«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

jueves, 11 de julio de 2013

Sobre el infame acercamiento de Jruschov a Tito de 1954 y sus consecuencias en el campo socialista

Para analizar este innegable acto traidor de Jruschov. El cual derivaría en:

1. Jruschov revocara las resoluciones de la Kominform de 1948 y 1949 sobre Yugoslavia sin consultar a ningún otro partido. Negando así Jruschov y el jruschovismo la lucha contra el titismo durante el periodo 1948-1954.

2. Jruschov achacara públicamente a la figura de Stalin la responsabilidad integra del cisma yugoslavo de 1948, y con ello también el corte de relaciones del PCY y el Estado yugoslavo con todo el campo socialista, ignorando obviamente el tema ideológico el cual era el fundamental para que los revisionistas yugoslavos fueran condenados como traidores al marxismo-leninismo, e ignorando la negativa yugoslava a presentarse en la Kominform a escuchar las críticas de los demás partidos de forma camaraderil durante esas mismas fechas.

3. Jruschov declarara que el «error» de Stalin en cuanto a manejar el tema de Yugoslavia, dio como consecuencia que Tito y Yugoslavia tuvieran que «refugiarse» en brazos de los imperialismos occidentales y no al revés, que los propios yugoslavos ya se habían acercado al imperialismo tiempo antes y que al seguir y profundizar ese acto demostraba su poca relación con el marxismo.

4. Jruschov disolviera la propia Kominform, acto indiscutiblemente inducido por la reconciliación entre Jruschov y Tito como gesto para satisfacer los deseos de éste último, ya que con este acto se finiquitaban los viejos fantasmas que recordaban a la época de pugna entre Stalin y él.

5. Jruschov promoviera la rehabilitación de los titistas en diversos Partidos Comunistas de Europa del Este como otro acto concerniente al reconocimiento público de lo que según estos dos revisionistas fueron los «errores» de Stalin, siendo estas rehabilitaciones el preludio del proceso de «desestalinización» que llevaría Jruschov más adelante en la propia Unión Soviética.

Por ello, creo necesario que cualquier marxista-leninista analice este famoso «acercamiento» de Jruschov a Tito, y para ello no he encontrado mejor texto que el de la obra del albanés Enver Hoxha: Los Jruschovistas, (1980); al final del documento ponemos a vuestra disposición los links a las cartas de Jruschov a Tito (en inglés) y viceversa.

El documento:

Jruschov, Tito y Bulganin en Belgrado

Nuestro Partido y su dirección estaban preocupados por todos aquellos acontecimientos que estaban sucediendo en la Unión Soviética después de la muerte de Stalin. Cierto es que en aquel periodo, sobre todo antes del XX Congreso, nuestras dudas estaban fundadas en hechos aislados, que los dirigentes soviéticos cubrían con ríos de demagogia. Pero como quiera que fuera, las actitudes que mantenían en los encuentros con nosotros, sus actos dentro y fuera de su país, nos llamaban la atención. Encontrábamos particularmente desagradables los flirteos de Jruschov con Tito. Por nuestra parte, seguíamos combatiendo con la mayor crudeza al revisionismo titista yugoslavo y defendíamos las correctas posiciones marxista-leninistas de Stalin y del Kominform hacia los dirigentes revisionistas yugoslavos. Así actuamos no sólo en vida de Stalin, sino también durante el período de transición que atravesó la Unión Soviética después de la muerte de Stalin, tanto cuando venció el putsch de Jruschov y éste hacía la ley, como después de su destitución. Y esta actitud frente al revisionismo yugoslavo observaremos siempre hasta su completa destrucción ideológica y política.

Hemos seguido cada acción de Jruschov con vigilancia y gran atención. Observábamos, por una parte, que en general no se hablaba mal de Stalin, se evocaba la unidad del campo socialista con la Unión Soviética a la cabeza, Jruschov tenía palabras rimbombantes contra el imperialismo norteamericano, lanzaba de paso alguna crítica en dirección al titismo, mas por otra parte también veíamos que aquél agitaba ante ellos la bandera blanca de la conciliación y la sumisión. En esta situación nos hemos atenido a la vía de la amistad con la Unión Soviética, hemos luchado por conservar y fortalecer esta amistad, y esto para nosotros, no era una táctica, sino una cuestión de principios. A pesar de todo, no dejábamos de responder a los actos erróneos y a las desviaciones en la línea, cuando éstas se manifestaron.

La lucha contra el imperialismo norteamericano y el titismo yugoslavo, era a nuestro juicio la piedra de toque para valorar, bajo la óptica marxista, las actitudes de Jruschov y de los jruschovistas. Es cierto que Jruschov soltaba peroratas contra el capitalismo y el imperialismo norteamericano, mas sus tres o cinco encuentros y prioms (Ruso — recepciones) diarios con todo tipo de senadores, millonarios, hombres de negocios norteamericanos, no nos agradaban en absoluto. Jruschov se convirtió en un payaso que nos ofrecía su espectáculo diario, a lo largo de toda la jornada, rebajando así la dignidad de la Unión Soviética.

«Al enemigo externo —chillaba en sus discursos que sostenía desde la mañana hasta altas horas de la noche— lo tenemos sometido, lo tenemos dominado, podemos reducirlo a cenizas con nuestras bombas atómicas». Su táctica era la siguiente: crear euforia en el interior, aumentar el prestigio de su camarilla en los países de democracia popular y, dejando aparte sus palabras rimbombantes, darles a entender a los norteamericanos y a la reacción mundial: «Nosotros ya no estamos por la revolución proletaria mundial, queremos colaborar estrechamente con ustedes, les necesitamos y ustedes deben comprender que nosotros estamos dispuestos a cambiar de color, que estamos operando un gran viraje. En este viraje vamos a encontrar dificultares, por eso es necesario que de un modo u otro ustedes no ayuden».

Si la cuestión yugoslava para nosotros estaba clara, lo que explica nuestra firme actitud, para los jruschovistas, por el contrario, no era así, y esto explica sus fluctuaciones, sus altos y bajos. Los jruschovistas y los dirigentes yugoslavos alternaban las injurias y los abrazos. Cuando se insultaban con los titistas, los revisionistas soviéticos nos daban la razón, cuando se reconciliaban trataban de que también nosotros suavizáramos nuestra actitud frente a los revisionistas titistas.

