«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

lunes, 25 de noviembre de 2013

Dogmatismo y «Libertad de Crítica»

Este es el primer capítulo de uno de los textos fundamentales del marxismo-leninismo que guarda una enorme vigencia, un documento de incalculable valor teórico que será de gran utilidad para aquellos camaradas que estén iniciando su formación teórica, y de paso un recordatorio para los que ya posean profundo conocimiento de la ciencia materialista dialéctica.

Solo expresar que en Rusia se llamó socialdemócrata a un partido de tendencia marxista que luego se fragmentó en varias organizaciones con diferentes tendencias, todas revisionistas salvo los Bolcheviques.

El documento:




a. ¿Qué significa la «libertad de crítica»?


La «libertad de crítica» es, sin duda, la consigna actualmente más en boga, la que con más frecuencia se emplea en las discusiones entre socialistas y demócratas de todos los países. A primera vista, es difícil imaginarse algo más extraño que esas solemnes alusiones a la libertad de crítica hechas por una de las partes contendientes. ¿Acaso en el seno de los partidos avanzados se han levantado voces en contra de la ley constitucional que, en la mayoría de los países europeos, garantiza la libertad de ciencia y de investigación científica? «¡Aquí pasa algo!», se dirá toda persona ajena a la cuestión, que haya oído la consigna en boga, repetida en todas las encrucijadas, pero que no haya penetrado aún en el fondo de las discrepancias. «Esta consigna es, por lo visto, una de las locuciones convencionales que, como los apodos, son legalizados por el uso y se convierten casi en nombres comunes».

En efecto, para nadie es un secreto que, en el seno de la socialdemocracia internacional contemporánea, se han formado dos tendencias, cuya lucha tan pronto se reaviva y estalla en llamas, como se calma y adormece bajo las cenizas de imponentes «resoluciones de armisticio». En qué consiste la «nueva» tendencia que asume una actitud «crítica» frente al marxismo «viejo, dogmático», lo ha dicho Bernstein [5] y lo ha mostrado Millerand [6] con suficiente claridad.

La socialdemocracia debe transformarse, de partido de la revolución social, en un partido democrático de reformas sociales, Bernstein ha apoyado esta reivindicación política con toda una batería de «nuevos» argumentos y consideraciones bastante armoniosamente concordados. Ha sido negada la posibilidad de fundamentar científicamente el socialismo y de demostrar, desde el punto de vista de la concepción materialista de la historia, su necesidad e inevitabilidad; ha sido negado el hecho de la miseria creciente, de la proletarización y de la exacerbación de las contradicciones capitalistas; ha sido declarado inconsistente el concepto mismo del «objetivo final» y rechazada en absoluto la idea de la dictadura del proletariado; ha sido negada la oposición de principios entre el liberalismo y el socialismo; ha sido negada la teoría de la lucha de clases, pretendiendo que no es aplicable a una sociedad estrictamente democrática, gobernada conforme a la voluntad de la mayoría, etc.

Así, pues, la exigencia de que la socialdemocracia revolucionaria diese un viraje decisivo hacia el socialreformismo burgués, iba acompañada de un viraje no menos decisivo hacia la crítica burguesa de todas las ideas fundamentales del marxismo. Y como esta última crítica contra el marxismo se venía realizando ya desde hacía mucho tiempo, desde la tribuna política, desde las cátedras universitarias, en numerosos folletos y en una serie de tratados científicos; como toda la nueva generación de las clases ilustradas, ha sido educada sistemáticamente, durante decenios, a base de esta crítica, no es de extrañar que la «nueva» tendencia «crítica» en el seno de la socialdemocracia haya surgido de golpe, completamente acabada, como Minerva de la cabeza de Júpiter. Por su contenido, esta tendencia no ha tenido que desarrollarse ni formarse; ha sido trasplantada directamente de la literatura burguesa a la literatura socialista.

Prosigamos. Por si la crítica teórica de Bernstein y sus aspiraciones políticas estaban aún poco claras para ciertas personas, los franceses se han cuidado de demostrar palmariamente lo que es el «nuevo método». Francia ha justificado, una vez más, su vieja reputación de «país en cuya historia las luchas de clases se han llevado cada vez a su término decisivo más que en ningún otro sitio» (Engels, del prefacio para la obra de Marx. Der 18 Brumaire)n[7]. En lugar de teorizar, los socialistas franceses pusieron directamente manos a la obra; las condiciones políticas de Francia, más desarrolladas en el sentido democrático, les han permitido pasar inmediatamente al «bernsteinianismo práctico», con todas sus consecuencias. Millerand ha dado un ejemplo brillante de este bernsteinianismo práctico: ¡no en vano Bernstein y Vollmar se han apresurado a defender y a ensalzar tan celosamente a Millerand! En efecto, si la socialdemocracia es, en esencia, simplemente un partido de reformas, y debe tener el valor de reconocerlo con franqueza, un socialista no sólo tiene derecho a entrar en un ministerio burgués, sino que incluso debe siempre aspirar a ello. Si la democracia implica, en el fondo, la supresión de la dominación de clases, ¿por qué un ministro socialista no ha de encantar a todo el mundo burgués con discursos sobre la colaboración de las clases? ¿Por qué no ha de seguir en el ministerio, aun después de que los asesinatos de obreros por los gendarmes han puesto de manifiesto por centésima y milésima vez el verdadero carácter de la colaboración democrática de las clases? ¿Por qué no ha de participar personalmente en la felicitación al zar, al que los socialistas franceses no dan ahora otros nombres que los de héroe de la horca, del knut y de la deportación (knouteur, pendeur et déportateur)? ¡Y a cambio de este infinito envilecimiento y autoflagelación del socialismo ante el mundo entero, de la corrupción de la conciencia socialista de las masas obreras -la única base que puede asegurarnos el triunfo-, a cambio de todo esto, unos rimbombantes proyectos de miserables reformas; tan miserables, que se había logrado obtener más de los gobiernos burgueses!

Todo aquel que no cierre deliberadamente los ojos tiene que ver por fuerza que la nueva tendencia «crítica», surgida en el seno del socialismo, no es sino una nueva variedad del oportunismo. Y si no juzgamos a los hombres por el brillo del uniforme que ellos mismos se han puesto, ni por el sobrenombre pomposo que a sí mismos se dan, sino por sus actos y por la clase de propaganda que llevan a la práctica, veremos claramente que la «libertad de crítica» es la libertad de la tendencia oportunista en el seno de la socialdemocracia, la libertad de hacer de la socialdemocracia un partido demócrata de reformas, la libertad de introducir en el socialismo ideas burguesas y elementos burgueses.

