«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

sábado, 28 de noviembre de 2015

Consolidación del liderazgo de Daniel Ortega Saavedra; Equipo de Bitácora (M-L), 2015

De izquierda a derecha: Daniel Ortega, Felipe González y Fidel Castro en 1984.

«Con el ascenso al poder de Violeta Barrios Torres, candidata de la Unión Nacional Opositora (UNO), a inicio de los 90 y con los logros progresistas del periodo 1979-1990 fundamentalmente en materia de salud y educación en proceso de ser revertidos, el pueblo nicaragüense se lanza a las calles para tratar de defender esos logros de la envestida privatizadora neoliberal, pero se encuentra sin dirigentes en medio de un clima que presagia una guerra civil.

Vale expresar que tanto los revisionistas Partido Socialista de Nicaragua (PSN) y su escisión, el Partido Comunista de Nicaragua (PCN), formaban parte del bloque que había arrebatado el poder al FSLN vía electoral; recordemos además que la UNO era un frente de 14 organización políticas; y ni aún así ha habido desarrollos ideológicos encaminados a revelar el carácter antimarxista de estas organización, por otro lado es comprensible, pues para el FSLN desenmascarar a estos grupos de traidores ante la clase obrera supone auto-desenmascararse como organización burguesa y traidora a las luchas del pueblo nicaragüense; y por otro lado, no hacerlo le beneficia enormemente en su propósito de mantener envilecidas a las masas según los intereses de clase de la dirigencia.

En este periodo parecía que los dirigentes del FSLN, en su mayoría, habían abandonado a la militancia, y daba la impresión de que solo Daniel Ortega se queda a dirigirlos «visiblemente». Mucho se ha dicho a efectos de la propaganda, y por mucho tiempo nosotros mismos creímos que tras la derrota electoral de 1990 hubo una desbandada de dirigentes, pero observando detenidamente los hechos, hemos concluido que aquello no ocurrió de esa manera, sencillamente debido a la «sobreexposición» de Daniel Ortega, fruto de la creación artificial de su «liderazgo en solitario», los demás comandantes y dirigentes quedarían eclipsados. Veamos lo que refiere Wheelock.

«No es cierto que la Dirección Nacional «haya desaparecido» cuando perdimos el gobierno. Esa afirmación parece un intento fallido de Tomás para forzar la conclusión de que tras la derrota electoral los miembros de la Dirección que a él le interesa menoscabar salieron corriendo. La verdad es otra. Con la derrota electoral la Dirección Nacional cerró filas al frente de la coyuntura peligrosa y delicada que sacaba al FSLN del gobierno sin que las fuerzas de la contrarrevolución hubieran cumplido con el acuerdo de desmovilizarse. A partir del 25 de febrero de 1990, yo mismo, como miembro de la Dirección y del gobierno, fui delegado junto con los Generales Humberto Ortega y Joaquín Cuadra para negociar con los representantes de Doña Violeta Chamorro el protocolo de transición que sentó las bases políticas para la paz y estabilidad de la república. El seguimiento a esos acuerdos nos llevó cerca de cuatro años. La Dirección Nacional histórica fue además ratificada por unanimidad por el Congreso del FSLN que se celebró unos meses después de la derrota electoral. Es hasta el Congreso de 1994 –cuatro años después–, que la Dirección Nacional es modificada y sustituida en medio de una contienda entre corrientes políticas que dividió al FSLN y a los antiguos miembros de la Dirección Nacional. No hubo tampoco, como afirma Borge «una deserción natural» de miembros de la Dirección Nacional, sino diferencias políticas y pugnas que nos distanciaron». (Jaime Wheelock Román; El Nuevo Diario: Contestación de Jaime Wheelock al Embajador Tomás Borge, 5 de mayo de 2008)

Es ese hecho, la «sobreexposición», el que termina de catapultar la figura de Ortega y lo convierte en el líder indiscutible del FSLN a partir de entonces, es decir, aunque si bien la figura de líder de Ortega se inició a construir mediante propaganda desde aproximadamente 1983 con vista a la vuelta al sistema democrático burgués y los procesos electorales, este liderazgo no logró consolidarse sino hasta que emerge como «líder máximo» a principio de los 90, y el mismo solo fue posible cuando individualmente pudo sobresalir frente a los otros ocho comandantes de la Dirección Nacional, lo que fue decididamente favorecido por la vacilación mostrada por «los otros ocho» comandantes. En ese escenario Daniel Ortega, como líder máximo del FSLN y del mayor partido de la oposición, rápidamente llamó con insistencia a la paz y a la reconciliación, a la aceptación de los resultados electorales de 1990, al respeto de la democracia burguesa que estaba envistiendo al pueblo, propuso el gobierno desde abajo –una suerte de oposición ejercida sobre el ejecutivo desde la Asamblea Nacional acompañada de presión en las calles pero dentro de los límites proporcionados por el sistema creado a la luz de la revolución de 1979–; pero nunca exigió ninguna garantía para que los pocos logros de la Revolución Sandinista de 1979 en materia social –los únicos cuantificables– supervivieran. Es decir, al contrario de lo que la mayoría piensa, el verdadero salvador de la democracia burguesa, en tanto del neoliberalismo en Nicaragua, es Daniel Ortega. Esa su intervención directa posibilitó que se redujeran las condiciones objetivas y subjetivas para un nuevo proceso revolucionario, en el que como siempre, se adoleció nuevamente de una verdadera vanguardia marxista-leninista que pudiera materializar tal momento.

Desde que se pierden las elecciones hasta 1995 los conflictos internos del FSLN se van sucediendo. Si bien en los 80 dentro del eclecticismo y fraccionalismo aparecía una aparente uniformidad ideológica al menos sobre la dirección del FSLN, eso en los 90 salta por los aires y nuevamente se suceden varios discursos que llevan a la formación de nuevas y abiertas fracciones dentro del partido; por un lado los «ramiristas» que defienden abiertamente la funcionalidad de un partido abiertamente socialdemócrata operando bajo la democracia burguesa liderados por Sergio Ramírez Mercado, y del otro los denominados «orteguistas», dirigidos por Daniel Ortega Saavedra, con idéntico propósito socialdemócrata para el partido como organización de masas pero manteniendo el discurso, la fraseología y la apariencia revolucionaria. Visto en perspectiva y comprendiendo que en esencia ambos grupos defendían los mismo lineamentos; podemos concluir que lo que se desarrolló verdaderamente fue una lucha fratricida burguesa por el poder del partido y lo que este representaba, de esta saldría vencedor Daniel Ortega; por un lado apoyándose en la lealtad al máximo dirigente –algo en lo que se había trabajado durante las últimas décadas–, por el otro en el liderazgo en progresión conseguido al frente del descontento espontaneo de la calle, que además le permitirá hegemonizar absolutamente a la organización y así poder enfrentar a cuestionamientos y adversario salido de las propias filas durante la década siguiente, el caso de Herty Lewites es el mejor ejemplo. En cualquier caso, siempre se trataría de la lucha intestina de dos expresiones de la burguesía dentro de la dirigencia.

Con la vuelta al poder en el 2006 –tras 16 años de oposición– todos los cuestionamientos se disipan y queda restablecido el absoluto liderazgo de Daniel Ortega». (Equipo de Bitácora (M-L); ¿Qué fue de la «Revolución Popular Sandinista»?: Un análisis de la historia del FSLN y sus procesos, 19 de julio del 2015)

La formación del Estado de los germanos; Friedrich Engels, 1884


«Según Tácito, los germanos eran un pueblo muy numeroso. Por César nos formamos una idea aproximada de la fuerza de los diferentes pueblos germanos. Según él, los usipéteros y los teúcteros, que aparecieron en la orilla izquierda del Rin, eran 180.000, incluidos mujeres y niños. Por consiguiente, correspondían cerca de 100.000 seres a cada pueblo [1], cifra mucho más alta, por ejemplo, que la de la totalidad de los iroqueses en los tiempos más florecientes, cuando en número menor de 20.000 fueron el terror del país entero comprendido desde los Grandes Lagos hasta el Ohio y el Potomac. Si tratáramos de señalar en un mapa el emplazamiento de los pueblos de las márgenes del Rin, que conocemos mejor por los relatos llegados hasta nosotros, veríamos que cada uno de ellos ocupa en el mapa, poco más o menos, la misma superficie de un departamento prusiano, o sea unos 10.000 kilómetros cuadrados ó 182 millas geográficas cuadradas. La «Germania Magna» de los romanos, hasta el Vístula, abarcaba en números redondos 500.000 kilómetros cuadrados. Pues bien; tomando para cada pueblo la cifra media de 100.000 individuos, la población total de la «Germania Magna» se elevaría a 5 millones, cifra considerable para un grupo de pueblos bárbaros, pero en extremo baja para nuestras actuales condiciones –10 habitantes por kilómetro cuadrado, ó 550 por milla geográfica cuadrada–. Pero esa cifra no incluye, ni mucho menos, a todos los germanos que vivían en aquella época. Sabemos que a lo largo de los Cárpatos, hasta la desembocadura del Danubio, vivían pueblos germanos de origen gótico –los bastarnos, los peukinos y otros–, tan numerosos, que Plinio los tiene por la quinta tribu principal de los germanos; unos 180 años antes de nuestra era; esos pueblos servían ya como mercenarios al rey macedonio Perseo y en los primeros años del imperio de Augusto avanzaron hasta llegar a Andrinópolis. Supongamos que sólo fuesen un millón, y tendremos, en los comienzos de nuestra era, un total probable de 6 millones de germanos, por lo menos.