Jruschov había concentrado toda su atención en la dirección yugoslava y buscaba a toda costa, si no someterla, al menos tenerla de su lado. Ciertamente aquél buscaba en Tito a la vez que al aliado ideológico, también al dirigente que pudiera tener bajo su ala, dada su condición de «hermano mayor». En otros términos, Tito le era muy querido, ya que era el primero en haber atacado a Stalin y rechazado el marxismo-leninismo. En este plano ambos concordaban enteramente, pero mientras el cabecilla de Belgrado actuaba sin máscara, Jruschov, trataba de seguir enmascarado. En la arena internacional, Tito se había convertido en el «comunista» querido del imperialismo norteamericano y del capitalismo mundial, que le colmaban de ayudas y créditos, a fin de que ladrara al régimen soviético y a la vez vendiese Yugoslavia a los capitales extranjeros.

Jruschov quería manipular a Tito en su favor, hacerle bajar un poco de tono en contra del régimen soviético, frenar el ardor que este agente norteamericano de Belgrado estaba poniendo para minar la influencia soviética en los países de democracia popular, difundir en Yugoslavia la influencia de las ideas revisionistas jruschovistas y contener la orientación manifiesta de la dirección de Belgrado hacia el modo de vida occidental, hacia los capitales norteamericanos.

Tito, por su parte, soñaba desde hacía tiempo con ver trasladarse el epicentro del supuesto comunismo, de Moscú a Belgrado, y que éste sustituyese a Moscú en la Europa del Este y del Sudeste. El plan de Tito quedó estancado desde su ruptura con Stalin, quien había descubierto y golpeado severamente la acción diabólica de ese renegado. Con la ayuda de los norteamericanos, Tito, ahora que veía que Nikita Jruschov y su grupo estaban socavando la obra de Lenin y Stalin, pondría nuevamente su plan en acción.

Entre estos dos cabecillas del revisionismo moderno, Jruschov y Tito, se vendría a librar un enfrentamiento largo y complejo, ora reñido ora atenuado, unas veces con ataques e insultos y otras con caricias y sonrisas. Pero tanto cuando peleaban, como cuando se abrazaban, ni el uno, ni el otro actuaban sobre la base y en interés del marxismo-leninismo, por más palabras y consignas supuestamente marxistas que derrochasen, por más juramentos que Jruschov hiciese de que supuestamente trataban de hacer volver a Tito a las posiciones del marxismo-leninismo. En la base de sus relaciones residía el anticomunismo; y partiendo de estas posiciones del anticomunismo, estos dos compadres harían todo lo posible por someterse mutuamente, cada uno en su propio interés.

Nuestro Partido seguiría este proceso paso a paso, mostrando una gran vigilancia. En el desarrollo del mismo se convencería todavía más de la verdadera naturaleza de Jruschov y los jruschovistas, de lo que éstos representaban en la Unión Soviética y en el movimiento comunista y obrero internacional.

La primera señal de que la nueva dirección soviética estaba cambiando el curso que anteriormente había mantenido frente al revisionismo yugoslavo, la recibimos ya en junio de 1954.

Estando nosotros en Moscú, la dirección soviética nos entregó una extensa carta, firmada por Jruschov, y dirigida a los comités centrales de los partidos hermanos, en la que nos ponía al corriente de las conclusiones a las que había llegado la dirección soviética acerca de la cuestión yugoslava. Aunque la carta estaba fechada el 4 de junio y nosotros nos encontrábamos desde hacía días en Moscú, donde el 8 de junio habíamos realizado incluso conversaciones oficiales con los principales dirigentes soviéticos, éstos no mencionaron en absoluto el trascendental problema que planteaban en esta carta. Al parecer, Jruschov, que conocía bien nuestra actitud resuelta e inquebrantable respecto a los traidores de Belgrado, trataba de actuar hacia nosotros con cuidado y paulatinamente.

Deformando la verdad histórica, Jruschov y sus compinches habían llegado a la conclusión de que la separación de Yugoslavia del campo del socialismo y el «aislamiento de la clase obrera yugoslava del seno del movimiento obrero internacional» eran únicamente imputables a la «ruptura de las relaciones entre el PCY y el movimiento comunista internacional» que se había producido en 1948. Según ellos, la actitud que se había observado en 1948 y 1949 hacia el partido yugoslavo, era errónea, porque esta actitud habría movido a «los círculos dirigentes yugoslavos a acercarse a los EE.UU. y a la Inglaterra», «a concluir el acuerdo político y militar con Grecia y Turquía», o sea el Pacto de los Balcanes [Se trata del tratado tripartito de «colaboración y amistad» concluido en 1953, entre Yugoslavia, Grecia y Turquía. Este tratado se transformó en un pacto militar en agosto de 1954, ligó a Yugoslavia con la Alianza del Atlántico Norte, miembros de la cual fueron y son Turquía y Grecia], a «hacer una serie de graves concesiones al capitalismo, a «marchar hacia la restauración del capitalismo» etc. En pocas palabras según Jruschov, puesto que el Kominform había mantenido una actitud severa hacia Yugoslavia, esta última, a despecho o por gusto, se vendió al imperialismo, al igual que aquella nuera que para hacer rabiar a su suegra se acostó con el molinero.

Según la lógica de Jruschov, también nuestro Partido del Trabajo, desde el momento en que hizo frente al revisionismo jruschovista y cortó los puentes con él, ¡debía venderse y vender el país al imperialismo, ya que de lo contrario no podría existir! Y este mismo razonamiento fue el que más tarde pudimos escuchar de boca de Jruschov cuando nos acusó de ¡vendernos «al imperialismo por 30 monedas»!

Mas esta lógica no era sino una lógica anti-marxista y capitalista. Nuestro Partido se opuso con heroísmo al revisionismo jruschovista, como se había opuesto antes al revisionismo yugoslavo, tal y como resueltamente combatía toda otra variante del revisionismo, pero ni se vendió ni jamás se venera al imperialismo ni a nadie, porque un auténtico partido marxista-leninista, mientras se considere tal y a ello se atenga, jamás puede, sea cuales fueran las condiciones y situaciones en que se encuentre, venderse ni dejarse comprar, sino que sigue resueltamente su camino, el camino de la lucha sin compromisos contra el imperialismo, el revisionismo y la reacción.

Por eso, incluso si la dirección yugoslava hubiera sido condenada injustamente en 1949, como pretendía Jruschov, no le era permitido bajo ningún concepto pasarse al regazo del imperialismo. Esto era injustificable. El hecho de que aquélla hubiese reforzado los puentes que la ligaban al imperialismo y la reacción mundial, mostraba por el contrario, a más y mejor, la gran razón que asistía a Stalin, al Partido Comunista de la Unión Soviética, al Kominform, a nuestro Partido y a los demás partidos cuando la desenmascararon y la condenaron.