La libertad es una gran palabra, pero bajo la bandera de la libertad de industria se han hecho las guerras más expoliadoras y bajo la bandera de la libertad de trabajo se ha despojado a los trabajadores. La misma falsedad intrínseca encierra el empleo actual de la expresión «libertad de crítica». Personas realmente convencidas de haber impulsado la ciencia no reclamarían libertad para las nuevas concepciones al lado de las antiguas, sino la sustitución de estas últimas por las primeras. En cambio, los gritos actuales de «¡Viva la libertad de crítica» recuerdan demasiado la fábula del tonel vacío [8].

Marchamos en pequeño grupo unido por un camino escarpado y difícil, fuertemente cogidos de las manos. Estamos rodeados por todas partes de enemigos, y tenemos que marchar casi siempre bajo su fuego. Nos hemos unido en virtud de una decisión libremente adoptada, precisamente para luchar contra los enemigos y no caer, dando un traspiés, al pantano vecino, cuyos moradores nos reprochan desde un principio el que nos hayamos separado en un grupo aparte y el que hayamos escogido el camino de la lucha y no el de la conciliación. Y de pronto algunos de entre nosotros comienzan a gritar: «¡Vamos al pantano!» Y cuando se intenta avergonzarlos, replican: «¡Qué gente tan atrasada sois! ¡Cómo no os avergonzáis de negarnos la libertad de invitaros a seguir un camino mejor!» ¡Ah, sí, señores, libres sois no sólo de invitarnos, sino de ir adonde mejor os plazca, incluso al pantano; hasta consideramos que vuestro verdadero puesto está precisamente en él, y nos sentimos dispuestos a prestaros toda la colaboración que esté a nuestro alcance para trasladaros allí a ¡vosotros ! ¡Pero en tal caso soltad nuestras manos, no os agarréis a nosotros, ni ensuciéis la gran palabra libertad, porque nosotros también somos «libres» para ir adonde nos parezca, libres para luchar no sólo contra el pantano, sino incluso contra los que se desvían hacia él!


b. Los nuevos defensores de la «libertad de crítica»


Precisamente esta consigna («libertad de crítica») es la que ha sido solemnemente propugnada estos últimos tiempos por Rabócheie Dielo (núm. 10), órgano de la «Unión de socialdemócratas rusos» en el extranjero, y lo ha sido no como un postulado teórico, sino como una reivindicación política, como respuesta a la pregunta: «¿Es posible la unión de las organizaciones socialdemócratas que actúan en el extranjero?» «Para una unión sólida, es indispensable la libertad de crítica» (pág. 36).

De esta declaración se desprenden dos conclusiones bien definidas: 1) Rabócheie Dielo asume la defensa de la tendencia oportunista en la socialdemocracia internacional en general; 2) Rabócheie Dielo exige la libertad del oportunismo en el seno de la socialdemocracia rusa. Examinemos estas conclusiones.

A Rabócheie Dielo le disgusta, «sobre todo», la «tendencia de Iskra y Sariá a pronosticar la ruptura entre la Montaña y la Gironda en la socialdemocracia internacional» [9].

«En general -escribe B. Krichevski, redactor de Rabócheie Dielo-, las habladurías sobre Montaña y Gironda en las filas de la socialdemocracia nos parecen una analogía histórica superficial, extraña en la pluma de un marxista: la Montaña y Gironda no representaban dos distintos temperamentos o corrientes intelectuales, como puede parecerles a los historiadores-ideólogos, sino distintas clases o capas: por una parte, la burguesía media, y, por otra, la pequeña burguesía y el proletariado. Pero en el movimiento socialista contemporáneo no existen choques de intereses de clase; por entero, en todas [subrayado por B. Kr.] sus variedades, incluyendo a los más declarados bernsteinianos, abraza la posición de los intereses de clase del proletariado, de su lucha de clases por la liberación política y económica» (Rabócheie Dielo, págs. 32-33).

¡Afirmación audaz! ¿No ha oído B. Krichevski hablar del hecho, observado ya hace mucho tiempo, de que precisamente la amplia participación de la capa de los «académicos» en el movimiento socialista de los últimos años ha asegurado una difusión tan rápida del bernsteinianismo? Pero, ante todo, ¿en qué funda nuestro autor su juicio de que incluso «los más declarados bernsteinianos» abrazan la posición de la lucha de clase por la liberación política y económica del proletariado? Nadie lo sabe. Esta defensa decidida de los más declarados bernsteinianos no se apoya en ningún argumento, en ninguna razón. El autor entiende, por lo visto, que con repetir cuanto dicen de sí mismos los más declarados bernsteinianos, huelgan las pruebas de su afirmación. Pero ¿es posible figurarse algo más «superficial» que este juicio acerca de toda una tendencia, fundado en lo que dicen de sí mismos sus propios representantes? ¿Es posible imaginarse algo más superficial que la «moraleja» que se desprende a propósito de los dos tipos o vías de desarrollo del Partido, distintos y hasta diametralmente opuestos? (Rabócheie Dielo, págs.34-35). Los socialdemócratas alemanes, se dice, reconocen una completa libertad de crítica; en cambio, los franceses, no, y precisamente su ejemplo demuestra todo el «mal de la intolerancia».

Precisamente el ejemplo de B. Krichevski -contestaremos a esto– demuestra que a veces se llaman marxistas gentes que ven la historia literalmente «a lo Ilovaiski» [10]. Para explicar la unidad del Partido Socialista alemán y el fraccionamiento del francés, no hace falta en absoluto hurgar en las particularidades de la historia de este o el otro país, comparar las condiciones del semiabsolutismo militar y el parlamentarismo republicano, analizar las consecuencias de la Comuna y las de la ley de excepción contra los socialistas [11], comparar la situación económica y el desarrollo económico, recordar cómo «el crecimiento sin par de la socialdemocracia alemana» fue acompañado de una lucha de energía sin igual en la historia del socialismo, no sólo contra las aberraciones teóricas (Mühlberger, Dühring 12, los «socialistas de cátedra» [13]), sino también contra las aberraciones tácticas (Lassalle), etc., etc. ¡Todo esto es superfluo! Los franceses riñen, porque son intolerantes; los alemanes están unidos, porque son buenos chicos.

Y observad que, por medio de esta incomparable profundidad de pensamiento, se «recusa» un hecho que echa por tierra completamente la defensa de los bernsteinianos. Sólo a través de la experiencia histórica se puede resolver definitivamente y sin vuelta de hoja el problema de si abrazan la posición de lucha de clase del proletariado. Por tanto, la máxima importancia en este sentido corresponde precisamente al ejemplo de Francia, por ser éste el único país donde los bernsteinianos han intentado actuar independientemente, con la aprobación calurosa de sus colegas alemanes (y, en parte, de los oportunistas rusos: véase R. D., núm. 2-3, págs. 83-84). La alusión a la «intransigencia» de los franceses -además de su significación «histórica» en sentido «nosdrievano» [14]- no es más que una tentativa de disimular con palabras fieras hechos sumamente desagradables.