Después de fijar su residencia definitiva en Germania, la población debió de crecer con rapidez cada vez mayor; prueba de ello son los progresos industriales de que antes hablamos. Los descubrimientos hechos en los pantanos de Schleswig son del siglo III, a juzgar por las monedas romanas que forman parte de los mismos. Así, pues, por aquella época había ya en las orillas del Mar Báltico una industria metalúrgica y una industria textil desarrolladas, se desplegaba un comercio activo con el imperio romano y entre los ricos existía cierto lujo, indicio todo ello de una población más densa. Pero también por aquella época comienza la ofensiva general de los germanos en toda la línea del Rin, de la frontera fortificada romana y del Danubio, desde el Mar del Norte hasta el Mar Negro, prueba directa del aumento constante de la población, la cual tendía a la expansión territorial. La lucha duró tres siglos, durante los cuales todas las tribus principales de los pueblos góticos –excepto los godos escandinavos y los burgundos– avanzaron hacia el Sudeste, formando el ala izquierda de la gran línea de ataque, en el centro de la cual los altoalemanes –herminones– empujaban hacia el alto Danubio y en el ala derecha los istevones, llamados a la sazón francos, a lo largo del Rin. A los ingevones les correspondió conquistar la Gran Bretaña. A fines del siglo V, el imperio romano, débil, desangrado e impotente, se hallaba abierto a la invasión de los germanos.

Antes estuvimos junto a la cuna de la antigua civilización griega y romana. Ahora estamos junto a su sepulcro. La garlopa niveladora de la dominación mundial de los romanos había pasado durante siglos por todos los países de la cuenca del Mediterráneo. En todas partes donde el idioma griego no ofreció resistencia, las lenguas nacionales tuvieron que ir cediendo el paso a un latín corrupto; desaparecieron las diferencias nacionales, y ya no había galos, íberos, ligures, nóricos; todos se habían convertido en romanos. La administración y el Derecho romanos habían disuelto en todas partes las antiguas uniones gentilicias y, a la vez, los últimos restos de independencia local o nacional. La flamante ciudadanía romana conferida a todos, no ofrecía compensación; no expresaba ninguna nacionalidad, sino que indicaba tan sólo la carencia de nacionalidad. Existían en todas partes elementos de nuevas naciones; los dialectos latinos de las diversas provincias fueron diferenciándose cada vez más; las fronteras naturales que habían determinado la existencia como territorios independientes de Italia, las Galias, España y África, subsistían y se hacían sentir aún. Pero en ninguna parte existía la fuerza necesaria para formar con esos elementos naciones nuevas; en ninguna parte existía la menor huella de capacidad para desarrollarse, de energía para resistir, sin hablar ya de fuerzas creadoras. La enorme masa humana de aquel inmenso territorio, no tenía más vínculo para mantenerse unida que el Estado romano, y éste había llegado a ser con el tiempo su peor enemigo y su más cruel opresor. Las provincias habían arruinado a Roma; la misma Roma se había convertido en una ciudad de provincia como las demás, privilegiada, pero ya no soberana; no era ni punto céntrico del imperio universal ni sede siquiera de los emperadores y gobernantes, pues éstos residían en Constantinopla, en Tréveris, en Milán. El Estado romano se había vuelto una máquina gigantesca y complicada, con el exclusivo fin de explotar a los súbditos. Impuestos, prestaciones personales al Estado y censos de todas clases sumían a la masa de la población en una pobreza cada vez más angustiosa. Las exacciones de los gobernantes, los recaudadores y los soldados reforzaban la opresión, haciéndola insoportable. He aquí a qué situación había llevado el dominio del Estado romano sobre el mundo: basaba su derecho a la existencia en el mantenimiento del orden en el interior y en la protección contra los bárbaros en el exterior; pero su orden era más perjudicial que el peor desorden, y los bárbaros contra los cuales pretendía proteger a los ciudadanos eran esperados por éstos como salvadores.

No era menos desesperada la situación social. En los últimos tiempos de la república, la dominación romana se reducía ya a una explotación sin escrúpulos de las provincias conquistadas; el imperio, lejos de suprimir aquella explotación, la formalizó legislativamente. Conforme iba declinando el imperio, más aumentaban los impuestos y prestaciones, mayor era la desvergüenza con que saqueaban y estrujaban los funcionarios. El comercio y la industria no habían sido nunca ocupaciones de los romanos, dominadores de pueblos; en la usura fue donde superaron a todo cuanto hubo antes y después de ellos. El comercio que encontraron y que había podido conservarse por cierto tiempo, pereció por las exacciones de los funcionarios; y si algo quedó en pie, fue en la parte griega, oriental, del imperio, de la que no vamos a ocuparnos en el presente trabajo. Empobrecimiento general; retroceso del comercio, de los oficios manuales y del arte; disminución de la población; decadencia de las ciudades; descenso de la agricultura a un grado inferior; tales fueron los últimos resultados de la dominación romana universal.

La agricultura, la más importante rama de la producción en todo el mundo antiguo, lo era ahora más que nunca. Los inmensos dominios –«latifundia»– que desde el fin de la república ocupaban casi todo el territorio en Italia, habían sido explotados de dos maneras: o en pastos, allí donde la población había sido remplazada por ganado lanar o vacuno, cuyo cuidado no exigía sino un pequeño número de esclavos, o en villas, donde masas de esclavos se dedicaban a la horticultura en gran escala, en parte para satisfacer el afán de lujo de los propietarios, en parte para proveer de víveres a los mercados de las ciudades. Los grandes pastos habían sido conservados y hasta extendidos; las villas y su horticultura se habían arruinado por efecto del empobrecimiento de sus propietarios y de la decadencia de las ciudades. La explotación de los «latifundia», basada en el trabajo de los esclavos, ya no producía beneficios, pero en aquella época era la única forma posible de la agricultura en gran escala. El cultivo en pequeñas haciendas había llegado a ser de nuevo la única forma remuneradora. Una tras otra fueron divididas las villas en pequeñas parcelas y entregadas éstas a arrendatarios hereditarios, que pagaban cierta cantidad en dinero, o a «partiarii» –aparceros–, más administradores que arrendatarios, que recibían por su trabajo la sexta e incluso la novena parte del producto anual. Pero de preferencia se entregaban estas pequeñas parcelas a colonos que pagaban en cambio una retribución anual fija; estos colonos estaban sujetos a la tierra y podían ser vendidos con sus parcelas; no eran esclavos, hablando propiamente, pero tampoco eran libres; no podían casarse con mujeres libres, y sus uniones entre sí no se consideraban como matrimonios válidos, sino como un simple concubinato –«contibernium»–, por el estilo del matrimonio entre esclavos. Fueron los precursores de los siervos de la Edad Media.

Había pasado el tiempo de la antigua esclavitud. Ni en el campo, en la agricultura en gran escala, ni en las manufacturas urbanas, daba ya ningún provecho que mereciese la pena; había desaparecido el mercado para sus productos. La agricultura en pequeñas haciendas y la pequeña industria a que se veía reducida la gigantesca producción esclavista de los tiempos del imperio, no tenían dónde emplear numerosos esclavos. En la sociedad ya no encontraban lugar sino los esclavos domésticos y de lujo de los ricos. Pero la agonizante esclavitud aún era suficiente para hacer considerar todo trabajo productivo como tarea propia de esclavos e indigna de un romano libre, y entonces lo era cada cual. Así, vemos, por una parte, el aumento creciente de las manumisiones de esclavos superfluos, convertidos en una carga; y, por otra parte, el aumento de los colonos y los libres depauperados –análogos a los «poor whites» [2] de los antiguos Estados esclavistas de Norteamérica–. El cristianismo no ha tenido absolutamente nada que ver con la extinción gradual de la esclavitud. Durante siglos coexistió con la esclavitud en el imperio romano y más adelante jamás ha impedido el comercio de esclavos de los cristianos, ni el de los germanos en el Norte, ni el de los venecianos en el Mediterráneo, ni más recientemente la trata de negros [3]. La esclavitud ya no producía más de lo que costaba, y por eso acabó por desaparecer. Pero, al morir, dejó detrás de sí su aguijón venenoso bajo la forma de proscripción del trabajo productivo para los hombres libres. Tal es el callejón sin salida en el cual se encontraba el mundo romano: la esclavitud era económicamente imposible, y el trabajo de los hombres libres estaba moralmente proscrito. La primera no podía ya y el segundo no podía aún ser la forma básica de la producción social. La única salida posible era una revolución radical.