Pero Nikita Jruschov, consecuente en su decisión de rehabilitar a los revisionistas de Belgrado, acusaba en su carta al Kominform, naturalmente sin citar su nombre, de que en 1948 y 1949 «no había aprovechado por completo todas las posibilidades, no se había esforzado en arreglar las cuestiones que habían quedado pendientes y los desacuerdos», cosa que, según él, «habría evitado el paso de Yugoslavia al campo enemigo». Nikita Jruschov, en la carta que nos entregó, llegaba a acentuar abiertamente que «muchas cuestiones que sirvieron como fuente de desacuerdos, entre el Partido Comunista de Yugoslavia, no constituían razones serias de discusión, o bien, que incluso los malentendidos que habían aparecido, podían haberse allanado». ¡Tito y la dirección Yugoslava no habrían podido esperar nada mejor! Jruschov borraba de un plumazo los grandes problemas de principio que habían estado en la base de la lucha contra el revisionismo yugoslavo, los calificaba de «motivos poco serios» y de «malentendidos», y pedía, así, perdón a los traidores, que ¡habían sido atacados por simples menudencias!

Pero ¿quiénes eran los responsables de estos «malentendidos»? Jruschov en su carta no atacaba por su nombre ni al Kominform ni a Stalin, ni al Partido Comunista de la Unión Soviética, ni a los demás partidos que se mostraron solidarios con las decisiones que en 1949 había tomado el Kominform. Al parecer, juzgaba que era demasiado pronto para lanzarse a estos ataques. Entonces se descubrió a los «culpables»: ¡por parte soviética, Beria, quien había provocado con sus actos «un descontento justificado en la dirección yugoslava», mientras por parte de los yugoslavos, Gilas (al que Tito había condenado entre tanto), que «propagaba abiertamente concepciones liquidacionistas», y era «un batallador activo de la orientación de Yugoslavia hacia los países occidentales», etc. !

Así, pues, el problema, según Jruschov, se revelaba muy sencillo: en la base de la ruptura con Yugoslavia no existían verdaderos motivos, sólo pretextos: «les hemos molestado sin razón, los culpables ya han sido descubiertos: Beria entre nosotros, Gilas por su parte. Ahora las dos partes hemos condenado a estos enemigos, así que no nos queda más que abrazarnos, reconciliamos y olvidarnos el pasado».

Este saltimbanqui ataba y desataba las cuestiones con la mayor facilidad. Pero nosotros, comunistas albaneses, que llevábamos más de diez años luchando golpe por golpe contra la camarilla traidora de Belgrado, que habíamos experimentado y enfrentado audazmente sus infamias, no estábamos ni podíamos jamás estar de acuerdo con esta manera de arreglar el problema yugoslavo. Pero era todavía el año 1954. El ataque contra Stalin aún no se había desencadenado abiertamente, ninguna crítica le era formulada todavía abiertamente, Jruschov continuaba haciendo uso de una demagogia muy refinada y hábilmente enmascarada, la Unión Soviética todavía conservaba ante nuestros ojos los colores, aunque macilentos, de la época de Stalin. Por otra parte, en esta carta, que nos impresionó profundamente, Jruschov juraba que hacía todo esto «por el bien del marxismo-leninismo y del socialismo», que la dirección soviética y los otros partidos hermanos, en este nuevo enfoque de la cuestión yugoslava, no tenían otro fin que «frustrar los planes de los imperialistas norteamericanos e ingleses y aprovechar todas las posibilidades para fortalecer su influencia sobre el pueblo yugoslavo», «ejercer una influencia positiva sobre la clase obrera yugoslava», etc. Añadía asimismo que los esfuerzos de la parte soviética y de los demás partidos y países de democracia popular iban a significar un nuevo paso para verificar «en qué medida los dirigentes yugoslavos están dispuestos y decididos a seguir la vía del socialismo».

Todo esto nos llevó a mostrarnos lo más atentos y ponderados posible en nuestra respuesta. Durante nuestra estancia en Moscú, discutimos ampliamente este problema con Hysni y los otros camaradas de nuestra delegación y entregamos finalmente nuestra respuesta por escrito a la dirección soviética.

Sin oponernos abiertamente a Jruschov, señalábamos nuestra actitud constante hacia la dirección revisionista de Belgrado, apreciábamos la importancia de las decisiones del Kominform en 1948 y 1949 [Estas decisiones han sido publicadas en el órgano de la Oficina de Información de los partidos comunistas y obreros ¡Por una paz duradera, por una democracia popular!, 1 de julio 1948, Nr.16 y 29 de noviembre 1949, Nr.55] y no hacíamos la menor alusión a una revisión eventual de la actitud que habíamos mantenido anteriormente respecto a las desviaciones de línea de la dirección yugoslava.

A la idea de Jruschov de que «la ruptura de las relaciones ha conducido a los dirigentes yugoslavos al seno del imperialismo», oponíamos en nuestra carta de respuesta la tesis de que eran los propios dirigentes yugoslavos quienes habían traicionado el marxismo-leninismo y metido a su pueblo y a su patria por el camino de la esclavización y el sometimiento al dictado de los imperialistas norteamericanos e ingleses, que era su línea antimarxista el factor que había dañado gravemente los intereses vitales de los pueblos de Yugoslavia, que eran ellos mismos quienes habían separado Yugoslavia del seno del campo socialista, que habían transformado el partido yugoslavo en un partido burgués y lo habían separado del movimiento internacional del proletariado.

Después de poner bien de relieve todas estas verdades, señalábamos más adelante que aprobábamos que los partidos comunistas desplegaran esfuerzos para ayudar a salvar a los pueblos de Yugoslavia de la esclavitud y de la miseria, pero acentuábamos una vez más que a nuestro entender los dirigentes yugoslavos se habían metido profundamente en el camino antimarxista, en el camino de la sumisión a los imperialistas norteamericanos e ingleses.

Con esto decíamos indirectamente a Jruschov que no compartíamos sus esperanzas e ilusiones acerca de los dirigentes yugoslavos y del «camarada Tito» en particular, como él había empezado a llamarlo. Estas opiniones las expuse igualmente a Jruschov en el curso de otro encuentro que, el 23 de junio de 1954, tuve con él.

Mas, él fingía no observar la diferencia de nuestras posiciones respectivas en torno a la cuestión yugoslava. Tal vez quisiera suscitar el conflicto con nosotros desde nuestros primeros encuentros oficiales. Puede ser también que nos subestimara y no quisiera saber nada de nuestras objeciones. Me acuerdo de verle en plena euforia, hablando con la seguridad de quien todo le va viento en popa. Acababa de regresar de una visita relámpago a Checoslovaquia (era maestro de todo tipo de visitas: relámpago, de incógnito, oficiales, amistosas, sensacionales, silenciosas, diurnas, nocturnas, declaradas, no declaradas, breves, largas, acompañado de comitiva, estrictamente personales, etc.).

