«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

miércoles, 10 de diciembre de 2014

No basta sólo con tener una línea justa y sobre los cuadros; Georgi Dimitrov, 1935

En la parte final de su «discurso resumen», Georgi Dimitrov da un magnífico ejemplo sobre cuestiones de grandísima importancia no siempre apreciadas en su justa medida. En cuanto a la línea del partido –que es el sexto punto de su informe–, el autor destaca:

a) No contentarse con realizar un buen análisis y sacar en claro grandes resoluciones, sino supervisar que se aplique tales publicaciones, supervisar así mismo que sean los cuadros adecuados quienes lleven a cabo las diferentes tareas que garanticen esto.

b) Hacer que las resoluciones del partido, que su línea, llegue a todas las capas de las masas trabajadoras, en palabras del búlgaro sería: «aprender el arte leninista de convertir nuestros acuerdos en patrimonio, no sólo de los comunistas, sino también de las más amplias masas trabajadoras». Y realizar esta tarea aprendiendo sabiendo hablar a las masas sabiendo evitar el «lenguaje pesado» y pudiendo comunicarte con las masas «en su propio lenguaje», de acuerdo con su nivel teórico del marxismo, pensando en todo momento «en el obrero sencillo que tiene que entenderte, creer tus llamamientos y estar dispuesto a seguirte».

c) Finalizando con el último punto de su informe, el número siete, refiriéndose a la cuestión de los cuadros podemos utilizar las palabras del marxista-leninista checoslovaco Klement Gottwald que describen lo que aquí quiso destacar Georgi Dimitrov sobre esta cuestión:

«El camarada Dimitrov consignó que una política acertada de cuadros debe responder a las siguientes conclusiones: en primer lugar es necesario que conozcamos a los hombres; en segundo lugar, es necesario que sepamos seleccionar y promover acertadamente los cuadros; en tercer lugar, es necesario que sepamos utilizar acertadamente los cuadros; en cuarto lugar, es necesario que sepamos distribuir acertadamente los cuadros; en quinto lugar, es necesario que estemos en condiciones de ayudar sistemáticamente a los cuadros; en sexto lugar, es necesario que sepamos velar por los cuadros y protegerlos». (Klement, Gottwald; Por la aplicación acertada de la línea del VIIº Congreso de la Komintern; Discurso pronunciado en el VIIº Congreso del Partido Comunista de Checoslovaquia, 1936)

y:

«Nuestro camarada Dimitrov habló también minuciosamente acerca de hacia qué cuadros debe orientarse el partido, acerca de lo que debe tener en cuenta al seleccionar los cuadros, de lo que debe apreciar en ellos y cuidar en ellos. Es, en primer lugar, la entrega completa a la causa de la clase obrera, la lealtad al partido, probada en las luchas ante el enemigo de clase. Es, en segundo lugar, el contacto más estrecho con las masas. Es, en tercer lugar, la capacidad de orientarse por su cuenta en cada situación y no rehuir la responsabilidad por los acuerdos adoptados. Es, en cuarto lugar, la disciplina y el temple bolchevique, tanto ante el enemigo de clase como frente a todas las desviaciones de la línea del bolchevismo». (Klement, Gottwald; Por la aplicación acertada de la línea del VIIº Congreso de la Komintern; Discurso pronunciado en el VIIº Congreso del Partido Comunista de Checoslovaquia, 1936)

El documento:




No basta sólo con tener una línea justa y Sobre los cuadros

No basta sólo con tener una línea justa

Camaradas; elaborar una línea política justa es, huelga decirlo, fundamental, para la Komintern y para cada una de sus secciones. Pero tener esa línea no basta para dirigir de ese modo concreta la lucha de clase.

Para ello es necesario que se creen una serie de condiciones, y en particular las siguientes:

La primera es asegurar, en el terreno de la organización, que en la labor práctica se lleven a cabo todos los acuerdos adoptados y superar con decisión los obstáculos que se presenten en el camino.

Lo que el camarada Stalin planteó en el XVIIº Congreso del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética, en relación con la aplicación consecuente de la línea política, puede considerarse como valedero, total o parcialmente, en el momento de adoptar resoluciones en ese sentido por nuestro congreso:

«Algunos piensan que basta trazar una línea –decía el camarada Stalin– acertada en el partido, proclamada públicamente, exponerla en forma de tesis y resoluciones generales y aprobado en votación unánime, para que la victoria llegue por sí sola, digámoslo así, por el curso natural de las cosas. Esto, claro está, no es cierto. Es un gran error. Así no pueden pensar más que incorregibles burócratas y aficionados al papeleo. En realidad, estos éxitos y estas victorias no han sido alcanzados sin más ni más, sino en la lucha encarnizada por la aplicación de la línea del partido. La victoria no llega nunca por sí sola: habitualmente, hay que conquistarla. Las buenas resoluciones y declaraciones en favor de la línea general del partido constituyen sólo el comienzo de la obra, pues no significan más que el deseo de triunfar, y no la victoria misma. Una vez trazada la línea certera, una vez se ha indicado la solución acertada de los problemas planteados, el éxito dependen del trabajo de organización, depende de la organización de la lucha por la puesta en práctica de la línea del partido, depende de una acertada selección de hombres, del control del cumplimiento, de las decisiones adoptadas por los organismos directivos. De otro modo, la acertada línea del partido y las decisiones acertadas corren el riesgo de sufrir un serio daño. Más aún: después de trazada una línea política certera, es el trabajo de organización el que lo decide todo, incluso la suerte de la línea política misma, y su cumplimiento o su fracaso». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Informe en el XVIIº Congreso del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética, 1934)

Creo superfluo añadir nada a estas exigencias que deben ser un principio rector en nuestro trabajo.