La situación no era mejor en las provincias. Las más amplias noticias que poseemos se refieren a las Galias. Allí, junto a los colonos, aún había pequeños agricultores libres. Para estar a salvo contra las violencias de los funcionarios, de los magistrados y de los usureros, se ponían a menudo bajo la protección, bajo el patronato de un poderoso; y no fueron sólo campesinos aislados quienes tomaron esta precaución, sino comunidades enteras, de tal suerte que en el siglo IV los emperadores tuvieron que promulgar con frecuencia decretos prohibiendo esta práctica. Pero, ¿de qué servía a los que buscaban protección? El señor les imponía la condición de que le transfiriesen el derecho de propiedad de sus tierras y en compensación les aseguraba el usufructo vitalicio de las mismas. La Santa Iglesia recogió e imitó celosamente esta artimaña en los siglos IX y X para agrandar el reino de Dios y sus propios bienes terrenales. Verdad es que por aquella época, hacia el año 475, Salviano, obispo de Marsella, se indignaba aún contra semejante robo y relataba que la opresión de los funcionarios romanos y de los grandes señores territoriales había llegado a ser tan cruel, que muchos «romanos» huían a las regiones ocupadas ya por los bárbaros, y los ciudadanos romanos establecidos en ellas nada temían tanto como volver a caer bajo la dominación romana. El que por entonces muchos padres vendían como esclavos a sus hijos a causa de la miseria, lo prueba una ley promulgada contra esta práctica.

¿Qué representa la actual socialdemocracia?; Enver Hoxha, 1964

El socialdemócrata francés Guy Mollet (Flers, 31 de diciembre de 1905 – París, 3 de octubre de 1975)

«La socialdemocracia actual es la continuadora directa de la traidora II Internacional. Ha heredado todo el bagaje ideológico, organizativo y táctico de los partidos de la II internacional. Los socialdemócratas iniciaron su traición alejándose de las enseñanzas fundamentales del marxismo-leninismo, declarándolas caducas e inservibles, negando la lucha de clases y sustituyéndola por la «teoría» de la armonía y la reconciliación de clases, negando la revolución y sustituyéndola por reformas en el marco del orden capitalista, renunciando a la vía revolucionarla y reemplazándola por la vía «pacífica», «democrática» y parlamentaria, negando la necesidad indispensable de destruir el viejo aparato del Estado burgués y aceptando el Estado capitalista como medio para pasar al socialismo, negando la dictadura del proletariado y poniendo en su lugar a la «democracia pura y general», apartándose del internacionalismo proletario y deslizándose totalmente a las posiciones del nacional-chovinismo, de la abierta unidad con la burguesía imperialista.

Desenmascarando la traición de la vieja socialdemocracia, Lenin en su obra «¿Qué hacer?» de 1902, escribía:

«La socialdemocracia debe transformarse de partido de la revolución social, en un partido democrático de reformas sociales. Bernstein ha apoyado esta reivindicación política con toda una batería de «nuevos» argumentos y consideraciones armoniosamente bastante concordados. Ha sido negada la posibilidad de fundamentar científicamente al socialismo y de demostrar, desde el punto de vista de la concepción materialista de la historia, su necesidad e inevitabilidad; ha sido negado el hecho de la miseria creciente, de la proletarización y de la exacerbación de las contradicciones capitalistas; ha sido declarado inconsistente el concepto mismo del «objetivo final», rechazada en absoluto la idea de la dictadura del proletariado; ha sido negada la oposición de principios que existe entre el liberalismo y el socialismo, ha sido negada la teoría de la lucha de clases, pretendiendo que no es aplicable a una sociedad estrictamente democrática, gobernada conforme a la voluntad de la mayoría, etc». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; ¿Qué hacer?, 1902)

Alineándose en este camino la socialdemocracia se transformó en fiel defensora del orden capitalista, en servidora de la burguesía, en el más importante apoyo ideológico y político de la burguesía en el seno del movimiento obrero. Ha ayudado a la burguesía a oprimir y explotar a los obreros de su propio país y a los pueblos de los demás países, ahogar su movimiento revolucionario y de liberación.

«Se ha demostrado que los militantes del movimiento obrero, que pertenecen a la tendencia oportunista, son mejores defensores de la burguesía que los propios burgueses. Si ellos no dirigieran a los obreros, la burguesía no podría sostenerse». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Informe sobre la situación internacional y las tareas fundamentales de la Komintern, 19 de julio de 1920)

Pero la socialdemocracia actual ha ido más lejos en su camino de traición que en el período de la II Internacional. Lo que hoy le caracteriza es su tendencia cada vez más acentuada hacia la derecha.

A partir de 1955, los partidos socialdemócratas de Europa Occidental, como el Partido Laborista Inglés, los partidos socialdemócratas de Francia, Austria, Suiza, Holanda, Luxemburgo, Alemania Occidental y de los países escandinavos, cambiaron sus programas, o se han dedicado a elaborar nuevas orientaciones programáticas. ¿Qué es lo que caracteriza estos programas y nuevas orientaciones programáticas? Es la unión ecléctica de las viejas teorías oportunistas con las teorías burguesas «modernas», la renuncia definitiva a todos los principios e ideales del socialismo, la abierta defensa del sistema de explotación capitalista y el anticomunismo furibundo.

Si los viejos reformistas aceptaban, aunque fuera solamente de palabra, la instauración del socialismo, como objetivo final, los socialdemócratas de hoy han renunciado abiertamente a este objetivo. Predican que están por el llamado «socialismo democrático», el cual nada tiene en común con el verdadero socialismo científico, es más, lo niega y lo substituye con algunas reformas liberales burguesas, que no afectan en absoluto las bases de la sociedad capitalista. ¿Cómo se puede hablar de socialismo, cuando en numerosos programas socialdemócratas se ha suprimido hasta el requisito elemental del socialismo que es la liquidación de la propiedad privada de los medios de producción?

Después de la conocida declaración de la Internacional Socialista «Los fines y las tareas del socialismo democrático» –publicada en 1951–, los nuevos programas orientan a la clase obrera, no contra el capitalismo, sino solamente contra el capitalismo «no controlado» [1]. La nacionalización parcial de las empresas por el Estado burgués, la creación del capitalismo monopolista de Estado, la injerencia del Estado capitalista en la vida económica del país, la introducción de algunas reformas democrático-burguesas, todas estas cuestiones, en los nuevos programas y declaraciones de los socialdemócratas, se presentan como pruebas que demuestran que, supuestamente, en algunos países capitalistas se han sentado las bases del socialismo [2]. Al mismo tiempo, niegan el carácter socialista de las transformaciones en los países socialistas. Repiten así, directa o indirectamente, las teorías burguesas en boga sobre el «capitalismo popular», «controlado», «organizado», «democrático», etc.

Este alejamiento de los socialdemócratas de los principios del socialismo y su respaldo al capitalismo lo ha saludado, en más de una ocasión, la prensa reaccionaria burguesa. En uno de sus editoriales titulado «La sepultura del marxismo», el periódico «Washington Post and Times Herald», escribía:

«84 años después de su fundación en el histórico congreso de Gotha, el Partido Socialdemócrata de Alemania, en su congreso de Bad-Godesberg, renunciaba a la ideología marxista y dejaba de ser socialista en el verdadero sentido de la palabra. Aceptaba el principio de la «libre iniciativa privada dondequiera que sea posible» en la vida económica». (Washington Post and Times Herald; La sepultura del marxismo, 1959)

Los revisionistas modernos siguen la vía de la traición de la socialdemocracia; Enver Hoxha, 1964

Jruschov y Tito en los 60

«Los revisionistas modernos quieren justificar su acercamiento y su unión con los socialdemócratas, bajo el pretexto de que, en el seno de los partidos socialdemócratas, particularmente en los últimos tiempos, se habrían manifestado «tendencias positivas», de que estos partidos se habrían pronunciado por la paz, la coexistencia pacífica, el desarme, habrían modificado en un sentido positivo sus posiciones hacía la Unión Soviética, se habrían expresado en favor de un acercamiento con los comunistas, habrían manifestado una cierta disposición para satisfacer las demandas de la clase obrera, para la salvaguardia y consolidación de las instituciones democráticas y habrían declarado que están por la transformación socialista de la sociedad, etc. Y así los revisionistas, para justificar su camino de acercamiento con los cabecillas socialdemócratas de derecha hacen todo lo posible por crear en la gente la ilusión de que, ¡no es el tren de los revisionistas que avanza rápidamente hacia la estación socialdemócrata, sino que es ésta la que se acerca al tren revisionista!

