumplimiento de estas tareas, la diplomacia soviética y la diplomacia de los países democráticos se enfrentan con la resistencia de la diplomacia anglo-americana que, desde la guerra, ha seguido persistente y constantemente la política de rechazar los principios generales de los acuerdos para la posguerra proclamados por los aliados durante la guerra, y busca reemplazar esta política de paz y consolidación de la democracia por una nueva política tendiente a quebrantar la paz universal, a proteger a los elementos fascistas y a perseguir a la democracia en todos los países.

La acción conjunta de la diplomacia de la Unión Soviética y la de los países democráticos es de gran importancia para garantizar la reducción de armamentos y la prohibición del más destructivo de todos: la bomba atómica.

Por iniciativa de la Unión Soviética, se ha presentado una propuesta en la Organización de las Naciones Unidas –ONU– para la reducción general de armamentos y el reconocimiento –como tarea prioritaria– de la necesidad de prohibir la producción y el uso de la energía atómica con propósitos militares. Esta propuesta del gobierno soviético se encontró con la tenaz resistencia de Estados Unidos y Gran Bretaña.

Todos los esfuerzos de los círculos imperialistas fueron dirigidos a sabotear esta sugerencia, poniendo todo tipo de interminables y estériles obstáculos y barreras, con el fin de impedir que se adopte cualquier medida práctica efectiva. La actividad de los delegados de la Unión Soviética y los países democráticos en los diferentes organismos de la ONU se ha caracterizado por la lucha sistemática y persistente por los principios democráticos de cooperación internacional, y por el desenmascaramiento de las intrigas de los conspiradores imperialistas contra la paz y la seguridad de los pueblos.

Esto ha quedado especialmente claro, por ejemplo, durante la discusión sobre la situación de la frontera norte de Grecia. La Unión Soviética y Polonia se pronunciaron resueltamente en contra de la utilización del Consejo de Seguridad para desacreditar a Yugoslavia, Bulgaria y Albania, acusados falsamente por los imperialistas de actos agresivos contra Grecia.

La política exterior soviética parte del hecho de la coexistencia, durante un periodo largo, entre los dos sistemas: el capitalismo y el socialismo. De esto se desprende que la cooperación entre la Unión Soviética y los países de otros sistemas es posible, a condición del respeto del principio de reciprocidad y el cumplimiento de las obligaciones una vez asumidas. Todos saben que la Unión Soviética siempre ha sido y es leal a los compromisos que ha contraído. La Unión Soviética ha demostrado su voluntad y su deseo de cooperación.

Estados Unidos y Gran Bretaña siguen una política absolutamente opuesta en la ONU. Hacen todo lo posible por liberarse de los compromisos que contrajeron previamente, quieren tener las manos libres para seguir una nueva política que no se basa en la cooperación de las naciones sino en el enfrentamiento de unos contra otros, una política que prevé la violación de los derechos e intereses de los países democráticos y el aislamiento de la Unión Soviética.

La política soviética sigue la línea de mantener relaciones leales y de buena vecindad con todos los Estados que muestren voluntad de cooperación. Con los países que son amigos genuinos y aliados, la Unión Soviética siempre se ha comportado –y lo seguirá haciendo– como verdadero amigo y aliado. Y la política exterior soviética prevé la ampliación de la asistencia amistosa a esos países.

Defendiendo la causa de la paz, la política exterior soviética rechaza la política de venganza contra los países vencidos.

Como es conocido, la Unión Soviética está a favor de la creación de una Alemania democrática, desmilitarizada, unida y amante de la paz. Al formular la política soviética en relación con Alemania, el camarada Stalin ha dicho:

«En pocas palabras, la política de la Unión Soviética sobre la cuestión alemana se reduce a la desmilitarización y democratización de Alemania. La desmilitarización y la democratización de Alemania es una de las condiciones más importantes para el establecimiento de una paz estable y duradera». (Stalin; Contestando a las cuestiones planteadas por Mr. Alexander Werth, publicado «Sunday Times», 24 de septiembre de 1946)

Sin embargo, esta política del Estado soviético en relación con Alemania choca con la oposición febril de los círculos imperialistas de Estados Unidos y Gran Bretaña. La sesión del Consejo de Ministros de Relaciones Exteriores realizada en Moscú, en marzo-abril de 1947, demostró que Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia están preparados no sólo para impedir la reconstrucción democrática y la desmilitarización de Alemania, sino incluso para liquidarla como Estado unificado, desmembrarla y resolver de forma separada la cuestión de la paz.

Hoy en día, esta política se lleva a cabo bajo nuevas condiciones, en momentos en que Estados Unidos ha abandonando el viejo curso de Roosevelt y está adoptando una nueva política: la política de prepararse para nuevas aventuras militares». (Andréi ZhdánovSobre la situación internacional;Informe en la Iº Conferencia de la Kominform, 1947)

Sobre el proceso de «fascistización» del Estado nicaragüense; Equipo de Bitácora (M-L), 2015


Uno de los tantos dispositivos policiales lanzados para obstruir las manifestaciones anticanal
«Desde determinados sectores que operan dentro de la lógica esquemática de que toda represión es igual a fascismo propagan la idea de que en Nicaragua se ha instaurado un «régimen fascista». Evidentemente que tal afirmación no responde a un lectura científica de los hechos. Pero veamos desde una lectura marxista-leninista si existe tal Estado fascista, y si no existe, entonces como comprenderlo.

Para empezar, hay que aclarar una cuestión de antemano. Ya el propio Georgi Dimitrov nos advertía que pese a los rasgos generales del fascismo en cada país, era menester estudiar los rasgos nacionales que creaba el fascismo en cada país. Pues solo analizar y señalar las tareas de lucha contentándose en buscar los rasgos generales sería un lastre para la estrategia comunista antifascista:

«Ninguna definición general de fascismo, por precisa que sea, nos exime de la necesidad de estudiar y tener en cuenta de un modo concreto las peculiaridades del desarrollo del fascismo y las diversas formas de la dictadura fascista en cada país, en cada etapa. Es necesario investigar, estudiar, hallar en cada país lo que haya de peculiar, de específicamente nacional en el fascismo, y esforzarse por trazar, en consonancia con ello, los métodos y las formas más eficaces de lucha contra el. (...) Sería un grave error querer establecer un esquema general cualquiera sobre el desarrollo del fascismo, valedero para todos los países y pueblos. Este esquema, lejos de ayudarnos a librar la verdadera batalla, nos estorbaría. Aparte de otras cosas, lo que se consigue con eso es empujar al campo del fascismo, sin establecer diferencias, a las capas de la población que en una fase determinada de desarrollo, de haber sabido abordarlas con acierto, habrían podido ser llevadas a la lucha contra el fascismo, o al menos neutralizarlas.». (Georgi Dimitrov; La clase obrera contra el fascismo; Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 2 de agosto de 1935)

Entendido esto, debemos decir que en términos generales una de las características más extendidas de los Estados fascistas es que quién ejerce el poder es el «grupo más chovinista» del entorno social adherido a una política económica en que «impera el capital financiero», y se ejerce una abierta dictadura terrorista. Eso no ha evitado que históricamente muchos países fascistas pese a su chovinismo se hayan plegado a otras potencias, y que por sus rivalidades con otras burguesías incluso se hayan puesto en pie de guerra con otros países fascistas.

El fascismo es la radicalización absoluta de la dictadura de la burguesía en su expresión de la lucha de clases burguesa, dicho de otro modo: mientras la dictadura de la burguesía es una etapa defensiva de la lucha de clase burguesa, el fascismo es una etapa ofensiva.

