«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

martes, 10 de septiembre de 2013

Desde Palestina...

En esta ocasión les dejo dos documentos que si bien son visiones subjetivas, personales, pueden ser de una enorme utilidad para que usted, el lector, se haga una idea general de la tragedia que vive el pueblo palestino... Los que hemos visto y vivido esa tragedia somos consientes que las palabras no son suficientes para decir lo que allí ocurre...

Los documentos:


Ser judía en Palestina

Por Beth Miller

Se lo dije primero a Safa e Imad. Buenos amigos, vivían cerca en el Campo de Refugiados Aisa y me invitaban a almorzar todos los viernes. Sabía que eran musulmanes religiosos.

Imad me había dicho que los soldados israelíes mataron a su hermano durante la segunda intifada. Pero el tópico de religión y política estaba sobre la mesa, y me pareció oportuno decírselo. Tenía miedo. Sabía que estaba hablando con amigos, pero tenía la imagen de pesadilla de que arrojarían al aire el plato de arroz con pollo, arrancarían el vaso de té azucarado de mi mano y lo estrellarían contra la pared, gritando: “¡Fuuuuuera!”

Respiré profundamente. “En realidad soy judía. Siempre pensé…” ¿Quién puede recordar lo que dije después? Terminé mi frase. Safa tomó mi vaso y volvió a llenarlo. Imad dijo que quería decirme tres cosas. Primero, hay muchas similitudes entre judíos y musulmanes. Segundo, que comprende la diferencia entre una persona judía y el ejército israelí. Tercero, que era una vergüenza que todavía no hubiera ido a ver más sitios sagrados judíos en Jerusalén.

Es formidable ser judía en Palestina.

En el puesto militar de control entre Belén y Ramala detuvieron mi taxi colectivo. El soldado jaló bruscamente la puerta y miró al interior. Había un anciano en el asiento delantero, tres viejos en la fila del medio y en el asiento trasero estábamos un empresario, un adolescente y yo. El soldado pidió la identificación al adolescente y le indicó que descendiera del coche. Lo colocaron en un banco entre otro soldado y un perro del ejército. El soldado dijo al conductor que siguiera adelante. Mientras nos íbamos, dejando atrás al muchacho, vi a un tercer soldado, demasiado flaco para su uniforme, que caminaba hacia el puesto de control sujetando dos trozos de matza. Los dejó caer, y cuando se agachó para recogerlos se le cayó su M16, golpeándolo en la cara.

Es extraño ser judía en Palestina.

Estuve en un complejo militar del ejército de Israel. Estuve allí porque fui a una manifestación. En Cisjordania, las manifestaciones son ilegales. Los muchachos que estaban cerca fueron detenidos por lanzar piedras. Esposas de plástico maniataban sus manos. Cuando cortaron las del muchacho de mi izquierda hicieron falta dos soldados para introducir el cuchillo entre la cuerda de plástico y su piel. Cuando por fin la rompieron, sus muñecas estaban magulladas y sangrando. Comencé a hablar en árabe con la mujer que estaba a mi derecha, hasta que un soldado gritó “¡Sheke t!” Abrí la boca y volví a cerrarla, justo antes de terminar su frase como yo la había aprendido en la escuela hebrea: con una canción “ b’vakasha — ¡hey!” y luego una fuerte palmada.

Es frustrante ser judía en Palestina.

Mostramos nuestros pasaportes a los dos jóvenes soldados. ¿De qué parte de EE.UU. provenía? ¿Chicago? ¡Go Bulls ! Nos devolvieron los pasaportes. Mis amigos y yo caminamos hacia H2, la sección de Hebrón con la mayor concentración de colonos.

Primera impresión: Lejano Oeste. A la hora señalada. Imaginé a un cuervo graznando, un buitre sobrevolando; pelotas de matojos rodando por Shuhada Street, chocando contra la barrera de hormigón que bloquea la pequeña parte del camino por el que permiten que transiten los palestinos. Busqué mi cinturón, medio esperando encontrar un revólver de seis tiros. Nada. Pero el joven colono que corría con un cochecito de niño y portaba un yarmulke arcoíris llevaba un M16 colgado al hombro.

Volví a mirar a los soldados. Uno estaba apoyado en un muro, absorbiendo el sol. El otro iba hacia el joven palestino.

Más lejos en la calle, otros dos soldados nos miraron mientras caminábamos. Uno de ellos nos silbó. Seguimos caminando. Otros soldados estaban en la esquina siguiente, de pie, alertas, con las manos en sus armas. Miré hacia arriba y vi más soldados en los tejados mirando hacia abajo. Uno saludó. En Hebrón hay unos 4.000 soldados del ejército para proteger a 500 colonos israelíes.

La calle estaba bordeada de tiendas. Todas las fachadas de las tiendas estaban soldadas. Muchas pintadas con espray con una Estrella de David, una menorah o la bandera israelí. Mi amiga señaló que eran tiendas palestinas que habían sido clausuradas por los colonos o los soldados.