Pero, en cuanto a los alemanes, tampoco estamos, en modo alguno, dispuestos a regalárselos a B. Krichevski y a los demás numerosos defensores de la «libertad de crítica». Si se tolera todavía en las filas del Partido alemán «a los más declarados bernsteinianos», es por cuanto acatan la resolución de Hannóver [15], que desechó resueltamente las «enmiendas» de Bernstein, así como la de Lübeck [16], que contiene (a pesar de toda su diplomacia) una advertencia directa a Bernstein. Se puede discutir, desde el punto de vista de los intereses del Partido alemán, en qué medida era oportuna esa diplomacia o si vale más, en este caso, un mal ajuste que un buen pleito; se puede disentir, en una palabra, en la apreciación de la conveniencia de uno u otro procedimiento de repudiar el bernsteinianismo, pero no se puede dejar de ver el hecho de que el Partido alemán ha repudiado dos veces el bernsteinianismo. Por tanto, creer que el ejemplo de los alemanes confirma la tesis de que «los más declarados bernsteinianos abrazan la posición de la lucha de clase del proletariado por su liberación política y económica», significa no comprender absolutamente nada de lo que sucede ante los ojos de todos nosotros [17].

Hay más aún. Rab. Dielo presenta a la socialdemocracia rusa, como hemos visto, la reivindicación de «libertad de crítica« y defiende el bernsteinianismo. Por lo visto, ha debido persuadirse de que se ha agraviado injustamente a nuestros «críticos« y bernsteinianos. ¿A cuales, precisamente? ¿Quién, dónde y cuándo? ¿En qué, precisamente, consistió la injusticia? ¡R. Dielo guarda silencio sobre este punto, no menciona ni una sola vez a ningún crítico o bernsteiniano ruso! Nos resta sólo hacer una de las dos hipótesis posibles. O bien la parte injustamente agraviada no es otra que el mismo R. Dielo (lo confirma el hecho de que en ambos artículos de su núm.10 se trata únicamente de agravios inferidos por Sariá e Iskra a R. Dielo). En este caso, ¿cómo explicar el hecho tan extraño de que R. Dielo, que siempre ha negado tan obstinadamente toda solidaridad con el bernsteinianismo, no haya podido defenderse a sí mismo, sin intervenir en favor de los «más declarados bernsteinianos« y de la libertad de crítica? O bien han sido injustamente agraviadas unas terceras personas. ¿Cuáles pueden ser entonces los motivos para no mencionarlos?

Vemos, pues, que R. Dielo continúa el juego del escondite, en que se ha entretenido (como lo pondremos de manifiesto más adelante) desde el momento mismo de su aparición. Además, observad esta primera aplicación práctica de la tan decantada «libertad de crítica». De hecho, esta libertad se redujo en el acto no sólo a la falta de toda crítica, sino a la falta de todo juicio independiente en general. Ese mismo R. Dielo, que guarda silencio sobre el bernsteinianismo ruso, como si fuera una enfermedad secreta (según la feliz expresión de Starovier [18]), ¡propone para la curación de esta enfermedad copiar lisa y llanamente la última receta alemana contra la variedad alemana de la enfermedad! ¡En vez de libertad de crítica, imitación servil... o, peor aún, simiesca! El idéntico contenido social y político del oportunismo internacional contemporáneo, se manifiesta en unas u otras variedades, según las peculiaridades nacionales. En un país, un grupo de oportunistas ha actuado desde hace mucho tiempo bajo una bandera especial; en otro, los oportunistas han desdeñado la teoría, siguiendo en la práctica la política de los radicales socialistas; en un tercero, algunos miembros del partido revolucionario se han evadido al campo del oportunismo y tratan de alcanzar sus objetivos, no por medio de una lucha abierta en favor de los principios y de la nueva táctica, sino valiéndose de una corrupción gradual, imperceptible y, si se puede usar esta expresión, impune de su partido; en un cuarto país, esos mismos tránsfugas emplean idénticos procedimientos en las tinieblas de la esclavitud política, relacionando en forma completamente original la actividad «legal» con la «ilegal», etc. Pero ponerse a hablar de la libertad de crítica y del bernsteinianismo como de una condición para unir a los socialdemócratas rusos, sin analizar en qué precisamente se ha manifestado y qué frutos particulares ha dado el bernsteinianismo ruso, es lo mismo que hablar por hablar.

Intentemos, pues, nosotros mismos decir, aunque sea en pocas palabras, lo que no ha querido decir (o acaso ni siquiera ha sabido comprender) R. Dielo.


c. La crítica en Rusia


La particularidad fundamental de Rusia, en el aspecto que estamos examinando, consiste en que ya el comienzo mismo del movimiento obrero espontáneo, por una parte, y el viraje de la opinión pública avanzada hacia el marxismo, por otra, se han distinguido por la unión de elementos notoriamente heterogéneos, bajo una bandera común y para luchar contra un adversario común (las concepciones políticas y sociales anticuadas). Nos referimos a la luna de miel del «marxismo legal». En general, fue un fenómeno extraordinariamente original, en cuya posibilidad nadie hubiera podido creer siquiera en la década del 80 o a principios de la década siguiente del siglo pasado. En un país autocrático, con una prensa completamente sojuzgada, en una época de terrible reacción política, en que eran perseguidos los más mínimos brotes de descontento político y de protesta, se abre de pronto camino en la literatura visada por la censura la teoría del marxismo revolucionario, expuesta en lenguaje esópico, pero comprensible para todos los «interesados». El gobierno se había acostumbrado a considerar peligrosa únicamente la teoría de «La Voluntad del Pueblo» (de la revolucionaria), sin que notara, como suele suceder, su evolución interna, regocijándose ante toda crítica dirigida contra ella. Antes de que el gobierno se diera cuenta, antes de que el pesado ejército de censores y gendarmes tuviera tiempo de dar con el nuevo enemigo y caer sobre él, pasó mucho tiempo (mucho para nosotros, los rusos). Y, mientras tanto, aparecía un libro marxista tras otro; empezaron a publicarse revistas y periódicos marxistas; todo el mundo, como por contagio, se hacía marxista; a los marxistas se les halagaba, se les lisonjeaba; los editores estaban entusiasmados por la extraordinaria rapidez con que se vendían los libros marxistas. Se sobreentiende que entre los marxistas principiantes, rodeados de esa humareda de éxito, ha habido más de un «escritor envanecido» [19]...

