«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

sábado, 1 de marzo de 2014

El comunismo «de izquierda» en Inglaterra; Lenin, 1920

«El instrumento que necesita el proletariado para alcanzar sus objetivos no es el parlamento, sino sólo los Soviets obreros. Y, como es natural, quienes no hayan comprendido esto todavía son los peores reaccionarios, aunque sean el hombre más sabio, el político más experto, el socialista más sincero, el marxista más erudito, el ciudadano y padre de familia más honrado. ». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo, 1920)


En Inglaterra no existe todavía el partido comunista, pero entre los obreros se advierte un movimiento comunista joven, extenso y potente, que crece con rapidez y permite albergar las más radiantes esperanzas. Hay algunos partidos y organizaciones políticas –Partido Socialista Británico [52], Partido Socialista Obrero, Sociedad Socialista del Sur de Gales, Federación Socialista Obrera [53]– que desean fundar el partido comunista y sostienen ya con este fin negociaciones entre sí. El periódico «Workers Dreadnought» [54] –t.VI, núm.48, del 21 del 11 de 1920–, órgano semanal de la última de las organizaciones mencionadas, dirigido por la camarada Silvia Pankhurst, ha insertado un artículo de ésta, titulado «Hacia el partido comunista». En él se expone la marcha de las negociaciones entre las cuatro organizaciones citadas para constituir un partido comunista único sobre la base de la adhesión a la Komintern y del reconocimiento del sistema soviético –en vez del parlamentarismo– y de la dictadura del proletariado. Resulta que uno de los principales obstáculos para fundar sin demora un partido comunista único es la falta de unanimidad en lo que respecta a la participación en el parlamento y al ingreso del nuevo partido comunista en el viejo Partido Laborista, oportunista, socialchovinista y profesionalista, integrado de modo primordial por tradeuniones. La Federación Socialista Obrera y el Partido Socialista Obrero* se pronuncian contra la participación en las elecciones parlamentarias y en el Parlamento y contra la adhesión al Partido Laborista, discrepando en esto de todos o de la mayoría de los miembros del Partido Socialista Británico, al que consideran «ala derecha de los partidos comunistas» en Inglaterra (pág.5, artículo mencionado de Silvia Pankhurst).

[*Al parecer, este partido se opone al ingreso en el Partido Laborista, pero no todos sus miembros son enemigos de participar en el parlamento.]

La división fundamental es, pues, la misma que en Alemania, pese a las inmensas diferencias de forma en que se manifiestan las divergencias –en Alemania esta forma se parece mucho más «a la rusa» que en Inglaterra– y de otras muchas circunstancias. Examinemos los argumentos de los «izquierdistas». Al hablar de la participación en el parlamento, la camarada Silvia Pankhurst alude a una carta del camarada G. Gallacher a la Redacción, publicada en el mismo número, en la cual dice en nombre del Consejo Obrero de Escocia, de Glasgow:

«Este Consejo es definidamente antiparlamentario y está respaldado por el ala izquierda de varias organizaciones políticas. Representamos en Escocia el movimiento revolucionario, que aspira a crear una organización revolucionaria en las industrias –en las diversas ramas de la producción– y un partido comunista, basado en comités sociales, en todo el país. Durante bastante tiempo hemos estado enemistados con los parlamentarios oficiales. No hemos considerado necesario declararles públicamente la guerra, y ellos temen iniciar el ataque contra nosotros.

Pero semejante estado de cosas no puede prolongarse mucho. Nosotros triunfamos en toda la línea.