Otra condición es conseguir que los acuerdos de la Komintern y de sus secciones los hagan suyos las masas.

Esto resulta tanto más necesario ahora que se plantea el problema de crear el frente único del proletariado e incorporar a las más extensas masas del pueblo al frente del frente popular antifascista. El genio político y táctico de Lenin resalta con más claridad en la maestría con que supo llevar a las masas, sobre la base de su propia experiencia, a comprender la línea y las consignas justas del partido. Si estudiamos toda la historia del bolchevismo, ese riquísimo arsenal de estrategia y táctica política del movimiento obrero revolucionario, podemos convencernos de que los bolcheviques no remplazaron jamás los métodos de dirección de las masas por los de dirección del partido.

El camarada Stalin señalaba que una de las peculiaridades en la táctica de los bolcheviques rusos, en el periodo de la preparación de la insurrección de la revolución de octubre del 1917, fue la de que supieron determinar con exactitud los caminos y recodos que podían vincular, naturalmente, a las masas con las consignas del partido, conduciéndolas al «umbral mismo de la revolución», ayudándolas a sentir, valorar y reconocer por su propia experiencia la exactitud de esas consignas; que no confundían la dirección del partido con la de las masas y tenían la clara conciencia de la diferencia que existe entre estas dos categorías de dirección, con lo cual elaboraron la táctica, no sólo como una ciencia para la dirección del partido, sino también para la de millones de trabajadores.

Además debemos tener en cuenta que  imposible que las amplias masas comprenderán nuestras resoluciones sino aprendemos a hablar su propio lenguaje. No siempre, ni mucho menos, sabemos hablar de un modo sencillo, concreto, con conceptos familiares y comprensibles para ellas. Todavía no sabemos renunciar a las fórmulas abstractas, aprendidas de memoria. En efecto, fíjense en nuestros manifiestos, periódicos, resoluciones y tesis, y verán que están escritos muy a menudo en un lenguaje y en una redacción tan pesados, que su comprensión resulta inclusive difícil para los militantes responsables de nuestros partidos, y no digamos para nuestros militantes de fila.
Si pensamos camaradas, que en los países fascistas los obreros, que difunden y leen estas hojas, se juegan la vida, salta a la vista con toda claridad la necesidad de escribir para las masas en un lenguaje comprensible para ellas, a fin de que también los sacrificios que se realicen no sean estériles.

En un grado no menor, esto se refiere también a nuestra agitación y propaganda oral. Hay que reconocer con toda sinceridad que en este punto los fascistas han demostrado ser con harta frecuencia más hábiles y flexibles que muchos de nuestros camaradas.

Recuerdo, por ejemplo, un mitin de obreros desocupados en Berlín, antes del ascenso de Hitler al poder. Era por los días del proceso de los hermanos Sklarek, conocidos especuladores y estafadores, proceso que duró meses. El orador nacionalsocialista que habló en el mitin explotó ese proceso para sus fines demagógicos,. Señalo las especulaciones, los sobornos y otros delitos cometidos por los hermanos Sklarek, y subrayó cómo el proceso contra ellos se alargaba meses, calculó cuántos cientos de miles de marcos le había costado ya al pueblo alemán el proceso, y entre grandes aplausos del público dijo que a bandidos de la calaña de los Sklarek había que fusilarlos sin contemplaciones y destinar  a los desocupados el dinero que se malgastaba en el proceso.

Se levantó un comunista y pidió la palabra. Al principio el que presidía no lo dejó hablar, pero ante la presión del público, que quería oír al camarada comunista, se vio obligado a concederle la palabra. Cuando nuestro camarada subió a la tribuna, todo el mundo estaba atento a la espera de lo que diría el comunista. ¿Y qué dijo?:

«¡Camaradas! –exclamó con voz potente y sonora–. Acaba de clausurarse el Plenario de la Komintern. Él nos enseña el camino para la salvación de la clase obrera. La tarea principal que nos plantea es, camaradas, «conquistar la mayoría de la clase obrera». (Risas) El Plenario de la Komintern ha señalado que es necesario «politizar» el movimiento de los parados. (Risas). El Plenario nos llama a elevar este movimiento a un nivel más alto». (Discurso de un comunista anónimo según los recuerdos de Georgi Dimitrov, en un mitin de obreros desocupados en Alemania en verano de 1932 aproximadamente)

Y el orador siguió hablando en el mismo sentido, creyendo, sin duda, que de ese modo «explicaba» las verdaderas resoluciones del Plenario de la Komintern.