—En Praga —me dijo— he hablado de nuevo del problema yugoslavo con representantes de algunos partidos hermanos que se encontraban allí. Todos estaban plenamente de acuerdo conmigo y han considerado los esfuerzos de nuestro partido como muy importantes.

Luego, mirándome fijo a los ojos, añadió:

—Nosotros, los húngaros, los búlgaros, los rumanos, algunos otros más hemos dado en estos últimos tiempos pasos positivos hacia la normalización de las relaciones con Yugoslavia.

Adiviné por qué subrayaba esto. Quería decirme: lo ve, todos nosotros estamos de acuerdo, por eso también ustedes, los albaneses, deben unirse a nosotros.

Le expliqué brevemente que nuestras relaciones con el partido y el Estado yugoslavos tenían una larga historia, que la dirección yugoslava era la única responsable del deterioro de nuestras relaciones, y si todavía las relaciones estatales albano-yugoslavas estaban a un nivel tan bajo, no era de los albaneses de quienes dependía, sino de las propias posiciones y actos ininterrumpidos, antimarxistas y antialbaneses de los dirigentes de Belgrado.

—¡Kañechno, kañechno!* [Ruso - naturalmente] —exclamó Jruschov—, y comprendí con esto que no quería que me extendiese más en la discusión de este problema.

—Nosotros —dijo él— hemos tomado todas las medidas. Mañana nuestro embajador en Yugoslavia se reunirá con Tito. Este se encuentra ahora en Brioni. Opinamos que es muy posible alcanzar nuestro objetivo. Si no se llega a nada —concluyó—, entonces deberemos recurrir a otros métodos.

Así comenzó el romance de amor Jruschov-Tito. Algunos días después Jruschov entregó por escrito a Tito sus ideas o sus «conclusiones» sobre el «nuevo análisis» de la cuestión yugoslava. Este último, naturalmente, sonrió complacido al ver que Jruschov trataba las cosas tal como él lo había previsto, mas como viejo zorro que era no se mostró tan ingenuo como para lanzarse a los brazos de Jruschov. Al contrario, Tito pensaba y actuaba para que Jruschov, del mismo modo que había sido el primero en inclinar la cabeza, fuese también el primero en ir a pedirle abiertamente perdón a Belgrado. Mas por otra parte, Tito se había metido hasta el cuello en el lodazal del imperialismo, estaba atado de pies y manos, por eso si osaba hacer alguna referencia al «socialismo» o al «marxismo», debía hacerlo según las dosis autorizadas por sus patrones occidentales y en primer lugar los imperialistas norteamericanos. Después de prolongar por cierto tiempo la angustia de Jruschov, para desafinar sus cuerdas por completo, finalmente, hacia la mitad de agosto de 1954, Tito respondió por escrito a Jruschov.

La carta del revisionista de Belgrado se reducía en esencia más o menos a esto: Me alegro mucho, Nikita Sergueyevich, de que te muestres un hombre razonable y abierto, pero debes abrirte más, meterte más de lleno en el nuevo camino de la reconciliación y de los abrazos. Nosotros, los yugoslavos, decía Tito a Jruschov, aceptamos reconciliarnos con ustedes, pero, como ya saben, hemos contraído nuevas amistades, a las que nos unen fuertes y profundos lazos, por lo tanto nuestra reconciliación «debe hacerse en el sentido que responda a nuestra política de colaboración internacional», es decir, lejos de romperse, deben reforzarse todavía más los lazos de los yugoslavos con el imperialismo.

Asimismo Tito, con un tono de diktat, no dejaba de imponer a Jruschov toda una serie de otras condiciones en lo referente a las futuras relaciones:

Primero, Tito exigía que la parte soviética se esforzase más en liquidar los «elementos negativos» y eliminar los «obstáculos» que habían influido en la ruptura de 1948, y está claro que con esto el «maestro» de Belgrado reclamaba abiertamente una revisión de toda la justa línea de principios seguida por el Kominform, Stalin y todos los demás partidos comunistas en 1948.

Segundo, la futura reconciliación, dictaba Tito, no se debe entender como «una unanimidad completa en la apreciación de los hechos y en la actitud a tomar frente a éstos», debemos reconciliarnos, sí, pero que cada uno actúe como juzgue conveniente y de acuerdo a sus intereses.

Tercero, la vía que cada uno siga para la construcción del «socialismo», es su propio problema, lo cual no debe influir en absoluto en la normalización de las relaciones; así, yo construiré mi «socialismo específico» y tú lo admitirás sin rechistar.

Cuarto, los responsables del conflictos, estimaba Tito, no son ni Beria ni Gilas; este conflicto tiene causas más profundas, por eso, ustedes, soviéticos y con ustedes también los demás, deben renunciar completamente a la línea de la época de Stalin, deben renunciar a los principios anteriores, pues, de este modo, las verdaderas razones del conflicto caerán por su peso.

Por último, Tito rechazó la proposición de Jruschov de organizar un encuentro bilateral de alto nivel, imponiéndole como condición «el logro de éxitos previos en dirección a la normalización». Está claro que esto significaba: Si quieres reunirte y reconciliarte conmigo, debes dar nuevos pasos en la vía que has emprendido, actuar más rápidamente y con más valentía en el interior de la Unión Soviética y en los otros países y partidos, a fin de propagar y extender esta «nueva» vía, que ha sido y es mi vía de siempre.

Y Jruschov, unas veces enojado y otras entusiasta en sus acciones, comenzó a someterse a las condiciones y recomendaciones de Tito y a aplicarlas con celo.

Nosotros, que seguíamos con atención e inquietud este proceso, veíamos aumentar nuestras sospechas de que estas actitudes estaban conduciendo a la Unión Soviética por un camino antimarxista. Nos convencíamos cada día más de que Jruschov con sus payasadas estaba ocultando un juego diabólico. Veíamos que estaba rebajando el prestigio del Partido Comunista del Estado soviético, al ponerse de rodillas ante Tito [Véase el artículo: Jruschov de rodillas ante Tito — Enver Hoxha. Obras Escogidas III, Casa Editora «8 Néntori», Tirana, 1980, ed. en español, págs. 505-525]. Esto nos contrariaba, pero, en el fondo, el mejoramiento de las relaciones soviético-yugoslavas era un problema interno suyo y nosotros no teníamos por qué oponernos. Ahora bien, tampoco aprobábamos ni podíamos aprobar jamás estos intentos de Jruschov de hacer tabla rasa del pasado y de tratar las causas y las razones de la condena de los revisionistas yugoslavos completamente al revés de lo que habían sido en realidad. Y no podíamos admitir hacernos partenaires de Jruschov en este juego ideológico y político peligroso y dudoso.