A los miembros de filas del Partido Laborista Independiente de Escocia nos disgusta cada día más la idea del parlamento, y casi todos los grupos locales son partidarios de los Soviets –en la transcripción inglesa se emplea el término ruso– o Soviets Obreros. Por supuesto, esto tiene gran importancia para los señores que consideran la política un medio de vida –una profesión– y recurren a todos los procedimientos para persuadir a sus miembros de que vuelvan atrás, al seno del parlamentarismo. Los camaradas revolucionarios no deben sostener a esta banda. Nuestra lucha será en este terreno muy difícil. Uno de sus peores rasgos consistirá en la traición de quienes ven en la ambición personal un motivo de más fuerza que su interés por la revolución. Todo apoyo al parlamentarismo significa simplemente contribuir a que el poder caiga en manos de nuestros Scheidemann y Noske británicos. Henderson, Clynes y compañía son unos reaccionarios incorregibles. El Partido Laborista Independiente oficial cae, cada día más, bajo el control de los liberales burgueses, que han hallado un refugio espiritual en el campo de los señores MacDonald, Snowden y compañía. El Partido Laborista Independiente oficial es enemigo encarnizado de la Komintern, pero la masa la defiende. Sostener, sea como sea, a los parlamentarios oportunistas no significa otra cosa que hacer el juego a esos señores. El Partido Socialista Británico no tiene ninguna importancia... Lo que se necesita es una buena organización revolucionaria industrial y un partido comunista que actúe sobre bases claras, bien definidas, científicas. Si nuestros camaradas pueden ayudarnos a crear lo uno y lo otro, aceptaremos gustosos su concurso; sino pueden, ¡por Dios!, que no se mezclen en ello, si no quieren traicionar a la Revolución apoyando a los reaccionarios, que con tanto celo tratan de adquirir el «honroso» (?) –la interrogación es del autor– título de parlamentario y arden en deseos de demostrar que son capaces de gobernar tan bien como los mismos «amos», los políticos de clase».

Esta carta a la Redacción expresa de manera admirable, a mi parecer, el estado de ánimo y el punto de vista de los comunistas jóvenes o de los obreros de la masa que sólo comienzan a llegar al comunismo. Este estado de ánimo es grato y valioso en grado superlativo; hay que saber apreciarlo y sostenerlo, pues sin él carecería de sentido pensar en la victoria de la revolución proletaria en Inglaterra –y en cualquier otro país–. Hay que cuidar y ayudar con toda solicitud a quienes saben expresar ese estado de ánimo de las masas y suscitarlo –pues muy a menudo yace oculto, inconsciente, sin despertar–. Pero, al mismo tiempo, es menester decirles clara y sinceramente que ese estado de ánimo, por sí solo, es insuficiente para dirigir a las masas en la gran lucha revolucionaria, y que tales o cuales errores en que pueden incurrir o incurren los hombres más fieles a la causa revolucionaria pueden perjudicarla. La carta del camarada Gallacher a la Redacción muestra sin ningún género de dudas el germen de todos los errores que cometen los comunistas «de izquierda» alemanes y en que incurrieron los bolcheviques «de izquierda» rusos en 1908 y 1918.

El autor de la carta rebosa del más noble odio proletario a «los políticos de clase» de la burguesía –odio comprensible y cercano, por otra parte, no sólo para los proletarios, sino también para todos los trabajadores, para toda «la gente menuda», como dice una expresión alemana–. Este odio de un representante de las masas oprimidas y explotadas es, a decir verdad, «el principio de toda sabiduría», la base de todo movimiento socialista y comunista y de sus éxitos. Pero el autor pierde de vista, al parecer, que la política es una ciencia y un arte que no caen del cielo ni se obtienen gratis, y que el proletariado, si quiere vencer a la burguesía, debe formar sus «políticos de clase», proletarios, y de talla tal que no sean inferiores a los políticos burgueses.