Incluso dentro de los países fascistas ha de aclararse que bajo una misma forma de Estado y régimen fascista a veces se ha intentado aplicar las dos variantes de metodología defensiva y ofensiva: por ejemplo durante el somocismo en Nicaragua hubo etapas defensivas donde se intentaba aparentar una estructura represiva y coercitiva más relajada, cierta legalidad organizativa y celebración elecciones y demás, y otras etapas ofensivas con asesinatos, represión y coerción realizados abiertamente para intimidar al pueblo y sus acciones revolucionarias en lo que se ha dado en denominar «terrorismo de Estado»:

«El desarrollo del fascismo y la propia dictadura fascista revisten en los distintos países formas diferentes, según las condiciones históricas, sociales y económicas, las particularidades nacionales y la posición internacional de cada país. En unos países, principalmente allí, donde el fascismo no cuenta con una amplia base de masas y donde la lucha entre los distintos grupos en el campo de la propia burguesía fascista es bastante dura, el fascismo no se decide inmediatamente a acabar con el parlamento y permite a los demás partidos burgueses, así como a la socialdemocracia, cierta legalidad. En otros países, donde la burguesía dominante teme el próximo estallido de la revolución, el fascismo establece el monopolio político ilimitado, bien de golpe y porrazo, bien intensificando cada vez más el terror y el ajuste de cuentas con todos los partidos y agrupaciones rivales, lo cual no excluye que el fascismo, en el momento en que se agudice de un modo especial su situación, intente extender su base para combinar sin alterar su carácter de clase la dictadura terrorista abierta con una burda falsificación del parlamentarismo». (Georgi Dimitrov; Por la unidad de la clase obrera contra el fascismo; Discurso de resumen en el VIIº Congreso de la Komintern, 13 de agosto de 1935)

La burguesía recurre al fascismo en aquellos casos en que no puede gobernar bajo los antiguos métodos y donde percibe que el orden burgués corre peligro ante situaciones de crisis o cuando el orden burgués no corre un peligro real pero la burguesía piensa que si está en peligro; por lo que generalmente es el mecanismo por medio del cual se prolonga artificialmente el régimen capitalista ante la convergencia de condiciones objetivas que conduzcan a un proceso revolucionario, esta esa la razón de que resulte en altamente represivo y coercitivo.

En la actualidad y por influjo de viejos grupos pseudomarxistas, muchos revolucionarios tienden a entender que todo uso represivo de un gobierno es suficiente para caracterizarlo automáticamente como gobierno fascista. Pero en realidad esto parte de una no compresión de la naturaleza de un gobierno de democracia burguesa y de un gobierno de abierta dictadura terrorista fascista, y esto se debe a la falta de formación ideológica marxista-leninista, de un estudio de los gobiernos demócrata-burgueses y los gobiernos fascistas y las características específicas de cada uno, y de una clara falta de experiencia en general. Seamos claros, en un régimen democrático-burguesa se reprimen comunistas, se cierra su prensa, se prohíben sus partidos y organizaciones de masas, se encarcelan, se tortura y se asesinan a sus militantes o simpatizantes si así la burguesía lo cree necesario; aunque por su puesto: en un régimen «electorero demócrata-burgués» la profundidad de esos rasgos represivos dependerán de que individuos adquieran el poder, como lo administren, y que proporción del poder poseen; recuérdese que la burguesía no requiere del fascismo para ser asesina, coercitiva, violenta, represiva, etc.; negar esto no solo es negar el carácter de las democracias burguesas del siglo XIX, sino el de las democracias burguesas del siglo XX, y de las actuales donde esto pasa cada día. Es más, el orden represivo no se aplica solo a los verdaderos comunistas sino contra todo revolucionario o pretendido revolucionario. Se ha de hacer un esfuerzo para comprender que igual que existen autodenominados comunistas que no saben identificar a su enemigo, existen anticomunistas que tampoco saben identificar a sus verdaderos enemigos, del mismo modo y hablado en términos más amplios: las clases explotadoras y todos sus miembros al estar educados en una filosofía idealista, aceptan que toda persona o grupo autodenominado anticapitalista lo es, y no entienden –o a veces les sale más rentable no molestarse en reflexionar en ello– el hecho de que para que un grupo o individuo sean comunistas no basta con que este lo diga sino que es algo que debe ser contrastado en la práctica, pero ha de entenderse que muchos explotadores –demócratas burgueses o fascistas– prefieren barrer con escoba de hierro todo lo que se diga anticapitalista y así guardarse las espaldas, aunque muchos de los que se lleven por delante no sean peligrosos para su régimen e incluso de saberlos manejar les sean hasta de utilidad:

«No es la primera vez ni será la última que un país de democracia burguesa, o de abierta dictadura terrorista fascista ilegaliza a partidos, juventudes o sindicatos, sean estos marxista-leninistas, anarquistas, reformistas, revisionistas o incluso derechistas». (Equipo de Bitácora (M-L); Crítica al artículo: «La Rada ilegaliza al Partido Comunista Ucraniano», 28 de julio de 2014)

La diferencia más palpable entre la democracia-burguesa y la abierta dictadura terrorista fascista es que en la segunda el militante comunista ni siquiera tiene la formalidad de ser respetado en la legalidad teórica en los periodos más «suaves» del régimen. Así mismo en el Estado y gobierno fascista la ideología anticomunista es potenciada hasta ser uno de los rasgos fundamentales de su propaganda y que lejos de esconder agita con orgullo fascista, mientras en la democracia-burguesa esta ideología anticomunista intenta ser mucho más sutil y siempre bajo una máscara «democrática». En el régimen democrático burgués el parlamento es el pivote donde se justifican todos los engaños y estafas a las clases trabajadoras, mientras que el fascismo aunque puede mantener un parlamento e incluso ciertas organizaciones legales, este es meramente decorativo en el sentido más literal de la palabra. En el tema del uso o no del parlamentarismo, en los regímenes fascistas depende tanto del gusto de los gobernantes fascistas, como de la fuerza que tengan en caso de que quieren disolver el parlamento burgués, o de si creen que el parlamento les puede servir como una baza democrática que les sea beneficioso como ya vimos con la explicación de Dimitrov.

¿Es posible retornar del capitalismo monopolista al régimen de libre concurrencia, al liberalismo económico?

Joan Comorera en 1935

«¿Es posible retornar del capitalismo monopolista al régimen de libre concurrencia, al liberalismo económico? No, camaradas. El viejo capitalismo murió al dar nacimiento al imperialismo, al capitalismo monopolista. Como decía Lenin:

«Encontrar «principios firmes y fines concretos» para la «conciliación» del monopolio con la libre concurrencia, es, naturalmente, imposible». (Vladimir Ilich Uliánov; Lenin; El imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

 El capitalismo monopolista es la fase superior al capitalismo liberal. Por tanto, la libre concurrencia se ha transformado en un ideal reaccionario. En el seno de un sistema económico actual va creándose los elementos del sistema por el que ha de sustituirse. Y el sistema que se va forjando en el interior condena al actual a la caducidad, a la muerte, porque el nuevo es siempre superior. Los modos de producción y las relaciones de producción provocan un salto cualitativo de un viejo sistema a un sistema nuevo.  Por lo demás, la historia humana no es una repetición de círculos concéntricos de retorno constante a un punto de partida constante:  es una ascensión progresiva, saltos de etapas inferiores a etapas superiores. Por eso nunca se ha producido un retorno a sistema económicos históricamente superados.  De la esclavitud no se volvió a la economía patriarcal. De la servidumbre no se volvió a la esclavitud. Del asalariado no se puede volver a la servidumbre, como de la libre concurrencia no se puede volver a la manufactura y los gremios. Del mismo modo, del capitalismo monopolista no se volverá a la libre concurrencia. La lógica de la Historia es de acero.