Pensé en el palestino que acababa de encontrar, quien me contó que su hijo fue cegado por un colono que le lanzó ácido a la cara cuando iba al colegio. Y nos dijo que frecuentemente tuvo que cerrar su negocio cuando los colonos judíos lanzaban botellas llenas de orina desde arriba hacia el mercado palestino.

Estrellas de David. Por doquier. En las tiendas, en las puertas, en los muros, en ventanas, en banderas, en camisas. Pasamos un letrero que explicaba –en hebreo e inglés– que estábamos en un área de Hebrón “libre” de árabes.

Es un sentimiento horrible ser judía en Palestina.

NOTA:

*Beth Miller egresó en 2010 de Macalester College y ha estado trabajando con una organización de derechos humanos en Cisjordania durante el último año y medio. Será candidata a una maestría en derechos humanos en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos en este otoño.



Ser Palestina en Israel

Por Towibah Mjdoob*

Una voz cercana me dice: "Buenos días Hagit".

Acababa de cerrar la puerta de mi apartamento y me disponía a salir para un largo día en la universidad. Al dar la vuelta para ver quién, aparte de mí, estaba en el jardín, no vi a nadie. Estaba sólo yo y la madre del propietario de la casa. Ella me mira y repite "Hagit, ¿quieres un café árabe?"

Me obligué a corregirle, "mi nombre es Towibah, no Hagit."

La madre del propietario de la casa vierte café en una taza especial, me lo da y hace caso omiso de mi nombre. "Este árbol de mango, lo deberíamos haber podado al comienzo de la primavera. Se necesita un rociador especial. Tengo que preguntar a uno de los jardineros árabes que trabajan en los jardines de los vecinos acerca de ese rociador."

Me acuerdo de mi padre y su árbol de mango. Las palabras "uno de los árabes" me impiden dar consejos sobre el árbol a la madre del propietario.

Vivía a 15 minutos de la Universidad de Bar-Ilan, pero siempre era la última en llegar a clase. Algo dentro de mí hacia que llegara tarde, y me sentara al final, en la última fila. Mi tardanza crónica y la opción de sentarme en un lado no eran mis patrones de conducta habituales. Pero incluso a mi clase favorita, que se ocupa de los estereotipos y prejuicios, llegaba tarde.

Esta vez, sin embargo, no había ningún lugar libre en los lados o en la última fila, por lo que me vi obligada a tomar uno de los dos asientos vacíos en el medio de la clase.

¿Cómo se forman los estereotipos? ¿Cómo podemos deshacernos de ellos? ¿Cómo evitamos pensar de una manera estereotipada? La profesora dividió la pizarra en columnas: ashkenazim, mizrahim, drusos, rusos, árabes, beduinos y otros cuantos más. Algunas de las columnas se dividieron en subgrupos: yemenitas, iraquíes, etc. Se pidió a la clase enlistar todos los estereotipos de cada grupo. Yo no estaba de acuerdo con la división entre drusos, árabes y beduinos, pero decidí no tocar el tema durante la clase.

Los estudiantes, que estaban cursando su maestría en psicología social, comenzaron a enumerar todos los estereotipos. La mayoría de los que nombraban no eran negativos, excepto cuando se trataba de los árabes. "Asesinos", "terroristas", "desviados sexuales", "oprimen a las mujeres", "todas ellas llevan velo", "poco inteligentes".

Por momentos se escuchaban risas. Nadie se atrevía a pensar que una estudiante palestina compartía la clase. Sólo la profesora sabía. Con cada estereotipo que se mencionaba, ella me miraba en tono de disculpa, lo que no me hacía sentir mejor. "Tenemos que tratar el tema de los estereotipos árabes en la sociedad israelí, ya que está relacionado con el conflicto palestino-israelí", dijo. No pude seguir participando de esa clase y salí. Ese año, yo era la única palestina en todo el departamento de estudios.

En el apartamento, la madre del propietario, sentada en el balcón, fumaba un cigarrillo y escuchaba la música de Nazem El Ghazali, una de mis cantantes iraquíes favoritas, también de ella. Durante mis tres años de estudios, le escuché, a través de ella, en las mañanas y en las primeras horas de la tarde.

Durante tres años, la madre del propietario se negó a creer que yo era árabe y eligió tratarme como si yo fuera una judía llamada Hagit.

"Hagit, debe unirse a nosotros para la Pascua...es una lástima que usted no vuelva con su familia para las vacaciones!".

"Feliz día de la Independencia para ti y el pueblo de Israel!".

"Hagit, ¿dónde aprendiste árabe?"

"Esta es la enésima vez que le explico a ella que yo no soy Hagit!" Le digo a su hijo. "¿No sabe ella que soy palestina? ¿Por qué no quiere creer que soy una árabe?" El hijo sonríe. "Yo en realidad nunca se lo dije. A mí no me importa a qué grupo perteneces. Lo único que importa es que eres un ser humano. Ojalá todos los judíos y árabes fueran como tú! ".