Esta táctica no es nueva en los revisionistas. Precisamente, una maniobra de este tipo ha sido empleada por el grupo traidor de Jruschov y sus seguidores para justificar el acercamiento y su total unión con la camarilla titoista, declarando que los dirigentes yugoslavos habrían corregido muchos de sus errores y habrían adoptado las posiciones «marxista-leninistas». Y para justificar su traidora línea de conciliación y acercamiento con el imperialismo, particularmente con el imperialismo estadounidense, han propagado y propagan ilusiones como que los cabecillas del imperialismo han sentado la cabeza y se han vuelto «realistas», «pacíficos», «razonables» etc.

Pero los hechos demuestran que la camarilla titoista y el imperialismo no han cambiado ni de naturaleza ni de actitud, y menos aún los actuales cabecillas socialdemócratas. Si se puede hablar de algún cambio en los puntos de vista y actitudes de los cabecillas socialdemócratas el único cambio que se observa es su inclinación cada vez más acentuada hacia la derecha». (Enver HoxhaLos revisionistas modernos en el camino de la degeneración socialdemócrata y su fusión con la socialdemocracia, 1964)

jueves, 26 de noviembre de 2015

La promoción de los golpes de Estado como vías de expansión del socialimperialismo soviético

Leonid Brézhnev y Hafez al-Asad, quién en 1970 daría el golpe de Estado que le llevaría al poder en Siria

«
Los socialimperialistas soviéticos, al igual que los imperialistas estadounidenses y otros imperialistas son organizadores de diversos golpes de Estado. Estas formas de acción son parte integrante de la expansión política y militar dirigida contra los países excoloniales. Los socialimperialistas soviéticos se esfuerzan por sacar beneficio de las situaciones políticas inestables en estos países, por aprovechar el insuficiente grado de organización política de las fuerzas de clase y la rivalidad entre los diferentes grupos y fracciones políticas para sus fines de dominación. Se ganan a sus componentes, fracciones y organizaciones políticas burguesas y pequeño burguesas, y después de haberlos puesto al servicio de sus planes expansionistas, pasan a presentarlos como fuerzas «patrióticas», «antiimperialistas», «revolucionarias», y arengan a que organicen golpes de Estado para derrocar a los gobiernos y a los regímenes dirigidos por Occidente, con el fin de que accediendo al poder, pongan a estos países en la órbita de la dominación soviética.

[«Para ensanchar su expansión y su hegemonismo, el socialimperialismo soviético ha elaborado todo un plan estratégico, que comprende una serie de actividades económicas, políticas, ideológicas y militares. Al mismo tiempo los revisionistas soviéticos se dedican a minar las revoluciones y las luchas de liberación de los pueblos recurriendo a los mismos medios y métodos que utilizan los imperialistas estadounidenses. Normalmente los socialimperialistas actúan por medio de los partidos revisionistas, que son instrumentos suyos, sin embargo, según el caso y las circunstancias, también intentan corromper y sobornar a camarillas que dominan en los países no desarrollados, ofrecen «ayudas» económicas avasalladoras para después penetrar en estos países, instigan conflictos armados entre las distintas camarillas, apoyando a una u otra, traman complots y putschs para colocar en el poder regímenes a pro soviéticos, recurren a la intervención militar directa, como hicieron junto con los cubanos en Angola, Etiopia y otros lugares. Los socialimperialistas soviéticos llevan a cabo su intervención y sus actos hegemonistas y neocolonialistas bajo la máscara de la ayuda y el respaldo a las fuerzas revolucionarias, a la revolución, a la construcción socialista. En verdad lo que hacen es ayudar a la contrarrevolución». (Enver Hoxha; El imperialismo y la revolución, 1978) – Anotación de Bitácora (M-L)]

Además, partiendo siempre de la base de la «teoría de la «vía no capitalista de desarrollo», los golpes de Estado están considerado por los revisionistas soviéticos como «actos progresistas», como «una forma de revolución armada que sirve al objetivo de la lucha contra los regímenes reaccionarios», que abren la «vía al desarrollo no capitalista». (Voruzhnaya borba narodov Afriki za svobodu i nezivisimost, p. 319, Moscou, 1974)

Esto es algo que está en oposición a la verdadera revolución nacional y social». (Llambro Filo; La «vía no capitalista de desarrollo» y la «orientación socialista», «teorías», que sabotean la revolución y abren las vías a la expansión neocolonialista, 1985)

Anotación de Bitácora (M-L):

Un ejemplo de la demagógica en que los líderes prosoviéticos tipificaban los golpes de Estado como un acto progresista pese a la desconexión con las masas es la constitución siria de 1973 que decía lo siguiente: «El 16 de noviembre de 1970 fue un movimiento correctivo que respondía a las demandas y aspiraciones de nuestro pueblo». Es decir se limitaba a presentar dicho golpe de Estado como la salvación del pueblo gracias a unos heróicos conspiradores militares, algo totalmente antimarxista pues se contribuye a seguir la teoría anarquista de que la historia la hacen los héroes mientras las masas se dedican a seguirles.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Breves apuntes sobre Siria y la intervención imperialista; Equipo de Bitácora (M-L), 2015


«El actual conflicto sirio, y la incursión de los dos bloques imperialistas –Estados Unidos y sus aliados-lacayos como Francia por un lado, y del otro Rusia e Irán; China de momento solo está dando apoyo nominal–, se origina en la negativa del gobierno sirio a que por sus suelo discurra el oleoducto trazado por Qatar-Exxon que partiría de ese país, y que pasaría por Arabia Saudí, Jordania, Altos del Golán y entraría al Mediterráneo a través de Siria, entre otras cosas debido al papel central de las «monarquías árabes fundamentalistas» en el refuerzo de los también fundamentalistas «Hermanos Musulmanes» en el Norte de África y Oriente Medio. No obstante, la idea de este oleoducto nace de acuerdos entre Francia y Qatar: el trasfondo del mismo, considerando que Bulgaria debido a las sanciones de los Estados Unidos y de la Unión Europea a Rusia rechazó la construcción del oleoducto ruso Burgas-Alexandrópolis que tomaba como puerta de entrada a Grecia para así superar los problemas de distribución que plantea el oleoducto actual a su paso por Ucrania, el objetivo del mismo es arrebatar a Rusia su principal herramienta a la hora de tratar los temas geopolíticos con los Estados Unidos y la Unión Europea, pues Rusia en este momento es la principal fuente de hidrocarburos de esta última; en tanto, el oleoducto se traduce en que EEUU y la Unión Europea se quedan con las manos libres para redibujar tanto el mapa geopolítico de Oriente Medio como el de Europa del Este. En otra palabras: es un proyecto que tiene como meta final el aislamiento de Rusia al tiempo que afectar su economía. Es en ese contexto que debemos de entender que:

1) El bloque imperialista compuesto por los Estados Unidos, Unión Europea –y especialmente Francia–, la OTAN, Israel, y las monarquías árabes absolutistas-fundamentalistas quieren la derrota del gobierno sirio para sí poder desarrollar el proyecto oleoducto. Y es debido a eso que se han apoyado en las fuerzas político-militares que adversan a Bashar al-Asad, por la misma razón han hecho pasar ante la opinión pública como «moderados» a facciones fundamentalistas en la órbita de «Al Qaeda» como el caso del «Frente Al-Nusra» y en su momento del «Daesh» –Estado Islámico o ISIS–, aunque este último tenía su propia agenda como ya se ha demostrado, todos ellos englobados dentro del «Ejército Libre Sirio» quienes como detalle de sus intenciones portan la misma bandera que Siria tenía en el periodo colonial bajo dominio francés.

2) El imperialismo ruso, por el contrario, requiere que Bashar al-Asad mantenga el poder debido a que este es una garantía para seguir manteniendo el estatus actual, es decir, en Siria Rusia se juega el poder de negociación que posee en la actualidad, de perderlo ya no tendría un elemento económico disuasorio frente a la Unión Europea como lacayo de EEUU. Y es precisamente por esto que no ha intervenido militarmente en Ucrania –país que depende completamente de los combustibles fósiles ruso– y sí en Siria. Vale aclarar que Rusia ganó la «partida de Ucrania» –por llamarla de alguna manera– al quedarse con la joya ucraniana, Crimea; y lo hizo por ser esta una de las zonas de producción cerealera más importante del mundo, no por sus vínculos históricos, ni por la acción militar de las milicias gubernamentales y fascistas contra la población rusófona de Ucrania que aún sufre la embestida militar del nuevo gobierno de Kiev. 