«Con ello queda ya determinado el lugar histórico del imperialismo, pues el monopolio, que nace única y precisamente de la libre concurrencia, es el tránsito del capitalismo a un orden social-económico más elevado». (Vladimir Ilich Uliánov; Lenin; El imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

¿Es posible devolver del capitalismo monopolista en la economía «pastoral agraria», en la manufactura de antes de la Revolución francesa, a los gremios, a las ciudades «libres» y en las regiones feudales de la Edad Media, a fin de salvar las clases medias del sistema de opresión colonial y estrangulamiento financiero , de una proletarización que se ha acelerado desde la advertencia del monopolismo? La respuesta, la encontraremos en la conducta del nazi-fascismo-falangista. Este «ideal» era la médula –teórica del fascismo de Mussolini, del nacional-socialismo de Hitler, del nacional-sindicalismo de Franco. ¿Qué ha quedado de tanta pamplina llamativa? Conquistado el poder, hicieron exactamente una política contraria: reforzaron los monopolios, es decir, el capitalismo monopolista, hicieron de esto una política oficial y la impusieron con la brutalidad característica del régimen». (Joan Comorera; La nación en una nueva etapa histórica, 15 de junio de 1944)

lunes, 25 de abril de 2016

Keynesianismo y las teorías económicas del fascismo: la defensa de la propiedad privada contra el marxismo; Rafael Martínez, 2015


«Las obras de Keynes cubrieron la literatura económica de la Alemania Nazi, independientemente de la actitud personal de Keynes hacia las formas políticas que el nacional-socialismo [nazismo] adoptó en su momento, que entendemos que él no apoyó. De hecho, no hay que confundir la forma política con la estructura económica que sustenta esta última. La crítica burguesa del nacional-socialismo y sus diferentes formas políticas ignoran en gran medida el pensamiento económico que vincula el capital monopolista, los grandes terratenientes y la militarización de la economía. En general, en la crítica burguesa sobre el fascismo se pasa por alto la relación respecto a la propiedad privada y la socialización. Esto demuestra que el argumento expuesto por muchos historiadores y economistas respecto a Keynes y su «éxito no deseado» en la Alemania Nazi. Se puede argumentar además, que la mayor parte de la crítica burguesa del fascismo es ajena al hecho de que éste último es un defensor de la propiedad privada y desea promover la reforma sobre la base del modo de reproducción capitalista. Al abogar por la necesidad de la propiedad privada, el fascismo rechaza totalmente al marxismo. Si ello se realiza bajo el disfraz del antisemitismo o en la forma de un lenguaje académico burgués no cambia fundamentalmente la esencia de dicha crítica económica. Tanto el keynesianismo como el fascismo sugieren que la forma del sistema capitalista sobre la base de la santidad del carácter privado de la propiedad de los medios de producción a través de mecanismos contemplados por el intervencionismo de Estado [20]. La simpatía generada en la Alemania Nazi por las obras de Keynes se basa en la lógica interior que sustentan sus postulados y cómo encaja en el papel histórico que el fascismo tiene la intención de jugar. En este sentido, no es casual que el prominente fascista británico y entusiasta de Mussolini, James Barnes, se refiriese positivamente sobre Keynes [21]:

«El fascismo está totalmente de acuerdo con el Sr. Maynard Keynes, a pesar de la posición prominente de este último como liberal. De hecho, una excelente librito de Keynes: «El fin del Liberalismo de 1926, podría, en lo que cabe, servir como una útil introducción a la economía fascista. Apenas hay nada que objetar a él y hay muchos aspectos positivos». (James Barnes; Aspectos universales del fascismo, 1929)

Muchos en Occidente han disputado las similitudes de la Teoría General de Keynes con el pensamiento económico nazi. Los defensores del keynesianismo han sostenido y continúan argumentando que tales alegaciones en relación con la simpatía de Keynes, son sin embargo pragmáticas y neutrales, que están basadas en una mala lectura de su famoso prefacio a la edición alemana de su obra Teoría General de 1936:

«Debo confesar que gran parte del contenido de este libro está ilustrado y expuesto principalmente en referencia a las condiciones existentes en los países anglo-sajones. No obstante, la teoría del producto en su totalidad que este libro tratará de ofrecer es, por mucho, más fácilmente adaptable a las condiciones de un Estado totalitario que la teoría de producción y distribución de un producto dado bajo las condiciones de libre competencia y en buena medida de laissez faire». (John Maynard Keynes; Teoría General del empleo, el interés y el dinero; Prefacio a la edición alemana, 1936)

Los historiadores y economistas en el campo keynesiano han sostenido de manera sistemática sobre la base de la especulación y, en ocasiones, la conjetura, en cuanto a lo que Keynes pudo o quiso haber dicho. Las alegaciones del keynesianismo, y por lo general, las teorías que promueven la intervención estatal bajo el capitalismo, no pueden estar basadas en un par de párrafos. Sería falso y poco profundo fabricar una crítica de Keynes basándonos en esta sola aserción. Ya fueran estas palabras una desafortunada selección de palabras o lo fueran de forma intencionada, no es algo esencial para la crítica marxista de las tesis económicas de Keynes. Estos párrafos no son suficientes para llegar a las conclusiones antes expuestas, aunque no estamos de acuerdo con los defensores del keynesianismo; dichas palabras de Keynes no fueron desafortunadas ni insustanciales. Muy por el contrario, este párrafo es coherente con la esencia de la Teoría General y su relación con el capital monopolista. Como se señalo anteriormente, el fascismo, como una forma de reformismo, tiene fuertes similitudes con el reformista en general. Con esto nos referimos a la relación del reformismo al capitalismo monopolista, en lugar de centrarse en las formas intrínsecas a la superestructura política del capitalismo. Lo que es de interés para el marxismo en Keynes es su defensa del capital monopolista y el uso del Estado como mero subsidiario. El socialismo plantea la nacionalización del capital monopolista bajo los auspicios del Estado, como una necesidad económica e histórica. Por el contrario, el reformismo se opone tenazmente a cualquier forma de expropiación o nacionalización a largo plazo en favor de las masas trabajadoras [22].

Keynes fue claro acerca de la esencia de su Teoría General con respecto a las ideas socialistas, por lo que las alegaciones formuladas por algunos economistas neoliberales son están manifiestamente fuera de lugar. El párrafo siguiente es un excelente resumen de las opiniones de Keynes sobre el papel del Estado, y lo que queda del concepto de socialización en su teoría económica:

«En algunos otros respectos la teoría precedente es moderadamente conservadora en sus implicaciones. Puesto que, aunque señala la vital importancia de que se establezcan ciertos controles centrales en asuntos que ahora se dejan fundamentalmente a la iniciativa individual, hay amplios ámbitos de actividad a los que no les afecta. El Estado tendrá que ejercer una influencia que guíe la propensión a consumir, en parte a través de sus planes impositivos, en parte fijando el tipo de interés, y en parte, puede que de otras formas. Además, parece poco probable que la influencia de la política bancaria en el tipo de interés sea suficiente por sí propia para determinar una tasa óptima de inversión. Por lo tanto, entiendo que una hasta cierto punto completa socialización de la inversión sea el único medio de asegurar algo aproximando al pleno empleo; aunque no tenga que excluir todo tipo de compromisos y mecanismos por los cuales la autoridad pública coopere con la iniciativa privada. Pero, más allá de esto, no se aboga sin reservas por un sistema de Socialismo de Estado que incluya la mayor parte de la vida económica de la comunidad. No es la propiedad de los instrumentos de producción lo que es importante que asuma el Estado. Si el Estado es capaz de determinar la cantidad agregada de los recursos dedicados a que aumenten los instrumentos y la tasa básica de remuneración de quienes los poseen, habrá logrado todo cuanto es preciso. Además, las necesarias medidas de socialización pueden introducirse gradualmente y sin romper las tradiciones generales de la sociedad». (John Maynard Keynes; Teoría General del empleo, el interés y el dinero, 1936)

