«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

lunes, 7 de abril de 2014

De acuerdo, Uribe: que no haya impunidad; Tercera información, 2014

Que Álvaro Uribe –en contubernio con el que fuera su ministro de defensa y hoy presidente de Colombia– es un criminal responsable directo de los «falsos positivos», de asesinatos y desapariciones sistemáticas de opositores, además creador de las organizaciones de asesinos «paramilitares» –ultraderecha– e íntimamente ligado al narcotráfico, y que por esos crímenes debe de ser requerido por la justicia; no merece la menor duda. Pero nuevamente les invitamos a ir más allá:

1. Las FARC-EP es un frente que resultó de la unión de las guerrillas comunistas y liberales en el periodo conocido como «La Violencia»; de hecho Marulanda era un comandante liberal.

2. Las FARC-EP se ha concentrado en una lucha armada que en varios puntos recuerda a la táctica del revisionismo chino de la «Guerra Popular Prolongada» –GPP–, cuya idea fundamental es la de crear columnas guerrilleras campesinas que alcancen un poder de fuego suficiente como para enfrentar a un ejército regular –en un periodo defensivo–, lograr liberar ciertas zonas –etapa de equilibrio entre fuerzas– y finalmente «rodear» a las ciudades y tomarlas –etapa de toma de poder–. Es decir ha copiado una «táctica revisionista» que olvida la acción del partido en las ciudades como punto neurálgico de activación y concienciación de las masas obreras, como centro donde se ubica la clase social que tiene asignada la misión de liderar este tipo de procesos sociales –sea la revolución de tipo: antifeudal, antifascista, anticolonial, antiimperialista o socialista–. Esto no significa que la táctica de la guerrilla campesina sea despreciable, sino que la guerrilla campesina solo reviste importancia si dicha actuación en el campo es enlazado con el trabajo en la ciudad, movilizando –en las distintas formas posibles legales e ilegales– a la clase obrera; las ciudades no pueden ser abandonadas a su suerte hasta que sean rescatadas por el «presunto futuro triunfo del cerco de las guerrillas desde el campo»:

«Oponiéndose al papel dirigente del proletariado en la revolución, la teoría maoísta considera el campo como la única base de la insurrección armada y descuida la lucha armada de las masas trabajadoras en las ciudades. Preconiza que el campo debe mantener asediada a la ciudad, que es considerada como el reducto de la burguesía contrarrevolucionaria. Esto es una expresión de desconfianza en la clase obrera, es una negación de su papel hegemónico». (Enver Hoxha; El imperialismo y la revolución, 1978)

Como tal, el campesinado, incluso en países no industrializados, y pese a que la fuerza militar del partido comunista pueda estar compuesta por campesinos pobres y medios, no juega el papel de vanguardia:

«El campesinado albanés era la fuerza principal de nuestra revolución, sin embargo nuestra clase obrera, pese a ser numéricamente muy pequeña, dirigió al campesinado porque la ideología marxista-leninista, la ideología del proletariado, encarnada en el Partido Comunista –hoy llamado Partido del Trabajo–, como vanguardia de la clase obrera, era la guía de la revolución. Por eso vencimos no sólo en la lucha de liberación nacional, sino también en la construcción del socialismo». (Enver Hoxha, El imperialismo y la revolución, 1978)

De no entender estos conceptos tan simples, se cae en una sobre estimación del papel del campesinado, acercamientos a las teorías sobre el papel de vanguardia de los países del «tercer mundo», y desviaciones similares de carácter pequeño burgués tan conocidas.

3. Vale recordar como curiosidad que Marulanda estimaba en 300.000 el número de efectivos que requería las FARC-EP para alcanzar el triunfo; no sabemos si llegaría a considerar los costos que supone mantener a un grupo tan grande, sin hablar ya, de las tácticas que limitan todo el potencial a desplegar.

4. En ese desarrollo de más de 50 años de esa guerrilla colombiana, las FARC-EP ha dejado completamente desamparadas a las masas trabajadoras de las ciudades, no ha desarrollado una efectiva propaganda para estimular y elevar su conciencia de clase, y en última instancia la propaganda existente es desarrollada por ONGs, asociaciones, partidos y sindicatos cuyo baluarte teórico-ideológico es el reformismo. Es decir, las FARC-EP ha faltado a su obligación con las masas, las ha dejado indefensas, desprovistas del arma ideológica, ante la reacción y sus medios de (in)comunicación de masas en manos de la burguesía. Tampoco debemos olvidar las terribles desviaciones en su metodología, como las tácticas de ejecuciones indiscrinadas, secuestros de civiles, cochesbomba, y demás métodos que afectaban al pueblo y que además de ser algo ajeno al marxismo-leninismo han sido utilizadas por el gobierno colombiano como excusa para restringir los derechos y libertades de la democracia burguesa, para inocular el miedo en todos los sectores sociales ante un eventual triunfo guerrillero, e indirectamente hacia todo lo relacionado con la violencia, la lucha de clases o el socialismo y comunismo. Esto puede verse en el análisis de Enver Hoxha sobre el terrorismo: «Reflexiones de Enver Hoxha sobre el terrorismo y su incompatibilidad con el marxismo-leninismo».

En las FARC-EP muchos elementos se vociferaron como marxista-leninistas, aunque nosotros consideremos con toda justicia que solo es una guerrilla desprovista de un partido comunista que lo lidere, y con una ideología ecléctica. De hecho las FARC-EP, al igual que otros grupos armados que tenían similares características desviacionistas corre el peligro de desaparecer bajo estas contradicciones en un más que cuestionable «honroso proceso de paz».