En cuanto a lo que hacían los rumanos, los húngaros, los búlgaros, esto era asunto suyo. Por nuestra parte no habría abrazos ni reconciliación con los titistas.

Dejando aparte sus convicciones revisionistas, Jruschov sin duda alguna fue instigado también por Tito a dar este paso antimarxista. Tito, no queriendo inclinarse ante Jruschov, insistió para que este último fuera a inclinarse ante él, y a hacer su autocrítica a Canossa-Belgrado. Y así ocurrió. Después de año y pico de contactos secretos y abiertos a través de enviados especiales, tras una nutrida correspondencia muy íntima entre el «camarada Jruschov» y el «camarada Tito», éste, al final, envió a decir a su nuevo amante, en abril de 1955, que aceptaba contraer nupcias y lo invitaba a hacer la «boda», o bien «en un barco sobre el Danubio, o bien, si usted aceptaba, en Belgrado. En nuestra opinión —continuaba el krail [Serbio - gran príncipe] de Belgrado—, el encuentro debe ser abierto y hacerse público». Jruschov que esperaba con impaciencia, se dirigió a Belgrado, se abrazó con Tito, se hizo su autocrítica, borró «resueltamente las superposiciones del pasado» e inauguró la «época de amistad entre los dos pueblos y los dos partidos».

Nuestro Partido condenó la visita de Jruschov a Belgrado, y particularmente su decisión de blanquear al mugriento Tito. Sólo dos o tres días antes de partir «a Canossa», Jruschov nos anunció el nuevo paso que iba a dar, algo que nosotros ya esperábamos, pues las aguas donde Jruschov se había metido debían conducirle a ese molino. El ir o no a Belgrado, eso era asunto suyo, podía actuar como mejor le pareciera. Lo que nos indignó y nos sublevó profundamente fue que en la misma carta nos anunciaba que había decidido anular, tachándola de injusta, la decisión del Kominform de noviembre de 1949 en relación con la condena de la dirección yugoslava, comunicar su nueva decisión a Tito y publicar a este efecto un comunicado en el órgano ¡Por una paz duradera, por una democracia popular! En este comunicado Jruschov recalcaba que los partidos comunistas y obreros, miembros del Kominform, habían supuestamente examinado una vez más la cuestión de la tercera resolución de la reunión del Kominform, aprobada en noviembre de 1949, sobre el problema yugoslavo, y habrían decidido considerar las acusaciones dirigidas a la dirección del Partido Comunista Yugoslavo, que contenía esta resolución, como carentes de fundamento y anular la resolución del Kominform sobre la cuestión yugoslava.

Nosotros escribimos una carta al Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética sobre este asunto y protestamos enérgicamente [«La experiencia diaria de nuestro Partido en las relaciones con los yugoslavos —se decía entre otras cosas en la carta— tanto antes de la ruptura con ellos en 1948, como después y hasta hoy, confirma de manera clara y completa, con hechos numerosos y evidentes, que la esencia de principios de todas las resoluciones del Kominform en relación con la cuestión yugoslava ha sido plenamente justa. Según nuestra opinión, una decisión tan rápida (y precipitada) sobre una cuestión de gran importancia de principios, sin realizar antes un análisis profundo junto con todos los partidos interesados en esta cuestión y aún más su publicación en la prensa y su legalización en las conversaciones de Belgrado no sólo serían prematuras, sino que ocasionarían serios daños a la orientación general. Nosotros estamos convencidos de que ésta línea general de nuestro Partido en sus relaciones con Yugoslavia es justa». (De la carta del CC del PTA dirigida al CC del PCUS el 25 de mayo de 1955. ACP)]. Una decisión semejante hacia un enemigo del comunismo internacional, que había sido condenado en común por todos los partidos, no podía tomarse unilateralmente por el Partido Comunista de la Unión Soviética sin consultar a los otros partidos, y entre ellos al nuestro. Los demás partidos se sometieron a la decisión de Jruschov y al deseo de Tito de que, detrás de Jruschov, los dirigentes de los partidos del campo socialista fueran a Belgrado a besar la mano y pedir perdón a Tito.

Allí fueron los Dej y compañía, nosotros no. Nosotros continuamos la lucha contra los revisionistas. Fue vana la visita de Levichkin, embajador soviético en Tirana, para convencernos de que debíamos renunciar a nuestra oposición.

Yo recibí a Levichkin y le expuse una vez más sobre el plano de principios lo que habíamos escrito en nuestra carta a la dirección soviética.

—El Partido Comunista de la Unión Soviética —le dije entre otras cosas— nos ha enseñado a expresar abierta y sinceramente, como internacionalistas, nuestra opinión sobre toda cuestión concerniente a la línea del Partido. El Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética nos ha informado con anterioridad y ha pedido también nuestra opinión acerca de todas las cuestiones relacionadas con nuestra política común respecto a Yugoslavia. Hemos estudiado atentamente las opiniones de la dirección soviética, hemos expresado también nuestra opinión respecto a estas cuestiones y, como ustedes saben, hemos convenido dedicar nuestros mejores esfuerzos en dirección a mejorar nuestras relaciones con Yugoslavia.

—Pero en su respuesta de ayer, ustedes se oponen al nuevo paso del camarada Jruschov —me dijo Levichkin.

—Sí —le dije— y tenemos razones para hacerlo. Opinamos que en relación a la cuestión yugoslava hay bastante diferencia entre el contenido de las cartas anteriores de la dirección soviética y su última carta.

—¿De qué diferencia se trata? —preguntó Levichkin—. Yo pienso que el punto de vista de nuestro partido no ha cambiado.

—Veámoslo —le dije, y tomé las cartas de la dirección soviética—. Mire, por ejemplo, en la carta del 4 de junio de 1954 su dirección escribe: «Reexaminando los documentos concernientes a la historia de la ruptura de relaciones entre el Partido Comunista Yugoslavo y los partidos comunistas y obreros, y la posterior salida de Yugoslavia del campo democrático, el Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética considera que el núcleo dirigente de Partido Comunista Yugoslavo ha cometido indudablemente una seria desviación del marxismo-leninismo, ha abocado hacia posiciones del nacionalismo burgués y se ha lanzado en ataques contra el Estado soviético. Los dirigentes del Partido Comunista Yugoslavo han extendido su política hostil a la Unión Soviética también a los países de democracia popular, frente a los cuales habían observado, hasta la ruptura de las relaciones, una actitud jactanciosa y despectiva, exigiendoles fuesen reconocidos prioridades y méritos especiales que no les correspondían».