¿Podía semejante discurso conmover a los desocupados? ¿Podía satisfacerles que se los congregase, primero para acentuar el contenido político de sus campañas, luego revolucionalizarlos y después movilizarlos y elevar su movimiento a un grado más alto?

Sentado en un rincón, yo observaba con tristeza cómo aquel público de obreros desocupados, que tanto habían ansiado oír al comunista para que les dijese lo que tenían que hacer de modo concreto, comenzaba a bostezar y daba, pruebas inequívocas de su decepción. Y no me causó gran asombro ver que, por último el presidente retiraba groseramente la palabra a nuestro orador, sin que surgiese protesta alguna por parte del público.

Este no es, por desgracia, un caso único en nuestras campañas de agitación. Casos de estos no se dan sólo en Alemania. Agitar así, camaradas, significa agitar contra nosotros mismos. Es hora ya de acabar, de una vez y para siempre,  con este método infantil –permítanme que lo llame así, para no emplear palabras más duras– de agitación.

Mientras yo pronunciaba mi informe, el presidente, el camarada Otto Kuunisen, recibió de la sala una carta muy significativa dirigida a mí. Voy a leerla:

«Le ruego que en su intervención en el congreso toque un problema, a saber: que de aquí en adelante  todos los acuerdos y decisiones de la Komintern se redacten de tal modo que puedan entenderse no sólo por los comunistas preparados, sino también cualquier trabajador, sin preparación alguna, que leyendo los materiales de la Komintern vea en seguida lo que quieren los comunistas y qué beneficio aporta el comunismo a la humanidad. Es cosa que olvidan algunos dirigentes del partido. Hay que recordárselo con más energía aún. Y desarrollar la agitación por el comunismo en un lenguaje comprensible». (Carta anónima dirigida a Georgi Dimitrov presentada por él en su discurso del 13 de agosto de 1935)

No sé a ciencia cierta quién es el autor de la carta. Pero no hay duda que este camarada refleja en ella el sentir y deseo de millones de obreros. Muchos de nuestros camaradas piensan que su agitación y su propaganda son mejores cuanto más palabras  altisonantes, fórmulas y tesis incomprensibles para las masas se empleen; olvida que Lenin, el jefe teórico de la clase obrera más grande de nuestro tiempo, hablaba y escribía siempre en un lenguaje muy comprensible para las amplias masas.

Es menester de cada uno de nosotros asimile con firmeza, como ley bolchevique, esta regla elemental:

¡Cuando escribas o hables, piensa siempre en el obrero sencillo que tiene que entenderte, creer tus llamamientos y estar dispuesto a seguirte! ¡Piensa en aquellos para quienes escribes o a quienes hablas!

Sobre los cuadros

Camaradas, nuestras resoluciones, aun las más justas, quedarán en el papel si no tenemos hombres capaces de llevarlas a la práctica. Y aquí no tengo más remedio que decir, por desgracia, que uno de los problemas más importantes de los cuadros, ha pasado casi inadvertido en nuestro congreso.

Respecto del informe del Comité Ejecutivo de la Komintern, discutido por espacio de siete días, hablaron numerosos oradores de diversos países, y sólo alguno que otro se detuvo de pasada en este problema extraordinariamente esencial para los partidos comunistas y el movimiento obrero. En su actuación práctica, nuestros partidos están aún muy lejos de tener conciencia de que los hombres, los cuadros, lo deciden todo.

La actitud despectiva ante el problema de los cuadros es tanto más inadmisible, cuanto que constantemente perdemos en la lucha una parte de nuestros cuadros más valiosos. Pues no somos una sociedad científica, sino un movimiento combativo, que está siempre en la línea de fuego. Nuestros elementos más enérgicos, más audaces y conscientes luchan en primera fila. El enemigo se ceba en especial en ellos, en la vanguardia, los asesina, los arroja a las cárceles y campos de concentración, los somete a torturas horribles, particularmente en los países fascistas. Esto agudiza en grado sumo la necesidad de completar, formar y educar constantemente a nuevos cuadros.

El problema de los cuadros adquiere también una agudeza especial por otra razón: porque bajo nuestra influencia se despliega el movimiento de masas del frente único, del que se destacan muchos miles de nuevos activistas proletarios. Además, a las filas de nuestros partidos afluyen no sólo elementos revolucionarios jóvenes, obreros que se van izquierdizando y que jamás han participado hasta ahora en el movimiento político. También vienen a nosotros, muy a menudo, antiguos miembros y activistas de los partidos socialdemócratas. Estos nuevos cuadros exigen una atención especial, sobre todo en los partidos ilegales, tanto más, cuanto que tales cuadros poco preparados teóricamente, se enfrentan en su labor práctica con los problemas políticos más serios y que ellos mismos tienen que resolver.