Este párrafo es particularmente valioso para ilustrar los principios fundamentales de las teorías económicas del reformismo y de su conexión objetiva de las teorías económicas del fascismo. Keynes siempre fue explícito sobre su defensa del capitalismo y la santidad de la propiedad privada. Dicho esto, es muy importante hacer hincapié en las sutilezas detrás de las nociones de socialización y el control del Estado en el sistema keynesiano y cómo éstas se relacionan bien con la visión fascista. Keynes considera la «socialización de la inversión». Con ello Keynes se refería a la prerrogativa del Estado para intervenir en el mercado con el fin de cerrar la brecha entre la demanda y la producción. En este sentido, «estatización» y «socialización» se confunden. El Estado que proporciona esta inversión no está en las manos de los explotados; muy por el contrario, sirve a los intereses de la acumulación capitalista. Por lo tanto, uno tiene que tener mucho cuidado con la noción de socialización. Este último está íntimamente relacionado con la noción de dominio a favor de la sociedad en su conjunto, como base para la producción socialista. La concepción de socialización de Keynes es muy diferente de la del marxismo. Esto se hace explícito cuando Keynes no tiene en cuenta la propiedad de los medios de producción como una prerrogativa necesaria del Estado. Estos últimos según él deben estar en las manos de los capitalistas, no en propiedad de la sociedad a través del Estado. En esto radica la diferencia fundamental entre la noción de socialización en el reformismo y el marxismo y con ella la noción de plan económico. [23] La noción de socialización Keynes parece bastante similar a la defendida por la corriente principal ideología nazi. Alfred Rosenberg, ideólogo del régimen nazi, escribió en su célebre obra: «El Mito del Siglo 20» [24]:

«Al igual que el nacionalismo del siglo XIX había sido emponzoñado por fuerzas liberal-marxistas, también así le sucedió al socialismo. Hemos determinado ya precedentemente como socialista una medida realizada por el Estado para la protección de su totalidad del pueblo ante toda explotación, y además una medida estatal para la protección del individuo ante la avidez privada. Por lo que importa también aquí es no solamente una acción formal en sí, sino que una acción se hace socialista sólo con referencia a su resultado. Por eso es posible que acción socialista, no involucre en absoluto, como igualmente ya ha sido consignado, una estatización formal, ella puede, por el contrario, hasta significar una personificación». (Alfred Rosenberg; El mito del siglo XX, 1930)

Algunos neoliberales condenan a Keynes como un partidario del nazismo y otros tantos lo condenan como un defensor de las ideas socialistas. Por alguna razón los pensadores neoliberales ponen al nazismo y al socialismo en un solo campo, sin darse cuenta de que mientras el primero no pone en peligro las relaciones económicas que el capitalismo monopolista, el segundo las liquida. Es probablemente demasiado pedir a los economistas vulgares examinar la naturaleza de relaciones económicas, en particular, aquellas pertenecientes a la propiedad, clarificando el juicio con respeto al papel del Estado en la economía.

De hecho es un mito que el partido nazi redujera con su práctica económica la resistencia económica de los industriales alemanes como muchos en Occidente se han empeñado en afirmar. En su llegada al poder, el gobierno nazi reprivatizó [25] sistemáticamente muchos activos que habían sido nacionalizados por el anterior gobierno a la luz de la recesión económica de 1928-1933. Estas privatizaciones reforzaron la posición del capital en gran medida que, dicho sea de paso, fue esencial para catapultar a Hitler al poder. El nazismo, como una forma de reformismo, junto con el keynesianismo y las ideas reformistas de la regulación estatal del capitalismo, comparten la opinión de que el Estado no tiene que poseer los medios de producción con el fin de cumplir su misión. Uno siempre puede volver a la defensa de que Keynes no parece abogar abiertamente la ideología fascista, y que él era un defensor de las ideas liberales burguesas clásicas de la democracia burguesa. Algunos argumentan que el objetivo del nazismo fue la militarización de la economía, mientras que Keynes era un defensor de la mejora de la demanda en tiempos de paz para impulsar la producción. Sin embargo, si aceptáramos esto, estaríamos tomando el problema de una forma superficial y no estaríamos afrontando las cuestiones fundamentales de la economía política que relacionan el papel del Estado en la teoría económica del reformismo en general, y del keynesianismo en particular. Lo cierto es que tanto el keynesianismo como el nazismo conciben el Estado como un medio para preservar el papel principal del capital monopolista respecto a la clase obrera y las masas trabajadoras. También se puede volver al argumento y especular con que el keynesianismo es una versión más artificiosa del reformismo en comparación con el nazismo, en la que el primero se aferra a la ilusión de que las crisis económicas y las recesiones se pueden evitar mediante la intervención del Estado, y que el último sin embargo es brutal y megalómano, mostrando una visión más explícita y más abierta respecto a lo que concierne el objetivo último en el desarrollo del capital monopolista: un militarismo que conduce a la guerra y la esclavitud de pueblos enteros con la intención de servir a las necesidades de la extensión del capital monopolista. El keynesianismo y el reformismo moderno, ya que se niegan a socavar la base económica del capital monopolista, inevitablemente se convierten en instrumentos fundamentales para facilitar la tendencia hacia el militarismo y la intervención extranjera. Es un hecho que el imperialismo occidental de hoy está constantemente ocupado en varias formas de agresión, incluida la intervención militar abierta. Se puede ver como los imperialismos occidentales se dedican a la destrucción sistemática, siempre que sea posible, de la capacidad de las naciones enteras para controlar su propia riqueza, ya sea por la explotación de sus propios recursos como el petróleo o para evitar que con el tiempo se hubieran convertido en una especie de competidor en el mercado mundial. En última instancia, con el apoyo y la intervención directa en los conflictos locales, una ola de conflictos armados ha barrido países enteros. Con estos, la infraestructura es destruida sin posibilidad de reparación, los de vida se quedan arruinados y un gran número fallecen. Con ello países enteros son obligados a retroceder no décadas, sino siglos. Las tácticas parecen haber evolucionado: mientras que en la primera mitad del siglo XX los conflictos armados masivos condujeron a la eliminación física de millones de las masas trabajadoras europeas, lo que redujo drásticamente el desempleo, parece ahora que la generación de conflictos armados en el extranjero es la opción preferida. El fomento de los conflictos armados en el extranjero efectivamente destruye la capacidad de las naciones dependientes de competir, dejando que las grandes corporaciones adquieran nuevos mercados sin trabas. El problema del exceso de mano de obra o de una población con ingresos insuficientes se resuelve, en parte, por medio de conflictos armados. El militarismo y los conflictos armados se convierten en una tendencia natural, que es una expresión directa del hecho de que el reformismo es incapaz de resolver las contradicciones antagónicas inherentes al capitalismo. Como se ha dicho muchas veces sin rodeos, la socialización marxista o la barbarie.

El reformismo moderno no parece estar dispuesto o es incapaz de ver, la conexión entre la inevitabilidad del militarismo y los conflictos armados, con la evolución de las contradicciones antagónicas que sustentan al capital monopolista. Tomemos de ejemplo al senador del Estado de  Vermont Bernie Sanders. Actualmente, Sanders es sin duda el más progresista de los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos. Dicho esto, ¿su progresismo es una realidad? Sanders, después de Krugman, Stiglitz y otros, no escatimó comentarios mordaces hacia Wall Street, hacia el gran capital responsable del hecho de que los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres, y el papel cada vez menor de la clase media en el ingreso nacional. Dicho esto, Sanders siempre ha evitado abordar el principio por el cual los Estados Unidos se encuentran en una posición de constante patrocinio de la guerra o participación directa en ella. Sanders apoyó la invasión de Afganistán y puede haber estado en desacuerdo con la Administración con respecto a la presencia continuada de las tropas estadounidenses, pero no sobre la base de una posición de principios contra la guerra, sino sobre la base de que dichas tropas allí le sale demasiado caro al país. En este sentido Sanders no suena tan diferente de Barack Obama durante su primera campaña presidencial. El resto es historia». (Rafael Martínez El reformismo de Podemos y el renacimiento del keynesianismo, 2015)

Anotaciones de Rafael Martínez:

[20] Un buen artículo de los estudiosos burgueses sobre el tema de la relación entre el régimen nazi y el gran capital se puede encontrar en la obra de C. Buchheim y Schemer: «El papel de la propiedad privada en la economía nazi: El caso de la industria», en el The journal of Economic History Vol. 66, No. 2 (2006). Allí uno puede leer:

«Una cuestión importante tratada en este artículo es por eso que el Estado nazi, a diferencia de la Unión Soviética a la que a veces se compara, se abstuvo de una estatización generalizada de la industria. En vista de la violencia desplegada por el régimen por el contrario se puede dar por sentado que la razón no era ningún respeto a la propiedad privada como un derecho fundamental humano y civil». (C. Buchheim y Schemer; El papel de la propiedad privada en la economía nazi: El caso de la industria, 2006)

[21]  Keynes escribe en su folleto: «El fin del laissez-faire» de 1926: 

«Estas reflexiones se han dirigido hacia las mejoras posibles en la técnica del capitalismo moderno por medio de la agencia de la acción colectiva. No hay nada en ellas seriamente incompatible con lo que me parece es la característica esencial del capitalismo, es decir, la dependencia de un intenso atractivo por hacer dinero y por los instintos de amor al dinero de los individuos como principal estímulo de la máquina económica». (John Maynard Keynes; El fin del laissez-faire, 1926)

[22] La nacionalización de los activos privados no es desconocida durante las crisis económicas. La gran depresión en los Estados Unidos es un ejemplo emblemático de cómo el Estado se hace cargo de algunas industrias y bancos, para finalmente volver a vender los activos de nuevo a manos privadas. En los últimos tiempos el Estado capitalista prefiere rescatar, en lugar de nacionalizar.