Asimismo —dije a Levichkin—, en esta, carta se ha señalado: «La crítica hecha por los partidos comunistas y obreros a las desviaciones nacionalistas y a las demás desviaciones del marxismo-leninismo, imputables a los dirigentes del Partido Comunista Yugoslavo, era indispensable y totalmente justa. Esta crítica contribuyó a templar desde el punto de vista marxista a los partidos comunistas y obreros, a aumentar la vigilancia de los comunistas y a educarlos en el espíritu del internacionalismo proletario».

—Es verdad —murmuró Levichkin—.

—Incluso después de los primeros esfuerzos de la dirección soviética por mejorar las relaciones con Yugoslavia —continué diciendo al embajador—, la dirección yugoslava no ha renunciado a su camino y a sus actitudes precedentes y, a este respecto, no hace más que unos meses, en febrero del año pasado, los camaradas soviéticos nos escribían que «la dirección del partido yugoslavo estaba seriamente ligada con el mundo capitalista en sus relaciones políticas y económicas».

—Así es —repitió Levichkin a media voz—.

—Entonces —le pregunté— ¿cómo es que la dirección soviética ha cambiado tan de prisa e inopinadamente de opinión y de actitud respecto a estos problemas de tanta importancia? ¿Cómo se pueden tomar con tanta facilidad y de una forma unilateral decisiones tan importantes como la de anular la resolución adoptada en 1949 por el Kominform?

Nuestro Buró Político ha discutido con mucha atención e inquietud los problemas planteados en su carta del 23 de mayo y, en nuestra respuesta, le hemos expresado de forma abierta y sincera una serie de observaciones al camarada Jruschov.

Primero, estimamos que la línea general, el contenido esencial, de principios, de la resolución adoptada en la reunión del Kominform de noviembre de 1949 es correcta y el contenido de esta resolución no puede disociarse de la resolución publicada en julio de 1948. Un testimonio de esto es, entre otros, la experiencia diaria de nuestro Partido en sus relaciones con los yugoslavos, tanto antes como después de la ruptura en 1948.

Segundo, el procedimiento propuesto para anular la resolución adoptada en la reunión del Kominform de noviembre de 1949, no nos parece correcto. El plazo tan breve que se ha dejado a los partidos comunistas y obreros, miembros del Kominform, para expresar sus puntos de vista sobre el contenido de su carta, es insuficiente a nuestros ojos para decidir una cuestión tan importante como la que plantea esta carta. En nuestra opinión, una decisión tomada tan de prisa sobre una cuestión de gran importancia de principios, sin antes proceder a un profundo análisis conjunto de todos los partidos interesados en esta cuestión y tanto más la publicación de esta decisión en la prensa y su inclusión en el orden del día de las conversaciones del Belgrado, serían no sólo prematuras, sino que causarían serios daños a la orientación general en relación con Yugoslavia.

Por lo que se refiere a nuestro Partido del Trabajo, hace 7 años que está luchando por la aplicación de su línea general concerniente a Yugoslavia, línea edificada conforme a las resoluciones del Kominform y aprobada por el I Congreso de nuestro Partido [Celebrado del 8 al 22 de noviembre de 1948]. Estamos convencidos de que esta línea general de nuestro Partido, acerca de las relaciones con Yugoslavia, es una línea correcta. Pero incluso si por un momento pensáramos que en esta línea hay algo que cambiar, sería necesario a tal efecto reunir el congreso de nuestro Partido, o en todo caso la conferencia del Partido, y esto solamente después de haber analizado a fondo tanto la línea general de todos los partidos comunistas y obreros respecto a Yugoslavia, como las decisiones y conclusiones adoptadas por el Kominform.

—Por eso —dije a Levichkin para concluir—, nosotros proponemos que las cuestiones que se plantean en la última carta de la dirección soviética sean analizadas en una reunión de los partidos miembros del Kominform, en donde, de ser posible, participe también nuestro Partido para expresar su palabra a tal efecto. Sólo allí podía tomarse una decisión conjunta en lo que a este asunto respecta.

Levichkin que me escuchaba todo pálido, trató de convencerme para que cambiara de opinión, pero al ver mi persistencia desistió:

—Voy a informar —dijo— a la dirección del partido de todo lo que me ha comunicado.

—En nuestra carta dirigida al camarada Jruschov —finalicé—, hemos expuesto todo lo que le acabo de mencionar, mas se lo he repetido a usted para aclararle cuál es el móvil que nos ha llevado a mantener esta actitud.

Nuestra oposición era completamente justa y se atenía a las normas marxista-leninistas que rigen las relaciones entre partidos. Sabíamos bien cuán justos, motivados y plenamente fundados eran los análisis y conclusiones del Kominform y del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética de los años 1948 y 1949, respecto a la cuestión yugoslava. Cuando fue tomada la decisión de condenar la actividad antimarxista de la dirección yugoslava, nosotros no éramos miembros del Kominform. Pero Stalin, el Partido Comunista de la Unión Soviética y los demás partidos, miembros del Kominform, nos consultaron repetidas veces en aquel período y también escucharon con mucha atención nuestra opinión acerca de nuestras relaciones con la dirección yugoslava. Stalin y los otros camaradas hicieron esto no sólo porque éramos partidos hermanos y según las normas leninistas había que proceder a un amplio intercambio de opiniones, sino también por el importante hecho de que nosotros, dados los particulares lazos que manteníamos desde los años de la guerra con la dirección yugoslava, teníamos mucho que decir en tomo a ésta.

Entre los numerosos encuentros y consultas sobre este problema, recuerdo aquel encuentro incógnito que tuve con Vishinsky en Bucarest, al que también asistía Dej, y donde intercambiamos nuestras opiniones acerca de la actitud común que debíamos mantener frente a la actividad traidora de la dirección yugoslava. Los numerosos hechos y argumentos incontestables que expuse en el curso de este encuentro fueron muy apreciados por Vishinsky y Dej, calificándolos e una valiosa contribución que aportaba nuestro Partido para el mejor conocimiento de la actividad antimarxista de los dirigentes de Belgrado. No es éste el lugar para extenderme acerca de este encuentro, del que guardo muchos recuerdos [Véase: Enver Hoxha. Los titistas (Apuntes históricos), Casa Editora «8 Néntori», Tirana, 1902, ed. en español, págs. 518-552.], mas si lo he mencionado es para indicar solamente con qué cuidado y sensatez procedía Stalin y el Kominform en sus análisis y en las decisiones que adoptaban.