Hoy puede hablarse de ese período con calma, como del pasado. No es un secreto para nadie que el florecimiento efímero del marxismo sobre la superficie de nuestra literatura tuvo su origen en la alianza de elementos extremistas con elementos sumamente moderados. En el fondo, estos últimos eran demócratas burgueses, y esta conclusión (confirmada con evidencia por el desarrollo «crítico» posterior de esta gente) se imponía a ciertas personas ya en la época en que la «alianza» estaba aún intacta [20].

Pero, en este caso, ¿no corresponderá la mayor responsabilidad por la «confusión» subsiguiente precisamente a los socialdemócratas revolucionarios, que pactaron esa alianza con los futuros «críticos»? Esta pregunta, seguida de una respuesta afirmativa, se oye a veces en boca de gentes que enfocan el problema en forma demasiado rectilínea. Pero esa gente carece en absoluto de razón. Puede tener miedo a alianzas temporales, aunque sea con gente insegura, únicamente el que tenga poca confianza en sí mismo, y ningún partido político podría existir sin esas alianzas. Ahora bien, la unión con los marxistas legales fue una especie de primera alianza verdaderamente política, concertada por la socialdemocracia rusa. Gracias a esta alianza, se ha logrado el triunfo, asombrosamente rápido, sobre el populismo, así como la enorme difusión de las ideas del marxismo (si bien en forma vulgarizada). Además, la alianza no fue pactada sin «condición» alguna, ni mucho menos. Pruebas al canto: la antología marxista Materiales sobre el desarrollo económico de Rusia [21], quemada por la censura en 1895. Si se puede comparar con una alianza política el acuerdo literario con los marxistas legales, se puede comparar ese libro con un acuerdo político.

La ruptura no fue provocada, desde luego, por el hecho de que los «aliados» resultaron ser unos demócratas burgueses. Por el contrario, los representantes de esta última tendencia son aliados naturales y deseables de la socialdemocracia, siempre que se trate de objetivos democráticos suyos, objetivos que la situación actual de Rusia pone en primer plano. Pero es condición indispensable para esta alianza que los socialistas tengan plena posibilidad de revelar a la clase obrera el antagonismo hostil entre sus intereses y los de la burguesía. Mas el bernsteinianismo y la tendencia «crítica», hacia la cual evolucionó totalmente la mayoría de los marxistas legales, habían eliminado esta posibilidad y corrompían la conciencia socialista envileciendo el marxismo, predicando la teoría de la atenuación de las contradicciones sociales, proclamando que es absurda la idea de la revolución social y de la dictadura del proletariado, reduciendo el movimiento obrero y la lucha de clases a un tradeunionismo estrecho y a la lucha «realista» por pequeñas y graduales reformas. Era exactamente lo mismo que si la democracia burguesa negara el derecho del socialismo a la independencia, y, por tanto, su derecho a la existencia; en la práctica, eso significaba tender a convertir el incipiente movimiento obrero en un apéndice de los liberales.

Naturalmente, en estas condiciones, la ruptura se hizo necesaria. Pero la particularidad «original» de Rusia se manifestó en que esa ruptura sólo significaba que los socialdemócratas se apartaban de la literatura «legal», más accesible para todos y ampliamente difundida. Los «ex-marxistas» se hicieron fuertes en ella, colocándose «bajo el signo de la crítica» y obteniendo casi el monopolio para «denigrar» al marxismo. Las consignas: «¡Contra la ortodoxia!» y «¡Viva la libertad de crítica!» (repetidas ahora por R. Dielo ) se pusieron en seguida muy en boga; y que ni siquiera pudieron resistir a esa moda los censores ni los gendarmes, se ve por hechos como la aparición de tres ediciones rusas del libro del famoso (famoso a lo Eróstrato) Bernstein o la recomendación de los libros de Bernstein, del señor Prokopóvich y otros, por Subátov [22] (Iskra, núm. 10). A los socialdemócratas les incumbe ahora una tarea de por sí difícil, e increíblemente más dificultada aún debido a obstáculos puramente exteriores: la tarea de combatir la nueva corriente. Y esta corriente no se ha limitado al terreno de la literatura. El viraje hacia la «crítica» ha ido acompañado de un movimiento en sentido contrario: la propensión de los socialdemócratas prácticos por el «economismo».

Podría servir de tema para un artículo especial esta interesante cuestión: cómo ha surgido y se ha estrechado el lazo de unión e interdependencia entre la crítica legal y el economismo ilegal. A nosotros nos basta consignar aquí la existencia incuestionable de este lazo de unión. Precisamente por eso ha adquirido el famoso «Credo» [23] una celebridad tan merecida, por haber formulado francamente este lazo de unión y haber revelado la tendencia política fundamental del «economismo»: que los obreros se encarguen de la lucha económica (más exacto sería decir: de la lucha tradeunionista, pues esta última comprende también la política específicamente obrera), y que la intelectualidad marxista se fusione con los liberales para la «lucha» política. Resulta que el trabajo tradeunionista «en el pueblo» resultó ser la realización de la primera mitad, y la crítica legal, la realización de la segunda mitad de dicha tarea. Esta declaración fue un arma tan excelente en contra del economismo, que, si no hubiese aparecido el «Credo», valía la pena haberlo inventado.

El «Credo» no fue inventado, pero sí publicado sin el asentimiento y acaso hasta en contra de la voluntad de sus autores. Al menos, el que estas líneas escribe, que participó en sacar a la luz del día el nuevo «programa» [24] tuvo que escuchar lamentaciones y reproches por el hecho de que el resumen de los puntos de vista de los oradores hubiera sido difundido en copias, hubiera recibido el mote de «Credo» y ¡hubiera sido publicado incluso en la prensa junto con la protesta! Referimos este episodio, porque revela un rasgo muy curioso de nuestro economismo: el miedo a la publicidad. Precisamente éste es el rasgo característico no sólo de los autores del «Credo», sino del economismo en general: lo han manifestado tanto R. Misl, el adepto más franco y más honrado del economismo, como R. Dielo (al indignarse contra la publicación de documentos «economistas» en el Vademécum , así como el Comité de Kíev, que hace cosa de dos años no quiso autorizar la publicación de su «profession de foi» junto con la refutación [25] escrita en contra de la misma, y muchos, muchos representantes del economismo.