[23] La Alemania Nazi estableció planes económicos de cuatro años. Muchos economistas burgueses y los historiadores han utilizado este hecho para establecer analogías entre la Alemania nazi y la Unión Soviética. Pero la naturaleza económica, la estructura y la composición orgánica de estos planes son radicalmente diferentes.

[24] Es interesante ver que la llamada «izquierda» del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, fue una tendencia más idealista del nacional-socialismo [nazismo], el cual implementó en su día una retórica anticapitalista. Es bien sabido que Hitler luchó enérgicamente contra esta tendencia en la década de 1920, como lo había hecho a los intereses del gran capital en mente. Otto Strasser, que llegó a ser perseguidos por las autoridades nazis, escribió: 

«Nuestro segundo paso consistió en elaborar un programa económico, político y cultural. En el ámbito económico se opone al marxismo y el capitalismo. Preveíamos un nuevo equilibrio sobre una base del feudalismo de Estado. El Estado iba a ser el único propietario de la tierra, que se podría alquilar a los ciudadanos privados. Todos eran de ser libre de hacer lo que le gustase, pero nadie podía vender o subarrendar la propiedad estatal. De esta manera lo que esperábamos para combatir la nación proletaria y para restaurar un sentido de libertad para nuestros conciudadanos. Ningún hombre es libre sino es económicamente independiente». (Otto Strasser; Hitler y yo, 1940) 

Hay poca necesidad de abordar este concepto de «feudalismo de Estado», ya que se ve privado de cualquier justificación científica. Lo que es relevante aquí es que la llamada «izquierda» en el movimiento nacional-socialista es también un enemigo acérrimo de la socialización marxista. La burguesía y la propaganda reformista han hecho y continúa haciendo intentos de establecer analogías entre las variaciones de la ideología del nacional-socialismo y el marxismo. Esto carece de fundamento y es calumnioso dicho sutilmente. De hecho todo lo contrario con respecto a la alegación de la burguesía, la naturaleza pro-empresarial del nacional-socialismo se aplica.

[25] Para una revisión de la reprivatización alemana implementada por el gobierno nazi puede verse en la obra de Germa Bel: «Contra la corriente principal: la privatización nazi en la década de 1930 Alemania» publicada en The Economic History Review, en 2009.

sábado, 23 de abril de 2016

La situación mundial después de la Guerra; Andréi Zhdánov, 1947


«El fin de la Segunda Guerra Mundial ha traído cambios considerables en la situación internacional en su conjunto. La derrota militar del bloque de países fascistas, el carácter de la guerra como guerra de liberación antifascista y el papel decisivo de la Unión Soviética en la victoria sobre los agresores fascistas, han modificado sustancialmente la correlación de fuerzas entre los dos sistemas –socialista y capitalista– a favor del socialismo.

¿Cuál es la naturaleza de estos cambios?

La consecuencia principal de la Segunda Guerra Mundial fue la derrota militar de Alemania y Japón, los dos países más agresivos y militaristas del capitalismo. Los elementos imperialistas y reaccionarios del mundo –particularmente en Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia– pusieron grandes esperanzas en Alemania y Japón, y principalmente en la Alemania de Hitler: en primer lugar, como la fuerza más capacitada para asestar un golpe contra la Unión Soviética, con el fin de destruirla o por lo menos debilitarla y socavar su influencia; y en segundo lugar, como la fuerza capaz de aplastar a la clase obrera revolucionaria y al movimiento democrático en Alemania y los países víctimas de la agresión hitleriana, para así fortalecer la posición general del capitalismo.

Esta fue la razón principal de la política de «apaciguamiento» e incitación a la agresión fascista –la «política de Múnich»–, seguida de manera persistente por los círculos imperialistas gobernantes de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos, antes de la guerra. Pero las esperanzas depositadas en los hitleristas, por parte de los imperialistas ingleses, franceses y estadounidenses, fueron vanas. Quedó demostrado que los hitleristas eran más débiles, en tanto que la Unión Soviética y los pueblos amantes de la libertad eran más fuertes de lo que pensaban los munichistas. Y como resultado de la Segunda Guerra Mundial, las principales fuerzas belicosas de la reacción fascista internacional han sido aplastadas y puestas fuera de acción por un largo tiempo por venir.

viernes, 22 de abril de 2016

¿De dónde emana la influencia del fascismo sobre las masas?

Mussolini durante la marcha sobre Roma, 1922

«¿De dónde emana la influencia del fascismo sobre las masas? El fascismo logra atraer a las masas porque especula de forma demagógica con sus necesidades y exigencias más candentes. El fascismo no sólo azuza los prejuicios hondamente arraigados en las masas, sino que especula también con los mejores sentimientos de éstas, con su sentimiento de justicia y, a veces, incluso con sus tradiciones revolucionarias. ¿Por qué los fascistas alemanes, esos lacayos de la gran burguesía y enemigos mortales del socialismo, se hacen pasar ante las masas por «socialistas» y presentan su subida al poder como una «revolución»? Porque se esfuerzan por explotar la fe en la revolución y la atracción del socialismo que viven en el corazón de las amplias masas trabajadoras de Alemania.

El fascismo actúa al servicio de los intereses de los imperialistas más agresivos, pero ante las masas se presenta bajo la máscara de defensor de la nación ultrajada y apela al sentimiento nacional herido, como hizo, por ejemplo, el fascismo alemán que arrastró consigo las masas pequeño burguesas con la consigna de: «¡contra el tratado de Versalles!».

El fascismo aspira a la más desenfrenada explotación de las masas, pero se acerca a ellas con una demagogia anticapitalista muy hábil, explotando el profundo odio de los trabajadores contra la burguesía rapaz, contra los bancos, los trusts y los magnates financieros y lanzando las consignas más seductoras para el momento dado, para las masas que no han alcanzado una madurez política. En Alemania: «nuestro Estado no es un Estado capitalista, sino un Estado corporativo», en el Japón: «por un Japón sin explotadores», en los Estados Unidos: «por el reparto de las riquezas», etc.

El fascismo entrega al pueblo a la voracidad de los elementos más corrompidos y venales, pero se presenta ante él con la reivindicación de un «gobierno honrado e insobornable». Especulando con la profunda desilusión de las masas sobre los gobiernos de democracia burguesa, el fascismo se indigna hipócritamente ante la corrupción –véase, por ejemplo, el caso Barmat y Sklarek en Alemania, el caso Staviski en Francia y otros–.

El fascismo capta, en interés de los sectores más reaccionarios de la burguesía, a las masas decepcionadas que abandonan los viejos partidos burgueses. Pero impresiona a estas masas por la violencia de sus ataques contra los gobiernos burgueses, por su actitud irreconciliable frente a los viejos partidos de la burguesía.

Dejando atrás a todas las demás formas de la reacción burguesa por su cinismo y sus mentiras, el fascismo adapta su demagogia a las particularidades nacionales de cada país e incluso a las particularidades de las diferentes capas sociales dentro de un mismo país. Y las masas de la pequeña burguesía, incluso una parte de los obreros, llevados a la desesperación por la miseria, el paro forzoso y la inseguridad de su existencia, se convierten en víctimas de la demagogia social y chovinista del fascismo.