Era, de hecho, todo lo contrario a lo que estaba ocurriendo ahora con Jruschov y los otros dirigentes soviéticos. Los mismos que condenaban ahora al Kominform y a Stalin de haber actuado y juzgado en una vía incorrecta, violaban ostensiblemente las reglas más elementales que rigen las relaciones entre partidos, se hacían pasar por dueños indiscutibles que desoían totalmente las opiniones de los demás. Esto no podía dejar de desilusionamos e inquietarnos.

Levichkin vino durante aquellos días a hacernos algunas otras visitas. Su centro, parece ser, le pedía con urgencia que nos persuadiera a renunciar a nuestras opiniones y a conciliarnos con las actitudes de Jruschov. Eran momentos delicados y difíciles. Por lo que veíamos, Jruschov debía haberse entendido ya en aquel entonces con las direcciones de los otros partidos sobre lo que iba a hacer en Belgrado. Así que nuestra proposición de reunir el Kominform para tratar en detalle el problema, caería en saco roto. Después de un largo debate en el Buró Político, decidimos que yo convocara una vez más a Levichkin y le expusiera más claramente nuestra posición. Me entrevisté con él el 27 de mayo, día en que Jruschov se encontraba en Belgrado, y escribimos a la dirección soviética una segunda carta resumiendo lo que habíamos discutido con Levichkin. Más tarde, Jruschov utilizaría nuestra carta como «argumento» para mostrar que nosotros nos habíamos equivocado en la primera carta del 25 de mayo y que, dos días más tarde, habíamos hecho una «autocrítica», que «nos habíamos retractado» de nuestra opinión anterior. Pero la verdad, en su esencia, no es como pretendían Jruschov y consortes.

Tanto en el curso de nuestro encuentro con Levichkin, el 27 de mayo, como en la segunda carta que dirigimos a la dirección soviética, aclaramos una vez más, por qué en este caso estábamos en abierta oposición con ellos.

En esta carta señalamos de nuevo a la dirección soviética que, aunque habíamos estado y estábamos de acuerdo en que se desplegasen todos los esfuerzos para resolver por la vía marxista-leninista los desacuerdos de principio con Yugoslavia, no por eso estábamos menos convencidos de que los dirigentes yugoslavos no renunciarían a su camino ni reconocerían sus graves errores.

Hemos sido y somos particularmente sensibles respecto a la cuestión yugoslava y principalmente a la actividad antimarxista de la dirección del Partido Comunista de Yugoslavo, escribíamos en esta carta, pues si esta dirección ha llevado a cabo una actividad hostil a la Unión Soviética, a los países de democracia popular y a todo el movimiento del proletariado, ha actuado todavía más salvajemente contra nuestro Partido y la soberanía de nuestra Patria.

Considerando el problema de esta manera, escribíamos más adelante, cuando leímos aquella parte de su carta donde se dice que eventualmente se podría comunicar a los yugoslavos que la resolución de la Oficina de Información del mes de noviembre de 1949 sería anulada y publicar a este respecto un comunicado en el órgano ¡Por una paz duradera, por una democracia popular! quedamos profundamente impresionados y dijimos que eso sería un gravísimo error. Opinábamos que esta resolución no debería ser anulada, ya que allí se reflejaba el desarrollo lógico de la actividad hostil y antimarxista en la práctica de la dirección del Partido Comunista Yugoslavo.

Nuestro razonamiento era el siguiente: si se invalida la resolución, se invalida también todo lo que en ella figura, es decir invalida, por ejemplo el proceso de Rajk en Hungría, el de Kostov en Bulgaria, etc. Por analogía el proceso de la banda de traidores encabezada por Koçi Xoxe y compinches debe de ser invalidado también [Se trata de los procesos judiciales contra Lazlo Rajk, ex ministro del Interior y más tarde ministro de Asuntos Exteriores de Hungría, Trajko Rostov, ex vicepresidente del Consejo de Ministros de Bulgaria, y contra otros agentes provocadores en los países de ex democracia popular. Estos elementos habían sido reclutados por los servicios secretos imperialistas y más tarde entraron a formar parte del servicio secreto yugoslavo. Los titistas desarrollaron también actividad subversiva contra Albania socialista reclutando, entre otros, a Koçi Xoxe y, como resultó más tarde, a Mehmet Shehu. Este último fue reclutado como agente de espionaje de los americanos por el director de la Escuela Técnica Americana en Albania, Harry Fultz, por orden de éste marchó a España y, después de permanecer tres años en los campos de refugiados de Cyprien, Gurs y Vernet en Francia, donde fue reclutado por el Intelligence Service inglés, regresó a Albania. Durante la Lucha de Liberación Nacional fue reclutado como agente de los trotskistas yugoslavos y posteriormente de los revisionistas soviéticos. (Véase: Enver Hoxha. Los titistas (Apuntes históricos), Casa Editora «Néntori», Tirana, 1982, ed. en español, págs.577-645]. La actividad hostil de esta banda de traidores tenía su fuente en la propia actividad antimarxista, liquidacionista y nacionalista burguesa de la dirección del Partido Comunista Yugoslavo y a ella estaba ligada. La correcta lucha de principios en contra de esta actividad constituía una de las orientaciones de la línea de nuestro Partido en su I Congreso. Jamás nos moveremos —acentuábamos en la carta— de esta justa línea.

Así pensábamos nosotros, si la mencionada resolución se anula por considerarse errónea, no solamente la verdad será deformada, sino que también se creará una grave situación para nuestro Partido, se creará confusión, los elementos antipartido y enemigos serán instigados y puestos en acción contra nuestro Poder y nuestro Partido, y también contra la Unión Soviética. De ninguna manera podemos permitir que se cree una situación semejante.

Nos hemos visto —decíamos al final a la dirección soviética— en una grave situación y hemos lamentado y lamentamos que en este punto no podamos compartir sus opiniones.

Este era en esencia el contenido de nuestra segunda carta enviada a la dirección soviética.

Así, si en este caso se puede hablar de «retirada», entiéndase con ello, pues, que por nuestra parte no existía otra actitud que la de no volver a repetir la proposición de organizar previamente la reunión del Kominform. Esta proposición sería inútil a estas alturas, puesto que Jruschov nos había puesto ante un hecho consumado y ya había partido hacia Belgrado. Por otra parte, aunque nosotros nos habíamos pronunciado por la defensa de los principios, no podíamos oponernos abiertamente a la dirección soviética y a los otros en un momento en que el problema estaba en evolución. En cualquier caso, afilamos aún más la vigilancia y abrimos más los ojos. Para nosotros, ahora como en el pasado, la actitud hacia los revisionistas de Belgrado era y seguía siendo la piedra de toque para juzgar si un partido seguía una línea marxista-leninista sana o una línea errónea, antimarxista. Con esta orientación,
íbamos a someter a prueba, en el futuro, a Jruschov y los jruschovistas.