El autor ha comprendido de manera admirable que el instrumento que necesita el proletariado para alcanzar sus objetivos no es el parlamento, sino sólo los Soviets obreros. Y, como es natural, quienes no hayan comprendido esto todavía son los peores reaccionarios, aunque sean el hombre más sabio, el político más experto, el socialista más sincero, el marxista más erudito, el ciudadano y padre de familia más honrado. Pero hay una cuestión que el autor no plantea ni piensa siquiera que sea necesario plantear: la de si puede conducirse a los Soviets a la victoria sobre el parlamento sin hacer que los políticos «soviéticos» entren en este último, sin descomponer el parlamentarismo desde dentro, sin preparar desde el parlamento mismo el éxito de los Soviets en el cumplimiento de su tarea de acabar con el parlamento. Sin embargo, el autor expresa una idea absolutamente justa al decir que el partido comunista de Inglaterra debe actuar sobre bases científicas. La ciencia exige, en primer lugar, tomar en consideración la experiencia de los demás países, sobre todo si esos países, también capitalistas, pasan o han pasado hace poco por una experiencia muy parecida; en segundo lugar, tener en cuenta todas las fuerzas, todos los grupos, partidos, clases y masas que actúan en el país de que se trate, y no determinar en modo alguno la política basándose sólo en los deseos, opiniones, grado de conciencia y preparación para la lucha de un solo grupo o partido.

Es cierto que los Henderson, los Clynes, los MacDonald y los Snowden son reaccionarios incurables. Es cierto también que quieren tomar el poder –aunque prefieren la coalición con la burguesía–, que quieren «gobernar» de acuerdo con las rancias normas burguesas y que, una vez en el poder, se comportarán inevitablemente como los Scheidemann y los Noske. Todo eso es así. Pero de ahí no se deduce, ni mucho menos, que apoyarles signifique traicionar la revolución: lo que se deduce es que, en interés de ésta, los revolucionarios de la clase obrera deben prestar a dichos señores cierto apoyo parlamentario. Para aclarar esta idea tomaré dos documentos políticos ingleses de actualidad: 1. el discurso pronunciado por el primer ministro, Lloyd George, el 18 de marzo de 1920 –según el texto de The Manchester Guardian [55] del 19 del mismo mes– y 2. los razonamientos de una comunista «de izquierda», la camarada Silvia Pankhurst, en el artículo citado antes.

Lloyd George polemiza en su discurso con Asquith –que había sido invitado especialmente a la reunión, pero que se negó a asistir– y con los liberales que quieren un acercamiento al Partido Laborista y no una coalición con los conservadores. –En la carta a la Redacción firmada por el camarada Gallacher hemos visto también una alusión al paso de algunos liberales al Partido Laborista Independiente–. Lloyd George se esfuerza por demostrar que es necesaria una coalición de los liberales con los conservadores, e incluso una coalición estrecha, pues de otro modo puede triunfar el Partido Laborista, que Lloyd George «prefiere llamar» socialista y que aspira a «la propiedad colectiva» de los medios de producción. «En Francia esto se llamaba comunismo» –explica en un lenguaje popular el jefe de la burguesía inglesa a sus oyentes, miembros del Partido Liberal parlamentario, que, seguramente, lo ignoraban hasta entonces–; «en Alemania se llamaba socialismo; en Rusia se llama bolchevismo». Para los liberales esto es inadmisible por principio, aclara Lloyd George, pues los liberales son por principio defensores de la propiedad privada. «La civilización está en peligro», declara el orador, por lo cual deben unirse los liberales y los conservadores...

«... Reconozco que si van ustedes a las zonas agrícolas –dice Lloyd George– verán conservadas las antiguas divisiones de partido. Allí está lejos el peligro, allí no existe. Pero cuando el peligro llegue allí, será tan grande como lo es hoy en algunos distritos industriales. Cuatro quintas partes de nuestro país se dedican a la industria y al comercio; sólo escasamente una quinta parte vive de la agricultura. Esta es una de las circunstancias que tengo siempre presente cuando reflexiono sobre los peligros con que nos amenaza el porvenir. En Francia, la población es agrícola y constituye, por ello, una base sólida de determinadas opiniones, base que no cambia con mucha rapidez y que no es fácil de excitar con el movimiento revolucionario. En nuestro país la cosa es distinta. Nuestro país es menos estable que ningún otro en el mundo, y si empieza a vacilar, la catástrofe será aquí, en virtud de las razones indicadas, más fuerte que en los demás países».

El lector puede apreciar por estas citas que el señor Lloyd George no sólo es un hombre muy inteligente, sino que, además, ha aprendido mucho de los marxistas. Tampoco nosotros haríamos mal en aprender de Lloyd George.