3) En el caso de Turquía, miembro de la OTAN, caben unas palabras; ha sido uno de los países más beligerantes en el conflicto, de hecho ha prestado su territorio para el entrenamiento de las tropas del «Ejército Libre Sirio», es la puerta entrada de todo el material logístico que requieren los grupos armados, y además le ha dado cobertura militar en más de una ocasión al «Ejército Libre Sirio». Pero debido a la agenda propia del «Daesh», la OTAN –sus miembros– han pasado a apostar por un Estado Kurdo que puede desestabilizar todo la zona del Kurdistán y llevar a la creación de un Estado Kurdo, incluido la parte correspondiente turca. Y es por eso que este país está virando hacia Rusia como se ha expresado en la firma del tratado entre los dos países que permite la construcción de la alternativa al oleoducto que Bulgaria ha rechazado. Pero ocurre que Turquía es miembro de la OTAN y como tal debe de mantener sus obligaciones para con ese tratado militar, de ahí que resulte en que «nada a dos aguas».

4) El esquema geopolítico en Siria cayó en un impasse desde que Rusia inició a jugar un papel beligerante, y de hecho la retorica guerrerista de Occidente que apuntaban a eliminar al gobierno sirio se han ido apagando. No obstante, estás han virado completamente tras los atentados de Paris atribuido al «Daesh»: así hemos visto como se ha iniciado la cooperación militar de Francia con Rusia –por tanto con el gobierno de Bashar al-Asad– en la ofensiva que esta desarrolla contra el «Daesh».

5) Mucho se ha dicho respecto al ataque conjunto de Francia y Rusia contra la supuesta «capital» del «Daesh», Raqqa. En cuanto resulta preciso que comprendamos una cuestión esencial: sucede que el «Daesh» no es un Estado, sino más bien un minúsculo grupo guiados por una lectura fundamental de «texto sagrados» del islam, por tanto no tiene ni puede tener capital, lo que si tiene son áreas geográficas bajo su control; por tanto es preciso concluir que la acción militar de «venganza» se está apoyando en el bombardeo de área en donde hay población civil «secuestrada» por el «Daesh».

6) El gobierno de Bashar al-Asad no es ni antiimperialista ni revolucionario y mucho menos socialista. De hecho es el heredero del gobierno de Hafez al-Asad quién alcanzó el poder en 1970 a través de un golpe de Estado, dando continuidad a la serie de golpes militares de las décadas anteriores. Este nuevo régimen se apoyaría fuertemente en el socialimperialismo soviético, a cambio los revisionistas soviéticos siempre englobaban orgullosos a la Siria baazista dentro de la lista de «países en vía de desarrollo no capitalista» y de «orientación socialista» o también del llamado «socialismo árabe», es decir hablamos del clásico país dependiente de la Unión Soviética con fuertes lazos en lo económico, político y militar, que pivotaba en torno a la receta de la «economía mixta» y que permitía varios partidos burgueses y pequeño burgueses siempre que no pusieran en tela de juicio al partido prosoviético oficial, entre estos aliados sumisos estaría el triste Partido Comunista Sirio (PCS) que venía manteniendo actitudes jruschovistas y de apoyo a los líderes nacionalistas pseudomarxistas de la región como Nasser. El arquetipo de política, economía y cultura de este régimen puede verse en obras como la de Llambro Filo: «La «vía no capitalista de desarrollo» y la «orientación socialista», «teorías» que sabotean la revolución y abren las vías a la expansión neocolonialista», de 1985.

Tras la caída de la Unión Soviética en 1991 y su bloque revisionista-capitalista, el gobierno sirio asilado sin su principal aliado ahora debilitado empieza a desarrollar una serie de reformas liberales y se apoya cada vez más en Occidente en todos los ámbitos pero sin dejar de mirar a Rusia –como hacía la Libia de Gadafi–, es decir intentaba «sentarse en dos sillas» como se dice popularmente. En 2003 se volvería a demostrar el falso «antiimperialismo» de Siria cuando dicho país permitió el paso de tropas estadounidenses para atacar al Irak baazista de Saddam Hussein. En esta época, el nivel de deuda exterior, de desempleo alcanzan cuotas muy elevadas. En esta época los niveles de inversión de capital extranjero en el país por parte de Occidente aumentaron enormemente.

Ya con Bashar al-Ásad en el poder, y a raíz de los problemas que Siria siempre ha arrastrado desde su independencia, y sumado al espoleo de la llamada «Primavera árabe» se dan disturbios en varias de las ciudades sirias, que incluyen los primeros brotes de enfrentamientos armados que se organizan bajo el Ejército Libre Sirio. Con Bashar al-Ásad sucedería lo mismo que en su día con Saddam Hussein, de considerado un amigo en Oriente para Estados Unidos y la Unión Europea, pasa a ser vilipendiado en los medios de comunicación occidentales, preparando el terreno para una intervención directa o indirecta. Se pasa rápidamente de otorgar créditos al régimen a pasar a financiar, entrenar y apoyar a una oposición.

El gobierno sirio para intentar calmar los ánimos en el interior y en el exterior –en este caso intentando buscar la aprobación de las democracias burguesas occidentales– impulsa unas reformas políticas liberales, que se refleja en quitarse todos los disfraces y fraseologías «socialistas» y promueve la reforma de la constitución de 1973 creando una nueva constitución en 2012 inspirada en las democracias burguesas occidentales –aunque en la práctica deja fuera a la oposición que se ha levantado en armas y es apoyada por Occidente– donde se apuesta por los principios liberales del «pluralismo político» que amplían el marco de partidos e participar y se deroga el rol que aseguraba al Partido Baaz el liderazgo del país. Al verse presionado y agredido con la financiación de una oposición de mano de las grandes potencias occidentales, Siria vuelve a apoyarse fuertemente en los viejos aliados rusos e iraníes para contener la ola de opositores de distinto color –incluyendo a ramas de Al Qaeda como Frente Al-Nusra– y usa a estos dos países como as en la manga frente a las potencias occidentales. Desde entonces en medio de una guerra civil, su propaganda se ha apoyado en: 1) la injerencia de los imperialismos occidentales –con quienes desde inicios de los 90 había reanudado buenos lazos económicos-políticos– quienes han consolidación la oposición siria; 2) la lucha contra el Estado islámico quién ha ocupado territorios sirios –y la tibia postura contra él de Estados Unidos y compaía–; y 3) la cuestión de los territorios sirios ocupados por Israel –quién también apoya y financia a la mayoría de los grupos de la oposición–.

7) En cuanto al «terrorismo islamista» ha de saberse que este es un método de lucha imperialista desarrollado durante la «Guerra Fría», aunque de hecho hace parte de los métodos alumbrados en Argelia por la «contrainsurgencia imperialista de la escuela francesa». El terrorismo aparte de ser utilizado en siglos y décadas precedentes por grupos y bandas armadas premarxistas y pseudomarxistas –generalmente de extractos intelectuales y pequeños burgueses–, es también un método de lucha político-militar de la burguesía imperialista desarrollado tanto para justificar intervenciones imperialistas neocoloniales en terceros países, como para crear Estados policiales o militares en lo domésticos enmarcados en la lucha contra «lo otro» –en este punto vemos que se trata de una recuperación precisa de las tesis nazis que llevaron a la «solución final»–. Sin embargo, las filas del terrorismo se nutren de la marginalidad que el capitalismo genera tanto en la «metrópolis» como en la «periferia», del lumpemproletariado, además de las poblaciones afectadas por los conflictos imperialistas; esto supone que el mismo no puede ser derrotado a través de los métodos tradicionales de la guerra, sino que la democracia burguesa ha de desarrollar políticas encaminadas a reducir la marginalidad en el plano doméstico, y a reducir el militarismo en el internacional; pero esto significaría que caigamos en la trampa ilusoria del revisionismo-reformismo y que entendamos que «el capitalismo puede dejar de comportarse como capitalismo». Dicho de otro modo, el terrorismo y sus causas son intrínsecos al capitalismo en su etapa imperialista, por cuento solo pueden ser superados derrotando al capitalismo como sistema y sustituyéndolo por el socialismo.