El fascismo llega al poder como el partido del asalto contra el movimiento revolucionario del proletariado, contra las masas populares en efervescencia, pero presenta su subida al poder como un movimiento «revolucionario», dirigido contra la burguesía en nombre de «toda la nación» y para «salvar» a la nación –recordemos la «marcha» de Mussolini sobre Roma, la «marcha» de Piłsudski sobre Varsovia, la «revolución» nacional-socialista de Hitler en Alemania, etc–.

Pero cualquiera que sea la careta con que se disfrace el fascismo, cualquiera que sea la forma en que se presente, cualquiera que sea el camino por el que suba al poder; el fascismo es la más feroz ofensiva del capital contra las masa trabajadoras; el fascismo es el chovinismo más desenfrenado y al guerra de rapiña; el fascismo es la reacción feroz y la contrarrevolución; el fascismo es el peor enemigo de la clase obrera y de todos los trabajadores»(Georgi DimitrovLa clase obrera contra el fascismo: Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 2 de agosto de 1935)

lunes, 18 de abril de 2016

Sobre la situación internacional; Informe en la Iº Conferencia de la Kominform; Andréi Zhdánov, 1947

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«Por su parte, la Segunda Guerra Mundial y la derrota del fascismo, el debilitamiento de la posición internacional del capitalismo y el fortalecimiento del movimiento antifascista, permitieron que un grupo de países del centro y el sudeste de Europa se separara del sistema imperialista. En esos países se han establecido nuevos regímenes democrático-populares. El admirable ejemplo de la Guerra Patria de la Unión Soviética y el rol liberador del Ejército Rojo fueron acompañados por la lucha de las masas de los países amantes de la libertad, por la liberación nacional de la invasión fascista y sus cómplices. En el curso de esa lucha, los elementos profascistas y los colaboracionistas –lo más influyente de los grandes capitalistas, terratenientes, altos funcionarios y oficiales monárquicos–, fueron desenmascarados como traidores a los intereses nacionales. La liberación de la esclavitud fascista alemana en los países del Danubio fue acompañada por la remoción del poder de la gran burguesía y los terratenientes involucrados en la colaboración con el fascismo alemán, y por el ascenso al poder de nuevas fuerzas del pueblo que demostraron valor en la lucha contra los invasores nazis. En esos países, los representantes de la clase obrera, el campesinado y la intelectualidad progresista han tomado el poder. La autoridad de la clase obrera y su influencia en el pueblo han crecido de forma considerable, porque demostró, en todo momento y lugar, el mayor heroísmo y la mayor consecuencia y combatividad en la guerra antifascista». (Andréi Zhdánov; Sobre la situación internacional;Informe en la Iº Conferencia de la Kominform, 1947)


Introducción de «Bitácora (M-L)»


El informe de Andréi Zhdánov titulado «Sobre la situación internacional» tiene una importancia decisiva en la historia del movimiento comunista internacional. Normalmente es conocida la versión publicada en la revista de la Kominform: «¡Por una paz duradera, por una democracia popular!», cuya versión omite en el capítulo IV la crítica explícita al Partido Comunista Francés e Italiano y elimina completamente el capítulo V titulado «Conclusiones» y que luego sería utilizado para la «Declaración» conjunta de los nueve partidos sobre la situación internacional. Nosotros, en esta ocasión, traemos el informe original, el que Zhdánov pronunció durante la conferencia, el informe completo vaya. Este puede ser visto en la obra: «La Kominform; Actas de las tres conferencias 1947/1948/1949», de la Fondazione Giangiacomo Feltrinelli, publicado en 1994.

Analicemos los puntos del informe:


1) En el primer punto se habla de los cambios sufridos en el mundo después de la Segunda Guerra Mundial.

Esto significo el fin de muchas de las potencias imperialistas del campo perdedor como Japón, Alemania o Italia, y el debilitamiento de las potencias imperialistas como Francia o Gran Bretaña que en su estado no pudieron mantener sus colonias o debieron emprender guerras para mantenerlas y siempre bajo una nueva dependencia económico-política de los Estados Unidos. Por otro lado supuso el ascenso sin discusión de Estados Unidos como superpotencia imperialista en el mundo capitalista, y el inicio de su esfuerzo para que sus monopolios mantuviesen el ritmo de altos ingresos que durante la guerra pudieron cosechar con el negocio que supuso para ellos la guerra. Por otro lado pese al gran desgaste humano y económico, del que a ritmos acelerados se reponía, la Unión Soviética obtuvo el reconocimiento de principal país que encabezó la lucha contra el fascismo en la guerra, reforzó el estatus de país luchador por la paz, del campeón del antiimperialismo, y de verdadero portador de la democracia, y como representante de un sistema socio-económico socialista que se había visto superior al capitalista en multitud de ámbitos. Por último, hubo toda una serie de países que tomando el poder al final de la guerra lucharon contra la reacción local y extranjera, bajo la dirección de los partidos comunistas, lo que significó a la postre la resolución de tareas antiimperialistas, anticolonialistas antifeudales, antifascistas –lo que significaba romper con los diferentes imperialismos–, y el paso a la resolución de medidas económicas de carácter socialista –bajo la paulatina consolidación política de la cristalización de la dictadura del proletariado–, esto fueron los países de las llamadas democracias populares –en el informe todavía llamadas nuevas democracias o simplemente países democráticos–.

2) Zhdánov señala el nuevo alineamiento en el periodo de posguerra.

Incluyendo el reordenamiento de las fuerzas políticas del campo vencedor en la Segunda Guerra Mundial, ya que la vieja alianza entre Estados Unidos, Gran Bretaña, la Unión Soviética, Francia, etc. había llegado a su fin. Ahora se presentaba en un campo a la Unión Soviética, junto a los países de democracia popular, los países que luchaban contra el imperialismo, y a los movimientos políticos que luchaban por el anticolonialismo, el antiimperialismo, el antifeudalismo, el antifascismo y el socialismo; y el otro campo formado por los Estados Unidos, el resto de países imperialistas, los países capitalistas sumisos al imperialismo, los movimientos políticos sostenedores de la política imperialista, y de rehabilitación y reactivación del fascismo.

Esto es similar a lo que Stalin anunció, por ejemplo, en 1925:

«El hecho básico en este ámbito es que el capitalismo mundial que todo lo abarca ya no existe. Después de que el País de los Soviets entró en vigor, después de que la vieja Rusia se transformó en la Unión Soviética, aquel capitalismo mundial que todo lo abarca dejó de existir. El mundo se dividió en dos campos: el campo del imperialismo y el campo de la lucha contra el imperialismo. (...) Dos de los principales países –Gran Bretaña y Estados Unidos, bajo una alianza anglo-estadounidense–están llegando a estar a la cabeza de los países capitalistas. Nuestro país –la Unión Soviética– está llegando a estar a la cabeza de los que estaban descontentos con el imperialismo y están en lucha mortal contra él. (...) Se están creando centros de atracción y, de conformidad con esto, dos líneas de la atracción hacia los centros de todo el mundo: Gran Bretaña y los Estados Unidos –para los gobiernos burgueses–, y la Unión Soviética –para los trabajadores de Occidente y los revolucionarios del Este–. El poder de atracción de la Gran Bretaña y los Estados Unidos radica en su riqueza; en los créditos se pueden obtener de ellos. El poder de atracción de la Unión Soviética radica en su experiencia revolucionaria, su experiencia en la lucha por la emancipación de los trabajadores contra el capitalismo y de los pueblos oprimidos del imperialismo. (...) Dos campos, dos centros de atracción». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; Sobre la situación internacional; Informe en el XIVº Congreso del Partido Comunista (bolchevique), 18 de diciembre de 1925)

Por supuesto, Zhdánov señalaba en las conclusiones de su informe que «la lucha entre estos dos campos, entre el campo imperialista y el campo antiimperialista, se desarrolla en las condiciones de la acentuación continua de la crisis general del capitalismo, del debilitamiento de las fuerzas del capitalismo y de la consolidación de las fuerzas del socialismo y de la democracia». O dicho de otro modo, la debilidad del campo imperialista no solamente es consecuencia del auge de los movimientos de liberación nacional que luchan por liberarse del colonialismo o el neocolonialismo, sino que también es consecuencia de las fuerzas que luchan por la construcción del socialismo, las cuales al haberse liberado del imperialismo económicamente, al industrializarse y cooperar económicamente con los países liberados de la influencia imperialista, están cerrando mercados al imperialismo, quiebran su expansionismo y el control de estos mercados, acelerando su crisis.