Es interesante asimismo señalar el siguiente episodio de la discusión sostenida después del discurso de Lloyd George:

«Mr. Wallace: Quisiera preguntar cómo considera el primer ministro el efecto de su política en los distritos industriales en lo que respecta a los obreros fabriles, muchísimos de los cuales son hoy liberales y nos prestan un apoyo tan grande. ¿No puede preverse un resultado que provoque un aumento gigantesco de la fuerza del Partido Laborista por esos mismos obreros que nos apoyan hoy sinceramente?

El Primer ministro: Tengo una opinión completamente distinta. El hecho de que los liberales luchen entre sí empuja, sin duda, a un número muy considerable de ellos, llevados por la desesperación, hacia las filas del Partido Laborista, donde hay ya bastantes liberales muy capaces que se dedican ahora a desacreditar al gobierno. El resultado es, sin duda, un movimiento importante de la opinión pública a favor del Partido Laborista. La opinión pública se inclina no hacia los liberales que están fuera del Partido Laborista, sino hacia éste, como lo muestran las elecciones parciales».

Digamos de pasada que tales juicios prueban de modo singular hasta qué punto se han embrollado y no pueden dejar de cometer irreparables desatinos los hombres más inteligentes de la burguesía. Y eso la hará perecer. Pero nuestros camaradas pueden incluso hacer tonterías –a condición, es cierto, de que no sean muy considerables y se las repare a tiempo– y, sin embargo, acabarán por triunfar.

El segundo documento político son las siguientes consideraciones de la camarada Silvia Pankhurst, comunista «de izquierda»:

«... El camarada Inkpin –secretario general del Partido Socialista Británico– denomina al Partido Laborista «la organización principal del movimiento de la clase obrera». Otro camarada del Partido Socialista Británico ha expresado con mayor relieve aún la posición de este partido en la conferencia de la Komintern. «Vemos en el Partido Laborista –ha dicho– a la clase obrera organizada».

«No compartimos tal opinión acerca del Partido Laborista. Este es muy importante desde el punto de vista numérico, aunque sus miembros son, en parte muy considerable, inertes y apáticos; se trata de obreros y obreras que han ingresado en las tradeuniones porque sus compañeros de taller son tradeunionistas y porque desean compartir sus ventajas.

Pero reconocemos que la importancia numérica del Partido Laborista obedece también al hecho de que dicho partido es obra de una escuela de pensamiento cuyos límites no ha rebasado aún la mayoría de la clase obrera británica, aunque se preparan grandes cambios en la mentalidad del pueblo, el cual modificará pronto semejante situación...»

«... El Partido Laborista Británico, como las organizaciones de socialpatriotas de los demás países, llegará inevitablemente al poder por el curso natural del desarrollo social. El deber de los comunistas consiste en organizar las fuerzas que derribarán a los socialpatriotas, y en nuestro país no debemos retardar esta acción ni vacilar.

No debemos dispersar nuestras energías aumentando las fuerzas del Partido Laborista; su advenimiento al poder es inevitable. Debemos concentrar nuestras fuerzas en la creación de un movimiento comunista que venza a ese partido. Dentro de poco, el Partido Laborista formará gobierno; la oposición revolucionaria debe estar preparada para atacarlo»...

Así pues, la burguesía liberal renuncia al sistema de «los dos partidos» –de explotadores–, consagrado a lo largo de la historia por una experiencia secular y provechoso en extremo para los explotadores, considerando necesario unir sus fuerzas para combatir al Partido Laborista. Una parte de los liberales, como ratas de un navío que se hunde, corren al Partido Laborista. Los comunistas de izquierda consideran inevitable el paso del poder a manos del Partido Laborista y reconocen que la mayoría de los obreros apoya hoy a dicho partido. De todo esto sacan la extraña conclusión que la camarada Silvia Pankhurst formula del siguiente modo:

«El partido comunista no debe contraer compromisos... Debe conservar pura su doctrina e inmaculada su independencia frente al reformismo; su misión es mostrar el camino, sin detenerse ni desviarse de él, avanzar en línea recta hacia la revolución comunista».