El problema de una política justa de cuadros es el más actual para nuestros partidos, para la juventud comunista y para todas las organizaciones de masas; para todo el movimiento obrero revolucionario.

¿En qué consiste una justa política de cuadros?

En primer lugar, es necesario conocer a los hombres. En nuestros partidos, por regla general, no hay un estudio sistemático de los cuadros. Sólo en los últimos tiempos los partidos comunistas de Francia y Polonia, y en Oriente, el de China, consiguieron determinados éxitos en ese terreno. El Partido Comunista de Alemania emprendió también, en su momento, antes de pasar a la ilegalidad, la labor de estudiar a sus cuadros. Y la experiencia de estos partidos mostró que apenas empezaron a estudiar a los hombres, descubrieron militantes que antes habían pasado inadvertidos, y por otro lado los partidos comenzaron a depurarse de elementos extraños y nocivos, política e ideológicamente. Basta señalar el ejemplo de Pierre Célor y Henri Barbusse en el Partido Comunista de Francia, que al ser examinados con el microscopio bolchevique resultaron ser agentes del enemigo y fueron expulsados de las filas del partido. En Hungría, el estudio de los cuadros también facilitó el descubrimiento de núcleos de agentes provocadores del enemigo, cuidadosamente enmascarados.

En segundo lugar, es necesario promover cuadros con acierto. La promoción de cuadros no debe ser un asunto casual, sino una de las funciones normales de los partidos. Es un mal sistema que las promociones se efectúen, inspirándose con exclusividad en razones muy internas de partido, sin tener en cuenta si el camarada designado para un cargo tiene relaciones con las masas. Las promociones deberán efectuarse sobre la base de tener en cuenta la aptitud del militante para cumplir tal o cual función del partido y la popularidad entre las masas de los cuadros elegidos. En nuestros partidos tenemos ejemplos de promociones que han dado resultados excelentes. Presidiendo nuestro congreso, por ejemplo, se halla la comunista española camarada Dolores Ibárruri. Hace dos años trabajaba todavía en la base. En los primeros choques con el enemigo de clase se reveló como una excelente agitadora y luchadora. Promovida luego a la dirección del Partido Comunista de España, se ha mostrado como un miembro muy digno de él.

Podría señalar también una serie de casos análogos, tomados de otros países.

Pero en la mayor parte de ellos la promoción de cuadros se efectúa sin organización, al azar, y por lo tanto, no siempre con acierto. A veces se eleva a la dirección a razonadores hueros, a fraseólogos, charlatanes que dañan directamente nuestra causa.

En tercer lugar es necesario saber aprovechar a nuestros cuadros. Hay que saber descubrir y utilizar las valiosas cualidades de cada activista. No existen hombres ideales: hay que tomarlos como son, corriendo sus lados flojos y sus defectos. Conocemos en nuestros partidos ejemplos escandalosos de mala utilización de buenos comunistas honrados, que darían gran provecho si se les asignase un trabajo más en consonancia con sus características.

En cuarto lugar, es necesario distribuir los cuadros con acierto. Ante todo, hay que hacer que en los eslabones fundamentales del movimiento se hallen hombres enérgicos, en contacto con las masas, salidos de sus entrañas, hombres firmes y con iniciativa; que en los grandes centros exista una cantidad adecuada de militantes de ese tipo. En los países capitalistas, el trasiego de cuadros de un lugar a otro no es cosa fácil. Se tropieza con toda una serie de obstáculos y dificultades, entre otros con problemas de un orden material, familiar, etc.; dificultades que hay que tener en cuenta y resolver de un modo adecuado, cosa que no siempre hacemos, ni mucho menos.

En quinto lugar, es necesario prestar una ayuda sistemática a los cuadros. Esta ayuda debe consistir en  instrucciones detalladas, en controlarlos con espíritu de camaradería, en corregir sus defectos y sus errores, en la dirección concreta y cotidiana de los cuadros.

En sexto lugar, es necesario velar por la conservación de los cuadros. Hay que saber relegarlos a tiempo a la retaguardia reemplazándolos por otros nuevos, si así lo reclaman las circunstancias. Debemos exigir, sobre todo a los partidos ilegales, la más estricta responsabilidad por parte de la dirección en cuanto a la conservación de los cuadros. (Aplausos)

La acertada protección de los cuadros presupone también la más serie organización sobre la labor conspirativa dentro del partido. En algunos de nuestros partidos muchos camaradas creen que los partidos están ya preparados para pasar a la clandestinidad debido a que fueron reconstruidos de un modo esquemático y formal. Tuvimos que pagar muy caro el que la verdadera reconstrucción no comenzase hasta después de pasar a la ilegalidad, bajo la acción directa de los duros golpes del enemigo. Recordemos lo que le costó el paso a la clandestinidad al Partido Comunista de Alemania. Esta experiencia debe servir de lección seria a nuestros partidos, que hoy son todavía ilegales, pero que mañana pueden pasar a la clandestinidad.