3) El siguiente punto fue una exposición de la naturaleza política, económica e ideológica de los Estados Unidos para subyugar a los países.

En lo económico la estrategia estadounidense se plasmó en el llamado Plan Marshall. Que la propaganda imperialista lo pintó como un plan altruista de recuperación económica de Europa, nada más lejos de la realidad, el imperialismo por su carácter, por su necesidad de adquirir beneficios en detrimento de sus competidores imperialistas, y en base a la explotación colonial o neocoloniales de países dependientes, no puede ser altruista. En realidad el plan fue concebido entre otros factores por la acumulación de capital estadounidense desde los últimos años, y debido también a las oportunidades que se abrían en la situación de posguerra, por lo que Washington creía que era un buen momento para intentar conseguir dominar los mercados a través de inyecciones de capital, es decir de exportación de capitales. Con el Plan Marshall se intentaba por tanto atar económicamente a los países derrotados de la guerra, pero también a los países vencedores que tenían dificultades, esto se hacía sabiendo que había que aprovechar el momento propicio para ocupar los mercados europeos abandonados por las antiguas potencias imperialistas que desaparecieron o quedaron mermados tras la guerra. Obviamente el imperialismo antes de conceder cualquier préstamo, crédito y demás, calcula de antemano cuales serían los beneficios y cuál sería la solvencia del deudor, para ver si es factible y beneficiosa para sus intereses tal operación, la exportación de capitales no es sino una forma fácil de explotación de unos países ricos a otros pobres, es lo que da lugar a la llamada neocolonización. Esta «ayuda económica» estadounidense, siempre iba acompañado de un chantaje político a los países receptores, y se reflejaba en las exigencias de una exclusión de los comunistas de cualquier puesto en las coaliciones de gobierno de la posguerra –véase los casos de Francia o Italia, o los intentos similares en Hungría y Checoslovaquia–, quienes eran los resueltos campeones en la lucha por la defensa de la soberanía nacional de estos países. En muchas ocasiones se sabía que los países deudores no podrían pagar los créditos dados, entonces estos se pagaban mediante la apertura del mercado interno a los productos estadounidenses a los que no se daban salida en otros mercados –como sucedería en Francia y la entrada masiva de productos estadounidenses– a los que además se les daban ventajas fiscales. Nótese que cuanto mayor era la deuda externa con los Estados Unidos mayor era la dependencia política y menor el margen de maniobra de los gobiernos de los países deudores para escapar a su influencia. Así pues, con el Plan Marshall se mataban dos pájaros de un tiro: por un lado intentar reintroducir a los países de democracia popular otra vez en el redil de la dependencia económica de los imperialismos occidentales, saboteando la construcción socialista al intentar que se mantuviesen como países productores de materias primas y no industrializados, y por otro; intentar mantener el acelerado ritmo de ganancias que los monopolios estadounidenses cosecharon durante la guerra y que no estaban dispuestos a abandonar para entrar en recesión. Como apunte el Plan Marshall también servía para sostener a regímenes aliados con dificultades económicas, así tanto la España de Franco como la Yugoslavia de Tito o el Japón de Yoshida recibieron los créditos del Plan Marshall aunque no figuraron oficialmente como países miembros del plan.

Así mismo, la Doctrina Truman, era la estrategia política a nivel global de hacer de Estados Unidos la «policía del mundo». Se justificó toda una serie de intervenciones en todos los puntos del globo, no solo a través de ayuda económica, sino militar. La Guerra Civil Griega, 1946-1949 entre los patriotas griegos –encabezados por los comunistas– contra los monarco-fascistas griegos y los ocupantes británicos, sería uno de los primeros escenarios de intervención de los estadounidenses bajo esta doctrina política. En general, se empezó a justificar la persecución de los comunistas –que en Estados Unidos se denominaría la época de la «caza de brujas» o la época del macarthismo– bajo la justificación de que siendo el comunismo como era –según la propaganda del gobierno estadounidense se encargaba de distorsionar– era algo lícito, que el hecho de: encarcelar, torturar o asesinar a los comunistas, no era un crimen, sino que era sinónimo de defensa de la democracia, la independencia, las libertades y de las mejores tradiciones de la nación.

Ideológicamente el imperialismo estadounidense se valió de muchos medios. Si bien durante la guerra Estados Unidos todavía podía presumir con cierta razón de mantener derechos y libertades en su democracia burguesa que sus adversarios de Alemania o Italia, como Estados fascistas no tenían, en la posguerra teniendo a la Unión Soviética como adversario la cosa cambiaba, ya que era evidente que la democracia proletaria-socialista en la Unión Soviética era sinónimo de progreso porque contaba con mayores derechos y libertades que la decadente democracia burguesa-capitalista de los Estados Unidos. La Unión Soviética había otorgado plena garantía de derechos que todavía muchos de los países capitalistas no habían logrado y que algunos jamás llegarían a lograr –no existían clases parasitarias que vivieran del trabajo ajeno solo clases trabajadoras, sanidad y educación de carácter gratuito y universal, igualdad de género en cuanto a voto electoral o salario, jornada laboral de 7 horas, seguros laborales, derecho a vacaciones, derecho a voto secreto, directo y universal, respeto a las nacionalidades y derecho a la preservación y expansión de su lenguaje y cultura, libertad de culto, etc.–; además había demostrado de sobra su política de lucha por la paz, su voluntad de mantener una coexistencia pacífica con los países capitalistas hasta que los pueblos de estos países decidiesen liberarse del capitalismo; y por supuesto se había ganado el cariño de todos las masas trabajadoras antifascistas durante la Segunda Guerra Mundial al librar a Europa del nazismo. Pero aún así, la prensa y propaganda del imperialismo estadounidense desató una febril lucha ideológica para denigrar estos logros, y lo hizo no solo adornando su decadente democracia burguesa, sino calumniando la democracia proletaria. Para ello acusaron al sistema soviético de «totalitario», palabra de moda que en la prensa y propaganda occidental se usaría en adelante, de ser un sistema que llevaba a la «falta de libertades personales», y de ser en sí un sistema político-económico y una ideología expansionista, belicista, y agresiva, y de una cultura que por su ateísmo científico ponía en riesgo los valores cristianos que según ellos sustentaban a Europa. Con todo esto se pretendía dar la impresión de que cada justa protesta, cada huelga, hasta pasar por una justa insurrección anticolonial de los patriotas nativos contra los ocupantes imperialistas en cada sitio del mundo, no es que fuese una reclamación justa de las masas trabajadoras, sino que era culpa directa del comunismo, que a través de diversos engaños y subversiones de todo tipo había incitado a la gente a la rebelión. Por otro lado gracias a la labor de la siempre fiel socialdemocracia, o a la irrupción de nuevas corrientes revisionistas, como el browderismo en los Estados Unidos, el maoísmo en China, o el titoismo en Yugoslavia, el imperialismo estadounidense tendría a su disposición a los mejores profetas para introducir en distintos países los designios imperialistas políticos, militares, económicos y demás.

4) El último punto del informe referido a los partidos comunistas y su rol en cada país.