Todo lo aquí expuesto puede ser resumido en que ninguno de los actores está defendiendo al pueblo sirio, sino que están centrados en la defensa de sus propios intereses de clase explotador. Dicho de otra manera: en Siria se sufren las consecuencias de la agudización de las contradicciones no antagónico interimperialista propias del capitalismo en su fase superior: el imperialismo, sin olvidar el hecho de que en la propia Siria domina una burguesía nacional. Esto hace que el proletariado sirio y todo el pueblo trabajador sirio no vaya a poner fin a sus problemas sino se organiza independientemente y se aleja de las influencias de las clases explotadoras del interior y del exterior. En el caso sirio se puede aplicar lo mismo que dijimos hablando de la cuestión palestina:

«Advertimos que sólo un genuino partido marxista-leninista y el socialismo puede dar solución a las contradicciones de nuestra época, como doctrina científica, incluida la cuestión palestino-israelí. Todo ensayo de «panarabismo», «socialismo árabe», «socialismo del siglo XXI», será como ha sido históricamente una máscara más de la burguesía para proteger la propiedad privada y acrecentar sus riquezas, la burguesía bajo un marco de este carácter no dudará en atizar las diferencias religiosas, culturales, y étnicas en la región, e incluso aliarse con el imperialismo que mejor se ofrezca, para mantenerse en el poder y mantener la explotación asalariada». (Equipo de Bitácora (M-L); Introducción al documento «A 20 años de los acuerdos de Oslo»,  14 de septiembre de 2014)

Esta máxima puede ser aplicada a Siria, ni los ensayos del «socialismo árabe» de los 70 y 80 ni el actual régimen modernizado y liberal van a dar solución a los problemas internos sirios, ni mantener una careta de antiimperialista para luego arribarse a los imperialismos, ni pintar a un bloque imperialista de garante de la paz y la seguridad va a salvar al pueblo sirio de sufrir la injerencia del exterior en los asuntos nacionales. La solución ya la hemos citado más arriba.


El FSLN en la «Internacional Socialista»; Equipo de Bitácora (M-L), 2015

Daniel Ortega Saavedra en el encuentro del «Comité de la Internacional Socialista para América Latina y el Caribe»; Managua, 9 y 10 de octubre de 2006

«El Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) pese a que incluso se incorporó a la Internacional Socialista, todavía tiene a «socialistos» que insisten en proclamar que su agrupación es marxista-leninista o que tienes marxista-leninistas dentro. Analicemos sin prisa esta cuestión.

Es interesante que entre cierta parte de la dirigencia del FSLN se siguió manteniendo que el FSLN era marxista-leninista; en realidad es bastante gracioso que se apele a figuras como Lenin para justificar sus posiciones políticas oportunistas. Fue el presunto FSLN «leninista» quién en los 90, se incorporó sin complejos a la «Internacional Socialista», del mismo modo que antes lo había hecho al «Movimiento de Países no Alineados» en los 70.

Hasta ahí seguro que todo parecerá en orden para el militante del FSLN carcomido por su propaganda, pero si se ve en detalle se verá que la Internacional Socialista no es más que la heredera ideológica de la II Internacional, precisamente la organización internacional contra la que lucharon Lenin y los bolcheviques y que fruto de esas luchas nació la III Internacional conocida como Internacional Comunista –Komintern por su acrónimo en ruso– en 1919:

Hagamos un repaso al término socialdemócrata: ¿quién se quedaría con tal denominación?

«El término socialdemócrata es un término que ha evolucionado desde hace siglos, antiguamente se autocalificaban socialdemócratas o socialistas tanto los reformistas –que pensaba en llegar al socialismo por medio de reformas progresivas de la sociedad socialista–, los revisionistas –que reconocían y decían basarse en Marx y Engels pero revisaban injustificadamente la parte cardinal de sus tesis centrales acercándose a corrientes antimarxistas–, como los marxistas revolucionarios –que era propiamente marxistas y que sólo actualizaban las tesis de Marx si la época lo requería, sin alterar la esencia revolucionaria del marxismo–». (Equipo de Bitácora (M-L); Terminológico: Socialdemocracia, 29 de enero de 2015)

¿Cómo evolucionarían las internacionales de los socialdemócratas?

«Durante el cisma entre los socialdemócratas revolucionarios encabezados por Lenin y los socialdemócratas socialchovinistas encabezados por Karl Kautsky durante la Primera Guerra Mundial, los primeros rechazaron seguir identificando a sus partidos como socialdemócratas y los denominarían en adelante como partidos comunistas, más tarde también llamados marxista-leninistas. A partir de entonces el término socialdemócrata quedaría pues en manos de autodenominados «marxistas» que revisaban a Karl Marx y volvían a los conceptos de los autores reformistas y de otras corrientes ajenas al marxismo, se agruparon en la Internacional Obrera y Socialista de 1923-1939. Posteriormente el término sería usado por los partidos de la Internacional Socialista fundada en 1951». (Equipo de Bitácora (M-L); Terminológico: Socialdemocracia, 29 de enero de 2015)

De hecho si uno lee los epítetos de Lenin en la fundación de la Komintern, se verá como describiendo a la pasada II Internacional y a sus representantes, pareciera que esta criticando los pilares del pluralismo político y democracia para todos del FSLN de Daniel Ortega y compañía, quienes concluyeron en rechazar la instauración de la dictadura del proletariado y la democracia soviética:

«La importancia histórica universal de la III Internacional, la Komintern, reside en que ha comenzado a llevar a la práctica la consigna más importante de Marx, la consigna que resume el desarrollo secular del socialismo y del movimiento obrero, la consigna expresada en este concepto: dictadura del proletariado. (...) La bancarrota de los jefes ideológicos de la II Internacional, como Hilferding y Kautsky, en ninguna otra cosa se ha manifestado con tanta evidencia como en su total incapacidad de comprender la significación de la democracia soviética o proletaria, su relación con la Comuna de París, su lugar en la historia, su necesidad como forma de dictadura del proletariado.. (...) La II Internacional en bancarrota está agonizando y se pudre en vida. De hecho, desempeña el papel de lacayo de la burguesía internacional. Es una verdadera Internacional amarilla. Sus jefes ideológicos más destacados, como Kautsky, cantan loas a la democracia burguesa, calificándola de «democracia» en general o –lo que es más necio y burdo todavía– de «democracia pura». La democracia burguesa ha caducado, lo mismo que la II Internacional». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La Komintern y su lugar en la historia, 15 de abril de 1919)

¿Cuál era de hecho los rasgos de los partidos de la Internacional Socialista, heredera directa de la II Internacional? En el plano interior:

La gens entre los Celtas y entre los Germanos; Friedrich Engels, 1884


«Por falta de espacio no podremos estudiar las instituciones gentilicias que aún existen bajo una forma más o menos pura en los pueblos salvajes y bárbaros más diversos ni seguir sus vestigios en la historia primitiva de los pueblos asiáticos civilizados. Unas y otros se encuentran por todas partes. Bastarán algunos ejemplos. Aún antes de que se conociese bien la gens, MacLennan, el hombre que más se ha afanado por comprenderla mal, indició y describió con suma exactitud su existencia entre los kalmucos, los cherkeses, los samoyedos, y en tres pueblos de la India: los waralis, los magares y los munnipuris. Más recientemente, Máximo Kovalevski la ha descubierto y descrito entre los pschavos, los jensuros, los svanetos y otras tribus del Cáucaso. Aquí nos limitaremos a unas breves notas acerca de la gens entre los celtas y entre los germanos.

Las más antiguas leyes célticas que han llegado hasta nosotros nos muestran aún en pleno vigor la gens; en Irlanda sobrevive hasta nuestros días en la conciencia popular, por lo menos instintivamente, desde que los ingleses la destruyeron por la violencia; en Escocia estaba aún en pleno florecimiento a mediados del siglo XVIII, y sólo sucumbió allí por las armas, las leyes y los tribunales de Inglaterra.