Este miedo a la crítica, que manifiestan los adeptos de la libertad de crítica, no puede explicarse tan sólo por astucia (si bien de vez en cuando las cosas no ocurren, indudablemente, sin astucia; ¡no es ventajoso dejar descubiertos al empuje del adversario los brotes, débiles aún, de la nueva tendencia!). No, la mayoría de los economistas, con absoluta sinceridad, desaprueban (y, por la propia esencia del economismo, tienen que desaprobar) toda clase de controversias teóricas, disensiones fraccionalistas, amplias cuestiones políticas, proyectos de organizar a los revolucionarios, etc. «¡Deberíamos dejar todo esto en el extranjero!», me dijo un día uno de los economistas bastante consecuentes, expresando la siguiente idea, muy difundida (y también puramente tradeunionista): lo que a nosotros nos incumbe es el movimiento obrero, las organizaciones obreras que tenemos aquí, en nuestra localidad, y el resto no es más que invención de los doctrinarios, «sobreestimación de la ideología», como decían los autores de la carta publicada en el núm.12 de Iskra haciendo coro al núm. 10 de R. Dielo.

Ahora cabe preguntar: en vista de estas particularidades de la «crítica» rusa y del bernsteinianismo ruso, ¿en qué debía consistir la tarea de los que de hecho, y no sólo de palabra, querían ser adversarios del oportunismo? Primeramente, era necesario preocuparse de que se reanudara el trabajo teórico, que apenas si se había iniciado en la época del marxismo legal y que ahora había vuelto a recaer sobre los militantes ilegales: sin un trabajo de esta índole, no era posible un incremento eficaz del movimiento. En segundo lugar, era preciso emprender una lucha activa contra la de unión con el Partido [26]; además, no había entre nosotros un órgano de partido reconocido por todos, que pudiera «restringir» la libertad de crítica, aunque sólo fuera por medio de un consejo); los economistas quieren que los revolucionarios reconozcan la «plenitud de derechos del movimiento en el presente» (R. D., núm.10, pág. 25), es decir, la «legitimidad» de la existencia de lo que existe; que los «ideólogos» no traten de «desviar» el movimiento del camino «determinado por la acción recíproca entre los elementos materiales y el medio material» («Carta" en el núm.12 de Iskra ); que se considere como deseable sostener la lucha «que los obreros puedan sostener en las circunstancias presentes», y, como posible, reconocieron la lucha «que libran en el momento presente» (Suplemento especial de R. Misl [27], pág.14). En cambio, a nosotros, los socialdemócratas revolucionarios, nos disgusta ese culto de la espontaneidad, es decir, de lo que existe «en el momento presente»; reclamamos que se modifique la táctica que ha prevalecido estos últimos años, declaramos que, «antes de unificarse y para unificarse es necesario empezar por deslindar los campos de un modo resuelto y definido» (del anuncio sobre la publicación de Iskra [28]). En una palabra, los alemanes se conforman con lo que existe, rechazando las modificaciones; nosotros reclamamos que se modifique lo existente, rechazando el culto de ello y la conformidad con ello.

¡Precisamente esta «pequeña» diferencia es la que nuestros «libres» copiadores de resoluciones alemanas no han notado!


d. Engels sobre la importancia de la lucha teórica


«Dogmatismo», «doctrinarismo», «fosilización del Partido, castigo inevitable por la opresión violenta del pensamiento», éstos son los enemigos contra los cuales arremeten caballerescamente en Rab. Dielo los campeones de la «libertad de crítica». Mucho nos place que se haya llevado al orden del día esta cuestión, y sólo propondríamos completarla con otra:

-¿Y quiénes serán los jueces?

Tenemos ante la vista dos anuncios de publicaciones literarias. Uno es el «programa del órgano de prensa de la Unión de los socialdemócratas rusos, Rab. Dielo» (pruebas de imprenta del núm. 1 de R. D.). El otro es un «anuncio sobre la reanudación de las publicaciones del grupo 'Emancipación del Trabajo'». Ambos datan de 1899, cuando la «crisis del marxismo» estaba desde hacía ya mucho tiempo al orden del día. Pues bien, en vano buscaríamos en la primera de dichas obras una alusión a este fenómeno y una exposición definida de la actitud que el nuevo órgano piensa adoptar a este respecto. Ni este programa ni los suplementos al mismo, aprobados por el III Congreso de la «Unión» en 1901 (Dos congresos, págs. 15-18), mencionan el trabajo teórico ni sus objetivos inmediatos en el presente. Durante todo este tiempo, la redacción de R. Dielo pasó por alto las cuestiones teóricas, a pesar de que apasionaban a todos los socialdemócratas del mundo entero.

Por el contrario, el otro anuncio señala ante todo que en estos últimos años se observa menos interés por la teoría, reclama con insistencia una «atención vigilante para el aspecto teórico del movimiento revolucionario del proletariado» y llama a «criticar implacablemente las tendencias bernsteinianas y otras tendencias antirrevolucionarias» en nuestro movimiento. Los números aparecidos de Sariá señalan cómo se ha cumplido este programa.

Vemos, pues, que las frases sonoras contra la fosilización del pensamiento, etc. disimulan la despreocupación y la impotencia en el desarrollo del pensamiento teórico. El ejemplo de los socialdemócratas rusos ilustra con particular evidencia un fenómeno europeo general (consignado también hace ya mucho tiempo por los marxistas alemanes): la famosa libertad de crítica no implica la sustitución de una teoría por otra, sino la libertad de prescindir de toda teoría coherente y meditada, significa eclecticismo y falta de principios. Quien conozca, por poco que sea, el estado efectivo de nuestro movimiento verá forzosamente que la amplia difusión del marxismo ha ido acompañada de cierto rebajamiento del nivel teórico. Mucha gente, muy poco preparada e incluso sin preparación teórica alguna, se ha adherido al movimiento por su significación práctica y sus éxitos prácticos. Por este hecho, se puede juzgar qué falta de tacto manifiesta Rab. Dielo al lanzar con aire victorioso la sentencia de Marx: «cada paso de movimiento efectivo es más importante que una docena de programas» [29]. Repetir estas palabras en una época de dispersión teórica es exactamente lo mismo que gritar al paso de un entierro: «¡ojalá tengáis siempre algo que llevar!» Además, estas palabras de Marx han sido tomadas de su carta sobre el programa de Gotha, en la que censura duramente el eclecticismo admitido en la formulación de los principios: ya que hace falta unirse -escribía Marx a los dirigentes del Partido-, pactad acuerdos para alcanzar los objetivos prácticos del movimiento pero no trafiquéis con los principios, no hagáis «concesiones» teóricas. Este era el pensamiento de Marx, ¡y he aquí que entre nosotros hay gentes que en su nombre tratan de aminorar la importancia de la teoría!