Sólo una justa política de cuadros dará a nuestros partidos la posibilidad de desplegar y utilizar hasta el máximo las fuerzas de los cuadros existentes, y sacar del inagotable manantial del movimiento de masas nuevos y mejores elementos.

¿Qué criterios fundamentales deben guiarnos en la selección de cuadros?

Primero: la más profunda fidelidad a la causa obrera y al partido, probada en la lucha, en las cárceles, ante los tribunales, frente al enemigo de clase.

Segundo: La más íntima vinculación con las masas: vivir para los intereses de las masas, tomar el pulso de la vida de éstas, de su estado de espíritu y de sus anhelos. La autoridad de los dirigentes de nuestras organizaciones del partido debe basarse, ante todo, en el hecho de que las masas ven en ellos a sus dirigentes, se convencen por su propia experiencia de su capacidad de dirigentes, y abnegación en la lucha.

Tercero: saber orientarse por sí mismos en las situaciones y no tener miedo a la responsabilidad por sus decisiones. No es dirigente quien teme incurrir en responsabilidades. No  es bolchevique quien no sabe demostrar iniciativa, quién dice: «yo me limito a hacer lo que los demás me mandan». Sólo es un verdadero dirigente bolchevique quien no pierde la cabeza  la hora de la derrota, ni se ensoberbece en el momento del triunfo y demuestra una firmeza inconmovible en la aplicación de las decisiones adoptadas los cuadros se desarrollan y crecen cuando se les plantea la necesidad de resolver por su propia cuenta los problemas concretos de la lucha y cargan sobre sí la responsabilidad que ello supone.

Cuarto: disciplina y temple bolchevique, lo mismo para luchar contra el enemigo de clase, como para combatir inflexiblemente todas las desviaciones de la línea del bolchevismo.

Debemos, camaradas, subrayar aún con mayor energía la necesidad de estas condiciones para una acertada selección de los cuadros, porque, en la práctica se da con harta frecuencia, el caso de preferir a un camarada que sabe, por ejemplo, escribir con soltura o hablar muy bien, pero que no es hombre de acción y que no sirve para la lucha, a otro, que tal vez no escriba, ni discursee tan bien, pero que es, en cambio, un hombre firme, de iniciativa, compenetrado con las masas, capaz de luchar y de conducirlas a la lucha. (Aplausos)

¿Son pocos los casos en que un sectario, un doctrinario, un razonador huero, desplaza a un hombre abnegado, que conoce bien la labor entre las masas, a un auténtico dirigente obrero?

Nuestros cuadros dirigentes deben asociar el conocimiento, de lo que hay que hacer, a la consecuencia bolchevique y a la fuerza revolucionaria de carácter y voluntad para llevarlo a la práctica.

A propósito del problema de los cuadros, permitidme, camaradas, detenerme también en el formidable papel que está llamado a desempeñar el Socorro Rojo Internacional en relación con los cuadros del movimiento obrero.  La ayuda material y moral, que las organizaciones del S. R. I. prestan a los presos y a sus familias, a los emigrados políticos y a los revolucionarios y antifascistas perseguidos, ha salvado la vida y ha conservado las fuerzas y la capacidad combativa de miles y miles de valiosísimos luchadores de la clase obrera en diversos países.  Los que hemos estado en la cárcel, conocemos por experiencia propia la grandiosa importancia de la actividad del S. R. I. (Aplausos)

El S. R. I. ha sabido conquistarse con su actuación el amor, la simpatía y la profunda gratitud de cientos de miles de proletarios, de campesinos e intelectuales revolucionarios.

Bajo las actuales condiciones, bajo las condiciones de la reacción burguesa creciente, de los furiosos ataques del fascismo, de la agudización de la lucha de clases, el papel del S. R. I. crece extraordinariamente. Ante el S. R. I. se plantea, ahora, la tarea de convertirse en una auténtica organización de masas de los trabajadores, en todos los países capitalistas –y, particularmente, en los países fascistas, adaptándose a las condiciones especiales de éstos–.

Debe llegar a ser, por decirlo así, la «Cruz Roja» del frente único proletario y del frente popular antifascista, abarcando a millones de trabajadores, la «Cruz Roja» del ejército de las clases trabajadoras, que luchan contra el fascismo, por la paz y por el socialismo. Para poder desempeñar con éxito este papel, el S. R. I. debe contar con miles de activistas propios, numerosos cuadros, cuadros del S. R. I., que respondan por su carácter y por su capacidad a la misión especial que le está reservada a esta organización tan importante.