Las leyes del antiguo País de Gales, que fueron escritas varios siglos antes de la conquista inglesa –lo más tarde, el siglo XI–, aún muestran el cultivo de la tierra en común por aldeas enteras, aunque sólo fuese como una excepción y como el vestigio de una costumbre anterior generalmente extendida; cada familia tenía cinco acres de tierra para su cultivo particular; aparte de esto, se cultivaba el campo en común y su cosecha era repartida. La semejanza entre Irlanda y Escocia no permite dudar que esas comunidades rurales eran gens o fracciones de gens, aun cuando no lo probase de un modo directo un estudio nuevo de las leyes gaélicas, para el cual me falta tiempo –hice mis notas en 1869–. Pero lo que prueban de una manera directa los documentos gaélicos e irlandeses es que en el siglo XI el matrimonio sindiásmico no había sido sustituido aún del todo entre los celtas por la monogamia. En el País de Gales, un matrimonio no se consolidaba, o más bien no se hacía indisoluble sino al cabo de siete años de convivencia. Si sólo faltaban tres noches para cumplirse los siete años, los esposos podían separarse. Entonces se repartían los bienes: la mujer hacía las partes y el hombre elegía la suya. Se repartían los muebles siguiendo ciertas reglas muy humorísticas. Si era el hombre quien rompía, tenía que devolver a la mujer su dote y alguna cosa más; si era la mujer, esta recibía menos. De los hijos, dos correspondían al hombre, y uno, el mediano, a la mujer. Si después de la separación la mujer tomaba otro marido y el primero quería llevársela otra vez, estaba obligada a seguir a éste, aunque tuviese ya un pie en el nuevo tálamo conyugal. Pero si dos personas vivían juntas durante siete años, eran marido y mujer aun sin previo matrimonio formal. No se guardaba ni se exigía con rigor la castidad de las jóvenes antes del matrimonio; las reglas respecto a este particular son en extremo frívolas y no corresponden a la moral burguesa. Si una mujer cometía adulterio, el marido tenía el derecho de pegarle –éste era uno de los tres casos en que le era lícito hacerlo; en los demás, incurría en una pena–, pero no podía exigir ninguna otra satisfacción, porque «para una misma falta puede haber expiación o venganza, pero no las dos cosas a la vez». Los motivos por los cuales podía la mujer reclamar el divorcio sin perder ninguno de sus derechos en el momento de la separación, eran muchos y muy diversos: bastaba que al marido le oliese mal el aliento. El rescate por el derecho de la primera noche –«gobr merch» y de ahí el nombre «marcheta», en francés «marchette», en la Edad Media–, pagadero al jefe de la tribu o rey, representa un gran papel en el Código. Las mujeres tenían voto en las asambleas del pueblo. Añadamos que en Irlanda existían análogas condiciones; que también estaban muy en uso los matrimonios temporales, y que en caso de separación se concedían a la mujer grandes privilegios, determinados con exactitud, incluso una remuneración en pago de sus servicios domésticos; que allí se encuentra una «primera mujer» junto a otras mujeres; que en las particiones de herencia no se hace distinción entre los hijos legítimos y los hijos naturales, y tendremos así una imagen del matrimonio por parejas en comparación con el cual parece severa la forma de matrimonio por usada en América del Norte, pero que no debe asombrar en el siglo XI en un pueblo que aún tenía el matrimonio por grupos en tiempos de César.

La gens irlandesa –«sept»; la tribu se llama «clainne» o clan– no sólo está confirmada y descrita por los libros antiguos de Derecho, sino también por los jurisconsultos ingleses que fueron enviados en el siglo XVII a ese país, para transformar el territorio de los clanes en dominios del rey de Inglaterra. El suelo había seguido siendo propiedad común del clan o de la gens hasta entonces, siempre que no hubiera sido transformado ya por los jefes en dominios privados suyos. Cuando moría un miembro de la gens y, por consiguiente, se disolvía una hacienda, el jefe –los jurisconsultos ingleses lo llamaban «caput cognationis»–, hacía un nuevo reparto de todo el territorio entre los demás hogares. En general, este reparto debía de hacerse siguiendo las reglas usuales en Alemania. Todavía se encuentran algunas aldeas –hace cuarenta o cincuenta años eran numerosísimas– cuyos campos son distribuidos según el sistema denominado «rundale». Los campesinos, colonos individuales del suelo en otro tiempo propiedad común de la gens y robado después por el conquistador inglés, pagan cada uno de ellos el arrendamiento, pero reúnen todas las parcelas de tierra de labor o prados, las dividen según su emplazamiento y su calidad en «gewanne» –como dicen en las márgenes del Mosela– y dan a cada uno su parte en cada «gewanne». Los pantanos y los pastos son de aprovechamiento común. Hace cincuenta años nada más, se renovaba el reparto de tiempo en tiempo, en algunos lugares anualmente. El plano catastral del territorio de una aldea «rundale» tiene enteramente el mismo aspecto que una comunidad de hogares campesinos –Gehöfersschaft– de orillas del Mosela o del Hochwald. La gens sobrevive también en las «factions» [1]. Los campesinos irlandeses se dividen a menudo en bandos que se diría fundados en triquiñuelas absurdas. Estos bandos son incomprensibles para los ingleses y parecen tener por único objeto el popular deporte de tundirse mutuamente con toda solemnidad. Son reviviscencias artificiales, compensaciones póstumas para la gens desmembrada, que manifiestan a su modo cómo perdura el instinto gentilicio hereditario. En muchas comarcas los gentiles viven en su antiguo territorio; así, hacia 1830, la gran mayoría de los habitantes del condado de Monaghan sólo tenía cuatro apellidos, es decir, descendía de cuatro gens o clanes [2].
En Escocia, la ruina del orden gentilicio data de la época en que fue reprimida la insurrección de 1745. Falta investigar qué eslabón de este orden representa en especial el clan escocés; pero es indudable que es un eslabón. En las novelas de Walter Scott revive ante nuestra vista ese antiguo clan de la Alta Escocia. Dice Morgan: «Es un ejemplar perfecto de la gens en su organización, y en su espíritu, un asombroso ejemplo del poderío de la vida de la gens sobre sus miembros. En sus disensiones y en sus venganzas de sangre, en el reparto del territorio por clanes, en la explotación común del suelo, en la fidelidad a su jefe y entre sí de los miembros del clan, volvemos a encontrar los rasgos característicos de la sociedad fundada en la gens... La filiación seguía el derecho paterno, de tal suerte que los hijos de los hombres permanecían en sus clanes, mientras que los de las mujeres pasaban a los clanes de sus padres». Pero prueba la existencia anterior del derecho materno en Escocia el hecho de que en la familia real de los Pictos, según Beda, era válida la herencia por línea femenina. También se conservó entre los escoceses hasta la Edad Media, lo mismo que entre los habitantes del País de Gales, un vestigio de la familia punalúa, el derecho de la primera noche, que el jefe del clan o el rey podía ejercer con toda recién casada el día de la boda, en calidad de último representante de los maridos comunes de antaño, si no se había redimido la mujer por el rescate.

Es un hecho indiscutible que, hasta la emigración de los pueblos, los germanos estuvieron organizados en gens. Es evidente que no ocuparon el territorio situado entre el Danubio, el Rin, el Vístula y los mares del Norte hasta pocos siglos antes de nuestra era; los cimbrios y los teutones estaban aún en plena emigración, y los suevos no se establecieron en lugares fijos hasta los tiempos de César. Este dice de ellos, con términos expresos, que estaban establecidos por gens y por estirpes –«gentibus cognationibusque»–, y en boca de un romano de la gens Julia, esta expresión de «gentibus» tiene un significado bien definido e indiscutible. Esto se refería a todos los germanos; incluso en las provincias romanas conquistadas se establecieron por gens. Consta en el «Derecho Consuetudinario Alamanno» que el pueblo se estableció en los territorios conquistados al sur del Danubio por gens –«genealogiae»–; la palabra genealogía se emplea exactamente en el mismo sentido que lo fueron más tarde las expresiones «Marca» o «Dorfgenossenschaft» [3]. Kovalevski ha emitido recientemente la opinión de que esas «genealogiae» no serían otra cosa sino grandes comunidades domésticas entre las cuales se repartía el suelo y de las que más adelante nacerían las comunidades rurales. Lo mismo puede decirse respecto a la «fara», expresión con la cual los burgundos y los longobardos –un pueblo de origen gótico y otro de origen herminónico o altoalemán– designaban poco más o menos, si no con exactitud, lo mismo que se llamaba «genealogía» en el «Derecho Consuetudinario Alamanno». Debe aún ser investigado qué encontramos aquí, si una gens o una comunidad doméstica.

Los monumentos filológicos no resuelven nuestras dudas acerca de si a la gens se le daba entre todos los germanos la misma denominación y cuál era ésta. Etimológicamente, al griego «genos» y al latín «gens» corresponden el gótico «kuni» y el medioalto-alemán «künne», que se emplea en el mismo sentido. Lo que nos recuerda los tiempos del derecho materno es que el sustantivo mujer deriva de la misma raíz: en griego «gyne», en eslavo «zhená», en gótico «quino», en antiguo noruego, «kona», «kuna». Según hemos dicho, entre los burgundos y los longobardos encontramos la palabra «fara», que Grimm hace derivar de la raíz hipotética «fisan» –engendarar–. Yo preferiría hacerla derivar de una manera evidente de «faran» –marchar, viajar, volver–, para designar una fracción compacta de una masa nómada, fracción formada, como es natural, por parientes; esta designación, en el transcurso de varios siglos de emigrar primero al Este, después al Oeste, pudo terminar por ser aplicada, poco a poco, a la propia gens. Luego, tenemos el gótico «sibja», el anglosajón «sib», el antiguo altoalemán «sippia», «sippa», estirpe –«sippe»–. El escandinavo no nos da más que el plural «sifjar» –los parientes–: el singular no existe sino como nombre de una diosa, Sif. Y, en fin, aún hallamos otra expresión en el «Canto de Hildebrando», donde éste pregunta a Hadubrando: «¿Quién es tu padre entre los hombres del pueblo... o de qué gens eres tú?». –«Eddo huêlihhes cnuosles du sís»–. Si ha existido un nombre general germano de la gens, ha debido de ser en gótico «kuni»; vienen en apoyo de esta opinión, no sólo la identidad con las expresiones correspondientes de las lenguas del mismo origen, sino también la circunstancia de que de «kuni» se deriva «kuning» –rey–, que significaba primitivamente jefe de gens o de tribu. «Sibja» –estirpe– puede, al parecer, dejarse a un lado; y «sifjar», en escandinavo, no sólo significa parientes consanguíneos, sino también afinidad, por tanto, comprende por lo menos a los miembros de dos gens: luego tampoco «sif» es la palabra sinónima de gens.