Este punto es especial. Ya que enunciaba las tareas del momento para los partidos comunistas, pero también abrió la veda para que todas las delegaciones hicieran una crítica a los defectos de los partidos comunistas desde el periodo de la Segunda Guerra Mundial hasta 1947. Esto no es casual. Partiendo del contenido del memorando del Departamento de Política Exterior del Comité Central del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética, Andréi Zhdánov elaboró el informe que él, en calidad de representante del partido soviético, iba a presentar en la conferencia partiendo del contenido del memorando del Departamento de Política Exterior del Comité Central del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética. Pero él decidió personalmente incorporar el punto de «criticar los errores cometidos por ciertos partidos comunistas como el francés, italiano, checoslovaco, y otros, conectados particularmente con la insuficiente ligazón entre los partidos y la coordinación de sus actividades».

Se comentaría que al cometer ciertos partidos ciertos errores y al no estar en comunicación con otros partidos hermanos, estos últimos no estaban en buen conocimiento ni tenían la posibilidad de debatir y comunicarle correctamente sus errores. Por ello se instaba a una mayor cooperación entre los partidos comunistas y a la formación de la Kominform en esta primera conferencia, tomando como punto de partida la oficina compuesta por miembros de cada partido y la publicación de una revista conjunta. Objetivos que se lograron introducir en la conferencia.

Zhdánov criticó la línea seguida desde la guerra por el PCF y PCI tanto en este informe como en el resto de sus intervenciones en la conferencia. De hecho durante la conferencia fueron notables las discusiones y el áspero tono de Zhdánov con Longo y Duclos respecto a los errores de sus respectivos partidos:

«La conferencia ha servido en gran medida como una plataforma desde la que brotó una vigorosa crítica, mordaz, sobre el oportunismo, el legalismo, el parlamentarismo burgués y otras dolencias con las que se veía que los partidos comunistas de Francia e Italia habían sido afectados». (Eugenio Reale; La fundación de la Kominform, 1958)

Existían inicialmente en el informe de Zhdánov una crítica al Partido Comunista Checoslovaco y otra al Partido Comunista de Yugoslavia. Nosotros pensamos que la crítica a los checoslovacos y la razón de que finalmente no se incluyera en su informe presentado a la conferencia, se debe a la actitud autocrítica de la delegación checoslovaca, que supo ver sus propios errores sin que Zhdánov tuviera que señalarlos directamente. Y sobre la crítica a los yugoslavos y la razón de que se eliminase, creemos que se debe a que los soviéticos veían más importantes centrarse en la crítica a las desviaciones de los franceses e italianos por ver que eran desviaciones más peligrosas y urgentes. También puede ser que conociendo el carácter de alguno de los líderes yugoslavos, temieran cómo se iban a tomar las críticas, y puede que en conexión con esto último los soviéticos pensaran que era mejor concentrarse de momento en hacer ver los errores cometidos primero a los franceses e italianos –tal y como se hizo–, y que en la emisión de dicha crítica fueran asistidos por los yugoslavos, para que así cuando se diese pie a una crítica de las desviaciones de los yugoslavos en la siguiente conferencia ya estuvieran solventadas las desviaciones franco-italianas y los yugoslavos hubieran visto como ejemplo el ejercicio de crítica y autocrítica a la que fueron sometidos los franceses e italianos.

Hubo una breve discusión respecto a la crítica en el informe de Zhdánov sobre las desviaciones de franceses e italianos y sobre si sacar al público ducha crítica al PCF y el PCI en la próxima revista de la Kominform. Se decidió que a través de su Comité Central cada partido tuviera la posibilidad de modificar los discursos de sus delegados en la conferencia de la Kominform para que los informes fuesen más claros de cara al público, corregir algunas teorías que ahora se veían erradas con suma claridad, añadir ciertas cosas para dar una visión más completa sobre los temas abordados. Ha de saberse que Étienne Fajon, delegado francés, aprovecho la discusión para rogar a Zhdánov que eliminara de su informe tal crítica a su partido, y a cambio los franceses publicarían en sus informes una autocrítica que luego sería publicada en la futura revista de la Kominform:

«Hablando de la revista y de su papel en lo que se refiere a la Kominform, Gomułka propuso durante la conferencia que sus primeros números publicaran los materiales de la conferencia siendo debidamente examinados por los respectivos Comités Centrales de cada partido. A cambio de obtener el compromiso de eliminar en la prensa las secciones del informe de Zhdánov que criticaban al partido francés, Fajon prometió que la crítica se añadiría en forma de autocrítica en el informe de Duclos que se publicaría en la prensa. Una vez regresaron a casa, los delegados informaron sobre los trabajos en la conferencia a los Comités Centrales de sus partidos, los cuales reescribirían los informes de información presentados por sus delegados en la conferencia». (Fondazione Giangiacomo Feltrinelli; La Kominform; Actas de las tres conferencias, 1947/1948/1949, 1994)

Zhdánov comentó que se debería o eliminar la crítica, o publicar como suplemento la discusión de ambas partes sobre las desviaciones, para no dar una visión unilateral del problema. Finalmente se optó por aceptar la propuesta de los franceses y eliminar en sí la crítica de Zhdánov a los franceses e italianos. En nuestra opinión: ya expresada en el documento donde analizábamos la Iº Conferencia de la Kominform:

«Se debería haber publicado el informe de Andréi Zhdánov de forma íntegra –incluyendo la crítica a los errores del PCF y PCI–. No es factible haber pensado, como por entonces decía Kardelj, que si se publicaba tal crítica a los franceses se les iba a presentar dificultades en su país. Pues si tras esa crítica se daba el caso que los franceses estaban de acuerdo con lo expuesto por otros partidos hermanos, y realizaban una autocrítica a la cual la reacción francesa proclamaba que: «Moscú está obligando al PCF a cambiar su línea programática, le está controlando a través de la Kominform», no sería nada nuevo, ya que de una forma u otra la burguesía imperialista francesa y estadounidense siempre iba a tratar vender en su propaganda chismes de este tipo. (…) Se cumple por tanto la verdad histórica de que en la medida que se flexibilice y simplifique el discurso marxista-leninista de una organización o individuo que pretenda serlo, en esa misma medida podrá ser manipulado por los oportunistas de toda laya. A mayor flexibilización mayor manipulación, así lo demuestra la evidencia histórica. Si aplicamos esto a la presente cuestión: eso nos indica, que años después la militancia de todos estos partidos presentes en la conferencia, solo tenían la constancia de que sí, efectivamente hubo una crítica al PCF y al PCI, pero la falta de publicación de las críticas, y el tupido velo que se echó para hacer parecer que el autor de la autocrítica de los errores del PCF-PCI eran ellos mismos y no por estimulo de la crítica exterior de los partidos hermanos, dejaron un camino muy fácil a los Thorez, Togliatti y compañía para manipular históricamente los sucesos de 1947 tras la contrarrevolución en la mayoría de partidos comunistas del mundo acaecida a partir de 1953. (…) Se debía haber procedido a que el Partido Comunista Francés publicara en su órgano de prensa que la autocrítica a la que llegó fue posible gracias a la crucial intervención del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética sobre los errores del Partido Comunista Francés, y que dio paso a un proceso de debate y contraposición de intervenciones que contó con la asistencia de todos los partidos, con los cuales el PCF también debatió. Y que el hecho de que estos partidos abrieran los ojos al PCF no era  motivo ni de injerencia ni de vergüenza, sino que está en lo normal en cuanto a las relaciones entre partidos, es decir, el ejercer el libre intercambio de opiniones, de críticas y de ser necesario de autocríticas sobre la línea de cada partido». (Equipo de Bitácora (M-L); La crítica al revisionismo en la Iº Conferencia de la Kominform de 1947, 2015)

5) El punto número cinco referido a las conclusiones del informe, era un mero repaso a lo expresado en todos los puntos de su informe. Los delegados de los nueve partidos comunistas quedaron tan impresionados por el informe y ante la necesidad de emitir una opinión sobre los eventos internacionales decidieron publicar con algunos retoques este capítulo como una resolución de opinión de los nueve partidos respecto a la situación internacional. Esta resolución se llamó «Declaración» de los nueve partidos y se publicó en la primera edición de la revista de la Kominform llamada: «¡Por una paz duradera, por una democracia popular!» con la firma de los nueve representantes.

Notas

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