Y aquí, tenemos que decir del modo más enérgico y categórico: si el burocratismo, la actitud seca y egoísta ante los hombres, es siempre abominable en el movimiento obrero, en las actividades del S. R. I., es un mal que raya en el crimen (Aplausos)

Los luchadores de la clase obrera, las víctimas de la reacción y del fascismo, los que sufren en los calabozos y en los campos de concentración, los emigrados políticos y sus familias, deben encontrar en las organizaciones y en los funcionarios del S. R. I. la acogida más atenta y más afectuosa. (Aplausos prolongados)

El S. R. I. debe comprender y cumplir todavía mejor su deber en punto a la ayuda que hay que prestar a los luchadores del movimiento proletario y antifascista y, en particular, en lo que se refiere a la conservación física y moral de los cuadros del movimiento obrero.  Y los comunistas y obreros revolucionarios que militan en las organizaciones del S. R. I. deben sentir en cada uno de sus pasos su enorme responsabilidad ante la clase obrera y ante la Komintern, que confía en ellos para el cumplimiento eficaz de la misión y de las tareas del S. R. I. (Aplausos)

Camaradas: como es sabido, la mejor educación de los cuadros es la que se adquiere en el transcurso de la lucha misma, venciendo las dificultades y las pruebas, pero también sobre los ejemplos positivos y negativos. Tenemos cientos de ejemplos de un comportamiento modelo en tiempos de huelga, en manifestaciones, en las cárceles, en los procesos.  Tenemos miles de héroes, pero, por desgracia, también registramos no pocos casos de pusilanimidad, de inestabilidad y hasta de deserción.  Y muchos olvidan, frecuentemente, unos ejemplos y otros, no aprovechan su fuerza educadora, no dicen qué es lo que hay que imitar y qué es lo que hay que rechazar.  Hay que estudiar la conducta de los camaradas y de los militantes obreros, en las cárceles y en los campos de concentración, ante los tribunales, etc.  De esto, hay que sacar lo positivo, hay que señalar los ejemplos dignos de ser imitados y rechazar lo podrido, lo no bolchevique, lo filisteo.  Después del proceso de Leipzig de 1933, tenemos una serie de actuaciones de nuestros camaradas ante los tribunales burgueses fascistas, que demuestran que en nuestro campo crecen numerosos cuadros que comprenden perfectamente lo que significa comportarse como bolchevique ante los tribunales.

Pero, ¿cuántos hay entre vosotros –delegados al congreso– que conocen en detalle el proceso de los ferroviarios de Rumanía, el proceso de Fiede Schulze, decapitado por los fascistas en Alemania, el proceso del valiente camarada Itzikava en el Japón, el proceso de los soldados revolucionarios búlgaros y tantos otros, en los que se mostraron ejemplos dignísimos de heroísmo proletario? (Todos en pie aplauden con ímpetu)

Hay que popularizar estos ejemplos dignísimos de heroísmo proletario, poniéndolos de manifiesto para contrarrestar la pusilanimidad, el filisteísmo y todo lo que sea podredumbre y debilidad dentro de nuestras filas y en las filas de la clase obrera. Hay que utilizar ampliamente estos ejemplos, para educar a los cuadros del movimiento obrero.

Camaradas: los dirigentes de nuestros partidos se quejan frecuentemente de que no hay gente, de que escasean las personas para la labor de agitación y propaganda, de que escasea la gente para los periódicos, de que escasea la gente para los sindicatos, de que escasea la gente para trabajar entre los jóvenes, entre las mujeres. Escasea, escasea la gente.  A esto quisiéramos contestar con las viejas y siempre nuevas palabras de Lenin:

«No hay hombres, y los hay en masa.  Hay hombres en masa, ya que tanto de la clase obrera, como de las capas cada vez más diversas de la sociedad salen cada año más personas descontentas, deseosas de protestar. (...) Y al mismo tiempo, no hay hombres porque faltan talentos organizadores, capaces de organizar esa labor tan amplia y, al mismo tiempo, única y armoniosa, que, daría empleo a todas las fuerzas, por insignificantes que ellas fuesen». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; ¿Qué hacer?, 1902)

Es menester, que estas palabras de Lenin se asimilen profundamente y que se apliquen por nuestros partidos como norma directiva cotidiana.  Hombres hay muchos; hay que saber descubrirlos dentro de nuestras propias organizaciones, en tiempos de huelgas y manifestaciones, en las diversas organizaciones obreras de masas, en los órganos de frente único; hay que ayudarles a formarse en el proceso del trabajo y de la lucha, hay que colocarles en una situación que les permita aportar realmente una contribución a la causa obrera.

Camaradas: los comunistas somos hombres de acción.  Ante nosotros, se plantea la tarea de la lucha práctica contra la ofensiva del capital, contra el fascismo y la amenaza de la guerra imperialista, la lucha por el derrocamiento del capitalismo. Y, precisamente, esta tarea práctica plantea a los cuadros comunistas la exigencia de pertrecharse obligatoriamente con la teoría revolucionaria, pues la teoría da a los militantes prácticos el poder de la orientación, claridad de perspectiva, seguridad en el trabajo y fe en el triunfo de nuestra causa.

Pero, la auténtica teoría revolucionaria es irreconciliable enemiga de todo teoricismo castrado, de todo lo que sea jugar estérilmente con definiciones abstractas. «Nuestra teoría no es un dogma, sino un guía para la acción», dijo más de una vez Lenin.  Esa es la teoría que necesitan nuestros cuadros como el pan de cada día, como el aire, como el agua.