Al contrario: del hecho de que la mayoría de los obreros de Inglaterra siga todavía a los Kerenski o a los Scheidemann ingleses, de que no haya conocido aún la experiencia de un gobierno formado por esos hombres –experiencia que ha sido necesaria tanto en Rusia como en Alemania para que los obreros pasaran en masa al comunismo–, se deduce de modo indudable que los comunistas ingleses deben participar en el parlamentarismo: deben ayudar a las masas obreras, desde dentro del parlamento, a ver en la práctica los resultados del gobierno de los Henderson y los Snowden; deben ayudar a los Henderson y los Snowden a vencer a la coalición de Lloyd George y Churchill. Proceder de otro modo significa dificultar la obra de la revolución, pues si no se produce un cambio en el modo de pensar de la mayoría de la clase obrera, la revolución será imposible. Y ese cambio se consigue con la experiencia política de las masas, nunca con la propaganda sola. La consigna de «¡Adelante, sin compromisos, sin desviarse del camino!» es errónea a todas luces, si quien habla así es una minoría de obreros, impotente a ciencia cierta, que sabe –o, por lo menos, debe saber– que dentro de poco tiempo, si Henderson y Snowden triunfan sobre Lloyd George y Churchill, la mayoría perderá la fe en sus jefes y apoyará al comunismo –o, en todo caso, adoptará una actitud de neutralidad y, en su mayor parte, de neutralidad benévola respecto a los comunistas–. Es lo mismo que si diez mil soldados se lanzaran al combate contra cincuenta mil enemigos en el momento en que es necesario «detenerse», «desviarse del camino» y hasta concertar un «compromiso», con tal de esperar la llegada de un refuerzo prometido de cien mil hombres, que no pueden entrar en acción inmediatamente. Es una puerilidad propia de intelectuales y no una táctica seria de la clase revolucionaria.

La ley fundamental de la revolución, confirmada por todas las revoluciones, y en particular por las tres revoluciones rusas del siglo XX, consiste en lo siguiente: para la revolución no basta con que las masas explotadas y oprimidas tengan conciencia de la imposibilidad de seguir viviendo como viven y exijan cambios; para la revolución es necesario que los explotadores no puedan seguir viviendo y gobernando como viven y gobiernan. Sólo cuando «los de abajo» no quieren y «los de arriba» no pueden seguir viviendo a la antigua, sólo entonces puede triunfar la revolución. Dicho de otro modo, esta verdad se expresa con las siguientes palabras: la revolución es imposible sin una crisis nacional general –que afecte a explotados y explotadores–. Por consiguiente, para que estalle la revolución es necesario, en primer término, conseguir que la mayoría de los obreros –o, en todo caso, la mayoría de los obreros conscientes, reflexivos y políticamente activos– comprenda a fondo la necesidad de la revolución y esté dispuesta a sacrificar la vida por ella; en segundo lugar, es preciso que las clases dirigentes sufran una crisis gubernamental que arrastre a la política hasta a las masas más atrasadas –el síntoma de toda revolución verdadera es la decuplicación o incluso la centuplicación del número de personas aptas para la lucha política pertenecientes a la masa trabajadora y oprimida, antes apática–, que reduzca a la impotencia al gobierno y haga posible su rápido derrocamiento por los revolucionarios.