Sin teoría revolucionaria, no puede haber tampoco movimiento revolucionario. Nunca se insistirá lo bastante sobre esta idea en un tiempo en que a la prédica en boga del oportunismo va unido un apasionamiento por las formas más estrechas de la actividad práctica. Y, para la socialdemocracia rusa, la importancia de la teoría es mayor aún, debido a tres circunstancias que se olvidan con frecuencia, a saber: primeramente, por el hecho de que nuestro Partido sólo ha empezado a formarse, sólo ha empezado a elaborar su fisonomía, y dista mucho de haber ajustado sus cuentas con las otras tendencias del pensamiento revolucionario, que amenazan con desviar el movimiento del camino justo. Por el contrario, precisamente estos últimos tiempos se han distinguido (como hace ya mucho lo predijo Axelrod a los economistas) por una reanimación de las tendencias revolucionarias no socialdemócratas. En estas condiciones, un error, «sin importancia» a primera vista, puede causar los más desastrosos efectos, y sólo gente miope puede encontrar inoportunas o superfluas las discusiones fraccionales y la delimitación rigurosa de los matices. De la consolidación de tal o cual «matiz» puede depender el porvenir de la socialdemocracia rusa por años y años.

En segundo lugar, el movimiento socialdemócrata es, por su propia naturaleza, internacional. Esto no sólo significa que debemos combatir el chovinismo nacional. Esto significa también que el movimiento incipiente en un país joven, únicamente puede desarrollarse con éxito a condición de que haga suya la experiencia de otros países. Para ello, no basta conocer simplemente esta experiencia o copiar simplemente las últimas resoluciones adoptadas; para ello es necesario saber asumir una actitud crítica frente a esta experiencia y comprobarla por sí mismo. Todo aquel que se imagine el gigantesco crecimiento y ramificación del movimiento obrero contemporáneo comprenderá la reserva de fuerzas teóricas y de experiencia política (así como revolucionaria) que es necesaria para cumplir esta tarea.

En tercer lugar, tareas nacionales como las que tiene planteadas la socialdemocracia rusa no las ha tenido planteadas aún ningún otro partido socialista del mundo. Más adelante, tendremos que hablar de los deberes políticos y de organización que nos impone esta tarea de liberar a todo el pueblo del yugo de la autocracia. Por el momento, no queremos más que indicar que sólo un partido dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplir la misión de combatiente de vanguardia. Y para hacerse una idea siquiera sea un poco concreta de lo que esto significa, que el lector recuerde a los precursores de la socialdemocracia rusa, como Hertzen, Belinski, Chernishevski y a la brillante pléyade de revolucionarios de la década del 70; que piense en la importancia universal que la literatura rusa va adquiriendo ahora; que... ¡pero basta también con lo indicado!

Citaremos las observaciones hechas por Engels en 1874 sobre la importancia que la teoría tiene en el movimiento socialdemócrata. Engels reconoce, no dos formas de la gran lucha de la socialdemocracia (la política y la económica) -como se estila entre nosotros-, sino tres, colocando a su lado también la lucha teórica. Sus recomendaciones al movimiento obrero alemán, ya robustecido práctica y políticamente, son tan instructivas desde el punto de vista de los problemas y de las discusiones actuales, que confiamos en que el lector no lamentará que insertemos un extenso extracto del prólogo escrito para el folleto Der Deutsche Bauernkrieg [30], obra que desde hace ya mucho tiempo es una rareza bibliográfica:

«Los obreros alemanes tienen dos ventajas esenciales sobre los obreros del resto de Europa. La primera es la de que pertenecen al pueblo más teórico de Europa y que han conservado en sí ese sentido teórico, casi completamente perdido por las clases llamadas 'cultas' de Alemania. Sin la filosofía alemana, que le ha precedido, sobre todo sin la filosofía de Hegel, jamás se habría creado el socialismo científico alemán, el único socialismo científico que ha existido. De haber carecido los obreros de sentido teórico, este socialismo científico nunca habría sido, en la medida que lo es hoy, carne de su carne y sangre de su sangre. Y lo inmenso de esta ventaja lo demuestra, por una parte, la indiferencia por toda teoría, que es una de las causas principales de que el movimiento obrero inglés avance tan lentamente, a pesar de la excelente organización de los diferentes oficios, y, por otra, lo demuestran el desconcierto y la confusión sembrados por el proudhonismo, en su forma primitiva, entre los franceses y los belgas, y, en la forma caricaturesca que le ha dado Bakunin, entre los españoles y los italianos.

La segunda ventaja consiste en que los alemanes han sido casi los últimos en incorporarse al movimiento obrero. Así como el socialismo teórico alemán jamás olvidará que se sostiene sobre los hombros de Saint-Simón, Fourier y Owen –tres pensadores que, a pesar del carácter fantástico y de todo el utopismo de sus doctrinas, pertenecen a las mentes más grandes de todos los tiempos y se han anticipado genialmente a una infinidad de verdades cuya exactitud estamos demostrando ahora de un modo científico-, así también el movimiento obrero práctico alemán nunca debe olvidar que se ha desarrollado sobre los hombros del movimiento inglés y francés, que ha tenido la posibilidad de sacar simplemente partido de su experiencia costosa, de evitar en el presente los errores que entonces no era posible evitar en la mayoría de los casos. ¿Dónde estaríamos ahora, sin el precedente de las tradeuniones inglesas y de la lucha política de los obreros franceses, sin ese impulso colosal que ha dado particularmente la Comuna de París?

Hay que hacer justicia a los obreros alemanes por haber aprovechado con rara inteligencia las ventajas de su situación. Por primera vez desde que existe el movimiento obrero, la lucha se desarrolla en forma metódica en sus tres direcciones concertadas, relacionadas entre sí: teórica, política y económico-práctica (resistencia a los capitalistas). En este ataque concéntrico, por decirlo así, reside precisamente la fuerza y la invencibilidad del movimiento alemán.

Esta situación ventajosa, por una parte, y, por otra, las particularidades insulares del movimiento inglés y la represión violenta del francés hacen que los obreros alemanes se encuentren ahora a la cabeza de la lucha proletaria. No es posible pronosticar cuánto tiempo les permitirán los acontecimientos ocupar este puesto de honor. Pero, mientras lo sigan ocupando, es de esperar que cumplirán como es debido las obligaciones que les impone. Para esto, tendrán que redoblar sus esfuerzos en todos los aspectos de la lucha y de la agitación. Sobre todo los jefes deberán instruirse cada vez más en todas las cuestiones teóricas, desembarazarse cada vez más de la influencia de la fraseología tradicional, propia de la vieja concepción del mundo, y tener siempre presente que el socialismo, desde que se ha hecho ciencia, exige que se le trate como tal, es decir, que se le estudie. La conciencia así lograda y cada vez más lúcida debe ser difundida entre las masas obreras con celo cada vez mayor, y se debe cimentar cada vez más fuertemente la organización del Partido así como la de los sindicatos...