Para mi tesis de maestría, decidí investigar cómo los palestinos viven en un entorno enteramente judío. ¿Cómo las diferencias culturales y nacionales, así como el conflicto entre las dos naciones entran en juego en la vida diaria de estos individuos? ¿Qué pasa con su identidad frente a la mayoría judía? ¿Cómo se presentan? ¿Enfatizan su arabismo o lo desechan? ¿Cómo se identifican? ¿En qué aspectos de su identidad elijen hacer hincapié? ¿Cómo responden a la discriminación? ¿A los estereotipos? ¿Se permiten relacionarse con nuestra historia como palestinos en Israel, o la ignoran por completo con el fin de formar parte de la sociedad israelí?

La mayoría de estas preguntas se dan por sentadas por la minoría árabe, mientras que la mayoría judía ni siquiera es consciente de ellas. Uno de mis entrevistados, de 26 años de edad, que trabaja para un instituto de investigación sionista, me dijo: "Estoy totalmente inseguro cuando se trata de llegar a definiciones. Lo único que sé con certeza es que soy árabe y punto. Yo no soy judío, tampoco israelí y tampoco palestino."

"Yo soy israelí y no hay escapatoria. ¿Pero siento que pertenezco? No, en absoluto! ", Dijo un trabajador palestino en tecnología de punta israelí. "Hoy en día, incluso la posibilidad de aferrarse a la ilusión ya no existe."

Entrevisté a profesionales palestinos (hombres y mujeres, musulmanes y cristianos, de diferentes edades) que trabajan en las organizaciones judías y viven tanto en Jerusalén como en Tel Aviv. Me enteré de que la elección -si es de hecho una elección- de trabajar para una organización judía tiene un precio para el profesional árabe. Esto se expresa por el silencio y el silenciamiento, una imposibilidad perpetua de compartir posiciones políticas o la crítica abierta, la falta de legitimidad para expresar la protesta, la autocensura y experimentar la frustración y la desesperanza de la falta de control y la capacidad de cambiar la situación actual.

Las situaciones y las respuestas varían: mujeres profesionales palestinas tienden a responder al racismo, ya sea inmediatamente o poco después de un incidente específico. Para ellas, la dedicación y una explicación adecuada, podrían cambiar su entorno. Los hombres, sin embargo, retrocedieron ante el racismo, ya sea a través de la negación o ignorándolo.

Por otra parte, las mujeres pusieron de relieve su identidad palestina y de género. "Antes que nada, soy una mujer", fue una respuesta común. Algunas de ellas estaban bajo la presión de los miembros de la familia para volver de la ciudad judía a su casa en la periferia, donde crecieron. La lucha de estas mujeres es doble: con los hombres de su familia (padres, hermanos), y con el entorno judío donde trabajan.

A cada una de las mujeres que entrevisté, sin excepción, le han dicho "oh, no te ves como una árabe". Una frase que lleva consigo un mundo de prejuicios y estereotipos. "No entiendo lo que esperan, ¿que venga a trabajar con una carpa y un camello?", preguntó a una de las entrevistadas, que es la única mujer árabe en una organización judía.

Muchos de los entrevistados me pidieron que apagara la grabadora o no incluyera los incidentes racistas que experimentaron durante el trabajo para esas organizaciones.

Las trabajadoras árabes de los servicios, enfermeras, logopedas o abogados, informaron de muchos casos en los que contratan sus servicios ponen en duda su profesionalidad, o se niegan a ser atendidos por ellas. Los casos específicos en los que fueron capaces de cambiar la actitud de los judíos llenan de orgullo a las trabajadoras, ello a pesar de la experiencia recurrente de rechazo que incluso lleva a dejar un puesto de trabajo.

"A veces, la universidad invita a sus donantes del exterior y me invita a sentarme y hablar con ellos acerca de la situación de los árabes en Israel", dijo uno de los hombres entrevistados que imparte clases en una universidad importante. "Siento que soy propiedad de la universidad."

A pesar de todo, muchos profesionales árabes optan por trabajar en organizaciones judías por razones económicas y por falta de alternativas. Su vida profesional se acompaña de una continua reflexión. En sus conversaciones, examinan sus identidades y sentimientos: la ambivalencia, la reducción de la visibilidad, la frustración y la distancia de otros colegas palestinos. Y aquí hay un hallazgo interesante: los palestinos que trabajan en las ONG para el cambio social experimentan más discriminación y una frustración mayor a la de los que trabajaban en el sector privado.

Cuando esperaba por mi familia, que llegaba desde el norte para mi ceremonia de graduación, las entrevistas que llevé a cabo se mezclaron con mi propia experiencia en Bar-Ilan llevándome a reflexionar sobre cómo sobreviví. Hablé con una de las estudiantes que se sentaron a mi lado -cuyo nombre resultó ser Hagit - feliz y emocionada de estar terminando mis estudios.

Al final de la ceremonia, se tocó el himno nacional de Israel. "Un alma judía todavía anhela", Hagit cantó, mientras mi hermano y yo nos mantuvimos en silencio, incapaces de cantar las palabras que no fueron escritas para nosotros.

NOTA:

*Es una estudiante universitaria árabe de psicología social que vive en Israel. Su tesis se centra en cómo algunos palestinos viven en un entorno totalmente judío y como el conflicto entre las dos naciones entra en juego día a día en sus vidas. Ella misma es parte de esa realidad, contada en este relato.


Palestina Libre

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