En Inglaterra, y justamente el discurso de Lloyd George lo demuestra, entre otras cosas, se desarrollan a ojos vistas las dos condiciones de una revolución proletaria victoriosa. Y los errores de los comunistas de izquierda representan un peligro singular en la actualidad precisamente porque en algunos revolucionarios se observa una actitud poco perspicaz, poco atenta, poco consciente y poco reflexiva ante cada uno de estos factores. Si somos el partido de la clase revolucionaria, y no un grupo revolucionario; si queremos arrastrar a las masas –sin lo cual corremos el riesgo de no pasar de simples charlatanes–, debemos: primero, ayudar a Henderson o a Snowden a vencer a Lloyd George y a Churchill –más exactamente: debemos obligar a los primeros a vencer a los segundos, ¡pues los primeros temen su propia victoria!–; segundo, ayudar a la mayoría de la clase obrera a convencerse por propia experiencia de la razón que nos asiste, es decir, de la inutilidad completa de los Henderson y los Snowden, de su naturaleza pequeñoburguesa, de su perfidia y de la ineluctabilidad de su bancarrota; tercero, acercar el momento en que, sobre la base de la desilusión producida por los Henderson en la mayoría de los obreros, se pueda derribar de un golpe, con serias probabilidades de éxito, el gobierno de los Henderson; un gobierno que se desconcertará más aún, puesto que incluso Lloyd George, político inteligentísimo y serio, no pequeñoburgués, sino gran burgués, se desconcierta también por completo y se debilita cada día más –con toda la burguesía–, ayer a causa de sus «roces» con Churchill, y hoy a causa de sus «roces» con Asquith.

Hablaré de un modo más concreto. Los comunistas ingleses deben, a mi juicio, unificar sus cuatro partidos y grupos –todos muy débiles y algunos extraordinariamente débiles– en un partido comunista único, sobre la base de los principios de la Komintern y de la participación obligatoria en el parlamento. El partido comunista propone a los Henderson y a los Snowden un «compromiso», un acuerdo electoral: marchemos juntos contra la coalición de Lloyd George y los conservadores, repartámonos los escaños en el parlamento según el número de votos dados por los obreros al Partido Laborista o a los comunistas –no en las elecciones, sino en una votación especial–, conservemos la libertad más completa de agitación, de propaganda y de acción política. Sin esta última condición es imposible, naturalmente, aceptar el bloque, pues eso sería una traición. Los comunistas ingleses deben defender y salvaguardar su más completa libertad de desenmascarar a los Henderson y los Snowden, de la misma manera que la defendieron y salvaguardaron –durante quince años, de 1903 a 1917– los bolcheviques rusos con respecto a los Henderson y los Snowden de Rusia, esto es, los mencheviques.

Si los Henderson y los Snowden aceptan el bloque en estas condiciones, saldremos ganando, pues lo que nos importa no es, en modo alguno, el número de puestos en el Parlamento. No es eso lo que perseguimos. En este punto seremos transigentes (mientras que los Henderson y, sobre todo, sus nuevos amigos -o sus nuevos dueños-, los liberales que han ingresado en el Partido Laborista Independiente, corren más que nada tras las actas de diputados). Habremos ganado porque llevaremos nuestra agitación a las masas en un momento en que las habrá "irritado" el propio Lloyd George, y ayudaremos no sólo al Partido Laborista a formar más de prisa su gobierno, sino también a las masas a comprender con mayor rapidez toda nuestra propaganda comunista, que realizaremos contra los Henderson sin ninguna limitación y sin silenciar nada. Si los Henderson y los Snowden rechazan el bloque con nosotros en estas condiciones, ganaremos todavía más, pues habremos mostrado en el acto a las masas (téngase en cuenta que incluso en el seno del Partido Laborista Independiente, puramente menchevique, plenamente oportunista, las masas son partidarias de los Soviets) que los Henderson prefieren su intimidad con los capitalistas a la unión de todos los obreros. Ganaremos en el acto ante las masas, las cuales, sobre todo después de las explicaciones brillantísimas, acertadas y útiles en extremo (para el comunismo) dadas por Lloyd George, simpatizarán con la idea de unir a todos los obreros contra la coalición de Lloyd George con los conservadores. Ganaremos desde el primer momento, pues demostraremos a las masas que los Henderson y los Snowden temen vencer a Lloyd George, temen tomar el poder solos y aspiran a lograr en secreto el apoyo de Lloyd George, el cual tiende abiertamente la mano a los conservadores contra el Partido Laborista. Debe advertirse que en Rusia, después de la revolución del 27 de febrero de 1917 (viejo calendario), el éxito de la propaganda de los bolcheviques contra los mencheviques y los eseristas (es decir, los Henderson y los Snowden rusos) se debió precisamente a las mismas circunstancias. Dijimos a los mencheviques y a los eseristas: tomad todo el poder sin la burguesía, puesto que estáis en mayoría en los Soviets (en el I Congreso de los Soviets de toda Rusia, celebrado en junio de 1917, los bolcheviques no tuvieron más que un 13% de los votos). Pero los Henderson y los Snowden rusos tenían miedo de tomar el poder sin la burguesía, y cuando ésta aplazaba las elecciones a la Asamblea Constituyente porque sabía muy bien que los eseristas y los mencheviques lograrían la mayoría* (unos y otros formaban un bloque político muy estrecho, representaban en la práctica a una sola democracia pequeñoburguesa), los eseristas y los mencheviques fueron impotentes para luchar con energía y hasta el fin contra tales aplazamientos.