Tanto entre los germanos como entre los mexicanos y los griegos, el orden de batalla, trátese del escuadrón de caballería o de la columna de infantería en forma de cuña, estaba constituido por corporaciones gentilicias. Cuando Tácito dice por familias y estirpes, esta expresión vaga se explica por el hecho de que en su época hacía mucho tiempo que la gens había dejado de ser en Roma una asociación viviente.

Preámbulo del documento: «Los revisionistas modernos en el camino de la degeneración socialdemócrata y su fusión con la socialdemocracia»; Enver Hoxha, 1964

Tito y Jruschov en 1955

«Cada día que pasa salen a luz nuevos hechos que testimonian que los revisionistas modernos, el grupo de Nikita Jruschov y sus adeptos, han traicionado definitivamente y se han transformado en enemigos del marxismo-leninismo y del internacionalismo proletario, del socialismo y del movimiento revolucionario y de liberación de la clase obrera y de los pueblos oprimidos, en enemigos de la unidad del campo socialista y del movimiento comunista internacional. Ellos han creado una «santa alianza» con los imperialistas estadounidenses y los reaccionarios de diferentes países, con todas las fuerzas del anticomunismo contra los pueblos y el socialismo. Todo el fuego de sus armas lo han dirigido contra el marxismo-leninismo, contra todos los partidos hermanos y los comunistas revolucionarios que son fieles al marxismo-leninismo, contra el movimiento antiimperialista, de liberación y revolucionario de los pueblos. Todas sus palabras sobre la «fidelidad» al marxismo-leninismo, a la causa del socialismo, de la revolución y del internacionalismo proletario, son un bluff y una completa demagogia.

En el camino para aplicar su línea antimarxista, antisocialista y contrarrevolucionaria, tienen necesidad de aliados, y sus aliados no podían ser otros que los elementos revisionistas de los diversos partidos y la camarilla titoista de Yugoslavia. Por eso, Nikita Jruschov y su grupo, por medio de conjuras y complots, so pretexto de la lucha contra el «culto a la personalidad», engañando a unos, comprometiendo a otros, consiguieron poner a la cabeza de algunos partidos comunistas y obreros a elementos revisionistas, mientras que, por otra parte, rehabilitaron a la renegada camarilla de Tito y se unieron totalmente a ella. Así fue como se formó el frente unido revisionista. Este era el primer paso.

Paralelamente a esto, los revisionistas modernos no cejaron jamás en sus intentos de buscar otros aliados. ¿Quiénes podían ser éstos? Como es natural, volvieron los ojos, y no podía ser de otra manera, hacia «sus hermanos» de traición, hacia los cabecillas socialdemócratas de derecha, porque el revisionismo y el socialdemocratismo actuales son dos manifestaciones de la misma ideología, de la ideología burguesa. El socialdemocratismo es una manifestación de la ideología burguesa en el movimiento obrero, mientras que el revisionismo es una manifestación de la ideología burguesa en el movimiento comunista.

Esta es la base ideológica común, que acerca y une a los revisionistas con los socialdemócratas y crea las premisas para su completa fusión, no solamente ideológica y política sino también organizativa. Por eso, es muy natural y lógico que hoy se manifiesten con mayor claridad las tentativas de los revisionistas de hacer degenerar a los partidos comunistas que ellos dirigen, en partidos socialdemócratas, la tendencia a su total fusión con la socialdemocracia.

La orientación hacia el acercamiento y la unión con la socialdemocracia, así como toda la línea traidora de los revisionistas modernos, comienza en el XXº Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética de 1956. Esta orientación fue reafirmada en el XXIº Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética de 1959 y en el XXIIº Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética de 1961 y fue sancionada en el nuevo programa del Partido Comunista de la Unión Soviética. Hablando sobre este camino de acercamiento y unión con la socialdemocracia en el XXIIº Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética de 1961, Jruschov dijo que:

«No se trata de una consigna provisional y táctica, sino de la línea general del movimiento comunista, dictada por los intereses fundamentales de la clase obrera». (Nikita Jruschov; Informe al XXIIº Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, 1961)

Jruschov había dicho además:

«Si se habla sobre el papel y la posición de los partidos no comunistas, ante todo es necesario acentuar que en la actual situación, para la transformación socialista de la sociedad, la colaboración del partido comunista con los demás partidos no es solamente posible, sino también indispensable». (Respuesta de Nikita Jruschov al redactor del periódico australiano «Heruld», John Waters, publicada en «Pravda», 25 de junio, 1958)

El curso de aproximación y de unidad con los socialdemócratas comenzó a realizarse inmediatamente después del XXº Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética de 1956. El Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética ha dirigido cartas a los partidos socialdemócratas de Europa Occidental llamándoles a la unidad. A partir de 1956, han visitado la Unión Soviética numerosos dirigentes y muchas delegaciones socialdemócratas, que han tenido contactos y desarrollado conversaciones con el grupo de Jruschov.

La campaña por la unidad con los socialdemócratas se ha intensificado en particular estos últimos tiempos. Un testimonio de esto son las visitas que hicieron el año pasado a Moscú los cabecillas de la socialdemocracia, como el Secretario General del Partido Socialista Belga Paul-Henri Spaak, el actual presidente del Partido Laborista Inglés, Harold Wilson y el Secretario General del Partido Socialista Francés, Guy Mollet, los cuales han tenido conversaciones con Nikita Jruschov y los demás dirigentes soviéticos. Hablando de estas conversaciones, Guy Mollet, declaraba, en el curso de una entrevista concedida a los periodistas extranjeros en Moscú, que habían discutido con Jruschov sobre «una serie de cuestiones, que abarcan todos los problemas teóricos y doctrinarios de carácter permanente y que caracterizan las relaciones entre los partidos socialdemócratas y comunistas». Mientras que en una entrevista concedida al periódico «l’Unitá» Guy Mollet declaró que:

«Las conversaciones que la delegación de la Sección Francesa de la Internacional Obrera tuvo con los dirigentes del Partido Comunista de la Unión Soviética y en particular con Nikita Jruschov, nos dieron una verdadera satisfacción en muchos puntos». (Guy Mollet; Declaraciones en el periódico «l’Unitá», 22 de febrero, 1964)

En el camino de la fusión con la socialdemocracia actual, bajo el dictado del «bastón de mando», se han plegado también las direcciones de los partidos comunistas y obreros de otros países. Esto se puede ver en numerosos actos de estas direcciones, en diferentes artículos y declaraciones en las páginas de la revista jruschovista: «Problemas de la paz y el socialismo», en el «Documento del Comité Central del Partido Comunista Italiano para la conferencia nacional sobre la organización», publicado en el periódico «l’Unitá» del 9 de enero de 1964, en el proyecto de resolución para el XVIIº Congreso del Partido Comunista Francés, que se celebrará en mayo próximo» etc.

En todos estos esfuerzos, en estos materiales y documentos de los revisionistas modernos predomina la idea de la unidad y de la fusión con los socialdemócratas «sobre cualquier base» y «a toda costa», renunciando a todo lo que podría obstaculizar esta unidad sea en el campo ideológico, como en el organizativo, independientemente de las frases que emplean para encubrir estos fines.

Las tentativas de los revisionistas modernos de acercarse y unirse con los socialdemócratas, son resultado lógico de su traición al marxismo-leninismo, son parte integrante de su gran plan estratégico de «integración mundial», formulado claramente por Tito en la conocida entrevista concedida a Drew Pearson el 7 de agosto de 1962. Para lograr este objetivo, los revisionistas emplean ampliamente consignas demagógicas. Buscan justificar su acercamiento y su unión con los imperialistas y los reaccionarios en nombre de la «coexistencia pacífica y de la prevención de una guerra exterminadora termonuclear», su acercamiento y su unión con la camarilla de Tito en nombre del «socialismo», con el Papa en nombre del «humanismo», con los socialdemócratas en nombre de la «unidad de la clase obrera». (Enver HoxhaLos revisionistas modernos en el camino de la degeneración socialdemócrata y su fusión con la socialdemocracia, 1964)