El que verdaderamente quiera desterrar de nuestra labor el esquematismo muerto, el funesto escolasticismo, debe extirparlos con las masas y a la cabeza de las masas y trabajar infatigablemente por asimilar la poderosa,  fecunda, omnipotente teoría bolchevique, la doctrina de Marx, Engels, Lenin. (Aplausos)

En relación con esto, considero particularmente necesario, fijar vuestra atención en la labor de nuestras escuelas del partido.  No son empollones, razonadores, ni maestros en citas los que tienen que preparar nuestras escuelas. ¡No! De entre sus muros han de salir luchadores prácticos de primera fila por la causa de la clase obrera.  Luchadores de primera fila no sólo por su audacia, por su abnegación, sino también porque sepan ver más lejos, porque conozcan mejor que el obrero de filas el camino que conduce a la emancipación de los trabajadores. Todas las Secciones de la Komintern deben, sin echar el asunto en saco roto, ocuparse de organizar seriamente escuelas del partido, haciendo de ellas las forjas de donde han de salir cuadros de luchadores.

La misión fundamental de nuestras escuelas del partido reside, a mi juicio, en enseñar a los miembros del partido y de la juventud comunista que estudian en ellas, la aplicación del método marxista-leninista a la situación concreta de cada país, a las condiciones dadas, a luchar, no contra el enemigo «en general», sino contra el enemigo concreto dado.  Para esto, hay que aprender no la letra del leninismo, sino su espíritu vivo, revolucionario.

De dos modos, se pueden preparar los cuadros en nuestras escuelas del partido.

Primero: preparar a los hombres de un modo abstracto-teórico, esforzándose por darles la mayor cantidad posible de conocimientos, instruyéndolos en el arte de redactar literariamente tesis y resoluciones y tocando solamente de pasada los problemas del país en cuestión, su movimiento obrero, la historia, las tradiciones y la experiencia del partido comunista de que se trate. ¡Solamente de pasada!

Segundo: el aprendizaje teórico, en el que la asimilación de los principios fundamentales del marxismo-leninismo se basa en el estudio práctico por los alumnos de los problemas cardinales de la lucha del proletariado en su propio país, para que, al incorporarse de nuevo a la labor práctica, sepan orientarse por sí mismos, puedan convertirse en organizadores y dirigentes prácticos, que marchen por su cuenta Y sean capaces de conducir a las masas a la batalla contra el enemigo de clase.

No todos los que pasaron por nuestras escuelas del partido se han revelado aptos. Muchas frases, abstracciones, formación libresca, erudición artificial. Y lo que nosotros necesitamos son organizadores y dirigentes verdaderos de masas, auténticamente bolcheviques. Los necesitamos apremiantemente, para el día de hoy.  Aunque un alumno no esté en condiciones de escribir buenas tesis, pese a que esto nos es muy necesario, lo importante es que sepa organizar y dirigir, no asustándose de las dificultades y sabiendo vencerlas.

La teoría revolucionaria es la experiencia condensada, generalizada del movimiento revolucionario; los comunistas deben utilizar cuidadosamente en sus países no sólo la experiencia de las luchas pasadas, sino también, la de las luchas actuales de otros destacamentos del movimiento obrero internacional.  Pero, utilizar acertadamente esta experiencia, no significa, en modo alguno, trasplantar mecánicamente, en forma acabada, las formas y los métodos de lucha de unas condiciones a otras, de un país a otro, como se hace con harta frecuencia en nuestros partidos. La imitación escueta, el limitarse a copiar los métodos y las formas de trabajo, aunque sean los del mismo Partido Comunista de la Unión Soviética, en países donde todavía impera el capitalismo, puede, con las mejores intenciones del mundo, dañar más que favorecer, como ha ocurrido en realidad no pocas veces. Precisamente, la experiencia de los bolcheviques rusos debe enseñarnos a aplicar de un modo vivo y concreto la línea internacional única de la lucha contra el capital a las particularidades de cada país, extirpando implacablemente, poniendo en la picota, entregando a las burlas de todo el pueblo las frases, los patrones, la pedantería y el doctrinarismo.

Hay que estudiar, camaradas, estudiar constantemente, a cada paso, en el proceso de la lucha, en libertad y en la cárcel. ¡Estudiar y luchar, luchar y estudiar! (Aplausos)

***
¡Camaradas! Jamás, ante ningún congreso de la Komintern, manifestó la opinión pública un interés tan vivo como el que hoy vemos que despierta nuestro congreso. Sin exageración podemos decir que no hay un solo periódico importante, ni un solo partido político, ni un solo personaje político y social más o menos destacado, que no esté pendiente de la marcha de este congreso.

La miradas de millones de obreros, campesinos, gente modesta de las ciudades, empleados e intelectuales, de pueblos coloniales y nacionalidades oprimidas, se vuelven hacía Moscú, hacia la gran capital del primero, no  el último Estado del proletariado internacional. En este hecho vemos la confirmación de la gran importancia y actualidad de los problemas discutidos por el congreso, y de sus resoluciones.