[*Las elecciones (le noviembre de 1917 a la Asamblea Constituyente en Rusia, según datos que comprenden a más de 36 millones de electores, dieron un 25% de los votos a los bolcheviques, un 13% a los distintos partidos de los terratenientes y de la burguesía y el 62% a la democracia pequeñoburguesa, es decir, a los eseristas y los mencheviques junto con los pequeños grupos afines a ellos.]

En caso de que los Henderson y los Snowden se negasen a formar un bloque con los comunistas, éstos saldrían ganando en el acto, pues conquistarían la simpatía de las masas, mientras que los Henderson y los Snowden se desacreditarían. Poco nos importaría entonces perder, a causa de ello, algunos puestos en el parlamento. Presentaríamos candidatos sólo en un ínfimo número de circunscripciones absolutamente seguras, es decir, donde esto no diera la victoria a un liberal contra un laborista. Haríamos nuestra campaña electoral distribuyendo hojas a favor del comunismo e invitando a votar por el laborista contra el burgués en todas las circunscripciones en que no presentáramos candidato propio. Se equivocan los camaradas Silvia Pankhurst y Gallacher si ven en esto una traición al comunismo o una renuncia a la lucha contra los socialtraidores. Por el contrario, es indudable que con ello saldría ganando la causa de la revolución comunista.

A los comunistas ingleses les es hoy difícil muy a menudo incluso acercarse a las masas, incluso hacerse escuchar. Pero si yo me presento como comunista y, al mismo tiempo, invito a votar por Henderson contra Lloyd George, seguramente se me escuchará. Y podré explicar en un lenguaje sencillo no sólo por qué los Soviets son mejores que el parlamento, y la dictadura del proletariado mejor que la dictadura de Churchill –cubierta con el rótulo de «democracia» burguesa–, sino también que yo querría sostener a Henderson con mi voto del mismo modo que la soga sostiene al ahorcado; que el acercamiento de los Henderson a un gobierno formado por ellos probará asimismo mi razón, atraerá a las masas a mi lado y acelerará la muerte política de los Henderson y los Snowden, igual que ha sucedido con sus correligionarios en Rusia y en Alemania.

Y si se me objeta que esta táctica es demasiado «astuta» o complicada, que las masas no la comprenderán, que dispersará y disgregará nuestras fuerzas impidiendo concentrarlas en la revolución soviética, etc., responderé a mis contradictores «de izquierda»: ¡no atribuyáis a las masas vuestro propio doctrinarismo! Es seguro que las masas no son en Rusia más cultas, sino, por el contrario, menos cultas que en Inglaterra. Y, sin embargo, comprendieron a los bolcheviques; y a éstos, lejos de perjudicarles, les favoreció el hecho de que en vísperas de la revolución soviética, en septiembre de 1917, confeccionaran listas de candidatos suyos al parlamento burgués –a la Asamblea Constituyente– y de que al día siguiente de la revolución soviética, en noviembre de 1917, tomaran parte en las elecciones a esa misma Constituyente, que habrían de disolver el 5 de enero de 1918.