... Si los obreros alemanes siguen avanzando de este modo, no es que marcharán al frente del movimiento -y no conviene tampoco en absoluto al movimiento que los obreros de una nación cualquiera marchen al frente del mismo-, sino que ocuparán un puesto de honor en la primera línea de combatientes y se hallarán bien pertrechados para ello, si, de pronto, duras pruebas o grandes acontecimientos reclaman de ellos mayor valor, mayor decisión y energía» [31].

Estas palabras de Engels resultaron proféticas. Algunos años más tarde, al dictarse la ley de excepción contra los socialistas, los obreros alemanes se vieron de improviso sometidos a duras pruebas. Y, en efecto, los obreros alemanes les hicieron frente bien pertrechados y supieron salir victoriosos de esas pruebas.

Al proletariado ruso le están reservadas pruebas inconmensurablemente más duras aún; tendrá que luchar contra un monstruo, en comparación con el cual la ley de excepción en un país constitucional parece un verdadero pigmeo. La historia plantea hoy ante nosotros una tarea inmediata que es la más revolucionaria de todas las tareas inmediatas del proletariado de ningún otro país. La realización de esta tarea, la demolición del más poderoso baluarte, no ya de la reacción europea, sino también (podemos decirlo hoy) de la reacción asiática, convertiría al proletariado ruso en la vanguardia del proletariado revolucionario internacional. Y tenemos el derecho de esperar que obtendremos este título de honor, que ya nuestros predecesores, los revolucionarios de la década del 70, han merecido, siempre que sepamos inspirar a nuestro movimiento, mil veces más vasto y profundo, la misma decisión abnegada y la misma energía.


Notas


[5] Edwardo Bernstein (1850-1932) - V. el artículo de V. I. Lenin «Marxismo y revisionismo». (N. de la Red.)

[6] Millerand - Se alude a la entrada del socialista francés Millerand en un gobierno burgués reaccionario (1899). (N. de la Red.)

[7] Lenin cita un fragmento traducido por él del prólogo de F. Engels a la tercera edición alemana de «El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte» de C. Marx. (Véase C. Marx y F. Engels, Obras Completas, t. XXI.)

[8] Alusión a una fábula de Krylov. Rodando, el tonel vado levanta un ruido ensordecedor, mientras el tonel lleno rueda suavemente. (N. de la Trad.)

[9] La comparación de las dos tendencias existentes en el seno del proletariado revolucionario (la revolucionaria y la oportunista) con las dos corrientes de la burguesía revolucionaria del siglo XVIII (la jacobina -la «Montaña»- y la girondina) fue hecha en el artículo de fondo del núm.2 de Iskra (febrero de 1901). El autor de dicho artículo fue Plejánov. Los kadetes, los bessaglavtsi y los mencheviques gustan aún ahora de hablar del «jacobinismo» en la socialdemocracia rusa. Pero hoy día prefieren callar u... olvidar el hecho de que Plejánov lanzó por primera vez este concepto contra el ala derecha de la socialdemocracia. (Nota de Lenin para la edición de 1907. - N. de la Red.)

[10] D. I. Ilovaiski (1832-1920). Historiador, autor de numerosos manuales oficiales de historia, ampliamente difundidos en la escuela primaria y media de Rusia antes de la revolución. En sus manuales, este historiador presentaba los hechos históricos como derivados fundamentalmente de la voluntad y la decisión personal de los zares y de la nobleza, y explicaba el proceso histórico por medio de circunstancias secundarias y fortuitas.

[11] La ley de excepción contra los socialistas en Alemania fue promulgada por el canciller Bismarck, en 1878, con el fin de estrangular la socialdemocracia alemana. Fue derogada en 1890. (N. de la Red.)

[12] Cuando Engels atacó a Dühring, muchos representantes de la socialdemocracia alemana se inclinaron hacia los conceptos de éste y acusaron a Engels, incluso públicamente, en un Congreso del Partido, de aspereza, de intolerancia, de polémica impropia de camaradas, etc. Most y sus camaradas propusieron (en el Congreso de 1877) eliminar del Vorwärts (Adelante - N. de la Red.) los artículos de Engels, por no «presentar interés para la enorme mayoría de los lectores», y Vahlteich declaró que la publicación de esos artículos había perjudicado mucho al Partido, que también Dühring había prestado servicios a la socialdemocracia: «debemos aprovecharlos a todos en interés del Partido, y si los profesores discuten, el Vorwärts no tiene en modo alguno por qué ser campo de tales disputas» (Vorwärts 1877, núm. 65, 6 de junio). ¡Como veis, éste también es un ejemplo de defensa de la «libertad de crítica», y no estaría de más que meditaran sobre él nuestros críticos legales y oportunistas ilegales, que tanto gustan de referirse al ejemplo de los alemanes!

[13] Socialistas de cátedra. Una de las corrientes de la economía política burguesa, surgida en Alemania en las décadas séptima y octava del siglo XIX. Los representantes de esta tendencia predicaban desde las cátedras universitarias el reformismo liberal-burgués, encubierto bajo la apariencia del socialismo. Los socialistas de cátedra sostenían que el gobierno burgués está por encima de las clases y en condiciones de conciliar las clases hostiles y de establecer gradualmente el «socialismo», teniendo en cuenta en lo posible las reivindicaciones de los trabajadores, sin afectar los intereses de los capitalistas. Los conceptos de los socialistas de cátedra fueron difundidos en Rusia por los «marxistas legales».

[14] Nosdriev - Tipo de terrateniente camorrista y fullero, descrito en la obra de N. Gógol; Las almas muertas. Gógol calificaba a Nosdriev de hombre «histórico», porque en dondequiera que apareciese se originaban al punto «historias» y escándalos. (N. de la Red.)

[15] La resolución de Hannóver. Resolución sobre el problema de los «ataques a los conceptos fundamentales y a la táctica del Partido», adoptada por el Congreso de la socialdemocracia alemana realizado en Hannóver del 27 de septiembre al 2 de octubre (del 9 al 14 de octubre) de 1899. El examen de este problema y la resolución que sobre el particular se adoptara en el congreso, se fundaban en el hecho de que los oportunistas, encabezados por Bernstein, se presentaron exigiendo la revisión de la teoría marxista y el nuevo examen de la política y la táctica revolucionarias de la socialdemocracia. En la resolución adoptada por el Congreso, se rechazaron las exigencias de los revisionistas, pero no se criticaba ni se desenmascaraba al bernsteinianismo. A favor de dicha resolución votaron también los partidarios de Bernstein.