Poco tiempo después de estos acontecimientos, en el verano de 1955, recibí una invitación para que fuera «sin falta por un período de vacaciones a la Unión Soviética».

En la época de Stalin yo iba allá en misión de trabajo y muy raras veces de descanso. En la época de Jruschov se nos empezó a presionar de tal manera para que fuésemos allá de vacaciones, que era difícil rehusar, pues los soviéticos planteaban la cuestión en un plano político. Pero a mí no me gustaba ir porque, de hecho, allí no se podía descansar y perdíamos mucho tiempo. Para llegar a Moscú debíamos hacer 8 días de viaje de Durrës a Odesa y esto en barcos de pequeño tonelaje (como el Kotovski, Chiaturi) que te sacudían bien. Eran necesarios otros dos días de tren de Odesa a Moscú, luego un día en avión de Moscú al Cáucaso, (a Kislovodks, etc.), es decir 11 días de viaje de ida y 11 días de regreso, algunos días de reuniones, y éstas eran las vacaciones de que se trataba.

Nada más llegar a Moscú, comenzábamos los encuentros con los dirigentes soviéticos, pero estos encuentros, ya no eran agradables como los que manteníamos con Stalin. Ahora se desarrollaban en una atmósfera ora de irritación, ora de fricciones manifiestas.

Así ocurrió también esta vez. Apenas llegué a Moscú, tuve dos entrevistas con Suslov.

Ya de entrada me indicó que íbamos a discutir el tema yugoslavo y en un tono imperioso me recalcó:

—La dirección de su partido debe considerar bien esta cuestión, no deben mantener una visión rígida del problema yugoslavo.

Lo estaba escuchando sin quitarle los ojos de encima y él, advirtiendo mi disgusto, operó una cierta retirada:

—Sus errores siguen siendo errores —dijo—, pero nuestro objetivo es reconciliamos e ir adelante en nuestra amistad con Yugoslavia. Nuestro Comité Central —continuó— ha analizado una vez más en su última reunión, nuestras relaciones con Yugoslavia y vamos a entregarle directamente a usted el informe que allí se ha presentado, pues éste tiene un carácter muy secreto.

Se detuvo un momento, tratando de observar la impresión que me habían producido sus palabras y continuó:

—El problema esencial es que el Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética ha examinado la cuestión yugoslava bajo una luz realista, considerando la actividad traidora de Beria, y a este respecto nos hemos autocriticado. Nuestro Comité Central ha llegado a la conclusión de que la ruptura de las relaciones con Yugoslavia ha sido un error, es decir, que
hemos tomado una decisión prematura.

—¿Cómo, prematura? —le dije—. Se ha procedido en su tiempo a unos profundos análisis y largas discusiones, y se han revelado las verdaderas causas ideológicas y políticas de los desacuerdos existentes.

—La causa principal de esta ruptura —continuó Suslov— no son las cuestiones ideológicas, a pesar de que los yugoslavos han cometido errores y éstos se les ha hecho saber abiertamente. La causa principal reside en las calumnias que se ha lanzado contra los dirigentes yugoslavos, en la falta de paciencia por nuestra parte. Era necesario discutir los errores de principio de los yugoslavos, probarlos y luego allanarlos. Esto no se ha hecho.

De todos los hechos que han sido examinados —continuó— resulta que no hemos sacado la menor prueba para afirmar que los camaradas yugoslavos se hayan desviado y hayan vendido a Yugoslavia, ni tampoco se desprende que la economía yugoslava esté bajo dependencia extranjera.

—Disculpe —le dije—, dejemos un momento de lado lo que hemos analizado y decidido en 1948 y 1949. Tomemos solamente su correspondencia de estos dos últimos años con la dirección yugoslava. No sólo ustedes mismos lo afirman en algunas de sus cartas, sino también los propios yugoslavos reconocen en las suyas que han establecido fuertes lazos con Occidente. ¿Cómo debemos entender ahora sus apreciaciones opuestas en esta cuestión?

—Se han cometido algunos errores, pero deben analizarse con cuidado —dijo Suslov—, y se puso a enumerar una serie de «argumentos» para convencerme de que los dirigentes yugoslavos no estaban metidos en un camino erróneo. Naturalmente, también trató de achacar la falta a Beria y Gilas y a los intentos del imperialismo «por colocar a Yugoslavia a su remolque».

—También Molotov —prosiguió— ha mantenido una actitud bastante sectaria hacia este problema. El mismo ha cometido un error en nuestras relaciones estatales con Yugoslavia e insistió en que las faltas recaían sobre los camaradas yugoslavos. Pero el Comité Central le ha pedido a Molotov que argumentase los errores de los yugoslavos y hemos criticado severamente su actitud. Finalmente acabó por solidarizarse con el Comité Central.

Tomé la palabra y le hice una minuciosa exposición de nuestras relaciones con la dirección yugoslava desde el tiempo de la Lucha de Liberación Nacional. Pues de relieve las principales actividades antialbanesas y de espionaje que habían emprendido y no cesaban de emprender contra nosotros [Desde 1948 a 1955 la agencia yugoslava de espionaje introdujo u organizó en Albania 307 bandas de agentes subversivos y criminales, todos los cuales fueron capturados o liquidados. Durante este mismo período, fueron descubiertos y liquidados los grupos y organizaciones secretos de espionaje, organizados y dirigidos por los servicios secretos yugoslavos en colaboración con los occidentales] y al final le dije:

—Son estos hechos, a cada cual más graves, y muchos otros de este género que nos convencen de que la dirección yugoslava no ha estado ni está en una justa vía. De cualquier forma, por nuestra parte siempre estaremos por el desarrollo normal de las relaciones estatales con ellos.

—¡De acuerdo, de acuerdo! —aprobó Suslov—. Debemos actuar con el corazón más abierto. Esto va en interés de nuestro campo; no permitamos que los imperialistas nos arrebaten Yugoslavia.

Al final de este encuentro, como si fuera de pasada, me dijo:

—Han condenado en estos años pasados a muchos enemigos, acusándolos de estar vinculados a los yugoslavos. Reconsideren esta cuestión y los que deban ser rehabilitados, rehabilítenlos.

—No hemos acusado ni condenado injustamente a nadie —le dije secamente—, y nos despedimos no sin antes haber recibido su recomendación de que fuéramos «más generosos».

Enver Hoxha
Los Jruschovistas, 1980

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