No puedo examinar con detenimiento la segunda divergencia entre los comunistas ingleses, consistente en si deben o no ingresar en el Partido Laborista. Son demasiado pocos los datos de que dispongo acerca de esta cuestión, sumamente compleja dada la extraordinaria originalidad del Partido Laborista británico, muy diferente, por su estructura, de los partidos políticos habituales del continente europeo. Pero es indudable, primero, que comete también inevitablemente un error quien deduce la táctica del proletariado revolucionario de principios como éste: «El partido comunista debe conservar pura su doctrina e inmaculada su independencia frente al reformismo; su misión es mostrar el camino, sin detenerse ni desviarse de él, avanzar en línea recta hacia la revolución comunista». Porque semejantes principios no hacen más que repetir el error de los blanquistas franceses de la Comuna, que en 1874 proclamaban «la negación» de todo compromiso y de toda etapa intermedia. Segundo, es indudable que, en este terreno, la tarea consiste, como siempre, en saber aplicar los principios generales y fundamentales del comunismo a las peculiaridades de las relaciones entre las clases y los partidos, a las peculiaridades propias de cada país en el desarrollo objetivo hacia el comunismo y que es preciso saber estudiar, descubrir y adivinar.

Pero hay que hablar de esto en relación no sólo con el comunismo inglés, sino también con las conclusiones generales, que se refieren al desenvolvimiento del comunismo en todos los países capitalistas. Tal es el tema que vamos a abordar ahora.

Notas

[52] El Partido Socialista Británico –British Socialist Party– se fundó en 1911, en Manchester, mediante la unificación del Partido Socialdemócrata con otros grupos socialistas. El PSB hizo propaganda en el espíritu de las ideas del marxismo y fue, como señalara Lenin, un partido «no oportunista, verdaderamente independiente respecto de los liberales». En 1919, la inmensa mayoría de las organizaciones del PSB –98 contra 4– se pronunció a favor del ingreso en la Komintern. El Partido Socialista Británico desempeñó el papel principal, junto con el Grupo de Unidad Comunista, en la constitución del Partido Comunista de Gran Bretaña en 1920.

[53] Partido Socialista Obrero –Socialist Labour Party–: organización marxista revolucionaria fundada en 1903, en Escocia, por un grupo de socialdemócratas de izquierda, principalmente escoceses, que se había separado de la Federación Socialdemócrata.

Sociedad Socialista del Sur de Gales –South Wales Socialist Society–: pequeño grupo integrado principalmente por mineros revolucionarios del País de Gales. La sociedad tuvo su origen en el movimiento pro reforma de la industria minera, que se intensificó notablemente ya en vísperas de la primera guerra mundial.

Federación Socialista Obrera –Worker’s Socialist Federation–: organización poco numerosa, surgida en mayo de 1918 de la Sociedad de Sufragistas y compuesta principalmente de mujeres.

Al formarse el Partido Comunista de Gran Bretaña –el congreso de constitución se celebró los días 31 de julio y 1 de agosto de 1920–, incluyó en su programa puntos referentes a la participación del mismo en las elecciones parlamentarias y a la afiliación al Partido Laborista; pero las organizaciones antes mencionadas –que incurrían en errores sectarios– no ingresaron en el partido comunista. En enero de 1921, la Sociedad Socialista del Sur de Gales y la Federación Socialista Obrera –que había adoptado a la sazón el nombre de «Partido Comunista «Sección Británica de la Komintern)»– se unificaron con el Partido Comunista de Gran Bretaña. Los dirigentes del Partido Socialista Obrero se negaron a la unificación.

[54] Worker’s Dreadnought –«El Acorazado de los Obreros»–: se publicó en Londres de marzo de 1914 a junio de 1924; hasta julio de 1917 apareció con el título de Woman's Dreadnought. En 1918, al constituirse la Federación Socialista Obrera, pasó a ser órgano suyo.

[55] The Manchesta Guardian: periódico burgués, de tendencia liberal, fundado en Inglaterra en 1821.

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