[16] La resolución de Lübeck. Resolución aprobada en el Congreso de la socialdemocracia alemana que tuvo lugar en Lübeck del 9 al 15 (del 22 al 28) de septiembre de 1901. El punto central del trabajo del Congreso fue la lucha contra el revisionismo, el cual para entonces había cristalizado en el ala derecha del Partido con un programa propio y un órgano de prensa, el Sozialistische Monatshefte (La revista mensual del socialismo). El líder de los revisionistas, Bernstein, que ya mucho antes del congreso se había pronunciado por la revisión del socialismo científico, exigió en su intervención la «libertad de crítica» al marxismo. El Congreso rechazó el proyecto de resolución propuesto por los partidarios de Bernstein. En la resolución aprobada por el Congreso se hizo una abierta advertencia a Bernstein, pero no se planteó como cuestión de principio impedir que los bernsteinianos continuaran en las filas del partido obrero.

[17] Hay que observar que, al tratar la cuestión del bernsteinianismo en el seno del Partido alemán, Rabócheie Dielo se ha limitado siempre a un mero relato de hechos, «absteniéndose» por completo de hacer su propia apreciación de los mismos. Véase, por ejemplo, el número 2-3, pág. 66, sobre el Congreso de Stuttgart; todas las discrepancias están reducidas a cuestiones de «táctica», y sólo se hace constar que la inmensa mayoría es fiel a la anterior táctica revolucionaria. O el núm. 4-5, pág. 55 y siguientes, que es una simple repetición de los discursos pronunciados en el Congreso de Hannóver, con la resolución de Bebel; la exposición de las concepciones de Bernstein y la crítica de las mismas quedan nuevamente aplazadas (así como en el núm. 2-3) para un «artículo especial». Lo curioso del caso es que, en la pág. 33 del núm. 4-5, leemos: «... las concepciones expuestas por Bebel cuentan con una enorme mayoría en el Congreso», y un poco más adelante: «... David defendía las opiniones de Bernstein... Ante todo, trataba de demostrar que... Bernstein y sus amigos, a pesar de todo [¡sic!], se mantienen en el terreno de la lucha de clases»... ¡Esto se ha escrito en diciembre de 1899, y, en septiembre de 1901 Rabócheie Dielo no cree ya, por lo visto, que tenga razón Bebel y repite la opinión de David como suya propia!

[18] Starovier fue el seudónimo de A. N. Potresov, miembro de la redacción de Iskra; posteriormente llegó a ser un menchevique.

[19] El «escritor envanecido», título de uno de los primeros cuentos de Máximo Gorki.

[20] Aludimos al artículo de K. Tulin contra Struve [véase V. I. Lenin, Obras Completas, t. I. - N. de la Red.], redactado a base de la conferencia que tenía por título «Cómo se ha reflejado el marxismo en la literatura burguesa». (Nota de Lenin para la edición de 1907. - N. de la Red.)

[21] Lenin se refiere a la colección titulada Materiales para la caracterización de nuestro desarrollo económico, publicada en un tiraje de 2.000 ejemplares por una imprenta legal, en abril de 1895. En la colección figura el artículo de V. I. Lenin, (que firma con el seudónimo de K. Tulin) titulado «Contenido económico del populismo y su crítica en el libro del señor Struve (Reflejo del marxismo en la literatura burguesa)», y dirigido contra los «marxistas legales». (Véase V. I. Lenin, Obras Completas, t. I.)

[22] Subátov - Jefe de la Ojrana de Moscú, inspirador del llamado socialismo policiaco. Subátov creaba falsas organizaciones obreras bajo la tutela de los gendarmes y de la policía, con el fin de apartar a los obreros del movimiento revolucionario. (N. de la Red.)

[23] Credo - Símbolo de creencia, programa y exposiciones de la concepción del mundo. (N. de la Red.)

[24] Se trata de la protesta de los 17 contra el «Credo». El que estas líneas escribe, participó en la redacción de la protesta (fines de 1899). La protesta fue publicada, junto con el «Credo», en el extranjero en la primavera de 1900. [Véase V. I. Lenin, Obras Completas, t. II. - N. de la Red.] Actualmente se sabe ya, por el artículo de la señora Kuskova (publicado, creo, en la revista Bylóe, que fue ella la autora del «Credo», y que entre los «economistas» de aquel entonces, en el extranjero, desempeñaba un papel prominente el señor Prokopóvich. (Nota de Lenin para la edición de 1907. - N. de la Red.)

[25] Por lo que sabemos, la composición del Comité de Kiev ha sido modificada posteriormente.

[26] Ya la falta de vínculos abiertos con el Partido y de tradiciones de partido constituye una diferencia tan cardinal entre Rusia y Alemania, que debería haber puesto en guardia a todo socialista sensato contra cualquier imitación ciega. Pero he aquí una muestra del punto a que ha llegado la «libertad de crítica» en Rusia. Un crítico ruso, el señor Bulgákov, hace la siguiente reprimenda al crítico austriaco Herz: «Con toda la independencia de sus conclusiones, Herz sigue, sin embargo, en este punto (en la cooperación), por lo visto, demasiado atado por las opiniones de su Partido, y, al disentir en los detalles, no se decide a desprenderse del principio general» («El capitalismo y la agricultura», t. II, pág. 287). ¡Un súbdito de un Estado políticamente esclavizado, en el cual las 999/1000 de la población están corrompidas hasta la médula por el servilismo político y por la absoluta incomprensión del honor de partido y de los vínculos de partido, hace una reprimenda altiva a un ciudadano de un Estado constitucional por estar excesivamente «vinculado a las opiniones del Partido»! Lo único que les queda a nuestras organizaciones ilegales es ponerse a redactar resoluciones sobre la libertad de crítica...

[27] Suplemento especial de Rabóchaia Misl. Folleto editado por la redacción del periódico de los «economistas» R. Misl, en septiembre de 1899. En este folleto, y particularmente en el artículo «Nuestra realidad», firmado con las iniciales R. M., se expresaban abiertamente los conceptos oportunistas de los «economistas».

[28] Véase V. I. Lenin, Obras Completas, t. IV. (N. de la Red.)

[29] Véase C. Marx y F. Engels, Obras Completas, t. XIX.

[30] Dritter Abdruck, Leipzig. 187S. Verlag der Genossenschaftsbuchdruckerei. (La guerra campesina en Alemania), tercera edición, Leipzig, 1875, Edición de la Editorial Cooperativa. (N. de la Red.)

[31] Lenin cita, en traducción propia, un extracto del prefacio de Engels al trabajo La guerra campesina en Alemania. (Véase C. Marx y F. Engels, Obras Completas, t. XVIII.)


Continuará...


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