Los aullidos furiosos de los fascistas de todos los países, y sobre todo del fascismo alemán enfurecido, no hacen más que confirmar que con nuestras resoluciones hemos dado en el blanco.

En la noche tenebrosa de la reacción burguesa y del fascismo, en la que el enemigo de clase se esfuerza por mantener a las masas trabajadoras de los países capitalistas, la Komintern –el partido internacional de los bolcheviques– aparece como el faro que señala a toda la humanidad la única senda certera para emanciparse del yugo del capital, de la barbarie fascista y de los horrores de la guerra imperialista.

En esta senda, la etapa decisiva es crear la unidad de acción de la clase obrera. Sí, la unidad de acción de las organizaciones de la clase obrera de todas las tendencias, la cohesión de todas sus fuerzas en todos los terrenos de su actividad, y en todos los sectores de su lucha de clases.

La clase obrera debe luchar hasta conseguir la unidad de sus sindicatos. Es en vano que algunos dirigentes reformistas de los sindicatos se afanen por asustar a los obreros con el espantajo de la liquidación de la democracia sindical por la intervención del partido comunista en los asuntos de los sindicatos unificados, por la existencia de fracciones en el seno de los sindicatos. Querer representarnos a nosotros, comunistas, como enemigos de la democracia sindical, es el más puro absurdo. Nosotros defendemos y sostenemos consecuentemente el derecho de los sindicatos a resolver ellos mismos sus propios problemas. Estamos dispuestos inclusive a renunciar a la creación de células de comunistas en los sindicatos, si ello es necesario en interés de la unidad sindical. Estamos dispuestos a tratar acerca de la independencia de los sindicatos unificados respecto de todos los partidos políticos. Pero nos oponemos con decisión a todo lo que signifique hacer depender al sindicato unificado de la burguesía, y no renunciaremos a nuestro punto de vista de principios sobre la inadmisibilidad de que los sindicatos mantengan una posición neutral ante la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado.

La clase obrera debe luchar hasta conseguir la unificación de todas las fuerzas de la juventud obrera, y de todas las organizaciones de la juventud antifascista, y por reconquistar todos los sectores de la juventud trabajadora que han caído bajo la influencia desmoralizadora del fascismo y de otros enemigos del pueblo.

La clase obrera debe esforzarse por lograr y logrará la unidad de acción en todos los sectores del movimiento obrero, unidad de acción que se logrará con tanta mayor rapidez cuanto más decidida y firmemente sepamos nosotros, los comunistas y los obreros revolucionarios de todos los países capitalistas, aplicar en la vida la nueva orientación táctica adoptada por el congreso respecto de los importantísimos problemas actuales del movimiento obrero internacional.

Sabemos que en nuestro camino encontraremos muchas dificultades. Nuestro camino no es una carretera asfaltada, no es un camino sembrado de rosas. No, la clase obrera tendrá que vencer no pocos obstáculos, que se alzan también en su propio seno, y tendrá ante todo que neutralizar radicalmente el papel divisionista de los elementos reaccionarios de la socialdemocracia. Le esperan numerosos sacrificios, bajo los golpes de la reacción burguesa y del fascismo. Su nave revolucionaria tendrá que sortear muchos escollos antes de arribar a la orilla salvadora.

Pero hoy la clase obrera de los países capitalistas no es ya la que era en 1914, al estallar la guerra imperialista, ni la de 1918, al terminar la guerra. Hoy la clase obrera tiene tras de sí la rica experiencia de veinte años de lucha y de pruebas revolucionarias, las amargas enseñanzas de una serie de derrotas, sobre todo en Alemania, Austria y España.

En la Unión Soviética, el país del socialismo victorioso, la clase obrera tiene ante sí el ejemplo inspirador de cómo se puede vencer al enemigo de clase, establecer su poder y edificar la sociedad socialista.

La burguesía ya no impera indivisiblemente en el mundo. En la sexta parte del planeta gobierna la clase obrera victoriosa, como existen también los soviets en una enorme parte de la gran China.

La clase obrera tiene una vanguardia revolucionaria fuerte y cohesionada: la Komintern.

A favor de la clase obrera, camaradas, trabaja toda la marcha del desarrollo histórico. En vano los reaccionarios, los fascistas, de todos los colores, la burguesía del mundo entero, se esfuerzan por volver atrás la rueda de la historia. No, esta rueda gira y gira y seguirá girando por el camino que lleva a la Unión Mundial de Repúblicas Socialistas Soviéticas, hasta la victoria definitiva del socialismo en el mundo.

Una cosa sin embargo, falta a la clase obrera de los países capitalistas; la unidad dentro de sus propias filas.

Pero eso quisiéramos que desde esta tribuna resonara con extraordinaria fuerza en el mundo el grito de guerra de la Komintern; el grito de Marx, Engels y Lenin:

¡Proletarios de todos los países, uníos!


 13 de agosto de 1935

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