El documento:


Dijo Uribe a la agencia EFE, refiriéndose al proceso de paz de La Habana, estar dispuesto a aceptar una "reducción" de las sentencias a los miembros de la guerrilla, "pero no la impunidad"…

Si esta expresión saliera de los labios de un querubín celestial, vaya y venga, porque lo diría la inocencia alada.

Y también dijo ese presidente –quien le cumplió a Pablo Escobar el sueño de lucir sobre su pecho la banda presidencial-, que los autores de "delitos atroces" no pueden integrarse a la vida política nacional…

Para muchos colombianos informados, debió mirar primero la viga de sus ojos y luego la paja en el ojo ajeno. Un personaje como él, inmerso como está en crímenes internacionales, en lugar de estar simulando ser un hombre de Dios, debiera estar preparando su defensa ante los entramados jurídicos que siguen sus rastros ensangrentados.

Un individuo, como Uribe, identificado plenamente como uno de los máximos responsables de la violencia ejercida desde el poder contra los de abajo, no podría tener perdón, porque "la impunidad humilla a la sociedad y constituye un mal ejemplo que genera nuevas violencias", si nos atenemos a sus propias palabras.

En Colombia se han repudiado con dolor de humanidad los denominados “falsos positivos”, que dejaron sin vida, tendidos en los campos, a centenares de muchachos inocentes con sus cuerpos tiroteados bajo un uniforme limpio y no agujereado por las balas y con un arma que jamás portaron sus manos de albañiles o de labradores, para difundir sus muertes como las de guerrilleros muertos en combate.

Nada ha dicho la Fiscalía sobre los autores intelectuales de estos tristes crímenes de lesa humanidad aunque se conozca la directiva 029 del Ministerio de Defensa, firmada por su titular, Camilo Ospina, que tenía como su jefe inmediato a Álvaro Uribe, Presidente de la República. Sí. Que no haya más impunidad que humilla, como clama el personaje que durante ocho años desde la primera magistratura, arrolló con sus cascos de bestia, los derechos humanos de millones de colombianos.

Sí. Que no haya impunidad para quien desde la gobernación de Antioquia regó de muertos, con su hermano Santiago y su banda paramilitar los “Doce Apóstoles”, a Yarumal y el norte del Departamento. Que planeó la masacre del Aro y que no explicó por qué el helicóptero de la Gobernación sobrevolaba el caserío en el momento en que se desarrollaba la masacre. Que lanzó contra Urabá, como perro de presa contra la gente, a Rito Alejo Del Río. Que hizo matar a defensores de derechos humanos, como José María Valle…

Sí. Que no haya impunidad para quien llegó a la presidencia con la ayuda de los fusiles humeantes de los capos paramilitares, Carlos Castaño, Salvatore Mancuso y Jorge 40; con el fraude electoral, en una democracia tan amplia, que hasta los muertos votan. Que no haya impunidad para quien financió sus campañas a la Presidencia con maletas repletas de dólares del narcotráfico aportadas por aquellos. Y dicen que hay por ahí extraviados muchos de esos millones en los bolsillos de su ministro del interior, Sabas Pretel. Que no haya impunidad para quien les dio a los paramilitares la dirección del DAS, organismo de seguridad convertido por “el muchacho bueno”, Jorge Noguera, en el cartel de las “Tres Letras”; el mismo que les ayudó a abrir las rutas del narcotráfico hacia México y los Estados Unidos. Que no haya impunidad para quien recibió en el Palacio de Nariño, sede del gobierno nacional, a la tenebrosa “Oficina de Envigado” para orquestar la desestabilización contra las altas cortes colombianas. Que para proteger la exportación de cocaína de Hernán Giraldo desde la Sierra Nevada de Santa Marta, echó de la policía del Magdalena al coronel Pardo Ariza. Que mandó a la cárcel a Jidis Medina porque denunció su maniobra de quebrar el cuello a la Constitución para imponer su reelección presidencial inmediata, que no permitía la normativa de la Carta Magna. Que protege en Panamá a su heroína de las escuchas ilegales, María del Pilar Hurtado, y en algún lugar a Luis Carlos Restrepo, el hombre de los montajes de sospechosas desmovilizaciones en el proceso de los “paras”. Sí. Que no haya impunidad para el Presidente que otorgó a sus hijos, zonas francas y negocios de Estado, para que se enriquecieran de la noche a la mañana. Que no ha explicado todavía quién está tras la muerte de Pedro Juan Moreno, su compinche, que amenazaba con denunciar la podredumbre corruptora del narcotráfico, si llegaba al Senado de la República. Le debe Uribe esclarecer al país, cómo siendo el comandante supremo de la parapolítica, no se le sigue, por ahora, ningún proceso judicial.

Cómo explica su vínculo con el general Santoyo, confeso mafioso, quien después de fungir como jefe de su esquema de seguridad personal, terminó condenado en los Estados Unidos por narcotráfico.

Sí. Que no haya impunidad para quien autorizó a Pablo Escobar docenas de pistas para el trasiego de cocaína, según denuncia reciente de la principal amante del capo, Virginia Vallejo. Sin la ayuda de ese “muchachito bendito”, le confesó Escobar, estaría trayendo la pasta de coca a pie desde Bolivia, tal como lo reveló a la revista argentina, Noticias.

Y si seguimos articulando la lista de su trayectoria gansteril, esta se convertiría en una luctuosa historia sin fin de sus escandalosos desafueros. Lo saben muy bien los colombianos.

Sí. Que no haya impunidad. De acuerdo, Uribe. El relato de la historia de la violencia no podrá soslayar una vida tortuosa signada por el crimen.

Delegación de Paz de las FARC-EP
Tercera Información

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